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Espíritus ancestrales del Wal Mapu contra el Estado liberal

Los mapuches radicalizados aprendieron de los errores cometidos en el caso Maldonado. Mientras que el Estado y el gobierno hasta aquí no parecen haber hecho lo mismo con los suyos. Por eso la situación creada en el lago Mascardi es bastante más complicada que la que se enfrentó en Chubut.

Era más fácil lidiar con la RAM y sus representantes, que ya cargaban con unos cuantos crímenes y mentiras evidentes en sus espaldas, que hacerlo con una machi o chamán que dice estar inspirada en espíritus ancestrales para indicar los terrenos a ocupar. Fue más simple enfrentar a un grupo cuyos aliados eran solo kirchneristas fanáticos, que con cualquier excusa acusarían al gobierno de Macri de cosas horribles, que lidiar con parte de la Iglesia católica, con comunidades mapuches que aunque rechacen a la RAM no dejan de respetar a los ancestros y sus mediadores espirituales, y encima tener que hacerlo en el caldeado contexto de la periferia pobre de Bariloche. Por último, claro, no es lo mismo buscar un cuerpo, que como se vio tenía una verdad que contar, que cargar con uno que recibió un tiro por la espalda.

Concentrémonos en el nuevo cariz ideológico del conflicto, porque es el más relevante para su desarrollo futuro. Y porque nos permite además conectarlo con un tema más amplio: ¿será cierto como está de moda decir tras las legislativas que el oficialismo ya ganó la batalla cultural? En algunos terrenos puede que haya avanzado, pero en otros es dudoso. Y el caso que nos ocupa ilustra y alimenta esas dudas. Porque en Mascardi las cosas no marchan nada bien, no sólo en la capacidad de imponer el Estado de Derecho en el territorio, y en concreto las chances de validar con pruebas la explicación de Prefectura sobre la muerte de Rafael Nahuel; sino en el a la larga decisivo gobierno de las conciencias, o de los espíritus si queremos llamarlos así.

Los mapuches radicalizados hay que reconocer que encontraron bien rápido la forma de soltar lastre y dejar atrás el papelón de Cushamen: sepultaron a la RAM y ahora los conduce una machi con la cual enfrentan al Estado no sólo en el mundano orden de la apropiación de tierras y la práctica de la violencia, sino sobre todo en el orden del sentido: ¿cómo él no va a reconocer el derecho de cada quién a creer lo que le venga en ganas, por ejemplo que los espíritus ancestrales de todo un pueblo le mandan ocupar un terreno para él infinitamente valioso?, ¿cómo no ceder ante semejante peso de la creencia, si para Parques Nacionales y el resto de los argentinos esos árboles y ese lago son iguales a cualquier otros?, ¿importa tanto que las normas constitucionales hayan sido vulneradas si está en juego el “sentir profundo de todo un pueblo”, encima de uno tanto tiempo ignorado y abusado?

Con semejante apelación identitaria de su lado los grupos violentos empezaron a romper su aislamiento con la gran masa de las comunidades mapuches. Reemplazaron de paso un liderazgo inconveniente como el de Facundo Jones Huala, compulsiva y hasta infantilmente patotero, demasiado parecido a D´Elía y Moreno para convertirse en un Evo Morales patagónico, por un colectivo difuso sin nombre ni rostro, que actúa como guardia pretoriana de la machi. Un grupo que sólo habla a través de otras dos mujeres. Aunque ellas también trajeron algo de ruido porque se trata de la madre de Jones Huala y de la tía de Rafael Nahuel (de quien los padres y el hermano han dicho que “le lavó la cabeza” a la víctima).

Como sea, dejaron en segundo plano el marxismo indigenista promotor de una guerrilla que ya hubiera sonado desubicada en el siglo XX, para levantar una voz de los sumergidos bien siglo XXI: rechazo a la globalización sin rumbo, desconfianza de las masas ante elites que parecen haber perdido la capacidad de convencer y ofrecer un futuro inclusivo, temores ambientales crecientes ante un desarrollo económico cada vez más intrusivo. Sería necio no reconocer allí otra señal de maduración.

O no entender el por qué de la sintonía con estos planteos de un sector de la Iglesia católica, encarnado en el obispo de Bariloche, que estuvo en prudente silencio durante el affaire Maldonado, pero ahora intervino para negar el problema de la violencia de mapuches radicalizados, que siquiera exista la RAM. Para ese sector, afín al Papa y a los organismos de derechos humanos, no hay como en Chile, cuyas capillas en la Araucanía suelen ser quemadas por esos grupos, nada que temer de parte de ellos, ni mucho menos de los espíritus ancestrales; y sí mucho que reprocharle al Estado.

Inútil recordarle lo de “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Porque también para él el problema cultural de base es que el capitalismo y los liberales que lo promueven nos empujan a un mundo impermeable a lo espiritual, en que primero los pobres y luego toda la humanidad van camino a naufragar. Se entiende entonces su solidaridad con un grupo que consagra a una nueva mesías, con autoridad para decidir dónde y cómo han de vivir sus seguidores para lograr la comunión entre ellos y con su mundo espiritual, aunque al hacerlo haya que ignorar “de a ratos” las leyes civiles.

Y se entiende también el porqué de la simpatía que esa autoridad despierta en progresistas bien pensantes, en términos generales moderados y liberales, para nada fanáticos, ni K ni de otra familia, pero mucho más ansiosos por mostrarse solidarios con las creencias y raíces culturales de los pueblos originarios que celosos de la obediencia a la ley. ¿Qué puede haber de malo en seguir a esta machi?, ¿acaso Betiana, con sus 16 años, es comparable a Khomeini?, ¿no es esplendorosamente auténtico que se comuniquen con sus ancestros? Jones Huala carecía de todas las virtudes que posee Betiana para sensibilizar a esa porción de nuestra sociedad que está también deseosa de vivir en comunión con la naturaleza, con algo trascendente, o simular que lo hace al menos mientras consume lo que pueda.

Entre unos y otros colocan al Estado liberal frente al desafío de escaparle al conflicto religioso y a la vez lidiar con el conflicto político, y también con el cultural. Aclaremos por si hace falta que ese Estado no niega ni esa ni ninguna otra creencia. Ni ninguna de las infinitas formas de comunicarse con lo espiritual que experimenten los humanos. Sólo se abstiene de asumir preferencias al respecto y, para permitir que ese plural mundo de creencias sobreviva, ejerce un monopolio en otros asuntos: cómo se apropia la gente de tierras y demás bienes, cómo protesta y toma decisiones, etc.

Ahora bien. Él no sólo debe regular los métodos que se usen para “recuperar tierras”. Alguna razón tiene que dar sobre sus leyes terrenales para que moralmente sean más defendibles que las que se le puedan ocurrir, por ejemplo, a la machi. ¿Valen porque somos más los blancos que los mapuches? ¿Y si una parte de los blancos la apoyara, qué haríamos con la Constitución? ¿La resignamos como hicieron los bolivianos?

El Estado liberal no sólo tiene su área de soberanía para preservar la paz, también administra el choque y el debate entre las razones de las partes, las condiciones de validación de sus argumentos, eso tan importante para la convivencia que no surge de imposiciones ni de la espontaneidad social, está en el medio. Y en este terreno las falencias que enfrenta para la batalla cultural en curso se evidencian cuando lidia no con el kirchnerismo residual y su populismo setentista, que se hunden solos, sino con adversarios del siglo XXI: nuevos fanatismos, nacionalismos resucitados, el integrismo religioso y el antielitismo de masas, frutos de un malestar cultural actual y profundo.

