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Macri, Cristina y Lavagna, todos contra todos

La carrera hacia octubre empezó a piña limpia. Aunque de sus tres actores centrales sólo Macri reconoce ser candidato, todos buscan pegar primero, para pegar mejor.

Se habla mucho de la grieta, pero en verdad lo que va a definir el más decisivo resultado electoral de este año, el de las presidenciales de octubre, es quién ocupe mejor el centro político, es decir se quede con la mayor porción a su alcance del voto moderado, y evite quedar en tercer lugar en la primera vuelta.

Lavagna lo sabe y por eso se muestra moderado en casi todo, “no soy el ajuste pero tampoco el despilfarro” etc., y descalifica a los otros dos por someter al país a una polarización constante y estéril. Pero como sabe también que el voto más blando a su alcance por ahora es el que se disputa con Cristina por el lugar de “principal oposición”, salió a pegarle con todo a Macri, de quien dijo que era un fracasado, un soberbio, el comandante de un ejército de trolls y varias otras linduras.

Aunque la jugada más importante del sector de Lavagna en estos momentos no es esa sino la que dirige a desalentar por todos los medios la candidatura de Cristina. La razón es evidente: en caso de que ella desista, imaginan en el peronismo federal, quien la reemplace carecería del rígido piso en que hasta ahora ella se asienta, y que le impide a los “no kirchneristas” superar lo que hasta aquí es su techo infranqueable de 20 puntos, con toda la furia, sumando a los progresistas y algunos radicales tal vez 25, aún insuficientes para colarse en el ballotage.

El kirchnerismo también se ha venido moderando en los últimos meses. Tras dejar pasar el G20 y el verano sin hacer más que un poco de ruido con las cacerolas, la ex presidente volvió a hablar, pero para victimizarse abrazada a su hija enferma. Los resultados están a la vista: las últimas encuestas la muestran, por primera vez, con mejor imagen que Macri e imponiéndose en primera vuelta.

Ofreció además una moderada aunque potencialmente muy dañina respuesta al intento de los federales de correrla de la escena: la posibilidad de compartir las listas bonaerenses a través de la candidatura a gobernador de Massa. Es decir, llevar la estrategia de la unidad hasta la misma jornada de la votación presidencial. Va a ser difícil que los federales resistan esa oferta, sobre todo si a Massa lo corren de la carrera presidencial. ¿En qué otras condiciones le convendría competir contra Vidal? La ventaja para Cristina es también evidente: con Lavagna sumando votos para la oposición, pero sin poder entrar al ballotage, volcar después esos votos a su favor en el mano a mano contra Macri sería muy fácil. Más aún si los intendentes que la sigue proponen hacer lo mismo: la de Lavagna se reduciría a ser una colectora a su servicio.

Mientras tanto, va quedando en evidencia que de estos tres bandos en pugna, el oficialista es el que está más a la defensiva, y por eso también es el más desesperado por lanzar golpes a diestra y siniestra, para que no terminen de ponerlo contra las cuerdas. Al precio de dejar demasiado a la vista que la puntería no es su fuerte. Como cuando se apuró a ir contra el juez Alejo Ramos Padilla o repite hasta el hartazgo que estamos a un tris de volvernos Venezuela ante cualquier cosa que justifique o no agitar el ánimo antikirchnerista. O cuando le pega a Lavagna por su pasado y encima en su flanco más fuerte, que no es tanto la economía como el costado “populista” de su experiencia económica.

Lo hizo Dujovne al criticar la quita de la deuda en la renegociación de 2005, que es cierto implicó un costo entonces ignorado, un 26% del pasivo que siguió años en litigio. Y que en parte debió afrontar Macri al iniciar su mandato (garpando unos 17.000 millones de dólares). Y lo repitió el presidente cuando volvió a aludir a esa “malísima renegociación” y al congelamiento de las tarifas, cuya resolución también es cierto explica buena parte de la inflación de los últimos tres años.

Pero el problema no es tanto que exista o no evidencia para justificar sus golpes, sino la imposibilidad de que den en el blanco: a Lavagna le alcanzó con responder que deberían “dejar de lloriquear” y ponerse a trabajar para que la economía crezca.

¿Otro hubiera sido el resultado si le recordaban al ex ministro que su devaluación fue más exitosa que las dos de este gobierno porque en 2002 los salarios y jubilaciones siguieron congelados y la desocupación era del 20%? ¿O si en vez de reprocharle haber pasado por varios gobiernos muy distintos, algo que todos los argentinos como votantes hemos hecho, le pedían explicara esa famosa foto del abrazo con Néstor Kirchner pocos meses después de haber sido candidato de la oposición, y semanas antes del estallido de la crisis del campo, durante la cual y por bastante tiempo más no pudo abrir la boca?

Es dudoso: ¿a quién le importa todo eso? A una ínfima minoría. Andar desenterrando esas discusiones tiene encima el costo de colocar al gobierno, y al propio presidente, escarbando mugre antigua, para una pelea que atrasa. Por eso que poco después saliera Marcos Peña a acusar tanto a Lavagna como a Cristina de ser “antiguos, conservadores y reaccionarios” sonó aún más a golpes a ciegas: ¿a quién le estaba hablando?

El oficialismo tiene decidido abstenerse de nuevas muestras de optimismo, reconocer la “gravedad de los problemas” y mostrarse “peleándola”. Con uñas y dientes no sólo la político, también en la economía. Y dadas las circunstancias puede que no le quede otra. Pero de los tres polos en competencia es el que tiene en este momento las cosas más difíciles. Y hasta que la economía no repunte solo puede evitar perder los rounds por paliza. Para no retroceder más de lo que ya hizo en los últimos meses.

¿Sus chances desaparecen si la recuperación no llega a tiempo? No sólo depende de que la economía vuelva a crecer. También de que la explicación que él ha dado de la crisis y del ajuste siga siendo aceptada: la idea de que el esfuerzo no lo impuso por propia voluntad si no porque “no quedó otra”, se acabó la plata para una salida sin costos, y por tanto no se justifica ver en él a un insensible ajustador; y que “el esfuerzo vale la pena”, por lo que cambiar de rumbo ahora sería tirar por la borda todos los sacrificios justo cuando van a dar sus frutos.

¿Y depende tanto como se cree de que Cristina sostenga su candidatura? Si la ex presidente desiste pero porque sella un acuerdo con Alternativa Federal y Lavagna, no es tan seguro que el oficialismo se vea perjudicado. ¿No podría repetirse la votación de segunda vuelta de 2015? Otro sería el caso si Cristina se retira y promueve en su lugar a un candidato adicto. Ahí sí Lavagna tendría su mejor escenario: uno en que podría sumar los votos del peronismo y unificarlo desde abajo, sin necesidad de ningún acuerdo de cúpulas que sea difícil de explicar ante el resto de los votantes.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/3/2019

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Venezuela en la batalla cultural entre liberales y populistas

La advertencia “ojo que podemos terminar como Venezuela” ¿es solo una excusa para polarizar la escena electoral?, ¿o habla de una victoria cultural del liberalismo político y económico que moldea los tiempos que corren en Argentina y la región?

Pareciera que, a raíz del derrumbe venezolano, las ideas populistas están sufriendo en buena parte de Latinoamérica un desprestigio aún mayor que el que soportaron las neoliberales en el ocaso recesivo de los años noventa. Y tiene su lógica que así sea: destruir un país lleno de recursos, arrasar con una entera sociedad convirtiendo a sus miembros en prisioneros de un gulag en que es cada vez más difícil sobrevivir no es algo fácil de hacer, necesita años de esmero en el error y el horror.

