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Acto de Moyano: su única virtud fue la brevedad

Fue un acto en varios sentidos deslucido, cuya única virtud terminó siendo la brevedad de los oradores, como si los propios organizadores hubieran querido que el mal trago pasara lo más rápido posible.

La asistencia estuvo muy por debajo de lo esperado: empezaron anunciando 200.000, luego los propios voceros de la marcha lo redujeron a 150.000 y de todos modos era evidente que exageraban.

Los ánimos, aún peor: no había entusiasmo ni afectio societatis entre los asistentes, muchos de los cuales empezaron a irse cuando todavía los oradores desgranaban sus pocas ideas.

Y el mensaje, entre repetitivo y desajustado. “Si lo tocan a Moyano te paramos el país” cantaron los asistentes, y el propio Hugo hizo reiteradas referencias a su situación judicial (“no tengo ninguna imputación por corrupción, por ahora”, sic) aunque el frontispicio del palco rezaba “Unidad en defensa de los trabajadores” y todos los discursos refirieron a la unidad y el ajuste, queriendo mostrar que su preocupaciones eran desinteresadas.

Pero era inútil, lo que resultó evidente fue que Moyano logró con su movida dividir al sindicalismo como hace tiempo no estaba y debilitar a las expresiones de oposición en general. Detrás suyo, es claro después de esta jornada, ni unos ni otros tienen mucho futuro.

El sindicalismo ya lo sabía. Por eso se han acelerado los tiempos de una recomposición de la conducción de la CGT. Puede que lo que resulte sea igualmente una CGT dividida, pero entre los gordos, los independientes, barrionuevistas y sindicatos del transporte tienen suficiente masa crítica para presentarse como la facción por lejos más grande y con mayor capacidad de presión. Liberados del yugo que sobre ellos ejerció Moyano desde el comienzo del kirchnerismo esperan tener un futuro próspero negociando con el gobierno y evadiendo el celo investigativo de los jueces.

En cuanto a la oposición política, no podía saber que las cosas saldrían tan mal. Aunque los peronistas moderados, e incluso parte del kirchnerismo que intenta serlo, se venían preparando también para un mal resultado. Recordemos que no sólo el PJ nacional, sino también el porteño, que responde al portero Santa María, anunciaron a voz en cuello que no se plegaban a la concentración. Los gobernadores incluso adelantaron en estos días que avalan para sus paritarias de este año el 15% que propone Macri como pauta. Y varios de ellos sumaron críticas bien precisas a la convocatoria: Moyano se cortó solo, defiende sus exclusivos intereses y no es de fiar hasta que no aclare su situación en la Justicia.

Sólo el kirchnerismo de paladar negro, el que reúne a La Cámpora y algunos intendentes del conurbano, más las CTAs y los movimientos sociales enfrentados con el gobierno, los que orienta Juan Grabois, se movilizaron a pleno. Pero no pudieron compensar las ausencias, sus números también estuvieron bastante por debajo de las reunidos en épocas de mayor entusiasmo, ni pudieron evitar por tanto dar la impresión de que sumaban sus falencias a las del líder camionero, en vez de complementar y potenciar sus recursos con los suyos. Un rejunte de los que van quedando fuera del mapa por más ruidoso que sea tiene difícil disimular que es un pegoteo de ocasión. Y eso es lo que se respiró en la calle durante el acto.

¿Moyano aleccionará y se moderará? En parte al menos todavía puede hacerlo, y seguramente los que en su organización se preocupan más por los intereses perdurables de los camioneros se inclinarán por esta opción. En vez de oponerse a todo, ¿no les conviene reabrir negociaciones con el gobierno por ejemplo respecto a los costos de fletes, al saneamiento de su obra social y a empresas en problemas como OCA y el Correo Argentino?

Para otro lado presionará seguramente Pablo Moyano, que aunque jefe operativo del sindicato viene actuando en todo esto más bien como impulsor de la politización del conflicto, tanto en su cariz judicial como en el frente gremial. Puede que insista en abrazarse con Máximo Kirchner y en conformar una corriente federal de gremios combativos con lo poco que han juntado en esta pelea, las CTAs, bancarios, algún gremio suelto más. Pero deberá convencer a su padre y al resto de la familia. Facundo ya avisó que no es de ese parecer: se mostró entre indiferente y despectivo ante la presencia de Máximo cerca del palco, dando a entender que no le interesa colaborar con su hermano mayor en un entendimiento con ese sector.

Así las cosas, se confirma que al menos en esta pelea el gobierno lleva las de ganar. Y que por más disgusto que haya en la sociedad con la conjunción de precios nuevos y salarios viejos, con los pifies del oficialismo y otras malas noticias que enturbiaron el verano, el horno no está para marchas, porque pocos creen que haya otras opciones mejores a la mano.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/2/18

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Macri avisa: habrá mano dura mientras no mejore la economía

La conferencia de prensa que brindó durante el retiro espiritual del gabinete tuvo dos partes.

En la primera, expresiones de deseo que sabe que no coinciden con el ánimo general: “2018 va a ser un buen año para los argentinos”, “seguimos creciendo”, etc. Centrado en el tema económico, este optimismo contracorriente es tan obligado como inefectivo, y también eso lo debe saber.

Por eso la segunda parte de la conferencia: mano dura con la delincuencia, mucha sintonía con Patricia Bullrich, única estrella en ascenso de un gabinete golpeado en varios otros frentes, y reproches a jueces blandos, que incluyeron una acusación de “zaffaronismo” realmente de mal gusto en referencia a la decisión de la cámara sobre el caso Chocobar. Y para fortalecer la sintonía con el público en este terreno, y disipar el contenido de presión a la Justicia que sus muy parciales opiniones supusieron, la aclaración de que hablaba “como un ciudadano más”, uno más de ustedes, en un típico giro populista al que parece estar encontrándole el gustito.

Convengamos que el fallo de la Cámara del Crimen fue contundente y sólido: complicó aún más a Chocobar al procesarlo por homicidio agravado por exceso en el cumplimiento del deber, una figura más comprometedora que la de exceso en la legítima defensa; y lo hizo por unanimidad en una resolución bien fundada donde al mismo tiempo levantó el embargo impuesto en primera instancia, ordenó más medidas de prueba y abrió una puerta a la defensa del policía al aclarar que no hubo intención de matar. Además la composición de esa cámara no ayuda al argumento oficial de que se trata de una resolución animada por un sesgo ideológico: nada que ver con la situación del juez de primera instancia, Velázquez, que venía ya complicado por sus antecedentes.

