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Scioli apuesta todo, entre el miedo y la ilusión

Nunca estuvo tan cerca como hoy de lograr su meta, convertirse en candidato presidencial del oficialismo. Y nunca como ahora el gobernador bonaerense se asoma al abismo del poder: avanza trastabillando por el filo de la navaja, entre quedarse con el premio mayor o perderlo todo.

Scioli da por descontado, no sin buenas razones, que vistas las dificultades económicas que enfrenta el gobierno nacional, con pocas chances de revertirse aun cuando consiga el financiamiento externo que anda buscando (pero que le alcanzaría como mucho para que la situación no siga empeorando), los casos judiciales que cada día golpean más cerca del palacio, y tienen acorralados ya a Lázaro Báez, a Boudou, De Vido, Giorgi y a unos cuantos otros funcionarios y amigos del entorno presidencial, y la irrelevancia del resto de los aspirantes oficiales a la sucesión, al kirchnerismo no le queda más opción que acordar con él.

Por otro lado, asume que el contexto de “estamos mal pero pronto podríamos estar mucho peor” es el ideal para alentar un voto a la vez conservador y populista, es decir, recrear una mayoría peronista inclinada más a la continuidad que al cambio, que él está en inmejorables condiciones para representar. Por lo que sus únicos desafíos reales serán de aquí en más evitar un colapso económico que convierta el conservadurismo defensivo en hartazgo, llevando a la formación de un consenso de fuga, y que Massa sea quien entre con él al ballotage. Lo demás no importa.

Entre lo mucho que no le importa se puede contabilizar lo que CFK avance durante el resto de su mandato en dirección a profundizar el populismo del gasto público, el intervencionismo discrecional y policíaco sobre la economía privada para tapar desequilibrios ya escandalosos, la guerra contra los medios independientes y los conflictos con las democracias desarrolladas del planeta. O bien porque estima que nada de eso interesa demasiado al gran público, atento como nunca antes en estos diez años a lidiar con su cada vez más complicada cotidianeidad económica, o bien porque cree que los votantes moderados que no simpatizan con esas decisiones no se las van a reprochar a él y nada impedirá que él los seduzca, una vez que haya sido coronado candidato oficial, tomando distancia de las mismas.

El manejo de los tiempos y de las expectativas y temores ciudadanos es, como se ve, bastante delicado. Y lo es sobre todo porque los planes del bonaerense puede que cuajen en la dirigencia de su partido, pero en principio no cuajan demasiado en los votantes, y la continuidad de la crisis hace pensar que cuajarán cada vez menos a medida que nos acerquemos a la elección.

Scioli necesita, tanto o más que Cristina, polarizar la competencia entre peronismo y antiperonismo, y entre el populismo distributivo y la reacción neoliberal, lo que le permitiría antagonizar con Macri y devaluar al resto de los protagonistas, en particular a Massa. Es él más que Cristina, además, el que necesita que se agite en el peronismo el temor a perder el control del estado nacional, para desalentar los puentes que hoy comunican al peronismo con el FR, fluidos en casi todo el país. Y también necesita que la oferta electoral permanezca lo más fragmentada posible, para asegurarse de que el oficialismo siga siendo la primera minoría y ser el que entre primero al ballotage, o mejor todavía, evitarlo. Pero cada una de estas necesidades encuentra serios obstáculos para satisfacerse.

La competencia presidencial está ya evolucionando de un juego entre cuatro o cinco a uno más cerrado y sólo entre tres. Y nada impediría que de aquí a las PASO se vuelva uno entre dos, con las demás partes haciendo las veces de actores de reparto. El declive de FAU es, en este sentido, una mala noticia para Scioli, una buena para Macri, pero sobre todo una muy buena para Massa. Sus acuerdos con líderes radicales provinciales con chances de ganar gobernaciones suponen un doble beneficio para él: quitan sustento local a la futura fórmula nacional del FAU y potencian la imagen del FR como pieza clave para crear nuevas mayorías, transversales a los partidos tradicionales. Con lo cual Massa se puede atraer votos no peronistas sin necesariamente espantar a los peronistas, ni del llano ni de las dirigencias: estas saben que si él llega a la Presidencia tendrán un lugar en su gobierno, con tal de no haberlo enfrentado demasiado duramente.

Con ello se relativiza la oposición entre peronismo y no peronismo y al mismo tiempo se le pone un freno a la expansión territorial de Macri. Quien en parte por un exceso de confianza en las tesis del alternativismo (la pretensión de construir una “nueva política” superadora tanto del PJ como del radicalismo, un ethos que el PRO desempolvó inoportunamente del arcón de legados envenenados del frepasismo), en parte por una lógica necesidad de hacerse de bases propias en las provincias periféricas (que Massa puede descontar tendrá, aunque apueste contra los peronismos gobernantes en esos distritos) aparece ahora devaluado como figura en ascenso y única opción a la mano de los no peronistas. De allí que sea hoy más probable que meses atrás que Cobos se incline finalmente por competir por la gobernación mendocina y deje en manos de Sanz los desafíos nacionales. Y es bastante menos probable que antes que eso beneficie a Macri, y por tanto indirectamente a Scioli, porque al contrario de buscar un acuerdo general con el PRO, el jefe de la UCR aparece ahora decidido a construir todos los acuerdos locales que pueda y con quien sea, y a usar después las energías que le hayan quedado para tratar de hacer un papel decoroso en las presidenciales de la mano de Binner.

Pero donde las necesidades de Scioli más claramente están a contramano de las tendencias dominantes es en la opinión pública. El temor a un futuro que aparece como incierto y complejo, temor que el ex motonauta busca capitalizar alimentando la idea de que es quien ofrece continuidad y seguridad, mientras los demás promueven una crisis que “les de la razón”, no es en verdad un rechazo al cambio sino al mal gobierno, a la falta de liderazgo de recambio ante el ocaso de Cristina, sea por desilusión con ella o por la simple resignación ante su partida. Es cierto que por ahora no está claro cuánto cambio y cuánta continuidad preferirá la mayoría; pero lo que sí es claro es que los electores están a la espera de que surja alguien capaz de reemplazar a Cristina y sea alguien capaz de valerse por sí mismo. El duelo será en gran medida, entonces, un asunto personal, y de los tres que tienen más chance, Scioli es no sólo el más comprometido con un pasado complicado sino también el que más tiempo ha ocupado un rol de acompañante, segundón, figura tal vez adecuada como complemento y hasta contrapeso de los jefes, pero no capaz de ejercer ella misma de tal. Encima, en su esfuerzo por hacerse de la candidatura oficialista y fidelizar el supuesto núcleo duro de apoyos que aún conserva Cristina (al que Scioli sobreestima, igual que ella y el resto del oficialismo) refuerza este rasgo y pierde aún más terreno allí donde se definirá la competencia. Algo de esto puede que haya advertido y sea la razón por la cual reemplazó sus anteriores declaraciones diferenciadoras frente al kirchnerismo por otras francamente descalificadoras con sus adversarios, como la acusación de que deseaban que el país se fuera al diablo. Habrá que ver si, una vez en el ring, no se le empieza a pegar a la ropa demasiado de ese barro que por tanto tiempo se hizo experto en esquivar.

 

 

-publicado en tn.com.ar el 20/10/2014

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Acuerdo Cristina-Scioli, en el espejo de Putin-Medvédev

La polarización, por ahora al menos, está funcionando. Le permite al kirchnerismo recuperar cierto control de la agenda, detener la caída en las encuestas que sufrió en la primera parte de este año y fortalecer la disciplina y el alineamiento en el peronismo. De allí que el gobierno esté decidido a ampliarla, pasando del “patria o buitres” a una nueva y brutal ofensiva contra Clarín y mayores presiones y amenazas sobre bancos, aseguradoras y demás empresas.

El problema es que lo que sigue sin funcionar son las candidaturas de los aspirantes a la presidencia más simpáticos para Olivos. Scioli sigue predominando largamente en esa competencia, de la que algunos de los muchos anotados ya están queriendo bajarse, para apuntar a destinos un poco más viables y provechosos, como la gobernación bonaerense, una senaduría que asegure fueros, etc.

