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El 24 de marzo no merece ser feriado nacional

¿Tenemos claro qué se recuerda los 24 de marzo?, ¿qué comparten el estado y la sociedad como memoria y lección histórica de ese día? En mi opinión para nada. Ante todo, porque esa fecha alimenta la confusión y obtura otras tan o más significativas, que tienden a olvidarse.

Si de lo que se trata es de recordar los males de la intolerancia y la represión salvaje sería mejor evocar el 20 de junio de 1973, día de la masacre de Ezeiza y verdadero punto de partida de la violencia masificada y sin límite. O el inicio del Operativo Independencia, que puso en marcha del plan de secuestros y desapariciones, el 5 de febrero de 1975; o la extensión de dicho plan a todo el país por los “decretos de aniquilamiento” del 6 de octubre de ese año.

Si lo que se quiere recordar, en cambio, es la aplicación un ajuste draconiano de los salarios y del poder sindical, el 4 de junio del `75, lanzamiento del Rodrigazo, merece tenerse en cuenta. Y si se busca hacer memoria del abandono de la política civil y del respeto a la Constitución, bueno, las fechas sobran: elijamos entre el 6 de septiembre de 1974, cuando las guerrillas rompieron la “tregua” poco antes establecida, el 25 de septiembre del año anterior cuando matan a Rucci, o el 16 de octubre de 1975, día en que el peronismo se rindió a la voluntad de Isabel Perón de continuar en la Presidencia a cualquier costo, y se sepultó el juicio político acordado con la UCR y otros partidos.

Los defensores del 24 de marzo como fecha convocante pueden decir que reúne un poco todos esos parciales mensajes, pues marca el “descenso a los infiernos”, el fin de toda esperanza en contener la violencia, el atropello a la constitución y a los derechos de los trabajadores. Lo que es sin duda muy cierto.

Pero, si buscamos esa síntesis y destacar la íntima relación entre el respeto de los derechos y la democracia, ¿qué mejor que recordar no el comienzo si no el final de la dictadura y el regreso del gobierno constitucional?, que coincide, ¡oh casualidad!, con el día internacional de los derechos humanos, el 10 de diciembre. Lo otro es como celebrar las luchas de la independencia en la fecha de Cancha Rayada.

Tan cierto es que el día del golpe es una síntesis de las tragedias de nuestra historia reciente, como que con esa fecha y el mensaje más obvio que la acompaña se bloquea la reflexión sobre cómo fue posible que ese descenso a los infiernos sucediera con la indiferencia o directo apoyo de la gran mayoría de la sociedad, incluidos sus partidos (también el grueso del peronismo, que no veía la hora de que los militares les sacaran la papa caliente de las manos), sus sindicatos (la CGT llamó ritualmente a la huelga, pero ningún gremio movió un dedo para que se concretara) y la propia izquierda revolucionaria (que soñó con una incontenible rebelión popular tras la toma del poder por los militares).

Al hecho de que el 24/3 oculta más de lo que recuerda se suma que funciona, igual que el mito de “los 30.000”, como arma de extorsión: quien la objete es silenciado como “negacionista”, amigo del Proceso, un miserable que no tendría nada útil que decir. Lo que se refuerza en el modo en que se viene recordando, en particular los discursos y gestos que concita desde que los Kirchner la hicieron suya.

Hagamos memoria: el 24/3 fue declarado Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia” en 2002. Pero fue en 2006 que se estableció el feriado, y en 2008 que se lo politizó como mojón del relato K, a raíz de la crisis del campo, desatada al principio de marzo de ese año. Entonces se evidenciaron dos problemas, que no dejarían de agravarse hasta hoy.

Primero, que el kirchnerismo se plantaba sobre la plataforma de los derechos humanos para descalificar a sus adversarios como “personeros de la dictadura”. Así los chacareros y sus piquetes fueron presentados como “grupos de tareas”, “golpistas” y “comandos civiles”, una lacra a extirpar. Y luego les seguirían Clarín y los periodistas profesionales, los jueces y fiscales que no se le sometían, etc.

Segundo, los organismos de derechos humanos no sólo avalaron y festejaron ese uso, sino que le sumaron su propia batería antipluralista y antiliberal: la bandera de los derechos humanos no sería ya de todos los argentinos sino sólo de los que a esos organismos les simpatizaran, empezando por los Kirchner, claro, “nuestros hijos”, como los definieron Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto.

Estos dos fenómenos no dejarían de profundizarse, ni siquiera cuando el kirchnerismo dejó el poder. Y la última celebración así lo demostró. En ella no sólo Bonafini definió a las Madres como una facción de esa fuerza política. Sino que Carlotto y las demás organizaciones, pese a declararse a sí mismas democráticas y no partidistas, lanzaron un sablazo aun más artero contra estos principios, al identificarse no como facción sino como “expresión de todo un pueblo” (con lo cual quienes no nos sentimos representados por su acto ¿qué vendríamos a ser?), y “recordar” a las organizaciones guerrilleras de los setenta y su supuesto esfuerzo por lograr una “patria justa, libre y solidaria”.

Abandonaron así una ambigüedad arrastrada por años, cada vez más a disgusto, con la cual solían recordar la “militancia” y el “compromiso de lucha” de las víctimas de la represión, sin hacer mención ni a la lucha armada ni a organizaciones específicas. Ahora, envalentonados igual que Bonafini frente al enemigo macrista, corporización de la dictadura, esa ambigüedad ya no se justificaría. La lucha de la que hablaban siempre fue esta, la revolución por todas las vías posibles. Y llegó la hora de ponerlo sobre la mesa porque una vez más se espera que de su mano las masas se rebelen y acaben con sus enemigos.

Por supuesto que de todo esto puede resultar todavía algo bueno. Un discurso de los derechos más democrático y pluralista tiene hoy más chance de prender en la sociedad. En la infinidad de actores de todos los signos que no piensan acompañar a los “organismos” en su aventura. E incluso ayudar a disipar la confusión en muchos de quienes siguen marchando los 24 de marzo para recordar el pasado más oscuro, no para repetirlo.

Se despejará en ese caso otra confusión que nos viene torturando desde 1983 entre quienes abrazaron la causa de los derechos humanos y la democracia sólo por las obvias ventajas que ofrece ser “víctima de”, y los que en serio aprendieron de nuestros trágicos años setenta y rechazaron el unanimismo, la intolerancia y la violencia.

La manifestación del 1ro. de abril, que vista a su mejor luz fue una respuesta inesperadamente masiva al último y más virulento 24 de marzo, nos reclama que terminemos con toda esta manipulación y la tóxica extorsión que se escuda tras ella. Para que la democracia argentina vuelva a tener como sustento común una ética de los derechos y no siga por años pidiendo perdón por lo que no hizo a quienes no son leales con sus principios ni cumplen las obligaciones que ella nos impone. No se trata, por eso, de profundizar grieta alguna, ni de descalificar el dolor ni la memoria de nadie, sino del simple y elemental cuidado de lo que nos une a los argentinos.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 27/4/17

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El tentador beneficio de la polarización sana contra Maduro y Parrilli

La dirigencia kirchnerista padece un deterioro ya indisimulable. Fruto en partes iguales de que van quedando en el redil sólo los que no tienen otras opciones mejores, los menos dotados y más enchastrados, o los más fanáticos y necios; y encima esos que quedan muestran cada vez mayores síntomas de enajenación.

Oscar Parrilli es buen ejemplo de todo eso: “A Nicolás Maduro lo critican no por sus errores sino por sus aciertos”, dijo en un reportaje televisivo, “igual que a nosotros” agregó, confirmando una asociación por demás inoportuna e inconveniente que sólo hacían hasta aquí los que más detestan al kirchnerismo.

