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Milani, el kirchnerista extremo

El general César Milani, más que Guillermo Moreno, más que Milagro Sala o incluso Hebe de Bonafini, representa el extremo al que pudo llegar el kirchnerismo si se lo dejaba actuar a voluntad. Porque Milani expresa mejor que nadie la dinámica de constante radicalización y el desborde más allá de todo límite en el uso del poder del estado que caracterizó al movimiento con que él supo identificarse.

Que termine preso por crímenes de lesa humanidad cometidos durante los años setenta revela, así, hasta qué punto llegó la mímesis entre el kirchnerismo y el peronismo de aquellos años, ese del que se solía decir que había logrado que hubiera peronistas “a ambos lados de la picana”. Y también demuestra que si esta vez el populismo virulento no produjo tantos daños al país como entonces hay que agradecérselo al ambiente en que actuó, a los límites infranqueables que el entorno social, político e institucional le opuso, antes que a alguna autolimitación o dinámica moderadora nacida de su interior.

En estos días muchos se preguntan por qué Cristina promovió a la jefatura del Ejército al general ahora detenido por secuestros, si lo hizo a sabiendas o no de sus antecedentes, y por qué lo defendió tan fervorosamente cuando se empezaron a conocer cada vez más evidencias de sus crímenes. Seguramente esas actitudes tienen varias explicaciones, y todas son más o menos convergentes a una conclusión fundamental sobre el propio kirchnerismo.

Por un lado, Milani ofrecía a la entonces presidente la entusiasta colaboración con sus planes políticos de los servicios de inteligencia del Ejército, que él se había esmerado en perfeccionar, y que es casi lo único que el Ejército se especializó en hacer en la última década y media. Por lo que sería bueno saber, de paso, quién controla esas actividades en la actualidad. Arribas seguramente no.

Por otro lado, el solícito general le garantizaba a Cristina una lealtad con su liderazgo y su sector que ningún otro aparato de inteligencia ni de seguridad estaba en condiciones de ofrecerle. Debió ser más o menos por esos mismos tiempos en que Milani llegó a la cumbre de su poder, principios o mediados de 2013, que las sospechas de deslealtad de Stiuso se multiplicaron. Un burócrata experto en sobrevivir a los cambios de ciclo político dio paso así a un cruzado de la causa. Toda una señal de cómo el kirchnerismo buscaba asegurar su continuidad en el control del estado partidizando hasta sus áreas más críticas y sensibles.

Además Milani le permitía a Cristina, contra lo que se cree, hacer un pleno uso de su política de derechos humanos, porque el caso llevó al extremo la función que ella siempre había cumplido, ser un instrumento para polarizar la escena política entre el pueblo y sus enemigos liberales y oligárquicos. Algo que Bonafini entendió muy bien, aunque despertó pruritos liberales en algunos otros sectores del alineado movimiento de derechos humanos. Pruritos que de todos modos no fueron más allá de tibias muestras de disconformidad.

Y es que tener a Milani, y a través suyo a todo el Ejército, abrazado a la causa K, continuidad histórica del peronismo revolucionario, debía ser demasiado tentador para la presidente, le proporcionaba una versión perfeccionada del Operativo Dorrego que contraponer a la falsa promesa de unas fuerzas armadas profesionales y “despolitizadas”, para ella nada más que un disfraz de la “reacción liberal” así como lo eran las falsas ilusiones de una Justicia despolitizada, de una prensa profesional, etc. Frente a semejante ventaja, ¿qué podía importar que el individuo Milani hubiera cometido dos o tres deslices contra los derechos humanos en su juventud? Sólo quienes adoptaran una concepción liberal de los derechos humanos, de vuelta, una versión “despolitizada” y falsamente imparcial de los mismos, podían tomarse en serio ese pequeño problema.

Con Milani, en suma, Cristina llevaba el combate contra sus enemigos, los liberales, a un nivel superior. Con él podría ir más allá en el uso de los recursos del estado para eliminar todos los frenos y controles. Podría radicalizar la oposición entre nosotros y ellos y dejar claro que a los amigos todo y a los enemigos ni justicia. Y convencer a propios y extraños que en su horizonte no había espacio para la moderación ni la contención, que iría hasta donde tuviera que ir para preservar su poder.

Claro que nada de eso alcanzó para evitar que un sector del peronismo la abandonara, que parte de los jueces le pusieran freno a sus delirios chavistas, y que los votantes le dieran la espalda. Pero que lo intentó todo o casi todo para seguir adelante no cabe duda. Ahí está Milani para probarlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/2/17

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Macri se estabiliza en su línea de flotación. ¿Le alcanza?

2017 arrancó con poco que festejar para el oficialismo. Pero también con poco que lamentar. Los cambios de funcionarios quedaron atrás y los días del verano se reparten, unos parecen la confirmación de que lo peor ya pasó y las cosas efectivamente van mejorando, otros lo contrario.
No será seguramente el año del despegue, de la lluvia de inversiones ni del plan de obra pública más impresionante de la historia. Pero tampoco un año de colapso, estallido ni, por tanto, cambio drástico de clima social. Lo más probable es que siga en esta medianía, un poco aburrida por cierto, pero que medido en comparación con las alternativas, un agravamiento de los desequilibrios del hace tiempo consumido ciclo populista o un ajuste draconiano de salarios, empleo, gasto público y alta conflictividad, todavía se justifica festejar. Si es que en verdad esta medianía va a la larga a sacarnos del atolladero, y no estamos simplemente perdiendo tiempo y demorando lo inevitable, podría cualquier objetar desde la sociedad. Y si es ella eficaz al menos para conservar la relativa preeminencia política y electoral conquistada en 2015, agregaría un oficialista inquieto.
Lo cierto es que los pronósticos catastrofistas lanzados desde la oposición más dura, el kirchnerismo y demás, no se verificaron. Las masivas y macizas “perdidas de derechos” denunciadas suenan a gritos destemplados cuando se verifica que tras un año de recesión, devaluación y ajustes drásticos de tarifas, que nadie en su sano juicio puede considerar eran evitables, la pobreza creció tal vez 2%, y se perdieron entre el 1 y 2% de los puestos de trabajo del sector privado. No son buenas cifras para empezar un mandato, está claro, pero ¿es esa la diferencia entre el gobierno nacional, popular con modelo redistributivo y el neoliberalismo salvaje, el cielo era tener 32% de pobres y el infierno tener 34%? Demasiado sonso para tomarlo en serio.
Pero tampoco se verificaron los ultra optimistas de los cráneos del macrismo, esos que durante su primer semestre en el poder alimentaron la idea de salida sin grandes costos, y de que pasados esos primeros seis meses duros iba a salir un sol maravilloso para todos. La felicidad es a veces eso que nos perdemos mientras esperamos que lleguen los días de fiesta.
Como sea, el punto es que en una situación intermedia, gris, con luces y sombras, suele ser donde más definitorio resulta el arte político. Si la economía avanza como por un tubo no hay que esforzarse mucho con los argumentos, las alianzas ni la agenda. Kirchner en 2005, digamos. Si en cambio la economía se derrumba, por más que el gobierno haga muchas otras cosas bien es probable que el resultado no le sonría. Alfonsín en 1987. Estamos en el medio, y ahí es donde los que compiten serán siempre más exigidos. ¿Seguirá pensando suficiente porcentaje de votantes que “la mayor parte de los problemas son heredados”, “hay que darle tiempo”, “comete errores pero se corrige”, etc.? ¿O aun cuando las cosas no hayan ido tan mal se agotará la paciencia, se generalizará el voto arrepentido detrás de la idea de que podemos estar mejor y mucho más pronto por otro camino?
La medianía alcanzada tiene además otras implicancias, también problemáticas para el oficialismo. No es necesariamente una situación estable, pero parece serlo. Y en tal situación puede muy bien generalizarse la idea de que el gobierno no corre graves riesgos de debilitamiento, se ha consolidado. Con lo cual es difícil que vaya a funcionar el argumento del miedo, sea a volver para atrás, o a la ingobernabilidad o a un “salto al vacío”. Como con Menem en 1997, por caso.
Ese podía ser un recurso importante para Macri siendo el suyo un gobierno en minoría, frente a un peronismo siempre oliendo sangre y más todavía si finalmente termina teniendo que lidiar con un juego de pinzas entre Cristina, Massa, Stolbizer y otros más que se anoten. Pero su eficacia disminuye en un contexto en que todos se convenzan de que nada grave puede pasar.
Él tendrá todavía la ventaja de estar en el centro del ring frente a una oposición fragmentada, que no logra disimular sus desacuerdos y desorientación. Y contará con la ventaja de que la medianía también domina los ánimos sociales: los que quieren resistencia o ajustazo son muy pocos, la gran mayoría aunque no está contenta con lo que enfrenta todos los días está aún menos convencida de dejarse llevar por grandes ilusiones. Quien mejor expresa esa moderación sigue siendo Macri.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/2/17

