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Macri cedió plata y profundidad para lograr velocidad ¿Hizo bien?

¿Serán realmente “históricos” los acuerdos sellados en los últimos días entre el gobierno nacional, los gobernadores y los sindicatos?

La opinión general es entre bastante y muy positiva. Se ha dicho que con los acuerdos alcanzados “todos ganan”. Que el gobierno logró poner en marcha su “reformismo permanente” y triunfó doblemente al aislar a los promotores de la Resistencia y sentar a todos los demás opositores a discutir sus propuestas, con sus condiciones.

Tal vez eso sea más o menos cierto pero es probable también que hayan surgido algunos inconvenientes en la letra chica de los acuerdos. El punto a destacar al respecto es que el gobierno cedió demasiado rápido y demasiado dinero. Y que todo lo que no consiguió en la mesa de negociaciones va a recargar su trabajo durante 2018.

Se destaca que las provincias resignaron sus juicios contra el Estado Nacional, y este los compensó con un bono. Pero lo cierto es que en esta transacción aquellas cedieron recursos eventuales y éste unos bien concretos e inmediatos: 80.000 millones en los próximos años. Algo parecido sucede con la promesa de la responsabilidad fiscal: las provincias se comprometerían, igual que en 1993 y 2004, a reducir gastos y controlar progresivamente sus déficits, y el gobierno nacional espera que ese sea el instrumento para forzar una baja progresiva de Ingresos Brutos y Sellos; pero ¿y si sucede igual que después de esos pactos fiscales y las provincias incumplen? ¿tendrá a la mano el Ejecutivo nacional algún instrumento para castigarlas? La experiencia con la ley de 1999 no fue buena, recordemos: en ausencia de sanciones efectivas, incumplir es muy tentador. Tampoco se acordó qué se va a hacer con el déficit de las cajas previsionales que siguen administrando las provincias, 13 en total y escandalosamente deficitarias. Otra mala señal. ¿Quién financiará entonces los cambios que más interesan a Macri para adelante, la reducción de Ganancias e IVA para los que inviertan, la reducción de aportes patronales? Acertó: todo recaerá en el esfuerzo que pueda hacer la administración central.

Se dice también que los gremios aceptaron “globalmente” la reforma laboral propuesta por el presidente. Pero lo cierto es que le sacaron casi todas sus notas para ellos problemáticas: buena parte de la reducción buscada en las indemnizaciones, el “banco de horas” para flexibilizar las jornadas laborales, la igualdad de derechos entre empleador y empleado y el fomento a las tercerizaciones; “a cambio” el gobierno sólo logró avances en el blanqueo y la extensión de licencias, cambios que benefician también a los gremios.

Por otra parte el trámite parlamentario puede complicar aún más las cosas. El gobierno espera que en ese proceso se incluya el descuento de lo que se pague por el impuesto al Cheque de lo que corresponda a Ganancias. ¿Lo considerarán los legisladores de oposición, sabiendo que toda caída en la recaudación de Ganancias ahora perjudicará más que antes a sus provincias? También espera que la fórmula de actualización de jubilaciones por encima de la inflación que ya aceptó (más generosa de lo esperado y más generosa aún para los que hayan aportado al menos 30 años) no anule del todo el ahorro que necesita para pagar sus también generosos compromisos con Buenos Aires (el ahorro previsional inicialmente previsto por 100.000 millones ya se redujo a 70.000), pero ¿y si los diputados y senadores vuelven a mostrarse, como siempre, especialmente sensibles al respecto y se aseguran que los incrementos por sobre la inflación no sean simbólicos (los míseros 10 pesos de los que ya habla con toda razón Kicilloff)? Demasiados problemas dejados a la buena de Dios, cuando ya el Ejecutivo cedió todo lo que podía ceder en la negociación previa con los que no votan las leyes, los gobernadores y los sindicalistas. ¿Qué va a concederles a los legisladores?

Es cierto que el oficialismo puede compensar estos costos, parcialmente al menos, si profundiza el círculo virtuoso ya desde las PASO creado entre fortalecimiento de la gobernabilidad y del control oficial sobre la agenda pública, recuperación de la confianza de los inversores y consumidores, aceleración de la recuperación económica, más recursos alimentando las arcas públicas, por tanto más gobernabilidad, etc.. Pero ¿con eso va a alcanzar para compensar las malas señales que pronto pueden surgir respecto a la evolución del déficit público, el endeudamiento, el impacto de todo ello sobre el tipo de cambio y sobre la competitividad de la economía, la inflación y los déficits gemelos, y así sucesivamente? Puede que no.

Además y por sobre todo concluidas las negociaciones es evidente que ellas dejaron demasiado conformes y distantes del kirchnerismo a los peronistas moderados. Haciéndoles un favor extra a quienes en adelante serán los únicos contrincantes de peso del oficialismo: gobernadores y sindicalistas pueden decir ahora que ellos no tuvieron nada que ver con la iniciativa loca de Cristina de querer incendiarlo todo, que ella es la única que salió realmente derrotada del reciente llamado a las urnas, y que de parte de ellos la sociedad no tiene nada que temer porque han demostrado cumplir a rajatabla con una función doblemente virtuosa, sacar definitivamente de escena a ese actor antisistema y destructivo, y corregir los excesos en que cae el gobierno en su afán ajustador y su insensibilidad social. El famoso centro nacional del que viene hablando Miguel Pichetto.

¿No hubiera sido mejor para el oficialismo esperar a que asumiera su banca Cristina, para que ella volviera a cumplir su habitual rol de horadación y achique de la posición en que aspiran a hacerse fuertes gobernadores y sindicalistas? Finalmente son estos los que seguro más festejan, y tal vez además empujan, el fervor de algunos jueces por mostrarse implacables con el latrocinio kirchnerista: necesitan que hasta los restos de ese proyecto desaparezcan, para no tenerlos todo el tiempo recordándoles sus no muy remotas afinidades y, peor, acusándolos de ser socios del ajuste y robándoles votos y apoyos opositores por izquierda.

Si esto es así, ¿el efecto político de los acuerdos no puede terminar siendo más complejo para el macrismo de lo que ahora parece? El presidente puede que se haya asegurado su reelección, y también la de Vidal y Rodríguez Larreta. Pero tal vez también aseguró sin querer la reelección de muchos gobernadores peronistas. Sobre los que Cambiemos necesita avanzar en 2019 si quiere fortalecer su coalición legislativa y no ser de nuevo, en un segundo mandato, una gestión en minoría y dependiente de la buena voluntad de los opositores moderados. ¿En serio se puede pensar, como dijo en estos días un conocido analista, que a partir de ahora “Macri cuida a los gobernadores y los gobernadores cuidan a Macri”?

Una cosa es pasar de juegos extorsivos y especulativos de “suma cero” a juegos más colaborativos, y otra querer gobernar confiando en la bondad del ser humano. Ni Macri ni sus colaboradores son tan ingenuos para adherir a una fórmula como esta, eso es seguro. Pero puede que estén confiando demasiado en su buena estrella, en que el peronismo está desarmado y desarticulado y va a seguir así por largo tiempo, y que los costos extra que se cargue el programa fiscal sobre sus espaldas con acuerdos como los mencionados podrán descontarse fácilmente con toma de deuda, mayores plazos para la convergencia de las variables y, finalmente, algo más de inflación. Como hacen las empresas en Argentina desde siempre, después de negociar con gremios, proveedores y demás: recalculan y descargan costos vía precios en sectores que, como los consumidores, no tienen poder de retaliación. El problema es que Argentina como país no puede confiar en hacer lo que las empresas argentinas durante demasiado tiempo se han acostumbrado sea su modus operandi. Y menos ahora que el país quiere empezar un tiempo distinto, que acabe con ese tipo de conductas.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 23/11/17

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Al gobierno le convenía que Víctor Hugo siguiera

Igual que pasa con Cristina, nada mejor para el macrismo que tener adversarios tan poco convincentes.

Si los que te critican son indudablemente fanáticos enardecidos, fabuladores compulsivos, ideólogos de un populismo cerril, no hay forma de que convenzan, no digamos a los oficialistas, siquiera a los dubitativos. Ante la disyuntiva, la enorme mayoría optará por creerle al presidente y su gente.

