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¿Macri es transición, normalización o reforma?

Lo que Macri va a significar en nuestra historia, un gobierno de transición o uno reformista, y si es lo segundo con qué programa, se define en estos meses. Por lo tanto también lo que será la política argentina tal vez por muchos años para adelante.

Por eso esta elección legislativa en dos tiempos que estamos atravesando, con el inútil pero entretenido puntapié inicial de las PASO, puede que termine siendo tan decisiva como la presidencial de dos años atrás. Con ella concluirá la transición de salida del kirchnerismo. Y de cómo concluya esa transición depende que la tendencia de cambio se consolide o no: o se prueba que lo de Macri en 2015 fue un accidente pasajero (o una trampa y un error a corregir, según la versión de los ultras) o se confirma que la sociedad quiere apostar en serio a un cambio, a pesar de las dificultades y costos que ha tenido ya tiempo de comprobar que el cambio implica.

Por eso también los que no quieren saber nada con que esto avance y viven el gobierno de Macri como una pesadilla de la que necesitan despertar cuanto antes, no algo que requiera de su reflexión o, menos que menos, su aceptación, están más desesperados también que hace dos años: es cuestión de vida o muerte ahora, o su mundo se derrumba o lo que siempre dijeron se confirma y Macri empieza a irse a su casa. Cualquiera que escuche en estos días la prensa más duramente opositora percibirá esa nota de fondo de desesperación.

Y es que estamos en un punto de quiebre, una bifurcación del camino, y parece que, si no una mayoría, al menos sí una contundente primera minoría va a empujar el barco en dirección a los cambios que Macri representa. Bastó con el ensayo de las PASO para que se desarmara la cadena que iba de “Cristina candidata” pasaba por “protesta de la CGT” y terminaba en “dólar desbocado”. Éste se desinfló, los sindicatos grandes se bajaron de la protesta del 22 de agosto, y por más que patalee y convoque al ”60% que no quiere al gobierno”, Cristina perdió su posibilidad de encabezar una oposición desafiante. La vocación de cambio no es arrolladora, pero convengamos que no se le opone nada demasiado sólido.

Como sea, llegó la hora de preguntarse: ¿cuáles son estos cambios que representa Macri? La normalización tras la radicalización populista es una de sus notas desde el comienzo. Pero si es normalización hacia el capitalismo prekirchnerista, ya bastante opaco y politizado, colusivo e inestable, poco dinámico y aun menos inclusivo y competitivo, lo de Macri sería más un regreso a viejos problemas que un auténtico avance.

El Ejecutivo ha venido ampliando su agenda para dejar en claro que no es eso lo que pretende. De lo que se deduce un diagnóstico implícito, que sería bueno hacer explícito: el capitalismo prekirchnerista con todos sus vicios y desequilibrios fue el que gestó, como solución social y política a sus desequilibrios inherentes, la deriva al populismo radicalizado; regresar a aquél supondría entonces mantener abierta la posibilidad de que, con nuevos rostros y tonos, se insista en el futuro en esa deriva.

Supongamos que estamos de acuerdo en que esa no es buena idea. ¿Cuál es entonces la de Macri? ¿Qué piensa hacer con su oportunidad, con el tiempo que la sociedad le está por conceder para que la transforme?

Por de pronto se puede anticipar lo que no va a hacer. No habrá, para empezar, un nuevo Discurso de Parque Norte. Esa condensación de saber político e intelectual que Alfonsín lanzó para guiarse en 1985 le duró, como instrumento efectivo de gobierno, apenas unos meses. Macri es reactivo a repetir ese tipo de experiencias que asocia con la vieja política, no es afecto a las formulaciones intelectuales, ni cree que pueda gestarse una síntesis de ideas semejante sin disparar, para empezar, más tensiones que acuerdos entre sus propios seguidores.

Todo eso, sea o no cierto, hay que aceptarlo como inmodificable premisa de trabajo del presidente. Pero tal vez sea bueno y viable que haya “parquenortecitos”. Algo de eso empieza a despuntar cuando Macri habla de reforma tributaria, educativa o plan de infraestructura. Pero falta mucha explicación en esos terrenos, y en todos los demás. La primera y fundamental tarea de un gobierno reformista es explicar lo que quiere hacer, y hasta aquí esa tarea se ha cumplido como mucho a medias.

Lo segundo que no va a haber es Pacto de La Moncloa. Los españoles lo usaron para salir del corporativismo autoritario, excesivamente rígido pero por lo menos estable; nosotros tenemos que salir de la crónica inestabilidad de un corporativismo fallido y faccioso, no es lo mismo.

Además hay dificultades estructurales para que los gobiernos argentinos encaren acuerdos amplios, que en el caso de Macri se potencian.

Que el gobierno “debió promover acuerdos y no lo hizo” es una afirmación muy difundida. Pero antes de insistir en ella conviene prestar atención a los problemas que han llevado a que hasta aquí casi ningún gobierno democrático los impulsara: ocasionalmente negociaron cuestiones puntuales, con actores también acotados, para reinar dividiendo y solo cuando no era viable o más rentable el unilateralismo.

Sucede por sobre todo en el terreno económico: los gobiernos en general temen, con razón, la capacidad de presión de los sindicatos, pues saben que no va a ser contrarrestada por el empresariado, carente de una capacidad y vocación equivalente. Para Macri esa dificultad se duplica: al haberse formado de su gestión una imagen gerencial, todo lo que proponga será de movida señalado como “pro ricos” por los sindicatos y grupos de oposición afines, y para peor tampoco tendrá garantías de que los ricos de carne y hueso lo apoyen, o sean convincentes y efectivos si lo intentan.

¿Se puede romper la trampa de este desequilibrio? Fortalecer las entidades empresarias sería una buena opción pero lleva demasiado tiempo. Encarar acuerdos por sector puede ser más útil en lo inmediato, porque a ese nivel los desequilibrios de poder tal vez se morigeren y eventuales fracasos no serán tan costosos. Pero seguimos dando vuelta al problema ya mencionado: esos acuerdos no alcanzan para definir una idea de conjunto, un “para dónde vamos”.

Podrían tener un efecto organizador al respecto las dos o tres reformas más ambiciosas que se anuncian como eje de la segunda mitad de mandato (la tributaria, la educativa y la política). Pero todas ellas son demasiado técnicas y lentas. Otro paso en esa dirección, complementario de lo anterior, sería dar un carácter más definido a la alianza de actores en la que el gobierno aspira a asentarse. ¿Quiénes son?

Las PASO han ofrecido una buena pista: tiende a consolidarse la alianza entre el capitalismo competitivo con raigambre social de las zonas agroindustriales y el electorado de sectores medios de las grandes ciudades. Algo parecido a lo que despuntó en 2008 pero el kirchnerismo logró quebrar entre 2010 y 2011. ¿Es esa una base suficiente para el desarrollismo del siglo XXI con que aspira identificarse el tiempo de Macri? No está mal para empezar. Aunque necesitará de otros protagonistas para ser políticamente viable. Por caso, de sectores populares y del interior profundo que no basta atender con algo de obra pública y la continuidad de planes sociales. Neuquén, Santa Cruz, Jujuy y San Luis son algunos de los socios extra radio, por ahora precarios, que el oficialismo se ha arrimado. Hay que ver cómo los consolida.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/8/17

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En la Argentina de la dispersión, Macri sigue ganando solo

Como los resultados no definen casi nada hay que poner todo en condicional: dado que en la elección que cuenta, la de octubre, lo más probable es que se repitan aproximadamente los votos de estas PASO, o incluso las condiciones favorezcan un poco más al oficialismo, Macri “ganaría”.

