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Caso Maldonado, se abre el camino a la verdad

En el caso Maldonado se abre el camino a la verdad, y por tanto los que llevan las de perder son los que más abusaron de la mentira tratando de sacar provecho de la tragedia.

Para el gobierno es claro que el peor escenario era la continuidad de la incertidumbre, que Maldonado siguiera desaparecido, porque eso abonaba las sospechas, si no de su complicidad, al menos sí de su ineficacia y su torpeza.

Ahora la peor alternativa es que, como dicen los voceros de la comunidad mapuche, uno o varios gendarmes involucrados en la muerte del joven hayan hecho aparecer su cuerpo para simular que se ahogó. Aun en ese caso ya no se trataría de una desaparición forzada y habría quedado demostrado que el poder judicial y las fuerzas de seguridad, aunque tarde y bastante mal, trabajaron para esclarecer el hecho y están en condiciones de castigar a los culpables. El Estado de Derecho en Argentino no saldría tan mal parado y el gobierno tampoco.

Claro que en el medio se metió Carrió y empeoró la posición del oficialismo con sus penosas declaraciones sobre la posibilidad de que Maldonado estuviera en Chile, una especulación irresponsable que tal vez se le escapó, pero ahora requiere de más que una disculpa.

Como sea, los problemas se acrecientan del lado del kirchnerismo. Que inversamente al gobierno, de estirarse la incertidumbre no tenía más que insistir con sus planteos sobre desaparición forzada y amenaza a las libertades. Y bien lo venía haciendo sobre todo en el plano externo, con la solidaridad de organismos internacionales, intelectuales y hasta académicos que creyeron ver en el caso, sin mucha evidencia que lo justificara, ni mucha contrastación de fuentes que compensara esa falta, que Argentina corría el riesgo de volver a lo peor de su pasado (en la opinión pública local, como muestran las encuestas, no prendió demasiado esta idea, salvo entre los que ya por otros motivos detestan al oficialismo).

Y ahora, ¿qué le queda por hacer a esa oposición extrema? Ante todo, recogió la tesis de los mapuches de Pu Lof, “seguimos sosteniendo que a Santiago se lo llevó la Gendarmería”, y quiso doblar la apuesta. Con esa consigna sus organismos de derechos humanos más adictos se apresuraron a convocar a una movilización a Plaza de Mayo, que luego tuvieron que desconvocar, denunciando que el gobierno supuestamente estaría usando la aparición del cuerpo para desacreditar a los denunciantes del “secuestro”. No lo dijeron expresamente pero todo apuntó a insistir con la versión de una conspiración urdida desde el vértice oficial: el cuerpo habría sido plantado, no ya por decisión de los “perpetradores materiales”, sino como broche de oro de “la campaña de encubrimiento y negación”.

El problema es que el apresuramiento con que actuaron puso de manifiesto las frágiles bases fácticas sobre las que esa postura se asienta. Si un poder tan nefasto hubiera podido matar, ocultar el cuerpo y luego hacerlo aparecer, ¿para qué habría esperado 78 días?, ¿qué sentido tendría depositarlo río arriba, cuando lo lógico y lo que todos habían esperado era que apareciera en la otra dirección?, ¿si el gobierno no hubiera estado realmente en la oscuridad sobre lo sucedido qué razones habría tenido para explorar toda una gama de alternativas que terminaron mostrándolo en el mejor de los casos desorientado y en el peor involucrado?

Con la hipótesis de la conspiración nada de eso tiene sentido. Seguramente en el seno del kirchnerismo y los grupos mapuches radicalizados lo saben y por eso se apresuran a tapar el abismo que enfrentan, la develación indetenible de sus mentiras y fabulaciones, con gritos, movilizaciones y piedrazos. No va a alcanzarles. Menos todavía si los resultados de la autopsia abonan la para ellos peor hipótesis, un accidente. Si los forenses trabajan bien y llegan a una conclusión incontrovertible en ese sentido, ¿desde esas trincheras se dirá que son parte de la “campaña de encubrimiento”? El divorcio respecto a la realidad de los hechos para estas facciones radicalizadas es parte de su identidad, es un hábito ya acendrado, pero aun dentro de esos parámetros extremos negar que en este caso se equivocaron va a ser muy difícil.

El punto es importante no tanto para saber cuánto peso han sumado el kirchnerismo y sus aliados sobre sus ya cargadas espaldas, eso es lo de menos, como para determinar el sentido con que el “caso Maldonado” quedará inscripto en la larga y escabrosa saga de los derechos humanos en Argentina.

Lo de “los 30001” que estrenaron los organismos de derechos humanos en la última marcha fue ocurrente pero quedó con estas novedades del todo desacreditado. La pretensión de hilvanar la “represión macrista” con la dictadura era descabellada ya desde el comienzo, pero con semejante colofón no tiene ni sentido discutirla. ¿Advertirán los organismos menos fanatizados que es el momento de desescalar, de inscribirse de nuevo con sus planteos y sus credenciales en un espacio de convivencia más o menos plural? Que algunos hayan desconvocado la marcha de ayer, aunque fuera con argumentos forzados, no fue mala señal. Si lo fue en cambio la declaración de la abogada del CELS y de la familia Maldonado, la doctora Verónica Heredia, dando por supuestas una vez más la desaparición forzada y la conspiración, como si no hubiera hecho alguno en el universo que pudiera sacarla de su encierro y prefiriera consumirse en su coherencia que vivir con sensatez.

La incógnita más interesante es de todos modos la que se abre para el oficialismo: ¿cómo va a aprovechar esta oportunidad? Así como tendrá tras las elecciones la posibilidad de instalar más claramente su agenda en temas económicos, fiscales e institucionales, va asimismo a poder decidir qué hacer con los derechos humanos, al menos hasta cierto punto.

Si insiste en mostrarse poco interesado en el asunto habrá decidido también: otros lo harán por él, por caso banalizando el tema para hacerlo desaparecer de la agenda, ignorando por completo a los organismos y sus pataleos, cultivando voluntariamente tal vez la asociación entre “el curro de los derechos humanos” y “las sectas de izquierda”. Entusiastas de esta visión de las cosas no faltan lamentablemente.

Pero si priman visiones de más largo plazo esa postura no va a ser la que se imponga. Y el oficialismo puede que supere su incomodidad en esta materia, reflejo más que de convicciones como las arriba listadas, de temores que se revelaron injustificados. No se trata finalmente de desplegar grandes iniciativas, ni de librar grandes batallas culturales, sino de poner un poco de sentido común en un ambiente por demás enrarecido y bastante agotado y esperar que la lógica y el tiempo hagan su trabajo.

El gobierno y el país lo necesitan para que el ambiente de moderación y cooperación ganen en solidez y legitimidad frente a los extremos, para que el liberalismo político no tenga que estar pidiendo permiso para hablar de libertades y derechos individuales, y para que los corruptos y matones como Sala, De Vido y tantos otros no sigan usando la ideología de la víctima atropellada para disfrazar y justificar sus violaciones al derecho.

Por todo eso nos conviene aprovechar la oportunidad, y hacer con los derechos humanos lo contrario que con Walt Disney, descongelarlos ya mismo y ponerlos abiertamente en discusión.

por Marcos Novaro

publicado en lanacion.com.ar el 18/10/17

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Venezuela resiste a duras penas

El régimen hizo en los últimos meses todo lo imaginable, y hasta varias cosas difíciles de imaginar, para que no se pudieran volver a contar los votos de la amplia mayoría social que lo rechaza. La última vez que el pueblo venezolano se expresó libremente en las urnas, en 2015, le impuso una derrota aplastante a los herederos de Chávez y eligió un parlamento con amplia mayoría opositora. Así que aquellos decidieron vengarse y asegurarse de que no lo volviera a hacer. Postergó por casi un año las elecciones de gobernadores, y ahora que finalmente acepta realizarlas, lo hace en condiciones por completo antidemocráticas y anticonstitucionales.

