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Cenicienta Scioli, ¿tendrá carroza o calabaza?

La campaña presidencial se acelera, y como le sucedería hasta al mejor de los tiempistas, llega el momento en que Scioli se va quedando sin tiempo, ya no puede estirar las cosas: deberá demostrar bien pronto y de una buena vez si es efectivamente todo lo hábil y calculador que pretende o algo de cierto había en las extendidas sospechas sobre sus limitaciones como líder político.

Le pasa además algo que también suele afectar a los tiempistas: que como se han capacitado tanto en el arte de esperar no sólo no están en condiciones de construirse a sí mismos la oportunidad que necesitan, sino que en ocasiones ni siquiera logran reconocer la forma y ocasión en que se les presenta la que los demás pueden ofrecerles. Justo cuando llega el momento que por años estuvo esperando para apostarlo todo, para taparle definitivamente la boca a los que lo han despreciado todo este tiempo, mostrar que lo suyo era paciencia y prudencia y no falta de garra, la lancha no arranca, o el timonel se distrae mirando para otro lado, y todo se va al tacho de un día para el otro.

El problema, claro, está lejos de reducirse a una cuestión de carácter.

El gobernador bonaerense decidió hace tiempo que primero tiene que sortear las resistencias del kirchnerismo duro, para evitar que cualquier otro aspirante pueda crecer sobre el voto oficial más fiel, y asegurarse así la candidatura del FPV, y recién después preocuparse por la competencia por los votos moderados, dubitativos o independientes con Macri y Massa.

Pero sucede que, al diluir su diferenciación y tratar de mimetizarse con el kirchnerismo, parece estar logrando el efecto contrario al esperado, y por una doble razón: deja de ser útil para Cristina y los suyos, por perder al menos parte de esa capacidad hasta aquí tan propia suya de atraer votos y simpatías que a aquellos por sí mismos les resultó siempre difícil conquistar, sin llegar a ser para los K más confiable que antes. Dicho más simplemente: paga un costo doble para no conseguir nada, porque los votantes móviles que le permitían cotizarse en el campo oficialista le creen cuando jura lealtad a Cristina y derrocha continuismo, y se alejan de él, mientras que los jefes oficialistas siguen sin creerle y pueden dejar de considerar siquiera un mal necesario su compañía.

En parte estos problemas se originan en un desajuste temporal. A lo largo del año pasado Scioli fue fortaleciendo su opción por la segmentación de sus apuestas electorales: mimetización oficialista hasta la inscripción de las listas en junio próximo, tal vez algo menos durante la campaña para las PASO de agosto, aunque sin renunciar a buscar la conciliación y el acuerdo con Cristina, para volver a diferenciarse recién sorteada esa instancia. Dos tendencias gravitantes hasta enero lo alentaron a atarse a este programa: la economía se estabilizaba aun cuando seguía asediada por riesgos de desequilibrio de diverso origen, con lo que el miedo al cambio tendió a fortalecerse, por un lado, y la oposición seguía parejamente dividida entre massistas y macristas, con Unen terminando de complicarle la vida a los que buscaban formar una mayoría alternativa, por otro.

Pero desde el inicio de este año es claro que esas dos tendencias han tendido a debilitarse. Para empezar, porque por más que los encuestadores que paga el presupuesto bonaerense insistan en que la suerte de Nisman o los casos de corrupción no importan o tienen un efecto marginal, es indudable que ellos combinados con la persistencia del estancamiento con inflación han horadado la eficacia del argumento con que el oficialismo viene estimulando el miedo al cambio (“cuidemos lo conseguido en estos años de la amenaza de quienes quieren que las cosas cambien”), y alimentaron el hartazgo con un conjunto de figuras públicas, gestos y políticas justo cuando Scioli más se esforzaba en asociarse a ellos.

Y además, porque este contexto más negativo de lo esperado para el gobierno, sumado a errores y aciertos muy desparejamente distribuidos en el campo opositor, determinaron que se produjera un rápido cambio de clima en él, con un claro polo ganador y un acelerado declive de los demás. En lo que se demuestra de paso hasta qué punto la pretensión de tener electorados cautivos y de competir en espacios estancos es una ilusión de los dirigentes y una fuente de errores.

Cobos y Binner, dos aspirantes unos meses atrás nada despreciables, resignaron sus postulaciones en espacio de una semana sin que siquiera sus colaboradores más estrechos se esmeraran en disuadirlos. Y sus votantes potenciales tienen tan pocas chances de orientarse hacia lo que queda de UNEN, detrás de la candidatura de Margarita Stolbizer como tuvo en 1983 el PI de Oscar Alende de revivir las fronteras que dos décadas antes habían llevado a frondicistas y balbinistas a odiarse mutuamente con tanta o más dedicación que la que ponían en ello peronistas y antiperonistas.

Massa tiene más con qué resistir, aunque ya se debate entre una candidatura a suceder a Scioli, con lo que terminaría de aguarle sus planes, o la reorientación de su campaña, hasta aquí incapaz de recrear la transversalidad, hacia el voto peronista de sectores bajos, lo que también significaría un dolor de cabeza extra para el ex motonauta y un indirecto servicio para el PRO.

Con lo cual una situación que ya no pinta bien para Scioli puede volverse bien pronto bastante peor. Porque si el ritmo de la competencia electoral se sigue acelerando, los apoyos moderados e independientes que él cree estar resignando sólo tácticamente, hasta llegar a las PASO, no sólo van a terminar siendo bastante más numerosos de lo esperado sino sobre todo se volverán mucho más difíciles de recuperar: como han dicho diversos analistas en las PASO no se decide nada pero se puede definir todo, porque aunque en varias fuerzas no habrá competencia ni real ni simulada ellas van a arrojar un resultado decisivo para orientar el voto estratégico hacia el mejor posicionado para ganar, quien a menos que se equivoque fiero podrá crear un efecto bola de nieve a su favor entre agosto y octubre.

Nada de esto tal vez impida que Scioli logre finalmente su sueño de ser candidato a presidente. Pero tanto ha deseado ese momento que le conviene recordar que los dioses suelen atender los ruegos de quienes quieren perder. Como van las cosas es probable que el día que consiga su candidatura sea al mismo tiempo el merecido premio por toda su esforzada carrera y el punto final de la misma, y se vea arrastrado a hacer en primera vuelta un papel tan pobre como el que doce años atrás espantó a Menem de la segunda, lo que tal vez lo lleve a quedar relegado a un penoso tercer puesto.

No es casual que los peronistas del interior que aún pueden desdoblar sus elecciones estén en este contexto cada vez más inclinados a hacerlo, a medida que la elección nacional pierde para ellos atractivo. Claro que otra es la situación de distritos que votan obligadamente con las presidenciales, como provincia de Buenos Aires. Allí es, además, donde más se demora la construcción macrista, y donde por tanto todavía flamea la llamita de la esperanza sciolista. Aunque también lo hace la massista. Y el problema es que aunque la provincia es muy grande, no lo es tanto como para satisfacer las expectativas de dos peronismos a la vez. También allí una guerra fratricida entre ambos puede dejar muchas bajas en las intendencias, y por eso sus caudillos están dedicados estos días a confundir del todo las ya desde antes porosas fronteras entre el FPV y el FR, y presionar a sus respectivos jefes para que encuentren la forma de no entorpecerles la reproducción de su poder territorial. Si ninguno de los dos puede darles una solución ellos son capaces hasta de imitar a Reutemann, y Scioli y Massa lo saben.

por Marcos Novaro

Publicado en TN, 25/3/15

 

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Macri y Sanz, similitudes y diferencias con la Alianza

Finalmente se dio el mejor resultado que podían esperar Ernesto Sanz y Mauricio Macri: la convención de la UCR votó sin rupturas ni ambigüedades el acuerdo entre sus respectivos partidos y la CC para ir juntos a las presidenciales de este año. Una mayoría contundente de los convencionales dejó fuera de juego a Cobos, Alfonsín, Morales y demás líderes radicales que apostaban a mantener en pie a UNEN o aliarse con Massa. Sin que ello redundara en un nuevo cisma partidario, de esos que típicamente protagonizan los de la boina blanca cada vez que un sector quiere conducir al resto para algún lado, con una idea más o menos definida.

