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Macri minimiza una derrota mayúscula

Es razonable que los funcionarios del Ejecutivo, cuando están de malas, disimulen, y digan ahora que el fallo de la Corte que invalidó los aumentos residenciales del gas no fue para tanto, que bastará hacer las audiencias reclamadas y seguir para adelante.

Pero no sería razonable que se lo crean. Porque en verdad el fallo fue mucho peor de lo esperado, va a traer mucha cola, tanto para la situación económica y fiscal como para el equilibrio político y la gobernabilidad, y coronó una serie de desaciertos oficiales muy difícil de entender, en que se comprobó que el famoso “equipo” no funciona muy bien que digamos, y el gobierno, el núcleo del Ejecutivo más precisamente, puede hacerse a sí mismo más daño que sus peores enemigos.

Aranguren explicó bien el problema de las tarifas de gas en el Congreso la semana pasada. Y poco después Marcos Peña comunicó también muy bien lo que el gobierno piensa hacer ahora que la Corte terminó de hundir su primer intento de actualizarlas. Ojalá hubieran actuado así cuando todavía había chances de salvar al gobierno del papelón.

Un papelón que se fue gestando de a poco, en un proceso lento y por capítulos, frente al que el Ejecutivo se negó reiteradamente a reaccionar y cambiar de estrategia, con el criterio de que cambiar en medio de la pelea iba a generarle costos que se podrían evitar si la Corte finalmente le daba la razón, y de que finalmente los que buscaban frenar los aumentos iban a quedar como “los que ponen palos en la rueda” porque el grueso de la opinión pública se movía entre el aval a la postura oficial y relativizar la cuestión (Durán Barba dixit).

Pero ninguna de esas dos premisas con que el vértice oficial se vino manejando finalmente se verificó.

Los aumentos de tarifas se volvieron el tema central de la agenda y el gran desafío para la “normalización sin mayores costos sociales” que el macrismo prometió. Y ni la oposición moderada ni los jueces quisieron colaborar con él en la tarea de administrarlos. Eso sucedió porque desde el principio eran el problema más grave de todos los problemas graves que el nuevo gobierno recibió. Y porque encima se agravó aun más por el modo, los tiempos y los argumentos con que el gobierno quiso resolverlo.

Marcos Peña afirmó, el jueves pasado, que el fallo no fue del todo contrario a la estrategia oficial porque dejó en pie los aumentos para empresas y comercios, de modo que el agujero fiscal generado sería de solo unos miles de millones, no de decenas de miles de millones como él mismo había dicho poco antes; y porque se reconoció que los problemas son heredados, es decir se mantuvo a salvo la legitimidad de la administración actual para insistir con estas medidas.

Pero lasuya fue una lectura demasiado optimista, tanto en el terreno fiscal como en el político. El fallo no pudo ser peor porque hacía falta mucha explícita mala leche para empeorarlo. Si no incluyó los aumentos no residenciales fue porque no era el tema en disputa, pero abrió la puerta para que los comercios y empresas presenten reclamos similares a los ya resueltos y dio la pauta para que jueces y fiscales decidan al respecto de modo semejante a como lo han hecho hasta aquí.

Además el fallo impugnó dos argumentos centrales que el Ejecutivo necesitaba mantener en pie para hacer gobernable el proceso de “actualización tarifaria”: en primer lugar, la distinción entre los precios de generación de la energía (el famoso “gas en boca de pozo”), y los de distribución. Sin certidumbre sobre precios de mercado o aproximados para la generación no va a haber inversiones en el sector petrolero, y la Corte acaba de enturbiar esa certidumbre al hacerse eco de la postura de Gils Carbó, según la cual ellos no son materia exclusiva de decisión del Ejecutivo y para su fijación rige la obligación de hacer audiencias y de que se garanticen difusos criterios de razonabilidad para los consumidores. Por eso el fallo invalidó todo el aumento, y no sólo la porción que afectaba la distribución, como esperaba el gobierno de la supuesta “vocación salomónica” de los jueces supremos.

En segundo lugar, la advertencia de que las audiencias no deben ser solo consultivas sino que deben tomarse seriamente en cuenta las opiniones que en ellas se expongan. Los jueces tampoco explicaron cómo hacerlo y probablemente haya sido porque deben saber que es casi imposible que algo así se lleve a la práctica cuando lo que está en juego es una brecha enorme entre los precios vigentes y los que hace falta establecer para que producir gas o electricidad y distribuirlos vuelva a ser más o menos sustentable. De nuevo, salvaron la cara, a costa del Ejecutivo: será él el que deberá ir próximamente a la Usina del Arte y enfrentar allí masivas concentraciones opositoras que le reclamarán, con el fallo de la Corte en la mano, “¡¡que se vote!!”.

En suma, Lorenzetti y compañía se aseguraron que los garantistas de este mundo festejen y los celebren. Y que el oficialismo se encargue solito del problema de la gobernabilidad. No sólo en materia fiscal, sino más en general, de la gobernabilidad social y económica.

Porque si se prolonga y generaliza la demora del aumento de tarifas, como es muy probable que suceda de seguir por esta senda, la situación se va a complicar por todos esos flancos: tendremos más déficit, más inflación, menos inversiones, más recesión y por tanto más protestas y reclamos, que sólo se calmarán con más déficit y así sucesivamente.

¿Qué opciones tiene todavía a su alcance el gobierno? Por ahora puede disimular, mientras acomoda el golpe. Y prepara las famosas audiencias. Pero debería saber que si va a ellas con el mismo esquema de gestión y propuestas que manejó hasta aquí puede sufrir nuevos trastazos, porque más gente va a reclamar, por la electricidad, el agua y todo lo demás, desde las entidades empresarias y no sólo las ligas de consumidores, y más jueces y fiscales van a considerarse autorizados a intervenir.

Una alternativa sería, como ha sugerido Domingo Cavallo, un giro hacia el mercado: desregular el sector, intervenido desde 2002 con los resultados que están a la vista, lo que permitiría entre otras cosas terminar con este asunto de que la emergencia ha dejado de ser un recurso de gobernabilidad en manos del Ejecutivo y le impone ahora a él la obligación de lograr lo imposible, conformar a todo el mundo.

Una segunda alternativa sería un pacto de gobernabilidad energética, con una porción suficientemente amplia de la oposición, que esté dispuesta a hacer lo que los jueces no quisieron, compartir los costos de administrar la salida, ya con menos margen de tiempo, pero con más sustento político de lo que se intentó hasta aquí.

El Ejecutivo en principio parece inclinado a optar por esto último, pero habrá que ver si sigue siendo su idea en caso de que las exigencias opositoras se vuelvan excesivas, o el tiempo se agote. En cualquier caso no podrá disimular que su poder ya no es el mismo: los jueces han incrementado el suyo a su costa, y seguramente los legisladores harán pronto lo mismo.