Es indudable que existen unas cuantas similitudes entre chavismo y kirchnerismo. Y los defensores moderados de este último, que los hay, no pueden pretender que no sea así después de que sus líderes se pasaran años imitando y celebrando a sus colegas caribeños. Pero los K están lejos de ser los únicos manchados por la tragedia venezolana, tal vez la peor de las muchas que ha sufrido América Latina en su historia, ganándole por lejos hasta a las peores dictaduras militares de décadas atrás y, por supuesto, a los “malditos noventa” de las reformas de mercado. Las izquierdas radicalizadas, el nacionalismo antimperialista y hasta el anticapitalismo papal, por más que se esmeren en buscar excusas (la supuesta virulencia de “la derecha local”, errores “puntuales” de gestión económica, vicios también particulares de ciertos líderes, lo que sea), no pueden ignorar del todo que lo allí sucedido habla mal de sus ideas y de los criterios con que suelen aplicarlas. Si hasta amplios sectores de estas sociedades están incluso dispuestos a legitimar el otrora odiado “intervencionismo yanqui”, y nada menos que de manos del presidente norteamericano que más se ha abocado a despreciar y maltratar a los latinoamericanos.

Una coincidencia temporal hace gravitar aún más el tema venezolano en el clima electoral argentino: a medida que nos acercamos a una decisiva votación para la presidencia, se multiplica la evidencia de que los chavistas no van a abstenerse de ninguna bestialidad para tratar de sobrevivir. El kirchnerismo, sin embargo, da señales contradictorias respecto al lugar que pretende ocupar ante ese drama sin fin.

Sus sectores más ideológicos no dejan de insistir en remedios radicalizados para nuestros problemas económicos e institucionales, sin preocuparse de dar pábulo al temor de que si vuelve CFK al poder “seremos la próxima Venezuela”. Que en el fondo esa amenaza es fuente de ilusión y una guía para la acción en quienes no se cansan de gritar “vamos a volver” no cabe duda. No es gente muy democrática que digamos, nunca lo ha sido, y están cegados por el rencor y la reiterada desventura electoral, así que nada bueno se puede esperar de ellos.
En cambio la propia Cristina, como ha sido su costumbre, hace campaña moderándose. Hasta se muestra conciliadora con el FMI y sus críticos en el peronismo. El problema es que no resulta muy creíble: a la hora de los bifes y siempre que pudo prefirió radicalizarse, así que no hay por qué tomarse en serio su supuesta fase herbívora. El ánimo revanchista en su caso se podría alimentar no sólo de la tradición y las costumbres sino del hecho de que, en caso de volver al poder, no va a tener un peso para repartir, así que le sería más necesario que nunca buscar culpables y perseguirlos, argumentando que no hace más que devolver las atenciones recibidas de los “gorilas” cuando estuvo en la oposición. Algo así como una reedición del “5X1”.

Como sea, el que desde el macrismo se use el antimodelo chavista cada vez más intensamente como arma arrojadiza contra su hasta aquí principal contendiente, para muchos analistas no se justifica, y tiene además efectos negativos: se empobrece la competencia y el debate público, al devaluar el papel de sus críticos más moderados, los que en verdad representan la mayor amenaza para su predominio electoral. Se preguntan entonces: ¿en serio no hay más opción que seguir votando a Macri y tolerando sus políticas, incluidos sus reiterados errores, porque si no nos “convertiremos en Argenzuela”? ¿Tiene algún asidero la idea de que nuestro país estuvo en 2015 “a un paso de ese infierno”, y ese riesgo persistirá mientras CFK tenga la mínima posibilidad de volver al poder? Y, finalmente, ¿los kirchneristas, más allá de su verborragia radicalizada, intentarían verdaderamente un cambio de régimen económico e institucional en caso de volver al poder?, ¿por qué lo harían ahora, si no lo hicieron cuando tenían amplios recursos en sus manos para intentarlo?

Quienes buscan quitarle argumentos al gobierno actual responden negativamente a estas preguntas. Y lo justifican sosteniendo que el kirchnerismo “nunca quiso ir más allá de donde llegó”, ladraba mucho, pero llegado el momento no mordía, y es por tanto fácil domesticarlo y absorberlo. Tarea que prometen encarar si los electores les dan la oportunidad de “superar la grieta”. Para estos optimistas el uso del “fantasma venezolano” es en última instancia tramposo porque agita y manipula lo que llaman un “pánico moral” utilizado aviesamente para frenar cualquier intento de revisar el rumbo derechista y liberal adoptado en estos últimos años. Algo así como el efecto que suele tener en cualquier discusión política la identificación del adversario con Hitler y el nazismo: “ah, pero lo que vos decís, querés y hacés es lo mismo que querían, decían y hacían los nazis, sacate entonces la careta”. Fin de la discusión.

Estas visiones “disculpatorias” o al menos “comprensivas” del kirchnerismo se fundamentan en algunos hechos que no pueden ignorarse, y sobre todo en ciertas abstenciones, acciones que no se encararon en los momentos críticos de nuestro pasado reciente: pudiendo haber promovido una reforma constitucional en 2011, se la descartó; pudiendo haber expropiado más empresas, o clausurado algunas otras, como las de medios que lo desafiaban con sus críticas, se abstuvo de hacerlo; y llegado el momento de la sucesión presidencial, aunque hizo la payasada de no entregarle la banda a Macri, aceptó tanto la prohibición de un nuevo mandato para CFK como la derrota de su candidato muleto. Nada de esto se puede comparar con lo sucedido en años recientes en Venezuela, Nicaragua o Bolivia.

Otros opinan que sí, que retomar su “obra” donde la dejaron y avanzar hacia una reforma constitucional (como la que proponen Eugenio Zaffaroni y otros cráneos del sector), la politización completa de la Justicia (Paco Durañona y Luis D´Elía dixit) y la aniquilación de los actores autónomos serían las prioridades del kirchnerismo.

Quienes así razonan advierten a los optimistas que, junto a las abstenciones mencionadas, hubo en los gobiernos K muchos avances en dirección a un cambio de régimen, iniciativas que se pusieron en marcha, y que si se detuvieron no fue por una autolimitación del grupo gobernante, si no porque actuaron anticuerpos que lo frustraron: la “democratización de la Justicia”, la ley de mercado de capitales, la de abastecimiento, la propia ley de medios y muchas más.

Además y por sobre todo, fortalece esta visión pesimista la lógica de radicalización, que encadenó unas a otras las leyes recién mencionadas, y también la escalada del intervencionismo económico. Lógica que no hay por qué pensar que no se va a restablecer, o incluso fortalecer: el kirchnerismo, y en esto sus semejanzas con el chavismo son notables, ante los efectos disfuncionales que arrojaron sus primeros pasos tanto económicos como institucionales, reaccionó una y otra vez aumentando la dosis de sus medicinas, doblando la apuesta, destruyendo cada vez más mercados, más derechos económicos, afectando más abiertamente las libertades individuales y las posibilidades de ejercer cualquier poder autónomo o actividad no regulada. Su radicalización se alimentó de las propias frustraciones, volviéndose cada vez más difícil, incluso a las autoridades si hubieran querido, abandonarla y torcer el rumbo.

Conclusión: la experiencia indica que los K fracasarían en convertir a Argentina en una nueva Venezuela, porque los detendrían, como ya hicieron en el pasado, los anticuerpos que actúan en nuestra sociedad y nuestro sistema institucional y político; que son los mismos que impiden que la competencia electoral se reduzca a la opción por sí o por no al chavismo; y ambos factores conjugados alientan a ser decididamente optimistas sobre el futuro de la democracia argentina.

Pero la experiencia también enseña que, aunque no puedan tener éxito en ese objetivo, hay un sector kirchnerista que está condenado a perseguirlo, porque a eso lo lleva la lógica que lo gobierna, aún a muchos que en su fueron íntimo no quisieran “ir por todo”, les gustaría moderarse y explorar otros caminos. Por algo, a pesar de que tuvo en su momento a la mano muchas mejores opciones que radicalizarse, vías más razonables y que hubieran dado a la larga mejores resultados tanto para sus líderes y seguidores, como para el resto de los argentinos, el kirchnerismo las dejó de lado y se internó por la senda menos recomendable.

