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¿Hasta cuando la sociedad tolerará el ajuste?

El gobierno de Macri, un poco más aliviado con la relativa calma de los mercados cambiario y financiero de los últimos días, parece estar recuperando también el buen sentido en su estrategia de comunicación: dejó de “quejarse de los quejosos” con el infeliz abuso de una ocurrencia que había sido en principio reveladora y divertida, “¡queremos flan!”, para pasar a reconocer y agradecer la disposición de la gran mayoría a “poner el hombro y compartir el esfuerzo”, en suma, tolerar el ajuste.

El giro es además de justo, oportuno, porque si algo tiene que evitar en este momento el Ejecutivo nacional es que a la amplia percepción de que han estado metiendo la pata en forma sistemática se sume la visión de que son ingratos y no reconocen lo duro que es para muchos hogares soportar tarifazos, suba de precios, incertidumbre cambiaria y encima a un gobierno medio turulato.

Por eso resultó tan importante que Macri reconociera errores propios. Ellos, junto a la “pesada herencia” son el principal factor explicativo de la crisis para alrededor del 70% de la opinión pública. No debería olvidarlo porque el resto solo piensa en esos “errores” y vota a Cristina.

Para esa amplia mayoría de la sociedad, además, los problemas son graves, estructurales, es decir que existen más allá de lo fallida que haya sido hasta aquí la estrategia oficial para encararlos. Lo que habla de un diagnóstico bastante realista y matizado sobre la situación, que bien puede considerarse el principal recurso de gobernabilidad con que hoy cuenta el oficialismo: sin él las cosas serían muy distintas en la escena política y social, y sería probablemente cierto lo que los opositores más virulentos, apresurados por sacar provecho de la coyuntura, andan diciendo por ahí, que Cambiemos “ya fue” y que lo que está en discusión es quién lo reemplaza.

¿De qué materiales está hecho ese “realismo” presente en la opinión pública y cuán sólido es? ¿Podrá aguantar nuevas corridas cambiarias y saltos de la inflación? Es difícil dar una respuesta, pero algunos datos ofrecen pistas útiles para pensar la cuestión.

Para empezar, es bastante sorprendente, hasta inédito dada nuestra tradición estatista, que el “fiscalismo” se haya ido fortaleciendo a medida que se agravó la crisis: como si a pesar de que las medidas oficiales para contener el dólar fallaban una y otra vez, la explicación que el gobierno ofreció del problema, que el déficit era insostenible, se hubiera ido confirmando a los ojos de muchos ciudadanos. En una encuesta de Opinaia de principios de septiembre el 73% acordaba con la afirmación “el gasto del Estado es insostenible a largo plazo”, mientras que en agosto el acuerdo llegaba al 70%. Agreguemos que, en la última medición, llegó a 77% el apoyo a la idea de que “el déficit fiscal es uno de los principales problemas de la economía argentina” y la iniciativa para reducir a cero el déficit recibió la adhesión de un 55% de los encuestados.

¿Será fruto de una sutil eficacia del discurso oficial? Sólo en parte puede atribuirse a sus méritos, pues de otro modo no se entendería por qué al mismo tiempo tan pocos creen en lo que el gobierno dice y hace: confía en él no más de un tercio de la opinión, y según también otras encuestadoras y el índice de confianza que elabora la UTDT, ese porcentaje ha seguido cayendo en los últimos tiempos.

No, lo más determinante en este “realismo fiscalista” parece ser que no hay explicaciones alternativas verosímiles, y eso al menos en parte sucede porque se cree aún menos en los opositores, en sus capacidades y argumentos.

El tercio que confía en Macri es un resultado magnífico si se lo compara con entre el cuarto y el quinto que lo hace en todos sus adversarios juntos. Cuando Opinaia preguntó si estaríamos mejor, igual o peor si en vez de estar Macri en funciones estuviera algún líder de la oposición, los resultados fueron bastante decepcionantes para todos ellos: sólo el 34% piensa que nos iría mejor con la ex presidenta, contra 50% que cree que la situación sería peor; para Scioli los resultados son aún más penosos, 24 contra 52%; y aún con Massa son pobres, 19 contra 38%. Lavagna, que es el único opositor que más o menos se salva del desprestigio general, pero no figura al menos por ahora en la grilla de competidores, apenas si empata con el presidente: 27 contra 26%. Y eso que el sondeo se hizo mientras el dólar batía records y la sensación de inestabilidad creciente se extendía en la sociedad.

En suma, podría decirse que una buena porción de la sociedad sigue dándole una segunda (o tercera, o cuarta) oportunidad a Cambiemos porque no ve alternativas, porque desconfía más del peronismo que de Macri y porque no ha surgido hasta ahora el líder capaz de dar vuelta la página, plantearle a la gente que “esto ya fue” y que hay otro camino. No está ni va a estar entusiasmada con lo que el gobierno le ofrece, pero el ajuste de expectativas ha ido haciendo su trabajo, incluso anticipándose al ajuste de los ingresos. Si el gobierno de Macri no logra sacar provecho de esa disposición, ni de la inédita debilidad de los opositores, no va a ser por responsabilidad de nadie más.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/9/2018

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La izquierda que promueve y festeja la censura

Un grupo de militantes impidió la proyección de Soledad, film que homenajea a una militante anarquista, porque la realizadora es hija de Macri. ¿No resulta un poco absurdo? Lamentablemente, es solo un eslabón más de una larga cadena de absurdos.

Una porción importante de los llamados “progresistas” argentinos se pone eufórica cada vez que logra acallar a quienes no piensan como ella. En los últimos días hubo varios episodios en que se dio rienda suelta a ese entusiasmo. Aunque en realidad no es algo nuevo: lo vienen haciendo desde hace bastante tiempo.

Años atrás los acallados solían ser miembros de “la derecha neoliberal responsable del 2001”, gente tan horrible que se merecía casi cualquier daño que se les pudiera hacer. Así fue que piquetes de progresistas y militantes de izquierda lograron en varias ocasiones que Domingo Cavallo no pudiera hablar en público. ¡Bien por ellos, qué siga la lucha!

Más cerca en el tiempo le empezó a pasar lo mismo a figuras del macrismo, tanto funcionarios como simpatizantes. Se recordará la vez que Pablo Avelluto no pudo dar su discurso de inauguración de la Feria del Libro. Ante lo cual los mismos responsables de esa feria guardaron silencio. Luego fue el turno de Alfredo Casero, que se atrevió a “ofender a las Abuelas de Plaza de Mayo”. En verdad, lo que hizo fue dudar de las pruebas de ADN para identificar a los nietos. Eso bastó para que universidades de varios puntos del país decidieran suspender espectáculos que tenían programados con el actor. ¿Lo habrán decidido por las presiones recibidas de grupos de izquierda y derechos humanos, o porque su idea del pluralismo no alcanza para tolerar a alguien que a veces habla sin pensar o sin saber (Casero se disculpó de esa frase; tal vez lo que no gustó fue que no se arrepintiera de todo lo demás que suele decir). Ahora el periodismo militante salta de alegría cada vez que se cae una de sus funciones: ¡Gooooooollll de los derechos contra el fascismo!

