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“Pensar Argentina” en Rosario (Viernes 30/9)

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Posted in Política.


Si se hacen todos renovadores, ¿tendrá sentido la renovación?

En los años ochenta tardó más de dos años en producirse la masiva voltereta que hoy vimos fue cuestión de semanas. Y es que entonces tenía más crédito llamarse ortodoxo de lo que en nuestros días tiene vestir el sayo de kirchnerista.

Claro que entonces todavía tenía algún sentido la noción de lealtad, todavía estaba viva la memoria de un peronismo histórico cuya densa tradición política y cultural era más importante preservar que la acumulación de cargos y la distribución de recursos públicos. ¡Si hasta Isabel reunía más gente en sus regresos esporádicos a Buenos Aires de los que hoy junta Cristina en sus reuniones del Instituto Patria!

Por eso hizo falta que Antonio Cafiero se animara a romper la unidad en 1985 y derrotara en las legislativas de ese año a las listas bonaerenses oficialistas de Herminio Iglesias y la patota sindical de Lorenzo Miguel y Diego Ibáñez para que la ola de la renovación se extendiera, los ortodoxos se pasaran de bando y el cambio de manos de la conducción del PJ fuera posible.

Ahora en cambio bastó con que estallaran un par de casos más de corrupción y se presentara la excusa de un hasta aquí olvidado aniversario. Que, convengamos, no tiene ni tendrá jamás el glamour de una gran movilización de masas, ni siquiera el de una victoria presidencial. Pero hace soñar a los nuevos renovadores con que el año que viene otras legislativas les permitan relegitimarse.

¿Era “mejor” aquel peronismo leal de principios de los años ochenta que el masivamente inconsecuente y olvidadizo de la actualidad? Ciertamente no: era más renuente que este a la alternancia, aun más antiliberal y antirrepublicano, propenso a resolver cualquier disenso con la patota (algo que la primera renovación no resolvió del todo: el propio José Luis Manzano, ladero de Cafiero por entonces, solía describir a su propio sector como “careta intelectual de la patota”, de otra patota) y convencido de que nada de lo que sucedía en el mundo debía moverlo de sus veinte verdades y su primitivismo económico y cultural. Resultará seguramente un beneficio para todos por lo tanto que no sean muchos ya los que quieran quedarse ni en el ’45, ni en el ’83, ni tampoco en el ya lejano 2015.

¿Va a ser entonces como en la primera renovación, que el precio que nos hará pagar el peronismo por verlo progresar y dejarnos llevar de su mano será que no se le cobre la cuenta por todo el atraso y los fracasos hasta entonces por él prohijados y se le tolere ser bastante menos renovado de lo que nos vende? Tal vez las perspectivas no sean tan malas.

Hoy están eufóricos, creen ya tener medido al macrismo y haber procesado todo el cambio que necesitarán inocularse para seguir adelante. Están convencidos además de que el intervalo entre un gobierno peronista y otro esta vez no será tan corto como con la Alianza, pero tampoco tan largo como con Alfonsín. Diego Bossio lo dijo, después del acto de homenaje a Cafiero, con todas las letras: “estoy seguro de que en 2019 va a volver a gobernar un peronista”.

Tienen para alimentar este optimismo un líder ya instalado, y por si no llegara a funcionar, varios alternativos en gateras. Massa hace punta en las encuestas y de la mano de Stolbizer (que reedita la función que supieron cumplir décadas atrás figuras como Carlos Auyero y Oscar Alende) sigue ampliando la “vía del medio” que viene a ser, frente a Macri, el equivalente de lo que fue la socialdemocracia de Cafiero frente a la socialdemocracia de Alfonsín: ni el estatismo de los Kirchner ni el libre mercado de Menem, la nueva renovación nos ofrece un peronismo de centro, lo que parece razonable en un país que quiere por sobre todas las cosas moderación.

Todo eso suena muy vendedor. Pero está por verse si el proceso político se acomoda tan fácilmente a estos planes. Primero, porque Cristina todavía puede hacerles mucho daño. A diferencia de Isabel ella sí quiere seguir siendo parte del juego. Y si llegara a presentar listas en Buenos Aires y algún otro distrito importante el año próximo tal vez sume suficientes votos peronistas como para complicarle la vida a los alegres renovadores y aliviársela al oficialismo.

Y segundo porque es probable que Macri tenga más suerte económica que Alfonsín, y pasados estos meses de recesión y disgustos, sea por mérito propio o por una recuperación de Brasil o por una combinación de estos y otros factores, los malhumores actuales queden atrás y asociados aun más nítidamente que hoy a la herencia K, que también es, recordemos, herencia peronista.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/9/16

Posted in Política.


Massa, Pichetto y Stolbizer, la oposición también mueve

Frente a un gobierno que atraviesa su momento hasta aquí más difícil, con el bloqueo de la Corte a la suba del gas, la recesión y la demora de las inversiones privadas (que ahora tienen una nueva excusa: precisamente el retraso del proceso de normalización de tarifas), una parte de la oposición, la más dura, insiste con su apuesta por la resistencia. Hace más ruido que nunca, con marchas y declaraciones incendiarias.

Pero no es ella la que más preocupa al gobierno: mientras no cuente con la colaboración de los gremios más importantes, es decir de la CGT reunificada y de quienes controlan territorio, intendentes y gobernadores peronistas, esa oposición dura podrá hacer ruido pero no aportará muchas nueces que digamos para alterar los equilibrios políticos existentes. Ni en términos de una amenaza a la gobernabilidad, ni de un serio condicionamiento al rumbo económico, ni mucho menos como factor electoral.

Supongamos, por caso, que Cristina y los suyos terminan presentando listas propias en Buenos Aires y otros distritos en las legislativas del año que viene. Será un dolor de cabeza antes para los peronistas “renovadores” que para el oficialismo, pues esas listas podrían quedarse con una parte aunque pequeña esencial de los votos que estos necesitan para vencer a Cambiemos.

Imaginemos ahora que del reciente éxito de la Marcha Federal resulta más o menos pronto un paro general de las dos CTA: será antes que un desafío para el gobierno, uno para la estrategia de la nueva CGT de mostrarse equidistante entre la protesta y la mesa de negociaciones. ¿Dejarán entonces los tres jefes de la central y sus grandes gremios que aquellos les impongan su tono y estrategia? ¿Pablo Moyano podrá seguir mostrándose, como hacía su padre, como el más combativo de los dialoguistas subiéndose a todos los estrados, o tendrá que tomar distancia y desautorizar al tren fantasma K al que sin pensarlo mucho se subió el viernes pasado en Plaza de Mayo?