Nada hace pensar que no va a insistir. Ni siquiera las lecciones que mientras tanto ha arrojado inapelablemente el experimento venezolano. Aunque él esté llevando a muchos argentinos y latinoamericanos de todos los sectores sociales y los grupos de opinión a revisar verdades que durante décadas se dieron por descontadas. La ridícula pretensión de ignorar esas lecciones, de seguir actuando como si rigieran los mismos consensos que en la década de los 2000 es la mayor evidencia de la enajenación en que vive ese sector.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/3/2019

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Lavagna, de cabeza al “bailando por un voto”

Se juntaron los dos “outsiders” de la política argentina, ¿para compartir cartel, para evaluarse y decidir si van a avanzar juntos? Por de pronto se diferenciaron de Macri, Cristina y (otra vez sopa) de “la vieja política”.

¿Hacía falta que el ya decidido pero aún no proclamado candidato a la Presidencia Roberto Lavagna se viera con el capo del show business local, y aspirante él también a líder político, Marcelo Tinelli? Y más todavía, ¿hacía falta que Lavagna “fuera al pie”, concurriendo al domicilio del animador?, ¿no se sometió innecesariamente así al buen juicio del patrón de showmach, habituado igual que su par Donald Trump a administrar con inapelable rigor (y buenas dosis de capricho) el ingreso y egreso del edén de los focos y la popularidad entre quienes se le acercan para ganar aunque más no sea un ratito el amor del público?

Puede que Lavagna haya imaginado que eso no importaba, y hasta que le convenía, porque el objetivo en este encuentro era que el animador le contagiara algunas de las virtudes comunicacionales que posee en abundancia y a él le faltan: para empezar, gancho y nivel de conocimiento entre los jóvenes.

El ex ministro es conocido y valorado por una buena proporción de los mayores de 45 años. Pero los que tienen entre 35 y 45 no lo quieren, y los menores de 35, es decir la mayoría de los votantes, no tienen idea de quién es. Lo que es bastante lógico, porque tampoco tienen mucha idea de qué fue el estallido del 2001 y cómo se superaron, si es que se superaron, sus secuelas.

Puede además que Lavagna haya decidido apostar a esta vía mediática para sortear los obstáculos que le impone la “vieja política”: ni él quiere ir a las PASO contra los demás aspirantes del peronismo disidente, ni los gobernadores que más o menos se alinean en ese sector tienen por él especial aprecio, preferirían promover a uno de sus pares. Para no quedar entrampado en ese juego, y que no se repita lo de 2003, cuando la cofradía de mandatarios provinciales impuso su preferencia para la sucesión del liderazgo peronista (y así les fue), Lavagna estaría optando porque lo critiquen por frívolo, antes que por viejo y carente de apoyos efectivos en la sociedad.

Corre de todos modos con un riesgo considerable al reconocer en Tinelli al “gran elector”, mediador necesario entre los políticos y la opinión pública, quien puede emitir certificados de simpatía para los líderes en competencia, muy necesarios dado lo acotado de los entusiasmos que hoy en día los integrantes de la elite política despiertan. Será que Lavagna confía en que ese poder de juicio no lo usará ni ahora ni más adelante en contra suyo, si no de sus adversarios. Y que confía en que, a cambio, ya lo habría convencido de sumarse a su proyecto como candidato a algún cargo, que excluido el de presidente solo podría ser el de gobernador bonaerense. Pero ¿existirá en serio ese acuerdo o el apuro y la falta de práctica en materia de armado de coaliciones políticas a Lavagna le están jugando una mala pasada?

Como sea, era también de esperar que, a partir de este encuentro de gigantes, el ex ministro ya no podría evitar que se lo viera lanzado y en campaña, y por tanto sus palabras lo comprometieran en posturas más definidas, y eventualmente polémicas. Por eso llamó la atención que, en declaraciones que emitió ese mismo día, fijara posiciones controversiales sobre dos temas muy candentes y delicados, la corrupción y el aborto.

Sobre la corrupción amplió lo que que había dicho días antes, que “no hay que hacer campaña… sobre temas judiciales individuales que decide la Justicia”. Diferenciándose de Macri, a quien achacó directamente querer sacar provecho de ese asunto y querer influir en el trabajo de la Justicia.

Pero al hacerlo, y con un argumento que suelen usar los kirchneristas para deslegitimar el avance de la Justicia en contra suyo, Lavagna quedó expuesto a una objeción aún más comprometedora y que circula hace tiempo en la opinión pública, según la cual los peronistas “alternativos” no lo serían tanto, y estarían dispuestos a un pacto de impunidad con los seguidores de Cristina y los empresarios involucrados en la corrupción. O al menos estarían insinuándolo para sumarlos en su apoyo.

Por otro lado, es claro que hay una diferencia importante entre que un gobierno intervenga “en causas individuales” y que tenga una política para combatir la corrupción. Puede que Macri y Cambiemos no hayan respetado en todo momento y en la medida deseable esa importante diferencia. Pero parece que Lavagna directamente la ignora. Y eso no va a caerle nada bien a los votantes que pretende seducir.

Tampoco debe haberles caído bien, en especial a los más jóvenes, su definición sobre el aborto, que dijo debería seguir siendo ilegal salvo para los casos ya previstos como excepciones. Entre los votantes menores de 40 años la legalización es una causa ampliamente compartida, que además quedó hace pocas horas masivamente graficada y ratificada por la movilización del 8M y por el terrible caso de la niña tucumana violada y sometida a una cesárea. ¿No se le ocurrió a Lavagna que debía ofrecerle al menos un gesto a ese público?

Más allá de su afán por pegarse a figuras mediáticas, no parece que él esté entendiendo bien algunas reglas básicas de la comunicación de masas y las campañas electorales.

Confiados en estos déficits, los macristas creen que a Lavagna le puede alcanzar para lo que a ellos beneficia, pero no para lo que los pondría en aprietos.

Es decir: ante las limitaciones de Massa, Urtubey y compañía para proyectarse como candidatos mínimamente viables, el ex ministro aporta una solución, evitando que el peronismo, sobre todo el del interior, se resigne a ir detrás de Cristina Kirchner; pero no va a poder evitar ser el tercero en discordia, el polo más débil ante el choque de planetas en que inevitablemente se convertirá la competencia Macri vs Cristina, y por tanto imposibilitado de atraer el voto útil, que en elecciones presidenciales es decisivo y más todavía lo es en el curioso sistema de triple vuelta que rige las nuestras.

Falta mucho de todos modos para saber si Lavagna está recién calentando motores y puede aprovechar de aquí en más las oportunidades que sin duda existen para que el “polo antigrieta” se consolide y crezca, o si tienen razón en la Rosada y sólo puede aspirar a ser un candidato tapón. Y uno además complementario del otro y principal tapón, Cristina, pues entre ambos reproducen la fractura peronista, precondición esencial para que Cambiemos haya llegado y pueda seguir en el gobierno.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/3/2019

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Ganó el voto útil. Macri y el MPN respiran aliviados

Al oficialismo neuquino le fue bastante mejor de lo esperado. Se lo debe en gran parte a Macri que hizo hasta lo que no hacía falta para zafar del peor escenario imaginado: una inauguración del año electoral con Cristina Kirchner en el podio de los vencedores.

Para zafar de esa pesadilla, el presidente se aseguró que los suyos perdieran: promovió abiertamente el voto útil, y en eso sin duda tuvo éxito, porque a Horacio Pechi Quiroga le fue bastante peor de lo pronosticado en todos los sondeos previos.

La pérdida de más de 12 puntos por parte de Cambiemos en la provincia respecto a los comicios de 2017, cuando se alzó con un inesperado triunfo (con 28,1% de los votos), va a generar seguramente nuevas tensiones en su interior entre radicales y macristas. Sobre todo porque fue en gran medida innecesaria.

Recordemos que esa victoria los alentó a anotar a Neuquén en la lista de distritos en los que esperaban consolidar su crecimiento territorial este año. Claro: fueron expectativas gestadas cuando todavía el optimismo de la Rosada parecía tener sustento empírico.

Lo cierto es que en las legislativas de entonces la coalición del presidente superó por casi 7 puntos al MPN, que reunió apenas 21,4%. Encima, desde entonces el partido de los Sapag pareció entrar en un cono de sombra definitivo, por la ruptura entre el gobernador Omar Gutiérrez y su predecesor, Jorge Sobisch, que se presentó esta vez a través de la Democracia Cristiana (y se quedó con cerca de 10 puntos, buena parte ex adherentes al oficialismo local). También alimentó el optimismo de Cambiemos el que dos años atrás su lista lograra imponerse ampliamente a la kirchnerista, que reunió solo 19,3% de los sufragios en el distrito.