Lo demostraron las últimas elecciones. Toda la machacona campaña sobre el caso Maldonado, sobre el “salvaje ajuste” que supuestamente se venía después de octubre, y sobre el “descomunal poder” que se decía iba a concentrar Macri, una vez que sumara respaldo legislativo a sus súper poderosos aliados corporativos y mediáticos, sirvió para muy poco. Al contrario, seguramente ayudó más bien a que el oficialismo disimulara mejor sus falencias: semejante cantinela debe haberle quitado credibilidad hasta a las críticas más módicas y fundadas.

La conclusión es que no tiene sentido buscar en el oficialismo la causa de las desgracias laborales del señor Víctor Hugo Morales. Como no la tiene tampoco buscar allí el origen de los recientes avances judiciales contra ex funcionarios kirchneristas.

Es claro que a Macri le conviene que el kirchnerismo se debilite, pero no tanto como para desaparecer. El mejor escenario que puede imaginar el presidente de aquí a 2019 es el de un peronismo todavía dividido, en que los moderados sean señalados por los opositores duros de ser cómplices y tibios. En un cuadro como ese, su reelección sería un paseo.

Según esta misma lógica, si alguien desde el mundo político pudo haber alentado o presionado a los jueces y fiscales para que fueran con todo contra Cristina y los suyos, lo lógico sería buscarlo del lado de ese peronismo renovado o moderado: es él el que necesita que Cristina no simplemente se debilite, sino que salga definitivamente de la cancha. De ese modo ellos podrían monopolizar el rol de oposición, y sacar réditos tanto en la cooperación con Macri, como en la diferenciación y crítica a sus decisiones que dejen más flancos flojos.

Por lo mismo, cuando V. H. Morales dice que al gobierno “su presencia lo incomoda” es además de pretencioso, falaz: nada mejor que tenerlo de vocero de los críticos. Es todo lo contrario: seguro Macri soñaba con que siguiera por largo tiempo donde estaba, complicándole la vida a quienes quisieran hilvanar un argumento opositor mínimamente razonado y sensato.

¿Por qué entonces salió despedido de su trabajo en C5N, como poco antes le sucedió a Roberto Navarro? Lo más probable es que sea una de las condiciones que está exigiendo el grupo empresario interesado en quedarse con los medios potencialmente rentables de Indalo, para tener más chances de volver a hacerlos tan competitivos como fueron en épocas de Hadad.

Es cierto que Navarro y Morales tienen todavía su público fiel. Pero ese sector de la audiencia está condenado a enflaquecer un poco cada día, igual que sucede con el kirchnerismo en general. Y en cambio el perfil de esos comunicadores militantes les fue horadando a los medios que les daban cobijo la capacidad de llegar a otros públicos, más moderados y diversos, que crecen en forma inversamente proporcional.

Se trata por tanto de una típica situación en que la lógica del mercado de medios se contrapone a la lógica de la polarización política, y que suele darse en todos los sistemas políticos más o menos plurales y abiertos. Es lógico que Steve Bannon tenga éxito en Estados Unidos en sitios de noticias militantes y en las redes sociales. Pero si Fox lo tuviera como columnista estrella perdería buena parte de su público. Fox lo sabe y ni locos lo contratan. Por más entusiastas que sean en su directorio de muchas de las políticas que impulsan los republicados y Donald Trump.

Lo mismo van a tener que hacer ahora C5N, Radio 10 y otros medios que deberán recuperar el equilibrio entre convicciones y competencia por la audiencia, y encontrar un punto adecuado para volver a ser actores relevantes, autosustentables y útiles para la democracia y el pluralismo en nuestro país.

Los kirchneristas van quedando cada vez más acotados en su influencia a los márgenes del sistema político, y creen tener buenos motivos para quejarse de que eso les esté pasando. Eran casi “hegemónicos” hace poco tiempo y ahora pierden un pedazo todos los días, ven reducirse sus espacios de influencia ante la indiferencia o hasta el festejo del resto del país, y es lógico entonces que imaginen que eso se debe a que alguien lo provoca, alguien se toma revancha y los está persiguiendo. En vez de pensar que tal vez lo que construyeron no podía durar, era demasiado inconsistente y dependiente del control del estado, demasiado contradictorio con la lógica de los mercados de la comunicación moderna, la competencia política abierta y la democracia pluralista.

Son estos finalmente los que se toman revancha. Pero de eso es absurdo que se quejen: los auto inculparía. Pues muestra que el penoso espectáculo de la descomposición al mismo tiempo política, mediática y cultural del proyecto kirchnerista del único que habla mal, muy mal, es de él mismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/11/17

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“Nadie quiere ceder nada”. ¿Macri choca con la realidad de siempre?

Los gobernadores aceptaron en principio la vía de solución propuesta por Macri para el problema bonaerense. ¿Por qué? Pues porque según esa vía ellos no ceden nada. Lo que gana Vidal es porque lo cede la Nación, en forma ahora previsible, no por decisiones circunstanciales que puedan renovarse o no año a año, sino por una regla incorporada al acuerdo fiscal federal marco: unos 40.000 millones al año. Con lo que se cerraría la larga discusión sobre el Fondo del Conurbano y la coparticipación de impuestos a la principal provincia del país.

Tampoco parecen estar cediendo nada los gobernadores en relación al impuesto al cheque: él irá ahora a la ANSES, en su totalidad, pero a cambio las provincias se benefician con la coparticipación completa de Ganancias. Todo quedaría ahí aparentemente igual.

Mientras tanto los chacareros pusieron el grito en el cielo por el anunciado aumento del Inmobiliario Rural en varias provincias, en particular Buenos Aires y Córdoba. Y amenazan ya con paros y movilizaciones. Pese a que se los compensa con reducciones ya previstas en esas provincias, y otras, de Ingresos Brutos. De vuelta: ¿ceden algo?

¿Será que se están cambiando sillas de lugar sin que cambie nada demasiado importante? No totalmente. El reemplazo de impuestos distorsivos o que desalientan la producción (Ingresos Brutos, al Cheque, etc.) por tributos más enfocados en la propiedad y las rentas fijas como el Inmobiliario no deja de ser una buena noticia. Que puede tener a la larga un efecto positivo sobre la competitividad y la inversión. También es positivo que se fijen reglas y no se tomen atajos circunstanciales, como fue en su momento el Fondo del Conurbano, y lo eran en los últimos años las transferencias discrecionales a Buenos Aires dispuestas año a año por Nación.

Pero lo cierto es que por ahora lo que se ve es una escasa disposición a ceder de los actores que tienen influencia y poder de bloqueo sobre el gobierno nacional. Y que éste tiende a ceder recursos propios para facilitar acuerdos, descargando los costos en otros actores. ¿En quiénes? Por ahora, en esencia, en los jubilados. Si el sistema previsional se financia en adelante en mayor medida que antes con un tributo condenado a desaparecer, como es el impuesto al cheque, en algún momento no muy lejano se agravará el desequilibrio que ya desde hace tiempo lo aqueja.

A ello se suma que buena parte de lo que la Nación necesita para lubricar el entendimiento con Vidal y el resto de los gobernadores provendrá del cambio en la forma de actualizar las jubilaciones, que todas las provincias se han comprometido a apoyar e implicará el ahorro inmediato de 100.000 millones para el Tesoro.

¿Qué pasa mientras tanto con los empresarios y sindicalistas? Nada muy distinto. Algunas empresas grandes ya le tomaron el pulso al gobierno. Es el caso de la Coca Cola. Al ver que tras una tibia resistencia el Ejecutivo retrocedía de la intención inicial de cobrarle más impuestos a las bebidas alcohólicas, la compañía norteamericana quiso aprovechar para hacer también retroceder a Macri en lo que a ella la afectaría, la sobretasa propuesta para las bebidas azucaradas, amenazando con retirar planes de inversión. Pese a que esa sobretasa ya era compensada al menos parcialmente por la reducción prevista en el impuesto al agua mineral, que también produce la Coca Cola.

Ir a “prueba y error” en este tema de los impuestos no parece ser buena idea, y menos una forma de obligar a que “todos cedan un poco”. Más bien está dando paso a lo contrario, la idea de que si apretamos todos un poco podemos lograr que el que ceda sea el gobierno. Y ¿qué hará él si fracasa en financiar con los nuevos tributos la prevista reducción de aportes patronales y Ganancias? ¿Recurrirá de nuevo a los jubilados, tomará más deuda?