Pero nada de eso detuvo al presidente. No le impidió siquiera interpretar a su gusto lo sucedido ese día de diciembre en la Boca, donde dijo, contradiciendo los datos consignados en la causa y todos los testimonios, que Chocobar “paró la puñalada 11”, como si hubiera disparado cuando continuaba el ataque.

¿Por qué lo hace? ¿Es puro marketing? Es probable que en lo fundamental lo sea. En concreto, no parece que el gobierno esté decidido a avanzar con una batería de legislación pro mano dura. No es muy probable que saque de la galera, por caso, nada semejante a lo que hizo aprobar Néstor Kirchner en 2004 a raíz del caso Blumberg, recordemos, cuando todavía el oficialismo de entonces no había abrazado el discurso garantista y tenía sí urgencias electorales, por lo que avaló y aprobó casi todo lo que el padre de un joven secuestrado y muerto se las había ingeniado en convertir en reclamo colectivo: aumento de penas, restricciones a la libertad condicional, etc.

En esta oportunidad, en cambio, lo más probable es que tengamos que soportar algo más de ruido, pero pocas nueces. Bullrich avanzará con sus cambios en los protocolos para las fuerzas de seguridad, en línea con lo que ya venía haciendo, pero es dudoso que sus ideas vayan a traducirse en cambios drásticos en el nuevo Código Penal que elabora Justicia. Mucho menos que se conviertan en proyectos de ley comparables a los de 2004: los radicales ya adelantaron que no comparten para nada esas ideas; y los peronistas, aunque en muchos casos sí las comparten, no parece que quieran acompañar a Macri y Bullrich en la cruzada.

Lo que para el Ejecutivo puede terminar siendo un doble beneficio: podrá ganarse la simpatía de sectores hoy distantes o enojados, incluso en capas bajas de la sociedad, que en estos temas suelen ser los más afectados y también los más entusiastas de soluciones drásticas, sin enajenarse del todo el apoyo de sectores medios un poco más sensibles a los procedimientos policiales.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/2/18

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Moyano, Ricardo Alfonsín y hasta el Papa en pleno brote esquizofrénico

Parece que un virus peligroso está haciendo estragos entre nuestros hombres públicos. Los pone en ridículo, los hace decir incoherencias y contradecirse alevosamente. Se ensaña en particular con quienes vienen con las defensas bajas, tal vez por haber estado demasiado tiempo navegando a dos aguas, queriendo quedar bien con Dios y con el Diablo, o sin definir quién es para ellos Dios y quién el Diablo.

Como sea, lo mejor para los demás es cuidarse del contagio, porque podríamos estar al borde de una epidemia. Miren si no lo que le pasó al pobre Zaffaroni, que todos creen que quiso voltear al gobierno cuando en verdad lo único que pretendía, según aclaró, era que aminorara un poco la velocidad.

Hugo Moyano venía piloteando bastante bien su desgracia con notas de buen humor y chicanas ocurrentes contra sus denunciantes, hasta que quiso hablar de sí mismo y se enterró solo: “si no fuera sindicalista sería un exitoso empresaria” mandó. ¿Habrá querido decir más exitoso de lo que ya es? Por ahí reencarna y junto a la arquitecta egipcia, otra portadora crónica del virus, montan una súper constructora.

La vocación empresaria de nuestros sindicalistas de todos modos debería hacernos pensar un poco si no estamos frente a un problema más profundo. Porque tal vez no es solo una esquizofrenia personal del líder camionero, si no un problema de vocaciones colectivas mal manejadas: uno ve los emporios familiares que han montado varios de estos jerarcas y no puede evitar reconocer el espíritu emprendedor, el empuje, la ambición. Tal vez todo este entuerto de mafias y corrupción pueda empezar remediarse con un simple y prolijo cambio de roles.

Pocas horas antes Moyano había patinado ya cuando María O`Donnell le preguntó por qué el sanatorio de su sindicato lo remodeló la constructora de su mujer. “No, si voy a llamar a Caputo”, contestó, en referencia al amigo del presidente. Como si hubiera tenido disponibles solo esas dos opciones. En fin, le iba mejor cuando hablaba menos.

Apareció a continuación Ricardito Alfonsín y dio la nota del otro lado del espectro político, en el que también hay problemas extendidos, no solo casos indicviduales, porque no todos los oficialistas dejan de ser opositores ni se sabe muy bien quién está y quién no en la coalición de gobierno, por esta manía de los no peronistas de ser híper críticos con sus propios líderes y gobiernos.

Lo de Ricardito de todos modos cruzó la raya, porque directamente no se entendió qué quiso decir: “si no fuera político, si no fuera radical y si no estuviera en Cambiemos iría a la marcha (la de Moyano, claro)… la gente está viviendo con dificultades… el tema de los sindicalistas corruptos le viene como anillo al dedo a quienes quieren una organización de los trabajadores débil”. Y la siguió contra sus correligionarios, con algo que sí se entendió: “En la historia del radicalismo nunca hubo una etapa tan acrítica como hoy, ni con Alfonsín ni con De la Rúa, nunca estuvimos tan diferenciados de nuestra razón de ser”.

¿Qué vendría a ser para Ricardo Alfonsín “ser radical”, su “razón de ser”? No se sabe. ¿Y a qué lo obliga “ser político” y “ser de Cambiemos”? Parece que no a pensar que está todo mal lo que hace el gobierno, y decirlo, sólo a actuar en consecuencia, en suma, ir a una marcha opositora y cantar “el que no salta es de Macri”. Mientras tanto su “ser político” consiste en pensar y decir una cosa y hacer otra. No parece que vaya a funcionar. Le convendría decidirse, o al menos moderarse, siguiendo el consejo de Zaffaroni, a él sí le vendría bien levantar el pie del acelerador.

Para terminar una semana de despropósitos varios se conoció oficialmente una carta ya harto difundida extraoficialmente del Papa Francisco a Hebe de Bonafini, donde compara la situación judicial de la líder de Madres de Plaza de Mayo con la de Jesús. ¿No se le habrá ido la mano?

