Skip to content


Macri y la inflación: un fracaso autoinfligido

El índice de marzo, 4,7%, asusta, es uno de los más altos desde 2002 y ya esa comparación evoca los peores temores. Y encima daña un poco más nuestro ya muy golpeado orgullo nacional: nos pone más cerca de Venezuela, al fondo de la tabla, muy lejos de los países “bien organizados y donde las cosas funcionan”, ya no digamos los europeos, sino casi todos los latinoamericanos. Ese conjunto de sociedades y economías a las que estábamos hasta hace poco acostumbrados a mirar por encima del hombro y hoy no podemos mirar a la cara: 4% es más o menos lo que tienen Colombia, Uruguay y Paraguay en todo un año. Así que si mañana ud. no consigue dólares en la casa de cambio es casi lo mismo que compre y guarde guaraníes, soles o reales. Cualquier cosa menos nuestros inútiles pesos.

Pero ojo, porque todos o casi todos los argentinos seríamos felices y consideraríamos un gran éxito si logramos volver a tener entre 1,5 y 2% por mes. Como en los años buenos de la etapa kirchnerista, o como en el 2017, que se les pareció bastante. Y no nos preocuparíamos mucho, por no decir nada, el hecho de que ese 2% es más o menos todo lo que acumulan en un año Perú, Chile o El Salvador.

Macri todavía puede ganar la elección de este año si logra ese módico objetivo. Pero sería bueno que se preguntara si, en caso de conseguirlo, le conviene de nuevo insistir en que va a seguir trabajando con la prioridad de bajarla mucho más, y más o menos rápido, como hizo en 2015. ¿Tiene sentido ir en contra del sentido común de los votantes y tratar de convencerlos de que lo que para nosotros es “normal” en cualquier país normal es insoportable?

Macri ha aceptado un error de partida con la inflación: que fue demasiado optimista al decir que podría reducirla a un dígito anual en poco tiempo. Pero lo que debió haber revisado, porque constituyó su verdadero y más decisivo error, fue haber dado por supuesto que la sociedad entendía y compartía sus objetivos al respecto, que la inflación “normalizada” durante los años anteriores era un gran problema y no algo con lo que se podía convivir, y valía la pena esforzarse y pagar costos para erradicarla.

Porque esa es la cuestión finalmente a resolver. Los argentinos, ¿estamos dispuestos a hacer sacrificios para reducir en serio nuestra alta inflación? La gran mayoría definitivamente no. Ni siquiera lo estamos para pasar del 4 al 2 mensual. Si mañana triunfa Cristina en las elecciones y, echándole la culpa a Macri, al FMI, al imperialismo y a quien fuera, nos dice que ahora el piso mensual va a ser 4, no tendríamos mayor inconveniente tampoco en adaptarnos. A lo que nos costaría en cambio adaptarnos es al esfuerzo para reducirla en serio, y mantenerla baja.

Si no operase entre nosotros esta amplia disposición a normalizar la alta inflación, sería muy difícil entender por qué los Kirchner ganaron sucesivas elecciones pese a que la tasa anual pasó del 3,7 cuando llegaron al poder, 2003, al 12,3% en 2005, y de ahí al 26,2% en 2007, y siguió moviéndose alrededor del 25-30% en años posteriores, con las tarifas congeladas, es decir que todos los demás precios siguieron aumentando a un ritmo aún mayor. Y no se entendería tampoco que, en los años en que a los Kirchner no les fue bien en las urnas, 2009 y 2013, fue justo cuando los índices retrocedieron, no porque ellos los combatieran más eficazmente, si no porque sucesivos shocks recesivos los moderaron espontáneamente.

Si perdieron esas elecciones, igual que la de 2015, fue porque la economía estaba estancada o cayendo, no por la suba de precios. Y si los Kirchner mintieron con los índices fue básicamente por el error de juicio en que cayeron cuando el problema empezaba a despuntar, que se parece bastante al error inicial de Macri. Creyeron que la alta inflación iba a ser pasajera, o que iba a ser muy difícil lograr que la opinión pública se adaptara a ella si se volvía crónica, o un poco las dos cosas a la vez. Cuando lo cierto es que nada de eso pasó, y terminaron perdiendo más votos por mandar la patota de Moreno al instituto de estadísticas que por haber permitido que la alta inflación volviera a regir nuestras vidas. Algo que ni siquiera el grueso de los empresarios, mientras la economía siguió creciendo, les reprochó demasiado.

Porque también para ellos funcionaba la rueda de la felicidad: si tenían que pagar sueldos más altos de lo que la productividad de sus empresas permitía, el desajuste lo trasladaban a los precios, descargándolo en forma difusa en los consumidores; y lo mismo hacía el Estado, cuando emitía moneda en vez de equilibrar sus cuentas; y la jefatura sindical tampoco tenía de qué quejarse, al contrario, celebraba que su poder se fortaleciera mientras siguieran en sus manos los mecanismos que permitían año a año a los salarios de sus representados seguir el rimo de los demás precios.

Corolario, entre nosotros una parte importante de la sociedad no está tan interesada en terminar con la alta inflación, sobre todo si la economía crece, o al menos la rueda de la felicidad los sigue contando entre sus pasajeros.

Macri debió haber tomado nota de ese desinterés, y más todavía, lo útil que podía serle, en vez de combatirlo. Ya que las medidas económicas que él mismo consideró más impostergables iban a alimentar la suba de precios por bastante tiempo y por encima de la inercia que ya traían desde antes: corregir tarifas, volver a un tipo de cambio competitivo y, para peor con un mercado cambiario libre en un país que nunca logró convivir con algo así (salvo en los comienzos de los Kirchner, y eso también lo echaron a perder), y mientras liberaba los circuitos comerciales (y la fijación de los precios de bienes y servicios) de toda la maraña de intervenciones discrecionales y punitivas que se habían ido acumulando en años de dislates morenistas.

En vez de eso se comprometió a cumplir cuanto antes una promesa que pocos se habían tomado en serio y aún menos iban a poder reprocharle que dilatara en el tiempo. Y todavía sigue haciéndolo hasta hoy: unos pocos meses atrás insistió con anuncios de que “ya el índice está bajando”, que pronto iba a empezar a bajar, ahorita nomás, ya está desacelerando, si no es este mes es el que viene, lo van a ver; incluso estos últimos días él y varios de sus funcionarios volvieron a repetir que abril, a más tardar mayo, “volvemos a la zona del 2%”.

Haciéndolo, ofreció una y mil veces la cara para que se la llenaran de dedos: ahora hasta Axel Kiciloff patalea en los medios porque la inflación es un escándalo, y anuncia en un simpático libro que acaba de publicar que estas cosas no van a seguir sucediendo en el “país normal” que va a regalarnos cuando vuelva al poder. Así, con todas las letras, Kiciloff nos promete un “país normal”, “sin tanta inflación”. Y sin esfuerzo.

Claro que ahora Macri ya no puede salir de la trampa en que él mismo se metió. Tiene hasta que sobreactuar con medidas del arcón del intervencionismo punitivo para que no se diga que “no hizo todo lo posible” por frenar los precios. No estaría mal que, por lo menos, se tomara con un poco más de filosofía la hipocresía de quienes formamos su audiencia.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/4/2019

Posted in Política.


Entre Ríos, primer test relevante para la pelea nacional

Dentro de la seguidilla de elecciones provinciales las PASO de Entre Ríos no sirvieron para dirimir casi nada, pero tuvieron su importancia: el peronismo unido y Cambiemos se midieron por primera vez en un distrito del centro del país, pluralista y competitivo (no es el caso de San Juan), cuyo resultado da pistas más o menos confiables sobre lo que puede pasar a nivel nacional.

Balance provisorio: el peronismo demostró su control del territorio, y que sus líderes provinciales no sufren el desgaste que padecen las autoridades nacionales; pero Cambiemos salvó la ropa, mostrando que su electorado más firme no lo abandona.

La coalición hoy en el gobierno nacional, que postula para la gobernación de Entre Ríos al radical Atilio Benedetti, no esperaba sacar más votos en estas PASO que su futuro contrincante peronista, Gustavo Bordet, quien va por la reelección.

Se sabía en sus filas que era imposible repetir el resultado de 2017, cuando los candidatos del sector se impusieron por casi 53% de los votos contra solo 38% del peronismo. E incluso iban a estar lejos de los guarismos de las presidenciales de 2015, cuando tanto en primera vuelta, por estrecho margen, como en la segunda, por una diferencia bastante mayor, Macri se impuso a Scioli en las preferencias de los entrerrianos.