Así que por ese lado no hay tanto de qué preocuparse para el oficialismo. En cambio la oposición más blanda y colaborativa sí está volviéndose cada día que pasa un más grave dolor de cabeza para él. Porque eleva todo lo que puede el precio de su colaboración, y se hace fuerte en el argumento que más le rinde, “nosotros lo haríamos mejor”.

Ese peronismo territorial, sindical y legislativo ha venido acelerando su proceso de “renovación”, que significa en pocas palabras que deja apresuradamente en el olvido su pertenencia al kirchnerismo, en algunos casos muy fresca, y se muestra moderado y colaborativo, criticando los “cómo” y no tanto los objetivos normalizadores del gobierno. Recibe para ello la ayuda de una ex radical y desde siempre antikirchnerista como Margarita Stolbizer, que como se quedó sin votos culpa de Cambiemos no tiene problema en derramar generosamente su oleo santo de la honestidad sobre figuras que en algunos casos necesitan urgentemente una lavada de cara.

Es a esta oposición, no a la dura kirchnerista, a la que el macrismo deberá derrotar el año próximo. Pero es al mismo tiempo a la que necesita para aprobar sus proyectos de ley, hacer pasar sus aumentos de tarifas, y controlar también los gremios y la calle.

Cada vez que el oficialismo comparte con ella sus iniciativas de cambio, le permite hacerse de una cuota de la legitimidad que él ganó para encarnarlo. Esa oposición se vuelve, así, sin mayor esfuerzo, parte del país del futuro. Lo que le autoriza a decir, sin necesidad de demostrarlo, que de su mano el futuro sería aun mejor, porque ella “es socialmente más sensible”, tiene más y mejores relaciones con los actores productivos y manejaría con más conocimiento y precisión los misterios del aparato estatal.

Es en parte inevitable que esto suceda, porque el oficialismo no cuenta con mayorías legislativas ni va a tenerlas en lo inmediato, y está obligado a desarmar un sistema económico del que han vivido hasta agotarlo esos mismos actores cuya ayuda se necesita para recrear un nuevo orden mínimamente viable. Sufre así el karma de otros gobiernos no peronistas, que llegaron para desarmar sistemas que el peronismo disfrutó hasta el cansancio, cuando se había vuelto evidente ya que no podían seguir funcionando, aunque aquél seguía proclamándose defensor inclaudicable de sus beneficios.

Pero que sea inevitable no significa que Cambiemos tenga que hacérselo tan fácil. Que necesite de la colaboración de la oposición “blanda” no significa que deba abstenerse de recordarle que, si fuera por ella, por sus apuestas estratégicas y electorales, la oportunidad para el cambio que se ha abierto no hubiera existido. De otro modo el macrismo sacrificaría demasiado de su viabilidad electoral en aras de una gobernabilidad de la que, otra vez más, terminarían otros por sacar provecho.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/9/16

Posted in Política.


La CGT se unifica ¿para resistir o para negociar?

La recomposición acelerada del sistema político tras el fin del kirchnerismo tuvo días pasados una contundente expresión sindical: se reunificaron las tres CGTs, tras cuatro años de divisiones y disputas.

Empecemos por recordar que esas divisiones fueron en gran medida impulsadas por un gobierno que, tras el triunfo electoral de 2011, que interpretó muy mal, se dedicó a meter mano en todos los terrenos donde todavía no había logrado un control total, como la Justicia, la vida de las empresas y la de los gremios. Destronar a Moyano fue parte de esa operación, que se frustró a medias porque aunque Cristina sometió a buena parte de los sindicalistas a sus dictados no pudo evitar que el camionero siguiera controlando a un sector minoritario pero gravitante, ni que otros engrosaran el caudal de la tercera CGT, liderada por Barrionuevo.

Ya había pasado tiempo antes algo parecido con la CTA: en su afán de someterla a su absoluto control el kirchnerismo la había partido en dos. “Dividir cuando no se puede reinar” parecía ser el lema de ese proyecto hegemónico, que aplicaba con insistencia aunque no mucha suerte.

Macri y Cambiemos piensan distinto sobre este asunto. Y apuestan manifiestamente a que la unidad cegetista no sea una mala sino una buena noticia para ellos y para su “normalización económica e institucional”: en vez de ver allí la señal de un peligroso endurecimiento opositor imaginan que con una sola central enfrente tendrán más chances de que imperen criterios moderados con los que acordar. Y es que conocen bien la experiencia de centrales en competencia que se disputan el rol de “abanderados de los trabajadores” maximizando sus reclamos, sobre todo contra gobiernos que no les son mucho de fiar.

Así, como a Cristina le resultó, sino lo mejor, lo menos malo para sus planes dividir a los gremios, a Macri podría convenirle su reunificación. Más todavía en momentos en que se habla de dejar atrás el estilo unilateral de imposición del cambio que caracterizó los primeros meses de gestión, y de buscar salidas concertadas, a las que en verdad están bastante obligados en el oficialismo tanto por el fallo de la Corte sobre las tarifas como por la demora en que lleguen las famosas inversiones.

El diálogo con gremios más unidos y coordinados puede cumplir también otra función positiva para el actual gobierno: aislar lo más posible a los ultras de la “resistencia”.

Cuando en el mes de abril los gremios hicieron su masiva concentración en defensa del empleo y del proyecto de ley al respecto, que finalmente Macri vetaría, se insinuó un escenario mucho más complicado: uno del que podría surgir un nuevo Ubaldini, cumpliendo una función relegitimadora de la “oposición popular” frente a un gobierno no peronista y “antipopular”, condenado al acoso de paros generales y marchas multitudinarias para demostrar que la “democracia real”, como solían decía el líder cervecero en los años ochenta, estaba en la calle y no en la Rosada.

Pero esa convergencia entre peronistas nuevos y viejos, K y no K, sindicales y territoriales, no prosperó. Entre otras cosas porque quien estaba ahí listo para encarnar la resistencia no se parecía en nada a Ubaldini sino más bien a Isabel: fue la señora de Kirchner la que hizo en los meses siguientes más que nadie para que esa escena de fines de abril ya no se repitiera.

