Skip to content


¿Macri necesita a Cristina o un peronismo más sano?

¿Macri necesita a Cristina tanto como se dice o le conviene que pase a retiro para que surja un peronismo que espante menos a los inversores; que le permita, para empezar, que la argentina deje de ser considerada una economía impredescible? ¿Puede esperar de este “nuevo” peronismo gestos más republicanos y colaborativos o debería temer que sea más competitivo y por tanto para él más amenazador que el parcialmente kirchnerizado y cada vez más fragmentado de la actualidad? Parecen ser preguntas por ahora sin respuesta, o mejor dicho, sobre las que el gobierno no tiene posición definitiva: a veces piensa una cosa, y otras veces otra.

A esto se suma otra cuestión más inmediata: ¿es de esperar que la renovación peronista se bloquee o acelere después de octubre? El gobernador Schiaretti se prepara para acelerar, encabezando una nueva liga de gobernadores. Cristina para quitarle todos los votos posibles. Como sea, es seguro que esta vez el PJ deberá esperar para dejar atrás los lastres de su pasado mucho más que en 2001-3, cuando le dieron flor de ayuda De la Rúa y la crisis. Y puede incluso que la espera sea bastante más larga que en 1983-85, cuando surgieron casi enseguida de la derrota electoral líderes de alcance nacional dispuestos a correr riesgos para cambiar, y la pesada herencia de la ortodoxia y la radicalización había ya quedado bastante distante en el tiempo, gracias a la mucho más pesada herencia militar.

Para el actual oficialismo esta es una cuestión decisiva porque de ese tiempo depende en gran medida el suyo propio: que él consolide o no su preeminencia, en una etapa signada por la escasez de recursos y resultados económicos, dependerá de la gravedad y extensión de los problemas que enfrente la oposición. Como por ahora esos problemas abundan, la política lo ayuda más que la economía. Aunque eso no quiere decir que siga siendo así en adelante. Ni mucho menos que las próximas elecciones, como a veces se piensa, las pueda ganar hablando de política y olvidando la economía.

Pero volvamos al peronismo. Si el obstáculo para que la renovación avance lo encarnan Cristina y sus radicalizados amigos, lo que gana el gobierno al competir contra esa irresponsable encarnación del pasado, ¿no lo pierde en términos de persistencia de la amenaza populista, falta de moderación y colaboración? Claro que el problema es mucho más amplio. Para empezar, porque la resiliencia de ese polo de oposición dura tiene motivos por completo ajenos a lo que haga o prefiera el gobierno. La falta de líderes alternativos de alcance nacional es la principal explicación de las dificultades que han venido enfrentando los promotores de la reinvención peronista. Dentro de lo cual hay que explicar por qué Massa no cuenta para la mayoría de ellos, y cumple una función incluso negativa para sus necesidades.

En parte se debe a rasgos del propio Massa, a su escasa confiabilidad, pero también a que se fue demasiado pronto y demasiado lejos: se llevó consigo en 2013 a los más dispuestos a renovarse que había en el PJ bonaerense, y en otros distritos, quitándole ese empuje a los que quisieron emprender ese camino en 2015; y encima se mostró desde un principio demasiado indiferente tanto al pejotismo como a los “logros históricos” del kirchnerismo, debilitando sus chances de proyectar en la cabeza de la familia peronista una futura vía de reconciliación.

Dicho esto, ¿la salida de Cristina del PJ y su candidatura pueden jugar un papel inverso, al acelerar su despedida? ¿No es acaso como si a Cafiero se le hubiera ofrecido la posibilidad de competir en 1985 no sólo con Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias, sino con la mismísima Isabel? Como sucede ahora con Cristina, no hubiera tenido necesidad de ganarle, bastaba con mostrar que ella ya no podía ganar.

Algo de esto están pensando Schiaretti, Pichetto, Duhalde y Urtubey. De allí su apresurado interés en ayudar a Randazzo, rodearlo para que no se desanime, brindarle apoyos y avales, lo que sea para que haga un papel digno en agosto y octubre.

Con la voltereta de Cristina, entonces, habría vuelto a tensionarse el dilema irresuelto de la relación entre Macri y el peronismo. Por lo que se entiende que lo que por un lado beneficia al presidente, la posibilidad de ganar por amplio margen en la provincia, por otro pueda perjudicarlo, que la derrota de Cristina signifique su definitiva marginación y la aceleración del recambio opositor de liderazgos y políticas.

¿Hay una solución ideal “intermedia”?, ¿lo mejor para el gobierno sería ganar pero que Cristina no quede fuera de juego, sea electa y con la diferencia que obtenga frente al PJ escarmiente a los renovadores? Depende. Una derrota por amplio margen de la ex presidenta, más todavía su fracaso en llegar al Senado, implicaría el descrédito total de sus ideas, el populismo radicalizado quedaría deslegitimado y por tanto la moderación y con ella la disposición a colaborar podrían crecer.

En cambio un Senado con Cristina, y con una Cristina que le peleó dignamente la elección al gobierno, aunque ella logre reunir en torno suyo a sólo seis o siete senadores leales, sería menos colaborativo. Ocasionalmente ese polo podría volverse instrumento de los demás peronismos para elevar su precio en las negociaciones con el Ejecutivo. Así, de vuelta, las ventajas que Cambiemos consiga de la supervivencia de Cristina con vistas a 2019 seguirían compensándose con costos mayores en las negociaciones legislativas, y eventuales disgustos por proyectos de ley rupturistas e irresponsables que la oposición haga avanzar, aunque más no sea para mantener a la defensiva y dispuesto a abrir la billetera al oficialismo.

Todo eso puede ser cierto. Aunque también puede verse la actual situación y las perspectivas que abre de otro modo: como un arco de posibilidades que seguirá disponible para que el macrismo no conteste la pregunta sobre el peronismo, y haga con él lo que éste siempre hizo tan bien con los demás, surfear la ola y dar respuestas contradictorias caso por caso, según quién pregunte y qué ande necesitando. Porque lo que sucede, en pocas palabras, es que no hay un sólo resultado ideal para el oficialismo, él gana si Cristina entra, gana si queda afuera, y gana tanto si sigue siendo un factor de poder en el peronismo como si hace mutis por el foro. El asunto es si sabrá adecuar sus pasos a cuál de esas posibilidades se verifique y, hacia delante, si adoptar algo de la astucia peronista no será demasiado exigente para un gobierno que además de muñequear en la coyuntura necesita empezar políticas de largo plazo.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 22/6/17

Posted in Política.


Macri y Vidal pueden ahora arrasar en la provincia

Los resultados de octubre son todavía difíciles de predecir. Pero de todos modos es indudable que las chances de que al gobierno le vaya entre bien y muy bien han aumentado. Por mérito propio, al haber sostenido el rumbo cuando entre febrero y marzo parecía que todo se complicaba. Y más todavía por demérito de los demás.

“Que le vaya bien” puede significar, por otro lado, muy distintas cosas. Puede conseguir algunas bancas más de diputados y sobre todo en el Senado, pero sin alterar demasiado la actual relación de fuerzas, con éxitos puntuales en algunas provincias pero una persistente debilidad en otras, sobre todo el norte y el sur. O puede, en el mejor de los casos, fortalecer su ventaja en Diputados, debilitar el control omnímodo que ejerce ahora el PJ en el Senado (quitarle su quorum propio) y dispersar más aun las fuerzas de sus adversarios. Este segundo escenario es una posibilidad remota. Pero no inviable. Y cambiaría realmente las cosas. Para empezar le ofrecería la posibilidad de negociar en muchos mejores términos las leyes que viene agendando, la reforma tributaria, la a medias frustrada reforma política, los cambios educativos, etc.

Si en los últimos días aumentó la probabilidad de que algo así suceda se debió en gran medida a la inesperada decisión de Cristina y su sector de fragmentar más de lo que ya estaba la oferta peronista bonaerense. Con lo cual ella ahora corre el riesgo de dejar de competir por el primer lugar y pasar a hacerlo con Massa por el segundo. Así, aunque no es lo más probable, tampoco es inimaginable que la señora quede fuera del Senado, y si eso sucediera no podrá evadir su responsabilidad en el resultado. El kirchnerismo terminaría de convertirse en una secta en el margen izquierdo del peronismo y del espectro político.