Pero temían caer muy por debajo de la marca que habían alcanzado sus candidatos locales en esta última ocasión, cuando Bordet fue electo por solo 22.000 votos de diferencia (un poco más de 2% del total) sobre el ruralista Alfredo De Ángeli.

Si perdían por paliza donde cuatro años atrás casi dieron un batacazo y hace dos años arrasaron en el favor popular, iba a ser una pésima señal.

Por eso se conformaban pero también se desvivieron en Cambiemos por no quedar demasiado lejos del porcentaje que obtuviera el actual gobernador. Así no quedarían muy en desventaja de cara a la pelea en serio por la gobernación, que se concretará el 9 de junio, en una provincia que ha cambiado de manos varias veces en las últimas décadas y donde el voto del campo y de los sectores medios pesa bastante.

Y de paso la fuerza del presidente evitaría seguir dando la impresión, que abonaron los pobres resultados conseguidos en otros distritos (en particular los patagónicos), de que a lo largo y ancho del país la ciudadanía está dándole la espalda.

Era una misión difícil porque el gobernador y candidato peronista conserva una alta imagen positiva (alrededor de 60%). Que se sostiene en dos pilares, que también tienen su relevancia para la política nacional.

En primer lugar, el pacto fiscal de 2017. Sus resultados se sometieron a prueba en estas PASO, y están bien a la vista: los gobernadores peronistas tienen altas chances de seguir controlando sus distritos porque salvo raras excepciones (Santa Cruz y alguna otra provincia muy mal administrada) no enfrentan crisis fiscales, pagan a término los salarios de sus empleados y con aumentos no despreciables. Y es que la crisis y el esfuerzo del ajuste son casi exclusivamente nacionales; las provincias en general pudieron evadir la reducción de impuestos, e incluso en algunos casos los aumentaron (lo hizo Salta, pese a que Urtubey a nivel nacional es el peronista que mas en sintonía se muestra con los recortes que promueve Macri; y bue, hablar es fácil).

En segundo lugar, la unidad peronista. Bordet se enfrentó, apenas asumió en diciembre de 2015, contra su predecesor y hasta allí padrino, Sergio Urribarri, hoy acusado de irregularidades en su gestión y todavía firmemente alineado con el kirchnerismo, del cual su sucesor tomó también rápidamente distancia. Parecía entonces que la fuerza del cambio iba a dejar en el pasado a todos los protagonistas del ciclo anterior y Bordet no quería quedarse rezagado. Pero con el paso del tiempo se vio que la cosa no iba a ser tan sencilla, e igual que muchos “ex entusiastas y sangre joven”, Bordet volvió a acordar tanto con Urribarri como con Cristina. Hasta aquí, con buenos resultados y sin recibir mayores objeciones: sumó los votos del Frente Renovador de 2015 a los del kirchnerismo, todos en su beneficio.

Aunque vuelve a plantearse la pregunta de siempre: ¿Quién capitalizará este electorado a nivel nacional, el kirchnerismo o el peronismo alternativo? Los dirigentes locales mayoritariamente se siguen inclinando por la segunda opción, pero según las encuestas ninguno de los candidatos que podrían promover tienen mayor arrastre. Así que Cristina puede terminar siendo la beneficiaria del éxito de Bordet, aunque Bordet se le resista. Si es que se le resiste.

Los dirigentes de Cambiemos tienen otro consuelo: que se votó en lo peor de la crisis de confianza en las políticas nacionales, con la imagen pública de su dirigencia nacional tocando fondo. Para cuando sea la votación en serio, a comienzos de junio, puede que ya sea visible la recuperación que dicen ya está empezando Y sobre todo habrá sido liquidado el grueso de la cosecha y sus beneficios estarán circulando por los bolsillos de al menos parte de los entrerrianos.

Entonces sí para la coalición oficial demostrar competitividad será decisivo. Se estará votando en varios de los distritos centrales que, en conjunto, reúnen el 70% del electorado nacional y definen las elecciones a presidente. Si la situación mejora respecto al “piso” que mostraron estas PASO de Entre Ríos, tal vez pueda esperar también que en esos meses tan mal no le vaya en las elecciones de Santa Fe y de Mendoza. Y en los municipios de Córdoba donde no vaya dividido el radicalismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/4/2019

Posted in Política.


Lavagna se desanima, y Macri empieza a extrañarlo

El ex ministro puso condiciones demasiado exigentes para ser candidato. Y como no despegó en las encuestas, sus pares de Alternativa Federal se negaron a concedérselas, dejándolo sin muchas opciones para avanzar. Mientras tanto el gobierno pasó de una módica alarma por su irrupción, a asustarse en serio por su eventual retiro y el debilitamiento del peronismo moderado.

El origen del problema está en que Roberto Lavagna se entusiasmó con su buena imagen pública. Creyó que iba a ser sencillo convertirla en intención de voto, liderazgo de una coalición amplia y plural, y que por lo tanto, frente a una dirigencia política casi unánimemente repudiada por la sociedad, le iba a ser permitido imponer sus condiciones para ganar las próximas elecciones y luego para gobernar.

Así que apuntó a jubilar de un solo plumazo tanto a Macri como a Cristina (“son dos fracasados que ya no tienen nada que ofrecer”) y someter a su voluntad a los demás miembros del peronismo moderado. Incluido su hasta hace poco jefe político, el joven aunque es cierto que ya bastante baqueteado Sergio Massa.

Demasiado ímpetu para alguien cuyo único activo era la difusa simpatía de una sociedad que así como te celebra te denuesta o te olvida, por lo que ni siquiera ella misma se toma muy en serio sus estados de ánimo. Y demasiadas descalificaciones para acompañar un discurso centrado en el diálogo, la unión de los argentinos y demás nobles fines que supuestamente la soberbia y necedad de “los otros”, unos pocos malos políticos, nos impiden alcanzar.

Resultado: nos terminó revelando que la vestimenta no era lo único que no se le daba bien combinar. Y que con su melifluo tono jesuítico podía ser tan proclive a pisar el palito de la desunión como los promotores de la grieta que él se dedica a repudiar.

Enojado con Massa por sus coqueteos con Cristina, que su propio ánimo excluyente venía alentando, sumó más frases definitivas, de esas que cierran opciones de salida en vez de abrirlas: “Massa y yo estamos en dos proyectos distintos”, sentenció, dejando a Alternativa Federal de cara a una ruptura, que intentó vanamente achacar a continuación al gobierno de Macri, supuestamente interesado en inventar divisiones donde no las hay.

Tras lo cual, en vez de moderarse, insistió con sus exigencias: “la discusión sobre las PASO ya fue” sentenció, dando a entender que ni siquiera se sentía obligado a argumentar su negativa a participar de las mismas. Aunque a continuación debió hacerlo, y sostuvo que “ni Macri ni Cristina van a una PASO, qué curioso que quieran dividir este espacio”, ignorando el hecho de que ya Macri y Cristina son reconocidos como líderes en sus respectivos campos, cosa que él en cambio debe aún lograr. Pero como las cosas no parecen acomodarse a sus deseos, puso en duda su postulación: “si no hay consenso no me interesa la candidatura”. ¿Tan pronto va a tirar la toalla? ¿No se le ocurrió que un “interés” tan relativo de su parte puede estar en el origen de la desconfianza que despierta como líder político, incluso para muchos que lo ven con simpatía? Alguien debería explicarle que eso de crear consensos, una coalición de apoyo y más todavía ser presidente no es soplar y hacer botellas.

Lo más llamativo del caso es que, si Lavagna confirmara su amenaza y se retirase de la competencia, dejaría a Alternativa Federal bastante peor de cómo la encontró. Porque en el ínterin las diferencias entre el massismo y el resto se han multiplicado. Y quien sacó provecho de la situación fue Cristina. De allí la pavura que despierta en Cambiemos una posible dispersión de ese sector, al que necesita más que nunca para refrenar el posible crecimiento de la oposición más dura. Y para crear mínima confianza en los mercados respecto a que, por una vía u otra, la moderación y la racionalidad económicas van a sobrevivir a las próximas elecciones.