Pero dejemos de lado las sutilezas. Lo importante es que Macri sorteó la primera prueba electoral de su mandato, ganó bien y ganó solo, con la mínima inversión en alianzas y candidaturas poco fieles, como a él le gusta. No quiso compartir un triunfo en provincia con Carrió así que puso un candidato propio, aunque con él corriera más riesgos, y flor de riesgo que corrió; pero superó la prueba.

Actuó igual en 2015, apostando a la coalición mínima que le permitiría ganar: tanto en la ciudad (donde derrotó a la disidencia interna con Rodríguez Larreta frente a Michetti, y después por un pelo derrotó también a Lousteau), como a nivel nacional, donde lo logró por un pelo y medio frente a Scioli.

Ese es su método. Ganar con lo justo. Y no parece ser mala idea. En la Argentina de la dispersión le permite pagar lo mínimo por eventuales colaboradores, y solo cuando y para lo que los necesite. Le hacen falta la UCR y a ARI-CC para imponerse al peronismo, adentro; no necesita en cambio a Massa, queda afuera.

De haber actuado distinto, hoy tal vez tendría más votos que legitimaran sus decisiones. Pero ¿cuántos más? Y a cambio tendría menos control de su coalición y de los espacios institucionales que esos votos le hubieran proporcionado. Por caso, tendría a Michetti en la ciudad, tal vez a Lousteau en un cargo importante de Economía, a Massa de jefe de gabinete, a Bossio en Interior. ¿Pero algo de eso le hubiera asegurado la aprobación más fluida de sus proyectos de ley? No estaría mucho mejor que ahora en ese aspecto. Y las negociaciones tanto adentro como fuera de su coalición serían más costosas de lo que son hoy, el déficit sería aun más alto, y los pasos del gobierno seguramente más lentos y deshilachados.

Cuando la oposición está dispersa, y al final de cuentas al menos alguna de sus fracciones estará dispuesta a negociar y apoyar medidas puntuales del oficialismo a cambio de compensaciones, siempre conviene administrar estas compensaciones con espíritu ahorrativo, y no gastar demasiado en triunfos electorales que igual se puedan lograr con menos costos, y no necesitan tampoco ser demasiado amplios.

Ganar con la coalición mínima es también un buen camino para reproducir esa dispersión opositora. Siendo la primera minoría, aun por una diferencia estrecha, se puede tentar con acuerdos a algunos de los grupos dispersos de competidores, con lo que se los mantendrá divididos. Y por ese lado el gobierno ha salido también airoso en estas PASO.

Porque el kirchnerismo perdió casi todo lo que puso en juego: el invicto de Cristina, el predominio en Santa Cruz, incluso se hundieron los tardíos kirchneristas puntanos y la posibilidad de figurar aunque más no fuera como minoría en los demás distritos, donde las listas que compitieron con las del peronismo “renovado” hicieron en general un muy flaco papel.

Cristina se presentó como “un límite para este gobierno”, mejor dicho, como el ariete de un bloqueo total contra él. Pero convenció sólo a una minoría de los bonaerenses y a muy pocos votantes porteños y del interior profundo. Frente a un gobierno que no supo explicar muy bien por qué necesitaba menos límites y trabas y más apoyo fue una muy magra cosecha.

Y en cuanto al otro peronismo, el moderado y conciliador, tampoco salió muy bien parado. La derrota de los dos más entusiastas promotores de la Liga de Gobernadores, el cordobés Juan Schiaretti y el enterriano Gustavo Bordet, fue particularmente sonora a este respecto.

Estos resultados ponen de todos modos también de manifiesto la tensión entre las necesidades electorales y de gobernabilidad del oficialismo. Él necesitaba ganar de nuevo en las provincias centrales, sobre todo en Córdoba que le dio la presidencia en 2015, para no aparecer retrocediendo. Pero hacerlo implicaba debilitar a uno de los aliados más confiables que va a encontrar para hacer pasar sus leyes. Sobre todo ahora que el Senado se va a manejar más desde las provincias, y en Diputados Massa va a ser mucho más débil. ¿A cuántos otros peronistas podrá convencer ahora Schiaretti, cuando su estrategia demostró estar funcionando, en la arena electoral, bastante peor que la de Insfrán, o la de Manzur?

En cuanto a Diputados, si en octubre se repitieran los resultados de este domingo el massismo perdería alrededor de una decena de bancas, mucho más de lo que retrocedería el FPV. Tal vez ese debilitamiento pueda ser compensado por la mayor gravitación del bloque de Bossio, que tiene chances de sumar al menos algunos de los diputados fieles a los gobernadores jóvenes. Pero difícilmente con eso alcance.

En resumen, el peronismo que viene todavía no va a tener jefe. E incluso algunos de los jefes parciales que tenía (es el caso también de Pichetto) serán más débiles que hasta aquí. Dada la necesidad de Macri de dar certidumbre a su capacidad de aprobar leyes esta no es una buena noticia. Confirma que las negociaciones seguirán siendo caso por caso, y estarán amenazadas todo el tiempo por la extorsión y el eventual fracaso.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/8/17

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¿Cuántos errores cometió ya el gobierno en su campaña?

Son unos cuantos. Pero no hay que exagerar: ninguno es demasiado grave y además el macrismo viene ya entrenado en esto de hacer campañas flojas al comienzo y después repuntar. Como si necesitara un buen tiempo para calentar motores. Así lo indican los resultados de 2015: en las PASO estuvo cerca de su piso en muchos distritos pero mejoró su desempeño en octubre y en noviembre, en las votaciones que realmente contaban. ¿Sucederá algo parecido esta vez? Veremos.

El primer error que cabe destacar gira precisamente en torno a esa incómoda relación del oficialismo con las PASO: en esta ocasión se han blandido demasiados argumentos contradictorios sobre las internas abiertas. Hemos escuchado a altos funcionarios y al propio presidente despotricar contra el sistema creado en 2009, prometer que lo van a eliminar o al menos reformar, porque así como está no sirve para casi nada. Cosa que es en términos generales cierto. Pero sucede que sí le sirve al oficialismo, en particular en la elección de senadores por la provincia de Buenos Aires, para ilustrar con un resultado disputado sin consecuencias las ventajas del voto útil cuando llegue la hora de la elección efectiva. Además descubrieron algo tarde en el gobierno que desestimar las PASO podía desanimar a sus adherentes de ir a votar el próximo domingo, perjudicando a las propias listas. De allí que la gobernadora Vidal haya intervenido para convocar a la participación, por más inefectiva que ella sea.

