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El default, un arma, una excusa, una trampa

Después de haber incurrido en el default soberano más grande y festejado de la historia, a fines de 2001, estamos cerca de caer en otro, el más ridículo e innecesario: si Argentina no paga a fin de mes romperíamos nuestros compromisos con el mundo una vez más, y no porque no podamos pagar, ni porque algunos acreedores y un juez estén empecinados en “hacernos fracasar”, sino porque ya nuestro gobierno fracasó en sus objetivos más básicos, y para disfrazar ese fracaso no encontró nada mejor que armar una descomunal batahola judicial e internacional.

Tanto tiempo reclamando que el gobierno tuviera alguna vez un plan B para cuando sus primeras preferencias no se pudieran lograr, ahora no habría que quejarse: finalmente lo tiene, y se llama “default selectivo”, “táctico”, “técnico”, o “default impuesto por el juez”, como le gustaría a la presidente que se lo conociera de ahora en más.

Pero ojo: por ahora este “default impuesto” es el plan B, se recurrirá a él si no se logra el plan A, un “acuerdo conveniente”. Que viene a ser uno que reúna las siguientes condiciones: suficientes garantías de que los demás holdouts, los que no tienen todavía fallos firmes a su favor, no los consigan rápidamente, seguridad de que los bonistas reestructurados no podrán reclamar por la cláusula RUFO, y que se pague en bonos y con plazos, es decir, que no produzca una pérdida mayor de divisas antes de fines de 2015.

Como estas exigencias son difíciles de satisfacer, por las muy desfavorables condiciones en que Argentina quedó colocada al perder su caso en todas las instancias judiciales, el default es una posibilidad bastante cercana. Más todavía: dado que la negociación se plantea del lado argentino en estos términos tan exigentes y desproporcionados a sus recursos, y con la amenaza bien clara de patear la mesa si el otro lado no cede en todo lo que se reclama, bien puede suceder que de plan B pronto el default pase a ser el plan A, o que al menos así lo perciba la otra parte, y se resista a entrar en un juego de presiones del que no crea poder sacar nada bueno.

Veamos lo que sucede, en estos términos, con el pedido de una nueva suspensión del fallo: entre las garantías que exigen los funcionarios argentinos está la de que los demandantes, es decir los que llaman buitres malvados e insensibles, intercedan ante el juez Griesa, otro malvado según las autoridades locales, para que reponga la cautelar hasta que se ejecute el pago de los vencimientos de este mes de los bonos reestructurados; así habría dos meses más, hasta septiembre, cuando se vence un nuevo pago, para seguir negociando el modo en que se ejecutaría el fallo; pero es bastante probable que dado el tenor de los planteos del gobierno kirchnerista, los demandantes teman que si colaboran para lograr esa suspensión, en septiembre volverán a estar en la misma situación de hoy, y así hasta diciembre o por aun más tiempo; ¿y entonces cuándo cobrarían?

Como vemos, ni los instrumentos de presión que ha elegido ni sus antecedentes como incumplidor de sus compromisos ayudan al gobierno argentino en la negociación. Tampoco lo hacen la coyuntura económica que atraviesa el país y su acotado margen de acción en el plano internacional. Dos pronósticos sobre las perspectivas económicas para los próximos meses, uno sobre el escaso aporte de los mercados y los organismos que se perdería en caso de default, y uno opuesto sobre la posibilidad de conservar en cualquier caso aportes alternativos ganaron gravitación en los últimos días en el ánimo con que el vértice del gobierno viene considerando la opción de patear el tablero.

En primer lugar, pesa el escepticismo respecto a la posibilidad de lograr un repunte de la economía en el segundo semestre o a comienzos de 2015. Hasta el mes pasado, esa posibilidad era el norte de las decisiones de política económica, incluidas las orientadas a normalizar las relaciones con el mundo financiero y los organismos internacionales (nuevo índice de inflación, pagos al Ciadi, Repsol y Club de París). Pero tras la negativa de la Corte Suprema norteamericana a intervenir en el caso resuelto por Griesa, y en parte por el propio impacto que tuvo esa decisión, se fortaleció el pronóstico de una recesión más prolongada, que ya estaba siendo alimentado por malas nuevas provenientes de la industria, en particular el sector automotriz, la construcción y los indicadores de consumo. Los funcionarios argentinos ahora se preguntan: si la crisis va a seguir, ¿para qué hacer tanto esfuerzo en arreglar el frente externo, que nos exige tamaños costos y nos garantiza poco?

En el mismo sentido influyeron las evaluaciones realizadas por buena parte de los economistas locales, incluso algunos muy críticos del curso oficial, en cuanto a que un eventual default tendría un impacto negativo moderado en la actividad económica, de entre 1 y 2 puntos del PBI. Y que este impacto podría ser además rápidamente compensado si se procediera a una renegociación global y rápida de los pasivos involucrados. Y un efecto semejante parece tener la expectativa de que los aportes chinos más las inversiones que podrían captar YPF, la red 4G y algunas otras iniciativas alcanzarían para construir el puente de plata que hace falta para transitar el período de default. Dichos aportes reemplazarían los recursos que hasta hace poco se aspiraba a obtener vía emisión de bonos en caso de un arreglo con los holdouts, y que tampoco está claro que vayan a ser ni abultados, ni rápidos, ni baratos.

Es en este marco que fue ganando adeptos en el Ejecutivo la tesis del “default táctico”. Que sería políticamente útil, ante todo, como excusa y explicación de una crisis ya desatada, que no tiene visos de terminar pronto y que a medida que avanza el año se siente más y más en el empleo, el consumo popular y en general en el ánimo colectivo. Defaultear permitiría atribuir la responsabilidad por todo ello a la intervención de actores externos enfrentados al gobierno nacional, descargando de toda culpa a éste. Si además hacerlo no provocara una caída suplementaria muy sensible de la actividad, y diera paso a una renegociación rápida, el gobierno cree que podría iniciar el año electoral con nuevas perspectivas económicas y un renovado crédito de la opinión pública a su proyecto y concepción de los problemas domésticos y externos que se enfrentan.

Todo esto suena, de todos modos y por suerte, bastante difícil de consensuar y hacer realidad. Pero ojo, hay que entender la perspectiva con que lo consideran los actores gubernamentales: ¿les queda alguna otra opción que no los obligue a bajar la cabeza y reconocer que metieron la pata hasta el fondo?

 publicado en tn.com.ar el 21/07/2014

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La propaganda kirchnerista y los humores del pueblo

Ya antes de que se conociera el verdadero oficio del “abuelo Quique”, protagonista de uno de los más irritantes spots de la propaganda oficial que viene bombardeando al público mundialista, y que adquiriera sus dotes actorales en producciones triple X de La Plata, era posible advertir que esa campaña tenía un sesgo pornográfico.

En el sobreactuado entusiasmo, en la burda explicitación de los fines perseguidos, todo en esas publicidades en que se mezcla deporte y política remite al sexo explícito. Desde un principio mostraban a un gobierno decidido a renunciar a las sutilezas, tal vez porque asumió ya que nadie le va a creer si actúa lo que no es, ni nunca fue, que no va a poder seducir con moderación y lenguajes civilizados, así que la que le queda es ir directo y de cabeza a los bifes. Y lo más interesante del caso es que, al hacerlo y bombardearnos con los supuestos “golazos” de la gestión, del proyecto y de sus líderes, expuso a éstos en un rasgo que los caracteriza, no de ahora sino desde siempre: querer mostrarse en perpetua erección, saliéndose siempre con la suya y realizando a voluntad sus deseos.

