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Partidos argentinos: más adaptación, menos debate

En los últimos años ha surgido un contrapunto entre los analistas de la política argentina respecto a la actualidad de los partidos. Por un lado están quienes reiteran hasta el hartazgo que los partidos están en crisis y hasta en vías de extinción. Se argumenta en tal sentido que el sistema político está estructurado sobre la base de figuras, los candidatos, y que los partidos como tales no logran generar fuertes vínculos de representación. Por el otro lado, están quienes remarcan que los viejos partidos que han dominado la vida política argentina durante la mayor parte del siglo XX, el peronismo y el radicalismo, siguen haciéndolo aún hoy, mientras que los intentos por generar figuras por fuera de las estructuras partidarias suelen tener la fugacidad de la popularidad de un líder. En esta segunda posición se subraya el poder institucional con el que cuentan peronistas y radicales: control de gobernaciones, de municipios, del Congreso y, con alguna excepción, de las candidaturas presidenciales con más chances.

Estas dos posiciones aparentemente antagónicas sobre la realidad de los partidos – la que habla de crisis y la que apunta a su persistencia y vitalidad – son mucho más complementarias de lo que sus defensores suelen reconocer. Sólo que mientras unos miran la relación de los partidos con la sociedad, y por lo tanto analizan el rol representativo de los partidos, los otros se enfocan en el vínculo entre los partidos y las instituciones estatales, y por lo tanto en el rol gubernativo.
Es obviamente cierto que los ciudadanos están mayormente alejados de los partidos y que las identidades partidarias se han resquebrajado. Esta es una realidad que, como muestran centenares de estudios comparados, es poco menos que universal.
En Argentina, y contra lo que a veces se cree, ni el peronismo ni el radicalismo suponen ya identidades extendidas en la sociedad. El caso del peronismo es quizá el más llamativo. La existencia de una base electoral tan extensa como persistente ha llevado a muchos a asumir que el peronismo sigue constituyendo hoy en día una identidad política que alcanza a una importante porción de argentinos. Pero mientras los datos electorales apuntan en este sentido, los estudios sobre el tema muestran otra cosa. Por caso, una reciente encuesta de Giacobbe muestra que alrededor de un 13 por ciento de argentinos se identifica como peronista (y cerca de un 6 por ciento como radical), números aún importantes, pero que están lejos de explicar las abultadas cifras electorales. Precisamente lo notable de estas fuerzas, y especialmente del peronismo, es que su repliegue en términos de identidad social es acompañado por un afianzamiento en el poder institucional. En otros términos, mientras se derrumba su rol representativo, se fortalece su rol gubernativo.

Por supuesto, los partidos se encuentran hoy con la misma necesidad que han tenido siempre de agregar una multitud de voluntades individuales a la hora de votar. Sólo que actualmente lo hacen en el marco de sociedades complejas e individualizadas, en las que las identidades colectivas están muy escasamente ligadas a cuestiones ideológicas y menos aún a los grandes hitos que dieron origen a estos partidos. En verdad es imposible analizar lo que los líderes partidarios hacen hoy sin contemplar que, según datos recientes, entre quienes tienen mucho y algo de interés en la política apenas se alcanza al 30 por ciento los argentinos. Y pese a la reivindicación que se hizo en los años kirchneristas de la militancia, quienes participan de actividades partidarias no llegan al 5 por ciento. Tampoco cabe enojarse con los partidos por esta situación.
En Argentina, como en tantos otros lugares, los partidos se han escindido estructuralmente de la sociedad, para devenir en estructuras semi-estatales de gobierno. Su vínculo más permanente y definitorio se da en cambio con el estado, de donde obtienen recursos para su reproducción y legitimidad, a partir del ejercicio del gobierno, para reclamar votos. Los ciudadanos en general descreen de los partidos, pero los observan como un mal necesario, una suerte de servicio público para el funcionamiento de la democracia. Pero este vínculo con la sociedad es más bien contingente y débil.
Exigir en términos abstractos que los partidos tengan hoy las mismas características y cumplan con similares funciones a las que tenían hace 50 años no parece tener mayor sentido. El mutuo alejamiento entre sociedad y partidos, ha dado lugar a nuevos tipos de vínculos entre ambos polos de esta relación. Si se quiere, la fórmula más o menos estratégicamente adoptada por los partidos para relacionarse con la sociedad puede resumirse en los siguientes términos: vínculos más débiles y contingentes que los del pasado pero con un universo potencialmente más amplio de votantes.

Lo interesante de observar es cómo han hecho partidos con tantas décadas en sus espaldas, surgidos en contextos en los que no existían ninguno de los medios usuales de comunicación actual, para reinventarse y seguir dominando la escena electoral. No son pocos los viejos partidos que, en América Latina y otros escenarios, han perecido en décadas recientes por su incapacidad de adaptación. Al respecto, se ha dicho ya reiteradamente que el peronismo ha sido particularmente exitoso en este campo a partir de combinar enormes dosis de flexibilidad ideológica con el control de vastos recursos estatales. Lo cual que le ha permitido erigirse en una formidable maquinaria electoral. Tal como ha sugerido Marcos Novaro, una de las claves del predominio peronista debe hallarse en su capacidad para procesar el sentido común del votante medio argentino en cada etapa histórica, al menos desde fines de los 80s a la fecha. Pero el resto de los competidores parece haber atendido a esta lección de la historia reciente. De modo que casi todos apuntan hoy a adquirir estas “virtudes” organizativas en las que la flexibilidad ideológica y el amplio margen de maniobra de los líderes es un pilar central. En todo caso, las grandes estructuras partidarias argentinas han asumido hace rato su propia identidad como gigantescas maquinarias electorales fundamentalmente orientadas a ganar elecciones, exigencia necesaria para garantizar su acceso a las estructuras estatales que posibilitan su reproducción.
Es imposible sorprenderse, en este contexto, que un escenario más que propicio que pueden valorar los candidatos para conectar con sus votantes sea justamente el de un programa de entretenimientos. Programa que, por otra parte, y a diferencia de casi cualquier otro canal de comunicación, se mira masivamente tanto en los coquetos barrios del norte de la capital como en las periferias más postergadas del país. La flexibilidad y el pragmatismo son normalmente recursos valiosos en la competencia electoral, aun cuando su uso en las dosis a las que nos tienen acostumbrados nuestras principales fuerzas políticas nos deparen un debate electoral menos edificante que el que algunos desearíamos.

Publicado en La Nación, 17.05.2015

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El canje de 2005 no fue tan bueno como creemos. Las precauciones para luego de arreglar

por Juan José Cruces*

Las cifras de aceptación global a las reestructuraciones de nuestra deuda, 76% en 2005 y 92% en 2010, ocultan cuestiones importantes, tanto sobre el pasado como sobre el futuro. Usando una metáfora oncológica, la operación de 2005 dejó importantes partes de tumor en el cuerpo, la operación de 2010 ayudó a reducir el tumor pero no lo eliminó, y el mismo ha vuelto a crecer desde entonces, ante la decisión del paciente de no abordar el problema y dejárselo al próximo presidente. ¿Cómo eliminar el tumor y cuidarse hacia futuro?

cruces

 

150 bonos

La deuda que se defaulteó en 2001 no estaba instrumentada en un único bono, sobre el cual quedan 8% de hold-outs, sino en 150 bonos diferentes, cada uno de los cuales tuvo su propia tasa de rechazo. Un tenedor litiga por su bono, normado por el contrato individual del mismo. No hay agregación o pooling de bonos, bajo las condiciones vigentes para regir esos contratos.

El gráfico muestra la tasa de rechazo (hold-out rate) en 2005 (barras verticales azules) y la que queda luego de 2010 (barras verticales rojas). Los 150 bonos están ordenados de mayor a menor porcentaje de hold-outs remanentes para cada uno. Las líneas horizontales muestran el rechazo promedio de cada canje, 24% y 8% respectivamente. Los primeros tres bonos tienen casi 80% de hold-outs remanentes. En el otro extremo, hay 24 bonos sin hold-outs, más 43 bonos con menos de 3% de hold-outs.