Además de validar sus acciones el Estado debe hacer cumplir criterios de validación de sus acciones y dichos a los particulares. Al final del caso Maldonado lo hizo, con un buen juez, buenos peritos y un gobierno finalmente alineado detrás de una estrategia razonable de investigación, que filtró lo que cada quien decía y hacía. ¿Por qué no le resultó en el caso Mascardi? Porque no aprende de sus errores y no la vio venir. La machi y su guardia pretoriana le ganaron la delantera y definieron las cosas en sus términos. De un lado las creencias de miles de mapuches y aún más huincas sensibles, del otro un Estado armado pero sin cabeza. Que pide para peor “clemencia”, que es el sentido de las poco sensatas palabras de Michetti y Bullrich respecto a la “duda” que habría que concederle a los uniformados.

Pero el Estado en lo suyo no puede generar dudas, su trabajo es despejarlas. Por ejemplo sobre si la RAM fue un invento de los “servicios”, versión que no casualmente echaron a rodar los promotores de la violencia en estos días. O por qué no es lo mismo crear un santuario religioso que ocupar un terreno con una patota armada, en un lugar de enorme importancia económica, comunicacional y política, casualmente. Puede que los espíritus ancestrales existan, pero tantas casualidades juntas seguro que no.

En suma, una cosa es que el Estado sea prescindente en asuntos espirituales y otra que no sepa argumentar ni obligar a las partes a validar razonablemente sus argumentos. Si no logra hacerlo se ganará más y más enemigos. Que se convencerán de lo que dijo Juan Grabois para defender a Milagro Sala: que él quiere destruir todo lo que tiene valor en este mundo, los pueblos originarios, la Iglesia de la opción por los pobres, todos quienes luchan por la justicia. Y de lo que suele decir David Choquehuanca, el canciller boliviano, sobre el liberalismo: que ya fracasó suficientes veces en su promesa de un futuro inclusivo y nuestra mejor opción son las culturas por él relegadas. En esta batalla cultural, la que realmente importa, las cosas están lejos de haberse resuelto.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación, 8/12/17

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La RAM y sus ramificaciones: cambio de piel, pero no de mañas

Después del papelón en que terminó el affaire Maldonado los activistas radicalizados y violentos conocidos hasta aquí como Resistencia Ancestral Mapuche estaban obligados a cambiar de estrategia. Y lo hicieron, pero mudando de piel, no de mañas.

Ahora parece que la RAM ya no existe, o nunca existió. Lo han dicho los activistas que ocupan terrenos de Parques Nacionales sobre el lago Mascardi, sus simpatizantes políticos y lo avaló el obispo de Bariloche, Juan José Chaparro, para quien no hay nada raro en que la madre de Facundo Jones Huala sea la vocera de esta toma, ni ningún inconveniente en permitirle presentarse en la “mesa de negociaciones” que él tendió como vocera incluso de todos los mapuches.

También pareciera que el grupo de activistas involucrado en la ocupación no persigue objetivos políticos, ni siquiera territoriales, sino puramente espirituales: todo lo que hace dice consultarlo con los espíritus ancestrales a través de una chamán (machi) de 16 años. Que curiosamente es la hija de otra líder de la toma, y sobrina de Rafael Nahuel. A quienes probablemente aludían la madre y el hermano de la víctima cuando denunciaron que al joven “le lavaron la cabeza”.

Vayamos por partes. Ante la evidencia de que la marca RAM había quedado muy comprometida luego de lo sucedido en Chubut, lo mejor para sus miembros era confundirse detrás de la apelación a las más difusas y legitimadas “comunidades mapuches”, aunque hubiera que inventarlas. Que fue lo que se hizo precisamente con el grupo que ocupó el predio de Mascardi: apeló a dos nombres de fantasía.

Primero, la “comunidad Lafken Winkul Papu”, una entidad que no está registrada en ningún lado (para empezar no existe en el Registro Nacional de Comunidades Indígenas), pero pretende que hay una historia ancestral detrás de la usurpación de tierras iniciada. Por más que la casi totalidad de sus miembros procedan de la periferia de Bariloche y no tengan detrás, ni ellos ni sus familias, más que historias urbanas de marginalidad y pobreza.

La que sí existe es la comunidad Lof Wiritray, asentada desde siempre a muy pocos kilómetros del terreno ocupado. Pero los representantes de esa comunidad realmente existente, que no avalan los métodos violentos de la RAM, fueron despreciados y maltratados por ésta cuando fueron a confrontarla y plantearle que su acciones iban a perjudicarlos y desprestigiar al conjunto de los mapuches. Igual que sucedió en Chubut. En lo esencial, en suma, la RAM no cambia; todo lo contrario, escala.

A continuación se sumaría otra organización hasta allí ignota: el Movimiento Mapuche Autónomo del Puel Mapu (MAP). Hay que reconocerles que no les falta inventiva en esto de crear sellos rimbombantes.

Al mismo tiempo, como dijimos, la RAM tenía en mente escalar sus acciones, fugar del papelón del caso Maldonado con más violencia, dándole mayor visibilidad a sus acciones y enfocándolas más directamente contra el Estado nacional y las fuerzas de seguridad, de manera de volver más frontal el choque con el “enemigo”. De allí que escogieran no un terreno privado, de los muchos que rodean el lago Mascardi, ni una zona alejada y rural, donde la situación de la toma pudiera quedar encapsulada, sino un área de intenso tránsito, pegada a la ruta 40 (igual que se hiciera en el caso de la Pu Lof en Resistencia de Cushamen), que es allí para peor la única vía de comunicación de Bariloche con El Bolsón y todo el sur de la región, muy cerca de poblaciones establecidas e incluso de áreas de acampe frecuentadas cotidianamente por miles de personas, y administrada además por Parques Nacionales, que tiene en el lugar depósitos logísticos, vehículos, combustibles, material de rescate y embarcaciones, y planeaba abrir su escuela de guardaparques. El equivalente a usurpar un terreno del Ejército o de la Policía Bonaerense a la vera de la Panamericana. En mi barrio se llama mojar la oreja.

Bien podría pensarse que sería por todo eso una ocupación más difícil de sostener, porque agitaba las aguas en Bariloche y a nivel nacional, a favor pero sobre todo en contra, porque volvía más inevitable un choque con fuerzas de seguridad. Y por tanto era el menos recomendable. Pero el cálculo que hizo la RAM fue justamente el opuesto: precisamente por eso se lo eligió, se garantizaba el mayor impacto y la más abierta e inmediata confrontación.

Para justificar esta elección, y diluir el hecho evidente de que la operación que se inició el 10 de noviembre estaba motivada solo en la lógica política, propagandística y “militar” de la escalada que estaban encarando, fue que se tomaron el trabajo de difundir una explicación por demás desopilante pero muy piadosa: una “machi” los inspiraba. Algo que también serviría para ganar solidaridades entre los huincas sensibles, periodistas bien dispuestos a escribir notas de color sin pensarlo demasiado, y algunos otros grupos mapuches, que celebraron tener ahora una guía espiritual.

Como sucedió con el caso Maldonado, el problema no es solo la RAM, que se ve aprendió de sus errores, se sacó de encima al loquito de Facundo Jones Huala, que no dejó de meter la pata hasta aquí (al que seguro van a dejar pudrirse en una cárcel argentina o chilena, mejor tenerlo de mártir que de vocero y representante: ¿no es curioso que ya nadie pida su libertad, ni siquiera la madre?) y actuó con velocidad y astucia para reposicionarse y fugar hacía adelante.

El problema esencial es que del otro lado no se aprende. Ni el gobierno nacional ni en general quienes desean una sociedad abierta, pluralista y sobre todo pacífica, regida por un Estado de Derecho, parecen capaces de corregir sus errores y cooperar entre ellos. Por eso se mandó a Prefectura al monte con ametralladoras en vez de cámaras de video. Por eso se dividió el gabinete una vez más entre duros y blandos, y una parte avala una supuesta mesa de negociaciones donde todas las “partes” están de acuerdo menos uno, que curiosamente es el único autorizado a actuar en nombre de todos. Por eso en vez de cooperar entre la Justicia, el Ejecutivo nacional, las autoridades locales y las comunidades mapuches realmente existentes, cada quien va por su lado, y se ignoran unos a otros, dejando el campo abierto para que un grupo minúsculo con tres sellos de goma se presente como un amplio movimiento social.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 3/12/17

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Nuevo Libro: “El caso Maldonado”, de Marcos Novaro

El caso Maldonado

Una reflexión urgente sobre la acción de la Resistencia Ancestral Mapuche, los errores del gobierno y el papel de los organismos de derechos humanos.

