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Triaca patinó en lo peor de la pelea con los gremios y Peña lo disculpó sin precisiones

¿Qué fue lo más grave que hizo el ministro Triaca?, ¿insultar y despedir de mala manera a su casera?, ¿o haberla hecho contratar en un gremio, el SOMU, que el Ministerio a su cargo estaba administrando supuestamente para sanearlo y normalizarlo, después de la muy irregular administración de Omar Caballo Suárez, y que en lo hechos sin embargo prefirió manejar apenas menos irregularmente y en su provecho, poblándolo de parientes, amigos y entenados?

Como Peña no quiso dar muchas precisiones al respecto, su disculpa al ministro sonó a manto de olvido y acto de distracción. El jefe de gabinete dijo que Triaca “ya se había disculpado”, haciéndose cargo sólo de los maltratos a Sandra Heredia, y quiso seguir ignorando la cuestión institucionalmente más grave: el manejo de designaciones en el SOMU donde, sostuvo, “Heredia fue a trabajar”. Lo que resulta insólito dado que por más versátil que demostrara ser en la quinta familiar de los Triaca, no hay pruebas de que haya adquirido destrezas en asuntos administrativos y gremiales.

Y donde de lo que se lo acusa al ministro no es de hacer un favor meramente personal o familiar, ni de una mera calentura del momento, sino de actos y decisiones que revelan un método de trabajo reñido con la ética pública y con los cambios que el propio gobierno justamente en estos momentos aparece queriendo impulsar en los gremios: más transparencia, más democracia, combate de los manejos arbitrarios y los negocios ilegales. Porque Heredia no fue la única conchabada en el SOMU sin ninguna justificación, hay varios casos más, y bastante más graves.

El colmo del ridículo en este asunto se vivió cuando los abogados del Caballo Suárez presentaron una denuncia contra Triaca por una lista tan larga de irregularidades como la que pesa contra su defendido, pretendiendo dar vuelta las cosas. Como han querido hacer todos los acusados de corrupción política y sindical de los últimos tiempos, aprovecharon la oportunidad para presentar a Suárez como víctima de una persecución política, y a los acusadores y administradores públicos como la auténtica mafia, de los únicos que realmente deberíamos cuidarnos porque quieren arrasar con los gremios para poder conculcar mejor los derechos de la gente común. Como dicen Moyano y Barrionuevo, como alegan también Cristina y La Cámpora.

Uno podría interpretar que Peña quiso abortar esta operación y por eso disculpó a Triaca de sus pecados menores y negó los más graves (“la intervención del SOMU fue ejemplar” agregó). Su razonamiento sería: si entregamos su cabeza debilitamos aún más al gobierno en su cruzada contra las mafias y patotas sindicales que tanto complican los cambios en marcha, así que aunque moralmente pueda ser objetable políticamente no hay alternativa, es preciso defenderlo.

El problema sería si resulta que por defenderlo sucede lo contrario de lo que sugiere el jefe de gabinete que hay que priorizar: se debilita la autoridad del gobierno y la razón de ser de los cambios que impulsa. Y entonces terminamos en el peor de los mundos, con las mafias sindicales abroqueladas en sus santuarios de poder, y la sociedad entre indiferente y hastiada, resignada en la idea de que “todos son iguales”, “corruptos y mafiosos hubo y habrá siempre”, así que no importa tanto ni cuál de las bandas se impone ni si alguna de ellas paga por sus pecados.

Peña también dijo que Triaca es un excelente ministro. Hay abundante evidencia al respecto: hasta aquí había demostrado un gran talento para lidiar con negociaciones muy complejas, sin dejar expuesto al gobierno a errores como los que tanto abundaron en otras áreas. Pero sólo hasta aquí. Su oportunidad para el error finalmente se presentó y la aprovechó al máximo, encima en el momento más álgido de una disputa que lo enfrenta con prácticamente todo el arco sindical.

Una pena, pero es inevitable concluir que uno de los más talentosos gestores de Macri ha demostrado ser también demasiado afín a la llamada “vieja política”, a reemplazar a unos malos por otros, apenas menos desprolijos y patoteros. No parece suficiente para sostener la cruzada de saneamiento institucional en el gremialismo que empezó con la retahíla de casos judiciales y quiere continuar por el fin de la reelección indefinida, la obligación de presentar declaraciones juradas y someter los fondos sindicales a fiscalizaciones periódicas y públicas.

Peña también explicó que sosteniendo al ministro el gobierno no está bajando su rasero moral, “hemos elevado la vara y tenemos que estar a la altura”. La cuestión es que visto desde fuera podría pensarse que están haciendo justamente lo contrario: como la pelea se intensifica, bajamos la vara, someterse a auscultación pública y decir la verdad deja de ser una prioridad.

Puede que el grueso de la sociedad, a diferencia de lo que insinúa Peña (“la gente quiere la vara alta”), no se los reproche, al menos no de momento. Estamos demasiado acostumbrados a la inconsecuencia, y es cierto que los pecados a la vista del lado de la patota sindical son tan alevosos y sistemáticos que todo este entuerto de Triaca puede quedar pronto desactivado y olvidado como un tema menor. Pero si él va a seguir en su cargo sería bueno que alguien se ocupe de recordarle que las segundas oportunidades no se regalan, y por más que haya sido el último en ingresar al club de “los que hacen macanas en nombre del cambio”, le conviene no reincidir.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/1/18

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Cómo Balcedo, Monteros y Medina corrompen la justicia social y el igualitarismo

Una cosa son los simples corruptos y otra los corruptores, aquellos que se dedican a extender la enfermedad con esmero y desparpajo. No solo extendiendo sus prácticas sino dando letras al “discurso de la corrupción”. Es que ella no sólo se oculta, también habla de sí misma, se justifica y busca legitimarse, presentándose como una conducta perfectamente moral.

Según la versión nac and pop del problema, ese rol activo sería exclusividad de los empresarios, porque el origen del mal está en el capitalismo: si no fuera por el afán desmedido de lucro con que el capital y sus agentes, los hombres de negocios, contaminan el espíritu de las personas públicas el sistema funcionaría lo más bien, gobernantes, jueces, policías y sindicalistas cumplirían con sus respectivos roles sin dejarse someter por el dios dinero. Pero esta es una visión lo menos parcial y simplista de la cuestión. Los Cristóbal López no escasean, pero es ridículo pensar que son los parteros de los Néstor Kirchner, los Oyarbide o los Balcedo de este mundo.

Los corruptores además no sólo trafican con plata. Es cierto que son emprendedores, algunos de indudable talento, y su meta es enriquecerse rápido y como sea. Pero el material con que operan es muy variado e incluye los recursos de poder y las necesidades y deseos del ambiente en que se mueven: reconocimiento y masas de gente dependiente de él, fallos judiciales y tráfico de influencias. Cada cual corrompe lo que tiene más a mano: los políticos la confianza de sus electores, los jueces la imparcialidad de la ley.

El caso de los sindicalistas es especial a este respecto por varios motivos. Su corrupción supone una doble traición de clase, venden a sus representados para abandonar su misma condición. Además suele incluir una buena cantidad de crímenes conexos y violentos, extorsión, patotas, y necesitar por tanto de la activa colaboración de otras familias de corruptos, jueces y políticos en particular. Por último y tal vez lo más importante, cierra el círculo del discurso de la corrupción ofreciendo una justificación social y moral de por qué el mal proviene del capital y de la reproducción de las desigualdades asociadas, poniendo a todos los que no lo tienen en condición de víctimas y vinculando los actos corruptos con un gesto de rebeldía y reparación, tal vez particularista y violenta pero reparación al fin.

No es de asombrarse por ello que estas prácticas se hallan extendido a medida que se fueron secando las otrora potentes fuentes de movilidad ascendente en nuestra sociedad. Ni que actúen entonces como subterfugios para reproducir y legitimar el cuadro resultante: esta corrupción no tiene nada de “conducta desviada”, todo lo contrario, ofrece la vía “normal” para hacer las cosas en una situación en que la justicia social está en boca de todos pero carece de significado y se impone un orden económico a la vez rígido, excluyente y de muy baja legitimidad.