Francisco quiso dar sus razones, pero en vez de explicarse oscureció más el mensaje, y debe haber confundido hasta a los padres de la Iglesia: “No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio ´dibujado´ con calumnias. La calumnia sólo ensucia la conciencia y la mano de quien la arroja”.

Para empezar, si lo hubiera pensado mejor Francisco seguramente no hubiera hecho tanto hincapié en este rechazo a los calumniadores: no hay sobre la faz de la tierra alguien a quien le caiga mejor el sayo que a su amiga Bonafini. Pero bueno, dejando eso de lado, ¿no es medio esquizofrénica la referencia al juicio contra Jesús?, sobre todo teniendo en cuenta que si algo él enseña es que no conviene mezclar lo que es del César con lo que es de Dios, los asuntos religiosos mejor dejarlos aparte de los rigores con que decide quien tiene que administrar la ley penal. Pero tal vez hay que concluir que esa no es la idea de Francisco, o no puede explicar bien cuál es su idea al respecto. Un problema extraño para alguien que debería ser si no infalible en estos asuntos, sí al menos un poco más claro y ducho.

¿Quedará contenido en estos pocos episodios el brote esquizofrénico o es apenas el comienzo? Imposible saberlo. Conviene por ahora andar con cuidado, y cuando uno va a abrir la boca, pensarlo dos veces.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/2/18

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Zaffaroni sospecha (o desea) que se está pudriendo todo

Ni siquiera se animó a ser categórico y bancársela. “Nos encontramos frente a una grave emergencia o a la inminencia de una grave emergencia”, sentenció, logrando ser a la vez tan ambiguo como catastrofista, algo ya de por sí bastante insólito. Y así podría haber seguido: “sospecho, intuyo, fantaseo con que se pudre todo, háganme caso, por las dudas”. Muy poco convincente.

Tampoco en el remedio que hace falta fue preciso: “Puede ser que se vayan en 2019 (hablando de Macri y su gestión, claro)… total hay un año de diferencia, pero esto nos está llevando a una catástrofe social… Que se vayan con un procedimiento constitucional de juicio político, no sé, o que saquen el pie del acelerador o de lo contrario vamos a tener un serio problema”. ¿Vamos a tener un “serio problema” o lo tenemos ya? Si alcanza con que “saquen el pie del acelerador” ¿todo se reduce a un problema de velocidades? Lo único que se entendió fue “no sé”. La verdad, dio la impresión de que no lo tiene bien pensado.

Las evidencias que reunió el Dr. Raúl Zaffaroni para sostener su argumento sobre la catástrofe que no se sabe si ya tenemos encima, está por venir o podría venir si no le hacemos caso, no se sabe tampoco en qué, por último, no le ayudaron mucho a aclarar sus ideas: “”Estoy preocupado, veo una seguidilla. Primero, los gremialistas son corruptos; segundo, el decreto de nepotismo; tercero, la idiotez de que quiero dar un golpe de Estado; cuarto, lo del policía con el muchacho; quinto, Durán Barba con la pena de muerte… Cuidado”. Peras con manzanas y alcornoques todo mezclado. ¿De qué cuernos habla?, ¿hacía donde apuntaría esta secuencia tan inconexa que llama “seguidilla”, y en la que nada se sigue de lo anterior más que en su fantasía?

En suma cabría preguntarse: ¿hay que tomarse en serio lo que dice este ex juez de la Corte Suprema y ex referente intelectual y jurídico del gobierno argentino? No, claramente no hay que hacerlo. Es puro bla bla.

Con esa idea en mente es que había decidido, hasta su insistencia de estos días, no dedicar ni medio minuto a las burradas que viene propalando el buen doctor. Lo que dice no tiene asidero alguno y desde que el kirchnerismo cayó derrotado en todos lados el año pasado tampoco representa a un sector de opinión muy relevante que digamos. Es parte de esos últimos chisporrotazos que también en otros terrenos se observan, fruto de un incendio que ya se apaga. Dejémoslos a su suerte.

Pero el hombre además de insistente y difícil de seguir en el hilo de su razonamiento resulta que se las está arreglando para componer un verdadero misterio político: ¿por qué lo hace, por qué habla cada dos por tres de esta forma, para enterrarse cada vez más, quedar en ridículo y generar rechazos de casi todos lados?

Si fuera que lo manda Macri a hacerlo, reemplazando a Cristina que ya se avivó y no habla desde hace tiempo, podría entenderse. Pero no, creer algo así exigiría apostar demasiado a las visiones conspirativas y a la traición. No parece ser el caso.

Puede que le haya dado ánimos Hugo Moyano, con su reciente apreciación de que “a Macri le queda poco tiempo”. También imprecisa, pero viniendo de un poderoso sindicalista, en serio preocupante. ¡¡Si hasta el Wall Street Journal a continuación publicó una penosa columna de Mary O`Grady donde se estima factible que el peronismo in toto impida que Macri termine su mandato!! Las versiones zarpadas se estarían poniendo de moda y Zaffaroni habría querido dejar en claro que él tiene el copyright. Pero aún si lo que lo movió a hablar de nuevo fue la ocasión creada por otros, que tal vez creyó podría ayudarlo a abonar su tesis catastrofista, ¿no advirtieron ni él ni los líderes de su sector que les convenía lo hiciera con mínimo rigor, que tal vez era mejor no caer en el ridículo de repetir y encima hacerlo mal?

Otra posibilidad es que pese la edad. Es mucho más sencilla como explicación, por lo menos: se trata simplemente de alguien que ya no está en pleno uso de sus facultades, y sin embargo es requerido permanentemente a dar su opinión por quienes siguen viéndolo como una luminaria sin par. Encima ejerciendo una función internacional que es de las pocas con lustre que quedan en manos de su grupo. Así quienes pretenden seguir usándolo para sus fines no le hacen ningún favor, ni se lo hacen a sí mismos, pero ninguna de las partes parece darse cuenta, ni tampoco tener muchas otras opciones a la mano.