Disponible el 5 de diciembre en todas las librerías

Entre el 1 de agosto y el 17 de octubre la sociedad argentina estuvo en vilo por la desaparición de Santiago Maldonado. Se lo vio por última vez con vida en un corte de la ruta 40 organizado por el grupo Resistencia Ancestral Mapuche y unos días después se instaló la hipótesis de que se trataba de una desaparición forzada a manos de la Gendarmería. Un testigo decía haber visto cuando lo golpeaban, lo subían a una camioneta y se lo llevaban.

En las semanas siguientes el caso alcanzó un voltaje inédito desde el retorno de la democracia. Marchas multitudinarias pidiendo por la aparición con vida, ataques a edificios públicos, un gobierno desorientado acusado de encubrir a los culpables, contradicciones en las declaraciones de los gendarmes, maestras en los colegios explicando a sus alumnos cómo los miembros de una fuerza de seguridad habían urdido el secuestro. Parte de la prensa daba por comprobado que así había sucedido, a pesar de que el testigo corrigió dos veces su declaración y que las investigaciones sobre la Gendarmería dieron resultado negativo. Hasta que el 17 de octubre el cadáver del joven apareció en el río y estas teorías se derrumbaron.

Como afirma Marcos Novaro, la muerte de Santiago Maldonado es una tragedia que exige un esclarecimiento judicial, pero el Caso Maldonado es algo muy distinto. Este ensayo urgente y brillante reconstruye y desmonta la fábula política en torno a la desaparición forzada. El rol preponderante de los organismos de derechos humanos nacionales e internacionales, de connotados dirigentes kirchneristas y de periodistas y voceros cercanos, la cadena de errores del gobierno y la fractura de la sociedad. Con rigor, intensidad y mirada crítica articula el caso con la historia reciente y muestra cómo una muerte que no debió ocurrir se convirtió en motivo de una feroz campaña política. Pero además llama a un debate sin maniqueísmos sobre cómo pensar los derechos humanos en la Argentina, un tema demasiado importante para que se vuelva una causa perdida.

Algunos fragmentos

La tragedia de Santiago Maldonado, su muerte en las aguas del Chubut en el paraje llamado Vuelta del Río, dentro de la estancia Leleque, en un terreno en disputa entre la empresa Benetton y grupos mapuches, nos conmociona y nos llena de tristeza. Una persona joven vio truncada su vida en circunstancias por completo evitables. Llamarlo “accidente” puede que sea jurídicamente correcto, pero es apenas un consuelo: como en casi todos los casos en que se habla de muerte accidental, de haber actuado distinto él mismo y otros muchos involucrados, lo que sucedió ese 1° de agosto en ocasión de un corte de ruta y posterior desalojo por fuerzas de la Gendarmería hubiera terminado de muy otra manera. Debió terminar de otra manera. Nunca con una muerte tan absurda.
La muerte de Santiago Maldonado fue una tragedia. Pero el “caso Maldonado” es otro asunto bien distinto. No es tanto una tragedia como una fábula y, por sobre todas las cosas, una enorme trampa. El “caso” está hecho de esos dos elementos solidarios entre sí, la trama que se montó con un resultado inescapable en mente: había habido un crimen horrendo y había responsables bien definidos, y la trampa en que terminaron envueltos un conjunto de actores bien coordinados en el intento de hacerle un daño en lo posible irreparable a un gobierno que detestan. Y de pasada, porque iba inevitablemente de la mano, a varias instituciones del Estado y a las condiciones básicas de la convivencia colectiva.
En esta historia que aquí intentaremos reconstruir y desentrañar tuvieron un papel central los llamados organismos de derechos humanos. Fueron ellos los que cultivaron y difundieron la fe en la visión recién descripta, descalificando cualquier argumento en contrario. Y los que convirtieron a Maldonado en un desaparecido de Macri, la prueba final de que todo lo que pensaban de él era cierto.

Y finalmente se supo dónde estaba Maldonado. No era por supuesto el final que la sociedad y los involucrados en la investigación espera¬ban. Había muerto, en circunstancias que aún faltaba determinar. Su cuerpo fue ubicado por un buzo cerca del mediodía del 17 de octu¬bre, casi en vísperas de las elecciones. Flotaba casi totalmente sumer¬gido entre ramas y raíces muy cerca de donde lo habían olfateado los perros de Prefectura en el rastrillaje del 5 de agosto. En un lugar que efectivamente el 18 de septiembre había sido revisado desde botes y desde la costa. ¿Por qué no lo habían visto antes?

Pero cabía sí preguntarse: ¿qué clase de víctimas había ya a esta altura en el caso Maldonado? ¿Y quiénes eran sus victimarios? El Estado le falló no sólo al propio Santiago al responderle piedrazo por piedrazo, sino a la familia al tardar tanto en despejar la paja del trigo de las versiones y encontrar el cuerpo. Pero también les fallaron a todos ellos los organismos de dere¬chos humanos al colaborar en la fábula que sumó infinito dolor a la tragedia y contaminó y seguiría contaminando la memoria de un hombre y sus seres queridos. Y le fallaron por sobre todo a Santiago Maldonado y su familia los que él creyó amigos de la RAM, que lo dejaron tirado en el río, se desentendieron de su suerte y después de muerto siguieron usándolo para sus exclusivos fines.

 

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Un muerto de la RAM. La violencia política, ¿volvió para quedarse?

Justo en el momento en que se velaban los restos de Santiago Maldonado, en inmediaciones del lago Mascardi un enfrentamiento entre Prefectura y la RAM terminó con un integrante de este grupo muerto de un disparo.

Las dos muertes no tienen mayor equivalencia entre sí. Pese a lo que ahora seguramente se dirá desde la oposición radicalizada, que son ambas consecuencia de la misma descontrolada y salvaje represión que aplica Macri contra legítimos reclamos del pueblo mapuche.

Lo que sí indican ambas es que hay una voluntad de parte de la Resistencia Ancestral Mapuche de llevar sus reclamos al terreno de la acción violenta, que no los va a detener la muerte de personas, sean de su grupo, de gente afín o mucho menos del enemigo, es decir todo el resto de la sociedad argentina, y que es preciso que el Estado adopte entonces una estrategia mejor que la que hasta aquí ha logrado hilvanar para lidiar con el problema y en un tiempo no muy lejano hacerlo remitir. Mientras esta estrategia no exista estos hechos van a repetirse y van a escalar el conflicto.

Vayamos entonces por partes. Dijimos que las dos muertes no son para nada equivalentes, pero si tienen mensajes semejantes: la violencia política está de nuevo entre nosotros. Los opositores radicalizados dirán que es culpa del macrismo, claro. ¿Tienen algún fundamento para sostener esta idea? En el primer caso claramente no.

La muerte de Maldonado está casi totalmente comprobado que se trató de un accidente. Falta cerrar la causa, pero es la conclusión lógica que se desprende de toda la evidencia reunida. Seguramente los miembros de la RAM, organismos de derechos humanos, partidos de izquierda dura, el kichnerismo residual y la familia insistirían de todos modos en que si no había sido desaparición forzada había al menos alguna responsabilidad de la Gendarmería: bien porque lo habían perseguido hasta “obligarlo” a meterse en el río Chubut, bien porque tal vez habían hecho algo aún peor. Pero son especulaciones sin ningún asidero jurídico, ni tampoco lógica política. De allí que no tengan ya mayor impacto en la opinión pública.

