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Lealtad y espíritu de patota en el peronismo

El 17 de octubre fue ocasión para que los herederos de Perón, aún divididos, ejercitaran sus músculos. Y envalentonados, también su peculiar sentido de la lealtad, que los vuelve a mostrar peligrosamente afines al espíritu de patota.

Amedrentar a la Justicia parece haber sido el objetivo principal de muchos referentes del peronismo en esta fecha.

Gustavo Menéndez, intendente de Merlo y presidente del PJ bonaerense, fue el más explícito: “Ojo con tocar a uno solo de los compañeros peronistas. Todos sabemos que Cristina y Máximo tienen espalda, ojo con Florencia Kirchner… estamos mirando lo que están haciendo. No vaya a ser cosa que crean que el pueblo va a permanecer con los brazos cruzados”. ¿Este entusiasta vocero del pueblo peronista descruzaría sus brazos para colaborar con la Justicia? Para nada, está abiertamente amedrentándola para que no avance con la investigación de la causa de Los Sauces, donde los hijos de la ex presidenta están directamente implicados. Y podrían ser incluso detenidos.

El camporista Andrés Larroque aprovechó la jornada, por su parte, para expresar su solidaridad con los detenidos por causas de corrupción: “Tenemos que estar con los presos políticos…. Yo estoy yendo a ver a Julio De Vido y otros compañeros visitarán a otros presos políticos porque en Argentina, lamentablemente, son muchísimos”.

La postura de estos dirigentes se condice con lo planteado en un documento conocido días atrás, y firmado por todo el arco kirchnerista, en dirección a “retomar la senda de la democratización de la Justicia… detener la intromisión de la política macrista (en ella),… la utilización extorsiva de la figura del arrepentido y toda otra violación a las garantías de debido proceso”. En suma, asegurarse de que nadie más confiese nada, los jueces y fiscales sean impotentes, y vuelva a regir el añorado pacto de silencio.

Preocupación que parece compartir monseñor Jorge Lugones, presidente de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social y hoy en día el más entusiasta promotor de la fusión entre la Iglesia católica y el Movimiento. Quien no casualmente aprovechó el 17 de octubre para reunirse con distintos referentes peronistas, incluido Hugo Moyano, apenas él acababa de proponer “erradicar a este gobierno que solo ha traído miseria” y diputados de Unidad Ciudadana, y junto a ellos declararse muy preocupado por “la situación social y de la Justicia en la Provincia”.

Seguro que ni Lugones ni Moyano estaban pensando en el juez Melazo ni en ningún otro de los integrantes de mafias judiciales que están saliendo a la luz, después de años de prosperar a costa del resto de la sociedad y de la violación de todos los derechos ciudadanos habidos y por haber. Tampoco aludían, claro, a Carzoglio, el sepulturero devenido por arte de magia juez provincial que está destruyendo la investigación trabajosamente realizada en los últimos años sobre los vínculos turbios entre Independiente y Camioneros. Todo eso para ellos debe ser garantía de la felicidad del pueblo así que hay que preservarlo.

Lo más curioso de la jornada fue, de todos modos, que nada de esto mereció siquiera una mención en Tucumán, donde se reunió buena parte del peronismo blanco, atascando el aeropuerto de la ciudad con sus avionetas.

En ese sector del movimiento casi todo está en discusión. El único punto de acuerdo es que hay que sacarse de encima a Cristina y reabsorber lo que sea aprovechable del kirchnerismo, sobre todo en la provincia de Buenos Aires donde todavía es fuerte. Para lo cual lo mejor es que todos estos escándalos de corrupción que andan dando vuelta desprestigien a la ex presidenta y su entorno inmediato, pero sin que su efecto corrosivo se extienda más allá. Por eso es que se esmeraron en que viajara también Daniel Scioli y lo plantaron en primera fila, bien en el medio del estrado. Por eso es que, contra lo que opinan Urtubey y Schiaretti, dos que no estuvieron en el encuentro tucumano, siguen sosteniendo los fueros de la ex presidenta. Y por eso es que también se negaron a avalar la ley de extinción de dominio. ¿Si toman tan pocos riesgos en innovar podrán ser creíbles como renovación?

Es que tampoco la Renovación histórica de los años ochenta fue muy distinta. José Luis Manzano, tal vez su referente más preclaro, la definió alguna vez como “la careta intelectual de la patota”. Massa o Manzur son menos intelectuales que Manzano, pero tal vez no se definirían de modo muy distinto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/10/2018

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Carrió apunta a Garavano pero para que caigan Angelici y Calcaterra

El pedido de juicio político no va a prosperar. Ni la oposición lo avala. ¿Y entonces qué pretende conseguir Carrió? Tal vez que Macri ponga distancia con Angelici y se amolde a que su primo dueño de IECSA reciba un trato más duro.

¿Es el ministro de Justicia el motivo real de la furia con que la diputada de la CC está planteando sus diferencias con Macri en relación con las causas de corrupción? No resulta convincente que unas penosas declaraciones radiales y la designación de una asesora, ex colaboradora de Scioli, hayan bastado para desatar la tormenta.

Sobre todo cuando hubo otras señales más preocupantes, en particular para una mente a veces muy conspirativa como es la de Lilita. Daniel Angelici participó hace pocos días abiertamente de los festejos con que se cerró la elección de consejeros de la Magistratura por los abogados, en la que ganó la lista del PRO y la UCR, avalada por Macri y Nosiglia. El presidente de Boca insiste en que en los tribunales no se mete, pero a esta altura es una tomadura de pelo. El gesto de participar en la mencionada celebración ¿habrá sido consultado con el presidente y fue dirigido a Carrió?

Días antes se había conocido el desplazamiento de varios técnicos de la AFIP ocupados de rastrear movimientos de cuentas de empresas señaladas en los cuadernos. La sola sospecha de que el Ejecutivo estaba tratando de salvar al primo presidencial generó tal alboroto que uno de los desplazados fue reincorporado, aunque no en el cargo que hasta entonces tenía. El Ejecutivo adelantó luego una serie de criterios a aplicarles a las empresas investigadas según los cuales se buscaría salvar a las firmas, las fuentes de trabajo, su capacidad operativa y demás recursos, pero no a los empresarios. ¿Se aplicarán en todos los casos y con igual celo?