De todos modos ya surgieron objeciones de aquí y de allá: que es un acuerdo oportunista y sin programa, que tiene un programa pero no lo confiesa porque es uno de derecha liberal, y la más difundida de todas, que en caso de triunfar no aseguraría una mínima gobernabilidad, no tendrá ni la presencia territorial ni las bancas legislativas que necesitaría para controlar la situación y hacer pasar sus proyectos por el Congreso, por lo que le va a ir tan mal como a los gobiernos no peronistas del pasado. La comparación con la Alianza entre la UCR y el Frepaso entre 1997 y 2001 fue evocada con insistencia. Y no sin algo de razón.

Es muy pronto para hacer un juicio definitivo, claro. Lo que hagan o dejen de hacer de aquí en más radicales y macristas, así como otros actores que ya son o pueden ser parte del acuerdo, será lo que determine que él llegue o no al poder, y una vez allí que pueda o no gobernar. El acuerdo tiene que compatibilizarse con fórmulas distritales heterogéneas, por caso con las de Santa Fe y sobre todo CABA donde radicales y macristas se enfrentan, o las de provincias donde los radicales ya han privilegiado un vínculo con el massismo, que hay que ver como se hace convivir con la alianza a nivel nacional. Ésta, por otro lado, necesitará para madurar de un entendimiento sobre las listas de legisladores nacionales y más en general sobre los mecanismos para la toma de decisiones, tanto durante la campaña como en un eventual gobierno, que hasta aquí están más bien verdes.

Aunque hay, además, unos cuantos datos estructurales que no van a cambiar por más que Macri, Sanz y todos quienes los acompañan hagan sus mejores esfuerzos. En primer lugar, por mejor elección que hagan en octubre no van a estar ni cerca de alcanzar una mayoría en ninguna de las dos cámaras. Algo que la Alianza sí tuvo en 1999 por lo menos en Diputados. En segundo lugar, tal como sucedió en 1999 van a heredar una situación signada por el estancamiento y desequilibrios fiscales y económicos bastante difíciles de desarmar. Los economistas más optimistas hablan de las buenas posibilidades que habrá para recuperar el crecimiento gracias al esperable flujo de capitales externos y de la mayor disposición a invertir de muchos actores económicos locales, pero en ocasiones esa mirada está sesgada por la lógica necesidad de darle brillo a la propuesta electoral de sus jefes políticos, o a su propia aspiración de acceso a cargos. Los más prudentes analistas advierten cada vez con más énfasis que, aunque la situación no vaya a ser tan difícil de desatar como resultó en 2000 y 2001, incluirá varios regalos envenenados que insumirán de seguro mucho tiempo y recursos: precios relativos tan fuera de equilibrio y sobre todo un tipo de cambio tan retrasado que la inflación probablemente suba antes de poder bajar; deudas en default y otras disfrazadas y de muy corto plazo que habrá que ordenar y renegociar antes de poder salir del cepo cambiario y habilitar el soñado flujo de capitales; un déficit fiscal ligado a la importación de combustibles, los subsidios a los servicios públicos y el pago de una enorme masa de sueldos en el estado que en principio puede aumentar antes que disminuir si para reactivar la economía, y sobre todo las inversiones y exportaciones, es preciso recurrir a cierta reducción de impuestos.

Además de todo esto, igual que en tiempos de De la Rúa, enfrente habrá un peronismo dividido. Y se sabe ya que en esas circunstancias las facciones en pugna de esa fuerza tienden a extremar las exigencias que plantean a quienes gobiernan, para posicionarse mejor en el camino a formar una nueva mayoría partidaria. Así, aunque ocasionalmente algunos de ellos puedan colaborar, por ejemplo dejando pasar alguna ley que el Ejecutivo necesite, o incluso sumándose circunstancialmente al gobierno, el precio será muy alto y no asegurará lealtad ninguna ni cooperación sostenida en el tiempo, todo lo contrario. Los intentos de sacar algún provecho de las divergencias entre los peronistas, le pasó a la Alianza y en su momento también le pasó a Alfonsín, a la corta o a la larga fracasan porque mientras que los no peronistas creen ingenuamente estar haciendo un buen negocio y profundizando las divergencias entre sus adversarios cuando suman a alguno de ellos a sus gabinetes o intercambian apoyo circunstancial por alguna concesión económica, son las facciones peronistas las que hacen su agosto, primero distribuyéndose entre ellas y luego compartiendo los premios presupuestarios y económicos por colaborar y los beneficios electorales de presentarse como inflexibles e indignados opositores.

Así las cosas, bien podría convenir a Sanz y Macri recordar hoy, cuando todavía están a tiempo, el tenor de las reflexiones que muchos aliancistas solían hacer cuando el curso del 2001 se volvía castaño oscuro: que de haber sabido lo difícil que iba a ser lidiar con las tareas de gobierno más les hubiera valido perder en 1999, y dejar que por una vez fuera otro peronista el que lidiara con los problemas causados por una irresponsable gestión de gobierno de ese signo.

Mal o bien, con todo, existen algunas cuantas diferencias a favor del proyecto gubernamental que están empezando a delinear Macri, Sanz y compañía, en comparación a los de sus predecesores en la hasta aquí ingrata tarea de proveer de alternativas a la política argentina.

Primero y fundamental, ni Macri es De la Rúa, ni Sanz es Chacho Álvarez. Ni viceversa. Ante todo, porque ni uno es un necio desconfiado ni el otro es un destructor serial de instituciones. Además, porque son jefes reconocidos de sus respectivos partidos y no necesitarán estar todo el tiempo cuidándose las espaldas de aspirantes a sustituirlos en el ejercicio del liderazgo. En particular para la UCR resultó en su momento un permanente dolor de cabeza tener una conducción escindida entre De la Rúa y Alfonsín, una desgracia que luego de la Convención de Gualeguaychú parece Sanz tendrá chances de evitarse y evitarnos.

Además, porque el entendimiento a que pueden llegar ambos socios entre sí tiene perspectivas de volverse bastante más sólido que el que jamás lograron los integrantes de la fórmula de la Alianza. De la Rúa estaba convencido en 1999, igual que casi todos sus correligionarios de la UCR, que sus socios del Frepaso eran unos compañeros de ruta incómodos de los que pronto se iba a poder librar, porque el bipartidismo tradicional estaba camino a reflotar y los “terceros partidos” camino a extinguirse; mientras que los líderes de esta tercera fuerza, y en particular Álvarez, creían al contrario que era la UCR la que languidecía sin remedio, así que tolerarla como aliada no obstaba a dedicarse a lo que realmente importaba, crear un nuevo movimiento transversal que empalmara las exigencias de la “nueva política” con las viejas tradiciones populistas. Hoy por suerte ni en el radicalismo anidan muchos sueños de regeneración ni en el PRO predominan los léxicos del movimientismo y el repudio a los viejos partidos. Aunque ciertamente algo de ese repudio suele ser movilizado con fines proselitistas, en la forma de una exaltación de la “gestión no ideológica” y la “nueva política”, fórmulas que de todos modos tanto sirven para una de cal como para varias de arena.

