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En Cambiemos pelean y negocian, en el PJ solo pelean

Fue una semana prolífica en internas y peleas, tanto en el oficialismo como en la oposición. Con una pequeña diferencia. El viejo chiste de que los peronistas son como los gatos, cuando suenan como si estuvieran peleando en verdad se están reproduciendo, tal vez ya no sea correcto aplicárselo a ese partido, y en cambio ahora sí corresponda hacerlo a sus adversarios y verdugos de Cambiemos.

En los últimos días la coalición oficial hizo más ruido que nunca. Es que se venían acumulando tensiones entre los aliados desde hacía tiempo. Y el tema tarifas puso la situación al rojo vivo. Pero con un par de encuentros de cúpula, una oportuna ceremonia en homenaje a Alfonsín y algunas correcciones menores en los últimos aumentos de gas todo tendió a encarrilarse.

Hay rumores de que Macri y algunos de sus funcionarios quedaron bastante enojados tras las quejas públicas de Lilita y sobre todo las que planteó el radical Cornejo, que hace gala de un carácter duro y modos tajantes bastante raros entre sus correligionarios. E igual que la chaqueña se atrevió a desafiar al presidente en un terreno que es el más sensible del programa fiscal.

Pero si ese fuera el ánimo resultante en el vértice gubernamental no se entendería por qué le ofrecieron al jefe de la UCR una escena ideal, que Ernesto Sanz no hubiera siquiera podido soñar: una reunión en Casa Rosada en que no sólo lo recibió Macri acompañado por la plana mayor de su gabinete, Aranguren incluido, sino que fue inmediatamente seguida de los anuncios de al menos parte de los cambios que el mendocino reclamaba. Para no dejar dudas de que se había sellado la paz y el precio era que el presidente reconocía en él un interlocutor de peso en asuntos sensibles de la gestión.

Todavía está por verse si Cambiemos avanzará luego de esta experiencia en dirección a consolidarse como coalición de partidos. Pero es bastante evidente que sus socios están aprendiendo a convivir, a resolver conflictos, y a sacar provecho de sus diferencias, utilizándolas para canalizar distintas opiniones e intereses de la sociedad. Algo que por muchos años solo el peronismo hizo bien y con ventaja. De allí que pudiera ofrecer un arco de opciones en tensión entre sí pero finalmente solidarias y funcionales a la formación de mayorías y el ejercicio del poder.

Claro que no es sólo mérito de los líderes oficialistas, sino fruto sobre todo de las condiciones que les imponen los votantes y las exigencias de la competencia. En poco tiempo se ha consolidado un electorado que se identifica con Cambiemos, mucho más que con el PRO, la UCR o la Coalición Cívica. Y es evidente que quien rompa esa unidad le haría un gran daño a los demás socios, pero también correría el riesgo de quedarse con las manos vacías, mientras que dentro de la coalición seguirá compartiendo los frutos del éxito, al menos mientras el peronismo siga desorientado y dividido.

Precisamente en estos últimos días también hubo novedades de ese lado del espectro político. Y no muy buenas que digamos.
La intervención del PJ nacional decidida por la jueza Servini de Cubría logró hacerse finalmente del control del local partidario, pero no mucho más y enfrentará pronto una apelación de los desplazados que muy probablemente enredará más las cosas.

Barrionuevo convocó para ayudarlo a dos ex renovadores de los años ochenta, que como impulso extra para la cruzada reformista que dice tener por delante sonaron bastante a poco: Campolongo y Bárbaro están en la práctica jubilados como dirigentes partidarios hace muchos años, no tienen influencia en ningún sector de peso del peronismo de nuestros días, y en su desempeño público han acumulado en todo caso expertise como integrantes de la farándula y gladiadores del barro periodístico, no como referentes mínimamente serios de ninguna idea política identificable.

En las ideas que de todos modos se animaron a desgranar en estos días se parecieron demasiado a Barrionuevo y su telúrica evocación del “movimiento nacional” y el regreso a las fuentes como para actuar, ya no digamos como voz convocante, al menos como participantes de cualquier proceso de renovación.

Bárbaro publicó en Infobae un confuso artículo en que lo único claro es el ánimo de vendetta con que piensa encarar su nueva función, contra “personajes que poco o nada tenían que ver con el peronismo” y le hicieron sufrir “años marginado y expulsado”. Encima emprendi´o allí una defensa de su nuevo jefe que éste seguro no le va a agradecer, recordando el episodio de las urnas quemadas en Catamarca en 2003: “Lo acusan de haber quemado urnas que no existieron, en tiempos que abundan los incendiarios de ideales que pocos o nadie acusa”. ¿Una cosa tiene que ver con la otra o la anula?, ¿de qué incendiarios de ideales habla? No se entendió. Y termina con una reconstrucción histórica que lo deja a media agua entre los K y los peronistas federales, y demasiado lejos de ambos: “(en los noventa) volvimos a ser gobierno pero sin duda perdimos el rumbo, dejamos de ser el movimiento nacional y popular para dejarnos inficionar por el economicismo que nos llevó a privatizar los servicios públicos generando una sociedad marcada por la decadencia”. ¿Algo que ver con el “peronismo de centro” atento a las necesidades de un capitalismo moderno y competitivo del que hablan Pichetto, Urtubey y tantos otros? Para nada.

A la luz de planteos tan equívocos no es de sorprender que los gobernadores, tras haber aclarado que rechazaban la intervención de Servini de Cubría como una interferencia injustificada, se mantengan lo más lejos posible de la aventura iniciada por el gastronómico y sus laderos. Y que ni Pichetto ni los gremialistas ni ningún otro sector mínimamente representativo del peronismo realmente existente haya dedicado ni medio minuto a comentar los planes e iniciativas de los nuevos dueños del local partidario. Para todos ellos, que ya tenían un montón de problemas para ponerse de acuerdo en una vía para renovarse y coordinarse, dejar en el pasado al kirchnerismo, recuperar algo de la unidad perdida, encontrar buenos candidatos y competirle en las mejores condiciones posibles a Cambiemos el año que viene, nada de lo que hagan Barrionuevo y sus amigos puede ser de mucha ayuda. Al contrario, es más bien otro frente abierto para que proliferen peleas imposibles de resolver y el descrédito ante la sociedad por mostrar a los peronistas embarcados en trifulcas que a nadie interesan. Y en las que si algo se reproduce son sus vicios.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 22/4/18

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Macri cedió poco en tarifas, lo mínimo para fortalecer a Cambiemos

La señal de alarma se hizo oír. Tal vez un poco tarde, pero no tan tarde como para que la oposición sacara mayor provecho del malhumor social y de la “distracción” oficial.

