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Según Cristina a López lo corrompieron los Macri de este mundo

El caso del ex secretario José López, ¿prueba que los promotores de la corrupción son los empresarios o los peronistas? ¿Qué actitud es más productiva, la justificación de Brienza o la “indignación” de Kicillof?

El kirchnerismo no sólo practicó la corrupción en forma sistemática y en todas sus variantes imaginables, para financiar la política, para enriquecerse personalmente, para corromper a posibles adversarios, etc., sino que fue también sistemático en la negación y el ocultamiento de cualquier prueba al respecto, persiguiendo a periodistas y jueces independientes, protegiendo a funcionarios expuestos y destruyendo evidencias. Por todo esto y no sólo por lo torpe y patético del recorrido final del zar de la obra pública es que la luz del día los está consumiendo.

Por eso también es que no tienen la escapatoria de mostrarse ahora indignados: quienes lo intentan, como hicieron los diputados del FPV la semana pasada, quedan inevitablemente en ridículo.

El negacionismo, algo tarde, se cobra la cuenta: si hubieran prestado alguna atención a la infinidad de denuncias acumuladas estos años contra sus funcionarios, si alguna vez hubieran aceptado que podía haber algún corrupto entre ellos y se hubieran ocupado mínimamente de investigar, controlarse a sí mismos y a sus compinches, en suma poner un límite, entonces ahora podrían decir que se escandalizan y entristecen y enojan ante el escándalo de José López.

Pero no lo hicieron, vivieron alegremente en la impunidad, con la idea de que nunca iban a tener que rendir cuentas. El caso de Kicillof es bien ilustrativo al respecto. Puede que él y sus inmediatos colaboradores no hayan robado, aunque aun deben aclarar algunos arreglos con financieras sospechosas. Pero más allá de eso lo que no pueden ocultar es que colaboraron con un gobierno que se dedicó a robar y ocultar el robo sistemáticamente, volviéndose sus cómplices. Debieron haber sabido que cometían fraude al Estado cada vez que incumplían su obligación de denunciar lo que pasaba a su alrededor. Ahora es tarde para decir que no sabían.

¿Tendrán los intelectuales, artistas y otros compañeros de ruta más periféricos del kirchnerismo más suerte al recurrir a ese subterfugio, se les creerá que “no sabían” y que sus nobles corazones se han ofendido?

Uno de los aspectos más llamativos del escándalo López fue la velocidad y la cantidad de las manifestaciones de sorpresa que disparó en esos círculos. Como si todos se hubieran coordinado para abandonar la solidaridad con que reaccionaban incluso ante episodios como los de la Rosadita, y dijeran de pronto “esto no me lo esperaba”.

¿No era acaso recontra esperable algo así? ¿No había sido ya suficientemente grave constatar que la familia Báez jugaba al Monopoly en el sur con plata del estado? ¿Cómo sorprenderse si lo único asombroso es que el juez Rafecas haya dejado dormir las investigaciones sobre el cráneo de la obra pública K desde 2008 hasta hoy sin tomar ninguna medida procesal ni ser obligado a abandonar el caso?

Por momentos los kirchneristas hacen acordar a esos argentinos bien educados e informados que a finales de la dictadura “descubrían” que había habido represión ilegal. ¡Pero si había indicios de sobra para saberlo desde mucho antes! ¿No se estaban haciendo los otarios, tratando de simular un engaño y desengaño que los disculpara por haber sido pasivos testigos, o incluso en muchos casos más o menos entusiastas adherentes, a un sistema de poder contaminado de ilegalidad de arriba abajo? La principal diferencia entre las dos situaciones es que la sorpresa y el desengaño en este caso sólo son simulados por una pequeña minoría de fanáticos, que no pueden decir que actuaron por miedo pues recibieron sustanciosos incentivos para mirar hacia otro lado.

No conviene cebarse con esta gente, de todos modos, porque hay quienes tendrán seguro más suerte en sus esfuerzos por mostrarse desengañados, y además han sido más que compañeros de ruta, partícipes necesarios. Son los peronistas de siempre, mucho más entrenados en esto de reciclarse y negar lealtades, y a quienes en general la sociedad nunca reclama que digan la verdad, por lo que no se va a ofender demasiado porque una vez más la cameleen.

Ellos también están convulsionados por el escándalo. Por razones que explicó bien Héctor Recalde: trataban mucho más directa y cotidianamente con López que los kirchneristas de corazón, o al menos que los miembros de la bancada del FPV que él conduce. Ahí fueron Closs y sus diputados, seguidos por Alperovich, coprovinciano y estrecho aliado del ex secretario detenido, quien antes de que cantara el gallo ya se cansó de negar esa amistad y de echarle toda la culpa a Cristina, y seguramente los seguirán otros, hasta que se cuenten con los dedos de la mano los que le atiendan el teléfono al pobre Recalde. Y es comprensible, porque el kirchnerismo ya estaba muerto, pero el peronismo le tenía preparado un entierro familiar y silencioso que se acaba de frustrar. Ahora que el cadáver quedó expuesto, y apesta y espanta, van a tener que cambiar apresurdamente de programa. Mala suerte para los Rafecas y los De Vido, buena para los Bonadío y los Massa.

Frente a tanto papelón y bancarrota moral e intelectual es hasta destacable el esfuerzo de algunos kirchneristas por formular una más sincera autodefensa. Entre otras cosas porque se atreven a plantear abiertamente lo que siempre ha sido su verdadero sustento moral e intelectual, pero no reconocían en público. Ofreciendo así un tal vez postrero servicio a la república: nos muestran sin disimulo cuál es el sentido común básico del enano corrupto que los argentinos llevamos dentro.

Vamos a los argumentos. El más trajinado, y al que recurrió la propia Cristina, es que el problema de la corrupción no nace de la política si no del capitalismo; son los empresarios los que corrompen a los políticos: tientan a los funcionarios, que traicionan así sus ideales. La contraposición de siempre: política de convicciones, fe y pasión, contra mundo de los negocios egoísta y calculador. En suma, el problema de los K habría sido que no insuflaron en López la convicción suficiente para que no se dejara tentar por los Macri de este mundo, los malos.

El argumento ignora por completo que los países del mundo más transparentes son capitalistas, pequeño detalle. Y que son esas creencias anticapitalistas que el kirchnerismo promovió la principal justificación de los actos de corrupción: la pretensión de que la autoridad política determine la suerte en los negocios, destruyendo el valor del esfuerzo, la competencia y los mercados. Por eso la corrupción no fue sólo un instrumento para los Kirchner, no fue apenas un complemento necesario para “hacer política”, ni tan siquiera una vía para enriquecerse personalmente. Fue esencial al “proyecto”, al “modelo de país”: el patrimonialismo centralizado en el que tanto ricos como pobres dependerían por completo de la buena voluntad presidencial.

Por eso para quienes realmente aman el “proyecto k” y están dispuestos todavía hoy a defenderlo la corrupción no pudo ser una traición, ni tampoco un instrumento prescindible. Fue, como enseñó el espeluznante Hernán Brienza, su realidad moral úlltima, su forma de entender la democracia, porque a través y gracias a ella el kirchnerismo se propuso concretar la redistribución, haciendo efectivo el ideal de que la política domine la economía.