Muchos han marcado ya la diferencia que existe (más allá de las simpatías políticas expresadas por el propio DT) entre el estilo de la selección de Sabella y el “estilo k” puesto de manifiesto en este aprovechamiento político del fútbol, y más en general en todo lo que hace el gobierno nacional. Mientras los jugadores y el DT se esforzaron estas semanas por mostrarse prudentes y profesionales, sin sobreofertar a pesar de que, yendo de menor a mayor, su rendimiento y eficacia han sido crecientes, el gobierno apuntó a convertirse en jefe de la hinchada, abrazarse al entusiasmo mundialista sin ningún empacho en identificar la camiseta con la patria, la patria con la unidad entre pueblo y gobierno, y los supuestos logros oficiales con verdades reveladas, objetos de fe que sólo un apátrida podría cuestionar. Y más grave todavía, dado que al mismo tiempo que la selección iba progresando en Brasil fueron saliendo cada vez peor los asuntos que en verdad tendrían que haberse dedicado a resolver nuestros gobernantes, la declinante evolución de la economía, el conflicto con los holdouts, los escándalos de corrupción, más desesperados estuvieron ellos por convertir la alegría en escapismo y hacer olvidar todo eso, en un giro ya manifiestamente abusivo, de nuevo, pornográfico, de la pasión futbolera.

La prensa oficialista lo planteó en diversas variantes, y todas con el común denominador del exceso y las burdas analogías. Tal vez la más escandalosa fue una nota de la Agencia Paco Urondo, titulada “Superioridad física e ideológica de un Pueblo” y escrita por un tal José Cornejo, que si la hubiera hecho en joda tampoco daba gracia: la idea de Cornejo es que a la selección nacional le fue mal en los mundiales a partir de 1990 culpa del neoliberalismo, por la enfermedad física y mental que él le inoculó al pueblo argentino; y que estos efectos habían calado tan hondo que se tardó de 2001 a 2014 en empezar a revertirlos, pero ahora nadie para a nuestros muchachos porque desde la polis griega a nuestros días no hubo nada tan potente para desarrollar el alma y el cuerpo de un pueblo como el kirchnerismo. Si cambiamos pueblo argentino por pueblo alemán, neoliberalismo por judíos, y Kirchner por ya sabemos quién, podríamos ubicar este texto en el contexto de las Olimpíadas de Berlín de 1936 y rezar porque no tengamos que explicarnos mañana cómo pudo ser que una decadente plutocracia neoliberal como la Alemania de Merkel nos logró hacer a nosotros lo que Jesse Owens le hizo a los muy arios corredores del Führer casi ochenta años atrás.

Por suerte la sociedad argentina sí parece haber aprendido algo de esos ochenta años de uso y abuso político del deporte, o al menos las circunstancias favorecen que así lo haga entender, y está dándole muy poca pelota a los discursos y propagandas oficiales. Con lo cual muestra algo que ya era perceptible hace un tiempo: el país recupera el buen humor, la capacidad de experimentar alegrías colectivas y no precisamente de la mano del proyecto kirchnerista, sino al contrario, a medida que lo va dejando atrás. Y no sólo porque la gran mayoría está ya harta de este gobierno, su estilo, sus errores y sus camelos, sino porque el propio oficialismo se condenó, a medida que se abrazó más y más a ellos, a ser parte del pasado. No hay nada más melancólico que un discurso que se esmera en mostrar todo lo que logró, sin poder balbucear una sola idea sobre lo que imagina para el futuro.

Que el kirchnerismo esté terminando así, tan desconectado de los humores del pueblo que creía haber cultivado mejor que nadie, y con cuya finalidad ciertamente viene gastando enormes cantidades de dinero y lo sigue haciendo todavía hoy, pero con una falta de criterio que ni en el peor burdel, sin poder sacar mayor provecho de la alegría colectiva cuando ella finalmente encuentra ocasión para manifestarse, no es para nada casual. En la primitiva economía del deseo con que siempre se movió el kirchnerismo no puede haber ninguna demora ni obstáculo para la realización de la voluntad. Todo tiene que ser rápido, directo y explícito, en suma, pornográfico. Pero ni la política ni el fútbol funcionan así. Requieren táctica, estrategia, una fina atención en el manejo de los tiempos y los ritmos del juego. Sólo con estos instrumentos las voluntades que intervienen en la partida pueden usar adecuadamente los recursos que tienen a la mano, y lograr sino el mejor de los resultados, al menos un buen desempeño y rendimiento. De eso, ni ahora ni nunca el kirchnerismo entendió demasiado.

    publicado en perfil.com el 13/7/2014

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Un orgullo que ya no es k

Muy pocos argentinos se enorgullecen de ser arrastrados de una derrota a otra por los tribunales de Estados Unidos, en una saga que puede terminar mal o muy mal pero en cualquier caso es bastante evidente que habla, más que de la maldad de los fondos especulativos y del imperialismo, de la impericia y ceguera de un gobierno que se enredó en sus fantasías y confusiones.

Menos todavía son los compatriotas que sienten orgullo de funcionarios que hace rato vienen fracasando en hacer crecer la economía, frenar la inflación y proteger el empleo productivo. Y casi ninguno, incluso en las filas del propio oficialismo, debió experimentar ni un rastro de ese sentimiento el pasado 9 de julio cuando, mientras la selección nacional lograba pasar a la final mundialista, la administración se hizo representar en los festejos de la Independencia por un vicepresidente que no se cansa de mentir y disfrazar sus acuciantes problemas judiciales detrás de la épica desgastada de la lucha contra los medios y demás maléficas corporaciones.

Muchos argentinos en cambio dicen sentirse orgullosos del desempeño de su selección de fútbol, incluso después de que cayera derrotada ante Alemania. En parte porque el equipo se desempeñó cada vez mejor a medida que avanzó el torneo; en parte probablemente también porque hace tiempo que carecemos de otros motivos y oportunidades para experimentar la solidaridad y pertenencia colectivas.

La última había sido cuatro años atrás, en el Bicentenario de la revolución de mayo. Que sí fue ocasión para que el kirchnerismo impusiera su guión y discurso político, y en alguna medida al menos, se apropiara del orgullo nacional. ¿Qué cambió en el ínterin? Casi todo.

En mayo de 2010 la economía había vuelto a crecer a gran velocidad después de la aguda crisis que la afectara entre fines de 2008 y mediados de 2009, y que las autoridades con algo de razón habían logrado atribuir a factores puramente exógenos (entonces si tenía alguna lógica la afirmación de la presidente según la cual “el mundo se nos cayó encima” y “el modelo” podía todavía sacarnos adelante). Encima las fuerzas de la oposición, convencidas de que con los mazazos de la crisis del campo de 2008 y la derrota en las legislativas de 2009 el kirchnerismo estaba ya finiquitado, se venían dedicando a disputarse salvajemente su sucesión en el poder. Y se convencieron además de que la gran masa de la población no le daría mucha bolilla al Bicentenario, y menos todavía a los festejos oficiales, que serían en todo caso, según palabras de una conocida dirigente cuyos pronósticos catastróficos todavía no habían agotado del todo la paciencia del público, oportunidad para un enorme gasto y una nueva campaña divisionista.