Es que finalmente fue la propia coalición de gobierno la que debatió y habilitó una moderación del impacto de la suba de tarifas de gas. ¿Será suficiente para evitar nuevos cacerolazos y ruidazos en los próximos meses? ¿Tendrá de todos modos la oposición la oportunidad de volver a intentar una acción conjunta para hacerle pagar más costo político aún al gobierno? Está por verse.

Lo que lograron sonsacarle los radicales y lilitos a los funcionarios del Ejecutivo no fue mucho: se va a prorratear el pago del gas de los meses de invierno, algo que ya se venía haciendo parcialmente con ese servicio y con la luz. Igual, entre mayo y septiembre los aumentos se harán sentir, y se agregarán otros más.

Pero las cuentas públicas sufrirán sólo un módico perjuicio. Y puede que el tiempo haga su trabajo para disipar las resistencias y enojos de los usuarios. Por esa vía media, para usar las palabras de Carrió “transitando entre la intransigencia y la irresponsabilidad”, se minimizaron los costos a pagar y puede que el conflicto en vez de escalar se vaya desactivando.

Como ya sucedió en ocasión de aumentos anteriores, tanto en 2016 como en 2017. Recordemos, en el primer caso un año de recesión, en el que de todas maneras las protestas decayeron una vez que se habilitó el trámite de las audiencias públicas; y en el segundo caso un año de elecciones, en que una oposición muy dura y decidida hizo hasta lo imposible por capitalizar el rechazo a las medidas de ajuste, pero sin mucho éxito a la hora de contar los votos. 2018 ofrece en ambos aspectos evidentes ventajas: el módico crecimiento continúa, y en lo inmediato no hay llamado a las urnas.

De todos modos la coordinación tan rápida como imprevista que lograron los distintos sectores de oposición para movilizarse conjuntamente en el Congreso es probable que traiga cola. Porque les faltó muy poco para torcerle el brazo al oficialismo, forzando una sesión especial. Que aunque no pudiera votar ningún proyecto concreto sobre el tema (porque iba a necesitar 2/3 de los votos o un dictamen previo de comisiones, dos vías que no tiene a la mano) le permitiría cambiar la escena que hasta aquí ha logrado imponer el gobierno: una en que él tiene la iniciativa, marca el paso y toma las decisiones, mientras las dispersas expresiones de oposición, sin mucho para decir ni capacidad para recoger demandas sociales extendidas, reparten su tiempo entre pelearse entre sí y lamentarse de que Macri se salga con la suya.

Es esperable que ellas busquen entonces repetir el intento. Y se entiende que hasta los diputados que responden a los gobernadores, y puede que se sumen pronto los senadores de Pichetto, en este tema no tengan problemas en colaborar con los kirchneristas: el beneficio a alcanzar es demasiado tentador para andar con remilgos.

Por otro lado, la situación ha puesto bien a la vista el cambio de actitud registrado en la opinión pública. Un cambio que podría facilitar a su vez otro en la lógica de la competencia imperante hasta fines del año pasado, favorable tanto a la protesta como a los planteos de la oposición.

Hasta entonces bastaba que el gobierno blandiera sus dos argumentos básicos sobre las tarifas, “hacemos lo que hay que hacer” y “el problema es fruto de la pesada herencia”, para que los incrementos quedaran acotados como posible fuente de conflicto y rechazo. Finalmente, no había más que pasar el mal trago. Y por cierto que la disposición social a hacerlo pasar fue bastante extendida y duradera.

Pero desde que Macri ganó las legislativas y el kirchnerismo quedó relegado del foco de atención ya no es tan fácil resolver el asunto con esas fórmulas. Ahora la opinión, además de haber cambiado el acento en términos de responsabilidades, es más escéptica respecto a las ventajas de hacer nuevos sacrificios: mientras más habla Macri de que ya pasó lo peor y las cosas van para mejor, más argentinos pasan a creer que nada bueno nos espera de seguir como vamos. Es lógico que esta tensión estalle en el tema más complicado que tiene que resolver el gobierno, en el que el que las malas noticias no se patearon para adelante con deuda, ni se terminó de hacer el trabajo sucio.

Así las cosas, lo más probable es que pese a la “solución” que le encontró por ahora el oficialismo al tema, él siga en el tapete y haya nuevos rounds en que deberá enfrentar tanto a una opinión más enojada que antes, como a una oposición más coordinada y activa.

La noticia más alentadora para el gobierno, frente a este cuadro, es que en caso de enfrentar esos nuevos embates contará con la experiencia necesaria para coordinar mejor sus pasos, tanto entre el Ejecutivo y el Legislativo, como entre las distintas fuerzas que componen la coalición oficial.

La mini crisis vivida en estos días le enseñó a Cambiemos que hay desventajas en dejar afuera de las decisiones a parte de sus miembros, y que los disensos internos no necesariamente son un problema, pueden ser un valioso recurso si se utilizan adecuadamente: le permitieron en este caso que fueran sus socios disidentes, radicales y lilitos, y no actores de oposición, los que expresaran el malestar y lo canalizaran en una reformulación de las políticas en marcha.

Y enseñó también que a un gobierno en minoría en el Congreso le resulta fundamental tener canales aceitados de comunicación con sus legisladores, para anticiparse o por lo menos no reaccionar tarde ante los lances de una oposición que, por más dividida que esté, tiene siempre la posibilidad de ponerlo en aprietos con la fuerza del número.

Por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/4/18

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Sturzenegger y Aranguren se pisan los callos con sus tasas y tarifas

El gobierno parece haber dejado toda la responsabilidad de lidiar con el problema de la inflación en manos de dos funcionarios que son duros en sus áreas respectivas, y las manejan con solvencia; pero ni explican bien lo que hacen ni logran que sus decisiones sean muy efectivas y los efectos colaterales se morigeren. Y encima esos efectos colaterales son contradictorios entre sí. Por eso terminan trabados en una disputa difícil de entender y sin salida a la vista.

