Skip to content


Fraude y tiros, avalados por la violencia verbal de Cristina

Comparados con el chavismo, el evismo y el primer peronismo, a los gobiernos de los Kirchner no cabría considerarlos particularmente violentos. En doce años no metieron preso a ningún opositor, aunque intentaron hacerlo con algunos empresarios de medios y otros disidentes. Tal vez no hayan mandado a matar a nadie. En fin, parecen en este aspecto bastante moderados, en comparación al menos con su grupo de referencia.

Pero se cansaron de insultar y denigrar a todo el mundo y de exaltarse a sí mismos y a sus actos por estar inspirados en fines incuestionable e infinitamente superiores a todas las alternativas. Con lo que crearon a su alrededor un ambiente muy favorable a la violencia. Hasta ahora principalmente violencia verbal, lo que se observa en la naturalización desde hace años del insulto y el escupitajo. Pero a medida que la desesperación por retener el poder se incrementa, cada vez más también violencia física. Porque si es tan maravilloso el proyecto oficial y tan superior a todas las alternativas, se entiende que esté justificado hacer casi cualquier cosa con tal de asegurar su triunfo y continuidad.

El fraude es una manifestación de esta situación. Se viene practicando en los márgenes de un sistema electoral muy poco fiable (y que necesita de la movilización de miles de fiscales voluntarios como único recurso para que las prácticas fraudulentas no se generalicen), desde el retorno de la democracia en 1983. Ya entonces se reclamaba un cambio de sistema, que nunca se implementó exclusivamente por las ventajas que ofrece el vigente para la cuasi permanente mayoría electoral e institucional.

Pero además de los defectos institucionales que lo hacen posible, hay que registrar la justificación moral que el fraude, como todo otro acto ilegal, necesita. El kirchnerismo se la proveyó con entusiasmo, revirtiendo tendencias previas que, además de acotarlo en la práctica, ponían al peronismo en aprietos morales a la hora de practicarlo: si en una elección se enfrenta el muy provechoso y naturalmente mayoritario proyecto “nacional y popular” a enemigos neoliberales, antidemocráticos, golpistas y antipatriotas, en suma “los gorilas” por naturaleza minoritarios, ¿qué sentido tiene contar con cuidado y el debido respeto los votos de unos y otros? ¿Si desde el vamos aquel debe ser la mayoría y estos una ínfima y miserable minoría?

En este marco ue ofrece el nacionalpopulismo lo inmoral no es robar votos sino dejar de hacerlo y permitir que se cometa un auténtico fraude contra el pueblo y la patria, el que puede cometer una minoría que por alguna artimaña infame, de esas típicas liberales en que colaboran la prensa y el periodismo, pretenda disfrazarse de mayoría.

El tránsito que experimentamos en estos momentos de la violencia verbal a la fáctica se puede observar en los porcentajes y extensión del fraude en las últimas PASO: y parece que ahora también en la elección del gobernador de Tucumán. Ya no es un problema marginal, no es sólo un mecanismo para dirimir elecciones parejas en algunos distritos remotos y aislados, puede incluso volcar una elección que la oposición hubiera ganado por un margen considerable. En este marco aunque se dice que Scioli necesita dos puntos para llegar a 40% o siete para llegar a 45%, la verdad es que no sabemos si llegó realmente a 38. Y difícilmente podamos estar seguros de que si le faltan los números necesarios en octubre, no vaya a conseguirlos por las malas.

Como si fuera poco, se suma el uso de las armas. Que tampoco era algo desconocido hasta ahora, pero era también marginal; y se está volviendo mucho más generalizado y gravitante. La muerte del militante radical en Jujuy no tiene importancia sólo por el rechazo a la violencia política que nos mantiene en pie como comunidad democrática desde 1983. No impacta negativamente sólo por las mentiras que la presidente usó en su penúltima cadena nacional, con el aplauso de todo el espinel oficial, incluido el propio Scioli, para invertir roles entre víctimas y victimarios. Sino porque se produjo en la provincia que está más cerca de tener una elección reñida después de haber estado por décadas bajo una hegemonía electoral imbatible.

Jujuy es, como algunos municipios del conurbano bonaerense, y como Catamarca y Tucumán, caso este último donde también se repitieron actos violentos, tolerados al menos por las fuerzas de seguridad, uno de los territorios en los que más se está esforzando el pluralismo por renacer. Y es claro que eso no le interesa a quienes se consideran allí los legítimos dueños del poder y de los votos.

Fellner, su gobernador, y el resto del peronismo tradicional han tenido una relación tensa en estos años con Milagro Sala y el guevarismo apenas matizado de Tupac Amaru. Pero saben que si los necesitan para retener el control de la provincia les conviene aceptar sus servicios, y siempre podrán justificarse diciendo que se los impuso Cristina. También porque entienden a su manera que el movimiento nacional no tiene por qué competir en pie de igualdad contra los demás partidos.

Ese peronismo tradicional puede haber intentado en el pasado hacer las paces con el liberalismo y el pluralismo político. Pero aprobó a medias sus respectivos exámenes. Y como además lo hizo de la mano de Menem y Duhalde, dos personajes que les da dolor de cabeza recordar, están más que conformes de volver a inspirarse en sus libros y sus experiencias de juventud, cuando se entronizaba al “Movimiento” y se denostaba al partidismo por burgués y antinacional.

Se entiende entonces que Fellner haya hecho causa común con la Tupac enviando a sus jueces y fiscales amigos a tapar cualquier complicidad política en el crimen del militante radical. Y que Scioli haya colaborado una vez más con Cristina acusando a los radicales, las víctimas del crimen, de querer usar miserablemente a un muerto. También el candidato oficialista necesita para ganar, y necesitará en caso de lograrlo y gobernar, a todas las alas del movimiento trabajando en su provecho. A eso es a lo que él llama “diálogo”, no a otra cosa.

Hay quienes todavía creen que en algún momento Scioli se va a diferenciar de Cristina y va a satisfacer la expectativa de “normalización” del país que sectores empresarios, de la prensa y de la iglesia han depositado en él. Se lo esperaba para después de las PASO y ahora se lo esperará para después de octubre. Con la fe y la esperanza se puede hacer lo que se quiera. Pero tal vez convenga registrar cuál es la normalidad que conocen de toda la vida Scioli y el sciolismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 24/8/15

Posted in Política.