¿Cómo no considerar hipócrita y regresiva desde esta perspectiva la pretensión de un gobierno formado por managers de llevar transparencia a la función pública, si sólo quieren que los ricos escondan la fuente de su fortuna y evitar que nuevas camadas de políticos emprendedores, con sus séquitos respectivos detrás, hagan su pequeño agosto?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/16

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Francisco, ¿quiere ser jefe de la oposición?, ¿puede reflotar frente a Macri el viejo conflicto entre nación y república?

Los Kirchner quisieron ponerlo en ese lugar años atrás y no les funcionó. Pero ahora parece ser él mismo el que aspira a ejercer el rol, o al menos eso sueñan y temen respectivamente en el peronismo y en el gobierno.

 

Lo cierto es que por más que se esfuerza Macri por mejorar una relación que empezó mal, el Papa sigue causándole cotidianos dolores de cabeza. Tras la controvertida entrevista con Bonafini y el espaldarazo a jueces que aquél no ve con simpatía se desató un nuevo desencuentro por el rechazo a la donación a las Scholas Occurrentes.

 

Nada hace pensar, encima, que la situación mejore pronto. Un nuevo capítulo de tensión se va a abrir cuando la curia avance con su Pacto del Bicentenario, frente al cual el oficialismo deberá admitir su fracaso en impulsar su propia iniciativa en la materia, y una aun más grave perspectiva de subordinación a las condiciones que quiera imponer la Iglesia, con sus mitos sobre la nación y la integración social, para las más pedestres propuestas oficiales de diálogo con la oposición. Porque en la escena al menos quedará grabada la idea de que “mientras la Iglesia une, el gobierno desune”, y para disimularlo los funcionarios se verán obligados a repetir lo que dijeron a raíz de la carta vaticana por el 25 de mayo y el Tedeum porteño: que cuando los curas reclaman sensibilidad social y reconciliación les están sacando las palabras de la boca.

 

Los analistas difieren sobre la intensidad que terminará adquiriendo este conflicto. Pero ya nadie lo desestima. Entre los alarmados destaca el brillante historiador Loris Zanatta quien nos viene recordando en oportunos artículos que el mito de la nación católica cumple una función esencial en el ethos peronista y que el papa Francisco es ferviente cultor de esa tradición, radicalmente enfrentada a las ideas de Macri. Por lo que es inevitable que la tensión entre ellos crezca.

 

El argumento, sólidamente documentado, dispara preguntas que signarán la política de los próximos años. Si Macri no va a lograr apaciguar al Papa, ¿no le convendría defender más abiertamente su propio ethos liberal y modernizador y practicar un antipopulismo menos culposo? ¿Podría el peronismo unirse en torno a los planteos vaticanos, volviéndose más anticapitalista y menos negociador?

 

De darse esto último Francisco habrá paradójicamente cumplido los sueños que desvelan a Cristina, y no puede realizar: dar continuidad a un populismo radicalizado, poner al peronismo en la vereda de enfrente del gobierno y bloquear sus esfuerzos por crear una economía más abierta y una democracia más pluralista. Y la escena argentina se volvería a teñir de la oposición doctrinaria entre liberalismo y catolicismo tan gravitante en los años treinta y cuarenta. ¿Pero eso representaría las expectativas y los conflictos que realmente unen y dividen a la sociedad argentina actual? Aunque el mito de la nación católica gravite en el ideario de Francisco, de porciones del PJ y de la Iglesia, creo que ha quedado ya un poco en la historia y resulta demasiado traído de los pelos para entender y actuar en el país de hoy. Y la historia reciente lo demuestra.

 

Para empezar, es cierto que cuando por primera vez los Kirchner llamaron a Bergoglio “jefe de la oposición” se equivocaron. Porque él no se oponía a todo el proyecto K, sino principalmente a reformas en salud reproductiva, al matrimonio igualitario, en suma, a sus tibios escarceos liberales.

 

Pero además hay que recordar que, en parte por ese mismo error de juicio de los Kirchner, las críticas que les planteó el entonces cardenal tuvieron una eficacia pública discordante con sus intenciones: en los asuntos en que se focalizaron no lograron mayor consenso, pero sí ayudaron a impugnar lo que se llamaba “estilo k” y probó ser mucho más que eso: sus abusos de poder, su intolerancia, en suma, su antiliberalismo.

 

Bergoglio terminó cumpliendo así, en el terreno religioso y tal vez a su pesar, un papel similar al que en otros asuntos cumplieron personas tan distintas en sus historias y preferencias como Magnetto, Lorenzetti o Moyano. Al demonizar los Kirchner su voz y función pública, con la intención de desestimar sus críticas y politizar y polarizar las diferencias que ellas expresaban, en su caso con la evidente finalidad de ampliar la grieta entre la “iglesia militante”, la de los curas por los pobres, y la jerarquía, tachada de “liberal” desde el gobierno (grieta cuya superación estaba y sigue estando entre los objetivos medulares de la tarea pastoral de Bergoglio), y devaluar a sus verdaderos opositores, entre ellos los políticos disidentes del peronismo, también denostados por liberales, empujaron a todos estos actores a defender su autonomía. Cosa que hicieron precisamente en términos liberales, reivindicando la separación entre iglesia y estado, entre estado y gobierno, el derecho a disentir y el respeto a la ley como condición para la convivencia.

 

En suma, aunque las diferencias del futuro Papa con los Kirchner nacieran de lo poco que estos tenían de liberales, terminó siendo en defensa del liberalismo y la república que se desplegó el conflicto entre ellos y por darle voz a la sociedad. Conflicto cuyo saldo para nada abonó las tesis de la nación católica, ni favoreció al peronismo. Y aunque puede que al Papa le pese esa involuntaria ayuda prestada para fomentar el relativismo moral, y en particular para que Macri derrotara a Scioli, no podrá borrarla a voluntad, por más inspiración que reciba ahora del Espíritu Santo.

 

Respecto a este último asunto, además, es notable cómo los “involuntarios favores” de Francisco a Macri se repiten, disimulados detrás de más sonados que efectivos choques. Es lo que sucedió, al menos, en el caso de la cita con Bonafini.

 

La estrategia global del Papa dio un paso adelante con esa visita. La señora lo abrazó y se disculpó, hasta le regaló un pañuelo de las madres. Las dudas que todavía podía haber sobre su papel durante la dictadura terminaron de disiparse y se consolidó su imagen como gran reconciliador. Además es evidente que politizar el discurso de la Iglesia es parte esencial de su esfuerzo por sacarla de la crisis en que está, y evitar también que siga su lenta deriva de poder universal hacia mera ONG internacional. Bonafini, con sus buenos o malos argumentos sobre derechos humanos y desgracias del capitalismo sirve a ese objetivo general.