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Milagro Sala y el alma antiliberal del kirchnerismo

Las investigaciones judiciales, aunque lentas, avanzan y cada vez más testimonios y pruebas confirman las prácticas criminales de la Tupac Amaru: desvío de fondos públicos y lavado de dinero, patotas, golpes y amenazas brutales, enriquecimiento de los dirigentes de una entera asociación ilícita, de todo como en botica.

Mientras tanto el kirchnerismo duro, lejos de tomar distancia de lo que parece ya un destino tan inconveniente como ineluctable, se encadena definitivamente a él. No actúa como el viejo peronismo, dispuesto a acompañar a los caídos en desgracia sólo hasta la puerta del cementerio. Se embandera consecuente y fanáticamente en defensa de “la perseguida”.

Tal vez nos ofrezca con ello una gran ventaja a los que creemos en la conveniencia de reflotar la convivencia, la moderación y el liberalismo político. Porque los enemigos de todos estos valores, enceguecidos por la dinámica de radicalización, puede que se incineren en ella.

Pero antes de festejar conviene entender esta conducta, que hasta aquí ha sido el motor de muchos fracasos pero también de una pertinaz supervivencia: el populismo radicalizado, desde Evita a nuestros días, ha venido horadando una y otra vez la vida en común y por más que Sala y otras figuras que hoy lo representan terminen entre rejas es dudoso que eso baste de por sí para deslegitimarlo o siquiera acotarlo. Al contrario, puede seguir alimentando la llama de su pasión: el régimen liberal habrá mostrado una vez más su ejercicio manipulatorio de la “ley” a favor de los ricos, los blancos, los imperialistas, los contrarrevolucionarios, en suma, de los mismos liberales.

Horacio Verbitsky lo dijo con todas las letras en el acto de solidaridad convocado al cumplirse un año de la detención de Sala: “no vamos a cejar hasta conseguir su libertad porque su libertad es la garantía de la libertad de todos”.

Hay una lectura en clave mafiosa de esa frase: “si fracasan en juzgar y condenar a Sala será más fácil detener los juicios contra Cristina, De Vido, tal vez hasta contra López y Boudou, los (nos) salvamos todos, porque habremos salvado el pacto de silencio y complicidad que mantiene vivo el ethos kirchnerista”. Pero hay otra más amplia y relevante: “si detenemos a la Justicia en Jujuy vamos a seguir siendo el contrapoder a las instituciones liberales, capaz de volver a convocar a las masas cuando estas las defrauden”.

La idea puede parecer delirante pero en el pasado funcionó. Es cierto que en escenarios mucho más polarizados y con instituciones republicanas más cuestionadas que los de hoy. Aunque a sus ojos no son situaciones tan diferentes.

Es en estos términos que la estrategia judicial “de ruptura” encarada por los abogados del CELS para defender a Sala adquiere su pleno sentido. La idea tiene larga tradición en la Argentina, la usó la resistencia peronista, la perfeccionaron abogados defensores de presos políticos en los sesenta y setenta y siguió siendo un recurrente instrumento en juicios a “luchadores sociales” en las últimas décadas. Aunque los juicios de ruptura no se inventaron aquí: han sido un modo de usar las instituciones liberales en beneficio de antiliberales radicalizados con o sin calor de masas y criminales políticos de izquierda o de derecha desde hace añares.

Quien más hizo por convertir en doctrina esta estrategia, el abogado francés Jacques Vergès, la usó para defender tanto a líderes del FLN argelino como al nazi Klaus Barbie, pasando por el Khmer Rojo y terroristas como Carlos “El Chacal”. La idea de Vergès es simple: convertir el juicio en una tribuna en que el acusado se convierte en acusador de un sistema injusto, contra el que él lucha con las armas que tiene a la mano para defender un derecho individual pero también otros más amplios y colectivos, que lo unen a todos quienes se puedan sentir perjudicados por ese sistema. Ganando así la solidaridad y la representación de las víctimas da vuelta la acusación, o al menos la deslegitima.

El planteo tiene un par de puntos flacos, claro. Niega a sus víctimas reales y concretas e indirectamente a todos los demás ciudadanos los derechos que el acusado dice defender y a los que apela en su defensa, volviéndose un beneficiario desleal del orden liberal. Y justifica por nobles fines inverificables violaciones bien concretas y documentadas.

No es casual que también Hitler usara este tipo de argumentos en 1923, luego del Putsch de Munich. Aunque su éxito fue entonces político, no judicial. Pudo interpelar así a muchos alemanes frustrados con las instituciones liberales, pero no demostrar que sus actos no hubieran violado esas instituciones, cuya legitimidad él mismo admitía al usarlas para defenderse. De hecho, si no hubiera sido por la vigencia de la Constitución de Weimar era evidente que debió haber sido ajusticiado en el acto en las calles de Munich. Pero lo más importante es que él negó esos mismos derechos a que apeló en su defensa a todos los demás alemanes al utilizar la fuerza para imponer sus ideas, y su condición de minoría (de momento) derrotada no volvía menos abusivo ese acto, como los jueces finalmente establecieron.

