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Falta que se arrepienta Cristina

Aún el híper centralizado modelo que usaron los Kirchner en su paso por el poder, tanto para gobernar como para llenarse los bolsillos, necesitó la silenciosa colaboración de muchos, la decisión de su parte de avalar dicho sistema y perseverar en la disciplina que él requería, aún en los momentos de crisis.

Sucede ahora, cuando por primera vez algunos de esos muchos engranajes del sistema empiezan a romper el pacto de silencio que los mantuvo alineados, que resulta relativamente fácil llegar al corazón del mecanismo: no mienten del todo cuando apelan a la “obediencia debida”, explican al juez y los fiscales que ellos no tomaban decisiones, ni conocían toda la trama, ni el destino final del dinero negro, porque estaban encargados solo de un paso del extenso y aceitado sistema de tráfico y uso del mismo.

Lo que era una gran ventaja para el matrimonio Kirchner en ese entonces, ahora se está volviendo en su contra: les permitía reducir al mínimo el peligro de que los intermediarios hicieran sus propios negocios, o “desviaran” fondos (que le roben a los ladrones puede que sea perdonable, pero a estos les suele resultar muy molesto, ¿no será que Centeno escribía todo en sus cuadernos porque eso debían hacer los choferes, dentro del sistema de control diseñado por Kirchner?), también reducía el riesgo de filtraciones y tornaba muy predecible y poco conflictivo el sistema mismo para todos los involucrados; pero desde que el poder les es esquivo que corren con desventaja, ha habido infinidad de pruebas de que el fruto del saqueo fluía hacía el vértice, faltaba sólo un empujón final para que los engranajes subalternos finalmente se resignaran a confesar lo que todo el mundo ya sabía, que en este chiquero no se tocaba un peso sin la intervención y autorización de los patrones.

La comparación con Menem es aleccionadora a este respecto. Es cierto que el riojano lidió con muchos más problemas durante sus 10 años en la presidencia por filtraciones a la prensa nacidas de disputas entre facciones de su gestión, o de choques de intereses y negocios en pugna entre sus funcionarios. Pero ese estilo más a la Alí Babá le permitió después dormir más tranquilo: una vez lejos del poder la lógica se invirtió, fue mucho más difícil lograr que se encadenaran investigaciones de corrupción hacia el vértice, y también que los socios y beneficiarios de esa suerte de cooperativa del afano que fue el menemismo tuvieran fácil apelar a la obediencia debida. Y eso que él llegó al extremo de volar por el aire todo un pueblo para ocultar los rastros dejados por uno de sus más espectaculares curros, matando unas cuantas personas, y también suicidó a dos o tres más cuando las filtraciones se volvieron incontrolables.

La diferencia, claro, no reside sólo en el método, sino que también involucra el sistema social y económico que cada uno promovió. Menem creía que para su plan de reconversión de los peronistas al capitalismo que cada líder del partido actuara como un empresario, en todo sentido, resultaba un paso necesario, una pieza de su esfuerzo por reconciliar e integrar a las elites nacionales durante décadas enemistadas.

En cambio en el caso de los Kirchner la lógica subyacente fue la del sultanato, un sistema extractivo en el que, en última instancia, hay un solo dueño, los demás son empleados o en el mejor de los casos concesionarios.

Por eso los análisis que hacen cuentas y comparan odiosamente el monto de recursos “desviado” por la corrupción en los años del kirchnerismo con lo que se robó en tiempos de Menem, o lo que los empresarios evadieron al fisco, o los costos de haber implementado malas políticas, se olvidan de lo esencial. El saqueo no fue un complemento, fue parte esencial del modelo social, económico y político instrumentado en ambos períodos. Pero el modelo no fue para nada el mismo, y por eso el sentido práctico y programático de la corrupción tampoco lo fue.