Aníbal, la lluvia, China y el dólar: shock de realidad para la campaña oficialista

Tras las PASO los análisis tendieron a enfocarse en dos preguntas: ¿Podría Scioli perforar su techo?, ¿y cómo lograría Macri crecer a partir de su piso? Las dos llevan más o menos de cabeza a la misma conclusión: tienen que enfocarse ambos en desvalijarlo a Massa. Quien podría colaborar con uno de los dos, con ninguno, resistir más o menos bien o hundirse, pero más que de él mismo su suerte depende ahora de lo que hagan los dos principales contendientes.

Los cálculos sobre quién ganará en octubre o noviembre se van acomodando según las respuestas que se den a esta serie de interrogantes y consideraciones. Los más favorables a Scioli rezan que como el 60% de la gente ha votado una vez más a algún peronista, ese 60% son “votos peronistas” y tarde o temprano una buena proporción de ellos se inclinará por Scioli.

El cálculo confunde costumbre con identidad: en verdad sólo entre 20 y 25% de los votantes se considera peronista, la mayoría de quienes votan peronistas lo hace con bastante distancia y una buena dosis de miedo y resignación. Pero la hipótesis no deja de tener su lógica: la polarización mecánica a partir de la situación creada en las PASO, sea que se dé bajo las fórmulas de Eduardo Fidanza, sea bajo las de Beatriz Sarlo, tiene buenas chances de colocar a Scioli en la Casa Rosada. No casualmente Sarlo y Fidanza coinciden en un punto decisivo: no hace mucha diferencia que gane Scioli o Macri porque son muy parecidos, incluso en el estilo; y si no hay mucha diferencia, no habría motivos para que cambie la costumbre.

Los cálculos opuestos invierten esa relación 60-40: según ellos siguen siendo mayoría los que quieren cambios, los que rechazan que “sigan gobernando los mismos”, y los que desconfían de un “kirchnerismo con rostro humano”.

Las comparaciones entre Aníbal Fernández y Herminio Iglesias que proliferaron en los días posteriores a las PASO estuvieron dirigidas a movilizar y potenciar esta opinión. Y aluden a una circunstancia más relevante (y en alguna medida también más demostrable) que la mera filiación histórica entre quienes fueron consagrados candidatos bonaerenses del peronismo entonces y ahora: igual que en 1983 la sociedad está hoy ante la oportunidad de elegir entre la tradición y la innovación política, puede optar por votar con miedo, por una gobernabilidad mediocre y reproductiva, o aprovechar la oportunidad que ofrece una nueva edición de la cíclica crisis peronista para darle un giro a la historia. Y en estos términos que gane Scioli o que gane Macri no sería ni de lejos parecido, sería como el día o la noche.

Esta segunda tesitura está cargada de ilusión y probablemente sea de por sí impotente para dar vuelta el resultado. Pero pareciera que la realidad política y económica vino en su ayuda apenas se terminaron de contar los votos. No sólo por el escándalo que generó la inundación bonaerense y el interrumpido viaje de Scioli a Italia. Lo que obligó al candidato a ponerse a tapar agujeros en el techo justo cuando pensaba empujarlo hacia arriba. Influye aún más que eso lo que empezó a pasar al mismo tiempo en la política y la economía, y afectó en ambos casos la frágil unidad del sciolismo.

La derrota de Julián Domínguez en provincia no sólo fue un fracaso para Scioli, lo fue también para una gran porción del empresariado, del sindicalismo y para el propio Papa Francisco, que vienen acompañando la tesis de aquél de que reconciliando a la familia peronista la maquinaria digestiva del movimiento va a neutralizar y dejar en el olvido al kirchnerismo como haría una boa constrictor con un ratón.

Aníbal es a este respecto una pésima noticia, pues pone el arranque de la pelea de fondo entre Cristina y todas las demás facciones peronistas con el marcador uno a cero. Y porque representa una amenaza mucho mayor que la de Zannini al frente del Senado y en la línea sucesoria, o la del camporismo controlando la Cámara de Diputados y el espinel de la administración pública nacional: Aníbal gobernador va a estar en condiciones de hacer con Scioli lo que Ruckauf hizo con De la Rúa, y Scioli no tiene chances de ganar sin que también gane el todavía jefe de gabinete, ni tendrá ninguna para desplazarlo de su cargo.

Así que su proyectado tránsito hacia el control del peronismo y de la propia coalición de gobierno se acaba de complicar considerablemente, y todos los que vienen colaborando con él con la expectativa de que ese era el mejor camino a seguir se acaban de dar un buen baño de humildad.

En cuanto a la economía, se acumularon en unos pocos días unas cuantas evidencias respecto a que arreglar con los holdouts y tomar deuda, para postergar los demás cambios, no va a ser suficiente: es decir, no va a ser posible evitar el ajuste hasta las parlamentarias de 2017, para que Scioli haga en ellas más o menos lo que le hizo Néstor al duhaldismo. China iba a ser la principal ayuda para conseguirlo, y ahora se convirtió en el verdugo de esa apuesta.

Se volvieron visibles las divergencias que en este terreno surgieron en el entorno sciolista cuando Mario Blejer acompañó casi explícitamente los planteos de Macri sobre el problema cambiario, justo al mismo tiempo que Miguel Bein trataba de mimetizarse del todo con Axel Kicillof: aquel ensayó una complicada distinción entre flujos y stocks para justificar su aval a la pronta liberación del dólar, lo que en buen romance significa una sola cosa, devaluar rápido y echarle la culpa a Cristina; mientras éste se dedicaba a denostar a los periodistas y colegas economistas que advierten sobre el retraso cambiario como si fueran los culpables de una situación en que no se puede exportar ni siquiera soja de más de 300 kilómetros de los puertos.

Casi tan ridículo como escucharlo a Scioli quejarse de que a Aníbal lo estigmatizan los medios hegemónicos después de haber ayudado a que se conocieran las denuncias en su contra: hay una tenue pero fundamental diferencia entre usar el amplio arco de discursos peronistas disponibles para disfrazar contradicciones y cosechar apoyos por el sí y el no a las libertades de mercado, que ser arrastrado por el temporal en que tarde o temprano terminan este tipo de jugueteos con las tensiones que condicionan la vida real; y no es que Scioli no conozca bien la diferencia entre una cosa y la otra, sucede simplemente que se le han empezado a volar y mezclar los papeles de lo que fue hasta aquí una campaña impecable.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 18/8/15

Posted in Política.


¿Cómo contar los votos?

Ya se sabía que cada partido y coalición iba a tratar de contar los votos de las PASO a su manera, para presentarlos en público como más les convenía. Pero dado que no hubo mayor sorpresa ni desequilibrios decisivos en los resultados el énfasis puesto en generar efectos favorables a través de su comunicación terminó siendo aún más intenso de lo esperado.

