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El gobierno paga mas deuda por cultivar la desconfianza

El presidente insistió en ACDE en sus críticas al sistema financiero. En vez de usarlo en su favor, dice querer “reformarlo”. Así, el kirchnerismo sigue desgastándose y desangrando al país en una pelea absurda.

Las tesis con que se vino manejando el gobierno de AF en varios terrenos sensibles han demostrado ser equivocadas. Pero lejos de revisarlas, insiste en ellas, sube la apuesta. No es precisamente lo que haría un pragmático, ni un moderado.

En varios campos a la vez, indiferente a las dificultades que enfrenta y a sus propias debilidades, está jugando el juego de la desconfianza: mantener a los demás en la incertidumbre respecto a qué va a hacer, o hasta dónde va a querer avanzar. Pero en vez de poner a sus contrincantes a la defensiva, los empuja a unirse en contra suyo, y queda entonces más débil de lo que empezó, y con poco o ningún rédito que mostrar.

Esto es particularmente visible en el caso de la reestructuración de la deuda, que se acerca finalmente a un cierre, aunque es probable que a uno parcial, y es seguro que a uno bastante más caro y tardío que el que se hubiera conseguido de haber apostado desde el principio por construir confianza con los acreedores.

En lo que influyó además de su errada estrategia, sus convicciones, las del equipo escogido y las de su coalición, inclinadas a pensar lo peor del sistema financiero y útiles para justificar que las cosas salgan mal en el trato con él: “vieron que son unos desalmados que quieren chuparnos la sangre hasta dejarnos secos, no se puede convivir con esta gente, ¡cambiemos el capitalismo! Y hasta que él no cambie, nos irá mal, pero porque somos dignos y nobles, no porque seamos malos gobernantes”.

Veamos cómo fue que se desenvolvió esta historia, hasta llegar al momento en que el gobierno confirmó lo que ya sabía, y nos condenó a pagar mucho más de lo necesario por validar sus creencias y disimular sus errores.

Alberto Fernández dijo al iniciar su mandato que, después de arreglar la deuda, daría a conocer el plan económico. Pero sin plan resultó difícil, y mucho más caro de lo esperado, convencer a los acreedores que el país podría pagarles más tarde lo que no podía pagarles ahora.

“Si aceptamos más carga de deuda que la de la primera propuesta la economía no será sustentable, y entonces no podremos pagar nada”, advirtió Martín Guzmán en marzo, tras varios meses de hacer cuentas en el más absoluto secreto, como si el asunto fuera a resolverse con una fórmula de laboratorio.

Pero como nadie creyó que la primera fuera su última oferta, ni que el país no pudiera pagar nada de nada por cuatro años, muy pocos bonistas aceptaron. Ahora terminan acordando en algo que dijeron era insustentable. Y es probable que sólo lo hagan con algunos bonistas. Con lo cual, tras firmar, seguirán sin generar confianza y habrá que pagar más por tomar nueva deuda. Con lo cual nadie sabrá cuánto deberá pagar el país al fin de cuentas, y efectivamente nuestra deuda, la vieja y la nueva, habrá vuelto a ser “insustentable”. El círculo se habrá cerrado, y Guzmán podrá explicárselo muy satisfecho de sí mismo a alumnos incautos de Columbia University.

Es cierto que si se hubieran mostrado más amistosos con los mercados, como pareció era la intención del presidente antes de asumir, cuando coqueteaba con nombrar en Economía a Guillermo Nielsen, Martín Redrado o Roberto Lavagna, iban a tener un problema serio de confianza en el frente interno: AF corría el riesgo de aparecer a ojos del kirchnerismo como un traidor, un continuador del macrismo. El problema es que al hacer jueguito para la tribuna con los bonistas todos estos meses perdió la ocasión de hacer un acuerdo amplio y rápido, y entonces no pudo hasta aquí, ni va a poder todavía por un tiempo, endeudarse a tasas bajas, y lo único que le queda es seguir emitiendo. Con lo que va a tener igual problemas en el frente interno, y van  seguir o se van a agravar los que tiene en el externo.

Los pronósticos en que asentó su estrategia dura de negociación, la que adoptó al designar a Guzmán, fallaron redondamente en el ínterin: en marzo y abril se decía en los círculos oficiales más o menos lo mismo que decía Joseph Stiglitz, que se iban a multiplicar los defaults, así que los bonistas iban a estar felices si se les ofrecían migajas. Hoy está claro que eso fue una fantasía: nadie cayó en default, algunos países renegociaron y están ya cerrando acuerdos amistosos, y los más se siguieron endeudando a tasas bajísimas. Si sobraban y siguen sobrando los capitales, ¿para qué cornos iban a defaultear?

El caso más parecido en la región al argentino es el de Ecuador, que postergó pagos y ya arregló con todos sus acreedores amistosamente. Con varios años de gracia, quitas de capital y un recorte global de unos 17.000 millones, proporcionalmente bastante más que los 30.0000 que dicen lograría Guzmán, en un acuerdo parcial que puede seguir sometiendo al país a juicios. Ecuador puede desde ahora volver a endeudarse a tasas muy bajas, Argentina seguirá esperando y vaya a saber a qué tasa se podrá endeudar el año próximo.

Son los costos de jugar a la desconfianza y encima hacerlo mal, sin recursos para enfrentar la situación cuando los contrincantes suben la apuesta. Y es el precio que se paga cuando se atienden varios frentes a la vez, el interno, el externo, el del FMI, el de los acreedores, y todo con el solo consejo de un académico con escaso olfato.

Eso sí, nuestro presidente sigue dando cátedra, y se propone para reformar el mundo y sus alrededores, de la mano de héroes imaginarios como Lula, Chávez y Néstor, contra los endemoniados mercados: lo acaba de ratificar en el encuentro anual de ACDE.

Dijo allí que los mercados financieros son la parte “innoble” y “ficticia”, en suma, “lo peor del capitalismo”, ignorando que ellos son los que están permitiendo que gobiernos y empresas se recuperen más rápido en todo el mundo, mientras Argentina y sus empresas miran de lejos, y enfrentan la crisis con el solo instrumento de la emisión monetaria. Dio por supuesto que eso que él propone “es lo que el mundo va a debatir en el futuro”, cuando los problemas de desconfianza que padecemos hasta la mayoría de los países latinoamericanos los han superado ya hace tiempo, mientras nosotros seguimos destruyendo todas las instituciones económicas que hacen posible el crédito y la estabilidad. Y agregó, en su defensa, que el Estado se está quedando con empresas en muchos lugares de Europa, así que nadie debería escandalizarse si él intenta hacer lo mismo acá; citando entre otros el caso de Luftansa, y desconociendo que fue esa empresa la que solicitó al gobierno alemán que comprara parte de sus acciones, dentro de un plan de recuperación consensuado que prevé la venta de esas acciones apenas la situación se normalice, y bloquea cualquier intervención gubernamental en el manejo de la compañía.

Para concluir este raid de despropósitos, repitió el mantra con que el kirchnerismo ya fracasó en enfrentar la crisis de 2009: “todos los gobiernos se están encerrando en sus economías, en dejar de depender del resto del mundo y enfocarse en el consumo interno” sentenció. Con un juicio idéntico diez años atrás los Kirchner nos condenaron al estancamiento del que aún no salimos. Contra lo que ellos pensaron, la crisis financiera internacional quedó atrás y la globalización siguió adelante. Los países con mejor desempeño siguieron siendo los que más activamente se integraron a ella. Mientras la Argentina cerraba las importaciones, desalentaba las exportaciones, estiraba inútilmente el juicio con los holdouts y se dedicaba a “vivir con lo nuestro”. ¿Es que Alberto es incapaz de aprender de la experiencia? ¿En serio su “plan” consiste en la genialidad de prolongar nuestra incapacidad para crecer durante los diez años que sigan al fenomenal derrumbe al que su terapia sanitaria nos condenó este año?

Como si todo esto no bastara para alarmarse, sucede algo parecido con el modo en que el gobierno actúa en otros terrenos, como la Justicia y la misma pandemia. Dado que desde el Ejecutivo no hicieron nada para aclarar en qué consistía su plan para reformar la Justicia Federal, ni lo hicieron avanzar, lo que quedó a la luz en estos meses es el plan K de usar la Justicia, así como la AFI, la Procuraduría del Tesoro, la UIF y todos los demás organismos bajo su control, contra sus adversarios políticos y para borrar del mapa las causas de corrupción. Con lo cual ahora el gobierno en su conjunto carga con sospechas de complicidad hasta por las cosas que no hace, como quedó bien a la vista en el caso Gutiérrez.