Con tensiones como las que hoy agitan a la coalición oficial queda a la vista como nunca antes la distancia entre el presidente que Macri está obligado a ser, si es que quiere sobrevivir y tener chances de ser reelecto, y el heredero de una fortuna cimentada en contratos públicos que alguna vez definió su identidad, y hoy todavía signa en parte su vida familiar, o la persona que fue como presidente de un club de fútbol rodeado, igual que muchos otros, por una densa y oscura red de negocios e intercambios con la política. Carrió parece decidida a recordárselo, aunque por como viene actuando es difícil saber si su terapia dará buenos o malos resultados. ¿Y si convence en cambio a Macri de que la opción es entre ética y gobernabilidad?

Hay que entender la lógica del desenfado y la impunidad con que siempre se han movido esos representantes de la vida prepresidencial de Macri. Y sobre todo el hecho de que de no haber tomado algunas decisiones para inventarse una nueva vida, podría ser el propio Macri el que hoy estuviera en los zapatos de su primo Angelo. Y de no haber saltado a tiempo de Boca a la Ciudad, estaría cumpliendo tal vez un rol parecido al de Angelici y sería tan cercano al clan Moyano como lo es este.

¿No hay acaso tantos motivos para sospechar connivencia con la barra y sus prácticas delictivas en el club de la ribera que en otros que están siendo investigados? ¿Cómo explicar el muy escaso interés que ha mostrado este gobierno por sanear el fútbol profesional, al menos combatir el desmadre en que se convirtió la AFA?

Muchos han recordado en estos días que cuando a fines de agosto de 2010 Cristina Kirchner, en el pico de su guerra contra Clarín, conminó a los empresarios a asistir a la Casa Rosada para que avalaran sus acusaciones por la supuesta “apropiación de Papel Prensa en la mesa de torturas de la Dictadura” por parte de Clarín y La Nación, el presidente de IECSA estuvo en primera fila aplaudiendo.

Ese día muy pocos empresarios aceptaron el convite a escuchar el desopilante reporte preparado por Guillermo Moreno: ni siquiera estuvo la gente de la Cámara de la Construcción; Carlos Wagner, que como ahora sabemos era un engranaje central de la maquinaria de desviación de dinero público, inventó cualquier excusa para no ir; y en la UIA incluso, salvo el inefable Lascurain, también ahora reo de la Justicia, unánimemente firmaron un documento que rechazaba de plano el convite.

Pero Calcaterra sí fue. No se preocupó por el significado político del acto, ni mucho menos por las implicancias que tenía que un pariente del entonces principal referente opositor estuviera avalando las más agresivas iniciativas oficiales contra la autonomía empresaria, justo cuando el mundo de los negocios intentaba marcar un tibio límite al respecto. Todo eso debió sonarle tan irrelevante como hacer bien las cosas en sus contratos. ¿O estaba tan conmovido por los hallazgos de Moreno y el unánime coro de los organismos de derechos humanos que no se detuvo en detalles?

Los empresarios que por codicia estuvieron dispuestos a colaborar en el hundimiento de las condiciones mínimas de existencia de una economía capitalista en nuestro país encarnan la versión más degradada de las muchas formas degradadas en que se fue inconsecuente o hipócrita bajo el kirchnerismo. Nada que envidiarle a periodistas avalando la censura o sindicalistas la mentira con la inflación.

¿Tendría algún sentido entonces que el actual presidente invierta el prestigio que no le sobra para intentar salvar a este personaje? Y sin embargo, la sospecha de que puede estar intentándolo flota en el aire. Sería bueno que extremara los esfuerzos para disiparla. Finalmente, tampoco es que tiene que hacer mucho. En cuanto avance la investigación de Odebrecht, la evidencia reunida en Brasil y la impunidad con que se movieron en IECSA, compartiendo abogados y apoderados, van a hacer solas casi todo el trabajo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/10/2018

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Cristina, Moyano y hasta Massa contribuyen a disimular los errores con el gas

Está de moda que los políticos y sindicalistas se disculpen de las acusaciones en su contra señalando que son todos inventos, pergeñados por el gobierno para distraer la atención de la gente de las complicaciones económicas en aumento.

En los últimos días hizo punta una vez más Cristina Kirchner, desestimando el planteo del fiscal Moldes en apoyo del pedido de detención de Claudio Bonadío, que se sumó a la elevación a juicio oral en contra suya y de sus hijos por la causa de Los Sauces. La expresidenta aludió a la simultaneidad entre esas novedades judiciales y las idas y vueltas del gobierno con el recargo retroactivo en el suministro de gas, que primero se quiso imponer a los consumidores, y después se cargó en los contribuyentes en general, a través de un compromiso de pago de la administración. “Pura cortina de humo para distraer a la gente” concluyó.

La siguió Hugo Moyano, disculpando a su hijo Pablo porque según él lo único que le habrían hallado es “una cuenta en el exterior”, cuando en verdad se lo acusa de varios delitos bastante graves, y señalando una vez más que el Ejecutivo persigue a su familia para desalentar las protestas y ahora también para disimular el recargo del gas. Pese a que ya días antes de esa decisión judicial el conflicto por el recargo se había desactivado.

Para completarla, Sergio Massa hizo algo parecido. De visita en Bahía Blanca se mandó con todo contra los que exportan bienes primarios. Según él, “hay que terminar con ellos”, así de corta, porque “nos saquean” y perjudican el “trabajo argentino”.

Saqueo, lo que se dice saqueo, en rigor es lo que hacen los gobiernos corruptos, los políticos, empresarios y sindicalistas prebendarios. Pero Massa se ve que tiene una idea algo laxa y selectiva de lo que significa, y de lo que le hace daño al país. Según su perspectiva, si alguien vende un producto con poco valor agregado es culpable de alta traición a la patria. No es que actúa racionalmente dentro de un sistema económico que por algunas razones de peso no está muy bien preparado para producir y vender otros bienes más complejos. La carga de la responsabilidad se invierte: el problema no estaría en los sectores poco productivos y poco competitivos (para empezar, el propio sector público), sino en los que pese a todas las dificultades del entorno logran serlo y que nos compren al menos algunos pocos bienes. De racionalidad económica, en el argumento de Massa, nada de nada, pura descalificación.

Después quiso disimular un poco la barrabasada y frenar la catarata de expresiones de repudio de los sectores agropecuarios, aclarando que sólo se refería a la minería. Insistir con una ridiculez pero más acotada no parece ser la mejor forma de disimular una metida de pata total y absoluta.

Y como no iba a alcanzar agregó que la culpa de todo la tenían los trolls del gobierno que habrían generado la “confusión” para disimular lo mal que sus jefes están haciendo las cosas en el terreno económico. Graciela Camaño aludió más directamente a “la desinformación y la construcción de noticias falsas” como “estrategia del oficialismo”. De nuevo, el argumento de la distracción.