El gobierno no se privó ni del gasto dispendioso ni de los gestos facciosos y excluyentes. Pero nada de eso irritó demasiado a la ciudadanía, que quiso festejar su identidad y pertenencia, y encontró que casi el único que estaba atento a ese deseo, y sobre todo el único que tenía los medios para satisfacerlo, era el oficialismo. Con lo cual éste logró que muchos que le habían retirado el crédito en los dos primeros años de mandato de Cristina Kirchner se lo devolvieran. O al menos suspendieran momentáneamente el juicio negativo que tenían sobre su gestión. Con ello conseguiría posicionarse como responsable exclusivo de todas las buenas noticias habidas y por haber. Y que calara su machacona idea de que sus críticos, los políticos opositores, los medios independientes, los empresarios disconformes, los economistas que advertían sobre problemas de sustentabilidad, los que reclamaban desde afuera por deudas, mentiras oficiales o lo que fuera, eran agoreros y caranchos. En suma, que eran ellos los que realmente producían, o deseaban que se produjeran, esos problemas de los que hablaban, porque sus intereses se realizarían sólo si el gobierno y por extensión el país fracasaban.

Un gobierno que sólo se hace cargo de las buenas noticias y que achaca al resto del mundo toda la responsabilidad por las malas es hoy, cuatro años después del Bicentenario, por completo imposible de vender. Pese a todo, el oficialismo no ha dejado de intentarlo: la machacona campaña publicitaria sobre los “golazos” oficiales y las ridículas denuncias contra los “apátridas críticos de Sabella y su equipo”, o los aún más absurdos carteles de Julián Domínguez, están ahí para probarlo. Habiendo tenido éxito aquella vez cree que puede volver a tenerlo, y en ausencia de una mejor idea, qué más da. Tratar de repetir la fórmula que una vez resultó exitosa debe parecerles mejor opción que bajar los brazos.

El problema es que esto último puede no ser cierto, y los esfuerzos desesperados del gobierno terminar jugándole en contra. Tal vez si intentara algo nuevo, por caso, lo que no hizo en el Bicentenario, abrir el juego y compartir la escena con los demás, aceptando que todos compartimos la misma historia y todos queremos, con nuestras particulares ideas sobre lo que eso significa, un país mejor, sus mensajes tendrían mayor eficacia para preservar su legado y controlar la salida del poder. Y aunque el kirchnerismo ya no sea convincente como camino para lograr ese futuro mejor, evitaría ser recordado como una desgraciada experiencia que lo dificultó y demoró. Pero tal vez sea mucho pedir, y sea sobre todo tarde para esperarlo: se suele decir que los peronistas son maestros de la supervivencia, y que ningún buen dirigente de esa tradición se suicida, pero parece que en esto los kirchneristas sí se distinguen.

 

publicado en tn.com.ar el 14/7/2014

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Perón, los Kirchner y el manejo del tiempo

El kirchnerismo insiste una y otra vez en que necesita mucho más tiempo del que ya ha tenido en el poder para hacer un país institucionalmente serio, con una economía pujante, socialmente integrado y todas las otras cosas que viene prometiendo hace años.

Sin embargo, lo que ha quedado más y más a la luz en lo que va del segundo mandato de Cristina Kirchner es que el principal problema que tiene su proyecto no es que ha durado poco sino que ha estado demasiado tiempo en el gobierno y por ello todas sus inconsistencias temporales se le volvieron en contra. Si se hubieran ido en 2011 hubieran dejado un país que todavía crecía, los problemas con los holdouts, el Club de París y el Ciadi los hubieran tenido que resolver y empezar a pagar otros, y por tanto hubieran podido seguir diciendo que el desendeudamiento era una realidad. Entre otras cosas, ocultando que en la deuda había que contabilizar también el uso hasta la extinción de la infraestructura social, incluida la ferroviaria, porque Once le hubiera estallado en las manos no a ellos sino a sus sucesores. Y también éstos hubieran sido los encargados de devaluar, reconocer la inflación, la necesidad de aumentar el ahorro y la inversión moderando el consumo, y administrar otra cantidad de sacrificios.

Los problemas inherentes a la gestión de costos y beneficios a lo largo del tiempo son básicos para toda organización social. Y los ejemplos de que no solemos ser muy duchos en nuestro país para lidiar con ellos abundan. No sólo en la última década, sino en la historia de al menos el último siglo. Se observan por caso en dos instituciones básicas tanto para la economía como para la integración social: el sistema previsional y la moneda. No por nada las dos vienen funcionando muy mal en Argentina desde hace añares: casi siempre ha sido irresistible para los gobiernos, y para sus apoyos sociales, la tentación de abusar de ellas para obtener beneficios inmediatos, a costa de perjuicios que sólo se verificarían con el paso del tiempo. El otro ejemplo obvio es el ya mencionado de la deuda, claro.

Los Kirchner en ninguno de estos terrenos han sido una excepción. Sino, en todo caso, han ofrecido una versión particularmente burda y manifiesta de costumbres acendradas. Tanto porque existían condiciones objetivas mejores que nunca antes para escapar en esta ocasión de al menos algunas de estas inconsistencias temporales. Como porque su propio éxito, que les permitió durar en el poder más que ningún otro grupo gobernante en 100 años, se les volvió en contra y los llevó a enredarse patéticamente en su propia madeja.

Con ellos se ha podido verificar, por tanto, que aunque los problemas en estas y otras instituciones básicas que manejan costos y beneficios intertemporales son, para todos los gobiernos que hemos conocido y padecido, heredados, ellos los reproducen a través de sus propias decisiones. Y en particular lo hacen cuando toman decisiones críticas, es decir, cuando están frente a caminos claramente divergentes en asuntos importantes de gobierno.

Algunos ejemplos más remotos vienen a cuenta en estos días, en que se han cumplido 40 años de la muerte de Perón. Entre el Mundial, el peligro del default y los enredos de la interna peronista la fecha pasó casi desapercibida, incluso para quienes se vanaglorian de hacer de la historia una permanente fuente de inspiración. A ellos no se les escapará seguramente que, aunque el general solía recordarles a sus seguidores que “sólo la organización vence al tiempo”, en verdad mucho esmero nunca puso en la organización. Y que muchas de sus apuestas políticas más exitosas resultaron ser terriblemente inconsistentes en términos temporales. Desde el manejo de la economía y las inversiones en energía en su primer gobierno, al estímulo que dio a la radicalización de la juventud y la lucha armada en el final de su exilio. Pero un caso viene hoy particularmente a cuenta porque fue probablemente la última decisión crítica que debió adoptar, resultó particularmente dañina tanto para su partido como para el país, y se relaciona con la que puede ser también la última que adopte la actual presidente y es la institución política por excelencia para controlar el paso del tiempo: la fórmula sucesoria.

