Skip to content


¿La muerte de Castro puede detener la agonía del castrismo en la región?

Entre las imágenes más llamativas que ofrecieron las exequias del ex comandante revolucionario varias las brindaron políticos argentinos hoy en la oposición. En nuestro país, igual que en Venezuela, el culto castrista agoniza desde hace tiempo. Pero muchos se resisten a verlo, y lo abrazan como tabla de salvación para sus fracasos y desprestigio social. La diferencia es que mientras los homenajes al ex dictador cubano tienen su lógica, aunque también un sabor rancio y ocultan no pocos fracasos, en la Habana, en Caracas o Buenos Aires carecen de lo primero y le suman al tufillo a frustración una buena dosis de patetismo.

Movió a risa la ristra de oraciones fúnebres que lanzaron por twitter varios ex funcionarios procesados por corrupción y abuso de poder, como Julio De Vido, quien quiso mostrarse conmovido hasta los huesos por el recuerdo del romántico líder barbudo. Y no fue menos Rodríguez Saá, quien desde su feudo puntano lo homenajeó con varios días de duelo oficial, como si se tratara del mismísimo Papa.

¿Pura hipocresía, actuación para la gilada que en los días que corren puede estar bastante tentada de ver a estos líderes peronistas como máxima expresión del prebendarismo conservador, y con estos gestos tal vez vuelva a creer que ellos son capaces de ofrecer aun sueños de cambio y futuro?

Hay más que marketing berreta en todo esto, sin duda. El castrismo siempre ha estado bien instalado en las cabezas nacional populistas, listo para salir a flote en caso de necesidad, en Argentina igual que en otros países de la región. Sin ir más lejos, recordemos que cuando los Rodríguez Saá tuvieron oportunidad de ejercer el poder nacional, por suerte brevemente, lo hicieron de la mano de Verbitsky, Bonafini y varios otros fieles representantes del castrismo local (también lo hicieron de la mano de Carlos Grosso, pero eso es otra historia).

Lo peculiar de la ocasión está dado por lo inoportuno de la muerte de Castro fuera de la isla. Y es que ella se produce justo cuando esas convicciones nacional populistas venían ya lidiando con un duelo prolongado y mucho más grave. Que suma la indisimulable frustración con las políticas aplicadas durante años y años, pese al gasto de enormes recursos que ni en los mejores años de la ayuda soviética los cubanos llegaron a disfrutar, con el rechazo abierto de los votantes de sus países, en ausencia de amenazas externas (Obama mediante) o de polarización ideológica de las que agarrarse. El castrismo se hunde así tanto por sus fracasos como por la falta de los enemigos soñados que en el pasado tanto hicieron por alimentarlo.

¿Garantiza esto su extinción? Puede que no. Recordemos que el mexicano Jorge Castañeda y muchos otros, tras el derrumbe del bloque soviético, se apresuró a pronosticarla, sosteniendo que la izquierda latinoamericana se alejaría desde entonces inevitablemente de la influencia de los Castro, de las utopías armadas, del nacionalismo antimperialista y antipluralista, y se acercaría más y más a la socialdemocracia europea y a los demócratas norteamericanos, y en muchos países terminó sucediendo lo contrario. La ola populista de una década después le dio el poder a varios experimentos filo castristas, y estuvo incluso cerca de dárselo en el propio México.

Y es que el castrismo ha demostrado ser enormemente flexible y resistente a los avatares. No por anda hizo o intentó de todo a lo largo de sus sesenta años de vida, tropezó infinidad de veces y sin embargo siguió adelante. Casi desata una guerra nuclear, en su empecinamiento en volverse una amenaza militar en las mismas narices de los norteamericanos, sueño que por suerte los propios soviéticos terminaron frustrando. Casi se hunde durante el llamado “período especial” en que por años no pudo alimentar a su población y terminó permitiendo la fuga de cientos de miles para que los alimentaran los norteamericanos. Avaló a todas y cada una de las dictaduras del famoso Movimiento del Tercer Mundo, un excelente disfraz para déspotas africanos, asiáticos y latinoamericanos de todo pelaje, que tenían en común el solo odio hacia la democracia pluralista, y no perdió por ello su cariz romántico y rebelde. Y sus últimos socios y entenados, los populismos radicalizados de nuestra región, se hubieran podido contar entre esos despotismos, de no haber sido que las energías se les acabaron demasiado pronto.

Así que no hay que darlo tan rápido por muerto. Menos ahora que su héroe máximo ha muerto, y encima aparece Trump en el horizonte para darle nuevos bríos.

por Marcos Novaro
publicado en TN.com.ar el 3/12/16

Posted in Política.


¿Macri necesita nuevos ministros, nueva coalición o solo esperar?

¿El presidente escuchará a Emilio Monzó y cambiará de aliados y colaboradores? No es su estilo: como Néstor Kirchner, prefiere equipos inoxidables, o que parezcan serlo. El problema es si, como dice el jefe de Diputados, los cambios que ahora serían poco costosos dentro de un tiempo van a serlo mucho más, y encima tal vez sean ya insuficientes, dejando expuesto a un gobierno que corre detrás de los acontecimientos

Lo cierto es que la frustración de las expectativas puestas en una pronta reactivación económica está adelantando el 2017. Como si ese año fuera a tener un solo semestre, el electoral. De esa frustración se alimenta la novel desesperación de los peronistas moderados por mostrarse opositores y obstruir todas las iniciativas del gobierno, incluso las que hasta hace poco les generaban simpatía. Y también la desesperación del oficialismo por recuperar aire e intentar nuevos cursos de acción.

En ese marco se inscribe el apuro por aumentar el gasto social a fin de año, desentendiéndose del todo del programado recorte del déficit, los rumores echados a rodar desde la Jefatura de Gabinete sobre una suerte de prueba de final de ciclo lectivo que esa repartición le haría a los ministros, rumores más intensos aun sobre prontos cambios de gabinete, que muchos creen deberían empezar por algunos de esos engreídos evaluadores de Marcos Peña, y también las declaraciones hasta hace poco impensables que lanzó Monzó invitando abiertamente al Ejecutivo a cambiar no sólo el gabinete, sino incluso de aliados, desechar Cambiemos, que según él sirvió para ganar 2015 pero no sirve para gobernar, y reclutar efectivos socios peronistas.