Encima, aun cuando consiga su banca en la Cámara Alta, Cristina no podrá evadir otros costos. Ha dañado no sólo los puentes que la unían con la estructura del peronismo de su distrito, sino también los que la vinculaban con el del interior. Puentes que ya venían debilitándose, por la decisión de los gobernadores y demás jefes territoriales de tomar distancia de su liderazgo. Ante lo cual la ex jefa parece haber reaccionado con la lógica de un desplante adolescente: “¡Ah!, ¿no respetan ya mi reinado? ¡Miren lo que vale para mí su pragmatismo y su vetusto pejotismo!”. En el juego del desprecio es claro que no hay quien le gane. Pero los despreciados tienen ahora más motivos que antes para responsabilizarla también por cada dificultad que enfrenten, que en octubre pueden ser muchas. Cristina se ha puesto así en la situación de funcionar como una perfecta cabeza de turco si también a sus ex subordinados les va mal.

Hay quienes han interpretado que Cristina va siguiendo con sus pasos las sugerencias de Durán Barba: ambos estarían actuando bajo el influjo de la misma idea, que la nueva política puede prescindir de los viejos partidos, que a los votantes no les interesan en lo más mínimo los sellos, etc. Sólo que lo hace con una brutalidad que seguramente escandaliza al asesor ecuatoriano, y a la vez le ahorra trabajo. Y en un terreno y condiciones que exigen de esa visión mucho más de lo que ella puede dar: en una elección eminentemente distrital como esta, los jefes locales tienen mucha más importancia que en una presidencial; y una cosa es despreciar los sellos cuando se tiene detrás el poder del estado nacional y una opinión pública entusiasta (como fue el caso de Cristina y Néstor frente a Eduardo y Chiche Duhalde en 2005) y otra hacerlo desde el llano y con una imagen negativa del carajo. Pero bueno, son sutilezas que la señora no debió tener tiempo ni ganas de considerar.

Como sea resta la pregunta de por qué lo hizo, ¿por qué, si podía ganarle a Randazzo caminando y asegurarse el apoyo masivo de los intendentes del PJ, incluso en el interior provincial, garantizándose así seguir siendo la única figura del peronismo orgánico de alcance nacional, renunció a ello para mantener en torno suyo solo a los más fieles y fanáticos? La idea que subyace es tratar de mostrar, justo cuando el resto del partido va dejando en el olvido al Frente para la Victoria, que el kirchnerismo, con nuevo nombre, puede seguir trascendiendo al pejotismo. Pero aun aceptando la razonabilidad de esa idea, ¿por qué ponerla en práctica con tal inflexibilidad, corriendo tantos riesgos, sometiendo al liderazgo que la expresa a una prueba de matar o morir?

En parte debió influir el entorno. Y el de Cristina se ha empobrecido mucho: ya no habla con nadie capaz de discutirle; lee todos los diarios, dicen, pero seguro que al único que le cree es a Página 12, y con esa tóxica mirada en mente planifica sus pasos con Máximo y Parrilli, ni siquiera con Zannini. El resultado no podía ser bueno.

Influyó seguro también la deslealtad incurable del peronismo. Cristina descontaba que muchos jefes territoriales, sobre todo del interior bonaerense, iban a hacer un juego ambiguo: figurarían sonrientes en su lista pero por abajo ayudarían a Randazzo con candidatos, fiscales y recursos. La preferencia por los fieles no pejotistas y el despectivo regalo del sello partidario a su ex ministro cree que es la respuesta que se merecen, y la más adecuada para trazar una frontera entre “lo nuevo y lo viejo”. Otras vez, al estilo Durán Barba. Sólo que en malas condiciones para que funcione. Porque lo cierto es que, antes que impedir el juego ambiguo y oportunista que tanto teme, lo ha estimulado. A los intendentes les importará menos que antes quién gane, y si para hacerse del mayor número posible de concejalías y bancas provinciales tienen que cooperar con Randazzo y hasta con Massa lo van a hacer. Así, en suma, Cristina creó una situación inversa a la que con su marido lograron en 2005.

Por último debió operar sobre el ánimo de la ex jefa la necesidad de compensar su ego herido. Como ha tenido que resignarse a ser candidata para que no se le desbande del todo la tropa, pero eso la rebaja a intervenir en una elección legislativa donde tiene poco y nada que ganar, para tragarse el disgusto impuso todas las condiciones que se le pasaron por la cabeza. De allí su pretensión de forzar una unidad que terminó actuando como feroz máquina de expulsión y fragmentación, y luego de convocar a todos terminó echando a Randazzo y hasta a D`Elía. Un total despropósito práctico, pero un bálsamo para el descompensado ánimo de la reina en decadencia.

Con todo Cristina siempre ha sido una talentosa candidata. Y seguro hará una campaña eficaz: mucha pasión, mucho amor, nada que la identifique con el pasado. Su primer spot es una buena muestra de ello: parece hecho por y para Vidal. ¿Podría con eso compensar las fallas estratégicas de origen de Unidad Ciudadana?: de nuevo en línea con las sugerencias duranbarbistas, el nuevo frente apela a un votante pospolítico, posideológico, pero lo hace con un ánimo doctrinario tan excluyente que contradice esa misma apelación; así, mientras que su nombre podría seducir hasta a los votantes macristas, el programa que acompañó su lanzamiento parece el afiebrado apunte de un adolescente troskista. Resultado: ruido y confusión.

Cuál de las dos caras impere, la buena campaña o la mala estrategia de Cristina, dependerá de lo que haga el oficialismo. Finalmente son los gobiernos los que ganan o pierden las elecciones. Y el nuestro corre el riesgo de hacer como en 2015, desaprovechar una buena estrategia con una campaña desteñida, sin pasión.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/6/17

Posted in Política.


Lousteau tropieza en sus propios rulos

El afán de protagonismo finalmente lo traicionó. Quiso capitalizar personalmente el desbloqueo de la exportación de limones a Estados Unidos y lo que consiguió fue confundir más a los ya desde antes bastante confundidos votantes porteños: ¿cómo se compatibiliza esto de ir hasta Tucumán a abrazarse con Manzur y Alperovich y reclamar al mismo tiempo que se desbloquee su participación en la interna oficialista? ¿Qué es al final de cuentas Martín Lousteau, un miembro disidente de la coalición de gobierno o un opositor disfrazado? ¿O es un mero oportunista, pretende ser las dos cosas a la vez según cuál de sus potenciales públicos lo esté escuchando?

Hasta hace poco su ambigüedad parecía ser viable pues contaba con la ayuda de los radicales porteños, con la de su inefable sonrisa y su retórica aguda, y con las nunca explicadas indefiniciones del macrismo. Como éste lo había invitado a sumarse al gobierno, representándolo nada menos que en Estados Unidos, pero nunca había definido si lo invitaba o no a ser parte de la coalición oficial, Lousteau apostó a reclamar para sí esa misma condición, aunque invertida: tras salirse del gobierno, renunciando a los apurones a la embajada, se reivindicó parte del frente Cambiemos en la Ciudad, de la mano de la UCR del distrito. Y hasta abrió la puerta para que participaran de ese frente otras fuerzas que nada tenían que ver con él, como los socialistas, Libres del Sur y otros que detestan a Macri, claro, pero no vieron mal sumarse a la patriada del joven de la rebelde pelambre porque la oportunidad de mojar alguna banca no hay que dejarla pasar jamás.

A continuación Lousteau se dedicó a mostrarse tan indignado frente a Rodríguez Larreta y Carrió como hace Randazzo frente a Espinoza y la Cámpora: en ambos casos se habría incurrido en un atropello contra la libertad política y la soberanía del votante, tesis que repitieron hasta el cansancio un buen número de observadores y periodistas. Como si fuera la misma su condición frente a Cambiemos que la de Randazzo frente al PJ, al que éste pertenece, que se sepa, desde que tiene uso de razón.