También Vidal fue llamada a intervenir para chuzar a Cristina y los suyos, acicatearlos para que salgan de su silencio. Lo que significó un segundo error: no sólo el llamado de la gobernadora quedó sin respuesta, sino que ratificó esta peculiar situación en la cual Cristina ha ocupado el centro de la escena bonaerense, y en un delicado equilibrio entre presencia y ausencia logra flotar por encima de las discusiones, enredos y escándalos varios que agitan la campaña. Justamente lo que recomienda hacer el manual básico de campañas a los candidatos que llevan ventaja. Ya no está del todo vigente la escena en que se discutía el pasado, la “pesada herencia” y las urgencias y los sacrificios necesarios para superarla; pero tampoco el gobierno logra que se discuta lo que él ha venido haciendo y piensa hacer de aquí en más, porque no tiene contra quién hacerlo: los opositores se han dedicado a minimizar el riesgo de eventuales errores y a abroquelar a su público adicto, hablando generalidades sobre la situación de los más débiles, con toda lógica.

Y al respecto cabe señalar otro problema: la dificultad oficial para dosificar el contenido económico y político de su mensaje. Pareciera haber basculado entre dos extremos en la materia, ninguno de los dos demasiado eficaz.

Para empezar, como a comienzos de año se quemó por tercera o cuarta vez con la leche de sus anuncios de que la recuperación de la actividad estaba llegando, no quiso saber más nada con la vaca de la economía y abrazó la tesis de que había que hablar de política y minimizar los demás asuntos. Con lo cual apareció tirando la toalla de sus esfuerzos y promesas en aquella materia, y demasiado oportunistamente urgido de agitar los problemas de corrupción que persiguen a sus predecesores. Dos errores en uno.

Porque al poco tiempo se vería que era más fácil hacer crecer aunque sea un poco y en lo inmediato la construcción y algunos otros sectores de la industria que encanar a Cristina, a De Vido, o hasta a Boudou.

La operación de “poner en evidencia las complicidades peronistas”, llevando a votación la expulsión del ex ministro de Planificación de la Cámara Baja tampoco funcionó demasiado bien. Más bien sumó otro error a la lista. Nadie quiere ver al gobierno fracasando en sus iniciativas. Por muy loables que ellas puedan parecer. Porque lo primero que se le reclama a un gobierno, sobre todo en estos momentos y en este país, es que demuestre que sabe cómo imprimirle al barco un rumbo definido. Los reformistas frustrados que echan a los demás las culpas de su frustración nunca han concitado mayor adhesión y no va a ser esta vez la excepción.

Encima, ahora que los datos económicos positivos empiezan finalmente a aparecer con más contundencia, el oficialismo ha vuelto a dar un golpe de timón, no por ansioso demasiado creíble. Hasta le permitieron a Dujovne regresar a los estudios de radio y televisión. Pero aunque él es un gran comunicador parece tardar en encontrar el tono adecuado para ser esta vez convincente allí donde sucesivas veces se frustró a la audiencia. Para peor los voceros oficiales quedan frecuentemente atrapados en la necesidad de contestar las críticas que la oposición ya tuvo tiempo de instalar en la agenda económica de la campaña: por ejemplo, cuando niegan enfáticamente, una y otra vez, que después de la elección venga un gran ajuste o que las reformas que tiene en agenda el gobierno sean “más cuerda para los ricos”.

Claro que es difícil hacer campaña hablando de la reforma tributaria, más todavía de la previsional o laboral. Pero el macrismo ha hecho bien en instalar algunas de estas propuestas: al menos indican que hay un rumbo, y que ellos saben cómo sigue esta historia, que al grueso de la gente la angustia más por lo incierta que por lo amenazante. La advertencia de Stolbizer de que se trata de “reformas peligrosas” sonó a este respecto demasiado alarmista y conservadora.

Como sea, en estos y otros asuntos los cambios que impulsa el oficalismo son sino peligrosos sí demasiado complicados para que luzcan seductores en campaña. La distribución de recursos entre las provincias, que saltó a la primera plana de los diarios por impulso de la mesa de gobernadores peronistas, es un buen ejemplo: se comprobó que el “peronismo que viene” no piensa regalar nada en la negociación del poder (es decir, del dinero público. Olvidando lo que ya consiguió en términos de mejora en las transferencias, dejó en claro su abierta oposición a que se restablezca el Fondo del Conurbano, poniendo al oficialismo en un brete; o bien deja que Vidal desafíe a sus pares del interior, con lo que tal vez saque alguna ventaja en la medular batalla contra Cristina, pero puede debilitar la posición del oficialismo en el interior, donde muchas más bancas están en juego; o bien se dispone a abrir la billetera ya antes de empezar a hablar de las “contraprestaciones de la gobernabilidad”. Algo que no resulta muy recomendable hacer frente a estos expertos en exprimir a Hacienda hasta dejarla seca. Menos todavía cuando están prontos a hacer pata ancha en el Senado, donde seguro contarán con la ayuda también de Cristina.

Estos problemas estructurales son, claro, mucho más determinantes que cualquier eventual error propio para complicarle la vida a los oficialistas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/8/17

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Venezuela, un problema creciente para las izquierdas

A pesar de haber jugado por más de una década en la premier league el juego del poder, en lo que en su momento se vio con razón como una notable señal de madurez de nuestras democracias, las izquierdas latinoamericanas distan de haber ellas mismas madurado. En algunas de estas izquierdas se observa incluso lo opuesto: muestran signos graves de descomposición, no sólo electoral sino sobre todo intelectual y moral.

En Brasil vemos en estos días cómo algunos de sus representantes más conspicuos se incineran justificando la corrupción de políticos de su simpatía. En Argentina lo han venido haciendo desde bastante antes, y ante actos de corrupción aun más alevosos y sistemáticos, a lo que suman el aval prestado a abusos de poder de todo tipo. Y en estos y otros países hallamos a quienes se les suelta la cadena confiados en que tener a Donald Trump en la Casa Blanca legitima de su parte casi cualquier cosa. Festejan en particular que Trump liquide la “ilusión liberal” en una globalización inclusiva, con lo cual las masas encontrarían en el futuro más motivos para seguir las más extremas recetas aislacionistas y anticapitalistas, según una interpretación promovida, desde la docta izquierda norteamericana, por gente como Noam Chomsky y Nancy Fraser.

El aislamiento parece cumplir en todo esto un rol fundamental. No es casual por ello que con sus iniciativas y argumentos muchas izquierdas de la región hayan ido cortando amarras con las demás fuerzas políticas, horadando las reglas de juego comunes y los espacios institucionales compartidos: dicen que no existe ni justicia independiente, ni prensa libre, ni leyes electorales equilibradas, son “de derecha” o “del pueblo”; sin advertir que fue gracias a esos espacios y reglas comunes que ellas lograron un inédito protagonismo diez o quince años atrás.

Dicen también enfrentar “una entente judicial-mediática-empresaria-derechista”, de quienes “no toleraron la conquista de derechos” bajo los gobiernos del PT o los kirchneristas y quieren revertirla. Como si las elites económicas brasileña y argentina no hubieran sido entusiastas aliadas de esos “modelos” en sus años de auge (cuando Cardoso acusaba a los empresarios de su país de participar de un cada vez más escandaloso “subperonismo”, casi lo mismo que dice Macri ahora de sus pares locales), y no hubieran visto con buenos ojos tanto al candidato de Cristina para 2015 como el afán de Dilma Rousseff por hacer ella el ajuste que ahora intenta Temer.

¿Es que no se dan cuenta? Esta ceguera ilustra un punto importante: el ejercicio del poder y el del intelecto no siempre van de la mano. Y en ocasiones entran en total contradicción. Nada es más útil para comprobarlo que las reacciones que despierta en estos días Venezuela.