Hace poco Jorge Asís llamó a Carrió la Chacho Álvarez de Macri, para destacar su manía por extorsionar al presidente en público. Siguiendo la analogía a Monzó ¿podría considerárselo entonces un nuevo Santibañes? La diferencia es que también el jefe de la Cámara Baja carece de la confianza de Mauricio como para influir desde las bambalinas. ¿Escuchará éste de todos modos su consejo? Y más importante aun, ¿debería hacerlo? Cuando la autoridad del líder empieza a ponerse en duda y los errores de gestión comienzan a perjudicarlo es buen momento para que tome aire y revalide sus títulos. Pero, ¿eso significa soltar lastre y cambiar, o apretar los dientes y cerrar filas? Cualquiera de las dos cosas puede funcionar, o ninguna.

Por de pronto Macri parece ser de los que menos se preocupan. Dado que las encuestas todavía le sonríen, encuentra una vez más razones para seguir el curso que más le gusta, la opción zen: no apurarse a actuar, esperar a que los demás se equivoquen y no consumir energías inútilmente en cursos de acción que con el tiempo se demuestran inviables. Así que lo más probable es que no haya pronto cambios de gabinete ni mucho menos de aliados, ambos considerados riesgos inútiles cuando todavía no está claro si va a despuntar finalmente la reactivación, o si el peronismo endurecido va a fortalecerse y reunificarse o todo lo contrario.

Es cierto que las encuestas no registran variaciones sensibles en la imagen del gobierno, pese al incremento del pesimismo económico y los datos bien contundentes sobre la continuidad de la recesión. También es cierto que Massa no se muestra más opositor porque esté creciendo en las encuestas sino todo lo contrario: lo hace porque cae más que el presidente. Pero de todos modos, ¿es razonable que el gobierno no haga nada? Tal vez para cuando haya caído la ficha de la decepción en el ánimo colectivo ya sea tarde para que él pueda conseguir nuevos aliados, en reemplazo de los que nunca llegaron a serlo, aunque se mostraron durante un tiempo colaborativos en el Congreso, y de los que ayudaron a Macri a ganar, pero no lo estarían ayudando lo suficiente a tomar decisiones viables en la gestión.

Como sea, mientras resuelven qué hacer sería bueno que en el Ejecutivo se pongan de acuerdo sobre dónde están los inconvenientes, si en la periferia de la coalición o en su mismo centro.

La caída de la reforma política y de otros proyectos legislativos a los que se pusieron muchas fichas desde la Presidencia ofrece alguna evidencia al respecto. En el vértice oficial sostienen que el principal obstáculo surgió de la excesiva fragmentación de los peronistas y la poca colaboración de los senadores radicales. Entre estos, y en varios otros círculos, en cambio, destacan con bastante fundamento que el problema lo tiene Macri mucho más cerca: los fracasos se originaron más bien en la incapacidad de la Jefatura de Gabinete para coordinar las negociaciones, y en la del propio presidente para transmitir su entusiasmo con esos proyectos de reforma, por caso, al Ministerio del Interior, sus representantes en Diputados y en la provincia de Buenos Aires, que arrastraron los pies y dejaron poco tiempo para que en el Senado se negociaran leyes que todos sabían serían muy difíciles de aprobar.

Así las cosas, de todos modos, tal vez no sea mala idea la opción zen de tomarse las cosas con calma. Sobre todo porque el peronismo, en su infinita desorientación, hasta cuando se sale con la suya ofrece oportunidades para que el oficialismo festeje: la reforma política iba a suponer tantas dificultades de instrumentación y un gasto tan oneroso que es seguro el bloqueo practicado por los senadores peronistas, y en particular su olvido en sugerir cualquier reforma alternativa, significarán también un gran alivio para el gobierno, que podrá convertir ahora este tema en un mucho más eficaz y barato lema de la campaña que está por comenzar, o que acaba de hacerlo.

por Marcos Novaro

publicado el 28/11/16

Posted in Política.


¿Efecto Trump? Los peronistas huelen sangre y polarizan

Cuando el gobierno de Macri está por cumplir su primer año de mandato la sensación de que las cosas no le están saliendo muy bien que digamos, sobre todo en la economía, se fortalece.

Y un poco por eso y otro poco por un poco sutil contagio del clima virulento que instaló a nivel global la victoria del candidato republicano parece estar consumiéndose la módica moderación y el acotado espíritu colaborativo que habían dominado en lo que va de 2016 la política argentina.

De pronto la virulencia y la polarización volvieron a ponerse de moda. Afectando las estrategias de quienes hasta aquí más habían hecho, tanto desde el gobierno como desde la oposición, por instalar un clima político superador de la década larga de polarización kirchnerista.

Si seguimos así puede que vayamos en camino a estar tan mal como en Estados Unidos. Y con ninguna de las barreras institucionales que allá impiden que los climas de opinión arrasen con todo.

Para muestra basta un par de botones: hasta mediados de año los pocos ultra kirchneristas que se habían atrevido a confesar lo que realmente querían, que al gobierno de Macri le fuera todo lo mal que fuera posible, como Ricardo Foster y algún que otro diputado, quedaron en ridículo. Hace pocos días en cambio Fernando Chino Navarro dijo exactamente eso, “para que al país le vaya bien a Macri tiene que irle mal”, y ya nadie se inmutó.

Claro que también se apuraron a hacer su aporte los que nunca renunciaron ni renunciarán a la polarización. Cristina Kirchner y Hebe de Bonafini, con sendas cartas, pero sin mucha suerte, por lo gastada que está, hicieron amplio despliegue de violencia verbal en la semana que pasó.

Bonafini repitió sus temas de siempre en una carta a Francisco. Justo cuando éste se muestra alarmado como nunca antes por la polarización, debido a sus propios problemas en la Iglesia. Para la jefa de Madres si de su sector u otros opuestos al gobierno de Macri surgieran actos de violencia será porque éste la provocó, así que ellos no tendrán responsabilidad alguna en lo que suceda. A lo que agregó que la “llamada democracia” es para ella una mentira institucionalizada que “nos costó muchas vidas ya”, de lo que cabe deducir que nada mejor que liquidarla cuanto antes. Difícilmente podía ser menos oportuna.