El oficialismo apuntó a contabilizar individualmente los de presidente, para resaltar la diferencia que Scioli le sacó a Macri y Massa. Pero prefirió sumar los de sus dos listas bonaerenses. No fuera a darse la impresión de que podría perder esa gobernación a manos de Vidal o de Solá si a los votantes de Julián Domínguez les resultara demasiado tragarse el sapo de Aníbal y Sabbatella. Mientras a Cambiemos las cuentas le sonreían haciendo la alquimia opuesta, y Massa mostraba que sumando a los suyos los votos de De la Sota no estaba tan lejos del resultado individual del jefe del PRO, para poder decir que no hubo polarización ni tenía por qué haberla en octubre.

Esto de la polarización involucra otras cuentas y estimaciones todavía más arriesgadas, y que al final pueden ser decisivas: ¿quién tiene más chances de crecer de aquí en más, y a costa de quiénes puede lograrlo?

Si se suman todos los votos oficialistas y opositores podría decirse que el FPV está un poco mejor que en 2013 pero bastante peor que en 2011 o 2007 y cerca del piso de las votaciones históricas del peronismo. Pese a todo el esfuerzo de campaña, al abrazo entre Cristina y Scioli y la ingeniería cambiaria para disimular que el modelo se derrumba, más del 60% de los votantes escogieron listas opositoras. Y en algunos distritos centrales, prácticamente en todos los lugares donde la producción es más importante que el consumo de gasto público, la relación fue 70-30.

Pero sucede que entre esos opositores están los disidentes peronistas, que no se sabe qué harían si se los forzara a elegir entre Scioli y Macri. Finalmente, al primero le alcanza con subir un par de puntos y que Cambiemos no crezca nada, o crecer siete y que el resto de los votos sigan en alguna medida dispersos. Y no parece remota la posibilidad de conseguir cualquiera de las dos cosas: los votantes de De la Sota, Rodríguez Saá e incluso parte de los de Massa serán por ello su objetivo privilegiado a partir de ahora.

Desde la oposición, sin embargo, se puede hacer un cálculo distinto: los votantes opositores tienen ahora un aliciente bien definido para concentrarse en quien retiene alguna chance de derrotar al FPV; en cambio los peronistas disidentes que basculan en definirse como oficialistas u opositores podrían estar más inclinados a seguir donde están, tendrían igual oportunidad de volcar el resultado hacía un lado o el otro en octubre que en noviembre. Así, a Macri le sería bastante más sencillo crecer, para acercarse a Scioli, que a éste perforar el techo al que ha llegado.

Como sea, la elección sigue abierta, y en lo que viene influirán tanto las campañas como los procesos políticos y económicos concretos. Aspectos sobre los que también cabe hacer cuentas y apreciaciones distintas.

Si se consideran las campañas hay que decir que la oficialista, tanto en su diseño como en su ejecución, fue casi perfecta y le permitió llegar al techo del que hablábamos recién. Por lo que no necesita grandes modificaciones, más que agregar algunas dosis de moderación y cambio, que ya en los últimos días Scioli adelantó, y machacar con el “ya ganamos”, resaltando el hecho de que el FPV sigue siendo la primera minoría y eso le alcanza para conservar el derecho a gobernar.

Las campañas opositoras distaron de ser tan eficaces. Pero además de dos meses para correcciones tienen ahora de su lado el tiempo de los procesos políticos y económicos, que juega en contra del gobierno: desatada la dolarización de activos, en parte por la previsión de que la bicicleta financiera que la venía conteniendo está cada vez más cerca de desarmarse a medida que se consume el cronograma electoral, y fracasado el intento de disciplinar del todo a la justicia y dejar fuera de la agenda los desmanes institucionales y la corrupción, a los opositores tal vez no les hagan falta más estrategas de marketing sino la pizca de audacia para explicar cómo salir del marasmo de estancamiento y precariedad democrática en que nos encontramos.

por Marcos Novaro

publicado en Clarín el 12/8/15

Posted in Política.


Ahora, a la caza de los votos más volátiles

Las PASO arrojaron resultados para festejar pero también para lamentar en todos los sectores políticos. Es por ello, y no sólo por una estrategia de marketing “pum para arriba” que todos se esmeraron en resaltar las buenas noticias y esconder las malas. Scioli ganó, pero fracasó en perforar su techo y en serrucharle el piso a Aníbal Fernández. Macri se ubicó en un expectable segundo puesto, pero no logró polarizar la elección todo lo que necesitaba. Y Massa se recuperó en parte de las fugas sufridas por el Frente Renovador entre abril y junio, pero tiene pronóstico reservado su capacidad de retener esos votos en lo que sigue.

Como sea, es razonable pensar que la moneda sigue en el aire. Y que de qué lado vaya a caer finalmente depende de lo que hagan los principales candidatos de aquí a octubre.

Pero no sólo habrá que atender a la evolución de la oferta política: también hay que seguir la demanda.

Y al respecto tan importante como saber por qué la gente votó como lo hizo en las PASO es anticipar las opciones que tiene para decidir su voto en la primera vuelta. Podría imaginarse que poco va a cambiar, y por tanto la gran mayoría va a repetir su voto. Pero las campañas en estos dos meses van a ser mucho más intensas de lo que fueron hasta aquí, y los ciudadanos seguramente les prestarán bastante más atención. Y también van a influir los procesos políticos, judiciales y económicos, que distan de presentar un panorama tranquilo y previsible: se vio en los últimos días con la reanimada dolarización, que el propio cronograma electoral alimenta ya que nadie cree que la bicicleta financiera con que se la refrena vaya a durar mucho más; y con los escándalos judiciales que dos por tres golpean a figuras del oficialismo.

En cualquier caso, habrá que ver con qué criterios juzgan tanto las campañas como estos problemas aquellos ciudadanos que están en alguna medida dispuestos a cambiar su voto: ¿lo harán prestando atención a los resultados de gobierno o a las promesas?, ¿atendiendo al corto plazo y las prestaciones estatales o al largo plazo y la precariedad de la situación económica?, ¿buscando la mayor identificación posible con los candidatos o maximizando la utilidad estratégica de su voto?