 

Pero al mismo tiempo la visita le sirvió a Macri para mantener en el centro de la escena y confrontando con él a las figuras más desprestigiadas del kirchnerismo. Y complicó en cambio la pretensión, que puede ser o no de Francisco pero es la de la oposición más virulenta, de interpretar la Argentina actual con esas ideas. Ante todo porque tenerla a la jefa de las Madres de interlocutora era mucho más riesgoso que tenerlo a Casanello, o mandarle un rosario a Milagro Sala. Y se demostró apenas ella salió de la audiencia y la usó para justificar un eventual estallido de “violencia popular” contra Macri y homologar la situación del país con la de 1955. Puso así en evidencia lo absurdo de pensar las disputas actuales como una lucha a muerte entre liberales y populistas, y hasta obligó a voceros papales a refutar esa versión.

 

En suma, Bonafini en Roma dio pasto a la tesis del gobierno: que si Francisco es reconciliación global, sólo Macri lo puede ser en estos pagos. Por más que aquél rechace la mano que se le tiende desde aquí. Que es probablemente lo que quede como saldo del entrevero sobre las Scholas. Y pese a que el Vaticano actuó sin avisar ni darles a las autoridades ocasión de buscar una salida elegante, y fundamentando su decisión, en línea con Bonafini, en que ellas deberían estar ocupándose de las carencias del pueblo y no lo hacen.

 

Puede que de un desencuentro más bien circunstancial con los Kirchner Bergoglio haya pasado a una tensión doctrinaria y por tanto más irremediable con Macri. Pero para un análisis político de lo que está sucediendo no cuentan tanto las ideas e intenciones de los actores como los efectos concretos de sus acciones. En lo que conviene reconocer un poco más de mérito y eficacia que el habitual al liberalismo argentino.

 

Además, aunque puede que el proyecto populista finalmente fracasara más por errores de sus conductores que por eficaces reflejos republicanos del resto del país, lo seguro es que para que lo mismo no suceda a Macri y su proyecto no les va a convenir polarizar con el Papa. Ni ignorar sus planteos. De los que cabría extraer la sugerente recomendación de practicar un “sano populismo”, así como el propio Bergoglio debió practicar en su momento un “sano laicismo”.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 15/6/16

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Río Cuarto: opciones y lecciones difíciles para Macri

¿Hizo bien el presidente al involucrarse en la competencia municipal de esa ciudad cordobesa, o debió dejar a los radicales locales librados a su suerte?

 

Es la típica ciudad de servicios de un área de producción agropecuaria muy rica, por lo que se entiende que en su electorado predomine la clase media, relativamente independiente y móvil, acostumbrada a cambiar de preferencias según los rendimientos que le ofrezcan los distintos niveles de gobiernos.

 

En ella la última gestión radical dejó bastante que desear, y la oposición peronista, con apoyo de la gobernación, presentaba un buen candidato, poniendo en aprietos a la alianza gobernante a nivel nacional.

 

En una provincia que votó siempre a radicales o peronistas y fue el distrito más enojado con el kirchnerismo de todo el país desde el principio hasta el final, y el que en la última elección hizo más por llevar a Macri a la presidencia, logrando éste lo que en ningún otro lado: que una parte importante del voto peronista lo acompañara.

 

Ofrecía, por ello, tanto oportunidades como desafíos para la alianza gobernante: ¿debía Macri desentenderse de la suerte de sus socios radicales, porque si perdían se lo tenían merecido y no le convenía poner en riesgo su buena relación con la dupla De la Sota – Schiaretti, cuyos votos en el Congreso nacional necesita más que una intendencia de medianas dimensiones del sur cordobés?, ¿o debía jugarse a consolidar una coalición política y electoral que va a necesitar fuerte en todo el territorio, si pretende convertir su episódica victoria de 2015 en el inicio de un nuevo ciclo político, y a su fuerza en un verdadero partido nacional, competitivo en todo el territorio?

 

Lo cierto es que hizo esto último, y muy bien no le fue, porque una parte importante de los riocuartenses que lo habían votado con las dos manos el año pasado (en esa ciudad obtuvo entonces 72% de los votos) y que todavía simpatizan con su gobierno, entre otras cosas porque sus medidas de ajuste no los han afectado demasiado y los cambios de precios relativos los beneficiaron, ignoraron su llamado a votar al candidato de Cambiemos y apoyaron al de Unión por Córdoba.

 

El resultado demuestra, por si hacía falta, que el peronismo, cuando no está en el gobierno nacional, es ante todo territorio y sindicatos. Y sabe defender esos dos frentes con uñas y dientes, sabe prosperar aún en la adversidad ofreciendo atractivas figuras y fórmulas políticas que combinan cooperación y oposición frente a las autoridades nacionales. En suma, sigue siendo un adversario formidable.

 

¿Debió Macri haberse abstenido de participar, rechazando la presión de sus socios radicales para que se involucrara en esta primera batalla electoral de su período en la Casa Rosada, que suponía sin duda más riesgos que ventajas, y le ha impuesto con este resultado un ahora más indisimulable costo político?

 

Puede que sí, pero importa destacar y valorar las razones por las que finalmente adoptó la decisión de involucrarse: tal vez pesó en alguna medida un diagnóstico exageradamente optimista sobre su capacidad de torcer la competencia, pero también seguramente lo hizo la voluntad de competir con el peronismo en su terreno y consolidar sus alianzas políticas. Y dejar en claro esa voluntad puede que compense el costo que se pagó.

 

En 1985 Alfonsín enfrentó un dilema similar. Los peronistas de provincia que le ofrecían cooperación en el Senado, una cooperación que él necesitaba más que el aire para sobrevivir, le reclamaban que no interviniera en la competencia legislativa en sus distritos. El presidente finalmente aceptó el juego, al menos en algunos distritos que consideró “sacrificables”. Hubo un caso bastante llamativo en San Luis, donde los candidatos radicales tenían buenas chances de desbancar a los de los Rodríguez Sáa, que recién empezaban a poner las bases de lo que sería una hegemonía perdurable y cada vez menos disputada. Esos radicales fueron abandonados a su suerte desde el gobierno y la UCR nacionales, y ya no se supo nada más de ellos. Finalmente Alfonsín lograría mantener acuerdos mínimos de gobernabilidad en el Senado, pero su capacidad de disputarle el territorio al peronismo se derrumbaría dos años después, en 1987, y su partido ya nunca más lograría por sí mismo disputarle la mayoría nacional al PJ. Tal vez Macri haya estudiado el caso y decidió en consecuencia seguir otro camino.

por Marcos Novaro

publicao en TN.com.ar el 13/6/16

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Tarifazos: la ética de las correcciones contra la del psicópata

Es bueno corregirse, pero no tanto. Si el gobierno sigue abusando de esa virtud que enarboló al asumir, “somos humanos, nos equivocaremos pero vamos a corregirnos” puede terminar abonando la nostalgia por su antítesis, los psicópatas negadores.

 

El ministro Frigerio celebró una vez más la sensata disposición a corregirse con que asumió el gobierno Macri, esta vez para defender a su colega Aranguren, a quien el presidente también ratificó en su cargo, ante la ola de correcciones parciales pero no menores de los tarifazos en los servicios registrada en los últimos días.

 

Frente a la delirante autocelebración que practicó el kirchnerismo es claro que esa disposición es un gran salto adelante, si no para la humanidad, al menos sí para la argentinidad. Pero tampoco hay que abusar y menos en cuestiones tan sensibles.