En cuanto a Cristina, su carta, más modesta, la dirigió a Macri y con un fin más acotado, disculpar los curros de su madre. Allí volvió a repetir sus temas de siempre, pero introdujo una frase igualmente sorprendente: “El problema de la Argentina sigue siendo el mismo de siempre: ustedes”. Es de esas cosas que hay que animarse a decir, y más todavía hay que animarse a escribir, porque ponen en evidencia queriendo o sin querer toda la podredumbre de una cultura: “estamos nosotros y están ustedes y si nosotros lográramos sacarnos de encima a ustedes viviríamos magníficamente”. Ya muchos lo han intentado en la historia nacional, Cristina debería saberlo, y así nos fue.

Pero bueno. El problema está lejos de se lo que digan Cristina y Bonafini, es si sus ideas todavía pueden tener sintonía con, e influencias en, las de actores más amplios. Y algo de eso pudimos ver en estos días que pasaron.

Algunas de estas señales, identificando a los actuales gobernantes, a quienes hasta hace poco se discutía tanto como se respaldaba sus iniciativas, como un ato de inútiles reaccionarios, vinieron de los lugares y las voces menos pensadas. El casi siempre muy medido Roberto Lavagna salió con los tapones de punta, tal vez para compensar tantos meses y años de moderación, y lanzó: “tuvimos ya este tipo de modelo económico con los militares y en los años noventa”. Como si todo fuera lo mismo. Incluidos los noventa y la dictadura. Nadie debió ofenderse cuando muy módicamente Prat Gay se quejó, y lamentó más bien, que su ex jefe y por años cercano colega planteara las mismas comparaciones a que nos tiene acostumbrados Bonafini. ¡¿Para qué?!! De inmediato le saltaron al cuello una ristra de renovadores indignados: el propio Massa sostuvo que el ministro actual “no puede ni lustrarle los zapatos a Lavagna”, Camaño explicó más doctrinaria que “ningún funcionario tiene la estatura moral, ni política ni la calidad patriótica de Roberto Lavagna para cuestionarle ningún comentario”, con lo que nos venimos a enterar que ya había un Papa argentino antes de Francisco, y Felipe Solá se las ingenió para dar vuelta las cosas explicando que el gobierno oculta la realidad social “diciendo que no son lo mismo que la dictadura”, como si hubiera sido el macrismo el que empezó con las odiosas comparaciones. Pero el que redondeó las cosas fue Aldo Pignanelli pidiendo “memoria”, y una decididamente descalificatoria: “estos personajes y apellidos que hoy están en el Banco Central… y otros lugares son los mismos apellidos que nos llevaron a otras crisis”. Tal vez tenga pensado condenar a Federico Sturzenegger para castigar tardíamente a su padre, y que todos escarmienten, que ningún otro miembro de estas familias malditas, otra vez el “ustedes son el problema”, vuelva a ejercer cargo público alguno.

Si seguimos así 2016 será recordado como un año de recesión, de ensayos de cooperación a la postre frustrados, y sobre todo como el breve intervalo entre dos grandes trifulcas. De esas en las que nos desentendemos de resolver problemas, abocados a sacarnos de encima a los que supuestamente los provocan.

Aunque puede también que los ánimos se calmen y la sangre no llegue al río. El gobierno hizo su aporte para que así sea, desentendiéndose de la escalada de declaraciones y contradeclaraciones. Y también lo hicieron, llamativamente, los que más motivos tienen para quejarse de la situación reinante. Los defensores de la ley de emergencia que se reunieron el viernes en torno al Congreso pronunciaron discursos en general mucho más moderados que los de la oposición “moderada” en los últimos días. Tal vez porque ellos sí saben que si al gobierno le va mal no habrá resultado electoral que los salve de una crisis mayor.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/11/16

Posted in Política.


Con Trump, Cristina completa la internacional peronista

Argentina exporta populismo a granel y a mercados cada vez más diversificados. Si sólo pudiera monetizar este ahora codiciado commodity estaría en condiciones de resolver sus problemas de competitividad en un santiamén. Pero los mercados son mezquinos, ya se sabe: todos consumen y disfrutan del producto, pero sin pagar royalty alguno.

Con todo, no hay quien pueda escamotearnos el orgullo. Conseguimos que un peronista ocupe el trono de Pedro tres años atrás, van a ser dos décadas que otro gran peronista dicta manu militari los destinos de Rusia, y ahora lo que faltaba, un pichón de Pichetto y Cristina arrasó con el maldito establishment liberal de USA, La Matanza le hizo morder el polvo a Yale, y uno de los nuestros se acomodará en el despacho oval desde enero próximo. Si eso no es hegemonía no sé qué podría serlo. Lástima que Ernesto Laclau ya no esté para poder disfrutarlo.

Claro que el resultado es una ensalada, pero de eso trata precisamente todo buen populismo radicalizado, llevar la inconsistencia de las iniciativas prácticas hasta el extremo del absurdo no es en él una desviación, reemplazar el análisis razonable de los problemas por la identificación de culpables a expulsar de la comunidad no es un mero desborde, confiar nuestros destinos a la intuición providencial de un líder lo más brutal y tosco posible no tiene nada de accidental; los tres son los componentes esenciales del arte político que estamos ofreciéndole al mundo, y que el mundo parece deseoso de consumir. Por ahora ciego a las consecuencias.

Cristina, siempre lista para arrogarse supuestas clarividencias, no pudo con su genio y reclamó, en otra universidad del conurbano, el royalty sobre el engendro. Ciega y sorda a los temores progresistas que despertó el triunfo inesperado de Donald Trump salió a reivindicar la autoría intelectual de lo sucedido: si Trump ganó, según ella, fue porque entendió lo que el populismo kirchnerista viene diciendo hace años, que los mercados abiertos son el peor enemigo de los pueblos, que los liberales moderados son unos mentirosos esclavos del sistema financiero internacional, que los medios manipulan y mienten, y que la solución para todos esos problemas pasa por la fusión entre la masa, el líder y la nación.