2005

Como muestra el gráfico, el canje de 2005 tuvo altas tasas de rechazo en gran cantidad de bonos. De hecho, hubo nueve bonos para los que más de la mitad de sus tenedores rechazaron el canje. La heterogeneidad de la aceptación tiene varias causas, pero una importante es que la quita ofrecida era diferente para distintos bonos viejos: los tenedores de bonos con más quita aceptaron menos el canje que los tenedores de bonos con menos quita.

Si bien a la postre terminamos pagando bastante, el valor a 2005 de lo ofrecido fue muy bajo por una mala ingeniería financiera (cupón PBI). Ello también favoreció el rechazo. Aunque nuestra sociedad esté muy orgullosa de aquella reestructuración, en ella se sembraron las semillas del problema que aún tenemos pendiente.

2010

El gráfico muestra que el canje de 2010 mejoró sustancialmente la cuestión, logrando reducir los hold-outs en numerosos bonos. ¡Fue una buena política! Pero, lamentablemente, aún quedan hold-outs, y buitres especialmente atrincherados en unos pocos bonos. El principal problema pendiente está concentrado en cinco bonos para los que entre 31% y 82% de tenedores han rechazado ambos canjes. Quedan además 54 bonos con rechazos superiores al 7%.

Al no haber abordado el problema a tiempo, el mismo ha ido creciendo de manera exponencial, complicando al próximo presidente. Esto se debe a la acumulación de intereses judiciales a tasas que van hasta el 9% anual, en adición al interés normal de los bonos que se sigue devengando. Pero parte de la no resolución se debe a la Ley Cerrojo y a la cláusula RUFO, hechas para inducir aceptación del canje de 2005. Resolver el problema va a requerir la derogación de esta ley y de la de Pago Soberano.

Responsabilidad ajena o propia

Es cierto que el financiamiento externo permitió extender la vigencia de la convertibilidad más allá de lo que, con el diario del lunes, parece aconsejable. Y que 2001 y 2002 fueron enormemente traumáticos para nuestra sociedad –la misma que tan solo dos años antes pedía a gritos que siga la convertibilidad. Pero no podemos permitir que el resentimiento resultante para con los acreedores nos haga tomar malas decisiones hacia adelante. La deuda es la acumulación de déficits fiscales pasados, de modo que la raíz primaria de nuestro endeudamiento es nuestro hábito de tener un gasto público que supere a los ingresos fiscales. La macroeconomía segura requiere solvencia fiscal tanto como el manejo seguro requiere conducir a velocidad adecuada. Mantener déficits fiscales imprudentes persistentemente es como andar por la ciudad a 100 km. por hora: a la corta o a la larga, chocás.

Resolver el problema pendiente con nuestros acreedores es requisito para que vuelva a nuestro país la inversión que cree puestos de trabajo. Y restablecer la solvencia fiscal, una vez resuelto el problema de los hold-outs, es requisito para cuidar a nuestra población más vulnerable de futuras crisis. A menos que queramos quedarnos de brazos cruzados, despotricando contra el universo porque la tierra es redonda.

 

* Profesor, Universidad Torcuato Di Tella.

 

 

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Scioli: un conservador que promete protección, no soluciones, a pobres y ricos

No se trata en verdad de un caso excepcional: es típico de las coaliciones conservadoras unir a porciones extremas del electorado en su compartido temor ante posibles cambios, que implican inevitablemente riesgos, a los que los ricos suelen resistirse por estar conformes con su situación, y los pobres porque temen perder lo poco que tienen.

No es tampoco la primera vez que el peronismo se propone como una salida de este tipo para los líos en que ellos mismos u otros han metido al país. Aunque tal vez nunca lo haya hecho tan abiertamente y sin matices como hoy. Scioli es, en este sentido, todo un experto y también un innovador.

Es bastante insólito que muchos lo consideren “un buen gestor”, visto el estado en que va a dejar la mayor provincia del país, después de ocho años de “gestión” ininterrumpida en que disfrutó de una inédita masa de recursos que gastó realmente mal. Al respecto tal vez no hay sido tan exagerado la sentencia que lanzó hace poco Eduardo Duhalde, según la cual el ex motonauta ha sido el peor gobernador bonaerense de los últimos treinta años y de los próximos veinte. Pero hay en cambio algo más que refinada y onerosa campaña publicitaria detrás de otras virtudes que se le reconocen a Scioli y que él está tratando de explotar al máximo en su carrera a la Presidencia: el ser un sobreviviente de mil batallas, o el haber conciliado conflictos difíciles con equilibrios tejidos con paciencia. Justamente el tipo de talentos conservadores que hacen falta para evitar que pasen cosas graves, o si algún mal es inevitable evitar que se desate de repente y sin control.

Muchos analistas advierten que una disposición de este tipo puede funcionar muy mal para la nueva etapa que enfrentará la política y sobre todo la economía argentina a partir de 2016. Economistas expertos en el manejo de crisis han señalado incluso que el gradualismo que nos quieren vender Scioli y sus asesores como panacea para salir sin costos del brete en que nos dejará el kirchnerismo dilatará las cosas en vez de resolverlas y puede desembocar a mediano plazo en algo peor que lo que en principio pretende evitar, un ajuste descomunal y caótico al estilo Rodrigazo.

Pero lo cierto es que la mayor parte de los votantes dista de hacer este tipo de cálculos y proyecciones. Se comporta según sus expectativas y temores más inmediatos. Y en particular sus temores a lo que el futuro próximo puede depararle son hoy bastante intensos. Y son además intensamente alimentados por el discurso oficial.

Los más ricos y los más pobres de la Argentina pocas veces estuvieron más alejados en términos de sus ingresos, sus posibilidades de desarrollo futuro, sus recursos para influir en el curso de la política nacional. Pero también pocas veces estuvieron más de acuerdo en una preferencia electoral: ambos se inclinan mayoritariamente por una opción que les garantice que no van a perder lo que tienen, aunque sea una solución mediocre o directamente mala para atender otras expectativas más ambiciosas que puedan albergar, o para componer un orden económica e institucionalmente sustentable.

Claro que lo que se quiere conservar en cada caso es muy distinto, y pesa muy desigualmente. Unos buscan que sus cuotas de mercado, rentas aseguradas por políticas selectivas y precios arbitrarios y sus ventajas crediticias o cambiarias no se evaporen. Los otros se conforman con unos magros ingresos para malvivir, un acotado plan social, un puesto subordinado en el sector público o una precaria prestación previsional.

Capitalismo de amigos y populismo de subsistencia no ofrecen una imagen muy estimulante que digamos, pero como se sabe entre ambos pueden bastarse para reproducir el poder político necesario para gobernar. Porque por más que Kicillof se niegue a contarlos, los pobres o casi pobres son una casi mayoría. Y porque alcanza con el beneplácito de un número de poderosos empresarios, sino para asegurar el crecimiento, al menos sí para que la economía mantenga un nivel de actividad y de empleo que deje a unos y otros conformes.

Hay analistas de opinión pública que sostienen que este tipo de peronismo centrista que encarna Scioli, tras los avatares del peronismo más de derecha de los años noventa y el más izquierdista de los últimos quince años, es lo mejor que nos podría pasar, nos ofrecerá una gobernabilidad sin desbordes y exageraciones. Lo que no dicen estos analistas es todo lo que habrá que resignar para que esto funcione satisfactoriamente.

Quedarán afuera las expectativas de los sectores más dinámicos, innovadores y que no se resignan a vivir en una democracia opaca y mediocre. Pero no sólo ellos. También muchos que por su capacidad de acción colectiva aseguran que la paz social del prometido orden conservador sería bastante precaria.

Se observa ya desde ahora el problema en los sindicatos. Los dirigentes de gremios de sectores productivos saben que no hay mucha chance de mejorar la situación de sus representados por esta vía. Por eso desde hace tiempo que retacean su colaboración: el mal humor se extiende desde los grandes gremios de servicios hasta los de ramas industriales muy afectadas por estos años de estancamiento.