Más allá de lo que puedan pesar estos últimos dos factores hay también otro que ayuda: la tendencia a valorar mucho más la propia subjetividad que los datos de la realidad, y a creer por lo tanto que tarde o temprano la realidad se va a acomodar a lo que creen de ella, y no que tengan que hacer un esfuerzo inverso por entenderla mejor. Eso siempre fue así, no es de ahora, sólo que desde hace un tiempo queda a la vista que es un problema, pues tienen cada vez menos poder para forzar las cosas. El voluntarismo persiste, entonces, como un resabio de sus buenos tiempos, pero los lleva a cumplir el penoso rol de agoreros impotentes, una doble desgracia.

Dicho lo cual, propongo que cerremos la cuestión y nos dediquemos a lo que realmente reviste interés, que es mucho y muy variado.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 13/2/18

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Macri, tentado de hacer populismo de derecha

Cuando el malhumor social crece, los gobiernos suelen tratar de canalizarlo contra algún chivo expiatorio. Los inmigrantes vagos o mafiosos, el imperialismo, los periodistas mentirosos; elegirán el que más les guste según las circunstancias o su ideología. Hacerlo entra dentro de la categoría de populismo, y cuando se practica contra algún grupo social subordinado o desfavorecido de la sociedad, es de derecha.

Recurrir a algo de esto puede que esté germinando en las cabecitas de nuestros gobernantes, un poco asustados ante la evolución de las encuestas en los últimos dos o tres meses, y por las malas noticias que se siguen multiplicando en materia económica, no todas fruto de la voluntad oficial y por tanto tampoco al alcance de una posible revisión de su parte: el dólar sube y las tasas internacionales también, así que frenar la inflación va a llevar todavía más tiempo, y mientras tanto habrá que acelerar el ajuste del gasto para bajar el ritmo de endeudamiento en el menor tiempo posible; como si fuera poco la sequía complicará aún más la balanza comercial y uno de los pocos motores genuinos que empujan para adelante la economía; faltaría que Messi se esguince un tobillo para que el pánico se desate.

Por suerte hay todavía algunas buenas noticias para compensar, la economía sigue creciendo, la protesta social, mientras la encabece Moyano, no tiene muchas chances de escalar, y la oposición sigue dispersa. Pero bastó con el combo de mala onda de diciembre y enero para que Macri diera una probadita a la tentadora receta populista. Y con eso se desató la moda de celebrar la mano dura en materia de seguridad.

Como suele pasar con estas cosas, una vez abierta la puerta, el populismo se alimenta de sí mismo: como los remedios que ofrece son más bien pobres y generan nuevos problemas antes que soluciones, hacen falta dosis crecientes de la medicina si uno no quiere reconocer el error y que no debió nunca meterse por este camino.

Así sucedió ya con el caso Chocobar: como no iban a quedar muy bien si reconocían que no habían visto el video de cómo y cuándo el policía disparó sobre el asaltante de La Boca, Peña y Bullrich dieron a entender que no les importaba, es decir, que preferían que los tomaran por brutales derechistas antes que por improvisados.

En los últimos días se sumaron varias más de estas escaladas involuntarias, o semi voluntarias. Pasos adelante en una deriva populista que va contaminando la política de Justicia y Seguridad, pervierte los roles que la Constitución establece cada uno debe cumplir, y no se sabe muy bien dónde va a terminar.

El fiscal de la causa contra Chocobar, Ricardo Sáenz, en vez de llevar la parte acusatoria se plegó a la defensa y pidió el sobreseimiento. Y encima lo hizo por twitter con un argumento más político que jurídico y ajustado a las evidencias disponibles en el caso: “el delincuente elige poner su vida en riesgo y el policía tiene la obligación de defender a los ciudadanos. Salgamos del laberinto de dejar salir a delincuentes peligrosos y cargar sobre los policías que dan su vida para protegernos”. Si quiso quedar bien con Macri tal vez con esa fraseología ahora de moda lo consiguió pero parece que los jueces de la cámara del crimen alguna incomodidad sintieron ante su miltantismo porque decidieron no considerar su alegato.

Mientras tanto un conato de rebelión se desató en la comisión de expertos que está elaborando en el Ministerio de Justicia una propuesta de reforma del Código Penal: para varios de sus integrantes las ideas que impulsa Patricia Bullrich, y que parece avalar el presidente, respecto al uso de la fuerza por parte de uniformados no serían ni remotamente aceptables. Si esta es la tesitura que ahora se va a ir imponiendo, ¿renunciarán?. Fueron convocados en una época en que también en este terreno se hablaba de moderación y prudencia, varios de ellos son progresistas que no comparten las tesis del garantismo zaffaroniano pero tampoco las de la mano dura. Por ahora lo seguro es que se instaló un germen de tensión y desconfianza, nada que ayude a un buen entendimiento.

Por último, y de nuevo a través de Bullrich, el gobierno logró hasta pelearse con los pocos que en las ONGs de derechos humanos venían tratando de ayudarlo.

Tras el paso de la ministra por Washington para firmar acuerdos con el FBI, en ocasión de los cuales volvió a hablar muy entusiastamente del cambio de doctrina a favor de “cuidar a quienes nos cuidan”, se cruzó mal con el responsable para América de Human Rights Watch, el chileno José Miguel Vivanco, que hace poco criticó duramente a Zaffaroni por sus burradas destituyentes, y objetó también a la CIDH por la politización de sus intervenciones tanto contra el gobierno argentino como en otros casos.

Nada de eso convenció a Bullrich de moderarse en su inclinación a usar argumentos descalificatorios. Cuando Vivanco osó decir que el mensaje que ella estaba difundiendo podía entenderse como “darle carta blanca a las fuerzas de seguridad para cometer abusos” lo emparentó con el garantismo bobo y directamente lo sumó a la bolsa de culpables del auge del delito: “tiene una mirada que en la Argentina nos ha costado un aumento de la violencia, el aumento de tasas de homicidio”. Con lo que escaló en más de un sentido la deriva populista.

Si los culpables de los males que padecemos son no solo los delincuentes, los imperialistas o los vagos si no también los que opinan diferente que nosotros sobre cómo tratar a los delincuentes, los imperialistas y los vagos, entonces ingresamos ya en una fase superior de populismo, mucho más virulenta. Más o menos como cuando Néstor y Cristina Kirchner empezaron a hacer lo mismo con quienes no compartían sus puntos de vista.