Pescan a un sindicalista con las manos en la lata todos los días, y ellos se justifican siempre de la misma manera: se los persigue porque promueven la distribución, el gran capital que nos somete mueve los hilos de esta “persecución selectiva”, motivada en el simple hecho de que los ya enriquecidos quieren para sí el monopolio del saqueo, odian que otros los imiten y se embolsen una mínima parte de lo que han venido acumulando (“en este país nadie hace la plata trabajando”, “toda gran fortuna está construida sobre el robo”, y demás frases del saber popular están a la orden del día). Finalmente, para la gente común que asiste al espectáculo de detenciones y acusaciones cruzadas, ¿qué diferencia hace que algunos más se sumen a la fiesta? En todo caso habrá que considerarlos prisioneros de un vicio extendido, víctimas ellos también del perverso capitalismo argentino, el gran, único responsable.

Y más importante que lo que dicen hay que prestar atención a lo que han hecho de sus vidas. Todas ellas son espectaculares experiencias de ascenso social: hombres de muy baja condición devenidos grandes empresarios en un periquete, verdaderos self made man de esos que en otras actividades ya no se ven. Humberto Monteros tenía un plan social en 2002, en 2011 se registró como empresario y hoy es multimillonario. El Caballo Suarez más o menos lo mismo. Aunque nadie mejor que Marcelo Balcedo, un hombre sin duda de gran talento que construyó un verdadero imperio sobre la base de un sindicato minúsculo y una red de medios deficitarios sin que en veinte años nadie o casi nadie advirtiera que podía haber alguna ilegalidad empañando tanto éxito.

Historias de superación, de gente humilde haciendo grandes progresos, ¿serán la versión actualizada del inmigrante que forjó un país dinámico, incluyente y de amplias capas medias? No, son otra cosa muy distinta. Son la expresión de un sistema que liquidó ese país y nos dejó uno mucho más desigual y atrasado.

Para entender cómo funcionan la corrupción y sus justificaciones hay que tomar entonces el problema en su conjunto y por lo que es, parte esencial del sistema hoy dominante para reproducir el poder, las relaciones sociales, el liderazgo, no simplemente una desviación respecto a la forma normal de hacer las cosas. Porque la corrupción envía ante todo un mensaje moral: le dice a la sociedad “este es el modo en que todavía se puede prosperar”, ofreciendo una vía sustituta al esfuerzo, el sistema de movilidad social y también al distribucionismo, que hace décadas dejaron de funcionar para la mayoría.

A la vez sirve como mecanismo compensatorio de la irritación y la conflictividad que genera la creciente desigualdad material en un universo social aún dominado por un fuerte ethos igualitarista: si todo rico es un ladrón al menos los pobres no tienen por qué sentirse profesional, moral ni humanamente inferiores a sus jefes y líderes, “somos todos iguales todavía, aunque sólo sea en el hecho para nada virtuoso de que vivimos en la misma selva”. El mecanismo, se entiende, funciona tanto para líderes políticos como, especialmente, para los sindicales, y más que compensa la muy relativa mácula de ser señalado como corrupto. De allí que en el “roban pero hacen” lo que “hace” el corrupto no esté necesariamente relacionado a algún beneficio material para los excluidos de la fiesta: lo esencial que “hace” es dar ejemplo, mostrar un camino aún abierto y probar que “todavía se puede”. Ofrece, en suma, una igualación no material sino simbólica, hacía abajo, claro, pero igualación al fin.

No alcanza, entonces, con detener y castigar a los corruptos y en particular a los corruptores, hay que interrumpir su discurso, someterlo a crítica. Si es cierto que no todos los sindicalistas son iguales también lo es que no todos los ricos han llegado a dónde están de la misma manera, existe algo que se llama mérito que no puede seguir siendo mala palabra, por más que le moleste a los fanáticos de San Agustín. Es tiempo de revisar nuestro igualitarismo y anticapitalismo si queremos dejar de tener un capitalismo prebendario tan poco inclusivo y competitivo. Como se ha visto sucede con la violencia, la corrupción plantea una “grieta” que no hay que saltar ni desactivar, sino profundizar y resolver de una buena vez.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 18/1/18

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Barrionuevo quiso agitar temores en el gobierno y reveló los suyos

La corrupción sindical está reemplazando a los K como enemigo soñado del gobierno.

Hace un tiempo se dudaba de que a Macri le conviniera que Cristina desapareciera de la escena: era su contrincante ideal, ella lo embellecía con sus críticas obsesivas, su infantil deseo por mostrar que estaba todo mal e iba a terminar aún peor. Y encima dividía al peronismo, con lo cual el favor electoral que le hacía era doble. ¿La derrota que el oficialismo le infligió en octubre pasado no terminaría siendo entonces una forma de sacar del juego a la pieza del campo adversario que más le convenía dejar en el centro de atención?

Al final, no fue para tanto. Porque el mundo peronista parece decidido a seguir generando malos de película para hacerle la vida más fácil al presidente.

Ahora, en este 2018 que no será electoral y sí un año de ajuste, lucha contra la inercia inflacionaria, conflictos distributivos intensos y disputas por el “control de la calle”, sale oportunamente a escena una por ahora interminable lista de impresentables del mundo sindical: Balcedo, Monteros, Caballo Suárez, Pata Medina, Santa María.

A la que se suman caciques de siempre dando no precisamente su mejor perfil para plantearle batalla al gobierno, encima en el terreno en el que a este más le conviene: Moyano y Barrionuevo finalmente se han puesto de acuerdo en hacer oposición, pero envejecen demasiado para cumplir bien ese rol, su nuevo paso al frente termina de diluir a la nueva dirigencia que esperaban surgiera en su reemplazo, y arrastran para colmo de males una larga convivencia con las peores opacidades del mundo gremial.

El clan Moyano carga con su propio show de chanchullos saliendo a la luz, Independiente, OCA, la obra social de Camioneros, un número indeterminado de empresas familiares que debe haber servido de inspiración al muy emprendedor Balcedo.

Y Barrionuevo carga con su propia lengua, siempre demasiado movediza. Comparar una vez más a Macri con Alfonsín, De la Rúa y los militares porque se atrevieron a “desafiar al sindicalismo” y “no terminaron su mandato”, más que a desafío sonó a ridiculez. Si algo quedó descartado en los últimos tiempos es que Macri tenga que preocuparse al respecto de aquí a 2019. Al contrario, quien revela temor, además de poco olfato, es el propio Barrionuevo mezclándose con escándalos de los que el sindicalismo mínimamente honesto debería despegarse cuanto antes.

Pero bueno, hay que reconocer que el gastronómico siempre fue honesto en no querer simular demasiada honestidad.

No es el único que no simula escandalizarse. Lo más sorprendente de las recientes revelaciones sobre sindicalistas devenidos en magnates es no tanto el desparpajo con que venían actuando, los métodos utilizados y la enorme red de protección política y judicial que los rodeaba, sino la falta de sorpresa y la naturalidad con que el sistema político y también buena parte de la sociedad recibieron las revelaciones al respecto: ni una señal de alarma, de preocupación o de arrepentimiento, los líderes políticos hasta hace poco más cercanos al Caballo Suárez, al Pata Medina y a Marcelo Balcedo ni se dignaron hacer un gesto de autocrítica por tantos años de abrazos y colaboración. ¿Será que también imaginan que en la sociedad nada de estos escándalos sorprende y finalmente van a pasar como sucedió ya un par de décadas atrás con los de Manzano, Matilde Menéndez, Gostanián y compañía?

Como mucho, lo que se escucha de parte de algunos colegas gremialistas es que no está nada bien, pero la culpa es de un sistema empresario que alimenta la corrupción y “corrompe a los políticos y sindicalistas”, hombres públicos que terminan siendo tentados por el vil metal, por el capitalismo en su peor versión, que es lamentablemente la que tenemos.

¿Es esa la causa de la corrupción, nuestro “capitalismo de amigos”? Datos históricos al respecto no faltan: desde tiempos de la colonia que el patrimonialismo imponía su ley y los hombres de negocios compraban funcionarios como quien compra cualquier otro insumo de sus actividades.

Con el tiempo el estado de derecho se fortaleció, pero tampoco tanto. Aunque este no fue el único origen de nuestra tendencia a la corrupción. En el siglo de las masas se complementó con otro cada vez más potente: el imperio del populismo y su impugnación del capital.