Pero en los últimos tiempos el macrismo pasó de un optimismo seguramente excesivo a un pesimismo también desbordado, color pánico. Que comenzó cuando advirtieron que, como suele decirse en política, “las negras también mueven”: el kirchnerismo y la izquierda piquetera local iniciaron un proceso inverso al del MPN, abandonaron sus anteriores recelos y formaron la alianza Unidad Ciudadana – Frente Neuquino, con Ramón Rioseco como candidato, quien había sumado 18,1% de los votos provinciales en 2017.

Este acuerdo supuso un desafío inesperado tanto para el MPN como para Cambiemos. Pero también tuvo sus costos para los que lo protagonizaron: quienes se quedaron ahora con el segundo lugar separados sumaban dos años atrás el apoyo de nada menos que 37,4% de los neuquinos, y ahora debieron conformarse con 12 puntos menos (solo 25.6%). Fuga de adhesiones que muy probablemente se deba a que quienes apoyan fuerzas locales no quieren saber con las nacionales, ni con el peronismo, ni con la ex presidenta.

Si lo hubiera previsto, ¿el macrismo hubiera sido menos enfático en llamar al voto útil en los últimos días de la campaña? ¿Al final su miedo fue tonto? La alarma que sonó entre sus máximos dirigentes ahora se ve que fue exagerada. Y a raíz de ese ataque de pánico parece que el oficialismo, y en concreto los radicales de Neuquén, sacrificaron más votos propios de los que hacía falta para evitar males mayores.

Aunque el macrismo tal vez piense, atendiendo a la gravedad de los problemas y los riesgos que enfrenta en estos días, que cuidarse en salud no fue del todo mala idea, porque lo que estaba en juego era mucho más importante que “unos pocos miles de votos”. Que “igual no iban a alcanzar para ganar”, y puede que apenas hayan implicado “unas pocas bancas menos en la legislatura provincial y los concejos deliberantes”. De las que tampoco se beneficiará ningún otro sector nacional claramente identificado.

A menos, claro, que Lavagna y Tinelli inviten mañana a Gutiérrez a sumarse al brindis por “el fin de la grieta” (seguro que alguno ya lo está llamando). ¿Qué pensarán entonces en el comando de campaña macrista?

Es oportuno preguntarse, más allá de las disquisiciones sobre estrategias, temores y reacciones de unos y otros, por qué si a los neuquinos les ha ido en los últimos años bastante mejor que a otros argentinos (sus tasas de desempleo son más bajas que el promedio, también lo son las de pobreza y son más altos en cambio los ingresos promedio), al gobierno nacional le resultó tan difícil sacarle provecho a lo que al menos en parte puede considerarse fruto de sus políticas. Más todavía cuando su principal competidor local, el MPN, que viene gobernando la provincia desde 1963, en forma directa durante los períodos democráticos e indirecta durante los autoritarios, lidiaba con serios problemas internos.

Parte de la respuesta consiste en que seducir a los neuquinos no es fácil, y mucho menos barato. La provincia alberga no sólo a Vaca Muerta. Alberga también a muchos de sus principales beneficiarios y ellos no creen tener mucho que agradecer a las autoridades nacionales. Porque su prosperidad depende de una discutible cláusula constitucional introducida en la reforma de 1994, según la cual las riquezas del subsuelo pertenecen a cada provincia. No así las riquezas que están sobre la tierra, o en el aire o en el agua. Sólo las del subsuelo. Reivindicación de provincias mineras y petroleras que Menem necesitaba sumar en su apoyo para asegurarse la reelección, y que perjudicó a los distritos agropecuarios, los industriales y de servicios. En suma, la Constitución estableció que los beneficios de lo que depende en mayor medida del trabajo humano se distribuyeran entre todos los argentinos, mientras que lo que depende casi exclusivamente de la generosidad de la naturaleza, por decir así, pertenece a quien está sentado encima. Un premio al rentismo y castigo al esfuerzo, otro más de una larga lista. Revestido con un lenguaje absurdo según el cual defender las rentas del subsuelo es federalismo, mientras que defender al capitalismo agrario o las condiciones viables para el desarrollo industrial y de los servicios es de antipatriota, salvaje unitario y porteño abusador.

Pero dejemos ese asunto menor de lado. Por los motivos que fuera los neuquinos se cuentan entre los favorecidos, los no muy abundantes beneficiarios, de las políticas de los últimos años. Si ellos también votaban contra el “modelo” ya Macri podía ir haciendo las valijas. Se salvó. ¿Qué lo salvó? El clientelismo tramado durante décadas de ejercicio del poder por los mismos que promovieron y defienden con uñas y dientes las mencionadas reglas rentistas, los que hacen posible el control político sobre los empleados públicos y en general sobre la infinidad de prebendas distribuidas desde la administración provincial, y varios otros mecanismos propios del populismo y el estatismo que Macri suele repudiar en el resto del país. Se salvó refugiándose, en suma, no en la nueva política, sino en la más rancia. Para eso seguirán sirviendo, al menos en Neuquén, los recursos de Vaca Muerta.

Y esto resulta también lógica consecuencia del modo en que se viene encarando la cuestión de este recurso extraordinario. Él es de las pocas cosas que los argentinos tenemos y le interesan al mundo, además de la producción de algunos alimentos muy básicos, un poco el litio, los futbolistas de inferiores y alguna que otro asunto que se me escapa. Es además, curiosamente, una sobre la que, aunque hay fraseologías distintas y muchas acusaciones cruzadas, más o menos todas las fuerzas en competencia están bastante de acuerdo cómo hay que usarla: atraer inversiones locales y extranjeras ofreciendo incentivos iniciales para que el yacimiento se ponga lo más pronto posible en valor, y distribuirse los recursos entre las distintas administraciones para “hacer caja”. Lo que divide a los partidos es, en todo caso, quién está más capacitado para hacerlo, quién debe manejar esa caja: los macristas dicen que están haciéndolo muy bien, mucho mejor que los K hasta 2015; estos invierten ese argumento y ponen como ejemplo el cambio de reglas que hace poco introdujo el gobierno nacional reduciendo el monto de los subsidios que reciben quienes han invertido, y que trajo una dura controversia con Techint (suena loco pero es lo que dicen los K neuquinos: que ellos serían más generosos que los macristas con las petroleras), y el MPN por su parte insiste en que mientras menos injerencia de la nación haya mejor, tanto para las empresas como para los neuquinos (habrá menos bocas que alimentar, claro, los demás argentinos que se joroben). No es lo que se diga un debate muy profundo. Pero es lo que hay.

En ese marco Gutiérrez tendrá cuatro años más de gestión por delante. No lo hizo tan mal en los cuatro que van concluyendo: ordenó las cuentas, saneó la deuda. Tiene el desafío de reconstruir la unidad de su partido frente al otro derrotado de estos comicios, el ex gobernador Sobisch, que no logró dividir el voto oficialista, no al menos en la medida en que se dividió el opositor. Gutiérrez, de todos modos, será un gobernador con una legislatura complicada, en la que tendrá que negociar sus leyes. Tarea para la cual los representantes de Cambiemos, por más que no les haya ido bien esta vez, serían en principio su mejor opción. El problema para este sector es que a raíz de las tensiones extra desatadas entre los radicales y los macristas por el llamado de estos últimos al voto útil la cooperación y coordinación se han vuelto más difíciles. También de eso Macri debería sacar alguna lección útil.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/3/2019

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El candidato K en Neuquén dice ahora que no es K

En un choque que inevitablemente tendrá fuerte impacto nacional, parece que los tres sectores en competencia se empecinan en desnacionalizar el último tramo de sus campañas. Aunque la ambigüedad tiene límites.

“Mi pertenencia ideológica es del (sic) Frente Neuquino y me identifico con la expresión política de Jaime De Nevares. No soy del peronismo ni del kirchnerismo” acaba de declarar Ramón Rioseco en una entrevista que publica el diario Río Negro.

