EL FACTOR COBOS

20 Julio 2008 por Antonio Camou

En una película prehistórica de cuyo nombre no puedo acordarme, Alec Guinnes es el jefe de una banda de ladrones que la noche previa a un atraco revisa con sus secuaces los pasos que van a dar. Después de repasar cada uno de los movimientos minuciosamente programados, exclama con dudosa satisfacción: “el plan es perfecto; lo único que puede fallar es el factor humano”.

Corrido de la UCR por su decisión de sumarse a la fórmula kirchnerista, ilustre desconocido para la gran mayoría de la sociedad, y ubicado por el gobierno en la estratégica función de adorno institucional, Julio Cleto Cobos aprovechó la crisis del campo para inventarse un espacio político que no tenía, y que nadie pensaba darle. De rebote, puso en evidencia una desatendida regla de la política argentina: “hay que elegir con mucho cuidado al señor de la campanita”. Al fin y al cabo, buena parte de los cimbronazos vividos en la última década y media tuvieron como protagonistas a las dos mitades del binomio presidencial: primero fue la imposible cohabitación entre Menem y Duhalde, luego la estruendosa renuncia de Chacho Alvarez, y ahora el angustioso voto negativo de este “radical K”, devenido en inesperado partero de la historia.   

Sin saber si está viviendo el final de una farsa, o el comienzo de una tragedia, el mediático vicepresidente observa desde la ventana de su casa cómo algunos radicales que anteayer lo consideraban un traidor, hoy han empezado a mirarlo con cariño; y los mismos peronistas que antes le daban una cálida bienvenida a su nuevo hogar político, ahora se estorban para pegarle. No hay caso, debe pensar, acá la gente es muy inconstante.

Ciertamente, Cobos ya se ganó un lugar en la memoria colectiva por su agónico e inesperado desempate en la madrugada del 17 de julio, pero su verdadera creación política corre el riesgo de pasar inadvertida. Me refiero al espacio de diálogo que abrió, desde su precaria posición de poder, con diferentes sectores del país que eran olímpicamente ignorados por el gobierno de los Kirchner. De paso, también le ganó de mano por unas horas a la Presidenta de la Nación, cuando anticipó la jugada de mandar la Resolución 125 para ser debatida en el Parlamento.

Si lograra aplacar el odio que lo carcome, el kirchnerismo no debería desdeñar estas innovaciones políticas del señor vicepresidente. Como bien se ha dicho en estos días, la derrota en el Senado le ha dado al gobierno una nueva oportunidad, que conlleva en partes iguales riesgos de encerrarse en peligrosas obsesiones aislacionistas, o posibilidades de “cambiar dentro de la continuidad”.

En ese cuadro, tal vez la mayor amenaza para la administración K no provenga, al menos por ahora, de una oposición todavía dispersa. Más bien, el mayor riesgo está en  que ese espacio inaugurado por el vicepresidente empiece a ser ocupado, de manera más o menos caótica, por importantes referentes justicialistas que ya han comenzado a hacer fila con dirección al 2009, y sobre todo, al 2011. Por eso, el acuerdo con diferentes sectores sociales no sólo es una necesidad estratégica del gobierno para enfrentar una serie de graves problemas socioeconómicos, también es un urgente requerimiento táctico para bloquear el surgimiento de nuevos y aguerridos competidores por el poder. En este punto es donde asoma, creo, un dilema de hierro: o bien el gobierno empieza a ocupar de manera creíble el espacio político que abrió Cobos, o ese lugar va a empezar a poblarse con ambiciosas astillas del mejor palo peronista.

Mientras tanto, desde su Mendoza natal, Julio Cleto Cobos atisba el horizonte con una rara mezcla de angustia y esperanza. En noches de pesadilla debe verse perseguido por desaforados militantes kirchneristas, arrebatados por la idea de explicarle en carne propia por qué se sienten un tanto defraudados. Pero en amaneceres entusiastas, vagamente alucinado, recupera el mismo ánimo que lo llevó a saltar a los brazos de la ex Primera Dama, y quizá hasta se ilusione pensando que aún lo aguarda un futuro glorioso.

Después de todo, la política argentina es muy rara, y el kirchnerismo es capaz de cualquier sorpresa: quién te dice que no termine siendo candidato a Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

La Plata, 19 de julio de 2008.