Hay quienes en el oficialismo también celebran esto, diciendo “vieron, ¡volvió la República!”. El problema sería que su regreso equivalga al declive de la gobernabilidad. La clave está en que el sistema republicano divide el poder pero para que los distintos actores institucionales cooperen y se fortalezcan entre sí, no para que se traben unos a otros. El fallo de marras no asegura que esa cooperación vaya a ser en adelante más sencilla y fluida. Todo lo contrario. Pero claro, la culpa no es sólo de quienes lo escribieron, sino sobre todo de quienes les dieron la oportunidad de hacerlo. Estos son los que tienen que cambiar urgentemente de menú.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/8/16

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Como todo vuelve, volvió Scioli y Macri volvió a hablar, y a equivocarse

La política argentina se asemeja a un perro mordiéndose la cola. Parece que va a lograrlo y sacarse de encima esa picazón que lo desespera, pero gira y gira sobre sí misma agotando sus energías.

Es cierto que, como dice Cristina, los procesos judiciales y los políticos están como pocas veces conectados en estos tiempos. Pero la conexión que ella postuló no parece ser la que corresponde a los hechos.

Dijo que quienes son una potencial amenaza para el oficialismo como candidatos opositores, por su arrastre popular podemos imaginar, se vuelven blanco de jueces y fiscales en casos amañados sobre supuestos actos de corrupción.

Cuando en verdad lo que está sucediendo es exactamente lo opuesto: los que corren el riesgo de terminar presos por haber metido la mano en la lata demasiado hondo se apresuran a anunciar su voluntad de combatir al gobierno hasta el último aliento, en la calle y en las urnas; y no lo hacen sólo para politizar las acusaciones en su contra y victimizarse, sino también para extorsionar al resto de su partido, el peronista, donde se teme más que al poder electoral del macrismo al efecto pianta votos de todos estos ex funcionarios procesados, y con razón.

Lo hizo Cristina, cuando volvió del sur por primera vez sin necesidad de que la convocaran a Comodoro Py, sino para lanzar un programa de recorridas por barriadas populares. Pero con la vista puesta tanto en los avances de jueces y fiscales en su contra, como en el vacío cada vez más evidente que le hacen sus ex seguidores del PJ.

Y ahora lo hace Scioli, también alarmadísimo por un escándalo de proporciones en las cuentas bonaerenses de gastos discrecionales, que se suma en realidad a varios escándalos previos, sobre las cajas de la policía y su porcentaje para la política, sobre la falta de correspondencia entre gastos y prestaciones del instituto de servicios sociales, en fin, lo que ya todos sabíamos pero temíamos preguntar, y explica tal vez mejor que su carácter pusilánime la eterna obediencia que le debe a CFK, que seguro se ocupó de preguntar y memorizarse todos esos detalles hace bastante tiempo atrás.

En su caso fue más llamativo que en el de Cristina, además, porque supuso abandonar el barco de los moderados. Al que se había subido de la mano de Gioja, seguramente pensando que iba a ser una buena forma de ganarse amigos en el bando oficial, y conservar los que tenía entre los jueces. Pero Vidal, Carrió y algunos miembros del poder judicial cooperaron explícita o implícitamente para hacer fracasar esa apuesta.

¿Puede ser la amenaza de una convergencia entre él y Cristina más creíble como amenaza electoral hacia los peronistas que la que pretendía encarnar ella sola desde el Instituto Patria y con la colaboración exclusiva de los fanáticos? Este es el quid de la cuestión.

Y saber en ese caso que vía adoptaría el resto de los peronistas: apostar aun más abiertamente a aislar al kirchnerismo residual, o revisar sus pasos y tratar de calmar a las fieras, prometiendo colaboración político-electoral y sobre todo judicial con la señora.

Si hicieran lo primero seguramente el beneficiado sería Massa, si en cambio optaran por lo segundo, o al menos lo hiciera una porción significativa de los peronistas del territorio, lo sería el gobierno, que se garantizaría la división del voto opositor el año que viene. Y si fracasaran tanto en una cosa como la otra lo sería aun más, porque esta división se convertiría directamente en dispersión.

Por ahora probablemente no hagan nada. Porque hay tanta incertidumbre en el ambiente que mejor esperar a que las cosas decanten. Con el tiempo se verá si los procesos judiciales son tan serios como parecen, si las encuestas siguen indicando que la señora, La Cámpora y también Scioli son cosa del pasado, y cómo se acomodan los nuevos líderes pejotistas y renovadores.

El problema puede ser que esperen demasiado y cuando llegue la hora de comprometerse ya el valor de su colaboración sea más bien bajo. Porque es cierto que en la política argentina, como se dice, suele no convenir dar a los políticos por muertos porque todos tienen segundas y terceras oportunidades, todos pueden volver. Pero también es cierto que las vueltas de página la gente suele hacerlas drásticamente, y parece que esta es una de esas ocasiones en que lo que todos están esperando que suceda, que Cristina se extinga, ya pasó hace rato.

Mientras tanto el gobierno se genera sus propios problemas. No sólo sigue enredándose en el laberinto del tarifazo, un asunto que pasó de manos del Ejecutivo al Judicial, y de ahí al Legislativo, con lo que ya no se sabe muy bien dónde se va a arreglar, sino que insiste en consumir el crédito de partida que le queda en exposiciones incomprensibles de la figura presidencial.

No otra cosa fue la entrevista que brindó Macri en Facebook, se supone que para fortalecer nuevas redes de comunicación, pero en la práctica para enredarlo en viejas discusiones sobre la historia, y peor todavía, en una equívoca postura sobre su rol.

No es creíble que el presidente haya ido a esa entrevista sin saber que le iban a preguntar sobre el número de desaparecidos. Más sabiendo que esa cuestión había suscitado el único reemplazo de funcionarios concedido a la presión opositora desde que inició su mandato. Si fue así no es fácil entender que Macri haya dicho muy suelto de cuerpo dos cosas totalmente contradictorias: primero, que los crímenes de la dictadura él también los considera lo peor que nos ha pasado, y segundo, que “no tiene ni idea” de cuantos son los desaparecidos e indagarlo no es una cuestión de estado si no una “discusión inútil”.

Hay veces que el presidente deja demasiado en evidencia que pretende seguir mirando los procesos políticos como un espectador más. Que espera que las cosas salgan como él nos prometió, pero si salen de otro modo está dispuesto a decir “fracasé” y ya. Tal vez no advierta un pequeño detalle: él habla y actúa por el estado nacional. Si los desaparecidos son una cuestión de estado, no puede decir lo que él, individuo, opina, si no que debe asumir ante todo la obligación estatal de hacerse cargo del asunto. Entre otras cosas, cuantificar el problema.

Diferenciándose de quienes durante años hicieron lo opuesto y postularon “el estado soy yo”, él parece querer decirnos “no busquen eso en mí, yo no soy”. Pero eso funcionaba estando en la ciudad, mientras tenía enfrente a Cristina. ¿No se da cuenta acaso de que la situación cambió, él la cambió? El riesgo bien concreto es que transmita un mensaje equívoco, “el estado es nadie” y genere más desconcierto y debilidad que republicanismo. Con sus livianas afirmaciones sobre los desaparecidos, al menos, fue lo que sucedió.