Porque si el peronismo hubiera promovido otro sistema distinto tal vez hubiera logrado construir una legitimidad alternativa, estatista, socialista, cristiana, lo que fuera. Pero no hizo nada de eso. Coqueteó con esas ideologías, pero para simplemente horadar la legitimidad del sistema económico existente y, mientras lo mantenía más o menos como estaba, montarse más cómodamente en él y someterlo a los propios intereses y dictados, administrando premios y castigos a piacere.

De ese modo creó un ambiente oscuro en que, como “todas las grandes fortunas ya existentes eran fruto del saqueo” sumarse a la fiesta para enriquecerse del modo más rápido posible no estaba mal visto.

A esta altura es lógico entonces que haya quienes se preguntan: ¿es que la lucha del peronismo contra el capital solo ha alimentado la corrupción? No, también logró otras cosas, solo que no todas fueron buenas, algunas también son malas y complican aún más el problema de la corrupción, y las buenas no duraron demasiado.

Durante unos años promovió la igualdad distributiva en una sociedad que ya era bastante igualitaria e integradora y lo fue mucho más. Pero eso pronto dejó de funcionar. Desde entonces, el reproche que se le hace por un distribucionismo dispendioso e insostenible, es decir su populismo coyunturalista, y también por politizar en tal grado las relaciones económicas que termina conspirando contra la competencia y la eficiencia, es decir, anulando los aspectos innovadores y productivos de la economía de mercado, han sido dos constantes históricas. ¿Atendió estas críticas y aprendió de sus errores? A juzgar por lo sucedido en los últimos años no demasiado. Y tampoco logró evitar que por esas dos vías el problema de la corrupción en su seno se fuera agravando.

Es este sistema, que hermana una política discrecional y patrimonialista con un capitalismo de amigos cada vez menos dinámico e incluyente, el que está hoy en crisis. Y es a la luz de este proceso de crisis y del intento de superarla que la actual disputa en torno a la corrupción adquiere su plena significación.

Sería bueno que el sindicalismo lo comprendiera. Aunque a juzgar por lo que sus máximos referentes dicen y hacen no parece ser por ahora el caso. Barrionuevo compara a Macri con Alfonsín. Pero no advierte la enorme diferencia en los contextos de uno y otro. Y lo distintas que son las armas que está usando el actual gobierno para forzar un cambio en el poder sindical respecto a las que se intentaron sin suerte en 1984.

Se trata de una ofensiva a la vez más letal y más sencilla. En un contexto en que el afán de justicia es tan o más compartido y focalizado de lo que fue el afán democrático en los ochenta, el gobierno nacional tiene por lo menos tres armas en sus manos, y las tres apuntan al mismo adversario, no la estructura gremial sino las conductas de sus dirigentes. Por un lado, la reelección ilimitada, que no casualmente ha vuelto a ponerse en el tapete. Segundo, la “rueda de la felicidad” de la inercia inflacionaria, que pone a las conducciones nacionales de los gremios en una situación privilegiada de poder al otorgarles un rol decisivo tanto para preservar el poder de compra del salario como para incidir en las políticas macroeconómicas. Y finalmente el manejo de negocios mafiosos con que se teje el submundo de extorsiones y pactos que atan las manos de la dirigencia empresaria y política. Si Macri avanza con esas tres ofensivas, y el sindicalismo sigue respondiendo como hasta aquí, el resultado puede ser más conflicto, pero a la larga será una derrota segura no sólo de la actual dirigencia gremial, sino tal vez del mismo modelo sindical creado por el peronismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/1/18

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Inflación del 24%. ¿Gran fracaso de Macri?, ¿se va Sturzenegger?

Finalmente quedó en el 24. Muy por encima de la meta del Banco Central. E incluso algo un par de puntos por arriba de lo que pronosticaban los funcionarios del Ejecutivo, y que ellos hubieran considerado un resultado aceptable, algo así como un empate.

¿Se equivocaron aquellas metas y estos pronósticos?, y más en general, ¿se está equivocando el gobierno con las políticas que aplica para bajarla, como las altas tasas de interés, o con las que implementa al mismo tiempo y tienen el efecto de contrario de alimentarla, como la corrección de tarifas?, ¿o será que dada esta combinación de problemas y factores, y dada la necesidad de ser gradualista, no podía esperarse otra cosa, y en lo que se equivocaron Macri y su equipo fue en ser demasiado optimistas al prometer un ritmo de reducción de la suba de precios que de ninguna manera podrían cumplir?

Algo de esto último hay y lo ha reconocido el gobierno al forzar al Banco Central a corregir las metas de 2018: para no afectar el todavía frágil crecimiento se elevó la meta para este año, que es ahora casi la misma que se usó en 2017. También con ello se ha admitido que hubo al menos un poco de exageración, y bastante mala coordinación, en el nivel de tasas fijado hasta aquí por Federico Sturzenegger: se espera que el Central a su cargo las baje al menos módicamente en las próximas semanas.

En cambio en la corrección tarifaria no hubo revisión alguna, al contrario, hubo aceleración: entre lo dispuesto para los próximos meses para la luz, el gas y el transporte tendremos otro verano caliente y mucha presión sobre el resto de los precios. Con una consecuencia esperable: niveles mensuales de inflación muy parecidos a los del período kirchnerista.

¿Quiere esto decir que estamos atrapados en un círculo vicioso, en el que el gobierno consume sus fuerzas inútilmente y le impone perjuicios innecesarios a la sociedad? , ¿él debería entonces cambiar más profundamente de estrategia, no corregir un poco si no abandonar del todo su política actual, para aplicar una estrategia expansiva más decidida, dejando de lado al menos de momento el problema inflacionario, o bien hacer un ajuste en serio y dejar de demorar por razones políticas las “correcciones de mercado”?

Los economistas de izquierda y de derecha se reparten previsiblemente en estas dos posturas críticas, y claro que, como siempre sucede, algo de razón tienen. Pero no toda la razón, porque es muy relativo eso del círculo vicioso: en verdad los dos años de gestión económica de Cambiemos han cambiado sustancialmente el problema de la inflación, que no hay que evaluar sólo por los números globales, sino por su composición y relación con el resto de las variables fiscales y económicas.

Hasta aquí, en términos de números finales de suba de precios y mirando sólo la superficie del problema, podría creerse que el ciclo 2016-2017 casi repitió el vivido entre 2014-2015, el último bienio de Cristina en el poder: un primer año de alrededor de 40 seguido de otro de más o menos 25. Los dos ciclos tienen en común además que se iniciaron con una devaluación importante y concluyeron con una baja insuficiente de la suba de precios, en un “piso” todavía muy alto, y el regreso del retraso cambiario.

Pero las similitudes se detienen allí. Porque en el primer ciclo simultáneamente se agravaron las distorsiones de precios relativos que dormían, es decir escondían debajo de la alfombra, una porción sustancial de la inercia y velocidad de la suba de precios al consumidor: el descomunal retraso de las tarifas, que significaba por lo menos 40 o 50 puntos de impacto inflacionario ya insosteniblemente reprimido (no se llegó al nivel de Venezuela, donde un cigarrillo hoy tiene el mismo precio que 200 litros de nafta, o un caramelo equivale a 160 litros, pero se iba en la misma dirección), el cepo cambiario que mantenía muy retrasado el nivel del dólar, el vaciamiento de la ANSES y otros organismos a través de la toma de deuda a tasas irrisorias por parte del Tesoro, etc.

Como nada de eso podía continuar sería inevitable que la gestión de Cambiemos, antes de empezar a bajar la inflación debiera subirla: devaluando, subiendo las tarifas, sincerando el financiamiento público.

Pero como el optimismo voluntarista ya desde el comienzo impuso el tono a la nueva administración eso no se explicó. Y pareció entonces que ella agravaba el problema en vez de resolverlo durante un primer año tapizado de “errores”.

La larga experiencia argentina en esta materia debió ser más aleccionadora tanto para las autoridades como para la sociedad. Porque la verdad es que la situación de fines de 2015 no tenía nada de nuevo: fue más o menos habitual durante el largo ciclo de alta inflación que el país vivió entre los años cincuenta y los ochenta del siglo pasado. Cuando políticas de contención de precios focalizadas en el tipo de cambio, en tarifas públicas, en el saqueo de cajas previsionales y las reservas, o en la combinación de todo eso como hizo el kirchnerismo, terminaban en ajustes caóticos de todas esas variables, para de nuevo empezar con los parches.