También dentro den las empresas se vive una situación paradójica: los profesionales hasta el nivel de dirección tienden a preferir algo más de cambio, lo que es lógico pues son los más afectados por la falta de crecimiento y el mazazo del impuesto a las Ganancias, mientras que entre los dueños y los CEOs predomina la aversión al riesgo. La preferencia de estos últimos por Scioli en algunos casos ha sido manifiesta y desmintió recientes divorcios con la línea oficial. Incluso algunos otrora entusiastas adherentes a las proclamas por la renovación republicana hoy se muestran conciliadores no sólo con Scioli, también con Kicillof, que está dando prueba en las paritarias en curso de hasta qué punto el pragmatismo puede servir para disolver las diferencias entre peronistas y kirchneristas: si las prioridades son asegurar el gasto público, el empleo y el nivel de actividad, a los ingresos de los asalariados, agremiados o no, no hay problema en convertirlos en variable de ajuste.

Scioli cree tener por delante un camino más o menos despejado, una vez anestesiadas las resistencias del kirchnerismo duro y, gracias al declive de Massa, orientado el rumbo a la reconciliación de la gran familia peronista. Aunque se polarice la elección: Macri tendría un techo electoral en principio más bajo que el suyo, así que podría ganar 40 a 30, o 45% a lo que sea que sume el jefe del PRO.

Pero esa seguridad que transmite, y que es uno de sus principales activos ante la sociedad, es un poco ilusoria y puede volverse en su contra. Igual que su imagen de “buen gestor” es bastante cartón pintado, y cuando se enfoquen las luces de la campaña en sus costuras y piolines, por más que haya logrado sobrevivir hasta aquí a todo tipo de contratiempos, metidas de pata y desastres sociales en su distrito, nada asegura que siga siendo tan competitivo como hoy parece.

Lo bueno de la campaña que se está iniciando es que exigirá de todos la máxima atención a los detalles y puede terminar siendo un espectacular ejercicio de educación ciudadana. ¿Es cierto como insinúa Scioli que no importa que sigan los mismos que están hoy al frente de las máximas instituciones autárquicas del estado, la Procuración, el Banco Central, la UIF, la AFIP?, ¿sería lo mismo Mariotto en la vicegobernación que Kicillof en la vicepresidencia?, ¿si lo que denunció Nisman fue un mamarracho hay que suponer que también lo son los fiscales que lo avalaron, las investigaciones de Bonadío, Fayt y compañía? Puede que cinco meses de campaña sea demasiado tiempo para no contestar ni estas ni otras preguntas incómodas.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 18/5/15

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El relanzamiento de Massa duró un suspiro. ¿Festejará Macri o Scioli?

El acuerdo con De la Sota y el acto en Vélez parecieron darle aire a su decisión de sostener hasta el final su candidatura presidencial. En el clímax del entusiasmo por el aliento de masas recibido en el estadio, Massa prometió: “llegaremos a octubre”. No era mucho, pero eso fue hace poco más de una semana. Hoy suena exagerado. Tras la partida de Giustozzi y Cariglino del FR, y los rumores de que las fugas se repetirán, ese acto podría recordarse casi como una despedida.

Encima ya De la Sota avisó que sus plazos son aún más cortos que los del propio Massa: su acuerdo es por 40 días, justo hasta que lleguen las elecciones de Córdoba. Que son las que realmente importan al mediterráneo: con la compañía de Massa espera evitar que los votos opositores de su provincia se vayan todos con Aguad, y así retener la gobernación a través de Schiaretti. Después de eso verá.

Massa tal vez haya logrado evitar, con el acto de Vélez y el alejamiento de Cariglino, que sean otros los que decidan sobre la sustentabilidad de su carrera hacia la Rosada. Pero eso no significa que haya escapado a la necesidad de decidir él mismo abandonarla si su candidatura sigue perdiendo sustento y va camino al desastre. El problema es que, a diferencia del de Scioli o de Macri, el suyo no es un espacio con un piso muy sólido que digamos, por lo que bien pronto podría perforar la psicológica barrera del 15% y entrar en una situación desesperada. Llegado a ese punto, ¿tendría chances aun el plan B de ir por la gobernación? ¿No habría perdido su atractivo para los potenciales aliados?

Mientras tanto otros interrogantes desvelan a sus competidores: ¿quién se beneficiará del declive massista y cómo lo hará?, ¿será posible acordar con el jefe del FR o conviene ir a por sus coroneles?, ¿sumarlos a éstos garantiza arrear los votos que hasta aquí se agruparon en ese sector? Scioli y Massa tienen distintas ideas al respecto pero una misma preocupación: esta puede ser la batalla decisiva para la carrera presidencial, y podría resolverse bastante pronto.

Las encuestas más confiables arrojan un estado de situación que, si la expresión no estuviera gastada, se podría definir como de “empate técnico”: entre 30 y 31 puntos para Scioli y 28 a 29 para Macri; con Massa en una zona bastante relegada, entre 15 y 18 puntos.

Es difícil decir si esta foto se ha estabilizado o no, pero el hecho de que se haya mantenido más o menos sin cambios en el último mes, y en particular que los decepcionados de Massa en las últimas semanas, igual que sucedió con buena parte de los anteriormente inclinados a favor de Cobos y Binner, hayan engrosado el campo de los indecisos antes que nutrir a los dos candidatos con más chances, parecería indicar que estos han tocado sus respectivos techos. O dicho de otro modo, que han obtenido todo lo que podían dar sus respectivas estrategias de crecimiento fácil y se enfrentan por tanto a un desafío mayor de aquí en adelante.

Scioli creció todo lo que podía sobre el voto oficialista, y si bien no perdió muchas adhesiones en el campo moderado o independiente al “kirchnerizarse”, contra lo que pudo esperarse, tampoco es que ha logrado conquistar nuevos territorios. Todavía está por verse si de ese 30% de apoyos con que cuenta una parte no tendrá que compartirla con Randazzo en las PASO, lo que podría colocarlo en esa elección algo por debajo del voto a Macri.

Este recibió un espaldarazo importante con las PASO porteñas pero difícilmente eso alcance para que perfore su propio techo. En su espacio político no comparte tantos votos con otros aspirantes (Carrió y Sanz siguen muy relegados) por lo que tiene posibilidades de ser el más votado en agosto, aunque el FPV logre reunir globalmente más adhesiones.

Estos respectivos techos son de naturaleza a la vez social, territorial y política. En términos sociales Scioli tiene un serio problema con los sectores medios urbanos, tal como mostraron las elecciones porteñas, y también las de Rosario. Esta es una condición que ha acompañado persistentemente al kirchnerismo, con la sola excepción de la elección de 2011. Si Scioli acepta, como todo parece indicar, a Kicillof como compañero de fórmula es más bien remota la posibilidad de que la situación vaya a cambiar.

Inversamente, el problema de Macri está en los sectores bajos de la periferia de las grandes ciudades y del norte del país. Ha logrado avances en el interior de la provincia de Buenos Aires y en el primer cordón del conurbano, pero en el segundo y tercer cordón, que en conjunto reúnen cerca del 20% del voto nacional, sigue tercero lejos. Si sumamos a eso el voto norteño, que tal como demostraron los resultados de Salta también le es esquivo (y difícilmente ello vaya a cambiar por más que a algunos candidatos locales de la UCR les vaya bien en elecciones en general desdobladas) puede visualizarse la dimensión del desafío que tiene por delante. Se corresponde con un porcentaje de rechazo más alto que el de Scioli: encuestados que en ningún caso votarían por el jefe de gobierno porteño y asocian su eventual triunfo con el temor a “perder lo conseguido”, en términos de empleo, planes o ingreso.

El desafío para ambos, más en términos estrictamente políticos, es en realidad el mismo: responder a la pregunta “¿cómo van a gobernar?”, “¿cómo sigue esta historia?”, que se corresponde con una muy difundida incertidumbre sobre el futuro: luego de la etapa signada por el optimismo que se consagró con la elección del 2011 se ingresó en una fase de decepción y pesimismo, que entre 2012 y 2013 se expresó tanto en protestas sociales como el apoyo electoral a la oposición; desde entonces vivimos en una era de incertidumbre, donde el enojo ha dado paso al temor. En este marco todos los candidatos deben enfrentar una tal falta de perspectivas compartidas que sólo simplificada o interesadamente puede interpretarse en los términos de la alternativa entre “cambio” o “continuidad”.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 11/5/15

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Bachelet y Rousseff se hunden donde CFK flota, ¿triunfo del cinismo?