El problema resulta no de la mala voluntad de ninguno de ellos, sino de un doble dilema temporal. Lo esencial que se puede cambiar hoy para que baje la inflación en el mediano y largo plazo, las tarifas, la hace subir en el corto plazo. Viceversa, el instrumento más a la mano con que se baja la expectativa inflacionaria de corto plazo, las tasas de interés, agrava el problema del déficit que enfrentaremos a la vuelta de la esquina. Y lo peor es que no hay otras opciones.

Para que la inflación sea controlada de raíz hay que bajar el déficit, eso nadie con sentido común puede negarlo. Y el modo más rápido e incruento de bajar el déficit que tenemos a la mano (si no se quiere echar mucha gente del Estado, bajar el gasto social, eliminar la obra pública, devaluar el gasto en su totalidad con un drástico cambio de la cotización de la moneda o alguna otra solución draconiana) es sin duda quitar subsidios y aumentar las tarifas. Pero amentar las tarifas en lo inmediata alimenta la suba de los demás precios. Así que el Banco Central se ve obligado a mantener altas las tasas, o a subirlas aún más. Y con ello no sólo se incrementa el costo de endeudarse y se resienten las inversiones y el consumo, sino que se engorda el déficit financiero del propio sector público, es decir los gastos que más adelante él va a tener que afrontar, y si no tiene cómo hacerlo, significarán más déficit fiscal. Y por tanto más inflación.

Por más que el resultado sea decepcionante, ¿el gobierno no puede hacer otra cosa más que lo que hace? ¿Está cometiendo nuevamente errores no forzados, incurre en mala praxis, o juega con las cartas que le tocaron y la pilotea lo mejor que puede? Tal vez la respuesta más justa sea que ni tanto ni tan poco.

Que hay algunos problemas de coordinación y de distribución del trabajo y las responsabilidades no puede ignorarse. Sería bueno, para empezar, que algunos otros funcionarios se esmeraran en acompañar el esfuerzo de los dos principales artífices de los disgustos, y no sólo en quedar bien con los beneficiarios del gasto. De esa manera no se terminaría pidiéndole tanto, demasiado, a las tarifas y las tasas.

Sería también de desear que los aliados se sintieran más parte de la gestión, para que ahora que las cosas pintan complicadas no se apuraran a lavarse las manos de las decisiones económicas, sobre las que es probablemente cierto que nunca se les pidió ni media opinión. Circunstancia en la que la respuesta que de momento dio el macrismo al reclamo de la UCR, que ella debería sentirse parte de la gestión en la materia “porque Dujovne es radical”, queda claro fue solo un mal chiste.

Más convendría valorar que al menos por ahora lo que esos aliados reclaman no pasa de ser moderado y funcional a los objetivos del Ejecutivo: en el proyecto que Elisa Carrió presentó en Diputados para indagar sobre las tareas de los entes reguladores y la gestión de las empresas de servicios no se habla de congelar tarifas ni de retrotraer aumentos, sino de asegurarse que el esfuerzo de los usuarios sea acompañado por el de los inmediatos beneficiarios de las medidas adoptadas, los que están ganando más que antes tal vez haciendo no mucho mejor las cosas que en el pasado.

Más que un choque del estilo “responsabilidad gubernamental” vs “demagogia y deslealtad” lo que hay en juego es la necesidad de superar el absurdo de que los legisladores oficialistas tengan que reclamar en las cámaras por algo que debería resolver, sin tensiones públicas y con capacidad para anticiparse a los problemas, alguna instancia de coordinación política, en el gabinete o entre los partidos, o en ambos terrenos a la vez, y que en ambos evidentemente está faltando.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar 18/4/18

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Carta Abierta volvió para alertar contra los androides macristas

Sus declaraciones, convengamos, siempre tuvieron un tono un poquín delirante. Solo que en un ambiente tan loco como el que se vivió en los doce años del kirchnerismo, sobre todo durante la etapa de actuación de este grupo intelectual, desde 2008 en adelante, no se notaba tanto. Parecía estar “a tono con los tiempos”. Bueno, convendría advertirles que ya no es así: ahora se les ve la hilacha. Y para peor la hilacha mientras tanto parece que creció hasta convertirse en un matete mental de proporciones clínicas.

Después de casi un año de silencio (su anterior intervención pública había sido previa al tropezón sufrido por sus candidatos en las PASO de 2017) vuelven al ruedo. Y dejan ver que aprovecharon el receso para releer Un Mundo Feliz y revisar la saga de Matrix, de modo de fundamentar una vieja idea con nuevas y más desopilantes ocurrencias. En pocas palabras, su conclusión, después de mucho meditar, es que el autoritarismo cibernético de Gran Hermano Macri está a punto de convertirnos a todos en zombis descerebrados y esclavizados.

Dice literalmente el documento de los intelectuales kirchneristas: Los medidores macristas, tanto los públicos como los secretos –encuestas, focus, trolls, escuchas clandestinas–, dirigen la robótica del gobierno según parámetros de la inteligencia artificial y otros lineamientos del cientificismo empresarial y la mercantilización de informaciones personales privadas….Se cree que con el macrismo permanecen las instituciones democráticas, los ejercicios de representación, las alternativas con las que se empalma el juego abierto entre Estado y sociedad, lo cual es aceptable como apariencia pero erróneo como realidad…..un proyecto social identificable por lo que decía de sí mismo y lo que sus críticos o partidarios opinaban, fue sustituido ahora sí, por fábricas secretas del simulacro y oficinas de diagramación digital de la felicidad personal… En un ensayo final de experimentación humana, el macrismo está a punto de industrializar la conciencia pública y llamar pluralismo a la aceptación de ese molde genérico”.

Conclusión: hay que resistir, y para resistir habría que desconectarse no sólo de los medios, precursores instrumentos de toda esta siniestra operación de dominio inhumano, sino de las redes sociales, negarse a contestar encuestas y ya que estamos martillar nuestros celulares hasta que dejen de emitir sus en apariencia inocentes bips. O al menos tenerlos lejos y apagados mientras dormimos. Zuckerberg es un poroto al lado de nuestro presidente ingeniero, que seguro tiene ejércitos de trolls mandando mensajes desde los sótanos de la Rosada para manipularnos mientras dormimos, volviéndonos estúpidamente felices.