Claro que el oficialismo festeja cada vez que sus opositores más virulentos quedan en off side por pecados actuales o acumulados en el pasado. Pero ¿tiene algún sentido reprochárselo? Menos todavía lo tiene cuando apenas le alcanza con sus recursos para atajar todos los problemas que tiene encima y errores propios siguen complicando innecesariamente esa situación.

Pero además y por sobre todo que los opositores insistan en aludir a los errores del gobierno para disculparse de sus pecados no hace más que facilitarle las cosas a Macri y los suyos: parecen ignorar que una cosa es la discusión de políticas, terreno en el que casi todo es opinable, las consecuencias son siempre en alguna medida inciertas y por eso precisamente es que los conflictos entre intereses y opiniones en pugna se resuelven a través del voto, y otra muy distinta lo que sucede con los asuntos en que es posible e incluso obligatorio distinguir lo verdadero de lo falso, lo legal de lo ilegal, y hay poco o ningún espacio para la opinión.

Si Cristina y Pablo Moyano son culpables de lo que se les acusa no tiene sentido relacionarlo al hecho de que Macri tal vez para estimular la inversión de las petroleras esté siendo demasiado exigente en los esfuerzos que impone a los consumidores. Si Massa descalificó ofensivamente a los productores de bienes primarios no tiene sentido vincularlo con que el oficialismo resultó una vez más ambiguo entre el principio de que cada quien debe pagar lo suyo y el de que el Estado debe cubrir con lo que recauda por impuestos los costos que para los consumidores sean difíciles de afrontar, independientemente de sus niveles de ingreso.

Como los opositores no distinguen una cosa de la otra pierden la oportunidad de discutir en serio si el gobierno usa buenos o malos criterios, o si pasa de unos a otros con liviandad, sin explicaciones y a veces sin criterio alguno. En suma, queriendo deslegitimarlo y disculparse obtienen el resultado opuesto: ¿cómo tomarse en serio la acusación de que se gobierna mal si los que insisten en señalarlo pretenden que esos fallos sirvan para que se deje pasar los abusos y las falsedades de todo tipo que pesan sobre sus espaldas? Más les convendría separar las cosas si quieren estar en mejores condiciones de discutir las malas decisiones oficiales. Mientras no lo hagan estas seguirán pasando de largo, sin imponerle mayores costos al oficialismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/10/2018

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Ahora el gobierno encima hace kirchnerismo cultural

Como la Jefatura de Gabinete en los últimos tiempos tiene mucho menos que hacer parece decidida a meterse en camisa de once varas, haciendo cosas que no debería ni intentar.

La última es pretender organizar una escuadra cultural propia, a imagen y semejanza de las que poblaron el escenario artístico e intelectual en época de los Kirchner, y que todavía activan aquí y allá, despotricando contra su sucesor. Mala idea. Por algo hay pocos militantes macristas en esas esferas: ese no es un déficit sino una ventaja, que deberían aprovechar mejor desde el oficialismo, en vez de tratar de convertir el agua en vino.

Hasta hace poco los funcionarios macristas repetían el mantra de que “el cambio viene desde abajo”. Acompañado de explicaciones del estilo: “es la sociedad la que impulsa este proceso y nosotros somos apenas su ocasional y parcial instrumento”. Había algo de exageración o impostación en ese societalismo del cambio, pero algún sentido tenía: nuestro aparato estatal puede hacer pocas cosas, y hacer bien, aún menos; así que no tiene gollete pretender que sea el factótum, el motor exclusivo de todo lo que se desea que cambie en el país para que su economía y sus instituciones funcionen un poco mejor; confiemos en que la gente elabore las cosas a su ritmo y a su manera, sin pretender monopolizar la escena, los discursos ni las iniciativas. Como hacía, justamente, en todo momento y en todos los asuntos, el gobierno anterior.

Esto tenía un reflejo bien claro y directo en el modo en que se encaraba la llamada “batalla cultural”. En la cual, para empezar, se relativizaba la importancia de lo que piensa y dice la llamada “gente de la cultura”, los artistas e intelectuales, frente al modo en que por su cuenta la gente del llano decodifica lo que se piensa y dice de lo que sucede. Contra la exagerada visión que esa “gente de la cultura” tiende a adoptar de su propio rol, hay muchísima evidencia, procedente de distintos lugares del mundo, sobre lo poco que ella suele influir en el público de carne y hueso. Porque a este puede gustarle ver actuar a los actores y leer a los autores, pero no le interesa tanto saber si a ellos les gusta o no les gusta el presidente, o el FMI o la mar en coche de la política del momento.

Con esa premisa en mente fue que el macrismo minimizó o más directamente descartó la tarea de hacerse de una militancia cultural. Más todavía la tentación de organizarla desde el Estado y ponerle un micrófono en la mano para que hablara a su favor.

Y bien que hizo. Porque el otro rasgo de un proyecto político mínimamente liberal es que no estimula en la gente de la cultura, como tampoco en el resto del universo social, el comportamiento militante ni mucho menos el espíritu de escuadra o cruzada. Aunque quisieran, desde Cambiemos no iban a poder formar algo parecido a Carta Abierta, o las orgas de artistas o científicos religiosamente devotos de CFK. Y eso hablaba bien de ellos, no de una falencia. Les convenía confiar en el trabajo sutil, ambiguo pero a la larga mucho más productivo de miles de personas dispersas en esas esferas, celosas de su autonomía y de cultivar infinidad de matices a la hora de expresar su eventual simpatía, acuerdo, desacuerdo, indefinición o simple interrogación frente a las políticas oficiales.

Sin embargo, algo de eso parece haber cambiado, y para mal, en el último tiempo. Y la evidencia final (la primera había sido la intentona de apropiarse del ocurrente “queremos flan” de Alfredo Casero, una muestra ya preocupante de lo desesperado que está el equipo de comunicación oficial por comunicar algo desde que se le quemaron los papeles con la crisis cambiaria) la brindó un insólito acto de “movilización político-cultural” realizado en un teatro de Buenos Aires esta semana, en el que la Secretaría de Cultura, con el pleno de la Jefatura de Gabinete y su gente detrás, presentaron sus “ideas para el cambio cultural”. En el acto no se sabe muy bien qué pasó porque la prensa fue excluida, ya de por sí un gesto algo equivoco para dar la batalla que se pretende, pero sí se sabe que hablaron funcionarios y políticos, más que intelectuales ni artistas. Salvo Jaime Durán Barba.