De la combinación de estas dos tendencias ha resultado un incremento sensible de las posibilidades de un acuerdo entre la presidente y el ex motonauta. Que se refleja por ahora en la mencionada resignación de los demás aspirantes, los gestos de acercamiento de los camporistas y del ministro Kicillof, quienes se fotografiaron muy sonrientes reiteradas veces en los últimos tiempos con el gobernador bonaerense, y en la recargada disposición de éste y su entorno a acomodarse a todas y cada una de las decisiones presidenciales, sin chistar: al aval prestado a la ley de abastecimiento y la campaña antibuitres se sumó el silencio comprometedor, incluso de las voces a las que les suele corresponder hacer las veces de “ala díscola” del sciolismo, ante la decisión de la AFSCA de intentar un desguace de oficio del grupo Clarín.

En los detalles es donde el diablo mete la cola, y faltan detalles de sobra para que un acuerdo entre estos actores se haga efectivo. Para empezar, la composición precisa de las listas para todos los cargos nacionales relevantes, y para los de los principales distritos. Pero las condiciones generales y una mínima disposición, hecha más de resignaciones que de entusiasmo, aunque igualmente efectiva, ya existen. Y existen sobre todo convergentes expectativas de ambas partes de lograr por intermedio de tal acuerdo los más caros objetivos que se han propuesto. Porque, contra lo que algunos creen, no se trataría simplemente de un pacto para perder más o menos dignamente y replegarse hasta que la suerte les vuelva a sonreír, sino de uno para seguir al frente del gobierno nacional, bajo una nueva fórmula de convivencia entre los actores y las facciones que conforman la coalición oficial. Lo que requiere, obviamente, que el peronismo se mantenga medianamente unido y se fortalezca como “partido del poder”, una apuesta que carece de antecedentes entre nosotros, pero puede beneficiarse de varios internacionales muy exitosos.

El acercamiento a la Rusia de Putin observado en los últimos meses adquiere una luz particular cuando consideramos este posible curso de la estrategia política oficial. El actual presidente ruso también debió resignar la presidencia en 2008, como tendrá que hacerlo obligadamente CFK el año que viene. Pero volvió al poder en 2012, como espera hacerlo en 2019 su admiradora local. Y lo logró porque no había resignado más que el mínimo que estuvo obligado por la Constitución: le entregó la presidencia a quien hasta entonces era su viceprimer ministro, Dmitri Medvédev, para pasar a ejercer desde el cargo de primer ministro una suerte de conducción en las sombras de la gestión de gobierno, supervisando todas las decisiones importantes, gracias a su popularidad, su férreo control del aparato del estado y del partido, Rusia Unida.

El atractivo que esta simulación de la alternancia ejerce hoy en el oficialismo argentino es bastante fácil de entender. El problema es si no hay demasiadas diferencias entre Rusia y Argentina, y entre Rusia Unida y el peronismo para que el experimento sea replicable. Y si, aun si esas diferencias pudieran disimularse, si no habría también unas cuantas entre el atractivo que para la sociedad argentina puede conllevar un gobierno vicario de Scioli y el que para su par rusa supuso el que encabezó en su momento Medvédev.

Porque lo cierto es que el pluralismo político nunca ha logrado echar raíces en suelo ruso. Pese a los esfuerzos reformistas de los años noventa. Y Rusia Unida es una contundente muestra de ello, a la vez que un garante de que dicha situación se siga reproduciendo. Jamás ese partido tuvo internas competitivas, ni facciones que compitieran entre sí por el favor del electorado. Desde los años noventa gobierna el país con mano de hierro y suele obtener más de 60% de los votos sin inconvenientes, más allá de que se denuncien crecientes abusos contra la libertad de expresión, los disidentes sean acosados en todas las formas imaginables y el interés de los ciudadanos rusos por participar de las elecciones sea declinante. Ese control cuasi monopólico del poder se afirma en un manejo centralizado de los recursos del estado, de origen petrolero, así como de los negocios privados, incluidos los medios de comunicación. En una suerte de versión exitosa de la Venezuela de Chávez, espejo que es comprensible al kirchnerismo le resulte cada vez más incómodo e inconveniente apelar.

Medvédev no tuvo problema en ganar las elecciones de 2008 básicamente porque no competía con nadie. Las chances de Scioli, aun en caso de contar con el decidido respaldo del estado nacional, serán bastante más acotadas, y para ampliarlas deberá resolver un complicado intríngulis. Si quiere ganar deberá seducir a la porción nada despreciable de votantes que quiere algo de cambio y no sólo continuidad, y para eso necesitará mostrar una mínima autonomía, algo que complicará cualquier acuerdo que el kirchnerismo duro esté dispuesto a aceptar. Tal vez él piense, como éste, que puede repetir la experiencia de 2011, cuando ganó por amplio margen en su provincia pese a que entregó todas las listas a la discrecionalidad de la presidente. Pero aun en caso de que se dé el mejor escenario para el oficialismo, que se arregle el entuerto con los holdouts y tomando deuda se pueda reactivar mínimamente la economía, que el peronismo no siga desgranándose y que los demás competidores se anulen entre sí, nada hace pensar que se pueda recrear una situación tan favorable para el gobierno. Por ahora lo que muestran las encuestas es que casi contra cualquier competidor Scioli perdería una segunda vuelta el año que viene. Y si en las listas figuraran Kicillof, Máximo y la propia presidente le resultaría aún más cuesta arriba lograr un buen desempeño incluso en la primera.

 

publicado en tn.com.ar el 13/10/2014

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Cinismo más que delirio en el discurso presidencial

La salida de Fábrega del Banco Central, envuelta en diatribas presidenciales más delirantes que nunca sobre conspiraciones financieras, mediáticas y judiciales internacionales, y hasta planes norteamericanos para eliminarla y destruir su glorioso “modelo”, disparó justificada alarma en analistas, opositores y actores sectoriales. Pero atención: Cristina no se cree sus delirios y tampoco es que se entregó de pies y manos a aquellos en los que sí creen Kicillof y La Cámpora, así que conviene no exagerar y sobre todo no entrar en pánico.

Tampoco es para hacer como Scioli, que sigue repitiendo incólume el mantra de que “todo se va a arreglar”. Y probablemente lo seguiría haciendo en caso de que los cristinistas en vez de consagrarlo como su candidato lo ataran a una pira en Plaza de Mayo. Pero es importante en estos momentos destacar que hay una diferencia relevante entre el cinismo y la locura: lo que la presidente ha demostrado en estos días es, ante todo, que está dispuesta a usar el miedo y la mentira en todas sus formas para tratar de salir airosa del brete en que sus propias decisiones de gobierno la han metido; eso es muy malo y habla muy mal no sólo de su administración, sino del partido que la sostiene, y más en general de nuestro sistema político y la cultura cívica de nuestra ciudadanía; pero las cosas serían mucho peores si se creyera lo que dice.

Afortunadamente, además, el kirchnerismo nos ha venido educando desde hace años en el oficio de no creerle. No es la primera vez que utiliza un discurso explosivo y polarizador. Y no porque se proponga iniciar una revolución chavista ni porque crea efectivamente que tiene delante enemigos desafiantes que pretenden destituirlo. Sino para acorralar y dividir a los mucho más moderados y débiles adversarios que efectivamente lo enfrentan. Y empujarlos a cometer errores, a escandalizarse y lanzar gritos de alarma sobre colapsos y conflictos abismales inminentes. Para que él pueda velar el hecho de que los problemas que surgen son debidos a sus malas decisiones. Y pueda sobre todo a continuación mostrarse capaz de calmar los temores sociales así fogoneados, haciendo pasar las decisiones que efectivamente adopta, abusivas pero muchas veces menos radicales que las pronosticadas, como “no tan graves” y finalmente “tolerables”.

