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Seminario: “El peronismo en la era kirchnerista”

El Programa de Historia Política de la UBA y el Centro de Investigaciones Políticas los invitan al tercer y último encuentro del ciclo de seminarios “Peronismo y democracia”, a realizarse el viernes 18 de mayo a las 18hs en el Museo Roca (Vicente López 2220, Ciudad de Buenos Aires).

A lo largo del ciclo kirchnerista podrían identificarse varios momentos y modelos de relación entre peronismo y gobierno, así como distintas formas de recuperar el legado y reinterpretar la historia peronista.  Ello en relación tanto a las tensiones históricas entre el peronismo y la democracia, como a la articulación posible entre el distribucionismo social y el intervencionismo estatal, de un lado,  y el desarrollo y la modernización económica del otro. A casi una década de iniciado ese ciclo es oportuno hacer un balance del mismo y analizarlo en el marco más amplio de la política latinoamericana de estos años y de las transformaciones de largo aliento vividas por los partidos y el sistema político argentino. Esta puesta en perspectiva nos permitirá no sólo comprender mejor el experimento kirchnerista, sino hacer un balance más general de los problemas y las soluciones que ha supuesto el peronismo para la vida política argentina a más de sesenta años de su aparición.

El Programa de Historia Política de la UBA y el Centro de Investigaciones Políticas han reunido un panel de investigadores locales e internacionales integrado por Kurt Weyland(University of Texas, Austin), Germán Lodola (Universidad Torcuato Di Tella) y Nicolás Cherny (Universidad de Buenos Aires), que disertará en el ciclo de Seminarios “Peronismo y democracia, ayer y hoy”. El encuentro se realizará el viernes 18 de mayo a las 18hs. en el Museo Roca (Vicente López 2220, Ciudad de Buenos Aires).

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¿Astucia o fuga hacia adelante?

Dos interpretaciones políticas posibles de la decisión presidencial de expropiar las acciones de Repsol en YPF pueden ponerse en discusión. Una interpretación caracteriza esa decisión como una astucia: con ella el gobierno consigue incrementar los fondos disponibles para su control discrecional bajo la cobertura de una bandera política nacionalista que seduce a la mayoría de la opinión pública, divide a la oposición y neutraliza, inclusive, las represalias internacionales potencialmente más relevantes. Otra interpretación describe a esta decisión como una fuga hacia adelante: con ella el gobierno posterga el reconocimiento de la crisis energética, consigue financiar por un tiempo políticamente relevante los precios subsidiados del combustible y, con ellos, el sostenimiento del crecimiento económico, pero no alcanza a resolver ninguno de los problemas económicos cuya emergencia resultaría postergada por esta decisión. Estas interpretaciones, por cierto no excluyentes, son a la vez pertinentes e insuficientes.

La expropiación sería una maniobra astuta tanto en el frente interno como en el externo porque contribuiría a maximizar el control discrecional gubernamental sobre recursos financieros y económicos sin generar oportunidades para un bloqueo consistente por parte de adversarios o afectados por la decisión oficial. En el frente interno, porque la expropiación apela a la afinidad ideológica y práctica de los principales grupos políticos y económicos argentinos con la intervención estatal en la gestión de la economía. Afinidad ideológica de los partidos y la dirigencia social y económica, que supieron encontrar en las empresas estatales recursos financieros y burocráticos para incrementar su poder organizacional y político y su influencia sobre las políticas públicas. Afinidad práctica de los grupos económicos locales vinculados con la provisión de insumos y servicios a la industria petrolera, que supieron explotar las oportunidades de negocios – y de colusión – que YPF ofreció con creces en el pasado. Apelando a esas afinidades, el oficialismo ha conseguido de aquellos actores políticos y económicos que preferirían sustituirlo el acceso a recursos que le permitirán distribuir más bienes privados y, por esa vía, dificultar la coordinación entre esos mismos actores y su convergencia en coaliciones alternativas. Algo equivalente ocurriría en el frente externo: la expropiación permitiría al gobierno redistribuir entre nuevos actores privados las oportunidades de negocios antes concentradas en Repsol o en las firmas con que ella quisiera negociar. La apertura de estas oportunidades debilitaría los incentivos y la capacidad de los gobiernos extranjeros para tomar represalias contra el estado argentino: si los negocios perdidos por Repsol pueden ser ganados por Total, Exxon, Petrobras o CNOC, la cooperación activa con España contra Argentina en la Unión Europea, el G-20 y América Latina podría no ser tan consistente como amenaza. Abriendo, entonces, oportunidades de negocios, el gobierno argentino lograría que gobiernos y empresas extranjeras usualmente preocupadas por la seguridad jurídica de sus inversiones apoyen de hecho la destrucción de esa seguridad para su propio beneficio.

La expropiación sería una fuga hacia adelante en tanto postergaría sin resolver los problemas económicos de los cuales la cuestión energética es vector y síntoma. Expropiando YPF el gobierno puede reducir las necesidades de financiamiento del sector público en el balance de pagos energético y contar con poder de mercado para mantener bajo el precio interno del combustible. Abriendo nuevos negocios a otras petroleras privadas, el gobierno puede hacia el futuro incrementar la producción y eventualmente quizás resolver los problemas de abastecimiento interno. Con esas herramientas, el oficialismo podría aspirar al menos a mantener la economía en crecimiento y tal vez hasta a recuperar el nivel de actividad perdido con la actual desaceleración. Ello le permitiría enfrentar las elecciones de 2013 en condiciones de desalentar la formación de coaliciones internas orientadas al postkirchnerismo y, de triunfar en esos comicios, aspirar a una reforma constitucional que autorice la relección presidencial inmediata o alguna otra forma institucional de continuidad política. Pero la expropiación no resolvería en el corto plazo el efecto que las importaciones de energía tienen sobre las cuentas públicas y sobre el balance de pagos: las utilidades de YPF no alcanzan para cubrirlas y las eventuales nuevas inversiones requieren un tiempo de fructificación mayor.

Así las cosas, las virtudes de la astucia pueden chocarse con los defectos de la fuga hacia adelante. Para estimular el rápido desembolso de las nuevas inversiones y acelerar, en lo posible, su fructificación, el gobierno debería ofrecer a los nuevos jugadores condiciones atractivas de rentabilidad. La contrapartida, pues, de solicitar a las empresas una liquidación anticipada de sus eventuales rentas además de un canon por ingresar al negocio podría ser el compromiso de un incremento gradual del precio interno del combustible – por otra parte justificable en el mayor costo de explotación de los yacimientos no convencionales. El costo de ese incremento ya no podría ser subsidiado por el estado, que debería retirar de circulación esos recursos para dejar de alimentar la inflación, y debería ser afrontado por el conjunto de la economía – firmas y hogares – en el contexto de una política monetaria algo más restrictiva, para evitar que el impacto sobre los precios internos opere también como acelerador de la inflación. Salvo que se empleen algunos de los instrumentos previstos en la nueva carta orgánica del Banco Central para continuar estimulando el nivel de actividad de manera menos inflacionaria al mismo tiempo que se reorganiza la cuestión energética: encajes diferenciados y efectivos mínimos utilizados discrecionalmente para alentar el crédito a actividades productivas e intensivas en empleo, capaces de fructificar en un plazo no sólo breve sino también articulado con el momento en que sería necesario operar estos cambios en el funcionamiento del sector energético.

Las claves, entonces, para interpretar la decisión de expropiar YPF como astucia o fuga hacia adelante residirían en el timing y la consistencia con que el gobierno utilice las herramientas de política económica que ha adquirido con esta decisión. Desde un punto de vista teórico y normativo, ello supondría que la decisión es una fuga hacia adelante pues la realización de sus potenciales virtudes dependería de contingencias – el comportamiento de los inversores, el arte de los funcionarios – no determinadas ni necesariamente previstas por reglas. Desde un punto de vista político, en ello residiría, precisamente, la astucia: en que la gloria que esta decisión quizás depare pueda ser presentada como obra del poder político y en que su eventual fracaso pueda ser atribuido, con idéntico rigor, a la mala fortuna. En esa resbalosa cuesta se asienta la virtud política de esta decisión, su implacable eficacia para poner las pasiones de sus adversarios al servicio de la razón de supervivencia de la líder.