Mientras tanto, y como confiaron demasiado en la cuarentena, no se prepararon para la flexibilización. Ya la intentaron sin mucho éxito en junio, justo cuando subían los contagios, y hubo que volver atrás. ¿Se repetirá la historia el 18 de julio, se volverá a abrir sin testeos ni rastreos suficientes y con perspectivas de que el virus siga extendiéndose? Sin plan de salida, más empresarios optarán por cerrar sus puertas: mejor no arriesgar demasiado y desensillar hasta que aclare.

El gobierno de AF se debate entre presiones múltiples, en los diversos frentes que tiene abiertos, que está claro son demasiados. Podría resetearse para iniciar una nueva etapa, una vez que la pandemia quede atrás. Y podría todavía estar a tiempo de lograr una aunque sea tibia recuperación económica el año próximo, para encarar con chances la elección de medio término. La memoria de la sociedad suele ser de corto alcance, y la atención sobre las perspectivas suele ser aún más miope: basta que en lo inmediato la economía se mueva un poco para que muchos votantes pongan un granito de esperanza en las autoridades. Tal vez con eso alcance para que AF no pierda la esperanza. Es difícil decir que lo sea para el país.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/8/20

Posted in Política.


Santiago Cúneo le contesta a Felipe Solá: callate vos

Solá rogó que los K bestiales guardaran silencio. Difícil que lo escuchen, pues Máximo Kirchner los avala y alienta, y Alberto Fernández lo respalda: acaban de sumar a su galería de aliados al antisemita Cúneo, que llamó a callarse a Solá.

En las últimas semanas varios personajes representativos del pensamiento más primitivo y bestial del sector kirchnerista dejaron en evidencia que la moderación para ellos no cuenta.

Mempo Giardinelli y Eugenio Zaffaroni pidieron terminar con el poder judicial, crear un fuero especial para liberar a todos los “presos políticos” es decir los detenidos o condenados por causas de corrupción. Dady Brieva propuso crear una Conadep para los periodistas, para que sus acciones contra el prestigio kirchnerista “no queden impunes”. Y Hugo Moyano explicó a sus amigos que “si volvemos al gobierno voy a pedir el ministerio de venganza”.

Felipe Solá advirtió un poco tarde que la cosa estaba tomando un cariz complicado y, refiriéndose específicamente a Brieva, advirtió que “la gente que habla así perjudica a los candidatos”. Lo suyo sonó bastante vergonzoso, además de un poco desesperado: fue como decir “A ver, un poco de disciplina, mantengan la línea, y la línea es actuar como moderados, al menos hasta que la gilada vote y ya no pueda arrepentirse”.

Sin duda sabe de lo que habla, porque el kirchnerismo siempre hizo campañas moderadas para después gobernar a lo gurka. Y puede decirse que giros de ese estilo son parte de una tradición mucho más extensa, una forma de hacer las cosas, que Solá aprendió de joven y que ya explicó en más de una ocasión. Como cuando dijo que la mejor forma de prosperar en el peronismo era haciéndose el boludo. O cuando, siendo renovador, mamó las lecciones que impartía José Luis Manzano, que este resumía en la siguiente máxima: “la función del peronismo moderado es ser la careta civilizada de la patota”.

El problema principal de Solá, de todos modos no es la hipocresía indisimulada de su pedido, sino el hecho de que el mismo está condenado a fracasar. Porque no se trata de un par de loquitos exaltados, los que hacen declaraciones brutales no son una patrulla perdida que desoye las órdenes: lo que estos kirchneristas bestiales dicen no es muy distinto de lo que dicen y hacen desde el vértice del proyecto en el que se ha vuelto a enrolar Solá. Por eso el desubicado, el que desentona, tal vez sea él, no los fanáticos.

No fue casualidad que Giardinelli y Zaffaroni se refirieran del modo que lo hicieron sobre los juicios por casos de corrupción, lo hicieron justo después de que el mismo Alberto Fernández planteara, apenas más moderadamente, la misma idea: que nada de eso va a seguir si ellos ganan, que los jueces que actuaron “abusivamente” investigando a sus compañeros kirchneristas van a tener que dar explicaciones, que “hay justicia solo si Cristina es hallada inocente”, y que no va a indultar a nadie “porque el indulto no borra el delito” y la idea es, claro, dejar establecido para siempre que los delitos, los hechos contantes y sonantes cuyas evidencias se cuentan por centenares, no existieron, al mejor estilo soviético. ¿En serio son Giardinelli y Zaffaroni los que deberían callarse?

Tampoco fue casualidad que las bestialidades de Moyano y Brieva acompañaran una foto insuperable que se sacó muy sonriente Máximo Kirchner con Santiago Cúneo, confeso antisemita y no se sabe si fascista de izquierda o estalinista de derecha (como ha caracterizado agudamente a este tipo de personajes que cria el peronismo el historiador Loris Zanatta), a quien el hijo presidencial también dio la bienvenida de nuevo en el redil kirchnerista. Foto que el candidato presidencial del kirchnerismo avaló como una “jugada de coyuntura” que no significa que Máximo sea antisemita. Aunque no le haga asco a nada “en la coyuntura”.

Si esa es la pauta que se establece desde el vértice del Frente de Todos, ¿por qué asombrarse si cunde el ejemplo y las bestialidades se multiplican en las bases? Aún cabe preguntarse, o podría preguntarse Solá, ¿por qué lo hacen, por qué Máximo Kirchner y Alberto Fernández hablan y actúan en términos que los complican? Tal vez parte de la explicación resida en que, desde su perspectiva, ya se han moderado demasiado. La propia candidatura del Alberto fue un gesto de moderación hasta excesivo. Así que, ¿por qué seguir traicionándose?, ¿haciéndolo no se pondría en riesgo la identidad, la fe, justo cuando la fe está siendo confirmada por la historia?

Ese es finalmente el fondo de la cuestión: en su fanatismo, están absolutamente convencidos de que el paso del tiempo les dio la razón y la oportunidad que se les presenta los invita a volver con todo, “sin bajar las banderas”, “sin dejar las convicciones en la puerta de la Rosada”. Solo los Solá, los Massa, los que fracasaron y volvieron cabizbajos y arrepentidos están obligados a disimular, ellos no.

Por eso, a sus ojos, los Solá y los Massa valen bastante poco, tal vez nada. Tienen, en el mejor de los casos, un papel bastante secundario que cumplir. Por eso, en vez de valorarlos como aliados reconquistados, los tratan poco más que como piezas de caza embalsamadas, y una vez que se los metieron en el bolsillo no piensan darles bolilla. Se entiende entonces que Cúneo se tome la libertad de aclararle a Solá que es él quien debería callarse.

¿No tiene razón el ex gobernador, no se complican sus chances electorales? Es muy probable, pero difícil que se pongan de acuerdo. Porque la disputa entre quienes creen en serio en la moderación del kirchnerismo y los que velan por su identidad y sus objetivos de siempre recién comienza, y no se va a resolver con una simple discusión.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/6/19

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¿Puede Macri confiar en Pichetto? ¿Y viceversa?

El acuerdo Macri-Pichetto, se dice, está pensado no sólo para ganar si no para gobernar. Pero, si ganan, que es bastante probable, ¿cómo funcionaría ese gobernar juntos? ¿Hasta dónde llega el acuerdo entre ambos y dónde empiezan las diferencias?

Pareciera que Macri se ha resignado a no hacer un segundo mandato como el primero, ante el peligro de no tener siquiera la oportunidad de intentarlo. Menos mal.

La idea peregrina de que “hicimos todo bien pero en 2018 nos sorprendió una racha de mala suerte”, o peor todavía, que “la gente tarda en darse cuenta pero al final nos va a reconocer el esfuerzo”, que iba de la mano de la expectativa puesta en que una vez más Cristina perdiera la elección por ellos, tal vez no alcanzaba para condenarlos a la derrota. Pero seguro los conducía, en caso de evitarla, a repetir los vicios del primer mandato. Así, si la única opción que consideraban y nos ofrecían consistía en ganar con ese matete en la cabeza, tal vez era mejor que perdieran.

Sin embargo, no eran esas las únicas dos opciones a la mano. Y así lo entendió Macri, aunque tarde y desprolijamente, cuando abandonó por fin la matriz con que se manejó hasta ahora, la apuesta por un gobierno lo más chico posible, y gracias a eso bajo su entero control y que tuviera la menor dependencia posible de los demás, manteniéndolos a distancia de la toma de decisiones (como hizo con los radicales) y acordando sólo puntualmente cuando resultara imprescindible (como hizo con los peronistas disidentes).