Hace unas semanas el conocido intelectual de izquierda argentino Atilio Borón escribió un brulote intragable sobre la revolución chavista y sus enemigos, que sólo se conoció por su blog, seguramente porque diarios como Página 12 se negaron a reproducirlo. Pero si lo hicieron no se se debió a sus defectos sino al único mérito del texto: reconocía abiertamente la necesidad de matar mucha más gente de la que ya ha sido asesinada para sostener el curso más gangsteril que revolucionario adoptado por el chavismo: “Si una fuerza social declara una guerra contra el gobierno se requiere de éste una respuesta militar. El tiempo de las palabras ya se agotó…ahora le toca hablar a las armas, antes de que… el chavismo tenga que reconocer que también él ha ‘arado en el mar’ (como habrían hecho el PT y los Kirchner, se infiere) y que toda su esperanzadora y valiente empresa de emancipación nacional y social haya saltado por el aire… No hay que escatimar esfuerzo alguno para evitar tan desastroso desenlace”.

Como suele suceder, fines súper nobles y enemigos súper villanos integran la fórmula perfecta para avalar las soluciones más “drásticas”. La pose de superioridad moral que en ocasiones adopta la izquierda (“nuestros valores son mejores que los de la derecha, por lo tanto lo son también nuestros actos”) le juega así una muy mala pasada.

Podemos deducir entonces, sin temor a equivocarnos demasiado, lo que opina Borón de los quince o dieciséis muertos que sumó la jornada de “votación” para la Asamblea Constituyente venezolana: “vamos por buen camino”. Pero tal vez sea preferible esa inmoralidad que la de su posterior columna, que sí publicó Página 12, junto a las de sus compadres Martín Granovsky, Alfredo Serrano Mancilla y Modesto Emilio Guerrero, que hicieron silencio absoluto sobre las muertes y celebraron el “éxito” del régimen con razonamientos insólitos. Granovsky, por caso, fantaseó con una supuesta “salida institucional” al empate que hasta entonces trababa la crisis venezolana. Y Borón y Mancilla sumaron elogios al acto “electoral” que habría dejado fuera de juego la “violencia terrorista” de la “minoría opositora”. Con una regla de votación discutible como cualquier otra, concluyeron. Ignorando el pequeño detalle de que esa regla fue un invento introducido por el gobierno en la propia convocatoria, no avalado ni por la Constitución ni por ningún otro actor.

Probablemente la crisis de Venezuela no tenga de momento salida, pero ¿tienen salida los que experimentan semejante bancarrota intelectual y moral al avalar su régimen? ¿Las ideas que los inspiran pueden zafar de semejante deriva?

Quienes se han propuesto rescatar la tradición de izquierda de las garras de quienes la vienen “usando mal” en la región tienen que creer que sí. Aunque personalmente no me desvela, ojalá tengan razón porque sin duda que, como se decía al comienzo, la maduración de nuestras democracias necesita de mejores fuerzas políticas, entre otras, mejores izquierdas.

Rescatar los buenos valores de esa orientación y desvincularlos de las malas acciones avaladas con ellos es, además, tan legítimo como cualquier otra apuesta que se quiera hacer en el terreno de las ideas. Aunque puede dificultar a quienes lo intentan reconocer defectos ahora indisimulables de las creencias a cuyo rescate se convoca: si ellas han sido usadas con fines y métodos tan cuestionables tal vez convenga tomarlas con pinzas en vez de abroquelarse en la fe, por temor a un supuesto revanchismo de derecha contra todo el espacio político cultural que los prohijó. Algo de esto se advierte en la por otro lado valiente declaración del 29 de mayo pasado firmada por muchos intelectuales de la región (entre ellos Sarlo, Gargarella y Svampa) que atribuye erradamente la violencia creciente a una supuesta “polarización” de la que sería responsable, además del régimen, un también supuestamente gravitante sector de extrema derecha de la oposición respaldado por EEUU. Cuando es evidente que quienes más impulsan las protestas opositores son cualquier cosa menos derechistas fanáticos.

Por otro lado si algo enseña la experiencia venezolana es la utilidad relativa de las posiciones ideológicas: siempre hay un punto, para cualquier persona razonable, a partir del cual se debe preferir a un cada vez peor gobierno de izquierda uno no tan malo de derecha, y viceversa. Y de allí que la única recomendación que un izquierdista no contaminado podría hacerle hoy a sus pares venezolanos sería que dejen el poder cuanto antes, como sea y en manos de quien sea.

¿Qué impacto tendrá finalmente la tragedia venezolana en la política de América Latina? Durante sus dos o tres primeras décadas de historia la Cuba castrista no sirvió para promover el progreso y la igualdad en la región, sino para multiplicar las dictaduras militares. Ante una eventual continuidad radicalizada del chavismo no va a pasar lo mismo: pese a los que agitan el fantasma del revanchismo, es notable la moderación que anima a buena parte de la derecha latinoamericana en estos días. Pero sí se va a agravar la debilidad de sus contrincantes que no puedan o no quieran despegarse del todo de su podredumbre moral e intelectual.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación, el 4/8/17

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Macri vs. empresarios en la economía de la desconfianza

La desconfianza mutua entre Macri y los empresarios es comprensible. Se conocen, o creen conocerse, demasiado bien.

Para empezar, los empresarios argentinos han conocido dos tipos de situaciones políticas en las últimas décadas. Con mayor énfasis incluso que el resto de sus connacionales. Así que es lógico que acomoden a ellas sus comportamientos y expectativas.

Han ganado mucho dinero durante gobiernos peronistas, que crearon situaciones económicas y fiscales insostenibles.

Y han perdido dinero, o al menos han quedado escaldados con el riesgo de perderlo, durante gobiernos no peronistas, que tuvieron que desarmar esas bombas de inconsistencia, y en ocasiones intentaron crear un capitalismo más sostenible, sin mayor éxito.

Así que creen enfrentar siempre la misma opción de hierro: oportunismo o escepticismo. Todo lo demás, las proclamas pro mercado, los desafíos pendientes del desarrollo, las alianzas de clase y cosas por el estilo son poco más que literatura.

¿Por qué con Macri va a ser diferente? Claro que son sinceros cuando hacen votos públicos o privados para que le vaya bien. Pero en mayor medida que el resto de los mortales ellos votan sobre todo con los pies: los intereses mandan y no pueden evitar subir sus precios ahora que nadie lo prohibe, demorar sus inversiones a la espera de que bajen los costos, y si las cuentas no cierran, hasta cerrar o achicar sus plantas.

Encima el hecho de ser él mismo un empresario sólo le ha servido hasta aquí a aquel para perder por los dos flancos: ser considerado por los opositores un insensible y por muchos de sus pares un político improvisado. En ambos casos, alguien indigno de mayor confianza. Frente a lo cual el punto medio superador es difícil de encontrar: Macri lógicamente tiene que desmentir que gobierna para su clase, hasta sobreactuando esa distancia que a los peronistas nunca se les reclama, aunque se debería (sus disgustos con el círculo rojo por la falta de cooperación, de inversiones, y la suba de precios proceden en gran parte de esta necesidad), y a la vez mostrar que es capaz de generar confianza y conducir al menos a su círculo social. Porque por algo se empieza y es mejor empezar por el propio vecindario.