Cuando estaba por volver al gobierno y ya se había hecho del poder, Perón tuvo que decidir quién lo acompañaría como vicepresidente. Las opciones que más apoyo recibían eran un sindicalista, un político del PJ o un radical, en concreto Balbín. Pero como cada una de ellas tenía también contraindicaciones inmediatas, implicaba para él sacrificar parte del poder que pensaba resumir en sus manos y suponía enfrentar resistencias de quienes promovían las otras alternativas, al final se decidió por la que en principio menos problemas y sacrificio le implicaba, su mujer, Isabel Martínez, y que casi todos sus seguidores también consideraron por esos mismos motivos el mal menor. Aunque no debió pasar mucho tiempo para que se arrepintieran: la decisión de Perón coronó un legado en demasiados aspectos explosivo para el país, le permitió a él decir “mi único heredero es el pueblo”, porque se había negado a resolver el problema de la sucesión, pero las consecuencias de semejante impostura serían inescapables y enormemente destructivas. Las pagarían incluso, y en muchos casos particularmente, quienes más habían creído poder beneficiarse de su indudable ingenio, haciendo uso del suyo propio. Así nos fue, y así nos va.

publicado en tn.com.ar el 7/7/2014

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¿Por qué ahora falla el nacionalismo anticapitalista?

Es toda una sorpresa: justo hoy, cuando se enfrenta una situación en apariencia ideal para agitar los ánimos anticapitalistas y nacionalistas, por lo general muy gravitantes en el sentido común argentino y en nuestros comportamientos políticos, ante lo que bien puede considerarse una representación casi perfecta de sus enemigos, fondos especulativos insaciables, el imperio que nos victimiza, y del otro lado la solidaridad de los países postergados a pleno, más un gobierno decidido a hacer de esta la batalla , a la vez política, económica y cultural, la última y más decisiva de su tiempo, los ánimos colectivos van para otro lado, un porcentaje importante de la opinión se muestra más bien dispuesto a pagarle a los hold outs y dejar atrás el asunto, otros tienen sentimientos ambiguos y la gran mayoría manifiesta cierto hartazgo.

¿Por qué, en suma, le está resultando tan difícil al gobierno movilizar las pasiones nacionales en su favor?, ¿si hasta no hace mucho y para cuestiones menos dramáticas, y que más difícilmente lo justificaban, le resultó en cambio muy fácil y conveniente hacerlo? Recordemos si no la adhesión que lograron los cortes de puentes en Gualeguaychú, las fuertes diatribas y las iniciativas diplomáticas del gobierno argentino contra las “pasteras que nos contaminan”, el consenso que acompañó el brutal manotazo con que se confiscó YPF, y todavía hoy la popularidad que halla el argumento según el cual los precios suben por culpa de empresarios insensibles y sin “conciencia de nación”.

Pueden ensayarse dos explicaciones. Una, que alienta cierto optimismo, es la fatiga de materiales: el gobierno abusó tanto de estos argumentos sobre los males del capitalismo y la perversidad del imperio, para justificar tantas iniciativas absurdas y que terminaron saliendo en general muy mal, que ya la opinión pública está hoy muy cansada y comparte menos de lo que suele hacer esta forma de ver las cosas. Es así que el caso de los hold outs, que en otras circunstancias hubiera podido leerse muy fácilmente en esa clave, habría llegado muy a destiempo, cuando nuestras disposiciones habituales a buscar culpables están en crisis y lo que es costumbre ha perdido buena parte de su pregnancia.

La segunda, menos halagüeña, alude a una más pedestre relación de fuerzas: nuestro nacionalismo casi siempre ha sido más virulento frente a adversarios débiles, o que al menos creímos débiles -empresas que el gobierno puede castigar sin mayores riesgos inmediatos, países vecinos más pequeños, imperialismos en decadencia, etc.- y en cambio tiende a mostrarse mucho más ambiguo y hasta pasivo frente a adversarios más amenazadores o que nos pueden imponer sus reglas y poder. En este segundo caso tendemos a combinar el resentimiento hacia los adversarios con un resentimiento aún más fuerte hacía nosotros mismos, expresado frecuentemente en fórmulas como la de “este país no tiene arreglo”, o “no nos merecemos este gobierno” o cosas por el estilo.

Viene a cuenta de ello recordar lo que sucedió tras la guerra de Malvinas. Una parte de la opinión pública de entonces, importante pero no mayoritaria, sometió a crítica las pasiones que nos habían llevado a acompañar y festejar una operación militar tan irrealista como violatoria del derecho internacional, y durante un tiempo al menos, las ideas antimperialistas y nacionalistas dejaron de moldear nuestras conductas políticas, al menos en ese sector más autocrítico de la sociedad. Pero para la gran mayoría lo sucedido tenía por principal explicación que nos habían engañado, y al odio hacia los piratas ingleses se sumó entonces un odio tan o más intenso contra los que supuestamente nos habían mentido y habían jugado con nuestros nobles sentimientos, los militares en general y Galtieri y su banda en particular. Fue así, por malos motivos, que terminamos desprendiéndonos del militarismo, una versión particularmente tóxica del nacionalismo. Pero para seguir cultivando otras variantes de él más sutiles y no mucho menos nocivas.

La referencia, salvando las distancias con la situación actual, en mucho diferente, viene a cuenta para advertir un problema tal vez no suficientemente considerado por la oposición política y los analistas críticos del gobierno: conviene tener cuidado, porque en la actual circunstancia el antikirchnerismo puede volverse refugio de sentimientos tan o más problemáticos, por lo difundidos y equívocos, que los que moviliza el kirchnerismo. Que, convengamos, en términos de movilización de resentimientos y otras pasiones controvertidas ha hecho ya casi todo el mal que podía hacer.

Afortunadamente en las principales fuerzas de oposición prima hoy en día una saludable tendencia a la moderación, que acompaña tendencias similares dominantes en la opinión pública y desaconseja el aventurerismo político. Pero no hay que descartar que, a medida que la competencia se intensifique en ese campo, las cosas se pongan más complicadas.

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Gobierno, empresarios y el cuarto operador en telefonía

El Gobierno busca concentrar tras de sí la capacidad de toma decisiones trascendentes antes de su salida en 2015, que no sólo le permitan mostrarse con poder para sortear el síndrome del pato rengo, sino también conformar una red de sustento de ahí en adelante. Esta lógica, que se aplica en simultáneo a campos muy diferentes, tiene una visibilidad resaltada en el sector de telecomunicaciones. La evidencia de que el tiempo le empieza a ser escaso llevó al Gobierno a poner en marcha decisiones largamente demoradas, entre las que se destaca -aunque no sólo- la licitación de espectro móvil. Lo que impacta sobre los operadores establecidos, disponiéndolos a negociar, pero también puede habilitar el ingreso de nuevos jugadores.

Como analizamos en esta columna, avanzar con la subasta de espectro le permite no sólo recaudar una buena cantidad de fondos fiscales de uso poco condicionado (mayores a los pagos comprometidos ante el Club de Paris de aquí a 2015), sino también poner sobre la mesa su capacidad para intervenir en la conformación del mercado y, en el transcurso, ganarse favores. Un proceso en marcha, en que los actores interesados han empezado a mover sus fichas.

Las compañías incumbentes y el ingreso de un nuevo operador

Como ahí comentamos, el Gobierno dejó en claro que los principales candidatos de la subasta son las operadoras actuales: resaltó que se trata de un negocio con alta concentración a nivel mundial, en que los operadores establecidos cuentan con ventajas respecto a un recién llegado por su infraestructura disponible.

Lo que es muy cierto. Más allá de la insistencia en road show internacionales, resulta difícil la llegada de un nuevo operador dispuesto a construir una red desde cero, no sólo por los gastos de subasta y despliegue, sino también por los elevados costos de adquisición de clientes en un mercado con una penetración superior al 130 % (un juego de suma cero, en que la captación de clientes proviene básicamente de lo que logre quitar a los otros operadores).