 

Salió a burlarse de Frigerio y Macri el ex ministro Kiciloff, que termina haciendo siempre de involuntario propagandista del gobierno de Cambiemos: si bien es cierto que andar pidiendo perdón todo el tiempo no es algo muy recomendable, que se lo reproche justamente él, y con ese tono burlón entre catedrático y adolescente que lo caracteriza, no hace más que resaltar el avance que significa haber pasado a ser gobernados por humanos, después de haberlo sido por pretendidos semidioses. Mientras esas sean las críticas que reciba, no va a hacer falta que el gabinete macrista haga recambios, ni siquiera que se esmere demasiado por explicarse ante la sociedad.

 

Pero como sea, lo cierto es que el patinazo con las tarifas sucedió, y no fue una cuestión menor. El gobierno se había tomado su tiempo para hacer las cuentas y resultó que igual las hizo bastante mal, golpeando con subas mayores a las anunciadas a sectores económica y políticamente muy sensibles, pymes de todo el país, familias de ingresos medio bajos ya en problemas por la situación económica general, etc.

 

Y no tuvo reflejos para arreglar el lío lo suficientemente rápido. Empezó a anunciar sus celebradas correcciones cuando ya gobernadores y representantes sectoriales estaban consiguiendo que varios jueces les dieran la razón, y retrotrajeran la situación al momento inicial. Lo que más que en una corrección puede convertir todo el entuerto en un sonoro fracaso.

 

Todo esto, para colmo, en la cuestión más sensible de las muchas cosas sensibles que tienen que resolver en estos meses, que ellos mismos reconocen son los más complicados de su gestión. ¿Cómo pudo ser que se equivocaran tan fiero?

 

Convengamos en que el recorte de subsidios a los servicios públicos era lo más impopular que tenía que hacer el nuevo gobierno. Aunque se hiciera bien iba a traer problemas. Convengamos también en que no era postergable ni podía hacerse muy gradualmente, menos que menos si al mismo tiempo se quería en lo posible mejorar e incrementar el gasto social, concentrando los subsidios en los que sí lo necesitan. Aumentar la AUH, reducir el peso del IVA para los más pobres, y encima financiar la tarifa social, todo junto y rápido, exigía un salto importante en el costo de los servicios para todos los demás sectores de la sociedad y las empresas.

 

Pero precisamente por todas estas consideraciones calcular bien cuál iba a ser el aumento para los distintos tipos de hogares y las distintas regiones del país, y sobre todo para las empresas que usan intensivamente gas y electricidad era fundamental.

 

Y parece que no se hizo bien. Ni técnica, ni políticamente. Porque no pinta que lo que sucedió fue sólo que un funcionario que usó mal la planilla de Excel. Parece que los mecanismos de coordinación y comunicación entre los miembros involucrados del gabinete fallaron.

 

Errar es humano. Y menos mal que quienes nos gobiernan se consideran a sí mismos humanos. Pero sería bueno cuidarse de no abonar la tesis de quienes buscan convencer de nuevo a los argentinos que lo más cool es no comportarse como tales, que conviene que nuestros gobernantes no reconozcan nunca error alguno y se dediquen a descargar culpas en los demás para zafar, porque aunque así no resuelvan los problemas nos ofrecen una ilusoria omnipotencia en la que regodearnos.

 

Sería bueno que el oficialismo advierta, además, que aunque el kirchnerismo esté en descomposición, y tenerlo entonces de vocero de las críticas le resulte muy redituable, las premisas culturales con que él trabaja, y en particular esta ética del psicópata que practicó tan sistemáticamente para lavarse las manos de todos los problemas, goza de muy buena salud.

 

Porque esa ética del psicópata no la inventó él, no guio sólo sus actos, anima en gran medida del sentido común público del argentino medio, que practica la descarga de responsabilidades en los demás siempre que puede.

 

Si el gobierno asume que está peleando no sólo contra el remanente de dirigentes kirchneristas, que en verdad no son una real amenaza sino una ayuda, sino contra una cultura política mucho más perdurable y amenazadora, entonces tal vez encuentren la energía necesaria para cuidarse de cometer tantos errores, y pueda fortalecer el tipo de confianza con que pretende sustituir tantas décadas de manipulaciones.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/6/16

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Massa planea repetir con Macri en 2017 lo que hizo con Cristina en 2013

De la mano de Stolbizer espera dividir el voto no peronista bonaerense, como hizo tres años atrás con el voto peronista del distrito. Y asegurarse así un triunfo decisivo en la nueva carrera presidencial, que buscará aprovechar mejor que la vez pasada.

 

Massa pasó en pocas semanas de ser el peronista preferido de Macri, papel que cumplió bien colaborando en la salida del default, a encarnar sus mayores dolores de cabeza, legislativos y electorales.

 

La ley antidespidos tuvo su papel en ello. Pero no fue lo único. Sucede que Massa necesita diferenciarse más del gobierno desde que éste aceleró el ajuste de tarifas y quedó así más expuesto a las críticas. Pero también como consecuencia de una frustración y un éxito propios.

 

La frustración fue ver que el peronismo territorial y sindical se recomponía más rápido de lo previsto y se lanzaba a ocupar el rol de oposición con su arco de halcones y palomas. El éxito, el entendimiento que el líder del FR logró con Stolbizer, Donda y demás referentes de la centroizquierda.

 

En ese panorama, que tiene su peor costado en el lanzamiento de Florencio Randazzo como candidato bonaerense para el año que viene, el mercado electoral que tiene más chances de captar el FR para mantener en pie su proyecto se superpone en gran medida con el que necesita retener Cambiemos. Por lo que el tigrense debe hacer esfuerzos extras para ser visto como el más cercano de los candidatos peronistas por los votantes que no lo son, en particular los de sectores medios independientes, levantando las banderas que Macri izó en 2015 pero que, en un arranque difícil de su gestión, le costará retener: desarrollo y modernización sin mayores costos para el empleo y el consumo, transparencia y lucha contra la corrupción, independencia frente a los aparatos políticos. En suma todo lo que Stolbizer, aunque se haya quedado casi sin votos el año pasado, puede ayudar ahora a Massa a representar.

 

El origen del choque entre Macri y Massa, en suma, está en que ambos deben lidiar con un peronismo menos dividido que en el ocaso del kirchnerismo. Claro que en ese PJ en recomposición las cosas no son sencillas. Pero sus capitostes vienen piloteando mejor de lo esperado una “renovación desde adentro” que evitaría nuevas fugas y hasta devolvería al redil a algunos massistas y antikirchneristas desencantados.

 

Entre Randazzo, Scioli, Bossio y Cristina es difícil que se entiendan. Pero con una conducción “neutral” como la que ejerce Gioja y la ayuda que proveen las PASO es probable que no hagan falta demasiados acuerdos: la fragmentación actual puede decantar sin grandes conflictos, por el común temor a que los contrarios saquen ventaja y la propensión a relativizar las diferencias programáticas cuando las conveniencias electorales mandan. Para casi todos ellos es fácil coincidir, además, en un punto medio entre la nostalgia por los buenos años pasados de la fiesta populista y la promesa de un futuro mejor con cierta dosis de desarrollismo pro empresario. Sin hacerse cargo en el medio de ninguna de las dificultades de la transición en curso.