 

 

publicado en El estadista el 3/5/2012

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¿Cristina fortalece o debilita el estado?

Uno de los apotegmas de la época que más ha calado en el sentido común es el que sostiene que hasta que llegaron los Kirchner al poder el estado argentino se venía debilitando, y ellos en cambio han ido paso a paso fortaleciéndolo. Los mojones que señalarían ese fortalecimiento están bien a la vista. El más cercano es YPF, pero hay muchos otros, por ejemplo en el terreno fiscal: actualmente el sector público recauda por distintos conceptos alrededor del 40% del PBI, cerca del doble, de un PBI que es a su vez casi el doble, que en 2001, y lo hace sin hallar mayor resistencia en la sociedad.

¿Es eso bueno o malo? Una respuesta posible es: “depende”, de la redistribución social que se logre a través del gasto público, de su productividad vis a vis la del gasto privado, y del control democrático y republicano que se ejerza sobre él. Las mejoras registradas a lo largo de la última década en el primer terreno son discutibles, mientras que en los otros dos han sido, en términos generales y en el mejor de los casos, nulas.

Aun así podría considerarse un avance, y un logro que podríamos festejar todos los argentinos,  que dispongamos de semejante poder estatal, un poder que estará ahí disponible para que futuros gobiernos lo usen mejor que ahora y para mejores fines. Pero la condición que debería alcanzarse para que esta expectativa tenga alguna posibilidad de concreción es que esos recursos estatales duren en el tiempo. Y al respecto no cabe ser muy optimistas. En primer lugar, porque es probable que el ciclo político del kirchnerismo se consuma junto con el ciclo económico que en los últimos años ha sostenido ese inédito poder fiscal. En segundo lugar porque, aun cuando ese ciclo económico se extienda más allá, el gobierno actual habrá consumido por encima de sus posibilidades durante demasiado tiempo (ya lo ha venido haciendo y es seguro que lo hará en mayor medida aun este año y el que viene) y dejará un tendal de cuentas a pagar. Y en tercer lugar porque se tiende a profundizar un proceso de partidización y desarticulación facciosa del aparato estatal que hará muy dificultoso su uso futuro como instrumento técnico de fines públicos.

Esta última es tal vez la dificultad más seria que tendremos por delante. Ella, además, impugna de lleno el relato kirchnerista sobre el estado y obliga a pensar mejor la relación que existe entre su tamaño, sus áreas de ingerencia, y su poder: en verdad, el estado que él heredó era mucho más pequeño que el actual, pero también más poderoso de lo que el relato k pretende y que el que el kirchnerismo nos dejará como legado, que tiene toda la pinta de haberse vuelto ya un entramado tan extenso y ambicioso, como desarticulado, confuso e ineficaz.

Esta evolución a contramano del relato oficial, y del sentido común, puede ilustrarse con lo sucedido en la relación entre el sector público y las empresas de servicios y energía, incluida YPF. En 2003, cuando llegó Néstor Kirchner a la Presidencia, el estado no tenía control directo de ninguna de esas empresas, pero eso lejos de ser una dificultad era una ventaja, porque le permitía cobrarles impuestos y fijarles precios y demás condiciones de operación sin preocuparse por los costos que eso pudiera implicar, ni los problemas de gestión, acceso al financiamiento y conflictos sindicales que pudiera acarrearles. El fin de la Convertibilidad y la puesta en vigencia de la ley de emergencia económica en 2002 le habían permitido al estado nacional descargar buena parte de los costos del ajuste en esas empresas, sin que ello afectara las cuentas públicas. Estas condiciones fueron una suerte de reverso del contexto hiperinflacionario en que se habían realizado las privatizaciones: de un estado enorme pero incapaz de gobernar ningún precio de la economía ni hacer cumplir ninguna regla para su funcionamiento, y que se había venido deslegitimando debido a las múltiples demandas y actividades con que se cargaba y que no lograba satisfacer, se había pasado a un aparato pequeño pero mucho más eficaz, capaz de asegurar, es cierto que plenamente recién después de la devaluación y el default, el valor de su moneda y la provisión de recursos genuinos para financiarse, y a partir de ello, de establecer reglas para el conjunto de la economía.

El problema es que, visto en perspectiva, el estado que hoy tenemos se parece cada vez menos a aquel del comienzo de la era kirchnerista, y cada vez más al de la crisis inflacionaria. Por obra de una política que se esmeró en asignar en forma discrecional y particularista costos y beneficios, y en consumir todos los stocks de capital disponibles en los sectores de servicios y energía, para subsidiar al resto de la economía y acelerar al máximo su crecimiento de corto plazo, ha conseguido que las empresas de esos sectores dependan de sus decisiones, y que su valor de mercado se acerque a cero. Con lo que enfrenta ahora un dilema que es inconfesablemente semejante al que tuvieron que resolver Alfonsín durante toda su presidencia y Menem al comienzo de su período: ajustar sus tarifas para volverlas rentables, al costo de acelerar inmediatamente la inflación y dañar al resto de los sectores económicos, o seguir subsidiándolas al precio de mayor déficit fiscal, que también traerá a la larga más inflación. En suma, el tipo de discusión que recién está empezando a plantearse en el tema combustibles en estos días, y que es la que realmente importa. Y el tipo de situación en que el estado es omnipresente y hasta puede parecer omnipotente, por ejemplo cuando confisca y viola contratos y derechos de propiedad de hasta muy grandes empresarios, pero sólo porque es el instrumento de un poder político desbordado, que inconteniblemente devora los recursos y la legitimidad públicos.

No es de extrañar por ello que las estatizaciones y el ejercicio cada vez más extenso, punitivo y predatorio del poder gubernamental sobre la economía sean simultáneos a la reaparición de otras viejas costumbres argentinas como son el saqueo de las cajas previsionales, de los recursos del Banco Central, la emisión de bonos y pronto también “cuasimonedas” para cubrir gastos corrientes y otras cosas por el estilo.  A la presidente lo que realmente le importa es mantener en alto su imagen evitista, para que los sacrificios que imponga no puedan atribuírsele a ella sino a los mercados que aun no logra erradicar o a los enemigos del pueblo. Y el peronismo, en su inagotable disposición a probar todas y cada una de sus potencialidades, parece dispuesto en lo que sigue a ofrecernos un tipo de experiencia que en otros momentos críticos bajo su mando (como 1952 o 1973) optó por evitar: la profundización populista. Imposible saber qué del estado habrá sobrevivido cuando esto termine.

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Binner y Alfonsín en el laberinto progresista

Quienes obtuvieron el segundo y tercer lugar en las últimas elecciones presidenciales han justificado en los últimos días su apoyo enfático (aunque “en general”) a la confiscación de YPF como un homenaje a los principios y las tradiciones históricas de sus respectivos partidos. Los argumentos utilizados fueron muy similares, y puede que convergentes : adhieren al proyecto oficial, dicen, para dejar en claro que son los auténticos heraldos del estatismo y el nacionalismo económico, y porque será a la luz de su testimonio iluminador en la defensa consecuente de esas ideas que tarde o temprano la sociedad habrá de reconocer que el kirchnerismo no es más que una simulación oportunista, una versión degradada de dichos ideales que debe ser “superada” y reemplazada por la que ofrecen alguno de ellos, o los dos juntos.