Esto es lo que la gestión recién estrenada de Vanoli en el Banco Central está tratando de dejar sentado: que salvo algunas financieras que hayan cometido abusos, nadie tiene nada que temer, porque no habrá ni devaluación ni expropiaciones. Puede de todos modos que no haya que esperar demasiado para que empiece a dar manotazos, y algunos de ellos sean bastante más graves que los de su predecesor, en el intento de frenar con medios policíacos las tendencias ya irrefrenables a la fuga del peso y la caída de la actividad, la inversión y el consumo. Pero puede también que ayude a Kicillof a buscar un acuerdo externo para financiar la salida. Que finalmente es lo único que al gobierno le importa. Y le permitiría seguir siendo al mismo tiempo “el rebelde” y “el que arregla las cosas”.

Corrección, no lo único. Lo otro que le importa es asegurarse que una lista de fieles kirchneristas pueda convertir en cargos a ejercer desde diciembre de 2015 la popularidad remanente de la presidente. Como están las cosas, tiene más chances de conseguirlo que semanas atrás. Ante todo porque Scioli aparece más dispuesto que nunca a callar cualquier disidencia y acomodarse al curso de polarización oficial. En las últimas semanas no sólo avaló la ley de abastecimiento, la de “pago soberano de la deuda” y la escalada externa, sino que se fotografió con Kicillof y compartió varios actos con lo más granado del cristinismo proclamando la unidad del peronismo detrás de la presidente. Se dice que retomaría la idea de usar el PJ para diferenciarse y resistir la nominación de todos los demás candidatos, incluido el vicepresidente, por parte de Cristina, y podría ponerla en práctica entre fin de año y comienzos de 2015. Pero si de aquí a esa fecha el gobierno nacional logra encontrar la forma de endurecer del todo su esquema polarizador es muy difícil que el gobernador bonaerense tenga finalmente la oportunidad de estrenar su autonomía.

Una vía por la cual el kirchnerismo duro podría neutralizar cualquier juego autónomo en el peronismo sería lanzar un abarcativo plan de estabilización, combate de la especulación, la inflación y la recesión antes de que se inicie la campaña presidencial. ¿Quién podría entonces evitar en el PJ que la campaña se plantee bajo el signo de la lucha entre el gobierno nacional y sus enemigos buitres? ¿Quién objetaría que en esas circunstancias la presidente nomine a Kicillof para un importante cargo electivo y se nomine a sí misma para algún otro, y que a la cola se prendan todos los camporistas en las listas de legisladores nacionales? Habría que tomar más en serio eso que dijo en su momento Larroque, que la candidatura presidencial no es algo que los desvele: si ellos no pueden competir con chances por ocuparla, la cuestión es lograr que importe lo menos posible.

publicado en tn.com.ar el 6/10/2014

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¿Francisco se dejó usar en el raid anticapitalista de CFK?

Se sabe que el Sumo Pontífice es infalible en la interpretación de las Escrituras y otros asuntos celestiales. Pero puede que no sea igual de imbatible en lidiar con los problemas mundanos. Al menos no con los más escabrosos de ellos, como ser los de la política de este lejano rincón del mundo, donde los misterios de la Creación suelen ser cosa de todos los días y las leyes que rigen en el resto del Orbe pocas veces se cumplen. Y puede que ni quisiera alcance con que quien ocupe el sillón de Pedro sea argentino y además peronista.

Un interesante debate se desató a este respecto a raíz de la última recorrida internacional de CFK, y en particular, del aval que ella dice recibió en Roma para lanzar en su paso posterior por Sodoma unas virulentas diatribas contra el “terrorismo financiero”, Estados Unidos, Alemania, Israel y demás agentes del Maligno. Parece que algunos obispos argentinos se sintieron en la necesidad de aclarar que Francisco no la había designado su vocera y que la presidente argentina había “abusado de su confianza”. Pero si fue así, lo menos que cabría decir, si no fuera porque decirlo es casi una blasfemia, es que el Papa pecó de ingenuo: ¿qué esperaba que resultara de esa feliz coincidencia que le ofreció en bandeja entre un nuevo encuentro con ella, sus propios planteos contra el capitalismo global y los discursos que la presidente pronunciaría en Nueva York en medio de la batalla contra “los buitres”, Griesa y la conspiración sinárquica internacional?

Hay quienes dicen que no hubo ni error ni descuido, sino que Francisco comparte mucho de los argumentos que el oficialismo argentino ha adoptado más bien oportunistamente. Y que valora esa perspectiva anticapitalista gane eco en el mundo, aunque sea al precio de contaminarse de ciertas desprolijidades y virulencias como las que las autoridades nacionales le imprimen. Finalmente, el objetivo papal es de largo aliento, así que no debería dejarse condicionar por cuánto sume o reste un conflicto puntual, la suerte de un gobierno o un liderazgo político en particular.

Hay quienes destacan en cambio que lo que realmente movió al Papa a ser funcional a la estrategia del kirchnerismo no fue la expectativa de que ella arrojara algunos resultados positivos sino más bien el temor a que careciera totalmente de ellos y, al fracasar redondamente, internara ya irreversiblemente al país en el callejón sin salida de una crisis aguda. Francisco sería, según esta perspectiva, el último defensor de la tesis de la “transición tranquila” y de la máxima acorde que Scioli convirtió en su credo laico, “que Cristina termine lo mejor posible”. Y simplemente lo es porque no se puede permitir quedar como testigo indiferente, mucho menos como cómplice, de un descalabro ruinoso en su propio país de origen.

En este sentido, es bastante evidente que Jorge Bergoglio se encuentra en una posición diametralmente opuesta a la que signó el comienzo del papado de Karol Wojtyla frente a la Polonia soviética: éste podía y en alguna medida estaba obligado a correr riesgos involucrándose en la lucha contra el régimen político de su país, sin saber cómo iban a terminar esos conflictos y cuán destructivos resultarían ser para sus connacionales, si deseaba cumplir un rol internacional relevante en los procesos globales de su tiempo; en cambio aquél no teme tanto que el régimen político que asistió enojado a su coronación papal sobreviva en el tiempo, y lo desafíe desde su patria, como que en su inevitable caída él se vuelva tan destructivo que sean esas secuelas las que lo cuestionen y debiliten; por lo que tiende a adoptar, muy a pesar de los católicos antikirchneristas que esperaban muy otra cosa de su ascenso en la jerarquía romana, una actitud no sólo colaborativa sino facilitadora y hasta salvadora hacía dichas autoridades.

Vistas las cosas con esta perspectiva, podría inferirse que debió haber habido un poco de cada cosa en la decisión de Francisco de avalar el raid anticapitalista de CFK: un poco de responsabilidad institucional y otro tanto de coincidencia programática. Si su colaboración es insuficiente y el gobierno de Cristina igual termina mal, al menos nadie podrá reprocharle que no hizo todo lo humanamente posible por salvarla de sí misma. Si su ayuda alcanza para posibilitar la hoy improbable “transición tranquila” de todos modos el liderazgo presidencial seguirá con más chances de disiparse en el tiempo que de volverse un incómodo compañero de ruta. Y en cualquier caso Francisco podrá decir que el caso particular de su país, de sus recurrentes desventuras económicas y sociales, no desmiente sino que confirma que los pobres del mundo necesitan de su Iglesia más que de la libertad de mercado para prosperar.

-publicado en tn.com.ar el 29/9/2014

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¿Se viene el Plan Primavera?

Rumores hay de todo tipo en estos tiempos. Muchos de ellos no merecen mayor atención: por caso, que Máximo Kirchner sueñe con su madre recontrareelecta no tiene mayor importancia; que Capitanich se quiera ir del gobierno cuanto antes para volver a cuidar su quintita en el Chaco ni asombra ni va a alterar como marchan las cosas en el Ejecutivo, donde el jefe de gabinete no corta ni pincha desde hace meses. Pero hay otros rumores que, aunque no mucho más convincentes, son más significativos: hablan de las preocupaciones que rondan la toma de decisiones en el gobierno, sirven para mapear las opciones que él tiene o cree tener a la mano, y tal vez anticipan lo que vendrá.