Y encima Parrilli siguió, muy convencido de lo que estaba diciendo, tratando de explicar que “a los gobiernos nacionales y populares de Latinoamérica los acusan de lo mismo: corruptos. Les generan problemas de alimentos, los medios de comunicación los destruyen y hay una campaña feroz contra ellos”. Para cerrar con que en Venezuela “hay un problema de hambre, pero no es culpa del gobierno”, justo en el momento en que se conocía de otra decena de muertos en protestas reprimidas con implacable brutalidad, en medio de una crisis política, social y económica sin fondo que es encarada por las autoridades chavistas con la ciega y sola receta de la polarización.

Podría creerse, parafraseando a Aníbal Fernández, que Parrilli ya no tiene todos sus patitos en fila. Pero el problema dista de ser personal y también de ser uno de mera índole psiquiátrica. Son muchos los kirchneristas que piensan que el “boicot económico del imperio” es lo que explica el desastre que es Venezuela, igual que antes se explicaban las penurias sin fin de los cubanos. También son muchos en ese campo los que creen que el antichavismo está formado por “bandas fascistas y golpistas” que quieren acabar con la potencia transformadora del “poder popular” supuestamente construido por Chávez y sus herederos, por lo que se justifica hacer cualquier cosa con tal de impedir que se salgan con la suya. Y por último muchos están convencidos de que este enfrentamiento a muerte que abiertamente tiene lugar en Venezuela en estos días es en esencia el mismo que, aunque en forma algo más disimulada y por ahora incruenta (hasta que estalle la guerra civil pronosticada por Brienza, Cerruti y compañía), se da en el resto de la región entre los “nacionalpopulares” y sus enemigos, los “neoliberales”. Venezuela, por tanto, lejos de desalentar por sus malos resultados las recetas y analogías usadas hasta aquí por el kirchnerismo, tanto en el gobierno como en la oposición, sería todavía ahora la prueba de su acierto, de que no hay otra opción que insistir en ellas o rendirse frente al mal absoluto.

Frente a semejantes muestras de estulticia, ¿cómo no ceder a la tentación de ejercitar una “polarización sana” contra ese enemigo soñado, uno que en cada gesto que hace regala sin advertirlo indulgencias para cualquier error o falta propia?

Encima todos los días se mandan una nueva. Y casi cotidianamente llega desde el desafortunado país caribeño la noticia de otra burrada chavista. Mientras los militares, la policía y los servicios cubanos sigan sosteniendo a esos sujetos en el poder es seguro que este insumo seguirá llegando y generando aleccionadora alarma entre nosotros. Y mientras más acorralados se sientan por las investigaciones judiciales y el aislamiento político sus parientes locales también es seguro que ellos insistirán en sus planteos a la vez amenazadores y ridículos.

La mesa está servida, por tanto, para que aunque pase el tiempo desde que ese peligro real o imaginario se evacuó, cobre más fuerza en vez de apagarse el fantasma de “lo que hubiera pasado si los kirchneristas se salían con la suya”, el “cómo nos salvamos de volvernos Argenzuela”. Y por tanto más combustible recibirá la estrategia electoral más simple y barata al alcance del macrismo: polarizar con la patética secta en que va convirtiéndose el otrora amenazador populismo radicalizado argentino.

No hace falta decirlo: Argentina no es ni tampoco pudo haber sido si no remotamente otra Venezuela. Ni siquiera en su momento de mayor gloria y de haber acertado en todas sus iniciativas radicalizadas los kirchneristas tuvieron muchas chances de hacer una revolución comparable. Pero eso es materia de debate histórico, no es lo que cuenta para las estrategias políticas aquí y ahora. Y es indudable que para un gobierno moderado y con escasos recursos a la mano, obligado a administrar por largo tiempo la escasez, como es el macrista, no hay mejor opción que polarizar con estos tigres de papel que se queman solos. Eso está fuera de discusión.

El problema es otro: es cuáles son los costos de abusar de esta estrategia, de insistir en definirse simplemente como “los que evitaron lo peor” y en función de la alternativa entre seguir por el camino que vamos o “volver a lo peor”, como ha dicho Jaime Durán Barba, que hay que elegir entre el presente y el pasado.

Esos costos existen y no es bueno ignorarlos. Para empezar, los hay electorales: no es indiferente que la oposición que se fortalezca sea moderada y acuerdista, o radicalizada y antisistema; tampoco es seguro que los votos propios por esta vía se van a maximizar y por tanto es la mejor forma de mantener la preeminencia e incrementar los recursos institucionales en manos del oficialismo, bien puede suceder que de todos modos el cuadro general no cambie demasiado respecto a 2016, y encima para adelante haya que lidiar con opositores aun más indispuestos a ayudar. Punto en que se pueden conectar los costos electorales con otros institucionales y hasta económicos: ¿cuántas reformas se están demorando sin necesidad por haber desactivado el Congreso, que tantas leyes aprobó el año pasado de la mano de la oposición no kirchnerista?; ¿cuánta incertidumbre económica hacia el futuro se crea al agitar el fantasma de “la alternativa es volver al pasado” y en alguna medida hacerla sino más factible al menos más creíble al levantar el alicaído perfil de una oposición virulenta y socialmente poco representativa?

Venezuela es en serio una tragedia sin fin, sin duda la peor de las últimas décadas en la región. Pero agitarla para consumo local no es un remedio sin contraindicaciones para nuestros problemas. Ni lo va a ser para un gobierno que está urgido a definir de mejor manera su identidad, su programa, y explicarlo clara y razonablemente a la sociedad a la que pretende administrárselo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/4/17

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¿Sturzenegger hará que Macri pierda la elección?

En agosto de 1979, tras varios años de inflación en alza, fruto de la crisis del petróleo y de presupuestos cada vez más desequilibrados, Jimmy Carter nombró a Paul Volcker al frente de la Reserva Federal, la que inició un drástico programa de restricción monetaria: para el momento en que Carter debió disputar su reelección, fines de 1980, las tasas de interés habían tocado un máximo de 21,5%, algo nunca visto ni antes ni después en Estados Unidos. Gracias a ello la inflación disminuyó y Volcker lograría renovar su cargo hasta 1987. Pero Carter perdió el suyo ante Ronald Reagan. Influyó también, claro, la crisis de los rehenes en Teherán y el carisma del propio Reagan. Pero la caída de la actividad y el alza del desempleo que siguieron a la escalada de las tasas de interés fueron decisivas en el resultado.

¿Tiene alguna semejanza esta experiencia con el dilema inflacionario y electoral que enfrenta el gobierno de Mauricio Macri, y la actitud frente al mismo del presidente del Banco Central por él designado, Federico Sturzenegger?

Para empezar, comparten el que ambos funcionarios, presidente y responsable monetario, en ambos casos asumieron un compromiso igualmente firme en su lucha contra la inflación, que colocó en un plano en alguna medida secundario otros objetivos, como el ritmo de crecimiento, el alza del consumo y el empleo, etc. Sturzenegger incluso ha dicho días atrás que sólo bajando la inflación habrá auténtica reactivación, y nadie en el Ejecutivo lo contradijo, ni siquiera objetó que podría haber un desajuste temporal entre un objetivo y el otro que justo coincida con el momento en que la sociedad sea llamada a las urnas, entre agosto y octubre de este año. Pequeño problema.