Para empezar, la confianza se puede tentar con certidumbre y la certidumbre se puede comprar con dinero. Así que el primer e imprescindible desafío ha consistido en financiar la transición. Toma de deuda y blanqueo mediante, eso parece de momento más o menos resuelto.

Aunque con eso no alcanza: también hay que alinear los incentivos, para se vuelva cada vez más costoso desconfiar y sea más redituable y atractivo confiar. Y en este terreno las cosas se complican, porque el gradualismo no ayuda y las promesas no son demasiado convincentes.

Estas incluso llegan a ser en ocasiones llanamente contradictorias entre sí: por caso, que se van a reducir impuestos y el déficit público al mismo tiempo, ¿no es acaso difícil de creer, más todavía después de lo que sucedió con el sinceramiento de las tarifas y la inflación?

Y si la respuesta oficial es que todo puede compatibilizarse, estirando los tiempos, vienen las repreguntas: ¿un tránsito tan lento no terminará fomentando los bloqueos, convirtiéndose en parálisis?, ¿alcanzará la plata de afuera para tender el puente hacia una fase de expansión no amenazada de nuevo por inconsistencias insalvables, entre otras cosas, por la resultante del peso creciente de esa misma deuda?

La respuesta de un empresariado acostumbrado a la inestabilidad, y a privilegiar por consiguiente muy razonablemente el corto plazo y las ganancias seguras, volverá a expresarse con los pies: esperar y ver. Primero quieren ver si derrotan a Cristina y despejan el camino; después será ver si logran hacer aprobar sus leyes de reforma; y más adelante será que ellas se apliquen y den resultados consistentes, no contradictorios. La trampa del gradualismo queda así a la vista: anuncia mejoras que ya van a llegar, con lo que alienta a los potenciales beneficiarios a esperar hasta que se hayan concretado, y en el ínterin, antes que colaborar, protegerse de eventuales reversiones y sacar todo el provecho posible del statu quo, por más moribundo que luzca.

El gobierno está buscando, en un modesto ejercicio de voluntarismo político, reforzar la certidumbre con que hay Macri para rato: el rumbo se va acelerar luego de las elecciones, dice, y aunque todavía lo respalde apenas la primera minoría será la única capaz de ganar elecciones durante un buen tiempo, el suficiente para que la confianza prospere. Con la invalorable ayuda de un peronismo cada vez más dividido ese mensaje puede resultar más o menos convincente.

Pero sería conveniente apuntalarla con algo más. Por ejemplo, con la ayuda de costos crecientes y beneficios decrecientes que compensen los problemas generados por el gradualismo: es decir, cambiarle sus cálculos a los empresarios cobrándoles un impuesto a la desconfianza. Una vía podría ser establecer que cuanto antes inviertan, blanqueen a sus empleados y empiecen a exportar, recibirán más ventajas. En un programa decreciente de alicientes que evite de paso que se creen nuevos cotos de privilegio luego difíciles de remover, y anticompetitivos. Con el blanqueo de capitales algo parecido funcionó bien, así que podría aplicarse la misma lógica a otros asuntos sin mayores sacrificios fiscales ni otras complicaciones.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 20/7/17

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Venezuela, ante una encrucijada mortal

Tras lo que suceda este domingo, Venezuela ya no será la misma. Y el problema principal es que cualquiera de las dos opciones abiertas para su futuro inmediato va a ser conflictiva y seguramente costosa en términos de violencia y violaciones de derechos. Ya no hay una salida rápida e incruenta a la mano.

Aunque tal vez la verdad sea que esa salida rápida e incruenta nunca existió, fue apenas una ilusión que los sucesivos fracasos para crear una mesa de diálogo y negociación, y también para encarrilar las cosas a través de presiones acotadas desde una oposición que ha venido auto limitándose en el uso de la acción directa, la protesta callejera y los paros cívicos, fueron dejando a la luz.

Primera opción: Maduro y los suyos logran imponer los cambios que pretenden a través de su constituyente y Venezuela evoluciona decididamente hacia un régimen castrista. Con una disidencia tal vez todavía masiva, pero ya sin chances de hacer valer su número en el corto plazo, sea en las urnas o en las calles, ni por tanto ninguna perspectiva de volver más o menos rápido a un sistema democrático. Porque el régimen se apresurará a reprimirla aun más duramente de lo hecho hasta aquí (la “receta Atilio Borón” llamémosla) para que no vuelva a tener oportunidad de cuestionarlo.

Segunda opción: fracasa la constituyente, la oposición se hace de una vez con la iniciativa, se profundiza el choque en las calles y la crisis interna del régimen, pues él ya no tendría muchos más instrumentos a la mano para convencer a los dubitativos de las fuerzas armadas y de seguridad que les conviene la disciplina antes que correr los riesgos que revisten la desobediencia o más todavía sumarse a la resistencia.

La frontera entre una situación y otra la ha planteado el propio Maduro en términos numéricos bien precisos: si participa el 35% de la población en la convocatoria a votar constituyentes, según el método corporativo establecido para anular el principio liberal “un hombre, un voto”, desalentar a eventuales candidatos opositores y sobre
representar a las entidades afiliadas al oficialismo, se proclamará el éxito del cambio de régimen, se clausurarán de inmediato el Parlamento y el Ministerio Público, las dos únicas instituciones públicas que resisten el monopolio del poder, y se multiplicarán claro las detenciones políticas.

El número no es casual: se acerca a los 7 millones de ciudadanos que votaron en el plebiscito informal convocado por la oposición para reclamar por las suspendidas elecciones a cargos distritales y por la suspensión de la constituyente. Y hay que decir, a este respecto, que los chavistas evitaron repetir el error en que incurrió aquella cuando se comprometió públicamente a movilizar a 11 millones, por lo que lo que logró tuvo al final sabor a poco.

En el gobierno venezolano además saben muy bien que siquiera aproximarse al número conseguido por sus adversarios es muy difícil, sino imposible. Y por ello extremaron sus recaudos: han presionado por todos los medios imaginables a los millones que dependen del presupuesto público, impedido que haya cualquier fiscalización independiente de lo que suceda en los lugares de votación e incluso anularon el mecanismo de registro de los votantes que ya sufragaron, y los autorizaron a concurrir a cualquier centro de votación del distrito en que estén registrados; por lo que los militantes irán seguramente a recorrer los centro de votación para hacer número en todos ellos, y votar todas las veces que puedan.

¿Y si aun así no logran su objetivo y queda en evidencia que solo una pequeña minoría sigue respaldando al poder chavista, y el resto se divide entre quienes lo detestan y quienes por temor o estar agobiados por sus necesidades cotidianas aunque no lo apoyan se mantienen en la pasividad?

La oposición tendrá entonces que saber aprovechar su oportunidad, tal vez la última. Lo que supondrá ante todo resolver un dilema que la viene agobiando desde hace meses: ¿cómo demostrar a la vez que el régimen ya no puede garantizar el orden ni gobernar, y que ella sí puede hacerlo, así como resolver los problemas de escasez y descalabro económico, si se le da la oportunidad?

Sólo así lograría sacar a esa masa dubitativa de su pasividad, y al mismo tiempo acercarse a los que en el mismo régimen y en particular en las fuerzas armadas y de seguridad recelan del curso castrista que siguen Maduro y su círculo, pero también temen que colaborar con el fin de ese grupo acarree iguales o incluso peores amenazas para su futuro y sus propios intereses.