Ahora bien. ¿Significa esto que hay un nuevo esquema de coalición y de toma de decisiones y funcionamiento? ¿O no se pensó aún en nada de eso y se va a armar sobre la marcha, según cuánto empuje y cuánta muñeca tenga cada actor o grupo involucrado? Da toda la impresión de que estamos más cerca de esto último. Lo que reviste ciertos peligros para el presidente, para los miembros iniciales de su coalición, y también para los nuevos, que pueden pronto entrar en tensión con los primeros.

Por ahora, y como de lo que se trata es de ganar, nadie se queja. Porque además las cosas parecen ir sobre rieles.

Contra lo que se suele decir, que Macri pensó en Pichetto más para mejorar la gobernabilidad económica que para sumar votos, lo lógico es pensar que se apuntó a ambas cosas a la vez, y con buen tino, entendiendo que eran dos caras de una misma moneda: había que desarmar el círculo vicioso que vinculaba las malas expectativas económicas con el aumento del malhumor social, la consecuente caída del apoyo al gobierno y, a consecuencia de ello, el creciente poder gravitacional de la oposición, que realimentaba a su vez el pesimismo económico; y reemplazarlo por un círculo virtuoso en el que la confianza de los inversores aportara a un cada vez más firme control del dólar y la inflación, sosteniendo a su vez la confianza en el rumbo establecido, en la reelección del presidente y así también la mejora económica.

Como se ha visto en estos días, los primeros pasos de esa operación están dados. Y si el clima de mayor confianza económica se mantiene, sin demora los votos se irán sumando. Los defensores del purismo y el aislacionismo macrista, de la tesis según la cual Macri sigue siendo el único centro de poder real del oficialismo, podrán decir que algo de esto ya estaba en marcha desde mayo, así que no todo es “efecto Pichetto”. Y puede que tengan razón. Pero eso va a impedir que el senador rionegrino lo capitalice. Y refuerce, en consecuencia, la idea de que tienen que dejarlo jugar, sumar más y más peronistas por la puerta que él entreabrió. Y darles cargos que ocupar.

Así, en pocos días y sin que nadie pidiera permiso ni aclarara hasta dónde avanzarían las cosas, se pasó del Pichetto vice a un entero nuevo socio, la cuarta pata de la coalición oficial, oportunamente rebautizada Juntos para el Cambio.

El objetivo de este proceso de absorción es, en principio, darle de nuevo encarnadura y efectividad al voto peronista anti k, capacidades que la tercera vía perdió por obra de las jugarretas de Lavagna y los saltos mortales de Massa. Ante eso, el oficialismo debía evitar a toda costa que el voto peronista se reunificara detrás de los Fernández, ante la evidencia de que había quedado esa sola expresión viable para él (no hace falta aclarar que Lavagna y Urtubey le ofrecen apenas una expresión testimonial).

Dicho de otro modo, Macri ya no podía hacer como en 2015, cuando recibió esos apoyos gratis, esperando a que cayeran en sus manos en la segunda vuelta, ante la falta de cualquier otra salida. Entendió que debía pagarlos por anticipado, y pagarlos bien, invertir parte de su poder remanente para darles un efectivo canal de expresión. Si no esos votos se disiparían, o llegarían demasiado tarde, cuando ya hubiera perdido Buenos Aires, y con ella, las mínimas chances de seguir gobernando.

La cuestión es que, al hacerlo y darle nueva vida al peronismo de centro, republicano, pos kirchnerista, está invitando a un conjunto de actores a darle cuerpo, desde el Estado nacional, ocupando todo el espacio que puedan en él. ¿Cómo va a convivir este peronismo potencial, que hoy apenas sobrevive en algunas cabezas, cuando se vaya volviendo concreto y efectivo, con el resto de la coalición y del gobierno?

Pichetto es un hombre de Estado, como dice el presidente, pero también es un hombre de partido, y su proyecto es reconstruir el peronismo, hacerlo de nuevo competitivo, más competitivo de lo que es de la mano del kirchnerismo, contra el PRO y el resto de quienes hoy ocupan el centro político. ¿Dónde se van a cruzar, entonces, los planes y los intereses de los nuevos socios? Difícil saberlo, pero lo que no puede obviarse es que ese cruce se va a producir.

Ahora bien: ¿significa esto que la propuesta de Macri-Pichetto es problemática como fórmula de gobierno? Es una pregunta algo retórica hoy en día, porque del otro lado lo que se ofrece es algo por completo insólito y disfuncional: aun los que votarán al Fernández sin votos piensan que votan a un empleado, confían en que la que tendrá el poder será Cristina. ¿Podrían de todos modos los Fernández gobernar en armonía porque sus intereses son los mismos? Quién sabe, puede salir cualquier conejo de esa galera. Pero el punto es que quienes los apoyan en general no se lo preguntan, confían en la sabiduría de la jefa y la disciplina de los acólitos, o sienten tal rechazo por las demás opciones que no los desvelan estos “detalles”.

En cambio del lado de Macri es bueno y oportuno que se pregunten por la perspectiva futura de la fórmula, y sobre todo que la expliquen. Además de porque sus votantes suelen ser más desconfiados, porque tienen más chances de ganar y es mejor que se preparen para lo que viene.

¿Cómo va a gobernar, en suma, Macri con Pichetto? Seguro, no como lo hizo con Peña. Esa fue una experiencia bastante frustrante, aunque todavía parece que no se analizó ni reflexionó lo suficiente sobre por qué lo fue. Y este es un primer problema que se nos presenta: esta decisión innovadora sobre la fórmula presidencial no obedece a un aprendizaje saldado sobre los vicios (no los errores más o menos puntuales de política pública, nos referimos a las limitaciones políticas, que son otra cosa mucho más seria) de un esquema de conducción fallido, sino tan solo a una urgencia electoral, que tal vez algunos piensen van a poder resolver conservando todo el resto del esquema, que hay solo un cambio de nombres, “sale Michetti, entra Pichetto, lo demás (su “control”) sigue igual”. ¿Será que piensan que, aunque Pichetto no se limitará a hacer sonar la campanita, estaría genial intentarlo? ¿Será que piensan hacer con él lo que hicieron con Ernesto Sanz? No han mostrado mayor capacidad de aprendizaje, pero en esta cuestión puede que no tengan ya mucho margen para el error.

Si en cambio reconocen que, en caso de ganar, serán parte de un gobierno que ya no será tan “suyo” y ven las ventajas potenciales que esto encierra, podrían sacar más provecho de lo que tiene para aportar ese peronismo que puja por hacer pie en la gestión, y hasta podrían también imprimirle una nueva dinámica a esta, en que otros actores también ganen influencia y ayuden a empujar el carro. El resultado no será tan fácil de controlar, pero tal vez no resulte tan poco satisfactorio como el que hemos tenido estos años.

Pichetto puede ayudar a darle, en parte a costa de Peña, es cierto, otra dinámica a la relación entre el gobierno y los empresarios. Y también imprimir un giro a la que existió hasta aquí entre el Ejecutivo y el Legislativo, y entre el gobierno nacional y las provincias. Podría hacerlo en beneficio de Macri y de la consistencia y amplitud del plan de reformas que él y el país necesitan. Pero podría también bien pronto volverse un filtro de la legislación que pretenda impulsar el gobierno en su conjunto. Y de las alianzas que pretenda tejer. Si los demás actores de este juego no se ponen las pilas y no entienden las verdaderas razones por las que terminaron recurriendo a él, aunque traten de acotar su influencia, puede que terminen haciendo que lo segundo sea más probable. Y que las chances de una cooperación productiva decrezcan.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/6/19

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Macri-Pichetto vs Los K + Massa = No hay segunda vuelta

La famosa grieta está al rojo vivo. Para unos significa democracia contra autoritarismo, para otros, asado vs hambre. Así que todo se resolverá en la primera vuelta de octubre, según quién llegue al 45%. Los demás ¿desaparecen de escena?

Macri se decidió finalmente por una jugada de riesgo: abrir Cambiemos, pero a su manera, sin intervención de los radicales, aunque haciendo lo que los radicales le reclamaban, es decir, sumando peronismo. Fue una reacción lógica ante la inminente reincorporación de Massa al kirchnerismo, o al peronismo oficial, según cómo se lo quiera ver. Con la que se completó, a su vez, el programa anunciado tiempo atrás por Gioja, reunir al 80% de los peronistas en torno a la fórmula de Cristina y su empleado del mes. Un programa que, hay que reconocer, se cumplió muy bien, y puso en cuestión el dato estructural que permitió la existencia misma del gobierno de Macri, la división del voto peronista.