Si comparamos la situación que viven las tres presidentes actualmente en ejercicio en la región, Rousseff, Bachelet y Cristina Kirchner, podríamos sacar una conclusión decepcionante: conviene mentir y negarlo todo, y si te sorprenden mintiendo patear el tablero y ocultar las evidencias en la polvareda, porque reconocer errores y tratar de corregirlos es riesgoso, siempre implica costos y suele no ser premiado por los votantes.

Bachelet asumió el poder hace poco más de un año con más de 60% de aprobación. Pero al poco tiempo estalló un escándalo que involucró a su hijo en un caso de tráfico de influencias. Una acusación, convengamos, que no hubiera hecho mucho ruido entre nosotros, acostumbrados como estamos a que el hijo de la presidente y sus mismos progenitores estén sospechados desde hace años de administrar un emporio del fraude y el lavado de capitales y nadie de jamás una explicación. Pero en Chile estas cosas se toman más en serio, así que el acusado renunció de inmediato a su puesto en el gobierno y se sometió junto a sus supuestos cómplices a una exhaustiva investigación judicial. Pese a ese paso al costado, a que aparentemente sólo habría habido la tentativa de delinquir, y a que la presidente encaró una serie de medidas para promover la transparencia y combatir la corrupción, y pese también a que la economía chilena sigue creciendo y no hay problemas alarmantes en otras áreas del gobierno, la popularidad de Bachelet se derrumbó y hoy está entre 25 y 30 puntos.

Rousseff y sus compinches del PT parecen haber adquirido hábitos bastante más parecidos a los de nuestros gobernantes a lo largo de sus años de ejercicio continuado del poder. Pero la comparación entre la suerte de aquellos y estos también arroja algunas diferencias llamativas. Rousseff reasumió la presidencia de Brasil en enero de este año, muy condicionada tanto por las mencionadas sospechas como por el estancamiento de la economía. Cuando esas sospechas se confirmaron, por la confesión de un ex directivo de Petrobras, acorralado por los jueces, sobre la existencia de una extensa red de corrupción en la empresa y el gobierno, la popularidad presidencial se derrumbó. Y no se recuperó pese a que, igual que en ocasiones similares vividas durante su primer mandato (a diferencia no sólo de Cristina, también de Lula) echó funcionarios, prometió una amplia investigación y se sometió a los tribunales. Con sólo entre 13 y 15 puntos de imagen positiva, Rousseff enfrenta una opinión mayoritaria que no le cree o directamente quiere que se vaya.

¿Y por casa cómo andamos? CFK no logra tapar del todo los escándalos de corrupción que involucran a sus funcionarios, a su familia y sus amigotes empresarios, pese a que ha sometido a buena parte de la Justicia y los medios a sus dictados. Pero bastante bien se las arregla: negando las acusaciones, conservando de su lado y en sus cargos a los sospechosos, y echándole la culpa de las sospechas a jueces, fiscales y periodistas “conspiradores y reaccionarios”, mentirosos y amigos de los buitres y el imperialismo, ha conseguido que las causas se traben o abandonen, la corrupción siga sin importarle demasiado a la gran mayoría y muchos se cansen de las acusaciones que no conducen a ningún resultado. Así, pese a que desde hace 7 años y medio gobierna en forma directa y 12 “en familia”, que hace casi 4 años que la economía no crece y la inflación no se detiene, y lo mismo sucede con otra cantidad de problemas sin solución a la vista, Cristina Kirchner todavía consigue que alrededor de 40% de los argentinos la aprecie y menos del 10% considere una prioridad hacer algo para combatir el abuso de poder y la malversación de recursos públicos. Más aún: tiene chances de que resulte electo para sucederla una figura de su propio partido que aunque no es muy de su agrado tiene en común con ella que se preocupa muy poco por estos asuntos y tampoco puede explicar su patrimonio.

Moraleja: las situaciones intermedias no son estables, si vas a gobernar con una dosis importante de corrupción mejor renunciar al sistema republicano y entregarse de lleno al patrimonialismo, que la justicia no sea ni a medias independiente, ni mínimamente eficaz, que tampoco lo sean los medios de comunicación y el estado se parezca lo más posible a una caja negra, de la que no puedan surgir pruebas ni testimonios sobre los delitos cometidos, para que no haya o sean inefectivas las filtraciones o las delaciones. Así lo ha hecho Argentina en estos años, y la relativamente buena salud de la Presidencia de CFK vis a vis las de sus pares de Brasil y Chile prueba que la receta puede funcionar. Al menos puede ofrecer bastante más estabilidad que repúblicas imperfectas como las de nuestros vecinos, sometidas a recurrentes tensiones entre actores e instituciones, que exponen incómodamente las mentiras y errores de los presidentes a ojos de sus ciudadanos.

Claro que, a la larga, si Brasil y Chile superan este momento de crisis, no se resignan y logran dentro de un tiempo volverse repúblicas menos imperfectas que hoy, la impopularidad que ahora sufren sus presidentas será recordada no sólo como un problema menor, sino como un tránsito necesario hacía mejores gobiernos. Es la trayectoria que, mal o bien, vienen recorriendo desde sus transiciones democráticas y que les permitió aprender de la experiencia, incluidos los errores.

A principios de los años noventa Brasil echó a un presidente por corrupto, y en el cuarto de siglo siguiente su PBI pasó de duplicar el argentino a casi cuadruplicarlo. Chile desde hace años que tiene índices de satisfacción con su democracia muy inferiores a los argentinos, porciones importantes de su ciudadanía reclaman cambios en el sistema político, en la distribución de la riqueza y en muchos otros aspectos, pero su economía crece desde hace décadas sin inflación, sin leyes de emergencia, sin atajos fraudulentos. Frente a esos logros los de nuestro patrimonialismo criollo, aunque más o menos estable y popular en la última década, luce peor que mediocre.

Algunos análisis recientes sobre por qué la corrupción no parece ser un serio problema para nuestros ciudadanos y tiende a naturalizarse, a volverse parte del paisaje o del “costo de ser argentino”, recurren al conocido tópico cultural: nos gusta la anomia, no nos interesa que los gobiernos respeten la ley porque tampoco queremos respetarla nosotros, etc. Esto es en parte cierto. Pero si no atendemos al costado institucional del problema terminamos echándole la culpa a la gente común de algo que es principalmente responsabilidad de quienes tienen en sus manos decidir: y pueden hacerlo para el lado de consolidar y reproducir el patrimonialismo, o para el de ponerlo en crisis, aun al precio de cierta inestabilidad, para que el orden republicano tenga todavía alguna chance de sobrevivir y prosperar.

Otros interpretan que, vistos los problemas que enfrentan países como Brasil y Chile, tal vez nos convenga adoptar otro modelo, uno estable aunque corrupto, del estilo del viejo PRI mexicano o el más nuevo putinismo ruso. Muchos empresarios son particularmente sensibles a esta lógica: siguiéndola hasta el final justifican por qué es preferible para este final de ciclo una salida mediocre pero estable y segura, antes que el riesgo de un cambio que probablemente se frustre. Curiosa forma de aplicar el criterio de que para invertir hace falta seguridad jurídica: aunque más no sea una que asegure al poderoso salirse con la suya.

por Marcos Novaro

Publicado en TN el 4/5/15

 

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Gargarella sobre el rechazo a la investigación del caso Nisman

Reproducimos un excelente análisis crítico de Roberto Gargarella sobre el rechazo a la investigación del fiscal De Luca en el caso Nisman (el original en el blog de Gargarella).

De Luca sobre Nisman: análisis punto por punto

por Roberto Gargarella

Voy a analizar, punto por punto, el paupérrimo desistimiento del fiscal Javier De Luca. Escrito que resulta, para quienes lo criticamos, de una torpeza sorprendente, y que debiera resultar (claramente al menos, en algunas de sus partes) horroroso para quienes quieran defenderlo. El desistimiento de De Luca se basa en un pilar fundamental, flojo y errado: en el caso, manifiestamente, no hay delito, sobre todo porque el Congreso no puede cometer delitos. Veamos su presentación (que no argumentación) con detalle.

En el mismo comienzo de su deposición, De Luca reconoce que los fiscales “deben emplear criterios que conduzcan al mantenimiento de la acción penal, y no a su extinción”, por lo cual no se entiende por qué hace lo contrario.