Lástima que Trump también quiere acabar con los inmigrantes. Pero parece que a los ojos de Cristina ese es un pecado menor (y tal vez sean otros pecados menores sus propuestas de terminar con el medicare, los impuestos a los ricos, la discriminación positiva a favor de las minorías y otros inventos liberales) comparado con el gran favor que va a hacerle a la humanidad, poner fin del odiado neoliberalismo, que supuestamente encarnaba Hillary, y avalar la ola de proteccionismo que supuestamente deberíamos aquí y en todos lados imitar para que las cosas empiecen a funcionar realmente bien. Ello justificaría, para empezar, tirar a la basura la idea absurda de Macri de “volver al mundo”, “atraer inversiones” y “llevarnos bien con las democracias occidentales”. Si la mayor de las democracias occidentales nos está diciendo que el aislamiento es la solución, hagamos como ellos, volvamos a votar a Cristina, apostemos otra vez por la autarquía, cerremos la puerta al comercio y el frio capital, tiremos la llave y a comer milanesas de soja de aquí a la eternidad.

Seguro que Cristina no ignora que si todos los países desarrollados hicieran lo que Trump propone, supongamos, tras un eventual triunfo de los nacionalismos aislacionistas también en Europa y otras economías capitalistas, las perspectivas para los países en desarrollo o directamente pobres no mejorarían sino todo lo contrario. Pero eso no es lo que le importa. Lo esencial para ella siempre ha sido tener razón, no resolver problemas. Porque si el mundo le da la razón a las tesis populistas, Cristina se esperanza, ella va a seguir teniendo un público empobrecido, asustado y enojado condenado a escucharla y seguirla. Porque habrá quedado demostrado que la culpa de todos los males la tienen los ricos y los liberales. Que es lo que viene diciendo urbi et orbi el otro gran líder global peronista, nuestro papa Francisco.

Con olfato anticipatorio aun superior al de la jefa local del movimiento, el jefe de la Iglesia de Roma apenas una semana atrás explicó, a varios miles de dirigentes sociales provenientes de todos los rincones del tercer y cuarto mundo, que el terrorismo tiene un único y exclusivo origen y responsable, el dinero, y quienes lo poseen, claro. Más todavía, son el dinero y el afán de dinero los que causan, según Francisco, todos los vicios contemporáneos, la desigualdad, la destrucción del medio ambiente, la intolerancia, la violencia. No existen ni el fanatismo religioso, ni los estados fallidos, ni las malas políticas, ni el autoritarismo; el mal de este mundo tiene un solo nombre, riqueza, y un solo credo, liberalismo. Tal vez no sea mala idea poner en práctica estas concepciones durante un tiempo, y ver qué pasa. Una pena, de todos modos, que no haya alcanzado para la opinión pública mundial con ensayarlas en Argentina, Venezuela y Cuba.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/11/16

Posted in Política.


Si al gobierno le va mal, ¿sobrevivirá la moderación?

Democracia y capitalismo a la vez inclusivos y competitivos son, después de décadas de desencuentros, metas compartidas por una amplia mayoría de los argentinos. Esas metas son hoy, además, tras soportar doce años de despropósitos acumulativos en ambos terrenos, entendidas en su complementariedad: comprendemos mejor que nunca antes que no vamos a conseguir una sin la otra, que necesitamos que los cambios progresivos y simultáneos en los dos campos se alimenten entre sí.

¿Puede alcanzar una gestión de gobierno para poner al país en esa senda y consolidarla? Y ¿de qué dependería ese resultado?, ¿de que haya recuperación económica en los próximos meses y al oficialismo le vaya bien en las legislativas de 2017, o de cambios más profundos y tiempos mucho más largos? Detrás de toda la polvareda y los avatares de la coyuntura creo que es esto lo que realmente deberíamos poder responder.

Para que los cambios que nos proponemos prosperen dependemos de que se vuelvan valiosos para todos los jugadores, dejen de ser metas deseables solo de una fuerza política y pasen a serlo de todas o al menos todas las gravitantes. Y llamativamente eso es algo que parece estar sucediendo más rápido de lo previsto: los peronistas se deskirchnerizaron a toda velocidad, y no disputan a Macri casi ninguna de sus metas, sino que plantean que ellos las alcanzarían mucho más rápido y mejor, con menos costos sociales y mayor eficacia económica.

¿Son sinceros en esa conversión? Puede que no mucho, como no lo fueron cuando apoyaron las reformas de mercado de Menem, ni cuando respaldaron el nacionalpopulismo virulento de los Kirchner. Pero tal vez eso no importe tanto, y sea mucho más relevante que les resulte útil mantener en el tiempo esta simulación, hasta que se vuelva parte de sus hábitos políticos permanentes, como sucedió, después de 1983, con el rechazo a la violencia.

¿Y de qué depende que este proceso se consolide? En esencia, de que la moderación y la cooperación sigan siendo redituables, y contengan las tendencias opuestas a la confrontación y la polarización.

La buena noticia es que no hay una sola vía para que esta hipótesis se verifique. Hay por lo menos dos.

La más obvia es que el oficialismo tenga éxito, y los opositores que se consoliden como aspirantes a reemplazarlo sean los que disputen con él darle continuidad y profundidad al cambio iniciado, no frustrarlo. Es decir, que la competencia hacia el centro que hoy ya es predominante sea la vía privilegiada para acceder al poder, y consolide el curso reformista.

Imaginemos que 2017 se inicia con una más o menos sensible recuperación económica, que permite al gobierno pasar de la estabilización a un programa más ambicioso de reformas, y sortear medianamente bien las elecciones de medio término. Y que simultáneamente en el peronismo, tanto dentro como fuera del PJ, se conforman dos polos relativamente moderados, que terminan de aislar al kirchnerismo residual, y continúan disputándose el rol de “los opositores que quieren que al gobierno le vaya bien, pero si los dejaran harían mejor que él el trabajo”. Que es, palabras más palabras menos, lo que hoy dice Massa, pero también lo que dicen Urtubey, Bossio y Pichetto. Se consolidarían entonces las tendencias que en esta transición son más novedosas y productivas, con un oficialismo con chances de aspirar a la reelección presidencial e incentivos para avanzar con los cambios institucionales y económicos, y una oposición con chances de aspirar a la alternancia, forzada a buscar a la vez la unidad y la cooperación con el gobierno de turno para lograrlo.