Una parte de los votantes porteños retiraron de todos modos su apoyo al ahora ex embajador, antes ex ministro de Cristina y ex funcionario bonaerense (siempre con dudosos desempeños). La voltereta que pegó al tomárselas de Washington fue demasiado abrupta. Las críticas de Carrió, su ex mentora y ahora antagonista a batir, suficientemente lapidarias. Y la ruptura del radicalismo de la Ciudad tampoco lo ayudó. Aunque él seguiría insistiendo con que el macrismo lo excluía en forma antidemocrática, con que quería ser parte de Cambiemos para “ampliarlo y mejorar al oficialismo desde adentro” y no lo dejaban.

Claro, el público disponible para una operación como esa sigue disponible. Porque al menos en la Ciudad los “macristas críticos” se contaban y se cuentan por cientos de miles: es la contracara de una polarización que no termina de conformar, y que resulta contradicha todo el tiempo por el mismo gobierno que la promueve, cada vez que admite equivocarse y pide que lo critiquen para corregirse. En una exageración que por suerte ha ido quedando atrás, pero que ya en 2015 mostró en el distrito capital su peligrosidad, porque dejaba las fronteras del polo macrista demasiado expuestas a intervenciones invasivas de terceros en discordia: recordemos que en esa elección más de un millón de porteños acompañaron una fórmula local encabezada precisamente por Lousteau que, de triunfar (y probablemente lo hubiera logrado de no ser por la ceguera de Cristina que llamó a votar en blanco), hubiera aniquilado las chances de la fórmula nacional que muchos de esos mismos votantes deseaban ver gobernando. ¿Cómo no tomar recaudos frente a un público tan insensible a las condiciones de sustentabilidad de sus propias opciones programáticas y de liderazgo?

Algo tarde, pero mejor tarde que nunca, el oficialismo lo hizo. Trazó una frontera. Y ahora puede respirar aliviado si lo que quedó afuera demuestra no haber justificado tantos desvelos como se temía.

¿Y Lousteau?, ¿por qué lo hizo?, ¿no advirtió los riesgos que corría al abrazarse a lo más rancio del peronismo de provincias, encima a dos figuras cuestionadas en todo el país por graves manipulaciones electorales, frente a las cuales la discusión sobre abrir o cerrar una interna se vuelve irrelevante?

Igual que con su salida de la embajada hace pocos meses y con su delirante iniciativa de retenciones móviles unos años atrás parece que lo que caracteriza sus decisiones más relevantes es siempre el apuro y la improvisación. Cabe sospechar entonces que no lo pensó demasiado y se mandó. Como descubrió que una buena parte del electorado porteño premia a los valientes y los aventureros, habrá calculado que valía la pena correr el riesgo, y que si salía mal los demás se olvidarían del asunto más bien pronto. Lo más grave de este asunto sería que se demuestre que tiene razón.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/6/17

Posted in Política.


Cristina candidata: ¿señal de fuerza o de debilidad?

Hay quienes alucinan con el túnel del tiempo cada vez que ella reaparece. Por lo que encuentran en su candidatura para estas elecciones, todavía no confirmada pero a esta altura ya casi inevitable, la señal de que no estamos saliendo del pozo sino mordiéndonos la cola en el fondo, a ver si podemos caer un poco más; y corremos el riesgo de pasarnos los dos años que pronto le quedarán por delante al mandato de Macri discutiendo si volvemos o no al populismo radicalizado de los doce anteriores. Un verdadero desastre y un papelón ya antes de contar los votos.

Y están los que se van para el otro lado y ven en esa candidatura la mayor evidencia del control y la manipulación que practica el oficialismo sobre la escena política actual, incluidas las decisiones de sus adversarios más implacables: habría sido Macri el que alentó a Cristina a volver a ponerse a la cabeza de la oposición, incluso el que le estaría garantizando su libertad ambulatoria, y el que alimenta todos los días la polarización que con su presencia se completa. Así que no habría nada de qué preocuparse: aunque ella gane, va a seguir perdiendo, y el gobierno en control de la situación.

¿Qué es lo que queda entonces del liderazgo de Cristina?, ¿y cuál es su verdadera función hoy en día?, ¿sigue siendo una protagonista estelar y mientras no desaparezca será capaz de impedir que inicie en serio un nuevo tiempo, o es la sombra de lo que fue y sobrevive apenas como pieza de juegos que tejen y deciden otros, incluido su más enconado enemigo?

Probablemente la respuesta más adecuada es que ni tanto ni tan poco. Cristina sobrevive con una adhesión importante en el conurbano (donde se duplican los porcentajes de apoyo que recibe en el interior y la Capital) por propio mérito: fue allí donde construyó su base más fiel, donde más recursos públicos invirtió para conservarla y donde más se esmeró en dejar fuera de juego a socios poco leales y potencialmente desafiantes (que convengamos, pusieron también lo suyo para hacerle las cosas fáciles: Massa al salirse del PJ y Randazzo al haber perdido meses y meses sin explicar en qué consistía su disidencia).

Pero también es cierto que, de haber sido por ella, hubiera preferido no tener que involucrarse personalmente y jugarse el prestigio y la autoridad que le quedan en una candidatura. Peor que peor, una legislativa y que puede terminar muy mal. De no haber sido por la insistencia de Randazzo, la vida disipada y la infinita torpeza de Scioli y la ausencia de otros candidatos atractivos y consensuados en su sector, todos problemas que no dependieron ni de ella ni menos de nadie en el oficialismo, la veríamos solo en carteles, no en carne y hueso metida en el barro de la campaña que está por comenzar.

Por otro lado, es cierto que el macrismo en alguna medida la estimuló a bajar al ruedo, queriendo o sin querer, al quitar del medio a Carrió (contra quien Cristina de ninguna manera hubiera aceptado competir, al menos no ahora), y concentrar el poco ajuste que se atrevió a instrumentar precisamente en territorio cristinista, vía la reducción de subsidios. Pero concluir de ello que Cristina es un instrumento macrista resulta por lo menos exagerado. Más allá de que algunos oficialistas lo piensen en esos términos.

Punto este último sobre el que sí conviene detenerse, porque lo cierto es que los desbordes de optimismo se repiten y no es la primera vez que enturbian los cálculos gubernamentales.

Hay en esos círculos quienes fantasean con que, llevada por su egocentrismo e intolerancia ante el disenso, Cristina terminará expulsando del PJ a Randazzo, con lo que aseguraría la total fragmentación y consecuente derrota de la oposición. Si ella va a hacer tan bien el trabajo del oficialismo, ¿por qué éste tendría que poner de su parte demasiado esfuerzo? Le bastaría con sentarse a esperar que las cosas pasen.

Sin embargo que algo así suceda con Randazzo es muy improbable. Ante todo porque él no tiene ningún motivo para salir del PJ: a diferencia de lo que sucede con Lousteau, el zar de los pasaportes puede reclamar ante la Justicia que se respete su legítimo derecho a competir, por ser afiliado del partido y contar con los avales correspondientes, y el cristinismo no tendría forma de detenerlo. Pero, además, lo que sí puede descontar la gente de Cristina es que el atractivo de votar una lista de seguro perdidosa será más bien escaso, y es de esperar entonces que unos cuantos de los pocos apoyos que el ex ministro del Interior retiene a la hora de votar terminen fugándose hacia el massismo o el oficialismo. Las PASO, salvo contadas excepciones, han sido siempre pre-comicios generales, no internas efectivas, por eso ya a nadie le extraña que no sirvan para nada más que para anticipar el resultado de la elección definitiva. Y eso es lo que los votantes seguramente buscarán hacer esta vez, más que perder su voto avalando una tibia renovación partidaria que ya se pinchó.

También en los cenáculos oficiales se suele dar por descontado que, con Cristina candidata, el peronismo bonaerense tenderá a radicalizar su campaña y por tanto a polarizar aun más la escena de competencia, facilitándole las cosas a los candidatos del gobierno: se estará plebiscitando una vez más a la ex presidente, no lo que ellos tengan para mostrar como “frutos del cambio”; lo que, dada la continuidad de los problemas económicos y sociales heredados, será obviamente de gran ayuda. Pero tal vez las cosas no sean tan fáciles.

Cristina siempre fue mejor candidata que estratega, no digamos ya que legisladora o gobernante. Y nunca hizo campañas radicalizándose; todo lo contrario, las hizo buscando el centro y escondiendo sus sesgos y sus socios en la gestión más problemáticos, los Bonafini, los Moreno y los D`Elía. No es de esperar por tanto que vaya a hacer esta vez muy otra cosa, y sería bueno que en el oficialismo se olviden por lo tanto de que los demás van a hacer el trabajo que sólo a ellos les toca.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 7/6/17

Posted in Política.