En uno de los pocos párrafos en que el documento habla de algo concreto y mundano, el desajuste con la realidad se vuelve paradójicamente aún más manifiesto: nos advierte allí contra “el aumento exponencial de la pobreza, la reducción de la calidad de vida en alimentación, salud, vestimenta, acceso a la educación y el trabajo” que “se mide y se aprueba”. ¿No se enteró Carta Abierta que la pobreza bajó en el último año incluso más de lo que el gobierno esperaba? ¿O aplican en serio su criterio de no leer nada que salga publicado en ningún medio que no sea ultra kirchnerista y dar por descontado que todo lo que dice y hace el gobierno es una total y completa mentira manipulatoria?

Curiosamente el documento toca apenas de refilón una serie de problemas que justificarían una crítica más contundente y mejor fundada de las políticas y actitudes oficiales: Chocobar, los activos de los ministros en el exterior, los riesgos de sobre endeudarse.

Pero todo eso los inflamados críticos del gobierno apenas lo enuncian. Y peor todavía, lo diluyen y opacan con su obsesiva pretensión de darle un alcance civilizatorio y por tanto inconciliable, “humano”, a sus diferencias con el macrismo. Con lo que logran el efecto contrario al buscado: seguirán siendo muy pocos los que crean en serio esto de que Macri es un monstruo que nos deshumaniza, peor que un dictador porque es más disimulado y eficaz, y la mayoría de los que lean la declaración (que igual no serán tantos) habrán perdido otra oportunidad de escuchar algo razonable respecto a por qué no está bien levantarle la mano a un policía que dispara sin pensarlo dos veces, por qué no es buena idea tomar deuda a troche y moche y por qué sí sería buena idea lograr que los miembros del gabinete se conduzcan más responsablemente con sus ahorros e inversiones.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/4/18

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Inflación: el fracaso que mes a mes el gobierno carga en sus espaldas

Con el 2,3 % de marzo el primer trimestre de 2018 cerró con un alza de precios al consumidor de 6,7%. Se prevé que en abril se repetirá aproximadamente el dato del mes pasado, así que en el primer cuatrimestre estaríamos en un 9%. Para peor, el cartucho de flexibilizar la meta de inflación para darse más margen de cumplirla el gobierno ya lo gastó en diciembre pasado. Y no es renovable. ¿Qué opción le queda?

Tal vez lo que sucede ahora es fruto de que en diciembre se quedó corto: presionó al Banco Central a la luz del 24,8% de inflación acumulada en 2017 y logró llevar la meta prevista para este año de 12, evidentemente inalcanzable, a 15 puntos, lo que para muchos fue un gesto de realismo. Pero resultó un realismo de corta duración. A menos de cuatro meses de ese cambio de metas, que generó en su momento bastantes tensiones con el jefe del Central y críticas de economistas ortodoxos, hoy ya nadie considera creíble el techo de 15.

¿Por qué le pasa esto al gobierno, por qué sigue fracasando año a año, mes a mes, en uno de los objetivos más importantes que se puso al comienzo de su mandato?

Puede que un poco sea porque sobreestima su capacidad de moldear las expectativas económicas y el comportamiento consecuente de los actores, y en consecuencia ha ido desgastando la confianza en su palabra y la eficacia de sus promesas.

Curiosamente eso no le impidió lograr bastante buenos resultados este año con los sindicatos, a muchos de los cuales convenció de firmar paritarias por el 15%. Pero parece que no está consiguiendo que eso sea imitado por los empresarios, ni por el público en general, ni por los analistas y pronosticadores. Que él diga y repita que la inflación va a bajar no significa que sus interlocutores automáticamente dejen de acomodar sus precios y previsiones a la alta inflación pasada y los ajusten a una inflación futura en supuesto declive, que hasta aquí nadie está seguro cuándo llegará. Al contrario, a medida que pasó el tiempo pareciera que la influencia de su palabra y de sus promesas al respecto se ha ido devaluando.

Otro poco sucede que el Ejecutivo sigue subestimando el impacto inflacionario que inevitablemente tienen las decisiones por él mismo adoptadas sobre las tarifas. Este fue un serio problema ya en 2016: ese año el gobierno empezó a aplicar la drástica reducción de subsidios que todavía continúa (además de una actualización del tipo de cambio imprescindible para no seguir desalentando las exportaciones), y sin embargo estimó que la inflación iba a ser más baja que el año anterior. No había forma de que pudiera cumplir esa promesa, como quedó en evidencia cuando la suba de precios al consumidor para el primer año de su gestión rozó el 40%. Más le hubiera valido explicar que además de la inflación crónica que anualmente rondaba entre los 25 y 30 puntos había oculta en el paquete que recibió de manos del gobierno anterior una voluminosa e inescapable inflación reprimida, muy superior a esos porcentajes anuales, que habría que sincerar tarde o temprano. Lo que iba a hacer subir aún más los demás precios antes de que ellos pudieran empezar a estabilizarse. No lo hizo entonces para no desanimar a la sociedad con la ola del cambio y lo más curioso de todo es que hasta hoy tampoco lo ha explicado cruda y sinceramente, sigue atado a un argumento híper optimista, que ya no entusiasma pero alimenta reproches de todo tipo por lo poco que consigue en el terreno de la lucha antinflacionaria.

También sucede que el gobierno no termina de valorar en su justa medida la inercia que llevan los precios. Y el grave problema político que esa inercia genera en términos de acostumbramiento y baja disposición social a hacer sacrificios para frenarla.

El hecho es que después de más de 10 años de alta inflación (bajo el telón de fondo de medio siglo de una aún más alta, solo interrumpida en los años noventa) todo nuestro sistema económico funciona previendo que ella va a seguir y por tanto la reproduce en el tiempo. Como cualquier organismo que se acostumbra a vivir adicto a una droga. Y para quienes viven drogados, como se sabe, no es fácil aceptar y encarar grandes esfuerzos para desintoxicarse: como con cualquier adicción, por más que la gente diga que le molesta la inflación y le gustaría dejarla atrás, lo que sucede en concreto es que está más dispuesta a seguir atada a ella de lo que reconoce. Así que tiende a reprocharle al gobierno que no hace más por eliminarla, al mismo tiempo que resiste lo mucho o poco que él hace por combatirla.

Pero entonces, ¿no sucede también que los ortodoxos tienen su parte de razón y desde el principio el gobierno falló por no tomarse realmente en serio la lucha antinflacionaria, por no advertir que el gradualismo no alcanza, que hace falta algo bastante más drástico y agresivo para dominar a este monstruo? En vez de seguir ese camino el Ejecutivo dejó el problema en manos del Banco Central y sus tasas de interés, sin hacer un significativo aporte desde la administración, manteniendo con apenas retoques un importante déficit fiscal, que por más que se financie con deuda sigue engordando la masa monetaria.