Hasta aquí pareciera que una buena porción de la sociedad está más atenta al día a día que a los problemas de sustentabilidad económica, y que no se preocupa demasiado por los abusos de poder, por la corrupción ni por la ineficiencia en el manejo de la cosa pública: de otro modo sería difícil de explicar el triunfo de Bruera, justo cuando las lluvias vuelven a amenazar la precaria infraestructura de La Plata, o el de Aníbal Fernández sobre Domínguez, pese a todo el esfuerzo de Scioli en contrario. Pero sería exagerado decir que nada de esto le importa a la mayoría: algún costo electoral terminó pagando Scioli por la presencia de Aníbal en las listas bonaerenses, y también por la decisión de Cristina de poner a Axel Kicillof al tope de las porteñas (lo que condenó a la ola naranja a repetir allí el escuálido resultado de Mariano Recalde), y nada asegura que esto no vaya a empeorar si la dolarización, la corrupción y las complicidades con el narcotráfico siguen dando que hablar.

Destaquemos, además, que, por más que no sean muchos los que decidan cambiar, con seguridad serán los suficientes para definir la situación. Como hay dos candidatos con chances y varios sectores menores con electorados heterogéneos y bastante poco fieles es muy probable que la batalla se concentre en esos “territorios de caza”, y sus referentes puedan hacer bastante poco por evitar fugas. Con que un 5% se decida para un lado o el otro el resultado de octubre variará definitivamente; y aún si eso no pasa y las migraciones son menores o se compensan unas a otras, será con esos electorados dispersos con los que se saldará la disputa en noviembre.

Una primera disyuntiva usualmente referida para anticipar cómo se puede definir esta competencia es la que diferencia a los votantes pragmáticos de los principistas. Los primeros sin duda serán los más inmediatamente interpelados por Scioli y Macri: ¿cuál de ellos logrará presentarse como la mejor opción, o mejor dicho como la menos mala, al porcentaje necesario de quienes no los votaron en las PASO, porque no los convencen demasiado, pero recelan más de su antagonista?

Los principistas serán un hueso más duro de roer. Pero al respecto hay que marcar una diferencia: Scioli podría sacar también algún provecho de apelar a los principios y la identidad de muchos peronistas disidentes, sobre todo los que apoyaron a Rodríguez Saá, a De la Sota, en menor medida los de Massa; en cambio Macri tal vez pueda hacer algo de esto con los radicales que acompañaron a Stolbizer, pero va a tener que esforzarse bastante más por seducir a los primeros.

Es cierto de todos modos que el principismo y las identidades están en baja entre nosotros. Algo que muchas veces se considera una gran pérdida, el origen de nuestra decadencia cívica, del escaso interés en las ideas, los valores y todo lo bueno y noble que puede ofrecer la vida política, pero que en verdad no es tan de lamentar: las lealtades partidarias nunca han tenido, al menos entre nosotros, mayor relación con las virtudes ni con las ideas de los políticos, más bien todo lo contrario, y su crisis ha hecho posible que se evalúen más atentamente resultados y rendimientos, cuestiones prácticas, que sí pueden vincularse con valores e ideas. Por caso, es muy probable que De la Sota y muchos de sus militantes prefieran votar a Scioli antes que a Macri por tradición y lealtad, pero una enorme mayoría de sus votantes son antes cordobeses que peronistas, y lo más probable es que atiendan más a lo que estos dos líderes pueden ofrecerle a su provincia que a lo que les sugieran votar sus autoridades locales.

Esto nos lleva a una segunda disyuntiva, la que contrapone la valoración de los resultados vs. las promesas. ¿Hay que decidir el voto según lo que cada líder nos brindó?, ¿o eso es secundario y ambiguo, pues depende más que nada de las chances que tuvo de usar recursos públicos, lo que es difícil saber si hizo eficientemente o no? Dada esta dificultad, tal vez sea mejor prestarle atención a las intenciones y planes. Pero ¿cómo hacerlo, si en sus intenciones todos parecen ser más buenos que Lassie?

Atender a las intenciones no siempre es útil y en ocasiones es por completo contraproducente. En cambio con los resultados sucede más bien lo opuesto: en ocasiones es muy difícil, pues pueden influir más las ventajas circunstanciales que el mérito y la eficacia de los políticos, porque un beneficio inmediato y visible tal vez se pague caro más adelante, etc.; pero nunca es irrelevante, siempre es una buena guía para juzgar a los líderes y elegir a los menos malos. El problema cardinal que enfrentamos a este respecto es que casi todo el tiempo en el último cuarto de siglo, en el país y en casi todo su territorio, han gobernado más o menos los mismos, así que es muy difícil comparar resultados. Por lo que el pluralismo político no puede cumplir bien su función. Claro que tenemos delante una oportunidad invalorable para empezar a corregir esta tara. Pero ella se alimenta de sí misma, así que habrá que ver si alcanza la voluntad de cambio para dejarla atrás.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 11/8/15

Posted in Política.


Scioli falló en perforar su techo y en bajar a Aníbal

Aun el mejor marketing tiene eficacia acotada. Y la campaña de Scioli es buen ejemplo de ello. Fue, en términos de diseño y estrategia, casi perfecta. Pero como en el camino a las urnas intervino también la realidad, las cosas se complicaron.

La lluvia que desnudó la falta de inversiones en el distrito que gobernó por ocho años con récords de recursos públicos hizo sin duda su contribución: votó menos gente que nunca antes en una elección presidencial, bastante menos que en las PASO de 2011, siendo más competitivas que aquellas. De los que no fueron a votar una proporción mayor probablemente viva en zonas inundables, precarias y de difícil comunicación, y estuvo demasiado ocupada salvando su vida y posesiones como para apoyar al candidato oficial que tanto hizo por dejarlos en esa situación.

Pero además dos acontecimientos específicamente políticos tuvieron con seguridad una intervención perjudicial para la suerte de Scioli.

Primero, la pax cambiaria precariamente conseguida meses atrás empezó a desmoronarse, fruto de eventos externos como el empeoramiento de la situación de Brasil, pero también del propio cronograma electoral doméstico, por la convicción cada vez más extendida de que se acerca la fecha en que será ya insostenible la bicicleta financiera con que se viene conteniendo apenas el ansia de dólares. Con ello se resquebrajó la ilusión de que todo puede seguir como viene siendo, ilusión que Scioli necesitaba para llegar al 40%.

A ello se sumó que la pax peronista necesitaba de algo más que el precario arreglo entre bandas de facinerosos, y un liderazgo más sólido que el declinante y falto de olfato electoral de Cristina, y el puramente estilístico y todavía virtual de Scioli. Con esas condiciones seguramente se podría haber evitado la división del aparato bonaerense en dos facciones tan irreconciliables como semejantes, y la gobernabilidad que ofrece el peronismo hacia delante se hubiera podido presentar como algo mejor que una invitación a seguir sometiéndose voluntariamente al saqueo.