¿En serio el experto en campañas será desde ahora el capitán oficializado de esta patriada? Porque la oposición va a festejarlo, entusiasmada como está cada vez que él mete la pata como intelectual público, algo que muy bien no se le da. La última fue hace pocos días, por un artículo de Perfil en que el asesor se dedicaba a despotricar contra los votantes de Cristina por la supuesta renuencia a respetar las leyes que los caracterizaría. En suma, kirchnerismo cultural puro y duro. En el gobierno tuvieron que aclarar por enésima vez que esa no es su forma de pensar. Pero el daño ya estaba hecho.

¿En serio la Secretaría de Cultura dedicará horas de trabajo y recursos públicos a organizar reuniones militantes como la del otro día? ¿En qué se diferencia de la Coordinación del Pensamiento Nacional que pretendía hacer Foster y su grupete de amigos? Se suponía que respetar la función pública y separar el gobierno del Estado era una de las batallas culturales a librar. ¿Ya la abandonaron? No está mal trazar una frontera, fidelizar a quienes adhieren al proyecto, pero el camino escogido no parece ser el correcto, y puede tener incluso efectos contraproducentes en esa misma gente.

Lo peor es que nada de todo esto hace falta, porque está lejos de ser cierto, como en el Ejecutivo tienden a creer, que sus ideas estén perdiendo encarnadura en la sociedad. Más bien al contrario, la amplia tolerancia al ajuste en curso revela que la mayoría acomodó sus expectativas con los criterios de que las cosas no son gratis, las reglas de la economía hay que respetarlas y no hay opciones mágicas. ¿Entonces por qué estas iniciativas desencaminadas, porque a algunos funcionarios les cuesta acomodar sus propias expectativas a un contexto más exigente y que les ofrece menos protagonismo? Por suerte en la reunión mencionada estuvo Facundo Suárez Lastra y recordó que una cosa es hacer campaña y otra gobernar. Ojalá de una buena vez esa diferencia sea reconocida en el Ejecutivo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/10/2018

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El rol de Bolsonaro acá ya lo cumple Carrió

Lilita suele ser bastante destructiva, paranoica e impredecible. Pero podría ser mucho peor, y lo acaba de demostrar lo sucedido en Brasil. Por suerte, como nuestra crisis frustró expectativas menos exageradas, no tenemos que lidiar con un nacionalismo redencionista ni nada parecido.

Muchos se preguntan en estos días si no se está gestando el contexto favorable para que surja un outsider, un aventurero capaz de movilizar por enésima vez nuestras pasiones populistas. Para empezar ellas encontrarían un buen combustible en el malhumor y el resentimiento extendido entre los votantes a raíz de la crisis económica y el hartazgo con la corrupción.

No hay que descartarlo. Pero las chances de que algo así suceda son bajas. Sobre todo porque los principales protagonistas de la política argentina ya son un poco outsiders, al menos se presentan como algo diferente de los políticos profesionales y en tensión con los aparatos partidarios.

CFK es antes que nada una actriz de telenovela, lidera una fuerza que no se sabe muy bien qué es, y se la pasa despotricando contra “el sistema”, cualquier cosa que él signifique. Al menos en el terreno económico canaliza bien el malhumor, y el sueño de que, de no ser por los financistas que Macri llevó al poder, los malos de la tira, caería maná del cielo y todos seríamos muy felices.

Macri no le va a la zaga. El ingeniero dice ser la “nueva política” y estar harto de la vieja y su máquina de impedir, así que en cuanto pueda se vuelve a Boca y a plantar rabanitos con Antonia. Igual que Bolsonaro en Brasil habla de Argentina como un gigante dormido con la potencialidad de hacernos a todos muy felices. Sólo habría que cortar las ataduras con que la mala política lo traba, lo corrompe y reproduce nuestra decadencia.

Como se ve, las apelaciones populistas están tan difundidas en estos pagos, y cada una de ellas es tan eficaz en su terreno específico, que se neutralizan unas a otras. Con lo que nos previenen del peligro de que el sistema político se desequilibre. Por eso es difícil, muy difícil, que la polarización tenga resultados similares a los que acaba de arrojar en Brasil: la confianza y el poder están repartidos y van a seguir estándolo.

Y para confirmar esta dinámica tenemos la frutilla del postre, Carrió, que actúa como válvula de escape cuando hace falta. Y a veces también cuando no hace tanta falta.

En ocasiones se le va la mano en ese rol y parece una Darío Grandinetti o una Dady Brieva cualquiera. Algo de eso sucedió en los últimos días cuando la combinación azarosa entre un Garavano de pronto extrovertido y como siempre torpe, un fallo intragable de la Cámara Federal Penal a favor de Menem y cambios algo sospechosos en la AFIP desataron su paranoia, lanzándola como bólido enloquecido contra el presidente y sus juegos ambiguos con la corrupción.

Pero en general lo cumple con pocos daños colaterales, no tanto porque se modere como porque, cuando pasa la tormenta, vuelve al esquema establecido por el pacto de cooperación que la une a Macri, su complemento necesario como extremista de la moderación y el pragmatismo.

Finalmente, ¿qué más puede pedir Carrió? Si al final, no por decisión presidencial sino por como se fueron dando las cosas, su agenda de transparencia es más o menos la que marca el camino, no sólo frente a la “vieja” dirigencia política, sino también a los empresarios, los sindicalistas y los jueces.

¿Y qué alternativa tiene que seguir este juego? A diferencia de lo sucedido en Brasil nadie cree que un candidato de “la verdad” y la bronca contra la corrupción pueda sacar ni medio voto entre nosotros. Carrió mismo lo acaba de reconocer en medio de su ataque de furia: “si rompemos me quedo de nuevo con el 1%”. ¿Tinelli? Su imagen se derrumba cada vez que habla de política. Y nada que pueda decir suena mínimamente prometedor, ni en ese ni en ningún otro campo. Es curioso que gente experta en entretenimiento sólo por aburrimiento quiera dedicarse a la política.

Así que lo más probable es que las cosas sigan aquí más o menos como vienen siendo. Y frente a lo que está por empezar en Brasil, hasta logremos ser, finalmente, como una suerte de Canadá del Sur, un oasis de tolerancia y moderación, no sólo en términos de convivencia política, también de la lucha contra la inseguridad, de reformas económicas y relación con el mundo.