Así están las cosas: dos legitimidades se disputan el control del país. Y sólo una va a sobrevivir. Ninguna de las dos parece dispuesta a ceder y ambas tienen motivos para creer que no necesitan hacerlo. Pero sólo logrará su cometido la que sepa movilizar sus recursos y aprovechar sus oportunidades. Y la que no tema pagar ni hacer pagar a los demás los costos de su solución.

La cuestión tal vez más compleja es que ese temor resulta, por definición, mucho menor en los totalitarios y fanáticos que en los demócratas. Por eso hasta aquí estos últimos se han auto limitado, como decíamos, y privilegiaron la búsqueda de salidas moderadas e intermedias. Mientras aquellos escalaban una y otra vez sus apuestas. Si los demócratas, aunque sean muchos más que sus contrincantes, no compensan esta desventaja pueden terminar fracasando.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/7/17

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¿Qué capitalismo necesitan los pobres?

El tipo de relación que necesitamos establecer entre los empresarios, el estado, la economía y el resto de la sociedad está en plena discusión en la campaña electoral que acaba de comenzar. Podría parecer que se discuten puras tonterías, o nada en absoluto, pero no es para nada así. Por debajo de la superficie algo realmente serio va a resolverse para un lado o el otro en esta ocasión.

Al respecto pocos días atrás Margarita Stolbizer, en general medida y constructiva, ha dicho que Macri “se puso la camiseta de los empresarios”. Para empezar reconozcamos que se trata de una opinión harto difundida: “gobierna para los ricos” es sin duda la idea crítica más provechosa para la oposición en estos días pues está ya desde el vamos instalada en la opinión pública. Incluso en parte de la que viene de apoyar al oficialismo y tal vez vuelva a hacerlo. Pero ¿es así?, ¿tenemos un gobierno demasiado atento a los intereses de los ricos?

Los empresarios tienen seguramente ideas de lo más variadas al respecto. Una contundente mayoría confiaba en que ganara Scioli, que los entendía mucho mejor que Macri, o esa era al menos entonces su opinión. Y hoy en general quieren apoyar al inesperado vencedor. Pero no en lo que él les reclama, que es lo único que importa: nadie gana con sus votos, que son siempre poquísimos, tampoco con sus declaraciones de apoyo, en general mal vistas; se necesitan sus inversiones, las únicas posibles. Que no desembolsarán hasta que el programa de cambios haya avanzado mucho más. Para lo que Macri necesita mucho más apoyo. Para lo cual a su vez él necesitaría muchas más inversiones de las que de momento se concretan. Y en ese enredo están de momento el gobierno y los empresarios.

Una explicación también difundida al respecto es que estos son hijos del rigor, y este gobierno no lo tiene, a diferencia del anterior, que al menos disponía de Moreno y sus métodos para amenazarlos. Incluso muchos que repugnan de esos métodos, como seguramente es el caso de Stolbizer, tienden a creer que el problema de Macri es que renunció a ese tipo de amenazas y no lo reemplazó con nada más que buenos deseos. Y ya sabemos lo que hacen con los llamados al corazón los que tienen los bolsillos llenos (en verdad, lo que hacen todos los cristianos más o menos razonables, sea cual sea la salud de sus bolsillos).

La primera gran mentira detrás de este razonamiento es que amenazar al capital equivale a ponerle límites a su afán de lucro y a la consecuente tendencia a aumentar la diferenciación social. Lo que nuestra experiencia histórica enseña es más bien todo lo contrario: al amenazar a los capitalistas con violar los contratos y los derechos de propiedad, con la inestabilidad de las reglas de juego en el afán por apropiarse de rentas vía impuestos o exacciones, lo que se genera es desconfianza e incertidumbre, que redundan en que aquellos privilegien negocios rentables en el menor tiempo posible, es decir tasas de ganancia más elevadas, aunque efímeras. A las que la sociedad y el estado argentinos no han tenido otra que acostumbrarse para evitar que la fuga de capitales extinga del todo la vida económica. Ahí están las sobretasas que pagamos por endeudarnos desde hace décadas para demostrarlo.

Sobretasas que fueron especialmente elevadas en los últimos años. Gracias a Moreno y sus métodos, precisamente. Amenazar al capital, combatirlo declamativamente, y rendirse a sus conductas especulativas y extractivas más frenéticas y cortoplacistas no son dos cosas contradictorias si no dos caras de la misma moneda. Y la moneda se llama anticapitalismo crónico.

El otro fundamento más que discutible detrás de la idea de que Macri y los ricos conforman una entente que amenaza la buena salud de nuestra democracia y sobre todo la suerte de los pobres es que nuestra vida política está animada por una valiosa tradición igualitaria, que es la mejor barrera que tenemos contra el dominio despótico de los mercados. Por lo que el giro a la derecha que significó el reciente cambio de gobierno enfrentaría a los sectores bajos de la sociedad a la necesidad de proteger el statu quo echando mano a esa tradición. Y que aunque ese statu quo no sea lo mejor, sí es al menos un refugio contra lo peor.

Si existiera tal cosa como una “sólida tradición igualitaria” entre nosotros no se habría naturalizado en las últimas décadas, bajo los gobiernos más de izquierda y anticapitalistas que se recuerde, la existencia de un tercio de la población por debajo de la línea de pobreza. Ni sería tan fácil hacer pasar por buenos mecanismos de falsa inclusión por completo indefendibles ante cualquier evaluación mínimamente objetiva de resultados, como el facilismo en la promoción entre distintos niveles de educación, el desempleo disfrazado detrás de plantillas públicas improductivas y otras cosas por el estilo. Y si los mercados fueran la gran amenaza de la que hay que protegerse no sería cierto que nos va desde hace décadas peor que a otros países de la región que han sido bastante más amigables con ellos.

Lo cierto es que en Argentina la “sólida tradición igualitaria” es cosa del pasado. Ella gravitó en la política nacional de mediados del siglo pasado, cuando todavía el sistema educativo y el mercado de trabajo eran inclusivos y dinámicos. Y cuando el anticapitalismo no era norma. Pero hace décadas que se perdió, junto con esos otros rasgos. Y por más que se machaque contra la reforma de las reglas vigentes en esas áreas, no se ha logrado revivirlos. Hace tiempo que se precisa sacar las conclusiones lógicas de esa frustración. Pero la nostalgia puede mucho más. Defender el statu quo se justifica solo gracias a esa nostalgia. Y resulta tan útil como lo sería “ponerse la camiseta de los empresarios”.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/7/17

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Lula, como Cristina, y antes Menem, forman mayorías en contra

Llega un momento en que a líderes ya desgastados sólo les queda un aporte que hacer: dar un paso al costado. Pero a veces lo viejo se resiste a morir, y lo nuevo tarda en reemplazarlo. Sucede sobre todo cuando los representantes del ciclo que se cierra no se ocuparon de promover sucesores, sino todo lo contrario: se esmeraron más bien en pisar todas las cabezas a su alcance para que nadie les hiciera sombra.

Esto fue lo que sucedió con Menem años atrás y también está sucediendo con Lula y Cristina en nuestros días.