Por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/8/16

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Bonafini y Moreno: dos patoteros con look “rebelde”

Hay algo peor que un patotero: uno que se disfraza de rebelde luchador contra supuestos dominios y atropellos ilegítimos, que lo autorizarían a practicar la violencia desde condición de “víctimas”. Moreno y Bonafini dieron dos buenas muestras de ello esta semana.

Lo más increíble del programa de canal 9 en que Guillermo Moreno insultó y amenazó al economista Martín Tetaz porque este le dijo que estaba mintiendo sobre la inflación durante el kirchnerismo no fue lo virulento de sus ataques, si no la reacción entre dócil y cómplice de las conductoras.

Una le pidió a Moreno que no se siguiera parando y paseando a sus anchas porque ella era la encargada del programa, insólito. Ni siquiera le reprochó las agresiones a su compañero de trabajo y la explicación que dio de su pedido de “calma” fue que “no quería que el programa se volviera una guerra”. Cuando en ningún momento se trató de eso. Había un solo agresor, desatado, imponiendo su ley con gritos y amenazas, que se salió con la suya porque no contestó la pregunta que le hicieron y su interrogador no volvió a hablar. Además de que casi se va del programa. Como dijo el mismo Moreno, quedó exiliado, aislado, exonerado de momento de su puesto de trabajo porque nadie lo protegió, ni la producción, ni sus colegas, ni sus jefes, que era lo que el ex funcionario buscaba y consiguió.

En cualquier país normal un personaje con estos hábitos probablemente hace tiempo que estaría tras las rejas, seguro no lo invitarían a programas de televisión cada dos por tres, y más seguro todavía lo hubieran frenado y echado del set apenas empezó su patoteada. Pero este sigue todavía sin ser un país normal. Y le va a costar serlo, mucho más que el simple cambio de gobierno.

Se dirá que luego Tetaz recibió muchas muestras de solidaridad. Y Moreno muchas críticas. Pero su trabajo ya estaba hecho. Lo que se vio en la escena fue a un patotero imponiendo su ley. Y la teve dejando hacer.

Algo parecido ha sucedido hasta aquí con el pedido de indagatoria, y luego de detención contra Bonafini, y su vuelta a la carga contra los jueces y fiscales que la investigan por corrupción. La cantinela de los fanáticos K que ven en todo eso persecución política digitada desde el Ejecutivo y las “corporaciones” (les faltaría decir “la sinarquía internacional”) era esperable. Lo no tan esperable, más destacable y sobre todo mucho más preocupante fue el silencio de radio de los agredidos y la casi nula reacción del resto de la Justicia.

Bonafini hizo como esos militantes extremistas, de izquierda o de derecha, que van a movilizaciones callejeras a buscar que algún policía los reprima, y si no lo logran están dispuestos a tomar el bastón policial y se lo sacuden por la cabeza. Con el agravante de que en el caso de Bonafini el policía que busca obligarla a cumplir la ley lo hace por graves acusaciones de corrupción, no por nada que haya hecho en la calle.

Ella dio a entender que estaría feliz si la buscaban por la fuerza y unos cuantos fanáticos la acompañaron montando un show que fue pura provocación. Lo cierto es que a Bonafini le da lo mismo que la metan presa sea por desacato o por corrupción. Lo que no quiere es un juicio imparcial y a la luz pública, porque le complicaría seguir diciendo que sus delitos no existen y es todo una conspiración armada por un poder autocrático e ilegítimo.

Bonafini no sólo se pone así en víctima, se erige en encarnación de una legitimidad tan extraordinaria, que las leyes civiles y penales de este país no valen un pito frente a ella. Y una buena cantidad de kirchneristas fanáticos lo repite y la ayuda a llevarlo a la acción. Por caso Luis Bruchstein en Página 12 acaba de escribir que si termina presa su ídola, Macri habrá realizado el sueño de Videla, sería peor que él, y por tanto estamos en la “antesala de la violencia”.

Escribir sandeces es legal, claro. Pero hacer lo que hace Bonafini, igual que lo que hace Moreno, no. Sin embargo por ahora al menos ella se sale con la suya. Porque burla a la Justicia, habla y habla, mientras ésta está en silencio, duda y deja hacer.

Un problema serio de los demócratas liberales aquí y en todo el mundo (basta ver lo que sucede en la campaña electoral estadounidense con Trump), es que sus convicciones morales no alcanzan muchas veces por sí mismas para movilizarlos con la contundencia suficiente para defender las condiciones de vigencia de sus principios. Condiciones que son en cambio fácilmente utilizadas por quienes odian esos principios y desean destruirlos para atropellar a su prójimo y a las instituciones.

Esto en parte es incorregible. La democracia liberal está obligada a tratar decentemente, es decir dando la oportunidad de hablar y de votar y de manifestarse de muchas otras maneras, a grupos que no se lo merecen, porque no son ni mínimamente respetuosos de ese orden.

Pero solo en parte es así. Los demócratas tienen también la obligación de decir no y frenar el maltrato injustificado. Dejar en claro que respetar las reglas de juego libre no suponen indiferencia moral ni dejar hacer “hasta que la Justicia se expida”, ser imparciales en la aplicación de la ley no incluye ser indiferentes ante conductas que dañan nuestra convivencia y las reglas básicas que hacen posible nuestra democracia. Moreno y Bonafini están muy lejos de respetar estas reglas, se dedican cotidianamente a dañarlas, y no van a dejar de hacerlo. No se trata de hacerlos callar. Sí de ponerlos en su lugar: no se les debe seguir dejando usar las instituciones de la democracia para destruirla. Ya lo hicieron durante demasiado tiempo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/8/16

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Cristina en el final vuelve a abrazarse al chavismo

La ex presidenta volvió a volver, una vez más, pero la tercera no fue la vencida. Estuvo lejos de ser millones: reunió unos pocos cientos de personas en el Instituto Patria, y muy pocos referentes políticos de peso. Aunque no se inmutó ante las dificultades y habló como si se dirigiera a las masas entusiastas de antaño.

Esta vez no tiene cita en tribunales, sino un programa de actos políticos en la ciudad y el conurbano por delante. Con los que espera retener una base de apoyo que va esfumándose entre sus dedos desde que dejó el gobierno. Según todas las encuestas más o menos creíbles su popularidad venía cayendo ya antes del escándalo de López y las monjitas, y ahora directamente se derrumbó, con porcentajes altísimos, de alrededor de 80%, convencidos de su culpabilidad en los hechos de corrupción, y un núcleo duro de fieles que también se desgrana.

Pero eso no es lo peor: su poder partidario se ha evaporado aun más rápidamente. En el PJ son muy pocos los que todavía creen que haya que tenerla en cuenta, porque se estima que aunque zafe de ir presa los procesos en su contra van a seguir avanzando, van a ser cada vez más y van durar años; la visión social sobre sus responsabilidades tanto en la corrupción como en los problemas económicos que vivimos no va a mejorar aunque Macri tenga más y más problemas; y por tanto va a ser un pésimo negocio quedarse cerca de ella.

Sucede al mismo tiempo, sin embargo, que el grupo de dirigentes que aun la acompaña, a medida que se achicó, se abrazó con más y más fervor a un diagnóstico radicalmente divergente de esa opinión reinante en el resto del peronismo. Con lo que la comprensión y la cooperación entre ambas partes se fue volviendo más difícil.