“Répétez avec moi”: Apuntes teóricos sobre Kirchnerismo y repetición

17 Julio 2008 por De Quincey

Mucho se ha escrito en las últimas semanas sobre la célebre frase del Dieciocho Brumario de Marx citada por la presidenta CFK en sus discursos del 17 y 18 de junio. En la profusa recepción del lapsus presidencial, las intervenciones más destacadas han sido las de Beatriz Sarlo y Horacio González. Ambas ponen en juego argumentos sofisticados sobre la relación entre historia y repetición, entre temporalidad y política y por lo tanto merecen un análisis detallado. Adelantamos nuestra conclusión para luego ir al detalle: la recepción de la cita de CFK –que cita a Marx citando a Hegel– no ha sido pensada desde la lógica de la repetición, que le da sentido, sino que ha sido subsumida en la lógica del antagonismo. Este antagonismo, proponemos, se nutre de la intensidad y del goce provisto por la lógica de la repetición histórica pero por eso mismo debe negarla. El kirchnerismo nos invita, para no repetir la historia de los 90’, a repetir el antagonismo planteado por el primer peronismo y parece haber encontrado la complicidad de importantes sectores del país en este eterno retorno de lo igual. Nosotros y el kirchnerismo extraemos de esa repetición el goce de un compulsivo TOC histórico en el cual los actores políticos y sociales repiten (repetimos) cual autómatas los gestos antagónicos del pasado. Conocemos bien el libreto excitado del antagonismo pueblo v. oligarquía: de un lado incluye acusaciones de golpismo y anti-patria, del otro de totalitarismo y confiscación. Hasta ahora lo venimos repitiendo al pie de la letra.

Si dejamos de lado por un momento el antagonismo –si evitamos repetirlo– podremos concentrarnos en la repetición en sí. El fragmento de Marx que CFK parafraseó es bien conocido y postula que: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Los comentaristas en general coincidieron en subrayar el reemplazo del término “farsa” por el de “comedia” en el discurso de la presidenta. Algunos, como González, defendieron el lapsus y lo repitieron como clausura de sus propias intervenciones en el contexto de una denuncia del “bonapartismo agrario”. Otros, como Sarlo, identificaron en ese lapsus el vano optimismo de quien augura en la comedia un drama con final feliz gracias a la sabia intervención del estado. Sarlo sostiene, sin embargo, que la omitida farsa podría aplicarse al propio gobierno de CFK que invoca a peligrosos fantasmas del pasado (golpismo, oligarquía rural, etcétera) a los que no estaría en condiciones de conjurar.

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Destituyentes eran los de antes

17 Julio 2008 por Antonio Camou

Desde mediados del mes de mayo, un nutrido grupo de hombres y mujeres de la cultura ligados al kirchnerismo han dado a conocer al país una serie de cartas abiertas en las que fijan su posición sobre diversos temas de la vida nacional.

En principio, corresponde saludar la decisión auspiciosa de aquellos que intentan promover un espacio que aliente la “democratización, profundización y renovación del campo de los grandes debates públicos”. Sobre todo cuando se parte de reconocer que la “relación entre la realidad política y el mundo intelectual no ha sido especialmente alentada desde el gobierno nacional”, y que las “políticas estatales no han considerado la importancia, complejidad y carácter político que tiene la producción cultural”. Además, estas intervenciones se ensayan desde un lugar con el que me considero identificado; un lugar que busca reabrir las relaciones entre “política, Estado, democracia y conflicto como núcleo de una sociedad que desea avanzar hacia horizontes de más justicia y mayor equidad”. Por las dudas, yo le agregaría más “libertad” en la fórmula, pero la mención posterior a “construir una política… que tenga como horizonte lo político emancipatorio” vuelve a convencerme del rumbo compartido. Seguir leyendo »

Insistencia (la Secta del Fénix son los otros)

16 Julio 2008 por Hernan Charosky

Hay un problema serio para la democracia en general, y para la gobernabilidad de este gobierno en particular, en la insistencia de N. Kirchner en describir el “antagonismo” del conflicto actual en términos “gobierno nacional y popular” vs. “comandos de la Libertadora, grupos de tareas”.

Se insistió mucho con los riesgos para la democracia que implica este modo de “articulación”, en este blog, en columnas recientes en los diarios también. Por eso el tema aquí no es particularmente la línea discursiva, sino su insistencia. O en el oficialismo no hay reflexión sobre este punto, o hay una decisión estratégica de insistir en él. Como el principio de caridad de los filósofos analíticos sostiene que en una argumentación no podemos presuponer la locura o la estupidez de los interlocutores, debemos pensar que hay una decisión. No la entiendo, pero me alarma.