Entonces, la pregunta, ¿se puede arrepentir de algo Cristina Kirchner? Tal vez se esté arrepintiendo de confiar en Abal Medina. De haber dejado muchos cabos sueltos en el “club de la construcción”. O de haber participado personalmente de las reuniones en que se recibían y pesaban bolsos. Pero si lo hiciera sería un poco ingrata con quien montó el espectáculo. Que, la verdad, funcionó extraordinariamente bien durante un tiempo extraordinariamente largo. Y ya muy tarde, casi tres años después de haber dejado el poder, está haciendo finalmente agua. Para los estándares a los que nos tienen acostumbrados, un récord de estabilidad institucional.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/8/2018

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¿Ganaron los malos, “la muerte”?, ¿o “no importaba el resultado”?

Me hubiera gustado otro final. Y no comparto por tanto para nada la idea del presidente de que “no importaba el resultado” porque en cualquier caso “ganará la democracia”.

Esa frase me sonó a una sobreactuación de su proclamada neutralidad, al punto de convertirla en indiferencia y desconexión con los ciudadanos, sus representados: equivalió a decirle a los millones que se manifestaron a favor o en contra del proyecto de legalización del aborto que habían estado peleando por algo sin importancia.

Buscando no ofender a nadie, Macri terminó ofendiendo un poco a todos. Mala idea. Alguien parece estar metiendo la pata en forma en el sofisticado dispositivo comunicacional del oficialismo.

Encima, hubiera sido bastante simple evitarlo. Porque la intención detrás de la pifia presidencial, si bien no es lo que cuenta, está clara y es muy razonable: evitar que su gobierno quede atrapado por la nueva grieta que se ha abierto y amenaza dividir a la sociedad en dos. Podía decir que “más allá del resultado, etc, etc”. O algo del estilo “salga como salga la votación debe servir para que aprendamos a comprendernos y convivir en mejores términos…”.

Se sumó además que unos cuantos de su propia administración le complicaron las cosas, porque incumplieron su obligación de moderarse y poner por delante su rol institucional como representantes, en vez de la promoción de sus gustos y opiniones. Quien descolló en ese papel fue sin duda Gabriela Michetti, que tuvo una noche entre brutal y desopilante. Además de insultar al senador Luis Naidenoff, coordinador del interbloque oficialista, una figura muy respetada y medida, y festejó con un “vamos todavía” como si estuviera en la cancha. Todo lo contrario de lo que su gobierno necesitaba de ella.

Porque los ánimos estaban ya suficientemente caldeados. En parte porque las intervenciones de los senadores fueron, en general, además de bastante más pobres que las de Diputados, más centradas en ganar protagonismo, exponer las propias creencias y sacar ventaja política. Otra que se lució fue García Larraburu, que expuso sin matices lo que el kirchnerismo espera extraer como beneficio colateral del fracaso del proyecto: que quede en evidencia la incapacidad de Macri de impulsar cambios modernizadores en el país. Su intervención fue todo un homenaje a la mezquindad.

Y a eso sumemos las interpretaciones entre decepcionadas y enojadas que comenzaron a instalarse ya antes de la votación en el campo de los verdes. En vez de aprender de lo sucedido, revisar estrategias escogidas y posibles errores, para mejorar las chances de avanzar en la próxima oportunidad, que se va a presentar y bastante pronto, muchos se dedicaron a despotricar contra los “antiderechos”, los “promotores de la muerte de más mujeres”, etc. Con la lógica de la retagliación: me dicen que son “la vida”, les contesto que son “la muerte”. Fin de la discusión.

En los mejores momentos del debate público que atravesamos desde que se habilitó el tratamiento del tema en el Congreso se logró evitar ese karma tan nuestro de la descalificación. La frustración de los promotores del cambio será doble si en vez de mejorar sus argumentos de aquí en más, los cristalizan recurriendo a la estética de los justos: tan convencidos están algunos de que tienen razón, que representan el progreso y los derechos y que todos seríamos felices si pensáramos como ellos, que se olvidan que el mundo está lleno de gente que piensa cosas completamente distintas pero coincide en creer que tiene de su lado la verdad.