¿Por razones políticas no se podía hacer otra cosa? ¿Tenía que elegir entre hacer crecer al menos un poco la economía para ganar las elecciones de medio término, o bajar el déficit y frenar los precios? Si fue así, que no se lamente. Lo que está sucediendo ahora simplemente es que le llega la factura por la fiesta montada para octubre. Y que no se haga el sorprendido y alarmado si la historia se repite el próximo año.

Esa es una forma de ver las cosas. Otra no tan pesimista sería valorar un poco más lo que se consiguió. En verdad, con semejantes aumentos de tarifas acumulados en los últimos dos años es casi un milagro que la inflación no haya sido mucho mayor. Y aunque es cierto que hoy la suba de precios anualizada es casi igual que en 2015 (un poco más de 25%) en el ínterin se superó la enorme distorsión de precios relativos que había ido acumulando la gestión anterior, evitando el peligro muy concreto de que eso terminara en un ajuste caótico, como los vividos regularmente cada diez años en nuestra historia previa. ¿Una vez que ese ajuste de precios relativos termine, con los últimos aumentos importantes de tarifas de este año, será más fácil bajar los índices de precios? No tanto, y de todos modos habrá que esperar a después de las presidenciales de 2019.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/4/18

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Fellner, ¿el próximo beneficiario de la puerta giratoria?

La decisión del juez de Jujuy Isidoro Cruz de detener a Fellner no parece ser consecuencia de un avance de la megacausa de corrupción que se sigue en su contra, y que ya había generado varias prisiones preventivas contra funcionarios de segunda línea y algunos miembros de la Tupac.

Muestra más bien lo contrario: que hay poco o ningún avance sustancial. Se reitera así el juego de amagues y simulaciones que inauguraron tiempo atrás previsores jueces de Comodoro Py y aplicaron a ex funcionarios como Boudou, al empresario Cristóbal López y a varios más: como los encargados de los procesos no logran reunir pruebas materiales o documentales firmes, forzar testimonios, quebrar pactos de silencio ni nada por el estilo, por desidia o ineficacia, toman cada tanto medidas espectaculares para disimular, librarse de la sospecha social de que son tan corruptos como sus encausados, y ganar tiempo. Cuando la atención por estos casos disminuye o se presenta por algún otro motivo la oportunidad revisan esas detenciones, los reos vuelven a la calle, luciendo encima el galardón de haber “sufrido una detención arbitraria” y ser “víctimas de una manifiesta persecución”, y la vida continúa como si nada.

En el caso de Fellner el juez ha escrito, entre los fundamentos de la detención, que viajó más de una quincena de veces a Panamá en los últimos años, por lo que teme se fugue. Pero según su abogado esos viajes son de tiempo atrás y rige ya una restricción para salir del país que alcanzaría por sí sola para evitar el riesgo mencionado. No se entiende por qué ahora razona de otra manera el magistrado y hasta aquí lo había dejado libre. Tal vez lo hace por el mismo motivo que dice esperar que Fellner “declare y colabore con la causa para que se demuestre que es inocente”: no termina de entender que los que tienen que demostrar que no es inocente son el fiscal y él, que no parecen estar haciendo muy bien su trabajo si a lo que apelan es a detenerlo para que el acusado “colabore”.

En las investigaciones como la del Lava Jato en Brasil las detenciones preventivas fueron convincentes para romper pactos de silencio y convertir a acusados en colaboradores y testigos porque eran amenazas creíbles: los jueces y fiscales tenían pruebas suficientes para convertirlas pronto en sentencias firmes si los detenidos no cedían; así que al menos algunos de ellos terminaban haciéndolo.

Entre nosotros sucede lo contrario: después de lo que pasó con Boudou, Baratta, López y compañía pocos van a asustarse lo suficiente si se les aplica la preventiva; más bien optarán por victimizarse y esperar, en la convicción de que no hay nada demasiado firme en su contra. ¿Colaborar con el juez si lo suyo es puro bluff? No tiene sentido.

Y el resultado en el caso de los procesos contra la corrupción en Jujuy puede ser aún peor por otros motivos.

Pese al tiempo transcurrido desde que se iniciaron las causas en su contra, también Milagro Sala sigue en la misma condición de detención preventiva, solo se le han probado hasta aquí delitos menores. Es cierto que en su caso, por el carácter violento de varios de los crímenes de los que se la acusa y denuncias concretas de varias de sus víctimas respecto al uso sistemático de amenazas, el recurso a patotas, etc., la preventiva es bastante más justificada. Pero la pregunta que cabe hacerse es si lo que suceda con Fellner no terminará ayudándola a cambiar esa situación.

Supongamos que el ex gobernador pasa poco tiempo preso, lo que es bastante probable. Cuando salga ¿su caso no se volverá otro antecedente más, y uno mucho más cercano, al que pueden apelar los demás detenidos jujeños, incluida la jefa de la Tupac, para que también a ellos se los libere?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/4/18

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Hay un Brasil que festeja y uno que llora, ¿se salvará su democracia?

La detención del ex presidente Lula da Silva ha tenido un primer efecto, que es agravar la polarización ya desde hace tiempo rampante en la política brasileña. ¿En lo que sigue va a profundizarse esta tendencia?, y esos ánimos contrapuestos ¿van a contaminar la elección presidencial de octubre en tal grado que ella no servirá, como se esperaba, para sacar al sistema político de ese país del pantano en que se encuentra, sino que lo va a hundir aún más en él, extendiendo la crisis de legitimidad?

Hay al menos tres variantes en que eso puede ocurrir. Primera, que Lula logre victimizarse y preservar o hasta aumentar su influencia en el electorado, y a través de un candidato muleto vuelva al poder, estando en la cárcel. Se daría una situación incierta y potencialmente muy conflictiva, con un gobierno controlado desde las sombras, necesitado de deshacer lo que hasta aquí han hecho los jueces, y probablemente con suficiente ánimo de revancha como para dedicarse a forzarlos a ir en la dirección opuesta, contra los que vienen zafando de procesos por delitos parecidos o peores a los que se esmeraron en probarle a Lula.