Aunque ni Binner ni Alfonsín se han referido a ellas, es oportuno llamar la atención sobre otras razones menos históricas y más inmediatas que los inclinaron a apoyar la “recuperación de YPF” y que, pese a no ser tan coincidentes como las anteriores, pueden también alentar la convergencia entre ellos: para los socialistas, y para el FAP en general, dar su apoyo a esta ley era la conclusión obligada de una estrategia que se viene desplegando desde hace tiempo, y de la que no cabría dudar pues sería la causa de los logros cosechados recientemente; en tanto para Alfonsín, igual que para otros radicales progresistas, votar la ley se presentó como lo contrario, la oportunidad para cambiar una estrategia equivocada que estaría en el origen de los últimos fracasos y desilusiones. Veamos.

Los socialistas entienden que los votos recibidos en octubre pasado, y que convirtieron a Binner en una figura nacional y al FAP en la “principal alternativa al kirchnerismo” cabe atribuirlos a su pretensión de encarnar el “progresismo verdadero” y a las consecuencias prácticas de dicha apuesta: la toma de distancia respecto a la “oposición de derecha” (el resto de la oposición política, los medios independientes, los empresarios, etc.) y el voto a favor de proyectos oficiales de tinte “progresista” como la ley de medios, la estatización de los fondos de pensión y otros por el estilo. Según esta interpretación, además, el FAP no debería preocuparse mayormente por las consecuencias que ha arrojado la aplicación de esas leyes por parte del kirchnerismo: al señalamiento de los efectos indeseados u objetables que varias de ellas han tenido tanto para los directamente afectados, los jubilados, los periodistas, etc., como para la economía y la democracia en general, los líderes socialistas replican que ellos no tienen por qué rendir cuentas de esos resultados porque votaron “de acuerdo a sus convicciones”, de cuyo carácter virtuoso no cabría dudar, y la buena o mala aplicación es exclusiva responsabilidad del Ejecutivo. En esta curiosa inflexión principista se evita cualquier consideración más pragmática y matizada sobre las razones del voto ciudadano: se ignora el hecho de que muchos de quienes escogieron las listas del FAP el año pasado lo hicieron a pesar de que sus legisladores habían adherido a esos proyectos oficiales y no debido a que lo habían hecho, y se desconoce la considerable distancia que existe entre las creencias de los militantes y las de la mayoría de los votantes, así como el hecho harto evidente de que a la enorme mayoría de la sociedad la coherencia doctrinaria le importa bien poco y tiende a valorar más que objetar eso que el FAP tanto le critica al gobierno, el hecho de que detrás de la declamada inflexibilidad y la supuesta gravitación de las convicciones progresistas en la gestión se esconde el muy flexible pragmatismo peronista.

En cuanto a los radicales de izquierda, la coyuntura también los está empujando a sobrevalorar algunas de sus creencias compartidas con socialistas y kirchneristas, aunque por las razones opuestas: estiman haberse corrido demasiado “a la derecha” cuando se aliaron con De Narváez y haber sido castigados en las urnas debido a ello, así que buscan corregirse alejándose lo más posible de esas influencias, que se expresan hoy, por caso, en el republicanismo de los medios, en las propuestas de alianza del macrismo o en los pronósticos de crisis de los economistas.  El sueño de “recuperar el voto radical recuperando la identidad histórica y la unidad de la UCR” aparece así como la guía práctica adecuada para devolver el rol de segunda fuerza al partido y el equilibrio a un sistema de partidos cada vez más inclinado hacia la hegemonía peronista. Como si la salida de su laberinto fuera sólo posible para el centenario partido retrocediendo en el tiempo hasta el momento en que, se cree, perdió el rumbo.

Puede que algo consigan Binner y Alfonsín con sus apuestas, pero difícilmente se acerque a lo que están buscando. Tal vez sería distinto si el peronismo no fuera capaz de generar su propia oposición, si no hubiera ya dispuestas en la arena otras ofertas competitivas, y si el constante y creciente abuso de poder por parte del oficialismo no despertara una también creciente expectativa de que alguien corra el riesgo de cargarse al hombro la defensa del estado de derecho y del liberalismo político. Valores que están presentes por cierto en los genes de radicales y socialistas, pero cuya defensa hoy no pareciera ser para ellos una urgente prioridad.

publicado en tn.com.ar el 29/4/2012

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Las inconsistencias de la radicalización Kirchnerista

La tantas veces anunciada, por muchos soñada y por otros temida, radicalización K finalmente ha comenzado. ¿Qué objetivos concretos se propone?, ¿podrá concretarlos? Viendo el modo en que actúa y los protagonistas y terrenos que ha escogido podemos precisar ya bastante más esos interrogantes: ¿cuánto puede durar el entendimiento entre gente como Kicillof y Moreno, siendo que sus historias, creencias y objetivos son en muchos aspectos distintos y en otros contrapuestos?, ¿será el nuevo vértice de poder capaz de llevar adelante un programa de cambio de la economía y la política argentinas?, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de aquel entendimiento y de estos cambios?

El equipo del que se está valiendo Cristina para tomar decisiones e implementarlas combina ideas nacionalistas y anticapitalistas, algunas de éstas de franca inspiración soviética. De allí que la primera pregunta planteada exija determinar si existe un acuerdo firme entre esas corrientes respecto a hacia dónde se quiere ir.  El problema en sí no tiene nada de nuevo: se planteó de un modo u otro a casi todas las revoluciones del último siglo. Allí donde entraron en crisis el liberalismo y el capitalismo, la convergencia entre nacionalismo y comunismo fue en ocasiones decisivo para la formación de una coalición revolucionaria. Fue el caso de Rusia en el ´17. Y de Irán en el ´79. En los dos, también dicho entendimiento entró en crisis al poco tiempo: los oficiales rusos que se plegaron al Ejército Rojo contra los contrarrevolucionarios blancos, entendiendo que era la mejor forma de defender la integridad territorial y asegurar un destino imperial a su patria frente a los poderes europeos serían purgados por el stalinismo; al revés, los comunistas que respaldaron a Khomeini y a las juventudes nacionalistas e integristas que él movilizó contra el Shá, para terminar con la influencia norteamericana y la europeización de Irán, no tardaron en arrepentirse cuando dieron con sus huesos a las mismas cárceles que habían ayudado a llenar de liberales o debieron exiliarse en los países cuya influencia habían repudiado.

Ha habido en cambio otras experiencias más prolongadas y fraternales de convivencia entre nacionalismo y comunismo, como el castrismo cubano o el chavismo venezolano. En ellas se combinaron varios factores para mantener un cierto equilibrio entre esas dos corrientes: la presencia de un enemigo común que disipó o relativizó sus diferencias, y la debilidad relativa de los países en cuestión.  En la periferia latinoamericana el candidato obvio a cumplir la función unificadora fue claro el imperialismo norteamericano, que al menos en estos dos casos se prestó muy torpemente a cumplir el papel que se le asignó. Pero también intervinieron otros factores: por ejemplo, la posibilidad de cumplir un rol regional o global que permitió acceder a recursos económicos y políticos necesarios para satisfacer los objetivos de las dos ideologías revolucionarias en tensión, y la posibilidad fiscal de atender al mismo tiempo a sus respectivas clientelas. Ello se dio en Cuba gracias a los ingentes recursos económicos y militares provistos por los soviéticos hasta los años noventa, y por los venezolanos cuando el régimen castrista languidecía ya sin esperanza;  en Venezuela gracias a la renta petrolera; y en ambos casos gracias a la ola antiimperialista que agitaba la región cuando se produjeron sus revoluciones.