Uno de los que reúne estas características es el que indica que el gobierno se habría convencido de que tiene que hacer algo más contra la inflación y la recesión, porque así como va no llega decentemente a las presidenciales. Y que ese algo más se podría parecer a un congelamiento más o menos general de precios y salarios utilizando la nueva ley de abastecimiento. Es decir, una versión policial de los planes de estabilización de la época de Alfonsín. El último de los cuales, el famoso Primavera, guardaría con el que ahora encabezaría Kicillof varias importantes similitudes: estuvo pensado principalmente para controlar la transición hasta la asunción de un nuevo gobierno, se implementó en un período de escasez de divisas e incertidumbre política, y diversos grupos de interés en principio al menos colaboraron con él por el temor galopante ante las alternativas.

Con todo, hay también unas cuantas diferencias entre las dos situaciones. Algunas favorecen al actual gobierno: a comienzos de 1988 la inflación era entre tres y cuatro veces mayor a la actual, el déficit fiscal era el doble y los precios de los commodities así como las tasas de interés internacionales hacía tiempo que venían machacando las cuentas externas y fiscales del país, muy lejos de los actuales problemas que como mucho cabe describirse como moderación del largamente disfrutado viento de cola.

Otras diferencias en cambio dejan mal parado al actual gobierno. Para empezar, el equipo económico de Alfonsín todavía disfrutaba en 1988 de un considerable prestigio, pese a todas las dificultades acumuladas desde 1985, y contaba con una expertise indiscutible, fortalecida por esos largos años de gestión en la tormenta. Además, pese a que casi todo el tiempo desde 1983 Argentina había estado en default o al borde de caer en él, todavía sus autoridades contaban con buena llegada a los organismos financieros y a los gobiernos de EEUU y Europa, como para poder endeudarse a una tasa no demasiado lejana de la de mercado. Ahora Economía es, para todos los actores externos y grupos de interés locales, parte del problema más que de la solución, y si quisiera endeudarse, nuestro gobierno debería pagar varias veces más de lo que exigen los mercados, no digamos ya a un país central, sino a Bolivia o Ecuador.

¿Podría Cristina superar estos obstáculos, o ignorarlos y lanzar igual con alguna chance de éxito un plan de estabilización? En principio, lo que es menos probable no es que lo intente, sino que intente corregir todas las falencias de su gestión para hacerlo con más chance de éxito. Aunque puede que corrija al menos algunas de ellas.

Cambiar el equipo económico para incorporar gente más entrenada en la gestión de políticas complejas y negociaciones financieras internacionales no está, de seguro, entre sus opciones. Y si lo estuviera sería muy difícil que pudiera lograrlo sin encarar un giro en otros terrenos, como las relaciones internacionales o las apuestas electorales. Si ni siquiera le es fácil encontrar dirigentes peronistas relevantes que quieran reemplazar a Capitanich en la Jefatura de Gabinete, menos sencillo le resultaría, por ejemplo, volver a interesar a Mario Bleger con un cargo que él por años estuvo rogando le ofrecieran, pero ahora más que como un premio al esfuerzo podría tomar como un yunque atado al cuello.

En cambio sí es posible que busque todavía algún acuerdo externo, que le permita endeudarse más rápido y a una tasa más baja. Aunque tal vez tampoco considere que esa sea una condición imprescindible para avanzar: si tiene que pagar una tasa elevada puede achacársela a la “conspiración buitre”, y ahora la ley de “pago soberano” de la deuda le permitirá poner dólares por una ventanilla en Nación Fideicomisos y sacarlos por otra para usarlos con otros fines; así que está en condiciones de seguir ondeando las banderas de la rebeldía nac & pop y la polarización, mientras le carga un buen costo extra a las próximas autoridades. Lo que a esta altura es para el oficialismo casi tan importante como zafar de los problemas que lo acosan.

Ahora que, finalmente, al igual que con el Plan Primavera, lo más difícil de resolver para el gobierno será el cálculo del tiempo. En el caso de Alfonsín el plan le abrió una ventana de oportunidad que para ser aprovechada debió combinarse con el adelantamiento de las elecciones y acuerdos sobre la transición tanto dentro de su partido como con la oposición, y como se sabe, ninguna de esas combinaciones funcionó: el adelantamiento de la elección complicó aún más las cosas porque aceleró las incertidumbres; en el momento decisivo el propio candidato oficial, Eduardo Angeloz, jugó en contra conspirando para echar al ministro de Economía; y para completar el calvario a continuación el ya electo sucesor empujó al presidente a irse antes y “escupiendo sangre”, como un alto funcionario de entonces muy gráficamente explicó.

¿Un errado manejo de los tiempos volverá a complicarle la vida al gobierno saliente? Si consideramos sus antecedentes no hay motivos para ser optimistas: basta reconstruir la secuencia que llevó a Cristina y Kicillof de comprometerse a pagar miles de millones a Repsol, el Ciadi y el Club de Paris, a naufragar penosamente en el acuerdo decisivo con los holdouts y Griesa, necesario para endeudarse y sostener la “transición tranquila”. Nada parecido a un ejemplo de previsión de contingencias en momentos de crisis. Encima días atrás la presidente ofreció otro botón de muestra: lejos de aprovechar la oportunidad que le brindó la votación en la ONU de la propuesta para regular las reestructuraciones de deuda, que aunque puramente declamativa no dejó de ser un logro diplomático, Cristina recorrió Nueva York dando un espectáculo entre bizarro y decadente de lo que su liderazgo ofrece cada vez que confía en su intuición y verborragia. Mejor hubiera sido que dejara al poco confiable pero al menos reemplazable Timerman hacer el papel de vocero de un gobierno ya lanzado a ocupar el sitial de quejoso y soberbio chiquilín en el concierto global.

 -publicado en perfil el 27/9/2014

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Los dilemas de la licitación de espectro

La licitación de nuevo espectro móvil continúa su marcha, y en los últimos días tuvo una serie de definiciones que confirman las implicancias deslizadas desde el comienzo: que hay un fuerte objetivo recaudatorio en divisas por parte del Gobierno, y que las operadoras ya presentes en el mercado son el principal destinatario de las nuevas bandas. Las novedades también trajeron algunas sorpresas, y reactualizaron algunos dilemas que ponen en peligro el buen desenlace del proceso. Recordemos que se trata de la mayor asignación de espectro de la historia del país, que multiplica 2,4 veces el disponible, abarcando cuatro grandes lotes nacionales en nuevas bandas para servicios 4G y seis lotes regionales de 3G remanente. Y que fue identificada por el Gobierno y las empresas como la vía para solucionar los problemas con los servicios, que están muy degradados.

La novedad más importante vino con la apertura de sobres de precalificación, que confirmó a las empresas que presentaron ofertas. Como era de esperar, participaron las tres operadoras dominantes (Movistar-Telefónica, Personal-Telecom y Claro-América Móvil), a las que se sumó un jugador hasta el momento poco considerado. Se trata de Arlink, la empresa de Internet de SuperCanal, el segundo cableoperador del país (con fuerte presencia en las regiones de Cuyo y Patagonia). La compañía, perteneciente al Grupo Uno de los empresarios Daniel Vila y José Luis Manzano, se benefició de la sorpresiva deserción de otros dos interesados que habían adquirido los pliegos (Nextel y Cablevisión), lo que la ubicó como la única postulante habilitada para el bloque 4G reservado a entrantes. Una apuesta fuerte y exigente, porque a los US$ 506 millones fijados en la subasta debería sumar los gastos de despliegue y de adquisición de clientes, que en un mercado ya maduro insumen la parte del león. Pero todavía no se conocieron las propuestas concretas, y nada asegura que ArLink puje por el bloque nacional de 4G, o decida apostar sólo por el 3G remante de la zona sur (que coincide con su negocio de cable, es más barato y tiene menos obligaciones). Lo que implicaría un duro golpe para el proceso, dado que dejaría desierto el bloque para entrantes. A lo que se suma otra señal de alarma, ya que Supercanal no concluyó su concurso de acreedores, lo que choca con los requisitos patrimoniales del pliego. Como sea, siempre se debe tener presente la capacidad de Manzano como operador político, y como articulador de recursos de inversión.

