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Brindis por la política democrática de 2018

Se suele decir que en la política está el origen de nuestros males. “Con otros dirigentes, otros partidos y otro sistema político seríamos un gran país”. ¿Pero no es cierto acaso que la política está conteniendo una economía desbocada? ¿No habría que valorarla un poco más?

El 2018 fue un pésimo año económico. Pero ¿fue un mal año político? Se suele decir que la crisis desnudó lo precario de nuestro gobierno actual, lo propenso que ha sido a cometer errores evitables. Con lo que se ha agregado al “gobierno de los ricos” lo de “el gobierno de los inútiles”. Pero ¿es tan así?

La gran mayoría está enojada y piensa en estos términos. Pero puede que no sea la mejor idea juzgar solo desde el enojo y la frustración. Esos sentimientos impiden ver que este año la política hizo bastante por salvarnos de la economía que tenemos, y venimos sufriendo hace añares. Así que no estaría mal que se lo reconozcamos y brindemos por ella.

La razón es sencilla: cuando se enumeran alternativas mejores que se dejaron pasar, que nuestros políticos supuestamente “no vieron”, ¿no abusamos del diario del lunes, un recurso tramposo que a todos los gobiernos del mundo los dejaría igual de mal parados?, ¿no subestimamos las dificultades de esas otras “alternativas mejores”, al suponer tramposamente que en caso de seguirlas hubiéramos tenido la suerte de que todo se acomodara a nuestros deseos y necesidades?

Si nos cuidamos de esos vicios retrospectivos, alimento de nuestra eterna melancolía, podemos juzgar con mejor criterio lo que sucedió y sigue sucediendo, y advertir lo mucho que hizo y sigue haciendo la política democrática por hacernos la vida más fácil, por resolver nuestros problemas.

Algunos provocados, es cierto, también por la misma política. Porque, para empezar, ¿no fue acaso una mala política lo que nos llevó a la crisis económica de ese año? En parte sí. Pero convengamos en que la política debió elegir a fines de 2015, entre desatar una crisis como la de 2018, o aún más aguda, ya en ese momento, o tratar de escapar de ella con parches, que podían o no alcanzar para evitarla. Los parches del gradualismo en parte funcionaron, pero no alcanzaron. Porque fueron bastante mal administrados, cierto, y sobre todo porque se combinaron con imprevistas dificultades económicas locales e internacionales. Como sea, al final no hubo forma de escapar de los problemas económicos acumulados, y terminamos en el desbarajuste de este año.

Detengámonos entonces en lo que sucedió a continuación. Tres factores fueron decisivos para que la crítica situación cambiaria y financiera se contuviera y tengamos 47% de inflación pero índices en baja este fin de año, un PBI que cayó alrededor de 1,5%, y no bastante más que eso, y la pobreza volviera a ser más o menos la de comienzos del período, un tercio de la población, pero no tengamos saqueos ni protestas violentas en este diciembre inéditamente tranquilo.
Esos tres factores de contención se relacionan con recursos políticos que hicieron bien su trabajo y en general son despreciados o subestimados: primero, el presidente no se encaprichó en mantener su equipo económico ni su programa, se mostró flexible e hizo los cambios necesarios; segundo, la coalición de gobierno se mantuvo en pie, no perdió cohesión en medio del despiole, siguió actuando como la alianza mínima necesaria para asegurar la estabilidad política; y tercero, el Ejecutivo y su coalición pudieron negociar soluciones cooperativas con otros actores del sistema, no hubo bloqueo ni imperó el juego destructivo.

En cuanto a lo primero, es cierto que en los primeros meses de la crisis hubo idas y vueltas, pero era lo esperable para un gobierno que acababa de ganar una elección y había ratificado un diagnóstico y un plan muy optimistas para la segunda mitad de su mandato. Cuando se le quemaron los papeles, no tardó tanto en advertir el problema que tenía delante. Y eso le permitió ir rápidamente al Fondo, acomodar su plantel y empezar a combatir la tormenta. Dujovne lo dijo de la peor manera posible: “cualquier otro gobierno que hubiera hecho lo que estamos haciendo hubiera caído”. Pongámoslo en mejores términos: ¿conoce alguien alguna experiencia de devaluación del 100% en nuestro país que no terminara en un cambio de reglas económicas, por ejemplo la destrucción del mercado cambiario, de gobierno, por crisis de la autoridad presidencial, o del régimen político? No, no hay ninguna. Tan mal no se gestionó esta crisis entonces.

En cuanto al segundo punto, la cohesión de Cambiemos no deja de sorprender. ¿Cuándo se ha visto que los socios de una coalición se mantengan unidos en medio de una tormenta económica como la que vivimos? No sucedió en 2012-3, cuando Massa traicionó a Cristina Kirchner. Ni en 2000-1, cuando el Frepaso y buena parte de los radicales abandonaron a De la Rúa. Ni siquiera en el Tequila, la crisis hasta aquí mejor administrada en democracia, y la más parecida a la actual, en que igual una parte del peronismo se fue con el Frepaso.

Se dice además en estos días que la crisis probó que hubiera sido necesario hacer un acuerdo más amplio, incorporar a sectores del peronismo al gobierno. ¿En serio? ¿No hubiera pasado como en 1987, cuando Alfonsín incorporó a parte del sindicalismo y éste ayudó a derrotarlo en las legislativas y luego lo abandonó apenas la economía se complicó? Las coaliciones son un asunto delicado en todos lados, pero más entre nosotros donde impera el corto plazo y la especulación, así que preservar una coalición mínima como es Cambiemos no es moco de pavo, ni es que tiene alternativas mucho mejores con que compararse.

Finalmente, el tercer punto, la cooperación con adversarios, ¿hay muchas experiencias previas de negociación exitosa como las que le han permitido a Cambiemos aprobar el presupuesto y dar aval legislativo al plan de ajuste con el FMI? Que los gobernadores peronistas evitaron hacer ellos mismos un ajuste es evidente, que forzaron al gobierno nacional a aumentar impuestos en vez de reducir gastos también lo es. Pero aún con estas concesiones las perspectivas que se abren con un plan de estabilización medianamente consistente para el año próximo son infinitamente mejores que las esperables en cualquier otro momento de nuestra agitada historia reciente.

Dejémonos de embromar entonces, la política argentina no anda tan mal. Y si la comparamos con la de algunos de nuestros vecinos, o incluso con la de países de tradición democrática más sólida y duradera, sale aún mejor parada. Es cierto que la mala imagen de nuestros políticos en parte la tienen merecida. Pero Macri, Peña, Dujovne, Negri, Pichetto, Schiaretti y compañía están haciendo su trabajo bastante bien para los parámetros con los que realmente corresponde compararlos, ojalá sigan así el año próximo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/12/2018

Posted in Política.