Vergès ignoró estas contradicciones sosteniendo que finalmente lo que separa a Bin Laden de Bush es solo una cuestión de escala, aquel usa bombas humanas porque no tiene cohetes teledirigidos ni un estado detrás con el que declarar y practicar su guerra “legítimamente”. Argumento repetido miles de veces por la izquierda K (“Bush es el verdadero terrorista”) y que busca deslegitimar no sólo la lucha contra el terrorismo sino cualquier freno legal a la “violencia de abajo” y en general a las violaciones de derechos practicadas con “fines socialmente transformadores”.

Y que nada inocentemente olvida la diferencia entre que exista o no un sistema legal así como un sistema internacional integrado por estados capaces de regular medianamente la violencia legítima y la apropiación de bienes. Un producto de varios siglos de evolución institucional de la humanidad que no cabe arrojar gratuitamente por la borda y encima para nada. ¿Con qué fin noble y revolucionario se justificaría semejante sacrificio, liberarnos de una supuesta opresión colonial, reemplazar la cultura occidental por la fe de los ayatolas, quitarle a los ricos para crear nuevos ricos?

Hay una versión del kirchnerismo que fue pura simulación: la de quienes usaron su poder para enriquecerse, ir al Casino de Punta del Este y comprar autos y casas mientras se disfrazaban con la pantomima de la izquierda populista.

Pero hay otra aun más dañina: la de los disfrazados de demócratas defensores de derechos que buscaron monopolizar el poder, creyendo en serio en las promesas y métodos del chavismo, y como todos los revolucionarios que aprendieron de putsch fallidos previos pretendieron y seguirán pretendiendo hacer una revolución en todo lo que les convenga usando la ley liberal, y en todo lo que no se pueda actuando en su contra, por encima y por debajo de ella. Estos son los que hoy se reúnen en torno a Sala porque no piensan que nada de lo sucedido en el país desde el ocaso de los gobiernos k los cuestione, todo lo contrario.

Claro que Sala pertenece a los dos grupos a la vez. Y lo mismo Cristina. Pero ante todo ambas son y seguirán siendo los símbolos convocantes de estos últimos. Más allá de que sean condenadas por la Justicia. O con más razón todavía si eso llega a suceder.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 26/1/17

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Un Trump populista difícil de domesticar

Una pregunta sobrevuela en casi todos los debates sobre lo que cabe esperar de la administración de Trump: ¿cuán lejos logrará llegar en su afán por cambiar las reglas de juego y las políticas de Estados Unidos para acomodarlas a sus radicalizadas preferencias?

Es una cuestión que involucra, claro, una cantidad de factores y dimensiones, y a muchos otros actores: ¿hasta dónde querrá ir realmente?, ¿cuán eficaz puede ser la protesta social y una opinión pública que no se presenta, al menos no en todo, muy favorable a sus planes?, ¿pueden cooperar los demócratas con los republicanos moderados para refrenar o al menos suavizar algunas de sus iniciativas?

Y habrá además seguramente respuestas distintas a esa pregunta según el asunto que se trate: puede que en el terreno internacional sus propuestas aislacionistas no alcancen a desmontar un sistema de pactos y reglas que se tardó décadas en construir; en cambio medidas unilaterales de proteccionismo comercial sí probablemente logren implementarse, aunque todavía con menos alcance que el que seguramente conseguirá en el recorte de programas sociales (el Obamacare ya empezó a desmontarse antes de su asunción), de la protección a las minorías y a los migrantes, de los impuestos que pagan los ricos y las empresas.

Se suele decir que no hay que perder las esperanzas de que el todavía muy sólido sistema institucional norteamericano termine domesticando al monstruo. Pero conviene al mismo tiempo atender a al menos dos cuestiones que relativizan esa esperanza.

En primer lugar, que hasta aquí la propensión a subestimarlo ha sido la principal arma de Trump para ganar poder y un serio obstáculo para ponerle freno efectivo a sus avances. Su intuición política ha mostrado ser tan aguda como útil para contrarrestar los tejemanejes institucionales con que se intentó bloquearlo, para empezar, dentro del propio partido republicano, en el que advirtamos que viene logrando un progresivo y muy llamativo alineamiento. Con esa experiencia en su haber, ¿por qué no va a aplicar la misma receta ahora a todo el sistema, y por qué esperar que el resultado sea otro?

En segundo lugar, como todo político populista (en verdad, como todo político en general), Tump apuesta a que la política domine las políticas, y al menos en parte ya lo está logrando: de allí que los cálculos de costos y riesgos respecto a sus iniciativas, que se suponía iban a ser disuasivos irremontables para que muchos republicanos las acompañaran, se vienen desarmando ante los lances públicos extremos con que el ahora presidente los pone entre la espada y la pared. Así, aunque algo de moderación haya, el resultado efectivo terminará siendo mucho más radicalizado de lo que inicialmente podía considerarse esperable, o aceptable.

Y, como suele suceder, la radicalización se alimentará de sí misma. Cuando surjan evidencias de que esos riesgos y costos no eran puro cuento ni obstruccionismo liberal, sino consecuencias inevitables, Trump y los suyos tendrán más motivos para avanzar e ir por más y menos para moderarse. Por caso, si al desmontar el Obamacare además de perder su cobertura de salud unos cuantos millones de pobres, quedan sin trabajo otros cientos de miles, habrá más motivos que antes para que se presione a las empresas que invierten en México a que dejen de hacerlo y cerrar las fronteras, y así sucesivamente.

Los resultados pueden ser bastante peores que con Reagan, además. El crecimiento que se consiga al recortar impuestos será probablemente más acotado y efímero, el impacto social de la distribución regresiva de los ingresos y del gasto público mucho más agudo e inmediato. Pero eso tal vez no alcance a frenarlo, al contrario, puede empeorar las cosas.

Por último hay que considerar una dimensión electoral del problema. Trump tiende a verse como un Roosevelt al revés, un presidente republicano capaz de representar a los trabajadores, a los blancos y también a muchos latinos y negros de clase baja o media baja que venían votando demócratas, y entiende seguramente muy bien que en su capacidad de mantener y en la medida de lo posible profundizar esta transversalidad está la clave de su futuro. Que planea dure ocho años. Por lo que seguramente apuntará a fortalecer la identificación entre sus enemigos políticos y toda esa gente que el americano medio odia, los millonarios progres y pedantes de Hollywood, los LGTB y demás liberales que gravitan tanto en el partido demócrata como en las resonantes protestas callejeras de estos días, pero que electoralmente tienen pocas posibilidades de dejar de ser una acotada minoría. No está claro cómo sigue esta historia, pero puede estimarse en principio que será más difícil para los demócratas despegarse de la imagen que les imprimen esos sectores si como adversario tienen un populista de derecha radical.