También hizo lo suyo el gobierno, timoneando bien la relación con los gremios, cediéndoles recursos y abriendo vías de negociación que desalentaron más marchas.

Y actuaron en el mismo sentido factores llamémoslos estructurales del actual contexto, que seguirán operando aunque al nuevo gobierno no le vaya del todo bien, y a Cristina le vaya tan mal que su involuntario estímulo a la moderación se extinga.

¿Es que los peronistas han aprendido finalmente a respetar la alternancia?, ¿será cierto, como dicen, que “queremos que le vaya bien a Macri porque sabemos que como estamos no podemos gobernar”? En esto de un peronismo republicano puede que haya una cuota de ensoñación. Tal vez sea más correcto decir que su módica benevolencia ante el nuevo gobierno resulta de una mezcla de aprendizajes, resignaciones y también errores.

Por un lado el diagnóstico sobre lo que hay que hacer es mucho más compartido hoy que en los años ochenta. Buena parte de los hoy opositores, incluso en los gremios, hizo campaña hace pocos meses a favor de una normalización de la economía y las políticas públicas no muy distinta a la que está gestionando Macri. Nada semejante a esa divergencia irremediable que en la transición democrática enfrentó la ilusión de “regresar a los años dorados del primer peronismo” y el cada vez más crudo realismo estabilizador al que estuvo condenado Alfonsín. Que además era mucho más parecido a un descenso a los infiernos que lo que hoy está obligado a hacer Cambiemos.

Además influye el hecho de que casi todo el peronismo es bien consciente de que la moderación paga y la polarización no. Y eso porque el grueso de la opinión pública advierte lo complicado de la situación y las responsabilidades que a cada uno le caben. Y por tanto no toleraría una seguidilla de huelgas generales. No hay como en los ochenta un desastre militar que disipe lo que había aportado el desastre previo peronista. Aunque igual que Alfonsín Macri tiene que administrar una crisis que todavía no tocó fondo e imponer costos preventivos, que se justifican “por lo que sucedería si eso no se hiciera”, lo que siempre es complicado, tiene bastante más margen que aquél para hacerlo.

Los gremios hasta aquí al menos lo advierten con realismo. Eso no significa que vayan a ayudar demasiado. Pero finalmente necesitan que Macri haga el trabajo que saben necesario. En eso coinciden claramente con Massa, a quien no es casual respondan dos de los nuevos secretarios cegetistas: “nosotros lo haríamos mejor”, dicen a coro con el tigrense, “porque tenemos más sensibilidad social que los CEOs”. De lo que se puede deducir un mensaje implícito bastante más sugerente: “es mejor que lo hagan de cualquier modo a que fracasen, así después nosotros tomamos la posta con el camino despejado”.

De todo esto podría resultar una novedad en la conciencia histórica peronista. Cuando celebren en estos días a Cafiero, al cumplirse un nuevo aniversario del primer éxito de su Renovación, políticos y sindicalistas del movimiento tendrán la ocasión de recordar también las razones por las que él no llegó a presidente: su colaboración con Alfonsín no rindió frutos electorales porque a éste le terminó yendo mucho peor de lo que aquél necesitaba, ya no para ganarle las elecciones, sino para imponerse en la interna del PJ transitando “la vía media”, como diría Massa.

Respecto a los pronósticos electorales influye también otro factor, en el que se puede identificar tal vez más un error o subestimación que un signo republicano: y es que los peronistas siguen dudando de que el macrismo tenga alguna chance de perdurar.

Con Alfonsín realmente se asustaron: fue la primera vez que les ganaban y hacía poco que habían perdido a su líder histórico; temían en serio que aquél los dejara en el pasado; así que se desesperaron por desmentirlo. Nada ayudaba, en suma, a que creyeran en alguna medida de su interés que a ese gobierno le fuera bien.

Al macrismo en cambio le dan como mucho la sobrevivencia de un mandato. Y uno encima que tendrá que consumir sus energías desarmando el desbarajuste que ellos dejaron. Así que estiman no podrá resultar de ahí nada serio de temer.

Macri lo ha dicho en varias ocasiones: que lo subestimen es el mayor favor que le hicieron siempre sus adversarios. Aunque también hay que considerar la posibilidad de que en ese bajarle el precio haya una dosis de acierto.

Marzo será seguramente la fecha en que estas incógnitas, quién y en qué medida se equivoca, cuánto progresa la cooperación, se irá despejando. Entonces empezarán a definirse las listas y alianzas peronistas, dentro y fuera del PJ; y las segundas paritarias de Cambiemos, seguramente mucho más complicadas que las de este año para un ya no tan nuevo gobierno porque contendrán un balance de lo que él hizo, incluyendo lo que resulte del entuerto tarifario y una prospectiva, y también una eventual carga, para el avance de la estabilización.

por Marcos Novaro

publicado en la Nación el 31/8/16

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¿Macri se equivocó con Gómez Centurión?

Es lo que piensa al menos Elisa Carrió, que se acaba de reunir con el ex director de la Aduana y se ocupó de que los medios la fotografiaran abrazándolo, en un explícito esfuerzo por incorporarlo al altar de los “luchadores contra las mafias”, en el que ella oficia de suma sacerdotisa.

Y son cada vez más los que comparten esa idea: otros referentes del oficialismo y varios periodistas bien informados han ido sumándose a esta ola de simpatía por el desplazado, estimando que la grabación en que el ahora ex funcionario parece involucrarse en un negocio oscuro fue editada para que parezca decir lo contrario de lo que él estaba comunicando a quienes maquinaron la edición, y precisamente estaban siendo afectados por su decidido esfuerzo por terminar con tanta oscuridad. Que como se sabe en la Aduana es ama y señora desde hace décadas y lo ha sido cada vez más en los últimos tiempos.

La situación generada es bastante curiosa. Supone un nuevo problema para el gobierno, en un contexto en que ya tiene demasiados entre manos. Y se suma encima así uno autogenerado, por apurarse demasiado, o por ser excesivamente desconfiado hasta con los propios, o por ambas cosas a la vez.

Esto puede ser cierto, aunque en principio no se trata de una situación a resultas de la cual él necesariamente vaya a cargar con más costos: a diferencia de, digamos, las tarifas, el presidente podría salir ganando incluso habiéndose equivocado.