Cristina sigue protegida por la fe

A raíz de los recientes avances de causas por corrupción que involucran a la ex presidente se ha vuelto a plantear la remanida pregunta sobre si algo de lo que vaya a suceder al respecto durante el próximo año puede horadar el apoyo que todavía recibe de la sociedad. ¿Caería su imagen e intención de voto si aparecen más pruebas en su contra?, ¿y si es condenada?, ¿qué piensan de la corrupción quienes la apoyan?

En una encuesta reciente de Opinaia se indagó con más detalle sobre estas cuestiones y los resultados son bastante sorprendentes.

Para empezar, la confianza en las instituciones en general y en todos los actores políticos y sectoriales está por el piso. Puede que esto esté influido en parte por la crisis económica: eso es lo que suele suceder en particular con los empresarios, cuando las cosas van bien la opinión sobre ellos tiende a ser buena, y cuando caen los salarios y el empleo, empeora; ahora se suman los cuadernos de Centeno, pero aún sin ellos seguro habría una animosidad general en su contra debido a la recesión.

Pero de los resultados surge un dato mucho más curioso: la confianza, específicamente en lo que se refiere a la corrupción, es más alta entre quienes apoyan a Cristina que en el resto de los ciudadanos. Sólo el 57% de los que votaron a Unidad Ciudadana en 2017 y 50% de los que dicen que la apoyarían en 2019 están de acuerdo en que “no se puede confiar en la política ni en los políticos”. Es decir que entre el 40 y el 50% de los kirchneristas todavía confía. ¿En quién? En Cristina por supuesto.

En cambio entre los votantes de Cambiemos sucede lo contrario, la confianza es un bien mucho más escaso que en todos los demás grupos de votantes. 89% de quienes apoyaron al oficialismo en 2017 y 91% de los que lo harían el año próximo dicen no confiar en ningún político ni en la política en general. Los votantes de izquierda, del peronismo federal y de Massa están en una posición intermedia, y los de Cristina como dijimos, en el extremo opuesto.

¿Estamos entonces ante la paradoja de que los líderes de Cambiemos sufren más la crisis de confianza provocada por el show de la corrupción, cuya investigación y discusión pública ellos han venido impulsando, que Cristina y su gente, que aparecen involucrados en los chanchullos, pero a sus votantes el asunto parece no los afecta tanto, o directamente ni les va ni les viene?

Sería una conclusión apresurada. No es tan cierto que los votantes de Cambiemos, o los que podrían serlo, no valoren el esfuerzo que hacen sus dirigentes contra la corrupción: después de la “relación con el mundo” es el área en que más méritos se les reconoce a Macri y su administración, 47% dice que la situación al respecto mejoró gracias a ellos, contra solo 23% que dice que empeoró (41% afirma también que esta gestión es más transparente que la anterior, y sólo 27% lo opuesto; una relación inversa a la que se observa en el terreno de la gestión económica). Es decir que lucha contra la corrupción y transparencia siguen siendo banderas valiosas en manos del oficialismo, pese al descrédito general que sufre la dirigencia política, que lo incluye. Conclusión: para nada le conviene olvidarse o desatender el asunto.

¿Cuál es entonces la diferencia entre los kirchneristas y los macristas en este terreno? Puede sintetizarse en su contrapuesta forma de relacionar juicios e identificación.

Quienes adhieren a Cristina confían en ella haga lo que haga. Y parte al menos incluso creyendo al mismo tiempo que efectivamente es corrupta (alrededor de un tercio de sus adherentes comparte esa opinión). En cambio los macristas, para empezar, desconfían de todo, incluso de un gobierno al que le reconocen que algo hace para combatir la fuente mayor de su desconfianza, la corrupción.

¿Es esto una sorpresa? En realidad no. Desde hace décadas que las identidades adscriptas, esas que son impermeables a cualquier juicio más o menos circunstancial sobre acciones políticas y resultados, se vienen debilitando en nuestra sociedad, pero a velocidades diferentes en distintas familias políticas. El peronismo y la izquierda están entre las más resistentes. Es un mérito, pero también una fuente de dificultades, porque debido a eso suelen conectar bastante mal con las preocupaciones, opiniones y juicios de sus propios adherentes.

Podrán decir que si esto pasa en el tema corrupción no es tan grave, porque no es esa una prioridad de la mayoría de los votantes. Pero el problema es más serio, porque les pasa lo mismo con la gestión de la economía: incluso en estos duros meses de ajuste, son bastantes menos los adherentes a Cristina que creen en sus dotes para resolver los problemas económicos (sólo 22% cree que esté capacitada), que los que creen en las capacidades de Macri ( 27%). La fe en Cristina sobrevive, pero no mueve montañas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/12/2018

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Cristina, Milagro, Gustavo: se arruinó la “Navidad sin presos políticos”

En los últimos días una catarata de malas noticias judiciales le empañó el fin de año a los peronistas. En todos los casos reaccionaron solidarizándose con los procesados o condenados. Estiman que no van a pagar mayores costos y puede que tengan razón.

El panorama que brevemente despuntó unas semanas atrás, el de “una Navidad sin presos políticos”, según el pedido en tono heroico que hiciera Amado Boudou apenas fue liberado, se trastocó en su opuesto: varios juzgados y tribunales dieron pasos importantes antes del receso de las fiestas en casos de corrupción, que deben haberle atragantado el turrón a más de uno.

Primer acto, en Jujuy avanzaron finalmente las causas principales contra Milagro Sala, la llamada “Pibes Villeros”, en la que se la acusa junto a su organización de haber birlado unos 35 millones de planes para viviendas, y la relacionada a la “balacera de Azopardo”, en que una niña resultó herida por el fuego cruzado en que habrían estado involucrados matones a sus órdenes. Por el primer caso la fiscalía pidió 22 años y por el segundo 12. El juicio oral se espera que avance ahora más rápido y puede que se conozca el veredicto antes de que termine el verano. Si las condenas fueran consecutivas quedaría presa hasta el 2050.