Echó a la empresa que administraba el software para el escrutinio luego de que ella denunciara el fraude masivo en la elección de la llamada Asamblea Constituyente en julio, para no reconocer que la pretendida legitimidad soberana de esa Asamblea no existe, es pura impostura, y prevenir cualquier denuncia parecida esta vez.

Destituyó a la procuradora general que también denunció el fraude, así como otros muchos delitos de los funcionarios chavistas, y dejó totalmente sin funciones y sin siquiera lugar para sesionar al parlamento, tras lo cual tuvo las manos libres para proscribir a buena parte de los candidatos opositores más conocidos y valorados por los votantes, impidiéndoles presentarse con excusas traídas de los pelos, rechazó la inscripción de decenas de partidos y de la misma MUD en varios estados. Y a la enorme mayoría de los intendentes en ejercicio de las fuerzas opositores además de destituirlos los detuvo, para que directamente no pudieran hacer nada de nada en la campaña electoral. Con lo que el control del estado venezolano, salvo por tres gobernadores ligados a la Mesa de Unidad Democrática que apenas sobreviven, quedó monopólicamente en manos del partido de Maduro, el PSUV.

Luego de dilatar injustificadamente las elecciones de gobernadores, ya de por sí fue una violación abierta de la constitución, cambió a último momento la fecha de la convocatoria, prevista primero para diciembre y luego de sopetón trasladada a este domingo, en un alevoso intento de evitar que la oposición pudiera hacer campaña y lograra movilizar a tiempo a sus simpatizantes para organizar siquiera un mínimo control de los comicios.

Como tal vez eso tampoco alcanzaba movió a último momento cientos de centros de votación de áreas con fuerte apoyo opositor a lugares distantes y en algunos casos directamente desconocidos, para que el terror que significa moverse en Venezuela, y más todavía en un día álgido como el de una votación, desalentara a los ciudadanos de emitir su sufragio, o simplemente no supieran dónde ir. A lo que sumó en las primeras horas del acto electoral una serie de ataques de colectivos armados como para hacer saber que la cosa iba en serio; y la sistemática demora en la apertura de las urnas.

Y encima los votantes, si lograron vencer tantos obstáculos, riesgos y temores, se habrán encontrado en el cuarto oscuro cantidad de boletas de candidatos opositores que han renunciado a sus postulaciones o perdieron las primarias frente a aliados con más chance, pero que el régimen decidió dejar para generar más confusión y poder anular los votos que reciban.

Previendo que de todos modos corría el riesgo de perder unas cuantas gobernaciones, porque nada de eso bastaría para burlar la voluntad de los votantes, Maduro adelantó que todos los que aceptaban ser candidatos en los términos impuestos por el régimen estaban reconociendo la soberanía de la Asamblea Nacional y deberían subordinársele, con lo cual preparó el terreno para hacer con los eventualmente electos por la oposición lo mismo que ha hecho con los legisladores y los intendentes, destituirlos en cuanto lo considere conveniente, o más simple no dejarlos asumir. Como no se realiza simultáneamente elección de legisladores de los estados, cosa absurda, seguirán en funciones los que tienen mandato vencido desde el año pasado y en muchos casos son oficialistas, con miras a desautorizar a los gobernadores opositores y avalar su expulsión de esos cargos.

Y de todos modos el régimen chavista todavía necesita algo que parezca una compulsa electoral. No puede aun prescindir totalmente de aunque sea la apariencia de pluralismo competitivo, como sí hacen el Partido Comunista cubano, o el chino. Y este era el punto decisivo de esta elección, sólo saldría bien para los chavistas si podían decir que habían derrotado a sus adversarios y estos habían podido presentarse y competir pese a todo. Porque según el régimen son traidores, imperialistas y fascistas, pero no han podido ser expulsados por completo del sistema político, ni del país. Aunque el gobierno viene trabajando sostenidamente en esa dirección, y pronto es probable que ya no quede nadie más que los fieles, el partido del régimen sea el único jugador, y todo haya acabado.

Mientras tanto Venezuela aun vive en la ambigüedad de un populismo autoritario y atropellador, que recurre a todo tipo de patoteadas gangsteriles para fomentar el éxodo y el silencio, perol la oposición los resiste. Sin mayores perspectivas pero resiste. Lo que ya de por sí es muy meritorio.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/10/17

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La cultura k sigue cavando fosas que llama trincheras

Es el único terreno en que la llamada grieta crece en vez de achicarse, ¿por qué? Hay que entenderlo antes de juzgarlo. El problema, claro, se agrava con la derrota electoral a la que se encaminan sin remedio, y que ya de por sí tiene componentes para agitar los mayores temores: será la más directa e inapelable de las que vivieron desde 2009, dado que esta vez se corporizará en Cristina, no se compensará en casi ningún lugar del país y los dejará casi sin recursos institucionales relevantes en las manos. Con lo cual todo el imperio de poder levantado por Néstor desde 2003 terminará de colapsar sobre las cabezas de sus albaceas, quienes no mostraron saber mucho de administración de herencias, y de sus más entusiastas seguidores, cuanto más fanáticos más tardíos, por lo que tenían ya difícil entender que llegaron tarde a la fiesta, cuando hasta hace poco pensaban que ella estaba recién comenzando.

Pero más allá de esta circunstancia electoral la razón esencial del desconcierto y la desesperación es espiritual e histórica: sucede que por tercera vez creyeron tocar el cielo con las manos, y por tercera vez el cielo de pronto se abrió al abismo.

La primera fue al concluir la década fundacional del peronismo, la segunda a continuación de la “primavera de los pueblos” del 68-73. Los entonces jóvenes y ya maduros cultores de la tradición nacional populista y sus continuadores ven ahora, con similar impotencia que al final de esos ciclos, que todo lo que construyeron y por lo que pelearon se descompone a su alrededor. El mundo que creyeron marchaba al son de sus ideas de pronto se evapora y no saben qué va a ser de sus vidas. No es fácil procesar semejante duelo.

Y convengamos que, más en general, es difícil soportar un país que alimenta tan excesivas ilusiones. ¿Cómo nos asombramos después de tener que convivir con tan altas dosis de frustración y resentimiento? Sería bueno que otros grupos culturales lo tengan presente porque el nacional populismo está lejos de ser la única tradición que ha vivido tantos y tan abruptos altibajos.

Encima es no sólo la tercera vez que les pasa sino la peor, y por ello puede temerse sea en serio “la vencida”. No es para nada violenta, incomparable en ese terreno a las dos anteriores. Y es incuestionable en su legitimidad. De hecho, para casi todo el resto del mundo es más comparable a 1983 que a esos otros momentos de nuestra historia con que la asocia el kirchnerismo: igual que entonces ahora se fortalece la fe en el liberalismo político, el equilibrio de poderes se restablece y la moderación y el pluralismo se imponen como pauta dominante.

Pero se entiende también que eso en vez de ayudar a los referentes de la cultura k les complique aun más atravesar el mal momento: cuesta más mantener la convicción de que trabajaron por algo con sentido, viendo que con tan poco esfuerzo y con ningún atropello, más que los imaginariamente confabulados despidos de algunos periodistas militantes, o el más que lógico reemplazo de unos cuantos militantes funcionarios, su mundo se viene abajo por su propio peso como un castillo de naipes.