 

Si lo logran no habrá tres ofertas de corte peronista en la provincia si no dos, y la competencia será entre tercios, igual que en 2013, sólo que con candidatos y acentos algo distintos que entonces. En particular para el massismo, si logra colocar finalmente a Stolbizer al tope de las listas para el Senado o Diputados.

 

La jefa del GEN podrá entonces hablar en nombre de Massa contra la corrupción, contra la reelección indefinida de los intendentes tan o más convincentemente que Carrió, y también hacerlo contra los tarifazos que golpearon a la clase media. Si mientras tanto en el PJ la paz sellada por Gioja y los gobernadores no salta por los aires, y los candidatos “renovadores” pejotistas como Randazzo prosperan, todo el escenario de competencia se volcará al terreno del no peronismo, donde el voto es por tradición más móvil.

 

Para Cambiemos este escenario no fue del todo imprevisto. Lo cierto es que buscó evitarlo, aunque tal vez no con el suficiente empeño. Además de ofrecerle una opción más tentadora a Stolbizer que representar de vuelta a su provincia en el Congreso, como pudo ser un lugar en la Corte, había que ocuparse de sus seguidores, que han perdido casi todos sus cargos por la muy mala performance de 2015 (situación que diferenciaba el caso de la líder del GEN de la de Lousteau, a quien le costaba muy poco desentenderse de sus apoyos para irse a Washington). Y además lo de la Corte debió plantearse antes de promover a las apuradas a Rosencrantz y Rosatti para los puestos disponibles, o junto a un compromiso para ampliar el número de jueces. ¿El retiro de Highton de Nolasco llegará a tiempo para hacer un lugar?

 

Por de pronto, Margarita y Massa avanzaron en su entendimiento, y ahora la matemática electoral es ya difícil de alterar: cada voto que Massa logre cosechar el año próximo le dolerá doble a Macri, porque será uno esencial para consolidar su coalición, así como lo fue el año pasado para catapultar a Vidal a la gobernación y a él a la presidencia.

 

Encima con un massismo más perfilado en el campo no peronista y una competencia a tres bandas que invierte los papeles que cada parte desempeñó en 2015 se complican todos los planes políticos del oficialismo, no sólo los electorales, y tal vez no sólo los bonaerenses. Ante el asedio que le plantea esta competencia, ¿cómo saber con qué sector peronista negociar, a cuál conviene fortalecer como interlocutor, si cualquiera de los bandos de ese arco puede terminar volviéndose el verdugo de Cambiemos en el corto plazo?

 

Las esperanzas del oficialismo dependen, primero, de que Massa pierda apoyos peronistas que conserva si promueve a la ex radical como cabeza de lista en su provincia. Pero eso es difícil que suceda si el tigrense logra convencer a los intendentes que aun están en el FR de que con esa candidata tienen más chances de ganar.

 

Y segundo, de que este cuadro de competencia entre tercios a costa del oficialismo no se nacionalice y la situación bonaerense vuelva a ser, como en 2013, una excepción.

 

Esto último es más probable porque el problema de Massa sigue siendo el mismo que tres años atrás: lo que funciona en su distrito no es fácil de replicar en el resto del país. En ese caso aunque para Macri la provincia sea un grave dolor de cabeza, no le impedirá hacer avanzar a su coalición en el interior (para lo que necesitará más Plan Belgrano y menos Fondo del Conurbano). Ni el choque con Massa bloqueará acuerdos puntuales para las leyes que necesita, al menos mientras el peronismo oficial siga en alguna medida disperso y muy necesitado de recursos, dada la enorme cantidad de cargos ejecutivos deficitarios que ejerce.

 

En suma, todavía Cambiemos tiene muchas cartas que poner sobre la mesa. Sólo que el juego en que está inmerso, y esto no lo va a poder cambiar, sigue siendo en gran medida una interna abierta del peronismo; frente a la cual plantear entendimientos globales y de largo plazo carece de viabilidad.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/5/16

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Adiós a Pat Derian

Patricia Derian murió la semana pasada en EEUU. A fines de los años 70 Derian lideró la Oficina de Derechos Humanos del Departamento de Estado, durante la presidencia de Carter. Desde allí, llevó la pregunta por los desaparecidos y los centros clandestinos de detención en Argentina al tope de la agenda de política extranjera de su país. Fue una persona de enorme valor para muchos que salvaron su vida gracias a su intervención, para el naciente movimiento de derechos humanos y para la visibilización de lo que la dictadura ocultaba. Hacia el futuro, su intervención significó una visión y un potencial de las relaciones internacionales un poco más allá del pragmatismo de los “intereses nacionales”.

Hace más de diez años la entrevistamos junto a Marcos Novaro en su casa de Chapel Hill y nos contó su vida desde joven. La entrevista dura 3 horas y hoy es parte de la Colección de Derechos Humanos del Archivo de Historia Oral de la Argentina. Más abajo reproducimos un fragmento de la entrevista. Lamentablemente no hemos tenido tiempo traducirla y colocarle subtítulos, pero aún en idioma original creemos  tiene un enorme valor. Derian habló de su militancia en el Mississippi Freedom Democratic Party, que negros y blancos organizaron para terminar con la segregación en el sur de EEUU, y de tener al Ku Klux Klan de vecino, mientras tanto. Derian les decía a Videla y a Massera que sabía lo que estaban haciendo.  Le peleaba mano a mano a los sectores del Departamento de Estado que apostaban a no hacer olas, y lograba que Carter le pidiera a Videla cara a cara por Alfredo Bravo y por Jacobo Timerman.

Era una mujer de risa fácil y gran sentido del humor. Me regaló el libro cuya imagen ven más abajo. Seguro no le hizo falta porque ella lo sabía de memoria.

derian

Así la recordó ayer el NY Times

http://nyti.ms/1TM4weh

 

 

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¿Por qué al Papa le causan la misma alarma Venezuela y Argentina?

Si lo que quiso fue parecer neutral en las disputas ideológicas que atraviesan la política latinoamericana la fórmula que usó no ayudó demasiado. Al contrario, dejó a la vista su parcialidad, su afecto cada vez menos disimulado por las opciones populistas, encima en un asunto en el que los costos de reputación no van a tardar en hacerse sentir.

Al decir que estaba igual de preocupado por la situación social y política que se vive en Venezuela que por lo que pasa en Argentina mostró, queriendo sin querer, que comparte el alarmismo de la oposición peronista y de izquierda frente a Macri, pero no comparte en cambio las mucho más fundadas razones que han llevado a toda la dirigencia democrática de la región a reclamar, ya no sólo un cambio de rumbo al gobierno de Maduro, sino una urgente intervención del sistema interamericano para frenar lo que es a todas luces una catástrofe.

Claro que en muchas materias es infalible, pero tal vez le convenga a Francisco leer con más atención los diarios de los últimos tiempos. Ya nadie discute ni en América Latina ni en el mundo que el chavista es un régimen en descomposición. ¡Si hasta los políticos latinoamericanos más de izquierda, que hasta hace poco resistían los reclamos contra los atropellos chavistas lanzados por “la derecha” de sus países o por EEUU, ahora los están ellos mismos impulsando!