El círculo virtuoso entre cambios políticos y económicos podría así realimentarse y consolidarse. Y el juego de suma positiva entre actores, tanto políticos como sectoriales, extenderse a nuevos terrenos. Sería lo mejor que podemos conseguir, aunque necesitaremos años de todos modos para que un capitalismo competitivo y abierto se complemente sólidamente con una democracia responsable e inclusiva.

Pero esta no es la única posibilidad. También puede que el gobierno falle en lograr la recuperación prometida, ella se siga demorando o resulte insuficiente para que Cambiemos renueve su respaldo social, y entonces el peronismo vuelva a ocupar el centro de la escena. La perspectiva de su regreso al poder en 2019 se puede dar de todos modos en un contexto en que las divisiones serán muy marcadas al mismo tiempo que también lo serán las presiones para competir hacia el centro, mostrarse moderados y mantener canales de cooperación con el gobierno. Es decir, el peronismo habrá reemplazado a Cambiemos como protagonista central de la nueva etapa, pero para reproducir en su interior las lógicas que Cambiemos ha logrado imprimirle a la actual situación.

Claro que las cosas pueden salir mucho peor que esto. Y la confrontación y polarización alimentarse entre sí, a la vez en la política y la economía. Pero las chances están al menos de momento a favor de la democracia y el capitalismo argentinos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/11/16

Posted in Política.


Venezuela, una tragedia en cámara lenta

El Papa acaba de hacer un nuevo e infructuoso intento de moderar a la cúpula chavista. Lo había intentado ya en 2013, en un recordado encuentro en que prodigó sonrisas varias a Nicolás Maduro. Y lo volvió a hacer la semana pasada, aunque esta vez se cuidó de difundir las fotos del encuentro con el hijo de Chávez. Seguramente una señal de prudencia después de aquella frustración cuando apenas había llegado al trono de Pedro. Por más infalible que sea en la interpretación de las Escrituras, debe haber comprendido ya que una cosa es entender a Dios, y otra mucho más difícil entender y peor todavía hacerse entender por los líderes venezolanos.

El problema no es sólo lo poco que puede hacer el Papa. Es también lo aun menos que están dispuesto a esforzarse los otros actores políticos globales y regionales. Estados Unidos, después del papelón en que incurrió por haber avalado el intento de golpe de 2002, tomó una decisión que contradice toda las diatribas chavistas contra el Imperio: “hands off”, no involucrarse ni a favor ni en contra en nada de lo que suceda en el país caribeño; a menos que afecte muy directamente los intereses norteamericanos, como por ejemplo ha sucedido cuando algunos generales chavistas y sus familias aparecieron involucrados en redes del narco. Cada tanto funcionarios de segunda línea de EEUU han opinado sobre la violación de derechos humanos, la crisis humanitaria, la amenaza para la estabilidad de la región que representa el polvorín en que se ha convertido Venezuela; pero como observadores distantes que no se sienten obligados a tomar parte en el drama que describen, ni se interesan mucho en que los organismos internacionales lo hagan.

Brasil tuvo durante los gobiernos del PT una postura aun más comprometedora: dejó pasar todos los atropellos chavistas sin abrir la boca, siempre y cuando al régimen no se le ocurriera meter mano en los negocios de empresas brasileñas.

Ahora que Dilma ya no está y que Argentina también cambió de postura, Brasilia aceptó poner en suspenso la participación venezolana en el Mercosur, pero no van a pasar de ello y se toman su tiempo incluso para poner en marcha la aplicación de la carta democrática.

En parte esto obedece, más allá de la mezquindad propia de la política internacional, y la facilidad con que los gobiernos y demás actores se lavan las manos de los problemas con declaraciones de buenas intenciones que saben estériles, al hecho de que el cuadro político venezolano hace tiempo que está trabado, y es muy difícil saber qué curso de acción podría facilitar la salida más rápida y sobre todo más incruenta.

La oposición ganó posiciones gracias al triunfo arrollador conseguido en las últimas elecciones legislativas, y sostiene un cerco de movilizaciones multitudinarias alrededor de la posibilidad de aplicar el referéndum revocatorio, con lo que logra expresar el estado de ánimo ampliamente mayoritario a favor de un cambio. Pero no logró algo fundamental para que ese asedio diera frutos, dividir al chavismo y negociar una salida con los sectores moderados o simplemente oportunistas que prefieran escapar a la perspectiva cierta de un derrumbe caótico e inapelable.
Y esto fue hasta aquí imposible para los opositores en esencia porque los líderes chavistas han logrado dos cosas importantes: primero, mantener unidos en su respaldo al ejército y a las demás fuerzas armadas y de seguridad, y segundo, sostener la expectativa, minoritaria pero decisiva para la base chavista más disciplinada y esencial para controlar el estado y disputar el control de la calle, en cuanto a que si el régimen aguanta tarde o temprano va a haber un repunte económico, y por más modesto que sea va a alcanzar para que una parte importante de los que hoy quieren cambio prefieran evitar el caos que habría que atravesar para conseguirlo, y se conformen entonces con lo poco que pueda ofrecer la continuidad chavista.

Esa es la lógica última que gobierna el drama venezolano: para que se destrabe solo haría falta un milagro, y como los actores apuestan a que el tiempo haga su trabajo, las cosas siguen empeorando día tras día, sin que nadie pueda evitarlo.

Tampoco una eventual radicalización de las movilizaciones de protesta asegura una solución. El régimen ha demostrado no tener problemas en matar gente en las calles. Los opositores en algún momento pensaron que el ejército se dividiría si esos muertos se multiplicaban. Pero eso no sucedió y tal vez no suceda tampoco si en vez de en decenas los cadáveres se cuentan en centenas. Los militares pueden pensar que solo mantenerse unidos puede evitarles el escarnio de que esas muertes pasen de ser “justificadas por la defensa de la patria y la revolución” a considerarse simples asesinatos represivos.