Las decisiones de Nextel y de Cablevisión de no participar son entendibles acorde a su contexto económico y político, aunque no eran esperadas. La principal sorpresa fue Nextel, la operadora móvil más débil, que había sido habilitada para pujar por el bloque para entrantes y era considerada la principal plataforma para el ingreso de nuevos jugadores. La matriz estadounidense NII Holdings, en proceso de quiebra, hizo explícita su intención de vender la filial argentina, y varias veces se dio por descontada su transferencia al Grupo Veintitrés de Sergio Szpolski y Matías Garfunkel (que compraron la filial chilena, pero nunca concretaron el acuerdo local). Desde Nextel confirmaron que encontraron “inconveniente participar debido a los altos montos de subasta y despliegue, más aún sin que esté resuelta la venta”. Esto aumenta los interrogantes sobre su futuro, con un servicio cada vez más en desuso, aunque con una base de dos millones de abonados y una red en funcionamiento en las principales ciudades del país. La empresa ya había anunciado que estudia brindar servicios 4G sobre su espectro actual, aunque parece más probable que termine en manos de un nuevo dueño: podría ser la misma ArLink si concreta su ingreso, o alguno de los otros operadores establecidos.

Cablevisión, el principal cableoperador del país, denunció que los pliegos favorecen a las operadoras incumbentes, obligando a los entrantes a inversiones de despliegue hasta tres veces mayores y discriminándolos por el límite temporal de 15 años para las nuevas asignaciones (frente a las concesiones actuales que no tienen vencimiento). En privado deslizaron que se configuró una “venta privada”, con destinatarios prefijados. Y son innegables las dificultades políticas que tendría una empresa perteneciente al Grupo Clarín para avanzar en el proceso. Sin embargo, sorprende que no se haya presentado, lo que la habilitaba a interponer recursos administrativos que podrían derivar en amparos judiciales, obstaculizando y dilatando los tiempos. La empresa llegó igualmente a presentar una impugnación al pliego, reclamando la suspensión y una nueva redacción.

La presentación de recursos por parte de las empresas que se sienten afectadas es uno de los principales obstáculos que podría tener el proceso, al menos para el cumplimiento de los plazos previstos. Entre éstas se destacan las operadoras de TV paga TeleCentro y AntinaTV, que tienen asignados varios canales en una de las bandas que ahora se destinará a 4G. La SECOM fijó un plazo de 2 años para su migración, pero no estableció fondos específicos de mudanza o resarcimiento.

Desde el lado del Gobierno, la principal novedad vino con la respuesta de la SECOM a las demandas planteadas al pliego por las interesadas. Allí confirmó que los pagos deberán realizarse “con recursos genuinos provenientes del exterior” o en su defecto “bonos del Estado Nacional nominados en dólares con vencimiento no posterior a diciembre de 2015″. Y ratificó los plazos de la subasta, de la asignación de las nuevas bandas y de cumplimiento de las obligaciones.

Como analizamos anteriormente, la convocatoria a esta licitación implicó un fuerte giro en la política sectorial, que estaría motivado en el paso del tiempo de cara a diciembre de 2015, el fin del mandato. El Gobierno habría decidido que debe poner marcha final si quiere cerrar el asunto. Que los costos y plazos de maduración del proyecto ArSat-Libre.ar lo volvían difícil de usufructuar. Y que, por el contrario, volcar todo el espectro a una puja entre privados le permitiría recaudar buena cantidad de fondos fiscales no contemplados, en un contexto en que las divisas son cada vez más valiosas.

El Gobierno también habría tomado nota de las dificultades para atraer postores. Algo que ya es usual en este tipo de licitaciones: se trata de un negocio con fuertes economías de escala que tiende a la concentración a nivel mundial, y en que las operadoras incumbentes buscan cerrar el ingreso de nuevos competidores haciendo gala de su capacidad para pagar a ganador en la subasta (infraestructura ya desarrollada, flujo de caja vigente). A sabiendas de que no era probable una puja en la subasta, el Gobierno fijó un precio base elevado, que le permitiría recaudar alrededor de US$ 2.000 millones, en caso de asignar todos los bloques. Pero también buscó imponer severas obligaciones a esos candidatos, entre las que se destacan la cobertura de un 98 % de la población en cinco años, la compartición de infraestructura y el alojamiento de operadores móviles virtuales.

Esa es la principal disputa con los postulantes, que reclaman que se les permita pagar en pesos a cambio oficial, que el precio de subasta y las obligaciones son muy exigentes, y que tampoco se les confirmó el acceso a divisas para la importación del equipamiento para las nuevas redes. Lo que se ve agravado por el contexto de crisis de bonos en default, que continúa elevando el costo de ingresar divisas al país. Y que abre un interrogante sobre la capacidad y/o la voluntad de los interesados para afrontar los pagos de subasta primero, o de despliegue después. Se llega así a una mala combinación en la que hay mucho espectro disponible a subasta, pero pocos postores, que además dejan saber sus objeciones. No obstante, es de esperar que las operadoras establecidas terminen aceptando el precio que les fija el Gobierno para reasegurar su dominio de aquí en adelante, conocedoras de la rentabilidad que tuvieron durante la última década, que hasta 2012 les permitió una sólida remisión de utilidades.

Finalmente, hay otro dilema que deberá resolverse pronto, y que puede afectar a dos de los candidatos. Se trata de la venta del paquete de control de Telecom Argentina al fondo Fintech del mexicano David Martínez, acordada hace 10 meses con la matriz italiana, pero sin concluir debido a la falta de autorización de la SECOM. Tomando en cuenta que Martínez es el principal tenedor de bonos reestructurados del país, se sospecha que la demora sería una herramienta de cambio del Gobierno para forzar su colaboración en las negociaciones de deuda en default. Pero si la transferencia no se concreta pronto (ambas partes extendieron el plazo hasta este 25 de septiembre), el Gobierno encontraría un problema: su vieja denuncia a la “integración monopólica entre Telefónica y Telecom” se vería reactualizada, puesto que la española continúa siendo el principal accionista de la matriz italiana. Ésta ya informó que si el Gobierno no aprueba pronto la transferencia pondría en marcha un plan alternativo, que prevé mantener la filial local. Lo que podría tomar nuevos bríos acorde a otra novedad de la última semana, en la que Telefónica confirmó un acuerdo de integración con la francesa Vivendi en Brasil, que prevé cederle su tenencia en Telecom Italia. Habría que ver si Martínez queda finalmente fuera del negocio, y en ese caso cómo cuadran los tiempos de los nuevos planes de Telecom y Telefónica. Lo que es seguro es que hay todavía varios frentes abiertos en un mar movido para un proceso que tiene fecha de subasta para dentro de poco más de un mes.

 

 

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Empresarios, de “los negocios sin voz” a “la voz sin negocios”

Héctor Méndez, presidente de la UIA, planteó días atrás que los empresarios habían sido “demasiado tolerantes” ante los abusos cometidos por el oficialismo en estos años contra la economía privada. Hablaba, claro, a raíz de la inmodificable voluntad del gobierno de hacer aprobar la nueva ley de abastecimiento. Aunque no dejó muy en claro si con su autocrítica se refería a la entidad que preside o al empresariado más en general. Ni si lo que habían hecho mal en dejar pasar era la intervención discrecional en la fijación de precios y la asignación de premios o castigos, ahora hecho norma con la nueva ley, o los ataques más directos en su momento y todavía hoy practicados por el gobierno nacional contra empresas y empresarios que se rebelaron a sus dictados, sin mucha solidaridad de sus pares, como le sucedió a Shell, a Clarín, a los productores agrarios, etc.