El grueso de ella asume que los errores que puede haber cometido la Gendarmería en la operación de desalojo de la ruta 40 el 1ro. de agosto pasado en Vuelta del Río, Chubut, haber devuelto los piedrazos que les lanzaban los de la RAM, haber entrado en el predio en disputa en una situación confusa, donde el delito flagrante tal vez no justificaba tanto, son cuestiones menores y nada tienen que ver con las claras responsabilidades penales que les tocan a los organizadores tanto del piquete como de la fábula de la desaparición de Maldonado. Ellos fueron los que resistieron a la autoridad y agredieron a los miembros de Gendarmería, los que abandonaron a Maldonado en el río, y los que mintieron a la Justicia y a la sociedad para sostener el invento de una desaparición forzada y una represión salvaje e ilegal.

Como esa fábula se desarmó, la RAM se desesperó en las últimas semanas por llevar el conflicto a otro nivel, en otros lugares de la región. Atacaron la municipalidad y el destacamento de Gendarmería de El Bolsón. Y luego ocuparon un nuevo predio muy cerca de Bariloche, sobre el lago Mascardi. No pensaban ceder, por eso cuando la Justicia ordenó el desalojo de esta toma se escondieron en el monte, a la espera de que las fuerzas de seguridad se replegaran y ellos pudieran volver a empezar.

En el ínterin se produjo este enfrentamiento y por primera vez recurrieron al uso de armas de fuego contra fuerzas de seguridad. Y el hecho terminó como todos sabemos. ¿No debieron los Albatros de Prefectura que actuaron contra la RAM en el monte haber prevenido cualquier posibilidad de una muerte? ¿Qué apuro había en detenerlos, no podían simplemente mantener el cerco en torno a ellos y esperar la ocasión de desarmarlos y llevarlos a la Justicia? Son dudas que aún no pueden contestarse. Lo que sí es seguro es que la RAM buscó esta situación, y consiguió la víctima que no tuvo con Maldonado.

El estado no es una “parte” en este conflicto. NI tampoco sus fuerzas de seguridad pueden considerarse equivalentes contrapuestos a la patota armada de la RAM. La Prefectura igual que la Gendarmería y los jueces que deciden sus pasos son los que garantizan el Estado de Derecho. Mal o bien, hacen su trabajo. Y para seguir haciéndolo tienen que tener la ley de su lado y la confianza de la sociedad en que usarán la fuerza sólo en la medida que sea necesario y siempre según lo que marca la ley. Porque si no lo hacen le darán pasto a los que creen que se justifica destruir ese Estado para poder destruir a un gobierno que detestan y volver a hacerse del control de la situación.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/11/17

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Macri cedió plata y profundidad para lograr velocidad ¿Hizo bien?

¿Serán realmente “históricos” los acuerdos sellados en los últimos días entre el gobierno nacional, los gobernadores y los sindicatos?

La opinión general es entre bastante y muy positiva. Se ha dicho que con los acuerdos alcanzados “todos ganan”. Que el gobierno logró poner en marcha su “reformismo permanente” y triunfó doblemente al aislar a los promotores de la Resistencia y sentar a todos los demás opositores a discutir sus propuestas, con sus condiciones.

Tal vez eso sea más o menos cierto pero es probable también que hayan surgido algunos inconvenientes en la letra chica de los acuerdos. El punto a destacar al respecto es que el gobierno cedió demasiado rápido y demasiado dinero. Y que todo lo que no consiguió en la mesa de negociaciones va a recargar su trabajo durante 2018.

Se destaca que las provincias resignaron sus juicios contra el Estado Nacional, y este los compensó con un bono. Pero lo cierto es que en esta transacción aquellas cedieron recursos eventuales y éste unos bien concretos e inmediatos: 80.000 millones en los próximos años. Algo parecido sucede con la promesa de la responsabilidad fiscal: las provincias se comprometerían, igual que en 1993 y 2004, a reducir gastos y controlar progresivamente sus déficits, y el gobierno nacional espera que ese sea el instrumento para forzar una baja progresiva de Ingresos Brutos y Sellos; pero ¿y si sucede igual que después de esos pactos fiscales y las provincias incumplen? ¿tendrá a la mano el Ejecutivo nacional algún instrumento para castigarlas? La experiencia con la ley de 1999 no fue buena, recordemos: en ausencia de sanciones efectivas, incumplir es muy tentador. Tampoco se acordó qué se va a hacer con el déficit de las cajas previsionales que siguen administrando las provincias, 13 en total y escandalosamente deficitarias. Otra mala señal. ¿Quién financiará entonces los cambios que más interesan a Macri para adelante, la reducción de Ganancias e IVA para los que inviertan, la reducción de aportes patronales? Acertó: todo recaerá en el esfuerzo que pueda hacer la administración central.

Se dice también que los gremios aceptaron “globalmente” la reforma laboral propuesta por el presidente. Pero lo cierto es que le sacaron casi todas sus notas para ellos problemáticas: buena parte de la reducción buscada en las indemnizaciones, el “banco de horas” para flexibilizar las jornadas laborales, la igualdad de derechos entre empleador y empleado y el fomento a las tercerizaciones; “a cambio” el gobierno sólo logró avances en el blanqueo y la extensión de licencias, cambios que benefician también a los gremios.

Por otra parte el trámite parlamentario puede complicar aún más las cosas. El gobierno espera que en ese proceso se incluya el descuento de lo que se pague por el impuesto al Cheque de lo que corresponda a Ganancias. ¿Lo considerarán los legisladores de oposición, sabiendo que toda caída en la recaudación de Ganancias ahora perjudicará más que antes a sus provincias? También espera que la fórmula de actualización de jubilaciones por encima de la inflación que ya aceptó (más generosa de lo esperado y más generosa aún para los que hayan aportado al menos 30 años) no anule del todo el ahorro que necesita para pagar sus también generosos compromisos con Buenos Aires (el ahorro previsional inicialmente previsto por 100.000 millones ya se redujo a 70.000), pero ¿y si los diputados y senadores vuelven a mostrarse, como siempre, especialmente sensibles al respecto y se aseguran que los incrementos por sobre la inflación no sean simbólicos (los míseros 10 pesos de los que ya habla con toda razón Kicilloff)? Demasiados problemas dejados a la buena de Dios, cuando ya el Ejecutivo cedió todo lo que podía ceder en la negociación previa con los que no votan las leyes, los gobernadores y los sindicalistas. ¿Qué va a concederles a los legisladores?

Es cierto que el oficialismo puede compensar estos costos, parcialmente al menos, si profundiza el círculo virtuoso ya desde las PASO creado entre fortalecimiento de la gobernabilidad y del control oficial sobre la agenda pública, recuperación de la confianza de los inversores y consumidores, aceleración de la recuperación económica, más recursos alimentando las arcas públicas, por tanto más gobernabilidad, etc.. Pero ¿con eso va a alcanzar para compensar las malas señales que pronto pueden surgir respecto a la evolución del déficit público, el endeudamiento, el impacto de todo ello sobre el tipo de cambio y sobre la competitividad de la economía, la inflación y los déficits gemelos, y así sucesivamente? Puede que no.

Además y por sobre todo concluidas las negociaciones es evidente que ellas dejaron demasiado conformes y distantes del kirchnerismo a los peronistas moderados. Haciéndoles un favor extra a quienes en adelante serán los únicos contrincantes de peso del oficialismo: gobernadores y sindicalistas pueden decir ahora que ellos no tuvieron nada que ver con la iniciativa loca de Cristina de querer incendiarlo todo, que ella es la única que salió realmente derrotada del reciente llamado a las urnas, y que de parte de ellos la sociedad no tiene nada que temer porque han demostrado cumplir a rajatabla con una función doblemente virtuosa, sacar definitivamente de escena a ese actor antisistema y destructivo, y corregir los excesos en que cae el gobierno en su afán ajustador y su insensibilidad social. El famoso centro nacional del que viene hablando Miguel Pichetto.