Al menos en 1955 y en 1976 pudieron decir que era la violencia de los reaccionarios, los ricos y los imperialistas, carentes de buenos argumentos y más aun de derechos, lo que los dejaba a la intemperie. Ello les permitía, por un lado, colocarse cómodamente en el rol de víctimas, sí titulares tanto de derechos como de argumentos aunque de momento sin poder para hacerlos valer. Lo que además los habilitaba a esperar que en algún momento ese desequilibrio se corrigiera, volviera a “darse vuelta la tortilla” como se solía decir. Y por otro lado esa situación les permitía contraponer la política de masas a la institucional, “el pueblo contra el régimen” en la misma clave populista que tanto rédito le había dado en el pasado a radicales, peronistas y políticos antisistema en general. Con lo cual hacían de su debilidad una fuente de fortaleza.

Nada semejante puede funcionar en las actuales circunstancias, a esta altura debería estar recontra claro. Por eso la estrategia de la resistencia es tan absurda, tiene efectos aislacionistas y autodestructivos sobre quienes la intentan. Pero a la vez parece ser para ellos irremplazable: no hay alternativa a la mano porque la historia les pesa demasiado, romper con ella y con la lógica asociada implicaría a sus ojos romper con la propia identidad.

Arturo Bonín lo sintetizó días atrás con bellas palabras: “si yo no puedo contarle a mi nieto quién soy y de dónde vengo, él no va a saber quién es y de dónde viene. La cultura consiste en eso: en poder transmitirles a las próximas generaciones quiénes somos. Yo siento que hoy eso está en riesgo”. Muchos nietos dudarán de que sea completamente cierto que necesiten saber quién es su abuelo para saber quiénes son ellos. Fórmula con la que Bonin da por hecho que la función esencial de la cultura es transmitir identidad, una visión particularmente reaccionaria, pre moderna casi de los procesos culturales, abiertos cada vez más a la innovación gracias precisamente a que relativizan las identidades. Como sea para Bonín hay un hilo identitario que corre peligro, y toda una cultura está amenazada de muerte. Luis Longhi completa esta idea con una metáfora sobre la amenaza que sienten tener delante que me parece es también reveladora: “es como un gigante contra el que no podemos luchar porque somos como Sísifo, levantando la enorme roca en esa colina y se vuelve a caer, una y otra vez”. ¿Será tan así? ¿Es tan macizo y omnipotente el poder de los dioses que amenazan el relato y la identidad k, o ella es más débil de lo que parecía?

Hay mucho de exageración en esa metáfora. En cuanto el kirchnerismo deje de funcionar como una tan involuntaria como potente máquina de embellecimiento de sus adversarios seguro quedará a la vista que el liberalismo modernizador y meritocrático tiene bases bastante débiles entre nosotros, como hace casi un siglo que sucede. Y que el mundo nac & pop, que en el campo de la cultura siempre dispuso de recursos y espacios para influir, lo seguirá haciendo. Aunque Cristina caiga derrotada, Boudou y De Vido terminen presos y C5N se desprenda de alguno más de sus más insoportables operadores disfrazados de periodistas. 

Pero claro, las cosas seguro no van a volver a ser como fueron. Lo cierto es que esta vez puede que el populismo radicalizado quede de capa caída por un buen tiempo, cuestionado en sus pretensiones de legitimidad de cara a buena parte de la sociedad. Abusaron demasiado del poder. Se creyeron en serio que ejercerían por largo tiempo un pleno dominio. Y sobre todo se empobrecieron en su visión del mundo y de los problemas de su entorno social, político y también cultural. En ese aspecto no hay duda de que el peor enemigo que enfrentaron y siguen enfrentando son ellos mismos.

Por otra parte personalmente no creo que el populismo sea de por sí un obstáculo para el progreso, la libertad individual ni tampoco para la salud de la república como para celebrar tanta desesperación y ayudarlos a cavar.

Siempre que escucho argumentar sobre los supuestos males que nos habría traído ser un “país populista” recuerdo la anécdota del mal momento vivido por Peña Nieto frente a Obama hace unos años. En un encuentro del NAFTA el presidente mexicano, buscando agradar a sus pares del norte, se puso a despotricar contra los populismos latinoamericanos, hasta que el norteamericano lo interrumpió: “yo me considero populista, no tengo ningún problema con que me identifiquen como tal”. El populismo, como tantas otras cosas, en cierta dosis suele ser benéfico, una fuerza innovadora, es en dosis excesivas que puede volverse destructivo.

A los kirchneristas con ideas tal vez les alcance con aprender del módico populismo que practican tantos intelectuales y políticos norteamericanos y revisar la dosis que han estado tomando de su medicina favorita para empezar a transitar con más salud y mejor fortuna la etapa que se abre.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 12/10/17

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¿Y si Cristina pierde por paliza? Massa y Randazzo ya lucen aliviados

El oficialismo minimiza la ventaja que sus listas llevan en provincia. No quieren desinflar la polarización ni aflojar la presión sobre sus activistas. Es lógico, pero tal vez sea también irrelevante. Porque el proceso de deterioro y aislamiento de la ex presidenta avanza de todos modos.

Vistos los resultados que cosechó, le hubiera convenido seguir sin hablar con nadie más que con sus fieles. Los diálogos con periodistas tuvieron hasta aquí el mismo efecto en su popularidad que los rayos del sol en la piel de Drácula: con el primero perdió tres o cuatro puntos de popularidad y con los de Crónica y El País sobre las llagas ya abiertas la luz ultravioleta caló hasta los huesos. Lo más notable fue cuando incursionó sobre temas delicados como Once y corrupción. No sólo por sus insólitas respuestas: ya para empezar y por más sonrisas y mohines que hiciera permitió que se enfocara la disputa de nuevo en su desempeño pasado, haciéndole un invalorable favor a sus adversarios.

Encima al gobierno le sale todo bien, hasta lo que hace mal. El drama de las tomas de escuelas no supo cómo manejarlo y mucho menos logró frenarlo, pero los centros de estudiantes se pincharon solos, saliendo de escena encima con la mácula del ocultamiento de un abuso sexual que va a traer cola. Los familiares de Maldonado adoptaron un discurso cada vez más virulento, haciendo de sustitutos de Bonafini, a quien oportunamente el comando de campaña cristinista ha mandado a callarse, pero se ve que su espíritu está demasiado presente en el ambiente de los derechos humanos como para lograr silenciarlo del todo. Y los gremios y el resto del peronismo han girado ya decididamente hacia el “centro nacional” y la moderación, como gusta a Miguel Pichetto, alentados no sólo por los datos de encuestas sino por la detención del Pata Medina, absolutamente demoledora para el peronismo bonaerense y alarmante para muchos otros gremios, y por gestos de moderación llegados oportunamente desde Casa Rosada, como la baja del proyecto de reforma laboral, que se ve Triaca convenció a Macri de no tratar de convertir en ley, ya que nuestra situación nada tiene que ver con la de Temer en Brasil: allá un gobierno sin votos puede formar bastante fácil mayorías legislativas pro mercado, acá uno que va a recibir carradas de votos corre el riesgo de incinerarlos inútilmente un par de semanas después si pretende usarlos para la aprobación legislativa de reformas de esa orientación, cuando el peronismo no tendría ningún inconveniente en bloquearlas. Más bien hallaría en ello una valiosa oportunidad de reunificarse y demostrar que su derrota electoral fue acotada y tal vez efímera.

Así las cosas, con el oficialismo cometiendo menos errores o diluyendo las secuelas de los cometidos y un kirchnerismo que no deja de ayudarlo cada vez que lo ataca (blindaje kirchnerista que funciona mucho mejor que el supuesto blindaje mediático por ellos denunciado), el cuadro electoral ha cambiado drásticamente en cuestión de semanas: mientras el gobierno minimiza o directamente oculta sus números, la pregunta que se extiende no es ya si Cristina va a perder sino por cuánto.