Freiler, Ducler, Odebrecht: una semana de alivio para la corrupción

El pesimismo estuvo en alza la semana pasada y no fue para menos. El lunes el impresentable juez Eduardo Freiler zafó del juicio político. En público esa batalla el kirchnerismo residual la tiene totalmente perdida, pero le importó un pito y apañó al Oyarbide del momento, sin mosquearse por lo que opine la sociedad. Entre el martes y el miércoles el Ejecutivo fracasó en sus intentos para que Odebrecht brindara información detallada sobre las coimas pagadas a funcionarios argentinos entre 2007 y 2014 y tras cartón, como ya era de esperar, los fiscales que viajaron a Brasilia volvieron con las manos vacías. Para completar un panorama desolador el jueves falleció en confusas circunstancias el financista Aldo Ducler, apenas horas después de prometer que develaría el misterio de las regalías petroleras de Santa Cruz, la trama de corrupción gracias a la cual los Kirchner financiaron su carrera a la presidencia.

Esta sucesión de hechos desafortunados abonó la tesis de que en Argentina no será posible hacer siquiera una mínima parte de lo que está haciendo Brasil en contra de la corrupción endémica. Así como la impresión de que el gobierno carece de la fuerza de voluntad y/o de los instrumentos necesarios para torcer aunque más no sea en parte ese destino.

Y es que en los tres episodios se evidenciaron claras falencias del Ejecutivo. Si aparece un testigo potencial de la relevancia de Ducler, ¿no habría que protegerlo de inmediato? En la UIF dijeron que la oferta de colaboración no estaba debidamente firmada sino solo inicialada y por eso no se tomó en cuenta. Tal vez la verdad sea más bien que ni se dieron por enterados de la intención de Ducler hasta después de su muerte, por simple desidia burocrática.

Si ya era de prever que Brasilia no entregaría fácilmente la información disponible allá sobre las coimas pagadas en nuestro país, debido a que no tenemos leyes como las brasileñas que permitan disculpar a quienes colaboren con la Justicia, ¿por qué el Ejecutivo no advirtió antes sobre ese obstáculo, sobre la responsabilidad de la oposición kirchnerista en haber frustrado lo esencial del proyecto de ley del arrepentido el año pasado, y sobre la necesidad de insistir con ese proyecto así como con forzar a la empresa constructora a sellar un acuerdo específico? En vez de eso se dejó estar, evitó el asunto durante meses, hasta que Carrió y el ejemplo de los demás países de la región (salvo Venezuela y Ecuador, como dijo el propio Macri en estos días, una más que incómoda compañía) le metieron presión.

Claro que es infinitamente mejor tener un gobierno que reacciona tarde y sin plan ante los problemas de corrupción que uno que se dedica a sistematizarla y ocultarla por todos los medios imaginables. Pero el riesgo que corre el primero es frustrar las expectativas de cambio en él depositadas, ya de por sí tímidas y condicionadas, y alimentar indirectamente las tesis cínicas de quienes lo que menos quieren es que se termine la joda y para evitarlo necesitan por sobre todo de la resignación colectiva: que se consolide la idea de que “esto siempre fue igual y nunca va a cambiar”, que “es lo mismo el Correo que Odebrecht o Lázaro Báez, robar roban todos”, y por tanto, que “ya que me van a robar, por lo menos que me den tarifas baratas y empleo público”. Frente a argumentos como esos el kirchnerismo corre con ventaja porque no promete otra cosa, así que nadie va a reclamarle que sea honesto, y hasta puede sacar chapa por no ser hipócrita.

El frustrado intento de juzgar y desplazar a Freiler fue, a este respecto, por lejos el episodio más lamentable de la semana, y el que más perjudicó al oficialismo, porque fue también el que más dependió de sus talentos y esfuerzos.

Si es cierto que los funcionarios macristas se confiaron en contar con un voto en el Consejo de la Magistratura que nunca existió lo menos que cabría decir es que sobreestiman su capacidad de seducción y sus fuentes de información. Y si sabían que tal vez fracasarían pero prefirieron avanzar igual para dejar en evidencia la “complicidad de los kirchneristas” la conclusión a extraer sería aun peor: que no entienden lo frágil que es el campo de cambio.

Como le sucedió a Alfonsín frente a los sindicatos apenas iniciado su gobierno, en 1984, cuando fracasa un lance reformista lo primero que le sucede a un gobierno sometido a múltiples presiones y con muchos frentes abiertos al mismo tiempo es que crecen los incentivos para atender otras prioridades menos conflictivas o riesgosas, y adoptar un enfoque más concertado y modesto en el terreno en que sus intenciones se frustraron.

Esto no debería asombrar a nadie en el entorno de Macri, porque en verdad ya tuvieron ocasión de experimentarlo en carne propia al comienzo de su periplo: a raíz de las críticas y contorsiones desencadenadas por el primer acto del nuevo gobierno en el frente judicial, el decreto presidencial designando a dos nuevos integrantes de la Corte Suprema, el macrismo perdió no sólo tiempo y legitimidad, sino la oportunidad de usar ese instrumento para un objetivo más razonable, por ejemplo desplazar a Gils Carbó; a quien nada casualmente todavía siguen debiendo soportar. ¿Hacía falta algo más para advertir la necesidad de contar con un plan de acción más serio en este frente?

Por suerte durante la última semana también se hizo sentir la presión de Carrió, y varios jueces y fiscales tomaron medidas largo tiempo demoradas sobre algunos de los casos de corrupción más escandalosos de los últimos tiempos. Como para darnos alguna esperanza. Pero ya deberíamos saber que esa sola fuerza motriz no va a alcanzar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/6/17

Posted in Política.


Los feriados divisionistas en nuestra historia

¿Qué es un feriado nacional? Ante todo, una ocasión para descansar o pasear, claro; pero también una fecha en que dejamos de ocuparnos exclusivamente de lo personal y atendemos a lo común, un día que, por su significado compartido, nos une, define y actualiza nuestra identidad. De allí que los feriados nacionales, aquí y en todos lados, hayan estado regularmente asociados a las fiestas patrias: los momentos de la historia del país dignos de celebrarse por lo que significan en la formación y desarrollo de la sociedad y sus instituciones.

Lo primero que llama la atención al respecto en Argentina es que hasta fines del siglo XX no tuviéramos más feriados que los que rememoraban acontecimientos significativos del siglo XIX, más específicamente de sus primeras décadas: por algún motivo ni siquiera hemos experimentado jamás interés en festejar un “día de la Constitución de 1853”, o un “día de la ley 1420”, o un “día del voto secreto y universal”, por imaginar algunos posibles candidatos de las décadas posteriores que bien se lo hubieran merecido. Como si lo que nos mantuviera unidos fueran exclusivamente las luchas de independencia, no los logros ni los pilares institucionales de la concreta y bastante posterior formación de la República Argentina en la que nos tocó vivir. Es por lo menos curioso.

Es llamativo también que tras la reforma electoral de 1912 y a lo largo del resto del siglo XX nos volviéramos una sociedad por completo incapaz de producir nuevos acontecimientos cuyas fechas fueran capaces de convocarnos a todos con un sentido mínimamente compartido, cuyo significado nos uniera y fortaleciera nuestro sentido de pertenencia. Ni nuevos logros institucionales, ni jornadas cívicas, ni victorias internacionales ni nada por el estilo logramos conseguir en todos esos años. Y no es que faltaron intentos y esfuerzos. Unas cuantas fechas partidistas y facciosas pretendieron ser nacionalizadas durante ese largo período de carestía, y con estos intentos se pretendía precisamente dejar atrás dicho período, inaugurar “una nueva era”. Pero todos quedaron a la corta o a la larga en eso, meros intentos.

El peronismo fue por lejos el más activo en estos esfuerzos, como se sabe. Aunque no logró a la postre poner ningún nuevo mojón consensuado, y por tanto inamovible, ni durante su primera década en el poder ni durante los dos experimentos que le siguieron, el de los años setenta y el de los noventa. Así fue al menos hasta que, ya en los albores del siglo XXI, los Kirchner llegaron al poder y se propusieron superar a sus predecesores en esto de hacer historia.