¿Será que en el actual gobierno no se dan cuenta de la trampa en que están cayendo porque también la tentación de acallar las críticas viene creciendo? ¿Hace cuánto que no reconocen un error y revisan decisiones tomadas tal vez demasiado al calor de los hechos?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/2/18

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Chocobar, Bullrich, Durán Barba, enredados sobre la seguridad que queremos

Ojalá salga algo bueno de este trágico enredo que se inició con la por lo menos polémica intervención del policía Luis Chocobar tras un asalto violento en La Boca, y siguió con el uso político que a los apurones el gobierno quiso hacer del caso.

Por ahora, lo que se ve no es demasiado estimulante: un Ejecutivo que trata de fugar de su propio atolondramiento y confusión con el asunto, aunque con una idea en mente que no quiere abandonar, darle un tono más de “mano dura” a su política de seguridad, sin mayores precisiones.

Por empezar, porque tienen que desembarazarse del mal trago que significó que el presidente le levantara el brazo al héroe del día, y al día siguiente se revelara que tan héroe no había sido.

Para lo cual tanto el jefe de gabinete Marcos Peña como la ministra de Seguridad optaron por la ratificación: dicen que sabían del video que compromete al policía, como dando a entender que prefieren que los acusen de ser brutales antes que de torpes e improvisados. Es una salida, con sus ventajas y desventajas.

Tal vez reconocer el error en este tema y en este momento les sería más costoso. Y creen en serio que la mayoría de la sociedad los va a acompañar con o sin video, porque quiere más Chocobares en las calles y menos jueces Velázquez y verso garantista en los tribunales. Puede ser. Pero conviene cuidarse de la esquizofrenia colectiva: es cierto que mucha gente está en esa tesitura, pero sucede como con la represión de los piquetes, ¿va a seguir estando del lado del gobierno si empiezan a multiplicarse las escenas violentas y los muertos por la espalda?

Durán Barba quiso aportar lo suyo pero pisó otra vez el palito con su habitual desprolijidad argumental. Dijo que la sociedad quiere pena de muerte, es decir, que está mucho más a la derecha que ellos, el gobierno. Como dando a entender que no es que en el Ejecutivo se estén radicalizando o se dejen llevar por reflejos algo fachos, sino que apenas se acomodan moderadamente para atender una demanda que los acosa “desde abajo”. El problema sería “la gente”, no ellos, en suma.

Pero no hay ninguna encuesta que confirme la jugarreta de Durán Barba. Sí hay mucho energúmeno virulento en las redes sociales y entre los comentaristas de los diarios, minorías intensas que hacen algo de ruido sobre este y otros asuntos desde hace años. Pero si ese es el termómetro con que el consultor presidencial palpa el ánimo colectivo estamos realmente en problemas. Y si sólo nos quiso camelear con un argumento ad hoc para disimular y justificar el barquinazo que dieron con la entrevista presidencial a Chocobar la semana pasada, debería estar más atento a los riesgos de falsear la realidad e inventar demandas que no existen: ¿con esta tesitura el gobierno no terminará legitimando y poniendo en el centro de la escena a esos energúmenos, al presentarlos como “la voz de la sociedad que es preciso escuchar”?

Lo más interesante en este por ahora precario debate lo planteó la ministra Bullrich y fue su intervención en el programa radial de Ernesto Tenembaum. Hay que cortar el circuito que reproduce la desconfianza social hacía las fuerzas de seguridad y su inercia de mal funcionamiento, confiemos en ellas y hagámoslas trabajar, una idea que suena razonable. Para empezar, cambiando los protocolos que regulan su acción cotidiana frente al delito, el uso de armas de fuego y demás instrumentos que van a permitir mejorar, activar, y también juzgar su comportamiento. Ahí sí hay argumentos nuevos y potencialmente provechosos.

Aunque también aparecen exageraciones, y surgen más dudas. Para empezar, si Bullrich admite que el protocolo sobre cómo se detiene a un posible delincuente en fuga está en proceso de reforma, lo primero a determinar es cuál regía para el caso Chocobar, el viejo o el nuevo, y qué dice cada uno exactamente respecto a una persona que no se detiene ante la voz de alto, pero tampoco tiene un arma en la mano ni amenaza a nadie, ¿se le dispara, se dispara al aire (no parece la mejor idea en una zona muy poblada)? Hay problemas asociados a cada alternativa, y no habría que pasar de ellos como si no existieran o reducirlos a opciones fanáticas del estilo “¿qué quieren, canas desarmados? ¡A ver cómo nos va con eso!”.

Lo segundo es precisar qué quiere decir que la confianza, o el beneficio de la duda, tiene que estar del lado de las fuerzas de seguridad. Porque, primero, ese es un privilegio de todo sujeto de derecho en un sistema legal como el de nuestra Constitución, ya incluye a los policías. Y segundo, si lo que se quiere es que haya un beneficio especial a favor suyo, un plus de confianza en ellos digamos, para incentivarlos a actuar y no a estar cuidándose la espalda todo el tiempo, lo que Bullrich y el Estado deberían proporcionar es también garantías extra que justifiquen ese plus, por ejemplo, mejor formación y controles internos con reglas precisas y bien legitimadas, para que los mismos agentes sepan a qué atenderse, no reciban señales confusas de sus jefes, los jueces, los medios, etc., sepan que su uso de la fuerza va a poder luego justificarse.

Lograr esas reglas no debería ser en este caso muy difícil, o al menos el Ejecutivo no debería sentirse al respecto tan sólo como en otros terrenos, el laboral o el previsional: también el grueso del peronismo, a través de gente como Massa y Pichetto, ha sentado posiciones duras, más duras incluso que las oficiales. ¿Por qué no aprovechar ese principio de entendimiento para avanzar en serio, sin tanta sobreactuación inútil? Con gradualismo y moderación, como gusta el gobierno practicar en otros asuntos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/2/18

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Moyano reemplaza a Cristina como “malo ideal” para el gobierno ¿El peronismo, escapará a esta nueva polarización?

La política odia el vacío. Así que alguien tenía que ocupar el lugar que quedó un poco vacante desde la derrota de Cristina Kirchner en las legislativas en octubre pasado y su paso al costado de la escena pública desde entonces.

Y para alivio del gobierno, que hay que reconocer que si algo tiene es suerte, el reemplazo es un entre acorralado y avejentado Hugo Moyano, tan poco moderado como siempre y acosado por casi tantas causas judiciales como Pata Medina y Balcedo.