Convencer a los demás y ponerse más o menos de acuerdo es complicado. Argentina es un país especialmente complicado para lograrlo. Y se sabía desde un comienzo que el Senado iba a ser el trámite más complicado de esta discusión. Finalmente, tan mal no resultó.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/8/2018

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Boudou preso y Calcaterra arrepentido importan más que sus excusas

Es razonable ser prudente en los pronósticos sobre cómo va a seguir la causa de los cuadernos de Centeno. Ya nos desilusionamos varias veces con investigaciones que parecían prometedoras, dieron incluso lugar en algún momento a detenciones e imputaciones espectaculares, pero con el tiempo se desinflaron y quedaron en nada.

Argentina no tiene una fuerza de investigaciones de la calidad de la policía de Brasil, ni un juez Moro que desde fuera de la red de connivencia entre juzgados, gobiernos y empresas vaya a destapar las ollas de podredumbre sin titubear, ni tampoco una ley del arrepentido suficientemente eficaz. Así que a moderar el optimismo.

Pero otra cosa es volverse ultra escéptico. La condena de Boudou es una bocanada de aire fresco, doblemente importante en el ambiente enrarecido por la desconfianza en que nos movemos, que merece celebrarse.

Es cierto que al ex vicepresidente hace tiempo que le habían soltado la mano desde el peronismo, e incluso desde el kirchnerismo. ¿Hace cuántos años que Cristina ni lo saluda, ni se acuerda de él? Los K hicieron con Amado lo que los menemistas con María Julia: lo entregaron a los leones, a ver si calmaban así su apetito y ellos dejaban de molestar a la gente realmente importante.

Pero el clima de hoy es muy distinto al del ocaso de Menem: ni gobiernan los mismos que habían estado metiendo la mano en la lata en la década anterior, ni rige ya una disciplina estricta en Comodoro Py acorde al sistema de protecciones mutuas.

La otra extraordinaria novedad que no conviene minimizar es lo que se ha conseguido, en poco tiempo, en materia de confesiones empresarias en el caso de los Cuadernos: ninguno de ellos se hubiera acogido a la figura del imputado colaborador de no ser porque se tomaron en serio las acusaciones en su contra. Así, por primera vez, empresarios poderosos, ligados al Estado por vínculos espurios durante años, están hablando de pagos ilegales ante la Justicia.

Ha sido flor de golpe, para empezar, para ese sector privilegiado de la sociedad. Y esperemos que también un ejemplo, y una oportunidad para que en él avance la disposición a cambiar de conductas.

Ser empresario, para que la economía argentina tenga algún futuro, debe dejar de asociarse, como sucede hoy para buena parte de la sociedad, y para la propia opinión empresaria, antes con el curro que con el esfuerzo, la competencia y la innovación. Las cosas están tan mal en este sentido que hoy el sector, según la encuestadora Taquión, es considerado corrupto por el 79,8 % de la opinión, un poco peor que la situación de jueces y sindicalistas.

Muy oportunamente el Foro de la Convergencia hizo su esfuerzo para apuntar en esa dirección. Igual que Macri, el Foro se puso del lado de los que quieren que las cosas cambien, que el capitalismo argentino sea más competitivo y tenga una relación más sana con la democracia. Aunque avanzar por ese camino signifique que algunos colegas la pasen mal. Dado que la primera empresa privada del país, Techint, tiene un ex directivo detenido, estamos hablando de algo más que daños colaterales: lo del Foro sonó a una invitación a asumir las responsabilidades que a cada uno le toquen.

Angelo Calcaterra pareció decidirse a ir por ese camino cuando disculpó a los directivos de su empresa y confesó: “yo ordené entregar el dinero”. Nada de empleados descarriados, con los que intentaron disculparse los jefes kirchneristas, y sus seguidores detrás, cuando se descubrieron los bolsos de López.

Aunque también es cierto que lo de Calcaterra vino condimentado de varias excusas, explicaciones de lo sucedido con las que espera que su caso sea tipificado como una falta menor. Y ese intento, de prosperar, también podría disculpar en alguna medida a los funcionarios involucrados.