La pregunta más urgente que ronda en el ambiente es, sin embargo, si estos movimientos de dirigentes tendrán los efectos esperados en los votantes. O dicho con más precisión, ¿quién de los dos será más efectivo, Massa en reconciliar a los peronistas o Pichetto en mantener el divorcio?

Primero, está la duda de si Massa llevará consigo de regreso al espacio kirchnerista los votos que todavía le quedaban, un resto de los que supo birlarle a aquél en 2013 y 2015. Y al respecto, hay quienes piensan que los Fernández han pagado más por el pito de lo que el pito vale: la estructura massista ya desde antes estaba casi en su totalidad volviendo al galope a la toldería de Cristina, para salvarse de la polarización en marcha, así que Massa por sí mismo valía bastante poco. Otros en cambio estaban dispuestos a pagar cualquier cosa con tal de verlo rendirse ante el poderío de la ex presidenta, una escena aleccionadora para los demás caciques peronistas y para la sociedad: muestra que el paso del tiempo le da a ella la razón, hasta los más enfrentados a su voluntad ceden ante lo inevitable, en síntesis “ya está volviendo”. Y si algo le importa a Cristina, y si en algo es indudablemente buena, es en esto de armar la escena.

Las encuestas indican, de todos modos, que los votos hasta ayer massistas se dispersan: una parte vuelve al redil, pero otros insisten en la tercera vía, con quien sea, y algunos cuantos incluso se irían con Cambiemos. ¿Cuántos para cada lado? Quién sabe. Lo más probable, que dependa del contexto y de lo que hagan los demás. Por eso el apuro de Macri.

La segunda duda, entonces: ¿Pichetto suma votos o solo da “imagen de apertura”? Y esa imagen de apertura ¿fortalece al gobierno o lo complica aún más, confunde a los no peronistas al obligarlos a elegir entre versiones del peronismo? Porque si algo queda a la vista es que tenemos peronistas en todos lados y para todos los gustos: están los K, los federales que quedan con Urtubey, los antigrieta de Lavagna, y los anti k de Pichetto. Para no votar a algún peronista habrá que refugiarse en Espert, o en Del Caño.

Pero para el gobierno no se trata solo de apertura, de mostrar a Cambiemos agrandándose en vez de achicándose, sino por sobre todo de un mensaje a los votantes, a varios grupos de votantes a la vez: es una invitación abierta a los peronistas antikirchneristas a abandonar la resignación que los estaba ganando y a manifestarse, votando a quienes “aún pueden evitar que ella vuelva”; y más todavía, una invitación a los votantes a anticipar la polarización en la primera vuelta. Lo que tiene a su vez al menos dos objetivos, reducir el riesgo de que Vidal pierda en octubre la provincia, sin aumentar el riesgo que suponían las colectoras, que el que perdiera votos fuera Macri y quedara muy rezagado en las PASO y la primera vuelta.

Se verá si la jugada alcanza. Lo que dependerá también de qué hagan Urtubey y Lavagna. Sus chances de incidir en la escena son cada vez menores, en el segundo caso sobre todo por sus propios errores. El ex ministro de todos modos aún puede cumplir una función, y no una precisamente muy buena: ya empiojó y dividió a Alternativa Federal, sin ninguna necesidad y para su propia desgracia (imagínense lo que hubiera pasado si aceptaba competir en sus PASO, un simple gesto de aceptación de las reglas de juego: Massa no hubiera podido abandonar el barco tan fácil, y la jugada de Cristina de poner al Alberto hubiera tenido mucho menos impacto en el peronismo del interior, la verdad que la señora tiene mucho que agradecerle a Consenso 19), ahora puede dividir el voto no peronista, tal vez lo suficiente para complicar a Cambiemos.

En cambio Urtubey por sí mismo tiene muy pocas chances de hacer lo propio con el voto peronista. Y ahora con Pichetto enrolado en la pelea mayor, mucho menos. Aunque todavía tiene motivos para insistir: es el único que quedó en pie de Alternativa Federal, y podrá volverse titular de la marca. Una marca que después de las elecciones, pase lo que pase, va a tener bastante más valor que hoy. Sobre todo si el otro miembro sobreviviente de la tercera vía hace lo que todo el mundo espera que haga: visto que no llegó a la Presidencia, el juego habrá dejado de interesarle y se volverá a su casa a chancletear.

Mientras tanto Pichetto hizo otro gesto que a Lavagna le debe haber caído bastante mal: explicó muy sucintamente la productividad de la llamada grieta: el hecho bastante evidente de que si existe es no por capricho de Macri y Cristina, si no porque habla de opciones entre las que los argentinos tenemos que decidir: un capitalismo abierto o un capitalismo de amigos, un país integrado al mundo o a Venezuela y Cuba, un sistema republicano o un populismo radicalizado. Además, en la grieta hay odios y pasiones, demasiadas pasiones, que complican cualquier discusión e intercambio. Pero lo que nos dice Pichetto es que quedarnos en las pasiones es una banalidad, incluso una irresponsabilidad y superficialidad inadecuada en las actuales circunstancias.

Cambiemos andaba necesitando de alguien que explicara qué cornos pretende hacer si logra estabilizar la economía y zafar en esta elección. Así que con Pichetto puede que gane algo más que unos pocos o muchos votos peronistas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/6/19

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Un domingo raro: gana también Cambiemos y el peronismo se divide más y más

Dos tendencias que dominaron el escenario de las elecciones distritales hasta ayer nomás, este domingo fueron desmentidas: de las cinco provincias en que se votó, solo en una el peronismo se presentó unido, Entre Ríos; y en otras dos ganaron ampliamente los candidatos radicales, que hasta aquí venían siendo vapuleados. ¿Por qué?

No sólo Macri tuvo su fin de semana de respiro. También lo tuvieron los radicales, y los peronistas alineados con sus respectivos gobernadores. Si algo ya no sorprende es que sigan ganando los oficialismos, pasa en casi todos lados, desde que se empezó a votar con La Pampa y en Neuquén. Y que prueba que el gobierno de Macri ha sido muy generoso con los recursos públicos que transfiere a las provincias: a los gobernadores en funciones parece que nadie los quiere sacar, sus gobernados quieren que sigan, ¿estarán haciendo las cosas maravillosamente bien? Tal vez no sea siempre así: el sistema de distribución de recursos públicos y el modo en que funcionan los estados provinciales y los sistemas electorales a nivel distrital se ve que benefician tanto a buenos como a malos administradores. Proveyendo una gran estabilidad a una parte importante del sistema político argentino, difícil decir que sea su mejor parte.

Pero aún dentro de este cuadro de enorme estabilidad, lo que vimos este domingo llama la atención porque es bastante discordante con lo que hasta aquí se venía dando en al menos dos aspectos. Primero, la tendencia del peronismo a reunificarse.

Después de años de padecer una creciente fragmentación, tanto a nivel nacional como en las provincias, los llamados a la unidad del peronismo tuvieron eco en muchos distritos. Y eso permitió que en algunos de ellos los gobernadores lograran su reelección con porcentajes apabullantes. De eso este domingo sólo tuvimos una muestra, Entre Ríos: Gustavo Bordet ratificó allí la amplia diferencia que ya había obtenido en las PASO, y se impuso sin problemas al radical Atilio Benedetti. Otro más que, resuelta su continuidad en el poder, se sentará seguramente a ver cómo otros se desviven y sacan los ojos en las presidenciales.

Pero esta fue, en esta ocasión, la anomalía, no la regla. En las otras cuatro provincias que fueron a las urnas, los ciudadanos se encontraron con peronistas enredados en disputas distinto tenor e intensidad. En Jujuy se dividieron en cuatro listas, y habría que sumar una quinta pata, la de los seguidores del vicegobernador, el massista o a esta altura ex massista, Carlos Haquim. Ante este panorama, como era de esperar, Gerardo Morales no tuvo inconveniente en lograr su reelección, por un porcentaje no muy distinto al que había conseguido cuatro años atrás.

También en Chubut y en Tucumán hubo varios peronismos compitiendo entre sí. La pelea más entretenida, y también la más sucia, fue la de los tucumanos Juan Manzur y José Alperovich. Recordemos, ambos se disputaron la provincia en la que más denuncias de fraude y manipulación del voto hubo en 2015. Parece que mucho no cambiaron las cosas desde entonces: esta vez la discusión entre las facciones en pugna en torno a la transparencia de los comicios dará también para largo. Y no es para menos: hace pocos días se le ocurrió al gobernador en funciones repartir un bono, al que se accedía con la sola intermediación de las comisarías y se pudo cobrar hasta el viernes. ¡Genial idea!, nada que envidiarle a los que regalaban una zapatilla a cada vecino el día antes de la votación y prometían la que completaba el par si el oficialismo triunfaba, si no, aprendé a caminar en una pierna.