Es decir, los kirchneristas se han ido haciendo más y más puros, y más fanáticos. A medida que se volvieron impotentes. En vez de tomar nota de que su estrategia no funciona y les convendría cambiarla antes de que sea tarde, se hicieron fuertes en las convicciones que abrazaran al desayunarse que Scioli iba a perder y ellos deberían abandonar el estado nacional: creen todavía que Macri va a fracasar y que la estrategia de resistencia y polarización es la más conveniente para recoger la ola de rechazo que entonces se desataría, los errores de gestión del gobierno nacional les dan ánimo para insistir, y las investigaciones judiciales hacen el resto para convencerlos de que están jugados a matar o morir.

El abrazo apasionado que celebraron en ocasión del cumpleaños de Hugo Chávez el jueves pasado brindó la oportunidad de escenificar esa convicción, dejar en claro que no van a aflojar ni a moderarse, sino todo lo contrario.

Es sugerente que desde que Venezuela se internó en una crisis cada vez más aguda los homenajes y demás muestras de sintonía con el chavismo de parte de sus parientes locales habían ido disminuyendo. Hablaban de Evo, de Lula, hasta de Correa y de Cuba, pero no mucho de Maduro. Defender sus dislates no parecía muy razonable cuando aun se creía tener algo más valioso que defender que las convicciones.

Ahora que han perdido casi todo, que están crecientemente aislados y que se enfrentan al peligro cierto de la extinción han dejado de tomar esas precauciones: “¡Si, somos chavistas a muerte, ¿y qué?!” parecen decirnos Cristina y los suyos. A la espera de que en esa tesitura extrema al menos sigan acompañándolos quienes valoran las creencias ideológicas por sobre todo lo demás, por sobre los resultados, el estado de derecho, la mínima honestidad personal y la misma conservación del poder.

Es una máxima conocida que cuanto más lejos se está de ejercer el gobierno, los grupos políticos más se unen en torno a ideas. ¿Podría entonces el kirchnerismo encontrar en estos gestos una forma de sobrevivir, aunque sea como secta?

Podría creerse que sí. Aunque creo que hay razones para dudar tanto de que esta sea realmente la apuesta de Cristina, como de que ella tenga muchas chances de éxito.

Ante todo, porque lo cierto es que ni siquiera en esta hora del final el kirchnerismo es sincero, ni siquiera ahora que se enfrenta a la perspectiva de la cárcel y la marginalidad sus líderes nos dicen la verdad. Porque lo cierto es que todo este circo chavista viene a adornar una operación electoral tan pedestre como mezquina: tratar de instalar a Cristina como candidata bonaerense con mínimas chances, como para que el resto del peronismo tema que si la dejan sola y abandonada a su suerte ella puede competir y robarles los suficientes votos como para condenarlo a una dura derrota frente al oficialismo. Una apuesta poco viable, por cierto, pero sobre todo muy poco constructiva hacia sus compañeros de partido.

Y precisamente porque es poco viable lo más probable es que pase pronto al olvido, igual que el Frente Ciudadano y la Segunda Resistencia: los peronistas están desorganizados y confundidos, pero no tanto; conocen de encuestas y de tendencias de opinión, y saben que les va a ir casi seguro peor si siguen sometidos a Cristina que si se olvidan de ella, y que no hay términos medios porque el kirchnerismo no se deja moderar, no cede en sus costumbres más soberbias ni siquiera al borde de la impotencia. Ellos también lo contemplan en el espejo del chavismo y los papelones de Maduro, y no quieren ni por asomo compartir ese destino.

por Marcos Novaro
publicado en TN.com.ar el 2/8/16

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Macri quiere comunicar mejor un método de gestión que cree infalible, aunque ya falló

¿El presidente defiende su autoridad o se revela sordo a las señales de alarma? Puede que haya un poco de las dos cosas: está obligado a jugarse por la suba del gas, pero podría a la vez corregir problemas de coordinación ya evidentes.

Tras la tormenta interna y las críticas públicas desatadas por el freno judicial a los tarifazos el presidente parece haber adoptado una vía que combina cierta corrección comunicacional con la insistencia en el método y los criterios de gestión que viene utilizando tanto en esta materia como en el resto de su administración: “hablaré más y hablarán otros, pero lo demás”, nos dice, “va a seguir igual”.

La respuesta presidencial a la primera crisis seria que enfrenta en el cargo tiene un costado razonable y lógico: Macri entendió bien que lo primero que estaba en juego no era el calor popular (en ninguno de sus sentidos) ni el ajuste fiscal, sino su autoridad, y se jugó para preservarla saliendo a la palestra a respaldar las medidas adoptadas y a sus colaboradores.

Parece decirnos así que si acaso se ve obligado en algún momento a hacer cambios en su gabinete y en su programa de acción no los hará bajo presión de los opositores, ni de los jueces ni de la prensa, ni siquiera apurado por las encuestas o las cacerolas. Se tomará su tiempo y los decidirá cuando más le convenga.

Todo esto puede estar bien pero no agota el problema. Porque al mismo tiempo está marcando un límite a la “disposición a corregirse” tan celebrada hasta aquí: nos está diciendo también que puede revisar esta o aquella medida puntual, por ejemplo en este caso poner un límite a los aumentos, pero no va a corregir el modo en que le gusta y ha decidido hacer las cosas; el método es intocable. Tal vez porque se lo considera infalible. O tal vez porque tema que si empieza a meter mano ahí, en el motor de su administración, el prestigio del gobierno se debilite en vez de fortalecerse, es decir, suceda lo contrario de lo que pasa cuando se muestra dispuesto a corregir medidas puntuales.

¿Se justifica este temor? Probablemente no. Porque ni la infalibilidad ni la fragilidad están demostradas. Al contrario, si tomamos como bueno el antecedente de la ciudad, podríamos incluso concluir lo contrario: allí Macri tardó en ocasiones demasiado en reemplazar funcionarios que no funcionaban y cambiar métodos de trabajo; y cuando finalmente lo hizo no sufrió mayores inconvenientes, ni de dentro ni de fuera de su coalición.

Por otro lado, es cierto que puede haber déficits de comunicación que complican más las cosas. Pero no habría que exagerar su importancia, ni mucho menos usarlos como tapadera para no considerar los problemas de gestión. Ni siquiera en los casos en que esos errores se volvieron algo escandalosos, como cuando Durán Barba, Aranguren y hasta el en general más cuidado Prat Gay se fueron de boca sobre la pobreza, el derrame y cosas por el estilo.

Se supone que una ventaja del gobierno de Macri respecto al anterior es que nos dice la verdad, no minimiza ni oculta los problemas. En ese marco, los despistes de esos y otros funcionarios podrían considerarse “excesos de sinceridad” y revelar más que una condición “socialmente insensible”, como acusa la oposición, un cierto exceso de virtud, una sincera renuencia a dorarnos la píldora, y no ser por tanto demasiado graves ni demasiado reprochables.