Los gobernantes de la última década larga lo hicieron ante todo porque entendieron muy bien que existía una muy ávida demanda de identidad colectiva, después de años de profunda recesión económica y desafección política y social. Y que existía también la oportunidad para satisfacerla, en un contexto de recomposición social y por algunos años sostenido crecimiento. Estaba el vacío y tenían con qué llenarlo. Pero ¿lo lograron?

Es cierto que dejaron al menos alguna estela, que se prolonga por ahora en el tiempo en signos y símbolos. Pero ellos y su provisoria supervivencia no son tanto el reflejo de consensos particularmente amplios y firmes que supieran en esos años construirse, como de la inercia resultante del fragmentado cuadro de desilusiones y rechazos con que se cerró ese ciclo. Cuadro que a su vez en gran parte es producto, además de los saldos por lo general mediocres sino decepcionantes de sus políticas, de los instrumentos y los métodos con que el kirchnerismo buscó grabar su huella.

Y es que antes que a incorporar al resto de los actores y grupos de opinión en fórmulas compartidas en un “relato” por él estructurado pero en alguna medida atento a las preferencias y sensibilidades del resto de los argentinos, el kirchnerismo a lo que se dedicó fue a acorralarlos con mensajes descalificadores y extorsivos, abusando al máximo del control del estado y del uso de su circunstancial mayoría electoral y legislativa.

Ese método fue también, recordemos, el que se usó para aprobar casi todas las medidas de gobierno, en un agotador ejercicio de la polarización. Pero lo que nos interesa destacar es que al dar su hilo al discurso histórico definió el carácter de la peculiar operación de activación y actualización de la “identidad nacional” montada por los Kirchner, en parte incluyente (“Tenemos Patria” rezó una de las consignas más paradigmática de esos años) pero sobre todo excluyente, pues dejaba fuera de la comunidad política legítima a amplios sectores, los adversarios políticos e ideológicos.

De allí la instauración de curiosas nuevas efemérides, los “feriados divisionistas”, la rememoración de fechas de nuestra historia reciente (y algunas no tan recientes) que tanto por su contenido histórico como por el modo y los argumentos con que se las evocó y recordó desde el estado, tuvieron desde un principio la finalidad de denostar a ciertos actores políticos, y aleccionar al resto: sólo se podría ser miembro pleno de la comunidad nacional si se avalaba esta operación de autocelebración de los gobernantes y sus seguidores y se evitaba desafiarlos en lo esencial del relato.

Junto con esto se partidizaron feriados preexistentes, algo que llegó a niveles extremos en el caso del 25 de mayo, devenido en fecha fundacional del propio oficialismo gracias a la coincidencia entre el día de asunción de Néstor Kirchner a la Presidencia y la revolución de mayo, y a la dedicada construcción desde el aparato cultural y comunicacional del estado de un discurso refundacional con fecha de inicio en 2003 que pretendía “completar y trascender” la obra iniciada en 1810.

De los feriados divisionistas de estos años el más significativo sin duda fue, y lo sigue siendo, el 24 de marzo. Que como ocasión para celebrar los derechos humanos, la memoria y la justicia sirve tanto como serviría la fecha de la batalla de Cancha Rayada para rememorar las luchas de independencia.

El gran fracaso nacional que se condensa en el último golpe militar, procesado por la ingeniería comunicacional kirchnerista, devino símbolo de los valores democráticos para alcanzar varios objetivos simultáneos de resignificación histórica. Por un lado, quitar entidad a todo lo que sucedió antes de esa fecha, en particular entre 1973 y 1976 en términos de violencia política, negación de derechos y destrucción de la convivencia institucional. Nada de eso “tenía lugar” si la historia luctuosa a recordar comenzaba en 1976.

Por otro ofreció, a quienes controlaran los sentidos de la evocación, la oportunidad de definir responsabilidades, con mayor alcance desde que el golpe fuera llamado, como se esmeraron en hacer los gobiernos kirchneristas, “cívico – militar”. Permitiendo a esos gobiernos y sus seguidores poner en la vereda contraria a los derechos humanos y la democracia no a todos los que colaboraron con los militares, si no a aquellos de quienes lo hicieron, o tal vez sólo mostraron alguna ambigüedad o inconsecuencia, y se atrevieran a oponerse a los Kirchner.

Porque como se sabe los que justificaron el golpe en su momento fueron millones y estuvieron movidos por los sentimientos y percepciones más variados: hartazgo con la política civil, deseo más o menos indiscriminado de que las guerrillas y los revolucionarios sufrieran un duro escarmiento y desaparecieran, o la aun más generalizada percepción de que “peor que en 1975 no se podía estar”, a la postre crasamente errada. Y esas y otras justificaciones aun más cuestionables se extendieron además en casi todos los sectores políticos: así como muchos peronistas avalaron la toma del poder por los uniformados para que les sacaran un problema de encima que no habían podido resolver, otros desde el bando revolucionario apostaron a que ella desatara la rebeldía de las masas. No es que los Kirchner desconocieran estas muchas y muy variadas formas en que se pudo “colaborar” con el golpe (si las experimentaron en carne propia y en su familia). Sucedió más bien lo contrario: precisamente porque las conocían bien fue que se ofrecieron para actuar como sus jueces, según un criterio que poco tenía que ver con lo hecho en ese período, porque se fundaba en la medida en que se acompañara o resistiera a las iniciativas de los ahora gobernantes. Ellos se adjudicaron así el derecho de distinguir entre justos y pecadores, una suerte de derecho de admisión a la ciudadanía plena.

No fue este, por cierto, el único feriado instaurado en los últimos años con fines divisionistas. Está también el 20 de noviembre, día de la soberanía por ser la fecha de la batalla de Vuelta de Obligado, y que si bien se recuerda desde 1974, se estableció como no laborable y se jerarquizó desde 2010. Con indiferencia a todos los estudios históricos que destacan la escasa significación que para el resto del país tuviera el esfuerzo hecho entonces por Juan Manuel de Rosas por hacer respetar el monopolio aduanero de Buenos Aires.

Y está, claro, el 2 de abril. Que los Kirchner no instauraron, pero al que sí dieron una mucho mayor atención. La historia de esta última fecha es de por sí elocuente, e ilustra que el problema dista de ser exclusivo del kirchnerismo.

Quien instauró el 2 de abril como feriado fue la última dictadura, en 1983. Con la idea de motivar a la sociedad a valorar el patriótico esfuerzo y sacrificio de sus Fuerzas Armadas y que olvidara o disculpara sus pecados. Alfonsín en 1984 lo anuló y repuso el 10 de junio, advirtiendo que en la fecha de la invasión militar de las islas se recordaba “un hecho cuya celebración resulta incongruente con los sentimientos que evoca”. Si lo que se pretendía era evocar la voluntad colectiva de reparar un daño, reivindicando un derecho internacional que nos asistía, resultaba contradictorio hacerlo el día en que se violó ese mismo derecho internacional y el país se convirtió en parte agresora de la mano de una banda de asesinos repudiados en el mundo entero.

La cosas debieron quedar entonces suficientemente claras, pero no fue así. Cosa curiosa, el mismo partido de Alfonsín, aliado al progresismo frepasista, restableció el feriado del 2 de abril en 2001 con una idea por demás discutible: como el 24 de marzo se había vuelto una fecha “antimilitarista” ya tradicional e “inamovible”, al menos para los organismos de derechos humanos y la izquierda, De la Rúa entendió que había que compensar a los militares dándoles el gusto de que sus “actos patrióticos” y su heroísmo tuvieran también su fecha. Insólito: como no podíamos corregir un error se sumó otro peor, para compensar. Y en vez de unir y construir un futuro mejor se abonó la división y las heridas del pasado.