Resultó evidente desde un principio que no era buena idea para Scioli aceptar sin al menos alguna muestra de rebeldía varias de las candidaturas que impuso Cristina, sobre todo en los dos distritos de más peso y más visibles a nivel nacional: lo de Aníbal Fernández en provincia fue particularmente negativo, no sólo porque el candidato más afín a la presidenta finalmente ganó, sino porque la competencia generada contra Domínguez y el no menos escabroso Espinoza tampoco sirvió para acercarle algunos votos moderados extras al sciolismo: la suma de ambos no alcanza los porcentajes que necesita el FPV para imponerse en la primera vuelta de octubre.

A eso agreguemos el dato negativo de la ciudad de Buenos Aires, donde Kicillof hizo una cosecha tan mala como Recalde, tirando para abajo al menos algunos puntos a Scioli. Puntos que también él va a extrañar en octubre y que no tiene muchas chances de recuperar a menos que haga callar al verborrágico ministro y además saque de la agenda los problemas de su gestión, a cuál de los dos objetivos más difícil que el otro.

Así y todo Scioli sumó cerca de 38% de los votos. No muchos menos de los que necesitaría para ganar dentro de dos meses, si la oposición siguiera como está. Es cierto que son más de 10 puntos menos que los que obtuvo Cristina en las PASO de 2011. Pero son algo más que los que sumó el oficialismo en todo el país en 2013.

De todos modos, con los perjuicios ocasionados por estas intervenciones de la realidad sobre el marketing de la fe y la victoria alcanzó para compensar o al menos relativizar los errores de campaña y de estrategia que sí fueron en cambio bastante abundantes entre los opositores. Y que por un momento, semanas atrás, pareció que los iban a condenar al fracaso.

Finalmente Massa y De la Sota lo hicieron bastante bien. No lograron remontar tanto como sus voceros y encuestadores venían proclamando, pero sí evitar el fantasma del papelón que en mayo y junio había raleado las filas del FR.

Mientras que Cambiemos salió bastante airoso de la prueba. El que peor sobrellevó estas PASO fue Sanz, que ha sido tan buen estratega partidario y coalicional como mal candidato, y recibió muchos menos apoyos que los que suma su partido en todo el país, pero eso ya se sabía desde antes.

Los oficialistas ya están diciendo que no les fue todo lo bien que se merecían culpa de las operaciones mediáticas de última hora, aludiendo a los desastre hechos por Aníbal, Axel, Espinoza y los servicios de inteligencia. Que es cierto los medios independientes que aún sobreviven tuvieron el descaro de dar a conocer.

Pero, de nuevo, a la realidad no hay con qué darle. Y así como llega un momento en que las campañas electorales se vuelven impotentes frente a los hechos, con los medios y el periodismo sucede algo parecido. Recordemos que en 2011 también hubo escándalos varios en las semanas previas a la elección presidencial. Algunos incluso más serios y contundentes que los reportados ahora. Pero la economía todavía crecía, Cristina estaba en el clímax de su capacidad comunicacional y los candidatos opositores ofrecían entre poco y nada. Para el oficialismo ha sido imposible reproducir este marco, por más que movió cielo y tierra en estos meses. Y tiene más bien pocas posibilidades de cambiar sustancialmente las cosas de aquí a octubre.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 10/8/15

Posted in Política.


Scioli, desesperado por esconder a Aníbal y a Axel

En el tramo final de la campaña para las PASO, justo cuando se preparaba para tratar de conseguir una diferencia indescontable con los opositores, seduciendo a los moderados y la clase media urbana, sectores siempre renuentes a tolerar los excesos y delirios del kirchnerismo, a Scioli se le hizo cuesta arriba esconder los trapos sucios de su acuerdo acrítico con la presidenta.

Podrá decir, como hizo ya ante problemas similares (Hotesur, los ataques a la Justicia, etc.), que la culpa es de los medios independientes que andan siempre buscando el pelo en la sopa. Pero en su fuero íntimo debe saber que la responsabilidad es de la propia Cristina, y también en gran medida suya: haber promovido y tolerado respectivamente las candidaturas de Aníbal Fernández en la provincia y de Axel Kicillof en la ciudad contradecía incluso las propias costumbres oficiales, que mandan esconder a los impresentables en tiempos electorales, para promoverlos a cargos destacados y darles soga sólo cuando los ciudadanos ya no pueden hacer nada para evitarlo.

Así actuaron Néstor y Cristina ante cada elección que les tocó enfrentar en el pasado: haciendo siempre campaña de la mano de gente como el mismo Scioli; para después gobernar con Aníbal, Axel, Moreno, Sabbatella, Bonafini y compañía.

Se entienden de todos modos las razones de Cristina para actuar distinto esta vez: dado que había que encolumnar a la tropa detrás del gobernador, y reconocer en alguna medida su liderazgo, necesitaba poner a sus fieles en lugares destacados de las listas. Aunque espantaran algunos votos.

Pero se entienden menos los motivos por los que Scioli y el resto de la dirigencia peronista ni siquiera chistaron cuando ella tomó la decisión de quiénes serían esos fieles y para qué cargos se los postularía.

¿Pensaron acaso que la sociedad igual se tragaría el sapo, si se lo disfrazaba con suficientes dosis de campaña épica y mensajes conciliadores? En parte debe haber sido eso. Pero también hubo motivos aún más graves: el sciolismo parece haberse convencido de que reconciliar a la familia peronista era suficiente para hacer lo propio con la sociedad argentina, y que por lo tanto bastaba con digerir todos los rasgos problemáticos del kirchnerismo a su lenguaje, darles un tono naranja. Pero terminó así dejando demasiado a la luz que a lo que aspira es a darle una nueva cabeza al mismo monstruo, y no cambiarlo en ningún aspecto relevante.

El propio Scioli incorporó encima en las últimas semanas varios de esos rasgos problemáticos. Desmintiendo que el problema sean sólo Aníbal, Axel y otros acompañantes “impuestos”: el problema del mal gobierno anida y se reproduce en el corazón mismo del oficialismo.

Primero fue ante la crítica que le lanzó Macri por su directa o indirecta complicidad en el desplazamiento del juez Bonadío de la causa Hotesur.