No sé muy bien cómo seguir a partir de este punto, pero sí que es importante pensar a partir de aquí, a partir de recordar la relevancia de la insistencia del ex presidente en franquear un límite (en representación de la presidenta, según su discurso). Un límite en el modo de establecer el antagonismo y describir a un conjunto relevante y diverso de ciudadanos que se le oponen, de modos igualmente diversos, por motivos diversos, seguramente muchos de ellos también inaceptables en democracia.

No sólo porque no es una descripción adecuada de ese conjunto de personas. No sólo porque es riesgoso para la democracia colocar a los rivales de hoy del otro lado de la línea del Estado de Derecho. No sólo porque se insiste en esa descripción, a pesar de las diversas voces de alarma al respecto, voces que a veces vienen de sectores cercanos al gobierno. También porque hay algo destructivo (auto destructivo, destructivo en general), que no se puede normalizar, ni procesar, ni incorporar a la vida política. Algo que requiere un cuestionamiento, un pensar democrático que resista a esa insistencia.

Se trata de una estrategia que parece inspirada en la Secta del Fénix, el relato de Borges. Allí se describe a la Secta como un grupo secreto y expandido, tan secreto y expandido que finalmente todos y cualquiera podrían ser miembros de él, incluso sin saberlo.

Sería lógico pensar que un discurso oficialista tratara de pintarse a sí mismo de ese modo: como una “esencia” indefinible con la que todos y cualquiera finalmente podrían identificarse. Sería muy propio de la democracia intentar esa descripción, sabiendo que va a fallar e intentar recolectar tantas voluntades ciudadanas como sea posible, tantas identificaciones como sea compatible con gobernar, decidir, producir ganadores y perdedores, y finalmente inventar paliativos para compensar al menos parcialmente los efectos dañinos esas decisiones que, en promedio, intentan producir más beneficios que perjuicios.

Sin embargo, el discurso de NK hace lo contrario. La Secta del Fénix son los otros. La Secta del Fénix tiene una genealogía que se remonta a los golpes de estado, a la proscripción, al autoritarismo, al terrorismo de Estado. Y lo peor del caso: a cualquiera le puede caer el sayo. Basta con no creer que lo que él defiende es el gobierno nacional y popular contra la S. del F.

Un privilegio para los amigos

15 Julio 2008 por Javier

Según describió Horacio Verbitsky, el ex-presidente Kirchner les ha regalado a los intelectuales que forman parte del denominado “espacio Carta Abierta” algo que hasta ahora le ha privado al resto de los argentinos: una conferencia con preguntas abiertas sobre los principales temas de la actualidad nacional. El periodista describe el tono amable en que transcurrió el encuentro, con numerosos desacuerdos que no impidieron que ambas partes contrapusieran cordialmente sus puntos de vista.

Lo cierto es que una cosa es contestar preguntas incómodas sobre INDEC y tren bala a purtas cerradas ante un público que, más allá de desacuerdos parciales, es abiertamente afín al gobierno, y otra muy distinta hacerlo frente a las cámaras de televisión y ante las preguntas de periodistas neutrales y hostiles. La única vez que Kirchner se prestó a esta situación, no se privó de rodearse de una hinchada que le festajaba sus respuestas irónicas y sus chistes a la vez que silvaba a quienes hacían preguntas incomodantes. Tampoco se privó de increpar a quienes preguntaban cosas molestas, ni de imponer un indisimuladamente arbitrario criterio de selección de preguntas. Ello, claro está, anuló cualquier posibilidad de diálogo razonable sobre los temas en cuestión, derivando más bien en una seguidilla de burlas y comentarios chicaneros.

Es natural que los intelectuales de Carta Abierta se hayan sentido unos privilegiados al poder presenciar una conferencia mucho más abierta y franca. Después de todo, es lo que muchos querríamos ver y escuchar: Cristina o Néstor respondiendo preguntas sobre las decisiones más polémicas del gobierno sin acusaciones ni chicanas (o, aunque sea así, más de una vez en cuatro años). Por supuesto, uno puede leer la columna de Verbitsky y pensar “bueno, al parecer no lo demuestra, pero Néstor es capaz de responder a las críticas expresando su punto de vista sin ataques ni hinchadas vociferantes detrás”. También se puede, claro, sentir un poco de envidia, y preguntarse “¿por qué, si tiene esa capacidad, Kirchner se la concede a un grupo de intelectuales afines y se la niega a la sociedad en su conjunto?”.