Los cuatro personajes mencionados comparten también el hecho de que las complicaciones que enfrentaron eran en gran parte heredadas, pero la posibilidad de descargarlas en otros las fueron dejando pasar. Ya desde 1973 se sabía que Estados Unidos debería encarar una política de control de los precios y del gasto energético, que tardaría sin embargo años en instrumentarse, y que la oposición y su propio partido en el Congreso encima le bloquearon a Carter por otro par de años más, debido a lo cual el peso de las importaciones de petróleo seguiría siendo hasta mediados de los `80s muy difícil de sostener.

En forma equivalente, poco hizo el gobierno de Macri por explicar que además de la inflación abierta del 25 o 30% anual que recibió de Cristina, cronificada tras una década de mala administración, y aunque negada por el Indec bien visible en los supermercados, recibió también de ella una inflación mejor disimulada, reprimida por el absurdo retraso de las tarifas y del tipo de cambio, que inevitablemente habría que blanquear si se quería normalizar el manejo de la economía y reconstruir la confianza interna y externa. Peor todavía: en vez de avisar que antes de bajar la inflación tendría que subir, los funcionarios macristas de Economía y el Banco Central prometieron a fines de 2015 tasas en baja, comprometiéndose para colmo a lograr porcentajes precisos: 25% para 2016 y 17% para 2017.

Por último, igual que a Carter y Volcker, a Macri y Sturzenegger los extravía su optimismo. Ante todo la creencia de que, aunque la economía no repunte a tiempo, igual la sociedad valorará su esfuerzo. A lo que se suma la aun más irrealista pretensión de lograr objetivos contradictorios con el simple expediente del esfuerzo: con medidas puntuales contra la suba de precios, más presión sobre el gasto público, y sobre todas las cosas más suba de tasas, la inflación debería disminuir pronto y drásticamente, evaporándose la inercia que lleva y sin perjudicar demasiado otros frentes y el consenso social.

De allí que en vez de conformarse con una reducción “modesta”, que sería igual todo un éxito para un plan de estabilización gradualista con sostenido déficit fiscal como el que aplican, por ejemplo pasar del 40% del 2016 a 20 o 22% este año, Macri y su jefe del Central se ataron a una meta extrema, bajarla a entre 12 y 17%. Algo que ya sonaba exagerado a fines de 2015, pero que ahora, visto lo sucedido en el último año y medio, sólo cabría llamar voluntarismo puro.

Las únicas ventajas que tienen por delante los argentinos, vis a vis sus predecesores norteamericanos, son de orden político: primero, nadie les reprochará inconsecuencia si se desvían de su meta a tiempo, y por ahora tiempo tienen, concluidas las paritarias podrán relajar disimuladamente las metas autoimpuestas y apelar a las cláusulas gatillo con los salarios que queden rezagados; segundo, mal que nos pese nuestro Banco Central no influye tanto como pretende en el comportamiento económico general y por tanto las señales que emite difícilmente alcancen, por más que continúen en el tiempo, para inducir a los actores públicos y privados a desinvertir, no consumir ni gastar; y tercero y fundamental, no habrá elecciones presidenciales sino solo legislativas este año y los oficialistas no tendrán enfrente nadie muy desafiante que digamos, pues tardará todavía bastante tiempo en surgir un Reagan o alguien equivalente en la oposición.

Contrario sensu, Macri y Sturzenegger enfrentan un grave desacople entre su percepción del problema económico argentino y la visión que de él tiene el grueso de la sociedad, mientras que Carter y Volcker no padecieron nada parecido frente a sus conciudadanos: para los norteamericanos efectivamente tener una inflación de 12 o 13% anual era un drama, y uno encima inédito, por lo que valía la pena hacer esfuerzos y hasta algún sacrificios para combatirla; en cambio para el grueso de los argentinos convivir con el doble de esa tasa, mientras se puedan seguir aumentando los salarios en proporción similar, no es un gran problema y ha llegado a ser incluso algo normal. Igual que sucedió en los años cincuenta y hasta los ochenta (para desgracia de gobiernos como los de Frondizi y Alfonsín), aunque combatir la inflación puede tener su importancia dista de ser la prioridad en las encuestas, mientras que casi siempre lo son el empleo y el consumo. Si el gobierno macrista no entiende esta sustancial diferencia es de esperar que siga equivocándose.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/4/17

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Un Baradel extraviado desalienta nuevos Planes de Lucha

A horas de que los gremios terminaran su huelga general los docentes bonaerenses suspendieron, sin nada a cambio, su seguidilla de paros contra Vidal. La estrategia seguida por Baradel, de competir con el trotskismo por mostrarse inflexible en reclamos extremos no sirvió de mucho: quedó crecientemente aislado, hasta que la amplia mayoría de sus bases rechazaron seguir con el plan de lucha. Ahora sólo le queda ir al pie ante la gobernadora, y rezar para que esas mismas bases no lo desplacen de la conducción de SUTEBA.

Los kirchneristas deberán tomar nota del saldo de su aventura: para hacerse los duros, mejor volverse troskos y listo; si siguen jugando a la rebelión popular con tan poca cintura hasta sus bases más fieles terminarán por abandonarlos, dividiéndose entre quienes volverán al peronismo “racional” y los que se irán con la izquierda auténtica.

Y seguro los demás gremialistas también extraerán sus propias conclusiones: de la mano de esos dirigentes ultrakirchneristas no cabe esperar nada bueno para sus organizaciones y sus bases, mejor tomar distancia cuanto antes de ellos y dejar bien en claro que su meta no es alimentar la resistencia popular sino negociar lo mejor posible los intereses de sus representados.

La CGT, claro, lo sabía ya desde antes, y por eso el momento y el tono de la medida del 6 de abril fueron tan controvertidos desde el comienzo. No sólo porque esperaron con Macri bastante más que con Alfonsín y De la Rúa, también porque al paro no lo siguió ni antecedió ningún anuncio sobre planes de lucha, o siquiera nuevas medidas de protesta, se pareció más a las huelgas generales realizadas por esa central en tiempos de gobiernos peronistas que a las que agobiaron a los radicales.

Es cierto que el paro fue “contundente”, como dijeron sus convocantes, aunque también lo es que no fue popular: las encuestas hablan de entre 58 y 70 % de rechazo a la medida, y desde hace años que una huelga de este tipo no generaba tantas reacciones en contra. Muchos sindicalistas, salvo tal vez gente como el taxista Viviani, también preveían que sería así: transitan por un delicado desfiladero, entre quedar como socios de los promotores del caos y ser débiles frente a un gobierno que no es el suyo y tiene poco que ofrecerles, y las chances de perder frente a uno o ambos bandos es más grande que la de salirse con la suya y satisfacer sus intereses.

De allí la explicación de uno de sus mayores referentes, tiempo atrás, como abriendo el paraguas para lo que se venía, de las razones de la huelga: “es para largar presión”.

De allí también que ni siquiera insistieron mucho en la conferencia de prensa realizada al concluir la jornada del 6 en que el gobierno debía “cambiar de política económica”, “cambiar de modelo” o cosas por el estilo, de esas que sí se escucharon en la CTA y la izquierda, frustradas en su intento de movilizar gente en el centro de la ciudad y de generar una batahola violenta con la gendarmería en sus accesos. Y claro, frustradas sobre todo en su expectativa de que este fuera el primero de muchos paros, el puntapié inicial para un plan de lucha de esos que merecen los gobiernos “antipopulares” aunque la mayoría de la gente los haya electo y los acompañe, eso es un detalle.