Claro que Lavagna y los demás miembros del peronismo civilizado insistirán en que si no logran mejorar su puntería no es su culpa, sino culpa del propio gobierno que, aunque los necesita, hace todo lo posible por debilitarlos y quedarse solo en el ring frente a la ex presidente. Lavagna es un gran cultor de esta idea. Una más de las varias ideas absurdas que se han instalado como verdades indiscutidas en la política de estos tiempos: las críticas con que desde el gobierno recibieron la postulación del ex ministro, varias de ellas bastante mal enfocadas, ¿no fueron acaso, conscientes o inconscientes invitaciones para que subiera al ring? ¿Acaso no sabe el gobierno que es tan importante para su suerte electoral la presencia de Cristina como la división del voto opositor, que puede terminar si los no kirchneristas siguen deshilachándose y haciendo papelones? Y finalmente, ¿alguien puede en serio creerse que si la ex presidente sigue liderando una porción mayoritaria del peronismo es porque Macri le da aire y la “deja suelta”, y no porque las opciones de recambio en esa fuerza hasta aquí han fallado?.

Como todo camelo, está construido con algo de verdad. Es evidente que a Macri le conviene que ella sea su principal contrincante. Y lo asusta que aparezca otro más competitivo. Como por un momento pareció ser Lavagna. No tiene sentido reprochárselo: es natural que un gobierno débil acosado por mil problemas económicos a los que no le encuentra la vuelta, elija bien con quién pelearse. Pero eso es lo único cierto de aquella afirmación. Lo demás es puro cuento. Por algo se dice con la misma frescura que Macri persigue judicialmente a la ex presidente, como que manipula a los jueces de Comodoro Py para que siga libre; una cosa o la otra son falsas, y conociendo el grado de eficacia con que se mueven la presidencia y sus operadores judiciales, lo más razonable es pensar que ambas lo son. Y en cuanto a Lavagna, es claro que el susto inicial del oficialismo, real o simulado, en cualquier caso irrelevante, ha dado paso a una alarma mucho más seria y contundente: si Cristina logra que haya un solo candidato peronista a la gobernación bonaerense (y Massa parece decidido a ayudarla en eso) y consigue varios triunfos anticipatorios en las provincias (y para eso está ofreciendo su pago chico Gildo Insfrán), la escena según la cual “ella no puede ganar porque la mayoría de los argentinos no quiere volver atrás” puede ser reemplazada por otra, en que “la Argentina profunda vuelve a imponerse a la de las elites”. Es a eso a lo que debería temerle el ex ministro, y no a las PASO.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/4/2019

Posted in Política.


Río Negro frenó a Cristina, pero le dio un acotado alivio a Macri

Tal como sucedió en Neuquén, en Rio Negro la unidad peronista fracasó en conseguirle un triunfo anticipatorio a Cristina Kirchner. Aunque Cambiemos obtuvo un resultado pobrísimo, los estrategas oficiales se conforman con poco, y pueden resaltar el hecho de que siguen ganando los que están en funciones, y eso favorecerá las chances de Macri en las presidenciales.

Weretilneck se la jugó: no postergó las elecciones tras el fallo de la Corte en su contra, no insistió con su reclamo por ser candidato ni se dedicó a quejarse de los jueces, acomodó rápidamente a su tropa y apostó a que Arabela Carreras, su hasta allí ministra de turismo y candidata a vice, lo reemplazara. Sus coprovincianos lo acompañaron y logró retener la gobernación por amplio margen.

Transmitir votos de una figura a otra no es fácil. Y menos todavía lo es cuando hay que actuar a los apurones, sin un partido sólido detrás y con un candidato no muy conocido ni de mayor atractivo.

¿Por qué al gobernador rionegrino le funcionó? Influyó sin duda el control que ejerce sobre el aparato estatal, que en momentos de crisis económica adquiere aún mayor gravitación sobre la voluntad de los votantes, por los recursos de asignación discrecional que tiene en su poder, y por el temor que agobia a la sociedad, que la situación empeore, que suele ser más intenso que la repulsa por la responsabilidad de los gobernantes en la gestación de dicha situación. Juntos Somos Río Negro, como se denomina la fuerza ganadora, no es más que una estructura ad hoc, montada para sostener al actual mandatario y su pequeño grupo de acólitos cuando rompieron con el peronismo, tras la muerte de Carlos Soria en 2012. No es una identidad capaz de generar mayor entusiasmo, de movilizar a nadie detrás de grandes proyectos. Pero parece ser suficiente para asegurar la gobernabilidad, y pocos le piden más que eso.

Y además de su propio mérito debe haber influido la razón que el propio Weretilneck dio apenas salió de votar, concebida ante todo como zancadilla para burlar la veda electoral: “La gente tiene mucho miedo a las propuestas del peronismo”.

En un tiempo en que nadie genera demasiado entusiasmo, que los demás encima espanten puede ser el mejor argumento de campaña. Lo sabe Macri y no dejan de repetirlo sus colaboradores. Los críticos de la grieta se lo reprochan pero, finalmente, ¿qué tiene de malo que a uno lo elijan por ser el menos malo en una época sin héroes ni salvadores? Tampoco es que la culpa de que no haya mayor motivo para entusiasmarse la tengan los candidatos, nadie puede hacer milagros si, como dice Lavagna, “no hay nada para repartir”.

Lo cierto es que Martín Soria no generó el arrastre esperado, y hay que entender por qué fracasó. Ante todo, su flojo desempeño demostró que el apellido tampoco asegura el traspaso de votos de un líder ausente a otro emergente. Y que, aún unido, el peronismo puede perder, cuando no es por tradición una mayoría electoral segura (la sociedad rionegrina ha sido más pluralista que el promedio de nuestras sociedades provincianas), y sus líderes trabajan poco y mal sobre lo que significa su unidad, dando mensajes equívocos o dejando demasiados heridos por el camino.

Soria hijo parece haber incursionado en todos estos errores. Fue muy equívoco respecto a su relación con Cristina: por momentos se mostró muy alineado con ella, no dudó en mantener la denominación Frente para la Victoria para su fuerza, toda una antigüedad, aunque al final de la campaña desmintió tener algo que ver con el kirchnerismo y se declaró peronista a secas. Pese a que con sus idas y vueltas había ya espantado a unos cuantos peronistas a secas, que respaldaron a la lista de Carreras. Y aunque intentó darle un perfil local a su candidatura, se cansó de reprocharle a Weretilneck sus buenas relaciones con Macri, a Pichetto su disposición a colaborar con Macri, y a los demás contendientes a hacerle el juego a Macri al contribuir a la división del voto opositor. Seguramente muchos rionegrinos no entendieron bien en qué residía su vocación por ocuparse de los problemas provinciales.

La situación tiene semejanzas con lo que sucedió en Neuquén, donde también la alianza entre sectores peronistas dio menos rédito del esperado, en parte al menos porque espantó a los votantes más atentos al localismo, ante el intento de sumarlos a un proyecto nacional que no seduce tanto como sus promotores creen.

Aunque en Rio Negro hay todavía más motivos para que Cambiemos festeje de los que hubo en Neuquén: Weretilneck no dudó en devolverle favores a Macri con su frase contra el peronismo, que inscribe su triunfo, digamos, claramente “de este lado de la grieta”. Lo que es todo un gesto si atendemos a la pobre imagen que el gobierno nacional tiene en su provincia.

Y también si consideramos el desastroso desempeño de los candidatos de Macri en el distrito. Que estuvo bastante por debajo de los ya muy pobres de sus pares neuquinos.

Macri de todos modos respira aliviado, y puede dar de ello aún otro motivo que la desgracia de sus enemigos jurados: si en los dos distritos en que se votó hasta ahora para gobernador ganaron los oficialismos locales, y en las provincias que votarán durante las próximas semanas vuelve a darse este resultado, aunque los beneficiarios aquí sean peronistas el mensaje más importante de las urnas será que la mayoría de los votantes no se inclina por los opositores, porque las cosas no están tan mal, y porque tampoco hay alternativas claramente mejores. Aunque Cambiemos siga haciendo un flaco papel en la mayoría de las provincias, Macri podrá pretender que la situación terminará por beneficiarlo, más que a Cristina, a Lavagna o a cualquier otro.

No es lo que se dice un gran alivio.

por Marcos Novaro

Publicado en TN.com.ar el 7/4/2019

Posted in Política.


Hoy, Cristina no se baja

Mejora en las encuestas sin hacer nada (o precisamente, porque no hace ni dice nada), mientras Macri cae y los peronistas alternativos siguen divididos y sin vía para despegar; ¿por qué Cristina va a resignar su candidatura, si hoy hasta aparece ganando en el ballotage?