El caso del brasileño es particularmente dramático, por el significado que su figura adquirió no sólo en la izquierda latinoamericana, sino más en general para la democracia de la región: un obrero metalúrgico con una espectacular trayectoria personal, pasando de la pobreza nordestina al más alto cargo de poder de su país, en una sociedad ansiosa por dejar atrás la exclusión y la segregación que desde siempre la habían caracterizado, y que lo hizo impulsando la formación de una nueva estructura sindical, más democrática y representativa que las preexistentes, y llevando al gobierno a un partido también nuevo, de amplia base social y que en principio pareció capaz de integrarse a un nuevo sistema de competencia y alternancia más estable y más inclusivo que cualquiera de los que habían hasta entonces regido en Brasil.

Con todos esos antecedentes detrás es aun más difícil de entender, y más imperdonable, que termine del peor modo imaginable. Porque aun cuando Lula logre evitar la prisión, ya no podrá evitar el escarnio: se dice que todavía es el “político más popular” de su país, pero lo cierto es que su imagen negativa supera ampliamente la positiva y ese rechazo sólo puede endurecerse tras su reciente condena por corrupción. De modo que, a menos que medie una catástrofe que destruya a todos los demás partidos, tiene ya poquísimas chances de volver a la presidencia: en una segunda vuelta casi seguro caería derrotado, el rechazo mayoritario a su figura terminará por converger detrás de cualquiera que pueda ganarle. Igual que le sucedió a Menem quince años atrás.

Cristina no tiene ninguno de los laureles que, todavía hoy y a pesar de todo, luce Lula. Pero comparte sus mismos problemas. Salvo el tener que lidiar con una justicia independiente y eficaz.

Con excepción de lo que sucede en un área muy delimitada de la provincia de Buenos Aires, es ampliamente mayoritaria en el país la opinión de que representa el pasado, se enriqueció abusando del poder (muy por encima de lo que se lo acusa y se pueda sospechar de su par brasileño), y ni a la democracia ni a la economía les conviene que siga siendo una opción de poder relevante. ¿Alcanzará con eso para que se forme una mayoría en su contra en estas elecciones?

En las competencias legislativas no es tan fácil polarizar como en las ejecutivas. Además, el macrismo no consiguió hasta aquí los éxitos suficientes como para descartar de plano que sea conveniente volver atrás. Y encima en nuestro caso puede que el “show de la corrupción” canse antes de tener tiempo de arrojar algún fruto: hay tantas evidencias del latrocinio, y tantos motivos para desconfiar de que se llegue a alguna condena, que la sociedad está tentada de volver a adoptar su tradicional indiferencia ante el problema; bastará con que una vez más asuma que, en esa materia, “no hay forma de cambiar”, “son todos lo mismo”, “lo único que puede pedirse es que mientras roban repartan también algo a los de abajo” u otras clásicas tesis que abonan el conformismo.

Pero por suerte existen las PASO. Que aunque no sirven para ninguna otra cosa, y acumulan más bien efectos negativos, en el caso específico de la elección de senadores de la provincia de Buenos Aires podrían arrojar un inesperado saldo benéfico. Que, igual que sucedió en 2015, no tendría nada que ver con los fines para los que ellas deberían servir. Pero esa es otra discusión.

Al actuar como una suerte de primer turno electoral, arrojando un resultado anticipatorio del que cabe esperar en la votación general, y definitiva, tal vez alienten a los votantes a reflexionar sobre la importancia de incidir en los resultados finales y la utilidad relativa de apoyar a terceras opciones, sobre todo si ellas han quedado muy atrás y no tienen chances de lograr un fruto en términos de representación (como será el caso en la competencia para senadores).

Massa y Stolbizer tendrían toda la razón si objetaran un sistema tan caro, engorroso y rebuscado de votación, que no sirve para lo que dice perseguir y encima perjudica a los más débiles en la competencia. Pero, que se sepa, hasta ahora los únicos que están promoviendo eliminar o reformar las PASO son sus beneficiarios actualmente en el gobierno. En una muestra de altruismo digna de celebrar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/7/17

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Cristina se modera: olvida a De Vido y las protestas

Desde hace un tiempo se viene machacando con la idea de que el gobierno estuvo detrás de la candidatura de Cristina al Senado, que la decisión de la ex presidenta de lanzarse al ruedo habría respondido a un plan elucubrado por astutos y omnipotentes estrategas oficiales.

Aunque no hay ninguna razón seria para creer semejante cosa. ¿De dónde salió la idea de que el Ejecutivo “frenó a la Justicia”? Lo insólito sería que alguien lograra sacarla de su sopor, abonado en infinitas complicidades y una longeva ineficiencia. ¿Acaso alguien de la Jefatura de Gabinete pudo haber alentado a Scioli a destruir su vida personal y su imagen pública con una ristra de vergonzosos papelones, a Randazzo a empecinarse en desafiar a su ex jefa, o a muchos de los votantes más pobres del conurbano a recordarla con cariño? Nada de eso tiene sentido.

Encima ahora, apenas iniciada la campaña, se suma evidencia que desmiente otra difundida idea al respecto: la de que, si acaso no lo había provocado, al menos le convenía que sucediera, que Cristina le había dado dos buenos motivos para festejar al gobierno, el haberse anotado para competir, porque con ello se garantizaba la polarización, y haber dividido más de lo que ya estaba la oferta opositora.

La dispersión de la oposición no le impide poner en aprietos al gobierno, y eventualmente ganarle la provincia, y tampoco es cierto que con Cristina vaya a alimentarse automáticamente la polarización. Ella es una hábil candidata, siempre lo fue, y sabe que se juega el último cartucho en esta competencia, por lo que, segura de que sus votantes fieles lo siguen siendo, está moderándose para cultivar a los centristas y dubitativos.

En la última semana hubo al menos dos ocasiones en que esa moderación se hizo patente. Primero, con la decisión de no abrir la boca respecto a los problemas judiciales de Julio De Vido. En otro momento hubiera tuiteado hasta cansarse apenas se pidió su detención y desafuero. Ahora, seguro que indirectamente estimulada por las reacciones generadas cuando la poco sutil Fernanda Vallejos reivindicó al perseguido Boudou, Cristina se guardó todo comentario.

Segundo, y más sintomático todavía, con la intervención ante los sindicalistas kirchneristas para que levantaran la protesta convocada para el día de San Cayetano. Los argumentos que expuso en la ocasión fueron de por sí elocuentes: “Sé que los trabajadores tienen más que sobradas razones para reclamar, pero también sé que en lugar de llamar a una movilización el 7 de agosto lo que debemos hacer es convocar a una gran votación el 13 de agosto… Les pedí que el esfuerzo de la movilización se convierta en fuerza para una gran votación… a pesar de las masivas manifestaciones de trabajadores en los últimos meses en rechazo a la política económica el gobierno de Cambiemos no las escucha y sólo las distorsiona y las desacredita”.

Cristina se mostró así flexible en sus tácticas, de privilegiar la protesta ha pasado a enfocar las expectativas en la voz de las urnas, atenta al hecho de que las movilizaciones no han sido muy efectivas para acorralar al gobierno, más bien lo han beneficiado, y no necesariamente sirven para inclinar a favor suyo el voto. Y hasta se mostró dispuesta a cambiar su propio rol: de figura convocante de la resistencia ha pasado a ser la voz mesurada que contiene a los exaltados y tranquiliza a los moderados. El mensaje parece ser “soy yo, no Macri, quien puede garantizar el orden social”. Nada mal.