No será el supuesto gigante dormido que esperamos inútilmente durante décadas que despertara, tampoco la república que se sacó de encima al demonio populista, pero sí un país bastante más amable que en otros tiempos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/10/2018

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Cinco lecciones, buenas y malas, de la elección en Brasil

Jair Bolsonaro quedó cerca de la presidencia del país más grande de la región, una de las democracias más populosas del mundo, y la economía de cuya suerte la nuestra depende más directamente. Con cerca de 46% de los votos y 17 puntos de diferencia ante quien salió segundo, Fernando Haddad, parece imbatible de cara a la segunda vuelta. En Argentina, ya sería presidente electo. Pero tal vez no todo esté dicho. A continuación algunas razones para ser optimistas, y otras para no serlo tanto.

1. Se puede hacer campaña con mucho menos dinero

Esta es una gran noticia. Es difícil saber cuánto exactamente se gastaba en campañas electorales hasta el Lava Jato. Pero se calcula que era tres o cuatro veces lo que declaraban los partidos. Más o menos la misma proporción que se sospecha en Argentina. ¿Algún ciudadano estuvo mal informado sobre los planes de los candidatos porque esta vez se haya gastado muchísimo menos? Nadie ha planteado una queja. La política electoral es en este sentido un sistema muy curioso: cuanto más barata resulta tiende a mejorar su calidad.

2. Las segundas vueltas son muy útiles para que los votantes lo piensen mejor

Si no fuera por la regla del ballotage en este momento Jair Bolsonaro, rechazado por cerca de la mitad de los ciudadanos brasileños, sería ya presidente. Puede llegar a serlo de todos modos porque la primera vuelta le ha sido muy favorable: en los últimos días logró capitalizar mejor que Fernando Haddad el voto útil. Lo hizo convocando a todos quienes temen un “regreso al pasado”, esto es, al PT. Bolsonaro sin embargo como antídoto para evitarlo anuncia el regreso de otro pasado, tan o más controvertido, el del poder militar: adelanta un gobierno conformado por decenas de uniformados retirados, con la filosofía de dispare primero y pregunte después. ¿Convencerá con ese discurso y con el temor a un nuevo gobierno petista a los votantes de centro que no lo acompañaron esta vez? ¿Tendrá que moderarse para lograrlo, y eso implicará que busque aliados en los partidos que ha denostado y prometido que borraría del mapa? Habrá que ver. Y habrá que ver qué hace Haddad para contrarrestar su campaña y tratar de descontar la diferencia que le sacó.

3. La polarización es un juego peligroso y favorece a los aventureros

Hasta aquí Bolsonaro no se moderó ni cuidó para nada de no seguir agrediendo a amplios sectores de la sociedad cuya influencia considera negativa para el bien del Brasil, y sus demandas e intereses ilegítimos. Contra lo que muchos esperaban, tampoco parece haber pagado costos importantes por no abandonar su discurso de odio y descalificación. En vez de ser afectado por las protestas en su contra, convocadas por el movimiento de mujeres y otros sectores ligados a la izquierda unos días antes de la votación, creció fuertemente entre esos votantes cuyos grupos de referencia se dedicó a agredir, las mujeres, los negros, los pobres nordestinos. La explicación es poco alentadora: mucha gente prefiere ser parte de la patota antes que contarse entre sus víctimas, así que se identifica con el agresor incluso cuando él se ensaña contra “los suyos”. En parte también eso sucedió porque la defensa de “los suyos” esos sectores vieron que quedaba a cargo de un discurso progresista y de activistas que le generan tanta o más desconfianza que el capitán y sus propuestas agresivas y persecutorias: la izquierda también se tiene que hacer cargo de que quiso sacar provecho de la polarización, subestimó a Bolsonaro y pensó que su mejor apuesta era marginalizar al centro político. Así le fue. El debilitamiento del centro es, a este respecto, la peor noticia de la jornada, y una palmaria evidencia de que el espíritu de convivencia democrática, cuando no da los resultados esperados en términos de buen gobierno, progreso económico y seguridad, puede volverse víctima de un juego de pinzas en que aventureros populistas que prometen ensañarse contra chivos expiatorios y refundarlo todo, sin respetar derechos ni procedimientos, porque “no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos”, llevan las de ganar.

4. El centro, aun debilitado y disperso, siempre puede definir una elección

Los resultados alcanzados por Gerardo Alckmin del PSDB, Ciro Gomes del PDL y Marina Silva de la Red de Sostenibilidad fueron muy decepcionantes. Pero todavía lograrán representaciones parlamentarias importantes y podrán ejercer un rol tal vez decisivo para la segunda vuelta, inclinando la balanza a favor de uno de los dos candidatos más favorecidos y más todavía gravitando en cómo habrá de gobernar el que gane. Para lograrlo cooperar entre sí les sería de gran utilidad. Algo que por expectativas excesivamente optimistas de cada uno de ellos y sus partidos resultó imposible de lograr en la primera vuelta. Pero Brasil difícilmente cambie tan radicalmente como para que se extinga un pluripartidismo y consensualismo que siempre lo han caracterizado, y que la actual polarización cuestiona, pero no logrará reemplazar: ninguno de las dos fuerzas preponderantes en pugna tiene bases suficientemente sólidas para formar una mayoría propia y estable. Mucho menos podría gobernar la difícil situación económica con la que va a tener que lidiar.

5. Los líderes de salida deben elegir entre preservar su partido o su memoria

Lula fracasó a medias en trasladarle sus votos a Haddad. ¿El fracaso fue también del candidato, se le va a cargar a él por “no haber sido suficientemente fiel al líder”? Sin embargo, si algo quedó claro es que sólo podría duplicar los votos que obtuvo y triunfar si a partir de ahora es realmente infiel a Lula y acuerda con los partidos que ayudaron a meterlo preso y a desplazar a Dilma de la presidencia. ¿Se animará a hacerlo y lo dejarán actuar los gendarmes del PT? La pregunta es también pertinente para lo que sucede o va a suceder mejor dicho de este lado de la frontera. Para el kirchnerismo la lección es mas que clara: Cristina va a tener muchas dificultades si tratara de trasladarle sus votos a otro candidato. Algo que en su caso además no está obligada a hacer por una condena inminente de la Justicia ni impugnación de otro tipo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/10/2018

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El caso Menem ayuda a Cristina y complica al gobierno

Garavano confirmó que es un maestro del desubique. No tuvo mejor idea que ir contra la prisión preventiva reclamada por Bonadío y sus fiscales contra Cristina Kirchner justo cuando parte del peronismo empezaba a despegarse de la doctrina Pichetto en la materia, y un día antes que la Cámara de Casación Penal absolviera a Menem del más escandalosos de los casos en su contra, uno que combina la corrupción y el fraude contra el Estado nacional, con la destrucción de media ciudad, Río Tercero y la muerte de una decena de personas, y la violación del derecho internacional y el involucramiento del país en un infame tráfico de armas a zonas en conflicto. Una mojada de oreja a todos los que quieren vivir en un país en que mínimamente se respete la ley y que sea visto como tal por el resto del mundo.