Seguramente es más fácil discutir con quienes en general están de acuerdo. Los demás somos un caso perdido. En cualquier caso, pertenecer a Carta Abierta tiene sus privilegios, como haber podido participar de esta “experiencia sin precendentes en la democracia argentina”.

El juego del colectivero enloquecido*

24 Junio 2008 por Marcos Novaro

En estos días la sorpresa y el enojo parecen ganar hasta a los más pintados, y se vuelve entonces cada vez más difícil pensar y entendernos. Entender, cabe aclarar, no equivale a justificar. Puede estar acompañado de juicios muy duros sobre los protagonistas de la situación en cuestión. Pero, en cualquier caso, es necesario para actuar racionalmente en ella. Y de eso se trata. Entonces, ¿dónde está la racionalidad del conflicto entre el gobierno y el campo?, ¿tiene todavía alguna, o él es ya el reino de la confusión y la sinrazón? Parte del problema reside en que los involucrados han estado jugando dos juegos no sólo distintos, sino discordantes entre sí, y por tanto las señales que uno envía, el otro las lee mal, y generan de su parte reacciones inesperadas, “irracionales”, para el primero. Veamos.

En el fárrago de análisis sobre el conflicto con el campo no ha faltado el politólogo devoto de la teoría de la elección racional que sostuvo que el gobierno ha venido peleando esta batalla siguiendo las reglas del “juego del gallina”, ese en el que dos conductores de automóviles que avanzan a toda velocidad en un curso de colisión compiten por ver quién es el que resiste la tentación de torcer el volante. Sin embargo,
esa descripción tiene más sustento para los ruralistas que para el Ejecutivo: la insistencia con que él ha señalado que no se considera un “igual” de aquellos, ni una “parte más” en un conflicto que, según sus palabras, enfrenta el interés general, por él representado, e intereses facciosos y poco solidarios, así lo demuestra.

Según su propia caracterización de los hechos, el juego al que ha estado jugando se parecería más al “síndrome del colectivero enloquecido”, uno que quienes utilizamos el transporte público automotor de Buenos Aires al menos alguna vez en la vida hemos jugado, involuntariamente claro, y que merecería tener un lugarcito en las teorías sobre la materia: en él, el conductor, que en este caso es uno solo, harto de las críticas y peticiones del pasaje, cuyos miembros hacen las veces del “gallina” del otro juego, aprieta progresivamente el acelerador, elevando el riesgo de que se produzca un choque, es decir, costos intolerables para todos, hasta el momento en que una porción amplia de los pasajeros, o todos ellos, sopesen el riesgo y desistan de molestarlo. “Está bien, tenés razón, pero calmate que nos vamos a matar”, sería la fórmula que hace las veces de torcer el volante en el juego anterior. Seguir leyendo »

¿Reprimir o negociar?

22 Junio 2008 por Marcos Novaro

Después del intento del sábado 14 de detener a De Angeli, se ha puesto en discusión otra cuestión más en la ya muy poblada polémica sobre el conflicto agrario: puede reprimir el gobierno los cortes de ruta? Debería hacerlo? Y en todo caso, cómo? Edgardo Mocca se jugó bastante abiertamente a este respecto sosteniendo que es la única opción que le queda. Su argumento, expuesto el domingo 15 en Página 12, es el siguiente: si cede pierde no sólo en este punto sino toda su autoridad y no tendría más futuro, si se mantiene en sus trece y espera que el conflicto se agote corre riesgos altísimos en cuanto a no poder mantener el orden, por tanto no le queda otra que ir a las rutas y despejarlas, reviendo la actitud que ha mantenido hasta ahora de no usar la violencia legítima como último recurso.

Por qué no puede ceder? Este es el punto más flojo del argumento. Dice Mocca que “cuando los poderes fácticos (militares, industriales, agrarios o potencias extranjeras) logran torcer el rumbo de un gobierno, en aspectos materiales o simbólicos centrales, el destino de ese gobierno está sellado”. Compara la situación con la de Frondizi y Alfonsín ante los militares, y aclara que “estamos pensando en presidentes que…. desafiaron al establishment”. Homologar las presiones militares con el paro del campo continúa la línea oficial en cuanto a que el campo es golpista y no solo no tiene “razón”, sino que tampoco tiene “derecho” a hacer lo que hace. Para disimular lo absurdo de meter en la bolsa de los “poderes fácticos” cosas tan distintas se usan argumentos complementarios ad hoc más insostenibles mientras más profundizamos en el asunto: podría preguntarse, por qué no extender el argumento a la CGT, a FTV u otro “poder fáctico”? ah, porque los que lo son y además son malos son los del “establishment”; pero por qué no es parte de él Moyano y sí Buzzi? porque Buzzi representa a una “nueva clase media alta” y Moyano es parte del pueblo; ah!, claro, y así podríamos seguir. Seguir leyendo »