Pero la diferencia más importante está en el proyecto económico y político que ellos intentarán sustituir. Podrá el kirchnerismo legarnos una bomba de tiempo, pero no le será nada fácil después de cuatro años de estancamiento convencernos como pretende de que estará en condiciones de marcarle la cancha a sus sucesores, de que la tarea de ellos, sean quienes sean, consistirá obligadamente en mantener en pie y peor todavía tratar inútilmente de mejorar el desempeño, de un esquema económico probadamente útil para el desarrollo del país. Algo que mal o bien Menem sí logró hacer, y gracias a esa capacidad de condicionamiento siguió siendo, aunque repudiado por la mayoría, un líder todavía viable para el peronismo.

Hoy se habla mucho de los dolores de cabeza que una facción peronista opositora liderada por Cristina podrá causarle a quienes la sucedan. Pero no se atiende lo suficiente al disgusto que significará para el resto del peronismo tener a Cristina como referente al mismo tiempo inescapable y problemática en el campo opositor. Ella bien puede convertirse en un fundamental recurso de la futura gobernabilidad, en una suerte de Isabel en cuerpo presente, con un legado no tan nefasto como el de ésta, pero sí más críticamente vivo, por la inmediatez temporal y espacial. La opción de ayudarla en sus deseos de volverse líder de la oposición, deseos que en el caso de Isabel, para gran fortuna del PJ, no pasaron de ser una difusa fantasía, y a cuya promoción recordemos Alfonsín renunció demasiado pronto y fácilmente, lo que nunca dejó de lamentar, merece por lo tanto una consideración especial. Ella y sus seguidores creerán seguramente estar repitiendo y aun perfeccionando el recorrido trazado por Perón y Evita, mientras en los hechos les habrá llegado finalmente y sin querer la hora de contribuir a la democracia pluralista.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 16/3/15

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¿Massa divide al peronismo, a la oposición o se extingue?

La esperanza hasta aquí compartida de Cristina y Scioli fue que Massa dividiera el voto opositor con Macri y así indirectamente ayudara al oficialismo a ganar la presidencia este año, asegurando la continuidad del polo gobernante.

La apuesta de los opositores, en tanto, fue que Massa y su FR sirvieran para dividir el voto peronista, y así bloquear cualquier posibilidad de que el kirchnerismo reconstruya su mayoría, con lo que, fuera ganando o perdiendo, habrían contribuido a la alternancia política.

El propio Massa, por su parte, viene intentando replicar a nivel nacional lo logrado en 2013 en la provincia de Buenos Aires, dividir al mismo tiempo el voto peronista y el opositor y construir así una nueva mayoría transversal.

Su problema es que no parece hasta aquí estar logrando su cometido en ninguno de los dos frentes. Y a medida que pasa el tiempo se lo ve más atrapado entre la relativamente exitosa estrategia oficial de mantener alineado al PJ nacional, y que no se nacionalice la situación bonaerense, y la bastante eficaz trayectoria de Macri, que le permite reunir en torno suyo al grueso de los opositores, incluidos unos cuantos peronistas disidentes.

En las últimas semanas, fruto de esta situación, el massismo ha ido perdiendo empuje y algunos se preguntan si no terminará disolviéndose ante el empuje de dos polos en pugna más sólidos que el que logró él conformar dos años atrás.

El interrogante que más importa plantearse, al respecto, es a quién beneficiaría un mayor declive y hasta la eventual disolución del FR. Algunos creen que el gran beneficiario sería Scioli, porque su posición interna en el FPV como único candidato con posibilidades de triunfar quedaría reforzada por el regreso al redil de muchos disidentes peronistas que por nada del mundo apoyarían a un candidato más kirchnerista.

Otros en cambio creen que, hagan lo que hagan los peronistas de que se rodeó Massa, el dato más importante es que el sector de la opinión pública que él atrajo está mucho más inclinado a apoyar a cualquier opositor antes que a un oficialista, incluso a un semi oficialista, así que preferirán irse con Macri antes que con Scioli. Incluso en el caso de muchos votantes de filiación peronista.

Tal vez las dos lecturas tengan algún fundamento. Y el juego siga abierto en caso de que Massa efectivamente quede fuera de juego. Una incertidumbre que tiene también su efecto en la estrategia de los demás actores: como no saben muy bien qué provecho podría sacar su contrincante remanente si se agravaran los problemas del tercero en discordia, tanto Macri como Scioli dudan de que les convenga que aquel se derrumbe. Y mientras tanto se esmeran en atender a todos los públicos al mismo tiempo, a los peronistas y a los no peronistas, a los más identificados con sus respectivos liderazgos y a los dubitativos y moderados.

Scioli es el que más problemas tiene en esta tarea. Ante todo porque por más obstáculos que haya enfrentado Massa para nacionalizar el cisma que inició en las últimas legislativas en su distrito, reunificar el voto peronista en las presidenciales que se acercan parece ser una meta fuera del alcance tanto para él como más todavía para Cristina.

Es ya indudable que pase lo que pase con las candidaturas del FPV, el peronismo se resistirá a reunificarse de la mano de la presidente. Y ella no va a dejar que nadie lo intente en su lugar.

El despiole en que terminó el armado de listas en Mendoza, una provincia donde históricamente el peronismo da la pista del tenor general de sus desbarajustes internos, y que desembocó en el despido de Juan Carlos Mazzón de su casi vitalicio cargo en el Ejecutivo, así lo indican.

Cristina no toleró que La Cámpora fuera raleada por los aliados locales de Scioli, y amenazó entonces a los caciques peronistas con patear el tablero si siguen sin aceptar que no sólo en las listas nacionales, sino también en las locales y provinciales sus fieles sean premiados con candidaturas expectables. Lo que a muchos de esos caciques les resulta equivalente a someterse a duras derrotas en sus más preciados cotos de caza electoral.

El disenso que está en la base de esta tensión es, finalmente, que a Cristina no le importan demasiado esas derrotas mientras ellas se produzcan a manos de radicales y macristas; sólo se esmerará en evitar las que puedan darse en beneficio del massismo; en cambio para los caciques pejotistas sucede más bien lo contrario, preferirán en todo caso perder con sus primos locales, con los que será fácil reconciliarse después de diciembre, antes que dejar que se produzca una verdadera alternancia de poder.

Así, en caso de que se profundice el declive de Massa, es de todos modos muy probable que los disensos en el peronismo no se resuelvan, y más bien suceda que muchos más imiten el ejemplo de Carlos Reutemann. Más que por los aciertos de Macri en su armado alternativo, por los errores de Cristina en su intento de conservar la disciplina.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 9/3/15

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Presentación del libro “Los límites de la voluntad”

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El próximo martes 17 de marzo a las 18:30 hs, Marcos Novaro, Alejandro Bonvecchi y Nicolás Cherny presentarán en UTDT el libro “Los límites de la voluntad. Los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner”. Los comentarios estarán a cargo de Sebastián Etchemendy y Carlos Gervasoni. Más abajo la invitación de:

Presentación del libro “Los límites de la voluntad: los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner”

El Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales invita a la presentación del libro Los límites de la voluntad: los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner, de Alejandro Bonvecchi, Marcos Novaro y Nicolás Cherny.