Pero tal vez no hacía falta que aclarara nada de esto. Porque sus declaraciones se entienden bien en el contexto en que fueron pronunciadas: una creciente preocupación del empresariado por los dislates cada vez mayores con que el oficialismo trata de ocultar que su proyecto político y económico decae sin remedio, en medio de una creciente impotencia para mantener en pie el nivel de actividad, el consumo y el empleo, lo que hace pensar a los hombres de negocios que las pérdidas se generalizarán y ya no tiene entonces mayor importancia si se llevan bien o mal con los funcionarios de turno, porque igual es posible que les toque cargar con una buena cuota de ellas. Pueden perder negocios y rentabilidad Shell o Clarín, pero también los supermercadistas, los banqueros nacionales, los molinos harineros o cualquier otro grupo que haya estado dispuesto hasta aquí a callar sus disidencias.

Muchos le han reprochado a Méndez que su autorreproche es algo tardío. Pero ¿no es además un poco injustificado? Es cierto que los empresarios deberían estar comprometidos con reglas de juego que aseguren un buen funcionamiento global de la economía en la que actúan, y también que sería deseable que fueran mínimamente solidarios con sus pares. Pero su obligación inmediata como hombres de negocios es hacer funcionar, y en la medida de lo posible hacer crecer, sus empresas; ¿por qué deberían sacrificarse para mantener en alto la bandera de una economía sana y normal si no lo hacen los trabajadores, los políticos ni los intelectuales que los rodean?, ¿por qué los empresarios deberían ser más solidarios que, por caso, la clase media, que no hizo ni un atisbo de organizarse a raíz de la persecución fiscal practicada contra algunos de sus exponentes más críticones y renombrados, ni, cuando pudo, dejó en estos años de fugar dólares pese a ser ampliamente beneficiada por subsidios de todo tipo? Decir que los empresarios deberían hacer algo que el resto de la sociedad no hace simplemente porque tienen más dinero, y se supone entonces que más responsabilidad social que los demás no alcanza. El capitalismo abierto y competitivo es algo demasiado complicado de lograr como para dejarlo en manos de los capitalistas, aquí y en cualquier otra parte del mundo. Por eso es precisamente que deben existir estados, instituciones políticas y económicas eficaces y razonables. Y son éstas las que, en nuestro caso, no funcionaron adecuadamente para frenar los abusos ni la irracionalidad.

Como sea, Méndez pone el dedo en una llaga indisimulable: es bueno que los empresarios estén recuperando la capacidad de tener una voz común y legítima para intervenir en los debates públicos, y malo que recién se interesen seriamente en ello y exploren vías para superar su crónica fragmentación y desinterés cuando las cosas están ya claramente mal. La formación del Foro de la Convergencia Empresarial es el mejor ejemplo de los intentos del sector por actuar colectivamente ante una crisis que se insinúa larga y compleja. El ilustra la inconveniencia de pensar la democracia y el desarrollo como un combate contra las corporaciones. Y se preocupa por argumentar sobre la importancia de lograr una relación más madura, pública y constructiva entre gobiernos y actores empresarios. Pero en concreto lo que el Foro muestra hasta aquí es, sobre todo, que sometidos a amenazas crecientes de parte del gobierno de turno, y enfrentados a perspectivas de pérdidas generalizadas, es más fácil dejar de lado diferencias y la búsqueda de oportunidades particulares, y más atractivo asumir una posición pública común. Por lo que cabe preguntarse: ¿será posible sostener ese compromiso público una vez que las amenazas hayan pasado?

Por de pronto, aunque el gobierno nacional ha reaccionado con las habituales amenazas y aprietes, tanto a la presencia del Foro como a las palabras de Méndez, poco ha conseguido: no sólo porque muchas empresas ya están perdiendo mercados, rentabilidad y perspectivas, por lo que no creen que vayan a perderse de nada bueno por hacer enojar a las autoridades; sino porque no hay ninguna hipótesis creíble de continuidad del proyecto gobernante, así que pelearse con los que hoy están en funciones no es un obstáculo serio para llevarse bien con los que los reemplacen, todo lo contrario.

¿Significa esto que será fácil para el empresariado, imaginemos que organizado en la forma más amplia posible, colaborar con las futuras autoridades? Es seguro que a éstas les va a interesar hacer una política más amigable hacia los mercados. Les sería casi imposible hacer una que no lo fuera. Pero de ahí a que les convenga negociarla públicamente y con representantes poderosos del campo empresario hay un buen trecho.

Por otro lado, el espíritu anticapitalista siempre ha sido muy fuerte en Argentina, no sólo lo fue en los últimos años, y no hay por qué pensar que vaya a dejar de serlo, por más mal que termine el ciclo del populismo y el intervencionismo radicalizado. Es probable que una porción importante de las elites y la opinión pública sigan convencidas después de 2015 que el empresariado local es peor que el de otros países, es el culpable de la inflación, la falta de inversiones, etc. Y además probablemente la nueva elite política necesitará alguien a quien responsabilizar de los costos que va a tener y el tiempo que va a insumir el freno a la inflación, el ajuste de precios relativos, la normalización de las relaciones financieras con el mundo, etc.; y tal vez echarle la culpa al kirchnerismo sea cada vez menos útil, porque será una forma de recordarle a los votantes que la responsabilidad en alguna medida es suya y de agitar resquemores y complicidades con un pasado del que buena parte de la dirigencia tampoco querrá acordarse.

En suma, por hache o por be una buena dosis de anticapitalismo puede sobrevivir al ciclo kirchnerista. Trabajar sobre ese sentido común, que sin querer el propio Méndez en alguna medida avaló e incluso alimentó con sus palabras, puede resultar por tanto una buena meta a desarrollar por el campo empresario. Justo ahora que influir en las políticas públicas parece algo que no tiene mucho sentido siquiera intentar.

publicado en tn.com.ar el 15/9/2014

 

 

 

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Irreversible: el duelo social por la segunda frustración con CFK

Máximo Kirchner opina que su mamá fue, es y será imbatible en las urnas y por eso la oposición no quiere que se viole la Constitución para que pueda competir en 2015.

En general, la idea de que los padres son invencibles y eternos se deja de lado a una edad más temprana de la que ostenta el hijo presidencial, pero ese no es su principal problema. Además, no hace falta aclarar que las leyes y la Constitución están para cumplirlas no según lo que les parezca o interese ni a los gobernantes ni a los opositores, pero eso tampoco es lo más importante que el jefe de La Cámpora ignoró con sus palabras.

Lo más sorprendente del caso, y la verdadera meta de sus palabras en el acto convocado bajo el lema de lo “irreversible” fue ignorar y negar lo que sucede en la relación entre su progenitora y la sociedad: el hecho de que el duelo colectivo ante la frustración en que termina el experimento kirchnerista, y en particular por la defraudación en que por segunda vez (la primera fue en 2008, apenas iniciara su primer mandato) incurre la presidente en el ejercicio del poder, respecto de las expectativas con que fuera electa para ejercerlo, es lo único verdaderamente irreversible.

Se ha dicho ya muchas veces de los argentinos que tendemos a entusiasmarnos con proyectos a los que nos negamos a verles fallas, hasta que estas se vuelven tan evidentes y dañinas que nos desenamoramos, incineramos a sus líderes y buscamos otros. Así, no sólo las crisis se vuelven agudas y recurrentes sino que las vivimos como auténticos duelos, con sus tres estadios obligados: negación, depresión y aceptación.

Con el kirchnerismo no es diferente, sólo que, como el amor fue largo e intenso, la caída es más complicada, y como además aún tiene recursos para estirarla, negación y depresión se mezclan en un cuadro que combina incertidumbre y retraimiento con un pasable statu quo.