Lo que la CGT pidió en esa conferencia de prensa fue diálogo y negociación, que es lo que les ofrece el gobierno. Con la diferencia de que los gremios quieren una mesa unificada que sirva para cementar su débil unidad y enfocar la discusión en políticas generales, y Macri les ofrece en cambio acuerdos sectoriales, centrados en la productividad y las inversiones.

Como estos acuerdos avanzan podría creerse que el gobierno está queriendo fracturar la central reunificada hace poco más de un año, que conviene a sus intereses que no haya por mucho más tiempo una CGT única. Pero nada más alejado de la realidad: lo que realmente le conviene es que sobreviva y en ella predominen los moderados, para que puedan imponerle su tono y su estrategia a los demás. Una ruptura en cambio liberaría a los duros de contenerse y entonces sí tendríamos planes de lucha, algo que sucedió en tiempos de Ubaldini frente a Alfonsín y de Moyano contra De la Rúa, precisamente sin unidad cegetista.

Mientras el cuadro sindical siga como hasta hoy, entonces, el macrismo puede seguir polarizando la escena, sin el riesgo de empujar a los actores moderados en brazos de los duros, ni de generar incertidumbre y obstáculos extra para los acuerdos posibles con estos actores. Porque podrá seguir utilizando, como viene haciendo desde meses atrás, una “polarización constructiva”, consistente en elevar los costos que esos moderados pagarían por seguir el camino de los que no lo son, a la vez que ofrecer premios a los que se moderen más todavía.

Por ahora con eso alcanza. Y ni siquiera tendrá que invertir demasiado en estos premios, en tanto el grueso de la opinión pública considere que los gremios más que defender a los trabajadores y sectores postergados lo que quieren es complicarle la vida al presidente, y que conviene ponerlos en caja, y por tanto la política peronista tampoco encuentre mayor aliciente para usar a estas organizaciones y sus protestas como ariete adecuado para avanzar electoralmente.

De allí que los pactos sectoriales firmados hasta aquí, y algunos programados, no sean muy generosos que digamos en términos de devaluación fiscal o subsidios. Más bien siguen la pauta de que si alguien debe sacrificar ingresos fiscales son las provincias y municipios, que han elevado excesivamente algunas cargas, como ingresos brutos y tasas.

En suma, con bastante poco, sin ceder en su ya de por sí frágil programa macroeconómico, ni en la designación de funcionarios adictos a los gremios, el gobierno de Macri puede seguir controlando bastante bien este frente, al menos mejor de lo que hicieron en su momento las administraciones con las que habitualmente se las compara. Y teniendo a los gremios fuera de su coalición, finalmente hasta puede que lo termine haciendo aun mejor que las administraciones peronistas, que ni siquiera cuando quisieron fueron capaces de introducir reformas laborales y gremiales significativas y duraderas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/4/17

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Venezuela pasa del populismo al castrismo

Las cosas en el país caribeño no podían salir peor. Pero visto a la distancia tal vez pueda decirse que no había muchas chances tampoco de que salieran mucho mejor. El chavismo se ató ya varios años atrás al timón de su barco para que fuera muy difícil cambiar el rumbo de creciente radicalización. Y los militares, la burocracia del régimen y los aliados cubanos hicieron lo que faltaba para que ese curso terminara en dictadura.

La muerte de Hugo Chávez no significó un cambio sustantivo a este respecto, más bien aceleró el proceso: porque con el líder vivo su carisma y arrastre de masas todavía podían mantener en pie la ambigüedad populista un tiempo más, pero una vez reemplazado por los deslucidos Maduro y Cabello la represión y la clausura del juego democrático no podían esperar ya demasiado, a riesgo de una crisis aguda del régimen. Veamos por qué.
La deriva autoritaria ha sido la mejor solución para él, ante todo, porque le permitió “rutinizar el carisma” del líder ausente. La cuestión es importante no sólo para Venezuela. Es reveladora de ciertas particularidades de los regímenes populistas latinoamericanos, tanto los actuales como los que rigieron en el pasado, y explica las dificultades que ellos casi siempre encontraron para perdurar: y es que estos regímenes, aunque se basan en alguna medida en mecanismos electorales para legitimarse y reproducirse, combinan esos mecanismos con otros de origen plebiscitario, corporativo o directamente autoritario que les permiten limitar la competencia por el poder, tanto interna, entre los miembros del “campo popular”, como externa; y la ambigüedad resultante de estos precarios arreglos institucionales tiende naturalmente a entrar en crisis cuando desaparece el único actor que es capaz de contener las tensiones resultantes, el líder carismático.
Chávez, en su doble condición de jefe militar y líder de masas, fue desde sus comienzos un caso ejemplar de prestigitador de la ambigüedad. Por lo que no sorprende que su criatura, la república bolivariana, resultara en un sistema institucional muy intrincado, que sólo su voluntad podía hacer funcionar y darle una orientación más o menos definida. La mitificación póstuma del líder no resolvió el problema, sino que dejó ver los desafíos que se le planteaban a sus seguidores al respecto. Recordemos que, en vida él se inspiró y referenció en Simón Bolívar y con más disimulo, pero también más pertinencia, en Juan Perón, Velasco Alvarado y otros caudillos militares populistas del siglo XX. Sin embargo, una vez muerto quienes aspiraban a heredarlo buscaron inspiración en una tradición más radical: la de Lenin, Mao y compañía.
Sucede que, para sobrevivir, los deudos de Chávez debían urgentemente institucionalizar los distintos y contradictorios roles que él cumplía. Y lo cierto es que las fórmulas comunistas eran las únicas que podían serles útiles en esta tarea. Aunque también ellas suponían alternativas difíciles de resolver. Para disipar los altos riesgo de desarticulación y fractura que corrían, los chavistas necesitaban que la autoridad se transmitiera en forma rápida e inapelable a otra persona o grupo que nadie ni dentro ni fuera del régimen pudiera desafiar. En suma, alguien que lograra hacer lo que Stalin hizo con Lenin, quitando toda autonomía y relevancia al Politburó; o lo que el Comité Central del PC Chino hizo con Mao, sustituyendo una autocracia personalista por el gobierno de un comité. Y las diferencias entre una situación y otra no son menores.
Por otro lado, el régimen debía resolver rápido qué hacer con quienes seguían resistiéndolo, cuyo número se incrementó por la crisis del petróleo precisamente en medio de ese delicado transe del chavismo. La cada vez peor situación económica no pudo ser sepultada bajo los fastos del entierro y la mitificación del líder, y aunque las elecciones siguientes consagraron a Maduro como nuevo campeón electoral, la manipulación estatal de la compulsa debió hacer mayores esfuerzos que en el pasado y era claro que ya no podría alcanzar en el futuro para asegurar el éxito en una competencia mínimamente libre, por lo que un endurecimiento manifiesto de las reglas de juego era inevitable, a menos que el régimen estuviera dispuesto a rendirse frente a la mayoría social.
Fue así que tanto la dinámica interna como la competencia externa impulsaron al chavismo a abandonar su hibridez. Para hacer lo que en su momento el primer peronismo hizo sólo a medias, eliminar la competencia pluralista de la escena e institucionalizar un régimen sin fecha de defunción.
Ya no alcanzaba con poner a los partidos de oposición en inferioridad de condiciones al identificando al oficialismo con el propio estado, definir a sus enemigos como los del pueblo y de la patria, ni reemplazar las instituciones públicas, incluso las propias fuerzas armadas, por órganos abiertamente partidistas. Había que completar la revolución, crear un orden auténticamente “nacional y popular”. Y para hacerlo lo esencial fue controlar férreamente la fuerza “legítima”, completar el alineamiento de los militares, de las fuerzas de seguridad e inteligencia con la revolución a cualquier costo. En todo lo cual ayudaron decisivamente los asesores cubanos.
El régimen de todos modos también perdió buena parte de su legitimidad previa en el camino. Porque la ambigüedad populista le proveía, igual que al peronismo clásico, la plasticidad necesaria para comportarse en forma más autocrática o más democrática según las necesidades y conveniencias de cada momento; y según las demandas a atender y los desafíos a enfrentar. Todo eso quedó atrás. Ahora el régimen chavista es más uniforme y decididamente autoritario. Ha quemado las naves que le hubieran permitido volver a practicar ese espíritu entre bonachón y jocoso con que Chávez solía acompañar incluso sus decisiones más arbitrarias y ofensivas. Ni Maduro ni Cabello podrán disimular ya la mezcla de lo ridículo y lo siniestro que desde su origen ha movido hacia delante este proyecto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/4/17

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¿Fueron 30.000? ¿Por qué es tan difícil ponerse de acuerdo?