El anteúltimo episodio de la saga (el último fue el de la película Soledad) involucró a una ONG, “Ciudadanos Libres por la Calidad Institucional”, que convocó a un debate en la Legislatura porteña, justamente sobre los excesos militantes en la educación pública, las frecuentes situaciones en que los docentes de primaria o secundaria abusan de su poder en las aulas y “bajan línea”, adoctrinan a sus alumnos. ¡Vade retro Satanás! Afortunadamente gente de buen corazón no se las dejó pasar: legisladores kirchneristas y de izquierda reclamaron que la actividad se prohibiera, porque “no estamos ante un debate de ideas, sino frente a discursos que fomentan la violencia, promueven el negacionismo y amenazan la libertad de cátedra y la seguridad física de las y los docentes de esta Ciudad”. El viejo truco de exagerar al mango el daño que supuestamente producen las opiniones ajenas para justificar la intolerancia, para que “hablar” se vuelva más objetable que “no dejar hablar”. ¡Pero con qué maestría lo argumentaron, igual que en el caso de Casero, en nombre de los derechos humanos! Los integristas religiosos alrededor del mundo tienen mucho para aprender de nuestros “progres”.

Como se ve, no es algo nuevo. Aunque que siga sucediendo es un poco sorprendente (y para sus promotores, esperanzador): ¿por qué lo siguen logrando, cuando ya el kirchnerismo no está para promoverlo desde el poder? Se pensó que esos grupos se salían con la suya porque tenían al Estado detrás, y amedrentaban a los que quisieran oponérseles. Cuando en verdad lo decisivo nunca fue eso, sino que nadie o muy pocos estuvieran dispuestos a desafiarlos: lo realmente preocupante es que las autoridades de la Legislatura aceptaran suspender la reunión de Ciudadanos Libres, más o menos lo que hicieron en universidades del interior con Casero. Es como si nos dijeran: ¿para qué meterse en líos?, ¿para defender la libertad de expresión?, no vale la pena.

También es sorprendente que no hayan prosperado las críticas y los anticuerpos “desde adentro” de la tradición de izquierda o progresista contra estas actitudes. Es más: pareciera hasta que en ese costado de nuestro espacio político y cultural había más disensos al respecto durante los gobiernos K que ahora: entonces sí gente como Margarita Stolbizer, Beatriz Sarlo o hasta Victoria Donda se hacían escuchar frente a episodios de este tipo, hoy en cambio están dedicadas a otros menesteres, o han perdido llegada al público, o simplemente pasan desapercibidas frente a la masividad del reclamo para sacar de la cancha a quienes ofenden a nuestro Mahoma.

¿Por qué esto es así? En parte porque es más extendido de lo que parecía el desprecio hacía el liberalismo político y los derechos individuales, sobre todo desde que él se arropa en el lenguaje de los derechos humanos, presentado como si fuera una alternativa superadora de esas concepciones “decimonónicas” y “restringidas” de las libertades, cuando en verdad es una forma de degradarla.

También porque en el ínterin lo que ha perdido crédito, al menos en el corto plazo, es que sea posible habilitar una vía reformista de izquierda para sacar el país adelante. Así que mucha gente de esa orientación se ve confrontada a una alternativa desagradable, olvidar de momento sus preferencias ideológicas, o sacrificar su reformismo y convertirse en tardíos compañeros de ruta de los antiliberales y estalinistas que hasta hace un par de años les resultaban insoportables. Por donde se la mire, una alternativa desgraciada.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/9/2018

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Peronistas y empresarios atrapados entre ser parte del problema o de la solución

Tanto en las filas del partido de Perón como en el mundo de los negocios son muchos los que odiaron de verdad la forma de gobernar de los Kirchner. Porque vieron desde dentro, o desde muy cerca, la tragedia que significaba para el país, no sólo por la corrupción sistemática, también por el modo alevoso en que dejaron pasar una irrepetible oportunidad de superar la decadencia.

Sin embargo esos mismos sectores, a veces los mismos individuos, temen lo que puede depararles la caída en desgracia definitiva de ese proyecto. ¿Y si los arrastra con ellos?

Y es que, más allá de lo que pensaran, ellos se contaron entre sus socios más necesarios. Y cumplieron ese papel, en muchos casos y en casi todo lo que importa, sin resistirse, sin que hubiera que apretarlos, amenazarlos ni nada por el estilo, y cuando tenían a la mano otras opciones. Nada que ver, por tanto, con el síndrome de Estocolmo: fue puro y bien calculado autointerés antes, y sigue siéndolo ahora.

Los Kirchner actuaron como lo hicieron porque pensaban que nunca iban a perder el poder. Y creyeron eso en gran medida por la docilidad con que se les sometieron una enorme cantidad de gente muy poderosa, y también muy dispuesta a adaptarse.

¿Cómo fue que en esas cabecitas se compaginó el rechazo digamos “intelectual” y el autointerés, la desconfianza y la adaptación? Fueron conductas “en tensión”, “hipócritas” las llamaba Cristina, y algo de razón tenía.

Muchos empresarios que personalmente se abstuvieron de expresar sus objeciones, y cuando les resultó conveniente incluso festejaron en público decisiones oficiales, permitieron y hasta alentaron al mismo tiempo que algunos de sus voceros (como AEA, IDEA, ACDE y algunos más) las criticaran y mostraran independencia. Alguna señal tenían que dar de que sospechaban que las cosas podían terminar muy mal.

Una tensión similar se pudo observar en las actividades específicas de muchas empresas: mientras sacaban todo el provecho posible del crecimiento con anabólicos, fueron de lo más desconfiadas con sus inversiones, y protegieron sus activos como pudieron apenas la desconfianza sobre la sostenibilidad del proceso se agravó. ¿Hipocresía, inconsecuencia, o racionalidad del superviviente? Un poco las dos cosas.

Pero, ¿se les podía pedir otra cosa? Cuando en 2004 Carlos Wagner recibió un mensaje indistinto de Julio De Vido, tal como él ahora confiesa, respecto a que se usaría la obra pública en forma sistemática “para recaudar” claro que debió hacer algo distinto a lo que hizo. Para empezar, no participar entusiasta del delito al que lo estaban invitando. Pero más allá de esos casos de ilegalidad manifiesta, lo cierto es que pedirles a los capitalistas que garanticen por sí mismos las condiciones necesarias para que el capitalismo funcione mínimamente bien es como pedirles a los jugadores de fútbol que saneen la AFA: los excede, para eso existen los dirigentes, los clubes, los partidos y el Estado, y la defección de estos dos actores de sus obligaciones fue además de más difícil de justificar, más dañina.