Esa combinación de distorsión de precios y ajustes cíclicos fue lo que distinguió el calvario de la alta inflación argentina de, por caso, el que vivió Brasil más o menos durante el mismo período: allí también hubo alta inflación muchos años, pero sin distorsión de precios relativos, y por tanto más “coordinada” desde el Estado y más compatible con cierta estabilidad que permitió la inversión y el crecimiento. De allí que Brasil creciera sostenidamente durante esos años, mientras que Argentina iba a los tumbos entre breves momentos de expansión y resonantes caídas recesivas.

Uno podría preguntarse, volviendo al presente, si no hemos entrado en un ciclo “a la brasileña”, con inflación relativamente alta pero “coordinada” y por tanto medianamente compatible con un crecimiento estable, con tasas más o menos razonables de inversión pública y privada, etc. Claro que el mundo actual no es el mismo que el de los años sesenta y setenta, una inflación del 24% es considerada ahora una locura mientras que en aquella época podía ser más o menos aceptable. Así que renunciar a bajarla no parece ser la mejor opción. Pero sí puede serlo renunciar a bajarla rápido y a cualquier costo, por ejemplo, el de una nueva recesión como la vivida en 2016. No sólo por razones de política electoral, también por buenas razones de política económica puede que la mejor opción sea seguir trabajando en los márgenes para que las expectativas de inflación se reduzcan año a año y los precios relativos sigan convergiendo hacia niveles de equilibrio, evitando fuertes alteraciones del tipo de cambio, reduciendo progresivamente tanto el ritmo de endeudamiento como las tasas de interés, y administrando la suba de tarifas, que es sin duda el frente socialmente más complicado, en los límites de la tolerancia de los afectados. Para lo cual explicar mejor que las alternativas serían mucho peores tal vez sea un paso necesario.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/1/18

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La hipocresía de quienes temen perder poder sobre los más pobres

Según el líder de la Confederación de trabajadores de la Economía Popular (CTEP) y asesor del Pontificio Consejo de Justicia y Paz en el Vaticano, Juan Grabois, la violencia es “el vicio de Macri” y nace de “su resentimiento”. Palabras inéditamente duras para empezar el año. Y con las que el líder piquetero escaló afirmaciones previas que habían entre relativizado y justificado los sucesos del 14 y 18 de diciembre pasados.

Días después de esas lluvias de piedrazos sobre las fuerzas de seguridad, en reiterados intentos de impedir que el Congreso sesionara para tratar la llamada reforma previsional, Grabois atribuyó equívocamente lo sucedido a “un grupo ínfimo” de “estúpidos funcionales al gobierno” y también advirtió sobre la “frustración y bronca” de las barriadas “por la exclusión social”.

Ahora, en un reportaje publicado por Página 12 abandonó toda ambigüedad, pero no para brindar una mejor explicación. Atribuyó de lleno la responsabilidad por los hechos de violencia al gobierno, más precisamente al propio presidente: según él Macri “sintió que había una especie de necesidad de refirmar autoridad y mostrar fierros en la calle para consolidar el voto con la idea de que muchos querían y aprobaban eso. Pusieron a una ministra a cargo de las barbaridades. Patricia Bullrich alimenta el vicio de Mauricio Macri… Sus amigos del Cardenal Newman son más high. Macri repite el discurso de la meritocracia pero no es ni siquiera un self made man. Sabe que la violencia es un camino peligroso pero lo sigue… Si tenés tanta obsesión por demostrar que no sos Fernando de la Rúa, ¿no será que un poco te parecés?”.

Según el líder de la CTEP, por sobre todo, los hechos de violencia habrían revelado que el gobierno macrista sólo aparenta ser conciliador y gradualista, no negocia realmente sino que busca imponerse por la fuerza y borrar del mapa a sus adversarios: “En la Argentina del siglo XXI pensar que te vas a llevar puesto a las patadas a todo el mundo todo el tiempo es un error. Puede durar muy poco. Aunque algunos terminen por creerse sus propias mentiras y se convenzan de que el RAM es una peligrosa organización guerrillera transnacional. Bueno, ahora están convencidos de que todo manifestante es un conspirador trosko-kirchnerista que quiere voltear al gobierno. La persecución a Cristina Fernández de Kirchner y a su familia es un factor de desestabilización política que solo le sirve a quien no quiere que la Argentina tenga un desarrollo democrático normal”.

Que se sepa la organización de Grabois sigue siendo generosamente financiada por el gobierno que él descalifica (incluso bastante más generosamente de lo que lo hacía la gestión anterior) y a nadie en el Ejecutivo se la ha ocurrido quitarle esos recursos públicos que administra por las opiniones políticas de su representante, ni por promover manifestaciones y piquetes, ni siquiera por apoyar a Milagro Sala, a los mapuches radicalizados y otras expresiones de violencia antisistema. ¿Será cierto entonces que el macrismo está endureciéndose contra sus opositores más radicales, que los persigue, que pretende excluirlos del orden constitucional? Grabois y la CTEP más bien ofrecen por sí mismos evidencia de lo contrario: lo único que se profundiza en estos días es la paradoja de que el Estado argentino financia a grupos que se comportan de forma cada vez más desleal con las reglas institucionales y desconocen toda legitimidad a las autoridades.

Probablemente sea cierto que los militantes que siguen a Grabois no se contaron entre quienes apedrearon a la policía de la ciudad. Pero ahora él apedrea simbólicamente a Macri, dando pasto para que los violentos vuelvan a las andadas. ¿No está incluso incitando a sus representados a imitarlos en la próxima ocasión?

Grabois puede pensar lo que le venga en gana de los vicios y defectos del presidente, pero no debería abandonar el camino de la argumentación racional para justificar sus posiciones. De otro modo quienes lo acusan de ser un apenas disimulado “trosko-kirchnerista”, para usar su propia terminología, tendrán la evidencia que necesitan para descalificarlo y así seguiremos profundizando los conflictos en vez de resolverlos.

Si fuera cierto que el oficialismo pretende congraciarse con su público digamos más fanático y ordenancista, no se podría entender por qué luego de la frustrada operación de seguridad para contener las protestas del día 14 los uniformados fueron en extremo pasivos y aguantaron durante horas los cascotazos el 18. No es lo que cabría esperar que hiciera un gobierno cuyo “vicio” es la violencia.

Grabois se queja de no haber sido incluido en la negociación de la ley previsional, y lo mismo podrían decir otras muchas organizaciones sociales, la CGT, etc. Pero no puede ignorar que el proyecto fue concertado con gobernadores y legisladores de varios grupos de oposición, y modificado varias veces en ese trámite, incluso durante las sesiones legislativas sometidas a asedio. Nada de eso se acomoda a la categoría “llevar puesto a las patadas a todo el mundo”.

Es cierto que el proyecto en cuestión supone un ajuste, al menos inicial, pero es discutible que no vaya a ser compensado o no esté regido por un criterio de justicia, discutible como cualquier otro, pero que no merece ser ignorado. Para empezar, el criterio meritocrático de que reciban un mayor aumento, y una prestación que cumpla finalmente con el 82% móvil, quienes cobran la mínima e hicieron 30 años de aportes. Para Grabois tal vez eso sea “falsa meritocracia”, cosa de ricos y de insensibles. Por de pronto, se niega a cualquier discusión al respecto apelando a la autoridad de San Agustín. Pero en este caso puede que tenga efectos más redistributivos y sobre todo más justificados que en otros.

Porque es también discutible que el previsional sea el rubro de gasto público con efectos más redistributivos. Si entre quienes cobran una jubilación el porcentaje de pobreza es mucho menor que entre los niños y jóvenes entonces tenemos un problema intergeneracional a considerar, que alguien que trabaja en los barrios populares no debería ignorar tan frescamente. Si además los fondos que se ahorran en los próximos meses van destinados al gasto social en el conurbano, como se ha anunciado, ¿el cambio no terminaría siendo a favor de los pobres y no en su perjuicio?

Grabois podría decir que para que así sea habría que sacarle directamente a los ricos, a las empresas, a la clase media alta porteña, etc. Pero esa objeción desconoce que mientras se pujaba por los 50 o 60 mil millones del recálculo previsional por disposición oficial se incrementaron las tarifas para todos esos sectores más o menos pudientes por una cifra varias veces superior. Así que es discutible que se pueda hacer de momento mucho más por ese lado.