La competencia por la gobernación neuquina está muy pareja y quedan pocos días para hacer campaña. Así que es lógico que Rioseco busque atraer votos dubitativos y moderados, con gestos que supone le permitirían romper el techo que impone, en ese distrito igual que en muchos otros lugares del país, el mayoritario rechazo de la opinión pública a la figura de Cristina Kirchner.

Con el mismo criterio criticó la política petrolera del kirchnerismo, al menos la que se implementó hasta 2012 (“voté en contra de la ley de hidrocarburos, no es positiva para el país”), y negó que, en caso de resultar electo, se fueran a romper o incumplir los contratos firmados hasta hoy para la explotación de Vaca Muerta. Aunque sí prometió que sería más exigente con las empresas.

Seguramente estas aclaraciones sobre su posición el candidato a gobernador las consideró necesarias debido al impacto que tuvo el video de apoyo a su postulación que pocos días atrás difundió la ex presidente, así como las fotografías en las que se lo ve sonriendo con ella, con Axel Kicillof, Alberto Fernández y otros referentes del kirchnerismo.

Rioseco igualmente quiso equilibrar las cosas en el reportaje mencionado, justificando la “alianza estratégica e ideológica” que mantiene con ese sector: dijo que comparte con él “valores” como “cuidar la industria argentina, las economías regionales (y) distribuir la riqueza en los bolsillos de los trabajadores”.

Para no ser menos, el candidato de Cambiemos, Horacio “Pechi” Quiroga, se hizo acompañar en los últimas semanas por referentes del gobierno nacional, y sobre todo del radicalismo, varias de cuyas figuras nacionales viajaron o están por viajar a la provincia patagónica. Pero más recientemente se refugió en un discurso más localista (“a mí no me parió Cambiemos” aclaró), y más duro hacia sus dos contrincantes.

Y es que en ese sector también existen muchas dudas, y algunas incluso más graves, sobre el beneficio que de aquellos gestos de acompañamiento cabe esperar. Y eso no sólo por la crisis que afecta la imagen pública de Cambiemos en general, y de Macri y sus colaboradores en particular. Sino también por el temor a que una campaña de alto perfil de Quiroga termine dividiendo el voto antikirchnerista en el distrito y dando un resultado inconveniente: podría favorecer un triunfo de los enemigos jurados del actual gobierno nacional y la derrota de Omar Gutiérrez, el actual gobernador que busca su reelección desde el MPN, quien hasta aquí se ha comportado como un aliado bastante útil y confiable del macrismo.

¿No le convendría entonces a Cambiemos nacional desinflar aunque sea un poco las posibilidades electorales de Quiroga? Que éste salga tercero lejos pero asegurando que Gutiérrez sea reelecto, ¿no sería para Macri un second best por el que valdría la pena apostar, contra un resultado en que Quiroga se arrima en votos a los otros dos aspirantes, pero se impone Rioseco?

El efecto que este último escenario tendría sobre las inversiones petroleras, por más moderado que hoy se muestre Rioseco, desvela a los habitantes de la Rosada. Y alimenta las tensiones entre la UCR y el PRO. Igual que lo hace la apuesta por un candidato de bajo perfil y una campaña de baja intensidad en Río Negro, donde aún más abiertamente el gobierno nacional intervino sobre los líderes y partidos del distrito, pero no para apoyarlos, si no para jugar a favor de la reelección del actual gobernador, el ex kirchnerista y actual independiente Alberto Weretilneck.

En ambas provincias el gobierno de Macri tiene que elegir, en suma, entre dos males. Y es tentado a desinflar o lisa y llanamente abandonar la ambiciosa apuesta territorial que concibió tras los resultados de 2017: hacer crecer la coalición Cambiemos desde el interior hacia el centro del país. Hoy se conforma con mucho menos que eso, y puede que no tenga alternativa. Aunque el resultado vaya a ser, en el mejor de los casos, un segundo mandato de Macri con una coalición igual de frágil que la que tuvo en el primero.

Al menos así podrá esperar que Gutiérrez, y también Weretilneck, luego le agradezcan el gesto y se comporten como negociadores racionales ante sus iniciativas.

Gutiérrez algo de esto ofrece, a su manera. También se ha mostrado distante del gobierno nacional durante la campaña, remarcando su “independencia política” y su interés exclusivo en la política y la economía del distrito, así como el hecho de que el MPN es el “único partido auténticamente neuquino”. Y se ocupó de subrayar las ventajas que esa actitud supuestamente provee a sus gobernados: según él es gracias a que no es macrista pero tampoco su opositor rabioso que logró los mejores acuerdos posibles para aumentar las inversiones petroleras y consecuentemente el empleo y el bienestar de sus coprovincianos. Y en ese espíritu localista cifra sus expectativas de continuidad en el cargo.

Se da en consecuencia la curiosa circunstancia de que los tres candidatos hacen lo mismo: provincializan sus campañas. Y los tres además acusan a los otros dos de ser lo mismo: Quiroga dice que Gutiérrez y Rioseco son el atraso populista; Rioseco, que Quiroga y Gutiérrez son neoliberales; y Gutiérrez, que Rioseco y Quiroga son el “delegados” del centralismo porteño”. Los neuquinos deben estar algo mareados.

por Marcos Novaro
publicado en TN.com.ar el 7/3/2019

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Lavagna ya habla como candidato

El economista cree que, frente al ajuste de Macri y la irresponsabilidad de Cristina, hay una amplia demanda social insatisfecha, que él está en condiciones de atender. Pero, ¿podrá terciar entre dos figuras tan fuertes y arraigadas? ¿Y si su mensaje termina siendo “ni chicha ni limonada?”

No es la primera vez que un economista al que en su momento le fue bien en la gestión de su área se entusiasma con llegar a la presidencia: ya lo intentó Domingo Cavallo a fines de los años noventa, e incluso lo han hecho economistas a los que no les fue tan bien, como Ricardo López Murphy hace tiempo y ahora Martín Lousteau.

Roberto Lavagna, en comparación con esos antecedentes, tiene varias ventajas. Primero, su gestión en Economía entre mediados de 2002 y fines de 2005 se caracteriza por haber logrado altas tasas de crecimiento, con superávits fiscal y externo e inflación bajo control, un combo que será fácil presentar a los actuales electores como un sueño extraordinario que vale la pena tratar de recuperar

Y segundo, es peronista, pero fue candidato de los radicales en 2007, presentándose como alternativa antikirchnerista. Cosa que no le impidió reconciliarse poco después de esa elección con Néstor Kirchner, confundiéndose con él en un abrazo fraterno. Ahora puede vanagloriarse además de ser “bien visto” por prácticamente todo el peronismo, tanto el territorial como el sindical, así como por los empresarios. La propia Cristina ha dicho que “ve bien su candidatura”, vaya a saber uno lo que eso significa. Y adhieren a su postulación desde el vamos los socialistas, los progresistas dispersos y hasta algunos radicales que quieren romper con Macri. ¿No hay que considerarlo entonces la encarnación misma de la unidad nacional que tantos consideran necesaria para superar de una buena vez las rencillas que nos impiden avanzar?

A más de este rol conciliador muchos destacan que es un hombre afortunado. Y se sabe ya lo que eso importa para la acción política: además de buena imagen, experiencia en la gestión y apoyos sólidos, estar en el lugar y en el momento indicados y saber sacar provecho de las oportunidades son capacidades definitorias para un “buen político”.

Se recordará que Lavagna llegó al Ministerio de Economía en abril de 2002, cuando ya lo peor de la crisis de la Convertibilidad estaba quedando atrás. Las medidas más duras y complicadas habían sido instrumentadas ya por Jorge Remes Lenicov, de quien pocos hoy se acuerdan. Lavagna por cierto consolidó el programa entonces en curso, y eso tuvo su mérito. Y tuvo también su mérito que hiciera una denuncia de la cartelización de la obra pública cuando ya era evidente que Kirchner iba a prescindir de sus servicios. Hay que saber llegar, y también hay que saber irse.