Desconfianza y adaptación también se combinaron en las estrategias de muchos dirigentes peronistas razonables en esos años. Pero es evidente que debieron combinarlas de otra manera, de una que hoy les permitiera rodear a algún líder partidario capaz de disputarle a la señora su hegemonía en el voto duro de esa orientación. Que por algo no existe.

Pareció por un tiempo que Massa podría cumplir ese rol, pero los votantes lo usaron cuando no hubo nadie más a mano, y lo abandonaron en cuanto alguien más apareció. Desde entonces él sigue pretendiendo que no tiene que dar explicación alguna sobre su pasado, sobre las razones que lo llevaron a apoyar y participar de tantos desmanes, y las encuestas mostrando que la gran mayoría lo considera poco o nada confiable.

Así como el gobierno de Macri, este peronismo es víctima de un exceso de optimismo: Cristina va a extinguirse, con el paso del tiempo el recuerdo de lo sucedido bajo su mando se volverá más y más irrelevante, y tal como sucedió ya en otras ocasiones la revisión del pasado y la búsqueda de responsables va a cansar y desactivarse antes de dar ningún resultado, permitiéndoles volver a ofrecer su indiscutible capacidad de gobierno, aunque sea entre poco y nada transparente y tampoco muy eficiente que digamos.

Como apuesta puede que sea la menos riesgosa. Y vistos los problemas que enfrenta Macri para consolidarse, hasta en el corto plazos algunos frutos les de. Pero tal vez los condene a seguir como hoy, ni chicha ni limonada.

Candidato para que vuelva a funcionar el antiguo régimen ya hay. Y contra él van a seguir perdiendo si no se animan a hacer algo más que esperar y cuidar los recursos que siguen controlando.

Para dar un ejemplo, es lógico que Pichetto no quiera votar el desafuero de CFK: de hacer otra cosa su ya acotada bancada se volvería a partir, puede que victimizaría aún más a la ex presidente, al ofrecerle la oportunidad de primerearlo, renunciando no solo a los fueros sino hasta a su banca. Pero por eso mismo le resulta más urgente al peronismo federal que conduce demostrar que no va a obstaculizar sino a colaborar con los cambios en curso. ¿No era acaso una buena ocasión para eso el proyecto de extinción de dominio, no volverá a serlo la reforma del financiamiento político y los cambios en el código penal?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/9/2018

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Cristina y los socios empresarios de su asociación Ilícita

Como estamos muy atentos al dólar y demás pequeñeces, mucho no nos damos cuenta, pero está por pasar algo que realmente puede cambiar las cosas en nuestro país por largo tiempo.

En pocas horas más se develará un misterio: se conocerán en detalle las pruebas que Bonadío y los fiscales Stornelli y Rívolo han estado reuniendo en estos meses en la causa de los cuadernos y las acusaciones que plantean contra más de medio centenar de los más poderosos miembros de nuestras elites políticas y económicas. Y lo que ya es un fenomenal episodio judicial puede que se convierta en un terremoto para el modo en que han venido funcionando nuestras instituciones y economía.

Por el lado de los ex funcionarios no habrá demasiadas sorpresas: CFK ya se sabe que es considerada jefa de la asociación ilícita, De Vido y Baratta sus organizadores y el resto seguramente partícipes necesarios, con las contemplaciones correspondientes a su grado de colaboración en las investigaciones.

Pero en cambio el trato que se dispensará a los empresarios involucrados es mucho más incierto. No sólo porque entre ellos el porcentaje de arrepentidos y colaboradores es mucho mayor, sino porque sus abogados tienen más argumentos para sostener que su participación fue forzada (los extorsionaron para que participaran del contubernio) o al menos que se limitó a la concesión de dádivas (“aportes de campaña” o como se los quiera presentar).

Por ahora se sabe que el juez distinguirá la situación de los “coorganizadores” de la asociación ilícita como Carlos Wagner, ingeniero en jefe del “club de la obra pública”, y Ernesto Clarens, proveedor de la red financiera por la que se canalizó buena parte del dinero negro, del papel de quienes fueron partícipes necesarios, y este a su vez del de quienes se involucraron en forma periférica o puntual. Ahora que, si se revisan bien las cuentas de los contratos que todos ellos firmaron, habrá que ver si alguno puede escapar a la acusación de sobre precios, fraude al Estado, etc.

Cómo se defina esta cuestión en la acusación que Bonadío está por presentar será, entones, de decisiva importancia para que la causa se parezca efectivamente al Lava Jato y al proceso contra Obedrecht en Brasil, y por tanto tenga un impacto más amplio en el sistema de poder que desde hace décadas viene debilitando nuestra democracia, nuestro acceso a bienes y servicios públicos y el modo en que nuestra economía se provee de infraestructura, energía y otros insumos básicos. No es poca cosa.

No es para nada casual que las compañías a cargo de esas actividades, constructoras, petroleras, las productoras de los insumos correspondientes, sean a la vez las más dependientes de decisiones discrecionales del sector público, y las que más han crecido en las últimas décadas, junto a los bancos, por lo que hoy estén sobrerrepresentadas en nuestra cúpula empresaria.

Cómo se las trate en esta prueba de fuego sobre el alcance de la igualdad ante la ley va a ser, solo por esa cuestión de peso, fundamental. Pero también va a serlo para que se empiece en serio a sanear nuestro controvertido capitalismo criollo. Cuyos vicios no han podido ser superados hasta aquí por su mero contacto regular con las instituciones de la democracia.

¿Es razonable dejar en manos de un juez y dos fiscales semejante tarea, esperar que ellos hagan lo que décadas de gobiernos electos y decenas de otras instancias institucionales, incluidas las judiciales, ni siquiera empezaron? No hay que ser tan exigentes. Pero la oportunidad está, y esperemos que en la medida de lo posible se aproveche. Lo que va a depender también de lo que hagan muchos otros actores, sobre todo el gobierno nacional.

El presidente y sus colaboradores han dicho que apoyan las investigaciones y destacaron que ellas han sido posibles gracias a que Cambiemos ganó en 2015, y en 2017, y a que por su impulso se aprobaron leyes como la del arrepentido, y se destituyó a jueces que hubieran frustrado desde el comienzo el proceso.

Todo eso es indiscutiblemente cierto, pero no está claro qué grado de implicación va a asumir el Ejecutivo nacional en los efectos colaterales del caso: ¿por temor a que no caiga más la actividad de la construcción va a disculpar a empresas y empresarios acusados?, ¿o les impondrá las multas multimillonarias que pueden corresponder por el daño causado al fisco?