“Más loco que una cabra” lo definió Pepe Mujica, ex presidente de Uruguay y ex amigo de la revolución bolivariana. “Dictadorzuelo” le espetó Luis Almagro, actual presidente de la OEA, e igual que Mujica dirigente del Frente Amplio. Se referían al mismo Nicolás Maduro, el colega que está hundiendo a su país en un caos sin fondo con dosis crecientes de violencia, torpezas económicas y delirios antimperialistas.

Mujica y Almagro, ¿hasta donde cambiaron de actitud? ¿Hicieron autocrítica de su anterior indiferencia a la violación de derechos en el país hermano o simplemente la situación venezolana se volvió tan terrible que ya no pueden disimularla?

Por de pronto lo más plausible es que ambos estén tratando de despegar a la izquierda, al menos la porción democrática de ella, de los desmanes cometidos en su nombre. Y que se abstengan de reconocer el fracaso de su previa política de buena vecindad con el régimen venezolano. ¿Pensarán que los fines nobles que se propone la izquierda no hay que dejar que sean mancillados por los desastres del chavismo?

Con ideas como esas no les va a alcanzar para hacer mucha autocrítica. Pero al menos están evitando caer en el absurdo en que incurre Francisco: lo de Venezuela para ellos no es comparable a ninguna otra cosa que esté pasando en la región, eso queda claro.

Destruir un país del modo en que lo han hecho Chávez y sus seguidores no es nada sencillo. Requiere de gran coordinación de esfuerzos, nutrirse de ideas absurdas como el anticapitalismo, el estatismo prebendario y el victimismo nacionalista y cerrarse contra toda advertencia disuasiva de llevarlas a la práctica, sostener esa voluntad durante años y años, hundiéndose más y más cada día en arbitrariedades y necedades, tomándolas por acciones razonables y benéficas.

Muchos políticos e intelectuales de izquierda creen que cuando se llega a una situación como esta sólo puede atribuirse a locura; es decir, una deformación perversa e irracional de ideas e intenciones nobles. Pero tal vez sería bueno preguntarse por las razones que hacen que esas ideas resulten proclives a usos tan nefastos.

A la luz de este proceso, y lo mucho que de él se conocía desde hace años, es difícil de entender además que las izquierdas de la región que se consideran democráticas no prestaran más atención a esa deriva, no le dieran mayor importancia o directamente la justificaran. Si hubieran reaccionado antes tal vez se podría haber frenado la violencia y la destrucción a tiempo, podría haberse abierto una salida institucional menos costosa de lo que ya ha sido el proceso chavista para millones de venezolanos.

Ahora que seguir siendo complacientes con estas ideas y prácticas en medio de la catástrofe es del todo injustificado. El anticapitalismo, el nacionalismo virulento y el estatismo desbordado, Francisco debería saberlo después de tantos experimentos argentinos y latinoamericanos de los que él también en alguna medida ha sido víctima, tienen en común el desprecio por las libertades individuales y el pluralismo. Pero además comparten un vicio más general propio de las ideologías cerradas, alimentan la pretensión de superioridad moral de quienes las profesan.

Nadie duda de las buenas intenciones del Papa. Pero tal vez sea hora de que se haga cargo de que el camino del infierno está tapizado de buenas intenciones.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/5/16

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Un veto presidencial que no es ni golazo ni papelón

Para los críticos del presidente, y en particular para el remanente kirchnerista y la izquierda dura, el veto es una prueba más, por si hiciera falta, de que “la derecha” usó el republicanismo como una máscara pero en la práctica no le interesa en lo más mínimo, lo único que quería era ser ella la que pudiera abusar del poder presidencial.

 

Sin embargo la ley vetada es demasiado poco relevante, incluso para la mayoría de quienes la impulsaron, como para que justifique tal alarmismo. El veto en cuestión, en consecuencia, no va a disparar las reacciones sociales que se necesitarían para dar asidero a esa tesis, y los que quieren que “al gobierno le vaya mal para que le pueda ir bien al país” tendrán que seguir esperando. Algo tal vez termine disparando el soñado estallido, pero no va a ser esto.

 

Del otro lado del ring, Durán Barba ha señalado que el veto es una necesaria y sana demostración de autoridad presidencial, que la sociedad no sólo va a avalar sino que consumirá como estímulo de la adhesión a Macri, porque lo que quiere ante todo es un gobierno que gobierne, que imponga un rumbo, y sabe que Macri es el único que hoy por hoy puede brindar soluciones.

 

Quienes así razonan tienen mejores encuestas que sus contrincantes. Pero ven la foto y quieren convertirla por arte de magia en película.

 

Un dato importante les da en parte la razón: el peronismo convergió pese a su fragmentación en un intento por sacar provecho del endurecimiento del ajuste, y buscó acorralar a Macri por el lado de los despidos, pero aunque se impuso en el Parlamento no logró el resultado esperado en la opinión pública, lo que se explica porque aunque hay preocupación por el tema del empleo la amplia mayoría no quiere confrontación, y si la hay al menos por ahora prefiere ponerse del lado del presidente.

 

El problema con el veto es que no deja de ser una señal de fracaso. Que en el caso de Macri golpea doblemente. Porque aunque corresponde a una atribución constitucional completamente legítima, y además muy oportuna y de uso frecuente en situaciones de gobierno dividido como la que vivimos, no puede volverse la pauta normal en las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, es un recurso de última instancia y reflejo, casi siempre que se usa, de que el gobierno no pudo seducir ni convencer a los legisladores que no le responden.

 

La invocación de Macri a “trabajar juntos” en este caso al menos no fue escuchada. Y para un gobierno que hizo del diálogo uno de sus estandartes más destacados es doble la frustración.

 

La cuestión de todos modos no es tanto lo que pasó en este caso si no lo que pasará en adelante, y qué pauta está dando este hecho al respecto: ¿fue el primero de una serie, vendrán a continuación más y más vetos, o será la excepción que confirme la norma, la vigencia de una pauta general colaborativa?

 

Según cómo se responda esa pregunta será la película. Y no habrá que esperar demasiado para verla. Porque pronto el Ejecutivo tendrá que volver a sentar a los legisladores peronistas dispuestos a negociar. Y la pregunta es si hacerlo le costará más que antes del veto o no.

 

Macri mostró que ningún temor ni culpa va a impedirle defender su rol y su programa. Pero los peronistas probaron que pueden hacer aprobar sus propios proyectos de ley. Al final del día, lo más importante va a ser qué aprendió cada uno de este tour de force, y si las lecciones son convergentes o divergentes. El presidente seguramente tendrá la voz cantante también a este respecto: ¿aprendió a usar la dosis justa de autoconfianza y firmeza o retomó el vicio que despuntó en el decretazo sobre la Corte?, ¿el mensaje que transmite su veto es “negociemos, pero respeten mis límites y mi agenda” o es “no joroben, porque si no gobierno solo”?