Si fuera cierto que el dueño de IECSA pagó por presiones, lo extorsionaron y sus únicas faltas habrían sido “corrupción pasiva” y que no habló antes de lo sucedido.

Por otro lado, si fuera cierto que el dinero que entregó se destinó a campañas políticas, su delito sería sólo financiamiento ilegal, como mucho dádivas. Nada demasiado grave: prescriben rápido y no suponen penas de cumplimiento efectivo, tal vez con una multa zafa.

Y tampoco nada demasiado grave para los Baratta, Lazarte y De Vido: ellos recaudaban para pagar carteles y colectivos, como mucho habrían cometido desprolijidades al recaudar entre las empresas contratistas, pero podrían alegar que no fueron mucho más graves que las que se atribuyen a Vidal en la última elección.

El problema para todos ellos es que, una vez que confiesan las entregas de dinero, por las características que ellas tuvieron y están documentadas en los cuadernos que quedan así validados, todas esas excusas se desmoronan.

Los pagos se hicieron tanto dentro como fuera de períodos electorales, en forma regular. Si el juzgado logra probar que coincidían con adelantos de obra realizados desde el Tesoro, y encuentra además conexión entre esos pagos y sobreprecios en los presupuestos convenidos, entonces la fábula del empresario extorsionado se desarma en un santiamén.

¿Hay alguna chance de que Bonadío, Stornelli y Rívolo, el segundo fiscal de la causa, no sigan ese camino? Sería muy difícil entender que hayan llegado hasta aquí para virar en redondo y desarmar su propio argumento: recordemos que lo que investigan es, ni más ni menos, una asociación ilícita. Pero además sería seguramente inefectivo que lo intentaran: serviría solo para que se incineraran, porque en la Cámara, que va a revisar y controlar sus pasos, no hay mayoría posible para una vía de escape como esa.

Hay quienes dicen que haber soltado a Calcaterra tan rápido fue un error, o peor, fue un anticipo de que se va a abrir esa vía de escape, al menos para los que pagaron las coimas. Pero es más razonable pensar que se trata de un modo de estimular al resto de esos implicados a seguir el ejemplo de los arrepentidos. Si después de hablar estos hubieran seguido presos, ¿por qué los que todavía no han confesado iban a sentirse estimulados a imitarlos? La gran ventaja de tener a esta gente a tiro de una preventiva es que saben que el costo personal y también para sus empresas puede elevarse de un momento a otro si incumplen sus compromisos. Que así como entraron salgan de prisión en este caso no es señal de que el proceso no avanza, si no de que les toca el papel de ratones en un juego que por ahora controlan los gatos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/8/18

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Si el escándalo golpea a Cristina, ¿se beneficia el gobierno o el peronismo?

Suelen producirse cambios muy rápidos en la política argentina. Pero también hay ocasiones en que parece que la situación va a cambiar profundamente, y luego esa expectativa se diluye porque todo vuelve a ser como era.

Todavía es muy temprano para saber a cuál de esos dos patrones se acomodará el escándalo de los cuadernos de Oscar Centeno. Puede terminar con varios ex funcionarios y empresarios presos, y alcanzar directamente incluso a la propia ex presidenta, en cuyo domicilio parece se descargaban en ocasiones los bolsos con dinero. O puede diluirse como otros escándalos si la Justicia no hace bien su trabajo, si no hay arrepentidos que colaboren, si no logran conectarse los datos sobre el movimiento de bolsos con el pago de adelantos de obras, retiros y depósitos bancarios y sobre todo si no aparece algo del dinero que se robó.

Sin embargo ya empezaron las especulaciones políticas sobre los beneficios y perjuicios que el escándalo va a traer. En el gobierno han adoptado una posición casi prescindente. Germán Garavano, el ministro de Justicia celebró que la Justicia avance en esta investigación, nada más. ¿Será porque no quieren sobreactuar ni aparecer queriendo sacar provecho político? ¿O será porque hay involucrados empresarios ligados a la familia presidencial? Si es esto último se equivocan de cabo a rabo. Es lo mejor que les podía pasar y deberían estar celebrándolo: ante una sociedad en la que en los últimos tiempos tendió a instalarse la idea de que todos los políticos son igual de fraudulentos y mentirosos, y ninguno está realmente interesado en combatir la corrupción (por los Panamá Papers, por la frustración de investigaciones judiciales previas y por otros factores) aporta una prueba invalorable de que esta administración es al menos en este aspecto distinta y mejor a la anterior, no apaña a nadie.