Los autores estarán presentes durante la presentación, y comentarán:
  • Sebastián Etchemendy, Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales, UTDT.
  • Carlos Gervasoni, Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales, UTDT.

Los límites de la voluntad cuenta la historia de un país que durante la última década estuvo dispuesto a ser moldeado por la iniciativa y la decisión de sus gobernantes. El libro explica los motivos por los cuales los gobiernos de Duhalde, Nestor y Cristina Kirchner llegaron a resultados distintos de los que originalmente se propusieron. Contra lo que se suele creer, Marcos Novaro, Alejandro Bonvecchi y Nicolás Cherny, argumentan que la “década larga” tuvo bastante más de novedoso e innovador al comienzo que al final. Y que deja como principal enseñanza los costos y las frustraciones que el ejercicio de la voluntad política produce cuando insiste en desconocer sus límites.

La obra inicia en una de las peores crisis económicas de la historia nacional (2001), que dio pie a una inesperada y sostenida bonanza. Repasa las fuertes tensiones sociopolíticas de la primera década del siglo XXI, y por qué estas no impidieron a los gobiernos alcanzar una considerable dosis de eficacia. Destaca los avances que se registraron en el acceso a derechos civiles y sociales, y concluye en el debilitamiento de las instituciones democráticas y de las reglas económicas más básicas. Recorre gestiones de gobierno que reconstruyeron la autoridad presidencial y crearon oportunidades para la reforma y la consolidación económica e institucional, que luego quedaron relegadas y derivaron en la partidización extrema del Estado y en una vida política moldeada por la polarización.

Los autores

ALEJANDRO BONVECCHI nació en Buenos Aires en 1973 y es Licenciado en Sociología por la UBA y Ph. D. in Government (Universidad de Essex). Ha enseñado en las universidades de Buenos Aires, Essex y Yale, y ha sido Fellow del Woodrow Wilson International Center for Scholars y del MacMillan Center for International and Area Studies. Sus temas de investigación son la política presidencial y legislativa, el manejo de crisis económicas y la economía política del federalismo. Ha publicado dos libros y varios artículos en revistas académicas y compilaciones editadas en Argentina, Brasil, España y Estados Unidos. Actualmente se desempeña como profesor ordinario adjunto en el Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales dela Universidad Torcuato Di Tella y como investigador adjunto del Conicet.

MARCOS NOVARO nació en 1965 en Buenos Aires, estudió Sociología y Filosofía en la UBA. Actualmente es investigador principal del Conicet y dirige el Centro de Investigaciones Políticas y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea en el Instituto Gino Germani. Ha sido becario Fulbright en la George Washington University y en la Columbia University (2006) y becario Guggenheim entre 2008 y 2009. Entre sus trabajos más recientes cabe mencionar Argentina en el fin de siglo: democracia, mercado y nación (2009), Historia de la Argentina (1955-2010) (2010) y la compilación tituladaPeronismo y democracia (2014). Es también coautor de Vamos por todo (2013). Se desempeña como profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA y columnista de opinión de diversos medios de comunicación.

NICOLÁS CHERNY nació en 1974 en Buenos Aires y es profesor de Ciencia Política en la UBA e investigador del Conicet en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. Tiene un doctorado en Ciencias Sociales (FLACSO) y un máster en Gobierno (Universidad Complutense de Madrid). Es investigador del proyecto Conicet “Empresarios y política en Argentina” y codirector del proyecto FONCyT “Federalismo y política legislativa”. Ha publicado diversos artículos en revistas científicas, nacionales e internacionales. Su trabajo “El gobierno del cambio de política cambiaria en Argentina” ha recibido premios del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (España) y dela Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (Alacip).

Lugar: Campus Alcorta: Av. Figueroa Alcorta 7350, Ciudad de Buenos Aires.
Contacto: Josefina Pell Richards

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La guerra con la Justicia sigue, también por la corrupción

La presidente habló de amor y rechazó el odio, pero siguió llamando a la guerra. En particular contra la Justicia. A la que acusó de todo tipo de desgracias, de perseguir a su gobierno, de hacer política y de estar al servicio de oscuros intereses. Lo mismo que había dicho ya en varias ocasiones anteriores, y con el mismo tono de indignación moral de quien pretende que es injustamente acusada. ¿De qué estaba hablando en concreto, lo que realmente la desvela es la AMIA, Irán, o son otros asuntos?

El fallo de Rafecas que por ahora la liberó de las acusaciones de Nisman parece no haber calmado su ánimo. En parte esto es así porque no es un fallo firme, y seguramente la jefa de estado teme lo que casi todos consideran más probable, que el fiscal Pollicita apele y la Cámara Federal le dé la razón, obligando a Rafecas a hacer algo más que desestimar todo como si Nisman hubiera sufrido una ensoñación delirante.

Pero sobre todo influyen en el persistente ánimo belicoso de la presidente otras causas que tienen más chances de avanzar que las indagaciones sobre la diplomacia paralela con Irán, y que en varios casos apuntan a redes de corrupción que involucran directamente a ella y su familia, sus negocios y su patrimonio.

Dijo Cristina incluso algo más, que revela hasta qué punto se preocupa por este asunto: anunció abiertamente que en el futuro próximo buscará volver a ser legisladora. Aunque a juzgar por el tono de comentarista indignada que por momentos dio a su discurso, para lavarse las manos de 12 años de gobierno casi omnímodo, habría que decir que el rol de legisladora ya lo tiene bien incorporado.

Como sea, disponer de fueros será para ella muy necesario si, como se sospecha, en particular la investigación que sigue Claudio Bonadío tiene más chances de avanzar que la de Pollicita. Muchos en el gobierno ven en estos avances un celo sospechoso, tal vez la vendetta de quienes en el pasado fueron dóciles y ahora quieren congraciarse con otros jefes, o lavar su descrédito ante la opinión pública. Pero deberían considerar la posibilidad de que las razones de tan inoportunas investigaciones, y las escandalosas revelaciones que producen, sean otras.

Primera y fundamental, que la omnipotencia proveyó impunidad durante mucho tiempo, pero ella nunca es eterna, y los Kirchner debieron haberse imaginado que así sería, y que les convenía cuidarse no sólo de las filtraciones sobre sus negocios durante la etapa de acumulación de dinero y poder, sino sobre todo de las que se podrían producirse cuando esa etapa decayera. La temporada de éxitos parece haberles jugado una mala pasada, al producirles un efecto borrachera. Pero también fallaron al buscar salidas que no podían funcionar. Es cierto que, si hubieran logrado hacer avanzar los proyectos incluidos en la “democratización de la Justicia” tal vez se hubieran evitado algunos dolores de cabeza; aunque eso fue también ilusorio: si los ciudadanos hubieran elegido a los miembros del Consejo de la Magistratura en 2013, como quería el gobierno, es más probable que hubiera volado de su cargo Rafecas antes que Bonadío.