Alega que lo dicho es así salvo que surja de manera “manifiesta e incontrovertible la conclusión de que los hechos puestos de manifiesto no son delito.” Entonces, vuelve a equivocarse en sus propios términos, porque el hecho de que la cuestión no sea manifiesta y resulte en cambio controvertible está demostrada por este mismo acto de criticarlo, al que se suman los varios otros de jueces y fiscales que se han pronunciado al respecto. Es decir, se trata de una cuestión claramente controvertible. Empezamos entonces muy mal.

De Luca dice luego que la Constitución le prohíbe iniciar y mantener una acción penal cuando a primera vista surge que no se trata de delito alguno. Una pena, porque aquí, sobre lo que ocurre a primera vista, expertos en Derecho disentimos. Es decir, su columna vertebral sigue sin poder mantenerse de pie.

Para De Luca, “si (el delito) no es jurídicamente posible,” entonces los fiscales no pueden investigar. Pero para afirmar esa tontería, requiere apoyarse en lo que no es cierto: el Congreso no puede cometer un delito.

Sobre esto, y para comenzar, permítanme citar una declaración de Zaffaroni, en donde  le desmiente a De Luca la tontería según la cual un acto del Congreso no puede ser un delito (es decir, su columna vertebral central). Le dice Zaffaroni (transcribo pregunta y respuesta aparecidas en Página/12 del lunes 20 de abril):

-¿Nunca la firma de un tratado podría ser un plan criminal? –le preguntó este diario al ex juez supremo.
–Yo no creo que haya actos que no sean judiciables. Podría haber un delito si firmo un tratado con otra potencia para restablecer la esclavitud, por ejemplo. Lo que creo es que hay niveles de judiciabilidad.

En todo caso, volveré unos párrafos más abajo sobre el punto, para agregar otra cuestión crucial:más allá de la tontería de querer ocultar un delito bajo la forma de que “es ley”, el delito puede existir, en cuanto acto cometido por todas las personas individuales que se involucraron en el mismo, y el hecho de que hayan conseguido aprobar una ley para dar cobertura a su crimen no convierte lo que era un crimen en algo que no lo es. Volveré sobre esto enseguida.

De Luca insiste, de todos modos, con el punto: “El Poder Legislativo en ejercicio de su competencia constitucional no puede cometer delito” (sí en cambio a título personal). Falso, el caso de la esclavitud que cita Zaffaroni, o la venta de armas a Ecuador, cuando éramos garantes de la paz, podía constituir un delito producido por los poderes constitucionales en ejercicio de sus atribuciones. O sea, seguimos, de parte de De Luca, con insistentes, puros actos declamativos, ningún argumento.

Para dar algún sostén más firme a lo anterior, De Luca busca apoyo también en la inaceptable doctrina de las “cuestiones políticas no judiciables.” Como es sabido, nosotros apoyamos la idea contraria: las que se llaman cuestiones políticas no judiciables son, justamente, y habitualmente, cuestiones judiciables; pero una mayoría de las que no lo son, no son judiciables. Querríamos tener su argumentación para apoyar una doctrina errónea, desprestigiada y en creciente desuso pero, como es habitual en nuestra doctrina penal, lo que tenemos de su parte son dogmas, no argumentos.

En la página 16 de su escrito sostiene que dado que el tratado aprobado por el Congreso se refiere a la “Comisión de la Verdad” y a las notificaciones de Interpol, todo queda “totalmente a la vista”, y no queda “resquicio alguno para operaciones encubiertas o la realización de móviles ocultos (sic)”.  De dónde deriva esto? Lo que dice es por lo demás obviamente falso. Puede ocurrir todo esto (el tratado incorporó dichas consideraciones), y al mismo tiempo seguir existiendo las operaciones encubiertas que contribuyan a realizar un delito (i.e., las gestiones de D Elía o cualquier otro, por fuera del Congreso, y comisionado desde Presidencia). Seguimos con las declamaciones y los dogmas. Pura palabrería vacua hasta ahora.

De Luca parece advertir que lo que acaba de decir es errado, entonces se refiere a “los delitos de tráfico de influencias o afines”. Es decir, la zoncera que afirmaba en su párrafo anterior queda desmentida en éste, que lo sigue. De Luca quiere salvar la situación diciendo –otra declamación absurda- que tales delitos “no guardan relación jurídica con las supuestas maniobras de encubrimiento” porque se refieren a delitos que versan sobre falsos influyentes que están siendo investigados. ¿Por qué, De Luca? Falso, y además, para determinar si son falsos influyentes o no, debemos investigar, lo que De Luca en este acto viene a prohibirnos. Seguimos en cero.

En la página 17 vuelve y radicaliza su soberano argumento (léase con atención el disparate): “El Congreso de la Nación (…) no puede delinquir cuando ejerce sus competencias constitucionales, porque es el soberano, es el que decide qué es delito y qué no lo es”, y (ya que estamos, así salvamos a la Presidenta) el Ejecutivo forma parte de ese proceso, porque puede derogar las conductas incriminadas (i.e., obediencia debida). ¿De dónde saca De Luca que porque es el soberano y decide qué es delito y qué no, no puede cometer un delito? Por lo demás, ¡qué idea de soberanía extraña tiene, y qué raro lo que quiere derivar de ella! De Luca nos quiere enredar con la misma cuerda con la que se enreda él, pero la cuerda no está enredada, es él quien lo está. Lo dicho –columna central de su argumentación- es insostenible.

De Luca dice luego que los legisladores pueden modificar los procedimientos y leyes penales de fondo, otorgando beneficios para los imputados y condenados, y estos actos no se pueden considerar, jurídicamente, “mecanismos…son formas de ayuda o favorecimiento personal a los delincuentes.” El fiscal sigue con su perorata sin argumentos, insistiendo en la misma idea de siempre. Aprovecho entonces el momento para dar una vuelta de tuerca más sobre lo dicho: pongamos entre paréntesis al Congreso (aunque sabemos que puede cometer un delito). Si fuera cierto que una cierta cantidad de legisladores, pongamos que a cambio de pagos espúrios, colabora en la comisión de un delito (casos Banelco, Ciccone), toda la cantinela sobre el Congreso y la soberanía no me serviría para nada: me basta con que muchos legisladores hayan estado involucrados en un presunto delito (aunque otros que votaron por la norma en cuestión no), para tener razones para seguir investigando ese presunto delito. El hecho de que el acto en cuestión sea transformado en ley no convierte, por arte de magia, ese cuestionado acto en uno que no lo es: sólo lo encubre.

De Luca sostiene contundentemente, en la página 22, que en el país no existe el delito de conspiración. En la página 23 se desmiente a sí mismo y admite que sí existe la figura “conspiración,” por ejemplo, para los delitos de traición a la patria. Insólito: si la conspiración es posible en caso de traición a la patria, entonces tenemos que seguir investigando. Lo único que ocurre es que a él no le gusta, o sus superiores se lo impiden.

Dice luego una cosa rarísima: afirma que en la Argentina podría asimilarse la “conspiración” (que decía que no existía en nuestro Derecho, para luego reconocer que sí existía) a la figura (que también existe) de la “asociación ilícita” (por supuesto). Pero agrega que en este caso no, porque la banda en cuestión “debe tener cierta permanencia” (como sería el caso) y porque debe tener como fin el de “cometer delitos indeterminados, y no uno determinado.” Debo confesar que a esta altura su torpeza ya me causa gracia.

Vuelve a enredarse luego para decir que la conspiración no puede darse “para el encubrimiento”, ni tampoco “para lograr algo que no es delito”, porque lo que está en juego es algo que el PE y el PL pueden hacer. Pero todo mal otra vez: la conspiración es para cometer un delito, que puede ser cometido por los poderes o por sus integrantes individuales, o por algunos de entre todos ellos.

Vuelve luego el fiscal con otro de sus enredados y confusos argumentos (que parecen sólo confundirlo a él). Nos dice que el verbo “ayudar” (de ayudar en la comisión de un delito) “nunca puede ser interpretado” de “modo amplio e impreciso”. Por qué? Puro dogma: dicho verbo puede ser interpretado de modo amplio, dependiendo del argumento y el caso. Dice que, de lo contrario (si interpretamos de modo amplio) todos “los que intervinieron en las discusiones y redacciones” serían punibles. No es así: De Luca sigue en su confusión, y en carrera barranca abajo. Pueden ser sujeto a pena los que participaron del acto delictivo (los que propiciaron la ley Banelco para otorgarse sobresuledos), y no quienes no lo sabían.