Conclusión, el liberalismo político y la moderación estarán en problemas en los próximos tiempos, no en Argentina, en el mundo entero. Enfrentarán un dilema difícil: si se esmeran en calmar los temores y el escepticismo que agitan los populistas sobre la globalización, el multiculturalismo y la solución negociada de los conflictos, confirmarán la imagen que se ofrece de ellos como carentes de convicciones fuertes y por tanto de voluntad para asegurar el orden y defender los derechos de los propios; si en cambio se radicalizan y denuncian a los abusadores y patoteros que demasiado seguido se salen con la suya, se aislarán del votante medio y sus preocupaciones, toda esa amplia masa de votantes que es indiferente a lo políticamente correcto, quiere eficacia, aunque sea brutal, o la quiere más todavía si es sinceramente brutal.

Es en esos mismos términos que se entiende la virulencia con que Trump trata y seguirá tratando al periodismo. Que no parece tampoco encontrar la forma de lidiar con el monstruo. Lo más sorprendente de lo que pasó en su primera conferencia de prensa como presidente electo fue que logró que todos aceptaran que maltratara a un cronista de CNN y le impidiera hacer su trabajo. Como en Argentina de los Kirchner, muchos colegas de la víctima debieron haber pensado “que se la banque, es de la corporación mediática”. Como hay que competir, si le pegan al más grande los chicos en principio festejan. No saben en lo que se meten. Pero además tampoco debían saber qué hacer para frenar al agresor. Si lo que intentaron hasta ahora, despreciarlo, mofarse de él, mostrar sus trapitos sucios, tampoco es que dio resultado.

No por nada Trump gobernará también en este terreno con su versión más radicalizada, su propio 6 7 8 encarnado en Steve Bannon, promotor de un führerprinzip comunicacional que consiste no en otra cosa que en una brutal y constante guerra comunicacional. Que puede servir para legitimar tanto las medidas de “cambio radical” que se instrumenten, como para disimular las muchas o pocas resignaciones que se vean obligados a asumir respecto al menú de campaña. Y también y por sobre todo para monopolizar la enunciación política, disciplinar a los propios y aislar a los adversarios. Algo que conocemos muy bien en estos pagos, igual que en Venezuela, y sabemos que suele ser también un motor de la dinámica de polarización muy fácil de encender y muy difícil de detener.

¿Y nosotros? Siempre a contracorriente. Mientras Trump dice que la política dominará la economía, que la nación y el pueblo serán puestos por delante del mundo y las reglas de juego, que su gobierno será el triunfo de la voluntad, en Argentina, algo cansados de años de abuso del voluntarismo, nos predisponemos a aburrirnos y aburrir a todo el mundo atendiendo a las minucias pedestres de la economía y a los límites que ella le impone a la política. Dicen que para Argentina Trump no será tan malo, acelerará de momento el crecimiento de la primera economía mundial y hasta podrían subir un poco los precios de las commodities o al menos compensar la presión a la baja fruto de la suba de las tasas que se viene para refrenar las presiones inflacionarias. Peor en verdad nadie lo sabe. Siempre es bueno guardar esperanzas, pero no tanto como para ignorar los problemas. Y con Trump los problemas están garantizados.

por Marcos Novaro

publciado en TN.com.ar el 20/1/17

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Macri – Arribas – Centurión: corregir un error no es cometer el opuesto

Probablemente Macri se equivocó al sobreactuar el caso Juan José Gómez Centurión, al comienzo de su gestión. Pero ahora, en vez de enmendarse, y tal vez por una reacción exagerada tras aquel desliz, parece estar cometiendo el error inverso al minimizar el escándalo desatado alrededor del jefe de la Agencia Federal de Inteligencia, Gustavo Arribas.

Lo de Arribas, agreguemos, es de partida mucho más grave que lo sucedido con el jefe de la Aduana. No sólo porque hay reportes más o menos confiables de que recibió dinero de una red de coimeros, mientras que a Centurión solo se lo acusó con un audio anónimo que desde el comienzo sonaba bastante trucho. Sucede además que Arribas ocupa uno de los lugares más críticos, por su poder y opacidad, de toda la estructura del estado, y uno de los que más trabajo exige del nuevo gobierno para demostrar que es realmente diferente al anterior, que no va a hacer lo mismo con mejores modales.

De Arribas encima cabe destacar algunos rasgos personales que lo vuelven especialmente problemático. Primero, que es amigo cercano del presidente. Si esa es una de las razones (o la principal) que lo llevaron al frente de la AFI, debería ser también una que el gobierno ahora valore para asegurarse de que el escándalo se aclare y rápido, sin medias tintas.

Segundo, que ya cuando se supo de su designación recibió unas cuantas objeciones, por su falta de antecedentes en los asuntos que administra la AFI y porque los antecedentes que sí tenía, millones acumulados en el muy opaco negocio de la transferencia de jugadores de fútbol, no lo hacían particularmente apto.

Recordemos que Gómez Centurión fue desplazado de su cargo en la Aduana apenas se conoció el famoso audio, que luego resultó era un montaje. Tal vez no sea necesario llegar a tanto esta vez. Bastaría con que Arribas quede suspendido del suyo. Pida licencia. O al menos sea obligado a volver de inmediato al país y ofrecer toda la información que dice tener para desmentir o aclarar el reporte sobre las transferencias bancarias que habría recibido de un operador de la constructora Odebrecht. Lo que en cualquier caso no se justifica es que el ministro de Justicia actúe como su vocero, desestimando las acusaciones sin mayor explicación, mientras él sigue en Brasil haciendo vaya a saber qué y se niegue a hablar. Un papelón.

Macri no recibió el mandato de crear un gobierno transparente y honesto garantizando que todos sus miembros lo fueran. Simplemente porque tanto sus votantes como él mismo debían saber que es imposible lograr que sean transparentes y honestos todos los miembros de un gran grupo de gente que ansía para sí y en alguna medida conquistó y administra el poder político de un país. Por eso es que el Estado necesita los controles internos y externos, como la Oficina Anticorrupción y la prensa, los mecanismos de prevención enfocados en las áreas y cargos críticos, y la buena costumbre de no esconder la mugre bajo la alfombra. Todo eso sí Macri recibió el mandato de ponerlo en práctica.

Hasta aquí ha dado pasos adelante, pero otros al menos para el costado. No parece haber montado una operación para esconder nada, pero tampoco parece decidido a promover mucha más transparencia. No lo ha hecho en el manejo de la OA, hasta ahora bastante pobre, ni en un contundente impulso a la regulación del lobby, el control del tráfico de influencias, del financiamiento de la política o de algunos otros de los muchos motores de la corrupción que agobia a nuestra economía y democracia.

La oposición incluso le reprocha que al encumbrar a tantos CEOS en la administración central va camino a complicar aun más estos problemas, porque no hay forma de evitar que esos funcionarios se aprovechen de la información privilegiada y su poder de decisión para favorecer a sus anteriores (y/o futuros) empleadores o socios. Hasta aquí tampoco ha habido casos que confirmen estas acusaciones. Pero la pregunta que cabe hacerse es: ¿cómo va a reaccionar Macri cuando alguno se presente, va a actuar como con Arribas, como con Gómez Centurión, o va a elaborar un mejor método?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/1/17

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Dujovne: ¿la misma política mejor explicada?