Si Gómez Centurión no logra disipar las sospechas, aunque no se demuestre tampoco su culpabilidad, el presidente habrá enviado el mensaje, tanto a la sociedad como a sus colaboradores, de que será inflexible y no le temblará el pulso cada vez que uno de ellos se meta en terreno resbaladizo y comprometa al resto del gobierno. Dejará claro no sólo que no es igual a Cristina, su gobierno no será un aguantadero, sino que prefiere pecar por exceso que por defecto y mejor atenerse a esa regla.

Podrá decirse que puede así desalentar a algunos de entrar a su gobierno, o debilitar la solidaridad de grupo, pero el mensaje de “no sólo hay que ser honesto sino también parecerlo”, si hace escuela, compensará esos problemas.

Del otro lado, si Gómez Centurión prueba que lo suyo fue sólo desprolijidad o descuido y que fue víctima de una operación montada por quienes se sentían amenazados por su celo y son parte del verdadero problema que sufre la Aduana, el presidente podría todavía rehabilitarlo, dejando sentado cuál será de aquí en más su método: primero hacemos a un lado a los sospechosos y después separamos la paja del trigo, digamos.

En suma, aunque a los apurones y sin buena información para fundar sus decisiones, Macri podría salir indemne del brete en que se metió, y hasta usarlo para validar un método, que le permitirá ganar por un lado o por el otro en esta y futuras situaciones semejantes.

Aunque hay un par de inconvenientes para que esto funcione. El primero y más importante, que el escándalo no se extienda a otras áreas de la gestión y se revele que hay otros funcionarios tan o más importantes que el ex jefe de la Aduana a los que debió aplicarse el método señalado, por ejemplo, de la Agencia Federal de Inteligencia. Si es cierto como se rumorea que algunos capitostes de la nueva gestión de la AFI están detrás de negocios turbios con el comercio exterior Macri corre el riesgo quedar no solo como un líder mal informado y apresurado sino comprometido en un aspecto esencial, el papel que desea cumplir en la lucha contra las mafias.

Además está la cuestión no menor de que para la clarificación de lo sucedido con Gómez Centurión el Ejecutivo vuelve a depender una vez más de los tiempos y los criterios que desee manejar la Justicia Federal. El juez Lijo puede dar largas al asunto y no hacer nada, o puede ampliar las pesquisas, tanto hacia abajo en la cadena de mandos de la Aduana como hacia otras reparticiones del gobierno. Y es poco lo que éste, a través de la Oficina Anticorrupción o quien sea, están haciendo para evitar que esa dependencia sea total.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 28/8/16

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Macri minimiza una derrota mayúscula

Es razonable que los funcionarios del Ejecutivo, cuando están de malas, disimulen, y digan ahora que el fallo de la Corte que invalidó los aumentos residenciales del gas no fue para tanto, que bastará hacer las audiencias reclamadas y seguir para adelante.

Pero no sería razonable que se lo crean. Porque en verdad el fallo fue mucho peor de lo esperado, va a traer mucha cola, tanto para la situación económica y fiscal como para el equilibrio político y la gobernabilidad, y coronó una serie de desaciertos oficiales muy difícil de entender, en que se comprobó que el famoso “equipo” no funciona muy bien que digamos, y el gobierno, el núcleo del Ejecutivo más precisamente, puede hacerse a sí mismo más daño que sus peores enemigos.

Aranguren explicó bien el problema de las tarifas de gas en el Congreso la semana pasada. Y poco después Marcos Peña comunicó también muy bien lo que el gobierno piensa hacer ahora que la Corte terminó de hundir su primer intento de actualizarlas. Ojalá hubieran actuado así cuando todavía había chances de salvar al gobierno del papelón.

Un papelón que se fue gestando de a poco, en un proceso lento y por capítulos, frente al que el Ejecutivo se negó reiteradamente a reaccionar y cambiar de estrategia, con el criterio de que cambiar en medio de la pelea iba a generarle costos que se podrían evitar si la Corte finalmente le daba la razón, y de que finalmente los que buscaban frenar los aumentos iban a quedar como “los que ponen palos en la rueda” porque el grueso de la opinión pública se movía entre el aval a la postura oficial y relativizar la cuestión (Durán Barba dixit).

Pero ninguna de esas dos premisas con que el vértice oficial se vino manejando finalmente se verificó.

Los aumentos de tarifas se volvieron el tema central de la agenda y el gran desafío para la “normalización sin mayores costos sociales” que el macrismo prometió. Y ni la oposición moderada ni los jueces quisieron colaborar con él en la tarea de administrarlos. Eso sucedió porque desde el principio eran el problema más grave de todos los problemas graves que el nuevo gobierno recibió. Y porque encima se agravó aun más por el modo, los tiempos y los argumentos con que el gobierno quiso resolverlo.

Marcos Peña afirmó, el jueves pasado, que el fallo no fue del todo contrario a la estrategia oficial porque dejó en pie los aumentos para empresas y comercios, de modo que el agujero fiscal generado sería de solo unos miles de millones, no de decenas de miles de millones como él mismo había dicho poco antes; y porque se reconoció que los problemas son heredados, es decir se mantuvo a salvo la legitimidad de la administración actual para insistir con estas medidas.

Pero lasuya fue una lectura demasiado optimista, tanto en el terreno fiscal como en el político. El fallo no pudo ser peor porque hacía falta mucha explícita mala leche para empeorarlo. Si no incluyó los aumentos no residenciales fue porque no era el tema en disputa, pero abrió la puerta para que los comercios y empresas presenten reclamos similares a los ya resueltos y dio la pauta para que jueces y fiscales decidan al respecto de modo semejante a como lo han hecho hasta aquí.

Además el fallo impugnó dos argumentos centrales que el Ejecutivo necesitaba mantener en pie para hacer gobernable el proceso de “actualización tarifaria”: en primer lugar, la distinción entre los precios de generación de la energía (el famoso “gas en boca de pozo”), y los de distribución. Sin certidumbre sobre precios de mercado o aproximados para la generación no va a haber inversiones en el sector petrolero, y la Corte acaba de enturbiar esa certidumbre al hacerse eco de la postura de Gils Carbó, según la cual ellos no son materia exclusiva de decisión del Ejecutivo y para su fijación rige la obligación de hacer audiencias y de que se garanticen difusos criterios de razonabilidad para los consumidores. Por eso el fallo invalidó todo el aumento, y no sólo la porción que afectaba la distribución, como esperaba el gobierno de la supuesta “vocación salomónica” de los jueces supremos.