Se comentó que DirecTV podría estar interesada en participar de la subasta, en el marco de la fusión con AT&T puesta en marcha en Estados Unidos. Si bien es cierto que DirecTV compró en los últimos dos años espectro móvil en Brasil y Colombia, se trata de bandas altas (2.5 Ghz), más baratas y con menor penetración que las puestas en venta en Argentina (700 MHz y 1,7-2,1 GHz/AWS). Pero la intención de DirecTV es incorporar servicios de banda ancha fija con tecnología inalámbrica, de modo de complementar los de TV Paga. Lo que no implica ingresar en telecomunicaciones móviles, para lo que se requieren desarrollos de red mucho más intensivos. No resulta claro que si la fusión con AT&T finalmente se concreta, la nueva compañía decida competir con las telefónicas establecidas en la región. Pero en ese caso puede esperarse que apueste por Brasil, donde ya tiene espectro, y es un mercado más grande y con más chances de generar utilidades remisibles. Podría ser, en todo caso, que DirecTV opte por competir por una porción de las bandas menos costosas (el remanente 3G o un bloque de AWS), de modo de tener una cobertura parcial y una reserva a futuro, aunque habría que tener en cuenta la coincidencia de los plazos de fusión con la licitación, y las obligaciones de inversión y cobertura que se impongan en los pliegos.

Por el contrario, es habitual en estas licitaciones que las operadoras incumbentes resulten ganadoras exclusivas, dado que tienen un fuerte interés en mantener el mercado cerrado, y capacidad para pagar a ganador en la subasta: a la infraestructura ya desarrollada suman el flujo de caja vigente, y el conocimiento del contexto y contactos locales.

No obstante, el Secretario de Comunicaciones deslizó que en la licitación habrá “lugar para cuatro operadores,  y uno de ellos sí o sí va a ser un entrante”. No aportó mayores precisiones, y a más de un mes del anuncio siguen sin conocerse detalles de los pliegos y condiciones. Pero acorde a lo que venimos diciendo puede esperarse que el cuarto operador no sea otro que Nextel, presente en el mercado aunque más débil, que en forma independiente o en asociación con algún inversor podría valorizar la estructura ya desarrollada en las principales ciudades del país.

Ahí parecen puestos los ojos de los interesados en ingresar en uno de los negocios más rentables del país en la última década, sólo superado por el bancario. Y con enorme potencialidad: no sólo constituye el principal medio de comunicación telefónica -por encima de la telefonía fija, a la que en muchos casos ha sustituido-, sino que de la mano de las nuevas tecnologías lo viene haciendo crecientemente sobre el acceso a Internet.

Todas las miradas sobre Nextel

Nextel fue la empresa más afectada con la cancelación de la licitación de espectro en 2012, donde esperaba hacerse con bandas que le permitieran migrar su servicio de radio trunking a tecnologías 3G, tal como lo hizo en los otros mercados en los que opera (Brasil, Chile y México). Desde entonces, la matriz estadounidense NII Holding ha anunciado en repetidas ocasiones su intención de vender la filial local. Para lo cual debía dar con un interesado que le garantice las divisas requeridas: estimaba una valuación en base a la proyección de ventas presentes cercana a los US$ 400 millones, aunque los problemas de espectro, sus limitaciones tecnológicas y un contexto de escases de divisas dieron lugar a ofertas menores. A lo largo de 2013 se difundió que había recibido ofertas de la Corporación América de Eduardo Eurnekian y de Eduardo Román (titular de la compañía de logística Exolgan), pero sin alcanzar los montos esperados.

Esta situación se habría reforzado tras el anuncio de la nueva licitación, que valoriza a Nextel como la mejor -sino la única- plataforma para el desarrollo del anunciado cuarto operador. A lo que se suma que NII ha puesto en marcha un proceso de reestructuración y renegociación de deuda en Estados Unidos, y estaría buscando hacerse de liquidez antes de ingresar al Chapter 11, una especie de convocatoria de acreedores .  Así, el circuito de rumores y anuncios públicos refloreció.

En este contexto, resulta claro que el comprador o inversor debe contar con el aval del Gobierno: no sólo tiene que hacerse con divisas para el pago, sino también garantizarse la autorización de la Secretaría de Comunicaciones a la transferencia y la suerte en la licitación de espectro. Eso marca la cancha a favor de los empresarios con llegada al Gobierno.

El ingreso a móviles

Es en este sentido que deben leerse las recientes notas periodísticas sobre el interés de diversos empresarios en ingresar en telecomunicaciones móviles: mostrarse como candidatos ante el Gobierno, negociar a través de ahí con la empresa en venta. Ni bien anunciada la licitación, se dieron a conocer en Perfil las intenciones de Cristóbal López en el negocio, refiriendo que estaba en condiciones de reunir US$ 1.200 millones para adquirir Nextel, participar de la subasta y desarrollar la red 4G. Ahí mismo se filtraron las intenciones de Sergio Szpolski y Matías Garfunkel, que anunciaron podrían hacerse de socios inversores para acceder al negocio. Lo que se confirmó hace unos días en otra nota en La Nación, en la que ‘fuentes anónimas’ reconocen los contactos con Nextel, para luego resaltar que optarían por presentarse a la licitación en forma directa a través de Telcorad, “una telco chiquita que el grupo opera en Mendoza y Neuquén”. Una versión que no tiene la menor cabida, y que sólo se entiende en el marco de las negociaciones que venimos comentando: una ‘telco chiquita’ no está en condiciones de cumplir con el único requisito de la licitación dado a conocer hasta ahora, “la capacidad de brindar servicios de calidad a nivel nacional en el corto plazo”. Y si bien el Gobierno mencionó la posibilidad del ingreso de pymes de telecomunicaciones al negocio móvil, dejó en claro que sería “como operadores virtuales de las grandes prestadoras”.

El tema volvió a aparecer fuerte en la prensa esta semana, con dos notas en La Nación y en Clarín que daban por descontada la compra de las filiales argentina y chilena de Nextel por parte de Szpolski y Garfunkel, quienes contarían con el respaldo de inversores argentinos y estadounidenses para afrontar una oferta conjunta de US$ 250 millones. La versión sin embargo fue inmediatamente desmentida tanto por Nextel como por los empresarios. Las negociaciones seguirían en marcha.

Suena probable, en definitiva, que Nextel se venda pronto, operando como medio para el ingreso en telecomunicaciones móviles de algún grupo empresario que pueda hacerse con el aval del Gobierno. Pero debe tenerse en claro que dados los montos de inversión -compra o asociación con Nextel, gastos de subasta, desarrollo de red y captación de clientes- debe tener una gruesa espalda financiera. Es posible que Szpolski y Garfunkel estén buscando englobar tras de sí a otros inversores de cara a un negocio suculento, pero no es nada sencillo. Más probable parece la apuesta de Cristóbal López, o incluso la del silencioso Eduardo Eurnekian, quien hábilmente anunció haberse retirado del asunto mientras disfruta de renovados lazos con el Gobierno.