Segundo acto, Gustavo Menéndez, intendente de Merlo y hasta hace unos días nomás presidente del PJ bonaerense, fue condenado a 2 años y medios de prisión e inhabilitación de por vida para ejercer cargos públicos en un juicio por haberse quedado con 600.000 pesos de dos casinos de Mar del Plata. No lo hizo precisamente apostando a la ruleta, sino gracias a que siendo Felipe Solá gobernador, es decir hace una pila de años, administraba esas casas de juego. El PJ de la provincia puso el grito en el cielo: consideró todo el proceso una “persecución cobarde” de la Justicia provincial, contra los que “queremos construir otra Argentina y otra Provincia”, que seguro no es esta de Vidal, pero tampoco debe ser la que resultó de tres décadas de gobiernos de Gustavo y sus amigos, cabe suponer, aunque no lo aclararon.

Tercer y último acto, la Sala 1 de la Cámara Federal porteña confirmó el procesamiento con prisión preventiva contra Cristina Fernández, confirmando la acusación del juez Bonadío contra ella como jefa de la asociación ilícita que vampirizó la obra pública durante los 12 años de gobiernos de los Kirchner. Salieron enseguida en su ayuda sus colegas peronistas del Senado, para ratificar que no le soltarán la mano: no se van a apurar en el tratamiento del pedido de sacarle los fueros, y mientras dependa de ellos seguirá disfrutando de ellos, hasta que “tenga una sentencia firme”, es decir una que corresponda no sólo a la conclusión de este u otros juicios, sino de todas las instancias de revisión, algo que no podría suceder hasta dentro de varios años.

Igual, para la Jefa terminar como Menem no debe ser algo que le esté haciendo mucha gracia. Así que se descargó contra Macri, la Justicia a la carta y los medios, todos supuestamente desesperados por detener su irrefrenable éxito político. Pese a que desde otras ventanillas justicialistas se diga exactamente lo contrario, que Macri está desesperado pero porque ella siga libre y en el candelero, pues sería la única garantía de que él logre ser reelecto.

Además la cámara en cuestión alivió las acusaciones contra una parva de empresarios. Habían sido procesados por Bonadío como socios de esa organización delictiva, dado que habían sacado jugosas tajadas de las operaciones fraudulentas documentadas por Centeno. Pero según los camaristas sólo serían responsables de pagar coimas, como si hubieran caído sin comerla ni beberla en un puesto caminero, donde fueron tentados por el diablo. No les llamó la atención a los jueces Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi que muchos de esos empresarios hubieran tomado por costumbre pasar todas las veces que podían por ese tentador puesto caminero, y se sacaban los ojos unos a otros por hacerlo. En fin, en algo tuvo razón Cristina, la media disculpa a esos empresarios no parece ser consistente con la pretensión de la Cámara de tomarse en serio esta investigación.

Como sea, ese deslucido costado de los avances que la Justicia ha logrado en los últimos días en estas y otras causas por corrupción no debería impedir que pongamos nombre a la obra: “En la política argentina ahora no siempre el crimen paga”.

Que para la oposición debería ser una señal de alarma: no es solo por estos avances, pero sin duda que ellos algo de ayuda brindaron para que en el peor año imaginable para el gobierno de Macri, les haya resultado imposible lograr mayores avances, tomar la iniciativa, seducir a al menos parte de los desencantados del macrismo.

Les pasa como a los machistas empedernidos: pueden seguir burlándose en la intimidad del nuevo clima de opinión reinante, en que lo que antes era tolerado u ocultado ahora sale a la luz y busca justicia y castigo; pero no les conviene vocear su resistencia al cambio fuera de los guetos en que se les celebran sus chistes y ocurrencias. En un ambiente como este no pinta que vayan a recibir grandes obsequios de Navidad.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/12/2018

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El desempleo sube pero se destruye menos empleo que el que se crea

La desocupación aumentó respecto a igual trimestre del año pasado: de 8,3 pasó al 9%. Pero la actividad cayó mucho más: el PBI perdió 3,5% en la misma comparación. ¿Por qué esa diferencia?: se sigue creando empleo (aunque poco y precario) y los empresarios apuestan a un repunte y no quieren perder la mano de obra.

El Indec informó la tasa de desocupación del tercer trimestre, el de julio a septiembre de este año, y no dio tan mal. Después del dato de inflación, 3,2%, y del de pobreza, 33,6%, más el de caída del nivel de actividad, 3,5%, que habían demolido el ánimo del oficialismo, este parece ser el menos malo de la semana, un alivio para encarar la Navidad con no tan mala cara: la comparación se hace entre los meses de más crecimiento del año pasado, y los peores del actual, en los que más se hizo sentir la corrida cambiaria y ya se sentía el freno de la obra pública.

Es importante tener en cuenta que el porcentaje de desocupados se mide respecto al número de personas que son Económicamente Activas, la PEA, los que trabajan o quieren trabajar. Y la tasa de actividad viene subiendo desde hace un tiempo: es decir más gente buscó trabajo que en meses anteriores. Así, la PEA pasó de 46,3% un año atrás, (y 46,4% en el trimestre anterior, el 2do. de este año) a 46,7% ahora.

Uno de los datos más llamativos del informe del Indec es que tres meses atrás la desocupación había sido del 9,6%. ¿Por qué cayó a 9 ahora? Pues porque lo que subió en los últimos meses fue el número de lo que se llama “ocupados y subocupados demandantes”, gente que consigue un trabajo sea formal o informal, parcial o completo, pero siguen buscando otro mejor, porque no están conformes con lo que hacen ni con lo que ganan. Esas dos categorías subieron de 16 a 16,7% y de 7,7 a 8,3%, y vienen subiendo en verdad desde principios de año.

En conclusión: contra lo que sostienen los diagnósticos catastrofistas, no hay nada parecido a una ola de destrucción de empleo. Incluso en medio de la crisis algo de empleo se sigue creando, aunque no es ni de calidad ni mucho menos bien pago. De ahí que más gente trabaje, pero quiera y esté buscando otro trabajo para sumar al que tienen o para reemplazarlo.

¿Será de todos modos este el piso desde el que se pueda empezar a mejorar, o la situación laboral aún va a empeorar? ¿Y será cierto como dice el gobierno que los empresarios se están cuidando de no despedir porque esperan un pronto repunte, o es que simplemente vinieron aguantando pero en los últimos meses del año se habrían quedado sin margen para seguir haciéndolo, así que lo peor está por venir?

En los cuartos trimestres el Indec casi siempre informa porcentajes más altos de desempleo, por cambios estacionales que esta vez también van a hacerse presentes y complicarán el optimismo oficial. Así que por ese lado no conviene que el Ejecutivo se apronte a festejar. Hay de todos modos algunos motivos para pensar que, por el lado de los servicios y la construcción, las cosas pueden estar yendo no tan mal o al menos no seguir empeorando.