En segundo lugar, la advertencia de que las audiencias no deben ser solo consultivas sino que deben tomarse seriamente en cuenta las opiniones que en ellas se expongan. Los jueces tampoco explicaron cómo hacerlo y probablemente haya sido porque deben saber que es casi imposible que algo así se lleve a la práctica cuando lo que está en juego es una brecha enorme entre los precios vigentes y los que hace falta establecer para que producir gas o electricidad y distribuirlos vuelva a ser más o menos sustentable. De nuevo, salvaron la cara, a costa del Ejecutivo: será él el que deberá ir próximamente a la Usina del Arte y enfrentar allí masivas concentraciones opositoras que le reclamarán, con el fallo de la Corte en la mano, “¡¡que se vote!!”.

En suma, Lorenzetti y compañía se aseguraron que los garantistas de este mundo festejen y los celebren. Y que el oficialismo se encargue solito del problema de la gobernabilidad. No sólo en materia fiscal, sino más en general, de la gobernabilidad social y económica.

Porque si se prolonga y generaliza la demora del aumento de tarifas, como es muy probable que suceda de seguir por esta senda, la situación se va a complicar por todos esos flancos: tendremos más déficit, más inflación, menos inversiones, más recesión y por tanto más protestas y reclamos, que sólo se calmarán con más déficit y así sucesivamente.

¿Qué opciones tiene todavía a su alcance el gobierno? Por ahora puede disimular, mientras acomoda el golpe. Y prepara las famosas audiencias. Pero debería saber que si va a ellas con el mismo esquema de gestión y propuestas que manejó hasta aquí puede sufrir nuevos trastazos, porque más gente va a reclamar, por la electricidad, el agua y todo lo demás, desde las entidades empresarias y no sólo las ligas de consumidores, y más jueces y fiscales van a considerarse autorizados a intervenir.

Una alternativa sería, como ha sugerido Domingo Cavallo, un giro hacia el mercado: desregular el sector, intervenido desde 2002 con los resultados que están a la vista, lo que permitiría entre otras cosas terminar con este asunto de que la emergencia ha dejado de ser un recurso de gobernabilidad en manos del Ejecutivo y le impone ahora a él la obligación de lograr lo imposible, conformar a todo el mundo.

Una segunda alternativa sería un pacto de gobernabilidad energética, con una porción suficientemente amplia de la oposición, que esté dispuesta a hacer lo que los jueces no quisieron, compartir los costos de administrar la salida, ya con menos margen de tiempo, pero con más sustento político de lo que se intentó hasta aquí.

El Ejecutivo en principio parece inclinado a optar por esto último, pero habrá que ver si sigue siendo su idea en caso de que las exigencias opositoras se vuelvan excesivas, o el tiempo se agote. En cualquier caso no podrá disimular que su poder ya no es el mismo: los jueces han incrementado el suyo a su costa, y seguramente los legisladores harán pronto lo mismo.

Hay quienes en el oficialismo también celebran esto, diciendo “vieron, ¡volvió la República!”. El problema sería que su regreso equivalga al declive de la gobernabilidad. La clave está en que el sistema republicano divide el poder pero para que los distintos actores institucionales cooperen y se fortalezcan entre sí, no para que se traben unos a otros. El fallo de marras no asegura que esa cooperación vaya a ser en adelante más sencilla y fluida. Todo lo contrario. Pero claro, la culpa no es sólo de quienes lo escribieron, sino sobre todo de quienes les dieron la oportunidad de hacerlo. Estos son los que tienen que cambiar urgentemente de menú.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/8/16

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Como todo vuelve, volvió Scioli y Macri volvió a hablar, y a equivocarse

La política argentina se asemeja a un perro mordiéndose la cola. Parece que va a lograrlo y sacarse de encima esa picazón que lo desespera, pero gira y gira sobre sí misma agotando sus energías.

Es cierto que, como dice Cristina, los procesos judiciales y los políticos están como pocas veces conectados en estos tiempos. Pero la conexión que ella postuló no parece ser la que corresponde a los hechos.

Dijo que quienes son una potencial amenaza para el oficialismo como candidatos opositores, por su arrastre popular podemos imaginar, se vuelven blanco de jueces y fiscales en casos amañados sobre supuestos actos de corrupción.

Cuando en verdad lo que está sucediendo es exactamente lo opuesto: los que corren el riesgo de terminar presos por haber metido la mano en la lata demasiado hondo se apresuran a anunciar su voluntad de combatir al gobierno hasta el último aliento, en la calle y en las urnas; y no lo hacen sólo para politizar las acusaciones en su contra y victimizarse, sino también para extorsionar al resto de su partido, el peronista, donde se teme más que al poder electoral del macrismo al efecto pianta votos de todos estos ex funcionarios procesados, y con razón.

Lo hizo Cristina, cuando volvió del sur por primera vez sin necesidad de que la convocaran a Comodoro Py, sino para lanzar un programa de recorridas por barriadas populares. Pero con la vista puesta tanto en los avances de jueces y fiscales en su contra, como en el vacío cada vez más evidente que le hacen sus ex seguidores del PJ.

Y ahora lo hace Scioli, también alarmadísimo por un escándalo de proporciones en las cuentas bonaerenses de gastos discrecionales, que se suma en realidad a varios escándalos previos, sobre las cajas de la policía y su porcentaje para la política, sobre la falta de correspondencia entre gastos y prestaciones del instituto de servicios sociales, en fin, lo que ya todos sabíamos pero temíamos preguntar, y explica tal vez mejor que su carácter pusilánime la eterna obediencia que le debe a CFK, que seguro se ocupó de preguntar y memorizarse todos esos detalles hace bastante tiempo atrás.

En su caso fue más llamativo que en el de Cristina, además, porque supuso abandonar el barco de los moderados. Al que se había subido de la mano de Gioja, seguramente pensando que iba a ser una buena forma de ganarse amigos en el bando oficial, y conservar los que tenía entre los jueces. Pero Vidal, Carrió y algunos miembros del poder judicial cooperaron explícita o implícitamente para hacer fracasar esa apuesta.