La importancia del compromiso creíble o… Thomas C. Schelling se despertó de su tumba confundido…

18 Junio 2008 por German

En un conflicto que se ha caracterizado por la sucesiva destrucción de la confianza mutua y la reputación de los negociadores, resulta llamativo el proyecto de ley enviado por el Ejecutivo al Congreso de la Nación. El proyecto, que ratifica la resolución 115 y crea el Fondo de Redistribución Social, es sorprendente por todo lo que deja abierto o sin contestar.

El artículo 1 dice que se ratifique la resolución 125 (con su modificatoria, derogatoria y sus complementarias). Acto seguido, el articulo 2 sostiene: “lo dispuesto en el artículo precedente lo es sin prejuicio de la vigencia de las medidas dictadas y sin desmedro de las facultades ejercidas para ello en el marco de los dispositivos en ellas citados y especialmente de la Ley Nº 22.415 (CODIGO ADUANERO) y modificatorias…”. No existiendo plazos definidos para la sanción del proyecto, surgen las siguientes situaciones hipotéticas: Seguir leyendo »

¿Quién sacará provecho de la crisis del campo?*

17 Junio 2008 por Marcos Novaro

¿Puede el movimiento de protesta del campo ser la base para una coalición opositora, alternativa a la kirchnerista y, eventualmente, a la que pretenda sucederla en el poder? ¿Dicho movimiento le imprimirá a la oposición su perfil de clase, una determinada orientación programática, o es una base disponible y maleable, para construir con amplia autonomía, tanto desde posiciones de izquierda o de derecha, articulando a sectores bajos, medios y altos de la sociedad? Si no es sobre esa base, ¿sobre cuál otra podría o debería intentar construir la oposición?

A medida que decante la polvareda levantada por la crisis con el campo, si es que ella finalmente se aplaca, o al menos se desactiva, estas preguntas se volverán más y más relevantes. Hasta el momento, pareciera que los grupos opositores de las más diversas procedencias y orientaciones creen poder capitalizar algo de la sublevación agropecuaria, aunque dada la autonomía con la que sus protagonistas se han movido ninguno de ellos tiene asegurada una posición privilegiada para hacerlo. Por otro lado, en tanto sus reclamos son bastante puntuales, no parece muy claro cómo han de articularse a los de otros sectores, o a propuestas de política pública más amplias.

Pero sería iluso pensar que efectivamente el campo movilizado puede seguir por mucho tiempo sirviéndoles a todos por igual para cascotear al gobierno. Por más específicos que sean sus reclamos, ellos son más afines a unas políticas que a otras, a ciertos patrones culturales y sociales, así que es mejor contemplar las chances de cada cual con algo más de atención, incluso las que existen para aquellos que quieran intentar lo menos probable. Al respecto cabe hacer los siguientes señalamientos:

1 La rebelión de los chacareros proporciona una base territorial potencial muy amplia para la oposición. Contar con ella puede ser algo muy novedoso, decisivo si pretende tener éxito frente a un peronismo territorialmente muy bien afirmado. Ninguna coalición no peronista en las últimas décadas logró romper ese predominio federal del PJ. Tal vez hoy esa posibilidad se presente. Y entonces una coalición no peronista pueda no sólo eventualmente llegar a la presidencia, sino conquistar las gobernaciones y el Senado. Podrá de este modo volver a hacer competitivos electoralmente amplios territorios hoy convertidos en cotos de caza electorales monopolizados, y evitarse los problemas de los gobiernos divididos frente a una oposición inclemente.