Lo más sorprendente del caso es que tanto Manzur como Alperovich son dos poderosos empresarios, los dos se la pasan hablando de la ética y de los pobres, cuestiones que se ve los desvelan, aunque la mala calidad de los servicios que han prestado a los pobres de su provincia, en educación, salud y seguridad, es cada vez más desesperante (pero claro, ellos no tienen nada que ver, esos problemas son culpa del gobierno nacional, ellos reparten plata cada vez que pueden) y, para sumar confusión, además se vienen peleando por ver quién es más kirchnerista de los dos.

Hace un tiempo Manzur, que heredó el poder de Alperovich, se despegó de él anunciando que abandonaba el kirchnerismo para siempre, en otras palabras, cometió dos traiciones en una. Pero el caudillo traicionado se quiso vengar, así que dividió al peronismo, hizo que Cristina bendijera a su sector y se postuló a la gobernación. La respuesta de Manzur fue que también él pidió la bendición de la señora, que en estas cosas de olvidar los pecados ajenos si olvidan los suyos es muy amplia, así que tenemos ahora dos peronismos en pugna, los dos afanosamente kirchneristas, aunque imposible saber por cuánto tiempo.

Al lado de este enredo lo que sucede en Chubut es claro como el agua. Mariano Arcioni, el gobernador, igual que su predecesor Mario Das Neves fue siempre reacio a alinearse con los K: ha sido massista mientras el massismo existió, y ahora vaya uno a saber, puede volverse cualquier cosa. Pero mientras tanto enfrentó al kirchnerismo en su provincia, encarnado en el intendente de Comodoro, Carlos Linares. El resultado fue el esperable: Cambiemos desde el vamos quedó lejos atrás, los dirigentes kirchneristas nacionales no quisieron aparecer mucho por la provincia, para no agitar más de la cuenta la imagen del peronismo dividido, más inconveniente para sus necesidades que hacer una mala elección en el distrito, y por lo tanto el oficialismo distrital logró la reelección de Arcioni.

Queda Mendoza, donde las cosas son aún más ordenadas y razonables, como casi siempre sucede en esos pagos. Este domingo hubo solo internas, pero internas que, para desentonar del todo con lo que hemos visto hasta aquí, fueron competitivas en las dos fuerzas principales, Cambiemos y el peronismo. Los candidatos radicales a suceder a Cornejo resultaron los más votados, y muy probablemente resulten también los vencedores en las generales. Como en las demás provincias, ganan los oficialistas. Y como en Jujuy, ganan incluso cuando son radicales. Pero ¡qué diferente es que eso suceda con partidos más o menos ordenados y que respetan las reglas de la competencia interna, alianzas interpartidarias estables, y no con una fragmentación permanente de las organizaciones partidarias y un oportunismo sin límite de los líderes! Pero bueno, sabemos que en pocas cosas el resto del país se parece a Mendoza.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/6/19

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Kicillof, el otro candidato

Cristina Kirchner volvió a sorprender cuando nominó a su ex ministro de Economía candidato a gobernador bonaerense. La designación encierra varios mensajes. Algunos un poco preocupantes.

La ex presidente debió pensar que tenía que poner su mejor ficha para contraponer a la mejor ficha del oficialismo, María Eugenia Vidal. Y no dudó. Hasta ahora las encuestas la avalan, Kicillof retiene la mayor parte de los votos nacionales de la fórmula de los Fernández, así que parece no haberse equivocado.

Joven, radicalizado y leal al “modelo”, pero no contaminado por el tufillo a orga que limita la popularidad de los camporistas, tampoco vinculado personalmente con el choreo (aunque nunca se mostró incomodo ante su existencia, hasta ahí llega su lealtad al modelo y a su jefa), y con una gestión económica en su haber que en su momento fue considerada deslucida y frustrante (entre 2012 y 2015 solo crecieron el déficit, los cargos públicos improductivos, la fuga de divisas y las intervenciones punitivas, nada de empleo genuino ni de inversión), pero que Cristina desea reivindicar hoy como todo un éxito frente a la que le siguió, reunía todo lo necesario para volverse, a ojos de la señora, el candidato ideal para esa batalla, la decisiva en la actual campaña.

También era el candidato ideal para que Cristina pudiera equilibrar las cosas entre los moderados y los duros de su base de apoyo: con la nominación días antes de Alberto Fernández, y el permiso que le otorgó para diferenciarse de su liderazgo y preferencias precisamente en el terreno económico, permitiendo que él y sus más pragmáticos asesores económicos enviaran señales amigables a los mercados, había corrido el riesgo de alarmar a quienes esperan que cuando ella regrese al poder vuelvan el consumo y los cargos públicos para todos (todos ellos y sus amigos, se entiende), con sus complementos necesarios, los controles de precios, las intervenciones en el mercado cambiario, y el déficit presupuestario, en síntesis, todo lo que representa Kicillof.

El equilibrio buscado tal vez sirva para calmar las aguas, por ahora, en el frente interno, pero alimente las dudas y temores sobre lo que se pretende hacer realmente en caso de lograr la victoria.

Y al respecto, para peor, los mismos rasgos que hacen de Kicillof un buen candidato son los que pueden volverlo, en el ejercicio del gobierno, un acelerador de la bomba de inconsistencias en que tiene muchas chances de convertirse una administración de los Fernández, un experimento por completo inviable: un populismo radicalizado sin plata, como poner al volante a un borracho con síndrome de asbstinencia.

Y eso no es todo. Ya de por sí son pocos los que creen que el Alberto tomaría realmente las decisiones en un eventual nuevo gobierno kitchnerista (varias encuestas indican que pierde 10 a 1 en ese terreno). Con Kicillof en la provincia, ¿no se alimenta aún más esa desconfianza? Los antecedentes que hacen de éste un cruzado del anti liberalismo económico, un fanático convencido de los “alicientes a la demanda”, y le permiten alimentar la ilusión de que “vuelve la fiesta”, lucen particularmente problemáticos frente a un eventual Ejecutivo nacional con opiniones divididas en este terreno.

Kicillof se ha cansado de repetirlo: él cree que siempre, siempre, el estímulo a la demanda “poniéndole plata a la gente en el bolsillo” sirve para que aumente el consumo, eso hace que las empresas aumenten su producción, y se llegue así, de un modo virtuoso, socialmente justo, al aumento de las rentabilidades y las inversiones. Si la cosa fuera tan sencilla siglos de debates económicos se habrían demostrado inútiles, y miles de años de éxitos y fracasos, aprendizajes arduos y costosos con infinita variedad de políticas económicas, se podrían sintetizar en dos renglones.

Como para sostener esa fe alucinada hay que ignorar que la alta inflación, una vez que se vuelve crónica, debilita la eficacia de ese tipo de medidas, y que la desconfianza generalizada de los actores económicos complica aún más las cosas, porque no hay forma de convencerlos de que los resultados van a mejorar en el futuro, quien gobierne con esa idea en mente va a estar muy inclinado a cavarse la fosa. Y más todavía va a estarlo si gobierna del lado de quienes gastan el dinero público, no del de quienes tienen que recaudarlo.

Así que, habiendo sido un bastante mal ministro de Economía, es de temer que el ya no tan joven Kicillof se vuelva un pésimo gobernador bonaerense. Cargo en el que la tentación de gastar más de lo que hay es omnipresente, agobiante. Bien lo puede contar Eduardo Duhalde, que al menos tenía del otro lado del Riachuelo a Menem para, a medias, controlarlo.

Algunos festejan que Cristina se haya inclinado por Kicillof y no por uno de los intendentes peronistas de siempre, ven en eso incluso una apuesta por la transparencia, otra más de sus “autocríticas silenciosas”, porque él podría poner el ojo en algunos de los “negocios non sanctos” de esa cofradía. No es fácil decidirse entre un fanático o un corrupto, hay que considerar cuál de los dos es capaz de hacer más daño. Pero lo seguro es que el daño se incrementa exponencialmente si, más allá de cómo decidamos, entre ellos ya se pusieron de acuerdo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/6/2019

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¿San Juan, Misiones, Corrientes? Es Buenos Aires donde se define todo

En las elecciones distritales de este domingo no hubo sorpresas. Pocos les prestaron atención un poco por eso, y otro poco porque los ojos están puestos a kilómetros de esos distritos, en lo que se está cocinando mientras tanto en la provincia de Buenos Aires, y que puede definir la elección presidencial.