Los sindicatos ya adelantaron que resistirán cualquier modificación a la ley de contrato de trabajo. En particular se oponen a las reducciones en los cálculos de indemnizaciones y la equiparación de derechos entre empleador y empleado. Ofrecen a cambio de que se bajen esas iniciativas, su colaboración con el blanqueo laboral. Y el punto es que tienen los medios para movilizar a las bancadas peronistas y del resto de la oposición y bloquear el proyecto. Mientras tanto puede que el blanqueo laboral sí avance, pero en eso no cederán mucho que digamos ni los sindicatos, que ganarían afiliados, ni los empresarios, que recibirán compensaciones generosas del gobierno. El que cederá de nuevo será, al menos en principio, éste último, reduciendo tributos y resignando reclamos por incumplimiento.

En este universo en que todos aprietan y nadie quiere ceder, ¿el gobierno lleva las de perder?, ¿debería ser más rígido y exigente, aunque estallaran por ello conflictos abiertos con algunos de los sectores que quiere tener sentados a la mesa de los acuerdos? Vaya a saber qué es mejor. Lo cierto es que de todos modos el Ejecutivo puede mostrar avances. Las compensaciones impositivas para las provincias dependerán de que cumplan su compromiso de reducir gastos. Lo que se resigne de recaudar por reducción de tributos y penalidades en el blanqueo laboral lo compensará si se amplía el número de empleados en blanco. Si ya convence a las provincias de apoyar su idea de poner en caja el sistema previsional, con un recorte inicial acotado pero no irrelevante, puede generar un antecedente muy útil para cuando se decida a meter mano en serio en ese berenjenal.

Son los costos del gradualismo, aún en la fase de reformismo permanente: mucho tiempo, magros resultados iniciales, que sólo con paciencia y esfuerzo sostenido se podrá confirmar que abonan un camino progresivo hacia cambios más profundos y no son solo salir del paso para seguir más o menos como estábamos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/11/17

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Macri sobre Nisman. ¿Es un problema la espontaneidad del presidente?

En Nueva York Macri lanzó una frase inesperada, y además injustificada: “a Nisman lo mataron”. Fue en un encuentro en el Consejo de las Américas, con empresarios a quienes se intentaba convencer de que invirtieran en el país. Tal vez no fue la mejor manera de lograrlo.

Para peor al poco rato se enredó, tal vez quiso corregirse pero terminó repitiendo algo parecido en una entrevista pública con el periodista Charlie Rose de la cadena PBS: “¿Qué ha pasado con el caso de Alberto Nisman? le pregunta Rose, “Todavía no lo sabemos…. Necesitamos llegar a la verdad… saber qué pasó” contesta él; pero cuando Rose presiona, “¿necesitan saber quién lo hizo?”, el presidente vuelve a pisar el palito: “Si, quién lo hizo”. ¿Estaba diciendo “la verdad”? Y más importante, ¿estaba diciendo lo que el presidente argentino hoy puede y debe decir sobre el caso?

Claro que lo suyo no podría ni compararse con las recordadas cartas al pueblo que escribió Cristina Kirchner apenas producida la muerte de Nisman, donde primero dijo estar segura de que había sido un suicidio, luego un asesinato, y en ambos casos se lavó las manos alevosamente poniéndose en víctima, porque lo que estaba claro era que, fuera Nisman o sus asesinos, se lo habían hecho “a ella”. Pero con Cristina no tiene sentido seguir comparándonos. Si lo tendría compararlo con Carrió, y sobre todo preguntarse si no habrá al respecto un problema de contagio, que no puede augurar nada bueno.

Por otro lado, por más que el fiscal Eduardo Taiano el mismo día que habló Macri del tema estuviera presentando su acusación contra Diego Lagomarsino, con lo que orientó tal vez decisivamente la causa hacía la hipótesis de una conspiración para asesinar al fiscal de la AMIA, nada de eso está probado. Seguramente pasará mucho tiempo hasta que se resuelva el caso. Y mientras tanto flota en el ambiente la idea de que el poder político, los medios y también la sociedad prejuzgan, dan por culpables a los que sólo son por ahora sospechosos o acusados, en casos de corrupción o en casos como el de Nisman, o el de Maldonado, tal vez crímenes políticos pero tal vez no.

¿Hacía falta que el presidente diera ocasión a quienes alimentan esta desconfianza hacía el trabajo de la Justicia, justo ahora que ella parece empezar a hacerlo un poco mejor que antes, precisamente para machacar con que ellos no son los malos de la película sino “perseguidos”, víctimas de una entente siniestra de los poderosos contra el campo popular?

Pero además de los efectos no queridos que puedan tener las palabras del presidente en ese debate, hay tal vez una pregunta previa que conviene también hacerse: si Macri no es proclive a arranques de espontaneidad que pueden dañar su liderazgo.

En general se piensa que no, que su espíritu calabrés lo protege de actuar en caliente, de reaccionar sin pensar. Puede que tenga otros defectos: no olvida ni perdona y puede ser en demasía vengativo. Pero no tiene el problema de hablar o actuar a tontas y a locas.

Sin embargo no es la primera vez. Poco antes de las elecciones circuló una frase suya sobre los “562 argentinos que frenan el cambio en el país”, lo peor del círculo rojo, cabe imaginar. Y que “si los pusiéramos en un cohete a la luna el país cambiaría tanto…”. Lo de la lista y el cohete a la luna fueron metáforas muy poco felices. Pero más complicado es aún que se conciban las resistencias al cambio como un problema que puede personalizarse en “incorregibles” a descartar, porque sin ellos todo funcionaría de maravillas. Claro que es bueno que los corruptos, al menos algunos de ellos, vayan presos, pero ¿eso resuelve nuestros problemas de corrupción? Puede que no, que tengamos y en abundancia otros que los reemplacen si el sistema los sigue produciendo a la misma velocidad que antes. Más que un enfoque serio del problema la “metáfora” de Macri nos ilustra sobre una tendencia a pensar, y tal vez a actuar, guiados por pasiones y calenturas. Apenas contenidas por el “método” calabrés.

¿Puede por inclinaciones como estas y si episodios como estos se vuelven tendencia, ponerse a sí mismo en riesgo el liderazgo de Macri, ahora que tiene las manos más libres y el campo más abierto para desplegarse? ¿Están esas inclinaciones detrás de algunas decisiones concretas que se han tomado, o del modo en que se está encarando la fase por decir así programática de su gobierno?

Hay quienes creen que sí y lo conectan con otras señales de que la moderación y la prudencia pueden estar dando paso a cierto espíritu refundacional y a un tono más soberbio. Lo de “la generación de argentinos que va a cambiar definitivamente el país”, que tal vez al comienzo fue espontáneo, pero ahora ya no, viene repitiéndose y extendiéndose como un mantra desde la campaña electoral, podría interpretarse en esta clave: de no tener casi épica tal vez en el Ejecutivo estén pasando a comprarse una de talle extra large, bandeándose para el otro lado.

¿Y si esta tendencia empieza a reflejarse no sólo en palabras sino en el modo en que se arma la agenda del reformismo permanente, en una tendencia a sobrecargarla de promesas porque “mi voluntad va a hacer la diferencia”? ¿Y si al ponerse una vara tan alta vuelve a alimentarse el entusiasmo y la ansiedad, hasta que se vuelvan en contra de sus promotores? Ciclos como ese ya los vivimos suficientes veces. Aprovechar el envión para tomar la iniciativa y moldear la agenda pública de los próximos años es muy razonable. Sobreactuar tal vez no lo sea tanto. Y menos todavía lo es ceder a la espontaneidad del “optimismo de la voluntad”.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 10/11/17

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Boudou, víctima de su propia medicina. ¿El show debía seguir?

El escarnio público del que escapó De Vido se cebó con el ex vicepresidente Amado Boudou y tuvimos entonces el penoso espectáculo de una persona otrora poderosa arrastrada por el barro, fotografiada y filmada en el por ahora peor momento de su vida, de la peor manera imaginable. Faltó que alguien le hiciera los cuernitos o le metiera una zancadilla.

¿Somos una sociedad de salvajes que se abalanza sobre el que circunstancialmente cae en desgracia, pero no nos atrevemos a ponerle límites al poderoso mientras está vejándonos, atropellando de la manera que sea nuestros derechos hasta cansarse, o hasta que se le acabe la suerte?