Nada de esto obsta que se atienda a un agujero negro de la estrategia oficial sobre las tarifas: el hecho de que se ignoró que entre los que reciben el beneficio de las tarifas sociales y los que pueden pagar los aumentos sin demasiadas dificultades, es decir entre los pobres y los ricos, hay unos cuantos millones de personas que sufrirán y mucho por los aumentos, y unos cuantos miles de comerciantes y empresarios PyMEs que están en parecidas condiciones. El gobierno tiene que resolver los problemas de estos sectores, antes que ninguna otra cosa, lo que requiere de una mucho más cuidada coordinación de información y recursos de la que ha demostrado hasta aquí, después si le queda tiempo puede comunicar mejor.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/7/16

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Tras el tarifazo ya no habrá correcciones sin costos

“Somos humanos y podemos equivocarnos” repiten en estos días desde el Ejecutivo. Pero si un gobierno de humanos se equivoca todo el tiempo la sociedad puede volver a preferir uno inhumano

Errar es humano, pero las metidas de pata con los tarifazos desbordaron el vaso de la extendida tolerancia social porque revelaron más que humanidad una cierta dosis de irracionalidad. Fueron mucho más graves que todos los problemas que pueden haber contenido decisiones previas, como la designación por decreto de dos nuevos jueces de la Corte Suprema, o la indisposición inicial a hablar de la herencia por miedo a pinchar el globo del optimismo social.

Y es que hay errores y errores. Si un factor no tenido en cuenta al tomarse una decisión provoca consecuencias inesperadas puede decirse que el decisor calculó mal, no se protegió suficientemente frente a los imprevistos, por exceso de optimismo, falta de información o lo que sea. Pero si ese error se prolonga a lo largo del tiempo pese a advertencias reiteradas, incluso provenientes del propio equipo encargado de las decisiones, entonces más que un problema puntual tenemos un déficit sistémico: las cosas se están haciendo mal.

Eso es lo que pasó con el tarifazo: puso en aprietos no solo un aspecto particular de las políticas de gobierno, la gestión de Aranguren y sus colaboradores, sino al gobierno en general y su pretensión de haber constituido un “equipo” bien articulado y preparado tanto técnica como políticamente. Y es que él tuvo tiempo para evaluar los pasos a seguir, dispuso de información que le sugería ser en este mucho más cuidadoso que en otros asuntos, y hubo además reacciones en cámara lenta de parte de los afectados y la oposición que indicaban las cosas no habían empezado bien y las resistencias podrían crecer si no se revisaban algunos aspectos centrales del ajuste. Y sin embargo el gobierno se negó a cambiar hasta que fue demasiado tarde.

Encima ahora ya no puede saber si el remedio no va a ser peor que la enfermedad, por el desajuste fiscal y la pérdida de autoridad que supone la moderación de los aumentos, y siquiera si va a lograr imponer la versión corregida de los mismos, dado el protagonismo que han ganado los jueces y los opositores.

El gobierno ya está pagando el precio de este error en la opinión pública: hasta junio los escándalos cotidianos de corrupción que vienen estallando alrededor de la ex presidenta y los desacuerdos entre las facciones en que se divide el peronismo alcanzaban para tapar o compensar cualquier inconveniente que se presentara en la gestión de la economía, por la persistencia de la inflación, la suba de tarifas y la demora en la recuperación; pero desde que en julio el affaire tarifazos se complicó la buena y mala imagen del presidente se emparejaron.

Puede que de todos modos esto no sea lo más grave. Ni tampoco lo sea el costo extra para las cuentas públicas que significarán las correcciones. Si el presidente no muestra que sabe corregir errores en su equipo y cambiar lo que no funciona, y no lo hace pronto, su prestigio y la confianza en su capacidad como líder, y no sólo su popularidad, se van a deteriorar.

Macri tiene que demostrar, en pocas palabras, que sabe en serio formar equipos. Y quien sabe formarlos tiene que saber cambiarlos. Podría inspirarse para ello en sus predecesores, que aunque se esmeraron en ganar reputación de superhéroes que nunca se equivocaban, no reconociendo jamás error alguno, sabían bien descargar la responsabilidad por los errores que se volvían indisimulables en los colaboradores que quedaban más expuestos a la critica, o simplemente en quienes les resultaban prescindibles.

Eso para una visión humanista del manejo de los asuntos públicos podría sonar un poco inhumano. Pero lo cierto es que la gestión de gobierno, más todavía en un país como Argentina, requiere inevitablemente de una buena dotación de esas habilidades.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/7/16

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2016 vs 2010. Menos autobombo, pero aun atados a peleas chiquitas

Pasó el segundo Bicentenario y Cambiemos le imprimió su sello, menos faccioso y excluyente que el de seis años atrás. Aunque la discusión por la herencia recibida gravitó demasiado en el discurso presidencial

Hace seis años el kirchnerismo se apropió de los festejos del bicentenario de la revolución de mayo y los usó para autocelebrarse. Fue alevoso en la exclusión de la oposición política y de toda voz que disintiera del relato oficial, que postulaba al gobierno de turno como síntesis de todos los heroísmos patrios y redentor de una historia tachonada de fracasos causados por sus enemigos, que eran siempre los mismos, desde los realistas hasta la Mesa de Enlace y Clarín, la antipatria.

Los entonces gobernantes consideraron que la operación fue un éxito porque las celebraciones convocaron multitudes. Néstor Kirchner se vanaglorió días después de haber “quebrado” a sus adversarios con una maciza demostración de hegemonía cultural. Pero aunque las elecciones del año siguiente parecieron darle la razón, en verdad el kirchnerismo se dejó llevar por una fantasía. Porque al poco tiempo de ese supuesto triunfo histórico, del relato no quedaba casi nada, y hoy ya no queda nada del propio kirchnerismo.

Sucede que la gente quiere festejar, sentirse parte de una comunidad y de una historia, y no le presta tanta atención a los discursos, de los que toma coyunturalmente lo que quiere y le conviene, si las cosas van bien sobre todo en la economía de su bolsillo, y cuando dejan de ir bien busca otros argumentos y pasa a otra cosa. Eso le pasó al anterior gobierno y le pasará seguramente al actual.

¿Aprendieron nuestros dirigentes la lección? En parte al menos sí. Los festejos del bicentenario de la independencia han tenido mucho menos autobombo que los de seis años atrás y ninguna exclusión que lamentar.

Salvo el kirchnerismo y la izquierda extrema, que mayoritariamente se autoexcluyeron, todas las fuerzas políticas estuvieron en la asamblea legislativa que se realizó en Tucumán días atrás. Y salvo Alicia Kirchner todos los gobernadores participaron de los actos centrales del 9 de julio.

Los organizadores de los festejos respetaron su carácter federal y se cuidaron de no ideologizar sus contenidos con propaganda oficialista. En las producciones que vienen difundiendo los medios públicos se han esmerado por darle cabida a artistas e intelectuales identificados con la oposición, algo que hay que celebrar.

Y aunque la convocatoria no fue tan masiva como en 2010 tampoco resultó escasa, todo lo contrario, considerando la poca inversión de tiempo y dinero que se realizó.