Segunda variante, que esa operación de victimización favorezca de rebote al candidato de ultraderecha, el ex militar Jair Bolsonaro, hasta ahora el segundo en las preferencias, y le permita llegar al poder, con lo cual la polarización no sólo se agravaría sino que se volvería mucho más difícil de revertir: los partidos moderados terminarían de descomponerse y podrían en parte ser absorbidos por el regeneracionismo autoritario de ese nuevo gobierno, y el PT tendría más motivos que ahora para radicalizarse y hasta chavizarse (no por nada muchos chavistas disimuladamente festejan que con Lula preso “la vía democrática se haya clausurado para la izquierda brasileña”), enfrentando a un presidente que además de los vicios mencionados tendría la mácula de origen de ser hijo de la proscripción. Además un populista de derecha como Bolsonaro no dudaría en hacer, en tal contexto, el mayor uso posible de las investigaciones por corrupción de la vieja “clase política” para eliminar a sus adversarios y reducir a la impotencia a eventuales socios.

Tercera y última variante, menos ruidosa pero de efectos a la postre tal vez igual de malos: que la fragmentación partidaria se profundice y el electorado llegue a octubre más dividido que ahora, ante partidos sin capacidad ni interés en coaligarse, que apuesten todo a sacar la mínima diferencia para meterse en el ballotage. Con lo cual el presidente electo, cualquiera sea, terminaría siendo muy débil, tendría una base legislativa muy pequeña, tal vez aún más pequeña que la de Temer, y no mucho más apoyo social que éste.

Por variados caminos, en suma, las cosas en Brasil pueden salir bastante mal. O directamente pésimo.

Aunque no hay que descartar que otros factores intervengan y otro sea el resultado. Para empezar, porque los moderados de todos los bandos en pugna, de entre los que se lamentan y los que festejan en estas horas, anticipan esos posibles escenarios, saben los riesgos que corren en cada uno de ellos y están a tiempo de evitar el desastre.

Es cierto que el PT va a respaldar a Lula hasta el final. Pero, contra lo que sostienen analistas demasiado alarmados por los ruidos del momento y el griterío de la victimización, no parece que sea tan cierto que está “decidido a romper las reglas de juego”, siquiera a insistir con su candidatura u optar por una “a lo Cámpora” para mantenerlo en el centro de la disputa. La resistencia a la orden de detención no pasó de un gesto teatral, y difícilmente condicione lo que el partido haga de aquí en más.

Si los petistas buscaran una alianza con Ciro Gomes, ahora candidato por el centrista Partido Democrático Laborista, algo más probable que meses atrás, la moderación también se volvería más atractiva para el resto de los partidos y aspirantes, Marina Silva y el PSDB sólo podrían pesar en la competencia si a su vez unieran fuerzas. Y con ello las chances de Bolsonaro se reducirían.

La campaña entonces distaría de girar en torno a “proscripción sí o no”, volvería a centrarse en las opciones para consolidar o cambiar el curso de la recuperación económica, cómo asegurar que las investigaciones por corrupción ganen en legitimidad y se despoliticen, que los partidos y candidatos vuelvan a ser confiables para la sociedad. En suma, la mejor forma de convertir la crisis sufrida en oportunidades para mejorar la democracia brasileña. Que no será muy distinta de la que hace falta para mejorarla en el resto de la región.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/4/18

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Pichetto en Gualeguaychú. Arranca el gran tour del nuevo peronismo

El jefe de la principal bancada opositora del Senado da inicio con una reunión en Gualeguaychú a su proyecto más ambicioso, recomponer el peronismo, dejando atrás la experiencia kirchnerista para volver a conquistar la mayoría perdida.

Miguel Ángel Pichetto es un hombre con gran experiencia, y sabe lo que hace. Pero en su larga historia nunca hizo algo parecido a lo que ahora intenta: fue siempre instrumento de estrategias de poder diseñadas por otros, líderes mucho más poderosos que él; ahora no, es él quien diseña una estrategia de poder, para ofrecérsela a un liderazgo que todavía no existe. ¿Funcionará?

Su plan no está mal. Parece ser el perfecto reverso del que viene desplegando Cristina Kirchner. Lo que no obedece sólo a la manía de diferenciarse de su última jefa, sino a que aspira a construir un peronismo realmente muy distinto al suyo.

Ella apuesta todo al fracaso de Macri. Lo acaba de repetir en una insólita entrevista que le hizo nada menos que el ex presidente Correa (que parece ha hecho del periodismo otro de sus entretenimientos, junto a cantarle al comandante Guevara y despotricar por la traición de su sucesor). A ojos de la señora de Kirchner, que Macri se hunda es tan inevitable como que salga el sol, así que sólo hay que esperar. El rionegrino en cambio está convencido de que el macrismo se ha consolidado y por su propio peso no sólo no tiende a caer sino que se expande, así que hay que contraponerle mucho arte político, y sobre todo tratar de representar al menos parte de lo que él se ha apropiado y le provee su fortaleza. ¿Qué parte? ¿La moderación, el ajuste, el planteo productivista y pro inversiones, algo de mano dura en seguridad? No está muy claro pero sí la idea general de competir por el centro político.

Mientras Cristina apuesta a la calle, a estar en los medios y a radicalizar cada conflicto que divida la escena entre “ellos y nosotros”, dando por supuesto que la gente ya sabe quiénes son ellos y quién nosotros, por lo que no hace falta explicar nada sino volver a dar, y ganar, las mismas peleas que hace un par de años se empezaron a perder, Pichetto pretende hacer el camino inverso en una escena distinta, renovada: llevar el impulso renovador de su Peronismo Federal de las instituciones a la sociedad, empezar reorganizando y coordinando los muchos instrumentos en los ejecutivos provinciales y locales y en los legislativos de distintos niveles que todavía ese peronismo controla, para recién después presentarse ante la sociedad y proponerle una alternativa de política nacional, capaz de convencer a los votantes de que “puede hacerlo mejor que Macri”. Todo un homenaje al institucionalismo y el gradualismo a tono con estos tiempos que corren.

Por último, mientras Cristina promueve la unidad pero no de todos los peronistas hoy dispersos, sino de todos los que se sientan parte del “campo popular” y enfrentados a “la derecha” (por eso insiste en incluir allí a la izquierda, hasta algo de la extrema izquierda si es posible), Pichetto a lo que aspira es a recuperar la unidad partidaria, volver a ser un partido y dejar de ser un movimiento, un espacio o un “campo”, y romper lazos con esa izquierda que él cree entre las fuerzas políticas pero también en relación a movimientos sociales, de derechos humanos y sindicales, consume más legitimidad peronista de lo que ofrece a cambio en términos de representatividad y apoyo social real. Principalmente porque aleja al peronismo de actores mucho más relevantes para formar mayorías y gobernar, los empresarios, los sindicatos realmente existentes, las clases medias moderadas, la iglesia y su grey, etc.