Cuando llegaron los Kirchner sólo tuvieron que tirar de ese hilo: el 2 de abril ya no sería compensación sino ratificación y ampliación de los mensajes del 24 de marzo, la ocasión para convocar a unas Fuerzas Armadas que debían actuar sólo para realizar los deseos del pueblo, cualesquiera ellos fueran; para advertirle al mundo que si no nos comprendía, y en vez de disculparnos como víctimas que éramos nos señalaba como violadores de derechos, peor para él porque lo ignoraríamos; y recordar que la violencia mientras estuviera dirigida a realizar buenos fines estaba totalmente justificada. ¿Todo esto es hoy lo que nos define como sociedad?, ¿nuestra identidad seguirán siendo los equívocos hechos evocados los 24 de marzo y los 2 de abril?

por Marcos Novaro

publicado en Criterio el 1/6/17

Posted in Política.


Cristina tiene razón: Randazzo no juega a nada

La entrevista a Cristina en C5N no fue exactamente un lanzamiento de su candidatura, pero sí de su estrategia para definir las candidaturas bonaerenses del PJ, al establecer los parámetros de su unidad. Que son básicamente dos, firmemente enlazados entre sí. Por un lado, la unidad según la ex presidente tiene que incluir a todos los que participan de la idea de que con Macri no hay que ir ni a la esquina, no hay que votarle ni la más mísera iniciativa legislativa ni negociar nada. Se trata de conjugar pura y exclusivamente dos verbos, rechazar y entorpecer. Por otro, que no hace falta una renovación política sino continuar la renovación generacional, es decir, seguir dándole lugar a La Cámpora y sus aliados, lo que es consistente con el bloqueo de todo intento de moderación o transacción programática o legislativa.

Y fue muy reveladora la conclusión que extrajo sobre cómo trataría entonces a Randazzo y su gente: si su ex ministro quiere sumarse que lo haga, porque él nunca ha disentido con los planteos del kirchnerismo puro, ni con esa estrategia de resistencia y bloqueo; pero no serían tan bien recibidos los legisladores ahora randazzistas que han entrado en transacciones de todo tipo con el oficialismo; tipos como Daer, Bossio y Abal Medina quedan si no interdictos al menos en la picota.

De este modo Cristina saca provecho de una circunstancia a ella favorable, fruto de un sostenido error de sus adversarios internos. Y es que Randazzo anduvo tratando de sumar dirigentes moderados a su sector, para quitarle respaldo a Massa, pero al mismo tiempo siguió tratando de hacerse de los votos fieles a quien hasta hace poco era su indiscutida líder espiritual, y frente a la cual es cierto que jamás planteó disidencia alguna. Todo lo contrario. Recordemos que durante su frustrada competencia con Scioli acusaba a éste de no ser suficientemente leal, chacoteando con Carta Abierta sobre la supuesta amenaza que el entonces gobernador representaba por su falta de apego real a la doctrina. Y si al final rompió con la estrategia electoral de Cristina para 2015 no fue por una diferencia programática, sino simplemente porque lo dejaron fuera del juego mayor y lo que le ofrecieron no le gustó.

Desde entonces Randazzo no se expresó en lo más mínimo, ni para un lado ni para otro, durante meses. Hasta que hace pocas semanas volvió a hablar y lo hizo repitiendo lo que todo el tiempo dice ya la propia Cristina, que Macri es neoliberal y nos conduce a la ruina, y que hay que frenarlo. Pero si es así, ¿hay que hacerlo de la mano de Daer, Bossio y Abal Medina? ¿Y derrotando primero a los que comparten ese afán de resistencia, es decir a Cristina y los suyos? La verdad es que no se entiende qué pretende. Y es natural que se lo hagan notar.

Demasiado confiado en poder sumar el agua y el aceite, en la típica ensalada que suelen tratar de componer los que creen estar tocados por la buena fortuna y que no necesitan detenerse en detalles, el zar de los trenes y los pasaportes se ha metido en un buen lío, del que ya no está muy claro si va a poder salir bien parado.

La idea de competir a dos bandas, contra Massa y contra el kirchnerismo duro al mismo tiempo, no era en sí mala, pero sí exigía bastante más esfuerzo de su parte. No es casual que el mismo día que recibió semejante cachetada de su ex jefa, Massa y Stolbizer hayan relanzado con relativo éxito el proyecto de la avenida del medio. Que sí plantea una objeción definida a la idea de volver al pasado: si no una al populismo del gasto infinito (algo en lo que más bien se insiste con el proyecto de reducir impuestos para bajar los precios), al menos sí a la corrupción y el abuso de poder.

¿Le alcanzará con esta jugada a Cristina para instalarse en el centro del ring de la competencia bonaerense?, ¿está ya obligada a ser candidata y puede ganar en caso de aceptar el reto? Habrá que ver qué hacen los demás, en particular el oficialismo, que se confió demasiado, al desplazar a Carrió a la ciudad, en la hipótesis de que en la provincia terminarían compitiendo figuras de segunda línea. Eso difícilmente sea así, y el costo de insistir con esta idea podría ser realmente serio.

Aunque por otro lado hay quienes dicen que aun perdiendo el gobierno saldría ganando: si Cristina llega a salir primera en el distrito va a ser muy probablemente por pocos votos y perdiendo de todos modos unos cuantas de las bancas que su sector pone en juego, y se va a hacer aun más evidente que hoy el hecho de que resulta un dolor de cabeza más para el resto del peronismo que para el oficialismo. Seguirá siendo, hasta 2019, su enemiga soñada. Y el desorden y los conflictos que logre promover es más probable que los capitalice un gobierno lanzado a profundizar su programa que el sueño de volver a un fantasioso paraíso perdido.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/5/17

Posted in Política.