En segundo lugar, y decisivamente, pesa el carácter autoinculpatorio de la relación que los Kirchner establecieron entre el dinero y la política. Desde un principio ellos otorgaron a las prácticas de corrupción una función moralizante y aleccionadora sobre el resto de las elites: las instruiría sobre la soberanía de la política, y del poder específico del vértice político en la suerte que habría de tocar a toda persona o grupo social, a toda iniciativa o actividad económica.  Corromper, en suma, era la mejor vía para demostrar en los hechos que los mercados y la competencia no existen, que los ricos cuando reclaman “seguridad jurídica para invertir” y otras cosas abominables por el estilo en verdad están mintiendo, tratando de no compartir su suerte con otros recién llegados a las oportunidades de saqueo. El problema es que, por más que durante años se impartieron lecciones al respecto, no se pudieron borrar las diferencias entre el capitalismo de amigos y todo el capitalismo argentino, ni instalar del todo la necesaria indiferencia moral respecto al abuso de poder llevado a cabo. Con lo cual ya no hace falta probar siquiera los detalles del saqueo para que todo el mundo dé por hecho que la fortuna presidencial es injustificada.

A este respecto, la situación de Cristina es mucho más comprometida e inescapable que la que en su momento enfrentó Menem, aunque nunca vaya a hablar de corrupción, él sea un tema tabú peor que la inflación, y no esté dispuesta a echar a ningún funcionario por más comprometido que esté por haber metido la mano en la lata.

Publicado en TN el 4/3/15

 

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Últimos cartuchos, y con la pólvora mojada

Asistimos ayer a una de las últimas escenas de una pieza teatral que estira un guión ya gastado y no puede evitar se vea que no da para más. En esta escena se repiten como un mantra frases que en ocasiones previas tuvieron eco en el público y abrieron cursos más o menos atrapantes para la historia. Y hoy quieren ser inmortalizadas, para que el final tenga sabor a “continuará”. Pero aunque la escenografía está, la claque acompaña y la actriz protagónica se arremanga, el efecto es más bien pobre.

Parte del problema estuvo en los anuncios de CFK para lo que viene (“¡vamos a estatizar los ferrocarriles!”) que a más de escasos suenan cada vez más como los gritos con que Aníbal Fernández despidió al responsable de controlar incendios: “es hora de sacarnos de encima a los inoperantes”. O las acusaciones con que Oscar Parrilli justifica la purga de espías hasta hace poco adictos, y su reemplazo por jóvenes recién entrenados en el uso del zapatófono: “vamos a cortar una relación promiscua con la Justicia”. Se hubieran acordado antes, y convendría que inventen algo mejor para justificar manotazos de ahogado y hacernos creer que realmente se esmeran en resolver los problemas.

Hacerse los distraídos igual puede tener su premio y Cristina lo sabe. Durante todo su segundo mandato la economía no creció, y hace tiempo que viene cayendo. Si no fuera por Venezuela tendríamos el record de mal desempeño en la región. Cualquier presidente que estuviera por entregarle ese legado a su sucesor tendría que poner las barbas en remojo. Pero ella no, pues con cara de piedra insiste en que todo marcha de maravillas y la prueba es que mucha gente fue a la playa y toma Coca Cola.

La ayuda en su impostura el estar rodeada de expertos en la negación. Pero ¿por qué esta vez no fueron tantos ni tan animados? Estaban muchos de los que disfrutan de ingresos y status que saben atados a esta gestión. Y muchos otros que se compraron el buzón de la épica y no van a dudar de él por más que el cielo y la tierra les muestren que es cartón pintado, porque han hecho de él su razón para vivir. Pero aunque quienes viven “del kirchnerismo” y quienes lo hacen “para él” respondieron al llamado puede que por última vez, es claro que no expresan bien ni siquiera a muchos de los argentinos que todavía tienen una imagen positiva del gobierno, valoran que hay menos desempleo y más gasto público, y podrían votar a un candidato de Cristina. Estos, igual que el grueso de los peronistas de siempre, se quedaron en su casa. ¿Por qué?

Probablemente porque ellos no temen que haya un golpe ni blando ni duro, como se advertía en la convocatoria. Y también porque no viven “de” ni “para” la jefa y sienten que han quedado cada vez más al margen de los discursos y de las preocupaciones oficiales. Están lejos de estar de fiesta, mucho menos de entusiasmarse con el relato. Y si todavía apoyan al gobierno es porque tienen miedo a lo que se viene, pues advierten que lo que les ha brindado Cristina está agarrado con alambre. A toda esa gente la presidente les confirmó ayer que sus miedos tienen buen fundamento: el gobierno seguirá precarizando sus propios logros, simplemente para no reconocer que se equivocó y para dejarle los mayores problemas posibles a su sucesor, y el país perderá otro año más en la necesaria búsqueda de soluciones.

Publicado en La Nación el 2/3/15

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Tras Nisman y el 18 F, ¿tienen los kirchneristas vuelta atrás?

Tras la muerte de Nisman, y peor todavía con la masiva manifestación del 18 de febrero, el oficialismo pasó a un nivel muy superior de brutalidad al ya elevado que venía practicando. Ante todo, porque él mismo sospecha que alguno de sus integrantes esté detrás del crimen. Y lo desespera la posibilidad de que éste signe el recuerdo final de su periplo en el poder. También porque su cúpula interpretó que la polarización ante esta crisis tal vez pueda servirle para hacer de ella una oportunidad, la de victimizarse, politizar y deslegitimar las muchas causas judiciales en su contra y forzar una vez más al peronismo y a sus votantes remanentes a cerrar filas.

Con todo ello se ha vuelto a hablar de “la brecha”, los “dos países enfrentados”, la irreconciliable oposición entre chavistas y republicanos. Lo que supone darle en alguna medida la razón a la perspectiva oficial: la muerte, cuyas causas y consecuencias se debatirán por años seguramente, podría dar al menos aparente vitalidad a debates polares por otro lado bastante ridículos e inconducentes sobre las relaciones internacionales y el imperialismo, sobre la división de poderes, la imparcialidad y la voluntad popular, todo más o menos como cuando se discutía la ley de medios, pero peor, con mucho peor ánimo.

¿Qué hacer frente a esta nueva “ola polarizadora”? La tentación para los opositores de montarse en ella y demostrar que esta vez sí indiscutiblemente la moral está de su lado, y también la mayoría, es muy grande. Y por cierto que tienen algunos cuantos datos a su favor para dejarse llevar. La sociedad salió de la pasividad en que había caído en los últimos tiempos, abandonando la idea de la transición tranquila, de que es posible conciliar la expectativa de que “Cristina termine lo mejor posible” con un cambio positivo para el país, porque es ya irrebatlbe que el kirchnerismo persigue, y perseguirá hasta su último aliento, frustrar cualquier alternancia y succionar la savia de la democracia hasta dejarnos sólo su cáscara vacía.

Así las cosas, hay motivos para pensar además que los mayores desafíos que nos plantea el kirchnerismo no han quedado atrás; lejos de haber sido superados exitosamente, están recién por venir. Lo que no debería asombrarnos: el populismo radicalizado es un cáncer que carcome la democracia desde sus entrañas, por ello suele ser más sutil y difícil de combatir que el abierto y manifiesto autoritarismo, y es mucho más difícil salir que entrar en él.