El principal problema que enfrenta Pichetto no es convencer a los peronistas de que el camino definido por estos tres elementos es mejor a seguir atados al carro de la ex presidente. Eso lo piensa ya de movida el 90% de su dirigencia política. El problema es si no tardará mucho en completarse el recorrido para estar en condiciones de competir de igual a igual con el macrismo, y mientras tanto no habrá que soportar un largo ciclo de vacas flacas. Que tal vez se atraviese mejor no haciendo oposición a nivel nacional, sino siendo más bien ambiguo y cooperativo en ese plano y dedicándose a la política local. Es decir, más o menos lo mismo que los peronistas no especialmente entusiastas de las banderas kirchneristas ya hicieron durante los doce años de dominio del matrimonio de Santa Cruz.

Por eso es que Pichetto enfrenta, más que resistencias, falta de entusiasmo. Está en cierto sentido ante Macri como estaba Duhalde frente a los Kirchner, rodeado de amigos peronistas que lo animan y le dan espaldarazos, pero en público disimulan o directamente se desmarcan.

Y encima esa falta de entusiasmo se refuerza con otra dificultad extra: ¿Cómo entusiasmar al peronismo con un plan de acción que tiene tan poca sintonía con su tradición, luce y ofrece tan poco en demasiados asuntos caros al gusto peronista, liderazgo, estética, apelación histórica, nacional o de clase? ¿No le pasará a Pichetto y su gente como a los cafieristas en los ochenta frente a los menemistas, no se estará pareciendo tanto a lo que quiere contraponerse que los votantes terminarán buscando otra opción más propia, telúrica y populista, en suma más peronista?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/4/18

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Carrió se disculpó con Macri pero la pelea por la plata del Congreso sigue

Fue una Semana Santa de escándalos, y varios tuvieron ya que disculparse por los que provocaron. Nacho Viale hizo su mea culpa y lo que sorprendió aún más fue que también hizo el suyo Elisa Carrió, raro en ella. Es que realmente se le había ido la mano al dar a entender que Macri nunca había hecho política decentemente y por eso se había tirado contra el canje de pasajes en el Congreso: según la líder de la Coalición Cívica canjear esos pasajes por plata debería considerarse una fuente legítima de recursos para quienes no tienen otro modo de financiar su acción política, por no ser ricos ni recibir dinero de empresas.
También Carrió había dado a entender que jamás en su vida Macri habia dependido del presupuesto público para moverse por ser un nene bien que siempre viajó en helicóptero o avión privado, pero de eso no se sabe si se arrepintió.
El argumento de Carrió es cualquier cosa menos novedoso: siempre ha habido quienes piensan que el Estado tiene que financiar totalmente la actividad de los partidos y candidatos, y la corrupción es resultado que no lo hace o lo hace a medias; pone poca plata y parte de la que pone obliga a los dirigentes a hacer malabares no muy prolijos, como por ejemplo cambiar pasajes para redondear sueldos, o para pagar carteles o lo que sea. La solución es que los ingresos de los legisladores y funcionarios sean más altos, haya más dinero público para hacer campañas, sin vueltas, y se prohíba que los ricos y amigos de empresarios usen recursos privados, que son generadores tanto de desigualdad en la competencia como de la verdadera corrupción.
Desde esta perspectiva llamar corrupto a un legislador porque usa lo que tiene a mano del presupuesto público, precisamente para no entregarse a la corrupción, sería un contrasentido. Con esta idea en mente fue que varios legisladores oficialistas y opositores, entre ellos Pablo Tonelli del PRO y Luis Naidenoff de la UCR, reclamaron no se denigre al Parlamento por este tema, no se abonen argumentos antipolíticos y oportunistas (las referencias explícitas al Ejecutivo y al propio presidente no estuvieron ausentes) y se blanquee la situación: o se suben las dietas de los legisladores, o se asigna un monto por viáticos de uso discrecional, en suma, se les permite hacer en forma transparente lo que ahora se hace medio a escondidas.
Tal vez la solución propuesta sea razonable, pero no lo es del todo el argumento con que se justifica. El uso de presupuesto público para fines que no son los que están pautados por la reglas no se puede considerar algo justificado simplemente porque hay alternativas peores. ¿Es un modo menos grave de malversar recursos que quedarse con el 15% de una licitación? Claro, pero también es un vicio que hay que combatir. Y lo cierto es que es un vicio muy extendido, porque no sólo se practica con los pasajes sino con infinidad de instrumentos: los asesores legislativos que en realidad son militantes partidarios y ni pisan el Congreso, las pensiones graciables que supuestamente son para atender casos de necesidad en forma puntual y directa y también se usan para rentar militantes, las cuotas de aporte obligatorio que se sacan de esos ingresos para financiar campañas, etc.
Por otro lado, es discutible que sea más conveniente financiar la política con fondos públicos, de este o cualquier otro tipo, que hacerlo con fondos privados. Si estos son transparentes y controlados, ¿por qué va a ser mejor que los partidos dependan del Estado a que dependan de actores de la sociedad, sean empresas, sindicatos o particulares?, ¿no sería más razonable reclamarle a los partidos y candidatos que se abstengan de usar la plata de todos, que debe servir para financiera bienes públicos, y solventen los gastos de promover sus proyectos, que interesan solo a una parte de los ciudadanos, con el aporte de esos ciudadanos?
Sobre este punto hay diferencias profundas de criterio en Cambiemos: buena parte del radicalismo y Carrió creen que el “privatismo” es malo y hay que “estatizar” más de lo que ya en su momento estatizó el kirchnerismo; mientras que en el PRO y en particular en el Ejecutivo piensan lo opuesto, no es posible desterrar el financiamiento privado, así que la única opción razonable es transparentarlo, y en cambio el financiamiento público puede limitarse o directamente suprimirse, y sobre todo se puede y debe combatir su uso espurio porque es, si no la peor, sí la puerta de entrada para las peores formas de la corrupción. Se empieza canjeando pasajes y se termina metiendo la mano en la lata de las licitaciones, así funciona la “vieja política” que Cambiemos vino a reemplazar.
Como se ve, no se trata simplemente de pedirse disculpas unos a otros. El tema es más complicado y va a exigir que se pongan de acuerdo sobre lo que quieren hacer con el financiamiento de la política. Un verdadero misterio cómo lo resolverán. Aunque seguro que la solución será gradualista.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/4/18

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Aranguren desconfía de Macri y de sí mismo, ¿debemos confiar en él?