Hay que decir ante todo que si algo supo hacer Cristina Kirchner fue llegar al corazón de la gente. En mayor medida que en su momento Menem y Alfonsín, o su propio marido. Néstor fue valorado como líder y gobernante, pero también considerado “demasiado profesional”, un político entre otros, más cercano a Duhalde que a Menem en cuanto a sus dotes carismáticas. Su idilio con la opinión fue además bastante corto, dos años entre 2004 y 2006, tras lo cual vino la intervención del Indec y los primeros escándalos serios de corrupción y el amor empezó a disiparse, para desaparecer con la crisis del campo y recién resurgir tras su muerte. En cambio Cristina fue siempre más eficaz para tocar las fibras afectivas de la sociedad: recordemos que triunfó en las elecciones de 2005, 2007, y en forma aplastante en 2011, mientras que Néstor nunca ganó fuera de su provincia natal.

Esta capacidad de Cristina fue ampliamente beneficiada por otro duelo, el suyo personal: el período que siguió al 27 de octubre de 2010 fue su cénit, hizo sentir a los argentinos que la habían criticado sin razón y con funestas consecuencias, y que ella era capaz de sobreponerse a todo eso y relanzar su proyecto, para el cual “lo mejor estaba por venir”.

Como se sabe, eso funcionó excelentemente bien hasta exactamente su reelección. Después todo fue barranca abajo. Y lo fue porque, contra lo que ella sostenía y la mayoría creyó, el proyecto oficial estaba moribundo desde mucho antes. No podía Cristina, sin desmentir su glorioso triunfo, hacer otra cosa desde entonces que ocultar problemas, dilatar decisiones difíciles y tratar de que el tiempo disipara un dilema irresoluble. Y ni así logró evitar que el pico de optimismo colectivo de ese octubre fastuoso se convirtiera en pocos meses en un pozo depresivo.

Con todo, consiguió que muchos siguieran considerando al barco oficial capaz de resistir, aun con prestaciones decrecientes y un final cada vez más difícil de disimular. El duelo se inició, en suma, bastante tiempo atrás, pero se estiró y se estiró. ¿Su final será tan explosivo como los de 2001, 1989, o 1982? Lo que es evidente es que el gobierno no halló hasta ahora una vía segura para evitarlo, y los demás son demasiado débiles, están demasiado necesitados de diferenciarse unos de otros como para imponerle condiciones al respecto.

Si Massa, Scioli y Macri (se podrían sumar varios otros a la lista) se parecieran un poco menos o uno de ellos descollara sobre los demás en las encuestas, encaminándose hacia un triunfo seguro, o si estuvieran obligados a aliarse para tener chance de ganar, tal vez habría chances de una transición concertada, si no con el gobierno entre los demás. Pero en la situación imperante éstos no pueden hacer mucho más que lo que hacen, que es bastante parecido a esperar y ver.

Lo que termine sucediendo, por tanto, dependerá casi en exclusiva de lo que la presidente decida. Como en 1982 frente a la Multipartidaria, como en 1988 con el Plan Primavera, como en 2001 con el último plan Cavallo, de lo que se trata es de ver hasta dónde el Ejecutivo está dispuesto a ir en darle cuerda al reloj y alimentar la carga explosiva de la bomba de tiempo que entregará a sus sucesores. Y si la sociedad será pasiva espectadora. Respecto a esto último, tampoco es que la mayoría quiere le digan la verdad: que muchos, en todos los sectores y niveles, estuvieron viviendo por encima de sus posibilidades y es hora de pagar la cuenta.

El duelo que atravesamos no sólo sepulta el amor por un líder que nos falló, sino nuestros propios sueños de éxito individual y colectivo. Que esta vez parecieron más cerca de realizarse que en el pasado, lo que torna la situación más difícil de comprender y aceptar.

publicado en tn.com.ar el 15/09/2014

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La patria k se achica, pero todavía flota

La condena al paro del sindicalismo opositor como un “favor a Griesa” fue la continuación lógica de identificar a los empresarios que objetaron la ley de abastecimiento como “voceros de los buitres”, y extiende las descalificaciones que desde antes reciben los políticos y los periodistas críticos por carroñeros, promotores del fracaso y demás desgracias. Semejante batería de insultos, dirigida contra un arco de opiniones y reclamos cada vez más variopinto, hace acordar al chiste sobre un conductor completamente alcoholizado que toma una calle contramano y empieza a gritar por la ventanilla a los sorprendidos automovilistas con los que se cruza: “¡animal, mirá por dónde vas!”.

Claro que el gobierno, a diferencia del borracho del chiste, puede decir que no está solo, que unos cuantos lo siguen en su camino, por lo que todavía sería un juego abierto la definición de cuál es la dirección correcta del tránsito. Está convencido además, en base a un cálculo bastante lógico, y no sólo por terquedad o ideología, que mientras pueda evitar un choque, y convencer a una porción significativa de la sociedad y las dirigencias de que cambiar de rumbo sería, en principio al menos, más costoso y complicado que seguir adelante, no importa tanto que ellos crean que la suya es la dirección correcta, le alcanzará para evitar que se forme una mayoría en contra que lo obligue a frenar y dar la vuelta. Lo que busca, en suma, para conservar el rumbo y defender sus ideas, ya no es tanto alimentar la fe en ellas como desalentar el deseo de cambiarlas, y complicar la viabilidad de hacerlo. De allí el carácter sólo en apariencia rebelde e innovador, y en esencia defensivo y conservador, del curso adoptado. Y la similitud con el ocaso de la convertibilidad, perceptible en el clima de temor al futuro, desánimo y desorientación política.

La disonancia con el cuadro de opinión en que se basó el oficialismo en sus épocas de gloria es notable. Y más relevante que la mera diferencia cuantitativa entre opiniones favorables y negativas en un momento y otro: al menos hasta 2008, y de nuevo en 2011, el kirchnerismo supo encarnar el optimismo colectivo, la expectativa de que el país progresaba y a todos podía tocarnos una cuota del beneficio; en cambio ahora representa en el mejor de los casos, para una porción cada vez menor, el temor a perder lo que se tiene, ante la percepción, que se va volviendo más y más firme para todos, de que un período de pérdidas generalizadas se ha iniciado.

En este contexto se entiende que la protesta social crezca, pero no tanto como pudo hacer pensar el paro general de abril pasado, o los cacerolazos de 2012 y 2013. Y se entiende que la coalición oficial se achique, pero no en la medida que esperaban los vencedores de las últimas elecciones: ellas no desencadenaron ni una fuga en masa, ni una abrupta caída de la popularidad presidencial. Y sigue siendo casi tan difícil como antes de esa votación, para los demás actores, ofrecer una alternativa atractiva y que entusiasme: el período de duelo del liderazgo de Cristina recién se abre, será largo, y por ahora él se da abasto para que la atención se centre en su fase inicial, y más difícil, la de negación y depresión.

Funciona a este respecto, además, una secuencia que conecta las fugas de su coalición y la descarga de problemas y costos, que hay que reconocer el gobierno administra con maestría. Imaginemos la coalición oficial como un barco averiado, que va haciendo agua a medida que pasa el tiempo y se acerca así al momento crítico, en que se pase la línea de flotación y el hundimiento se acelere. El capitán y su tripulación se desesperan por tapar agujeros, pero con ello demoran, no detienen el proceso, y el reloj les indica que no van a llegar a puerto, así que tienen que hace algo más; la oportunidad se presenta cuando enfrentan a porciones de la tripulación y el pasaje que les reclaman cambios de estrategia, compensaciones por los costos crecientes que enfrentan, etc.; y sabiendo que si los atienden tendrán menos recursos para tapar los agujeros y puede que igual esos sectores sigan insatisfechos, opta por endurecerse y tirarlos por la borda: con ello suelta lastre, se desentiende de sus problemas y libera recursos para atender a otros grupos. Así hizo con los gremios que reclaman reapertura de paritarias y correcciones en ganancias, con los banqueros que querían arreglar con los holdouts, y con los mismos holdouts, con los industriales que reclaman contra la presión impositiva y por una devaluación, y con los gobernadores que querían coordinar reclamos en el peronismo. En todos los casos la polarización achicó un poco la coalición, pero preservó lo mínimo y necesario de ella y alejó el agua de la línea de flotación.