Hace unas semanas Macri concurrió a una reunión de AEA y lo único que dijo fue que lo llamaran si alguien les pedía coimas. Faltó que les habilitara un 0800-coimeados. Después de dos años y medio de despotricar contra el “círculo rojo” tal vez se asustó de verlo tan desguarnecido y al borde del colapso. El ministro de Justicia Garavano está algo ausente desde hace meses y Frigerio demasiado absorbido por los líos con el Presupuesto. Corolario: no parece haber iniciativa alguna para intervenir en el entuerto. No se sabe todavía si se mantendrán o no los contratos de PPP, qué va a pasar con el fideicomiso que se pensaba crear para garantizar su financiamiento, ni si se va a intentar sanear a al menos algunas de las empresas acusadas para que sigan funcionando. Lo que podría hacerse forzando cambios en sus directivas, imponiéndoles nuevas reglas de transparencia, y también el pago de multas que, como sucedió en Brasil, les permitan relegitimarse ante la sociedad.

Si se deja pasar el tiempo, ¿será porque se espera a ver si Bonadío mete el cuchillo hasta el hueso o el huracán se convierte en tormenta tropical y todo se calma? Puede que del lado de las empresas esa espera sea razonable, pero no lo es del lado del resto de los actores. ¿Y si la incertidumbre y la improvisación al final imponen más costos que una medicina previsora y drástica? ¿Y si las empresas atan su destino al de los empresarios y terminan no valiendo nada?

Macri tal vez podría aprender también a este respecto de la experiencia de Alfonsín. Cuando él llegó al poder tenía la opción de validar los seguros de cambio y demás mecanismos por los que había venido estatizándose la deuda externa privada, o revisarlos y poner a muchas grandes empresas del país a su merced, lo que en otras manos podría haber conducido a un socialismo por vía administrativa. Finalmente, dadas las urgencias de la coyuntura económica y el temor a sumar más conflictos a los que ya tenía, más o menos como Macri en estos días, prefirió la primer opción. Pero lo grave fue que dejó pasar la oportunidad de imponerle al menos algunas condiciones a los beneficiarios, obligarlos a que a partir de entonces cambiaran en algo sus comportamientos. Tal vez hasta hubiera contado con el respaldo suficiente para evitar el ’89 y hubiera sido mucho mejor para todos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/9/2018

Posted in Política.


Saqueos: ¿conspiración golpista o hambre desatendida?

El gobierno de Macri está abocado en estos días a dos tareas decisivas: frenar la corrida cambiaria y garantizar que no se produzca ningún saqueo o cosa parecida.

Sabe que asegurar la paz social va a ser tan difícil como transmitir confianza a los mercados. Así que ha decidido prevenirse al máximo, no sólo con medidas específicas de control y asistencia, sino con una preventiva deslegitimación de cualquier eventual “estallido”. Para ello está recibiendo una involuntaria pero como siempre muy oportuna ayuda del kirchnerismo, que echa alevosamente leña al fuego cada vez que puede, en una suerte de caricatura del agitador incendiario.

Tanto al presidente como a la gobernadora Vidal los desvela lo que pueda pasar en particular en el conurbano en los próximos meses, en que la recesión económica va a tocar fondo. De ahí que hayan acompañado las medidas de ajuste con anuncios de más partidas para atender a los excluidos, aumentos de emergencia en la AUH y otros planes sociales. Y también que estén muy ocupados con el despliegue de fuerzas de seguridad y el contacto con los supermercadistas, para intervenir a tiempo en caso de que se produzca cualquier “movimiento sospechoso”.

El mismo tratamiento están recibiendo las autoridades con jurisdicción en áreas periféricas calientes, tanto de Buenos Aires como de ciudades del interior: recursos para atender la emergencia acompañados de la oferta de fuerzas federales para asistir a las policías distritales y un contacto cotidiano para prevenir cualquier eventualidad.

Claro que, para que la política local, sobre todo cuando es controlada por la oposición, colabore con esta compleja operación es preciso que su ánimo no esté dominado por el cálculo de que le conviene el estallido antes que prevenirlo, porque va a poder echarle la culpa a sus adversarios, y en particular al gobierno nacional.

De ahí el otro costado de la estrategia oficial: dejar en claro de antemano que los saqueos no son tanto resultado de un malestar social auténtico, como de operaciones de grupos políticos radicalizados.

Vino en ayuda de esta tesis el episodio registrado días atrás en Mendoza, en el que al menos un dirigente ligado al kirchnerismo está entre los ocho acusados de promover ataques a supermercados en la periferia de varias ciudades. Las acusaciones se basan en el análisis de los celulares de los saqueadores detenidos. Que eran, sin excepción, vecinos y familias de bajos recursos. Con buen criterio, la Justicia no se ensañó contra estos últimos sino que busca determinar la responsabilidad de quienes habrían estado fogoneando esos episodios: los organizadores y transmisores de la cadena de mensajes en que se señaló los blancos y se montó la escena de la “protesta”.

Al menos desde diciembre de 2001, cuando se consagró la eficacia del método para liquidar gobiernos, se viene discutiendo si estamos frente a hechos “espontáneos” u “organizados”. Y la discusión se renueva y reactiva cada vez que pasa algo parecido. El supuesto de esa discusión es, muchas veces, que si se establece que los saqueos se gestaron “desde abajo”, aún siendo ilegales, tendrían cierta legitimidad, por el grado de necesidad en que han sido colocados los saqueadores: gente dispuesta a dejarse matar con tal de comer y darle de comer a su familia. Algo así como una justicia distributiva espontánea y de emergencia se estaría canalizando a través de las turbas que atacan y destruyen la propiedad de comerciantes que, en ocasiones, son solo un poco menos pobres que los saqueadores. Con el agravante de que en general los saqueos no son solo de comida. Lo que tiene también obviamente su lógica: “ya que vamos a robar, robemos lo de más valor, no nos conformemos con pequeñeces”.

Es también bastante obvio que los políticos oportunistas considerarán “espontáneos” y “auténticos” los saqueos que se hagan contra gobiernos de sus adversarios, y en cambio “organizados” y “fraudulentos”, “no auténticos saqueos” en suma, a los que sufran gobiernos amigos. Ejemplos de ello ya tuvimos varios durante el kirchnerismo, que se cansó de celebrar la “rebelión popular” de fines de 2001, pero hizo lo contrario en diciembre de 2012, cuando estallaron saqueos en Bariloche y el Gran Buenos Aires: el secretario de Seguridad de entonces, Sergio Berni, sostuvo como explicación que “hay un sector de la Argentina que quiere llevar el caos, la violencia y teñir de sangre nuestras fiestas”, entre quienes el jefe de gabinete Juan Manuel Abal Medina, identificó a los gremios de “camioneros, gastronómicos y ATE”, entonces enfrentados al kirchnerismo, explicando que se trató de acciones “estructuradas y organizadas, en las que nadie iba por comida, sino por plasmas, LCD y bebidas”.