El ministro Juan José Aranguren, ya se sabía, se caracteriza por su impulsividad y frontalidad. Dos rasgos que muchos festejaban cuando lo llevaron a chocar reiteradas veces con los Kirchner, mientras la mayor parte de los empresarios y directivos de empresas de este país bajaban la cabeza y callaban.

Se sabía también que tenía depósitos en el exterior, y por unos cuantos millones: es de los funcionarios más ricos de este gobierno y está apenas detrás de Gustavo Arribas y algo por delante de Nicolás Dujovne en el monto de sus inversiones externas.

Lo que no se sabía es que a pesar de haber estado ya más de dos años en la gestión y en la palestra no sería capaz de cambiar de actitud en el manejo de sus ahorros ni aprender nada de comunicación y política. Pese a las muchas señales que hubo en cuanto a que ambas cosas podían meterlo en problemas. Y que debieron también haber registrado sus jefes: como les sucedió ya varias veces con los Bullrich, como le ha pasado con el propio Durán Barba, es raro cómo un gobierno que controla tan celosamente quién habla, de qué y en qué momento, deja en ocasiones que sus voceros más probadamente deficientes incurran en reiterados papelones.

Pero volvamos a Aranguren. Es evidente que metió la pata porque lo traicionó su sinceridad. Interrogado sobre sus depósitos en el exterior no intentó escabullirse con excusas sino que confesó lo que íntimamente piensa: este país no se sabe si en serio va a cambiar, es probable que no, así que mejor tener cuidado con dónde uno pone sus ahorros hasta que esa incertidumbre se despeje, que vaya a saber cuándo sucede.

Su argumento no sólo ofreció una flaca imagen del país, sino de su propio gobierno: equivalió a decir que no está seguro de que Macri vaya a lograr encaminar a Argentina en la senda del capitalismo serio y predecible, donde uno pone su plata en el banco o la invierte en alguna actividad y nadie se la saca cambiando las reglas de juego, ni le prohíbe moverla a otro destino con cepos ni nada parecido; puede que en un par de años volvemos a las andadas y los intentos hechos en esta etapa sean recordados como otro efímero experimento para hacer de este país lo que no es.

No es el único que piensa en estos términos en el gabinete, aunque sí fue el más explícito y directo. Unas semanas atrás una sentencia apenas más moderada había lanzado Dujovne en España cuando lo interrogaron también por sus depósitos en el exterior, justamente mientras invitaba a empresarios extranjeros a invertir en el país. No salió muy bien parado del brete y al intentarlo se metió en uno peor: quiso dar vuelta el argumento de sus interrogadores y explicó que afuera “hay confianza en Macri, pero dudas sobre la Argentina”. El problema no sería el gobierno, sino todos los demás argentinos. Aunque cabe inferir que por lo menos el jefe de Hacienda confía un poco más en el presidente, y también en sí mismo. Es algo.

Por ahí es mejor su tesitura que la de Aranguren, aunque peque un poco de soberbia, porque nadie quiere estar en manos de gente que no pondría las manos en el fuego por sí misma, por lo que hace y las opciones que toma, y se ataja anticipando que las cosas pueden salirle muy mal. Si uno está en un barco cuyos capitán y oficiales se dedican a cargar en un bote salvavidas todas sus pertenencias más bien que se va a alarmar, y si puede intentará hacer lo mismo, con lo cual nadie se va a esforzar demasiado en que el barco llegue a puerto.

Dar el ejemplo es parte del arte de conducir. Y no es optativo cuando se trata de asuntos cardinales de un gobierno, como lo es para el de Macri generar confianza en la economía y atraer inversiones. El mandatario igual defendió a su ministro, pero más que el gesto de no repatriar su dinero debió molestarle el argumento: si hasta Aranguren ve todavía vacas que lo hacen llorar, ¿cómo no darle la razón a los millones de argentinos que dudan de la palabra oficial cuando afirma que estamos en el camino correcto, que lo peor ya pasó, que hay luz al final del túnel?

Es un poco hipócrita criticar la fuga de capitales cuando la practica un empresario o un rico, pero justificarla cuando lo hace la clase media o cualquiera que mete dólares en un colchón. ¿Por qué deberían arriesgarse más los que más tienen, por qué deberían ser más nacionalistas que el resto? La falta de confianza en las reglas económicas que nos damos, en nuestra moneda y en el gobierno de la economía en general es un problema que trasciende a las clases sociales. Por eso es más difícil y a la vez más necesario y urgente combatirla. Romper el círculo vicioso que la reproduce: como no hay confianza en las reglas, la eficacia de los instrumentos de política económica es escasa y la probabilidad de que fallen aumenta, todos lo saben y siguen desconfiando. Es lo que nos viene pasando con la inercia inflacionaria, como se está viendo en estos días, muy difícil de detener. Así que cualquier esfuerzo extra al respecto debería ser bienvenido, y más metidas de pata al respecto no ser fácilmente disculpadas.

Tal vez sería bueno que el gobierno haga un poco más de esfuerzo por poner a su gente en línea. Sin sobreactuaciones inútiles: una patética y estéril que resulta oportuno evocar es la de Cristina Kirchner cuando a poco de iniciado el cepo cambiario convirtió a pesos un depósito en dólares. Lo hizo justamente para contradecir a uno de sus ministros de entonces, Aníbal Fernández, que como Aranguren esta vez se había mostrado desafiante ante periodistas que lo interrogaron sobre unos ahorros que tenía en moneda norteamericana. El gobierno de Cristina incluso inauguró a raíz de ese entuerto una lista de “pesificadores de depósitos” que fue puro circo y cayó pronto en el olvido. Esas cosas no sirven, no hace ni falta aclararlo. Pero tampoco el extremo opuesto de que los funcionarios como personas particulares pueden hacer lo que quieran con sus bienes y suponer que eso no va a tener efectos políticos. ¿Son o no son los que están al mando del barco?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 1/4/18

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