El sanjuanino Sergio Uñac aprovechó su triunfo apabullante sobre Cambiemos para despegarse del todo de Alternativa Federal y de Consenso 19 de Lavagna, con quien había querido acordar una fórmula presidencial apenas semanas atrás. Dado lo rápido que cambian las cosas nadie se lo va a reprochar. Menos todavía a la vista de las malas perspectivas de esos dos grupos, que se preparan para disputarse las sobras de la tercera vía que van quedando (una aclaración viene a cuento: el 19 del Consenso lavagnista alude al año en curso, no al número de votos que aspiran a obtener).

En Corrientes, mientras tanto, por fin algunos votantes se animaron y le regalaron un buen resultado a Cambiemos. Ya era hora.

Los guarismos de la elección legislativa de esta provincia, que está tan descolgada que votará gobernador e intendentes dentro de dos años, cuando el resto del país vote solo legisladores, podrían considerarse sorprendentes y, de nuevo, descolgados, de tan favorables que fueron para el oficialismo nacional. Pero lo que pasa en realidad es que a los correntinos se les da fácil lo que en el resto del país es cada vez más difícil: el secreto del éxito del gobernador Valdés y del radicalismo correntino reside en que el peronismo local está cada vez más dividido, y este año presentó media docena de listas. A contramano de lo que vienen haciendo los peronistas del resto del país, para quienes el PJ está volviendo a ser una casa común, más allá de las tribus a las que pertenezcas. A menos que pertenezcas a la tribu de los que no piensan tragarse la píldora de Cristina magnánima y moderada.

Y, finalmente, en Misiones ganaron los que no tienen problemas de este ni de ningún otro tipo, porque defienden las políticas que convenga defender en cada momento, y saben que todos los colectivos los dejan bien. El Frente Renovador, que antes se llamaba Frente de la Conciliación Misionera, por una objeción que Massa interpuso en la Justicia por el uso de su nombre (aunque no de sus métodos), también arrasó. Y como en su seno militan unos cuantos radicales y vecinalistas conservadores, y además sus máximos dirigentes peronistas se han destacado entre los más colaborativos con el gobierno nacional, en la Casa Rosada deben pensar que esta no fue tan mala noticia. Y que ni siquiera lo fue que Humberto Schiavoni, el presidente del PRO y contendiente del electo Oscar Herrera Ahuad, sacara muchos menos votos que dos años atrás, hace tanto que ya nadie se acuerda. Deben haber festejado también en el macrismo que Ahuad no imitó a Uñac e insistió, igual que Weretilnek semanas atrás, y hace menos tiempo Schiaretti, que esta era una elección solo provincial. El problema es que tal vez dentro de unos días Ahuad vuelva a imitar a Weretilnek, que ahora está revisando esa prescindencia en la disputa nacional y abrió una negociación con el kirchnerismo, para evitar el riesgo de quedarse sin legisladores nacionales en caso de presentar una lista corta en octubre. Ahí los estrategas oficiales estuvieron lentos. Será por eso que dice Durán Barba y el manual de “la nueva política”, que el territorio no importa.

Pero es el territorio el que manda, impone su ley, cuando Massa se prepara a volver al redil kirchnerista. Finalmente, está haciendo un gran sacrificio por su partido: son los intendentes, legisladores provinciales y nacionales de la provincia de Buenos Aires que todavía lo siguen quienes presionaron hasta convencerlo de que, dado el fracaso de Alternativa Federal, solo se quedarían con él si les garantizaba su reelección y sólo podía garantizarles la reelección en sus cargos yendo junto con el resto del peronismo del distrito. Tal vez Massa se incinere con este giro, que desmiente todo lo que ha dicho y hecho desde 2013. Aunque ahí está el ejemplo de Alberto Fernández para darle esperanza. En todo caso, era esto o quedarse solo, y hacer como Lavagna, política testimonial. En un momento en que ya varios están haciéndola, y encima a nadie le interesa que la hagas, porque algo bastante pesado está en juego, no parece muy conveniente.

Y es también el territorio el que manda, cuando María Eugenia Vidal advierte, un poco tarde es cierto, la dimensión de su propio sacrificio, del enorme despiole en que se metió al no desdoblar su elección de la nacional: si lo hubiera hecho, podía regalarle a Macri un flor de triunfo previo a las presidenciales de octubre. No estaba mal como aporte a la reelección de su jefe. Pero ahora puede que le regale el baldazo de agua fría que falta para dejarlo sin chances. Porque si Vidal pierde en octubre contra Kicillof, en el ballotage en noviembre ya va a quedar bastante poco de Macri para derrotar.

Va a tener que reconocer que invita a los ciudadanos a creer en una quimera: que a él solo, absolutamente solo, mucho más débil que en 2015, puede irle mejor de lo que le fue estos cuatro años. Ni él se compraría semejante buzón. Claro que enfrente vamos a tener el otro buzón, el de la reconciliación peronista y la moderación K. Pero convengamos que, seguro no en términos de moralidad, de república, calidad de las políticas y todo eso, tal vez tampoco en términos de coherencia y armonía en la conducción, pero sí de eficacia del mando, y esa gobernabilidad mínima siempre ha sido el secreto del éxito peronista, la cosa va a estar bastante clara.

Y es finalmente también el territorio el que se agita en estas horas para tratar de salvar las papas para el oficialismo: los funcionarios de Vidal y los intendentes bonaerenses de Cambiemos desesperan en estas horas por encontrar la forma de acarrear más votos a su común reelección, y la carta que pretenden jugar es la de enganchar la boleta de la gobernadora a la de Juan Manuel Urtubey, la de Roberto Lavagna, y si hay algún massista descontento que quedó suelto, también, que se suba. Enfrentan dos obstáculos: convencer a Macri de que el giro de Massa cambia realmente la relación de fuerzas bonaerense, algo que por ahora no creen en su círculo íntimo; y lo que es aún más difícil, convencerlo de que va a ganar ella más votos de los que puede perder él con esos arreglos, y de esos votos que va a ganar ella depende que los de él puedan luego volver a aumentar en noviembre, lo suficiente para que gane.

Claro, todavía puede que la negociación de Massa fracase; puede también que él arregle con los K, les saque todos los cargos que pretenden sus seguidores, pero arrastre menos votos de los que pretende (y es este el argumento de los macristas que no quieren cambiar nada, porque sería reconocerle un poder de arrastre que no existe, pronto se sabrá si tienen razón). Y hay que ver además si Urtubey o Lavagna compran la oferta de Vidal, y qué piden a cambio (conociéndolos, sobre todo en el caso del segundo no va a ser poco).

Así que todo está por definirse. En los próximos días. En la provincia de Buenos Aires. Mientras en el resto del país, incluidas Corrientes, Misiones y San Juan, las cosas siguen su curso, sin mayor novedad.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/6/2019

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Un paro para que la CGT desensille hasta que aclare

Los gremios efectuaron uno de sus paros más contundentes contra Macri, pero manteniendo la mayoría su silencio ante una campaña electoral en que no tienen opciones claras ni compartidas para apoyar, y temen no tener nada para ganar.

La CGT concretó su sexto paro nacional contra Macri sin abandonar la tesitura que ha mantenido en los últimos tiempos: usar estas medidas de fuerza para liberar presión, frente a las demandas de los gremios más duros y las seccionales más combativas, con quienes no se quiere romper, y a la vez evitar un plan de lucha o algún otro tipo de escalada que podría llevarla a romper con el gobierno, del que aún espera obtener no pocos beneficios.

El paro tiene así un doble telón de fondo: el reivindicativo, en el que todos los organizadores más o menos han tendido a concordar (reactivación económica, freno a la inflación y a la pérdida de fuentes de trabajo, etc), y el político, en que se reflejan los problemas de una oposición y un peronismo divididos. Problemas que la campaña para las presidenciales ya lanzada no hace más que agravar. Se entiende por esto que, tras este “último paro” contra la actual administración, se preparen ahora para desensillar hasta que aclare.

Llama la atención, a este respecto, lo prudentes que se muestran los capos cegetistas cuando tienen que hablar de las próximas elecciones: muchos no se han pronunciado aún sobre a qué sector apoyarán; e incluso algunos de quienes se habían pronunciado tiempo atrás por Lavagna o por Massa, ya se arrepintieron o prefieren de momento guardar silencio. No quieren quedar atrapados por la polarización, y en cualquier caso temen que cualquiera sea el que gane a ellos les toque entre poco y nada.

El modo en que está desenvolviéndose el escenario electoral explica esta inclinación entre prudente y escéptica. Lavagna, en quien Barrionuevo y varios otros gremialistas en un principio habían depositado sus esperanzas de que regresaran los “alicientes a la demanda”, está cerrando su periplo en forma anticipada y bastante penosa. En nombre de la unidad nacional terminó peleándose hasta con sus más cercanos aliados. Su caso nos enseña que en política con las intenciones no alcanza y, como decía Alfonsín, a hacer política no se puede aprender de grande.