¿Todo esto tiene algo que ver con lo que sucede actualmente en Argentina? Podría decirse que muy poco. La radicalización cristinista apela a esas corrientes de ideas y su gobierno se nutre de muchos sinceros adherentes a ellas. Pero parece hacerlo con un objetivo de legitimación y manipulación coyunturalista y no de acuerdo a ningún diseño estratégico: es el precio que paga un populismo siempre necesitado de recursos para salir del paso, más que el fruto de un plan revolucionario que se despliega paso a paso, sutilmente, a medida que crea condiciones para avanzar, como algunos publicistas oficiales creen. Sin ir más lejos, ni siquiera en la hasta aquí más resonante victoria de los impulsores de la radicalización, la confiscación de YPF, las cosas parecen alejarse de esa aspiración por salir del paso: a medida que se devela la trastienda de la medida dispuesta por Cristina se advierte hasta qué punto se improvisó en la materia; la confiscación abrazada ahora con fervor resultó del previo fracaso de otras medidas muy distintas, por lo que no podría considerarse la conclusión de ningún plan; y, finalmente, a lo que apunta es a sacar del medio a Repsol para poder desde el Ejecutivo controlar y cobrar un eventual acuerdo con los chinos de Sinopec o los yanquis de Exxon, algo poco acorde a cualquier sueño revolucionario, más cercano a los entendimientos con la Barrick que a la estudiantina rebelde escuchada en los últimos días. En síntesis, si se han radicalizado el discurso y los instrumentos, y se ha pasado de un más o menos tibio nacionalismo a uno mucho más ferviente acompañado de diatribas anticapitalistas, no sería porque se quiere ir hacia nada parecido al socialismo del siglo XXI, sino simplemente porque hace falta cada vez más plata para sostener el gasto y se agotaron todas las otras vías ensayadas anteriormente.

Con todo, aun aceptando que esto haya sido así, no habría que descartar que el curso de los acontecimientos siga una lógica acumulativa y, como fichas de dominó, terminen cayendo en manos de un gobierno apenas populista otras grandes empresas, como si ese hubiera sido la meta de su programa, y lo mismo suceda con todos y cada uno de los resortes que hacen funcionar la economía, así como los que permiten hacer valer derechos y ejercer el poder. Con lo que una experiencia en principio en muchos aspectos modesta, incluso conservadora, terminaría haciendo cambios amplísimos e irreversibles en la economía y la política que en el comienzo ni siquiera había imaginado. En ese caso, la pregunta del inicio volvería a plantearse y a cobrar relevancia: ¿hasta dónde quiere llegar?, ¿cuánto acuerdo hay al respecto en el vértice oficial?

Ante todo cabe decir que una revolución como esta, hecha casi inconcientemente de medidas sucesivas para salir del paso, ha tardado demasiado en madurar para poder imponerse:  tenía tal vez chances de hacerlo años atrás, pero mientras más tiempo pasa sus chances se achican. El kirchnerismo ya consumió lo mejor de su tiempo, y si ahora pretendiera imponer un amplio programa puede descubrir que ya no tiene suficiente combustible en el tanque ni soga en el carretel. No sólo por la escasez relativa de divisas, ingresos fiscales y stocks de capital a expropiar, sino también porque el ciclo internacional favorable a este tipo de experiencias está declinando.

Uno de los efectos de ello puede ser que los problemas fiscales y distributivos debiliten la alianza entre las dos almas de que se nutre el gobierno. Algo que se observa ya hace tiempo en la gestión económica. Y que está apenas disimulado en la misma confiscación de YPF: seguramente muchos nacionalistas k comparten la impotencia frente a las multinacionales que transmitió Kicillof en el Senado: para unos y otros es imposible regular a esas empresas globalizadas, por lo que ellas se tornan enemigas juradas de los intereses nacionales y populares. La incapacidad de integrarse al mundo y la autarquía económica como única solución son por ello compartidas. Pero no lo sería tanto la conclusión que el viceministro pretende extraer de ello: que cualquier empresa global es pasible de igual trato que YPF y no habría diferencias a este respecto entre empresas argentinas o extranjeras. Tampoco debe haber mucho acuerdo sobre su curioso enfoque sobre el decisivo asunto de los precios de los hidrocarburos: si ellos deben seguir siendo la variable de ajuste para sostener el consumo, entonces no habrá ninguna posibilidad de que las empresas privadas inviertan, siquiera quieran quedarse en el sector pues les convendrá mucho más consumir que producir combustibles. Lo que llevará a que intenten lo que Repsol, que alguien las compre (o expropie) para irse a otro lado o dedicarse a otra cosa.

 Lo que resultará de estas tensiones no es imposible de predecir: el nacionalismo tiene fuertes raíces en los actores de la coalición gobernante, en variantes que van del patoterismo fascistoide de Moreno al tibio consignismo patriotero de muy moderados sino francamente conservadores sindicalistas, gobernadores y legisladores. El sovietismo es, en cambio, bastante débil y está organizativamente disperso en expresiones de izquierda que ni siquiera están siempre dispuestas a someterse al gobierno. Una presidente jugada a no repetir la experiencia de Perón ni de Isabel, y sobre todo a esconder el cuerpo a cualquier ajuste, difícilmente se avenga a perder esos apoyos. Pero cuando tenga que firmar con Exxon, Sinopec o quien sea, se verá en la necesidad de compensarlos con más gasto, más diatribas de soberano anticapitalismo, más expropiaciones contra otras empresas. El tipo de inconsistencia que tal vez evite que las dos corrientes en que se inspira entren en crisis sólo porque disfraza detrás de la celebración de su voluntad, la sobreactuación ideológica y el dispendio de carradas de dinero el hecho simple y sencillo de que no sabe hacia dónde nos quiere llevar y, en la práctica, no nos lleva a ningún lado.

Publicado en tn.com.ar

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¿Será este el 2 de abril de Cristina?

Un sorpresivo atropello del derecho y el orden internacionales, justificado con el argumento bueno o malo de la “necesaria reparación de un daño a la soberanía nacional que se venía arrastrando desde hacía demasiado tiempo”, y que impulsa a la mayoría a respaldar al gobierno, incluso a muchos a hacerlo a disgusto, en la clave de la lucha contra los poderosos del mundo y a favor de las grandes causas nacionales, y a los disidentes a callar por temor a ser tachados de traidores, disparando un conflicto de impredecibles consecuencias en el que un declinante gobierno de turno se juega la posibilidad de tener aun un futuro, mientras que el resto del país lo que se juega es apenas conservar una ilusión, a riesgo de perder, y mucho. La analogía entre Malvinas e YPF se venía tejiendo hace meses. Y tal vez fuera inevitable que ella se coronara a toda orquesta, en un gran acto reparador equivalente a un salto al abismo. ¿Por qué íbamos a dejar pasar la oportunidad de disfrutar de otro de esos momentos refundacionales, otra entusiasmada y heroica comunión entre pueblo y gobierno en que nos jugamos a suerte o verdad? Parece que cada tanto preferimos una buena pelea a cualquier gris y triste negociación, que necesitamos recrear la escena en que “se define nuestro destino”.  ¿Será esta vez mejor el resultado?

En principio, es seguro que no será igual de destructivo, porque lo que está en juego en YPF es afortunadamente sólo dinero. Una cuestión de dinero es lo que decidirá a su vez a España a inclinarse por un mal arreglo o una buena pero larga y desgastante pelea. Finalmente, y como la propia presidente ha dicho, Repsol ya ganó suficiente dinero con YPF desde 1998 a esta parte, y aun podría sacar una buena tajada al momento de abandonar la compañía, una compañía que de común acuerdo con el kirchnerismo fue sistemáticamente vaciada en los últimos años y no tenía muchas perspectivas de mejorar de seguir en manos de los españoles.

Será también una cuestión de plata lo que pueda convencer a otro inversor de entrar en su lugar para volver a aumentar la producción. Las chances de que esto último suceda son escasas, pero no inexistentes: los que conocen el sector sostienen que las empresas chinas podrían ser tentadas con el enorme yacimiento de Vaca Muerta y tienen a su favor las garantías que provee Pekín: un poder inflexible y muy estable, que sin consultar a nadie ni preocuparse por ningún sistema internacional ni la cotización de las acciones de ninguna empresa podría decidir de un día para el otro hundir el comercio exterior argentino, así que puede estar más o menos seguro de que nuestro gobierno no se animaría a repetir en su contra lo que le ha hecho a Brufau.