Primero, las empresas y personas que ahorraron en dólares comprándolos al Estado a precios bajos durante los meses pasados, si estiman que el tipo de cambio ya no va a seguir subiendo pueden aprovechar el retraso con que la devaluación se traslada a precios para hacerse de la ganancia que obtuvieron. Antes de que se les escape. Dado que el equipo económico ha tenido éxito en tranquilizar el mercado cambiario desde hace ya un par de meses, algo de esto puede estar sucediendo. Y si esos dólares se vuelcan en ampliaciones y reparaciones, en vacaciones dentro del país u otros gastos que tienen alto impacto en la creación de empleo el fin de este año puede no ser tan malo como se pronosticaba.

Segundo, pese al espíritu del déficit cero, el gobierno no ha abandonado su voluntad de asegurarse la supervivencia política. Y desde que se aprobó el presupuesto ha venido adelantando unas cuantas medidas de aliciente al consumo: bonos de fin de año, vía rápida para la revisión de paritarias, etc. Si como parece también logra confirmar el financiamiento de los PPP y acelerar su puesta en marcha, la construcción va a acompañar. No por casualidad se ha vuelto imposible caminar por Buenos Aires sin tropezarse con una cuadrilla rompiendo veredas, que cualquiera diría, y Rodríguez Larreta seguro sabe, podían tirar como estaban un tiempo más.

Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/12/2018

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Pobreza: 33,6%, inflación: 3,2%, Riesgo país: 740, Gobierno: ¿en jaque?

No tiene mucho de donde agarrarse el gobierno en estos momentos, ni en el frente económico ni en el terreno social. La situación no deja de complicarse por donde se la mire.

La baja de la inflación fue menor a la esperada: el Indec midió 3,2% en noviembre, todavía muy alta. Suma casi 44% en el año. Y hace difícil llegar al 2% mensual, como el Ejecutivo prometió que sucedería durante este mes.

Esto a su vez mete presión sobre el dólar. Hay empresarios que vuelven a hablar de “retraso cambiario”. ¿Se conformarán solamente si volvemos al 2002? Mientras, la UIA amenaza firmar un documento con la CGT. Alianza que solía cultivar en tiempos de Alfonsín, cuando repudiaba el Plan Austral por no frenar en seco la inflación y al mismo tiempo por no reactivar la economía. Macri, igual que Alfonsín en esos tiempos, puede reprocharle su inconsistencia. Pero el problema seguirá siendo de él: ¿habremos dado tantas vueltas, con el FMI, el déficit cero y demás, para volver al comienzo, en una suerte de juego de la silla entre precios internos y competitividad externa, ajuste fiscal y nivel de actividad?

Para colmo de males, a la entente de las corporaciones se suma la Iglesia. La suba de la pobreza medida por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA mostró ayer que por primera vez el porcentaje de argentinos que sufre esa condición supera claramente la marca dejada por el gobierno anterior. Son 13 millones y medio de personas, la cifra más alta en mucho tiempo.

Encima, bajar la pobreza y la inflación fueron dos de las promesas centrales de la propuesta macrista. Cumplidos tres años de mandato, lo dejan expuesto al malhumor social sin atenuantes.

Y como si todo esto fuera poco, los problemas económicos y sociales alimentan los políticos y viceversa, en un círculo vicioso que es imposible predecir dónde termina. Como la situación es tan mala, los operadores financieros sospechan que tal vez Macri no sea reelecto y vuelva Cristina, entonces se niegan a comprar bonos argentinos o lo hacen solo si rinden una ganancia astronómica, con lo cual las posibilidades de bajar las tasas domésticas se resienten, también se resiente la disposición de los demás capitalistas a invertir, de los consumidores a endeudarse y la recesión tiende a profundizarse y prolongarse. Alimentando las sospechas de que Macri puede ser derrotado en octubre próximo, y la política y las reglas del juego para la economía cambiar de signo radicalmente.

Lo más sorprendente de todo, sin embargo, es que el relato, el odiado relato, está prestando una invalorable ayuda a Macri en estos momentos, ayuda que los fríos números se niegan a brindar, y sus aún más fríos administradores económicos no saben cómo acercarle.

El gobierno está en aprietos porque ha cometido muchos errores, la gente está desilusionada y malhumorada, y sin embargo la política aguanta, hay presupuesto, muy pocas protestas, tendremos el diciembre más tranquilo en mucho tiempo. ¿Por qué? Porque el oficialismo casi sin querer ha logrado instalar una explicación de cómo fueron las cosas que lo disculpa al menos en parte, y que por tanto también abona su explicación de lo que hay que hacer y cómo pueden ser las cosas de aquí en adelante.

Es el lado bueno de los errores no forzados: Macri llegó al ajuste sin querer, después de que le hubieran fallado todas sus otras opciones, por lo que no es tan fácil considerarlo responsable de los males que nos impone, salvo para los que ya desde antes lo consideraban un neoliberal maligno e insensible.

Para la mayoría puede que se haya revelado como alguien no muy ducho para elegir cursos de acción y colaboradores, pero más que el resto de los aspirantes a gobernar (todavía hoy le saca ventaja en este aspecto a todos los demás: a Cristina, a Scioli, y más todavía a Massa, que es un caso realmente único, estando en la oposición su imagen cae cada vez que el gobierno mete la pata). Y además reconoce sus errores y limitaciones. Con lo cual su explicación de que “no hay otra opción que esta fea medicina” cobró credibilidad.

A su vez, como el dólar saltó y a todos nos trajo horribles recuerdos, pero ahora se calmó y parece que al menos a este gato el gobierno le encontró la quinta pata, quedó instalada la idea de que por de pronto se evitó un gran mal, caer al abismo, frente al cual los males que efectivamente enfrentamos se relativizan. Si la situación no mejora demasiado, que es lo más probable, el temor al abismo continuará haciendo su trabajo y la gobernabilidad económica, aunque precaria, o mejor dicho precisamente por su precariedad, conservará un alto valor, desalentando de cambiar de timonel.

Claro que en el medio pueden pasar muchas otras cosas, la tolerancia al ajuste devenir hastío, frustración y dar paso a la protesta. Pero al menos como van las cosas no es tan seguro que la elección del año que viene vaya a ser todo lo disputada que se dice.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/12/2018

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¿Es justo que Boudou sea excarcelado?