La reciente celebración del 24 de marzo bajo la “restauración dictatorial” supuestamente encabezada por Macri fue ocasión para que se insistiera desde los organismos de derechos humanos en que los desaparecidos fueron 30.000 y los que discuten esa cifra son “negacionistas”, socios de los represores y enemigos de la humanidad que deben ser acallados.

La cosa no quedó ahí. Se aprobó una ley en provincia de Buenos Aires, apoyada por casi todos los grupos de oposición, incluidos varios supuestamente moderados, que obliga a todos los organismos públicos y funcionarios a repetir como loros que “fueron 30.000” y otras verdades selladas por el estilo, por ejemplo, que la dictadura se impuso para llevar a cabo una salvaje política neoliberal de ajuste junto al “plan genocida”. Como si el rodrigazo no hubiera existido, y no hubiera sido un fenomenal y decisivo paso del gobierno peronista para triturar los salarios y someter a los gremios. Como si las desapariciones no se hubieran convertido en método estatal y paraestatal de represión ya durante ese gobierno (recordemos que la Conadep registró cerca de mil desapariciones ANTES del golpe, además de un número bastante mayor de muertos por atentados de la Triple A, la represión cada vez más descontrolada de las fuerzas armadas y de seguridad y las operaciones de las guerrillas).

Nada de eso importa a los legisladores bonaerenses de oposición. Para ellos todo empezó de la noche a la mañana el 24 de marzo, todo lo que pasó antes no importa, sólo un “gorila amigo de los represores” se atreverá a mencionarlo. Y la incapacidad del oficialismo y de las demás fuerzas moderadas y no peronistas para poner en discusión la equívoca rememoración de esa fecha les viene dando una mano con esta manipulación alevosa del pasado.

¿Por qué esta insistencia en los “30.000”? y más importante todavía, ¿por qué distintos sectores peronistas y grupos de izquierda radicalizada, aunque no comparten casi ninguna otra política, en esto parecen estar muy de acuerdo, y en conjunto deciden forzar al oficialismo a pagar el costo de un veto, o lo fuerzan a callar en una materia en que ya varios funcionarios oficiales han pisado el palito y entraron mal en la discusión?

Primero, claro, lo hacen por este antecedente: porque se han cebado con un gobierno que en vez de discutir el tema con claridad, expulsó a un funcionario de cultura de su cargo porque se atrevió a hablar del famoso número, escondió a otro de la Aduana porque planteó argumentos realmente equivocados al respecto, y primero intentó mover el feriado del 24/3 y luego metió violín en bolso en cuanto el arco opositor puso el grito en el cielo.

Influye también, obviamente, la necesidad de sostener una historia medianamente decente del propio peronismo y la izquierda revolucionaria: mientras la línea de demarcación entre democracia y represión salvaje sea el 24 de marzo del 76, y no alguna fecha de 1975, de 1974 o incluso de 1973 (la habilitación a las fuerzas armadas para reprimir autónomamente en Tucumán, o en todo el país, la puesta en marcha de la Triple A, la entronización de Osinde y López Rega por parte de Perón, o su bautismo de fuego en Ezeiza, o cualquiera de los delirantes operativos guerrilleros), el peronismo y esa izquierda podrán seguir mostrándose como víctimas de la represión y no como sus corresponsables, como los partidos que pusieron al grueso de los desaparecidos, y no como las fuerzas que promovieron la violencia, y en el caso del PJ, la que cobijó y promovió al control del estado a los asesinos.

De paso, congelando la memoria en ese primer momento fundacional del movimiento de derechos humanos, cuando no se sabía mucho de lo que había pasado y la cifra “30.000” tenía sentido, se evita reflexionar sobre causas, consecuencias y responsabilidades, en suma, sobre cualquier aspecto problemático de esta historia. En el marco de esa memoria sacralizada vivimos en el presente perpetuo de los secuestros y todo lo demás, lo anterior y lo posterior pierde espesor y relevancia.

Pero en la defensa a cal y canto de la cifra mágica de los “30.000” influye otro factor, uno aun más significativo para entender cómo funciona la relación entre peronismo, izquierdas e historia. Y no sólo de ahora, no sólo bajo la égida del populismo radicalizado kirchnerista, sino desde siempre. En el caso del peronismo, desde que el propio Perón empezó con la manía de reescribir el origen de su movimiento y sus actos fundacionales (el golpe del 43, la movilización de octubre del 45, las elecciones del 46) según el auditorio que tuviera enfrente y lo que conviniera resaltar o negar en cada coyuntura. Algo que la izquierda dogmática ha venido haciendo, por su parte, desde los inicios del siglo XX.

En este sentido “los 30.000” ha sido el grito de guerra y la señal de identidad de todos los que adoptaron una visión dogmática, unilateral y victimista del proceso de escalada y estallidos de violencia política que Argentina vivió en los años setenta. No a pesar, sino precisamente por su imposible verificación histórica, y finalmente, por su a esta altura evidente falta de correspondencia con los hechos, ha servido para sostener el mito de un peronismo y una izquierda revolucionaria comprometidos con la democracia y la justicia social, que tal vez hayan cometido el pecado menor de prohijar defensores demasiado entusiastas de esos valores, la juventud maravillosa, pero que ninguna responsabilidad habrían tenido en el desenlace de esa violencia. Porque lo que ellos pretendían era “un mundo mejor”. Como si no pudiera decir lo mismo cualquier otro actor político de aquellos años.

Ese mito funge así de gran excusa para no atenerse a hecho alguno, para no discutir en serio ninguna de las conexiones causales entre acciones políticas y muertos, desresponsabilizando a todo ese amplio arco de actores frente a los “malos”, los “salvajes”, en suma “la dictadura cívico-militar”.

Por supuesto, entonces, que no hay evidencia alguna que refrende lo de los “30.000”. Inútil siquiera discutirlo. Porque del lado de los fabricantes de mitos no se necesita ni se va a buscar ninguna evidencia. Lo que se va a usar es el viejo recurso de contraponer la fuerza de la creencia contra la mera enunciación de “hechos” y argumentos.

Inútil también hacerse los desentendidos o contemporizadores, y aceptar, como han hecho algunos en los meses pasados, que hay que “respetar los símbolos”. Hay símbolos que son demasiado tóxicos y destructivos de la convivencia como para que se los siga dejando sueltos por ahí, disponibles para ser usados contra los que se toman los derechos y la democracia en serio.