Pero hay otra especulación dando vuelta. Es la de que al comando oficialista le preocupa que Cristina salga de la escena de competencia electoral para el año que viene a consecuencia de esta investigación. Sea porque termine presa, o porque su imagen finalmente perfore lo que hasta aquí ha sido su piso infranqueable, y que actúa como un obstáculo también infranqueable para todos los aspirantes a renovar el peronismo. Y entonces los planes de reflotar en 2019 la polarización practicada en 2017, que sirvió tan bien a las necesidades de Cambiemos, se desarmen, y haya que competir con alguna figura peronista menos atada al pasado. Lo que podría implicar un desafío mayor para la reelección de Macri.

No hay que descartarlo, pero por ahora son puras especulaciones. Que además la experiencia tiende a desmentir. Ninguna de las investigaciones y acusaciones muy directas y bien fundadas que se han hecho hasta aquí sobre la fortuna de los Kirchner afectó mayormente al núcleo duro de votantes de Cristina. ¿Por qué algo así va a suceder ahora, justo cuando parece que vuelve a ser competitiva, dadas las dificultades económicas que enfrenta el gobierno y el debilitamiento de las alternativas moderadas que eso conllevó para el campo opositor? Lo esperable es más bien que sus defensores y apoyos se abroquelen, tal como sucedió en Brasil con Lula Da Silva cuando fue condenado y enviado a la cárcel.

Por otro lado, las dificultades del peronismo llamado “federal” o “moderado” o “renovador” residen más en él mismo que en los obstáculos que le impone el kirchnerismo residual. Para empezar y como se ve, aquel no logra ni siquiera darse un nombre. Sus referentes se dispersan en varias organizaciones o grupos con escasa disposición a colaborar entre sí. Y en muchos casos están demasiado implicados en los doce años del ciclo anterior como para decir que no sabían ni tenían nada que ver con lo que los cuadernos de Centeno ahora documentan e ilustran en detalle.

¿Puede una investigación eficaz de estos documentos alentar un cambio de actitud en ese espacio peronista? Ojalá suceda. El peronismo es un actor demasiado importante para el país como para que se resigne a representar, como ha hecho el kirchnerismo y pretende seguir haciendo, solo a la porción de la sociedad a la que los recurrentes escándalos de corrupción no le interesan en lo más mínimo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/8/18

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¿Por qué ni Florencia Kirchner deja en paz a Maldonado?

En octubre de 2017, tras el hallazgo del cuerpo del artesano tatuador y la autopsia que, con el aval de expertos aportados por la familia y entidades no gubernamentales, dictaminó la muerte por congelamiento y ahogamiento, sin violencia, muchos nos preguntamos qué iban a hacer los organismos de derechos humanos, los militantes opositores y demás promotores de la campaña de denuncia de la supuesta “primer desaparición forzada de Macri”. Algunos, los más optimistas, esperaron un mea culpa, una reflexión autocrítica, algún gesto de cordura. Pero no hubo nada de eso. Hubo insistencia, más hipótesis descabelladas, con las que ahora vuelven a la carga.

Alimentar la sospecha de que el Estado hizo algo que afectó los derechos de Santiago Maldonado es, a falta de toda prueba, el recurso que les queda a los sectores kirchneristas y de izquierda para no reconocer lo que ha quedado firmemente demostrado, de lo que no cabe ninguna duda: que ellos metieron la pata hasta el fondo en este asunto, de principio a fin, y siguen haciéndolo. Se tragaron las mentiras de los militantes de la RAM sobre gendarmes y vehículos llevándose a una persona, atacaron sin piedad a funcionarios y uniformados como si fueran genocidas, fantasearon con planes represivos ilegales traídos de los pelos.