Es claro que Macri y los suyos llevan las de ganar en esta reeditada polarización, porque saben que lo esencial de la disputa no se juega entre los dos polos, sino con los terceros, a los que alcanza con convencer que no se sumen al adversario. E igual que sucedió contra el kirchnerismo, tienen grandes chances de lograrlo porque el resto del peronismo sufre y de nuevo se divide, desesperado por tomar distancia del líder camionero.

Una de las ventajas de estar en la oposición es que uno se puede relajar: puede decir que se ocupen los que ganaron, que se arreglen con el quilombo del día a día, nosotros mientras tanto nos tomamos las cosas con calma.

No es lo que sucede hoy en el PJ y los sindicatos, no tienen ese consuelo porque los días que corren no les dan descanso. Apenas despuntaba la caída en las encuestas del presidente y su gestión, y ya enfrentan de nuevo dolores de cabeza más graves que los del oficialismo. Que les impiden tomar distancia y trabajar en una renovación más o menos inclusiva y vendible.

Ahora porque tienen enfrente la urgente necesidad de zafar de la polarización planteada entre los Moyano, y sus nóveles aliados kirchneristas, que creen que Macri va con todo con el ajuste y la “persecución judicial” así que hay que poner toda la capacidad de movilización posible en acción para frenarlo; y un gobierno que necesita efectivamente concentrar las malas noticias económicas en estos meses, y que ya no cree que sea posible ni conveniente salvar a los Moyano del inesperado celo investigativo de los jueces, así que decidió cerrarle los canales de diálogo que mantenía hasta hace poco abiertos con ellos.

¿Qué pueden hacer los gobernadores, Pichetto y Bosio, los sindicalistas dialoguistas, que son si no la mayoría los de gremios más importantes? ¿Se dejarán llevar de las narices por las urgencias judiciales de unos, por la necesidad de ajustar de los otros, o les pasará como en las elecciones del año pasado, se terminarán dividiendo entre los que se moderen y los que se radicalicen y ninguno de los dos grupos saldrá bien parado?

Por ahora parece que nadie se quiere prender en la cruzada de los Camioneros y las CTA. Ni siquiera los movimientos sociales lo han hecho: mantienen su propia marcha para mediados de mes. Menos motivos para que el peronismo se sienta compelido a participar. Pero las respuestas de su parte fueron ambiguas. Urtubey salió fuerte contra las amenazas de Moyano sobre “el poco tiempo” que le queda a Macri: “a través de la presión pública está tratando de frenar investigaciones”. Bossio fue más ambiguo y acusó a Macri de escalar el conflicto por su propio beneficio. Cuando los políticos empiezan a hacer de comentaristas es porque se quedan sin nada que hacer.

Encima la perspectiva de una fractura de la CGT antes de que llegue a movilizarse se va fortaleciendo en estos días. “No podemos distraernos con acciones espasmódicas que responden a un interés personal” twiteó Héctor Daer, el triunviro más moderado. Quien agregó poco después en declaraciones radiales que el renovado protagonismo de Moyano es lisa y llanamente “involucionar” y que si la decisión de marchar genera divisiones habrá que elegir una nueva conducción.

Seguro no fueron planteos solo personales. Daer quiso dejar en claro que a los “gordos” que él representa en la cúpula cegetista no les agradó nada que el Consejo Directivo la semana pasada avalara la marcha sin escucharlos, y menos todavía les agrada la acusación de los Moyano y sus aliados kirchneristas de que traicionan a sus afiliados y se someten al gobierno.

La actitud dura de Daer parece haber tenido ya efectos en el débil frente armado por Moyano y tal vez en el propio frente familiar. La actitud de Juan Carlos Schmid es la que menos se entiende: salió a pedir que su colega abandonara la conducción de la CGT, pero a la vez anunció dos veces seguidas que se cambiaba la fecha del 22F por alguna otra que no precisó, con el argumento de que coincide con la tragedia de Once y los familiares de las víctimas lo venían reclamando. También Facundo Moyano hizo gestiones en ese sentido. Tal vez a esta altura solo Pablo Moyano esté decidido a apostarlo todo a esta marcha.

Como sea, volviendo al peronismo, el problema es cuán golpeados van a quedar de nuevo los moderados, aunque logren neutralizar la presión moyanista y la marcha en sí tenga poco impacto. ¿No harán de nuevo el papel de jamón del sándwich, atrapados entre los que luchan contra el ajuste y los denuncian por colaboracionistas, y quienes lo aplican cada vez más decididos a no perder tiempo en negociaciones dilatorias? Al menos podrán decir que no es de ellos de quienes habla el gobierno cuando dice que “no va a dejarse condicionar por quienes tienen problemas en la Justicia” e inventan un clima de protesta social que no es tal. Para sindicalistas como Daer, Cavalieri y Andrés Rodríguez ese sí es un premio consuelo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/2/18

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Chocobar mintió y dejó en off side a Macri

El video no deja lugar a dudas. El ladrón que huía luego de asaltar y herir a un turista norteamericano en La Boca el pasado 12 de diciembre no amenazó al agente Luis Chocobar ni a ninguna otra persona mientras trataba de escapar, sólo corrió, hasta recibir varios disparos por la espalda y caer al piso, desde donde parece levantar las manos para que ya no le disparen.

Así que el policía de Avellaneda mintió: Pablo Kukoc, quien falleció días después por los disparos recibidos, no se dio vuelta, no iba hacía él blandiendo un cuchillo ni ninguna otra arma, no estaba “amenazando a otros masculinos” ni a nadie más; así que él no tenía por qué disparar, menos que menos hacerlo tres veces y arriba de la cintura.

Si el juez Enrique Velázquez conocía estas imágenes y fue en base a esa información que procesó a Chocobar por “homicidio con exceso en la legítima defensa” no está claro. Porque por lo que se ve en la grabación no hubo ni legítima defensa ni exceso en ella.

Pero lo fundamental es entender lo que hizo el Ejecutivo con el caso, un día antes de que se conociera esta información en todo el país (difundida primero por Infobae y luego reproducida en todos los portales y noticieros): ¿cómo entender su atolondrada intervención en el asunto?, ¿no sabían en el gobierno qué había sucedido, pese a que ya había transcurrido un mes y medio de los hechos? ¿Por qué decidieron respaldar al tirador, jugando al propio presidente en la movida? ¿Simplemente se dejaron llevar por una repentina urgencia de recuperar puntos en las encuestas, descontando que siempre rinde apoyar la mano dura, alentados tal vez también por el aparente “exceso” del juez en disponer un embargo por 400.000 pesos y acusar de un delito grave a Chocobar, que sonaban a saña contra un “valiente”?