Aunque la visión opuesta, la que defienden los más moderados en el campo opositor, tampoco puede decirse que tenga las cosas resueltas. Ella apuesta por sostener el esfuerzo de movilización, pero poner las fichas a las elecciones presidenciales de 2018. Dando demasiado rápido por descontado que el régimen aceptaría una derrota en ellas tan fácil como lo hizo en las legislativas. Es muy difícil que algo así vaya a suceder. Ojalá algo de esto le haya dicho el Papa a Maduro la semana pasada.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/10/16

Posted in Política.


Evaluación educativa, igualdad y chanterío

La semana que pasó asistimos a un nuevo round entre el cambio y la reacción. Y uno muy particular, que dejó bien a la vista cómo frecuentemente los reaccionarios argentinos usan como excusa la defensa de derechos de los más débiles, con el argumento de que supuestamente ellos se verían afectados si se exploraran con algún detalle las causas y alcances de su situación de desigualdad. Es el famoso igualismo, una chantada que usa el discurso de la igualdad para promover la no discusión de los problemas de exclusión y defiende una integración mentirosa, que reproduce y agrava las desigualdades.

Esta lógica “igualista” que pervierte los ideales de igualdad gobernó los pasados 12 años, y en el sistema educativo viene gobernando desde mucho antes. Y los resultados están a la vista.

Es la lógica que inspira una política de asignación de recursos que no tiene en cuenta el cumplimiento de objetivos, sino que fija cuotas según la población atendida y la capacidad de presión de las administraciones y gremios. Algo que está bien reflejado, por caso, en la ley de financiamiento educativo de fines de 2005, uno de los más redondos fracasos en la última década de políticas públicas dirigidas a tapar problemas con montañas de dinero. Dicha ley permitió que aumentara el presupuesto y desactivó previos conflictos con los docentes, es cierto, pero al precio de renunciar a cualquier iniciativa dirigida a lograr que ese presupuesto se usara correctamente.

Al delegar todo el poder de decisión en las gobernaciones, y a nivel universitario en cada casa de altos estudios, estimuló que los administradores inflaran el universo atendido (a veces recurriendo lisa y llanamente al fraude), sin preocuparse por lo que se enseña y aprende. Después de 12 años tenemos más alumnos, sobre todo en los niveles secundario y universitario, y tenemos sobre todo muchas más universidades que se disputan porciones de la torta presupuestaria, sí, pero también tenemos más fracaso escolar, menos graduados por alumno y peor nivel educativo en especial en esos niveles.

La lógica igualista también desaconseja discriminar entre los docentes que hacen bien su trabajo y los que no. Todos deben ganar igual y tener las mismas oportunidades de promoción. Con lo cual los famosos fondos de incentivo terminan no incentivando nada bueno. Los recibe todo el mundo, incluso quienes se ausentan sistemáticamente de su trabajo, o usufructúan licencias por cualquier cosa. Ambos problemas, ausentismo y licencias, vienen rompiendo records todos los años. Pero los gremios insisten en que sería discriminatorio, estigmatizante, en fin, dañino para la igualdad que se haga algo para remediarlo. Es natural que a las organizaciones sindicales les convenga que sus representados tengan intereses lo más homogéneos posible. Lo absurdo es suponer que puede funcionar cualquier sistema laboral que iguale para abajo, porque entonces la productividad tenderá a cero. Por más que se repitan invocaciones morales al “sacerdocio” y la “vocación docente”.

Y también la lógica igualista se aplica a los propios alumnos, con la idea de que sería discriminante y excluyente identificar a tiempo de corregirlos los problemas de aprendizaje que tarde o temprano terminan en fracaso escolar. El igualismo tiene una solución mejor y mucho más sencilla: prohibir el fracaso eliminando pruebas y evaluaciones que puedan ser obstáculo a que todos accedan a un título. Tiempo atrás el gobernador bonaerense llevó al extremo esta idea prohijando la prohibición de los aplazos. Pero más allá de esa boutade, lo cierto es que prácticas en sintonía y más sutiles se vienen extendiendo desde hace tiempo; en muchos lugares todos aprueban, aunque no aprendan. La integración mentirosa llega así a su máxima expresión: se pretende satisfacer un derecho, el acceso a la educación, proveyendo un simulacro de satisfacción y las credenciales correspondientes, lo que deja la conciencia tranquila a los administradores y calma la demanda. Al menos hasta que se verifique que, para cualquier fin práctico, ese título sirve de poco y nada.

Se entiende entonces que esto de las evaluaciones generales, estandarizadas y encima públicas sea de lo más irritante para los igualistas. Ellos toleraban que el gobierno anterior hiciera evaluaciones similares básicamente porque sabía que no iba a difundir sus resultados ni mucho menos encarar cambios a partir de ellos. Ahora que no están seguros de ninguna de las dos cosas ponen el grito en el cielo. Y dejan volar su inventiva respecto a supuestos fines estigmatizantes, desigualadores, privatizadores y extranjerizantes. Toda una sarta de sinsentidos que apenas si sirve para disimular su profundo espíritu reaccionario, y su cómodo conformismo frente al atraso y la ignorancia.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/10/16

Posted in Política.


Buena semana de Macri: desactivó el paro y al Papa

Con poco más que sonrisas el presidente pareció en la última semana poder alcanzar algunas de las metas que le venían resultando más esquivas: controló de momento tanto la puja distributiva como la impugnación moral a su gobierno por su real o supuesta insensibilidad social y afinidad con los ricos de este mundo.

La clave está, de todos modos, en “de momento”. La CGT se enredó en su pedido de un bono, y tuvo que suspender el paro general que ya tenía programado. Pero en cualquier momento va a volver a la carga. Y el Papa Francisco finalmente retribuyó módicamente las sonrisas que venía dedicándole Macri, pero sería iluso imaginar que va a desistir de criticarlo por ser parte de esa desgracia global que representa en su opinión el liberalismo económico.

Sólo si lograra progresos significativos con su política económica y algo parecido a un acuerdo social lo que por ahora fue solo ganar un poco de tiempo se va a volver una ventaja más sólida y duradera. Y lo cierto es que en ambos terreno las cosas no pintan demasiado bien: la recuperación del nivel de actividad se demora, y aunque vaya a haber algo de diálogo en las próximas semanas con empresarios y sindicalistas, los desacuerdos sobre los próximos aumentos salariales, respecto a si ellos deben seguir la inflación pasada o la futura, se van a extremar en vez de disminuir en los meses por venir.