Reconocer errores y atropellos propios, o siquiera que son capaces de cometerlos, es algo que repugna a esta gente, por su doble condición de víctimas eterna de “los malos” (los únicos y recurrentes victimarios) y dueños de la verdad histórica y moral.

Se entiende entonces que hagan hasta lo imposible para sostener su postura inicial en este asunto, contra toda evidencia. Y pese a que hasta aquí el tiro les salió por la culata: finalmente, como caballito de batalla para la campaña de las legislativas del 2017 fue un chasco total y absoluto. Pero lejos de desprenderse de él y dejarlo en el pasado, como cualquier persona pragmática hubiera hecho, o de revisarlo y reflexionar sobre los errores cometidos, como hubiera hecho gente además moralmente responsable, siguen levantándolo como bandera. La gran ventaja de hacerlo es que las banderas no invitan a la reflexión, ni a ser pragmáticos, convocan a la fe.

Ahora, a través de una película. Que se presenta como un documental, pero es pura ficción, propaganda maniquea recubierta de una impostura épica que es incapaz de conectar dos frases con mínima lógica.

Es que el relato que viene a sostener tiene bases tan poco sólidas en los hechos, que necesita ignorar absolutamente todo lo que se sabe del “caso Maldonado”, de los mapuches, de las disputas por la tierra, y de las políticas de seguridad. Se garantiza así que quienes ya creen en sus premisas encuentren, en este film y en todos los panfletos que lo antecedieron y los que le seguirán, su ratificación. Y tal vez un porcentaje de los que sospechan del Estado por costumbre y malas experiencias previas, porción muy numerosa entre nosotros, al menos crean que algo turbio él está escondiendo.

¿No es un poco loco que, tras quedar en off side en este asunto, insistan en querer “relatarlo”? Puede que lo sea, pero no carece de lógica. Insistir, machacar, mostrarse absolutamente convencidos de lo que dicen no es exactamente “mentir, mentir y mentir”, pero se le parece bastante y sus promotores esperan que tenga efectos homologables.

Ahora bien: ¿hay todavía incertidumbres y agujeros en la reconstrucción de los hechos que alimentan las sospechas? Sin duda que los hay. Pero un mínimo análisis desalienta las interpretaciones que se les pretenden dar. Veamos.

La primera de estas incertidumbres es qué es lo que pasó en la vera del río cuando Maldonado quiso cruzarlo y algunos gendarmes que llegaron a la orilla o a sus inmediaciones tal vez lo vieron, y lo amenazaron o lo agredieron de alguna manera. Supongamos por un momento que algo de esto sucedió. ¿No sería entonces esperable que esos gendarmes hubieran hablado de lo sucedido, al menos con una media verdad, que les permitía disculparse de los delitos gravísimos por los que se los estaba acusando? Si reconocían que lo habían visto en el río, terminaban en un santiamén con toda la historia de sospechas y búsquedas infructuosas. Así que el solo hecho de que no lo hicieran es una semiplena prueba de que no vieron nada, porque no estuvieron lo suficientemente cerca. Al menos no tan cerca como Lucas Pilquimán y tal vez otros miembros de la RAM. Que si vieron a Maldonado en el agua, pero no a los gendarmes.

Segunda cuestión entonces, ¿qué pensaron y qué hicieron los militantes mapuches? Se sabe que la gente de la RAM que estuvo en el corte de la ruta 40 hizo un rastrillaje en la costa del rio días después del choque con Gendarmería. ¿Para qué lo hicieron si no fue porque sospechaban que Maldonado no estaba en poder de esa fuerza, si no que había perdido la vida cuando intentaba escapar? Otro misterio a develar es qué pasó con la mochila de Maldonado. Pro los únicos que podían identificarla, dado que no tenía en su interior documentos, eran los miembros de la RAM. ¿No es lógico sospechar que fueron ellos los que la ocultaron, una vez que decidieron inventar la fábula de la desaparición?