Hace un tiempo se decía que ella, con tal de impedir la reelección de Macri, iba a estar dispuesta a sacrificarlo todo, incluida su candidatura, si ella era obstáculo para la unidad opositora. Ahora se ve que no solo tendría asegurado un triunfo en la primera vuelta, sino que podría ganar la segunda. Y eso que todavía no vimos más que el inicio y una pequeña muestra de la potencia que va a adquirir el círculo vicioso (o virtuoso según quién lo mire) entre espanto de los tenedores de pesos ante su posible regreso al poder, corrida atrás del dólar, mayor malhumor social y deterioro del gobierno, más chances de que ella gane la elección, más fuga del peso y así sucesivamente.

También se decía hace un tiempo que el peronismo moderado iba a ofrecer alguna vía de escape para que Cristina y su familia pudieran asegurarse de cierta tranquilidad en el terreno judicial. Pero ahora se ve que la tranquilidad se la piensan proporcionar en forma mucho más segura ellos mismos, demoliendo la causa de los cuadernos con contra denuncias desopilantes y dilaciones en esa y en todas las demás investigaciones Que por ahora parecen insuficientes, y bastante truchas, pues los certificados médicos y demás excusas a que echan mano harían sonrojar hasta al estudiante más caradura y desesperado por esquivarle el bulto a un día de examen. Pero cobran pleno sentido cuando empalman con la decisión de apostarlo todo a un pronto regreso al poder, que acabe con este calvario judicial definitivamente. Teniendo ese premio mayor tan al alcance de la mano, ¿por qué iban a conformarse con tanto menos, como sería, en el mejor de los casos, una penosa supervivencia a una banca de distancia de Menem?

Otro argumento que circuló a favor de la tesis de que Cristina no tendría muchos motivos para ser de nuevo candidata era que iba a tener que romper la resistencia de la gran mayoría de los jefes territoriales del peronismo, que se han independizado de ella y no quieren volver para atrás. El problema que se ha venido observando en los últimos meses al respecto es doble. Por un lado, están los que siguen dependiendo de que ella les junte adhesiones, porque de otro modo podrían perder sus espacios de poder. Eso no es tan marcado en el interior, pero sí es decisivo para entender el alineamiento de los intendentes bonaerenses: se mantienen fieles al kirchnerismo porque nadie más que Cristina les garantiza un piso de 30-35% de los votos que por arrastre les aseguran retener sus municipios, aunque el peronismo siga dividido; garantía que desaparece en cambio si Cristina se bajara: obviamente ella no existe si el candidato fuera Solá, o Rossi, ¿cuánto tardarían esos jefes distritales en declarar su prescindencia de la elección nacional e incluso la provincial si CFK los defraudara? Necesitan verla en campaña y con todas las pilas más que sus seguidores más auténticos y fieles.

El otro dato que cambió el panorama, este sí con particular impacto en el interior, es el éxito de las listas de unidad promovidas por el kirchnerismo. Si hasta en Córdoba desapareció la competencia entre facciones del movimiento, en este caso por el retiro liso y llano de la lista de la ex presidente. La pregunta que todos se hacen es cómo van a compatibilizar los gobernadores electos o reelectos el haber cooperado con los K en sus distritos con el llamado a votar contra su candidata en las elecciones nacionales de agosto y octubre. Cómo van a justificarse ante sus seguidores, sobre todo si Cristina sigue sacándole una buena ventaja a cualquier peronista alternativo. Y si en la confección de las listas de legisladores nacionales los seguidores de la ex presidente logran reeditar las famosas listas de unidad, o al menos la competencia dentro de una misma alianza, que a todos pueda beneficiar. El desarme de Alternativa Federal “por abajo”, que ya se observa en el cambio de posición de los peronismos distritales de Tucumán, La Rioja, Río Negro y varias provincias más, exige que ella sea la frutilla del postre, e igual que sucede en la provincia de Buenos Aires, se podría revertir apenas insinúe que da un paso al costado. Así que no está solo en juego la competencia presidencial, si no la propia supervivencia de su espacio y de su capacidad para ordenar y eventualmente lograr la reunificación del peronismo bajo su ala, todo empuja a Cristina a sostener su candidatura.

Ante este panorama se entiende que el gobierno nacional esté bastante confiado: no creen que Cristina le vaya a fallar a Macri en esta, su hora más difícil. Creen a pie juntillas que se repetirá el escenario de 2015, no por ceguera de los adversarios, ni por excesivo afán de protagonismo ni por ningún otro vicio habitualmente atribuido a los populistas, los peronistas y todos los demás “istas” del eje del mal. No, simplemente porque no pueden hacer otra cosa.

¿Qué más puede pedirle Macri a Cristina? Realmente, ha hecho de todo por su bien. Más que su enemiga ideal, Cristina para Macri ha sido desde hace años la jefa, estratega en las sombras, y principal ejecutora de sus campañas electorales. Si ella no hubiera llamado a votar en blanco en la elección de la ciudad de Buenos Aires en 2015, Lousteau hubiera derrotado a Rodríguez Larreta para jefe de gobierno y el barco de Cambiemos se hubiera ido a pique antes de levar anclas. Si ella no hubiera puesto a Zannini de candidato a vice y no hubiera impedido todo gesto de autonomía a Scioli, esos dos puntitos por los que él cayó derrotado por Macri probablemente no hubieran existido. Y si ella no hubiera roto con el PJ y en especial con Randazzo en 2017, las elecciones legislativas de ese año no le hubieran resultado tan favorables al oficialismo.

Macri le debe mucho y, si los cálculos no le fallan, le va a deber todavía más.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 3/4/2019

Posted in Política.


¡Basta de grieta! La unidad está de moda

Últimamente todos hablan de unidad. Lavagna dice ser el único que habla en serio, porque la grieta es un “negocio de Cristina y Macri”. Pero CFK ya tiempo atrás llamó a su fuerza “unidad ciudadana”. Y ahora Macri, para no ser menos, reflotó su deseo de “construir una Argentina unida”. ¿Qué hay detrás de tanta invitación a juntarnos?

Los llamados a “superar la grieta” se han puesto de moda. Y, cosa curiosa, ponen en aparente sintonía a gente que nunca se va a poner de acuerdo sobre lo que eso significa, ni sobre lo que habría que hacer.

Esta moda parece responder a un cuadro de aguda incertidumbre: ha perdido buena parte del atractivo que hasta hace poco tenía la diferencia política que tiempo atrás propuso Cambiemos entre república y populismo, que en su momento le sirvió para combatir con éxito los varios clivajes que antes planteara el kirchnerismo, entre pueblo y oligarquía, izquierda y derecha, la patria y los vendepatrias y otras más que ahora se me escapan, pero cuyos promotores aún consideran válidos; y todavía no se sabe bien qué otros se propondrán desde la “tercera vía”, donde hay mucha gente que opina, pero todavía nadie que conduzca.

Hasta ahí, nada extraño. Es lo que suele pasar en cualquier democracia: los partidos plantean “diferencias significativas” que les permiten ganar elecciones y después decir que “gobiernan en bien de todos”. ¿Cuándo camelean más, cuando reducen todas las diferencias a una que les conviene, porque pone a sus adversarios en minoría y a la defensiva, o cuando invitan a superar las diferencias y “empujar todos juntos”, obligando a las minorías y disidentes a seguirles el paso? Difícil decirlo.

Y en nuestro caso, ¿las diferencias en torno a las que venimos debatiendo, sirvieron por un tiempo pero ya no sirven para ordenar la competencia ni para orientar gobiernos, sus magros resultados prueban que desde el principio estaban “mal planteadas”, o quienes no están satisfechos con ellas deberían plantear otras mejores y dejar de quejarse de “la grieta”, cuando lo que pretenden es solo reemplazar la que existe por otra que les convenga más? Cada quien, según sus gustos y preferencias, puede dar la respuesta que quiera.

En cualquier caso, parece que tanto los K como los macristas van a insistir con los planteos que ya les conocemos, pues no creen que sea cierto eso de que sus propuestas y los clivajes que de ellas resultan hayan sido superados. En tanto Lavagna y los demás “terceristas” parecen inclinados a innovar, aunque no está claro para dónde: reunir a “todos los que quieren la unidad nacional” puede sonar lindo para empezar, pero a poco de andar aparecen los problemas. Lavagna mismo ha tenido que aclarar que “unidad no es unanimidad”, sugiriendo que su coalición será muy amplia, pero va a dejar a algunos afuera. ¿Quiénes son esos indeseables?