¿Cuánto crecerá la distancia que la separa del señor del yeso en el brazo, Bullrich el mudo? Las encuestas más serias muestran que éste ya ronda los 40 puntos. Es más difícil ubicar a Cristina: algunas la dan aguantando alrededor de 35, pero es probable que no lo logre. En la desesperación extrema la agitación contra el “ajuste que viene”, insistiendo en la necesidad de “ponerle un freno a Macri”. Palos en la rueda, que le dicen. Algo que seguramente algunos compartirán, pero otros entre sus posibles votantes, viendo que las cosas de a poco mejoran, verán poco conveniente.

La caída de Cristina puede profundizarse por otros motivos a más de su desesperación y fallida comunicación. Por un lado, unos cuantos de quienes la votaron en agosto, así como algunos más que se sumaron en los días inmediatos posteriores, lo hicieron pensando que era la única oposición con chances. Ahora que se ve que chances no tiene puede que muchos de ellos, sobre todo los de raíces peronistas, se pregunten ¿para qué malgastar el voto en alguien con tanto pasado y tan pocas perspectivas? ¿No sería más razonable apoyar a gente con algo más de futuro?

Otro motivo que preocupa y mucho al cristinismo es la deslealtad de los intendentes. Ellos necesitan los votos de Cristina para dar cobertura a sus listas locales, pero con ella perdiendo eso no alcanza, así que volvieron a hablar con Randazzo y Massa, se preparan para repartir boletas cortadas, para que las suyas de concejales funcionen como colectoras, y algunos hasta fueron a ver a Pichetto para mostrar que les importa un rábano que los acusen de traición. Más pasto para el pronóstico de que el peronismo no perderá el tiempo y aislará a la líder de Unidad Ciudadana.

Todo eso junto explica por qué Massa y Randazzo dejaron de caer en las últimas encuestas: perdieron ya en manos del oficialismo todo lo que podían perder, y lo que migraba hacia Cristina, además de poco, ya dejó de fluir. Ahora hasta puede que algunos votantes recorran el camino inverso si ellos hacen bien su trabajo de challengers a dos puntas y cooperan con los intendentes. De allí que ambos luzcan bastante optimistas y estén ensayando discursos mucho más agresivos con el gobierno y la propia ex presidenta que los defensivos de semanas atrás.

A diferencia de Lousteau, que se derrumba sin freno ni límite, la suerte de aquellos dos referentes del peronismo no está echada, aun sus campañas pueden hacer alguna diferencia. Claro que no van a brillar, pero el asunto no es ese, es sobrevivir. Y estar en mínimas condiciones para la gran batalla que se viene, la recomposición del peronismo bonaerense. Como siempre, la más difícil y la decisiva de todas las operaciones de digestión y reinvención de esta fuerza política en los cambios de época.

Allí Cristina seguirá tallando, por más que perfore su piso electoral el 22 de octubre y pierda por paliza, digamos 10 puntos, cosa nada improbable. Igual 3 millones de votos no los junta cualquiera. Pero los números puede que importen bastante menos que las alianzas y la capacidad de influir en el proceso partidario y legislativo. Algo que parece nadie más que sus fieles seguidores está interesado en facilitarle.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/10/17

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Cambiemos y el peronismo, camino a fortalecerse compitiendo

Pero no mezclándose. Hay en circulación algunas ideas un poco locas sobre lo que se viene, o lo que debería venir después de octubre, que conviene atajar. Están los que reclaman por enésima vez unidad nacional, porque creen que sólo nos vamos a salvar si acordamos un modelo de país, algo tan quimérico que probablemente nos condenaría a consumir nuestras pocas fuerzas de intentarlo. Y están quienes, apenas más moderados, creen que habría que barajar y dar de nuevo en el sistema de partidos pues para profundizar el cambio hace falta un gobierno de gran coalición; para empezar, que Cambiemos sume una pata peronista, ahora que se dice que el peronismo está en la peor crisis de su historia (¡¿en serio?!), por ejemplo con un candidato a vice de esa procedencia que acompañe a Macri en 2009; algo que aterra a los actuales aliados del presidente y podría descomponer su todavía frágil cooperación.
En ambos casos se trata de ilusiones poderosas, con larga historia: el sueño de barajar y dar de nuevo en las identidades políticas porque ellas estarían “mal definidas”, de dar vuelta el país como una media en un último show voluntarista para terminar con el karma de la inestabilidad y el voluntarismo, ese tipo de fantasías que suelen embargar a los gobiernos argentinos en sus buenas épocas. Y conspiran contra fines más acotados y realistas, por tanto al final del camino más efectivamente transformadores.
Para empezar, de perseguir esas ilusiones se tiraría por la borda lo que podría resultar de bueno para la política argentina si los dos grandes campos políticos que van a quedar más o menos delimitados tras esta elección apuntan a fortalecerse, cooperando en algunas cuestiones, limando diferencias y evitando la polarización, pero sobre todo compitiendo leal y abiertamente.
Para empezar por Cambiemos, una de las cosas más notables que ya viene sucediendo es que se fortaleció sin que nadie invirtiera mucho esfuerzo en ello, como si no fuera en sí algo importante. En un país donde las identidades políticas están en decadencia desde hace décadas, en poco tiempo se consolidó como una marca identificatoria para millones de votantes. Además, aunque no ha logrado darse reglas de juego internas bien definidas, funciona ya como una casa común donde sus miembros pueden ocupar espacios de distinta gravitación, pero todos sacar provecho del común crecimiento y respetando mínimamente los roles y las identidades de los demás, lo que suele llamarse “unidad en la diversidad”. Algo que sólo los peronistas supieron conseguir y efímeramente en las últimas décadas, y los radicales convengamos casi nunca lograron, y que puede dar a futuro resultados aún más espectaculares para lo que horriblemente se llama hoy el “no peronismo”.
Del otro lado del alambrado también están esbozándose cambios positivos. La deskirchnerización avanza a pasos acelerados con cada papelón de Cristina, y el peronismo moderado está ya ensayando vías para reducir la fragmentación y acomodar su discurso y propuestas a los desafíos que les plantea Macri, es decir, una competencia hacia el centro moderado dando más atención a problemas reales de la economía y las instituciones y mucho menor al verso nac & pop.
Pichetto, que aspira a ser desde el Senado la contrafigura de la ex presidenta, encabeza este giro. Reconoció el grave error de haber subestimado a Macri. Pero su mensaje implícito es mucho más interesante: “¿y si ahora es Macri quien comete el error de subestimarnos a nosotros?”. Pone para eso su granito de arena cada vez que dice que los peronistas tardarán añares en volver a ponerse de acuerdo. Cuando ya están trabajando en relanzar sus bancadas legislativas y su mesa de gobernadores, desde donde sin perder el tiempo buscarán acotar lo más posible el daño electoral que el oficialismo les inflija en octubre, responsabilizando a Cristina por él y tal vez recurriendo a alguna pronta demostración de su poder institucional, imponiéndole cambios a proyectos oficiales o volteando algunos de ellos.
Cristina percibe ese juego que la marginaliza, pero no puede escapar de él. Por eso, como el tero, grita “¡ajuste!”, pero porque la aterra lo que está en la otra punta del campo, la moderación. La del gobierno y sobre todo la de este peronismo que se prepara para competirle a Macri en su terreno. Por ejemplo reclamando más orden y progreso, más dureza con los mapuches, con los piqueteros, con los narcos, más garantías a los inversores, un discurso que ya ensaya Pichetto y puede funcionar muy bien al tándem con Urtubey, Massa y Bossio.
Con esos actores, ¿esta vez sí podría madurar un sistema de partidos más o menos estable y competitivo? Se ha anunciado tantas veces que estábamos a las puertas de un cambio de este tipo que conviene ser prudentes. Lo seguro es, con todo, que si los referentes de ambos espacios entienden las limitaciones pero también las oportunidades que enfrentan, no se pelean por tonterías y evitan ir detrás de ilusiones, o desesperarse por los inconvenientes del momento, podrán hacer mucho por mejorar nuestro sistema de representación y nuestra democracia.

por Marcos Novaro

publicado en Clarín el 5/10/17

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¿El Centro del Nacional Buenos Aires ahora además apaña violadores?