Tal vez sea por contraste con todo ese esfuerzo por romper con el modelo anterior que llamaron tanto la atención algunos tonos y gestos de los discursos presidenciales. En los que se filtró el partidismo y la querella coyuntural mucho más de lo conveniente.

En la vigilia del bicentenario, en Jujuy, Macri enfocó ya su atención en la “pesada herencia recibida”. Y encima lo planteó ante un auditorio compuesto en gran medida de escolares. Lo que hizo acordar al día de la bandera en Rosario, cuando incitó a niños de guardapolvo a entonar con él un desubicado “Si se puede” tomado de la campaña electoral. Y no se detuvo ahí: en su discurso del sábado en Tucumán habló un poco de todo, es cierto, pero el eje fue definitivamente la herencia kirchnerista. Algo que podría haber dejado para otra ocasión, que seguro no le va a faltar. ¿Será que siente que solo en el contraste con los Kirchner su figura, su rol y el propio tiempo histórico que busca inaugurar van a poder tomar vuelo?

Perdió así una valiosísima oportunidad para dar una pauta más concreta sobre el futuro común que podemos alcanzar, para ofrecer una referencia más amplia tanto sobre lo que nos une del pasado como de lo que podemos hacer juntos, que es precisamente el lema que la propaganda institucional de la Presidencia ha hecho suyo, pero el discurso del presidente no se esmeró mucho en desarrollar.

Lo más llamativo es que repitió así un defecto de las celebraciones de 2010: también en ellas la ausencia más notable fue la del futuro, lo que era en alguna medida esperable de un gobierno obsesionado por cambiar el pasado. Este no es el caso de Macri, pero parece que los enredos del presente y tal vez una propia inseguridad le impiden todavía romper el molde y abrir ese horizonte de tiempo largo y compartido que por ahora está solo esbozado en la cartelería de Presidencia.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/7/16

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Cristina volvió, para ayudar a Macri a armar su pata peronista

¿Podrá Macri tener éxito donde fracasaron Alfonsín y Chacho Álvarez?, ¿conseguirá aliados peronistas estables, que no se suban sólo oportunistamente al tren oficial para arrancarle en cuanto puedan el crédito y los votos por él trabajosamente obtenidos? Al menos Cristina está ayudándolo.

Cristina volvió por segunda vez. Pero ya no para competir en la arena política, donde le queda poco y nada que hacer, sino para intentarlo en el éter.

Llevó así la confusión que padece desde hace años, que los medios son el poder, que en la prensa independiente actúa el comité central del enemigo y que dominando los medios puede extinguirse la competencia, a su versión extrema: parece haber pensado “si estoy en la tele el domingo a la noche podré seguir conduciendo a mi tropa y al peronismo” y se lanzó a polarizar, de la mano de Roberto Navarro, ya no con Macri, sino con Lanata.

Como cuando era presidenta demuestra así que audacia no le falta, pero sí estrategia. Porque igual que sucedió con la marcha a Comodoro Py de hace unos meses, su participación en C5N el domingo a la noche supone dos insuperables dificultades: no se puede repetir todas las semanas e indirectamente reconoce y valoriza el escenario que más la complica.

Pero eso no es todo: el regreso de Cristina a la escena nacional va a suponer un desgaste aun mayor para su sector y para sí misma, pero sobre todo es un dolor de cabeza para el peronismo, que es evidente ya no sabe qué cuernos hacer con ella.

Y es otro regalo del cielo para el oficialismo: en medio del desbarajuste peronista que causan las investigaciones por corrupción y la descomposición de las lealtades K seguirán aumentando los grados de libertad del gobierno para gestionar el ajuste y los caminos alternativos de que dispone para consolidar su mayoría.

Ante todo porque más opositores se ofrecen a cooperar con él, como se vio en las votaciones de las últimas semanas en el Congreso. Y algunos hasta se muestran dispuestos a sumarse a la coalición oficial. Es el caso de varios intendentes bonaerenses y también del interior más profundo.

Para el macrismo son tentadoras estas incorporaciones porque le permitirían completar la nacionalización de su fuerza política: ella no sólo necesita seguir siendo competitiva en las áreas centrales, donde predominan las clases medias, sino también llegar a serlo en la periferia de las grandes ciudades y el norte del país, donde el peronismo todavía es hegemónico, y lo es desde el inicio de la democracia.

Esa podría ser, por tanto, la mejor arma para consolidar su ventaja en las elecciones del año que viene. Y de paso un instrumento para sacarle sustento a los esfuerzos renovadores en curso en la principal fuerza de oposición, que puedan volverla una competencia más desafiante. Porque cada dirigente y cada voto que sume de ese origen valdrá doble.

También sería una vía para consolidar al partido del presidente y no depender tanto de los radicales y su base territorial.

Esto último es importante y ubica al PRO más en la estela de la experiencia frepasista de los años noventa que en la del alfonsinismo de los ochenta: el PRO ya tiene larga experiencia en esto de absorber peronistas y convertirlos a su identidad; lo que también supo hacer, aunque luego no pudo sostener en el tiempo, el partido de Chacho Álvarez.

Y en cambio no logró en igual medida Alfonsín, ni siquiera en sus mejores años. No porque no lo intentara: se recordará su llamado a formar un “Tercer Movimiento Histórico”. Sino porque el signo radical de su gobierno actuaba como antídoto contra todo esfuerzo de seducción de la dirigencia peronista y de sus votantes. Que si acompañaron en alguna medida al primer presidente, lo hicieron sólo acotada y circunstancialmente, hasta que el peronismo se recompusiera y para apurar esa recomposición, no con miras de más largo plazo. De allí que los llamados de Alfonsín al Tercer Movimiento solo interesaran a pequeñas fuerzas sin votos.

Cambiemos, o al menos el PRO, pueden hacer mucho más estragos hoy en el campo peronista del que logró el radicalismo en los ochenta. Y tiene más recursos para sostener esos avances de los que tuvo Chacho dos décadas atrás. Así que es lógico que el peronismo esté preocupado.

Dos buenas señales de ello las dieron esta semana lo sucedido con la operación de renombrar las bandadas del FPV y con los actos de homenaje a Perón en el 42 aniversario de su muerte: aquella quedó en suspenso ante el riesgo de que desembocara en más dispersión antes que en la recomposición de la unidad pejotista; mientras que en los homenajes se encontraron casi todos, desde los renovadores de Massa a los camporistas de Máximo.

Pero todo lo que la dirigencia peronista teje de día para hacerse de un futuro más o menos próspero lo logra destejer Cristina de la noche a la mañana. Bastó que reapareciera en escena para que la mancha venenosa de los escándalos de corrupción y la desorientación política volviera a ganar las filas de la oposición. Massa ratificó que no piensa acercarse siquiera a los pejotistas y que su aliada para 2017 será Margarita Stolbizer; en tanto Randazzo demoró al menos hasta el año próximo su salida a la cancha para hacer campaña bonaerense.

La escena facilita así que los macristas avancen. Y seguramente en las próximas semanas se irán conociendo los primeros pases de peronismo a las filas oficiales. Sucede de todos modos que con el éxito y la disponibilidad de opciones también aumentan las chances de equivocarse. Así que sería bueno para el gobierno no apresurarse a cantar victoria, ni a sumar gente por sumar.