Lo que nos lleva a otra cuestión: tal vez el silencio de Grabois respecto a estas otras finalidades del gasto oculta un motivo inconfesado y más sustancial de alarma. Su diatriba contra los vicios reales o supuestos de Macri puede que esté en verdad originada en el terror que muchos en la oposición experimentan en estos días ante las más comprobadas dotes de Vidal y la perspectiva de que ella, con esos recursos extra en sus manos, pueda empezar a cambiar la situación de los pobres del conurbano en los próximos años, por encima de lo poco que han logrado hacer las administraciones peronistas y las organizaciones sociales en las últimas décadas.

Mientras tanto la violencia, sus causas y responsables seguirán dando que hablar. No es malo que así sea, porque argumentar al respecto puede que nos evite sumirnos cada vez más en el silencioso juego de acciones y reacciones del que ella se alimenta. En eso sí hay que reconocer que, con su sinceridad, Grabois ha hecho un aporte.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 5/1/18

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Vidal y su varita mágica antipiquetes

No estuvo nada mal como cierre del año: mostrar que para disolver los piquetes y desactivar los actos violentos que vienen afectando nuestra vida institucional el macrismo no tiene en sus manos solo a las fuerzas de seguridad, puede recurrir también a la espontaneidad, la cercanía y la dosis de coraje que brinda Vidal. Quien las ofreció como regalo de fin de año a una coalición de gobierno que va a necesitar y mucho de todos esos recursos en el período que se abre.

No era ninguna novedad que la gobernadora bonaerense cuenta en abundancia con esas dotes. NI que es raro encontrarlas en cambio, al menos todas juntas y en dosis suficientes, en otros dirigentes de Cambiemos, más cerebrales, distantes, y en ocasiones demasiado encerrados en sus despachos.

Por eso Vidal es considerada la más “peronista” de las figuras oficiales y el arma decisiva para penetrar en el electorado ajeno. Y por eso el temor padre que su figura despierta en el peronismo del conurbano, y la desesperación del kirchnerismo residual por evitar que le lleguen recursos y por acosarla con ataques de todo tipo.

Pero nunca su intervención había sido más directa y oportuna que en esta oportunidad. Después de los desmanes del 14 y 18 de diciembre y, más en general, de un largo año tapizado de manifestaciones acompañadas o cerradas con piedrazos, en que el Ministerio de Seguridad había sido reiteradamente desafiado a jugar en nombre del Estado la última carta para preservar un mínimo orden público, frente a grupos opositores cada vez más lanzados a demostrar el carácter represivo de las políticas gubernamentales, el simple gesto de la gobernadora de bajarse de su camioneta y enfrentar a un grupo de manifestantes marplatenses para que desistieran de cortarle el paso tuvo el efecto de un bálsamo celestial para un clima crispado, que había ido quedando vacío de palabras.

Y las palabras que usó Vidal en la ocasión fueron además de lo más acertadas. “¿A ustedes les parece que esta es la forma de relacionarnos? ¿Si ya habíamos convenido un canal de diálogo?”. Fin de la cuestión. Sólo dejó espacio para una disculpa y hacerse a un lado.

Claro que la varita mágica de la gobernadora no se puede esperar que tenga la misma eficacia en todas las circunstancias. De haber intentado usarla en la Plaza de los Congresos el lunes 18 seguro la hubiera pasado tan mal como los policías porteños. Pero ese no es el punto. No se trata de evitar el recurso a las fuerzas de seguridad, sino de hacer un poco más de política para que cuando ese recurso sea inevitable, no sea cuestionado por ilegítimo, ni haya que dejar que los tirapiedras manden 80 policías al hospital para adquirir momentáneamente algo de crédito.

Los argumentos y los gestos cuentan, y mucho, a este respecto. Y la intervención de Vidal echa sobre todo luz sobre lo necesario que resulta que alguien explique, cuando se va a producir un hecho potencialmente crítico o disruptivo en el espacio público, por ejemplo una sesión parlamentaria controvertida acompañada de movilizaciones, qué es lo que el Estado pretende hacer y por qué: si va a contener dentro de ciertos límites la manifestación y cómo va a hacerlo, dónde y con qué recaudos va a actuar, qué diálogo, con acuerdos o sin ellos, ha mantenido con los convocantes a la protesta, qué métodos se usarán para identificar actos ilegales y castigar a los responsables.

El famoso protocolo antipiquetes con que inauguró su gestión Patricia Bullrich fue en verdad una iniciativa bastante bien orientada en este sentido, pero falló probablemente por prematura, por no haber sido él mismo suficientemente explicado, y sobre todo porque el gobierno interpretó que lo ponía a la defensiva y lo abandonó en vez de sostenerlo: es que abría el paraguas, adelantando que habría que combatir la protesta social con nuevos métodos, antes de que la protesta se escalara. Recordemos que por entonces, comienzos de 2016, muchos en el gobierno creían que había que alimentar el optimismo y la buena onda, para que el pasado quedara atrás como un mal sueño. No funcionó.

Vidal ofrece ahora un método podría decirse que superador. Como diciendo “vamos con la policía al lado, pero antes que nada a explicar, discutir y exigir razones, porque tenemos buenas razones de nuestro lado y la disputa se juega ante todo en el terreno de los argumentos, sólo secundariamente en el control físico de la calle”.

Otro buen ejemplo de cómo, forzado por las circunstancias, el oficialismo va abandonando su limitadísima idea inicial sobre lo que es la comunicación estratégica, algo muy necesario dada la dimensión de los problemas que tiene que resolver.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 31/12/17

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Grabois y Moreau: ¿juego de pinzas para justificar la violencia?

Frente a la violencia política no hay grieta que valga, no se trata de “bandos en pugna”, es una cuestión básica de respeto al Estado de Derecho, que no admite ambigüedades. Y la pregunta que agita este fin de año al respecto es si ella volvió para quedarse. La respuesta más prudente creo que es “depende”, depende de lo bien que reaccionen las instituciones y los moderados que las hacen funcionar para contener el problema; también de lo decididos que estén los promotores de la escalada a sostener su estrategia a cualquier costo; y depende por último de lo que hagan quienes se ubican en una zona gris, no son activos en esa promoción, pero tampoco decididamente reactivos ni moderados.

En esa zona gris se mueve Juan Grabois, quien parece actúa en este y otros asuntos como vocero del Papa. E hizo profusas declaraciones en que se justifica y minimiza el problema.

Grabois, claro, no es Moreau, estrella del momento en el agitado mundo kirchnerista, hace unos años defensor militante de los ruralistas contra la 125, hoy entusiasta de la guerra contra Macri, siempre tan oportunista como fanático, quien no dudó en justificar que a los periodistas de Clarín se los apalee.

Pero la pregunta es si, por más que Grabois no comparta esas características ni esta posición, su enfoque de la violencia política pueda resulta tan o hasta más problemática que la del bien llamado “marciano” Moreau, dada su mayor representatividad.

Se trata del máximo referente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, una de las organizaciones de desocupados más numerosas y que más plata recibe del Estado, sobre todo desde que Macri está en la Presidencia. Y además hace un tiempo fue designado por el Papa como Asesor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz del Vaticano, es decir que Francisco lo considera persona adecuada para orientar su entera tarea pastoral en este campo. Debe prestarle mucha atención, y también a la inversa, cabe suponer que Grabois responde bastante fielmente a lo que sugiere decir y hacer el Pontífice en estos asuntos.

Por eso sus palabras sobre lo sucedido el lunes 18 en el centro porteño alarman. En esas declaraciones se muestra, por decir lo menos, como un dirigente poco leal a las instituciones y al propio Estado de Derecho que sostiene su actividad.

Según Grabois ese día la violencia “no fue organizada”, y la atribuyó a “un grupo ínfimo”. Dos vías para subestimar la cuestión algo contradictorias entre sí. Admitió además que se trató de un grupo “político”, al que igual quitó importancia y hasta responsabilidad por ser “estúpidos funcionales al gobierno”. Luego negó que se hubiera tratado de un episodio de “violencia social” pero sí lo vinculó con la “frustración y bronca” en las barriadas “por la exclusión social”. En suma, una confusa ensalada donde parece que nadie tiene la culpa más que el gobierno que genera exclusión y se aprovecha de los “estúpidos”.

Encima a continuación pasó un mensaje casi extorsivo: “el panorama viene muy feo y en estos días se va a profundizar…. El diálogo con el gobierno se cortó, estamos en una situación de emergencia… pensaron que como en dos años no habían tenido quilombos no necesitaban hablar más con esta gente”.