¿Puede ser la amenaza de una convergencia entre él y Cristina más creíble como amenaza electoral hacia los peronistas que la que pretendía encarnar ella sola desde el Instituto Patria y con la colaboración exclusiva de los fanáticos? Este es el quid de la cuestión.

Y saber en ese caso que vía adoptaría el resto de los peronistas: apostar aun más abiertamente a aislar al kirchnerismo residual, o revisar sus pasos y tratar de calmar a las fieras, prometiendo colaboración político-electoral y sobre todo judicial con la señora.

Si hicieran lo primero seguramente el beneficiado sería Massa, si en cambio optaran por lo segundo, o al menos lo hiciera una porción significativa de los peronistas del territorio, lo sería el gobierno, que se garantizaría la división del voto opositor el año que viene. Y si fracasaran tanto en una cosa como la otra lo sería aun más, porque esta división se convertiría directamente en dispersión.

Por ahora probablemente no hagan nada. Porque hay tanta incertidumbre en el ambiente que mejor esperar a que las cosas decanten. Con el tiempo se verá si los procesos judiciales son tan serios como parecen, si las encuestas siguen indicando que la señora, La Cámpora y también Scioli son cosa del pasado, y cómo se acomodan los nuevos líderes pejotistas y renovadores.

El problema puede ser que esperen demasiado y cuando llegue la hora de comprometerse ya el valor de su colaboración sea más bien bajo. Porque es cierto que en la política argentina, como se dice, suele no convenir dar a los políticos por muertos porque todos tienen segundas y terceras oportunidades, todos pueden volver. Pero también es cierto que las vueltas de página la gente suele hacerlas drásticamente, y parece que esta es una de esas ocasiones en que lo que todos están esperando que suceda, que Cristina se extinga, ya pasó hace rato.

Mientras tanto el gobierno se genera sus propios problemas. No sólo sigue enredándose en el laberinto del tarifazo, un asunto que pasó de manos del Ejecutivo al Judicial, y de ahí al Legislativo, con lo que ya no se sabe muy bien dónde se va a arreglar, sino que insiste en consumir el crédito de partida que le queda en exposiciones incomprensibles de la figura presidencial.

No otra cosa fue la entrevista que brindó Macri en Facebook, se supone que para fortalecer nuevas redes de comunicación, pero en la práctica para enredarlo en viejas discusiones sobre la historia, y peor todavía, en una equívoca postura sobre su rol.

No es creíble que el presidente haya ido a esa entrevista sin saber que le iban a preguntar sobre el número de desaparecidos. Más sabiendo que esa cuestión había suscitado el único reemplazo de funcionarios concedido a la presión opositora desde que inició su mandato. Si fue así no es fácil entender que Macri haya dicho muy suelto de cuerpo dos cosas totalmente contradictorias: primero, que los crímenes de la dictadura él también los considera lo peor que nos ha pasado, y segundo, que “no tiene ni idea” de cuantos son los desaparecidos e indagarlo no es una cuestión de estado si no una “discusión inútil”.

Hay veces que el presidente deja demasiado en evidencia que pretende seguir mirando los procesos políticos como un espectador más. Que espera que las cosas salgan como él nos prometió, pero si salen de otro modo está dispuesto a decir “fracasé” y ya. Tal vez no advierta un pequeño detalle: él habla y actúa por el estado nacional. Si los desaparecidos son una cuestión de estado, no puede decir lo que él, individuo, opina, si no que debe asumir ante todo la obligación estatal de hacerse cargo del asunto. Entre otras cosas, cuantificar el problema.

Diferenciándose de quienes durante años hicieron lo opuesto y postularon “el estado soy yo”, él parece querer decirnos “no busquen eso en mí, yo no soy”. Pero eso funcionaba estando en la ciudad, mientras tenía enfrente a Cristina. ¿No se da cuenta acaso de que la situación cambió, él la cambió? El riesgo bien concreto es que transmita un mensaje equívoco, “el estado es nadie” y genere más desconcierto y debilidad que republicanismo. Con sus livianas afirmaciones sobre los desaparecidos, al menos, fue lo que sucedió.

Por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/8/16

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Bonafini y Moreno: dos patoteros con look “rebelde”

Hay algo peor que un patotero: uno que se disfraza de rebelde luchador contra supuestos dominios y atropellos ilegítimos, que lo autorizarían a practicar la violencia desde condición de “víctimas”. Moreno y Bonafini dieron dos buenas muestras de ello esta semana.

Lo más increíble del programa de canal 9 en que Guillermo Moreno insultó y amenazó al economista Martín Tetaz porque este le dijo que estaba mintiendo sobre la inflación durante el kirchnerismo no fue lo virulento de sus ataques, si no la reacción entre dócil y cómplice de las conductoras.

Una le pidió a Moreno que no se siguiera parando y paseando a sus anchas porque ella era la encargada del programa, insólito. Ni siquiera le reprochó las agresiones a su compañero de trabajo y la explicación que dio de su pedido de “calma” fue que “no quería que el programa se volviera una guerra”. Cuando en ningún momento se trató de eso. Había un solo agresor, desatado, imponiendo su ley con gritos y amenazas, que se salió con la suya porque no contestó la pregunta que le hicieron y su interrogador no volvió a hablar. Además de que casi se va del programa. Como dijo el mismo Moreno, quedó exiliado, aislado, exonerado de momento de su puesto de trabajo porque nadie lo protegió, ni la producción, ni sus colegas, ni sus jefes, que era lo que el ex funcionario buscaba y consiguió.

En cualquier país normal un personaje con estos hábitos probablemente hace tiempo que estaría tras las rejas, seguro no lo invitarían a programas de televisión cada dos por tres, y más seguro todavía lo hubieran frenado y echado del set apenas empezó su patoteada. Pero este sigue todavía sin ser un país normal. Y le va a costar serlo, mucho más que el simple cambio de gobierno.

Se dirá que luego Tetaz recibió muchas muestras de solidaridad. Y Moreno muchas críticas. Pero su trabajo ya estaba hecho. Lo que se vio en la escena fue a un patotero imponiendo su ley. Y la teve dejando hacer.

Algo parecido ha sucedido hasta aquí con el pedido de indagatoria, y luego de detención contra Bonafini, y su vuelta a la carga contra los jueces y fiscales que la investigan por corrupción. La cantinela de los fanáticos K que ven en todo eso persecución política digitada desde el Ejecutivo y las “corporaciones” (les faltaría decir “la sinarquía internacional”) era esperable. Lo no tan esperable, más destacable y sobre todo mucho más preocupante fue el silencio de radio de los agredidos y la casi nula reacción del resto de la Justicia.