De lograrse ambas cosas, una salida tensa pero rápida de los españoles y su reemplazo igual de rápido por los chinos, Cristina podrá decir que no sólo tuvo su 2 de abril, sino que se salió esta vez con la suya. Los costos para la confiabilidad del país ante al mundo serían igual considerables y duraderos. Difícilmente se pueda volver a contar por mucho tiempo con inversiones externas que no tengan la clase de garantías que ofrece Pekín. Pero se podrá decir que esas inversiones ya las estábamos perdiendo, así que no habría mucho que lamentar.

El problema más serio no sería ese, sino el que se derivaría de la lógica que habría permitido al gobierno “salirse con la suya”. La morenización de De Vido y la coronación de Kicillof se consolidarían y el gobierno podría concluir que sólo tiene futuro, y tiene además uno muy tentador, radicalizándose. Con lo cual se podrá seguir abonando el terreno para un cambio de régimen, no sólo económico sino también político. En suma, uno de esos escenarios en que, mirando hacia atrás al momento en que se tomó la decisión, cabrá dudar de qué era lo que le convenía realmente al país, si ganar o perder, porque en cualquiera de los dos casos en verdad se pierde más de lo que se gana.

 Por último, han tenido un papel no menor las fisuras que van creciendo en el propio vértice del poder. Que Zannini haya actuado como portador de un mensaje de prudencia, frente al fanatismo de Kicilloff y la resignada “morenización” de De Vido, habla de lo mal que están las cosas en la cúspide del Ejecutivo.

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¿Cristina salva a Boudou o se ata a su peso muerto?

Los problemas de Boudou y, lo que es aun más importante, los del gobierno con Boudou, ¿se están resolviendo o apenas están comenzando? Hay quienes piensan que Cristina controló la crisis, demostrando una vez más sus dotes de líder, sacándose de encima a Righi, y posiblemente pronto también a Rafecas, y que esta era la única solución posible del entuerto, pues ella había jugado completamente su prestigio al seleccionar al vicepresidente y no podía dejarlo caer cuatro meses después de que asumiera el cargo, menos que menos hacerlo ante el embate de los medios críticos. ¿Es realmente así?

Empecemos un poco más atrás: ¿fue suya la decisión, o se dejó llevar por las necesidades del vice? Al respecto, conviene atender a los reportes según los cuales la presidente todavía durante los feriados de pascuas, es decir, ya conocida la acusación de Boudou contra Righi y Rafecas, estuvo debatiéndose entre imitar a Dilma Rousseff o defender al marplatense, y optó por lo segundo recién al tener en sus manos la renuncia del procurador. Ello abonaría la tesis de que la decisión no la tomó en un contexto bajo su control, que fue Boudou quien en última instancia la impuso, aprovechando el rol de vocero y punta de lanza del gobierno en el caso que lo tiene también por principal acusado.

Aunque, aun aceptando que esto fue lo que sucedió, se podría todavía sostener que las otras opciones que tenía a disposición la presidente (soltarle la mano a su vice, esperar a que se desactivara solo, o mantener la indefinición), suponían más riesgos y menos posibilidades de salir airosa. Que su decisión fue la más racional podría justificarse también con una comparación que se suele usar erradamente para reprochársela: para Cristina prescindir de Boudou era más costoso y más difícil que para Dilma echar a sus ministros acusados de corrupción porque a diferencia de ésta, que siempre cuenta con el apoyo del partido de donde proceden los acusados para reemplazarlos por otra figura de esa misma procedencia, evitándose mayores problemas a la coalición de gobierno, Cristina no tiene detrás coalición alguna, es ella y solamente ella la que gobierna, así que perder a un funcionario puede ser en algunas circunstancias irrelevante, un mero trámite, y en otras, cuando ella está implicada en el entuerto, un desafío inabordable. Recordemos, sin ir más lejos, lo poco que ganó deshaciéndose de Schiavi, y las muchas veces que ha revelado ser “prisionera” de Moreno.

Como sea, queda claro que lo que habría salvado Cristina con su decisión de abrazarse a Boudou, en el mejor de los casos es bastante menos que una pieza relevante de su gobierno: es la posibilidad de decir que no se había equivocado al elegir a su escolta. ¿Es eso suficiente para justificar el poco elegante despido de Righi? Hay motivos para pensar que no, que hay que considerar al menos otros dos factores para comprender ese sacrificio: que ella conocía desde el principio todos los detalles del caso Ciccone, como parece que confesó el propio Boudou en un momento de debilidad ante sus colaboradores, y podría confesar frente a un público más amplio si se lo mandara al cadalso; y que también sabía que ya no había tiempo que perder, porque si el caso seguía avanzando sería imposible salvar al vice y a otros funcionarios del incendio.

Igual, es difícil que por sí solo esos temores hayan decidido a la presidente: todavía habría que explicar por qué asumió que salvarse era salvarlo y desestimó el riesgo de hundirse intentándolo. Deben haber intervenido en ello cálculos sobre los costos de oportunidad. Primero, uno que identificó a Righi como el hilo más delgado: sacrificarlo suponía un costo inmediato mucho menor que hacer a un lado a Amado, y los costos mediatos (perder apoyo de sectores progresistas, deteriorar la imagen del gobierno en temas como la justicia, los derechos humanos, etc.) además de eventuales podrían ser luego compensados. Segundo, que las chances de tapar o trabar la causa todavía existían, pero exigían intervenir en forma drástica. La cuestión de fondo es entonces no tanto si tenía opciones, porque siempre las hay, si no si se equivocó o no en sus cálculos. Para responder a ciencia cierta es obvio que habrá que esperar. Aunque eso no impide hacer desde ahora algunas consideraciones.

Creo que ellas alientan a creer que la decisión de Cristina, además de forzada por las iniciativas de Boudou, no lo estuvo tanto por las circunstancias objetivas que rodean el caso como por la imagen ilusoria que la presidente se hizo de ellas. Y debido a esto, sus chances de resolver la cuestión son escasas, pues generó más problemas de los que resolvió en los principales terrenos en que se definirá finalmente el resultado de la crisis, la opinión pública, el peronismo y la justicia.

La primera cuestión a destacar es que la decisión de Cristina es autoinculpatoria a los ojos no sólo de los ya identificados con la oposición, sino de muchos dubitativos y aun simpatizantes. Boudou no se liberará fácilmente del sayo de corrupto y mentiroso que se ha ganado. Antes bien, el costo de sus actos y los de la presidente para la relación del gobierno con la justicia ha sido tan elevado, que basta para probar lo mucho que temían al resultado que arrojaría la investigación si se abstenían de dinamitarla. La sociedad puede estar más o menos distraída de estos asuntos, pero no es al respecto tan ingenua como los discursos oficiales presuponen: que en los últimos días el vice haya sido literalmente expulsado de al menos dos bares que solía frecuentar no permite ser muy optimista sobre la tarea emprendida para rehabilitarlo.

Esas muestras de malhumor social no suelen recibirlas ni siquiera figuras impopulares como Moreno: el problema de Boudou parece ser, a este respecto, que ha dejado de ser amado, si es que alguna vez lo fue, y no tiene lo que hace falta para ser temido. En parte porque en el esfuerzo de hundir a Righi y Rafecas se hundió aun más a sí mismo y dañó al conjunto del gobierno, algo que éste reprodujo y potenció al apoyarlo. Así, con la destitución de Righi y la deslegitimación de Rafecas, el oficialismo invirtió la lógica del “fuego amigo” con que leyó los avances de la causa, pero sin escapar a ese juego destructivo: eliminó aliados, creó enemigos donde no los tenía y se presentó ante la sociedad como la peor versión de dos males. Porque si ha quedado claro que ni Rghi ni Rafecas eran lo que pretendían ser, la encarnación de una Justicia renovada gracias a años de “progresismo nacional y popular” y juicios contra los represores, también se pudo ver que Reposo, Boudou y por extensión la propia presidente encarnan algo aun peor, la más brutal impunidad y el abuso de poder sin límite.