Si no se lo puede ignorar, ni tampoco alcanza que se lo confronte con los hechos, ¿qué se puede hacer con este tóxico mito? Ponerlo en crisis exige la decisión y voluntad de hilvanar otro relato de nuestro pasado, uno más auténticamente democrático, más inclusivo y menos mentiroso. Uno que recoja lo que fue desde el comienzo de la restauración constitucional la mejor versión de nuestra cultura liberal democrática, la que inspiró en su momento a la Conadep y a Alfonsín, y hoy expresan los muchos que, como Graciela Fernández Meijide, se atreven a trabajar por una noción de derechos que sea una casa común para todos los argentinos, y no un arma arrojadiza de una facción contra los demás.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/3/17

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Elecciones 2017: la incógnita Randazzo

Crece el rumor de que va a jugar. Y también dicen que viene creciendo en las encuestas. Pero nadie sabe en verdad si va a salir al ruedo y, tal vez lo más importante, cómo lo haría.

Convengamos que ya desde antes el panorama electoral para este año en el principal distrito del país lucía impredecible. No se sabe bien cuándo y ni en qué medida puede influir en el electorado la prometida recuperación económica, o si el consumo seguirá igual deprimido, sobre todo en el Conurbano, y por tanto también la intención de voto oficialista en ese decisivo cinturón. Tampoco se sabe quiénes terminarán siendo los candidatos de las tres corrientes hasta aquí protagónicas: ¿tendremos una batalla de titanes, Cristina vs Carrió vs Massa?, ¿o todos ellos por temor al riesgo preferirán dejar la pelea en manos de delegados no tan estelares?

Y a todo esto se sumó hace poco un factor nuevo, proveniente del corazón del PJ distrital. Cuando la mayoría de los intendentes, y también de los jefes sindicales, comenzaron a ver con alarma que si dejaban en manos del jefe apenas formal del partido, Fernando Espinoza, el armado electoral de este año iban a terminar engrampados detrás de listas indisimulablemente kirchneristas, pasaron a la ofensiva. Eso fue lo que incrementó y extendió la presión para que Randazzo actúe.

Hoy el ex ministro del interior puede dar por seguro que contaría con una buena base territorial y recursos organizativos suficientes para dar la batalla. Aunque ¿puede estar seguro de ganarla? El problema principal que enfrenta al respecto es que todas las opciones que tiene delante suponen riesgos altos, y todavía ninguna garantiza ventajas seguras.

¿Cuáles son estas opciones?: enfrentar en las PASO a Cristina y pasarla a retiro, absorber y digerir al kirchnerismo con una lista de unidad, o forzar la sucesión del liderazgo pero desde fuera del PJ. Veamos.

La primera opción, ir a las PASO contra el kirchnerismo, es la que sus seguidores dicen preferir. Y efectivamente es la que mejor se acomodaría a su necesidad de dejar atrás el liderazgo interno de los Kirchner, sin fragmentar aun más al peronismo. El problema es que hasta aquí no es seguro que entre los votantes fieles de ese partido, que son los que se movilizarán en las internas de agosto, Randazzo pueda vencer a Cristina. Y esto podría empeorar si los demás contendientes le hicieran el vacío, si tanto la propia Cristina como Massa y el oficialismo lo ignoraran y polarizaran la elección entre ellos. Algo que a los tres les convendría hacer, claro, porque esos votos que pretende para sí Randazzo hasta aquí en alguna medida se los vienen repartiendo entre ellos.

Vistos estos peligros, los randazzistas discuten la posibilidad de negociar una lista de unidad con el kirchnerismo. Una que ellos se garanticen conducir y hegemonizar, para que los demás no los acusen de ser falsos renovadores, disfrazados facilitadores de la operación retorno de la jefa. Lo que supondría que los kirchneristas se dejan conducir, se le someten. Algo que por ahora tiene pocas chances: también ellos creen que, de última, puede irles bien solos. Con el argumento de “somos la oposición auténtica” se imaginan reteniendo un porcentaje electoral que, aunque minoritario, alcance para bloquear a las demás facciones peronistas en la misma condición, hasta que termine de derrumbarse la circunstancial e ilegítima popularidad de Macri, Vidal y compañía. Tal vez esto no sea realmente viable, pero que esa gente crea que lo es alcanza para complicarle la vida a Randazzo y los suyos: se podrían quedar con el sello del PJ, pero en un escenario más fragmentado que el de la competencia en las PASO. Y con muy bajas chances de ganar la elección general de la provincia.

Por último, tienen la opción de romper ya con la formalidad del PJ y apostar todo a vaciarlo de contenido y absorber en el ínterin lo que puedan del Frente Renovador. Algunos massistas ya han dado señales de que acompañarían una operación de este tipo, entre otras cosas porque confían cada vez menos en su jefe, y en sus posibilidades futuras como líder de un peronismo unificado. Menos que menos desde que ató su supervivencia a la alianza con Stolbizer. ¿Qué es eso, el Frepaso 2? Semejante secuela no podría terminar bien.

Difícil saber cuál de estos caminos va a tomar Randazzo, o si va a encontrar algún otro con más ventajas y menos riesgos. Lo cierto es que por ahora tiene el espacio despejado para explorarlos. Aunque no tiene tampoco todo el tiempo del mundo porque las ventanas de oportunidad se van a ir cerrando. Mientras tanto muchos de los que lo contemplan con expectativas se deben estar preguntando ¿cuándo se nos va a revelar quién es realmente este tan mentado como en el fondo poco conocido Florencio Randazzo, es un constructor o solo un oportunista, piensa en su quintita o en el país, se parece a Menem o a Reutemann?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/3/17

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¿Se viene el asedio del país real al gobierno formal?

La lógica en que se funda el asedio a Macri ya la usó el peronismo radicalizado en el pasado. Se recordará, por caso, que Ubaldini decía que Alfonsín expresaba la “democracia formal”, la letra de la Constitución, los procedimientos vacíos de contenido del Parlamento, mientras que él y el resto del peronismo combativo eran la voz de la “democracia real”, pues defendían en serio los derechos del pueblo, la justicia social, la soberanía y demás. Aunque no hubieran ganado las elecciones. Un detalle.

Con esa idea hicieron una ristra de paros generales al primer gobierno democrático, en muchos con la entusiasta colaboración de otros partidos y también de sectores empresarios. Todos los que creían que Alfonsín era una suerte de error histórico, un liberal encantador de serpientes que había confundido de momento a las masas para frustrar al “movimiento nacional y popular”. Lo asediaron por tanto durante años, acusándolo de que si no había reactivación económica y distribución del ingreso era porque él no quería, o no sabía qué hacer.

El kirchnerismo residual y sus actuales aliados e instrumentos, grupos de izquierda dura, organismos de derechos humanos facciosos y piqueteros de distinto pelaje, más los medios militantes que lograron sobrevivir al papelón y el derrumbe del financiamiento estatal, y una parte de la Justicia y del aparato de inteligencia sobre los que aun no se restableció el control público y republicano, rescató del fondo de la historia la idea de la Resistencia y esa oposición entre democracia real y formal. Y como hace con todo lo que toca, las radicalizó. En esencia, para disimular lo complicado que es acomodarlas a una situación que poco tiene que ver con sus parámetros.

Para empezar lo hizo cambiando sin sutilezas el lugar y carácter de su antagonista: no combaten a un nuevo Alfonsín, un liberal que ganó por casualidad, manipulación artera o distracción del movimiento popular, sino al heredero de Martínez de Hoz en carne y hueso. “Macri, vos sos la dictadura”. Lo que justificaría hacerle todo el daño imaginable, hasta frenarlo, frustrar sus planes, y lisa y llanamente echarlo.