Algunas cuestiones más, antes de terminar:

Primero: De Luca dice una cosa increíble, que es exactamente lo que sostenía Nisman. Es un argumento que debería implicar que Gils Carbó lo expulsase ya de Justicia Legítima, por querer defender de un modo que en realidad hunde a la Presidenta. Dice De Luca que la sola presentación de los acusados ante el juez, a través del pacto, generaría la caída de las circulares rojas de Interpol. Increíble. Gracias De Luca por la candidez de reconocerlo. (Lamento lo que pensarán sus amigos de lo que ha dicho, sin embargo).

Segundo: Siendo que lo que está en juego es un crimen de lesa humanidad, por más que se esfuercen, y en razón de las propias reglas que propiciaron (entre otros, el juez Rafecas) estamos frente a un crimen imprescriptible.

Artículo levemente modificado del original publicado en el  blog de Roberto Gargarella.

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Macri le enseña a Cristina a liderar sin reinar

El PRO ganó en toda la línea la elección porteña, su líder quedó fortalecido, superó sin mayores tensiones una elección competitiva en su seno y consagró a un candidato ampliamente legitimado. ¿Quiénes perdieron?

Los medios oficialistas insisten en señalar el papelón que hizo Massa, del que no cabe duda, por cierto. Pero eso no alcanza a disimular la franca decepción en que terminó también la apuesta hecha por Cristina, que se jugó bastante más que Massa en esta ocasión.

Liderado por La Cámpora, el FPV hizo una pésima elección, que en proporción a los recursos consumidos arrojó los votos por lejos más caros de la ciudad. Y no sólo caros en términos monetarios: lo peor fue que consumieron una buena dosis del capital político que le resta a la presidente. Ella invirtió su imagen, su palabra y su presencia en levantar las chances de Mariano Recalde, con la idea de que así lograría que lo que conserva de imagen positiva en la ciudad, entre un 25 y un 30%, se convirtiera en votos para los compadres de su hijo, y eso sirviera como prueba de la continuidad del proyecto, de que el kirchnerismo tiene mucho futuro por delante. De conseguirlo iba a poder decir, como cantan los pibes de la liberación, “para el proyecto, la reelección”.

Pero la cosa no funcionó. Y es que en verdad no podía funcionar: para poder traspasar votos de una figura predominante a otras secundarias habría que haber dejado que florecieran otros liderazgos y legitimidades autónomas a la sombra del “proyecto”, habría que haber promovido a personas talentosas, dotadas de carisma y capacidades de gestión, en los puestos destacados de la administración, y nada de eso hizo el kirchnerismo en estos doce años de gobierno. Todo lo contrario, concentró la legitimidad y las decisiones en el vértice y convirtió a todo el resto en soldados, como ellos mismos gustan identificarse. Y los soldados son anónimos, reemplazables, meros instrumentos, por lo que es natural que no sirvan de mucho como candidatos.

Hace unos días, entrevistada por un periodista ruso, CFK dijo que no tiene un candidato favorito porque eso supuestamente corresponde a la lógica de las monarquías y es incompatible con la democracia. Hablaba de la presidencial, no de la ciudad. Pero en ninguno de los dos casos lo que dijo es cierto: la presidente se ha esmerado en promover a sus favoritos, no cabe duda de ello; y el problema no es que lo haga sino que no está logrando muy buenos resultados que digamos al intentarlo. ¿Por qué? En parte al menos la respuesta está en el carácter más monárquico que democrático de su liderazgo: es porque su proyecto desde el comienzo ha sido absolutamente personalista y verticalizado que le va a costar horrores resolver el problema de la sucesión ahora que la dinastía se ha agotado; incluso cuando se trata sólo de promover figuras para cargos subnacionales.

En las elecciones distritales hasta aquí realizadas ha habido ya suficientes pruebas de ello. El kirchnerismo casi no figuró ni en Salta ni en Santa Fe, donde las listas peronistas se conformaron principalmente con pejotistas clásicos. Hizo además un flojo papel en Mendoza y la ciudad de Buenos Aires. Sólo en Neuquén puede decir que compitió y salió segundo, aunque sin chance alguna de destronar al oficialismo local, el MPN. Electoralmente siempre fue así. Desde un comienzo se trató de un fenómeno construido desde el poder central con escasa raigambre en la sociedad y el territorio. De allí que en muy pocos lugares haya logrado crear dirigentes atractivos y fieles y dependa, en mayor medida que el menemismo en su momento, de los peronistas de siempre para proveerse de apoyos locales.

Esta no parece ser la situación de Macri y el PRO, pese a tratarse de fenómenos políticos bastante más nóveles y hasta aquí más acotados. Ellos han sabido promover otras figuras con legitimidad propia, y confiando en las reglas democráticas han podido procesar la sucesión.

Macri sabe que en su camino a la Casa Rosada debe demostrar no sólo que puede ganar la elección sino también que va a poder gobernar, frente a sindicatos, gobernadores y legisladores mayoritariamente peronistas. Y para eso es esencial que se muestre como un líder eficaz. Las PASO porteñas han servido doblemente para ello. Primero, porque le permitieron procesar la sucesión del liderazgo local sin mayores tensiones y sin perder votos. Y segundo y fundamental, porque mostraron a Macri y a su partido en condiciones de resolver conflictos usando las reglas democráticas. Que no sólo sirven para dividir el poder, para controlarlo, sino también para consolidarlo, darle continuidad y eficacia. Gracias a ello habrá más chances a partir de ahora para que los votantes confíen en que es posible y hasta deseable la alternancia, y ella no es sinónimo de “perder lo que tenemos” sin conseguir nada mejor en su reemplazo, como sugiere el oficialismo.

¿Cómo deja este resultado a los otros contendientes, Massa y Scioli?

El tigrense, después del papelón de Guillermo Nielsen y de la frustrada apuesta en bambalinas por Michetti, depende más que nunca para continuar en la carrera nacional de lograr un amplio acuerdo con el resto del peronismo disidente. En particular con De la Sota. Que le permitiría, si no tener chances de ganar, al menos sí de mantener dividido el voto peronista y darle continuidad a su pretensión de disputar el futuro liderazgo del partido.

Es todavía posible que este acuerdo prospere. Pero es preciso atender al hecho de que para el gobernador mediterráneo él tendría más una utilidad distrital que nacional: Córdoba sigue siendo casi lo único que le importa. Como no logró que Scioli baje a Acastello, candidato k que puede dividir el voto peronista cordobés y hacerle perder la gobernación a Schiaretti, es posible que De la Sota se vengue cortando lazos con La Plata y abrazándose a Massa y Rodríquez Saá. Aunque más que venganza habrá en ello un riesgo calculado, y en cualquier caso provechoso, pero para objetivos cordobeses más que presidenciales: De la Sota y Schiaretti necesitan captar parte del voto opositor de su provincia para vencer a la coalición radical-macrista, y pegarse a Massa sirve para eso; si logran ganar, será un triunfo que el gobernador saliente no compartirá con nadie, ni con Scioli ni con Cristina; y si pierden podrán decir que fue culpa de estos y una señal al peronismo sobre los riesgos de someterse a sus caprichos. Si no sellaba el acuerdo con Massa, en cambio, corría mayores riesgos y estaría más forzado a compartir el triunfo e impedido de compartir una derrota.

Aun en caso de que finalmente logre ungir a su sucesor, ¿se lanzará De la Sota a recorrer el país, sabiendo que al hacerlo el único beneficiario de su esfuerzo muy probablemente termine siendo Massa? Ya avisó que no piensa ser vicepresidente, cargo que seguro le trae malos recuerdos desde la interna peronista de 1988 en que acompañó a Cafiero. A menos que suceda un milagro y su imagen nacional despegue, lo más probable es entonces que el cordobés se desentienda de la carrera presidencial y Massa compita en agosto sólo con Rodríguez Saá, lo que resultará bastante menos atractivo.