Para colmo, el ex ministro dejó Alternativa Federal bastante peor de cómo la encontró, por lo que aún los sindicalistas que desean que el peronismo político se modere y deje atrás definitivamente el ciclo kirchnerista, saben ahora que esa es una apuesta para mediano y largo plazo, pero de momento será poco más que una opción testimonial.

Las definiciones que han empezado a plantear los Fernández, por otro lado, no alientan a los gremialistas a alinearse detrás suyo. Porque en lo que aquellos ratifican la famosa grieta, la corrupción y la independencia de la Justicia, sólo Moyano tiene personal interés en dar una mano, mientras que los demás prefieren ubicarse lo más lejos posible; y en lo que la fórmula kirchnerista sí viene moderándose, y relativizando la grieta, el manejo de la economía, es comprensible que le teman tanto a un Macri recargado y más reformista, como a lo que sean capaces de hacer Alberto Fernández y sus laderos. A lo que contribuyó especialmente Guillermo Nielsen cuando, varias veces en los últimos días, hizo referencia a la estabilización a martillazos practicada por Carlos Menem 30 años atrás. Incluso Nielsen planteó convertir el acuerdo con el FMI en un programa de facilidades extendidas, y como se sabe eso requeriría un compromiso de realizar reformas estructurales, más o menos como las que propone ya desde el vamos Macri.

Más allá de si serían o no practicables reformas como las que podría aceptar el Fondo en un gobierno kirchnerista, la duda principal para los gremios es anterior: ¿cuál sería la ventaja de apoyar ahora su eventual regreso al poder?

Si se produce, habrían perdido ya la autonomía que podría permitir una negociación más equilibrada de esas reformas. Y si no se produce y sigue Macri él se ocuparía de cobrarse ese apoyo al adversario cuando sea hora de negociar las mismas o parecidas medidas. Más motivos todavía para desensillar y esperar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/5/2019

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Derechos humanos para avalar la corrupción

Días atrás la presidente de Abuelas de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini de Madres y otros referentes de los derechos humanos en Argentina se prestaron a actuar como fuerza de choque “moral” contra las investigaciones de la Justicia por delitos de corrupción que involucran a su líder máxima, Cristina Fernández de Kirchner.

A raíz de críticas alzadas contra ese papel, que profundiza la fosa que se han venido cavando durante largos años, Carlotto escribió una réplica, en la que afirmó, entre otras cosas, que “es lamentable que quienes desde el periodismo u otras profesiones tienen la posibilidad de ser leídos o escuchados, se dediquen a juzgar y ofender a los integrantes de los Organismos de Derechos Humanos…. no se “gasten” en desprestigiarnos sino más bien júzguense a ustedes mismos”. Dicho más claramente: métanse sus opiniones donde ya saben. Muy democrática y abierta la señora.

La brutal descalificación iba dirigida, entre otros, a Beatriz Sarlo, que había sido muy dura con ese enésimo uso de los derechos humanos para avalar a un sector político. Para peor, cuando los líderes del mismo son acusados de graves delitos.

Y el debate iluminó así algo que ha estado sucediendo en los últimos tiempos: no pocos referentes de izquierda que hasta 2015 trazaron una frontera con el kirchnerismo tanto por la corrupción como por el abuso de los derechos humanos, vista la resiliencia del liderazgo de CFK y su predominio en la oposición, dejaron de lado sus objeciones y se sumaron o avalan al Frente Patriótico.

¿Es esto señal de que fracasa una vez más la posibilidad de construir en Argentina una izquierda moderada y republicana, mínimamente respetuosa de las instituciones y los principios del liberalismo político? ¿A qué se debe, a errores de los dirigentes, a urgencias o conveniencias electorales o a algún otro factor más estructural?

Gente como Beatriz Sarlo, y también Margarita Stolbizer o Norma Morandini, seguramente seguirán batallando para probar que esa no es la auténtica izquierda, o al menos no es toda la izquierda. Pero la verdad es que reman contra la corriente. ¿Es inútil que lo intenten? Tener presente el origen del problema sería de ayuda.

Ante todo advirtamos que la izquierda democrática, reformista y moderada, es débil entre nosotros desde hace mucho tiempo. Algo parecido podría decirse de la derecha, pero no en la misma medida. Y el problema que estamos considerando lo demuestra: ¿por qué, si no, la salida del populismo radicalizado de los Kirchner se produjo a través de una coalición de centroderecha? ¿Por qué a la izquierda en cambio le costó evitar que ese experimento se apropiara de sus banderas, y luego le costó aún más aprovechar su declive, y hoy es más débil que antes?

Hay avatares de la coyuntura actual que ayudan a entender la cuestión (lo mal que hizo las cosas el macrismo, que para algunos relegitima a los K, entre ellos). Pero como situaciones no muy distintas se vienen repitiendo a lo largo de los años, es evidente que responde a algunos problemas más estructurales, y más difíciles de corregir.

Llama la atención, ante todo, la reiteración. Raúl Alfonsín intentó construir una versión socialdemócrata del radicalismo que, recordemos, duró un suspiro. Aunque fue muy importante para sentar las bases de la democracia que disfrutamos, como proyecto partidario fue un completo fracaso. Años después sectores del peronismo enfrentados a Menem intentaron algo parecido desde las fronteras de ese movimiento y aliados con otros grupos de izquierda, y también terminó en fracaso. Más cerca en el tiempo lo intentaría un conglomerado de ex radicales y socialistas con varios frentes y alianzas (FAP, UNEN, etc.) ninguno de los cuales sobrevivió más que una temporada electoral.

La explicación más tradicional que se ha dado de estos problemas alude a la distancia entre la base social que estos proyectos necesitan y la que consiguen: como sus representados ideales son los asalariados y estos se referencian mayormente en el peronismo, todas las construcciones de este tipo tienen pies de barro, apenas alcanzan a sectores medios ilustrados y franjas móviles del electorado, que se dejan seducir por sus propuestas en momentos de entusiasmo cívico y distributivo, pero a poco de andar se arrepienten y vuelven a sus cabales, es decir, a apostar por el centro a la derecha, dejando a la izquierda democrática sometida a internismos y reproches, que se agravan con los consecuentes trastazos electorales.

Esto empeora aún más por la distorsión que introduce el federalismo en el sistema electoral: los distritos peor representados son en los que estos proyectos logran hacer pie, grandes urbes y el centro del país. Por más que sus líderes lleguen a ser muy populares allí, no logran formar mayorías sólidas por sí mismos y dependen en demasía, para formar una mayoría, de líderes territoriales que tienen menos votos pero más poder institucional, y no comparten sus preferencias de izquierda democrática o las abandonan en cuanto cambia el viento. Le pasó a Alfonsín en la segunda mitad de los ochenta, a Carlos Chacho Álvarez a fines de los noventa y a los socialistas y Stolbizer en los últimos años.

Pero hay también rasgos de las ideas dominantes en la izquierda argentina que es importante destacar. Porque la vuelven poco compatible con el reformismo y la formación de coaliciones amplias y plurales.

En primer lugar, el peso de la tradición leninista. Que está asociado paradójicamente a una muy escasa gravitación de su formación política clásica, el PC. Una coyuntura crítica ilustra bien este punto: la caída del muro de Berlín. Argentina fue de los países occidentales en que esa crisis epocal tuvo menos repercusión política e intelectual: no se produjeron cismas en los partidos de izquierda doctrinaria, no hubo debates ni producciones académicas ni políticas de significación; en fin, el derrumbe del bloque soviético pasó de largo entre nosotros. ¿Por qué? En gran medida porque ni siquiera el PC argentino se presentaba a esa altura como leninista, estaba en proceso de rebelión interna, en lo que se llamó el “giro del XVI Congreso”. Que significó abrazarse al castrismo y converger con otros grupos políticos que ya habían dado ese paso antes. Hermanándose en la reformulación, no la revisión ni la crítica, de los principios leninistas y estalinistas, para adecuarlos a las “condiciones latinoamericanas”. Gracias a ese disfraz muy pocos se sintieron obligados a una autocrítica por el derrumbe de la URSS. Y el leninismo sobrevivió, bajo nuevo ropaje, tanto dentro como fuera de la estructura del PC, pululó en el Frepaso, quedó latente en la izquierda peronista y radical, y estuvo listo para florecer y multiplicarse con la llegada del kirchnerismo.