Planteó al respecto que sus adversarios son “los que fracasaron estos últimos años”. De nuevo el futuro contra el pasado, más o menos como dice Macri, sólo que con los nombres invertidos. No alcanza.

Dado el esfuerzo de Lavagna por presentarse moderado en todo podría concluirse que lo que quiere excluir es el extremismo: ni los muy populistas ni los muy liberales tendrían cabida en su “unidad no unánime”. Pero Macri y Cristina bien podrían contestarle que de ellos no está hablando, porque también se han esforzado por excluir a los extremistas: Macri nunca pondría en su gobierno a un Milei o un Espert, y se siente cómodo cada vez que esa gente lo critica por “tibio”; y Cristina dio a entender que está dispuesta hasta a arreglar con el FMI, ¿por qué temerle?

Claro que, en su paso por el poder, es más difícil encontrar gestos de moderación concretos en los Kirchner: ellos no se abstuvieron de ubicar en cargos destacados a gurkas ideológicos como Moreno y Kicillof; y si no avanzaron en reformas radicalizadas sobre la Justicia, las empresas, los medios y demás no fue porque no quisieran, sino porque no los dejaron.

Por eso la referencia a la grieta como una frontera que separa a dos bandos equivalentes en su “extremismo” y su “esterilidad” es un poco equívoca. ¿Busca velar otra diferencia que se pretende instalar más disimuladamente?, ¿cuál podría ser, si no es la de la pretendida y jesuítica moderación urbi et orbi?

Alguna pista al respecto se le ha escapado a Lavagna, Duhalde y compañía cuando hablaron de la necesaria reunificación del peronismo y su rechazo al “gorilaje”. Una expresión que sí refiere a una grieta realmente ominosa, hoy por suerte bastante inefectiva. Pero que parece no les molesta y hasta tal vez quieran reflotar, como intentaron ya en años pasados los Kirchner.

Es que, finalmente, su “centroprogresismo” tal vez no sea muy distinto al del Frejuli: unidad de los peronistas y convergencia con fuerzas menores que apuntalen la mayoría con sectores dispersos que aquellos por sí mismos no logran atraerse. Más todavía: a lo que parece apuntar el peronismo alternativo es a usar los votos no peronistas para reunificar al peronismo y someterlo. Más o menos como hizo Kirchner entre 2003 y 2005, historia que Duhalde y Lavagna conocen bien. Porque el problema que vendría aquejando a la Argentina, y en esto los alternativos estarían de acuerdo con los kirhcneristas, solo que se achacan la responsabilidad mutuamente, es que desde 2013 a esta parte (algunos creen que desde 2008), el peronismo, el “único que puede gobernar”, está quebrado, y es solo gracias a eso que ganan los que “no pueden gobernar”, son por naturaleza una minoría, y todos salimos perdiendo.

Tal vez no sea mala idea, pero sería bueno que fueran más sinceros. Y también más realistas: ¿en serio piensan que CFK y los suyos se van a dejar absorber sin pelear?, ¿por qué creer que su fórmula para domesticarlos va a ser más eficaz que la que usó Macri para excluirlos y formar mayorías con los demás “moderados”? Que es finalmente la otra gran lección de estos años respecto a la grieta: ella no impidió que en el Congreso, en la relación con los sindicatos y con los gobernadores se llegara a acuerdos, más bien al contrario, la grieta los facilitó, por la presión que los opositores duros pusieron sobre los moderados; que esos acuerdos no fueran más allá se debe más que a la indisposición de las partes, a que hubo cada vez menos beneficios para repartir, y al final quedaron solo costos para cargarse. Si llegara a ganar Alternativa Federal, ¿imaginan en serio que durante el año y medio que dice Lavagna que va a necesitar para que la economía vuelva a crecer va a tener más ayuda del kirchnerismo y un peronismo unido que de Cambiemos?

Esta cuestión nos lleva a plantear otra crítica que suele hacerse de la grieta en su actual configuración, y es que nos impide discutir los problemas que en serio importan. Lo que tiene un doble significado: de un lado, pone una excesiva atención en asuntos que no deberían “usarse para dividirnos”. Lavagna ha aplicado esta fórmula para justificar que no va a hablar de corrupción, “porque no piensa indultar a nadie” pero “tampoco sacar provecho de casos individuales que tramita la Justicia”. Si en Argentina no hubiera un problema estructural de corrupción, particularmente grave en las gestiones peronistas, esto sería razonable. Pero en nuestra situación lleva a pensar que lo que se pretende es desconocer la bien fundada acusación de asociación ilícita, para poder disculpar a la enorme mayoría de los empresarios y funcionarios, nacionales y provinciales, que de otro modo terminarían presos.

Del otro lado, se achacan a la grieta las dificultades para entendernos y cooperar sobre los asuntos concretos que tenemos que resolver. Lo que es sin duda bastante cierto. Aunque la experiencia de los últimos años ofrece también contraejemplos: uno muy significativo es el de la inflación, hoy afortunadamente reconocido por todo el mundo como un problema inescapable y decisivo; otro, el de la pobreza. Y hay varios más: la falta de inversiones, el desequilibrio fiscal. Gracias a la grieta, es decir a la intensa competencia política, no a pesar de ella, son temas hoy intensamente debatidos. Ya no se escucha eso de que “un poco de inflación viene bien” o que la pobreza está a punto de desaparecer.

Por último, ¿es cierto que la grieta bloquea la competencia, obligando a elegir entre dos malos el que menos nos espante? En verdad, las terceras posiciones nunca pesaron tanto en la política argentina como en los últimos años. Y sea cual sea el resultado de estas elecciones lo más probable es que siga siendo así.

Tal vez no les alcance para tanto, y el ballotage vuelva a dejarlas fuera como en 2015. Pero por lo menos tendrán en estos meses su oportunidad. Y dependerá de cómo usen sus cartas que el resultado sea mejor que el que logró Massa en esa ocasión. Pondrán así en aprietos a los contendientes más consolidados, y hasta aquí demasiado cómodos repitiendo sus argumentos de siempre. Incluido el viejo cantito de la unidad, que nadie se ha privado de entonar, simplemente porque suena más lindo y luminoso que hablar de los más prácticos aunque opacos intercambios, negociaciones y compromisos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 31/3/2019

Posted in Política.


Se agrandó Chacarita: Uñac busca la doble generala

Este domingo 31 de marzo se realizan las PASO de San Juan. No se esperan sorpresas: Sergio Uñac marcha seguro a su reelección el 2 de junio. Pero igual que otros peronistas, ya no se conforma con nada: aspira también a estar en la fórmula presidencial.

A medida que Cambiemos se achica, y apuesta en estas elecciones ya no a crecer, como soñaba con hacer un año atrás, sino apenas a sobrevivir, reteniendo lo que pueda de lo conquistado en 2015, el peronismo se agranda. Y quien más quien menos, parece que todos los líderes peronistas creen ahora que les llegó su oportunidad de dar el salto y destacarse.

No son pocas las figuras de esa fuerza que están tratando de agregar su nombre al listado de aspirantes a la presidencia o la viceresidencia por fuera del kirchnerismo. Que el año pasado integraban sólo tres dirigentes, Massa, Urtubey y Pichetto. Sergio Uñac, el gobernador sanjuanino desde 2015, es uno de ellos.

Empezó abrochando la unidad peronista en su distrito para asegurarse un buen resultado en la elección distrital. La reconciliación con su predecesor y ex mentor, José Luis Gioja no fue fácil porque la ruptura había sido particularmente abrupta. Entendible también por el ambiente que crearon los resultados electorales de 2015 y parecieron confirmar los de 2017: Cristina Kirchner marchaba a paso firme a la irrelevancia, y probablemente también a la cárcel, así que no había por qué ser contemplativos con sus seguidores, había que jubilarlos y hacerlos a un lado cuanto antes.

Gioja representaba además mejor que nadie, a ojos de gente como Uñac, lo que querían dejar atrás: un líder de corto vuelo y nulo carisma, que nunca apostó a pesar en la política nacional por más que había ejercido por años la conducción formal del PJ; lo que le fue concedido precisamente porque se había sometido a los dictados de los Kirchner y era incapaz de desafiar el deslucido rol que ellos le tenían asignado.

Uñac, claro, es de otra generación y tiene otros planes. Planes que desde que el barco del macrismo empezó a escorar y hacer agua, despertando el hambre en la fauna circundante, se ampliaron. Pero que para llevarlos a la práctica le exigieron volver atrás con la idea algo exagerada de que bastaba con ignorar y mantener lo más lejos posible al kirchnerismo residual.