Por cierto, como cabe inferir de lo que dice el propio Grabois, buena parte de los que arrojaban piedras seguramente reciben algún tipo de recurso del Estado. O son empleados de un municipio, o beneficiarios de un plan, o miembros de algún otro programa social. Y según él actúan violentamente porque esos recursos están amenazados, o porque no los aumentan lo suficiente, o porque temen que sea así. Y puede inferirse que su propia organización se alinea en esta postura, asumiendo la actitud de representante de clientes enojados: “si no nos escuchan prepárense para lo que viene”.

Y la cuestión es aún más grave porque además de este juego extorsivo hay detrás, y el mismo Grabois lo deja entrever, un juego político todavía más perverso: dado que esta gente dispuesta a ejercer muy intensamente la violencia no se reconoce como “cliente” del Estado, sino de mediadores políticos que son por completo desleales al juego institucional, del que están quedando cada vez más marginados. Justamente por eso escalan su apuesta contra el sistema: temen quedarse del todo fuera en un futuro cercano, y entonces prefieren negarle legitimidad y dinamitarlo.

¿Y Grabois en particular, a qué juega en este contexto? Es evidente que se mueve en esa zona gris tan decisiva en la que no militan los activamente violentos, pero sí los que creen que esa violencia se justifica y no van a desautorizarla, porque sería “hacerle el juego al gobierno”. Una tesitura similar a la adoptada, al menos hasta aquí, por los massistas, parte del gremialismo más combativo, y cabe preguntarse, ¿también por el Papa?

Si su informante y vocero al respecto es el líder de la CTEP, no es de esperar que su comprensión de la situación que se vive en el país y el rol que ha decidido asumir ante ella vaya a mejorar mucho respecto a lo sucedido, por caso, con Milagro Sala, o con la señora Bonafini. Y el daño tanto para él como para las instituciones del país puede ser bastante mayor.

Porque lo cierto es que quienes se han lanzado al ejercicio de la violencia política no dan señales de desistir, no van a recapacitar ni a dudar de su estrategia al menos de momento. Y es indudable también que en la zona gris y ambigua en que se mueven los justificadores de la violencia se dirimirá en gran medida la suerte de nuestro sistema democrático: si cada vez más actores se ubican en esta postura entonces será más tentador para los primeros escalar todos los conflictos que se presenten, salir a la calle a romper todo, porque aunque por un lado “le hagan el juego al gobierno” también tendrán la esperanza de debilitarlo en el ejercicio de su autoridad, mostrarlo necesitado de recurrir a más y más represión, y volcar así a más y más gente a la zona gris, a adoptar una postura ambigua frente al Estado de Derecho, su legitimidad y eficacia.

Es por eso que resulta tan importante determinar si los caminos de los Moreau y los Grabois de este mundo convergen, o sólo circunstancialmente se han cruzado en estos días agitados de fin de año, pero estamos a tiempo de evitar que sus respectivas estrategias se alimenten entre sí.

Por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/12/17

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Piedrazo, el último argumento del nacional populismo

En su hora final los kirchneristas se sacan la careta y se comportan abiertamente como barra brava, émulos de los trotskistas y de la RAM se vuelven una fuerza decididamente antisistema, que a los piedrazos clama porque la repriman, mejor todavía si hay muertos de por medio.

La ciudad tendrá que reconstruir plazas y calles, y seguramente enfrentar juicios de unos cuantos frentistas de Avenida de Mayo. Pero el daño pudo ser mucho mayor. No siempre es fácil sostener este tipo de argumentos contrafácticos: ¿qué hubiera pasado si había un muerto por la represión, si entonces de nuevo la sesión se suspendía, si el método del asedio a los piedrazos sobre el Congreso se coronaba como medio legítimo cada vez que se discuta una ley controvertida? El mérito de que nada de eso sucediera se debe valorar, porque no es menor y obedece a que, algo tarde pero no tan tarde, el gobierno aprendió algunas lecciones. Y mientras tanto sus adversarios hicieron todo lo contrario, olieron sangre, se cebaron con ella y se enceguecieron en una seguidilla de errores que reveló su peor cara. Con lo cual todas sus simulaciones quedaron a la luz.

El verso de los infiltrados se terminó de desmoronar: ahora los violentos dieron la cara o al menos mostraron su identificación política, Partido Obrero, PTS, MST, ATE, SUTEBA y demás gremios kirchneristas, los pocos municipios que todavía responden a la señora, Avellaneda, Berazategui, un poco de La Matanza. Algunos que pensaban sumarse, como el Movimiento Evita, se tomaron las de Villadiego justo a tiempo, apenas empezaron a volar las piedras.

Los diputados k, por su parte, siguieron quemando puentes con el resto del mundo. Hicieron lo mismo que el jueves pasado, pero les salió mucho peor: hablaron adentro y afuera de la salvaje represión, pero no tuvieron que correr los riesgos de Mayra Mendoza, la joven pasionaria que quiso sacar las vallas para que avanzara la rebelión, porque los manifestantes más violentos ya se habían ocupado de voltearlas. Si de alguien pudieron recibir un golpe esta vez fue de sus propias fuerzas de choque enardecidas, que no se detenían a ver a quién apedreaban.

Igual dentro del recinto la cínica actitud del FPV se mantuvo firme hasta el final: hablaban de un pueblo movilizado sometido a salvaje represión, de “cacería de manifestantes” mientras en todas las pantallas se veía a policías recibir andanadas de cascotes y solo atajarse con sus escudos. Si los que tiraban piedras y quemaban todo a su paso eran infiltrados, unos “pocos lúmpenes” o “loquitos”, como se insistió en decir, hay que reconocer que no había allí nadie que no fuera una cosa o la otra, o todas a la vez. La consigna de correr y apalear policías parecía la única que unía a esa masa humana descontrolada. O salvajemente controlada. Y fue de ese bando que salieron la mayoría de los ataques a periodistas que el jueves anterior se habían contado entre los blancos de los balazos de goma.

Pero el premio mayor al cinismo se lo llevaron varios diputados que rogaron se levantara la sesión “para que no haya un muerto”, cuando sus agrupaciones eran las que estaban haciendo hasta lo imposible para que lo hubiera.

Así como el gobierno se dejó llevar por sus éxitos previos y se dio de cara con una pared el jueves 14, al kirchnerismo le pasó que su éxito de ese día lo empujó a cometer terribles errores este lunes. Porque lo ahora sucedido fue la contraimagen casi perfecta de la semana anterior: una minoría sin votos usando la violencia a mansalva para obstruir a las instituciones, y estas logrando funcionar pese a todo, sosteniendo el Estado de Derecho. Y el dispositivo de seguridad garantizando no sólo eso, sino que hubiera más heridos uniformados que entre los revoltosos, que la audiencia se cansara de ver encapuchados prendiendo fuego a todo a su paso, para recién entonces detener a los más exaltados.

De allí que no hiciera falta decir nada desde el oficialismo, todo quedó a la vista: el problema de partida no es si se ponen muchos o pocos gendarmes, es que hay actores decididos a ejercer la violencia en la calle para trabar y en lo posible inhabilitar a las instituciones, para empezar al Congreso.

¿Por qué lo hacen? ¿Cuál es su lógica política? Los troskistas siempre están buscando ocasión para este tipo de escenas, ¿pero qué sucedió con los otros participantes, los gremios y demás agrupaciones kirchneristas que dieron cierta masividad al delirio? El aislamiento y la derrota política son la razón principal.

El kirchnerismo se vuelve abiertamente violento a medida que pierde anclaje en el peronismo y en la política pluralista, la electoral, territorial y parlamentaria. Ya de los votos que sacó en octubre pocos quedan en sus manos y lo sabe: los intendentes bonaerenses y los gobernadores están ocupándose de aislarlo de esos votantes. Así que reacciona en forma refleja: “¡ah!, ¡¿me quieren dejar fuera del juego?! ¡Entonces cambio el juego y que se incendie todo!!”. Todavía tienen unos sesenta diputados para hacerse oír, pero no se sabe a quién representan, así que se representan a sí mismos, su desesperación de ya no ser. Y en la desesperación todo vale.