Tal vez habrán pensado que luego de los papelones que hizo el llamado garantismo en los últimos meses, el penoso ocaso del caso Maldonado, las recurrentes burradas del ex juez Zaffaroni, las denuncias contra la “represión salvaje” en medio de la lluvia de piedras de la Plaza de los Congresos, no hay que preocuparse ya más ni por lo que dicen los organismos de derechos humanos ni por los “detalles” en los enfrentamientos entre policías, delincuentes o grupos violentos, pase lo que pase hay que ponerse siempre del lado de los uniformados.

Mala idea. Y peor todavía si al desprecio palmario de los procedimientos policiales se suma una dosis equivalente de desconocimiento de los hechos e improvisación política. Porque a la inmoralidad de avalar el gatillo fácil se sumó entonces en este caso la enorme torpeza de hacerlo sin tener idea de lo que realmente había pasado ese día y de los riesgos que se corrían metiéndose de cabeza en el asunto, para dar cátedra sobre lo que hay que hacer en las calles, ahora que “llegó el cambio”.

En todo sentido, un verdadero papelón. ¿Puede todavía salir del brete en que se metió, podrá hacerlo sin pagar un alto costo?

Tal vez no y prefiera fugar hacía adelante, vistas las dificultades de decir “ups, me equivoqué” apostarán a que el asunto se olvide y termine en algo así como un empate, porque de última creen que a la mayoría no le importa que a los ladrones los baleen, o incluso lo celebra.

O por ahí intentan hacer como con Triaca, subir la apuesta: podrían inventar la regla de que todo policía que le mienta en la cara al presidente, se burle de él y se haga pasar por un valiente además de dar con sus huesos en la cárcel como si hubiera, digamos, matado a alguien por la espalda, reciba como castigo extra que no podrá tener ya ningún familiar en la función pública. Basta de impunidad y nepotismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/2/18

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La izquierda dura, entre la desesperación K y la ambigüedad sindical

Las formaciones de izquierda trotskista son toda una curiosidad de nuestro sistema político. Mientras ocupen un lugar marginal son solo eso, una peculiar y hasta puede que simpática curiosidad. Una vía de escape romántica para las energías de jóvenes que todavía ven el sistema desde afuera. Pero si se volvieran más gravitantes, ¿no pasarían a ser dañinas para la democracia?

Preguntas como esta están dejando de ser tema exclusivo de los paranoicos de derecha que ven en cualquier trapo rojo una amenaza mortal desde que hay indicios de que algo nuevo está pasando en aquel extremo del arco político, algo que tal vez ofrezca a esos grupos la oportunidad de adquirir mayor protagonismo, sumando aliados y legitimando sus ideas y métodos.

En otros lugares del mundo hay grupos antisistema globofóbicos, ambientalistas o anarquistas, pero es raro que sobrevivan y mucho menos graviten quienes combinan todo eso en una sopa ideológica cementada en la lucha de clases en clave marxista y apuestan a radicalizar todos los conflictos particulares para desatar una situación revolucionaria que solo resolvería la clase obrera. ¿Por qué es esto diferente entre nosotros? Seguramente lo alientan la centralidad que el peronismo todavía otorga a la lucha sindical y la dificultad de que florezca una izquierda moderada, socialdemócrata o de otra orientación, en un ambiente donde el monopolio de la negociación y la moderación lo ejerce también, con su peculiar estilo, ese peronismo sindical. La única forma que queda entonces disponible para ser distinto en los gremios, en las universidades y las escuelas secundarias termina siendo replicar y extremar la exaltación del viejo proletariado y ser inflexible al actuar en consecuencia.

Se entiende de allí también por qué empresarios y gobiernos hayan terminado siempre por preferir la reproducción de nuestro sistema sindical: si la alternativa es la más extrema radicalización mejor quedémonos con lo que hay, el “modelo” tiene sus costos pero ofrece también soluciones. Y así hemos ido tirando.

Dos circunstancias sin embargo complicaron en los últimos tiempos esta normalización de la anormalidad. De un lado, que el modelo resultante ha llegado a un punto en que opera sólo a condición de reproducir serios desequilibrios macroeconómicos. Del otro, que la crisis del peronismo abre la puerta para que quienes recogen sus promesas y denuncian su incumplimiento puedan soñar con crecer a su costo.

Ninguna de estas circunstancias es en verdad nueva, pero sí lo es la forma en que se combinan y el contexto en que se dan: un gobierno “de ricos y para ricos” obligado a practicar ajustes, un peronismo en la oposición dividido y debilitado electoralmente, con perspectivas de seguir perdiendo influencia, una economía mediocre y niveles muy altos de pobreza y exclusión que con suerte bajarán gradualmente. A todo lo cual se suma que el sindicalismo peronista enfrenta como nunca antes graves acusaciones de corrupción y una porción de ese partido también está decidido a jugar la carta de la rebelión antisistema, por desesperación ante su rápido declive y sus propios problemas con la Justicia.

Para el trotskismo no podría haber mejor caldo de cultivo. Finalmente ¿quienes si no ellos pueden conducir el gremialismo alternativo, “democrático” y honesto, que hoy hace falta?, ¿si siempre denunciaron las prácticas opacas y la inconsecuencia de la burocracia sindical, quién más podría beneficiarse de su caída en desgracia? La promesa de saneamiento institucional del macrismo, operada encima en confusas dosis con vistas a prohijar una oportuna vuelta a la moderación y negociación de esa burocracia, terminaría así actuando en su beneficio, para desgracia de sus impulsores.

Para lo cual descuentan además la colaboración de las huestes de jóvenes y no tan jóvenes que aún creen en Cristina y se referencian en el ethos kirchnerista, se sienten cada vez más marginados en la interna peronista e injustamente perjudicados en la arena electoral, y por tanto tienden a buscar una salida por vía de radicalizar la protesta donde sea que conserven presencia. ¿Cuánto avanzará esta convergencia antisistema? Y en ella, ¿quién terminará usando a quién?