No es la primera vez que el ministro de Justicia patina feo. Durante el conflicto por el caso Maldonado no tuvo mejor idea que proponerle al presidente que aceptara someter la investigación judicial a organismos internacionales como la ONU y la OEA, aceptando peligrosamente el punto de vista de los críticos del gobierno, según el cual el Estado y en particular el Poder Judicial argentino serían tan poco confiables que no cabe esperar que siquiera localicen a una persona. Por suerte esa vez Patricia Bullrich frenó en seco su loca idea y se evitó un grave daño para las instituciones.

Esta vez fue Lilita Carrió la que puso el grito en el cielo, y primero lo amenazó con un juicio político por salir en defensa de Cristina, y tras cartón infirió una conspiración entre él y uno de los integrantes de la Cámara que disculpó a Menem, Carlos Mahiques, a la sazón llevado a ese cargo por impulso de Cambiemos.

Puede que esto último sea parte de las fantasías que suelen enturbiarle la mente a Lilita. Pero lo que resulta indiscutible es que el oficialismo aparece dividido y con pocas ganas de avanzar y defender sus compromisos ante la sociedad en el único tema en que en el curso de este año podrá mostrar algún resultado positivo, y que el país que está tratando de construir es un poco mejor que el que heredó. Como tirarse un tiro en los pies, cuando ya tiene magulladuras por todos lados.

Los principales argumentos de la Cámara que integran además de Mahiques los jueces Liliana Catucci y Eduardo Riggi, fueron encima una abierta legitimación de los mecanismos muchas veces usados por las defensas obstruccionistas y los malos funcionarios de la Justicia para dilatar los casos que involucran al poder político, y que justamente la prisión preventiva en alguna medida combate, al acotar o devaluar las influencias espurias que los acusados usan en su provecho. Según la Cámara, como había transcurrido tanto tiempo desde los hechos (los envíos de armas se habían hecho entre 1991 y 1994), no se cumplía el “principio del plazo razonable”. Pero si desde 1995 se tramita esta causa, y aunque en 2017 se confirmó la condena a 7 años contra el ex presidente dispuesta en 2013, los trámites de apelación y revisión todavía continuaban, claramente se debió a una mezcla de ineficiencia judicial y complicidad, no a otra cosa. Y resulta absurdo sostener que los derechos del reo, más cuando ya había sido condenado, se habían visto afectados. Todavía el fiscal puede apelar la decisión, y la Corte Suprema revisarla. Pero nada asegura que las cosas vayan a cambiar.

En suma, la Cámara ha hecho una abierta invitación a abogados y acusados por casos de corrupción a redoblar sus esfuerzos para lograr que, como dijo Zulemita Menem, el interés por develar responsabilidades políticas en esas investigaciones decaiga, “pase de largo” sin dejar ningún resultado concreto, y el sistema de impunidad vuelva a gozar de la salud que hasta hace poco lo caracterizó. Un desafío que agarra encima mal parado al gobierno, con su ministro de Justicia dando señales al menos equívocas, y al resto demasiado atento a las urgencias del dólar y la economía. Tal vez le convendría hacer como en ese terreno, y poner a algún funcionario realmente a cargo, si no designando un superministro institucional, al menos alguien que coordine.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/10/2018

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El gobierno le quita hierro a la protesta sindical

Tras el contundente paro de la semana pasada, el gobierno de Macri retomó la iniciativa frente a los sindicatos y dio pasos firmes para mantener a raya el recurso a los paros en lo que resta del año.

Para empezar, llegó a un acuerdo tras una dura negociación con los gremios ferroviarios, con lo que logró dos objetivos simultáneos: frenó el paro que ya tenía decidido hacer ese sector el martes 2 y volvió a dividir a la CATT, la Confederación de Trabajadores del Transporte de la que depende el éxito o fracaso de los paros generales. Ese polo sindical que antaño controlaba férreamente Moyano hace tiempo que está dividido, y además el gobierno mantiene diálogo aparte con sus dos patas más importantes, los que controlan los trenes de pasajeros de la zona metropolitana y la UTA, que hace lo propio en las líneas de colectivo de corta distancia. Por más que la situación económica y política se haya deteriorado, Triaca se está dando maña para preservar esa relación.

Un poco como consecuencia de ese fracaso del moyanismo en sus esfuerzos por recuperar el poder que ha ido perdiendo, otro poco por la señal que dio el grueso de la CGT respecto a que, tras la medida del 2, no volvería a haber un paro general antes de fin de año, se produjo otra novedad de importancia: Juan Carlos Schmid, el triunviro de la CGT afín a Camioneros, abandonó ese cargo y fue inmediatamente reemplazado por Andrés Rodríguez, jefe de la UPCN y referente desde hace décadas de los dialoguistas que se esmeran en llevarse bien con todos y cada uno de los gobiernos de turno.

La apuesta de Schmid, y la de Moyano, fue lograr que varios gremios más abandonaran la central como consecuencia de ese portazo: judiciales, aeronavegantes, panaderos, cerveceros y del seguro se anotaron en principio en esa lista de posibles emigrados. De lograr que así fuera, los gremios duros, conjunto que hasta aquí integran además de camioneros, bancarios y SMATA, desde hace menos tiempo canillistas, peajes y otros menos relevantes, iban a mostrar que su polo combativo se fortalecía, mientras el dialoguista languidecía y se dividía. Pero pareciera que ese objetivo va a frustrarse al menos a medias. Varios de los anotados no estarían tan decididos a dar el salto. Y algunos otros sindicatos sueltos o cercanos al gobierno (entre ellos los taxistas) estarían por recorrer el camino inverso, y sumarse a la CGT.

El Ejecutivo se mostró dispuesto a premiar esas conductas, con más manejo discrecional de los fondos de las obras sociales, lo que es bastante de lamentar, y también con una reapertura rápida y sin topes de la revisión de las paritarias.

El objetivo es, claro, premiar a los que sigan en la mesa de negociaciones y retaceen apoyo a una eventual escalada de protestas, el famoso “plan de lucha” por el que el gremialismo de izquierda y kirchnerista viene bregando desde 2015, y Moyano desde el año pasado.

Es evidente que las cosas se le han complicado sustancialmente al gobierno en este frente: ahora se la pasa tapando agujeros de una relación que, hasta que no mejore la economía, a lo único que puede aspirar es que no se deteriore del todo.