Ese giro fue el origen del Frente Todos, que se selló a principios de este año y reúne a todas las facciones peronistas, al bloquismo y varias fuerzas menores. Y que enfrentará este domingo a otras seis listas, en que se divide una oposición con escasos asientos institucionales y aún menos líderes atractivos. Es que San Juan es otra de las provincias argentinas que, gracias a la reforma de sus constituciones y el control permanente del aparato estatal por un partido, se han ido volviendo cada vez menos pluralistas.

En el acuerdo que dio origen al Frente de Todos Uñac le garantizó a GIoja la reelección en su banca de diputado en octubre. Para cuando él planea también competir nuevamente, pero por la vicepresidencia: un mes atrás recibió a Roberto Lavagna en su provincia, luego respaldó su lanzamiento, y ahora adelantó su intención de acompañarlo en la fórmula. Movida para la que recibió un primer espaldarazo de Marcelo Tinelli, que acaba de pasar por San Juan y como hada madrina o Sumo Pontífice según cómo se quiera ver, siguió repartiendo bendiciones por aquí y por allá, cumpliendo la función de ministro sin cartera de la buena onda en un país que sin duda la necesita bastante.

El problema para Uñac es que su provincia es muy pequeña como para que los aspirantes a la presidencia la consideren un aporte necesario en la competencia nacional. Más todavía si tiene que medirse con otros aspirantes con mayor base de apoyo. Si hasta se especula que el mismo Schiaretti podría intentar, como el sanjuanino, la doble generala: tras conseguir caminando su reelección en agosto, se anotaría en el cada vez más nutrido club de los presidenciables, o vicepresidenciables. Quien sabe.

Es curioso que esta gran libertad de maniobra de que disfrutan los jefes territoriales peronistas para dar rienda suelta a sus ambiciones obedezca a una decisión que inicialmente ellos tomaron pensando, como los macristas hasta el año pasado, que el que tenía su futuro asegurado era el presidente, y no convenía competir con él ni ponerse a tiro de su tal vez incontenible arrastre electoral.

Por eso fue que desdoblaron sus elecciones distritales de las nacionales. Para protegerse de un vendaval que ya nadie teme. Y por eso es que ahora pueden, muy sueltos de cuerpo, apostar ya no a conseguir un premio mayor, si no a conseguir dos.

Ah, eso sí, Uñac avisó qué es lo más importante para él: “lo que hoy mostramos desde San Juan al país, con mucha humildad, es la posibilidad de dejar de lado las ambiciones personales y poner por encima de todo el interés del pueblo”. Menos mal.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/3/2019

Posted in Política.


Macri sigue perdiendo provincias, y los K y Lavagna las ganan

Las estrategias electorales de la Casa Rosada para las provincias no dejan de dar malos resultados. Primero fueron La Pampa y Neuquén, siguió Córdoba y ahora La Rioja y Río Negro. ¿No les convendría conseguir un mapa más preciso del interior?

¿Puede Macri retener la Presidencia si su coalición resulta derrotada en la gran mayoría de las elecciones anticipadas por las gobernaciones? Sí, es posible. Pero ese eventual resultado no permite ser muy optimistas sobre su eventual segundo mandato, en que necesitará apoyos legislativos y acuerdos federales amplios si quiere avanzar en reformas que muchos entienden impostergables, como es el caso de tres que apenas si pudieron sobrevolarse en los últimos años: la fiscal, la previsional y la laboral.

En los malos resultados oficiales que se auguran y ya empiezan a verificarse en las elecciones distritales pesan tres factores principales: la crisis económica, que se atribuye principalmente a Cambiemos, ya no a la herencia; que las administraciones provinciales, mayormente en manos opositoras, gozan en general de buena salud, fruto de negociaciones fiscales que ahora se ve se encararon desde Nación con demasiada generosidad, y las fórmulas de unidad que han alcanzado en los distritos las facciones peronistas en pugna a nivel nacional.

Pero también han empezado a pesar otros dos factores complementarios: tendencias opuestas a esta última en Cambiemos, que aparece cada vez más deshilachado en el territorio, y malas decisiones adoptadas por los estrategas electorales del macrismo con oficina en la Casa Rosada. Estos se siguen vanagloriando de acumular un récord de triunfos sucesivos, y de haber podido desmentir, una y otra vez, a quienes cometieron el error de subestimarlos. Pero puede que esté acabándoseles la buena fortuna y sus méritos y virtudes, que los hay y en abundancia, no alcancen para compensar.

En La Pampa fueron apaleados por sus aliados radicales, pese a que éstos se habían quedado sin su candidato en principio más potente, Juan Carlos Marino, por motivos que siguen siendo poco claros.

En Neuquén hundieron sin disimulo, y también sin ningún beneficio, a su candidato, Horacio Pechi Quiroga, cuando los kirchneristas los asustaron con un posible triunfo sobre el MPN, que nunca tuvieron a su alcance. Por suerte para el macrismo, el papelón de haberle regalado miles de votos al oficialismo local pasó más o menos desapercibido debido a la aún más sonada decepción electoral que sufrió el kirchnerismo.

Luego vino el desmadre de Córdoba, cuyos efectos esperables son mucho más dañinos: con el saldo de dos listas radicales compitiendo entre sí y el riesgo cierto de perder unos cuantos municipios, incluido el de la capital, se ha confirmado que los negociadores nacionales de los acuerdos territoriales de Cambiemos no tienen mucha idea del material humano con que trabajan, de los riesgos que corren, ni de los recaudos que conviene tomar para evitar los peores desenlaces. Córdoba no es sólo el escenario perfecto para que el peronismo alternativo o federal ahora muestre su superioridad territorial frente a Cambiemos, es también el único distrito en que Macri pudo arrasar en 2015, porque nadie estuvo en condiciones de disputárselo, mientras que ahora probablemente tenga que peleárselo voto a voto a Lavagna (que también ganó ahí, en 2007).

Para colmo de males, se acaban de sumar a este negro panorama La Rioja y Río Negro, gracias a la Corte Suprema, que dictó un fallo bastante salomónico, pero potencialmente muy perjudicial para el oficialismo.

En el caso de La Rioja porque, paradójicamente, la Corte le dio la razón a los dirigentes locales de Cambiemos, pero el efecto más probable de la resolución que prohíbe al actual gobernador candidatearse para un tercer mandato es quitarle el distrito al peronismo moderado para que vuelva a caer en manos del kirchnerismo, a través de Luis Beder Herrera.

En Río Negro, porque confiado en que el actual gobernador, Alberto Weretilneck, iba a salirse con la suya y reelegir, el gobierno nacional hizo como en Neuquén, pero desde el vamos y más abiertamente: desplazó al candidato que podía competir con más chances, Sergio Wisky, y armó una fórmula con dos figuras de poco arrastre, Lorena Matzen y Sergio Cappozi Con lo que se ató de pies y manos ahora que Weretilneck quedó fuera de juego por el fallo de la Corte. Y le despejó el camino a Martín Soria, el candidato emergente de la “unidad peronista” alineado con Cristina Kirchner.

Más macanas no podían hacer en la Rosada ni que se esforzaran. ¿Podrá de todos modos Cambiemos sobrevivir a nivel nacional a esta sucesión de patinazos provinciales? Puede que sí, porque finalmente el predominio peronista en el territorio no trae nada nuevo, y difícilmente alcance para que CFK perfore su techo en octubre. Pero la respuesta difiere si atendemos a la otra amenaza que surgió mientras tanto para la reelección presidencial: ¿y si sucede que estos malos resultados distritales alientan a más radicales y votantes independientes a optar por el “centroprogresismo” de Lavagna, horadando el piso de apoyos firmes que hasta aquí sostiene las chances de Macri? ¿No estaremos yendo hacía un punto de quiebre, en que el tercero en discordia deje de ser apenas el instrumento útil para dividir el voto opositor (como por ahora sigue siendo el caso con la candidatura del ex ministro: ninguna encuesta le da más de 12-14 puntos) y se convierta en un contendiente con posibilidades reales de entrar al ballotage?