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 21/5/16

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El peronismo presiona, y mejora la imagen de Macri

El peronismo no da tregua: se va recomponiendo, a pocos meses de perder el gobierno nacional, y pasó ya a la ofensiva con sus propios proyectos de ley. Aunque en Diputados tropezó por la tozudez del kirchnerismo residual y la inesperada solidez del bloque de Massa. Y lo más llamativo: le deja al gobierno márgenes acotados para actuar, pero ayuda a mejorar su imagen pública.

 

Héctor Recalde hizo un nuevo papelón, por la soberbia y tozudez que acompaña desde siempre a su sector: se enajenó el apoyo de Massa y se quedó sin quórum en la sesión que debía aprobar el proyecto antidespidos. Los otros que cargaron con la desgracia fueron Gioja, Bossio y Urtubey. Los primeros porque siguieron a Recalde, buscando acorralar y dispersar al massismo, y no lo consiguieron. Y el último porque quiso bloquear la sesión, igual que el tigrense, pero en su caso varios de los legisladores que supuestamente le responden lo ignoraron.

 

Así el peronismo dejó ver que sigue tan propenso al error de cálculo como en la última campaña electoral, cuyo resultado le sigue pesando, y pagó el precio de carecer de un liderazgo confiable. Por lo que tardará en completar su asedio sobre el gobierno. Lo que alcanzó para que éste respirara aliviado, tras haber cometido varios deslices innecesarios en el trato con los sindicalistas, y ofrecido una también innecesaria confirmación de que es “el gobierno de los empresarios” (salvo cuando y para lo que realmente los necesita).

 

Su alivio encima durará apenas unos días y en lo esencial obedece a un hecho que ha desmentido la principal tesis oficial: la de la polarización que propuso entre “lo viejo”, el kirchnerismo, y “lo nuevo”, sus políticas. El peronismo de Massa lo ayudó al quitarle quórum al resto de la oposición, pero es la refutación de esa tesis, y está decidido tanto como los demás a disputarle el control de la agenda parlamentaria y hacerle pagar caro cada paso que quiera dar.

 

Para ese peronismo Macri está hoy donde más le conviene, haciendo el trabajo sucio del ajuste, preparando el terreno para que ellos puedan volver en pocos añitos, a disfrutar otra etapa de auge y acumulación de desequilibrios.

 

Porque si hay algo que va quedando claro en todo este entuerto de los despidos es la máxima que rige el comportamiento de los peronistas, en particular de los que tienen  más futuro, y que difícilmente se van a salir ya del rol que se han asignado, por más que ocasionalmente algunos cooperen con el gobierno.

 

Ese rol no consiste en “poner palos en la rueda” todo el tiempo, como trata sí de hacer el kirchnerismo residual. Pues no pretenden obstruir al gobierno en sus esfuerzos por corregir los desequilibrios que todos reconocen, ni impedir que arregle con los holdouts, ni que aumente las tarifas, ni que reduzca el déficit fiscal. Sino en hacerle pagar el mayor costo político por acometer esas medidas, poniendo en claro que él es el ajustador insensible y ellos los representantes de los derechos y los beneficios para los humildes y la amplia mayoría de los argentinos.

 

Si hay un mérito indiscutible en la principal fuerza política del país es el esfuerzo constante por disputar el poder y preservar el mayor tiempo posible y por todos los medios a su alcance el que logra conquistar.

 

Es contra esa voluntad que ha chocado el gobierno de Macri. Y contra la astucia que la acompaña, abonada por décadas de ensayo y error con casi cualquier tipo de iniciativa y doctrina política o económica, de convencimiento y decepción según lo que demanden las circunstancias, de encuadramiento y cuando conviene dispersión.

 

Acorde a esa voluntad y esta astucia, en menos tiempo del que hasta el más malpensado preveía unos pocos meses atrás, los peronistas con poder real, los gobernadores, intendentes y sindicalistas, se están desembarazando de sus vínculos con el kirchnerismo y acomodando para presentarse como el partido del futuro. Para lo cual reinterpretan lo que fue en casi todos los casos un acompañamiento hasta el final acrítico de las políticas de Cristina, para lavarse las manos de sus saldos negativos y reivindicar para sí sólo sus reales o supuestos beneficios.

 

Sin disimulo pero también sin gran escándalo y, lo que es más llamativo aun, casi sin objeciones de parte del resto de las fuerzas políticas, hacen como si no tuvieran nada que ver con los rasgos negativos de la herencia, y eso los convirtiera en titulares exclusivos de los “derechos conquistados”, los “años buenos de crecimiento y auge del consumo y el empleo”, y por tanto también intérpretes privilegiados de las necesidades de la hora.

 

El extremo personalismo en el ejercicio de la conducción por parte del matrimonio Kirchner en todos esos años juega a favor de esta operación. Como los presidentes de la década ganada se esmeraron tanto en demostrar que todo lo que hacían era exclusivo producto de su inventiva y su voluntad, ahora no tienen gran problema aquellos partícipes necesarios en tantos desmanes para lavarse las manos de las cuentas a pagar acumuladas.

 

También ayuda, y es obvio que iba a ser así, la necesidad que tienen las nuevas autoridades de conseguir la colaboración de ese peronismo de siempre para poner más o menos rápido las cosas en orden. Ellas saben que si recorrieran el espinel de esta dirigencia asignando responsabilidades la salida del atolladero en que nos metieron se demoraría, o se volvería del todo imposible.

 

La justicia y los medios, además, hacen su aporte. Al enfocarse en causas que involucran a la ex familia gobernante producen el doble efecto de alentar al resto de los peronistas a tomar rápida distancia de ella y abroquelarse en la oposición y en la defensa de sus bases de poder para que no se vaya también contra ellos. Los sindicalistas lo plantearon hace unos días con su habitual sinceridad: no piensan ni hablar siquiera de los problemas judiciales de Cristina, pero si Macri quiere colaboración de su parte debería frenar a Carrió y sus ataques a la “mafia sindical”.

 

Así, para bien o para mal, tal como sucedió después de 1983, y de nuevo a partir de 1999, pero con aún mayor velocidad que entonces (esperemos que también con más moderación) los nuevos viejos peronistas hablan en nombre de los derechos, no de los costos, se muestran preocupados por los problemas de empleo e indignados por la suba de tarifas, no por las razones que están detrás de esas malas noticias, e ignoran casi todo lo que dijeran e hicieran durante años sobre estos u otros asuntos.

 

Sería tan grave subestimar el desafío que plantea esta oposición como el de sobreestimarlo. Por lo que convendría a las ya no tan nuevas autoridades en ejercicio tomar con pinzas el rol que ella se ha autoasignado. Pues otra peculiaridad de la actual situación es que como nunca antes la opinión pública percibe ajustadamente tanto la naturaleza de los problemas que se enfrentan como las responsabilidades que tocan a cada cual en su gestación. De otro modo sería difícil entender la amplia tolerancia a las malas noticias que está demostrando la sociedad en general, y también el hecho de que después de haber caído unos cuantos puntos entre marzo y abril, la imagen del presidente y del gobierno se está recuperando, justo cuando la oposición pasa a la ofensiva y los problemas, sobre todo en el caso de la inflación y el consumo, tienden a agravarse.