¿Cómo se lo combate? Los opositores también creen saberlo, porque él ha caído en las urnas, al menos en legislativas nacionales en dos oportunidades, porque ha perdido popularidad y apoyos sectoriales y políticos en los últimos tiempos, y se han frustrado algunas de sus iniciativas más abusivas. Y al respecto podríamos creer que el 18F viene a alentar el optimismo, confirmándonos que la sociedad no tolerará se cruce el límite de la muerte, ni el poder se provea de un manto de impunidad y mentiras a prueba de toda crítica.

Cuando en verdad en ello hay por lo menos algo de exageración: lo cierto es que, aunque hoy podamos reconocer el daño que causan, tal vez no sepamos muy bien cómo superar amenazas como la que el kirchnerismo nos plantea; que no por nada vuelven cada tanto a planteársenos y que, al menos en esta ocasión, fracasan no porque se les opongan fuertes resistencias y proyectos más sólidos, sino por la acumulación de errores y desórdenes propios.

Si queremos dejar atrás el kirchnerismo, y es cierto que la gran mayoría no se conforma con lo que él ofrece ni con la imagen que nos devuelve, es hora de preguntarnos si sabemos realmente cómo hacerlo. Abandonar la pasiva espera fue un paso en la dirección correcta, pues no era buena idea dejar que se consumiera solo, mucho menos apostar a que sus defectos se diluyeran despejando el camino para aprovechar sus logros. La bendita ola naranja era una idea que iba a fracasar igual, aunque la muerte de Nisman no viniera a aguarla anticipadamente. ¿Pero alcanza con ello para superarlo, para aprender de la experiencia y hacer un país mejor? ¿Siquiera alcanza para antagonizarlo seriamente además de esperar a que siga hasta el final con sus metidas de pata?

Y lo más importante: ¿antagonizarlo significa montarse en la polarización que él promueve todo el tiempo, para usarla en su contra, y probar que de este lado está la moral, la mayoría, y del otro una escoria irrecuperable? Al respecto es oportuno recordar la afirmación del intelectual español que recomendaba no combatir a los fascistas sino al fascismo. Porque con el kirchnerismo vamos a estar, o ya estamos, frente a un dilema similar. Y distinguir una cosa de la otra, combatiendo las acciones, las ideas y las políticas y no a las personas será la mejor forma de evitarnos males mayores.

La pregunta que cabe hacerse, de todos modos, es si no hay gente para la que ya no hay vuelta atrás, que ha cruzado la línea de lo imperdonable a raíz de la muerte de Nisman, sea por fanatismo o por desesperación. Cuando Página 12 titula “Bajo el paraguas de la muerte” e incluye en sus notas tantos insultos y agravios como el diccionario le provee, ¿no da un paso ya irreversible hacia la brutal inhumanidad y la destrucción de la convivencia civilizada? ¿No se ha degradado ya demasiado como para poder perdonárselo y esperar que vuelva a tener algún rol mínimamente decente en la esfera pública?

Cuando el colectivo de intelectuales que se pronunció contra la marcha del 18 se embanderó en todas las causas nobles habidas y por haber, la Constitución, la justicia, los derechos humanos, la verdad, etc., para simplemente decir que quienes protestan contra el gobierno y aun los que escriben en la prensa criticándolo son unos violentos terroristas y golpistas, ¿no se cruza la raya de lo racional y del más básico sentido común? Cuando un senador nacional oficialista afirma, envalentonado sin duda por las insultantes cartas que viene escribiendo la propia presidente, que Nisman fue víctima de su promiscuidad homosexual, ¿es posible ser razonablemente tolerante con él?

Ante todo lo que cabe advertir es que el kirchnerismo hace daño, y a veces un daño especialmente agudo, también a los propios kirchneristas. No es que se va a despejar su mente como si salieran de un mal sueño una vez que Cristina deje el poder, si es que lo deja, claro. Pero es indudable que personas más o menos normales hacen y dicen cosas por completo anormales, y cada vez más anormales, bajo su influjo. Y es eso lo que hay que combatir para empezar a superarlo.

El desafío del perdón será de todos modos, doble. Porque no se trata sólo de que los demás les perdonen no sólo estos insultos sino males más concretos que se han infligido a gente que perdió el trabajo, fue agredida en público y en privado, se la persiguió y perjudicó en forma adrede. Sino por sobre todo que quienes cometieron o avalaron esos actos puedan reconocerlo y perdonárselo a sí mismos.

Primo Levi decía que el principal problema de los alemanes era que nunca iban a poder perdonarse lo que habían hecho, y por tanto nunca podrían reconocerlo y vivir con eso. Si en un caso extremo de violación de los derechos ajenos como fue el nazismo es posible decir que, al menos en cierta medida, Levy se equivocó, ¿cómo no va a ser posible desmentir un escepticismo semejante en nuestro caso?

El problema, en lo que a los demás respecta, consiste en no hacérselo más difícil. O, según como se mire, más fácil. Porque lo más cómodo para muchos opositores será descalificar a los hoy oficialistas. Y para muchos de éstos con ello bastará para sentirse en su derecho de recurrir a la cómoda autocompasión, insistir en que no hubo errores de su parte sino sólo buenas intenciones, el recurrente “quisimos hacer lo mejor para el país y no nos dejaron” que tanto daño nos ha hecho en ya demasiadas reediciones.

Ya vivimos suficientes décadas con esta maldición sobre los hombros. En particular, aunque no exclusivamente, recordemos, debido a la vengativa persecución de que fueron objeto los peronistas después de 1955. Que sirvió, como sabemos bien, para que miles pasaran frescamente de victimarios a víctimas, se disculparan a sí mismos de todas las macanas que habían hecho o avalado en la década previa, y siguiera rodando por años la rueda de la intolerancia y el faccionalismo. Estamos a tiempo de que esa historia no se repita, haciéndoselo difícil no a los kirchneristas sino al kirhnerismo, a su idea. Si a pesar de todas nuestras limitaciones, la de los ciudadanos comunes, la de los políticos y las de los fiscales, el silencio en que nos dejó la muerte de Nisman nos sirve para reflexionar y actuar responsablemente tendremos chance de lograrlo.

-publicada en tn.com.ar el 22/2/2014

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Un país mejor necesitaba más que la pasiva espera de las urnas

¿Cambiarán en algo las políticas y actitudes del gobierno? No. Pero ha cambiado el contexto en que de ahora y hasta diciembre ellas se desarrollarán, porque él no podrá ya sacar provecho de la pasividad y el miedo.

La masiva movilización del miércoles 18 demostró que la muerte de Nisman sacudió una fibra íntima de la sociedad: despertó el rechazo compartido a que la política recurra a la muerte de los adversarios; y tal vez más importante aún, nos impulsó a revisar una idea que hasta aquí muchos venían abrazando por comodidad, y otros por interés, según la cual para dejar atrás al kirchnerismo y lograr que él acepte abandonar el control del estado alcanzaría con que nadie haga demasiadas olas y pasen los días hasta que podamos contar los votos. Como si una cuenta regresiva en el almanaque fuera suficiente instrumento de cambio en un país tan complicado como el nuestro, y frente a un proyecto como el que nos gobierna.