Bastó una semana para que una diferencia notable quedara a la vista entre el papel que hacía Prat Gay en el gobierno de Cambiemos y el que tendrá Dujovne: a éste no sólo lo dejan hablar, lo empujan a hacerlo, y él habla mucho y no sólo de sus responsabilidades directas como ministro de Hacienda, también de las ideas generales que organizan el programa económico oficial y sus metas para, al menos, el mediano plazo: reducir el déficit fiscal sin un ajuste nominal (al estilo de lo que por ley, por tanto más creíblemente, se ha impuesto hacer Brasil, y que aquí exigirá una nueva ley de responsabilidad fiscal), reducir impuestos distorsivos y al trabajo (los que realmente afectan al trabajo, no Ganancias, para lo cual Dujovne se reunió para “coordinar iniciativas” con Jorge Triaca y Alberto Abad), lo que supondría poner en marcha y articular una reforma impositiva y un serio blanqueo laboral.

Que alguien cumpliera ese rol de vocero económico era una necesidad imperiosa para el Ejecutivo en el año que se inicia, en verdad lo venía siendo desde muchos meses atrás. Desde que a Prat Gay se le había negado ese papel, un poco por sus resbalones iniciales (segundo semestre, grasa militante, la inflación estará en el 20, 25%), otro poco por los celos y disputas internas, nadie lo venía cumpliendo. Peña podía explicar la estrategia política, pero los intentos de que él o sus secuaces hicieran lo mismo con la economía fracasaron redondamente. Podrán ser la inteligencia, los brazos y oídos del presidente en la materia, pero no pudieron ser su voz pública. Ahora encontraron una solución, que de paso les resuelve el dolor de cabeza que se venía agravando por los tironeos constantes con Alfonso.

Ni por afán de protagonismo ni por historia política Dujovne tiene motivos para recaer en las tensiones generadas con su antecesor. Este reclamaba un rol que excedía sus recortadas atribuciones técnicas porque podía considerarse un stakeholder de la coalición gobernante, con más historia en su construcción que muchos otros miembros del gabinete. Aunque sus apuestas electorales de los últimos años no es que lo avalaran demasiado, convengamos. Con el nuevo ministro eso no pasa, todo el capital que pueda conseguir será, ya de partida, propiedad del núcleo gobernante.

Habrá que ver, de todos modos, si no resurgen las tensiones entre el rol que ha vuelto a tener Hacienda en la coordinación de la comunicación económica, y su mucho más acotado papel en la gestión de la economía, este último más acotado todavía que con Alfonso. Algunas señales al respecto ya han aparecido y no dejan de ser preocupantes.

Estas tensiones, aclaremos antes de seguir, obedecen a un problema de base: la vocería económica tiene que convencer a dos públicos, el especializado que toma decisiones financieras, comerciales y productivas, y los consumidores y votantes en general, y el equilibrio que debe encontrar para hacer ambas cosas a la vez es delicado. Porque si habla demasiado de ajuste va a desalentar el consumo, aunque seduzca a los inversores, si habla de ajuste pero no logra concretar ninguna medida al respecto puede no seducir a nadie, aunque siga aumentando el déficit y el consumo deje de caer, y peor le va a ir si le sucede como a Prat Gay (no sólo por su responsabilidad, aclaremos), y los consumidores creen que va camino de ajustar mientras los inversores creen lo contrario. Este es, entonces, el problema de base, lo que se llama coordinar expectativas en un contexto de sábana corta no es nada fácil. Pero menos lo es cuando se suman problemas de coordinación generados en el propio gobierno. Que en la primera semana de Dujovne en Palacio ya despuntaron.

Empezó bien, anunciando la eliminación del descuento de 5% a los consumos con tarjeta de débito, sin que el tema haya generado mayor discusión. Insuficiente, pero buena señal al fin para sostener la convicción de que el gobierno en serio piensa en la meta de 4,2% de déficit en 2017, complicada luego de la generosa reforma de Ganancias.

Pero a continuación se enredó en anuncios sobre una muy difícil reforma impositiva, que enseguida generaron reacciones encontradas, de gobernadores y sindicalistas especialmente, a las que el ministro no tuvo mucho que oponer. Y encima otras áreas de gobierno se lo terminaron de dificultar con un inoportuno y mal explicado aumento de transferencias a la provincia de Buenos Aires. Si el festival de gasto sigue, mientras encima se anuncian recortes de ingresos, las metas fiscales se volverán menos creíbles de lo poco que ya eran; a lo que se sumará una encrespada resistencia opositora, que puede plantear ahora con buenos argumentos que lo único que quiere recortar Cambiemos no es lo distorsivo y perjudicial, sino lo que él no gasta.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/1/17

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Buenas y malas razones para echar a Prat Gay

Parte esencial del trabajo de un presidente es saber echar y reemplazar colaboradores que o no hacen bien su trabajo, o no hacen exactamente el que está haciendo falta. Con Prat Gay parece haber sucedido un poco las dos cosas.

Desde tiempo atrás Macri venía recibiendo presiones para hacer cambios de gabinete, enfrentado en varios frentes a la vez al desafío de procesar los desgastes acumulados durante un año particularmente largo y difícil. Y pareciera que aunque se tomó su tiempo, lo hizo más que por dudar sobre el camino a seguir, por buscar la mejor ocasión para ratificar en un mismo gesto su programa, su autoridad y el método elegido para ejercerla.

Prat Gay también se presentó como una buena víctima sacrificial por este motivo: por más devaluado que estuviera el sillón que ocupaba podía cumplir bien con el papel de fusible, necesario tras la frustración del famoso segundo semestre, que él encima anunció con bombos y platillos con particular entusiasmo; además de que había entrado en cortocircuito en reiteradas ocasiones con “el equipo”.

Y respecto a en qué consiste el famoso “equipo” Macri evidentemente quiso que no quedara ninguna duda: hay un solo líder, un conjunto limitado de cardenales o mediadores, y una gran tropa de “remeros”, intercambiables o reemplazables. Podrá decirse que no es el mejor método de gobierno, incluso que se parece demasiado a la estructura radial hiperverticalizada que en su momento montó Néstor Kirchner, con no demasiado buenos resultados, pero al menos hay una idea ordenadora y todos, dentro y fuera, saben a qué atenerse. Para un gobierno sin mayorías parlamentarias con muchos frentes abiertos e infinidad de interlocutores que buscan sacar de él el mayor provecho posible tal vez no sea la peor opción.