Con esos nuevos aliados, ¿Cambiemos va a crecer o solo va a engordar? Si es cierto como algunas encuestas indican que la sociedad, y en mayor medida los votantes oficialistas, creen que el mal gobierno y la corrupción son responsabilidad de todo el peronismo y no sólo del kirchnerismo, sumar a esos dirigentes ¿no disminuirá su popularidad y su capacidad de introducir cambios en vez de aumentarlas?

Y en un nivel más pedestre de competencia electoral, ¿podrá el PRO repetir con estas eventuales incorporaciones la experiencia de crecimiento vivida durante el final del kirchnerismo, o le pasará como a Massa entre 2013 y 2015, y antes de eso al propio Macri entre 2009 y 2011, que todo lo que juntaron se les escapó entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos en cuanto enfrentaron dificultades y el peronismo oficial se recompuso?

Estas preguntas son pertinentes porque lo que el gobierno no puede evitar es que apenas sume a estos peronistas cismáticos ellos se embolsen algunos beneficios contantes y sonantes, como dinero público y ser considerados parte de “la ola del cambio”, y habrá que esperar para saber si van a pagar por ellos, por ejemplo ayudando a derrotar a los líderes pejotistas que traten de disputarle la conducción del cambio al gobierno. Esos nuevos aliados además reclamarán espacios en la gestión y en las listas electorales que probablemente disminuyan las que disfrutan o creen merecer los radicales, así que lo que Cambiemos gane por un lado lo puede perder por el otro. En la provincia de Buenos Aires donde es posible que deba enfrentar una lista renovadora avalada por Stolbizer, un radicalismo herido puede volverse un factor peligroso. ¿Se podrían dar situaciones parecidas en Tucumán, en Entre Ríos o en otros distritos?

Los cazadores de talentos del PRO reparten bienes escasos a cambio de bastante poco: una promesa de colaboración legislativa, la posibilidad de “jugar” con el gobierno en 2017, todas palabras que tal vez se lleve el viento, con lo cual ayudan a levantar el prestigio de figuras locales que podrían volverse, ante un cambio del contexto, sus verdugos electorales. Como le pasó a Alfonsín con Menem.

Pero ellos ven las cosas de otro modo. Creen que el PRO no tiene la barrera identitaria ni de antecedentes antiperonistas que le dificultaban a la UCR sacar provecho de las crisis peronistas. Y esa crisis además en esta ocasión va a durar mucho más que las de los años ochenta y los noventa, porque Cristina los va a seguir ayudando, aunque su prestigio esté por el suelo y el resto del peronismo se desespere por alejarse de su mala influencia. Así que van para adelante con su estrategia de dividir y sumar en el desperdigado campo del adversario. Pronto se verá hasta donde logran llegar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/7/16

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Cómo los K se volvieron la mancha venenosa para el peronismo

Abandonando todo disimulo, los hasta ayer más entusiastas adherentes al proyecto kirchnerista se apuran a abandonarlo. Buscan un nuevo horizonte político. Y también preservar un viejo sistema de financiamiento.En la historia y la vida interna del peronismo el PJ tucumano de José Alperovich y el Movimiento Evita de Emilio Pérsico y el Chino Navarro son como el agua y el aceite. Uno es el típico “pejotismo de provincia periférica”, el otro, la máxima expresión del peronismo de base y convicciones izquierdistas.

Sin embargo los dos acompañaron con igual entusiasmo al kirchnerismo. Y los dos se están despegando de él a igual velocidad y con parecidos argumentos ahora que el liderazgo de Cristina se hunde sin remedio. Esto podría parecer paradójico pero en realidad no lo es tanto, porque la utilidad que ambos sectores encontraron en adherir al proyecto de los Kirchner en ciertos aspectos coincidió, y coinciden aun más en los cálculos que hacen hacia delante, sobre cuál es el papel que debe cumplir a partir de ahora el peronismo.

Alperovich encabeza la típica estructura patrimonialista del interior, que en cualquier otro lugar del mundo se llamaría “partido conservador”. Su séquito dirigencial lo forman prósperos empresarios iguales a él y su base una red de caudillos locales con un control quasi monopólico de cargos municipales y recursos públicos, con los que se atiende y controla a los sectores más sumergidos, y se los reproduce en esa condición. El Evita es el típico movimiento social estatizado, conducido por dirigentes de fuerte identificación con la izquierda que rechazan la integración subordinada de los sectores populares, e integrado por cientos de militantes de base que se fueron convirtiendo en empleados del estado, gracias al control de áreas sociales de la gestión bonaerense y nacional, como el área de agricultura familiar del Ministerio respectivo.

En un caso, patrimonialismo de la obra pública y las transferencias discrecionales, en el otro, patrimonialismo del empleo público. Ambos financiados generosamente por los Kirchner, de los que se puede decir cualquier cosa pero no que fueran malos pagadores de los apoyos recibidos de parte de los Alperovich y los Pérsico-Navarro en todos estos años. Pero sucede que ambas estructuras son, además, de muy alto costo de mantenimiento: necesitan un flujo elevado y constante de recursos públicos para sobrevivir. Y tienden a hacer por lo tanto cálculos de bastante largo plazo sobre cómo les conviene llevarse con quienes gobiernan.

Esos cálculos entraron en colisión con los que hizo el kirchnerismo apenas abandonó el gobierno nacional: con una falta total de sensibilidad por los intereses de los apoyos que le quedaban en el territorio, Cristina y sus fieles apostaron a la polarización con Macri y a negarle toda legitimidad a su gestión. Y al hacerlo dejaron en manos de otros, Massa, Bossio, Urtubey, Gioja, Pichetto, la oportunidad de cooperar con el nuevo oficialismo. El resultado se dejó ver apenas semanas después del cambio de gobierno: diputados y senadores imprescindibles para que el FPV pudiera ejercer su pretendido poder de veto contra la “derecha” se fugaron de sus bancadas o se negaron a plegarse a la estrategia de Resistencia, y el kirchnerismo se volvió una expresión testimonial y cada vez asociada con la nostalgia y la defensa de ex funcionarios en problemas.

Los escándalos de corrupción dieron la excusa final para el portazo. Pero la descomposición del kirchnerismo remanente ya estaba en marcha desde bastante antes. Y obedecía, más que a las torpezas en el manejo del botín por parte de sus ex funcionarios, a un grave error de estrategia cometido por Cristina Kirchner: en vez de moderarse y ser ella la que encabezara las negociaciones con Macri, apostó a atrincherarse en su contra y tratar de bloquearlo. No fue el primero de sus errores políticos, pero es probable que sea el que termine de sellar su destino.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/6/|16

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Según Cristina a López lo corrompieron los Macri de este mundo

El caso del ex secretario José López, ¿prueba que los promotores de la corrupción son los empresarios o los peronistas? ¿Qué actitud es más productiva, la justificación de Brienza o la “indignación” de Kicillof?