¿No hubiera sido mejor para el oficialismo esperar a que asumiera su banca Cristina, para que ella volviera a cumplir su habitual rol de horadación y achique de la posición en que aspiran a hacerse fuertes gobernadores y sindicalistas? Finalmente son estos los que seguro más festejan, y tal vez además empujan, el fervor de algunos jueces por mostrarse implacables con el latrocinio kirchnerista: necesitan que hasta los restos de ese proyecto desaparezcan, para no tenerlos todo el tiempo recordándoles sus no muy remotas afinidades y, peor, acusándolos de ser socios del ajuste y robándoles votos y apoyos opositores por izquierda.

Si esto es así, ¿el efecto político de los acuerdos no puede terminar siendo más complejo para el macrismo de lo que ahora parece? El presidente puede que se haya asegurado su reelección, y también la de Vidal y Rodríguez Larreta. Pero tal vez también aseguró sin querer la reelección de muchos gobernadores peronistas. Sobre los que Cambiemos necesita avanzar en 2019 si quiere fortalecer su coalición legislativa y no ser de nuevo, en un segundo mandato, una gestión en minoría y dependiente de la buena voluntad de los opositores moderados. ¿En serio se puede pensar, como dijo en estos días un conocido analista, que a partir de ahora “Macri cuida a los gobernadores y los gobernadores cuidan a Macri”?

Una cosa es pasar de juegos extorsivos y especulativos de “suma cero” a juegos más colaborativos, y otra querer gobernar confiando en la bondad del ser humano. Ni Macri ni sus colaboradores son tan ingenuos para adherir a una fórmula como esta, eso es seguro. Pero puede que estén confiando demasiado en su buena estrella, en que el peronismo está desarmado y desarticulado y va a seguir así por largo tiempo, y que los costos extra que se cargue el programa fiscal sobre sus espaldas con acuerdos como los mencionados podrán descontarse fácilmente con toma de deuda, mayores plazos para la convergencia de las variables y, finalmente, algo más de inflación. Como hacen las empresas en Argentina desde siempre, después de negociar con gremios, proveedores y demás: recalculan y descargan costos vía precios en sectores que, como los consumidores, no tienen poder de retaliación. El problema es que Argentina como país no puede confiar en hacer lo que las empresas argentinas durante demasiado tiempo se han acostumbrado sea su modus operandi. Y menos ahora que el país quiere empezar un tiempo distinto, que acabe con ese tipo de conductas.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 23/11/17

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Al gobierno le convenía que Víctor Hugo siguiera

Igual que pasa con Cristina, nada mejor para el macrismo que tener adversarios tan poco convincentes.

Si los que te critican son indudablemente fanáticos enardecidos, fabuladores compulsivos, ideólogos de un populismo cerril, no hay forma de que convenzan, no digamos a los oficialistas, siquiera a los dubitativos. Ante la disyuntiva, la enorme mayoría optará por creerle al presidente y su gente.

Lo demostraron las últimas elecciones. Toda la machacona campaña sobre el caso Maldonado, sobre el “salvaje ajuste” que supuestamente se venía después de octubre, y sobre el “descomunal poder” que se decía iba a concentrar Macri, una vez que sumara respaldo legislativo a sus súper poderosos aliados corporativos y mediáticos, sirvió para muy poco. Al contrario, seguramente ayudó más bien a que el oficialismo disimulara mejor sus falencias: semejante cantinela debe haberle quitado credibilidad hasta a las críticas más módicas y fundadas.

La conclusión es que no tiene sentido buscar en el oficialismo la causa de las desgracias laborales del señor Víctor Hugo Morales. Como no la tiene tampoco buscar allí el origen de los recientes avances judiciales contra ex funcionarios kirchneristas.

Es claro que a Macri le conviene que el kirchnerismo se debilite, pero no tanto como para desaparecer. El mejor escenario que puede imaginar el presidente de aquí a 2019 es el de un peronismo todavía dividido, en que los moderados sean señalados por los opositores duros de ser cómplices y tibios. En un cuadro como ese, su reelección sería un paseo.

Según esta misma lógica, si alguien desde el mundo político pudo haber alentado o presionado a los jueces y fiscales para que fueran con todo contra Cristina y los suyos, lo lógico sería buscarlo del lado de ese peronismo renovado o moderado: es él el que necesita que Cristina no simplemente se debilite, sino que salga definitivamente de la cancha. De ese modo ellos podrían monopolizar el rol de oposición, y sacar réditos tanto en la cooperación con Macri, como en la diferenciación y crítica a sus decisiones que dejen más flancos flojos.

Por lo mismo, cuando V. H. Morales dice que al gobierno “su presencia lo incomoda” es además de pretencioso, falaz: nada mejor que tenerlo de vocero de los críticos. Es todo lo contrario: seguro Macri soñaba con que siguiera por largo tiempo donde estaba, complicándole la vida a quienes quisieran hilvanar un argumento opositor mínimamente razonado y sensato.

¿Por qué entonces salió despedido de su trabajo en C5N, como poco antes le sucedió a Roberto Navarro? Lo más probable es que sea una de las condiciones que está exigiendo el grupo empresario interesado en quedarse con los medios potencialmente rentables de Indalo, para tener más chances de volver a hacerlos tan competitivos como fueron en épocas de Hadad.

Es cierto que Navarro y Morales tienen todavía su público fiel. Pero ese sector de la audiencia está condenado a enflaquecer un poco cada día, igual que sucede con el kirchnerismo en general. Y en cambio el perfil de esos comunicadores militantes les fue horadando a los medios que les daban cobijo la capacidad de llegar a otros públicos, más moderados y diversos, que crecen en forma inversamente proporcional.

Se trata por tanto de una típica situación en que la lógica del mercado de medios se contrapone a la lógica de la polarización política, y que suele darse en todos los sistemas políticos más o menos plurales y abiertos. Es lógico que Steve Bannon tenga éxito en Estados Unidos en sitios de noticias militantes y en las redes sociales. Pero si Fox lo tuviera como columnista estrella perdería buena parte de su público. Fox lo sabe y ni locos lo contratan. Por más entusiastas que sean en su directorio de muchas de las políticas que impulsan los republicados y Donald Trump.

Lo mismo van a tener que hacer ahora C5N, Radio 10 y otros medios que deberán recuperar el equilibrio entre convicciones y competencia por la audiencia, y encontrar un punto adecuado para volver a ser actores relevantes, autosustentables y útiles para la democracia y el pluralismo en nuestro país.

Los kirchneristas van quedando cada vez más acotados en su influencia a los márgenes del sistema político, y creen tener buenos motivos para quejarse de que eso les esté pasando. Eran casi “hegemónicos” hace poco tiempo y ahora pierden un pedazo todos los días, ven reducirse sus espacios de influencia ante la indiferencia o hasta el festejo del resto del país, y es lógico entonces que imaginen que eso se debe a que alguien lo provoca, alguien se toma revancha y los está persiguiendo. En vez de pensar que tal vez lo que construyeron no podía durar, era demasiado inconsistente y dependiente del control del estado, demasiado contradictorio con la lógica de los mercados de la comunicación moderna, la competencia política abierta y la democracia pluralista.

Son estos finalmente los que se toman revancha. Pero de eso es absurdo que se quejen: los auto inculparía. Pues muestra que el penoso espectáculo de la descomposición al mismo tiempo política, mediática y cultural del proyecto kirchnerista del único que habla mal, muy mal, es de él mismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/11/17

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“Nadie quiere ceder nada”. ¿Macri choca con la realidad de siempre?

Los gobernadores aceptaron en principio la vía de solución propuesta por Macri para el problema bonaerense. ¿Por qué? Pues porque según esa vía ellos no ceden nada. Lo que gana Vidal es porque lo cede la Nación, en forma ahora previsible, no por decisiones circunstanciales que puedan renovarse o no año a año, sino por una regla incorporada al acuerdo fiscal federal marco: unos 40.000 millones al año. Con lo que se cerraría la larga discusión sobre el Fondo del Conurbano y la coparticipación de impuestos a la principal provincia del país.