Subido a este tren antiinstitucional se entiende que el piedrazo se haya vuelto el lenguaje natural del sector: es popular, es el arma de los marginados, por tanto es legítimo frente a la bala de goma represiva, y por tanto ilegítima. Por lo que lo esperable es que sus protestas se sigan pareciendo cada vez más a los domingos de fútbol, pelearse con la policía será lo previsible, pasó ya en el cierre de las marchas por el caso Maldonado y ahora se volvió lo central del espectáculo.

El daño que esta estrategia pueda provocarle a las instituciones dependerá de todos modos no tanto de lo decidido que ese sector esté a insistir con los piedrazos, como de lo que suceda en la zona gris, donde actúan quienes quieren ser oposición, incluso dura y en la calle, y no saben si prenderse en el circo violento o descalificarlo.

La CGT advirtió esta vez algo tarde el problema, cuando ya estaba subida al baile con un paro inoportuno: “los violentos están desalentando de manifestarse a la gente común que no quiere que ajusten las jubilaciones” declaró cuando ya los piedrazos habían saturado a todo el mundo. Pero no alcanzó. Así que la UTA suspendió su participación en la huelga, toda una señal de que la central sindical necesitaba quitarle sostén a los ultras.

En cambio el massismo no se dio cuenta de nada: siguió insistiendo en su descalificación al proyecto previsional y al oficialismo en general, aparentemente cómodo en su abrazo con la izquierda y el kirchnerismo. Su jefe, que también se ha quedado sin votos, además de sin banca, evidentemente ansía recuperar el protagonismo perdido disputando el rol de oposición dura. Apenas se abstuvo de llamar prostitutas a los gobernadores, tal vez porque tampoco descarta reconciliarse con ellos en su ya conocido ejercicio de la ambigüedad.

Los cacerolazos de final de la noche también navegaron entre darle calor de masas a la violencia, volver a poner en víctimas de la represión a quienes habían quedado abiertamente en off side todo el día como victimarios, o despegarse de esa escena y apelar a la legititimidad del reclamo pacífico, para compensar aunque fuera en parte lo que había sido una palmaria derrota política.

En este marco, no casualmente las alusiones al 2001 y al helicóptero volvieron a hacerse presentes en las redes y en algunos carteles. Pero mientras la opinión mayoritaria se mantenga firme en rechazo a ese juego radicalizado difícilmente pueda él pasar a mayores. Nos espera un año difícil, en que el tiempo de patear para adelante el déficit fiscal ya se agotó, y todo el mundo lo sabe, pero en que también está probado que las fuerzas moderadas pueden encontrar la forma de cooperar para evitar más fracasos del estado y las instituciones.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 20/12/17

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Jubilados y represión: ¿el gobierno peca por duro o por blando?

Con el fracaso de la sesión de Diputados convocada para tratar el cambio en la fórmula de actualización de jubilaciones se desató, tanto dentro de la coalición oficial como en la opinión pública, una intensa discusión sobre en qué se está equivocando el gobierno tras las elecciones: ¿está tratando de ir demasiado lejos en el ajuste fiscal y la imposición del orden en las calles, o lo hace a medias y sin convicción, y entonces se deja torcer el brazo muy fácilmente en los dos terrenos?

¿El problema es Carrió que desautoriza a Bullrich al denunciar el uso de fuerzas de seguridad excesivamente represivas, y que ya antes había cuestionado el pacto con los gobernadores en que se sostiene el cambio jubilatorio? ¿O el problema nació con ese pacto, que descarga el ajuste en los más débiles, los jubilados que cobran la mínima, y con la idea de Bullrich de sostener políticas como esa con represión en las calles?

La cuestión es importante porque el oficialismo podría estar deslizándose sin darse cuenta de su hasta aquí cuidada moderación hacía un enfoque de los problemas tal vez algo más realista pero no más eficaz, en que trata de meter mano en los dilemas más complejos pero fracasa, y queda expuesto a cada vez más críticas externas e internas. Su cohesión con ello se vería afectada y encima terminaría dándole oportunidad a la oposición dura de recuperar parte de los apoyos y el espacio perdidos a lo largo del último año y en las recientes elecciones.

Como sabemos que todo el 2018 va a ser un año de ajustes, porque ya el tiempo de patear para adelante los problemas fiscales quedó atrás, es conveniente detenerse en este asunto, para saber lo que nos espera.

Tal vez la clave del problema no esté ni en una ni en otra de esas dos versiones simples y lineales de la situación: no es ni por blando ni por duro que al gobierno le pasa lo que le pasa, es porque las dosis de imposición y de negociación que está buscando no se calculan ni administran del todo bien.

Primera cuestión: la ilusión pos electoral de que al macrismo se le abría un horizonte despejado para avanzar inevitablemente tenía que desinflarse, aunque era evitable que sucediera tan pronto y tan dramáticamente. El exceso de optimismo le jugó al respecto una mala pasada, y no es la primera vez que le pasa.

Ahora nos inclinamos peligrosamente al otro extremo del péndulo de nuestra ciclotimia, y tendemos a ver obstáculos insuperables por doquier, que tampoco hay que exagerar. Pero lo cierto es que las cosas no le están saliendo tan bien al gobierno como se pensó que pasaría después de los comicios de octubre, y eso se debe no sólo a que no era correcta la imagen pública de supremacía y liderazgo, desarme de la oposición y alineamiento del resto del mundo que entonces se difundió, sino fundamentalmente a que al menos parte del gobierno compró con su habitual desborde voluntarista esa ilusión. Se confiaron en que su “reformismo permanente”, una vez que cobrara impulso, avanzaría removiendo obstáculos y sumando adhesiones, y la voluntad no alcanza para tanto.

Segunda cuestión: el ajuste a las jubilaciones no se explicó con sinceridad y claridad, ni se enmarcó en esfuerzos equivalentes o mayores de los más pudientes.

Los argumentos oficiales al respecto fueron entre equívocos y parciales. Se dijo que aunque hubiera una pérdida inicial ella se compensaría más adelante, una vez que la inflación disminuyera y los aumentos trimestrales fueran recuperando terreno, pero eso se cumplirá si el alza de precios cae a la velocidad que el gobierno promete, y ya las previsiones sobre la inflación futura fallaron demasiadas veces. Además aunque la nueva fórmula jubilatoria funciona como una suerte de cláusula gatillo para compensar a fin de año esas pérdidas iniciales, el mecanismo tampoco se explicó.

Por otra parte, se insistió desde el Ejecutivo en que el esfuerzo sería equitativo y también otros sectores harían sacrificios proporcionales, pero lo cierto es que el ajuste previsional terminó siendo la patada inicial del plan de recortes al gasto y el primer cambio sensible que se trataba en el Congreso, con lo cual esa promesa se desdibujó. En vez de hablar en abstracto de “ajuste del gasto político” hubiera sido bueno que ya desde un comienzo se redujeran cargos jerárquicos de altos sueldos, para mostrar que se avanzaba en serio en ajustarle el cinturón a los propios, y no quedaba también esa promesa, como tantas otras veces, en la nebulosa. Tampoco se explicó el enorme esfuerzo que significa para los consumidores y empresas los aumentos de tarifas que ya se han aplicado y los que pronto van a seguirles, tal vez con la idea de que era mejor tratar de que pasaran desapercibidos. Cosa que igual no iba a suceder. Por último, tampoco se explicó que, de todas las cuestiones que hay que encarar para resolver el enorme agujero fiscal, la previsional es por lejos la más grave e inescapable, y de todas las opciones que había a la mano para empezar a contenerla la que se propuso era la más suave y gradualista: que también habrá que corregir la edad jubilatoria, el escándalo de las cajas administradas aún hoy por las provincias, etc. etc.

Tercero, el gobierno cedió mucho a los gobernadores peronistas en la primera arena de negociación, esperando que la disciplina de los legisladores opositores moderados de esos distritos garantizaría un rápido tratamiento y hubiera poco o nada que ceder en las cámaras. Pero ese fue un grave error. Y encima estimaron que una vez que se sorteara el trámite en el Senado, en Diputados todo sería más fácil. Lo que fue un error aún más grave porque en la Cámara Baja hay mucha menos disciplina, también en el oficialismo porque allí está Carrió.

Los legisladores hacen su propios cálculos de conveniencia. Y los gobernadores esperaron a cobrar su beneficio por el ajuste, el incremento de transferencias a sus distritos, sin dar la cara en defensa de la parte impopular del acuerdo. Algo entendible, pero no previsto ni contrarrestado por el oficialismo, que quedó expuesto en soledad a defender una medida impopular. Cuando los gobernadores dividieron a sus diputados, mandando a algunos a sentarse y otros ausentarse, y a algunos a votar a favor y otros en contra, quedó claro el juego pero ya era tarde.