Ya que se lo acusaba de participar de una de las iniciativas judiciales más objetables del kirchnerismo podría haber reaccionado moderadamente, para al menos diferenciarse de éste en el estilo, como hasta aquí muchas veces buscó hacer. Pero siguió sorprendentemente el camino opuesto. No sólo sostuvo que el que merece protección es Máximo Kirchner, no los funcionarios judiciales que lo investigaban, sino que adoptó el desagradable e irritante giro de humillar a sus críticos, algo que a lo largo de estos doce años se esmeraron tanto en volver habitual los Kirchner: aludió con desprecio a su contrincante en la carrera hacia la Casa Rosada como “el ex presidente de Boca”.

La segunda vez fue en el reportaje aparecido el sábado pasado en Clarín. Allí ni siquiera medió una “provocación” de Macri. Fue ante una muy esperable interrogación periodística que Scioli salió con los tapones de punta, reciclando contra el jefe del PRO el más famoso de los gestos patoteros de una década prolífica en patoteadas gubernamentales: “¿estás nervioso?” le espetó a Macri, sin que viniera al caso.

Encima lo hizo en el diario y en la cara de los periodistas que sufrieron directa y cotidianamente este gesto patoteto durante todos estos años. ¿No habrá sido demasiado?

¿Fue pura insensibilidad de su parte, un típico reflejo de quien se siente ganador y se va de mambo, o parte de una meditada estrategia para demostrar poder, de cara a la batalla electoral pero también para dejar sentadas las reglas y pautas con que prevé gobernar?

Ante todo es evidente que Scioli piensa cada paso que da, y que le interesa especialmente en este momento hacer gala de su musculatura, mostrarse fuerte, todo un machazo, para evacuar la sospecha de que va a ser un presidente débil controlado por Cristina y los suyos.

Aunque esto no es todo: también cabe colegir que está haciéndonos saber cuáles son sus verdaderas ideas sobre el ejercicio del liderazgo. Nos hemos cansado de escuchar dos interpretaciones alternativas sobre su futuro y lo que puede ofrecernos: que está condenado a ser débil, por tanto inofensivo, o que nos va a liberar de los abusos kirchneristas, y por tanto va a reequilibrar el poder, cualquier cosa que haga va a ser beneficiosa para la democracia.

Pero tal vez haya que considerar seriamente una tercera alternativa: que se esté preparando para reemplazar una patota por otra, probablemente más abarcativa y “consensual” que la kirchnerista, pero en esencia no muy diferente, y en consecuencia conviene temerle tanto a su fracaso como a su eventual éxito.

En suma, que hay que tomárselo en serio, no subestimarlo, como él siempre dice, porque Scioli no piensa ser un presidente débil, dejándose controlar por Cristina y el resto de los peronistas. Ni tampoco uno que haga el papel que los no peronistas esperan de él: rebelarse contra Cristina, apoyándose en todos los demás humillados por ella, para compartir generosamente el poder. En ninguno de los dos casos se lo imagina como un poder amenazante y ese puede ser un error de trágicas consecuencias.

Escuchándolo hablar del consenso, de la fe y las buenas maneras me trajo el recuerdo de José Luis Manzano en tiempos de la Renovación Peronista. Corría 1987, los renovadores parecía que se habían despejado el camino a la presidencia y muchos intelectuales progresistas, y también votantes atentos a la democracia y la república no se cansaban de celebrarlo: por fin íbamos a conocer un peronismo civilizado, socialdemócrata, moderado, republicano, y con no sé cuántas virtudes más. Pero Manzano, con esa desfachatez tan suya que luego lo llevaría lejos, mucho más lejos que al resto de la Renovación, estando entre amigos les advertía: “ojo, que nosotros somos apenas el rostro intelectual de la patota”. De Scioli, obviamente, no es muy intelectual que digamos, pero como es puro marketing no puede esperarse siquiera esos momentos de sinceridad de su parte.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 4/8/15

Posted in Política.


Nuevo libro: “Manual del Votante Perplejo”

Layout 1

 

Marcos Novaro
Manual del votante perplejo
Una terapia en seis pasos contra la neurosis política

descargar fragmento

En todas partes se cuece la crisis de la representación política. Más lentamente en algunos sitios, a mayor velocidad en otros, la política democrática parece apartarse cada vez más de las antiguas y familiares tradiciones que encarnaban los partidos políticos, con sus programas, sus ideas claras, sus votantes que provenían de sectores sociales o culturales definidos. No siempre el lugar de los antiguos políticos es ocupado por personajes caricaturescos como el cómico italiano Beppe Grillo, pero sí, cada vez con mayor frecuencia, los candidatos se preocupan más por comunicar su propia imagen que por discutir y justificar las ideas políticas que pretenden llevar al gobierno. En este contexto, los ciudadanos tienden a volverse cínicos o ilusos. Los primeros, ya curtidos en decepciones, han llegado a la conclusión de que los políticos son todos iguales y no están dispuestos a confiar en nadie. Los segundos, votantes esperanzados, creen que tarde o temprano habrán de dar con las personas adecuadas para que los gobiernen.
Si usted es un cínico o un iluso, este manual está escrito para usted. Su autor, Marcos Novaro, se ha propuesto desmentir parcialmente ambos conjuntos de creencias, y ofrecer de paso una terapia para calmar la incomodidad y el disgusto con que unos y otros viven su relación con la política. Para conseguirlo, Novaro propone una suerte de ejercicios teórico-prácticos que permitirán al lector, sin necesidad de convertirse en un experto, entrenarse en el complejo campo de los procesos políticos. Una terapia “económica e incruenta” que permitirá al lector, como todo buen tratado de autoayuda, comenzar a combatir la neurosis política, a vivir más felizmente la vida pública y a establecer una relación más productiva, sana y amable con los políticos y con la política.

índice

Presentación

1. Desorientados y agobiados por la información
2. No vivir de ilusiones: ¿los hombres buenos son siempre malos políticos?
3. Valorar detenidamente los resultados, más que las intenciones
4. ¿Qué elegir: personas, partidos, reglas, programas o ideas?
5. Tener siempre abierta la puerta de salida. Las ventajas de no casarse con nadie y los riesgos del oportunismo
6. No creerles a los analistas criticones que “lo harían mucho mejor”

Posted in Política.


Scioli puede ganarle a Macri, pero no al dólar

El dólar volvió al foco de la atención pública en el peor momento de la campaña electoral. Justo cuando, en el colmo de la hipocresía, el kirchnerismo promovía un día nacional de la moneda, mientras terminaba de destruirla con una emisión desbocada para promover el consumo; emisión que igual se va en gran medida a precios y al billete verde, y se refleja en cada vez más altas tasas de interés que apenas si logran refrenar la dolarización.