Llenarse la boca de bellas palabras y actuar respetando y haciendo respetar los derechos ajenos son dos cosas bien distintas.

En las tomas de colegios de la ciudad eso ya hace tiempo que estaba a la vista. Los centros de estudiantes que las protagonizan se la pasan hablando de la defensa de la educación pública, pero la destrozan cotidianamente con tomas y otras medidas de fuerza con las que expulsan cada vez más gente hacia la educación privada. Encima son unos completos reaccionarios: vienen horadando por todos los medios a su alcance la poca voluntad de reforma de la que son capaces las autoridades, y la autoridad in toto en las instituciones que actúan, con el ridículo argumento de que ellos son los únicos que saben qué hacer para mejorar la educación y todo se resolvería si les hiciéramos caso, con lo que logran que emprender al menos algunos de los muchos cambios necesarios se vuelva más y más difícil y todo el sistema siga lentamente deteriorándose.

Es claro que su tierna edad no justifica su pretensión de erigirse en voces autorizadas sobre la educación que hace falta. Pero ¿los disculpa de tanta necedad y prepotencia? Para nada. La tolerancia de los mayores a sus actitudes, más todavía la complicidad y hasta el aliento que les brindan muchos padres, docentes y grupos políticos son evidencia de una irresponsabilidad imperdonable, mucho más grave que cualquier cosa que se les pueda ocurrir hacer a los centros de estudiantes. Pero ni esto ni ningún otro factor “ambiental” disculpa a dichas organizaciones ni a sus dirigentes: ellos entienden perfectamente el terreno en que actúan, juegan a conciencia con la extorsión y poniendo en riesgo bienes y espacios públicos. Tal vez algunos, con el tiempo, logren razonar y aprender de sus errores, pero también es probable que pequeños necios y matones se vuelvan, de grandes, reverendos psicopatones.

Encima ahora dieron un paso más: el Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires parece que ocultó una agresión sexual cometida durante los primeros días de la última toma, con la excusa de que la víctima no quería que se hiciera público lo sucedido y la implícita y más efectiva preocupación porque se pudiera desprestigiar su organización y sus acciones. En suma, su razonamiento habría sido más o menos este: ocultemos este abuso sexual, porque es más importante la lucha estudiantil, es decir, nuestro prestigio organizacional, que un “episodio desafortunado” y si hablamos del asunto le vamos a dar excusas a nuestros enemigos, “la derecha”. Más o menos como actúan algunos jerarcas de la Iglesia con casos de curas pedófilos. O vino haciendo por años el gremialismo con el Pata Medina y el Caballo Suárez, o el kirchnerismo y la izquierda con los De Vido y los José López de este mundo. Hay que reconocer que tuvieron mucho de donde aprender los chicos del CENBA.

Y la cosa no quedó ahí. Cuando el rector del Buenos Aires finalmente se enteró del asunto y actuó como debía hacerlo, protegiendo el derecho de la menor agredida, sin afectar su intimidad ni difundir su identidad, pero comprometiendo a la institución en su defensa, para apoyarla y en la medida de lo posible reparar el daño sufrido, el Centro de Estudiantes dio aun otro paso en su decidido rumbo al infierno: se escandalizó de la “operación de desprestigio” supuestamente montada por las autoridades y los medios. De nuevo el manual del Pata Medina y De Vido.

Dice el Centro que “apenas se supo de la situación, se resguardó la integridad de la estudiante, hablando con el abusador para pedirle que no viniera más a la toma para no generar una situación incómoda para ella” (SIC). Y se entierra más todavía queriendo dar explicaciones del ocultamiento: “Llevar el tema a las instituciones del colegio fue algo que siempre quisimos hacer (PERO NO HICIERON POR VEINTE DÍAS, QUÉ RARO). Es prioridad número uno para nosotros que el Consejo de Convivencia pueda tratar este tema. Nos apena que el Rector del Colegio y varios medios de comunicación estén intentando usar este reclamo con fines políticos de deslegitimar la lucha de los estudiantes de Capital”. No aclares que oscureces. Que es definitivamente lo que sucede con el cierre de la declaración: “Los abusos sexuales son producto de un sistema, un estado y, en este caso, un colegio, que avalan a un sistema machista y no se dan por falta de control, sino por la falta de concientización” En suma, la culpa la tienen el rector, Macri, los demás, ellos se lavan las manos. “El trato desconsiderado, como este, de las situaciones de abuso llevan a una menor denuncia de las víctimas de abuso por miedo a la exposición y las consecuencias que ésta trae”. Claro, ocultar lo sucedido es en cambio una excelente forma de promover la denuncia de la violencia sexual, falta que se feliciten a sí mismos por lo bien que lo hicieron.

El cinismo es una moneda que circula fluidamente en muchas áreas de la vida pública argentina, porque se la usó hasta el hartazgo desde el poder durante años, para lavarse las manos de todos los problemas y sacar el máximo provecho posible de las condiciones de privilegio conquistadas, a costa de los demás. Así fue que gestamos y promovimos a una generación de abusadores seriales, que lamentablemente siguen dando vueltas entre nosotros y seguirán haciéndolo hasta que logremos refrenarlos y reeducarlos. Esta gente del CENBA evidentemente es parte de esa generación, una pena siendo tan jovencitos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/9/17

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En Venezuela queda poca esperanza y una gran lección liberal

No conviene hacerse muchas ilusiones. Porque las ilusiones alientan la espera, consumen tiempo, y el tiempo por lo pronto al único que beneficia es al régimen chavista.

El curso seguido por los acontecimientos a lo largo del último año así lo demuestra. Es cierto que hay por fin un cronograma electoral establecido. Pero luego de que una a una el régimen eliminó todas las barreras que podían impedirle el fraude y la proscripción masivos para controlar los resultados. La progresión de éxitos lograda por Maduro en los últimos meses a este respecto es incontrastable. Ellos le permitieron sobrellevar una dura crisis económica e innumerables protestas. Contra los pronósticos que auguraban su inminente caída y se cebaban en su aparente torpeza, así que conviene no insistir en ellos.

Primero desactivó el plebiscito para removerlo de la presidencia; luego sacó de la galera la Asamblea Constituyente, inventando un proceso electoral traído de los pelos pero que mantuvo la pantomima en acción; y a continuación se sacó de encima a la Procuradora Luisa Ortega Díaz y desactivó el Parlamento. Todo tapizado por más de cien muertos, sin detenerse ni dudar en ningún momento.

Es hora de reconocer que saben lo que quieren, y que muchos de sus adversarios se confundieron creyendo que no era así, que había más tensiones dentro del régimen de las que realmente existían, que llegado el momento no darían pasos definitivos hacia el castrismo, o que eran demasiado torpes para tener éxito si lo intentaban, después de todos los fracasos acumulados en otros objetivos que se propusieron.

La lógica del movimiento revolucionario era, sin embargo, ineluctable. Y es que para la enorme mayoría de los beneficiarios del sistema montado por Chávez, civiles y sobre todo militares, estaba claro que detenerse o retroceder suponía correr el riesgo de perderlo todo, las fortunas mal habidas, los negocios del narco, el mercado negro y la corrupción, la propia libertad. ¿Y para qué lo iban a hacer, para reconciliarse con una clase media y alta que los desprecia y un pueblo que ya no los quiere, en todo caso les teme pero está ansioso de que la canilla del estado lo vuelva a alimentar? ¿O para “volver al mundo”? Si ellos son (o eran, ahora que Trump les impidió la entrada), los que más viajaban a Miami a consumir a manos llenas los productos del imperio.