En parte esto es así porque ya no queda duda de que el oficialismo utilizará todos los instrumentos a la mano, hasta el último minuto, para frustrar la alternancia. Aún no sabemos si desde algún sector oficial se causó esta muerte. Pero sí sabemos que incluso en el oficialismo sospechan que haya sido así; y peor todavía, vimos a la presidente queriendo usarla para destruir la credibilidad del fiscal, para matarlo jurídica y políticamente aprovechando su muerte física, con sucesivas e inolvidables cartas públicas. Fue más que suficiente para que sonaran todas las alarmas: el kirchnerismo busca desde hace años horadar la democracia desde su interior, hasta que de ella no quede más que la cáscara, y no ha renunciado a ese cometido ni lo hará en el futuro.

Pero también, y más importante, abandonamos la pasiva espera porque hemos tenido tiempo de advertir hasta qué punto el kirchnerismo es parte de nuestra penosa realidad política, cultural e institucional, y en ese aspecto algo o mucho de él va a sobrevivir aunque sus personeros caigan derrotados en octubre próximo. Porque cambiando de nombres y de lemas, una y otra vez, resurge entre nosotros la tendencia a creer que el pueblo es uno y todos los que no se someten a ese número son escoria, que el estado no es un órgano público sino un premio y un arma que usa en su provecho la banda ocasionalmente triunfante, y que el respecto de la ley es una apelación lastimosa de los débiles y fracasados. ¿Por qué esta vez sería diferente?

Así las cosas, enhorabuena, ¿a quién se le pudo ocurrir la peregrina idea de que, con semejantes antecedentes, íbamos a salir sin costos del brete en que nos metimos al consagrar repetidas veces en la cúspide del estado, con amplísimos poderes, este desorbitado proyecto de poder? Ya es un milagro, que hay que agradecer fundamentalmente a la torpeza oficial, que las cosas no hayan hasta aquí salido mucho peor.

Es, en suma, la convicción en que la pasiva espera no iba a llevarnos a la meta deseada lo que llevó a la gente a la calle. Pero atención: no es la primera vez que sucede que una vez satisfecha la necesidad de expresar el estado de ánimo la ola se retira, y cuando baja la espuma todo sigue más o menos el curso preestablecido. De nuevo: ¿por qué va a ser diferente esta vez?

Entre 2012 y 2013 cientos de miles de personas salieron a las calles, pero durante 2014 ese número declinó abruptamente. ¿Por qué? En parte porque la gente pasó de estar enojada con las decisiones oficiales a resignada a que nada que hiciera forzaría a Cristina a cambiarlas, de lo que ella se ocupó hábilmente de convencernos, así que ¿para qué perder tiempo protestando? En alguna medida también porque se creyó, después de la derrota k en las elecciones de 2013, que lo peor había pasado y era de desear que Cristina “terminara lo mejor posible”, la tesis Scioli sobre la transición tranquila y la conveniencia de no hacerla enojar para heredar “sus logros”. Como si todavía se pudiera lograr, aunque fuera contra la voluntad presidencial, que lo mejor para ella fuera lo mejor para el país.

Y sobre todo la gente dejó de salir a la calle porque sus débiles emergentes organizados no fueron capaces de superar esa condición de fragilidad: ya casi nadie se acuerda de los colectivos de las redes sociales tan activos dos o tres años atrás. ¿Pasará lo mismo con los fiscales? No hay que descartarlo, más todavía si atendemos a la ya lanzada desesperación de algunos políticos opositores por convertirlos en candidatos, y de otros de esos dirigentes por bajarles el copete “por si se creen héroes”, recordándonos a tono con la prensa oficial sus reales o sospechados defectos.

Este problema de la representación de la opinión en nuestro país algunos analistas, a veces interesadamente, lo vinculan con el rol expresivo pero en última instancia irrelevante que cumple en la vida política la clase media: es ella la que se moviliza en estos casos, y como a diferencia de los trabajadores y los empresarios carece de órganos para dar cohesión y hacer pesar sus intereses, aunque ocasionalmente haga oír su voz no puede influir en serio en las decisiones.

Esto es en parte cierto pero hay que tener en cuenta algunos contraargumentos. Primero, en Argentina más del 80% de la gente se considera de clase media, aunque sea más bien rica, o pobre, y a raíz de ello a veces adopta los patrones de conducta culturales, y también electorales, en ella dominantes.

Además, en ocasiones la clase media gravita más fuertemente debido a las crisis que enfrentan otros estratos mejor organizados. Es lo que parece estar sucediendo en estos momentos, en que tanto los sindicatos como los empresarios están muy divididos, sus entidades están dominadas por el faccionalismo y les cuesta conectar con proyectos políticos más o menos viables y abarcativos.

Y, por sobre todo, es necesario atender al hecho de que Argentina, igual que todas las sociedades pluralistas, necesita contar con más clase media y una representación política más fiel de esos actores si quiere madurar como democracia.

También que, para una representación ciudadana más activa hacen falta no sólo mejores instituciones sino ciudadanos más activos. Y ambos son como el huevo y la gallina, no se puede saber por cuál empezar porque se necesitan entre sí para existir.

Como sea, lo que es seguro es que el necesario renacimiento político que deberemos encarar no podrá canalizarse con las fórmulas adversativas estérilmente polarizantes de estos años. Pero ¿qué pautas debe seguir entonces? Algunos piensan que las del reformismo institucional, otros proponen el saneamiento cívico y la lucha contra la corrupción, las del desarrollismo económico y la concertación de intereses proponen otros más. Tal vez esas opciones no sean excluyentes. Y puedan cooperar entre sí. Lo que es seguro es que deberán empezar por convencer a la sociedad de que las soluciones no serán fáciles, supondrán esfuerzos mucho mayores que el mero reemplazo de un plantel dirigente, y por eso mismo valen la pena y no se pueden postergar.

El viejo chiste sobre las virtudes concedidas a los argentinos puede servir para ilustrar el punto: cuenta que Dios nos concedió tres virtudes, ser inteligentes, honestos y peronistas, pero nos jorobó al prohibirnos tener más de dos de ellas a la vez. Si cambiamos “peronistas” por “interesados en los asuntos públicos” o “ciudadanos activos” la idea pierde su sesgo descalificatorio y gana en claridad, ilustra el tipo de problemas que tenemos que resolver, el de crear una cultura ciudadana en serio y mejorar la calidad institucional, para superar de una buena vez nuestra secular incompetencia política.

-publicado en lanacion.com.ar el 20/2/2015

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El impacto de la marcha, ahora y en el futuro

Circulan dos interpretaciones más o menos polares sobre el impacto que cabe esperar del éxito del 18F. La primera a veces está teñida del interés oficialista por minimizarlo, pero tiene sus argumentos: dice que la gente no vota por estos temas institucionales sino principalmente por la economía, que los que se movilizaron ya estaban en contra del gobierno antes de que Nisman muriera, y que no hubo ningún actor político capaz de coordinar la protesta y tampoco lo habrá para recoger, al menos no unificadamente, su impacto. Además, con el paso del tiempo es probable que no se sostenga el interés ciudadano en el tema, y el gobierno logre desactivarlo y retomar su muy probado control de la agenda. Sobre todo si consigue, como se ha propuesto, convencer a todo el mundo de que “nunca se sabrá la verdad” y que “todos tienen algo que ocultar en este asunto”.