Epílogo. Otra decisión crucial en el bolsillo: Telecom Argentina y Fintech – David Martínez

Paralelamente, se dio a conocer que todavía no se concretó la compra del paquete de control de Telecom Argentina por parte del fondo de inversión Fintech, conducido por el financista mexicano David Martínez. La operación, de US$ 960 millones, fue acordada por las partes hace más de seis meses, y según declaraciones del presidente de Telecom Italia “lo único que falta es la decisión de la SECOM”, pero “nunca es posible tener una fecha cuando se trata de reguladores”.

Se dice que detrás de la demora del Gobierno existirían presiones para que Martínez se desprenda del 40 % de las acciones que tiene en Cablevisión, que aún comparte con el Grupo Clarín. Pero a ello habría que sumarle un ojo puesto sobre otro tema crucial para el Gobierno, el conflicto de deuda en default con los holdouts. Aunque la situación se puesto más espesa en estos días, Martínez -uno de los grandes tenedores de bonos reestructurados en 2005 y 2010- podría jugar un rol mediador para una ‘solución privada‘, colaborando en las negociaciones para la compra de deuda a NML Elliott, el fondo de Paul Singer que lidera los reclamos en tribunales estadounidenses.

De este modo, demorando la autorización a Fintech por Telecom Argentina, el Gobierno se reserva una carta de cambio. Una en la cual el paso del tiempo también empieza a jugar fuerte, dado que si no se resuelve a tiempo para la licitación Telecom encontraría los mismos escollos que la excluyeron en 2012, “la potencial integración monopólica con Telefónica” vía el control en Telecom Italia. Así, mientras las agujas corren, en los despachos se sigue negociando.

publicado en Bastión Digital

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Cristina nos salvó otra vez, de ella misma

“No Pasarán” amenazó Kicillof. Y sonó realmente genial, romántico y entusiasta, en su invocación a emprender una guerra popular prolongada hasta la muerte contra el fascismo financiero supuestamente encarnado por los fondos buitre. Poco realista, es cierto, en particular porque se pretendía iniciar esa guerra cuando dichos fondos ya nos habían pasado y recontra pasado por arriba en todas las instancias judiciales, demoliendo las frágiles e inconsistentes resistencias que los funcionarios nacionales y sus muy bien pagos estudios de abogados les opusieran. De allí que la amenaza no hiciera mucha mella ni en esos fondos ni en el juez Griesa.

Pero tal vez no era a ellos realmente a quienes se estaba amenazando. Tal vez donde realmente se quería meter miedo era entre nosotros, con el fantasma de que estábamos a punto de caer en el default, y que íbamos de cabeza a una crisis insondable como la de 2001. Para que a continuación pudiera venir Cristina y decirnos que en su infinita sabiduría y coraje, una vez más, nos había salvado. Que sí, claro, para ello vamos a tener que ponernos con unos cuantos miles de millones de dólares hasta aquí no previstos, igual que pasó con Repsol, el Club de París, y el Ciadi. Pero eso era lo de menos porque lo realmente importante es que el gobierno había evitado que nos pasara algo mucho peor, culpa de los malditos que no querían que pagáramos como Dios manda.

Por suerte para el gobierno hubo, como suele suceder, un amplio coro de escandalizados opositores que se comieron el amague y saltaron advirtiendo contra los costos enormes que iba a suponer el supuestamente inminente default. Y que acusaron de rebelde y adolescente a nuestro ministro, e incluso a la presidente. Cuando está ya recontra claro que para ellos el tiempo de la rebeldía quedó atrás, y de lo que se trata ahora es de zafar como puedan de los costos acumulados de tantos años de patear problemas bajo la alfombra, pateándolos ahora para adelante.

No otra cosa ha sucedido con los hold outs. Los demandantes ganaron tres a cero a la Argentina ante la justicia norteamericana. Tienen por tanto el derecho de su lado, el que nuestro país aceptó rigiera en caso de conflicto entre las partes al contraer esta deuda (buena parte de ella tomada durante los oscuros años noventa, cuando el grueso de los actuales kirchneristas tiraban felices gracias a ello manteca al techo en Santa Cruz o en algún otro rincón vip de la fiesta menemista), por lo que no hay forma ahora de tachar a esos fondos, por más especuladores que sean, de bando agresor que viola el derecho. 

Al contrario, la Justicia decidió que ese bando venimos a ser nosotros. Así que Argentina depende más que nunca de la buena voluntad de un juez, Thomas Griesa, que ha sido denostado por los funcionarios y publicistas kirchneristas como si se tratara del Gran judío, presentándolo como una especie de encarnación del mal, derechista, liberal y amigo de banqueros, una desgracia para los pueblos sometidos del mundo (cabe recordar particularmente unas espeluznantes diatribas lombrosianas que le dedicaron intelectuales de Carta Abierta, dignas de una campaña de propaganda antisemita) pero que hoy resulta ser el único que puede sacarnos del apuro, haciendo posible una negociación que en verdad no necesitan en la Justicia de EEUU, ni mucho menos los demandantes. 

Atendiendo a esta ansiada negociación, las vocingleras consignas del “no pasarán” y “patria o buitres” pueden entenderse mejor que como llamados a la guerra, como típicos gritos del tero: se patalea para disimular que en el otro rincón de la cancha se están entregando las armas y bagajes, y se ruega por una paz no del todo humillante. ¿Servirá para lograrlo?

Hay quienes dicen que en este caso no es buena idea actuar como el tero porque genera la impresión de que se quiere seguir peleando, no se acepta negociar de buena fe, y por tanto no tiene sentido dar oportunidad para nuevas dilaciones. La decisión de la Cámara de Apelaciones de levantar la cautelar de inmediato y la de Griesa de iniciar la búsqueda de activos argentinos a embargar podrían ser interpretadas como respuestas a ese desafío vocinglero en el que siguen empeñados los funcionarios argentinos, que no es creíble como amenaza, pero sí resulta molesto y ofensivo, y sobre todo aliciente de una mayor desconfianza, por lo que la respuesta es que no nos den más tiempo y nos impongan los mayores costos posibles.

Esto puede ser parcialmente cierto pero también hay que anotar que para cualquier observador extranjero a esta altura debe estar perfectamente claro que Kicillof, y por extensión toda la administración k, ladra pero no muerde. Que su costumbre es gritar y pontificar, pero después va al pie y paga todo lo que le piden, simplemente porque las alternativas son enormemente destructivas para él mismo y porque lo que firma van a tener que pagarlo otros. Y que con esas credenciales sobre los hombros, ya no tiene mucha importancia afuera lo que diga y prometa adentro; y si Griesa y el resto de la Justicia aprietan nuestro cogote casi hasta la asfixia no es porque duden del resultado final del entrevero, sino porque defienden sus propias credenciales de autoridad e inflexibilidad, que en nuestro caso pueden poner en práctica sin riesgo ni costos. En suma, se la hicimos fácil, porque los medimos mal y ellos nos midieron muy bien. Así que ahora a apechugarla.  