Bonafini hizo como esos militantes extremistas, de izquierda o de derecha, que van a movilizaciones callejeras a buscar que algún policía los reprima, y si no lo logran están dispuestos a tomar el bastón policial y se lo sacuden por la cabeza. Con el agravante de que en el caso de Bonafini el policía que busca obligarla a cumplir la ley lo hace por graves acusaciones de corrupción, no por nada que haya hecho en la calle.

Ella dio a entender que estaría feliz si la buscaban por la fuerza y unos cuantos fanáticos la acompañaron montando un show que fue pura provocación. Lo cierto es que a Bonafini le da lo mismo que la metan presa sea por desacato o por corrupción. Lo que no quiere es un juicio imparcial y a la luz pública, porque le complicaría seguir diciendo que sus delitos no existen y es todo una conspiración armada por un poder autocrático e ilegítimo.

Bonafini no sólo se pone así en víctima, se erige en encarnación de una legitimidad tan extraordinaria, que las leyes civiles y penales de este país no valen un pito frente a ella. Y una buena cantidad de kirchneristas fanáticos lo repite y la ayuda a llevarlo a la acción. Por caso Luis Bruchstein en Página 12 acaba de escribir que si termina presa su ídola, Macri habrá realizado el sueño de Videla, sería peor que él, y por tanto estamos en la “antesala de la violencia”.

Escribir sandeces es legal, claro. Pero hacer lo que hace Bonafini, igual que lo que hace Moreno, no. Sin embargo por ahora al menos ella se sale con la suya. Porque burla a la Justicia, habla y habla, mientras ésta está en silencio, duda y deja hacer.

Un problema serio de los demócratas liberales aquí y en todo el mundo (basta ver lo que sucede en la campaña electoral estadounidense con Trump), es que sus convicciones morales no alcanzan muchas veces por sí mismas para movilizarlos con la contundencia suficiente para defender las condiciones de vigencia de sus principios. Condiciones que son en cambio fácilmente utilizadas por quienes odian esos principios y desean destruirlos para atropellar a su prójimo y a las instituciones.

Esto en parte es incorregible. La democracia liberal está obligada a tratar decentemente, es decir dando la oportunidad de hablar y de votar y de manifestarse de muchas otras maneras, a grupos que no se lo merecen, porque no son ni mínimamente respetuosos de ese orden.

Pero solo en parte es así. Los demócratas tienen también la obligación de decir no y frenar el maltrato injustificado. Dejar en claro que respetar las reglas de juego libre no suponen indiferencia moral ni dejar hacer “hasta que la Justicia se expida”, ser imparciales en la aplicación de la ley no incluye ser indiferentes ante conductas que dañan nuestra convivencia y las reglas básicas que hacen posible nuestra democracia. Moreno y Bonafini están muy lejos de respetar estas reglas, se dedican cotidianamente a dañarlas, y no van a dejar de hacerlo. No se trata de hacerlos callar. Sí de ponerlos en su lugar: no se les debe seguir dejando usar las instituciones de la democracia para destruirla. Ya lo hicieron durante demasiado tiempo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/8/16

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Cristina en el final vuelve a abrazarse al chavismo

La ex presidenta volvió a volver, una vez más, pero la tercera no fue la vencida. Estuvo lejos de ser millones: reunió unos pocos cientos de personas en el Instituto Patria, y muy pocos referentes políticos de peso. Aunque no se inmutó ante las dificultades y habló como si se dirigiera a las masas entusiastas de antaño.

Esta vez no tiene cita en tribunales, sino un programa de actos políticos en la ciudad y el conurbano por delante. Con los que espera retener una base de apoyo que va esfumándose entre sus dedos desde que dejó el gobierno. Según todas las encuestas más o menos creíbles su popularidad venía cayendo ya antes del escándalo de López y las monjitas, y ahora directamente se derrumbó, con porcentajes altísimos, de alrededor de 80%, convencidos de su culpabilidad en los hechos de corrupción, y un núcleo duro de fieles que también se desgrana.

Pero eso no es lo peor: su poder partidario se ha evaporado aun más rápidamente. En el PJ son muy pocos los que todavía creen que haya que tenerla en cuenta, porque se estima que aunque zafe de ir presa los procesos en su contra van a seguir avanzando, van a ser cada vez más y van durar años; la visión social sobre sus responsabilidades tanto en la corrupción como en los problemas económicos que vivimos no va a mejorar aunque Macri tenga más y más problemas; y por tanto va a ser un pésimo negocio quedarse cerca de ella.

Sucede al mismo tiempo, sin embargo, que el grupo de dirigentes que aun la acompaña, a medida que se achicó, se abrazó con más y más fervor a un diagnóstico radicalmente divergente de esa opinión reinante en el resto del peronismo. Con lo que la comprensión y la cooperación entre ambas partes se fue volviendo más difícil.

Es decir, los kirchneristas se han ido haciendo más y más puros, y más fanáticos. A medida que se volvieron impotentes. En vez de tomar nota de que su estrategia no funciona y les convendría cambiarla antes de que sea tarde, se hicieron fuertes en las convicciones que abrazaran al desayunarse que Scioli iba a perder y ellos deberían abandonar el estado nacional: creen todavía que Macri va a fracasar y que la estrategia de resistencia y polarización es la más conveniente para recoger la ola de rechazo que entonces se desataría, los errores de gestión del gobierno nacional les dan ánimo para insistir, y las investigaciones judiciales hacen el resto para convencerlos de que están jugados a matar o morir.

El abrazo apasionado que celebraron en ocasión del cumpleaños de Hugo Chávez el jueves pasado brindó la oportunidad de escenificar esa convicción, dejar en claro que no van a aflojar ni a moderarse, sino todo lo contrario.

Es sugerente que desde que Venezuela se internó en una crisis cada vez más aguda los homenajes y demás muestras de sintonía con el chavismo de parte de sus parientes locales habían ido disminuyendo. Hablaban de Evo, de Lula, hasta de Correa y de Cuba, pero no mucho de Maduro. Defender sus dislates no parecía muy razonable cuando aun se creía tener algo más valioso que defender que las convicciones.