Un año después el kirchnerismo metió la pata aún más hondo, al celebrar y hasta prohijar los saqueos que estallaron en Córdoba a raíz de una huelga policial durante la cual el gobierno nacional se negó a enviar las fuerzas federales requeridas.

Pero cuando la ola saqueadora se le fue de las manos y se extendió a provincias amigas, como Buenos Aires (el foco fue Mar del Plata), Tucumán, Chaco y Jujuy, no dudó en enviar a la Gendarmería y la Prefectura. Hubo cerca de dos decenas de muertos ese diciembre. Sólo en Tucumán, gobernado por el hiperoficialista Alperovich, los muertos fueron al menos ocho. El gobierno nacional, lejos de aplaudir esta vez la “rebelión popular” consideró que tenía que premiar a los uniformados y les otorgó un “reconocimiento económico”. Les dio un premio por matar saqueadores que él mismo había alentado a actuar, dicho mal y pronto. ¿Se imaginan lo que dirían los kirchneristas fanáticos si Macri hiciera algo parecido? “MMLPQTP” y “… basura, vos sos la dictadura” les quedarían chicos.

Por suerte el macrismo y otros sectores moderados parece que algo aprendieron de estas experiencias y de las trágicas secuelas dejadas por tantos desmanes, los producidos por la desesperación y sobre todo los mucho más dañinos que resultaron de una política salvaje. Y se están esmerando en que los saqueos no se produzcan, y no que se produzcan en las ciudades gobernadas por los demás.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/9/2018

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¡Macri, pará la mano! ¡Estás restaurando la economía de Néstor!

El momento “más horrible” de la economía de Macri se parece bastante a la que imperó en el mejor momento de los Kirchner. ¿Por qué entonces genera tantas críticas de los sindicatos, los gobernadores peronistas y los propios nostálgicos del kirchnerismo?

Los voceros del kirchnerismo y otros sectores duros de oposición sostienen que la situación social es tan terriblemente injusta que vamos derechito al estallido. Y algo hay de cierto: con la devaluación está aumentando la pobreza. ¿Cuánto? Hasta empardar los porcentajes que nos dejó Cristina Kirchner en 2015. El infierno de Macri sería, en suma, algo bastante parecido al paraíso que añoran los K. Curioso.

¿Significa esto que volvemos al punto de partida, que Macri perdió dos años y medio, que el gobierno de Cambiemos estuvo, al decir de Melconian, boludeando en vez de resolviendo los problemas?

No es tan así. Otro dato de la situación económica actual que tiende a parecerse al mejor momento de los Kirchner es la competitividad: con la devaluación de los últimos meses estamos de nuevo en un nivel de tipo de cambio semejante al de 2008, cuando todavía teníamos superávit externo. Y también quedaba algo de superávit fiscal, aunque cada vez más reducido.

Y este es otro dato curioso que el propio discurso oficialista tiende a ignorar cuando, en aras de la simplificación y de un manipulatorio uso del pasado, sostiene que nuestros problemas se originan en que convivimos con desequilibrios fiscales los últimos setenta años: eso no es cierto, tuvimos varios años seguidos de superávit hace no mucho, precisamente en la primera mitad del ciclo kirchnerista. ¿Qué fue lo que pasó? A esos gobiernos no les interesó preservar ese equilibrio. Más bien al contrario, hicieron todo lo posible por eliminarlo, pues lo consideraban una restricción a su idea de que la política podía y debía moldear a gusto la economía. Así, sin necesidad alguna, en vez de administrar los márgenes de libertad de que disfrutaban, y aumentar los gastos con mínima prudencia, lo hicieron sin ton ni son. Hasta que esos márgenes de libertad desaparecieron. Por suerte para ellos estuvieron a tiempo de legarles el problema a quienes los siguieron.

Así que, vistas las cosas con algo de perspectiva, en realidad lo que Macri y su gente están tratando de hacer desde diciembre de 2015, y desde que se les acabó el financiamiento externo con más empeño y velocidad, no es tan revolucionario. Es más bien un regreso a las buenas épocas del kirchnerismo, esperemos que solo a sus rasgos más rescatables.

Y es de destacar que, en otros aspectos, no haya tal restauración. Ni tampoco un regreso al punto de partida de la gestión macrista. Otro rasgo que suele destacarse como continuidad o agravamiento de la situación es la inflación; y efectivamente este año, tal como sucedió en 2016, va camino a replicar los peores años de inflación del ciclo anterior, alrededor de 40% (aproximadamente la inflación, que bien medida, tuvimos en 2014). Pero no se trata de la misma inflación. Entre otras cosas, está menos distorsionada por el tipo de cambio y los precios relativos.

El 40% de 2014 no fue mayor porque ya desde hacía bastante tiempo se venía sobrevaluando el peso. Factor que explica por qué un par de años antes había desaparecido el otro superávit, el externo, que el kirchnerismo heredó de la gestión de Duhalde y había actuado en sus primeros tiempos un pilar del crecimiento.

Y peor todavía, ese 40% escondía un porcentaje por lo menos similar de inflación dormida o latente, por el retraso de las tarifas y el precio de los combustibles, que tarde o temprano habría que blanquear.

La inflación de 2018 será, efectivamente, muy alta. Pero lo será por la corrección de dos problemas que entonces se estaban agravando: de ahí los tarifazos y la mega devaluación. ¿Eso nos retrotrae a “las etapas más oscuras de nuestro pasado reciente”? En realidad a dónde nos retrotrae, una vezmás, es aproximadamente al 2008.

¿Qué es, entonces, lo que resulta tan insoportable de la actual situación, si en verdad, bien mirada, ella refleja más que nada el esfuerzo por regresar a ese momento crítico, ubicable aproximadamente a mediados del ciclo kirchnerista, en que el grupo entonces gobernante se radicalizó y nos condujo al estancamiento y a los desequilibrios cada vez más insostenibles de sus últimos años?

Es como si los cristinistas estuvieran diciéndonos: “hay que detener a Macri cuanto antes, porque en su infinita perversidad de neoliberal, reaccionario y agente del FMI quiere imponernos una economía parecida a la de Néstor ¡Horror!”.

¿Será que no extrañan los superávits gemelos pero sí el Indec de Moreno, el club de la obra pública de De Vido y sobre todo ser ellos los dueños de la caja y demostrar así que “la política tiene que dominar la economía”?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/9/2018

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Macri compactó su gabinete, pero aún no lo fortaleció

¿Se completó el “ajuste” de Macri ante las duras exigencias de la crisis? ¿Llegó a tiempo para detener la espiral de la desconfianza? En el frente económico puede que sí. Pero en el político hay todavía señales confusas.