Se agrega el hecho de que reemplazar a Righi por el indefendible Daniel Reposo no será nada fácil. Primero, por las exigentes reglas que aplicará el Senado para su confirmación. Reglas que, encima, le ofrecen al debilitado peronismo disidente una oportunidad de ser verdugo del kirchnerismo, demasiado tentadora para dejarla pasar. Segundo, porque los jueces y fiscales están temerosos de las presiones que se vienen, pero eso significa tanto chances de que se disciplinen como de que hagan lo contrario. El resultado de la ofensiva oficial puede parecerse menos al alineamiento que se suele conseguir en el peronismo bonaerense cada vez que desde la Rosada se blande una amenaza fiscal, que a lo que está pasando en estos días con el sindicalismo: también el Judicial es un poder acostumbrado a sobrevivir a los gobiernos de turno, porque no está sometido a desafíos ni plazos electorales y posee sus propios recursos, ¿por qué se rendiría a los pies del Ejecutivo si puede aguantar e incluso aprovechar los conflictos con él para ganar legitimidad hacia el futuro?

Por último están los problemas del gobierno con sus bases de apoyo. Es claro que al elegir Cristina un camino que la aleja definitivamente de Dilma desilusiona a los más optimistas sobre lo que iba a traer su segundo mandato. Pero más allá de eso, el verdadero problema consiste en que parece imitar a otro presidente más cercano y mucho menos exitoso: su opción por su vicepresidente se parece mucho a la que en su momento tomó  De la Rúa en contra del suyo; ambos privilegiaron al círculo íntimo a costa de apoyos legislativos y partidarios, y sacrificaron no sólo poder institucional sino respaldo social al negarse a correr riesgos inmediatos, encima exponiéndose a riesgos peores hacia delante. Claro que en todo lo demás las dos situaciones difieren. Cristina tiene bastante más recursos para aguantar este y otros problemas de los que tenía Chupete. Pero también por ello su declive puede resultar, además de más largo, más atribuible a sus propios errores.

En algún sentido se trata además de un error repetido, porque ya lo cometió al ungir a Boudou: Cristina creyó entonces, y vuelve a creer ahora, que le basta con tocarlo con su varita para convertirlo en un príncipe encantador; pero mal que le pese él sigue siendo el mismo de siempre, con poca o ninguna perspectiva electoral, incapaz de convencer de sus buenas intenciones siquiera a los propios kirchneristas. Rodeada de gente incapaz de ganarse un mínimo respeto, Cristina no debería confiar en que los problemas se disipen ni el ánimo social la acompañe por más que siga agitando su varita.

Tres consideraciones finales. Primera: de este caso igual que de lo que se ha visto hasta aquí del affaire YPF cabe concluir que la toma de decisiones en el Ejecutivo está sufriendo un serio deterioro, sujeta a dosis importantes de imprevisión y a idas y vueltas. Lo que puede terminar abonando la idea de que Cristina no sólo consulta con un círculo demasiado estrecho, sino que sus acciones son excesivamente condicionadas por unos u otros de ese círculo en distintos momentos del proceso. Al menos en el tema petrolero puede que encuentre un marco de contención en la “mesa de gobernadores” que tal vez sin querer ha ayudado a crear; pero en la relación con la Justicia tal vez lo que resulte sea pura incertidumbre.

Segunda, casi todos los peronistas parecen inclinarse por esperar que la fuerza de gravedad haga su trabajo, para no correr el riesgo de volverse blanco de la furia presidencial. Pero dado que el gobierno, por más tropiezos que da, sigue adelante con sus iniciativas, se despliega tal capacidad de daño que puede complicar a la larga la expectativa del partido oficial de desentenderse de las consecuencias.

Tercero, el gobierno ha entrado en una fase en que se dificulta patear hacia delante los problemas y cada vez más se ve obligado a elegir entre dos o más males: así como optó entre dejar por el camino a Boudou o a Righi, debe elegir entre resignar recaudación o ahogar a las empresas, seguir subsidiando servicios públicos o agudizar el enfriamiento del consumo, pelearse con la OMC o agravar la falta de dólares, etc.. El problema es que, igual que siempre, mide los costos en forma sesgada y cada vez más pesan las apariencias por sobre los problemas estructurales. Con lo cual podemos estar pasando rápidamente del ya conocido coyunturalismo k a conductas llanamente irracionales y autodestructivas.

Publicado en tn.com.ar el 15/04/2012

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Boudou, el pez que por la boca muere

En su curiosa conferencia del jueves pasado en el Senado Boudou dejó ver cierta desesperación por hallar protección bajo el ala de su jefa. Para conseguirla, ocupó el centro de la escena y ligó su destino con el de todas las grandes causas y lemas del oficialismo. Seguramente espera de este modo asegurar que su eventual caída sea tan ruidosa, que el resto del gobierno se convenza de que no podría digerirla sin problemas y debe apostarlo todo para evitarla. Es en el marco de esta lógica extorsiva, que hace pesar su capacidad de daño sobre sus propios conmilitones, que hay que sopesar la acusación que lanzó contra Esteban Righi, factotum de la compleja trama con que el kirchnerismo viene controlando la justicia federal desde 2003, por haberle ofrecido supuestamente un servicio de lobby judicial completamente incompatible con su función.

Esta movida de Boudou es de muy distinto tenor que las demás acusaciones dirigidas a involucrar a Boldt, Scioli o los medios independientes, puramente distractivas y prístinamente funcionales a los intereses de la presidente. Involucrar a Righi en el complot supuestamente montado en su contra, en cambio, implica apuntarle a un pilar del edificio oficial. Según el vicepresidente, para separar aguas entre quienes serían, como él, cristinistas tan leales como imprescindibles, y quienes aun siendo hasta aquí más o menos kirchneristas no serían ya muy confiables, y lo serán cada vez menos a medida que pase el tiempo y se agudicen las contradicciones.

En parte, esta arriesgada apuesta de Boudou puede considerarse fruto de la soledad en que va hundiéndose más y más a medida que avanza la investigación judicial. Al haber querido crear su propia usina de negocios a la sombra del poder, corría ya de movida el riesgo de quedar a la intemperie en un sistema que ha sido siempre para estos menesteres, igual que para todo lo demás, monolítico en su verticalidad y quasi monopólico en la distribución de beneficios. Además, el vicepresidente tiene buenos motivos para pensar que la Justicia es más inquisitiva con él de lo que fuera con Jaime, De Vido o cualquier otro funcionario kirchnerista que haya enfrentado acusaciones de corrupción, por los mismos motivos que lo fue mucho más con María Julia Alsogaray que con el resto del menemismo: porque es más fácil dejar solo y a su suerte a quien, más allá de los méritos que haya hecho por el modelo vigente en su momento, no tiene mayores lazos con la imperecedera familia peronista. Recordar hoy la estela dejada por quien lo inspirara en su más tierna juventud y pasó en poco tiempo de estrella de la triunfante Argentina menemista a ícono culpable de todos sus males y merecedora por tanto de la única condena judicial por diez años de desmanes en el ejercicio del poder de toda una generación de dirigentes justicialistas, no le debe hacer ninguna gracia a Boudou. Pero le debe haber hecho reflexionar lo suficiente respecto a que si bien los peronistas son abiertos y hasta generosos con quienes pueden aportar a sus gobiernos desde fuera de sus filas, lo son sólo hasta que llega el momento de pagar los platos rotos y empieza a operar la cerrada lógica corporativa que manda proteger sólo a los “propios”. Se entiende entonces que evitar el aislamiento e identificar su destino con el del conjunto del gobierno se haya vuelto para él cuestión de vida o muerte.