Si esto es así, y parece la conclusión a la que han llegado varios analistas muy sensatos después del espectáculo que acompañó la detención de Boudou, no hay tanto que celebrar en que ahora caigan presos los ex funcionarios corruptos. Porque no sería señal de verdadero avance republicano, sino simplemente de que nos cansamos de un grupo de abusadores pero estaremos pronto buscando otros no muy distintos que los reemplacen, o disputándonos ese rol entre nosotros.

Es un aspecto importante de la cuestión y es preciso atenderlo seriamente. Igual que el de la prisión preventiva generalizada en este tipo de procesos judiciales. Es cierto que en algunos casos se justifica. ¿Pero vamos camino a que sea para todo el mundo y “por si acaso”? ¿Los jueces y fiscales están midiendo los procedimientos que aplican o están haciendo con los hasta hace poco poderosos capos kirchneristas lo que años atrás hicieron con ex represores, y en general suelen hacer con muchos delincuentes comunes simplemente porque son pobres y no pueden defenderse, o porque la policía lo pide para ahorrarse trabajo?

Personalmente no conozco suficiente los antecedentes de la conducta de Boudou ni los detalles de los procesos que se le siguen como para opinar sobre este último punto. Tengo sí la impresión que con De Vido y Sala la prisión preventiva está bastante justificada. Pero tal vez en este caso no.

Como sea, ni esta ni la cuestión del afán social por participar de escraches o al menos disfrutar con el espectáculo que brindan, el del señalamiento público y el daño a la dignidad y a veces los cuerpos de los señalados, no me parece que agoten la cuestión.

Hay también que considerar las peculiaridades desde el principio espectaculares del fenómeno Boudou. Su modo de ser y su devenir en la política y la escena pública argentina. Para entender la lógica que liga su ascenso y su caída.

Porque Boudou dista de ser el mayor responsable de la corrupción en Argentina. En una rápida comparación con otros de los recientes detenidos, salta a la luz que lo suyo fue amateurismo puro. Que compararlo con De Vido, por caso, es como comparar a Don Corleone con un carterista. ¿Lo disculpa? Para nada. Fue en todo caso un carterista puesto en la vicepresidencia de nuestro país, ejerciendo un enorme poder. Y aprovechándose de él todo lo que pudo, mientras duró la fiesta.

Pero por otro lado y por sobre todo Boudou fue el summum de la irresponsabilidad y el abuso de la acción dramatúrgica en la política argentina por parte del kirchnerismo. La construcción de un espectáculo y la entronización de una dimensión estética asfixiante en la comunicación estatal que permitía manipular al extremo el sentido de los actos de gobierno y sus consecuencias, relativizar o directamente anular los hechos y datos y por tanto la responsabilidad por las consecuencias de la gestión.

Estuvo claro desde el comienzo, desde sus tiempos en el municipio de la Costa, que se trataba de un artista frustrado devenido político por conveniencia y oportunidad. Se volvió así, ya en la ANSES y en Economía, un ícono de un nuevo tiempo y de una generación de jóvenes funcionarios que combinaban el desparpajo de la cultura descontracturada e interclasista del rock chabón, con los negocios turbios y el uso de cualquier argumento de ocasión para desestimar críticas y destruir a los adversarios, siempre cerrando sus intervenciones con una sonrisa amplia y una invitación a seguir participando o al menos asistiendo a la fiesta. ¡¡Good Show!! Y dejando claro que en su caso la fe proclamada a diestra y siniestra consistía en un guión de ocasión, tan útil como cualquier otro que pudiera embellecer su imagen.

Por eso, aunque como dijimos no fue un gran arquitecto de negocios mafiosos, fue sin duda una pieza esencial y muy gravitante del edificio de corrupción y malversación de la democracia que construyó el kirchnerismo. Junto a De Vido representan bastante bien las dos patas principales de ese edificio, los dos costados del alma que dio forma y sustancia al liderazgo de Cristina Kirchner, ella sí a la vez artista y arquitecta.

Nada de esto sirve para justificar lo que se hizo con Boudou en el momento de su detención. Pero sí para entenderlo. Él salió, tal vez debía salir y hasta debe estar íntimamente satisfecho de haber salido de la escena como entró, con las luces de neón iluminando su rostro, las manos, los ojos y los labios en un gesto teatral, porque el show debía seguir. No es eso lo que importa realmente para lo que los argentinos tenemos que hacer para aprovechar democrática y republicanamente la oportunidad que su descomunal torpeza y soberbia han generado: mostrar que no sólo podemos combatir el daño que nos han hecho ex poderosos, sino también el que siguen haciendo los que todavía en alguna medida lo son o pueden volver a serlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/11/17

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Macri siembra confianza y cooperación en un país que las desconoce

Terminó la transición y empezó la fase programática del gobierno de Macri. Que consiste esencialmente, si seguimos el argumento expuesto por el presidente, en reemplazar juegos confrontativos, donde lo que uno gana procede de lo que pierden los otros, tan habituales entre nosotros y no sólo en el ciclo kirchnerista, por juegos cooperativos, todos ganamos un poco porque la torta se agranda, para lo que hace falta confiar en los demás y en muchos casos empezar cediendo algo, haciendo algún sacrificio. Que Macri le pidió especialmente a los poderosos y privilegiados.

¿Tiene chances de prosperar esta apuesta? Si atendemos a la reacción de los destinatarios inmediatos de la presentación del nuevo Macri en sociedad, sí. Todos aplaudieron, se abrazaron y se fueron sonrientes.

Conviene desconfiar cuando el entusiasmo arrebata los ánimos, nada va a ser fácil. La buena disposición inicial de actores poderosos puede ayudar, claro, pero ¿y si ese entusiasmo troca pronto en impaciencia y faccionalismo, los dos vicios más extendidos de nuestra vida en común?, ¿en reclamos de “ser fieles al espíritu de camaradería del 30 de octubre” dirigidos en los hechos a proteger con nobles argumentos privilegios amenazados, y entonces las presiones cruzadas traban hasta los más módicos avances?, ¿o se frustran esos acotados pasos adelante con llamados a una nueva guerra santa, con la excusa de que “hay que apretar el acelerador en serio y dejarse de dar vueltas” o de que el cambio “fue copado por el bando contrario”?

Tanto desde el gobierno como desde los grupos de interés, la oposición y la prensa puede abonarse el reformismo permanente, esta suerte de trotskismo de centro, pero a condición que efectivamente se haya aprendido de los errores cometidos con anteriores entusiasmos pasajeros. Algo que no está garantizado en todos los casos.

Aunque el gobierno parece de momento estar vacunado contra ese virus. Las palabras de Macri fueron medidas, sin euforia, advirtieron que “el cambio cuesta”, que hay miedo, y sobre la inconveniencia de subirse al caballo y lanzarse al galope. “Estamos dando pasos nuevos, firmes, seguros” dijo al inicio. La ansiedad, ese mal argentino tan extendido como la viveza, no parece que vaya a ser alimentada desde el poder.

También Marcos Peña días atrás se atajó de esa amenaza con una explicación del gradualismo que avanzó varios pasos más allá de lo que hasta ahora el gobierno planteaba al respecto: muchos creen dentro y fuera del macrismo que él abrazó ese método gradual y negociado para instrumentar los cambios porque no le quedó otra, no había estallado una crisis terminal a la salida del kirchnerismo, Cambiemos había ganado por poca diferencia en 2015 y no tenía ni tendría por largo tiempo mayorías legislativas propias; la sociedad además como mucho aceptaba módicos sacrificios porque nada parecía estar tan mal como para una cirugía sin anestesia a lo Menem.

Todo eso es más o menos cierto y significativo, pero Peña agregó una dimensión importante y hasta aquí poco atendida: explicó que el gradualismo garantiza la sustentabilidad de los cambios, cosa que en nuestra experiencia reformista ha sido el talón de Aquiles de los proyectos más audaces, en general marcados por la urgencia y el atropello. De vuelta Menem es el mejor ejemplo para no seguir. Otro es claro el de Néstor Kirchner, un maestro en eso de andar a golpes de voluntarismo y heredarle a sus seguidores un mundo plagado de trampas. Los “cambios seguros” de los que habló Macri seguramente dejarán a los ansiosos insatisfechos, pero puede que duren más, y eviten frustraciones de mediano y largo plazo.