Mientras tanto la radicalización se fue alimentando de sí misma. Lo vivimos ya, por suerte a escala menor, en la Argentina de los Kirchner: cada abuso condujo a otro mayor al volverlo imprescindible para controlar la situación, en una cadena sin límite ni freno. Además en este tipo de procesos de revolución por goteo es muy difícil que quienes no dieron el salto fuera del régimen tempranamente lo puedan dar cuando ya la grieta entre él y sus adversarios es muy grande. El riesgo de terminar solo, escapando del país o cayendo en la cárcel, como le ha pasado a la procuradora y a varios militares respectivamente, es muy alto.

¿Y desde afuera, se podía hacer más? Muchos progresistas todavía insisten en que lo peor era que “el imperialismo yanqui interviniera”. Cuando sólo una decisión a tiempo de EEUU de interrumpir su comercio con Venezuela podría haber compensado la masiva intervención militar, de inteligencia y también económica practicada allí por Cuba, Rusia y China. El ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, a quien no cabe considerar muy amigo de Washington, lo dijo meses atrás: la suspensión total de la exportación de petróleo era lo único que podía afectar el curso de los acontecimientos. Pero Trump se limitó a sanciones personales y una alocadas declaraciones. Mejor hubiera sido que no hiciera nada. Peor les ha ido, claro, a quienes más se esmeraron en promover mediaciones, con el ya indefendible José Zapatero a la cabeza, opacando al Papa, por suerte para él.

Lo dijimos al comienzo, el tiempo juega a favor del régimen. Y ¿para qué necesita tiempo? Primero, para terminar de hacer el ajuste social, la lenta operación de extinguir a las clases medias. Esa tarea en Cuba, cuarenta años atrás, fue más sencilla. Venezuela era un país mucho más complejo, más grande y más rico. Pero mientras todo siga como va no hay otro resultado posible: se terminarán de ir los que no acepten un destino de empobrecimiento y sometimiento, y los demás deberán acomodarse para sobrevivir. Segundo, el régimen necesita tiempo para que reboten los precios del petróleo. Para cuando suceda, el monopolio total en la distribución de alimentos desde las reparticiones militares les permitirá ser las garantes de la vida y la muerte de todos sus súbditos. Peor que la China de Mao.

Un experimento tan cruel de involución social y despotismo nos repugna, es natural. Pero ¿podemos hacer algo ante él, sin duda la peor tragedia de las últimas décadas en nuestra región? Ante todo, cabe aprender.

Los latinoamericanos tenemos una valiosísima oportunidad: a contraluz de la fatídica deriva del chavismo reforzar la fe en las instituciones del liberalismo político, someter a crítica las ideas y prácticas del populismo radicalizado, promover el pluralismo, la moderación y la cooperación. En parte ya está sucediendo: una ola liberal y de maduración política se alimenta de este drama en cámara lenta, porque él echa oportuna luz sobre las esperables consecuencias de seguir algunas supuestas buenas intenciones, desnuda taras ideológicas muy acendradas ligadas al más primitivo anticapitalismo y los defectos inherentes de modelos políticos e intelectuales que nos agobiaron durante décadas.

No es para menos. Pocos son los gobiernos en el mundo que se dan el lujo de asesinar opositores en las calles en estos días. Y no hay ninguno con un record comparable en la destrucción de su economía, dilapidando y robando una fortuna inmensa fruto de la década más extraordinaria de las commodities de que se tenga memoria, y que encima le eche la culpa de todo al imperialismo yanqui para insistir en su camino, pese a que Estados Unidos sigue siendo, indiferente a todo, su principal comprador.

A veces grandes males ofrecen buenas lecciones. Fue lo que sucedió en la década de los ochentas con la democratización, tras años de fatídicas dictaduras militares. La diferencia con la situación actual es que además de una renovada fe en el respeto de los derechos individuales, el valor del pluralismo y las conductas asociadas, ahora hay además motivos para que prospere una visión también razonablemente liberal de la economía y una menos victimista y pueril de nuestro lugar en el mundo.

En los ochenta muchos todavía responsabilizaban a la política exterior norteamericana de todo lo malo sucedido en América Latina (lo que en algunos casos, como el de Chile de 1973, tenía encima bastante fundamento) y asociaban autoritarismo y mercado por razones semejantes. Aunque eso tendió a cambiar en la década siguiente a raíz de las hiperinflaciones, los a veces magros y a veces malos resultados de las reformas de los noventa revirtieron parcialmente esa evolución y bandearon las políticas económicas hacia el otro extremo. Hoy, en cambio, países como Brasil y Argentina que vivieron con particular crudeza los costos de esa ciclotimia están procesando complejas salidas de sus ciclos populistas, inspiradas por la consigna “no terminar como Venezuela”. Y no parece ser muy diferente la situación en Ecuador y países de Centroamérica, que están tomando distancia del eje bolivariano.

El cambio en curso es también generacional. Los protagonistas de la democratización de los años ochenta habían estudiado y entrado a la vida política en los sesenta, bajo el influjo de la revolución cubana y el auge consecuente del marxismo latinoamericano. Aunque muchos de ellos revisaron luego esas ideas, en particular las más afines al ethos revolucionario, no pudieron desprenderse del todo de esa herencia. Para ellos todavía era infinitamente más simpático Fidel Castro que Ronald Reagan. Pese a todo lo que hiciera Reagan por ayudar a la democratización de Argentina, Brasil o Chile.

Todo eso ha quedado atrás. Ya no gravita como antes esa herencia marxista, más allá de algunos núcleos militantes en universidades muy politizadas. E incluso allí los jóvenes suelen reaccionar con bastante sentido común a lo que les toca vivir, más alarmados con lo que ven sucede en Caracas que seducidos por lo que leen en sus textos de cátedra. Hacen bien. El mundo que enfrentan probablemente no estará hecho de grandes oportunidades pero sí tendrá que lidiar con grandes peligros. La ensoñación romántica detrás de fantasías estrafalarias como el “socialismo del siglo XXI” se ha revelado como uno de ellos. La radicalización de los conflictos hasta destruir las condiciones mínimas de la convivencia es otro. Y la amenaza y la exacción como vías para contener el lucro capitalista y promover la distribución social otro tan o más dañino. Ojalá también los venezolanos puedan aprovechar no dentro de mucho estas valiosas lecciones que nos brindan a su costo.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación, el 28/9/17

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Curas por los pobres hacen el ridículo contra Cambiemos

El grueso de la Iglesia católica argentina debe haberse sentido más que incómoda después de leer la misiva que un grupo de párrocos alineado con Cristina Kirchner escribió y difundió el viernes pasado: “sin ningún temor o prejuicio sostenemos firmemente que un cristiano no puede darle el voto a un gobierno como éste, que multiplica las ayudas fraudulentas a sus amigos, facilita las ganancias de los ricos y condena a los pobres a la marginalidad y lo hace a la luz del día con mentiras y desparpajo”.

Si hasta al Papa Francisco le debe haber sonado inconveniente eso de identificar en consecuencia como “pecado” el voto al gobierno. Lo que significaría obligar a que millones de miembros de su grey, el mismo domingo 22 de octubre, pidan perdón a sus sacerdotes y hagan acto de contricción por una conducta absolutamente independiente de la moral cristiana, según lo que la moral cristina definió como su área de influencia varios siglo atrás, cuando aceptó razonablemente separarse de la soberanía del estado y dejar de batallar por un Cristo Rey en el mundo occidental.