Sin embargo, esto no es todo. Con sus palabras Boudou hace algo más, invita al resto del gobierno a continuar un proceso ya en marcha de profundización y radicalización. En su provecho, claro, pero se supone que también en el de los objetivos últimos del proyecto. Así, reacciona y se acomoda a una tendencia cada vez más gravitante en el oficialismo, que lo lleva a encerrarse paulatinamente en sí mismo, en el esfuerzo por preservarse del paso del tiempo y de la recurrente emergencia de problemas que no logra resolver. Proceso del que ya pueden dar cuenta unos cuantos ex aliados ahora excomulgados, desde Moyano y De Mendiguren, hasta Eskenazi y Brito.

El cristinismo, en mayor medida que el kirchnerismo clásico, tiene vocación por achicar su coalición y sus bases de apoyo, tal vez por una excesiva confianza en el respaldo que puede lograr en la opinión pública y en los recursos que le provee su control del estado. Y lo que está haciendo Boudou puede interpretarse como la aplicación a su caso y al terreno judicial de esta premisa, con el criterio de que, para seguir arriba del barco lo que importa es quedar del lado de adentro en el momento en que se derribe cada puente, se excluya a cada “socio prescindible”, o se tabiquen las decisiones sobre cada nuevo problema.

Quienes mejor han aprendido el método son, como pueden testimoniar sus víctimas, Moreno y La Cámpora. Al acusar a Righi, Boudou pretende imitarlos, para orientar el proceso de “purificación” a costa de uno de los más estables y útiles de esos puentes: el que ha unido al gobierno con la Justicia Federal.  Mientras se salva a sí mismo, podrá decir así que salva también la pureza y radicalidad del proyecto.

 El problema es si puede convencer a la presidente y su círculo íntimo de que le conviene demoler un vínculo que tan útil ha mostrado ser hasta aquí, pero que a él lo incomoda. Necesitaría al menos poder ofrecer un método de control alternativo y más conveniente, porque si no los costos que está queriendo socializar se verán como demasiado altos: su salvación significaría dinamitar el propio poder del gobierno, crear enemigos allí donde no los había y devolverle autonomía a actores judiciales potencialmente muy peligrosos.

Si sucede esto último, crecerán en el cristinismo las percepciones negativas ante su invitación a identificar el destino del grupo con el vicepresidencial. Y se fortalecerán las preferencias por prescindir no de los servicios de Righi ni de Rafecas, sino de los del propio Boudou.

El oficialismo aparece de momento dividido a este respecto. Y la presidente, indecisa entre desentenderse de la suerte de Boudou o salir en su defensa. La cuestión es si puede esperar mucho más tiempo sin tomar una decisión definitiva. Porque en las idas y vueltas la carga se vuelve cada vez más pesada y la posibilidad de evitar compartir los costos del entuerto cada vez más remota. Ahora ya está en marcha la impresión de billetes en la ex Ciccone, ¿cómo justificarla si dentro de unos días Boudou ya no puede seguir evitando a la Justicia?, después de que el grueso del coro cristinista, aunque no todo él, saliera a respaldar sus dichos en el Senado , ¿cómo evitar que el relato sobre el gobierno nacional y popular y su lucha contra “los poderosos” quede debilitado, reducido a una mera excusa para garantizar la impunidad de sus voceros, si la investigación sigue avanzando? El problema tal vez sea finalmente que no sólo el vicepresidente, sino el propio vértice del poder se ha vuelto incapaz de actuar pensando en el día después y apenas atina a fugar hacia delante, a la espera de que, como dijo hace poco Abal Medina, la causa Ciccone se congele o trabe como la de Skanska y tantas otras antes que ella.

Nota publicada en tn.com.ar el domingo 8 de abril de 2012

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Macri, el desarrollismo y el peronismo

El jefe de gobierno porteño se ha lanzado a competir con Cristina también en el terreno de las convicciones: las suyas, nos dijo hace unos días, son las de Frondizi. No parece ser mala idea. Y al menos es una. Lo que en la desangelada política argentina de nuestros días no deja de ser un paso adelante.

Seguramente Macri apuesta a lograr dos efectos simultáneos con esta movida. Por un lado, despegarse del mote de “representante de la derecha neoliberal y del fracaso de los noventa”, dando una vuelta carnero por encima de la alternativa entre libremercado proempresario y estatismo populista que ha tendido a instalar cada vez con más énfasis el kirchnerismo para negar que haya alternativa a la idea de futuro que él nos ofrece. Por otro, romper el cerco de la General Paz, agigantado por el conflicto por la transferencia de los servicios de transporte, y adquirir lustre de estadista, como político capaz de pensar la nación y el futuro, para poder interpelar tanto a los ex radicales y futuros ex radicales que hace tiempo no encuentran en la UCR idea alguna, como a los muchos peronistas que, en su caso sin renunciar a esa identidad, a medida que nos internemos en la fase decadente del proyecto kirchnerista podrían recordar con nostalgia alguna de las muchas veces en que su movimiento fue invitado a dar sustento a un programa de desarrollo que resolviera los problemas de competitividad y sustentabilidad económica que él mismo había agravado con su fervor distributivo.

Lo primero que Macri debería recordar es que antes que Frondizi fue el propio Perón quien intentó este camino. Y que fracasó no sólo por la escasa confianza que pudo generar en el empresariado y los inversores externos para que lo ayudaran a elevar la productividad de la economía argentina, sino también por la renuencia del sindicalismo a resignar sus demandas de corto plazo y el rechazo del nacionalismo civil y militar a bajar sus banderas de autarquía y soberanía a cambio de vil dinero. Algo que habían aprendido del mismo Perón no se debía hacer, y que Frondizi no había perdido oportunidad de recordarles estando en la oposición.

Tal vez Perón se tuvo merecida esa incomprensión y falta de confianza, por lo mucho que había abusado de su poder sobre todos ellos en su época de gloria. Pero eso no quita que el resultado terminara perjudicándolo no sólo a él, sino también a quienes lo sucederían y volverían a intentar ese camino. Recordemos que por más éxitos que logró Frondizi con su política económica,  cualquier resultado que lograra mostrar resultó insuficiente para satisfacer las expectativas de los gremios, los militares y de sus propios seguidores y votantes.

Agreguemos que, salvo en lo referido al factor militar, que afortunadamente no tiene en nuestro tiempo gravitación alguna, la situación vivida en el segundo mandato de Perón tiene varios alarmantes parecidos con la actualidad. Y de esos parecidos resulta otra pregunta que deberían hacerse Macri y sus simpatizantes: ¿acaso Cristina no está haciendo ya su propio intento de alentar las inversiones y disciplinar a los gremios?, si ella fracasara, el PRO podrá encontrar un escenario electoral más despejado para su proyecto presidencial, pero ¿no habrían quedado al mismo tiempo debilitados los actores necesarios para que él pudiera hacer su propio intento, es decir los sindicalistas más dispuestos a colaborar y negociar sus demandas sectoriales, los empresarios que más se resisten a vivir del presupuesto público, la especulación y la inflación?, ¿por qué entonces le iría mejor a él que a ella, si encima tendría a buena parte o todo el peronismo en contra?

Esas preguntas son las mismas que en su momento se le plantearon a Frondizi, y que éste despreció por la firme creencia en que sus talentos alcanzarían para hacer la diferencia, y en que el liderazgo del general se había consumido irreversiblemente en una interminable serie de errores, abusos y caprichos y ello había dejado a sus seguidores disponibles para que él se lanzara a seducirlos con la oferta de una conducción más sensata  y previsible.