Los expulsados tienen que arreglárselas en sus botes salvavidas o aferrados a algún pedazo de madera, y van poblando más y más las inmediaciones del barco. A la larga, el resultado puede que siga siendo inevitable, pero mientras tanto los que permanezcan abordo contemplarán a los que flotan alrededor como testimonio vivo de lo que les espera, así que seguirán bregando para que el futuro se demore lo más posible.

Lo que el capitán del barco está obligado a considerar, en cualquier caso, es que la peor amenaza para su estrategia no viene de los expulsados que lo maldicen, sino de los que se creen más vivos que nadie y suben y bajan del barco según lo que en cada momento les conviene: los gremios como la UTA, los gobernadores y empresarios alternativamente críticos y colaborativos, en suma, un conjunto muy variado de actores, de límites muy borrosos, a los que inevitablemente debe tolerar, porque si no corre el riesgo de quedarse tan solo como el borracho del comienzo, pero al mismo tiempo tiene que aleccionar y acotar, porque si no va a terminar en el peor de los mundos, hundiéndose solo.

En este marco la carrera contra el tiempo en que el gobierno está embarcado ya no tiene descanso, ni reglas ni garantía de salida: ¿fue un éxito volver a subir a la UTA o apenas sirvió para una victoria pírrica y a medias sobre Moyano, que pronto se revelará como un lastre demasiado caro, que habrá que compensar abriendo otros conflictos más serios? Imposible saberlo. Y lo mismo pasa con los holdouts, con los gobernadores y los industriales. Porque el fondo del problema no es tanto que el barco hace agua como que no va camino a ningún puerto discernible. El capitán es incapaz de explicar dónde quiere llegar y crece la sensación de que da vueltas en círculos, y va a dejar el barco no sólo averiado sino a la deriva.

 publicado en clarin.com el 2/9/2014

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Descartada la “transición tranquila”, ¿ahora qué?

Hay un debate abierto entre los analistas respecto a si Kicillof dinamitó el acuerdo con los holdouts por torpeza, sin darse cuenta de lo que hacía, porque deliberadamente se lo propuso, o por instrucción de la presidente. Dilucidar la cuestión podría ser relevante para anticipar lo que nos espera: en el primer caso, habría más chances de que la radicalización en curso fuera sólo en apariencia estratégica y cabría interpretarla como cobertura circunstancial para ocultar la ineptitud, hasta tanto llegue una nueva oportunidad para intentar lo que fracasó en julio, un acuerdo; en los otros casos, en cambio, no habría que darle muchas chances a un acuerdo en enero próximo ni hasta que termine el actual período presidencial y cabría esperar más que nada nuevas iniciativas a la Chávez.

Aunque tal vez la discusión así planteada sea sólo importante para historiadores. Porque, sea por un motivo o por el otro, lo cierto es que el gobierno ya enfiló por un sendero que lo obliga a seguir avanzando en la misma dirección, haciendo en todo caso de la torpeza e improvisación virtud, y un plan cada vez más ambicioso e inmodificable

En este sentido habría que decir que, por más que en enero logre reabrir alguna vía de acuerdo, o deje que otros lo hagan (de nuevo los empresarios y banqueros nacionales, los fondos de inversión que administra el estado brasileño, o cualquier otro actor interesado en que las relaciones de Argentina con el mundo no se deterioren demasiado) el ministro tal vez pueda vanagloriarse de ser a la vez un rebelde y un gran negociador, pero ya el gobierno no podría conseguir que el litigio se cierre en el corto plazo. La normalización siquiera de los pagos a los bonos reestructurados, hoy en el limbo (y más en el limbo una vez que se apruebe la ley de pago soberano de la deuda) llevará por sí sola unos cuantos meses. Así que en lo que a Cristina respecta la cuestión estaría definida: no habrá solución a este entuerto con los holdouts hasta que haya dejado el poder.

La discusión sobre la torpeza o la perfidia de Kicillof oculta además otro dilema más serio que el oficialismo viene tratando de resolver hasta aquí sin éxito: tiene que transformar lo que cree es un capital todavía sólido y vital, la popularidad remanente de Cristina (nada despreciable por cierto) y los logros que la sociedad aún le reconoce a la “década ganada”, en votos y poder político para después de 2015, y no encuentra la manera. Ese dilema ciertamente no se simplificó con el intento de trazar una “transición tranquila” hacia un nuevo gobierno, que encadenó una serie de medidas de moderación económica y política en la primera mitad de este año: devaluación de la moneda, esfuerzos por arreglar los conflictos externos, activación del PJ para resolver la disputa por la sucesión, en suma, todo lo que indujo a políticos y empresarios a creer que una vía hacia la normalidad era posible. Al contrario: a medida que se avanzó por esta vía, quedó más y más claro que la opción por una transición tranquila era una apuesta de Scioli y el empresariado no para facilitar el objetivo oficial sino para realizar los suyos propios, que podían contemplar tenderles puentes de plata a la presidente y los suyos para que no temieran por su futuro, pero no contemplaban seguir siendo rehenes del que éstos todavía ansían imponer.

Si la polarización con Macri hubiera funcionado mejor en estos meses, es decir, hubiera servido para debilitar a Scioli sin que ello implicara beneficiar a Massa, tal vez las cosas hubieran sido distintas. Pero desde la elección del año pasado las relaciones de fuerza no cambiaron demasiado en ese terreno, y mientras tanto el declive económico fortaleció la conexión esperable entre una “transición tranquila” y un ocaso sin remedio del proyecto y el poder kirchnerista.

Así fue que éste se ve obligado a buscar una de dos alternativas: conseguir que Scioli haga en 2015 a nivel nacional lo que aceptó en 2011 en la provincia, entregarse de pies y manos y ceder todas las demás listas y cargos, incluida la vicepresidencia, para poder salvar su candidatura (lo que por ahora éste rechaza pues equivale a sacrificarse por nada) o forzar un cambio de escenario para que un candidato propio, de la mano de Cristina, pueda entrar al ballotage y disputar la segunda vuelta, en lo posible con un no peronista.

Por de pronto, aunque el gobierno no logra avanzar con ninguna de las dos, sí está consiguiendo, con una retórica de la innovación y la rebeldía, imponer una lógica bien conservadora: al arrastrar al país a conflictos de futuro incierto hace que la caída de las expectativas en el futuro de su “proyecto” no vaya acompañada de una apuesta por otro que se perciba como mejor y superador; porque el ánimo colectivo se ubica bien cerca del piso y se vuelve básicamente defensivo.

¿Conseguirá que siga siendo así, que el miedo al futuro se extienda y se prolongue, y al menos una importante minoría de los ciudadanos piense al ir a votar que lo que viene será peor, y le conviene “proteger lo que tiene”? Es lógico esperar que tendrá más chance de conseguirlo en los sectores peor preparados para enfrentar la adversidad: ellos saben muy bien que en cuanto se encrespen un poco más las olas, el agua que tienen hoy al cuello les cubrirá la cabeza. También lo es que el clima de protesta social no perjudique demasiado los planes oficiales: confirma para muchos que una apuesta conservadora es lo más razonable, pues generaliza el miedo a pérdidas inminentes. Las eventuales mejoras resultantes de un cambio quedan demasiado lejos y son demasiado inciertas.

El problema es cuándo esto puede dejar de funcionar, y si para el momento en que se advierta que se ha llegado a ese punto será tarde para volver a ensayar alguna forma de cooperación y moderación. Una cosa es que la sociedad perciba que hay riesgos adelante que por ahora la preservación del statu quo le permite evitar, y otra muy distinta que vea ese statu quo como insostenible y fuente de perjuicios crecientes, y al gobierno incapaz de ofrecer soluciones; y sucede que la frontera entre una percepción y otra puede ser muy tenue, y dar lugar a un vuelco de un momento para el otro. Del conservadurismo a la fuga, ya se vio al final de la convertibilidad, se puede pasar con un solo chispazo.

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