En cuanto a Scioli, tal vez haya encontrado en los resultados del domingo algo con qué consolarse: por más que él y Karina Rabolini le hayan dado su OK al Indec, en el colmo de la sumisión, debe haber sido un alivio saber que los votantes, al menos los porteños, no le creen ni a las estadísticas oficiales ni a ellos cuando las avalan, y tampoco le creen a La Cámpora ni quieren que los represente. Eso le da al ex motonauta un motivo menos para ceder su última trinchera y entregar la vicepresidencia para que Kicillof y a través suyo CFK identifiquen su eventual elección con la reelección del proyecto. Dos preguntas están dando vuelta en su comando de campaña: ¿puede aceptar a este o a otro camporista sin perder votos moderados? Y más importante todavía, ¿podría hacer con Kicillof o con De Pedro lo mismo que hizo con Mariotto, transformarlo de comisario político en empleado subalterno, o será al revés y estos terminarían gobernando más que Scioli?

por Marcos Novaro

Publicado en TN.com.ar el 27/4/15

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Procesó la sucesión y consolidó su liderazgo

No es poco para una sola jornada. Lo hizo corriendo varios riesgos a la vez. El primero era, claro, que su candidato perdiera con Michetti. Pero además podía pasar que la interna abriera heridas difíciles de suturar, más para un partido nuevo en que las solidaridades no son muy firmes que digamos. O que ganara Larreta pero por poco margen y con demasiado esfuerzo de su jefe, con lo cual sería un candidato débil para enfrentar al resto de los contendientes. La migración de votos de Michetti a Lousteau podría volverse entonces un grave peligro (algunos sondeos adelantaban que a Larreta se le haría cuesta arriba ganarle al preferido de ECO).

Nada de esto pasó. El macrismo superó un trámite tan importante como difícil, que en nuestro país suele procesarse mal o directamente se evita: administró la sucesión. Y lo hizo con los instrumentos de la democracia. ¿Es comparable a lo que hizo el FPV porteño? Abrirse a la competencia cuando está en juego el recurso institucional más valioso de una fuerza no es lo mismo que hacerlo cuando ella trata de rasguñar unos cuantos votos más para no salir tercera. Y competir cuando los contendientes están parejos y el resultado es incierto tiene doble mérito, es muy distinto a hacerlo cuando el caballo del comisario no corre riesgo alguno, o peor todavía, el rito de simular pluralismo sirve para cazar indecisos o desprevenidos.

El chiste de respetar las reglas de juego es hacerlo cuando no sabemos si nos van a favorecer. Esto es algo que hemos desaprendido en los últimos doce años y que ya es tiempo de recuperar.

¿Qué usos dará Macri al impulso recibido de los porteños? Esto también es incierto. Más confiado, tal vez preste mayor atención a quienes desde la UCR, el peronismo disidente o sectores independientes le proponen formar ya una coalición amplia en que sostener una nueva mayoría nacional. Pero puede que vaya en dirección opuesta, a ratificar la idea de que, como es “lo nuevo”, puede y debe ganar solo. En cualquier caso consiguió una ventaja frente a Massa y Scioli. Al primero porque a su candidato Nielsen le fue pésimo. Grave no solo como señal de indiferencia de los porteños, sino de la falta de olfato del jefe del FR. Al segundo, porque si bien la cerrazón de Cristina lo salvó de correr una suerte similar con un candidato propio, lo ató tanto a un techo de votos demasiado bajo como a una imagen puerilmente camporista.

Macri no llegará a la Presidencia si no resuelve el intríngulis de la provincia de Scioli. Pero tampoco éste lo logrará sin resolver el desafío porteño, y de los sectores medios urbanos de otros lugares del país que se comportan parecido a los porteños. Que a Recalde no le fuera tan mal debe haber sido una mala noticia para La Plata a este respecto: condena a la ola naranja a someterse a una fórmula que desde el vamos la empequeñece.

Por Marcos Novaro

Publicado en La Nación, 27/4/15

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Histeria electoral: ayer era Scioli, antes Massa, hoy vuelve Macri, ¿y mañana?

Por primera vez en más de diez años (habría que remontarse a 2003 para hallar algo parecido) estamos ante una elección presidencial muy disputada. Que lo será probablemente hasta el final de la carrera. Y la falta de costumbre pone a todo el mundo bastante nervioso.

Hasta mediados de 2014 el gran favorito de las encuestas era Massa y en el oficialismo buscaban con desesperación la forma de hundirlo. Si en ese momento les hubieran ofrecido la oportunidad de perder frente a Macri, unos cuantos la hubieran abrazado con gusto. Entre fines del año pasado y el verano de 2015 el viento pareció soplar en esa dirección así que el kirchnerismo se esmeró más que nunca en construir un candidato propio, con el que “ganar perdiendo”, mientras muchos en la oposición se fueron alineando detrás del jefe porteño. Sin embargo, en el último mes y medio el sueño del candidato propio se extinguió y resurgió la estrella del incombustible Scioli, que no perdió adhesiones ni por Nisman, ni por la persistencia de los problemas económicos, ni siquiera por su definitiva mimetización con el discurso oficial. Así que, tras los buenos resultados del peronismo oficialista en Salta, numerosos empresarios, políticos y periodistas, incluidos unos cuantos opositores, se convencieron de que será el nuevo presidente. Probablemente el clima esté volviendo a cambiar ahora, después de que Macri solo en Santa Fe y con sus aliados radicales en Mendoza hizo un muy buen papel. Y si estas buenas nuevas se extienden, como todo parece indicar sucederá, a su distrito de origen. Pero ¿alcanzará con esto para definir la situación hacia un lado o el otro? Lo más probable es que no, y los nervios continúen torturándonos.

El escenario de competencia se complica debido a que, además de enfrentar a fuerzas más o menos parejas, está atravesado por tendencias contradictorias que a veces favorecen a uno y a continuación a otro. Por ejemplo es lo que sucede con la economía: ella no ayuda mucho que digamos al oficialismo, pero si se teme que pueda empeorar, y encima son los opositores los que advierten con mínimo realismo que en algunos aspectos al menos eso es lo que va a suceder antes de poder mejorar, muchos que no están para nada contentos con la actual situación, ni con lo que hace el gobierno para resolverla, tal vez terminen votando a un oficialista que les prometa “conservar lo que tenemos”. Aunque sospechen que les esté mintiendo.

En un contexto como éste el manejo sutil de los términos de la discusión se vuelve decisivo. Otro ejemplo de la economía sirve para ilustrarlo: los expertos opositores se ganaron un poroto cuando arrastraron al ministro Kicillof a discutir el “plan bomba”, la acumulación de problemas pendientes que el gobierno sigue barriendo bajo la alfombra; pero éste se vengó con creces cuando alentó a esos economistas y a los medios independientes a debatir sobre las variantes del ajuste, si gradual, shock o qué cuernos, sacándolos del terreno que más les convenía y más podía atraer a los preocupados votantes, cómo se hace para que la economía argentina vuelva a crecer cuando se van a cumplir cuatro años de estanflación.

Encima las cosas terminan de enturbiarse porque todo esto tiene lugar en un terreno bastante lábil, de por sí inestable: hay muchos votantes móviles en disputa, sensibles a muy variadas señales y novedades, que pueden pasar con relativa facilidad de un candidato a otro porque no los ven muy distintos entre sí. Ni siquiera esos votantes tienen muy en claro cuál sería el mejor para que el kirchnerismo tenga futuro, o para que no lo tenga, cuál el más liberal, o conservador, o el más estatista. Por ejemplo, muchos en el gobierno consideran a Massa la peor amenaza, pero para unos cuantos votantes e incluso para empresarios y dirigentes opositores, él es el más parecido de los tres a Néstor Kirchner y el que tal vez termine dando mayor continuidad a su estilo discrecional, al estatismo y otras cosas por el estilo. Y hay más confusiones de este tipo: tanto dentro como fuera del gobierno se sigue pensando, pese a todos sus gestos de devoción a la jefa, que entregarle la candidatura a Scioli equivale a la muerte súbita para el “proyecto”, y que Randazzo no es muy diferente (“sos Scioli con dos brazos” le cantaron días atrás en un acto militante), así que la única posibilidad de sobrevida K sería que el sucesor de Cristina sea un no peronista, débil y liberal, es decir Macri. ¿Y si tienen razón?