¿Por qué no se envió la suba y generalización de las retenciones al Congreso, si nadie en su sano juicio se puede negar a votarla? ¿Por qué, aunque quisieron cambiar más ministros, por ahora no lo lograron?, ¿será porque los radicales pidieron demasiado o porque la Jefatura de Gabinete sigue imponiendo su idea de “no dependemos de nadie y nos salvamos solos” y en cuanto pase la emergencia planea volver a las andadas?

La transformación de la cartera de Hacienda en Economía, aunque en sí misma solo un símbolo, acompaña una nueva y esperemos que definitiva rendición del voluntarismo de Macri y Peña ante los fríos números de las cuentas públicas. Dujovne se salió finalmente con la suya y se atacarán no sólo los gastos sino también los ingresos, como venía proponiendo desde hace meses. Es cierto que sobre todo con un instrumento, la ampliación de las retenciones, que se volvió más pasable recién tras la última corrida contra el peso.

También Dujovne se fortaleció como negociador ante el FMI, ahora para corregir los defectos del primer acuerdo sellado con el organismo, en el que el todavía vivo “exceso de optimismo” había establecido que no se iba a usar más que una porción menor de los fondos del stand by, y nada de eso para frenar el dólar. Esa autolimitación pergeñada por la anterior gestión del Banco Central en vez de generar confianza maniató al gobierno a la hora de enfrentar la desconfianza del mercado y ya era hora de dejarla de lado.

Pero, ¿y si las empresas exportadoras logran frenar los cambios impositivos que los afectan recurriendo a la Justicia y al antecedente del fallo de la Corte de 2014 sobre el tema? ¿Y si la oposición, incluso la moderada, cuestiona también la vía del decreto, simplemente para tener parte en el asunto? ¿No era más razonable curarse en salud y presentar un proyecto de ley, reclamar su urgente tratamiento, y poner a esos opositores en la obligación de acompañar y colaborar en la emergencia? Tal vez pesó en contra de esa alternativa la persistente voluntad oficial de reducir al mínimo la dependencia del Congreso. Que probablemente se justificaba en momentos en que el peronismo se unía para armar un zafarrancho con las tarifas, pero ya no desde que Cristina recuperó protagonismo en ese espacio y bloqueó la posibilidad de que el peronismo vuelva a unirse.

Peor es el balance provisorio que cabe hacer de los intentos de recambio en el gabinete. Ellos dejaron por ahora sabor a poco, incluso para muchos paladares oficialistas que entienden se necesitan no solo ministros con más autonomía, sino con más espalda política. Por ahora, en vez de tener un gabinete más fuerte, Macri tiene solo uno más chico.

Mal que le pese a Carrió, fue un alivio para todos los demás integrantes del oficialismo que al menos dejaran sus cargos Quintana y Lopetegui: durante meses siguieron formalmente en una posición y una función que ya nadie se tomaba en serio ni creía efectivas. Habían demostrado no poder ser ni los ojos, ni los oídos ni la inteligencia de Macri en las circunstancias reinantes, al llevarlo a cometer reiterados errores e ignorar muy sensatas recomendaciones.

Pero ni esas salidas ni mucho menos la reducción del número de carteras fueron nunca lo más importante que había que corregir en el Ejecutivo: lo fundamental era lograr más capacidad y coordinación política, y para eso hacía falta gente nueva. Melconian seguramente nunca fue una opción con mucho atractivo ni para el presidente ni para el PRO, lo que vuelve muy difícil entender por qué se dejó circular tanto su nombre, si lo que hacía falta era fortalecer a Dujovne. Y en cuanto a los aspirantes radicales a entrar al gabinete, en particular Ernesto Sanz y Prat Gay, tampoco se entiende si fueron bloqueados por el tándem Peña-Carrió, que no quiere saber nada con ninguno de los dos y no parece dispuesto a abandonar viejas rencillas, ni siquiera en medio de la emergencia, o si las tratativas continúan, y se trata más bien de ajustar los tiempos, las demandas y los necesarios equilibrios de unos y otros.

En cualquier caso, resulta evidente que el golpe de timón que dio el Ejecutivo va a requerir de todo el respaldo político disponible para sostenerse, volverse confiable para los mercados, y no exigir, en caso de que esa confianza siga negándose, nuevas dosis de rigor fiscal.

Si el presidente o el jefe de Gabinete o ninguno de los dos entendieron y sopesaron todavía esa lógica que alimenta la espiral de la crisis no ha llegado todavía el momento de respirar aliviados. Pero ojalá sí.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 3/9/2018

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Macri y el peronismo: ¿cooperación al borde del abismo?

Así como en noviembre de 2017 el presidente desaprovechó su oportunidad de corregir el rumbo a tiempo de evitar la crisis financiera, los “peronistas racionales” desaprovecharon la suya de alinearse detrás de un liderazgo alternativo y aislar a Cristina, cuando acababa de ser derrotada. Ahora al gobierno y a esa oposición moderada solo les queda cooperar desde su común debilidad para evitar males mayores.

Con todo, la aguda inestabilidad económica reinante puede llevar a subestimar factores de estabilidad política que vienen ordenando el proceso de salida del kirchnerismo, y que pese a las crecientes dificultades siguen operando todavía hoy, favoreciendo la gobernabilidad.

Una importante diferencia separa la situación actual de la que enfrentó Alfonsín desde 1988: el peronismo no ofrece alternativas; o mejor dicho, la única alternativa que por ahora ofrece es Cristina, default (por el que abogan también sectores no kirchneristas, por ejemplo del FR, o el ex presidente Duhalde) y más descontrol inflacionario.

Y otra importante diferencia nos separa de De la Rúa y el 2001: Macri sí pudo devaluar, y aunque perdió ya mucho tiempo, todavía tiene alguna posibilidad de aprovechar la recuperación posterior. Una posibilidad algo mayor que la que existe de que la debilidad macrista cemente una nueva unidad peronista.

Así, la fragmentación peronista sigue siendo el principal recurso de la gobernabilidad de Macri. No puede decirse que él la haya producido, ni que sea siquiera el responsable principal de su perpetuación. Son los 12 años de disfrute descarado del poder lo que los condena, y un liderazgo al que se abrazaron casi sin objeciones y ahora los ata a su suerte aunque se desesperen por alejarse de él.

La recuperada centralidad de CFK en el espacio opositor, con su indisimulada adhesión a la tesis de “cuanto peor, mejor”, debilita a ese peronismo racional, cuyas ya desde antes escasas posibilidades de cohesionarse se perpetúan. Y entonces su dependencia de la sobrevida del macrismo queda más en evidencia.

La porción de esos peronistas que quisieron reconciliarse con el kirchnerismo para sacar provecho de sus votos, cuyo mejor representante ha sido Felipe Solá, están viendo, algo tarde, que la única candidatura viable de ese espacio es la de Cristina.