Y encima se le dio tiempo al kirchnerismo para armar una violenta movilización, que podría haber terminado con el Congreso incendiado. El operativo de seguridad se volvió entonces crítico, pero de nuevo, igual que les sucediera en Villa Mascardi semanas atrás, en el comando de las fuerzas a cargo se ocuparon poco de documentar lo que hacían los grupos violentos, y los diputados kirchneristas que quisieron abrirles paso hacía el Congreso. En su lugar dispararon balas de goma a mansalva y por momentos se ensañaron con quien tuvieron a mano, o detuvieron a quien no tenían que detener. Que en ese marco haya sido Elisa Carrió, en soledad, la que objetó la entera operación del Ministerio de Seguridad y decidiera levantar la sesión corona un encadenamiento de errores que no debería repetirse.

¿Puede el gobierno todavía salir del brete en que se metió? Como para las provincias en general sigue siendo absolutamente imprescindible aprobar el paquete acordado, incluyendo el cambio previsional, guarda esperanzas. Pero es claro que va a pagar un mayor costo político, y también fiscal (bono de compensación mediante). Le convendría de todos modos mientras tanto aprender de las duras lecciones que esta experiencia deja.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/12/17

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Pichetto y los gobernadores hunden a Cristina. Y luego la salvan

Su idea fue desde el principio aislarla y desconocerla como integrante del partido. ¿Por qué ahora la salvan del desafuero pedido por Bonadío? No para volver a levantarla, sino para terminar de liquidarla como figura política: será de aquí en más como esos jarrones feos que las familias no saben dónde ubicar en sus casas, para que no se rompan pero sobre todo no molesten.

El peronismo dio en las últimas semanas varias señales de que va camino a recomponerse y recuperar la iniciativa, contra casi todos los pronósticos formulados al respecto: entró así de lleno en su fase poskirchnerista recuperando sus instrumentos partidarios, legislativos y territoriales; al tiempo que definió una postura más desafiante ante las iniciativas de reforma oficiales. Le faltará de todos modo formar nuevos líderes y, claro, ese es otro cantar.

El dato más llamativo respecto al primer asunto es que Miguel Pichetto consiguió esta semana dos cosas que parecían muy difíciles de conciliar: dejar afuera de la bancada peronista en el Senado a la ex presidenta y su pequeño séquito de seguidores fanáticos (otros 8 senadores) y no perder frente al macrismo el rol de primera minoría en esa cámara, que el PJ conserva desde 1983.

Es cierto que lo consiguió por ahora con apenas un empate (controlará 25 bancas, el interbloque de Cambiemos podría reunir la misma cantidad), pero dado que hay alrededor de una decena de peronistas aún dispersos especula con lograr pronto el desempate. Y, lo más importante, demostró que no había que ceder a los cantos de sirena de los mediadores. Estos quisieron convencerlo que sólo “uniendo a toda la oposición” se podía preservar un papel digno para su fuerza política, que excluir a Cristina equivalía a resignar recursos de poder tal vez irrecuperables en manos del oficialismo, y en consecuencia también la competitividad de cara a 2019. No les hizo caso y sostuvo el rumbo de “exclusión y olvido”. Que encima al día siguiente el juez Bonadío terminó de consagrar con su pedido de desafuero.

Estas novedades se sumaron a las de la semana anterior en el PJ bonaerense: la lista de unidad sellada para renovar las autoridades partidarias en el distrito más complicado para el proyecto de “deskirchnerización”, donde muchos hasta hace poco pronosticaban que Cristina y su gente seguirían haciendo pata ancha gracias a sus tres millones y medio de votos, y la fragmentación que parecía condenar a los demás grupos internos a la impotencia.

Sucedió sin embargo que la “renovación” avanzó también allí a paso firme, sin preocuparse ni por esos votos ni por los mencionados pronósticos y superó sin problemas los obstáculos para sumar a casi todos detrás de una nueva conducción. Hacen bien los dirigentes peronistas en no prestarle demasiada atención a los pronósticos agoreros sobre su futuro. O tal vez son esos pronósticos los que están acicateándolos a hacer las cosas un poco mejor que hasta aquí.

¿Qué fue lo que pasó concretamente en Buenos Aires? Que el kirchnerismo residual intentó resistir el recambio de autoridades partidarias, y mantener a Fernando Espinoza al frente del PJ bonaerense por otros cuatro años más, lo que hubiera significado congelar cualquier intento de involucrar al partido del principal distrito del país en el movimiento de “renovación” que ya tomó el control de la situación en casi todo el resto del territorio nacional. Pero ese intento fracasó en toda la línea. Espinoza vio que iba camino a una dura derrota en las internas programadas para el 17 de diciembre, frente a una inesperadamente amplia coalición de intendentes ex kirchneristas, massistas y randazistas, así que se rindió; a cambio de unos pocos cargos menores se plegó al bando de los vencedores, encabezado por Gustavo Menéndez de Merlo y Fernando Gay de Esteban Echeverría, al que se sumaron también, vistas las circunstancias, todas las facciones sindicales.

¿Quiénes se quedaron afuera? Cristina y la Cámpora, que se declararon “prescindentes”. Lo que en un gesto de aún mayor ocurrencia Menéndez y Gay agradecieron: “hicieron mucho por la unidad” fue su explicación. Una suerte de invitación a que sigan haciendo lo mismo, es decir, correrse del medio y no molestar. No piensan extrañarlos. Y para dejar claro que comparten la idea de “exclusión y olvido”, se dedicaron en los días siguientes a mostrarse moderados y colaborativos con Vidal y reunirse con todos los gobernadores peronistas a la mano.

¿Y con los famosos tres millones y medio de votos qué pasará? Esta coalición “renovadora” sabe muy bien que esos votos ya no existen, que en las semanas siguientes a la elección Cristina perdió la mayor parte, entre su insistencia en mantener Unidad Ciudadana y la estrategia de la Resistencia, la disposición de todos los demás a hacerla la única responsable de la derrota y los avances judiciales contra sus ex funcionarios y cada vez más contra ella misma. Fin de la cuestión: nadie piensa que Cristina vaya a ser una amenaza grave para el futuro si sigue aislándose sola, los jueces antes protectores ahora no le dan cuartel (lo que no hay que descartar que esté también motivado en viejas solidaridades peronistas), y encima a la economía, al gobierno, y por tanto también a los opositores moderados que negocian con éste, les va medianamente bien.

El kirchnerismo sólo tendría posibilidades de sobrevivir entonces como una pequeña secta radicalizada, compitiendo por los votos antisistema con los trotskistas y grupos parecidos. Algunos lo vienen comparando con pretendida alevosía con el Frepaso, pero ni siquiera: eso es faltarle el respeto a la memoria del ahora incinerado pero alguna vez innovador y desafiante Chacho Álvarez.

Con esos avances partidarios, el peronismo sindical y legislativo también avanzó en la segunda cuestión, una posición más dura ante las iniciativas legislativas del gobierno, en particular las previsionales y laborales. En concreto, la oposición le puso aún más peros de los que el gobierno ya había aceptado en la mesa de negociaciones con los gobernadores. Los cambios laborales quedaron de momento en suspenso, y los previsionales van camino a ser de nuevo recortados, con una fórmula de incremento de haberes que reducirá peligrosamente el ahorro previsto.

Pichetto fue clave en esas dos jugadas. Él insiste en que quiere colaborar pero el gobierno impulsa medidas que sólo puede votar tapándose la nariz, y que tiene además que mantener en caja a quienes quieren romper todo y volver a la calle. La vieja historia del policía bueno y el policía malo. Dice además que al peronismo le falta recorrer un largo camino para volver a ser mayoría. Y eso es cierto, porque sin un nuevo liderazgo en 2019 casi seguro va a volver a quedarse sin la Presidencia otros cuatro años. Pero mientras tanto no pierde el tiempo y trabaja para en principio minimizar esa derrota, que las cosas sigan como están ahora, con un gobierno de Macri necesitado de negociar todas las medidas que tome, y una oposición afirmada en las provincias, los municipios y los gremios cobrándole lo más posible por su aval.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/12/17

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