Ahora dependerá de la Jefatura de Gabinete convertirse efectivamente en la estructura de mediación que hace falta en este esquema, cosa que ha hecho sólo a medias hasta aquí. Para completar la tarea va a necesitar mucho más esfuerzo y talento del que ha reunido hasta ahora. Pues de otro modo se van a repetir episodios lamentables como el del Conicet de la semana anterior, del que ningún funcionario se hizo cargo hasta que fue ya demasiado tarde, y sin que haya mediado explicación alguna de lo sucedido.

Otros serios inconvenientes pueden surgir por el lado de los incentivos que se crean dentro de la estructura de gobierno. Por un lado, el presidente parece haber castigado la ambición política y la disidencia, lo que no es para nada bueno. Y tampoco muy compatible que digamos con una gestión que necesita nutrirse de distintas fuerzas y corrientes de opinión, y se supone que celebra que le señalen los errores que comete. Por otro, aunque se destaquen errores de gestión cometidos por Prat Gay, no parece que ellos hayan sido exclusivos suyos, ni en cualquier caso suficientes para empañar sus indiscutibles logros. Con lo cual puede que con esta decisión, más aun en los términos drásticos e inapelables que se planteó, se estimule a los funcionarios no a hacer mejor el trabajo, sino a esmerarse por esquivarle el bulto a los problemas y no meterse en aprietos levantando innecesariamente la cabeza.

De todos los argumentos que se plantearon o filtraron desde el Ejecutivo para justificar el abrupto despido de Prat Gay, y fueron llamativamente muchos y variados, los por lejos más absurdos fueron los que aludieron a su ambición política, incluso a un supuesto sueño presidencial que, convengamos, toda persona que se dedica a estos menesteres en alguna medida cobija, aunque con poco o ningún realismo en la mayor parte de los casos. ¿Dónde está entonces el problema, en que el ahora ex ministro era “demasiado ambicioso”, en que era pedante, en que no era “realista” o en que lo era? Y en todo caso, ¿lo suyo era menos realista que Mario Quintana comunicador y coordinador de planes de estabilización, o Gustavo Lopetegui coordinador de las ciencias y la cultura? Si un presidente no quiere terminar administrando los dóciles egos de una caterva de empleados sin pasión y sin futuro le conviene convivir con las ambiciones de sus colaboradores, incluso cultivarlas premiándolas según su desempeño. No otra cosa hace un buen CEO con sus gerentes, creando incentivos que suelen contemplar la distribución de cuotas de propiedad, convirtiendo en accionistas a los mejores de ellos.

No es que Macri no entienda este asunto, claro. De hecho, en el seno del PRO hay ya varios accionistas de pleno derecho, Vidal, Larreta, Peña. Y en Cambiemos el presidente ha admitido a otros dos, a veces con gran despliegue de tolerancia de su parte: Sanz y Carrió no pueden decir que no se les ha respetado como socios; pese a que el primero ha sido desautorizado como jefe partidario por los propios radicales y la segunda ha usado y abusado de la crítica pública cada vez que se le cantó.

Sin embargo, a nivel de los gerentes parece que Macri se muestra bastante más mezquino o desconfiado. Y puede que eso no sea muy buena idea. Sobre todo si el trato encima no es parejo para todos.

Respecto a esto último se suma en el caso de Prat Gay una evidente desproporción entre los logros alcanzados y el trato recibido. Uno de los supuestos errores del ahora ex ministro que se dice habrían desencadenado su salida fue la presentación del proyecto de Ganancias oficial al Congreso cuando era evidente ya que este no iba a aprobarlo. Pero lo cierto es que ese proyecto Hacienda lo tenía preparado desde febrero. Y si se demoró casi 10 meses su trámite no fue decisión de Prat Gay, o sólo de él, sino más bien de la Jefatura de Gabinete. ¿No serán los propios órganos vitales del presidente, sus ojos y oídos, los que han estado cometiendo errores que luego descargaron hacia abajo en la cadena de mandos? ¿No sucedió algo parecido con las tarifas, con la reforma política y con unos cuantos temas más?

Dicen que Macri es muy desconfiado y que en eso también se parece a Néstor. Pero por algo Néstor no tenía amigos, solo empleados y subordinados. El que se creyó “socio” de Kirchner, como sucedió con Alberto Fernández, así terminó. El problema del actual presidente puede que sea distinto, y que tenga que ver con que no desconfía de sus propios sentidos, de sus ojos y oídos, que a veces son los más proclives al engaño.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 1/1/17

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Un año papal entre crisis políticas y desigualdades crecientes

Este ha sido un año eminentemente político para el Papa argentino, cuyo proyecto pastoral, como se ha destacado ya muchas veces, tiene de por sí ese rasgo bien en el centro de su método y objetivo: que la Iglesia de Roma vuelva a ejercer una influencia orientadora en la política global.

Que tenga esa meta no lo desmerece en lo más mínimo, conviene aclarar: primero, porque Francisco lidera una institución muy dividida que necesita recentrarse urgentemente; segundo, porque el Papa persigue su objetivo con instrumentos perfectamente legítimos, como la mediación en conflictos y la interpretación argumentada de los tiempos que corren; tercero, porque disputa a estados y otros actores dominantes un rol que la Iglesia católica en sus orígenes ejerció, aunque fue perdiendo por el avance del laicismo, y otras iglesias siguen ejerciendo o incluso han fortalecido, así que tampoco puede decirse que sea una pretensión reaccionaria o reñida con la época.

De hecho el debate respecto a si Occidente debe seguir volviéndose más y más laico o debería recristianizarse ya estaba planteado, en su mismo centro, en Estados Unidos y Europa, antes de que llegara Francisco. En ese sentido, aunque no en otros, no sería tan contradictorio su proyecto con el triunfo de Trump: ambos podrían leerse en la misma clave de rechazo a la tolerancia de las diferencias en nuestras sociedades, o al menos a que ella exija una neutralidad agnóstica y liberal sobre los “verdaderos valores”.

Por último, porque el proyecto de Francisco se ha ido haciendo fuerte en un tema que es evidentemente cardinal entre los problemas modernos, la creciente desigualdad. Que afecta tanto al mundo periférico, donde los estados fallan y quedan pocas más esperanzas que la religión para millones de desamparados, como también a las viejas economías capitalistas, las más occidentales y cristianas hoy sometidas a crecientes tensiones sociales y políticas internas.

Cabe preguntarse de todos modos si el éxito ha acompañado a Francisco todo lo que podía esperarse en este contexto. Y lo cierto es que en su esfuerzo por romper el molde de los roles que venían restringiendo cada vez más a su Iglesia a actuar como ONG moralista internacional, él ha cosechado tantos logros como fracasos.

En el frente interno parece haberlo hecho muy bien, al empujar a sus adversarios a cumplir el rol de conservadores encerrados en la defensa de un poder corporativo rutinario y estéril. Sino en el aun peor papel de protectores de conductas imperdonables. Lo que le ha permitido promover a una gran cantidad de obispos y cardenales afines en la jerarquía. Y acallar así las voces que podrían cuestionarlo por otros motivos, sus excesos populistas, antiliberales y anticapitalistas y cosas por el estilo.