Tampoco parecen estar cediendo nada los gobernadores en relación al impuesto al cheque: él irá ahora a la ANSES, en su totalidad, pero a cambio las provincias se benefician con la coparticipación completa de Ganancias. Todo quedaría ahí aparentemente igual.

Mientras tanto los chacareros pusieron el grito en el cielo por el anunciado aumento del Inmobiliario Rural en varias provincias, en particular Buenos Aires y Córdoba. Y amenazan ya con paros y movilizaciones. Pese a que se los compensa con reducciones ya previstas en esas provincias, y otras, de Ingresos Brutos. De vuelta: ¿ceden algo?

¿Será que se están cambiando sillas de lugar sin que cambie nada demasiado importante? No totalmente. El reemplazo de impuestos distorsivos o que desalientan la producción (Ingresos Brutos, al Cheque, etc.) por tributos más enfocados en la propiedad y las rentas fijas como el Inmobiliario no deja de ser una buena noticia. Que puede tener a la larga un efecto positivo sobre la competitividad y la inversión. También es positivo que se fijen reglas y no se tomen atajos circunstanciales, como fue en su momento el Fondo del Conurbano, y lo eran en los últimos años las transferencias discrecionales a Buenos Aires dispuestas año a año por Nación.

Pero lo cierto es que por ahora lo que se ve es una escasa disposición a ceder de los actores que tienen influencia y poder de bloqueo sobre el gobierno nacional. Y que éste tiende a ceder recursos propios para facilitar acuerdos, descargando los costos en otros actores. ¿En quiénes? Por ahora, en esencia, en los jubilados. Si el sistema previsional se financia en adelante en mayor medida que antes con un tributo condenado a desaparecer, como es el impuesto al cheque, en algún momento no muy lejano se agravará el desequilibrio que ya desde hace tiempo lo aqueja.

A ello se suma que buena parte de lo que la Nación necesita para lubricar el entendimiento con Vidal y el resto de los gobernadores provendrá del cambio en la forma de actualizar las jubilaciones, que todas las provincias se han comprometido a apoyar e implicará el ahorro inmediato de 100.000 millones para el Tesoro.

¿Qué pasa mientras tanto con los empresarios y sindicalistas? Nada muy distinto. Algunas empresas grandes ya le tomaron el pulso al gobierno. Es el caso de la Coca Cola. Al ver que tras una tibia resistencia el Ejecutivo retrocedía de la intención inicial de cobrarle más impuestos a las bebidas alcohólicas, la compañía norteamericana quiso aprovechar para hacer también retroceder a Macri en lo que a ella la afectaría, la sobretasa propuesta para las bebidas azucaradas, amenazando con retirar planes de inversión. Pese a que esa sobretasa ya era compensada al menos parcialmente por la reducción prevista en el impuesto al agua mineral, que también produce la Coca Cola.

Ir a “prueba y error” en este tema de los impuestos no parece ser buena idea, y menos una forma de obligar a que “todos cedan un poco”. Más bien está dando paso a lo contrario, la idea de que si apretamos todos un poco podemos lograr que el que ceda sea el gobierno. Y ¿qué hará él si fracasa en financiar con los nuevos tributos la prevista reducción de aportes patronales y Ganancias? ¿Recurrirá de nuevo a los jubilados, tomará más deuda?

Los sindicatos ya adelantaron que resistirán cualquier modificación a la ley de contrato de trabajo. En particular se oponen a las reducciones en los cálculos de indemnizaciones y la equiparación de derechos entre empleador y empleado. Ofrecen a cambio de que se bajen esas iniciativas, su colaboración con el blanqueo laboral. Y el punto es que tienen los medios para movilizar a las bancadas peronistas y del resto de la oposición y bloquear el proyecto. Mientras tanto puede que el blanqueo laboral sí avance, pero en eso no cederán mucho que digamos ni los sindicatos, que ganarían afiliados, ni los empresarios, que recibirán compensaciones generosas del gobierno. El que cederá de nuevo será, al menos en principio, éste último, reduciendo tributos y resignando reclamos por incumplimiento.

En este universo en que todos aprietan y nadie quiere ceder, ¿el gobierno lleva las de perder?, ¿debería ser más rígido y exigente, aunque estallaran por ello conflictos abiertos con algunos de los sectores que quiere tener sentados a la mesa de los acuerdos? Vaya a saber qué es mejor. Lo cierto es que de todos modos el Ejecutivo puede mostrar avances. Las compensaciones impositivas para las provincias dependerán de que cumplan su compromiso de reducir gastos. Lo que se resigne de recaudar por reducción de tributos y penalidades en el blanqueo laboral lo compensará si se amplía el número de empleados en blanco. Si ya convence a las provincias de apoyar su idea de poner en caja el sistema previsional, con un recorte inicial acotado pero no irrelevante, puede generar un antecedente muy útil para cuando se decida a meter mano en serio en ese berenjenal.

Son los costos del gradualismo, aún en la fase de reformismo permanente: mucho tiempo, magros resultados iniciales, que sólo con paciencia y esfuerzo sostenido se podrá confirmar que abonan un camino progresivo hacia cambios más profundos y no son solo salir del paso para seguir más o menos como estábamos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/11/17

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Macri sobre Nisman. ¿Es un problema la espontaneidad del presidente?

En Nueva York Macri lanzó una frase inesperada, y además injustificada: “a Nisman lo mataron”. Fue en un encuentro en el Consejo de las Américas, con empresarios a quienes se intentaba convencer de que invirtieran en el país. Tal vez no fue la mejor manera de lograrlo.

Para peor al poco rato se enredó, tal vez quiso corregirse pero terminó repitiendo algo parecido en una entrevista pública con el periodista Charlie Rose de la cadena PBS: “¿Qué ha pasado con el caso de Alberto Nisman? le pregunta Rose, “Todavía no lo sabemos…. Necesitamos llegar a la verdad… saber qué pasó” contesta él; pero cuando Rose presiona, “¿necesitan saber quién lo hizo?”, el presidente vuelve a pisar el palito: “Si, quién lo hizo”. ¿Estaba diciendo “la verdad”? Y más importante, ¿estaba diciendo lo que el presidente argentino hoy puede y debe decir sobre el caso?

Claro que lo suyo no podría ni compararse con las recordadas cartas al pueblo que escribió Cristina Kirchner apenas producida la muerte de Nisman, donde primero dijo estar segura de que había sido un suicidio, luego un asesinato, y en ambos casos se lavó las manos alevosamente poniéndose en víctima, porque lo que estaba claro era que, fuera Nisman o sus asesinos, se lo habían hecho “a ella”. Pero con Cristina no tiene sentido seguir comparándonos. Si lo tendría compararlo con Carrió, y sobre todo preguntarse si no habrá al respecto un problema de contagio, que no puede augurar nada bueno.

Por otro lado, por más que el fiscal Eduardo Taiano el mismo día que habló Macri del tema estuviera presentando su acusación contra Diego Lagomarsino, con lo que orientó tal vez decisivamente la causa hacía la hipótesis de una conspiración para asesinar al fiscal de la AMIA, nada de eso está probado. Seguramente pasará mucho tiempo hasta que se resuelva el caso. Y mientras tanto flota en el ambiente la idea de que el poder político, los medios y también la sociedad prejuzgan, dan por culpables a los que sólo son por ahora sospechosos o acusados, en casos de corrupción o en casos como el de Nisman, o el de Maldonado, tal vez crímenes políticos pero tal vez no.

¿Hacía falta que el presidente diera ocasión a quienes alimentan esta desconfianza hacía el trabajo de la Justicia, justo ahora que ella parece empezar a hacerlo un poco mejor que antes, precisamente para machacar con que ellos no son los malos de la película sino “perseguidos”, víctimas de una entente siniestra de los poderosos contra el campo popular?