Otra clave de la exposición del presidente fue enlazar las inversiones productivas y el combate de la pobreza. La lógica del capitalismo abierto y competitivo con la de la justicia distributiva. No es algo nuevo, Macri viene desde hace tiempo machacando con el asunto, pero ahora adquirió plena centralidad, y sus palabras fueron mucho más precisas.

Sonaron más o menos así: dejemos atrás el trajinado asunto del “gobierno de los ricos”, de lo que se trata es de enlazar dos mundos escindidos y que se han venido alimentado pero también debilitando fruto de una fraudulenta confrontación; poner a los pobres contra los ricos le ha servido al populismo radicalizado no para avanzar con la justicia social, sino para volver a ambos dependientes de sus mediocres ofertas, a los empresarios que ganen todo el dinero que quieran pero sometiéndose a la corrupción y las exacciones de corto plazo, con lo que sus inversiones se resienten y el empleo productivo languidece, bajo la amenaza de que si no las masas irán a golpear a sus puertas a reclamarles por su insensibilidad; a los pobres que acepten que el mundo no les ofrecerá nada mejor que un plan social, un conchabo en el estado, con suerte un empleo en negro, y todo culpa de los malditos capitalistas.

Esa ha ido una de las claves de la política confrontativa que Macri pretende dejar atrás. Que empresarios y sindicalistas lo entiendan y lo acepten será imprescindible si quiere tener éxito. Y para que lo entiendan y acepten, la oferta tiene que ser realista y quienes la hagan tienen que ser confiables. Si no hay confianza nadie va a sacrificar intereses de corto plazo que pudiera satisfacer siguiendo la lógica ya conocida, porque no va a tener seguridad de que sea compensado en el mediano y largo plazo. Así que seguirá la inflación, la puja distributiva, la rigidez de las convenciones colectivas, la baja inversión productiva.

El presidente cree que “los argentinos maduramos”, así que podemos cambiar en serio. Que “esta generación” va a mirar al futuro y no va a estar atada a los fracasos del pasado. Pero debe saber que eso es solo a medias cierto. Si llegamos a este punto es porque nos cansamos de esas confrontaciones y de ensayar iniciativas delirantes. Como sucedió ya en 1983, en 2002. Es porque las energías para seguir insistiendo en la irracionalidad de momento flaquean que optamos por algo más módico y sensato.

Además, Macri seguramente sabe que de los temas que hay que empezar a resolver, impuestos y gastos, empleo y calidad institucional, con sus ramificaciones, reforma electoral, gasto político, acceso igual a la Justicia, federalismo, blanqueo laboral, obras sociales, jubilaciones de privilegio y casi infinitos etcéteras, hay algunos que será difícil hacer caminar, otros en los que los consensos serán bastante costosos y solo unos pocos pueden avanzar sin muchos problemas. Por lo que lo de juntar a todo el mundo en un gran acuerdo de consensos básicos ha sido muy bonito pero puede que haya sido la primera y también la última vez; ahora conviene organizar con detenimiento mesas de negociación bien diferenciadas, que avanzarán a muy distinta velocidad, y tratar por todos los medios que los problemas que surjan en las más complicadas no contaminen las demás, lo que requerirá de una fina administración de reserva y publicidad, un arte político muy bien coordinado que puede sobrecargar bien pronto el ya comprometido cablerío de los tableros de control que él administra desde el vértice. El reformismo permanente es mucho más complicado de lo que parece y va a ser evaluado tal vez cuando la paciencia y el entusiasmo no abunden. Ojalá en el ínterin la confianza y algunos buenos resultados materiales hayan fructificado.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 31/10/17

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Paradojas electorales: Macri debilitó su blindaje kirchnerista y al PJ conciliador

Las elecciones de medio término cambian poco del poder institucional. Así que, primera paradoja, Cambiemos ganó muy bien, pero su avance será más simbólico que efectivo si no logra aprovechar la ola para impulsar pronto cambios en las relaciones de fuerza en varias arenas concretas, negociación fiscal y tributaria, reforma política, etc. Está en eso, puede que lo logre si divide las mesas de negociación y no comete errores, pero tan evidente es que no ha habido un gran cambio de poder institucional que le conviene hacer todo eso antes de que se produzca el recambio legislativo, no esperarlo.

Claro que si se volviera a repetir el resultado del domingo 22 en 2019 entonces sí tendríamos un terremoto en la distribución de poder. El peronismo perdería varias gobernaciones, decenas de intendencias, como nunca antes los llamados “no peronistas” tendrían control del territorio, un gobierno con mayorías legislativas, una coalición fuerte y enfrente un arco de facciones peronistas muy debilitadas. Pero para eso falta.

Mientras tanto, el gobierno de Macri debe estar dándole vueltas a otras dos paradojas, y lamentándose de que el resultado que consiguieron el domingo pasado tal vez demuestre que “no hay bien que por mal no venga”.

Obvio que salieron fortalecidos y la oposición quedó golpeada, más golpeada de lo esperado. Pero también se generó el oficialismo un par de problemas nuevos, al debilitar a posibles o ya efectivas contrapartes en el peronismo moderado (a Schiaretti se sumaron en la desgracia sorpresivamente Urtubey, Peppo y Casas), dejar vivitos y coleando a los más duros para negociar (Verna y Rodríquez Sáa, además de los ya consabidos Insfran y Manzur) y debilitar seriamente encima a quien más ayudó al oficialismo hasta aquí, Cristina. Esos problemas a partir de ahora ¿se potenciarán o se pueden neutralizar entre sí? Depende.

Los más críticos del macrismo han venido insistiendo con que uno de sus recursos de poder ocultos, y menos legítimos, es la protección que le brinda la “corporación mediática”, periodistas y empresas de medios que como simpatizan con él o son beneficiados por él ocultan o minimizan sus defectos. Se ha hablado con insistencia en estos términos de “blindaje mediático”, dando a entender que el gobierno eran mucho peor de lo que parecía, culpa de esa manipulación.

Pero lo cierto es que han sido esos mismos críticos furibundos, sobre todo su rama kirchnerista más fanática, quienes cumplieron ese rol de blindar al gobierno. Y de un modo muy distinto al que ellos denunciaban: han sido tan ridículos en sus críticas, tan manipuladores y abiertamente sesgados o directamente fabuladores en sus denuncias, que provocaron el efecto contrario al que buscaban. Para la gran mayoría que los escuchaba era lógico concluir que el gobierno no debía hacer las cosas tan mal ni tener tan malas intenciones si quienes lo acusaban eran tan poco merecedores de confianza.

Eso fue lo que sucedió con el caso Maldonado. Claro que el Ejecutivo cometió errores en la investigación del caso. Pero quedaron velados detrás de una catarata de acusaciones delirantes respecto a un supuesto plan que habría llevado a una supuesta desaparición forzada, todo sostenido con alfileres en argumentos desopilantes como el de que un secretario de Seguridad estuvo esos días en Esquel preparando el secuestro, en testigos mapuches que cambiaron hasta tres veces su versión de lo sucedido, y organismos de derechos humanos convocando agotadoras marchas cargadas de ciego fanatismo, a veces con derivaciones violentas.

Fue también lo que sucedió con la discusión de la economía. Es cierto que el gradualismo tardó en dar paso a una recuperación de los niveles de actividad y de consumo, contra lo que el gobierno había esperado; pero cuando esa recuperación se produjo chocó no sólo con el cansancio en la espera de muchos ciudadanos, sino sobre todo con el discurso extremo de los opositores kirchneristas, y no sólo de ellos, según el cual medio país se estaría yendo al caño culpa de un tan salvaje como inhallable neoliberalismo de un gobierno de ricos y para ricos por completo insensible, que encima habría estado preparando una especie de bomba neutrónica de eliminación de pobres para el día después de los comicios. Un total despropósito, no sólo poco convincente sino piantavotos. Si hubieran matizado desde el comienzo su tono respecto al plan económico, que dejó sin duda bastante que desear en estos dos años, hubieran sido más creíbles ahora en matizar también un optimismo de “final del túnel” que igual no tiene forma de desmentir que el tiempo por venir va a ser muy complicado y probablemente costoso para los sectores de menores ingresos.