Pero así son las cosas: el gobierno deberá avanzar paso a paso y vivir día por día hasta que complete la transición iniciada a fines del año pasado; al menos hasta las elecciones del año que viene no va a poder hacer por lo tanto mucho más que atajar problemas y remover obstáculos. En ese marco ganar tiempo minimizando costos, materiales y simbólicos, es todo lo que puede desear. Y lo que ha conseguido en las tratativas con los gremios y el Papa, “de momento”.

Invirtió lo mínimo en frenar el paro, poniendo a los gremios entre la espada y la pared: al anunciar que reduciría la cobertura del famoso bono de fin de año a los grupos de menores ingresos, delegando en los empresarios la responsabilidad y los costos de acordar en cada sector su eventual ampliación, le dio al mismo tiempo una respuesta unificada a los moderados de la CGT y una salida diversificada a los más duros del campo gremial. Con lo cual el sindicalismo podrá decir que algo consiguió, y habrá tiempo para volver a agendar el paro cuando se haya visto en qué medida la pérdida de ingresos acumulada en el año se compensó a través de los famosos bonos.

El diálogo social convocado días atrás y la centralidad otorgada desde tiempo antes a los movimientos sociales en la distribución de planes sociales pavimentaron el reencuentro con el Papa. El resto lo hicieron los problemas propios acumulados por la iglesia local, tras los episodios de corrupción y castigo físico que dañaron su imagen pública, y la persistencia del kirchnerismo más virulento, que puso coto a la crítica desde el lado social que cabe plantearle al oficialismo, tanto desde la curia como desde el resto del peronismo, sin caer en manifiesto obstruccionismo.

Con esos datos a su favor es que el reencuentro entre Macri y Francisco pudo ser provechoso para ambas partes, sin requerir de ellos que revisaran ninguna de las decisiones ni actitudes que venían adoptando desde antes y los habían llevado a chocar.

Claro que a este respecto los costos simbólicos más que los materiales son los medulares para el balance que haga el gobierno, y para los pasos que vaya a adoptar a continuación. Si pusiera demasiada expectativa en lo que vaya a resultar del diálogo social podría quedar atrapado en las impugnaciones a favor y en contra de mayores esfuerzos distributivos y antinflacionarios, precisamente en el momento en que debe reforzar la idea de que ya ha controlado mínimamente esas presiones, como para fortalecer la gobernabilidad económica y la confianza en la recuperación.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/10/16

Posted in Política.


Para el gobierno es mejor el paro que el bono

Macri y su administración enfrentan el típico dilema de los moderados: prefieren casi siempre un mal arreglo a una buena pelea, pero si aflojan frente a quienes más aprietan terminarán estimulando a todos a apretarlos más y más.

Este problema de los moderados se agrava cuando no logran resolver este dilema y terminan dejando insatisfecho a todo el mundo, la polarización se alimenta de sus potenciales respaldos y el centro político se vacía: unos se alejan porque no se atienden suficientemente sus demandas y expectativas; otros porque las respuestas que reciben no las atribuyen a la sensibilidad ni comprensión de los moderados si no al hecho de haberlos sometido a asedio.

Encima en el gobierno de Macri deben lidiar con este problema en varios terrenos y frentes al mismo tiempo. De modo que sus dificultades políticas y económicas se realimentan entre sí.

En términos económicos ello obedece a la necesidad, más que las preferencias, aunque estas también actúan en ese mismo sentido, por seguir una vía media entre el ajuste para normalizar los desequilibrios heredados y la minimización de los costos sociales asociados.

Frente a la olla a presión recibida de manos de su precedesora Macri no tenía mucha otra opción. Aunque una sí existía y es importante señalarla: hacer más rápido los recortes de subsidios, como para que la recesión tocara fondo lo antes posible y tener más margen entonces para que la recuperación empezara también antes, a tiempo para que la crisis fuera toda de Cristina y la recuperación del crecimiento pudiera ser toda mérito de su sucesor.

Si Macri no lo hizo fue por temor al riesgo, y la convicción tal vez excesivamente optimista de que sindicatos y empresarios iban a premiar la moderación. Estos invirtiendo y aquellos moderando sus demandas salariales y protestas. Los primeros ya lo defraudaron y ahora van camino a hacerlo, aunque con más demora, los segundos. Pero convengamos en que no se puede saber si no lo hubieran hecho también, y de forma más rápida y virulenta, en caso de haber seguido el gobierno un curso más drástico.

En términos políticos la moderación oficial obedece ante todo a la carencia de una mayoría oficialista tanto en el Congreso como en el territorio. Y lo enfrenta al dilema de fortalecer a las opciones opositoras que más votos le pueden disputar en el corto plazo.

El oficialismo necesita aliados opositores para asegurar la gobernabilidad. Pero para conseguirlos debe reconocerles una parte del mérito de las soluciones que promueve, y por tanto disculparlos de su participación en la gestación de los problemas heredados. Y relativizar entonces el argumento político que más necesita esgrimir de cara al electorado: que este sigue estando obligado a elegir entre el pasado kirchnerista y el futuro macrista.

Política y economía, decíamos, se realimentan. Y así es que los problemas de gobernabilidad suponen al mismo tiempo un dilema para la gestión económica: si el gobierno cede mucho en el terreno del gasto público y la lucha contra la inflación lo que gane manteniendo en la mesa de negociaciones a actores potencialmente más opositores lo puede perder por el lado de la desconfianza de los actores económicos respecto a su capacidad de cumplir sus promesas de estabilización, esenciales para estimular a los empresarios a invertir, y también para moderar futuras presiones salariales.

Frente a la amenaza de paro lanzada ya meses atrás por los sindicatos el gobierno viene batallando duramente contra estos dilemas. Ha ofrecido un bono de fin de año, que sabe que puede disparar las expectativas inflacionarias, justo cuando más importante es controlarlas, de cara a dar credibilidad a su presupuesto para 2017 y su promesa de que el ajuste ya quedó atrás y se viene una etapa en que se armonizarán crecimiento y estabilidad. Así, a la amenaza a la gobernabilidad política y económica que supone siempre un paro nacional, más todavía en el caso de un gobierno no peronista en minoría, se le contrapone la perspectiva de cederle al sindicalismo peronista, y por tanto indirectamente al peronismo en general, el mérito de la sensibilidad hacia los costos sociales del ajuste. ¿Debe elegir entre uno de estos males, con riesgo encima de sufrir ambos a la vez al quedarse a medio camino en ambos terrenos, el de la eficacia económica y el de la sensibilidad social?