En el mundo en cambio las cosas no se acomodaron tan fácilmente a sus deseos. Venía del éxito de su mediación en Cuba, que debió agradecer al decidido protagonismo de Obama; pero en Colombia sólo pudo contribuir secundariamente al proceso de paz, después de un trastazo inicial inesperado; mientras que en Venezuela fracasó redondamente, y corre incluso el riesgo de quedar ahora más salpicado por su tragedia sin fondo. Lo que dejaría en evidencia no sólo un error de apreciación sobre la naturaleza del chavismo y su deriva, sino algo bastante peor: una cierta inconsistencia de su enfoque sobre los problemas que enfrenta el mundo contemporáneo respecto a un progreso indiscutible de los últimos dos o tres siglos de política occidental, que la Iglesia y los católicos por más acorralados que se sientan por el laicismo no pueden dejar de compartir: la defensa de la democracia liberal y pluralista y la renuncia a reemplazarla por comunidades orgánicas uniformes.

Durante 2016 Francisco también dio pasos importantes para promover su discurso crítico sobre la pobreza y la desigualdad. Pero no consiguió en cambio que los países ricos le respondieran siquiera sus planteos sobre los inmigrantes, problema que tiene un impacto electoral mucho más complicado, como se ha visto ya en varios de esos países, e involucra decisiones de gobierno más concretas e inmediatas. Y esto no sólo por el egoísmo de esos electores y gobernantes, sino porque el argumento papal tendió a enfocar exclusivamente el problema en términos de la ausencia de solidaridad y la supuesta culpa de los ricos en que existan los pobres, el viejo mito del diabólico Dios Dinero y su responsabilidad en todos los males de la tierra, desde el terrorismo y las guerras hasta la destrucción del medio ambiente. Y a ignorar por tanto otra premisa tan básica como difícil de refutar que la política occidental viene promoviendo, mal o bien, desde hace décadas respecto al subdesarrollo y los movimientos poblacionales: que si no se logra que los países pobres tengan mejores instituciones y políticas económicas ni aquellos ni estos dramas tendrán solución.

Encima en la cuestión de la desigualdad Francisco parece encaminado a reeditar el clásico círculo vicioso peronista: que la despareja recepción de su alegato entre ricos y pobres termine volviendo a su proyecto dependiente para prosperar de actores que le dificulten conservar y ejercer convincentemente el rol que reclama para sí y más necesita, el de supremo mediador. Un solo dato de los últimos meses debería haber bastado para preocuparlo: las masivas y muy sonadas reuniones con Movimientos Populares difícilmente pueda decir que se balancearon con los pocos empresarios y políticos hasta aquí conmovidos por la encíclica Laudato SI.

¿En sus propios pagos no viene sufriendo acaso una dificultad de este tipo? Su poder de convocatoria e influencia entre los movimientos de desocupados y sindicales es indisimulable y se ha fortalecido con los problemas económicos del gobierno macrista y la creciente división del peronismo. Francisco tuvo un rol decisivo además en la convergencia entre organizaciones de trabajadores y desempleados lograda este año así como en la consolidación de la unidad cegetista, la moderación de sus protestas y su canalización detrás de la emergencia social. Pero sólo empresarios pymes y algunos pocos más se han identificado hasta aquí con los planteos laudatistas y el grupo RIEL. Lo que es bastante comprensible si atendemos a las exigencias medioambientales y sociales que esa encíclica busca imponer a capitalistas que en lo único que han podido pensar en los últimos años es en cómo recuperar rentabilidad frente a un esquema de costos que los condena a achicarse para sobrevivir.

Con todas sus idas y vueltas y todos sus errores de implementación Macri ha podido mostrar a lo largo de 2016 que entiende bastante mejor estos problemas. De allí que los empresarios hayan recibido como una excelente noticia de fin de año las señales de distensión entre los dos argentinos más poderosos del momento, tras un arranque de mandato que hizo temer una pésima relación.

Esa distención puede ser el camino para que la Iglesia católica procese, y a su vez ayude a grupos sociales amplios a procesar, lo que sin duda será una larga travesía sino por el desierto al menos por la escasez. Y es sin duda la mejor ayuda que puede ofrecerle la curia local y la romana a una administración que, aunque sortee el próximo año electoral con éxito, seguirá acosada por las presiones sociales de muchas demandas insatisfechas y las presiones políticas de una multitud de opositores racionalmente inclinados a la incomprensión.

Seguro no es lo que ni Macri ni Francisco quisieran. Pero tal vez haya llegado a ser para ambos un razonable second best en una convivencia que varios años más será inevitable.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 29/12/16

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¿Qué aprendió Macri en su primer año?

Ni la menor idea que habrá aprendido, sólo él lo sabe. Aunque puestos a especular se pueden postular unas cuantas lecciones que tal vez haya extraído de las muy variadas y no siempre satisfactorias experiencias vividas en estos primeros doce meses en funciones. Algunas con evidente sabor amargo, por la frustración de medidas de reforma, o enredos autogenerados por su propio equipo, otras no tan desalentadoras, porque aluden a avances a medias o conflictos terminados de momento en empate, sobre los que se podrá seguir avanzando de mejorar las estrategias y aprovechar mejor las oportunidades que vendrán.

Varias de estas lecciones no tienen mucho de nuevo, las tiene en común con anteriores presidentes argentinos, así que podría decirse que Macri sigue teniendo menos que enseñarnos de lo que él tiene para aprender de la historia. A la que tal vez le convendría prestarle mayor atención. Aunque también es cierto lo que dicen, que no hay como vivir en carne propia los errores y fracasos, nadie ni nada enseña más a andar en bicicleta que los tropezones que nos damos cuando empezamos a pedalear. Así que bienvenidos los tropiezos de este primer año.

¿Cuáles son entonces esas lecciones que puede que Macri haya aprendido con los avatares de 2016?

La primera y fundamental, que el optimismo es un arma de doble filo. Es fundamental para ganar el apoyo de la opinión, más todavía para una administración a la que no le sobran recursos de ningún otro rubro y necesita crear poder y oportunidades de cambio rápidamente. Pero la opinión es volátil, se toma en general en serio las promesas de cambio y mejora que le plantean los líderes que apelan a ella, y por tanto tiende a frustrarse también rápidamente.

Segunda lección, que la inercia de lo existente por regla general lleva las de ganar frente a las fuerzas del cambio, y en particular esto es más cierto cuando no hay una crisis galopante que combatir. De allí que el control de la administración pública y su movilización detrás de las metas de política que se proponga un nuevo gobierno requieran de una masa de recursos humanos y un esfuerzo de coordinación muy superiores a los que dispone cualquier grupo político en el país. Y que lograr ese control y esa movilización haya sido muy difícil para los peronistas, beneficiados por crisis galopantes previas, y hasta aquí en la mayoría de los terrenos imposible para los demás partidos. Otro motivo más para evitar el exceso de optimismo que acompañó la llegada de Macri a la Presidencia y la autosuficiencia con que tendió a actuar en muchos momentos el “equipo del cambio”.