Así funcionó, en suma, la competencia discursiva en los primeros dos años de gobierno macrista: el oficialismo no hizo tanto por convencer a la sociedad de las bondades de sus decisiones e intenciones como lo que hizo la oposición más dura, que lo ayudó involuntariamente embelleciéndolo, mientras pretendía destruirlo. Y le proveyó una legitimidad extra, invalorable en este tipo de transiciones, al convencer a la gente que aunque no supiera muy bien dónde iba a terminar el proceso de cambio en curso eso no importaba demasiado porque de lo que no cabía duda era de que no le convenía volver atrás ni cambiar de caballo en mitad del río.

Muchos dicen que Macri tendría que haber evitado una confrontación directa con Cristina por este motivo, para preservarla como “enemiga ideal”. E incluso algunos se lamentan que el resultado en provincia no fue más parejo, para que ella sobreviviera en las mejores condiciones posibles, sin quedar muy aislada ni desacreditada ante el resto del peronismo. Como para que siga dividiéndolo y contaminando con su “blindaje” todas las críticas que él le planteé al oficialismo.

Pero tal vez esos objetivos podría el gobierno lograrlos por el otro saldo relevante de estas elecciones: el debilitamiento de los moderados del PJ con proyección nacional. Dado que Urtubey quedó golpeado, los problemas de Cristina para seguir siendo una voz gravitante en esa fuerza tal vez no sean tan graves.

Es difícil saber, pero lo más probable es que las cosas se compliquen de todos modos para un kirchnerismo cada vez más residual, y también en alguna medida para el gobierno. Sin un moderado con proyección presidencial como Urtubey al frente, la mesa de gobernadores igual va a mantener distancia de Cristina, pero con posturas de negociación más duras frente al gobierno. Pichetto y Bossio deberán escuchar más a Manzur, Insfrán y Verna. Y dado que la competencia interna por el liderazgo futuro será más incierta, puede que ese endurecimiento sea acompañado también por muchos moderados y sindicatos: la lección que han sacado de la votación es que estar cerca del macrismo no les conviene.

Por otro lado, lo que quiera hacer Cristina en el futuro puede que sea en términos prácticos bastante irrelevante. Así como su confrontación con Macri era inevitable, y lo mejor para que Macri pudiera inaugurar su ciclo político era que se resolviera lo antes posible, ahora el declive de la ex presidenta también lo es, por más que haya cosechado todavía varios millones de votos bonaerenses. Su capacidad de influencia en los procesos partidarios y legislativos pesará más que esos votos y tenderá a cero. En cuestión de días sus últimos dos recursos en la estructura del PJ, Espinoza y Gioja, serán desplazados, los intendentes bonaerenses migrarán en masa hacia la renovación partidaria. Podrán decir que se llevan consigo buena parte de esos tres millones de voluntades. Y en la bancada de diputados nacionales la votación por el desafuero de De Vido anticipó lo que se viene: el quiebre entre La Cámpora, que se quedará con sólo una parte de esas bancas, y el resto del arco peronista, que no tendrá destino claro si no logra converger en un espacio común.

El peronismo tiene tres desafíos por delante: aislar del todo a Cristina, recomponer la unidad del partido después de quince años de fragmentación, y construir líderes nuevos. Lo primero es lo más sencillo porque Cristina se hunde sola. Lo segundo creo que es ya parte de un acuerdo entre gobernadores, legisladores y sindicalistas. Lo tercero es lo realmente difícil porque también durante estos quince años el grueso del peronismo aceptó que sólo hicieran política nacional los Kirchner. Así les fue.

Ahora Macri tiene la posibilidad de conducir el país no tanto por la negativa, en espejo con todas las macanas que hizo el gobierno anterior y siguió haciendo Cristina en la oposición, sino por la positiva, con sus ideas y planes. Si lo hace bien no va a necesitar tanto del embellecimiento que le provea un enemigo ideal. Al contrario, estará en condiciones de competir con adversarios más desafiantes. Lo que alude al verdadero problema que necesitamos resolver como país, que mejore nuestra oferta política.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/10/17

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Crónica de la invención de un desaparecido

¿Qué fue lo que llevó a los mapuches del RAM a mentir sobre la suerte de Santiago Maldonado y lo que había sucedido en el rio Chubut el 1ro. de agosto de este año? Ante todo seguramente su afán por victimizarse, presentar a la Gendarmería como una salvaje fuerza de ocupación que despreciaba todos sus derechos, reales o imaginarios. Algo que venía como anillo al dedo ahora que se los señalaba desde el estado y en la escena pública como un grupo violento, inclinado cada vez más sistemáticamente al terrorismo. Y también una buena dosis de indiferencia hacia ese joven huinca y su familia: finalmente no era tan “cumpa” como le habían hecho creer, se lo podía usar y desechar. El sufrimiento extra que la mentira pudiera acarrear no pareció disuadirlos.

¿Qué fue lo que llevó a los dirigentes de derechos humanos que tomaron el caso en sus manos a abrazar con fervor la tesis de la desaparición forzada y descartar de plano cualquier otra posibilidad? Ante todo, sus propias necesidades políticas. Se acercaban las elecciones y su proyecto partidario, el que creían y siguen creyendo imprescindible para seguir existiendo como actores relevantes de la vida nacional, estaba por enfrentar un desafío mortal en la figura de Cristina Kirchner candidata. Había que probar que lo que ella y sus seguidores venían diciendo, que Macri es la continuación de la dictadura por (apenas) otros medios era cierto. Y Maldonado cayó también como anillo para esos dedos.

Se sumó probablemente también para algunos de esos albaceas de la memoria y pedagogos de la repetición en nuestra historia el afán de emular a sus ancestros. Más de uno pensó que le llegaba su oportunidad de escribir su ¿Quién mató a Rosendo? Y no iba a dejarla pasar.

Una vez lanzada la denuncia por los “testigos” del RAM, con sus distintas versiones sobre camionetas, unimogs, golpes y secuestro, Horacio Verbitsky trazó las líneas troncales del relato en un artículo de Página 12 que sería decisivo: “Macri ya tiene su desaparecido”, 7 de agosto. Allí ya está todo. Los funcionarios de Patricia Bullrich supuestamente montando la conspiración, lo que se da por probado simplemente porque un secretario estaba en Esquel y había sido abogado en un estudio que defendió a represores. Demostrado. El uso de las camionetas de Gendarmería y el movimiento de los efectivos durante el desalojo de la ruta, en medio de una desordenada persecución y escaramuzas de piedrazos propios de una pelea entre hinchadas de fútbol, de lo que se extraen datos sueltos sobre efectivos que se acercan al río, vehículos que van para un lado y otro, filmaciones que se interrumpen y testimonios contradictorios para abonar la tesis de la detención y el ocultamiento. Convirtiendo los vicios de una fuerza de seguridad por demás desprolija y chapucera en señas finamente develadas de una trama siniestra perfectamente planificada. Demostrado. El operativo de desaparición forzada se había consumado.

A continuación entraron en escena los abogados de organismos como el CELS y la APDH que prepararon a los testigos. Lo que debió ser en particular complicado en el caso del llamado “testigo E”, el único que realmente había estado con Maldonado durante las corridas, se separó de él en el agua y debió imaginar lo que había sucedido. Matías Santana en cambio seguro no revistió mayor dificultad porque su disposición a abonar la fábula a como diera lugar estuvo desde el comienzo fuera de duda. Pero “E” debió ser un caso distinto. Lo más probable es que contara demasiados detalles sobre cómo se había separado de Maldonado cuando a éste se le agotaron sus fuerzas, lo que le habían dicho sus colegas del RAM desde la otra orilla, que lo dejara ahí, lo que había pasado y había visto a continuación. ¿De cuánto de todo eso se enteraron sin querer los abogados de derechos humanos y ocultaron ex profeso en la transcripción del testimonio, o se abstuvieron de comentar siquiera con la fiscal y los jueces de la causa? ¿Fueron ellos los que incentivaron a “E” a mantenerse en segundo plano, para dejarlo hablar a Santana que era más funcional al relato ya establecido de lo que había pasado? ¿Fue por eso que el testimonio de “E” fue presentado en la denuncia ante la CIDH para que ella lo reconociera como un caso indubitable de desaparición y reclamara en esos términos al gobierno pero no se hizo lo mismo ante el juzgado?