Así como sacó provecho del esfuerzo de Remes, ¿podrá hacerlo esta vezcon los “sacrificios” que nos han impuesto Macri y Dujovne? Si estos terminan el actual período presidencial con las cuentas públicas medianamente saneadas y los precios relativos, dólar, tarifas y demás, en equilibrio, ¿podría Lavagna una vez más el ubicuo aunque desagradecido beneficiario de una fase de expansión y estabilidad? ¿Será capaz de reflotar esa suerte de astucia histórica que condujo ya varias veces al peronismo al poder cuando las crisis se habían desatado, permitiéndole achacar a sus predecesores todos los vicios imaginables y arrogarse todo el mérito por las soluciones y las buenas nuevas?

Así lo hizo Menem con Alfonsín, y luego lo repitieron Duhalde y Kirchner con De la Rúa. Puede que Lavagna tenga su oportunidad ahora contra Macri.

El lema con el cual está inaugurando su candidatura reza que la Argentina de hoy es tan complicada como la que recibió Macri de Cristina, porque éste sumó sus propios problemas a “la pesada herencia”. Ante lo cual él se ofrece para, cargando sobre sus espaldas esa doble herencia, romper el encadenamiento de frustraciones montado por dos gestiones fracasadas. Que para peor tienen el tupé de querer repetirse.

Dada la experiencia de Lavagna en dar continuidad y profundizar programas ya en marcha, bien cabe preguntarse que de lo que Dujovne está haciendo él mantendría en una eventual gestión a su cargo: ¿renunciaría al déficit 0, a la reducción de impuestos, a implementar una reforma laboral o una previsional?

En términos generales podría pensarse que su preferencia es menos ortodoxa, “liberal” o “de mercado” que la de las actuales autoridades. Aunque la verdad es que no hubo en la Argentina del último siglo gobierno más ortodoxo en el manejo de las cuentas públicas y reglas de mercado más rigurosamente respetadas que cuando compartieron cartel Lavagna y Duhalde. E incluso eso siguió siendo así en los primeros tiempos de Kirchner. Después todo cambió, pero convengamos que no por impulso de Lavagna, que se opuso varias veces a que Kirchner aumentara el gasto como loco, subiera los salarios por decreto y cosas por el estilo. Y seguro se hubiera opuesto aún más decididamente a lo que se hizo con el gasto público en tiempos de Sergio Massa y Diego Bossio: la irresponsable expansión del sistema previsional, sin respaldo en recursos genuinos, que está en el origen de los problemas fiscales que hoy padecemos.

¿Se equivocan entonces los progresistas, que apoyan a Lavagna pensando que están engendrando un Chacho Álvarez menos propenso a las locuras, porque lo que tienen chances de concebir es en todo caso un nuevo Menem? ¿O Lavagna, con una coalición peronista detrás, podría hacer sin tanto esfuerzo y tantos costos lo mismo que a Macri le viene costando (y seguirá costando) horrores?

Seguramente hay unos cuantos empresarios, sindicalistas y políticos que responden afirmativamente estos interrogantes. Son los que han vuelto a pensar y repiten una frase que hace tiempo no se escuchaba: “los peronistas son los únicos que pueden gobernar este país”. Idea que, sin embargo, parece más difícil de instalar en la opinión pública actual de lo que fuera en 1989, o en 2003. Con el agregado además de que Lavagna ya ha dicho que no piensa hacer campaña hablando de corrupción. Y eso se sabe lo que puede significar para el modo en que el peronismo está acostumbrado a ofrecernos su exclusivo y envidiable método de gobierno.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/3/2019

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Macri se puso los guantes y subió al ring

En medio de una intensa batalla entre bancadas y barras, que disputaron la escena con aplausos, abucheos e interrupciones varias, el presidente atravesó la que, por ahora, es su última inauguración de sesiones legislativas.

Como era de esperar, se mostró decididamente en campaña por su reelección: “todo lo que hemos logrado hasta acá, que es mucho más de lo que a simple vista se ve, hay que continuarlo y profundizarlo” fue el leit motiv subyacente a su intervención.

Y desplegó entonces lo que será sin duda la línea argumental del oficialismo de aquí en más: insistir en que la “tormenta desatada en 2018” es la causante, junto a la herencia recibida, de los males que vienen padeciendo la economía y en particular los sectores de bajos ingresos en los “últimos meses”; que esa crisis fue imprevista e imprevisible, por lo que no puede achacarse, al menos no totalmente, a errores cometidos por su gobierno (el gradualismo “dio buenos resultados durante dos años y medio” explicó, con un exceso de autoindulgencia); y, lo más importante, que ella, la crisis, está sirviendo para que el país y su gobierno se hayan decidido a encarar “los problemas profundos, estructurales, que se arrastran desde hace 70 años”.

Convertir la crisis en una oportunidad va de la mano, así, de la transformación de su defensa argumental en una estrategia ofensiva: “estamos poniendo las bases de una economía más sana”, “pero los cambios profundos requieren paciencia”, “me he hecho cargo de las angustias de estos meses, pero estoy seguro que esta es la generación que decidió encarar lo que nunca se ha hecho”, porque “hoy hay un equipo que gobierna pensando en el largo plazo, que asume la inflación, la pobreza y la inseguridad…. Y rinde cuentas”. En lo que se incluyó él mismo e incluyó a su familia: “la familia del presidente rinde cuentas, y el presidente también”, desatando el más intenso cruce de aplausos y abucheos de la mañana.

Volvió también a hacerse cargo del exceso de optimismo que condujo a su gobierno a cometer errores, aunque esta vez sin referirse a ninguno en concreto. “Me van a recordar que dije un año atrás que `lo peor ya pasó` y tienen razón”. A continuación de lo cual ensayó un no demasiado sutil pedido de paciencia: los “soluciones profundas llevan tiempo… porque estamos resolviendo problemas que no son coyunturales sino estructurales”. Que por suerte acompañó de un reconocimiento a los ciudadanos comunes y corrientes, que hubiera sido mejor que fuera mucho menos elíptico, dado lo amplia, sostenida y inesperadamente generosa que está siendo con él y con su administración la paciencia colectiva: “si superamos momentos difíciles es gracias a ustedes” completó.

La única alternativa, como ya estamos acostumbrados a escuchar, sería según el presidente “volver al pasado”, un pasado en el que “siempre ganaban los mismos” y las mafias proliferaban porque las autoridades electas no se sometían a control alguno. Mensaje con el que insistió también en su extensa referencia a la situación dramática de Venezuela, a los casos de corrupción que están en plena investigación y al uso sistemático de la mentira en administraciones anteriores. Dirigido con saña a las bancas opositoras en que se reproducía el mensaje de campaña opuesto: “hay otro camino”.

El único anuncio del discurso: aprovechando la cláusula del acuerdo con el Fondo que permite un relajamiento de las metas fiscales en caso de emergencia social, adelantó que “se decidió aumentar 46 % la AUH que cuenta con 4 millones de beneficiarios”.

El mejor momento de su paso por la asamblea: “Sus insultos no hablan de mí, hablan de ustedes. Estoy acá porque me votaron los argentinos”. Una vez más la oposición más virulenta le dio la excusa para que el presidente la colocara en el filo del sistema democrático, asociándola no sólo “al pasado al que no hay que volver” sino a la intolerancia y la irresponsabilidad institucional.

El mejor momento de la oposición: cuando ante la mención de los “700.000 empleos nuevos” que se habrían creado durante los dos primeros años de mandato, en vez de insistir con gritos e insultos, aplaudieron de pie, con ironía.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/3/2019

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Guaidó necesita sumar eficacia a su legitimidad

La rebelión democrática está poniendo patas para arriba a los militares venezolanos. Si estos no frenan la entrada de la ayuda humanitaria, les costará más evitar otras iniciativas concretas que consoliden el poder de Guaidó y la Asamblea Nacional.

Las chances de que el contrapoder que encarna el presidente interino Juan Guaidó se imponga al aparato militar y de seguridad que sostiene a Maduro crecerán con cada camión con ayuda humanitaria que entre a territorio venezolano.