Tercera lección, que hacerse de aliados legislativos puede significar al mismo tiempo alimentar a serios adversarios electorales. Y que la competencia hacia el centro no supone necesariamente baja conflictividad, puede implicar todo lo contrario cuando está en disputa la titularidad del cambio y del futuro y la capacidad de llevarlos a cabo. Le sucedió con Massa, y también le va a suceder con Schiaretti y Urtubey, nuevas estrellas del colaboracionismo legislativo, que demostraron hace días ser imprescindibles para frenar las locuras de los diputados opositores sobre Ganancias, pero en pocos meses van a probar ser obstáculos serios para que Cambiemos pueda prosperar en el centro y norte del país en las legislativas del año próximo.

Cuarta, que no conviene seguir la línea de menor resistencia a la hora de hacer política pública. Sobre todo cuando se trata de cambiar ingresos y gastos. Los recortes de gastos inútiles y de impuestos distorsivos y perversos son frecuentemente mucho más difíciles de hacer que los de gastos más razonables e ingresos más justos. Precisamente porque sobre aquellos se construyen poderes corporativos bien organizados, que se saben dependientes de la continuidad de dichos instrumentos, por más nocivos que sean para el resto de la sociedad, mientras que en torno a estos suelen no organizarse bien ni los intereses ni los grupos de lobby. Fue lo que sucedió con Ganancias, a pesar de todos las vueltas y escarceos más fácil de recortar que la siempre pendiente reforma de ingresos brutos, o la ridícula administración de los impuestos a la propiedad.

Quinta y última lección, que cuando se presenta una oportunidad no conviene dejarla pasar en la expectativa de que con el tiempo ella vaya a mejorar, o se presente otra con más ventajas. Fue lo que hizo el gobierno con la reforma política, inútilmente demorada durante el primer semestre, el único finalmente en que pudieron aprobarse leyes importantes para su programa de cambio, lo que explica en gran medida que ella terminara naufragando en la infausta segunda mitad del año.

Seguramente debe haber unas cuantas lecciones más. Tal vez de aquí a comienzos del año próximo se pueda terminar de hacer la lista para incluirla entre sus regalos de reyes.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/12/16

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Milagro Sala y Delcy Rodríguez: pequeñas venezuelas y reducciones jesuíticas

Mujeres maltratadas y perseguidas por hombres blancos y ricos, escenas que parecen confirmar que la república y el pluralismo son excusas de una salvaje derecha neoliberal que oprime a “los pueblos”, pura manipulación contra los pobres y marginados.

Un par de imágenes como estas que circularon esta semana podrían alcanzar para pintar un diciembre negro. Aunque con suerte quedarán solo en eso, pequeñas venezuelas que se resisten a desaparecer, si no logran que las acompañe ninguna otra más masiva, efectivamente negra y de lamentar.

Milagro Sala pidiendo perdón al salvaje gobernador Morales por ser negra y colla, Delcy Rodríguez con el brazo en cabestrillo jurando haber sido golpeada por una diplomacia también salvaje, convertida en su opuesto, un grupo de choque de las oligarquías regionales contra la “heroica resistencia chavista”. Dos buenos ejemplos de la imagen que nos ofrece la Venezuela ideal frente a nuestras pobres democracias realmente existentes, el ideal de los derechos humanos contra la exclusión en una región que sigue siendo tan desigual y conflictiva como diez o quince años atrás.

Claro que las venezuelas reales tienen poco y nada que ver con esa Venezuela ideal. Mientras Delcy se tiraba encima de los policías argentinos para entrar a una reunión a la que su gobierno perdió derecho de asistir, en su país miles de personas saqueaban comercios y se mataban por un billete que valiera algo más que diez centavos de dólar. Casi al mismo tiempo que Sala denunciaba la persecución de todo el malvado sistema de poder jujeño y nacional en su contra, mientras decenas de testigos más auténticamente humildes que ella, que nunca fueron al casino de Punta del Este ni se pasearon en autos importados por las estrechas calles de San Salvador de Jujuy, la denunciaban por golpes, robos, amenazas y todo tipo de atropellos mafiosos.

Pero la Venezuela ideal no va a desaparecer por más que proliferen esas contradicciones entre sus promesas y la realidad que quince años de dominio populista han dejado. Ese sueño se alimenta de otras fuentes, no tiene nada que ver con los datos históricos ni con las pruebas judiciales ni con los testimonios de las víctimas.

Es el sueño de crear una comunidad cerrada a cualquier desacuerdo y desigualdad. Si a algo se parece esa ilusión, que vive todavía en la cabeza de los chavistas tanto como en el ánimo de los kirchneristas que se desgañitan por la libertad de “Milagro”, es a las reducciones jesuíticas del siglo XVII y su promesa de restablecer una comunidad de ensueño perdida hacia siglos, culpa de los blancos y la historia.

Igual que en esas reducciones, los jefes de la comunidad Tupac Amaru y de la sociedad chavista distribuyen todos los bienes, organizan todo el trabajo, y castigan cualquier desviación o disidencia individual. Ofrecen un mundo feliz, en suma, impermeable a cualquier intromisión de leyes o gobernantes de fuera.

Juan Grabois, líder de la CTEP muy cercano al Papa Francisco, lo dijo hace pocas semanas en Página 12 con toda claridad: los que quieren juzgar a Sala están tratando no sólo de matarla a ella sino de matar un sueño que une a los pueblos originarios con la iglesia de los pobres y la izquierda populista radicalizada. David Choquehuanca, el canciller boliviano y conocido ideólogo de esta doctrina, viene teorizando hace años sobre el asunto: para él la promesa de progreso para todos en una sociedad liberal abierta y pluralista ha tenido ya suficientes oportunidades de concretarse en la región y ha fracasado, tras cinco siglos de dominio de la cultura colonial y sus prolongaciones, nos dice, es hora de volver para atrás y ensayar con la cultura indígena que se ha resistido a desaparecer y nos ofrece la única alternativa real y efectiva al desigual mundo moderno. Ellos también quieren el cambio, pero no uno que mira para adelante sino para atrás. De vuelta, ir de cabeza hacia las reducciones jesuíticas.

No hay que desmerecer la relevancia ni la complejidad de este choque de culturas. Por más que hoy parezca que la opinión pública, tanto en Venezuela como en Argentina y otros países de la región prefiere la sociedad liberal y pluralista, y condena los abusos de la comunidad jesuítica y de las pequeñas y grandes venezuelas que ese ideal alimenta, no conviene como hizo Macri esta semana basar toda las ventajas de esa opción en este estado de la opinión, sobre todo porque hay que tener en cuenta que esa mayoría va a sobrevivir sólo si logra resultados inclusivos. Si no, las pequeñas venezuelas que llevamos dentro muy probablemente vuelvan a ganar la popularidad de momento perdida.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/12/16

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