Hay muchos tecnicismos judiciales en este asunto, pero también pujas políticas y una batalla por orientar la confianza de la sociedad y el trabajo de los funcionarios judiciales que, según quién la gane, va a permitir o no el Nunca Más a la corrupción.

Amado Boudou ya fue condenado por su intento de apropiarse de la imprenta Ciccone. La figura fue cohecho y negociaciones incompatibles con sus funciones. Es que era nada más y nada menos que vicepresidente de nuestro país. Y lo habíamos elegido para que se dedicara a otra cosa.

El fallo condenatorio le impuso una pena de 5 años y diez meses, es decir, de cumplimiento efectivo. Y efectivamente empezó a cumplirla, para su disgusto, inmediatamente después de que el tribunal oral presidido por Pablo Bertuzzi, Néstor Costabel y Gabriela López Iñíguez (esta última lo hizo en disidencia parcial) firmara la condena, a comienzos de agosto pasado.

En ese momento la noticia de su condena pasó bastante desapercibida, no concitó mucho interés, y es probable incluso que la mayoría se haya olvidado del asunto hasta hoy. Esa desatención fue ya de por sí un poco rara: por primera vez en mucho tiempo un caso de corrupción terminaba confirmando las sospechas generalizadas de la sociedad y satisfaciendo su deseo de justicia. Y encima lo hacía contra quien fuera segundo al mando del otrora superpoderoso gobierno de Cristina Kirchner. No era poca cosa para una Justicia que había tardado más de seis años en llegar, y que más comúnmente nos tenía y tiene todavía acostumbrados a no llegar nunca.

Pero bueno, así fue. Tal vez esa desatención se explique porque el escándalo nos entretiene y atrae mucho más que el funcionamiento normal de las instituciones. Que en vez de sorprendernos y entusiasmarnos, nos aburre. Lo mismo pasó con el caso Maldonado: una vez que se supo qué había pasado, dejó de ser interesante para la mayoría de la opinión pública, como si no hubiera nada que aprender de las ocasiones en que las instituciones hacen bien su trabajo, ninguna conclusión útil para nuestras vidas que valga la pena sacar del infrecuente cumplimiento de las leyes.

En cambio la excarcelación del ex vicepresidente puede que sí llame la atención. Es de por sí un nuevo escándalo. La acaban de decidir dos juezas, Adriana Pallioti y, ¡oh sorpresa!, la misma Gabriela López Iñíguez que había disentido al firmar la condena: le pareció excesiva y se ve encontró una segunda oportunidad para favorecer al reo.

¿Cómo fundamentaron esta decisión? Con el argumento de que ese fallo no estaba firme, debía pasar aún por la revisión de la Cámara, y por tanto entendieron que el proceso no había terminado: es decir, Boudou puede esperar que la revisión lo favorezca, así que no correspondía que esperara mientras cumplía ya la pena.

El tecnicismo al que recurren es muy discutible y así lo planteó el ministro de Justicia, Germán Garavano: en verdad la revisión por la Cámara no es parte del proceso, que ya terminó, sino del control que sobre el mismo ejercen las instancias superiores del Poder Judicial, igual que la apelación. Que seguramente también Boudou va a presentar. Pero mientras un condenado apela no está en su casa, ni tiene libertad de movimiento en un radio de 100 kilómetros como generosamente le otorgaron esas dos juezas a Boudou. Tiene que cumplir su pena. Así hacen todos los condenados en nuestro sistema. O casi todos. Menem también logró zafar en su momento con un argumento tirado de los pelos.

La verdad: lo más importante no es de todos modos si Boudou espera en la cárcel o en su casa. Lo decisivo es la señal que estas magistradas dan a la sociedad y a sus pares al soltarlo: un factor esencial para que las investigaciones contra el poder político avancen, y haya un poco más de igualdad ante la ley en nuestro país de lo poco que ha habido hasta aquí, es que la sociedad no pierda interés, confíe y a la vez exija que le demuestren que su confianza es justificada, y los jueces y fiscales se sientan presionados por esa sociedad a hacer bien su trabajo. Algo de esto empezó a cambiar para mejor en los últimos tiempos, gracias a fallos como el que perjudicó a Boudou, gracias a la causa de los cuadernos, y al espectáculo inédito de decenas de ex funcionarios y empresarios desfilando por los tribunales, arrepintiéndose, confesando aunque sea a medias, siendo procesados y quedando en muchos casos detenidos. Algo que solo podría compararse, salvando las distancias, con el Juicio a las Juntas.

Bueno, es a esa imagen republicana en que la Justicia sometía al poder a la que las juezas Pallioti e Iñíguez le acaban de mojar la oreja; contraponiéndole la triste y conocida marca de la triquiñuela procedimental, que siempre está a disposición de los amigos, para que zafen, hasta cuando quedó archidemostrado que son culpables.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/12/2018

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Arde París, y el odio acorrala a las democracias

Emmanuel Macrón contestó a las protestas de los chalecos amarillos como si se tratara de un movimiento de protesta de esos que había antes, reivindicativo, enfocado en problemas de acceso a derechos, recursos o reconocimiento.

Lo hizo sacrificando parte de su política de ajuste, retirando un aumento del impuesto a los combustibles que iba a impactar en gente de muy distintos niveles económicos y opiniones políticas, y estaba horadando la ya escasa adhesión que su gobierno recibe de una sociedad cansada de los recortes de gastos y la suba de los impuestos.

Si el presidente francés imaginaba que así lograría calmar las aguas se llevó flor de sorpresa: la protesta de este sábado fue de nuevo muy masiva y aún más violenta que las anteriores. ¿Por qué?

En parte porque la administración se equivocó en los tiempos y el modo: anunció tarde la corrección, cuando ya el movimiento estaba lanzado a organizar una nueva jornada de protesta, y encima dijo primero que solo se trataba de una suspensión, con lo cual alimentó la sospecha de que, una vez que se desactivaran las marchas y aislara a sus promotores, volvería a intentar el aumento. Recién cuando advirtió el problema, aclaró que la medida quedaba descartada. Pero con esos sucesivos pasos atrás se alentó aún más la acción en las calles, pues mostraron que esta daba resultado, que al gobierno no le estaba quedando otra que ceder y replegarse.

Con todo, más allá de los errores gubernamentales y del éxito reivindicativo que podían reclamar para sí los manifestantes, lo que más parece haberlos estimulado a insistir y avanzar es la ordalía de odio y violencia descontrolada en que desembocaron las protestas y la mezcla de distancia y debilidad que ofreció el gobierno como respuesta. De allí que la estrategia de Macrón para atender la cuestión haya sido, al menos hasta aquí, por completo desencaminada.