Lo cierto es que, hasta hace poco, el macrismo podía darse el lujo de subestimar a sus aliados y los reclamos y expectativas de votantes no peronistas decepcionados, pues se descontaba que unos y otros en última instancia no iban a tener más remedio que seguir respaldando al actual presidente, por la falta de alternativas menos malas. Pero la competencia se ha vuelto más intensa, más abierta y por tanto más exigente. Lo que es muy bueno para el país, pues exige a los contendientes hacer su mejor esfuerzo. La cuestión es si esta novedad va a ser adecuadamente valorada en los respetivos comandos de campaña, o si para cuando lleguen a sus manos los datos demostrando que el escenario efectivamente cambió, ya será tarde para reaccionar. Macri y Cristina por ahora siguen como si nada, imaginan que van a lograr que los terceros en discordia, tanto a niveles provinciales como en el nacional, les quiten más votos al otro que a ellos. Pero se sabe lo rápido que cambia la dirección del viento.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/3/2019

Posted in Política.


Macri, Cristina y Lavagna, todos contra todos

La carrera hacia octubre empezó a piña limpia. Aunque de sus tres actores centrales sólo Macri reconoce ser candidato, todos buscan pegar primero, para pegar mejor.

Se habla mucho de la grieta, pero en verdad lo que va a definir el más decisivo resultado electoral de este año, el de las presidenciales de octubre, es quién ocupe mejor el centro político, es decir se quede con la mayor porción a su alcance del voto moderado, y evite quedar en tercer lugar en la primera vuelta.

Lavagna lo sabe y por eso se muestra moderado en casi todo, “no soy el ajuste pero tampoco el despilfarro” etc., y descalifica a los otros dos por someter al país a una polarización constante y estéril. Pero como sabe también que el voto más blando a su alcance por ahora es el que se disputa con Cristina por el lugar de “principal oposición”, salió a pegarle con todo a Macri, de quien dijo que era un fracasado, un soberbio, el comandante de un ejército de trolls y varias otras linduras.

Aunque la jugada más importante del sector de Lavagna en estos momentos no es esa sino la que dirige a desalentar por todos los medios la candidatura de Cristina. La razón es evidente: en caso de que ella desista, imaginan en el peronismo federal, quien la reemplace carecería del rígido piso en que hasta ahora ella se asienta, y que le impide a los “no kirchneristas” superar lo que hasta aquí es su techo infranqueable de 20 puntos, con toda la furia, sumando a los progresistas y algunos radicales tal vez 25, aún insuficientes para colarse en el ballotage.

El kirchnerismo también se ha venido moderando en los últimos meses. Tras dejar pasar el G20 y el verano sin hacer más que un poco de ruido con las cacerolas, la ex presidente volvió a hablar, pero para victimizarse abrazada a su hija enferma. Los resultados están a la vista: las últimas encuestas la muestran, por primera vez, con mejor imagen que Macri e imponiéndose en primera vuelta.

Ofreció además una moderada aunque potencialmente muy dañina respuesta al intento de los federales de correrla de la escena: la posibilidad de compartir las listas bonaerenses a través de la candidatura a gobernador de Massa. Es decir, llevar la estrategia de la unidad hasta la misma jornada de la votación presidencial. Va a ser difícil que los federales resistan esa oferta, sobre todo si a Massa lo corren de la carrera presidencial. ¿En qué otras condiciones le convendría competir contra Vidal? La ventaja para Cristina es también evidente: con Lavagna sumando votos para la oposición, pero sin poder entrar al ballotage, volcar después esos votos a su favor en el mano a mano contra Macri sería muy fácil. Más aún si los intendentes que la sigue proponen hacer lo mismo: la de Lavagna se reduciría a ser una colectora a su servicio.

Mientras tanto, va quedando en evidencia que de estos tres bandos en pugna, el oficialista es el que está más a la defensiva, y por eso también es el más desesperado por lanzar golpes a diestra y siniestra, para que no terminen de ponerlo contra las cuerdas. Al precio de dejar demasiado a la vista que la puntería no es su fuerte. Como cuando se apuró a ir contra el juez Alejo Ramos Padilla o repite hasta el hartazgo que estamos a un tris de volvernos Venezuela ante cualquier cosa que justifique o no agitar el ánimo antikirchnerista. O cuando le pega a Lavagna por su pasado y encima en su flanco más fuerte, que no es tanto la economía como el costado “populista” de su experiencia económica.

Lo hizo Dujovne al criticar la quita de la deuda en la renegociación de 2005, que es cierto implicó un costo entonces ignorado, un 26% del pasivo que siguió años en litigio. Y que en parte debió afrontar Macri al iniciar su mandato (garpando unos 17.000 millones de dólares). Y lo repitió el presidente cuando volvió a aludir a esa “malísima renegociación” y al congelamiento de las tarifas, cuya resolución también es cierto explica buena parte de la inflación de los últimos tres años.

Pero el problema no es tanto que exista o no evidencia para justificar sus golpes, sino la imposibilidad de que den en el blanco: a Lavagna le alcanzó con responder que deberían “dejar de lloriquear” y ponerse a trabajar para que la economía crezca.

¿Otro hubiera sido el resultado si le recordaban al ex ministro que su devaluación fue más exitosa que las dos de este gobierno porque en 2002 los salarios y jubilaciones siguieron congelados y la desocupación era del 20%? ¿O si en vez de reprocharle haber pasado por varios gobiernos muy distintos, algo que todos los argentinos como votantes hemos hecho, le pedían explicara esa famosa foto del abrazo con Néstor Kirchner pocos meses después de haber sido candidato de la oposición, y semanas antes del estallido de la crisis del campo, durante la cual y por bastante tiempo más no pudo abrir la boca?

Es dudoso: ¿a quién le importa todo eso? A una ínfima minoría. Andar desenterrando esas discusiones tiene encima el costo de colocar al gobierno, y al propio presidente, escarbando mugre antigua, para una pelea que atrasa. Por eso que poco después saliera Marcos Peña a acusar tanto a Lavagna como a Cristina de ser “antiguos, conservadores y reaccionarios” sonó aún más a golpes a ciegas: ¿a quién le estaba hablando?

El oficialismo tiene decidido abstenerse de nuevas muestras de optimismo, reconocer la “gravedad de los problemas” y mostrarse “peleándola”. Con uñas y dientes no sólo la político, también en la economía. Y dadas las circunstancias puede que no le quede otra. Pero de los tres polos en competencia es el que tiene en este momento las cosas más difíciles. Y hasta que la economía no repunte solo puede evitar perder los rounds por paliza. Para no retroceder más de lo que ya hizo en los últimos meses.

¿Sus chances desaparecen si la recuperación no llega a tiempo? No sólo depende de que la economía vuelva a crecer. También de que la explicación que él ha dado de la crisis y del ajuste siga siendo aceptada: la idea de que el esfuerzo no lo impuso por propia voluntad si no porque “no quedó otra”, se acabó la plata para una salida sin costos, y por tanto no se justifica ver en él a un insensible ajustador; y que “el esfuerzo vale la pena”, por lo que cambiar de rumbo ahora sería tirar por la borda todos los sacrificios justo cuando van a dar sus frutos.

¿Y depende tanto como se cree de que Cristina sostenga su candidatura? Si la ex presidente desiste pero porque sella un acuerdo con Alternativa Federal y Lavagna, no es tan seguro que el oficialismo se vea perjudicado. ¿No podría repetirse la votación de segunda vuelta de 2015? Otro sería el caso si Cristina se retira y promueve en su lugar a un candidato adicto. Ahí sí Lavagna tendría su mejor escenario: uno en que podría sumar los votos del peronismo y unificarlo desde abajo, sin necesidad de ningún acuerdo de cúpulas que sea difícil de explicar ante el resto de los votantes.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/3/2019

Posted in Política.


Venezuela en la batalla cultural entre liberales y populistas

La advertencia “ojo que podemos terminar como Venezuela” ¿es solo una excusa para polarizar la escena electoral?, ¿o habla de una victoria cultural del liberalismo político y económico que moldea los tiempos que corren en Argentina y la región?

Pareciera que, a raíz del derrumbe venezolano, las ideas populistas están sufriendo en buena parte de Latinoamérica un desprestigio aún mayor que el que soportaron las neoliberales en el ocaso recesivo de los años noventa. Y tiene su lógica que así sea: destruir un país lleno de recursos, arrasar con una entera sociedad convirtiendo a sus miembros en prisioneros de un gulag en que es cada vez más difícil sobrevivir no es algo fácil de hacer, necesita años de esmero en el error y el horror.