La crisis de la dirigencia argentina, de Alvear a Macri

Por décadas los que gobiernan no han sido en Argentina los dueños del capital, ni han tenido fácil entenderse con ellos. Esta tensión bien puede ser vista como manifestación de una dificultad más amplia: a cincuenta años de formulada parece seguir siendo cierta la afirmación de José Luis de Imaz de que Argentina sufre una “crisis de conducción”.
Desde que en 1965 se formulara esa tesis se sucedieron dictaduras y crisis políticas aún más graves que las que motivaron el juicio de de Imaz. Pero también tuvimos la transición democrática de los ‘80s y la estabilización institucional posterior. ¿Resolvió este avance la larga crisis de las elites? Solo en parte. Alcanzó para poner en caja la violencia y reducir la intensidad de las luchas facciosas, pero no mucho más: seguimos añorando que el gobierno del mayor número alguna vez se asocie con el “buen gobierno”; que sean posibles acuerdos de largo aliento sobre los problemas crónicos de nuestra economía; para peor, las crisis económicas agudas y los déficits en la producción y distribución de bienes públicos básicos en vez de evitarse se agravaron.
En verdad no debería llamarnos la atención que la democracia no alcanzara de por sí a resolver los problemas de las elites. Porque la ampliación democrática ya en un principio había complicado la circulación y la integración de las mismas.
Tal vez porque dicha ampliación fue demasiado veloz y puso a gente muy inexperta al frente de tareas para las que no estaba preparada, tal vez también porque la reacción conservadora ante esa velocidad del cambio fue tratar de excluir a los nuevos a como diera lugar, y sobre todo porque desde ya antes las elites operaban con arreglos institucionales y corporativos precarios y/o disfuncionales (un pacto federal inconsistente, un patrimonialismo extendido y apenas disimulado por la fe constitucional), que debilitaban la autonomía del aparato estatal, más necesaria que nunca a medida que la competencia entre grupos y partidos se intensificó.
Como sea, lo cierto es que justo cuando esos recursos fueron más exigidos, el país se enfrentó a una grave crisis externa y al desprestigio intelectual de las ideas adecuadas para gestionar cualquier acuerdo entre las elites. Con lo cual el pacto constitucional y el buen gobierno se fueron, juntos, al tacho y se extendió la desconfianza entre los dueños del capital y los dueños de los votos, y entre las facciones ocasional o estructuralmente enfrentadas de ambos campos.
El hecho de que ambos además desde antes se vinieran reclutando de espacios sociales y culturales muy distintos y, sobre todo, tuvieran cada vez menos vasos comunicantes también aportó lo suyo. Así una diferenciación que era natural consecuencia del éxito, del desarrollo y la complejización de la sociedad, se volvió fuente de frustración.
Que la última esperanza en evitar esta deriva se depositara en una figura “multifunción”, que recreó en su persona el rol que habían cumplido referentes a la vez de la política, la economía, las buenas familias y las ideas como Carlos Pellegrini, Bartolomé Mitre o Julio A. Roca, cuando ya el contexto era decididamente otro, fue sintomático de la profundidad de las dificultades que se enfrentaban. Marcelo T. de Alvear fue en los años veinte y tal vez aún más claramente en los treinta, el instrumento soñado para frenar esta crisis de dirigencia, pronto devenida crisis de legitimidad. Pero su esfuerzo resultaría en gran medida en vano.
A la vez hijo del patriciado, pariente cada vez más empobrecido pero pariente al fin de la elite económica tradicional, y un gran político democrático, capaz de vestir sin impostura a la vez la boina blanca radical y galera de felpa, como se decía con algo de sorna en Caras y Caretas, Alvear hizo lo que pudo por atender las expectativas de conciliación e integración. Lo intentó con particular clarividencia en dos terrenos fundamentales: la reforma social y la del estado, para darle nuevas miras y a la vez fortaleza y autonomía al aparato público frente a los intereses facciosos y partidistas. Contra el bloqueo convergente de yrigoyenistas intransigentes y conservadores habituados al fraude, que frustraron casi todas sus iniciativas al respecto en el Congreso. Y luego frustraron su regreso al poder en 1937.
Desde entonces, agravado el panorama por la creciente intervención militar, otra facción de la guerra interelites más que un árbitro estabilizador, la lucha política ocupó el centro de la escena, desbordando cada vez más las capacidades institucionales del estado. La sociedad se volvió más pluralista, la competencia tanto social como técnica por acceder a posiciones de mando se incrementó notablemente, se abrió a nuevas capas sociales. Pero todo dentro de un marco cada vez menos pluralista, más pretoriano. Esto es, cada grupo con sus recursos, intentando monopolizarlos, con sus propios cursus honorum y sus exclusivos criterios de legitimidad. Todos, por sobre todo, con motivos suficientes para temer por la precariedad de sus posiciones y para desconfiar de las conductas de los demás, fueran viejos o nuevos integrantes de las elites.
Así fue la lucha política y no el estado lo que dominó el panorama en las décadas posteriores. Por eso, porque éste se volvió terreno privilegiado de una lucha facciosa sin cuartel, y no instrumento para resolverla, tuvimos un estado elefantiásico pero no un “modelo estadocéntrico” comparable al de Brasil o México. Por eso tuvimos montones de golpes de estado, e igual número de programas económicos, no un régimen desarrollista mínimamente estable, ni siquiera una dictadura duradera capaz de vanagloriarse de algún legado.
Y por eso las fracciones de las elites en competencia consumieron buena parte de sus recursos (algunas, como la militar, la totalidad de ellos) en ese pantano de disputas interminables. Y su destino no fue ajeno a una decepción social cada vez más extendida. Que hoy sufren por igual los ricos y los políticos, pues a ambos les resulta muy difícil explicar la divergencia entre las promesas de progreso para todos que las mismas clases altas regularmente ayudaron a difundir, y las realidades que resultaron de sus ansias de predominio.
Quien más oportunidades de superar esta crisis de conducción tuvo en sus manos fue por supuesto el peronismo. Pero él insistió desde un principio en comportarse como una contraelite, antes que como una fuerza integradora. Su reiterado sueño fue pasar a retiro no sólo al resto de la dirigencia política, también a buena parte de la empresaria, la judicial y hasta la intelectual. Y así le fue. La última experiencia al respecto, más dispendiosa que nunca y también más efímera, habla a las claras de lo inútil de esa pretensión.
En esta historia Macri aparece como una mosca blanca, un invitado inesperado. Ante todo porque él, en forma aun más sorpresiva que Alvear dado el contexto antiempresario reinante, concilia en su persona roles que parecían definitivamente divorciados. Lo ha logrado a través de un renacimiento vocacional postraumático (tras su secuestro), que lo empujó a convertirse en una persona pública, un emprendedor institucional. Rol en que ha logrado unos cuantos éxitos y convertirse en fuente de imitación para unos cuantos de sus pares. La historia de CEOs “devenidos políticos” tiene este costado de integración de lo escindido que a veces se ignora o menosprecia.
Ahora bien. Ni él ni nadie puede obviar que un gobierno de ricos tiene de partida mala prensa, mucha peor a la ya mala de un gobierno de políticos, lo que es mucho decir. Y la primera consecuencia de la tensión resultante es que Macri se siente compelido a sobreactuar su distancia con su clase y más en general con el resto de los que mandan. Lo que ha redundado y se ha potenciado en la inconducente descalificación del “círculo rojo”.
Aunque lo cierto es que su apuesta, por concepción y también por las circunstancias reinantes, está más alejada que la de la mayoría de los presidentes que lo precedieron de propugnar un recambio de dirigentes demasiado amplio, no hablemos ya de fomentar una nueva contraelite.
¿Le alcanza con esto a Macri, con su excepcionalidad y las ventajas que ofrecen su moderación y sus circunstancias, para tener éxito allí donde Alvear fracasó? Para fomentar la circulación y la integración de las elites en un país estructuralmente pluralista pero funcionalmente corporativo y pretoriano, dominado por lo que Vicente Palermo llamó hace poco con agudeza “el imperio de las minorías intensas”, hará falta bastante más. Necesitará desalentar conductas defensivas y facciosas desarmando cotidianamente la infinidad de mecanismos que las reproducen. Y no sólo proponer mecanismos alternativos sino demostrar que dan mejores resultados. En distintos ámbitos lo hemos escuchado al presidente bregar por ello. ¿Tiene una fórmula adecuada para esa tarea? Todavía no, pero la está buscando.

por Marcos Novaro

publicado en lanación.com.ar el 25/5/17

Posted in Política.