Recordemos que Ubaldini, igual que Menem, coquetearon con los carapintadas. Pero siempre tuvieron en mente vengarse del líder radical y del `83 venciéndolo en las urnas. Acá no. De lo que se trata para los kirchneristas, y cada vez más a medida que pierden anclaje en el peronismo, es de pudrirla cuanto antes, y que Macri se las tome habiendo cumplido incluso menos tiempo de mandato que De la Rúa.

Esta es la razón principal por la que el asedio no da descanso, no tiene tiempo que perder. Se lanzó en la provincia de Buenos Aires y casi al mismo tiempo en un apurado pedido de juicio político al presidente en el Congreso. Se multiplica con ya centenares de denuncias de los fiscales de Verbitsky – Gils Carbó, con piqueteros que después de conseguir una generosa ley de emergencia social y que se les asignaran para uso casi discrecional miles de millones del presupuesto, dicen que eso no alcanza para nada, y quieren sueldo fijo de $13000 con prestaciones para todos sus representados. Suena loco pero es lo que piden.

Ahora bien. Lo importante es ¿por qué el apuro? Es la clave para no prenderse en la histeria reinante ante un gobierno supuestamente debilitado, y una oposición salvaje logrando más y más chances de salirse con la suya.

Hay al menos cuatro factores que explican ese apuro, el sobregiro que practican los “destituyentes nac & pop”, que bien analizados moderan la histeria y el pesimismo. Primero, saben que lenta pero segura la reactivación avanza. Y en pocos meses las cosas no serán un jardín de rosas, pero sí lo suficientemente simpáticas para que el griterío vuelva a ser marginal. Segundo, saben que a diferencia de los cientos de causas que Justicia Legítima inventa, las que apuntan contra los Kirchner, Scioli, Milani, Sala, De Vido y demás tienen muchas chances de avanzar, igual que hicieron las de Báez, López y Jaime. Tercero, entienden aunque no lo digan que el “salvaje neoliberalismo” del que acusan a Macri se ajusta mal con un enfoque gradualista y muy atento a compensar costos sociales que fortaleció las opiniones moderadas y los factores de equilibrio instaurados ya al comienzo de este proceso de salida del populismo k, por lo que la Resistencia rema contra la corriente, en la política y en la sociedad. Y cuarto, ven también que el control del peronismo se les escapa un poco más cada día. Que en la mayoría de sus líderes territoriales y sindicales hay ya pocas dudas de la necesidad de alejarse de Cristina y sus acólitos, un pasado que les conviene olvidar y que la sociedad olvide cuanto antes, para tener algún futuro como “renovación”. En este aspecto Cristina no se parece tanto a Ubaldini como a Isabel.

Los Renovadores de los ochenta pudieron usar a Ubaldini sin tener que dar explicaciones por sus desbordes, porque porciones amplias de la sociedad creían entonces que con el fin de la dictadura todo podía y debía volver a ser como en los buenos tiempos: pleno empleo, ingresos altos en industrias protegidas, un estado dadivoso conviviendo con inflación alta pero no descontrolada. Pasó demasiada agua bajo el puente para que creamos ahora un cuento parecido: las hiperinflaciones y Menem, el 2001 y los 12 años de entusiasmos y decepciones del propio kirchnerismo.

Algo aprendimos como sociedad y democracia. Tan necios como ciudadanos no somos para dejarnos seducir por un discurso y una estrategia que, comparados con los de Ubaldini, tienen la peculiaridad de sonar a la vez mentirosos y desesperados. Resumiendo, no conviene comprar el pesimismo ni la histeria en boga. Menos frente a estos tigres de papel que se queman solos. Como diría Winston Churchill, mantengamos la calma y sigamos adelante.

por Marcos Novaro

publicado en Clarín el 18/3/17

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Una Argentina cansada, ¿quiere y puede cambiar?

Hay múltiples indicios de que la argentina es una sociedad cansada; cansada de los delirios, de entusiasmarse y decepcionarse con ellos. Cansada de conflictos sectoriales que no parecen tener nunca solución y han ido agotando las energías de los contendientes. Cansada de que pese a todos nuestros talentos y esfuerzos los resultados que conseguimos colectivamente sean tan pobres. Hace poco alguien en los medios lo expresó así: “no quiero que me pasen en colores lo que ya vi varias veces en blanco y negro”. Ese es el espíritu de la época.

Podría pensarse que en esta sociedad cansada ya no hay energías, no hay espacio para la innovación y por tanto imperarán la resignación, una vida política de baja intensidad, miras cortas y pobres resultados. ¿Pero es realmente así?

Creo que no. Creo que el cansancio o los cansancios de los que hablamos son, a la vez, o al menos pueden ser, grandes motores del cambio.

Porque cansancio no es igual a resignación. Estar cansado es también una virtud política, y una muy potente, si se corresponde con haber hecho un aprendizaje de lo que ya sabemos que no nos va a dar resultado, y por tanto no queremos volver a intentar. Ahí la cosa se invierte, y el cansancio puede alimentar la apuesta por cambios razonables y sobre todo viables, y un sentido común novedoso para esquivarle el cuerpo a nuevos desvaríos y oportunidades de frustración.

El cansancio puede ser también un muy útil recurso para facilitar la cooperación. Después de más de tres décadas de democracia durante las cuales la negociación y superación de conflictos fueron más bien escasas, nos encontramos con los guantes bajos en medio del ring y ya no nos da para retomar la pelea; así que podemos estar más dispuestos que antes a ensayar algo nuevo, en vez de trompearnos, negociar costos y beneficios para salir de los bretes que nos han estado agotando.

Por último, el cansancio es un bálsamo para gente acostumbrada a saltar como leche hervida cada vez que enfrenta un disgusto, o alguien nos dice lo que no queremos escuchar, como por ejemplo que en términos de nuestras capacidades de resolver problemas colectivos damos pena. Así, cansados, en vez de reaccionar, y confirmar así esos duros juicios, tal vez podamos pensar, y luego actuar, más productivamente.

Claro que las cosas pueden verse de modo muy distinto. Por ejemplo Beatriz Sarlo en varias jugosas intervenciones recientes asoció lo que acá llamamos cansancio con una atonía política y un tecnicismo administrativista carentes de miras, que serían para ella la marca de estos años, de lo que el gobierno actual pobremente nos ofrece, y frente a lo que hay que rebelarse. Sarlo tiene sin duda un punto, pero creo que su mirada está algo sesgada por las preocupaciones que la desvelan: rescatar la pasión política, y en particular las pasiones e ideales de la izquierda, del uso vicioso que de ellas hizo el kirchnerismo; para lo cual cree estar obligada a desestimar lo que la salida macrista de ese ciclo pueda ofrecer, y la forma en que los ciudadanos están procesándola.

¿Entienden nuestros líderes y elites de un manera más productiva el cansancio de la sociedad? Algunos más que otros, pero en general tanto en las esferas sectoriales como en los partidos hay motivos para ser optimistas.

Desde el gobierno creo que han planteado líneas bastante adecuadas, aunque a veces pareciera que se desesperan por movilizar nuevas fuerzas del cambio donde no va a haberlas, destinando recursos lejos de donde ellas ya están actuando y hay oportunidades para potenciar nuevas formas de pensar y actuar.

En otros casos se plantean como ideas nuevas lo que sólo son simplificaciones remozadas de lo viejo. Hace poco un pensador oficialista llegó al extremo de proponer el reemplazo del espíritu crítico, que según él nos habría conducido a abusar nocivamente del debate, por el puro y llano entusiasmo en el hacer. Confundiendo el espíritu crítico con la querella recurrente y estéril en que efectivamente tendemos a enredarnos, cuando se trata de dos cosas diametralmente opuestas. Y reflotando, como si fuera un gran aporte new age una vieja manía de la política nacional: el voluntarismo. Del que por suerte la gran mayoría de los argentinos nos hemos también cansado, tras sucesivos sueños refundacionales que no terminaron muy bien que digamos.