Hay una estética de la destrucción que entusiasma a muchos jóvenes franceses, que no es ni de derecha ni de izquierda, ni tiene reivindicaciones muy claras detrás. Es más que nada una reacción ante un sistema que parece ser al mismo tiempo excluyente, indiferente y débil. Que es la forma en que las democracias de cada vez más países desarrollados son vistas por una proporción cada vez más amplia de sus ciudadanos.

Como sucedió con los indignados en España años atrás, no está muy claro qué quieren los que organizan las protestas: en el caso de los chalecos amarillos aluden a “injusticias sociales” soportadas durante décadas, a complots tecnocráticos para someter a Francia a los dictados de Bruselas, de la ONU o de vaya a saber quién, y sobre todo a los vicios de una clase política que no merece ya ninguna confianza. Todas acusaciones que pueden tener tanto de cierto como de invención, pero a nadie se le ocurre que haya que precisar qué cae en cada categoría, y por qué habría que creerle más a quienes denuncian que a los denunciados, a los promotores del odio que a los odiados.

Y tampoco es fácil entender por qué encuentran semejante eco en miles de personas, sobre todo jóvenes, de clase media baja, trabajadores precarios y estudiantes sin perspectivas de escapar a ese futuro, que no se reconocen ya en partidos, sindicatos ni ninguna otra forma de agregación e identificación política más tradicional.

Ahora que olieron sangre, y vieron al gobierno trastabillar, van por su cabeza: se extiende el reclamo de que Macrón renuncie. Puede que en una semana esa idea suene ridícula porque todo se calme, la descarga de resentimiento contra el sistema político y las autoridades haya bastado para restablecer el frágil equilibrio previo, del que precisamente Macrón es hijo: recordemos que fue electo gracias a que logró colarse en la pelea entre dos extremistas, uno de derecha y otro de izquierda, cuyos votantes deben abundar entre los que ahora se vuelcan a las calles.

Pero puede también que ese precario equilibrio haya quedado invalidado y un sistema de partidos aún más debilitado que el español, como nunca se vio en Francia antes, le de pronto una nueva y más ventajosa oportunidad a los extremistas y aventureros. ¿Serán de derecha o de izquierda quienes recojan los beneficios de este despelote? Tal vez suceda algo parecido a lo que vemos en Italia, donde populistas de izquierda y de derecha cogobiernan, le echan la culpa de todos los males al mismo tiempo a los migrantes y a la Unión Europea, y están gestando un descalabro económico e institucional del que va a ser muy difícil salir. En cualquier caso, se probará que en circunstancias tan difíciles como las que enfrentan no solo las democracias europeas, sino las democracias en general, si los moderados no cooperan entre sí, el centro político puede derrumbarse y el destino de esos sistemas terminar dependiendo de promotores del odio y el caos que no ofrecen soluciones más efectivas sino apenas un mejor modo de canalizar la frustración.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/12/2018

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Nuevas encuestas empujan a Cristina a moderarse

Hay pocos cambios en los sondeos de los últimos dos o tres meses. Pero eso encierra una importante novedad: dado que ellos se hicieron en lo peor de la crisis, es plausible creer que el malhumor con el gobierno tocó fondo. ¿Será por eso que Cristina está revisando su estrategia, guarda silencio, se modera e incluso duda de presentarse el año que viene?

Los datos económicos de los últimos tiempos son pavorosos. La caída de la industria en octubre, contra igual mes del año pasado, fue del 6,8%. Algo menos de lo que había caído en septiembre (más de 11%), pero ahora el derrumbe se extendió a la construcción, que perdió 6,4 puntos en el año. Y lo peor es que las perspectivas son muy malas en este sector, porque las ventas de inmuebles se hundieron más del 40% en noviembre y también cayeron fuerte los permisos de edificación. Puede que haya luz al final del túnel, pero por ahora hay que imaginársela.

Sin embargo, la pérdida de apoyo al oficialismo parece haberse detenido. Tal vez porque contuvo la escalada del dólar y la inflación empezó a retroceder. Tal vez porque sigue primando en muchos votantes la impresión de que el gobierno hace las cosas mal, pero la oposición las haría peor.

Según un último sondeo de Opinaia realizado a fines de noviembre, las expectativas positivas sobre la evolución de la economía mejoraron desde el mes anterior un 2%, pasando de 33 a 35 puntos, en tanto las negativas retrocedieron cinco puntos, de 43 a 38%.

En esa encuesta se preguntó también a una muestra de 3000 casos quién estaba más capacitado para resolver los problemas económicos, y el 27% respondió que el gobierno, mientras sólo 22% se inclinó por la oposición. Un apabullante 51% dijo que “ninguno”, lo que habla muy mal de la gobernabilidad que es capaz de ofrecer nuestro sistema político en esta materia. Pero más allá de ese evidente déficit, en lo que importa para la próxima compulsa electoral, los resultados indican que al menos por ahora hay más gente que apuesta a la continuidad que la que lo hace por la alternancia.

No son datos muy discordantes con los de otros sondeos recientes. Incluso los realizados por empresas que acostumbran trabajar para la oposición: días atrás se conocieron estudios de Analogías, Bacman y Rouvier según los cuales si se hiciera hoy un ballotage el resultado sería un triunfo apretado de Cristina Kirchner sobre Macri, pero un empate si la candidata oficial fuera María Eugenia Vidal. Opinaia obtuvo en una pregunta similar una leve ventaja para Macri, pero dentro de los márgenes del empate técnico.

Con ese punto de partida, en el oficialismo descuentan tomar pronto la delantera, pues apuestan a que el tiempo juegue a su favor, estimando que cuando llegue realmente la hora de ir a las urnas la situación económica sea por lo menos un poco mejor que ahora, y previendo que la gente votará con una memoria de corto plazo, algo que suele suceder. El gobierno contará además con la carta de triunfo que suele significar “estar en funciones”: muchos votantes son renuentes a correr los riesgos de la alternancia cuando se enfrentan tiempos difíciles, aunque responsabilicen en parte o totalmente por esas dificultades a los que han estado al mando del barco. Aún a disgusto, la gente daría su reelección al actual presidente.