En lo único que el autodenominado “equipo económico” parecía haber invertido bien sus esfuerzos en los últimos tiempos era en evitar una nueva devaluación. Aunque la economía productiva se fuera al tacho. Y el retraso cambiario, el endeudamiento del sector público a altas tasas y cortísimos plazos, más el déficit fiscal acumulados por el “modelo productivo con matriz diversificada” recordaran cada vez más a los últimos tiempos de la convertibilidad, o los meses finales de la tablita de Martínez de Hoz.

Pero parece que no va a ser suficiente. Igual que Menem con De la Rúa, y más atrás Videla con Viola, Cristina planea dejarle a Scioli (o a Macri) la difícil tarea de lidiar con un enorme retraso cambiario, y la segura dosis de impopularidad de cualquier salida que el nuevo presidente sea capaz de encontrarle.

Aunque puede que no sea suficiente para que la señora se desentienda del todo del muerto: de aquí a octubre todo hace pensar que la economía no va a repuntar y apenas podría mantenerse como está, mientras la presión cambiaria se seguirá agravando y con ella crecerá la previsión de una fuerte e inminente devaluación. Y peor todavía pueden resultar las cosas entre octubre y diciembre.

El oficialismo, con Scioli a la cabeza, seguramente seguirá por ahora cerrando filas y diciendo que todo es parte de una conspiración mediático-sinárquica-imperialista. Y tal vez tenga algún éxito con ello para seguir alimentando el voto conservador, la idea de que no hay que cambiar la política económica si no seguir aislándonos del mundo, cruel, injusto y que nos trata tan mal, y que tiene al dólar por ariete corrosivo contra nuestra soberana moneda.

De ser así, el partido oficial lograría evitar el daño electoral inmediato, aunque igual no podrá evitar que el consenso peronista sobre una salida gradual y sin conflictos del ciclo k se resquebraje.

Como van las cosas, Scioli mismo se verá obligado a elegir, en caso de ganar, entre dos males que pensaba evitarse: presionar a Cristina utilizando él mismo la presión de los mercados para que reconozca algo de la responsabilidad que le cabe en los desequilibrios que deja como legado; o bien hacerse cargo él de pagar un costo mucho mayor al esperado en un más lento reconocimiento y ajuste de esa herencia durante sus primeros tiempos en la Presidencia.

Cualquiera de esas alternativas consumiría seguramente buena parte de su luna de miel con los votantes. Si chocara con Cristina anticipadamente lo más probable es que conseguiría muy poco de ella: como Videla con Viola, es difícil que la presidente saliente le vaya a hacer el favor al entrante de pagar parte de las cuentas acumuladas; recordemos si no que en enero de 1981 Videla y Martínez de Hoz aceptaron finalmente ceder, pero sólo un mísero 10% de devaluación; un porcentaje que ahora también sería por completo insuficiente.

Scioli aún tendría la alternativa de imitar a Viola, y devaluar él mismo apenas asuma, el 11 de diciembre y por sorpresa, digamos, para que el shock se cargue a su antecesora. Pero es difícil imaginarlo dando semejante golpe de timón, y más todavía esperar que salga indemne de semejante giro.

La otra opción sería que insista en el gradualismo, que busque primero arreglar con los holdouts, conseguir financiamiento para reforzar las reservas, y recién después poner manos a la obra y salir del entuerto monetario y fiscal. Pero ese camino demorará significativamente cualquier inversión privada: los empresarios se negarán a poner dólares a 9 pesos cuando el tipo de cambio real y que en algún momento debería reconocerse, esté rondando los 20. Así que la economía productiva seguiría languideciendo. Probablemente sería tarde ya para reanimarla en 2017 y para tratar de encabezar entonces la rebeldía antikirchnerista.

Claro que a Macri tampoco le sería fácil lidiar con este dilema. También él tendría que consumir buena parte de su luna de miel en salir del atolladero. De lo cual cabe concluir que gane quien gane lo que es seguro es que nos espera una transición larga: una que empezará recién el próximo diciembre, y cualquiera sea el que la encabece, con suerte terminará en 2017, cuando se pueda finalmente decir, en el mejor de los casos, que vamos camino a tener una economía normalizada y un nuevo gobierno en funciones.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 27/7/15

Posted in Política.


Invitación al Foro: ¿Colisiones de gobierno? ¿O coaliciones?

El Club Político Argentino convoca a un foro de debates sobre diversos formatos para garantizar el mejor funcionamiento de las instituciones gubernamentales con la participación de importantes personalidades argentinas y extranjeras

La tradición presidencialista en América Latina reconoce en los últimos años múltiples variantes según los estados y su maduración democrática, con una clara tendencia en la mayoría de los países de la región a construir consensos institucionales y establecer políticas compartidas con acuerdos de largo plazo.

Sólo la Argentina y otros pocos países parecen anclados en el hiper-presidencialismo que caracterizaba la región en el siglo pasado, con alternancia de regímenes de facto y gobiernos constitucionales e instituciones republicanas débiles.

Todo indica que el resultado de las elecciones y la composición de ambas Cámaras del Congreso Nacional obligarán a un funcionamiento con mayor interacción entre las fuerzas políticas, volviendo pertinente el debate sobre coaliciones de diverso tipo, tanto en el gabinete del Ejecutivo como en el Parlamento.

Para aportar a esta posibilidad cierta, el Club Político Argentino ha organizado para el 30 de julio una jornada con diversos expositores que ha denominado: FORO ABIERTO SOBRE COALICIONES DE GOBIERNO, que se llevará a cabo en el Aula Magna de la UTN, Medrano 915, entre las 9 y las 16 horas. El debate promete ser apasionante.

Participarán especialmente invitados protagonistas e intelectuales de países vecinos como Uruguay, desde donde concurrirá Constanza Moreira, senadora nacional por el Frente Amplio y Jorge Lanzaro, polítologo de la Universidad de la República; Chile: Pepe Auth, diputado nacional por el Partido de la Democracia y el politólogo Paulo Hidalgo; y Brasil: con la presencia de los politólogos Fernando Limongi (CEBRAP, San Pablo) y Cláudio Goçalvez Couto de la Fundación Getulio Vargas.

De la Argentina concurrirán dirigentes políticos (Jesús Rodríguez, Marcos Peña, Juan Carlos Mazzón, José Scioli, Gustavo Marangoni, Patricia Bullrich y Facundo Suárez Lastra); variados representantes de organizaciones de la sociedad civil (IDEA, CIPPEC, Foro de Convergencia, Asociación de Derechos Civiles, Federación Agraria Argentina, MPA); sindicales (APOC y Dragado y Balizamiento) y Justo Carabajal por las organizaciones laicas del Episcopado. Entre los presentadores argentinos estarán los especialistas Marcos Novaro, Carlos Gervasoni, Julia Pomares, Marcelo Cavarozzi y Vicente Palermo, presidente del CPA.