El kirchnerismo no sólo practicó la corrupción en forma sistemática y en todas sus variantes imaginables, para financiar la política, para enriquecerse personalmente, para corromper a posibles adversarios, etc., sino que fue también sistemático en la negación y el ocultamiento de cualquier prueba al respecto, persiguiendo a periodistas y jueces independientes, protegiendo a funcionarios expuestos y destruyendo evidencias. Por todo esto y no sólo por lo torpe y patético del recorrido final del zar de la obra pública es que la luz del día los está consumiendo.

Por eso también es que no tienen la escapatoria de mostrarse ahora indignados: quienes lo intentan, como hicieron los diputados del FPV la semana pasada, quedan inevitablemente en ridículo.

El negacionismo, algo tarde, se cobra la cuenta: si hubieran prestado alguna atención a la infinidad de denuncias acumuladas estos años contra sus funcionarios, si alguna vez hubieran aceptado que podía haber algún corrupto entre ellos y se hubieran ocupado mínimamente de investigar, controlarse a sí mismos y a sus compinches, en suma poner un límite, entonces ahora podrían decir que se escandalizan y entristecen y enojan ante el escándalo de José López.

Pero no lo hicieron, vivieron alegremente en la impunidad, con la idea de que nunca iban a tener que rendir cuentas. El caso de Kicillof es bien ilustrativo al respecto. Puede que él y sus inmediatos colaboradores no hayan robado, aunque aun deben aclarar algunos arreglos con financieras sospechosas. Pero más allá de eso lo que no pueden ocultar es que colaboraron con un gobierno que se dedicó a robar y ocultar el robo sistemáticamente, volviéndose sus cómplices. Debieron haber sabido que cometían fraude al Estado cada vez que incumplían su obligación de denunciar lo que pasaba a su alrededor. Ahora es tarde para decir que no sabían.

¿Tendrán los intelectuales, artistas y otros compañeros de ruta más periféricos del kirchnerismo más suerte al recurrir a ese subterfugio, se les creerá que “no sabían” y que sus nobles corazones se han ofendido?

Uno de los aspectos más llamativos del escándalo López fue la velocidad y la cantidad de las manifestaciones de sorpresa que disparó en esos círculos. Como si todos se hubieran coordinado para abandonar la solidaridad con que reaccionaban incluso ante episodios como los de la Rosadita, y dijeran de pronto “esto no me lo esperaba”.

¿No era acaso recontra esperable algo así? ¿No había sido ya suficientemente grave constatar que la familia Báez jugaba al Monopoly en el sur con plata del estado? ¿Cómo sorprenderse si lo único asombroso es que el juez Rafecas haya dejado dormir las investigaciones sobre el cráneo de la obra pública K desde 2008 hasta hoy sin tomar ninguna medida procesal ni ser obligado a abandonar el caso?

Por momentos los kirchneristas hacen acordar a esos argentinos bien educados e informados que a finales de la dictadura “descubrían” que había habido represión ilegal. ¡Pero si había indicios de sobra para saberlo desde mucho antes! ¿No se estaban haciendo los otarios, tratando de simular un engaño y desengaño que los disculpara por haber sido pasivos testigos, o incluso en muchos casos más o menos entusiastas adherentes, a un sistema de poder contaminado de ilegalidad de arriba abajo? La principal diferencia entre las dos situaciones es que la sorpresa y el desengaño en este caso sólo son simulados por una pequeña minoría de fanáticos, que no pueden decir que actuaron por miedo pues recibieron sustanciosos incentivos para mirar hacia otro lado.

No conviene cebarse con esta gente, de todos modos, porque hay quienes tendrán seguro más suerte en sus esfuerzos por mostrarse desengañados, y además han sido más que compañeros de ruta, partícipes necesarios. Son los peronistas de siempre, mucho más entrenados en esto de reciclarse y negar lealtades, y a quienes en general la sociedad nunca reclama que digan la verdad, por lo que no se va a ofender demasiado porque una vez más la cameleen.

Ellos también están convulsionados por el escándalo. Por razones que explicó bien Héctor Recalde: trataban mucho más directa y cotidianamente con López que los kirchneristas de corazón, o al menos que los miembros de la bancada del FPV que él conduce. Ahí fueron Closs y sus diputados, seguidos por Alperovich, coprovinciano y estrecho aliado del ex secretario detenido, quien antes de que cantara el gallo ya se cansó de negar esa amistad y de echarle toda la culpa a Cristina, y seguramente los seguirán otros, hasta que se cuenten con los dedos de la mano los que le atiendan el teléfono al pobre Recalde. Y es comprensible, porque el kirchnerismo ya estaba muerto, pero el peronismo le tenía preparado un entierro familiar y silencioso que se acaba de frustrar. Ahora que el cadáver quedó expuesto, y apesta y espanta, van a tener que cambiar apresurdamente de programa. Mala suerte para los Rafecas y los De Vido, buena para los Bonadío y los Massa.

Frente a tanto papelón y bancarrota moral e intelectual es hasta destacable el esfuerzo de algunos kirchneristas por formular una más sincera autodefensa. Entre otras cosas porque se atreven a plantear abiertamente lo que siempre ha sido su verdadero sustento moral e intelectual, pero no reconocían en público. Ofreciendo así un tal vez postrero servicio a la república: nos muestran sin disimulo cuál es el sentido común básico del enano corrupto que los argentinos llevamos dentro.

Vamos a los argumentos. El más trajinado, y al que recurrió la propia Cristina, es que el problema de la corrupción no nace de la política si no del capitalismo; son los empresarios los que corrompen a los políticos: tientan a los funcionarios, que traicionan así sus ideales. La contraposición de siempre: política de convicciones, fe y pasión, contra mundo de los negocios egoísta y calculador. En suma, el problema de los K habría sido que no insuflaron en López la convicción suficiente para que no se dejara tentar por los Macri de este mundo, los malos.

El argumento ignora por completo que los países del mundo más transparentes son capitalistas, pequeño detalle. Y que son esas creencias anticapitalistas que el kirchnerismo promovió la principal justificación de los actos de corrupción: la pretensión de que la autoridad política determine la suerte en los negocios, destruyendo el valor del esfuerzo, la competencia y los mercados. Por eso la corrupción no fue sólo un instrumento para los Kirchner, no fue apenas un complemento necesario para “hacer política”, ni tan siquiera una vía para enriquecerse personalmente. Fue esencial al “proyecto”, al “modelo de país”: el patrimonialismo centralizado en el que tanto ricos como pobres dependerían por completo de la buena voluntad presidencial.

Por eso para quienes realmente aman el “proyecto k” y están dispuestos todavía hoy a defenderlo la corrupción no pudo ser una traición, ni tampoco un instrumento prescindible. Fue, como enseñó el espeluznante Hernán Brienza, su realidad moral úlltima, su forma de entender la democracia, porque a través y gracias a ella el kirchnerismo se propuso concretar la redistribución, haciendo efectivo el ideal de que la política domine la economía.

¿Cómo no considerar hipócrita y regresiva desde esta perspectiva la pretensión de un gobierno formado por managers de llevar transparencia a la función pública, si sólo quieren que los ricos escondan la fuente de su fortuna y evitar que nuevas camadas de políticos emprendedores, con sus séquitos respectivos detrás, hagan su pequeño agosto?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/16

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