¿Naufragará con este enésimo trastazo el relato oficial? Puede que para algunos sí, pero para los realmente convencidos el desenlace será interpretado paradójicamente como confirmación de que el gobierno argentino viene luchando en desventaja contra poderes enormemente abusivos y destructivos, y que quienes lo critican “le han hecho el juego al enemigo”. La ideología, cuando es realmente tal, se las ingenia siempre para acomodar las evidencias a sus términos, así que no habría de qué asombrarse. Y la ideología del nacionalismo irredento es una de las fuerzas más potentes no sólo del ethos kirchnerista, sino del sentido común argentino. Lo vemos cuando hasta muchos opositores y medios independientes se ven obligados a hablar de “buitres”, como lo suelen hacer de los “piratas” ingleses. Cuando se abstienen de explicar por qué Argentina estuvo y sigue estando en gran medida obligada a contratar deuda con jurisdicción fuera de nuestras fronteras. Y cuando se abona la fraseología de las “causas nacionales” desanimando cualquier disidencia y voz crítica, pese a que en estos años lo han sufrido tanto en carne propia. En todos estos terrenos, mal que nos pese, el relato k seguramente sobrevivirá al poder k. 

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La moderación K llegó tarde y la Corte la ignoró

Los esfuerzos hechos por el gobierno argentino en los últimos tiempos por emprolijar un poco las cosas ante los organismos financieros internacionales y la Casa Blanca (los pagos a Repsol y al CIADI, el acuerdo con el Club de París, la moderación del camelo estadístico, etc.) sirvieron de poco y nada para seducir a los jueces de la Corte Suprema norteamericana.

Hay varias razones para que haya sido así: al apostar todos los cañones a que el gobierno de Obama presionara al tribunal se ignoró el sencillo hecho de que la división de poderes en algunos otros países realmente existe y se respeta; además, los cambios fueron parciales y apenas una lavada de cara en aspectos esenciales, y estuvieron acompañados de las mismas actitudes que le han granjeado al gobierno argentino indelebles credenciales de falta de seriedad y credibilidad, por ejemplo la negativa a negociar con los demandantes y con el FMI y la constante descalificación de los mismos, como si Argentina fuera una víctima inerme frente a poderes abusivos y no el abusador que debe reconsiderar su actitud y reparar el daño que ha hecho; y por sobre todas las cosas el gobierno nacional fracasó en el intento de convencer a los jueces norteamericanos de que la suerte de su caso será determinante para otras reestructuraciones de deudas soberanas, que si fruto del fallo Griesa el país fuera obligado a pagar a los hold outs, o cayera de nuevo en default, se estaría premiando a los que especularon y se negaron a aceptar los canjes de deuda y perjudicando a los acreedores colaborativos que sí los aceptaron, seguramente porque antes de argumentar de este modo nuestro gobierno dedicó muchos años a convertir al país en un defraudador serial, una mala excepción que nadie debería querer imitar en el futuro so pena de recibir un castigo aleccionador.

¿Qué opciones le quedan ahora al gobierno de Cristina? Para empezar, puede apelar y seguir ganando tiempo: podría hacer así el pago de fin de mes de los bonos renegociados y, mientras tanto, ir abriendo la negociación con los demandantes. Si esta renegociación es forzada por los jueces, podría decir que no está violando su compromiso a los bonistas del canje.

Habrá que ver si tiene todavía margen para estirar las cosas sin padecer más graves convulsiones cambiarias y financieras. Y mientras tanto deberá elegir entre tres caminos alternativos. Uno, el más probable, es profundizar la línea que viene recorriendo y que consiste en esencia en mantener un discurso público contra los mercados financieros mientras se endeuda en las muy desventajosas condiciones que ellos le imponen, para zafar de un ajuste peor al que ya aplica de acá a diciembre de 2015. No es cierto que nuestro gobierno no pueda pagar el juicio de los hold outs, sucede simplemente que, para hacerlo y afrontar a la vez sus demás compromisos, dado que nadie le quiere prestar a baja tasa y plazos largos, deberá aceptar las peores condiciones imaginables. Algo que muchos le criticarán, sobre todo los que quieren reemplazarlo y se encontrarán con pagarés difíciles de cumplir en caso de llegar a la Rosada, pero que para los kirchneristas, aunque incómodo, podría servir para ratificar todavía lo que siempre han dicho: que los mercados financieros están manejados por una banda de malditos que quieren lo peor para nuestro país.

La segunda opción sería profundizar el curso de moderación, pasando de un ajuste a medias y trucho a uno programado y en serio, y aceptando la mano tendida que desde hace ya tiempo viene ofreciéndole el Fondo Monetario Internacional. Lagarde seguramente estará complacida de ayudar. Pero para el ethos kirchnerista aceptar su oferta equivaldría a poner los últimos clavos a su ataúd: implicaría rendir las últimas banderas que siguen ondeando los más fieles militantes, que no se negocia con el Fondo ni se hace buena letra “ante los poderosos”, altamente valoradas por la presidente aunque sean pura apariencia, o precisamente porque lo son, y garantizan el único refugio que ella logra imaginar, la fe de los fanáticos, ahora que todo lo demás se desmorona a su alrededor. Si en la negociación con el Club de París se hubiera dado algún paso en esta dirección, no sólo se hubiera conseguido tal vez alguna quita a los punitorios, sino que se hubiera dejado la puerta abierta para seguir ahora más fácilmente este camino. Pero Kicillof no creyó necesitar un plan B así que quemó las naves. Todavía Cristina podría volver sobre sus pasos si cambiara de ministro, pero es más que improbable que lo vaya a hacer.

Le quedaría todavía un tercer camino: pintarse la cara y llamar a la guerra, reflotando la épica de la 125, de la ley de medios y de la democratización de la Justicia. Argentina entonces entraría de nuevo en un default general, y el kirchnerismo entregaría el país no como lo recibió de Duhalde, sino más parecido a como éste lo recibiera de Rodríguez Saá.  Años atrás hubiera sido lo esperable. Pero ahora que Cristina ya hace tiempo viene pagando los costos de mostrarse moderada le resultaría muy difícil volver sobre sus pasos: sumaría a esos costos que ya abonó, los de una recesión mayor en medio de una competencia política cada vez más complicada. Así que aunque juegue con la retórica de la amenaza y la ilusión, deberá asumir que para ella los tiempos de la rebeldía se han acabado. Afortunadamente para el país, claro. El daño que él puede esperar de ella quedará así en gran medida acotado a un breve y disimulado festival de bonos y un espectáculo adolescente.

publicado en tn.com.ar el 16/06/2014

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Poder sindical: ¿una corporación que sí complica a la democracia?

En la confusión creada por discusiones que no llevan a nada, y que tanto entusiasman al Kirchnerismo pero también a muchos opositores, ha pasado bastante desapercibido en los últimos años un asunto que es ya un clásico en Argentina y que, tras el interregno de las reformas de mercado, volvió a cobrar la importancia tanto política como económica que tuvo hasta entonces: el papel del poder sindical.

Hay quienes señalan que la recuperación de un lugar central para este actor, a diferencia de lo que sucede con todas las demás corporaciones, es una buena señal tanto para la democracia como para el desarrollo. Él sería el más interesado en combatir el empleo en negro y en promover la generación de empleo de calidad. Y así lo demostraría que, sobre todo en los primeros años del Kirchnerismo, crecieran a similar velocidad el trabajo registrado y el número de afiliados a los gremios. Estos además son interlocutores necesarios para darle estabilidad y profundidad a las políticas económicas. Y si no han logrado hacer mucho en este terreno en los últimos años habría sido no porque no han querido sino por deficiencias de las autoridades: como en tantos otros terrenos, el kirchnerismo promovió a aliados con los que luego no supo muy bien qué hacer. Pero un nuevo gobierno más serio y razonable, que quiera establecer estímulos de más largo aliento y no confíe sólo en apretar a fondo el pedal del consumo y el gasto público, podrá sacar provecho de esta sólida contraparte sindical, porque ya la mitad del trabajo estará hecho.