 

En este marco chocar con el peronismo no deja de ser una opción tentadora para el oficialismo. Fue probablemente este el motivo que lo llevó a anunciar el veto a la ley antidespidos: gesto que importará menos como señal económica, dado que de todos modos la ley tendría poco efecto para desalentar inversiones, que como acto político, mostrar que el Ejecutivo no se va a dejar arrastrar detrás de la agenda de la oposición. Aunque sólo en la medida en que eso no implique demorar el fin del ajuste. La disputa se dirimirá finalmente en torno a una cuestión de tiempo: ¿cuánto van a tardar en llegar las buenas noticias? Porque, aunque se gane crédito hoy en la pelea, lo que realmente importa es qué estará pensando la sociedad cuando tenga que volver a votar, el año que viene.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/5/16

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¿Qué tan nociva fue la corrupción kircnerista?

No sólo la cantidad de dinero involucrado sino también las justificaciones y los usos de la corrupción varían de un país y gobierno a otros. Y conviene no subestimar las diferencias.

 

En algunos casos los políticos se corrompen para financiar su actividad, pero no para volverse millonarios, ni como requisito de la construcción del orden institucional y económico que promueven. Es el caso de muchos políticos brasileños, al igual que norteamericanos o españoles, para poner algunos ejemplos bien actuales, alentados por flojos sistemas de control y sistemas electorales que encarecen y personalizan las campañas electorales. En esas situaciones los actos de corrupción no dejan de ser reconocidos como conductas desviadas, y por tanto suelen ser más fáciles de combatir.

 

El caso del kirchnerismo es muy distinto y se parece más al venezolano o al ruso, en los que la corrupción tiene ante todo una finalidad moral y programática: construir un sistema centralizado y omnímodo de poder impenetrable para la competencia pluralista, del cual la acumulación de dinero es un complemento esencial, disciplinar a las elites económicas sometiéndolas a una sistemática dependencia a través de la asignación particularista de premios y castigos desde el poder político, y demostrarle al resto de la sociedad que ladrones somos todos, solo que algunos tienen mejores oportunidades de ejercer que otros, y el capitalismo de mercado, la transparencia y la independencia de la Justicia y los medios no son más que simulaciones y excusas mezquinas de quienes ya han robado bastante y pretenden cerrarle la puerta a nuevas camadas de aspirantes a ejercer el oficio.

 

En estos casos la corrupción no está adosada al programa de gobierno, es parte esencial del programa. Y viene por tanto acompañada de una justificación doctrinaria, por lo general populista, anticapitalista, a veces hasta cristiana de estas prácticas patrimonialistas, siempre antiliberales.

 

Por ello, aunque los detalles de la corrupción galopante de los últimos años en nuestro país esté escandalizando a la opinión pública no es tan de sorprender que los escándalos vengan acompañados de una gran batería de argumentos que todavía la disculpan, o directamente la justifican.

 

¿Es tan grave robarse algunos millones del estado si haciéndolo se hace posible sostener un gobierno que distribuye muchos más millones entre los pobres? Una respuesta negativa es el supuesto de mucho de lo que se dice en defensa no sólo de los funcionarios kirchneristas, también desde los sectores petistas más fanáticos en Brasil y de los populismos de otros países de la región, cuando se denuncia que a esos dirigentes supuestamente se los acusa de corrupción “no por lo que pueden haber hecho de malo sino por lo que hicieron de bueno por los más pobres”.

 

Más allá de las diferencias señaladas y de lo que se piense en cada caso conviene no evitar el debate que se propone con esos argumentos: ¿La corrupción de estos gobiernos fue un daño colateral finalmente aceptable, fue lo peor que hicieron, dentro de un balance que debe reconocer cosas buenas y malas, o es apenas la punta del iceberg de un patrón que signa toda la gestión y justifica calificarla como mal gobierno, un experimento dañino para la economía y las instituciones?

 

La cosa no se detiene allí porque una época signada por los costos sociales de las deformaciones del sistema financiero internacional, iniciada con la crisis mundial de 2008 y potenciada con escándalos más recientes como el de los Panama Papers, no ayuda precisamente a distinguir entre unos sistemas económicos transparentes y competitivos, es decir “sanos”, y otros patrimonialistas y corruptos.

 

Todo lo contrario, la época que vivimos da aliento a discursos descalificatorios genéricos sobre “los negocios” y “los ricos”. Como el que viene promoviendo Francisco desde la cúpula de la Iglesia, por ejemplo. En cuyos términos parece lógico relativizar que la corrupción de ciertos funcionarios sea para armar mucho escándalo, cuando vemos que todo el sistema capitalista, o al menos las finanzas internacionales, parecen dedicados a una desenfrenada acumulación de ganancias en cada vez menos manos y burlando todas las reglas posibles.

 

En implícita coincidencia con esa perspectiva bíblica del asunto, Marcelo Zlotogwiazda escribió hace unos días una columna en que compara los costos de la corrupción con los de las prácticas delictivas o semidelictivas de los grandes negocios, para concluir que estas son mucho más graves y dañinas, porque involucran más dinero.

 

Pero lo más curioso tal vez no sea lo que dice Zlotogwiazda, finalmente esperable de un periodista de izquierda que siempre se ha dedicado a investigar y denunciar las prácticas non sanctas del mundo de los negocios. Sino que ese argumento sea replicado abierta o solapadamente en infinidad de planteos de otros periodistas, políticos, intelectuales e incluso empresarios, que a su manera terminan abonando la idea del carácter inmoral de la acumulación capitalista in toto: si la parte del león de ella en todo el mundo no es más que un robo bien organizado y disimulado, que los defensores de ese sistema denuncien la corrupción de ciertos funcionarios, y encima lo hagan con especial entusiasmo cuando involucra a críticos de esa acumulación, sería no sólo una verdadera hipocresía sino un desfachatado intento por ocultar las verdaderas causas de los problemas contemporáneos, desde el subdesarrollo, a la injusticia y la exclusión.

 

Este clima de opinión tal vez ayude a entender por qué a los defensores del anterior modelo no les esté resultando tan difícil soportar el develamiento de la corrupción de sus dirigentes. Algunos directamente se niegan a ver lo evidente, dicen que es todo un invento. Pero lo más interesante es lo que sucede con los que no pueden o no quieren cerrar los ojos, pero establecen una suerte de transacción con lo que ven. Según la cual “lo malo” que puedan haber hecho algunos kirchneristas, como robar, lo hacen todos, y no desluce “lo bueno”, que sólo de ellos cabe esperar. Dicho brutalmente, la AUH pesa más que Hotesur. Por esta vía se pueden justificar hasta cuentas como esta: ¿cuánto pueden haber robado Lázaro, Cristóbal y los Kirchner, algunos miles de millones?, ¿no estaría más que compensado por los planes sociales que distribuyeron diez veces más recursos?

 

Es en estos términos que en torno de la corrupción se ha desatado en nuestros días una nueva batalla cultural sobre los significados de lo justo e injusto, lo que es una economía sana y una enferma, lo que distingue un sistema patrimonial de una sociedad pluralista, que es tan o más decisiva que la ardua tarea de reunir pruebas sobre las responsabilidades individuales para la suerte que vaya a tener el cambio de ciclo político en curso.

 

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/5/16

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