Si el gobierno se vuelve más creíble en sus iniciativas de saneamiento del gremialismo y en el simultáneo respeto de sus legítimos derechos, y deja de errar tanto por exceso como por defecto en ese frente, probablemente esta dirigencia, o al menos su porción menos salvaje, termine encontrando la utilidad y el camino para moderarse y negociar. Como lo hizo siempre que le convino. Y si la cooperación de los moderados en torno a la distribución de las cargas del ajuste sigue dando frutos para gobierno y oposición los reductos kirchneristas seguirán secándose de apoyo de masas. Por lo que en ninguno de esos dos terrenos el recurso maximalista y violento a las protestas prosperará.

Pero el trotskismo igual lo va a intentar. Entiende que su posición quedó fortalecida luego de los sucesos de diciembre, que ganó visibilidad en el rol de oposición y le conviene pegarse a los K para recoger sus pedazos y denunciando la ambigüedad de la CGT, que patalea pero no lucha. En ese esfuerzo puede que encuentre eco, tal vez resignado, de otros actores de izquierda que no ven alternativa a la mano para hacerle frente al macrismo. Incluso en gente otrora atenta a la salud de las instituciones, que ve un avance incontenible de la derecha que hay que “frenar como sea”. En ellos también campea la desesperación: ¿por qué preocuparse por algunos piedrazos u otros desbordes menores si hay que evitar que el país vuelva al capitalismo salvaje, a la represión, la desocupación galopante? ¿A quién apoyar y votar si no, ahora que hasta Stolbizer y los socialistas se diluyeron? Una pena si después de haber al menos en parte resistido la cooptación k, la izquierda argentina se deja llevar aún más extendidamente a esta ola de antimacrismo virulento, fruto más de sus miedos que de una reflexión razonada.

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Control de la “inflación de la política”, una tarea con varios objetivos

En Argentina una enorme cantidad de gente vive de la política. De la “función pública” es decir de un empleo más o menos permanente en el Estado. O de la “lucha política”, cargos eventuales atados a la suerte en elecciones. Aunque muchas veces unos y otros se mezclan y combinan, los cargos políticos se convierten en permanentes y viceversa.

Quienes viven de esas actividades lo hacen con el objetivo declarado de producir bienes públicos. Pero como sabemos estos bienes son bastante malos, en muchos casos injustificadamente malos. Para generarlos pagamos muchos impuestos, en ocasiones parecidos a los de países desarrollados. Pero lo que recibimos en términos de educación, justicia, seguridad y salud en muchos lugares del país se parece a los de los países más atrasados, que al menos tienen la ventaja de pagar bajos impuestos.

Durante el ciclo kirchnerista este problema se ignoró, se infló y tendió a volverse insostenible. Porque según ese proyecto que gobernó 12 años repartiendo a manos llenas plata del erario público, el problema estaba en otro lado, no en el Estado y la calidad de la gestión. Era culpa de los grandes empresarios que no invertían, de la derecha que se la pasaba conspirando contra los “gobiernos populares”, del imperialismo que nos acosaba desde afuera con la insólita pretensión de que pagáramos las deudas, del liberalismo que nos había llevado a despreciar las bondades del “Estado benefactor”, aunque entre nosotros él se pareciera a un Estado malhechor. En fin, la lista de malos fue larguísima. Y en todos los casos tenía enfrente a los mismos actores, los políticos auténticamente democráticos y populares, es decir ellos mismos, y su séquito sostenido por el presupuesto público.

Cuando llegó Macri al poder y se enfrentó a esta cuestión aplicó en él la consabida fórmula del gradualismo: esperemos y no exageremos los problemas, a ver si todavía desinflamos el optimismo social. Hicieron un poco de ruido con la anulación de unos pocos contratos injustificados y multiplicados irresponsablemente en los últimos meses de gestión de Cristina Kirchner, pero poco más que eso.

Más todavía, al mismo tiempo creyeron necesario atraer profesionales con buenos trabajos en la actividad privada a la función pública, y para lograrlo les ofrecieron altos cargos con buenos sueldos. De allí la inflación de secretarías, subsecretarías y direcciones, que agravó aún más el problema. Además, primero suspendieron y luego reabrieron la tercerización de contratos a través de universidades y otros organismos que deberían ocuparse mejor de sus propios asuntos. Con lo cual recrearon un sistema de remuneraciones opaco, discrecional, en suma, anárquico.

A ello se sumó que empezaron a aparecer casos de nepotismo y designaciones injustificadas en la nueva gestión, y la idea de que la “nueva política” iba a resolver todos los problemas de la “vieja”, usada hasta el hartazgo por todos los gobiernos democráticos desde los años ochenta sin mayores resultados, volvió a sonar a verso.

Ahora, algo tarde pero mejor tarde que nunca, en la gestión de Macri parecen haber descubierto que los talentos de la actividad privada no siempre son útiles en la función pública, o al menos se requiere de un esfuerzo extra convertir una cosa en la otra. También descubrieron que el optimismo social igual se iba a moderar aunque ellos derrocharan buena onda de mejores augurios, y acomodarlo a un mayor realismo no era mala idea porque de otro modo las expectativas incumplibles iban a empezar a jugar en contra. Por último, han hallado la necesidad y urgencia, en un año de ajustes ya impostergables, de poner en marcha iniciativas para tener un mejor Estado, antes que volver a la simplista contraposición de “achicar el Estado para agrandar la nación” que circuló en épocas de una derecha privatista más fanática e ideológica.

De allí que la modernización de la gestión pública se haya lanzado con algo de retraso pero con objetivos múltiples: relegitimar al gobierno en su esfuerzo por controlar el gasto excesivo y la lucha contra la inflación, dar el ejemplo a gobernadores e intendentes que tal vez lo imiten y recorten algo de sus enormes platillas, disipar la polarización entre “gobiernos populares” y “gobierno de los ricos ajustadores”, mostrar que efectivamente lo que prometió Macri en noviembre, “que cada uno deberá ceder un poco” se va a aplicar con ecuanimidad e incluyendo a los propios y aliados.

Ojalá funcione mejor que en las muchas ocasiones del pasado en que se prometió hacer algo en serio para que la función pública y el propio ejercicio de la política sean lo que deben ser, tareas de servicio al bien común.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/1/18

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