Otra porción, la más moderada y encabezada por gobernadores como Schiaretti y Urtubey, entiende que ya no hay espacio para reeditar un experimento como el que se intentó a principios de año con las tarifas, por ejemplo con un proyecto propio de presupuesto, ni mucho menos para una “interna de todos”, y quiere arreglar con el gobierno, pero no logra arrastrar detrás suyo a otros sectores menos dependientes del presupuesto público.

Y los que se mueven en el medio de esos dos campos, mandatarios provinciales con superávit propio y posturas más críticas (Manzur, Verna, etc.), los sindicatos que siguen controlando la CGT, y Massa, no hacen ni una cosa ni la otra: descartaron ya participar de la interna de todos, no como gesto de fortaleza si no porque saben que la pierden frente a Cristina, y temen quedar diluidos en un acuerdo con el oficialismo, del que no esperan obtener mayores beneficios pecuniarios. Pichetto se ha ofrecido como su candidato, si nadie más se anima a competir para salir lejos tercero. No espera, claro, otro resultado: piensa que con ese le alcanza para que su proyecto no se diluya del todo y Cristina no tenga chances.

Todos ellos siguen insistiendo en que el gobierno los perjudica cuando abona la polarización. Pero lo cierto es que son las dificultades económicas, más que la centralidad que le han devuelto a la ex presidenta los escándalos de corrupción, las que están debilitando aún más a esas distintas variantes de la oposición moderada. Y sería ridículo decir que el gobierno se metió en este berenjenal con el dólar simplemente para polarizar con Cristina.

Además, fueron ellos los que se apuraron a desdoblar las elecciones de cargos provinciales, antes de empezar a pensar siquiera en qué hacer con la candidatura presidencial, y dejaron que un grupito impresentable interviniera el PJ nacional. Si no se toman en serio la reconstrucción de su partido y sus liderazgos, ¿por qué iban a tomarlos más en serio la sociedad y sus adversarios?

Por último, esos sectores peronistas no pueden negar que el discurso de la ex mandataria en el Senado les marcó la cancha, desnudando sus carencias: les falta carisma y audacia, y les sobra pasado como para encarar una renovación en serio. Aún en un contexto en que al gobierno la economía lo supera. O peor: más todavía cuando eso sucede, porque deja más a la vista que la única opción verosímil que por de pronto es capaz de ofrecer el peronismo es volver a la economía kirchnerista.

Así, por más inestabilidad económica que reine, la escena política sigue congelada en los mismos términos imperantes desde 2016: se ha venido describiendo esa situación como si existieran tres tercios, pero es más adecuado decir que hay una minoría abierta, otra cerrada y en el medio una gran dispersión. No son por tanto tercios iguales los que compiten, sino uno que puede ganar, otro que está más bien destinado a perder, y un tercer sector que a duras penas pelea para no ser fagocitado, y ya puede darse por conforme con mantener sus espacios institucionales heredados de tiempos mejores. Hasta que algo que hasta aquí no ha sucedido haga cambiar la situación.

Mientras tanto, para el “tercer tercio” no está mal que la mejor alternativa sea apostar a las elecciones locales y minimizar los costos en las nacionales. En las primeras ganan solos, y en las segundas no ganan ni acompañados. El resultado seguirá siendo entonces la escisión entre la “conducción y voz cantante de la oposición” y su poder territorial e institucional, como hasta ahora. Cada cual haciendo lo que sabe frente a Macri. De no mediar un verdadero colapso económico o la emergencia de un liderazgo hasta ahora no advertido, lo más probable es que poco cambie en 2019. Aunque parezca que estemos viviendo en el reino de la más absoluta incertidumbre.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/9/2018

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El fracaso con el dólar golpea a Peña y Caputo

El jefe de Gabinete y el presidente del Banco Central alentaron a Macri a dar un paso en falso en el peor momento. Lejos de ser un episodio aislado, revela las debilidades que el gobierno no logró superar con los acotados recambios de junio. Cuando se supere la corrida contra el peso y avance la negociación del Presupuesto, un cambio más profundo de equipo, estrategia y comunicación parece inescapable.

Marcos Peña y Luis Caputo tienen en común ser personas muy talentosas y con mucho sentido común. Pero también comparten un déficit: sus talentos los llevan en ocasiones a subestimar las complejidades de la política y sobreestimar su fuerza de voluntad. No es por casualidad entonces que en lo que hasta ahora eran indiscutiblemente muy buenos estén fracasando, ante una crisis de confianza más desafiante y persistente de lo previsto.

Peña fue el artífice de un muy eficaz sistema de comunicación, que ya no comunica. Él mismo es víctima de este giro de los acontecimientos: dice algo y se entiende lo contrario. Acaba de lanzar la frase “esto no es un fracaso” y dio a entender justamente lo opuesto, en la última de una serie de intervenciones públicas fallidas. Hasta el mejor diseño fracasa si no se adapta a las circunstancias, y el diseño comunicacional y de gestión del gobierno ha venido resistiendo una necesaria adaptación ya durante demasiado tiempo.

Caputo es un brillante bróker, al que los mercados vienen torciendo el brazo una y otra vez hasta exponer y extremar todas las debilidades que reviste su nuevo rol, el de guardián monetario en un país en que nadie cree en su moneda. Descubrió tarde que no es lo mismo estar de uno que del otro lado del mostrador.

Puede que el costo reputacional para ellos no sea irreparable, pero por de pronto están siendo señalados como responsables inmediatos de una situación que debió haberse evitado, y en particular de un costo que debió habérsele evitado al presidente en términos de confianza y credibilidad de su palabra, justo cuando esos recursos son más escasos y necesarios. ¿Podrán seguir adelante y volver a colaborar en las soluciones, en vez de agravar los problemas? Probablemente dependa de las lecciones que extraigan de este entuerto y lo dispuestos que estén a cambiar sus diagnósticos y estrategias.

También son los artífices, junto al propio presidente, de la idea general con que hasta aquí el gobierno de Cambiemos encaró la crisis: “ella va a pasar, y cuando la situación mejore vamos a poder decir que estuvimos solos en las malas y solos encontramos la salida, porque nadie más puso el hombro”. Como decir: nosotros gobernamos, y mientras los demás “flan, flan, flan”.

¿Está tan solo y es tan incomprendido el gobierno de Macri en el país del populismo irresponsable y los adoradores de Ravana como para que tenga que tirar la moneda a ver si sus exclusivas fuerzas le alcanzan para salvarse, o se hundirá del todo?

Puede que así se perciba desde la Casa Rosada, y que ahí estén pensando que la batalla cultural la ganó el populismo y tienen que remar contra la corriente. De allí que la única iniciativa comunicacional que han tenido en los últimos tiempos haya consistido en quejarse de los quejosos. Lo que como ocurrencia chistosa estaba bien, pero convertido en salvavidas de una comunicación gubernamental inefectiva terminó en gestos un poco grotescos.