¿Cuáles podrían ser las apuestas más redituables de la oposición para compensar esas ventajas oficiales? La más obvia sería ir todos juntos, claro, pero por ahora parece ser una opción inviable, por la profundidad de los disensos en el peronismo y porque cada bando controla firmemente un territorio que cree va a poder conservar aún sin cooperar con los demás: el kirchnerismo, las bancadas y municipios bonaerenses, los federales, el interior del país. Incluso la debilidad del oficialismo tiende a reforzar esta confianza y por tanto la dispersión: quedó ya lejos en el tiempo el temor a una “ola amarilla” que agitó a muchos jefes distritales un año atrás, frente a la que podían perderlo todo si no se reunía el conjunto de los peronistas bajo el mismo techo.

Aunque cabe preguntarse: ¿seguiría siendo así si Cristina no se presentara? Tal vez las cosas no cambiarían demasiado porque es casi imposible que en un eventual acuerdo no haya para alguno de los bandos pérdidas irreparables: si el kirchnerismo impone el candidato, sea por internas o a dedo, los demás saben que, de ganar, gobernaría Cristina y ellos serían boleta, y de perder tendrían que esperar varios años más para volver a ser confiables como “renovadores”; y si se diera la inversa los seguidores de la ex presidente saben que su sector sería fagocitado por el nuevo jefe. Así que no hay salida por ese lado.

Como no tiene sentido que la ex presidente haga el extremo sacrificio de ceder su lugar preeminente en la oposición, pero ella sabe que algo nuevo tiene que intentar, está explorando una versión más modesta del renunciamiento: moderarse.

La primera muestra la ofreció en su conferencia anti G20, cuando invitó a pañuelos celestes y verdes a reconciliarse bajo su mando. Algo que cayó muy mal en los más radicalizados.

Y durante el G20 no sólo no abrió la boca para impugnar el alegre ágape de súper poderosos organizado por Macri, sino que se abstuvo de movilizar a sus seguidores para al menos hacerle un poco de ruido desde el llano: parece estar retrocediendo de su apuesta a la protesta social, incluso violenta, que venía ensayando bajo el lema de la Resistencia. Y para despejar cualquier duda sobre su espíritu contemporizador hasta mandó a Kiciloff a diferenciarse de Massa, adelantando que en caso de volver al gobierno no renegociaría sino que cumpliría el acuerdo con el FMI.

No puso objeción, por otro lado, a que parte de sus seguidores bonaerenses hicieran en relación con el presupuesto de Vidal lo mismo que habían hecho los federales y renovadores con el presupuesto nacional. Finalmente, en ese distrito los beneficiarios de la repartija van a ser en gran medida sus intendentes.

La tercera movida será llevarla al interior, donde el clima de bronca por la crisis es menor que en Buenos Aires, y por tanto le va a convenir bajar los decibeles de sus intervenciones. Lo que tal vez la someta a la prueba de fuego en todo este asunto: ¿es realmente creíble alguno de estos gestos de buena voluntad, o solo sirven para desdibujarla?

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Volvió Carrió

La líder del ARI se piensa a la vez como suma sacerdotisa de Cambiemos y como su espíritu más rebelde y la opositora más eficaz, la única que realmente está en condiciones de frenar a Macri cada vez que él se equivoque. ¿Puede funcionar una fórmula tan en el límite, en un contexto tan frágil como el que vivimos?

Ya lo vimos con el choque de frente que protagonizó con Germán Garavano semanas atrás, por las prisiones preventivas contra implicados en casos de corrupción: Elisa Carrió cree que para salvar a Cambiemos en su hora más difícil ella tiene que llevar al extremo su rol como crítica implacable del gobierno, porque de ese modo margina a la oposición, la deja sin ninguna función útil que cumplir, y seduce a los disconformes con el gobierno, que son un montón, y en los últimos tiempos crecen cada vez más.

La técnica no es nueva. En verdad la viene practicando el peronismo casi desde sus orígenes, sobre todo cuando está en el gobierno. Y hay que reconocer que en muchas ocasiones le dio buen resultado, por ese principio que Perón condensó en una famosa analogía gatuna, con su habitual ironía: cuando se escuchan maullidos atroces y todos creen que los peronistas se están matando, en realidad se están reproduciendo.

El punto es: ¿con este juego Carrió puede lograr que Cambiemos amplíe su representatividad, recupere su ímpetu y vuelva a crecer, o está corriendo y haciéndole correr a sus socios demasiados riesgos, sometiendo a una insoportable tensión a una coalición y una identidad demasiado frágiles?

Dicho de otro modo: lo que pueden los peronistas, porque para ellos siempre es posible volver a sentarse alrededor de la misma mesa y ponerse de acuerdo, por más que hayan roto todos los platos y tirado por los aires el mantel, e incluso a algunos de los comensales, no es recomendable que intenten imitarlo otras fuerzas políticas, porque el riesgo de ruptura es mucho más alto que los beneficios que pueden cosecharse.

Nótese que, pensado desde esta perspectiva, el conflicto no necesita resolverse. Alcanza con que ocupe la escena, llame la atención del público, y éste se divida en dos bandos, los que simpatizan con la rebeldía de Carrió, y los que prefieren las pragmáticas y modestas soluciones que ofrece Macri. Lo que importa es eso, que todos hablemos durante un tiempo sobre si se equivoca uno o se equivoca el otro, hasta que el tema pase y aparezca uno nuevo.

Veamos si no lo sucedido con el caso de Garavano y las preventivas: no hubo acuerdo, la líder del ARI reclamó la cabeza del ministro, no se la dieron y ella guardó silencio, pero se mantuvo en sus trece como máxima encarnación ética, la guardiana de la lucha contra la corrupción. La rebelde que habla sin pelos en la lengua y actúa sin preocuparse, en apariencia, por los intereses de su propia fuerza, si no sólo por los de la república. Contra y el presidente, que defiende su autoridad y se atiene a “lo que hay que hacer” (para sobrevivir, valga la aclaración). Y cada uno siguió por su lado, haciendo su juego, sin problemas.

Con el nuevo tema de conflicto que acaba de aparecer, el protocolo para uso de armas de fuego por parte de las fuerzas de seguridad anunciado por Patricia Bullrich, es muy más probable que suceda algo parecido.

La ministra ya adelantó que no hay contradicción alguna con el código penal, que lo único que se modifica es la regla impuesta en los últimos años según la cual los agentes del Estado no podían disparar a nadie hasta el momento de recibir ellos o algún tercero un disparo, regla que según Bullrich los convertía en blanco fácil de delincuentes armados. Además, es impensable que, después de su resonante éxito en el operativo de seguridad y control de la protesta durante la cumbre del G20, y de todas las muestras de simpatía por sus puntos de vista que le ha ofrendado Macri, ella esté actuando sin su total apoyo, o haya alguna mínima chance de que retroceda con su resolución.