2 El federalismo plantea otro desafío a la oposición, que la protesta del campo puede haber vuelto aún más difícil de resolver que en el pasado: cómo alcanzar un centralismo racional y eficiente, que fortalezca las autonomías locales y provinciales en vez de subsumirlas. Desde la crisis de 2001 hasta la actualidad el cobro de impuestos no coparticipables y el incremento de los poderes de excepción en manos del gobierno nacional han actuado como un freno en alguna medida necesario frente a los riesgos de una desarticulación del sistema político. El problema que deberá resolver, en este sentido, la oposición es cómo sacar provecho de las resistencias locales frente a estos mecanismos centralizadores, y cómo puede transformarse su crítica, y el progresivo debilitamiento de la centralización kirchnerista, en ocasión para emprender reformas racionalizadoras de las relaciones fiscales y su relación con la competencia política, que eviten un nuevo ciclo de descentralización anárquica y disfuncional como los ya vividos a fines de los ochenta y los noventa. A este respecto, debería poder conciliar el aprovechamiento de oportunidades electorales a nivel local y provincial, con la simultánea construcción de una coalición nacional capaz de negociar y/o imponer un nuevo sistema de coparticipación y reglas de responsabilidad fiscal, junto a mecanismos más transparentes y racionales de negociación de las leyes y la distribución de recursos excedentes en el Senado.

3 La cooperación con sectores peronistas, muchos de cuyos exponentes se cuentan también, o al menos aspiran a contarse, entre los representantes de los sublevados, es ineludible, pero será inevitablemente problemática. Dado que para casi todos los peronistas siempre es legítimo irse del partido, para conseguir afuera los apoyos de que no se dispone adentro, y poder luego volver al seno del PJ con renovados bríos y más recursos, y por tanto siempre más allá de las apariencias circunstanciales la interna propia es prioritaria respecto a la colaboración con otros actores, actuar en relación con ellos plantea un dilema coalicional difícil de resolver.

4 Contra lo que los voceros del oficialismo sostienen, los sectores en fuga hacia la oposición no tienden a agruparse en posiciones ideológicamente conservadoras: todo lo contrario, el gobierno enfrenta demandas y críticas que globalmente reclaman haga aquello que prometió, y se muestra incapaz de cumplir; lo que, al menos en principio, facilita el trabajo de las oposiciones progresistas, más que el de las de derecha. Y ello en gran medida se debe a que lejos de desmentir la viabilidad y conveniencia de seguir una política distributiva, de promover la intervención pública allí donde el mercado no alcanza, y cosas por el estilo, la crisis actual, debido a su carácter eminentemente político, revela la conveniencia de buscar otros representantes para las demandas y expectativas que el propio gobierno ha hecho tanto por alentar: él se enfrenta, en este sentido, a una situación comparable a la de 1987, o la de 1997, mucho más que a las de 1989 o 1999. La situación aporta aún otras novedades interesantes: la falsedad del apotegma según el cual “sólo los peronistas saben gobernar” (y también en alguna medida el que señala que “sólo el peronismo puede resolver los problemas que él mismo crea”) está alentando una fuerte demanda de oposición, de alternativas políticas y, sobre todo, de colaboración entre actores políticos afines para resolver problemas que se perciben como graves (y agravándose) pero no inevitables. Es decir, se le pide a la política y a los políticos que hagan su trabajo, en vez de empeorar las cosas con sus disfuncionalidades. Ello, que de un lado es un estímulo para el reformismo progresista, por otro habla a las claras del estado de indefensión en que se encuentran nuestras instituciones democráticas en ausencia de competencia política efectiva, y de los riesgos que se corren en términos de una nueva frustración colectiva en caso de que no seamos capaces de hacer funcionar mejor los mecanismos de representación y gobierno. Y habla también en particular de la subutilización de oportunidades para la reforma social e institucional que ha caracterizado a los años del kirchnerismo. Sus fracasos, en suma, lejos de desmentir que es necesario más Estado, mejores instituciones y regulaciones, más justicia y distribución en la Argentina actual, revela lo poco y lo mal que se avanzó en dirección a esos objetivos.

 * Publicado originalmente en El Economista el 30 de mayo de 2008.