Pero además de los efectos no queridos que puedan tener las palabras del presidente en ese debate, hay tal vez una pregunta previa que conviene también hacerse: si Macri no es proclive a arranques de espontaneidad que pueden dañar su liderazgo.

En general se piensa que no, que su espíritu calabrés lo protege de actuar en caliente, de reaccionar sin pensar. Puede que tenga otros defectos: no olvida ni perdona y puede ser en demasía vengativo. Pero no tiene el problema de hablar o actuar a tontas y a locas.

Sin embargo no es la primera vez. Poco antes de las elecciones circuló una frase suya sobre los “562 argentinos que frenan el cambio en el país”, lo peor del círculo rojo, cabe imaginar. Y que “si los pusiéramos en un cohete a la luna el país cambiaría tanto…”. Lo de la lista y el cohete a la luna fueron metáforas muy poco felices. Pero más complicado es aún que se conciban las resistencias al cambio como un problema que puede personalizarse en “incorregibles” a descartar, porque sin ellos todo funcionaría de maravillas. Claro que es bueno que los corruptos, al menos algunos de ellos, vayan presos, pero ¿eso resuelve nuestros problemas de corrupción? Puede que no, que tengamos y en abundancia otros que los reemplacen si el sistema los sigue produciendo a la misma velocidad que antes. Más que un enfoque serio del problema la “metáfora” de Macri nos ilustra sobre una tendencia a pensar, y tal vez a actuar, guiados por pasiones y calenturas. Apenas contenidas por el “método” calabrés.

¿Puede por inclinaciones como estas y si episodios como estos se vuelven tendencia, ponerse a sí mismo en riesgo el liderazgo de Macri, ahora que tiene las manos más libres y el campo más abierto para desplegarse? ¿Están esas inclinaciones detrás de algunas decisiones concretas que se han tomado, o del modo en que se está encarando la fase por decir así programática de su gobierno?

Hay quienes creen que sí y lo conectan con otras señales de que la moderación y la prudencia pueden estar dando paso a cierto espíritu refundacional y a un tono más soberbio. Lo de “la generación de argentinos que va a cambiar definitivamente el país”, que tal vez al comienzo fue espontáneo, pero ahora ya no, viene repitiéndose y extendiéndose como un mantra desde la campaña electoral, podría interpretarse en esta clave: de no tener casi épica tal vez en el Ejecutivo estén pasando a comprarse una de talle extra large, bandeándose para el otro lado.

¿Y si esta tendencia empieza a reflejarse no sólo en palabras sino en el modo en que se arma la agenda del reformismo permanente, en una tendencia a sobrecargarla de promesas porque “mi voluntad va a hacer la diferencia”? ¿Y si al ponerse una vara tan alta vuelve a alimentarse el entusiasmo y la ansiedad, hasta que se vuelvan en contra de sus promotores? Ciclos como ese ya los vivimos suficientes veces. Aprovechar el envión para tomar la iniciativa y moldear la agenda pública de los próximos años es muy razonable. Sobreactuar tal vez no lo sea tanto. Y menos todavía lo es ceder a la espontaneidad del “optimismo de la voluntad”.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 10/11/17

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Boudou, víctima de su propia medicina. ¿El show debía seguir?

El escarnio público del que escapó De Vido se cebó con el ex vicepresidente Amado Boudou y tuvimos entonces el penoso espectáculo de una persona otrora poderosa arrastrada por el barro, fotografiada y filmada en el por ahora peor momento de su vida, de la peor manera imaginable. Faltó que alguien le hiciera los cuernitos o le metiera una zancadilla.

¿Somos una sociedad de salvajes que se abalanza sobre el que circunstancialmente cae en desgracia, pero no nos atrevemos a ponerle límites al poderoso mientras está vejándonos, atropellando de la manera que sea nuestros derechos hasta cansarse, o hasta que se le acabe la suerte?

Si esto es así, y parece la conclusión a la que han llegado varios analistas muy sensatos después del espectáculo que acompañó la detención de Boudou, no hay tanto que celebrar en que ahora caigan presos los ex funcionarios corruptos. Porque no sería señal de verdadero avance republicano, sino simplemente de que nos cansamos de un grupo de abusadores pero estaremos pronto buscando otros no muy distintos que los reemplacen, o disputándonos ese rol entre nosotros.

Es un aspecto importante de la cuestión y es preciso atenderlo seriamente. Igual que el de la prisión preventiva generalizada en este tipo de procesos judiciales. Es cierto que en algunos casos se justifica. ¿Pero vamos camino a que sea para todo el mundo y “por si acaso”? ¿Los jueces y fiscales están midiendo los procedimientos que aplican o están haciendo con los hasta hace poco poderosos capos kirchneristas lo que años atrás hicieron con ex represores, y en general suelen hacer con muchos delincuentes comunes simplemente porque son pobres y no pueden defenderse, o porque la policía lo pide para ahorrarse trabajo?

Personalmente no conozco suficiente los antecedentes de la conducta de Boudou ni los detalles de los procesos que se le siguen como para opinar sobre este último punto. Tengo sí la impresión que con De Vido y Sala la prisión preventiva está bastante justificada. Pero tal vez en este caso no.

Como sea, ni esta ni la cuestión del afán social por participar de escraches o al menos disfrutar con el espectáculo que brindan, el del señalamiento público y el daño a la dignidad y a veces los cuerpos de los señalados, no me parece que agoten la cuestión.

Hay también que considerar las peculiaridades desde el principio espectaculares del fenómeno Boudou. Su modo de ser y su devenir en la política y la escena pública argentina. Para entender la lógica que liga su ascenso y su caída.

Porque Boudou dista de ser el mayor responsable de la corrupción en Argentina. En una rápida comparación con otros de los recientes detenidos, salta a la luz que lo suyo fue amateurismo puro. Que compararlo con De Vido, por caso, es como comparar a Don Corleone con un carterista. ¿Lo disculpa? Para nada. Fue en todo caso un carterista puesto en la vicepresidencia de nuestro país, ejerciendo un enorme poder. Y aprovechándose de él todo lo que pudo, mientras duró la fiesta.

Pero por otro lado y por sobre todo Boudou fue el summum de la irresponsabilidad y el abuso de la acción dramatúrgica en la política argentina por parte del kirchnerismo. La construcción de un espectáculo y la entronización de una dimensión estética asfixiante en la comunicación estatal que permitía manipular al extremo el sentido de los actos de gobierno y sus consecuencias, relativizar o directamente anular los hechos y datos y por tanto la responsabilidad por las consecuencias de la gestión.

Estuvo claro desde el comienzo, desde sus tiempos en el municipio de la Costa, que se trataba de un artista frustrado devenido político por conveniencia y oportunidad. Se volvió así, ya en la ANSES y en Economía, un ícono de un nuevo tiempo y de una generación de jóvenes funcionarios que combinaban el desparpajo de la cultura descontracturada e interclasista del rock chabón, con los negocios turbios y el uso de cualquier argumento de ocasión para desestimar críticas y destruir a los adversarios, siempre cerrando sus intervenciones con una sonrisa amplia y una invitación a seguir participando o al menos asistiendo a la fiesta. ¡¡Good Show!! Y dejando claro que en su caso la fe proclamada a diestra y siniestra consistía en un guión de ocasión, tan útil como cualquier otro que pudiera embellecer su imagen.

Por eso, aunque como dijimos no fue un gran arquitecto de negocios mafiosos, fue sin duda una pieza esencial y muy gravitante del edificio de corrupción y malversación de la democracia que construyó el kirchnerismo. Junto a De Vido representan bastante bien las dos patas principales de ese edificio, los dos costados del alma que dio forma y sustancia al liderazgo de Cristina Kirchner, ella sí a la vez artista y arquitecta.