Con lo que llegamos por fin a la cuestión decisiva a resolver, que permanece sin respuesta desde aquellos tiempos de Perón y Frondizi y sigue signando nuestro tiempo: las relaciones que pueden y no pueden establecerse entre peronismo y desarrollo.

Al respecto, no sólo sería conveniente extraer todas las lecciones que arrojó la experiencia de Frondizi, sino también las que más recientemente nos brindó la de Domingo Cavallo, a la que es hora de echar una mirada desprejuiciada, algo que puede beneficiarse de ponerla a contraluz con el frondizismo. Porque a diferencia de aquél, que no tuvo chances de resolver la tensión entre los “peronistas sin Perón” y los que seguían siéndole fieles, ni de vencer la resistencia del grueso de los no peronistas a cooperar con aquéllos en contra de éstos, el inventor de la Convertibilidad disfrutó de la ventaja de que en su tiempo los “peronistas sin Perón” eran ya casi todos y los no peronistas estaban más o menos resignados a tener que cooperar con algún sector de ellos para pesar en la lucha política y el curso del gobierno. Pero, por otro lado, y a pesar de sus mayores conquistas en la tarea de proveer estabilidad a la economía y durabilidad a su proyecto, atraer inversiones, contener la puja distributiva y modernizar la economía, su margen para construir una alternativa electoral al peronismo sería aun más limitado. Y eso porque, igual que en vida de Perón, la tarea de conducirlos era algo que los peronistas estaban dispuestos a entregar sólo en manos de uno de ellos y no de ningún advenedizo, y porque en los años noventa las posibilidades de superar la fragmentación del espacio electoral no peronista eran aun menores que en los cincuenta y sesenta.

Nada de esto parece haber cambiado desde el fin de la Convertibilidad hasta hoy. Al contrario, la capacidad del peronismo de generar en su seno nuevos liderazgos se mantiene intacta y cabe prever que le será de gran ayuda para sobrevivir en buenas condiciones al ciclo kirchnerista. En tanto el espacio no peronista parece haber llegado a un punto límite tanto en términos de fragmentación y falta de ánimo, como de la disposición de sus miembros a participar en la interna del movimiento para defender lo que se pueda de sus intereses. Puestas las cosas en estos términos, de todos modos buscar en Frondizi una fuente de inspiración no deja de ser oportuno, lo que habría que evitar es la idea de que va a ser fácil tener éxito allí donde él fracasó.

Publicado en tn.com.ar el 2 de abril de 2012

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La causa Malvinas en América Latina: ¿”estamos ganando”?

La crítica más difundida a la política del actual gobierno sobre Malvinas es por lo menos exagerada. Ella sostiene que lo único que quiere Cristina es agitar el fervor nacionalista para ganarse un poroto ante los ciudadanos y distraerlos de los problemas domésticos que su gobierno no resuelve, la inflación, el enfriamiento de la economía, el transporte, la falta de combustible, etc. Puede que esto sea cierto en el caso de YPF, pero en relación a Malvinas no es tan así: hay una política que viene de largo y se explica por sus propios objetivos;  además Cristina y su gente creen que ella les está permitiendo avanzar y pueden conseguir logros importantes si perseveran.

Ahora bien: que Malvinas no sea sólo una cortina de humo, ¿habla bien o mal de las decisiones que se vienen tomando al respecto? Esto es harina de otro costal: que sea menos hipócrita de lo que muchos piensan no quiere decir que sea eficaz o prudente, tal vez al contrario. Veamos.

El gobierno actúa guiado por la convicción de que las circunstancias actuales juegan claramente a favor de ejercer mayor presión, incluso recurrir a amenazas diplomáticas y comerciales contra los británicos. Enumeremos esas circunstancias. Primero, las dificultades que enfrentan Gran Bretaña, Europa y más en general el mundo desarrollado, que les impedirían reaccionar desde posiciones de fuerza. Segundo, los reducidos costos que pagaría Argentina por ejercer esas presiones y amenazas, dada su situación financiera y comercial: no necesitamos que nos renueven ningún crédito, ni los organismos internacionales o gobiernos centrales avalen la emisión de bonos o algún gran proyecto de inversión, porque hemos renunciado de movida a ellos, y si dejaran de comprar nuestros productos podemos reemplazar esos mercados por otros más amigables (¿Angola?) y tendremos más argumentos para seguir cerrando las importaciones. Y tercero, lo fundamental, la solidaridad que ha cosechado la causa Malvinas en la región, gracias a la UNASUR, el eje bolivariano y la capitalización de pasiones contrarias al viejo mundo y EEUU, a los que ya en su momento Galtieri describió como “las plutocracias decadentes de Occidente”.

Habría que sumar una cuarta, que es tal vez la mejor fundada: las iniciativas unilaterales de exploración petrolera encuentran a Gran Bretaña “floja de papeles”, como suele decirse en la Cancillería, en medio de una creciente controversia diplomática, y ello permite elevar el riesgo de los inversores. Esto no es descabellado: se ha visto ya que es posible incidir en sus cotizaciones bursátiles, y por tanto en su acceso al crédito, así que estaría abierta la posibilidad de convertir a esos inversores en un factor complementario de presión sobre el gobierno inglés, que lo aliente a buscar algún acuerdo con Argentina que facilite sus negocios.  Pero esto se verificaría sólo en caso de que un arreglo razonable entre las partes se viera como factible; de otro modo, esas empresas preferirán aguantar el chubasco alineadas con la posición británica, hasta que se haya verificado que Argentina no puede hacer mucho para concretar sus amenazas e invertir en Malvinas es tan o más seguro que hacerlo, pongamos el caso, en Oriente Medio. Los costos impuestos a esas empresas habrían sido entonces sólo pasajeros, sus cotizaciones se recuperarían y Argentina se quedaría con las manos vacías.

Para que suceda lo primero, y el “factor petrolero” funcione según el plan oficial deberían verificarse las tres hipótesis anteriores, y eso es más que dudoso. Es claro que, por más crisis que haya en el hemisferio norte, Argentina no puede contar con que desde allá no se le responda con su misma moneda. Por si hacía falta una prueba, esta semana Obama se ocupó en persona de brindarla. Por otro lado, las crecientes dificultades de nuestro comercio exterior deberían desalentar al gobierno de mostrarse prepotente: Gran Bretaña es uno de los pocos mercados con los que tenemos aun un superávit amplio y genuino, igual que España, y es ridículo querer reemplazarlo con Angola u otro invento morenista. Y el cuadro no es menos desalentador en relación a América Latina, el supuesto gran logro de la política oficial, el terreno en que, parafraseando aquel hito de la cultura malvinera, “estamos ganando”.

Ya en 1982 el nacionalismo civil y militar, así como la izquierda antimperialista, se convencieron de que, aun perdiendo, se había sacado algún provecho de la guerra, porque Argentina se había parado por fin donde debía, enfrentando a sus reales enemigos y del lado de sus aliados naturales. Por eso se festejó que Galtieri y Bignone llevaran de vuelta al país al movimiento de no alineados y a la patria grande sudamericana. Desde que el kirchnerismo empezara a revertir la “vergonzosa sumisión menemista al imperio” se reavivaron estas ideas y esos sectores festejan ahora cada vez que algún gobierno de la región rinde homenaje a nuestro reclamo, prohibiendo una bandera o haciendo una declaración. Se pasa por alto así que, en particular para los países más cercanos, este se ha vuelto un negocio redondo, porque Argentina es la única que paga costos por agitar el antimperialismo,  mientras ellos elevan su valor como socios comerciales y políticos de los británicos. No tenemos por qué reprocharles que lo hagan: simplemente han asumido algo que cada vez es más evidente para el mundo, que el foco del conflicto que hay que resolver no es Malvinas, es Argentina.

Publicado en el diario Perfil el 1/04/2012

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