Las batallas culturales del kirchnerismo*

14 Junio 2008 por Marcos Novaro

La  Carta Abierta que intelectuales kirchneristas han dado a conocer días pasados, contra lo que llaman el “clima destituyente” instalado en el país, contiene una serie de afirmaciones bastante imprecisas sobre la situación política. Por ejemplo, cuando arranca denunciando “cuestionamientos hacia el derecho y el poder político constitucional que tiene el gobierno de Cristina Fernández para efectivizar sus programas de acción, a cuatro meses de ser elegido por la mayoría de la sociedad”. Lo cierto es que la mayoría no la votó. Eso no le quita legitimidad, claro, pero falsear también estos datos de la realidad parece ser una necesidad para quienes quieren sostener contra toda evidencia que hoy el pueblo está de un lado y el antipueblo del otro. Tampoco es lo mismo cuestionar el “derecho” que el “poder” del gobierno: lo segundo es totalmente legítimo, más todavía, es parte del esencial derecho constitucional de todos aquellos que se oponen a una política, legítimamente tratan de refrenar o debilitar el poder de aplicarla, y no tiene nada que ver con un “reconocible desprecio por la legitimidad gubernamental” que los firmantes de la carta ven en los “parecidos ostensibles” entre consignas de los opositores de hoy y los golpistas de antaño, un argumento por demás forzado que sólo sirve para negar legitimidad a los reclamos bastante puntuales que se le hacen hoy al ejecutivo.

En cambio el documento es mucho más preciso en lo que parece su objetivo esencial en el propio campo intelectual: plantear una batalla cultural contra los “poderes de la dominación” desde lo “político emancipatorio” y “la pluralidad de un espacio político intelectual lúcido en sus argumentos democráticos”. Todavía no lo es tanto en lo que describen como una “escena social dominada por la retórica de los medios de comunicación y la derecha ideológica de mercado”: los medios más concentrados, e incluso muchos de los afines al neoliberalismo pocos años atrás, han sido tan entusiastas difusores del ideario kirchnerista hasta hace unas pocas semanas que es por demás excesivo identificarlos con un enemigo de derecha, cuya omnipotente presencia es, por otro lado, casi tan inhallable como la de los golpistas. Pero sí en el planteamiento de una autocrítica: “La relación entre la realidad política y el mundo intelectual no ha sido especialmente alentada desde el gobierno nacional y las políticas estatales no han considerado la importancia, complejidad y carácter político que tiene la producción cultural”.

En aras de contribuir al debate que la Carta propone, resulta oportuno preguntarse a qué se debe esta falencia, que indudablemente ha existido y con el tiempo parece haberse agudizado. Ante todo, aclaremos, no puede atribuirse a un desinterés de los líderes oficialistas: Néstor y en mayor medida aún Cristina se han comportado desde el gobierno nacional como “políticos de ideas”, defensores de convicciones fuertes sobre casi todo lo que preocupa a los intelectuales. ¿Podría entonces achacarse el problema a los encargados de mediar e instrumentar ese interés? Más allá de la crítica que puede inferirse de la carta a lo hecho en estos años desde la Secretaría de Cultura de la Nación (y que es en algún sentido entendible: esa repartición ha desplegado una excesiva vocación por generar eventos en los que se confunde quien gestiona la política con quien la protagoniza), lo cierto es que el problema es bastante más amplio: la inscripción de las acciones de gobierno en un horizonte cultural ha seguido por regla general un patrón unilateral, de enunciación monocorde, revelador de que los funcionarios oficiales asumen las convicciones kirchneristas tan férrea como ritual hasta temerosamente. En este sentido lo hecho por Cultura es más bien la excepción, en cuanto hay que reconocer su esfuerzo por abrir debates y contrastar ideas, promoviendo incluso la confluencia entre las cosmovisiones del oficialismo y otras corrientes de pensamiento; esfuerzo que por cierto está ausente en general en el resto de los funcionarios oficiales, y muy paradigmáticamente lo está en su política de comunicación y de medios.

Ella revela un problema más estructural, ya no sólo atribuible a la gestión, sino a la naturaleza de las convicciones kirchneristas, y al modo en que ellas son usadas como guías para actuar: los Kirchner se nutren de una corriente de ideas políticas y económicas cuya credibilidad es concebida por ellos mismos y sus seguidores como precaria, y amenazada. Es la suya, además, una visión del mundo en la que la “lucha ideológica” tiene por principio un papel descollante. El “antineoliberalismo”, cualquiera sea su basamento, marxista, populista, antiliberal o nacionalista ocupa, para sus propios y más convencidos cultores, una posición subalterna entre las tendencias en pugna en el mundo político actual (lo que constituye, acotemos, un serio error de percepción). Y requiere por tanto de mucho más esmero y dedicación para imponerse. De allí que la intolerancia pueda ser al mismo tiempo una respuesta a la “autopercepción de debilidad”, y señal de compromiso y convicción en la necesaria “guerra por las conciencias”: en una cultura política ya desde siempre contaminada de maniqueísmo, los Kirchner introducen una versión de las “convicciones políticas” que les permite descalificar a sus adversarios no sólo porque sus ideas atrasan o son ineficaces, como suelen hacer otros políticos, sino porque expresan la constitución perversa de sus portadores, que los predispone a la mentira y la falsedad. La consecuencia lógica es, claro, un régimen de comunicación que vacune a la audiencia contra estos viciosos, que se cierre a la compulsa de las interpretaciones, y en el que hasta el más elemental de los datos informativos se vuelva un arma ideológica en la lucha por “la verdad”.