El por qué de la sobrevivencia bonaerense del kirchnerismo

Tras muchos amagues finalmente Florencio Randazzo lanzó su candidatura. Coincidió con un anuncio de pase de Héctor Daer que todos daban por descontado, seguramente planificado. Y con una reincidencia en su habitual torpeza de Máximo Kirchner y sus amigos, que favoreció aun más y en este caso imprevistamente al ex ministro de Interior: los intendentes que se inclinan por buscar listas de unidad, es decir casi todos, se vieron forzados a hacer un gesto de autonomía para no quedar pegados a D`Elía y Sabbatella, y vaciaron el último encuentro del PJ oficial del distrito.
Estos gestos de todos modos no cambian lo esencial: a esos jefes territoriales no les conviene lo que Randazzo pretende, una interna competitiva. Y menos quedar atados a su figura, mientras no despegue en las encuestas. Siguen viéndoslo cada tanto, claro, porque eso les eleva el precio en la dura negociación que mantienen por las listas de unidad con los camporistas. Pero nada más.
Ante esta realidad cabe preguntarse si el proyecto mal o bien reformista para el peronismo boneaerense que quiere encabezar Randazzo no se frustró antes de nacer, y si su decisión de lanzarse a la pelea no llegó demasiado tarde. Él lo desmiente, e insiste en que aunque quede solo no se bajará de la interna. Tiene que transmitir la fortaleza de un Cafiero, el audaz renovador de los ‘80s movido por la imperdonable traición perpetrada en contra suyo y de los afiliados por una conducción envejecida y sorda a toda crítica. Lo mismo que dice Randazzo hicieron con él. Y desmentir cualquier similitud con Carlos Reutemann, a quien infinidad de peronistas soñaron acompañar en la pelea por una superación del menemismo en 2003, pero que en su interminable devaneo los dejó pedaleando en el aire. Aunque le haría bien a Randazzo recordar que Cafiero, e incluso también Reutemann, medían mucho mejor que él en las encuestas en esas ocasiones.
El ex ministro de Cristina debe saber que sus chances son escasas asimismo porque enfrentará a una coalición conservadora amplia. Que puede hacerle morder el polvo con cualquier candidato que lleve al frente, hasta con la deslucida intendenta Verónica Magario, que como toda matancera lidiará con muchas resistencias en el resto del territorio provincial, pero tendrá la ventaja de basar su campaña, igual que planea hacer Esteban Bullrich con Vidal, en la omnipresencia fotográfica de la jefa.
El hombre de los trenes chinos y los pasaportes express puede que consiga de todos modos representación de minoría en las listas, y con eso se conforme. O puede soñar con repetir otra lección de Vidal: la que impartió en 2015 sobre la disposición a votar contra de aparatos de ciudadanos hartos de que los lleven del bozal.
De todo este entuerto lo más sorprendente es de todos modos otra cosa: ¿por qué el kirchnerismo que está en extinción en todos lados, incluso en Santa Cruz (es una incógnita qué sucederá en San Luis pero se descuenta que las declaraciones de amor de los Sáa a la ex presidenta valen tanto como sus declaraciones de impuestos), resiste todavía en el principal distrito del país?
Parte de la explicación puede residir en las características sociales de la provincia y los recursos que en su momento la nación destinó a ella: el conurbano concentra el mayor número de pobres, voto duro del peronismo, y es junto a la Capital donde se focalizaron los subsidios a los servicios, que el gobierno de Macri ha recortado y amenaza con seguir limitando. Sin embargo la situación de empleo y consumo no se ha deteriorado tanto, o tanto más que en otros lugares, como para que alcance esta explicación. Los subsidios fueron quitados a sectores medios, pero no a los más bajos, que reciben la tarifa social. Así que hay que buscar otras razones.
Para empezar, están los errores de los autopromocionados renovadores. Randazzo perdió demasiado tiempo esperando una aclamación que nunca llegó de un peronismo que él supuso no iba a tener más alternativa que colgarse de su faldón. Doble error. Dejó pasar así infinidad de ocasiones para diferenciarse, explicar sus objetivos y mostrarse como constructor de una nueva corriente y challenger de las anteriores.
Segundo, en la provincia el kirchnerismo se esmeró en serio, desde muy temprano, en desarrollar su armado territorial y una base de apoyos directos y personalizados. Y ese armado y esta base social sobrevivieron bastante bien al 2015. El primero, porque no depende de decisiones que puedan tomarse en la nación, ni siquiera en la gobernación. Está sostenido en concejalías e intendencias con acceso a recursos locales o intermediarias obligadas de recursos provinciales o nacionales. Y la segunda, la base social, porque es el distrito de Cristina, donde su vínculo personal con sectores populares se mantiene a flote, ante las dificultades de sus competidores peronistas y oficialistas (incluido el propio Randazzo), de hacer mella en esos corazones. Las encuestas son elocuentes: en el interior del país, incluso en los sectores populares, el rechazo a su figura casi duplica el que se registra en el conurbano. De allí que los intendentes más o menos autónomos además de lugares en las listas le reclamen al kirchnerismo otra condición para acompañar la unidad: que Cristina sea la candidata, y no los condene al mediocre resultado que en las elecciones generales obtendría cualquiera de sus delegados.
Y por último cuenta también el factor Massa. El cisma protagonizado por él y el FR desde 2013 y que sigue pesando fuerte en el peronismo bonaerense, pese a todos los problemas de esa fuerza, quita incentivo y sustento interno a una candidatura renovadora en el PJ. Y determina que el grueso de los intendentes prefiriera seguir con el caballo del comisario antes que arriesgarse a una nueva disidencia. Ahora que la fuerza de Massa volvió a ser una expresión puramente distrital, más todavía: como el tigrense tendrá que concentrar sus esfuerzos en mantener los apoyos que le quedan en su propio distrito, se volvió aún más desalentador el panorama para conseguir respaldo a nuevas divisiones en su partido de origen, visto que sería repartirse entre más un número limitado de votos y espacios.
De allí que muy razonablemente Randazzo haya puesto esfuerzos en seducir a los dubitativos del FR, incluso más que a los jefes locales leales al PJ, y de allí, que frustrado en gran medida ese intento esté volviéndose el jamón de un sándwich que otros planean masticar.
Dada esta excepcionalidad bonaerense no tiene sentido sacar conclusiones generales sobre el posible éxito de Espinoza, Magario y la propia Cristina en cerrarle la puerta a los que quieren cambio en su partido. Lo único que ello anticiparía es que la renovación avanzará, pero los peronistas del principal distrito se subirán los últimos a ese tren, y en consecuencia ocuparán, como en otras ocasiones, los vagones menos relevantes de la futura nueva conducción peronista. Cuando ella se arme, y habrá que ver cuánto tiempo falta para que eso suceda (seguro, bastante más que en los años 80s).

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/5/17

Posted in Política.


El método oficial para meterse en problemas, y salir de ellos

La escena se repite en distintos terrenos y asuntos de la agenda pública, así que a esta altura puede hablarse de una regularidad, un método. Que el gobierno practica a sabiendas o sin querer, váyase a saber; pero en cualquier caso signa su gestión y él parece sentirse cómodo con que así sea.

En enero fue la pretensión de mover un par de feriados políticamente sensibles, el 24 de marzo y el 2 de abril; en febrero, la negociación por el Correo; en marzo, la huelga docente y escalada de movilizaciones sindicales y sociales en general; abril fue más calmo, pero igual estuvieron los despidos en el INCAA y el escándalo del comisario Potocar; y en mayo pasó lo del fallo del 2X1 de la Corte.

Hay por supuesto diferencias importantes entre los distintos episodios, algunos son muy graves y otros no tanto, o son a la vez una cosa y otra para distintos públicos. Pero todos tienen en común un mismo formato, atraviesan una misma secuencia de pasos, que es aproximadamente la siguiente:

1. El gobierno, por acción u omisión, en cualquier caso por falta de previsión, de coordinación y/o de políticas definidas sobre temas relevantes, se mete en un problema que bien podría considerarse evitable. Desata un conflicto que lo hace parecer frágil y sin recursos frente a actores gravitantes y con poder para bloquearlo. Dejando flancos abiertos para la crítica de quienes quisieran que le vaya bien, pero empiezan a dudar de que sepa lo que hace y lo que quiere.
2. La oposición dura se apresura a tomar la iniciativa para hacerle pagar al gobierno todos los costos políticos posibles por su error y sus déficits. Moviliza sus bases, siempre muy dispuestas a responder a sus líderes, tratando de arrastrar detrás a sectores más amplios, radicalizando el conflicto con un planteo radical, acabar con el gobierno “de la derecha” cuanto antes. Es decir, antes de que esos líderes terminen presos.
3. Los opositores moderados, los periodistas y demás grupos influyentes intermedios se asustan, temen quedar atrapados por la polarización, y entonces algunos imitan a los duros, otros se repliegan; en conjunto logran que sus miedos se confirmen y quedan desdibujados.
4. Pasadas la agitación y la histeria iniciales el gobierno reacciona bastante bien a la presión del ambiente, y concibe una salida ahora sí política y más o menos acorde a las premisas moderadas que lo definen, y que conforma a parte importante de la opinión pública y a al menos algunos de los actores afectados. Aunque en ocasiones cediendo también ventajas en términos programáticos.
5. El oficialismo se recupera en las encuestas y recupera credenciales como solucionador/moderador de conflictos. Se convence de que no hace falta cambiar nada importante, que la polarización y lidiar con los problemas caso por caso le convienen y le alcanzan. El ciclo se reinicia.

¿Qué aprendemos de estos ciclos? Que este gobierno puede tener cierta propensión a meterse en líos evitables, pero sale bastante indemne de ellos. Y sigue adelante. Pierde oportunidades de hacer mejor las cosas, de controlar más firmemente la agenda pública e imponerse con más claridad en términos programáticos. Pero, ¿qué sentido tiene lamentarse de lo que no es? Y lo cierto es que no hay incentivos de momento efectivos para que corra riesgos emprendiendo una reforma complicada de sí mismo o de su entorno, y para cambiar un sistema que mal o bien funciona. Dos corolarios.

Primero, el gobierno no aprende mucho de sus errores, dada la dinámica imperante: se convence de que se sale con la suya, sin mayor esfuerzo, y de que lo logra por mérito propio. Cuando en verdad le debe más de lo que quisiera reconocer al contexto y a los favores involuntarios que le prestan otros.

Segundo, en algún momento las cosas cambiarán, y cuándo y cómo eso suceda escapa al control del oficialismo: depende de que surjan actores más desafiantes en la oposición, y de que la sociedad se canse del método de “gobernar por aproximación” que por ahora la conforma.

por Marcos Novaro

publicada en TN.com.ar el 14/5/17

Posted in Política.