Porque lo único seguro es que tampoco esta misiva parroquial va a impedir el resultado cantado de las legislativas. Como no lo ha hecho la manipulación vergonzosa del caso Maldonado en un último intento de asociar a Macri con la dictadura. Ni funcionó la peregrina idea de que el despido del impresentable pseudoperiodista Roberto Navarro estuvo motivado en alguna presión oficial. Y tampoco lo lograron las decenas de tomas de escuelas en la ciudad de Buenos Aires motivadas en el reaccionario rechazo a una reforma de lo más modesta, sólo pasible de ser vista como amenazante desde el pueril afán de protagonismo de adolescentes malcriados, y el no menos adolescente comportamiento de muchos de sus progenitores, sus docentes y los directivos escolares, entre indiferentes y cómplices.

Todo lo contrario. El tono de grotesca desesperación de todas estas iniciativas para salvar a Cristina y los suyos de la derrota que les espera paciente e inescapable en octubre sólo han abonado más y más el consenso social respecto a que conviene optar entre un moderado apoyo al gobierno o una moderada crítica al mismo, pero en cualquier caso no tiene mayor sentido actuar como si estuviera en peligro de muerte un modelo de país maravilloso que supuestamente nos habría regalado el kirchnerismo y que claramente nunca existió.

Machacar con esta idea, en cambio, es lo más sorprendente de todo lo que tiene de sorprendente la carta del grupo de curas en la opción por los pobres que se referencian en el kirchnerismo militante: la afirmación de que “están en juego dos modelos antagónicos de país… un país injusto y dependiente, que concentra la riqueza en una minoría (y) un país con la gente adentro, distributivo, soberano e inclusivo”, alternativa que supuestamente quedaría graficada en una “lista interminable de perjuicios” cometidos por Macri, entre los que se incluye “represión violenta a la protesta social y abusos de autoridad de las fuerzas de seguridad, protección a los capitales más que a los ciudadanos, promesas incumplidas, mentiras y falsedades permanentes, presos políticos, un desaparecido, persecución a quienes piensan distinto, aumento de la pobreza, desempleo, un insostenible endeudamiento que hipoteca el futuro, la especulación financiera, la desindustrialización, la entrega de nuestra soberanía”.

En el peor momento del ajuste de las tarifas de servicios y caída del consumo, fines del año pasado, el porcentaje de pobreza habría subido entre 2 y 3 puntos comparado con un año antes. ¿Tiene algún sentido llamar a eso un “cambio de modelo de país” o “abandono del rol cohesionador del Estado” o siquiera ver en eso una sombra de diabólico “neoliberalismo”? Desde entonces todas las estadísticas hablan de una recuperación del empleo y el nivel de ingreso, incluso en los sectores más bajos de la sociedad. Estos curas por los pobres ¿estarán leyendo demasiado Página 12 y no recibiendo a tiempo datos actualizados más fidedignos?

Sin duda su misión y sus obras son muy positivas para los barrios en que trabajan, hasta heroicas en algunos casos. Pero dado que por eso mismo seguro conocen los problemas de inseguridad y narcotráfico que afectan a esas poblaciones, ¿no se les ocurrió siquiera plantear un matiz para aludir a las políticas de seguridad del anterior gobierno y a las del actual? ¿O consideraron que enturbiaría la burda idea de que había un modelo inclusivo y maravilloso y hoy hay uno expulsivo y horrible por lo que era mejor ignorar el asunto?

Una verdadera pena que hayan decidido invertir parte del bien ganado prestigio que poseen en una finalidad tan mundana como inconducente.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/9/17

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¿Cristina “leona herbívora” podría ganar? Tarde piaste

Igual que le sucedió a Perón al final de su largo exilio, con quien ella se compara ahora cada vez más seguido (“somos los dos grandes perseguidos de la historia”) en otro giro que también llega algo tarde, su pretensión de ser vista como una figura pacífica y conciliadora en el mejor de los casos quedará flotando como un postrero gesto bonachón, sin mayores efectos prácticos. Y en el peor de los casos será considerado un mal chiste. Porque los procesos que ella hasta aquí impulsó, no solo antes en el gobierno sino hasta hoy mismo en la oposición, alimentando en serio la polarización (no como eso que dice Massa que hace Macri, pero que no tiene mucho que ver) y abusando del poder en sus manos por todos los medios imaginables, para acumular beneficios y perjudicar a sus enemigos, la desmienten.

Corolario: difícilmente alcancen las sonrisas de comprensión con que recibió las preguntas más duras de Luis Novaresio para liberarla del brete en que ella misma se metió en esta, la que será probablemente su última batalla electoral. Ni mucho menos la liberarán de sus responsabilidades tanto en la gestión de gobierno como en el liderazgo opositor. Ambos roles asumidos sin ninguna moderación ni respeto a la verdad. Cosa de la que no se arrepiente en lo más mínimo, como quedó a la vista con las esquivas respuestas que ofreció.

Es cierto que el kirchnerismo siempre hizo campañas “hacia el centro”, con mucha buena onda y ni sombra de Bonafini o de Moreno, tal como hace ahora Cristina. En eso no hay mayor novedad. Aunque luego gobernaba precisamente de la mano de Moreno y Bonafini. La gran diferencia es que el centro político está ahora totalmente ocupado.

Lo hegemoniza el gobierno, con una política que de la mañana a la noche se dedica obsesivamente a desmentir que él sea “la derecha insensible”, “el ajuste salvaje” y el odiado neoliberalismo. Y también lo habitan Massa y Randazzo. Frente a quienes Cristina es comprensible que tenga difícil seducir a los votantes moderados, que son amplia mayoría y se alejaron del kirchnerismo ya hace varios años, hartos del Vamos por Todo. Y ahora también están alejados de creer que exista un peligro terrible en puerta, el cuco del capitalismo salvaje, y que para pararlo haga falta olvidar todas las macanas que ella cometió y sigue defendiendo.

El giro “ciudadano” emprendido hace un par de meses necesitaba completarse con una nueva estrategia de comunicación. Para las PASO Cristina se abstuvo de encararla, pensando tal vez que con el impulso inicial y los flojitos candidatos que le había puesto enfrente el oficialismo alcanzaba, así que casi no hizo campaña. Pero se equivocó. Ahora la veremos hablando y explicando más amablemente que nunca, como una ciudadana más, lo que hizo y lo que pretende hacer. Pero el resultado más probable es uno que difícilmente la favorezca: una buena actriz con un guion ya muy gastado.

En el fondo lo que Cristina debería hacer es reconocer que su apuesta a la resistencia, a una oposición salvaje dirigida a bloquear toda iniciativa gubernamental ya ha fracasado. E intentar en serio otra cosa: acompañar sus sonrisas amables con alguna palabra del estilo “vamos a ver cómo convivimos con esta gente que nos ganó las elecciones y gobierna legítimamente”. Pero eso es pedirle peras al olmo, es suponer que el león es herbívoro de verdad y no un psicópata simulador.

Cuando Perón inventó esa fórmula el país necesitaba con desesperación que fuera cierta. Así que creyó en ella, no se la tomó en solfa. Tan es así que millones de personas votaron por ella en 1973, obnubilados detrás de la idea de una “revolución en paz”, que nadie sabía bien en qué consistía pero todos quisieron imaginar afín con su versión de salida deseable de un caos cada vez más violento e insoportable. Pero, como sabemos, Perón los defraudó: no ofreció nada parecido a una salida viable y dejó el país en manos de Isabel y López Rega. Ahora por suerte no hay clima de angustia alguno que justifique votar a ciegas. Hay sí bastante nostalgia de aquellos buenos años que muchos pensaron iban a durar por siempre y alcanzar para resolver nuestros problemas. Por qué eso no resultó y todo terminó mal sigue siendo la gran pregunta que hay que hacerle a Cristina y al kirchnerismo. Aunque sepamos que como respuesta no vamos a recibir de ellos más que una sonrisa esquiva y alguna zoncera exculpatoria.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 17/9/17

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Cristina, en soledad ya antes de la derrota

Hay algo peor que perder una elección. Es ser señalado como el responsable de la derrota. Esto es lo que contestaron los peronistas a la poco oportuna carta abierta de Cristina Kirchner llamando a unir los votos opositores detrás suyo: no sólo le lanzaron el mal augurio de que caerá derrotada por primera vez como candidata, completando la serie de caídas iniciada en 2013, sino que le señalaron que la culpa será enteramente suya, como ya hacían pensar esos malos antecedentes sobre sus dotes de estratega, y ella confirmó con la inexplicable pirueta de romper el PJ y armar la mal llamada Unidad Ciudadana.