Los signos de este comportamiento son harto conocidos: presidentes que no ofrecen conferencias de prensa, ni contestan preguntas, ni dan explicaciones, sólo emiten discursos desde su atril, imponiendo un régimen de comunicación unidireccional y jerárquico, dentro del cual su palabra aspira a disolver toda instancia y recurso de contrastación autónoma, a volverse propaganda en estado puro; el jefe del Ejecutivo concentra y verticaliza como nunca las tareas de comunicación del Estado y el gobierno, estableciendo un monopolio de la emisión desde el vértice y limitando el acceso a fuentes de información a todos los periodistas y medios; además, discrimina dentro de estos entre amigos y enemigos, alentando que los primeros se comporten como publicistas convencidos de un mensaje ya preparado; por último, las negociaciones e intercambios con empresarios del sector, como sucede con casi todos los demás actores, están basadas en amenazas de todo tipo. Todo esto no es del todo desconocido por los firmantes de la carta abierta, y les da incluso más razón de la que dicen tener para reclamar de una vez por todas una política emancipatoria.

Pero eso no es todo, porque si hay que emanciparse como dice la Carta, no es sólo de los corsés que impone la comunicación y el poder gubernamentales, sino también de las propias limitaciones que han dificultado a los productores de cultura a acompañar con nuevas ideas, con innovaciones estéticas y sobre todo con nuevas y más ricas miradas sobre y para el país, la recuperación económica de estos años. En ausencia de una particular penuria financiera, de limitaciones a la libertad de expresión o al acceso a los resortes del estado, es dudoso que los intelectuales kirchneristas puedan achacar estos déficits más que a sí mismos. La pregunta que les cabe hacerse (y nos cabe hacer más en general) es, tras cinco años de un bastante amplio control de los medios estatales, la educación y otros poderosos resortes públicos, qué hemos (han) logrado, qué innovaciones se aportaron a la cultura nacional? Y, si ellas no son todo lo satisfactorias que debieran, ¿a qué se ha debido?

La respuesta tal vez se halle en que el kirchnerismo en general, y sus intelectuales en particular, han sido en gran medida incapaces de articular ideas fuerza movilizadoras, capaces de moldear una época en la vida de la nación, trascendiendo las fronteras sectoriales y de partido. Alfonsín tuvo la democracia, los derechos individuales, la ciudadanía; Menem, la modernización capitalista, la apertura al mundo; ¿Y Kirchner? La misma Carta Abierta encuentra lo más parecido a una idea de similar categoría en la “memoria articulada en la política de derechos humanos”, lo que describe como el rescate de una “experiencia histórica indesligable de los modos de posicionarse comprensivamente delante de cada problema que hoy está en juego”. Pero lo cierto es que tanto en términos de la memoria como discurso histórico, como de la revisión judicial de los crímenes de la dictadura, se ha fallado a la hora de generar amplias y perdurables innovaciones culturales con ellas. Y no precisamente por falta de entusiasmo de los actores respectivos: los revisionistas históricos de toda laya y los organismos de derechos humanos sin duda han sido los dos grupos más característicos y entusiastas de la cultura k. Pero el entusiasmo no es todo. El resurgimiento del revisionismo al que asistimos en estos años, canalizado y en gran medida alentado por los grandes medios de comunicación, como lo prueba el paradigmático caso de Felipe Pigna, criatura del multimedio hoy vilipendiado, no aportó más que lo que ya había en él tres o cuatro décadas atrás, refritando imágenes de la nación y sus enemigos que tienden a agotarse tan rápido como se consumen. En cuanto a los derechos humanos, el uso partidista de sus consignas y sus logros, como dice la carta “en cada problema que hoy está en juego”, hasta para el mezquino fin de poner en aprietos a los propios aliados del gobierno, ha bloqueado la posibilidad de que se nacionalizaran como valor común, provocando incluso un efecto deslegitimador, que tal vez termine mostrando la cooptación por el poder puede ser más dañina que su indiferencia.

* Este artículo fue publicado originalmente en La Nación el día 28 de mayo de 2008.


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