En segundo lugar esta sobrevivencia y gravitación fueron facilitadas por otro factor fundamental, que a la vez ofreció fuerza moral a las izquierdas argentinas y las volvió impermeables al liberalismo político y la fe constitucional: el movimiento de derechos humanos y su victimismo heroico.

Está ampliamente instalada la idea de que estos ofrecen a las izquierdas locales una “ventaja estratégica” frente a sus enemigos. Les aseguran una base identitaria, dan legitimidad a sus planteos en infinidad de asuntos, en suma, son su recurso más preciado. En parte esto es cierto, pero se pasa por alto la enorme carga que al mismo tiempo ponen sobre sus espaldas: de su mano, les resulta imposible, y a la vez les parece innecesario y hasta indeseable, procesar sus planteos en una clave más acotada y adecuada para la convivencia y la cooperación política, y se vuelve tentador relativizar y hasta ignorar los preceptos constitucionales, incluidos los derechos individuales, civiles y políticos, de raíz liberal.

Dicho de otro modo, los derechos humanos actúan como un buen argumento para ignorar todos los demás derechos, los que están sostenidos en la legitimidad del Estado y la Constitución, y que en un ambiente político como el nuestro, tan cargado de desconfianza y desprecio por las reglas autoimpuestas, se entiende que lleven las de perder frente a aquel subterfugio moral y en cierta medida religioso. Más potente por apelar a una fuente “universal”, claro, siempre que le convenga: no es tan universal pues lo que aporta es la distinción entre réprobos y santos.

Así, gracias a una doctrina de los derechos humanos en cuyo nombre se puede ignorar la ley, porque invocan una justicia trascendente, sustancial y no “formal”, las izquierdas evitaron democratizarse en serio. Se mantuvieron fieles a sus más clásicas tradiciones. Se entiende por esto que entre los referentes de aquella doctrina destaquen algunos muy radicalizados enemigos del liberalismo político. Y a tantos moderados izquierdistas, peronistas y hasta radicales, les cueste objetar su influencia.

¿Los Kirchner pervirtieron una noble causa? En verdad, agravaron problemas que venían de largo y tenían vida propia: desde bastante antes nos habíamos acostumbrado a pensar en la izquierda como víctima y la derecha como victimaria.

Pero ahora queda claro que el más perjudicado por esa lógica terminó siendo el primer polo de la “grieta”. Pues para el segundo la carga moral en su contra, históricamente bastante merecida, funcionó como estímulo a la moderación y el pragmatismo político, a una mínima madurez. Vistas así las cosas, se entiende que a nadie beneficiaría más el avance de los juicios por corrupción que a las izquierdas locales.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/5/2019

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Alberto Fernández y el Nunca Más a la corrupción, pero al revés

Con su habitual uso jocoso del insulto, Alberto Fernández dio una muestra de la moderación kirchnerista: promete que no habrá indultos. Parece una promesa sin costo porque el candidato viene trabajando, junto al resto de su espacio, para que no haya condenas.

La moderación kirchnerista abarca varios terrenos. Para empezar, las propias candidaturas. Cristina siempre se moderó en las campañas, y luego gobernó radicalizándose. En eso en principio no habría mayor novedad. En todo caso, la diferencia con las campañas de 2007 y de 2011, cuando se ocupó de esconder a Bonafini, D´Elía, Moreno y compañía, para después gobernar con ellos, y con la de 2015, cuando ubicó a toda su tropa a la sombra de Daniel Scioli, es que ahora decidió esconderse a sí misma.

Ubicada estratégicamente tras las faldas de Alberto Fernández, logró así escapar inteligentemente a un dilema que venía enfrentando y que parecía no tener solución: si no se candidateaba su sector se diluía, porque ninguno de sus acólitos arrastra votos, no tiene otro Scioli a mano; y si se presentaba le hacía el juego a Macri, empujándolo hacia arriba en la intención de voto debido al rechazo que genera su eventual regreso al poder. Ahora es y no es candidata al mismo tiempo, encontró la cuadratura del círculo, gran idea.

Importa destacar, con todo, que no buscó de este modo evitar la polarización, si no una que le resultaba inconveniente: la que divide el voto opositor entre “los K” y “los no K”. Para potenciar la otra, la “polarización correcta”, que le podría permitir sumar a todos contra Macri.

Pero claro, con presentarse “solo» a la vicepresidencia no iba a alcanzar. Así que, para que no se crea que es solo cosmética de campaña, está permitiendo que su candidato avance en varios asuntos en que ya su sector venía moderándose, pero no resultaba muy convincente.

Ante todo, en la economía. Kicillof se pasó varios meses haciéndole gestos de cordialidad al FMI y a los mercados, para diluir los temores a un eventual regreso del kirchnerismo al poder. Sin mayor éxito. El Alberto suma algo de credibilidad a esos gestos, y para potenciarlos se rodeó ya de un grupo de asesores entre los que destaca Guillermo Nielsen. Cuya experiencia en finanzas y en negociaciones con el Fondo cuando colaboró con Lavagna puede darle sustento a la promesa de que no patearán el tablero, pretenden renegociar sin romper compromisos asumidos. Más o menos lo mismo que ha estado diciendo el mencionado Lavagna: pagar la deuda pero creciendo, volver al ciclo virtuoso que se disfrutó entre 2002 y 2006, cuando no había déficit y tampoco una inflación (todavía) crónica. ¿Pero no es eso también lo que viene intentando Macri, al devaluar y combatir el déficit? ¿Se puede lograr sin reforma previsional y tributaria, es decir sin desarmar el entuerto armado por doce años de kirchnerismo? El giro moderado no llega a tanto, o al menos no lo va a blanquear ahora. ¿Cristina dejaría que algo así se haga en su nombre, dejaría que Alberto pase de ser Scioli a ser Menem? Difícil.

Es en el terreno judicial, en tanto, donde el candidato acaba de dar el giro más interesante. Primero se mostró por completo respetuoso de la ortodoxia k, abundando en gestos a los que ella nos tiene acostumbrados, como amenazar a los jueces y fiscales que pretenden hacer su trabajo. Para lo cual confeccionó incluso una lista de indeseables, de modo de no dejar lugar a dudas de que hablaba en serio.

Prometió además hacer algo que desde el Poder Ejecutivo en una república no se puede hacer, ni siquiera es legítimo amenazar con hacer: “vamos a revisar los fallos de los jueces” prometió.

Parecía estar adelantando que indultaría a su gente, una suerte de autoamnistía general para los delitos de corrupción. Un “Nunca Más” al revés. Aunque a continuación vino el giro moderado, su toque personal: “no voy a indultar a nadie, quien piense eso es un estúpido”.

Esa elegante forma de cerrar las discusiones es habitual en el Alberto. Pero en este caso, ¿es convincente?, ¿realmente se desdijo de sus primeras declaraciones, o solo simuló hacerlo?

Por varios motivos esta moderación resulta menos convincente que la económica. Ante todo, porque no contradice lo que él mismo había dicho ni desmiente la principal sospecha que pesa sobre sus intenciones en caso de ganar: que el kirchnerismo no va a permitir que los procesos terminen, no va a esperar que haya condenas. Es que sería hasta ridículo que deje a los jueces completar su trabajo, para recién después deshacerlo, y solo a medias, sin ya poder alegar inocencia. Más todavía cuando se ha esmerado tanto en quitarle desde el vamos toda legitimidad, alegando “nulidad jurídica” y “manipulación política”, al esfuerzo investigativo realizado en estos años por muchos jueces y fiscales.

No, Alberto ya lo adelantó, no se van a conformar con nada menos que el olvido total y la declaración de “legitimidad de lo actuado”, como hicieran los impulsores de la autoamnistía en el ocaso del Proceso. Para lo cual esperan y no inocentemente la ayuda de otra buena parte de la Justicia, empezando por la mayoría de la Corte Suprema. ¿A alguien se le ocurre que después de octubre o del ballotage, si el kirchnerismo resulta victorioso, la mayoría de la Corte va a permitir que el Tribunal Oral 2 siga su camino? Ya preparó el terreno para tomar el control de la causa y anular lo que se haya avanzado. Y en los demás casos se hará lo mismo: apenas cambie la mayoría en el Consejo de la Magistratura se acabó el Lava Jato argentino.

Alberto quiso liquidar la cuestión de la corrupción con una frase también sugerente: “me voy a ocupar de que el primero que tenga un desliz se haga cargo de lo que hace. Para atrás es un tema judicial. Y espero que la Justicia lo resuelva”.

Sonó como una promesa de “Nunca Más Deslices”. Otro Nunca Más pero al revés. Conclusión: Estúpido no es el que desconfíe del Alberto, es el que piense que habrá condenados que indultar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/5/19

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