Por lo que se ve, esta vez muchos compañeros ni siquiera se dignarán acercarse a las puertas del cementerio. Cristina debe caer, y lo mejor es que caiga sola e inapelablemente.

¿Qué nos anticipa esta actitud? Que Macri podrá lucir un nuevo blasón electoral. Pero el peronismo cree poder lograr, aunque suene paradójico, que la principal victoria política sea suya. El rédito que espera obtener es doble.

Primero, si la ex presidenta ha sido, como dice Randazzo en su lapidaria respuesta a la carta abierta, la única responsable de la división del peronismo, muerto el perro se acabó la rabia: la unidad después de la elección será mucho más fácil. Porque será fácil reconciliarse con casi todos los intendentes bonaerenses que la acompañan en su última aventura, actuando más por necesidades locales que por convicción.

Segundo, no deberían influir demasiado para adelante los avances electorales que haya logrado el oficialismo, ni los pocos votos que hayan conseguido Randazzo, Massa y algunos líderes desafortunados del interior. Todos ellos podrán abrazarse, celebrar su común condición de supervivientes y compartir la idea de que “se votó contra Cristina” y no contra el peronismo, por lo que quitada del medio esa rémora del pasado éste tiene el camino despejado para recuperar la confianza y la competitividad perdidas, sino en el corto, al menos en el mediano plazo.

¿Significa que Cristina será del todo marginada por su siempre malquerido partido? No necesariamente. Interrogado al respecto en una muy interesante charla que brindó al Club Político Argentino, Miguel Ángel Pichetto explicó que es Cristina misma la que se margina, y al hacerlo acelera la decadencia de su liderazgo facilitándole las cosas al resto de los peronistas: ellos no están necesitados de echarla de ningún lado, negarle ningún mérito ni entrar en ningún otro conflicto abierto, simplemente la dejan hacer y esperan los resultados. De allí la expectativa que luego Pichetto hizo pública de que Cristina motu proprio cree su propia bancada en el Senado.

Por otro lado, hay que anotar las palabras finales de la ya mencionada réplica de Randazzo: “cuando se trate de defender a los que menos tienen, a los trabajadores, a los jubilados, nos encontrarán en la misma vereda”. La unidad en la acción siempre estará a mano para ponerle límites al gobierno en los asuntos en que el acuerdo con él sea imposible. Y también, ¿por qué no?, para negociar en mejores términos los asuntos en que el acuerdo sea viable. Votar cada tanto con Cristina, o amenazar hacerlo, será un recurso útil para que el resto del peronismo recuerde al gobierno su precariedad.

No sólo a nivel legislativo. El plan de los Moyano de reflotar un frente social al estilo del Movimiento de Trabajadores Argentinos de los años noventa junto al sindicalismo y los piqueteros kirchneristas, y también el apoyo de Daer y Caló a Unidad Ciudadana, anticipan el tipo de problemas que tendrá que enfrentar el plan oficial de avanzar con reformas como la laboral, la previsional y la del estado.

Ahora bien: Massa y el Frente Renovador ya intentaron durante 2016 hacer ese juego, negociar con Macri pero cada tanto votar con el kirchnerismo; y muy bien que digamos no les fue, terminaron siendo poco confiables para los moderados y también para los opositores duros. ¿Puede un peronismo más unido a nivel nacional (que pronto sumará hasta al propio Massa) lograr un equilibrio menos desprolijo y por tanto más convincente para sus distintos públicos? Habrá que ver, y habrá que ver también con qué combinación de colaboración y oposición lo intenta.

Hay varias hipótesis dando vuelta al respecto. Una de ellas, la más optimista y la que más seduce tanto a sectores oficiales como a inversores, es que el peronismo provincialice sus intereses, más o menos como hizo la UCR en la década de los dos mil. Por lo que sacrificaría, para decirlo mal y pronto, reforma laboral por plata para sus distritos. Y ni siquiera hará una gran inversión en tratar de volver a la Rosada en 2019.

Varias son las razones para no tomarse esta posibilidad muy en serio. Los peronistas saben que ceder la arena nacional es prestarse a que les arrebaten una a una sus gobernaciones. Y el PJ no es la UCR, jamás regaló espacios ni dejó de actuar como una fuerza nacional. ¿Podría ser su primera vez, si en dos años no logra instalar una figura presidencial unificadora y tampoco extinguir del todo la estrella de Cristina? No hay que descartarlo. Pero sí hay que descartar que no vaya a intentar todo para evitarlo.

Una segunda idea, también atractiva para los inversores, tal vez no tanto para el oficialismo y seguro más desafiante para los propios peronistas es que intenten repetir la experiencia de Cafiero en los ochenta. Esta vez con más resguardos ante posibles competidores internos que quieran venir a escupir el asado cuando estén por servirlo. La clave sería lograr ser competitivos colaborando, para disputar el centro político sin perder el voto popular que, descuentan, al gobierno le seguirá siendo esquivo. Finalmente son muchos los peronistas que piensan que les conviene suceder a un Macri medianamente exitoso antes que a uno frustrado, dejando que él haga el trabajo sucio de ajustar costos y eliminar obstáculos al desarrollo, para que ellos luego vuelvan a conducir un país con algún futuro.

Pero para que esto funcione la cooperación tiene que brindar sus frutos, es decir, los votantes tienen que estar ampliamente inclinados a premiarla, algo que hasta aquí jamás sucedió en nuestro país. Y por lo tanto también es condición imprescindible que pocos insistan con la polarización: que ni Cristina ni nadie parecido sea una opción mínimamente viable en 2019, ni el gobierno juegue a simular que lo es. Pichetto y Urtubey parecen ser los más inclinados a intentar esta opción. Pero deben saber que es la más difícil de lograr. De allí que incluso en el peronismo racional no haya muchos más que la consideren hoy por hoy la opción preferida.

Así que nos queda la tercera opción, que es más o menos la habitual cuando el peronismo está en la oposición: “golpear y negociar”, elevando lo más posible los beneficios por ambas vías, sin preocuparse demasiado por la inconsistencia de sus planteos, ni por los alarmistas que advierten que, de tan esquizofrénico, tendrá problemas para unificarse. Puede que me equivoque pero creo que esto es lo que va a imperar, un poco de todo como en botica, y hasta algún papel, siempre que no sea protagónico, para la propia Cristina habrá en ese aquelarre. Ella incluso ya se acomodó a este escenario declarando, con su recién adquirido tono de leona herbívora, que podría renunciar a ser candidata en 2019. “Habrá gobernabilidad nacional si la hay para las provincias” anticiparon por su parte los gobernadores. “Reformas puede ser, pero neoliberalismo no”, advertirán desde las bancadas de oposición y el frente social. “Lo que salga bien es porque ayudamos, lo que salga mal porque no se dejaron ayudar” dirán todos a coro. Y el gobierno aprenderá, de nuevo, que tener a los peronistas en contra es peligrosísimo, pero tenerlos de aliados es más caro.

Probablemente sea, por otro lado, lo más razonable que le quepa hacer al PJ frente a un gobierno que, aunque pueda imponer algo de su agenda, es difícil saber cuánto va a avanzar, ni cuán bien le va a ir. El riesgo, lo hemos dicho ya, será que repita aumentado el pantano de desconfianza en que se atascó el proyecto de Massa.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 18/9/17

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