En suma, Cristina está desalentando la polarización, en vez de favorecerla. Lo que se completa con su silencio de radio respecto a los demás candidatos opositores: sabe muy bien que ellos no necesariamente son una amenaza para su estrategia, y pueden volverse incluso una ayuda si contribuyen a quitarle centralidad al oficialismo y a volver más poroso su electorado. Siempre es atractivo participar de una interna entre peronistas para un buen porcentaje de los votantes, y con más figuras desde distintas posiciones criticando al gobierno más motivos encontrarán los dubitativos para desconfiar de la palabra oficial y de sus listas.

Si alguien en el gobierno pensaba que las cosas venían fáciles en el principal distrito electoral ya debe haber tenido tiempo de abandonar sus ensoñaciones.

Claro que, de todos modos las cosas tampoco pintan fácil para que Cristina sea muy convincente que digamos con su nuevo estilo. El fuego amigo sigue persiguiéndola. Logró que Vallejos desapareciera de los medios al menos por unos días, pero no pudo evitar que la reemplazara De Vido, que como nadie intervenía en su favor salió a defenderse por sí mismo, y no de la mejor manera: “Para hablar de corrupción hay que estar limpio. Y no hay nada más corrupto que el gobierno de Macri”, dijo, con lo cual implícitamente admitió para sí el segundo lugar en el podio, lo que ya de movida es un gesto de modestia importante, aunque nos privó de la oportunidad de, siguiendo su propio criterio, agradecerle que por lo menos de corrupción él no hable.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/7/17

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Rio Turbio: ícono de un voluntarismo corrupto

Tal vez se vuelva uno de los casos más demostrativos del carácter estructuralmente corrupto del kirchnerismo. Aunque compite por subir a ese podio con varios otros episodios de escalas parecidas, o hasta mayores. Lo seguro, en cambio, es que ofrece uno de los ejemplos más patentes de su irracionalidad, su mala costumbre de invertir enormes esfuerzos en proyectos sin futuro. Una propensión bien de los Kirchner, aunque también extendida entre los argentinos en general.

La Justicia aun debe probarlo, pero por lo que ya se sabe es muy probable que de los 26.000 millones que el estado destinó a esa mina de carbón moribunda entre 2005 y 2015 unos cuantos hayan terminado en los bolsillos de funcionarios kirchneristas y empresarios amigos. Con toda la gravedad que ese posible delito tendría, que no es para nada la idea minimizar o relativizar, ello no debería opacar otro costado tan o más preocupante del asunto: aun si no se hubieran robado un peso, igual todo ese dinero público invertido iba a ser plata tirada.

La producción de carbón no podía crecer lo suficiente para sostener la enorme planta de energía que se construyó cerca de la boca de pozo. La vía férrea que une la mina con Río Gallegos, y que se puso de nuevo en funcionamiento como parte de un también delirante proyecto turístico (sólo operó en verdad el día de la inauguración) podría eventualmente transportar carbón importado, pero a un costo altísimo. Cuando estas dificultades se volvieron palmarias se modificó la usina eléctrica para quemar gas, pero también eso iba a ser carísimo y requería de más inversiones para concretarse. Mientras tanto, la cada vez más numerosa e improductiva planta de personal creada alrededor de la mina insumió una porción creciente del flujo de dinero provisto desde Buenos Aires. Que por lo tanto nunca alcanzaba. Y que se quiso garantizar ad eternum recreando por ley la mastodóntica Yacimientos Carboníferos Fiscales con un presupuesto multimillonario. El proyecto fracasó, por un pelito, el 9 de diciembre de 2015.

¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué primero Néstor, después Cristina y todo el tiempo sus peones Julio De Vido y compañía se empecinaron en montar semejante gastadero de plata? ¿Sólo para robar? ¿Acaso no hubieran podido robar lo mismo o incluso más con un emprendimiento que funcionara?

Una explicación posible es que se sintieron compelidos a hacer algo por los 16 trabajadores muertos de 2004, en el peor accidente minero de la historia nacional, y una vez montado el plan “rescatemos Rio Turbio”, ya no tuvieron forma de salir con elegancia del lio en que se habían metido. Hubiera exigido reconocer el error. Así que siguieron adelante, poniendo más y más plata para disimularlo. Cerrar la mina inmediatamente después del accidente hubiera sido lo más razonable, claro. Pero debió sonarles muy menemista, o peor, thatcherista. Así que siguieron vendiendo humo con la bandera de la “generación de 4000 puestos de trabajo”, la “diversificación de la matriz energética” y cosas por el estilo.

Intervino también seguramente el sesgo voluntarista. Si las cuentas no cerraban, mejor todavía. Montar un negocio rentable lo hace cualquiera. Lo realmente heroico es crear uno que todos consideren inviable. Había que demostrar que la política sometía a la economía, que con decisión y liderazgo alcanzaba para hacer realidad los sueños, cualquier sueño. Y la realidad se prestó por un buen tiempo, sino para ratificar tal pretensión, al menos sí para dejarla hacer. Gracias a ello llegan a nuestras manos hoy las fotos de enormes naves industriales, tuberías y chimeneas enmarcadas por unas pocas casas y unos cables de alta tensión en medio de la estepa patagónica. Es cierto que ahora puede sospecharse que es puro cartón pintado, una maqueta cuya utilidad social es cercana a cero, y que conviene dejar que se olvide y se oxide antes de seguir manteniendo mucho más tiempo. Pero no se podrá evitar que en ello haya una buena dosis de resignación, renuncia, la gris tarea de un contable frente a la obra glamorosa de los Fitzcarraldos de las pampas, en una batalla que se sigue y seguirá librando en este y en muchos otros frentes. Incluido el electoral.

Lo que se conecta con una última explicación: por regla general la nostalgia y su estética pagan entre nosotros más que la efectividad y la innovación; y los Kirchner lo sabían muy bien.

¿Qué hubieran debido hacer los pocos cientos de mineros que en 2004 sobrevivían malamente en Río Turbio, tras la sintomática tragedia de sus 16 compañeros? Seguro que con una centésima parte de lo que se terminó gastando en que siguieran siendo mineros del carbón se les podría haber financiado holgadamente su reconversión a alguna actividad rentable, otra inversión minera, turismo, pesca, petróleo, construcción, lo que fuera. Pero cambiar tenía sus riesgos. Y en su ánimo debió pesar la historia y su lugar en el mundo. El hecho de que desde hacía décadas figuraban en los libros de geografía de todas las escuelas del país como nuestra única mina de carbón, la más austral, bien lejos y cerca de la frontera, y corrían el peligro de perder ese privilegio y esa identidad. Los Kirchner, por su parte, alimentaron esas imágenes y esa nostalgia porque eran nutrientes útiles para su proyecto, una restauración con rostro progre y nacionalista que deseaban hacer pasar por el cambio que el país necesitaba, y que consumiría nuestras energías por más de una década.

Que encima lo hayan hecho mientras se llenaban los bolsillos fue, obvio, aun peor. Pero lo que realmente todavía necesitamos entender es cómo lograron movilizar nuestra vocación por el absurdo y la irracionalidad durante tanto tiempo, y con costos tan enormes.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 5/7/17

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