Porque además el otro costado de este imperio virtuoso del cansancio que estamos analizando es que la naturaleza del cambio, y de la entera relación entre el estado, la política y la sociedad, van adoptando formas novedosas. Probablemente la sociedad argentina cambie igual, aunque la política no haga mucho por ayudarla. Y a esta lo que le conviene entonces no es pretender ejercer de nuevo el remanido rol de demiurgo que “da vuelta el país como una media”, sino asumir un papel más ajustado y eficaz como “facilitador”. Que de todos modos supone grandes desafíos, porque implica ayudar a los rezagados, intervenir oportunamente para resolver la infinita variedad de tropiezos que enfrentarán los demás actores, y explicarle a todos lo que está pasando y hacia donde vamos. SI pudiera hacer la mitad de todo eso ya sería un golazo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/3/17

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Baradel desatado. El PJ en silencio. La educación en suspenso

La escalada de los sindicatos bonaerenses que impedirá este año se inicien las clases normalmente, como sucediera en el primer marzo de Macri, con un gran esfuerzo fiscal de su parte recordemos, pareciera estar dándole el tono de mayor conflictividad y polarización que muchos anticipaban para este año electoral que empezamos.

Muchos interpretan lo que sucede incluso como la consecuencia más o menos directa de la propia lógica electoral. Como Baradel es uno de los sindicalistas ultra k que no hace nada sin consultar a Cristina (y a Sabbatella) es fácil concluir de su ofensiva para arruinarle el inicio de año a Vidal en lo inmediato, y a Macri indirectamente, un primer acto de campaña para las legislativas pergeñado en ese sector de oposición fanatizada.

Por su parte del lado del oficialismo bien puede entenderse la mayor rigidez en la oferta salarial planteada, vis a vis lo hecho 12 meses atrás, también con una inversa lógica electoral: polarizar con los kirchneristas residuales le viene bien, y hacerlo con el ex preceptor Baradel, el colmo del sindicalista impopular de entre mala y pésima imagen en el grueso de los votantes, aun mejor. Si esos son los enemigos del macrismo, ¿qué importará a la hora de ir a las urnas el recuerdo de algunos “cuatro o cinco errores oficiales?

El gobierno, recordemos, viene marcando una diferencia de trato bastante evidente hacia los gremios “moderados y necesarios para la reactivación”, de ahí sus módicos planteos hacia el grueso de la CGT, incluso a pesar de paros y marchas programados, con el que ofrece a gremios estatales como los docentes. Primero porque estos caen directamente en la mira de lo que Dujovne ha llamado con precisión el ajuste fino y gradual del desbarajuste fiscal.

Segundo y más importante, porque en el gobierno saben que las preferencias del grueso de sus votantes efectivos o potenciales en este terreno se acomodan bien a esas necesidades de las cuentas públicas: buena parte de los ciudadanos de los distritos que están en el foco del conflicto, pero también muchos en el resto del país, saben que los gremios estatales son antes parte de los problemas que viene arrastrando el país para tener una mejor oferta de bienes públicos que un aporte a su solución, y que esos sindicalistas se interesan antes por extraer mayores cuotas de presupuesto que de mejorar cualquier noción de servicio.

Por si la experiencia local no alcanzara para convencer a los oficialistas de que esta batalla vale la pena al menos plantearla, ahí están los casos de varios países latinoamericanos en los últimos años, bajo gobiernos de distinto signo, que cuando quisieron iniciar cambios en la calidad y la administración de los servicios de educación tuvieron que lidiar con los gremios respectivos. A veces en términos mucho más duros que aquí, como sucedió en México, o en Ecuador. Y en general lo hicieron con las sociedades respectivas acompañándolos.

Agreguemos que en el medio ni Baradel ni el resto del gremialismo docente bonaerense hicieron nada por despejar esta desconfianza ciudadana. Después de que el jefe de Suteba dijo que lo que Vidal les ofreció para evitar el paro, un anticipo de los aumentos, fue una “coima”, con una brutalidad parecida a su retiro intempestivo de TN cuando se desnudó que jamás estuvo al frente de una clase, varios de sus colegas festejaron ante las cámaras que ahora los docentes del distrito “están en acción” (cualquiera que haya viajado por las rutas bonaerenses recordará los carteles de la FEB con ese lema, al lado de gigantografías con bombos y banderas, o guardapolvos usados como banderas; parece que la cosa viene de largo). ¡Vaya!, yo siempre pensé que un maestro estaba en acción cuando se paraba frente a sus alumnos a enseñarles.

Pero por sobre todo en el gobierno entienden que conflictos como el planteado ponen sobre todo en aprietos al resto del peronismo, donde no por nada el silencio fue lo que predominó. Lo rompió casi en exclusiva el puntano Rodríguez Sáa, quien ofreció más de 60% de aumento, que puede suponerse pagará con el famoso “argentino” que su clan quiso imponernos como moneda de fantasía en 2001. El resto del partido de oposición, salvo el sector K, no parece interesado en intervenir. Y esto también por al menos dos razones.

Por un lado, saben que es completamente cierto lo que se plantea desde Cambiemos, la paritaria docente la van a tener que pagar cada uno de los distritos, si Vidal afloja los gobernadores del PJ tendrán problemas para no imitarla y no tienen el dinero para hacerlo ni lo van a poder conseguir fácilmente. Además de que el efecto dominó sobre el resto de sus muy abultadas plantillas de empleados podría terminar en desastre. Ahí también el ajuste fiscal en año electoral vuelve virtuosos a pecadores.

Porque lo otro que saben el grueso de los gobernadores de oposición es que también algunos de sus votantes se parecen en buena medida a los oficialistas en este punto. Un número mayor que el de los de Cambiemos reciben ellos mismos cheques oficiales, pero muchos otros, sobre todo en provincias no del todo atrasadas, esperan que el estado deje de gastar a lo pavote en malos servicios vampirizando al resto, para que las actividades de las que ellos dependan puedan volver a tener alguna perspectiva de crecimiento. Así opinan los chacareros de Entre Ríos, los cordobeses del campo y las ciudades, muchos salteños y chubutenses. ¿Entonces para qué quemarse frente a esos votantes? Si el esfuerzo político de frenar los reclamos de 35% de aumento que hacen docentes y podrían imitar empleados administrativos lo hacen Macri y Vidal, los gobernadores pejotistas podrán evitarse ofender a mucha otra gente que quieren representar, a la que los ingresos no se les incrementan al ritmo de la inflación, mucho menos por encima de ella, desde hace años, simplemente callándose la boca. Después dirán que ellos lo hubieran hecho mejor evitando los paros o algo así.

Vista la situación desde esta perspectiva la conclusión del conflicto en marcha, y que por ahora dejará otra vez a varios millones de chicos sin clases en el comienzo de su curso lectivo, es la opuesta que tiende a extraerse, es que de nuevo que la polarización va camino a fracasar, no a imponerse como lógica dominante.

Y donde se va a resolver la disputa política y pueden resolverse los problemas que nos aquejan será en el centro político. En ese amplio espacio donde de vez en cuando cooperan oficialistas y opositores moderados y se ubica el grueso de la sociedad, que sabe los problemas son complejos, y detrás de los fuegos de artificios de los que protestan y los que les contestan hay poco que sacar en limpio y aprender.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/3/17

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