Y sobre todo, innecesarios. Porque la política sigue dando un marco de estabilidad, que resiste bastante bien, al menos hasta aquí, los embates de la inestabilidad económica. De esos factores de estabilidad política cabe mencionar dos.

Primero, la amplia disposición a tolerar el ajuste. ¿Cuándo se vio que la moneda se devaluara 70 u 80 % y no pasara nada, ni las autoridades se vieran en la necesidad de cambiar las reglas económicas vigentes, ni se desatara una ola de protestas que forzara cambios más drásticos en el gobierno? Ni siquiera hay resistencias a pagar las tarifas, y eso que el malhumor está muy extendido, que es lo menos que se podía esperar. Buena parte de la opinión pública acepta la premisa oficial de que es necesario ajustar el gasto público, lo que también es toda una novedad.

Segundo, la competencia política vuelve a apuntalar más que a debilitar al oficialismo, y a acercarle socios colaborativos; todo lo que tiene que hacer es no espantarlos. En parte fruto de la misma crisis económica, en parte de la investigación de los cuadernos, Cristina Kirchner ha vuelto a ocupar el centro de la escena y monopolizar el espacio opositor. En el peronismo llamado racional ya no prospera la idea de una tercera vía que “absorba y digiera” al kirchnerismo, porque el resultado de acercarse a él, como intentó Felipe Solá, es indefectiblemente el opuesto. Y se teme que la provincialización salve a medias esa situación: los gobernadores puede que sobrevivan, pero ¿se resignarán a perder muchas de sus bancas de diputados y senadores nacionales?

Ante estas perspectivas, las mayores dificultades económicas no dificultan sino que en alguna medida alientan a colaborar en una salida: no un gran acuerdo nacional, pero sí un pacto para sacar lo más rápido posible el presupuesto y moderar la confrontación. Los sindicatos están mostrando el camino: decidieron un paro, pero sólo después de que Moyano rompiera con la CGT y con miras a evitar que arrastrara consigo a otros gremios. Todo un gesto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/8/2018

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Cristina y la oposición bajo el efecto de los cuadernos

Una suerte de pesimismo recargado está contaminando el ánimo de quienes desean terminar con la corrupción: cuanto más circula la idea de que Cristina Kirchner no pierde adhesiones por más que se amontonen evidencias sobre su responsabilidad en el sistema montado para saquear al Estado durante las administraciones encabezadas por ella y su marido, más recaen aquellos en la máxima de que la sociedad argentina es incorregible, y temen lo peor, que si la situación económica empeora, cosa que muy probablemente suceda, la ex presidenta pueda triunfar en las elecciones del año próximo. Ecuación que, inversamente, hace soñar despiertos a sus seguidores.

El propio gobierno abona este pesimismo al advertir, un poco para disculpar sus errores, que el avance de la investigación de los cuadernos ya de movida afecta la actividad empresaria, el nivel de actividad y los esfuerzos por contener la crisis.

Es como decir que el kirchnerismo en particular y el peronismo más en general se las están arreglando para jorobarnos dos veces: primero lo hicieron al desviar una enorme cantidad de recursos públicos, que hoy faltan en infraestructuras de todo tipo, limitando seriamente nuestra productividad; y ahora, por segunda vez, lo hacen al revelarse ese desvío justo en el momento en que más se necesita la inversión en infraestructura para levantar la economía, y dicha revelación produce el efecto contrario, frena las inversiones y en particular la obra pública.

Ni siquiera cuando quedan en evidencia sus responsabilidades se logra que paguen por ellas. Los costos de sus desmanes una vez más caen en los demás. Y encima a los ojos de muchos argentinos se confirma que “la transparencia también puede matar”, sobre todo a quienes la promueven. La astucia que históricamente se atribuye a Perón y sus discípulos, en su peor versión.

Ahora que, aunque todo esto sea más o menos cierto, o factible, conviene no exagerar. No es tan cierto que el escándalo de los cuadernos le esté saliendo gratis a la anterior administración, mucho menos a la ex presidenta. En términos de popularidad personal, paga un precio no desdeñable, y tanto ella como su partido tendrán que lidiar con costos puede que duraderos en términos de confianza. Otra vieja máxima de la política argentina, “en tiempos difíciles solo los peronistas garantizan gobernabilidad” parece estar perdiendo atractivo.

Una serie de sondeos de opinión realizados por Opinaia muestra que en el espacio de dos meses, entre junio y agosto, creció la imagen negativa de Cristina en 4 puntos, de 64 a 68%. Lo mismo cayó su imagen positiva, de 36 a 32. Probablemente esta caída sea el resultado de movimientos muy desparejos según sectores y territorios: en el conurbano puede que incluso se haya fortalecido su imagen con el paso al frente de las últimas semanas, en cambio entre votantes dubitativos y en el interior su deterioro fue aún más marcado que el promedio.

Atada a esa pérdida de imagen, y sobre todo al mayor protagonismo público de CFK, forzado por las denuncias en su contra y sobre todo por la estrategia de politizar al máximo su defensa, la oposición cumple un papel muy deslucido en el actual escenario. Y consecuentemente, pese a que el descrédito del gobierno nacional es fuerte y los problemas económicos no dejan de agravarse, pareciera que la alternancia no es la salida que la mayoría está imaginando.

Ante la pregunta sobre “quién le parece que está más capacitado para resolver los problemas económicos del país”, en la última de las encuestas mencionadas encontramos que el 45% responde que ninguno, y lo más llamativo, sólo 23% opta por la oposición, mientras que todavía 32% apuesta por el gobierno.

Más sorprendente aún son las razones: un 53% cree que la oposición “no está en condiciones de volver al poder” (solo 27% cree lo contrario), la enorme mayoría, “por falta de transparencia y honestidad (47% del total). Otros motivos aludidos son la falta de liderazgo, carencia de programa e ideas, y ausencia de consensos mínimos. Suena a un diagnóstico bastante realista. En otra encuesta reciente, en este caso de Taquion, se confirman algunas de estas conclusiones: se registra allí que una fuerte primera minoría de más del 40% está convencida que los opositores dicen y hacen “lo que sea con tal de volver al poder” por lo que son muy poco confiables.

No es tan cierto que la sociedad esté embobada por un poco de flan. Más bien es de destacar lo contrario, la fuerte dosis de realismo y tolerancia al ajuste que demuestra, dos rasgos que no son muy habituales entre nosotros, tal vez con la excepción de lo que ha sucedido tras colapsos económicos demoledores. Si el gobierno fracasa, entonces, no va a ser principalmente porque lidie con demandas inatendibles, con una oposición muy poderosa y desafiante, ni porque los argentinos seamos incorregibles, ni en materia económica ni de corrupción.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/8/2018

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