Mientras tanto, indiferente a estas consideraciones, Carrió se plantó en el extremo opuesto del ring, y fue incluso más allá que los más críticos opositores: dijo que la resolución “hiere los derechos humanos” y culpabilizó a Bullrich personalmente, porque “se le va la mano” en un asunto que no habría sido consensuado en el oficialismo, ni siquiera en el Ejecutivo. Así que es de esperar que ella tampoco retroceda, e insista en frustrar el cambio anunciado, para que “no vayamos hacia el fascismo”.

Son palabras muy fuertes, puede que demasiado. Expresan posturas irreconciliables encima sobre una cuestión, una de las pocas, en que el gobierno no es señalado como un total fracaso, por lo que merecería que los oficialistas hicieran un poco más de esfuerzo que en otros terrenos para ponerse de acuerdo, ¿verdad? Pero si no lo hacen, ¿pagarán algún costo?, ¿la disputa sobre este asunto tiene en serio chances de llevarlos hacía una ruptura?

No parece que esté cambiando el parámetro básico que mantiene unido a Cambiemos: no hay ninguna opción de salida mínimamente tentadora. El que abandone la coalición puede que deje de ser cola de león, pero para volverse cabeza de ratón. Parámetro que, en ausencia de una identidad y una tradición tan fuertes y longevas como las peronistas, reviste una importancia fundamental.

Pero aunque ruptura no haya en el horizonte, puede que sí se de un cierto desgaste, un clima de querella creciente y declinante colaboración. Y eso a pesar de que la fórmula pueda funcionar para que en la coyuntura se junten algunos votos más. Porque la cohesión y el rumbo oficiales quedarán heridos.

Es difícil saber cuánto hay de cálculo y cuánto de instinto en estos lances cada vez más virulentos que hace Carrió, y que tolera pero mayormente desatiende Macri. Mi impresión es que hay bastante cálculo. Pero puede que sea un cálculo errado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/12/2018

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“Volver al mundo” le ganó por goleada al aislacionismo

Al menos desde 1983 venimos lidiando con un conflicto permanente entre dos posturas antitéticas sobre la estrategia que debemos seguir como país: la de quienes proponen integrarnos al mundo desarrollado para fortalecer tanto la democracia como la economía, porque los principales problemas que enfrentamos en ambos terrenos nacen de nuestras propias taras y nuestra tendencia a aislarnos, y la de los que sostienen lo contrario, creen que ese mundo es hostil tanto para nuestro crecimiento como para las formas de gobierno que nos convienen, y debemos aislarnos de él lo más posible, confiar solo en nuestras fuerzas y tradiciones y como mucho movernos por el barrio (América Latina) y en los márgenes del sistema internacional, para sacar provecho de ventajas ocasionales.

En este sentido los resultados del G20 han significado un fenomenal espaldarazo para la tesis “internacionalista” y un balde de agua fría para los que sostienen la tesis contraria. Y esto a pesar de que ese mundo al que hemos vuelto es bastante inhóspito, mucho más de lo que lo fue unos años atrás, cuando nos empecinábamos en ignorarlo.

Claro que ese cambio ha obligado a países como el nuestro a recalibrar sus políticas comerciales y sus alianzas. Pero nada de eso modificó lo esencial, que los sucesos de este último año pusieron, por si hacía falta, de nuevo a la luz: igual que sucedió en los años ochenta y de nuevo en los noventa, si nuestro país logra sobrellevar sus crisis es en gran medida por la ayuda externa, por la cooperación de democracias consolidadas con países que están democratizándose y de economías desarrolladas con las que están en vías de desarrollarse. Contra lo que sostienen los diagnósticos catastrofistas, cebándose en la frustrada expectativa de una “lluvia de inversiones”, eso no ha cambiado y en eso Macri no se equivocó.

La reunión del G20 en Buenos Aires no era solo ocasión, entonces, para hacer propaganda y diplomacia gestual, ensayando el músculo que más le gusta mostrar a un gobierno experto en realizar eventos glamorosos, si no una prueba decisiva en uno de los pocos terrenos en que la sociedad todavía valora los cambios que él ha traído, y del que está bien claro que depende y seguirá dependiendo por un buen tiempo para sobrevivir.

En este sentido, el triunfo de la apuesta de Macri, que supuso sin duda para él correr un alto riesgo, no es sólo económico y financiero, tiene no sólo un costado geopolítico sino también uno cultural. Va a ser más difícil a partir de ahora impugnar sin más el acuerdo con el FMI. Se volverá más difícil minimizar las ventajas que se derivan de llevarnos lo mejor posible con todos los países. Y perderán sustento por tanto los argumentos que sostienen que, como hay tensiones comerciales entre las potencias, entonces es más necesario que nunca blindar nuestra producción de la competencia internacional y perseguir la fantasía de la autarquía económica.

En los tres terrenos en que la reunión del G20 puso al gobierno argentino ante duros exámenes, el control de la calle, la firma de acuerdos comerciales y financieros, y el consenso entre todos los países miembros sobre algunos objetivos comunes, el resultado fue más favorable de lo que hasta los más optimistas esperaban.

La protesta del viernes dio la imagen de un país mucho más civilizado de lo que es hoy París, y de lo que fue un año atrás Hamburgo. Todo puede cambiar de un momento a otro, así que no conviene dormirse en los laureles: así como la tranquilidad de la Bombonera en la primera ronda de la final de la Libertadores llevó al papelón del Monumental por un operativo de seguridad penoso y descoordinado, podría suceder que la tranquilidad de estas jornadas quede en el olvido con un diciembre de saqueos. Pero no hay que subestimar ni la eficaz gestión del Ministerio de Seguridad ni la tentación de la moderación que está ganando a los kirchneristas: si creen que tienen chances de ganar y de heredar un país menos aislado e impredecible para el resto del mundo es probable que de aquí en más bajen el tono a sus planteos antisistema.

Macri logró coordinar esfuerzos con otros jefes de estado moderados, principalmente Justin Trudeau de Canadá y Emmanuel Macron de Francia para sacar un documento de consenso. Y escapó a la trampa que le tendió Trump para enfrentarlo a China, con lo que puede seguir ensayando el difícil equilibrio entre ambos que le permite extraer beneficios de las dos potencias, sin quedar atrapado por el fuego cruzado entre ellas. No es poco para un país que no tiene demasiados antecedentes de éxitos diplomáticos recientes, y que en muchos períodos pagó costos altísimos e innecesarios por despreciar ese oficio.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/12/2018

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