La recolección de testimonios había sido hasta entonces un oficio cuidadosamente cultivado y muy honrosamente preservado como activo de los organismos. Desde los años setenta. Fue el instrumento decisivo con el cual en 1979 esa misma CIDH, con ayuda de algunos de estos organismos locales, lograron contraponer los hechos de los secuestros y las desapariciones a la batería de fabulaciones con que los militares del Proceso querían ocultar sus crímenes: supuestas fugas del país, autosecuestros, ejecuciones disciplinarias dentro de la propia guerrilla, etc.

Pero hasta la mejor tradición puede echarse a perder. Ahora, como tantas otras cosas, se trastocó en su opuesto: la fabricación de una fábula, la de que Maldonado había sido detenido, golpeado y subido a un vehículo de Gendarmería. Para lo cual hubo que poner especial cuidado en ocultar los flecos de la mentira que podían escapársele a los “testigos”: cómo habían logrado ver todo eso, cuántos gendarmes, en qué vehículo, etc.

Inventar algo así y que parezca verosímil no es soplar y hacer botellas. Los militares procesistas podrían haber dado prueba de ello, si es que estos abogados hubieran querido recoger sus testimonios y aprender de su experiencia. Requiere de una atención obsesiva a los detalles, y pese al esmero que pusieron estos organismos cultores de la memoria, las versiones pronto se revelaron contradictorias. Así que hubo que agregar más fabulación: binoculares, caballos al galope trepando por la montaña y demás. Pero no importó, porque el programa estaba trazado desde el comienzo y era indubitable, lo había provisto el presidente del CELS y no tenía sentido dudar de él. Mientras tanto la maquinaria de la movilización y la polarización política ofrecieron la cobertura que hacía falta: cualquier duda o explicación alternativa era parte de la “campaña de encubrimiento y negación”.

¿Hasta cuándo? Según parece un directivo del CELS llamó días antes de que todo se derrumbara a un ministro para hacerle una confesión: “los mapuches metieron la pata”. ¿Desde cuánto tiempo antes lo sabía o lo sospechaba? ¿Esperó hasta el final en la esperanza de que nunca se supiera la verdad, sólo quedaran versiones y sobrevivieran entonces las peores sospechas? ¿También en la expectativa de que la familia de Maldonado seguiría ayudando, poniendo el cuerpo y el dolor que hiciera falta para mantener a flote el relato de la desaparición? La figura de la víctima, como se sabe, ha servido para muchas cosas entre nosotros, pero tal vez nunca como en este caso se había usado tan alevosamente a costa de las víctimas de carne y hueso.

¿Pero qué clase de víctimas había ya a esta altura en el caso Maldonado? ¿Y quiénes eran sus victimarios? El Estado le falló, no sólo al propio Santiago al responderle piedrazo por piedrazo, sino a la familia al tardar tanto en despejar la paja del trigo de las versiones y encontrar el cuerpo. Pero también les fallaron a todos ellos los organismos de derechos humanos al colaborar en la fabricación de una fábula que sumó infinito dolor a la tragedia y ha contaminado la memoria de un hombre y sus seres queridos. Y le fallaron por sobre todos los que él creyó amigos del RAM, que lo dejaron tirado en el río, se desentendieron de su suerte y después de muerto siguieron usándolo para sus exclusivos fines. Todo un digno colofón para un proyecto y una época que se llenó la boca con la palabra “derechos” y no hizo más que destruir las condiciones básicas para que rigieran las mínimas garantías al respecto.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 25/10/17

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Macri puso fin a una larga hegemonía peronista

Las elecciones de este domingo pusieron definitivamente fin al ciclo kirchnerista. Lo que había sido una incógnita todavía en 2015 y algunos nostálgicos se resistían a creer ahora se terminó de resolver: no hay nada parecido a un “empate”, Cambiemos es una sólida primera minoría en el país, con creciente implante territorial, capaz de competir en todos los distritos y de ganar allí donde ofrece buenos candidatos, y el peronismo está en serios problemas porque ya no le quedan casi bastiones inexpugnables. Así que no sólo Macri es un terrible dolor de cabeza para Cristina, quien sale con esto del centro de la escena y si avanzan sus problemas judiciales puede que salga del todo de ella, es también una seria amenaza para el que hasta hace poco actuaba como partido predominante en Argentina.

Desde 2001 el peronismo dominó ampliamente la política nacional. Por un lado porque fue la única fuerza capaz de formar mayorías, controlar el territorio y las instituciones de gobierno. Y por otro y fundamental porque fue la única que tuvo nombre. Al menos un nombre estable y por todos comprensible.

El resto estuvo compuesto de partes dispersas que llevaron divisas poco convocantes, equívocas y muchas veces efímeras, y encima sólo tuvieron en común la poco elegante y totalmente imprecisa referencia de ser “el no peronismo”, un término en sí horrible. Como para que quedara claro que su rol era casi exclusivamente el de patalear y acompañar al polo activo y productivo de la política nacional.

De esta elección resultaron dos grandes novedades que alteran esa situación. Primero y fundamental se consolidó Cambiemos como identidad y coalición política. Segundo, se terminó con el famoso empate que muchos interpretaron había arrojado la elección de 2015, cuando es cierto que tanto para presidente como para legisladores los resultados fueron muy parejos. Y eso porque ahora el peronismo perdió muchos votos y se dispersó aun más que dos años atrás. Es él quien enfrenta en estos momentos una crisis de identidad y de conducción, incluso de nombre. Además de haber perdido una porción no desdeñable de su poder institucional: diputados, senadores, legisladores y concejales en todo el país, incluso en regiones que consideraba baluartes inexpugnables, mucho del férreo control territorial que ejerció en el pasado se le escurrió entre los dedos. Los datos más elocuentes al respecto son que perdió en provincias donde era imbatible, La Rioja, o donde no perdía desde hace añares, Salta y Chaco, y puede perder la primera minoría del Senado por primera vez desde 1983.

Esa hegemonía peronista, agreguemos, se ejerció casi constantemente a través no de una sola expresión partidaria, sino de varias, compitiendo entre sí, lo que configuró una suerte de pluralismo peronista que en gran medida reemplazó el pluralismo de partidos, que quedó entonces debilitado.

Durante los últimos quince años para una porción importante del electorado nacional que no se identificaba con el peronismo fue tentador participar de la lucha entre facciones de esa corriente política, votando al peronista menos malo o más afín en cada momento, con lo cual la interna peronista desbordaba en la competencia general, y los demás partidos veían como parte de su base electoral les era arrebatada por esa fuerza gravitatoria del arco de ofertas peronistas.

Ese pluralismo peronista reunió, en su momento de gloria, entre 2007 y 2013, alrededor de 58% de los votos totales en elecciones a diputados nacionales. Con lo cual superó ampliamente los dos tercios de los diputados y una porción muy similar de los senadores. En suma, números que marginaban al resto de las fuerzas políticas casi a las fronteras de la irrelevancia.

Ahora la dispersión de la familia que se referencia en Perón sigue existiendo, pero ya no es un instrumento útil para resolver sus problemas y crecer, para actuar como un flexible arco de opciones distintas pero conectadas y solidarias, si no que resulta un obstáculo para generar confianza y atraer votantes.

En 2015 ya ese porcentaje de votos del arco peronista cayó a poco más del 50%, y ahora se derrumbó por debajo de esa frontera, a porcentajes similares a lo que era común en los años ochenta y noventa y a los del resto del espectro político, que si está menos dividido tiene chances de ganar.

Del “todos ganamos dividiéndonos y después rejuntándonos” gracias a la vigencia del pluralismo peronista y la fragmentación ajena se ha pasado al “todos perdemos si no nos dejamos de jorobar y nos juntamos”. De modo que ha dejado de ser tan atractivo para sus líderes generar cismas preelectorales y luego realinearse según las conveniencias poselectorales en combinaciones y coaliciones también inestables y manifiestamente oportunistas, como hicieron en 2003 menemistas, saaistas y duhaldistas, en 2005 duhaldistas y kirchneristas, en 2007 kirchneristas y lavagnistas, en 2009 kirchneristas, solaistas y denarvaistas, en 2011 kirchneristas, de nuevo duhaldistas y saaistas, en 2013 kirchneristas y massistas y en 2015 kirchneristas, sciolistas y massistas. Tanto abusaron del método que parece agotaron la paciencia de muchos electores. Ahora deberán esmerarse en organizar y respetar un partido que los cobije y conduzca.