Mientras que, a principios de este año, no sólo lograba imponer sus previsiones de inflación (recordemos que muchos gremios firmaron entonces aumentos del 15%, jugándose los ingresos de sus representados a que se verificaba lo que el Ejecutivo decía que iba a suceder en la economía) sino que estaba dedicado a consolidar un liderazgo afín en la conducción cegetista, para cuando Moyano quedara del todo aislado.

Nada de eso soportó el paso de los meses. Pero lo curioso es que, al mismo tiempo, la crisis golpeó con fuerza también a sus contrincantes, por lo que, con objetivos más acotados, todavía está en condiciones de controlar medianamente la situación.

Moyano no quedó marginado pero tampoco logra salir del entuerto en que él mismo se metió en febrero pasado, cuando decidió romper con el grueso del gremialismo y contribuir a su fragmentación, el cuadro hoy más conveniente para un gobierno que tiene entre poco y nada para repartir. Igual que Cristina en la arena electoral, cada paso que da parece que hiere a Macri pero en verdad no deja de llevar agua para su molino.

Y los gremios en general por más que pujen por aumentos nominales mayores de acá a fin de año, y tengan vía libre de parte del Ejecutivo nacional, van a enfrentar ahora el ajustazo monetario, fiscal y financiero que se ha puesto en marcha, y que restringe severamente la libertad de acción de los empresarios y funcionarios públicos que les toque atender sus demandas. Saben que el 2018 va a terminar con los salarios debajo de la inflación, y con muchos sectores económicos y áreas del Estado no pudiendo pagar siquiera los aumentos prometidos. No es seguro qué actitud vayan a tomar pero es probable que sigan más o menos como hasta ahora: soltar presión y volver a negociar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 3/10/2018

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La Tercera Posición Peronista, ¿es viable?

Los peronistas moderados o de centro, ¿llegarán a ser una alternativa? Pueden reunir un gran poder territorial pero les falta un líder atractivo. ¿A quién van a sacarle más votos, a Macri o a Cristina? Pese a los problemas que estos dos polos enfrentan, ninguno les hará fáciles las cosas.

Para que Massa, Urtibey, Schiaretti y Pichetto lleguen a ser realmente competitivos todavía tienen que recorrer un largo camino. Y lo demostraron apenas unos minutos después de la foto que se sacaron esta semana: el primero planteó estar en contra de votar el presupuesto, y el segundo, de sostener los fueros a Cristina. Podrían ser iniciativas complementarias si no fuera que atienden públicos demasiado distintos, y generan más rechazos que simpatías en muchos de los que necesitan seducir: si este sector empujara el desafuero de la expresidenta, su bancada se dividiría, y si a continuación la senadora terminara presa, que es lo más probable, habrá contribuido además a victimizarla a ojos de muchos votantes peronistas que esos cuatro referentes necesitan atraerse. Por otro lado, si el presupuesto fracasara, los que quieren moderación y colaboración, que son una gran parte de los hoy enojados con el gobierno pero que no son kirchneristas, se volcarían a favor del gobierno, en contra de los que “ponen palos en la rueda”. ¿Por dónde hacer avanzar entonces la tercera vía del “peronismo blanco”?

En un plano más general, los cuatro jinetes de la renovación tienen demasiado kilometraje acumulado para poder actuar, como pretenden, sin dar explicaciones de su trayectoria: por no hacerlo, tienen que batallar contra dos críticas inversas pero ellas sí complementarias, la que les recuerda que hasta hace tres años eran casi todos kirchneristas acríticos, y la que se enfoca más en lo inmediato y recuerda los últimos tres años de “complicidad” o al menos colaboración con el macrismo. Ahora llaman a esos compañeros de ruta olvidados “el pasado” y “el fracaso”, pero no está claro por qué habría que confiar en que ellos lo hagan mejor. Encima Massa no tuvo mejor idea que volver a convocar a Tinelli, y varios massistas a sugerir que Urtubey estaría mejor como vice o jefe de gabinete de Macri. ¿De este entrevero va a surgir la figura de renovación que están buscando? ¿Tendrán éxito, siquiera, en diferenciarse de los Guillermo Nielsen, los Dady Brieva y demás voceros del peronismo catástrofe?

Uno podría pensar que las frustraciones acumuladas por los votantes con el oficialismo, y en general el mal momento económico que atraviesa el país, deberían ser suficiente impulso para que los opositores más o menos razonables reciban más apoyo. Pero no es lo que hasta aquí ha sucedido: su descrédito creció igual que el de Macri y su gente. Y sería bueno que se preguntaran por qué sucede algo tan extraño. El dar señales contradictorias sobre lo que piensan, lo que harían diferente en caso de estar en el poder, en el terreno del combate a la corrupción, el ajuste y otros asuntos, no ayuda. Marco Lavagna, uno de sus economistas más vocingleros, dijo hace poco que si ganan repudiarán el acuerdo con el FMI. En cambio la mayoría de los gobernadores peronistas respalda el acuerdo. ¿Por qué no aclaran las cosas de una buena vez?

Uno de los puntos en que parece que sí están de acuerdo es en tratar de sumar al progresismo de Lifschitz y Stolbizer, pero tampoco está claro si podrán hacerlo defendiendo los fueros de CFK en el Senado, o abrazando el “centro nacional” propugnado por Pichetto. Mostrarse moderados es una gran idea, pero no resultar ambiguos en todo lo que dicen y hacen les está costando un poco más de la cuenta.

Recordemos también que Massa estuvo coqueteando con la posibilidad de ir a las PASO con el kirchnerismo desde las elecciones de 2017 y hasta hace muy poco, con la expectativa de que Cristina ahora sí no tardaría en diluirse y el FR podría ganarle y absorber lo que quedaba de sus bases de apoyo. Pero las cosas en este terreno fueron para un lado muy distinto al previsto, igual que en la economía y todo lo demás. Ahora el tigrense está en esto más de acuerdo con Urtubey y Pichetto: no hay forma de compartir cartel con los kirchneristas sin ser ellos los que sean deglutidos. Aunque muchos en el FR siguen con la idea anterior, ahí está Solá para testificarlo. Y otros ahora tienen otro sueño, que en su pelea con “la derecha peronista”, la de los Urtubey y los Pichetto, parte del kirchnerismo lo ayude. En eso están algunos de los Moyano. Por si no logran subir al carro a Stolbizer y Lifschitz, o su aporte no alcanza.