La segunda visión también a veces está sesgada por preferencias políticas, en este caso opositoras. Y reza que la gente salió de la pasividad en que había caído en el año y medio que transcurrió desde las elecciones de 2013 y eso va a darle un tono más fuertemente inclinado hacia el cambio a la campaña electoral, que las muertes políticas siempre han sido un pasivo irremontable para los gobiernos (lo fue para Menem la de José Luis Cabezas, para De la Rúa las de diciembre de 2001 y para Duhalde las de Kosteki y Santillán), y que en este caso además el repudio a la actitud oficial tanto ante las investigaciones y acusaciones de Nisman como ante su muerte se conecta con una variedad de esferas en que el gobierno acumula déficits evidentes, política exterior, inteligencia, transparencia, libertad de expresión, justicia, etc., y eso sucede encima cuando la economía anda bastante mal.

Ambas posiciones tienen sus puntos fuertes, aunque a la primera le fallan algunos cálculos, sobre todo de orden temporal. Porque si bien es cierto que el impacto en la imagen presidencial dista hasta aquí de ser catastrófico, con el tiempo y aunque la cuestión deje la primera plana de los diarios es más probable que se asiente su efecto corrosivo sobre la moral y el relato oficialista a que ese efecto se disipe.

En primer lugar porque la muerte de Nisman enfrenta en forma dramática el respeto de los derechos individuales y el poder gubernamental, impugnando la absorción de los derechos humanos que dicho poder buscó consagrar todos estos años como su ethos, ayudado por las organizaciones que reclaman su monopolio. Y con ello uno de los pocos blasones que le quedaba al kirchnerismo se disipa.

En segundo lugar porque la confrontación que se venía tramitando entre actores judiciales todavía independientes y el kirchnerismo a raíz de los intentos de éste de asegurarse el control futuro de la Justicia y su impunidad ha adquirido una nueva dimensión, en la cual aquellos sólo pueden avanzar en la defensa de su autonomía y en la investigación de los muchos casos que involucran a todo el espinel oficialista y éste sólo puede balbucear el discurso de la victimización sin ya ningún asidero.

Y en tercer lugar y lo más importante porque quedó por completo invalidada la tesis de la transición tranquila, la idea promovida por el peronismo oficialista de que lo mejor que nos podía pasar, incluso a los opositores, era que “Cristina terminara lo mejor posible” porque entonces ella se iba a calmar, y los demás podríamos heredar sus logros sin tener que cargar con sus deudas. Con la muerte del fiscal esa tesis por la que trabajaba en particular Scioli quedó desmentida, y el 18F no ha hecho más que ratificarlo: el objetivo de Cristina ha sido y seguirá siendo reducir la democracia a su mínima expresión y frustrar toda alternativa, y utilizará cualquier arma con tal de lograrlo, así que cuanto más tiempo pase más crudamente se enfrentará con los intereses de quienes no son de su séquito más estrecho. Habrá que ver si el peronismo reacciona a esa tendencia y lo hace a tiempo.

-publicado en clarin.com el 20/2/2015

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18F: los derechos contra el poder

Los planteos oficiales descalificando la manifestación convocada por los fiscales independientes en homenaje a Alberto Nisman han recorrido diversos tópicos y tonos: golpismo, corporativismo, inconsecuencia, manipulación, antisemitismo (sic), etc. Pero todas pecan del mismo defecto: dieron relevancia a un acontecimiento que, más allá de que termine convocando a más o menos gente, y se politice más o menos, será perjudicial para el kirchnerismo, y por eso a él lo que más le convenía era ignorarlo. ¿Por qué no pudo hacerlo?

Recordemos que algunos dirigentes oficialistas al principio lo intentaron. Y notemos que contaban con un entrenamiento más que adecuado para conseguirlo: podían Inspirarse en las muchas ocasiones del pasado en que el gobierno desvalorizó exitosamente muestras de rechazo social a sus políticas, como manifestaciones críticas o resultados electorales adversos. Si pudo dejar de lado sin que se le moviera un pelo la masiva votación en contra de 2013, y los cientos de miles de personas movilizadas en 2012, ¿por qué no lo lograría ahora, desafiado por unos pocos fiscales?

Mientras tanto algunos otros funcionarios buscaron hacer más que ignorar el asunto: para evitar que Nisman se vuelva un símbolo aglutinador de las críticas al gobierno, de los errores y horrores de sus decisiones de estos años, tanto en política exterior, como en Justicia, inteligencia, transparencia y medios de comunicación, quisieron mostrarse comprensivos con la convocatoria y hasta adhirieron a su mensaje. Según ellos Nisman aún podría serle disputado al enemigo; y con un poco de esfuerzo podría lograrse con él lo mismo que se hizo con el default: enarbolarlo como bandera oficial, para diluir su condición de estigma de los pasivos gubernamentales y papelón internacional.

Pero esta pretensión naufragó enseguida, al chocar contra la tesis presidencial: Nisman seguirá siendo, como lo fue desde la primera reacción pública de Cristina, el instrumento de los enemigos del pueblo y del gobierno para dañarlos, y todos los que se preocupan por su sospechosa muerte y quieren que se la investigue, y lo mismo se haga con sus denuncias contra la cúpula oficial, nada más que golpistas y promotores de espurios intereses antinacionales, que quieren detener “las transformaciones”, ahora oportunamente enfocadas en los servicios de inteligencia.

Polarizar sigue siendo el recurso predilecto del kirchnerismo. Y lo es con mayor razón cuando ya no puede mantener la unidad de su propia administración por medios más sensatos y menos costosos. Lo que en este caso se evidenció justamente con las diferencias de criterio mencionadas al conocerse la convocatoria de los fiscales.

Así que parte de la respuesta a nuestra pregunta reside precisamente allí: para un gobierno cada vez más dividido y sin rumbo claro, polarizar se ha vuelto doblemente necesario.

Pero eso no es todo: hay también en la convocatoria de los fiscales un factor más específico que corroe al gobierno. Ellos son, con sus investigaciones y acusaciones, los que de momento están más cerca de ponerle coto a la pretensión oficial de perpetuidad en el poder. Han logrado hasta aquí sobrevivir a las presiones del Ejecutivo y al proceso de partidización del Estado, defendiendo su independencia como agentes públicos y su legitimidad para hacer el trabajo judicial que se les ha encomendado. Y encima, tras la muerte de Nisman, están en condiciones de movilizar una específica solidaridad social hacia dicho rol, en al menos una parte de la sociedad, que sintoniza por primera vez en más de una década la noción de derechos con la limitación al poder. Lo que contradice el proceso de absorción del discurso de los derechos practicado por el kirchnerismo desde 2003 a esta parte, recordemos, con el aval del movimiento de derechos humanos y la indiferencia de buena parte de los actores sociales e institucionales.

Se entiende entonces que la disputa con los fiscales sea motivo de angustia en los círculos gubernamentales. Y que de esa angustia resulte un clima de creciente desesperación. La presidenta ha intentado velar ese humor que la rodea con más polarización, más indiferencia y más sonrisas: contraponiendo el país de la alegría, el suyo, con el de los enojados, los amargados y los criticones que la acusan injustamente, apuesta a seguir adelante. Es el recurso que han usado muchos líderes en aprietos ante los tribunales, en todos los tiempos. Silvio Berlusconi solía hacerlo con mucha más cancha. Y varias veces se salió con la suya: muchos italianos, igual que muchos argentinos, no desean que les amarguen la vida con malas noticias, y a veces por eso gobernantes inescrupulosos los toman por boludos alegres. Pero hasta ellos, tarde o temprano, se cansan.

-publicado en tn.com.ar el 17/2/2015

 

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