 

 

PROGRAMA DEL FORO ABIERTO COALICIONES DE GOBIERNO

30 de Julio de 2015

Aula Magna UTN, Medrano 915

Presentación general 9:00

Primer Módulo: 9:30 a 11:00

Fundamentos conceptuales y experiencia internacional de coaliciones

Presentaciones de: Jorge Lanzaro, Paulo Hidalgo, Cláudio Couto y Vicente Palermo

 

Segundo Módulo: 11:00 a 13:00

Acuerdos políticos fundantes de las coaliciones

Presentadores: Pepe Auth, Marcelo Cavarozzi, Mario Serrafero, Constanza Moreira

Con 6 líderes sociales y 3 actores políticos

 

Tercer Módulo: 14:00 a 16:00

Dinámica y exigencias de las coaliciones de gobierno

Presentadores: Fernando Limongi, Carlos Gervasoni, Marcos Novaro, Julia Pomares

Con 6 líderes sociales y 3 actores políticos

 

Posted in Elecciones 2015.


Macri quiso ganar solo y pagó el costo

El líder del PRO pagó un alto precio por el pelito con que Horacio Rodríguez Larreta acaba de triunfar en la ciudad. Y puede que ese precio alcance para reducir sus chances de ganar la Presidencia.

Lo que debió ser la coronación de la estrategia escogida para procesar la sucesión en su distrito y el trampolín para reforzar su campaña presidencial se pareció bastante a un velorio. Podrá decir que enfrentó a “todos los demás aspirantes presidenciales”, que con más o menos énfasis, por una u otra razón, apoyaron a Lousteau. Y es cierto que les ganó. Pero zafó raspando y no puede responsabilizar por tan ajustado resultado más que a sí mismo.

Macri debió saber que si quería un triunfo solo suyo corría este riesgo. Tal vez él tuvo buenas razones para privilegiar en su momento a Larreta sobre Michetti. También puede que haya tenido otras buenas razones para rechazar meses antes la propuesta que le hizo Ernesto Sanz de permitirle a Lousteau y al resto de ECO competir con el PRO en las PASO de la ciudad, en una réplica local de lo que el frente Cambiemos es a nivel nacional. Pero lo que Macri parece no haber advertido es que esos dos conjuntos de razones se contradecían entre sí.

Si mantenía una fórmula del PRO pura en la ciudad, y se encaminaba a una competencia contra Lousteau en las generales, le convenía llevar allí a su mejor figura pública, alguien que pudiera emparejar las habilidades comunicacionales del carismático pelilargo, y esa era Michetti, no Larreta. Si en cambio iba a privilegiar la experiencia en la gestión de éste último, entonces le convenía neutralizar el desafío que podía representar el líder de ECO en una competencia abierta, aceptando el precio de compartir la victoria en la ciudad, es decir, yendo a las PASO con el resto de Cambiemos.

No hizo ni una cosa ni la otra, tomó todos los riesgos, y pagó las consecuencias. Es cierto que de todos modos se salió con la suya, ganó y nadie va a disputarle el triunfo. Pero ya en la primera vuelta se advirtió que Larreta tenía un techo electoral bastante más bajo que el esperado. Si Lousteau hubiera tenido un poco más de tiempo para acorralarlo, las cosas podrían haber sido aún peores para el PRO.

Hay de todos modos algunos beneficios que Macri todavía puede extraer de esta situación. Por un lado, la reñida elección mantiene la atención de la opinión pública del país enfocada en la ciudad y en los aliados de Macri, que tienen la oportunidad de hacer por él lo que éste no pudo lograr por sí mismo: ayudarlo a sumar más apoyos.

Sanz, Carrió y sus respectivas fuerzas hasta aquí aparecían como chaperones desdibujados detrás de una candidatura unipersonal. Un poco por limitaciones propias, un poco por la cerrazón de PRO. Queda poco tiempo para potenciar la marca Cambiemos. Pero tal vez ahora tenga su oportunidad y eso es mejor que nada.

Por último, el buen resultado de ECO en el balotaje ha terminado de disolver al kirchnerismo en una oferta electoral que, a medida que se fue volviendo más atractiva y competitiva, pudo prescindir por completo de él. Arrastrando hasta al propio Scioli a apoyar a quien desde el oficialismo nacional habían venido descalificando del peor modo.

Lousteau fue señalado desde el kirchnerismo, sucesivamente, como un joven brillante, un flojo funcionario que no pensó bien los números de la 125, un traidor a la causa porque no quiso seguir hasta el final la guerra contra el campo, un frívolo farandulero, un economista de derecha con el descaro de criticar el “modelo”, un vil instrumento de Carrió, y un macrista disfrazado. Y como cierre de semejante historial, mientras casi todos los militantes y dirigentes kirchneristas de la ciudad votaban en blanco en esta segunda vuelta, la enorme mayoría de quienes los acompañaron en la primera le dieron su voto al líder de ECO sin hacerse mayores problemas. No es lo que se diga una muestra de buen arte en la conducción política. ¿No se dieron cuenta acaso de que de no ser tan cerrados y mezquinos podrían haberle arrebatado el distrito a su mayor enemigo?

Scioli, por su parte, debió ver en esta secuencia una réplica de lo sucedido con su propia candidatura, y de lo que apuesta a que suceda en agosto y octubre: que ella sea el ariete del aparato digestivo del peronismo en la tarea de neutralizar y disolver al kirchnerismo, sin conflictos ni saltos. Y sobre todo sin que los afectados se den cuenta.

¿Si el kirchnerismo se disuelve así de fácil como mostró la elección porteña, por qué habría que votar contra el peronismo? Es por esto, además de por la oportunidad de mojarle la oreja a Macri, que Scioli se mostró tan entusiasmado con Lousteau, y lo llamó para felicitarlo como si hubiera ganado, en vez de hacerlo con quien sí había resultado vencedor.

Para los macristas esta experiencia, y la recomendación de Scioli de revisar errores, por más aviesa que les haya sonado, brindan también una oportunidad para definir si su campaña nacional va a tener o no un adversario, y si va a ser Cristina y los miles de camporistas atornillados en cargos públicos, el peronismo, el espíritu inmanente del populismo o la ola naranja. Nunca es tarde.

por Marcos Novaro

publicado en Clarín, 21/7/15

Posted in Política.