No es de sorprender que, dado este complejísimo escenario, todos quieran ver cambios de tendencias contundentes y decisivos donde solo hay movidas de coyuntura, huellas en la arena de buenas o malas noticias, aciertos o errores que al poco tiempo quedan en el olvido, porque sus efectos son revertidos por nuevos aciertos o errores.

El festival de sondeos más o menos retocados de acuerdo al gusto y las necesidades de quienes los contratan agrega humo a este ya muy brumoso escenario preelectoral, y es de esperar que esta situación empeore a medida que se acerquen los comicios, sobre todo si las diferencias entre los principales contendientes no se vuelven inapelables.

Tal vez sea cierto que Macri dejó de crecer hace unas semanas. Y puede que eso haya sucedido pese a su acuerdo con Sanz, o justamente debido a él y a las acusaciones que recibió por querer reeditar la Alianza. Pero tal vez poca gente atendió a todo eso, y los problemas de Macri para superar el techo que habría tocado se relacionan tanto con el hecho de que el grueso de los que anticipaban un voto a Binner o Cobos pasaron de momento a engrosar el campo de los indecisos y lo que queda de UNEN anunció rápidamente el reemplazo de esas figuras por Margarita Stolbizer, como a que Massa dejó de perder adhesiones.

Y tal vez Massa esté resurgiendo porque dejó de cometer errores, de expulsar aliados y volvió a recorrer barrios, que es lo que mejor se le da. O puede que nada de eso tenga mucha importancia y tampoco sea cierto que perdió tanto. Su eventual acuerdo con los Rodríguez Saá y en particular con Juan Manuel De la Sota, por el que está trabajando con esmero, podría resucitarlo. O tal vez sufra una suerte parecida a la de Macri: de ser una figura nueva e independiente pase a estar entrampada en los aparatos políticos siempre sospechosos de tramoyas e ineficacias.

Scioli ya no se desvela por tener que ir a unas PASO contra otros precandidatos oficialistas, pues estima que igual podría superar allí a Macri, y esos otros aspirantes k, siendo mucho más débiles que él, indirectamente ayudarían a mostrarlo como líder de un FPV que sigue siendo la primera minoría en el país y que está todavía en condiciones de ganar. Pero puede que se equivoque, y tal vez lo que hasta ayer parecía el inicio de un idilio con la presidente, con el peronismo y con la sociedad fuera apenas un efímero respiro.

Con tantos “tal vez” y “si se da esto entonces aquello” mejor blindarse contra los ataques de histeria y tomarse las cosas con calma.

Por Marcos Novaro

Publicado en tn,com.ar el 21/4/15.

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¿Por qué mejora la imagen de Cristina?

Hay diferencias importantes en los números. Los sondeos que paga el oficialismo hablan de una recuperación total luego de la caída sufrida por la muerte de Nisman. Es probable que exageren. Pero no hay duda que la presidente se recuperó bastante y lo más sorprendente es que eso sucedió pese a que las investigaciones alrededor de la muerte y de la denuncia del fiscal no se desactivaron ni orientaron a desprestigiar a la víctima, como el oficialismo pretendía, y más importante aún, pese a que la economía, en particular el consumo y el empleo, no se reactivaron.
¿Cuál es la explicación? Igual que números más o menos oficialistas, también hay argumentos que se acomodan o no a sus intereses.
El que el propio kirchnerismo prefiere es que el consenso que una vez tuvo el modelo oficial está renaciendo porque la gente le ve mucho futuro y ninguno a los proyectos alternativos. Atribuyen esto, y la propia presidente lo ha dicho y repetido en estos días, a que no se produjo hasta aquí una crisis tan aguda como la que pronosticaban los opositores más duros y muchos argentinos, sobre todo de los sectores bajos, temen que en el futuro sí se produzca, y ellos pierdan entonces los precarios empleos, planes e ingresos que han conseguido en los últimos años. El consenso a favor de CFK sería además indicio, según esta versión de las cosas, de que el kirchnerismo sobreviviría en buena forma a su salida del poder. Y que ni siquiera es seguro que esa salida se vaya finalmente a producir.
Este argumento choca contra evidencias que no pueden disimular siquiera las encuestadoras más adictas al gobierno: si se pregunta la opinión sobre las políticas oficiales el nivel de aceptación cae significativamente. En todos los terrenos, pero en algunos decisivos en forma contundente: el apoyo a la gestión económica es por lo menos diez puntos menor a la simpatía por Cristina. Justamente si la gente teme una crisis mayor es porque no confía en las soluciones que hoy se le ofrecen, y aunque puedan algunos votar por miedo a soluciones para ellos más costosas que sospechan otros administrarían, eso no quiere decir que estén demasiado entusiasmados con el proyecto oficial, más bien al contrario.
En este tipo de datos es que se afirma la explicación que prefieren los opositores: la gente se reconcilia con una presidente que está de salida, aunque no comparta ni sus políticas ni sus puntos de vista, ni quiera que ella siga en el poder, ni directa ni indirectamente. El argumento invierte los términos de la explicación anterior: no es porque el proyecto k tenga futuro si no porque carece de él que recupera algo de simpatía de la opinión. Por lo que difícilmente pueda usar esta para mover a los electores a apoyar a sus candidatos, ni tampoco para forjarse un futuro. Sucedería así, en el terreno de las opiniones políticas, algo parecido a lo que sucede en el terreno de las económicas y que repercute en las cotizaciones de los bonos y acciones: como el gobierno en ejercicio se va la gente se vuelve optimista, y es este optimismo respecto a las próximas autoridades lo que beneficia indirectamente a las salientes, alienta a ser más contemplativo o ver “luces y sombras” en su paso por el poder.
En el medio de estas dos versiones polares, a las que podemos atribuir más o menos asidero, hay todo un arco de variantes y matices que es también importante sopesar.
Cristina sigue siendo una líder potente, valorada por dotes personales reconocibles: coraje, autenticidad, resistencia. En un contexto en que hay motivos para temer el debilitamiento del gobierno, con el que se asocia retrospectivamente todo período de la política argentina en que el cambio de autoridades era inminente, acompañarla y sostenerla parece ser bastante razonable, casi un acto en defensa propia.
Por otro lado, y en parte por este mismo motivo, no hay mayor interés por escuchar críticas demasiado duras contra ella. Ni tampoco hay por tanto líderes opositores con chances electorales importantes que estén muy dispuestos a atacarla directamente, o siquiera contradecirla. Es un fenómeno éste que muchos analistas atribuyen a una supuesta falta de carácter y temple de los aspirantes a la sucesión. Pero que en verdad obedece a un correcto diagnóstico de lo que conviene hacer en la actual escena de competencia: más que enfrentarse directamente a Cristina, es conveniente atacar a sus colaboradores o sus políticas menos valoradas.
Como encima los tres candidatos con más chances se parecen bastante entre sí, presentan variantes de una misma fórmula de “cambios y continuidades”, y están relativamente parejos en los sondeos, los tres están obligados a competir por los mismos votos, a calcular con mucha prudencia lo que les conviene decir y no mostrar perfiles demasiado definidos y excluyentes en nada, dejándole el campo libre a Cristina para que sea la única que “se muestra tal como es”, “dice lo que piensa” y “es fiel a sus ideas”.
A ello se suma que Cristina, pese a que no es candidata, no se da por enterada y es la única que está en campaña todo el tiempo y sin que nadie la objete. Mientras sus adversarios son impedidos hasta de hacer spots, siquiera de pegar carteles anunciando sus proyectos, por una normativa supuestamente dirigida a impedir la campaña permanente, pero que en el actual contexto de partidización extrema del estado tiene efectos por completo injustos y absurdos, la presidente no tiene límite alguno ni de tiempo ni de dinero para promocionarse a sí misma. Y eso hace, inclinando más y más la cancha de la competencia a su favor hasta el último minuto.
Que esto en alguna medida funcione ¿significa que a pocos les preocupa la corrupción y el abuso de poder? ¿En su tramo final el kirchnerismo nos está mostrando que aunque sus personeros sean corridos eventualmente del control del estado su forma de hacer las cosas seguirá vivito y coleando? Ojalá que quienes se resignan a que esto será así, sea por pesimismo intelectual o por disimulada conveniencia, se equivoquen. Pronto se verá si tienen o no razón.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 14/4/15

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