Claro que, pese a todas sus dificultades, puede darse que las circunstancias los terminen beneficiando. Si la crisis se agrava, este “peronismo blanco” tal vez crezca sobre los votos antes oficialistas. Y ayude a Cristina. Y si la crisis tiende a superarse, tal vez crezca sobre el sector de la ex presidenta, y ayude a Macri. En alguna de las dos variantes ¿podrían entrar a un eventual ballotage? No es imposible, pero por ahora es poco probable.

Y es que no existen los tres tercios. Hay un tercio oficailista, sí, que hasta hace poco era algo más que eso y no se sabe si puede volver a serlo. Y hay algo menos de un tercio kirchnerista, que no crece ni decrece, y es difícil pensar que vaya a ir para un lado u otro en el corto plazo. El resto no es en nada parecido a esos dos polos, es un espacio virtual, disperso y sin nombre, compuesto de múltiples actores que piensan cosas muy distintas y sólo en caso de que alguien logre un gran impacto van a comportarse de modo uniforme.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/9/18

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Macri y el ocaso de los superamigos

Cuando se supo de la renuncia de Luis Caputo, el equipo de comunicación del gobierno difundió la versión de que no se trataba de un portazo, porque ya estaba acordado que abandonara la presidencia del Banco Central. Y para dejar claro que tampoco había sido una decisión unilateral de Caputo concretar su salida justo el día que se cerraba la negociación con el Fondo, el presidente estaba en Estados Unidos y el país parado por obra de la CGT, se informó también que Macri, Peña y el renunciante habían estado conversando por teléfono en la madrugada “durante dos horas”. Si, dos horas. En el curso de las cuales parece que Caputo convenció al presidente de que su renuncia en ese momento “iba a generar confianza”.

Seguramente ninguno de los involucrados creyó en serio que fuera una buena idea, pero en el gobierno quisieron así disfrazar la desprolijidad evidente que acompañó este recambio, y que parece ser ya un patrón a la hora de manejar despidos y reemplazos.

También probablemente pensaron que “humanizaban” al presidente contando lo largo que había conversado por teléfono con su amigo y hasta allí financista preferido antes de dejarlo partir. Pero lo más grave en este caso es que no deben haber mentido ni siquiera exagerado: debe ser cierto nomás que Macri se pasó de madrugada dos horas al teléfono, en un momento absolutamente crítico para su gobierno, viendo qué hacía con el presidente del Central. Pero en vez de para humanizarlo, la anécdota sirve más bien para aumentar la alarma: ¿con quién además de con su pareja, un hijo o un amigo en problemas ud. se pasaría dos horas al teléfono en medio de la noche?, ¿en serio el presidente no tenía otra cosa mejor que hacer esas dos horas de madrugada, por ejemplo dormir un rato?, ¿no hubiera sido más lógico que a los cinco minutos le dijera a Caputo “entiendo lo que planteás, lo veo con Peña y Dujovne y te aviso cuál es la postura del gobierno, vos verás qué hacés”? Como para finiquitar el asunto.

Ya cuando se había visto obligado a sacar a Cabrera de Producción se dio un mensaje similar: el presidente estaba compungido hasta las lágrimas por tener que desplazar a su “amigo” y se lo quería hacer saber a todo el mundo. Y algo no muy distinto sucedió con Sturzenegger y Quintana, sobrevivientes a cantidad de trastazos porque también contaron hasta el final con “la confianza y las amistad del presidente”, contra toda evidencia. En cambio los reemplazos de los de los no tan amigos ni pertenecientes al círculo íntimo le costaron entre nada y casi nada, se decidieron incluso con llamativo apresuramiento, pese a que en términos políticos significaron en algunos casos mucho más costos y riesgos: Prat Gay, Malcorra, Constantini, Melconián y varios más están ahí para testificarlo.

Al mismo tiempo nos enteramos que las reuniones más importantes del vértice de poder, que congregaban regularmente a Macri, Peña, Vidal y Larreta y donde se trataban las cuestiones más serias que los cuatro tenían que resolver, ya no se están realizando. Y no se sabe muy bien cómo ni cuándo van a retomarse, o reemplazarse. El motivo, según versiones periodísticas, las crecientes tensiones entre Peña y Vidal. Aunque es probable que esa sea sólo una faceta menor del problema que aqueja a esta gente. Lo cierto es que cuando más se necesita de la coordinación y la inteligencia política, menos en condiciones parece estar el gobierno de proveérselas. Los estados de ánimo, las rencillas y la desconfianza se imponen sobre la exigencia en alza de un manejo lo más profesional y razonado posible de la gestión.

Así llegamos a este punto en que poco queda en pie del “mejor equipo de los últimos 50 años”. Las razones son varias. No siempre lo que sirve para ganar elecciones es lo que se necesita para gobernar, más bien sucede lo contrario: rara vez esos dos talentos se superponen. Sumemos el hecho de que lo que sirve para gobernar una ciudad rica, en una época de vacas gordas y desatención de las restricciones financieras y fiscales, no necesariamente sirve para gobernar un país en gran medida pobre, con enormes desequilibrios acumulados y con no solo escasos sino declinantes recursos. Pero a todo eso agreguemos además que una cosa es gobernar pateando los problemas para adelante, cuando es legítimo apostar a que el tiempo haga parte del trabajo sucio para desactivarlos, y otra gobernar cuando el tiempo se evaporó de golpe, la bomba estalló y no queda otra que administrar un ajuste fenomenal.

Macri parece haber tardado bastante en advertir estas diferencias. Pero estar ahora decidido a seguir una línea de acción más profesional. Algo tarde, pero mejor tarde que nunca. Y tal vez con eso se corrija su tendencia a confiar en muy pocos, sus íntimos, y en ellos confiar a veces en exceso.

Por como se han dado las cosas, además, podría salir bien parado de la situación: ha quedado bien a la vista que hizo todo lo que estaba a su alcance, en verdad mucho más de lo que debió hacer, para ser fiel a sus promesas de campaña de 2015 y 2017, y evitar el ajustazo que finalmente se impuso. Probó, así, que al prometer que había “salida sin costos” del kirchnerismo creía en lo que decía. Así que es muy probable que esos errores, contra lo que desean sus críticos, le sean perdonados, y pueda ser convincente como la mejor opción para evitar que las cosas vayan aún peor.

Pero tal vez lo fundamental de sus problemas de gobierno no tenga que ver con nada de esto, con sus errores de apreciación sobre las posibilidades del gradualismo, los márgenes para endeudarse y demás, sino con el modo en que recluta y evalúa a sus colaboradores, se provee de información y toma decisiones. Si en ese terreno no hay un salto adelante contundente corre el riesgo de repetir la historia. Aún compitiendo contra nadie va a terminar por pagar las consecuencias.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/9/2018

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