Ahora que han perdido casi todo, que están crecientemente aislados y que se enfrentan al peligro cierto de la extinción han dejado de tomar esas precauciones: “¡Si, somos chavistas a muerte, ¿y qué?!” parecen decirnos Cristina y los suyos. A la espera de que en esa tesitura extrema al menos sigan acompañándolos quienes valoran las creencias ideológicas por sobre todo lo demás, por sobre los resultados, el estado de derecho, la mínima honestidad personal y la misma conservación del poder.

Es una máxima conocida que cuanto más lejos se está de ejercer el gobierno, los grupos políticos más se unen en torno a ideas. ¿Podría entonces el kirchnerismo encontrar en estos gestos una forma de sobrevivir, aunque sea como secta?

Podría creerse que sí. Aunque creo que hay razones para dudar tanto de que esta sea realmente la apuesta de Cristina, como de que ella tenga muchas chances de éxito.

Ante todo, porque lo cierto es que ni siquiera en esta hora del final el kirchnerismo es sincero, ni siquiera ahora que se enfrenta a la perspectiva de la cárcel y la marginalidad sus líderes nos dicen la verdad. Porque lo cierto es que todo este circo chavista viene a adornar una operación electoral tan pedestre como mezquina: tratar de instalar a Cristina como candidata bonaerense con mínimas chances, como para que el resto del peronismo tema que si la dejan sola y abandonada a su suerte ella puede competir y robarles los suficientes votos como para condenarlo a una dura derrota frente al oficialismo. Una apuesta poco viable, por cierto, pero sobre todo muy poco constructiva hacia sus compañeros de partido.

Y precisamente porque es poco viable lo más probable es que pase pronto al olvido, igual que el Frente Ciudadano y la Segunda Resistencia: los peronistas están desorganizados y confundidos, pero no tanto; conocen de encuestas y de tendencias de opinión, y saben que les va a ir casi seguro peor si siguen sometidos a Cristina que si se olvidan de ella, y que no hay términos medios porque el kirchnerismo no se deja moderar, no cede en sus costumbres más soberbias ni siquiera al borde de la impotencia. Ellos también lo contemplan en el espejo del chavismo y los papelones de Maduro, y no quieren ni por asomo compartir ese destino.

por Marcos Novaro
publicado en TN.com.ar el 2/8/16

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Macri quiere comunicar mejor un método de gestión que cree infalible, aunque ya falló

¿El presidente defiende su autoridad o se revela sordo a las señales de alarma? Puede que haya un poco de las dos cosas: está obligado a jugarse por la suba del gas, pero podría a la vez corregir problemas de coordinación ya evidentes.

Tras la tormenta interna y las críticas públicas desatadas por el freno judicial a los tarifazos el presidente parece haber adoptado una vía que combina cierta corrección comunicacional con la insistencia en el método y los criterios de gestión que viene utilizando tanto en esta materia como en el resto de su administración: “hablaré más y hablarán otros, pero lo demás”, nos dice, “va a seguir igual”.

La respuesta presidencial a la primera crisis seria que enfrenta en el cargo tiene un costado razonable y lógico: Macri entendió bien que lo primero que estaba en juego no era el calor popular (en ninguno de sus sentidos) ni el ajuste fiscal, sino su autoridad, y se jugó para preservarla saliendo a la palestra a respaldar las medidas adoptadas y a sus colaboradores.

Parece decirnos así que si acaso se ve obligado en algún momento a hacer cambios en su gabinete y en su programa de acción no los hará bajo presión de los opositores, ni de los jueces ni de la prensa, ni siquiera apurado por las encuestas o las cacerolas. Se tomará su tiempo y los decidirá cuando más le convenga.

Todo esto puede estar bien pero no agota el problema. Porque al mismo tiempo está marcando un límite a la “disposición a corregirse” tan celebrada hasta aquí: nos está diciendo también que puede revisar esta o aquella medida puntual, por ejemplo en este caso poner un límite a los aumentos, pero no va a corregir el modo en que le gusta y ha decidido hacer las cosas; el método es intocable. Tal vez porque se lo considera infalible. O tal vez porque tema que si empieza a meter mano ahí, en el motor de su administración, el prestigio del gobierno se debilite en vez de fortalecerse, es decir, suceda lo contrario de lo que pasa cuando se muestra dispuesto a corregir medidas puntuales.

¿Se justifica este temor? Probablemente no. Porque ni la infalibilidad ni la fragilidad están demostradas. Al contrario, si tomamos como bueno el antecedente de la ciudad, podríamos incluso concluir lo contrario: allí Macri tardó en ocasiones demasiado en reemplazar funcionarios que no funcionaban y cambiar métodos de trabajo; y cuando finalmente lo hizo no sufrió mayores inconvenientes, ni de dentro ni de fuera de su coalición.

Por otro lado, es cierto que puede haber déficits de comunicación que complican más las cosas. Pero no habría que exagerar su importancia, ni mucho menos usarlos como tapadera para no considerar los problemas de gestión. Ni siquiera en los casos en que esos errores se volvieron algo escandalosos, como cuando Durán Barba, Aranguren y hasta el en general más cuidado Prat Gay se fueron de boca sobre la pobreza, el derrame y cosas por el estilo.

Se supone que una ventaja del gobierno de Macri respecto al anterior es que nos dice la verdad, no minimiza ni oculta los problemas. En ese marco, los despistes de esos y otros funcionarios podrían considerarse “excesos de sinceridad” y revelar más que una condición “socialmente insensible”, como acusa la oposición, un cierto exceso de virtud, una sincera renuencia a dorarnos la píldora, y no ser por tanto demasiado graves ni demasiado reprochables.

Nada de esto obsta que se atienda a un agujero negro de la estrategia oficial sobre las tarifas: el hecho de que se ignoró que entre los que reciben el beneficio de las tarifas sociales y los que pueden pagar los aumentos sin demasiadas dificultades, es decir entre los pobres y los ricos, hay unos cuantos millones de personas que sufrirán y mucho por los aumentos, y unos cuantos miles de comerciantes y empresarios PyMEs que están en parecidas condiciones. El gobierno tiene que resolver los problemas de estos sectores, antes que ninguna otra cosa, lo que requiere de una mucho más cuidada coordinación de información y recursos de la que ha demostrado hasta aquí, después si le queda tiempo puede comunicar mejor.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/7/16

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