Hasta ahora todo lo que el polo democrático hacía contaba con legitimidad, pero tenía un déficit de eficacia palpable: movilizaba miles de personas en las calles, pero no amenazaba el orden que el régimen sigue imponiendo a sangre y fuego; podía ganar apoyos externos, pero no uno suficientemente exhaustivo para aislar al régimen y amenazar su supervivencia.

Mientras ese cuadro se mantuviera, Maduro y los suyos podían volver a apostar a que la movilización tarde o temprano se retrajera, y que la solidaridad de las democracias se volviera ritual y perdiera ímpetu, como sucediera frente a muchos otros países sumidos en el despotismo una vez que este se estabilizó.

La entrada de la ayuda humanitaria es la vía escogida para torcer ese destino y corregir la desventaja con que corren los disidentes venezolanos: les permitiría conectar el apoyo de las democracias desde fuera con la movilización desde adentro, para que fueran las fuerzas de seguridad las que quedaran sometidas a un test de eficacia.

Por eso fue tan importante el anuncio de Guaidó de que al menos algunos camiones lograron romper el cerco en la frontera con Brasil. Sería la prueba de que los militares chavistas están fallando en este test. Ahora hay que ver si la evidencia de ese fracaso se impone y se multiplica, y a qué velocidad.

Por eso lo que suceda en las próximas horas será decisivo. Si uno de los bandos se equivoca o cede, su destino quedará sellado.

Mientras tanto, también los artistas hicieron lo suyo para que los papeles se inviertan y el régimen chavista quede aún más que antes entre la espada y la pared. Poniendo patas para arriba en este caso la relación que en la región hasta ahora existía entre izquierdas y derechas en el campo artístico.

Hasta hace poco, los que organizaban recitales de solidaridad y reunían miles de jóvenes tan entusiastas con la música que allí se tocaba como con las ideas que sus artistas preferidos proferían entre tema y tema eran los grupos de izquierda. Y en particular las izquierdas latinoamericanas se lucieron en ese papel, ofreciendo durante décadas a sus parientes de otras latitudes una estética de la revolución, del humanismo o de la lucha por los derechos de los pueblos sometidos tan o más atractiva y movilizadora que la ética en que se afirmaban.

Todavía hoy muchos jóvenes y no tan jóvenes guardan en su memoria o cuelgan en sus paredes las imágenes de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Pero Milanés y Rodríguez no aparecen hoy en día por ningún lado.

A falta de ellos y de otros músicos reconocidos más o menos afines a la izquierda que estuvieran dispuestos a poner la cara por él, Nicolás Maduro debió conformarse con unas cuantas bandas ignotas para organizar su contra recital bajo el lema Hands of Venezuela, que convocó a apenas unos cientos de oyentes seguramente acarreados. ¿Será que la izquierda está perdiendo también esta batalla, la de reunir en torno suyo a las vanguardias artísticas, además de la de las ideas y la de los derechos en el pozo sin fondo del infierno chavista?

Del otro lado de la frontera, en Cúcuta, mientras tanto, se selló la alianza entre los gobiernos democráticos de la región, incluido el promotor menos esperado y en otro momento candidato al Oscar de los indeseables en cualquier encuentro artístico, el encabezado por Donald Trump, con la corriente de opinión más masiva y contundente que se haya visto en la región desde hace décadas, la que rechaza la deriva chavista hacia el castrismo. Los músicos allí reunidos, con sus diferencias, ofrecieron sus buenos oficios para dar voz a este entendimiento entre los gobernantes y la opinión pública latinoamericana. Algunos con un discurso despolitizado y puramente humanista, pero otros con un tono militante que ni siquiera Trump se hubieran animado a darle: “Basta de dictaduras de izquierda en América Latina” pidió el Puma Rodríguez, aludiendo claro además de a Venezuela, a Nicaragua y Cuba, tal vez también a Bolivia.

Los que quisieron deslegitimar el Venezuela Aid Live aludieron a estos artistas como “músicos comerciales”, “residentes en Miami”, en suma, ricachones que se alinean con la derecha regional porque siempre les importó más su bolsillo que las condiciones de vida de sus fans. Pero lo cierto es que el Puma y compañía expresaron bastante bien un sentido común respecto al cual las izquierdas de la región parecen camino a alienarse de forma cada vez más pronunciada. Sería bueno que lo evitaran porque hace falta una izquierda democrática, también en la eventual reconstrucción de Venezuela. Pero parece que las taras ideológicas tiran más que la racionalidad política.

Los López Obrador, Tabaré Vázquez y compañía deberían prestarle atención al Puma. Porque como están las cosas ellos en cualquier caso van a salir perdiendo: si Maduro gana porque Venezuela va a seguir hundiéndose en la pobreza y la violencia, y si gana Guaidó, porque ellos no habrán movido un dedo para ayudarlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/2/2019

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Noticias que son pescado podrido

Hace tiempo que los kirchneristas dejaron de defender la inocencia de Cristina Kirchner y sus colaboradores. En vez de esa tarea infructuosa, encararon la de arrastrar al fango a todos los demás, y machacar con que el que tiene el poder usa la Justicia para cargar las tintas en sus enemigos políticos y disculpar sus propios pecados. Tan simple como eso. No habría nada más que partidización de un lado y del otro en el solo en apariencia noble empeño por combatir la corrupción. ¿Y el interés del público en el tema? Una caterva de bobos que se dejan llevar de las narices por pillos disfrazados de fiscales de la república, eso es todo.

Como las investigaciones sobre la corrupción k avanzan, y además estamos en año electoral, y uno decisivo para los proyectos políticos en pugna, es natural que el esfuerzo por emparejar hacía abajo se redoble, y por momentos entre en fase de histeria: la máquina de inventar casos de corrupción que involucrarían a todos los demás, sobre todo a quienes acusan e investigan a los dirigentes kirchneristas, trabaja a todo trapo.

Si uno les pregunta a los promotores de esas denuncias si no les parece un poco forzado, hasta traído de los pelos, que un fiscal que está en el foco de atención del público por investigaciones de corrupción, le haya pedido plata a un empresario que no tiene ninguna relación con la obra pública y se presenta como un pequeño productor agropecuario, para sacarlo de un expediente en el que nunca siquiera se lo nombró, exigiendo unos mugrosos 10.000 dólares “de adelanto”, la respuesta es automática: para ellos esa denuncia vale más que todos los cuadernos de Centeno juntos, o que todas las propiedades en Miami de Daniel Muñoz. Y si los apretás un poco más, hasta es equivalente a los bolsos de López. Todo “vale lo mismo” como “prueba”, tiene todo la misma verosimilitud.

Si además les sugerís que puede haber alguna falla en la cadena de frío del pescado que están vendiendo, porque la historia sobre ese fiscal arranca en una serie de notas de Horacio Verbitsky, el guionista, director y editor del exitoso “Primer desaparecido de Macri”, la abogada del “pequeño productor agropecuario” resulta que también trabaja con Verbitsky, y el buenazo del productor agropecuario parece que no se dedicaba en tiempos de los Kirchner a cuidar vaquitas sino a gestionar disculpas de deudas impositivas desde Puerto Madero, la respuesta también te deja helado: “en el peor de los casos es lo mismo que hacen los medios hegemónicos, y los empresarios y ex funcionarios arrepentidos, que inventan cualquier cosa”.

Fake news ha habido siempre, desde que los homo sapiens se empezaron a contar historias unos a otros. La diferencia está, en todo caso, en la capacidad que ofrecen las nuevas tecnologías para crearles un entorno de validación cerrado e impermeable a cualquier evidencia o argumento en contrario, y hacerlas circular a gran velocidad y por distintas vías simultáneamente, creando para quienes quieran creerlas un efecto de verdad resistente a cualquier inclemencia del mundo exterior, por más que lluevan hechos, datos y argumentos que las desmientan.