Es indudable que existen unas cuantas similitudes entre chavismo y kirchnerismo. Y los defensores moderados de este último, que los hay, no pueden pretender que no sea así después de que sus líderes se pasaran años imitando y celebrando a sus colegas caribeños. Pero los K están lejos de ser los únicos manchados por la tragedia venezolana, tal vez la peor de las muchas que ha sufrido América Latina en su historia, ganándole por lejos hasta a las peores dictaduras militares de décadas atrás y, por supuesto, a los “malditos noventa” de las reformas de mercado. Las izquierdas radicalizadas, el nacionalismo antimperialista y hasta el anticapitalismo papal, por más que se esmeren en buscar excusas (la supuesta virulencia de “la derecha local”, errores “puntuales” de gestión económica, vicios también particulares de ciertos líderes, lo que sea), no pueden ignorar del todo que lo allí sucedido habla mal de sus ideas y de los criterios con que suelen aplicarlas. Si hasta amplios sectores de estas sociedades están incluso dispuestos a legitimar el otrora odiado “intervencionismo yanqui”, y nada menos que de manos del presidente norteamericano que más se ha abocado a despreciar y maltratar a los latinoamericanos.

Una coincidencia temporal hace gravitar aún más el tema venezolano en el clima electoral argentino: a medida que nos acercamos a una decisiva votación para la presidencia, se multiplica la evidencia de que los chavistas no van a abstenerse de ninguna bestialidad para tratar de sobrevivir. El kirchnerismo, sin embargo, da señales contradictorias respecto al lugar que pretende ocupar ante ese drama sin fin.

Sus sectores más ideológicos no dejan de insistir en remedios radicalizados para nuestros problemas económicos e institucionales, sin preocuparse de dar pábulo al temor de que si vuelve CFK al poder “seremos la próxima Venezuela”. Que en el fondo esa amenaza es fuente de ilusión y una guía para la acción en quienes no se cansan de gritar “vamos a volver” no cabe duda. No es gente muy democrática que digamos, nunca lo ha sido, y están cegados por el rencor y la reiterada desventura electoral, así que nada bueno se puede esperar de ellos.
En cambio la propia Cristina, como ha sido su costumbre, hace campaña moderándose. Hasta se muestra conciliadora con el FMI y sus críticos en el peronismo. El problema es que no resulta muy creíble: a la hora de los bifes y siempre que pudo prefirió radicalizarse, así que no hay por qué tomarse en serio su supuesta fase herbívora. El ánimo revanchista en su caso se podría alimentar no sólo de la tradición y las costumbres sino del hecho de que, en caso de volver al poder, no va a tener un peso para repartir, así que le sería más necesario que nunca buscar culpables y perseguirlos, argumentando que no hace más que devolver las atenciones recibidas de los “gorilas” cuando estuvo en la oposición. Algo así como una reedición del “5X1”.

Como sea, el que desde el macrismo se use el antimodelo chavista cada vez más intensamente como arma arrojadiza contra su hasta aquí principal contendiente, para muchos analistas no se justifica, y tiene además efectos negativos: se empobrece la competencia y el debate público, al devaluar el papel de sus críticos más moderados, los que en verdad representan la mayor amenaza para su predominio electoral. Se preguntan entonces: ¿en serio no hay más opción que seguir votando a Macri y tolerando sus políticas, incluidos sus reiterados errores, porque si no nos “convertiremos en Argenzuela”? ¿Tiene algún asidero la idea de que nuestro país estuvo en 2015 “a un paso de ese infierno”, y ese riesgo persistirá mientras CFK tenga la mínima posibilidad de volver al poder? Y, finalmente, ¿los kirchneristas, más allá de su verborragia radicalizada, intentarían verdaderamente un cambio de régimen económico e institucional en caso de volver al poder?, ¿por qué lo harían ahora, si no lo hicieron cuando tenían amplios recursos en sus manos para intentarlo?

Quienes buscan quitarle argumentos al gobierno actual responden negativamente a estas preguntas. Y lo justifican sosteniendo que el kirchnerismo “nunca quiso ir más allá de donde llegó”, ladraba mucho, pero llegado el momento no mordía, y es por tanto fácil domesticarlo y absorberlo. Tarea que prometen encarar si los electores les dan la oportunidad de “superar la grieta”. Para estos optimistas el uso del “fantasma venezolano” es en última instancia tramposo porque agita y manipula lo que llaman un “pánico moral” utilizado aviesamente para frenar cualquier intento de revisar el rumbo derechista y liberal adoptado en estos últimos años. Algo así como el efecto que suele tener en cualquier discusión política la identificación del adversario con Hitler y el nazismo: “ah, pero lo que vos decís, querés y hacés es lo mismo que querían, decían y hacían los nazis, sacate entonces la careta”. Fin de la discusión.

Estas visiones “disculpatorias” o al menos “comprensivas” del kirchnerismo se fundamentan en algunos hechos que no pueden ignorarse, y sobre todo en ciertas abstenciones, acciones que no se encararon en los momentos críticos de nuestro pasado reciente: pudiendo haber promovido una reforma constitucional en 2011, se la descartó; pudiendo haber expropiado más empresas, o clausurado algunas otras, como las de medios que lo desafiaban con sus críticas, se abstuvo de hacerlo; y llegado el momento de la sucesión presidencial, aunque hizo la payasada de no entregarle la banda a Macri, aceptó tanto la prohibición de un nuevo mandato para CFK como la derrota de su candidato muleto. Nada de esto se puede comparar con lo sucedido en años recientes en Venezuela, Nicaragua o Bolivia.

Otros opinan que sí, que retomar su “obra” donde la dejaron y avanzar hacia una reforma constitucional (como la que proponen Eugenio Zaffaroni y otros cráneos del sector), la politización completa de la Justicia (Paco Durañona y Luis D´Elía dixit) y la aniquilación de los actores autónomos serían las prioridades del kirchnerismo.

Quienes así razonan advierten a los optimistas que, junto a las abstenciones mencionadas, hubo en los gobiernos K muchos avances en dirección a un cambio de régimen, iniciativas que se pusieron en marcha, y que si se detuvieron no fue por una autolimitación del grupo gobernante, si no porque actuaron anticuerpos que lo frustraron: la “democratización de la Justicia”, la ley de mercado de capitales, la de abastecimiento, la propia ley de medios y muchas más.

Además y por sobre todo, fortalece esta visión pesimista la lógica de radicalización, que encadenó unas a otras las leyes recién mencionadas, y también la escalada del intervencionismo económico. Lógica que no hay por qué pensar que no se va a restablecer, o incluso fortalecer: el kirchnerismo, y en esto sus semejanzas con el chavismo son notables, ante los efectos disfuncionales que arrojaron sus primeros pasos tanto económicos como institucionales, reaccionó una y otra vez aumentando la dosis de sus medicinas, doblando la apuesta, destruyendo cada vez más mercados, más derechos económicos, afectando más abiertamente las libertades individuales y las posibilidades de ejercer cualquier poder autónomo o actividad no regulada. Su radicalización se alimentó de las propias frustraciones, volviéndose cada vez más difícil, incluso a las autoridades si hubieran querido, abandonarla y torcer el rumbo.

Conclusión: la experiencia indica que los K fracasarían en convertir a Argentina en una nueva Venezuela, porque los detendrían, como ya hicieron en el pasado, los anticuerpos que actúan en nuestra sociedad y nuestro sistema institucional y político; que son los mismos que impiden que la competencia electoral se reduzca a la opción por sí o por no al chavismo; y ambos factores conjugados alientan a ser decididamente optimistas sobre el futuro de la democracia argentina.

Pero la experiencia también enseña que, aunque no puedan tener éxito en ese objetivo, hay un sector kirchnerista que está condenado a perseguirlo, porque a eso lo lleva la lógica que lo gobierna, aún a muchos que en su fueron íntimo no quisieran “ir por todo”, les gustaría moderarse y explorar otros caminos. Por algo, a pesar de que tuvo en su momento a la mano muchas mejores opciones que radicalizarse, vías más razonables y que hubieran dado a la larga mejores resultados tanto para sus líderes y seguidores, como para el resto de los argentinos, el kirchnerismo las dejó de lado y se internó por la senda menos recomendable.

Nada hace pensar que no va a insistir. Ni siquiera las lecciones que mientras tanto ha arrojado inapelablemente el experimento venezolano. Aunque él esté llevando a muchos argentinos y latinoamericanos de todos los sectores sociales y los grupos de opinión a revisar verdades que durante décadas se dieron por descontadas. La ridícula pretensión de ignorar esas lecciones, de seguir actuando como si rigieran los mismos consensos que en la década de los 2000 es la mayor evidencia de la enajenación en que vive ese sector.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/3/2019

Posted in Política.