Nada de esto sirve para justificar lo que se hizo con Boudou en el momento de su detención. Pero sí para entenderlo. Él salió, tal vez debía salir y hasta debe estar íntimamente satisfecho de haber salido de la escena como entró, con las luces de neón iluminando su rostro, las manos, los ojos y los labios en un gesto teatral, porque el show debía seguir. No es eso lo que importa realmente para lo que los argentinos tenemos que hacer para aprovechar democrática y republicanamente la oportunidad que su descomunal torpeza y soberbia han generado: mostrar que no sólo podemos combatir el daño que nos han hecho ex poderosos, sino también el que siguen haciendo los que todavía en alguna medida lo son o pueden volver a serlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/11/17

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Macri siembra confianza y cooperación en un país que las desconoce

Terminó la transición y empezó la fase programática del gobierno de Macri. Que consiste esencialmente, si seguimos el argumento expuesto por el presidente, en reemplazar juegos confrontativos, donde lo que uno gana procede de lo que pierden los otros, tan habituales entre nosotros y no sólo en el ciclo kirchnerista, por juegos cooperativos, todos ganamos un poco porque la torta se agranda, para lo que hace falta confiar en los demás y en muchos casos empezar cediendo algo, haciendo algún sacrificio. Que Macri le pidió especialmente a los poderosos y privilegiados.

¿Tiene chances de prosperar esta apuesta? Si atendemos a la reacción de los destinatarios inmediatos de la presentación del nuevo Macri en sociedad, sí. Todos aplaudieron, se abrazaron y se fueron sonrientes.

Conviene desconfiar cuando el entusiasmo arrebata los ánimos, nada va a ser fácil. La buena disposición inicial de actores poderosos puede ayudar, claro, pero ¿y si ese entusiasmo troca pronto en impaciencia y faccionalismo, los dos vicios más extendidos de nuestra vida en común?, ¿en reclamos de “ser fieles al espíritu de camaradería del 30 de octubre” dirigidos en los hechos a proteger con nobles argumentos privilegios amenazados, y entonces las presiones cruzadas traban hasta los más módicos avances?, ¿o se frustran esos acotados pasos adelante con llamados a una nueva guerra santa, con la excusa de que “hay que apretar el acelerador en serio y dejarse de dar vueltas” o de que el cambio “fue copado por el bando contrario”?

Tanto desde el gobierno como desde los grupos de interés, la oposición y la prensa puede abonarse el reformismo permanente, esta suerte de trotskismo de centro, pero a condición que efectivamente se haya aprendido de los errores cometidos con anteriores entusiasmos pasajeros. Algo que no está garantizado en todos los casos.

Aunque el gobierno parece de momento estar vacunado contra ese virus. Las palabras de Macri fueron medidas, sin euforia, advirtieron que “el cambio cuesta”, que hay miedo, y sobre la inconveniencia de subirse al caballo y lanzarse al galope. “Estamos dando pasos nuevos, firmes, seguros” dijo al inicio. La ansiedad, ese mal argentino tan extendido como la viveza, no parece que vaya a ser alimentada desde el poder.

También Marcos Peña días atrás se atajó de esa amenaza con una explicación del gradualismo que avanzó varios pasos más allá de lo que hasta ahora el gobierno planteaba al respecto: muchos creen dentro y fuera del macrismo que él abrazó ese método gradual y negociado para instrumentar los cambios porque no le quedó otra, no había estallado una crisis terminal a la salida del kirchnerismo, Cambiemos había ganado por poca diferencia en 2015 y no tenía ni tendría por largo tiempo mayorías legislativas propias; la sociedad además como mucho aceptaba módicos sacrificios porque nada parecía estar tan mal como para una cirugía sin anestesia a lo Menem.

Todo eso es más o menos cierto y significativo, pero Peña agregó una dimensión importante y hasta aquí poco atendida: explicó que el gradualismo garantiza la sustentabilidad de los cambios, cosa que en nuestra experiencia reformista ha sido el talón de Aquiles de los proyectos más audaces, en general marcados por la urgencia y el atropello. De vuelta Menem es el mejor ejemplo para no seguir. Otro es claro el de Néstor Kirchner, un maestro en eso de andar a golpes de voluntarismo y heredarle a sus seguidores un mundo plagado de trampas. Los “cambios seguros” de los que habló Macri seguramente dejarán a los ansiosos insatisfechos, pero puede que duren más, y eviten frustraciones de mediano y largo plazo.

Otra clave de la exposición del presidente fue enlazar las inversiones productivas y el combate de la pobreza. La lógica del capitalismo abierto y competitivo con la de la justicia distributiva. No es algo nuevo, Macri viene desde hace tiempo machacando con el asunto, pero ahora adquirió plena centralidad, y sus palabras fueron mucho más precisas.

Sonaron más o menos así: dejemos atrás el trajinado asunto del “gobierno de los ricos”, de lo que se trata es de enlazar dos mundos escindidos y que se han venido alimentado pero también debilitando fruto de una fraudulenta confrontación; poner a los pobres contra los ricos le ha servido al populismo radicalizado no para avanzar con la justicia social, sino para volver a ambos dependientes de sus mediocres ofertas, a los empresarios que ganen todo el dinero que quieran pero sometiéndose a la corrupción y las exacciones de corto plazo, con lo que sus inversiones se resienten y el empleo productivo languidece, bajo la amenaza de que si no las masas irán a golpear a sus puertas a reclamarles por su insensibilidad; a los pobres que acepten que el mundo no les ofrecerá nada mejor que un plan social, un conchabo en el estado, con suerte un empleo en negro, y todo culpa de los malditos capitalistas.

Esa ha ido una de las claves de la política confrontativa que Macri pretende dejar atrás. Que empresarios y sindicalistas lo entiendan y lo acepten será imprescindible si quiere tener éxito. Y para que lo entiendan y acepten, la oferta tiene que ser realista y quienes la hagan tienen que ser confiables. Si no hay confianza nadie va a sacrificar intereses de corto plazo que pudiera satisfacer siguiendo la lógica ya conocida, porque no va a tener seguridad de que sea compensado en el mediano y largo plazo. Así que seguirá la inflación, la puja distributiva, la rigidez de las convenciones colectivas, la baja inversión productiva.

El presidente cree que “los argentinos maduramos”, así que podemos cambiar en serio. Que “esta generación” va a mirar al futuro y no va a estar atada a los fracasos del pasado. Pero debe saber que eso es solo a medias cierto. Si llegamos a este punto es porque nos cansamos de esas confrontaciones y de ensayar iniciativas delirantes. Como sucedió ya en 1983, en 2002. Es porque las energías para seguir insistiendo en la irracionalidad de momento flaquean que optamos por algo más módico y sensato.

Además, Macri seguramente sabe que de los temas que hay que empezar a resolver, impuestos y gastos, empleo y calidad institucional, con sus ramificaciones, reforma electoral, gasto político, acceso igual a la Justicia, federalismo, blanqueo laboral, obras sociales, jubilaciones de privilegio y casi infinitos etcéteras, hay algunos que será difícil hacer caminar, otros en los que los consensos serán bastante costosos y solo unos pocos pueden avanzar sin muchos problemas. Por lo que lo de juntar a todo el mundo en un gran acuerdo de consensos básicos ha sido muy bonito pero puede que haya sido la primera y también la última vez; ahora conviene organizar con detenimiento mesas de negociación bien diferenciadas, que avanzarán a muy distinta velocidad, y tratar por todos los medios que los problemas que surjan en las más complicadas no contaminen las demás, lo que requerirá de una fina administración de reserva y publicidad, un arte político muy bien coordinado que puede sobrecargar bien pronto el ya comprometido cablerío de los tableros de control que él administra desde el vértice. El reformismo permanente es mucho más complicado de lo que parece y va a ser evaluado tal vez cuando la paciencia y el entusiasmo no abunden. Ojalá en el ínterin la confianza y algunos buenos resultados materiales hayan fructificado.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 31/10/17

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