Esto está particularmente logrado en las producción de los cultores del género que estamos considerando. Lo que más llama la atención de sus obras es precisamente la eficacia con que se cierran en sí mismas, y logran que al menos parte de su audiencia haga lo mismo al abrazarlas, gracias a su gran consistencia interna. La lógica es la que ya usaban estando en el poder: la transmisión en cadena, la repetición y la circularidad. Veamos cómo funciona en otra de las superproducciones que han lanzado en estos días: la supuesta imputación a Macri, Aranguren e Iguacel por una cantidad de delitos contra el erario público, a resultas de la privatización de dos centrales termoeléctricas.

La denuncia la hacen varios diputados kirchneristas, y la difunden medios de esa orientación que no consultan a nadie más y dan por ciertos los datos que los denunciantes les aportan sobre precios, condiciones en que están las centrales, su valor aproximado, las razones por las que se ponen a la venta, etc.. A continuación los legisladores agregan que ya los acusados están “imputados” en la causa, cosa que los medios mencionados también repiten y dan por confirmado, basándose en los comunicados de prensa que reciben de aquellos. Si la Justicia nunca dispuso esa imputación no importa, porque se dirá luego, en caso de que la denuncia se desestime, que ella “retrocedió”, “el gobierno presionó a los jueces y fiscales, y estos se dejaron presionar”, confirmando que no existe la justicia independiente, ni puede existir, y de lo que se trata es de que ella vuelva a ser la que era, es decir, una que respondía al “gobierno nacional y popular” y no a los liberales privatizadores, hambreadores y demás gente mala. Con lo cual se cierra el círculo, el relato se valida a sí mismo, y se pasa al siguiente: “¿A ver qué más tenemos, alguna resolución sobre tarifas que beneficia a tal o cual empresa, algún otro funcionario que tiene algún antecedente laboral en alguna empresa?, démosle para adelante”.

Es interesante observar cómo, en el juego que se establece entre fake news y audiencia, se suelen combinar vínculos de confianza a prueba de bala de pequeños pero muy activos círculos, con una desconfianza pertinaz y generalizada del gran público. Porque esto ayuda a entender que en ocasiones las fake news logren impacto más allá del limitado campo de los adictos.

Es lo que sucedió, inicialmente, con el caso Maldonado, el más rutilante exponente del género en los últimos tiempos: la andanada de mensajes denunciando un crimen aberrante por parte del Estado encontró a un público ya fanatizado y bien dispuesto a creer que “Macri es la dictadura”, pero pronto impactó también en uno más amplio, que desconfía de todo y sobre todo de quienes están en el poder, en parte con razón; ese público desconfiado, por más que las instituciones estatales luego lograran remontar su propia ineficacia y hacer más o menos bien su trabajo, no terminaría de desembarazarse de la creencia de que “algo raro hicieron los gendarmes”, o “la Bullrich” o el juez, o todos ellos.

La desconfianza suele ser un instrumento muy útil en manos de los ciudadanos. Al predisponerlos a pensar las cosas con ojo crítico, y a ser más exigentes con lo que el poder político les ofrece, o lo que escriben los periodistas. Pero combinada con el cinismo tiende a adquirir un carácter puramente corrosivo. Y puede llevar al efecto contrario: no nos importa juzgar críticamente nada, porque nuestros juicios ya están predeterminados, “son todos ladrones”, “todos mienten”, “nada va a cambiar porque todos están en la misma”. Cada vez que las fake news confirman en el ánimo colectivo estas tesis, un clavo más se agrega al cajón en que se descompone nuestra voluntad colectiva y nuestra vida política.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/2/2019

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Otro porrazo de la “nueva política” de Macri. La UCR y Cristina festejan

En La Pampa el calor le ganó a las ganas de votar. Con poca concurrencia, el aparato radical se impuso a la “nueva política” de Macri. En tanto el kirchnerismo sacó ventaja de la unidad peronista.

Con un sol que partía la tierra, pocos pampeanos se movilizaron para participar en las internas no obligatorias que la ley provincial establece para seleccionar candidatos y se realizaron este domingo. Como la norma además diferencia las urnas para afiliados de las urnas en que votan los independientes, es bien sencillo calcular cuánto pesaron los aparatos partidarios, y cuánto los no afiliados y las preferencias de la opinión pública en general.

De acuerdo con los números provisorios, sucedió algo semejante a lo visto semanas atrás en La Rioja, en el plebiscito para habilitar una reelección más del gobernador: la baja participación ciudadana fue decisiva para que los aparatos partidarios se impusieran.

En este caso el resultado tuvo impacto en los dos principales espacios de la política nacional, Cambiemos y el peronismo.

En la coalición oficial, ¿los radicales se están vengando de la hoy alicaída “nueva política”, con que el PRO quiso, cuando corrían tiempos mejores, imponer sus out siders y demás figuras casi sin experiencia política, y quitarles a los más experimentados militantes y punteros de la UCR sus espacios territoriales? Por lo menos fue el modo en que estos interpretaron el resultado. Compararon al ex secretario de deportes de Macri, el colorado Carlos Mac Allister, quien cayó derrotado ante el diputado Daniel Kroneberger, con el también frustrado Del Sel. Y reclamaron que de ahora en más el presidente y sus seguidores reconozcan la valía de los candidatos del centenario partido a la hora de discutir las listas en las demás provincias.

Lo cierto es que la estrategia de Macri falló en La Pampa por partida doble. Primero, porque no logró imponer una lista de unidad: su preferencia, transmitida por Marcos Peña a propios y extraños, es evitar a toda costa la competencia con los aliados, acordando candidaturas sin cederles más que lo imprescindible, planteo que los radicales pampeanos rechazaron. Y segundo, porque el cálculo macrista de que de todos modos podían ganar con Mac Allister y el empuje del gobierno nacional se reveló ilusorio. Al final las visitas de funcionarios nacionales a la provincia no ayudaron mucho, tal vez hasta empeoraron las cosas y el colorado sacó bastante menos votos que Kroneberger.

¿Tendrá consecuencias más serias este barquinazo de la estrategia electoral del PRO? Habrá que ver. En medio de los festejos algunos dirigentes radicales nacionales volvieron a agitar la idea de competir también por la candidatura presidencial, con Martín Lousteau, que hace poco se afilió al partido y se ve no tiene problema en mezclar nueva, vieja y cualquier otra política según cómo le vengan las cartas. Pero puede que las cosas no pasen a mayores y esa amenaza sea sólo eso, y esté dirigida a lograr que los negociadores que envíe Macri de aquí en más sean un poco más generosos.

En cuanto al peronismo, mientras tanto, en la única disputa que deparó verdadero interés, se enfrentaron varios dirigentes de Santa Rosa por la candidatura a la intendencia, en la que se cree pueden tener suerte en las elecciones generales de mayo porque el intendente saliente, del radicalismo, no hizo una buena gestión. Y el resultado, por unas pocas decenas de votos, favoreció al candidato más cercano a Cristina Kirchner, Luciano Di Nápoli. Quien sin demora le dedicó el triunfo y su alegría: “hablé con Cristina, está profundamente emocionada”, dijo.

Es claro una buena noticia, no sólo por la victoria de sus seguidores, sino porque la lograron llevando a la práctica su idea, la “unidad ante todo”. Los distintos sectores peronistas de la provincia, y también de la ciudad capital, se avinieron a formar un frente, el Frejupa, y resolvieron sus diferencias disputando candidaturas pero sumando sus votos, en vez de dividiéndolos como vienen haciendo, en muchos otros distritos y a nivel nacional, desde hace años renovadores, federales, kirchneristas y antikirchneristas.

¿Y si el ejemplo cunde y se traslada a otras provincias? Es probable, y por eso los planes de expansión territorial de la coalición oficial han ido reduciéndose: desde hace algunos meses que se han vuelto minimalistas, se limitan casi a no perder lo que tienen.

Y peor todavía, ¿si la fórmula de la unidad peronista se trasladara a la elección presidencial? Es mucho más difícil de lograr, y hasta los más optimistas de ese espacio lo saben: no hay candidato que no sea Cristina capaz de retener los votos de su sector, ni hay adversarios peronistas que estén dispuestos a competir con ella en una interna. Así que Macri, Peña y compañía todavía respiran aliviados: al menos esos papeles no corren riesgo de quemárseles.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/2/2019

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