Hay del otro lado visiones críticas y algunas muy críticas. En primer lugar, las que señalan que el sindicalismo recuperó poder económico y político gracias a su funcionalidad con un proceso de alta inflación, que volvió a millones de trabajadores dependientes de los acuerdos salariales que permiten empardar la carrera a los precios y año a año firman los jefes nacionales de gremios que siguen siendo poco democráticos, siguen preocupándose casi en exclusiva de ventajas circunstanciales que logran extraer a empresarios y gobiernos en la puja distributiva y desentendiéndose de los problemas que eso cree para un desarrollo sustentable, y están sobre todo atentos a sacar provecho de su poder sectorial para sus carreras políticas, y del manejo de las obras sociales para ese fin y su prosperidad personal.

Desde el oficialismo se celebra que haya crecido el número de paritarias nacionales firmadas en estos años, pero ello ha ido en perjuicio de acuerdos de más largo plazo y a nivel de empresa, que se volvieron más raros o irrelevantes y en otros tiempos permitían un acompañamiento más ajustado de los planes de inversión de las unidades productivas y entre productividad e ingresos.

Si es cierto que se fortaleció una práctica sindical coyunturalista y especulativa con la economía inflacionaria, es discutible que ella vaya a ser útil, o siquiera que pueda evitarse sea un obstáculo, para salir de ella.

Por otro lado, aunque entre 2002 y 2007 creció el empleo privado formal mucho más que el público (62% de aquél contra 34,7% de éste, mientras el informal se estancó o cayó), y con ello se fortalecieron los gremios cuyos intereses están ligados a esa economía productiva y en blanco; entre 2007 y 2012 la relación entre esos porcentajes se invirtió: 12% contra 25,3%, éste último concentrado en las provincias, pero también en municipios, organismos descentralizados y empresas públicas, en muchos casos con muy baja productividad y un impacto también negativo en el universo sindical.

 ¿No terminará siendo más difícil pasar a actividades productivas a estos empleados, que en muchos casos son más una carga que un recurso para la producción de bienes públicos, de lo que fue sacarlos del desempleo o la ocupación informal e incorporarlos a la administración?

- publicado en El cronista el 30/5/2014

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Boudou y el kirchnerismo como farsa

Dice mucho del proyecto oficial, y nada en el buen sentido, que haya quedado atrapado con todas sus armas y bagajes, desde los de la movilización militante hasta el manejo runflero de la Justicia, pasando por la polarización populista entre el pueblo y las corporaciones, en el pantano en que lo metió la codicia farandulesca y desorbitada de Amado Boudou.

El asunto ya había cobrado estado público con Lázaro Báez, Fariña y compañía. Pero ahora quedó bien en claro que no se trataba de un desmanejo del entorno ni de una excepción, sino que ha sido la regla y una que rige en el mismo corazón del poder.

Boudou tiene bastante razón cuando explica que él “le cumplió a Néstor” y que no hizo nada que no se le haya enseñado. Finalmente, cuando la presidente dio como toda explicación sobre su fortuna que ella era “una abogada exitosa” demostró tener la cara tan o más dura que el vicepresidente cada vez que repite que no conoce a Vanderbrole. ¿Por qué no vamos a concederle al vice su oportunidad de dar una excusa ridícula, si también él tiene en su haber el recontramanoseado 54%?

Hay que reconocer, con todo, que en Boudou algunos de los rictus más patológicos del oficialismo adquieren una visibilidad y crudeza particular. Cuando en el Ejecutivo se decidió ir con todo contra el juez Lijo, sus tweets fueron tan vulgares e indignos de su función (como ese que prepoteaba al magistrado retándolo a “dejar que lo que le cuenta a algunos periodistas lo pueda ver toda la gente”, o el que directamente lo acusaba de un grave delito, darle acceso al expediente a periodistas de Clarín y La Nación, que supuestamente desfilan como panchos por su casa en su despacho) que debió borrarlos a las pocas horas. El tipo de comportamiento que suelen adoptar D´Elía y otros provocadores profesionales del gobierno. Pero que en el caso de Boudou, anotemos, no cabe explicar sólo por su propensión personal al mal modo, sino que obedece a un encargo que recibió evidentemente de arriba: en el colmo de la indignidad ha sido invitado a asumir el papel de matón cadenero de su propio caso, pues le han dejado en claro que nadie hará el trabajo sucio por él.

¿Tiene alguna lógica para el gobierno llevar el escándalo Ciccone a semejante nivel de escándalo y confrontación? Por de pronto lo que puede concluirse de su comportamiento es que la Casa Rosada prefiere que Boudou pase por un inmoral predador antes que por un tonto, a sabiendas de que de la tontería no se vuelve, ni nadie espera jamás ningún beneficio de quienes la padecen. Lo que parece estar en línea con preferencias morales muy extendidas y largamente cultivadas en nuestra sociedad. Aunque en este caso puede que también en ello el oficialismo se equivoque.

El proyecto kirchnerista siempre se caracterizó por simular una actitud moral por completo desproporcionada a sus comportamientos concretos. La más cruda expresión de ello ha sido la pretensión de incorporar a Néstor Kirchner al panteón de héroes nacionales que se sacrificaron por el bien del país y del prójimo. Algo que, en la tradición peronista, sólo podría compararse con el autosacrificio atribuido a Eva Perón. Con todo, la elite oficial sabe sin duda muy bien que la imagen que siempre predominó en la sociedad del fundador del “proyecto k”, igual que de su mujer y sucesora, fue una bastante distinta, parecida a la de Menem y tantos otros jefes peronistas, y que los define como predadores autointeresados, que en su mejor momento algún beneficio también brindaron a los demás, aunque nunca se pudiera dar por descontado que lo hicieran. Con toda lógica, entonces, parece ser que el gobierno asume que si tal conducta le fue hasta aquí tolerada, y hasta festejada, lo que debe evitar es que en adelante se lo sindique como dañino tanto para sí como para los demás, es decir, como tonto. Y hacerlo en el caso de Boudou vendría a ser como la prueba de fuego de que se va poder seguir haciéndolo en el futuro, un ensayo general para lo que se viene de aquí en más, cada vez más lejos del poder.

El problema es que, en la situación en que ha sido sorprendido, Boudou tiene muy difícil cumplir esta función. Nunca le cupo mejor que ahora el apelativo con que desde hace tiempo suele identificarlo Jorge Asís: “el descuidista”. Mote que alude bien a su peculiar circunstancia de ser no sólo capaz de hacer daño a otros, sino de hacérselo también a sí mismo y a su grupo de pertenencia.

La sabiduría popular sostiene que un tonto puede hacer más daño que los malvados, los que aquí llamamos predadores, precisamente por su incapacidad para servir siquiera, como éstos, a su propio interés. ¿Pero qué conclusión cabría sacar si aquél finalmente le complica las cosas a éstos? Tal vez este termine siendo el inesperado e involuntario pero igualmente valioso servicio que Amado Boudou le preste a la república: con su infinita torpeza poner en el tapete hasta qué punto nos han perjudicado quienes finalmente siempre buscaron exclusivamente su propio beneficio, aun a costa de dañar a todos los demás.

 publicado en tn.com.ar el 9/6/2014

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