Los sindicatos entienden bien el problema, y por eso es que lanzaron el paro bien rápido, pero se demoran en concretarlo. Esperan someter todo el tiempo posible al gobierno a estos dilemas y sacarle todos los recursos que sea posible. Podrían sumar así el máximo de concesiones y el máximo de prestigio social.

Pero parece que también el vértice oficial ha entendido bien el juego y ha puesto un límite a lo que está dispuesto a ceder, y un límite temporal también a las negociaciones. Dilatar el momento del paro pudo ser necesario para él en medio de la discusión sobre las tarifas. Pero ahora le resulta bastante indiferente y hasta conveniente apurar el mal trago. Del otro lado, si va a compensar ingresos perdidos parece entender que le conviene hacerlo no bajo presión, sino con miras a cultivar su propias credenciales de sensibilidad social.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/10/16

Posted in Política.


¿Cristina alcanza para que Macri y Vidal vuelvan a ganar en 2017?

Una casi certeza de los últimos días lleva alivio a las filas oficiales: creen allí que Cristina va a ser nomás candidata en provincia de Buenos Aires, va a evitar que Massa concentre el voto peronista y de oposición, y por tanto se configurará un escenario de tercios, donde con poco se puede ganar, o al menos será más difícil perder por mucho.

Como la ex presidenta conserva una imagen positiva considerable, sobre todo en los municipios y circuitos donde el peronismo es fuerte, calculan que va a poder hacerse del apoyo de al menos una parte de la dirigencia territorial de su partido. Incluso de algunos que en los últimos meses han hecho todo lo posible por despegarse de su figura, para no quedar contaminados por los casos de corrupción, por la mugre que sale de debajo de la alfombra, o identificados con su círculo de fanáticos ahora que el fanatismo ya no paga.

Y sobre todo atraerá a quienes desconfían de los métodos de Massa, que son legión: aunque la enorme mayoría de los peronistas, tanto los bonaerenses como los del resto del país, coincidan con la idea del tigrense de moderarse y cooperar con las gestiones de Vidal y de Macri, tal vez muchos terminen siguiendo a quien no quiere hacer nada de eso, pero creen que ya no tendrá en el futuro oportunidad de someterlos ni manipularlos, para evitar fortalecer al que, temen, lo que más quiere es hacerlo.

No desean crear un nuevo Néstor Kirchner, así que tal vez vuelvan a disfrazarse de kirchneristas.

Finalmente, subirse una última vez a ese barco para conservar posiciones de representación local es difícil que les vaya a ser reprochado. Ni por otros peronistas ni tampoco por Cambiemos. Que no va a dejar de valorar la utilidad de contar con la ayuda de esas representaciones en manos de gente que, tal vez ladre, pero no tiene pensado morder.

En el medio podrían quedar además unos cuantos indecisos, que crean que no les conviene ir ni con Massa ni con Cristina, y que mientras no surja de la cantera peronista alguien más confiable a nivel provincial y nacional mejor plantear una estrategia electoral puramente local.

Con lo cual la oferta peronista terminaría aun más fragmentada que en los últimos años. Demorando el surgimiento de una nueva mayoría interna y un nuevo liderazgo, para disgusto de Massa, y ratificando ante la sociedad la imagen si no de solidez al menos de suficiencia de gobiernos que, sin ser muy exitosos ni mucho menos poderosos, se las vienen arreglando como primeras minorías tanto en la provincia como en la nación.

Todo esto puede ser más o menos probable, pero tal vez hay un aspecto que se sobrevalora y uno que se subestima. El primero, que Cristina puede tener todavía alguna imagen favorable pero es más un resto, una memoria, que una prospectiva, una apuesta para adelante. Así que es muy posible que lo que pueda recoger en las urnas sea bastante menos de lo que ella espera. Si esta es la estimación que hacen los demás sectores del peronismo sobre su desempeño será más difícil que la sigan y más probable que la usen como amenaza para negociar mejor entre ellos, y sobre todo con Massa.

Al final, entonces, Cristina terminaría ayudando al massismo a que su jefe deje de espantar con volverse un nuevo Néstor, una ironía inversa a la arriba sugerida.

Por otro lado, además, el oficialismo, en su ya secular culto al optimismo de la voluntad, parece subestimar el peligro de que una competencia intensa entre peronistas atraiga a los votantes independientes. Algo que hemos visto ya varias veces en el pasado funciona muy bien cuando ellos están en el poder. Pero también alguna vez han practicado con provecho estando en la oposición. Por ejemplo, en 1985 y en 2001.

¿Qué le conviene entonces al oficialismo, y qué puede hacer él para conseguirlo? Difícil decirlo. Al menos lo que sí puede advertirse es que en su campo por suerte circulan también visiones más realistas, en cuyos términos crece la preocupación por las perspectivas en el principal distrito del país. Vidal lo dijo con bastante claridad luego de tomar el control del PRO bonaerense: “nuestro futuro depende de lo que hagamos, no de lo que hagan otros”. Una sugerente invitación a dejar de prenderle velas a Cristina y compañía. Y a resolver el mayor obstáculo, la carencia de un candidato para 2017.

Hay quienes piensan que a la larga va a imponerse Carrió, porque es la menos relegada en las encuestas y la mejor para incomodar a Massa y Stolbizer. Pero tal vez sería aunque audaz más rentable que el candidato sea una desconocida joven promesa, para dejar en claro que finalmente se trata de volver a votar a Vidal.

Su destino quedó entrelazado al de Macri el año pasado y así seguirá siendo hasta el final. Ambos lo deben saber. Si hacen una mala elección en la provincia el año que viene podrán todavía trabajar para terminar más o menos bien sus mandatos. Pero sus respectivas carreras habrán recibido su fecha de terminación.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 3/10/16

Posted in Política.