Si eso sucede no será una suerte solamente para ellos sino para todos. El peronismo dejará de ser un factor distorsivo de la representación, de contaminar la transparencia y la confianza entre los votantes y las posiciones y alianzas que deciden quienes reciben sus votos. Lo que sin duda sería una gran contribución para nuestro sistema de partidos.

En más de un sentido están obligados a intentarlo porque de otro modo es probable que Cambiemos profundice y complete en 2019 el proceso de demolición del poder electoral e institucional peronista que empezó dos años atrás, abriendo perspectivas aun más complicadas para el futuro de esa fuerza. Si la elección de este domingo se repitiera en las de cargos ejecutivos dentro de dos años el terremoto en términos de cambio de poder sería inédito: gobernaciones e intendencias que durante décadas el PJ ha ejercido casi sin competencia pasarían a otras manos; por primera vez desde los años treinta tendríamos un gobierno no peronista con mayoría en ambas cámaras; y el apotegma según el cual el peronismo es eterno y parte de nuestra condición nacional empezaría en serio a discutirse. En Cambiemos lo saben y no parece que vayan a dejar pasar la oportunidad así de fácil.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 22/10/17

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Caso Maldonado, se abre el camino a la verdad

En el caso Maldonado se abre el camino a la verdad, y por tanto los que llevan las de perder son los que más abusaron de la mentira tratando de sacar provecho de la tragedia.

Para el gobierno es claro que el peor escenario era la continuidad de la incertidumbre, que Maldonado siguiera desaparecido, porque eso abonaba las sospechas, si no de su complicidad, al menos sí de su ineficacia y su torpeza.

Ahora la peor alternativa es que, como dicen los voceros de la comunidad mapuche, uno o varios gendarmes involucrados en la muerte del joven hayan hecho aparecer su cuerpo para simular que se ahogó. Aun en ese caso ya no se trataría de una desaparición forzada y habría quedado demostrado que el poder judicial y las fuerzas de seguridad, aunque tarde y bastante mal, trabajaron para esclarecer el hecho y están en condiciones de castigar a los culpables. El Estado de Derecho en Argentino no saldría tan mal parado y el gobierno tampoco.

Claro que en el medio se metió Carrió y empeoró la posición del oficialismo con sus penosas declaraciones sobre la posibilidad de que Maldonado estuviera en Chile, una especulación irresponsable que tal vez se le escapó, pero ahora requiere de más que una disculpa.

Como sea, los problemas se acrecientan del lado del kirchnerismo. Que inversamente al gobierno, de estirarse la incertidumbre no tenía más que insistir con sus planteos sobre desaparición forzada y amenaza a las libertades. Y bien lo venía haciendo sobre todo en el plano externo, con la solidaridad de organismos internacionales, intelectuales y hasta académicos que creyeron ver en el caso, sin mucha evidencia que lo justificara, ni mucha contrastación de fuentes que compensara esa falta, que Argentina corría el riesgo de volver a lo peor de su pasado (en la opinión pública local, como muestran las encuestas, no prendió demasiado esta idea, salvo entre los que ya por otros motivos detestan al oficialismo).

Y ahora, ¿qué le queda por hacer a esa oposición extrema? Ante todo, recogió la tesis de los mapuches de Pu Lof, “seguimos sosteniendo que a Santiago se lo llevó la Gendarmería”, y quiso doblar la apuesta. Con esa consigna sus organismos de derechos humanos más adictos se apresuraron a convocar a una movilización a Plaza de Mayo, que luego tuvieron que desconvocar, denunciando que el gobierno supuestamente estaría usando la aparición del cuerpo para desacreditar a los denunciantes del “secuestro”. No lo dijeron expresamente pero todo apuntó a insistir con la versión de una conspiración urdida desde el vértice oficial: el cuerpo habría sido plantado, no ya por decisión de los “perpetradores materiales”, sino como broche de oro de “la campaña de encubrimiento y negación”.

El problema es que el apresuramiento con que actuaron puso de manifiesto las frágiles bases fácticas sobre las que esa postura se asienta. Si un poder tan nefasto hubiera podido matar, ocultar el cuerpo y luego hacerlo aparecer, ¿para qué habría esperado 78 días?, ¿qué sentido tendría depositarlo río arriba, cuando lo lógico y lo que todos habían esperado era que apareciera en la otra dirección?, ¿si el gobierno no hubiera estado realmente en la oscuridad sobre lo sucedido qué razones habría tenido para explorar toda una gama de alternativas que terminaron mostrándolo en el mejor de los casos desorientado y en el peor involucrado?

Con la hipótesis de la conspiración nada de eso tiene sentido. Seguramente en el seno del kirchnerismo y los grupos mapuches radicalizados lo saben y por eso se apresuran a tapar el abismo que enfrentan, la develación indetenible de sus mentiras y fabulaciones, con gritos, movilizaciones y piedrazos. No va a alcanzarles. Menos todavía si los resultados de la autopsia abonan la para ellos peor hipótesis, un accidente. Si los forenses trabajan bien y llegan a una conclusión incontrovertible en ese sentido, ¿desde esas trincheras se dirá que son parte de la “campaña de encubrimiento”? El divorcio respecto a la realidad de los hechos para estas facciones radicalizadas es parte de su identidad, es un hábito ya acendrado, pero aun dentro de esos parámetros extremos negar que en este caso se equivocaron va a ser muy difícil.

El punto es importante no tanto para saber cuánto peso han sumado el kirchnerismo y sus aliados sobre sus ya cargadas espaldas, eso es lo de menos, como para determinar el sentido con que el “caso Maldonado” quedará inscripto en la larga y escabrosa saga de los derechos humanos en Argentina.

Lo de “los 30001” que estrenaron los organismos de derechos humanos en la última marcha fue ocurrente pero quedó con estas novedades del todo desacreditado. La pretensión de hilvanar la “represión macrista” con la dictadura era descabellada ya desde el comienzo, pero con semejante colofón no tiene ni sentido discutirla. ¿Advertirán los organismos menos fanatizados que es el momento de desescalar, de inscribirse de nuevo con sus planteos y sus credenciales en un espacio de convivencia más o menos plural? Que algunos hayan desconvocado la marcha de ayer, aunque fuera con argumentos forzados, no fue mala señal. Si lo fue en cambio la declaración de la abogada del CELS y de la familia Maldonado, la doctora Verónica Heredia, dando por supuestas una vez más la desaparición forzada y la conspiración, como si no hubiera hecho alguno en el universo que pudiera sacarla de su encierro y prefiriera consumirse en su coherencia que vivir con sensatez.

La incógnita más interesante es de todos modos la que se abre para el oficialismo: ¿cómo va a aprovechar esta oportunidad? Así como tendrá tras las elecciones la posibilidad de instalar más claramente su agenda en temas económicos, fiscales e institucionales, va asimismo a poder decidir qué hacer con los derechos humanos, al menos hasta cierto punto.

Si insiste en mostrarse poco interesado en el asunto habrá decidido también: otros lo harán por él, por caso banalizando el tema para hacerlo desaparecer de la agenda, ignorando por completo a los organismos y sus pataleos, cultivando voluntariamente tal vez la asociación entre “el curro de los derechos humanos” y “las sectas de izquierda”. Entusiastas de esta visión de las cosas no faltan lamentablemente.

Pero si priman visiones de más largo plazo esa postura no va a ser la que se imponga. Y el oficialismo puede que supere su incomodidad en esta materia, reflejo más que de convicciones como las arriba listadas, de temores que se revelaron injustificados. No se trata finalmente de desplegar grandes iniciativas, ni de librar grandes batallas culturales, sino de poner un poco de sentido común en un ambiente por demás enrarecido y bastante agotado y esperar que la lógica y el tiempo hagan su trabajo.

El gobierno y el país lo necesitan para que el ambiente de moderación y cooperación ganen en solidez y legitimidad frente a los extremos, para que el liberalismo político no tenga que estar pidiendo permiso para hablar de libertades y derechos individuales, y para que los corruptos y matones como Sala, De Vido y tantos otros no sigan usando la ideología de la víctima atropellada para disfrazar y justificar sus violaciones al derecho.

Por todo eso nos conviene aprovechar la oportunidad, y hacer con los derechos humanos lo contrario que con Walt Disney, descongelarlos ya mismo y ponerlos abiertamente en discusión.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 18/10/17

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