Por último, se dice que es probable que alguien escondiera el cuerpo de Maldonado durante dos meses y luego lo “plantara” en donde lo encontraron. Pero ¿qué sentido podía tener que alguien lo preservara congelado y esperara tanto tiempo para librarse de él, y hacerlo además de esa manera tan pública, mientras el país entero lo buscaba, corriendo un riesgo altísimo para nada, pudiendo en todo caso hacerlo desaparecer para siempre?

Nada en el relato sobe el “crimen de Estado”, en suma, tiene el menor sentido. Le sobra fantasía y le falta, no digamos ya realismo político, siquiera mínima lógica. Pero, claro, no tiene sentido discutirlo con ellos. Es como querer que razone un fanático que ve aterrado que el mismo demonio se pasea impune delante de sus ojos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 1/8/18

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Lucha de ideas: Avelluto y Rozitchner contra Sarlo y Abraham

Dos funcionarios-intelectuales del macrismo han salido en estos días al cruce de críticas muy duras que se le vienen planteando a su gobierno desde el mundo de las ideas. No es que al hacerlo estén promoviendo el debate intelectual, porque su gobierno no cree en esas cosas. Pero sí se han visto en la necesidad de volver a reivindicar que él tiene una orientación, e ideas que la fundamentan, aunque no se note ni se haga mucha alharaca en torno a ellas.

No parece ser una mala iniciativa, dadas las dificultades que enfrentamos, que alguien desde el poder diga que sabe hacia dónde apunta el barco. Si todo se reduce a recortar aquí y allá para achicar el déficit corremos el riesgo de perder el sentido, el para qué, y que se debilite aún más la esperanza de que llegue un día en que la situación mejore. ¿El ministro de Cultura, Pablo Avelluto, y el asesor presidencial Alejandro Rozitchner hicieron bien ese trabajo de mantener abierto el horizonte oficial? Veamos.

Sus contrincantes, a la distancia en el caso de Rozitchner, más directamente en el de Avelluto, fueron Beatriz Sarlo y Tomás Abraham. Dos referentes del progresismo local, aunque de tonos muy distintos, y con argumentos críticos también distintos sobre lo que ha venido haciendo Cambiemos.

La de Sarlo fue su enésima descalificación de lo que significa Macri: ahora pronosticó que el país que él va a dejar “será peor que el de Menem”, con más pobreza y exclusión.

Pero seguro que a los funcionarios-intelectuales del gobierno les molestó bastante más lo que dijo Abraham. No porque haya sido más duro, sino porque estuvo más en línea con lo que piensan muchos votantes desilusionados, esos sectores que su gobierno tiene sí o sí que recuperar para tener algún futuro: “yo quería un cambio, pero hicieron casi todo mal”. Directo a la quijada.

Abraham no es exactamente un macrista desilusionado, pero supo usar bien los argumentos de quienes sí lo son para dar fuerza a su planteo: confesó que en 2015 le “dio igual que ganara Scioli o Macri, no voté, no sabía bien. En realidad no me gustaba ninguno, pero después puse fichas a favor”.

Y lo peor fue lo que siguió. Usó el remanido argumento sobre la “bomba de tiempo” en contra de Cambiemos: “el kirchnerismo dejó un país absolutamente trabado pero no habían puesto una bomba como habían dicho (Macri y los suyos, se entiende). La bomba está ahora”. Según su razonamiento, ni el cepo, ni el déficit fiscal, ni la inflación acumulada y bajo la alfombra con el congelamiento de tarifas, ni el default ni ninguno de los otros regalitos que dejó el gobierno de Cristina Kirchner serían tan dañinos como se dijo, y lo son mucho menos que la deuda de corto plazo que acumuló Macri.

Es una opinión. Desde mi perspectiva, difícil de sostener: desarmar los desequilibrios y trampas que acumuló el kirchnerismo, y no solo Cristina, sino desde que Néstor empezó a manipular el índice de inflación y camelear con la deuda implicó sin duda una bomba de tiempo, que aunque no estalló vamos a seguir pagando por años. La deuda en Lebacs siendo pesada, y además muy mal manejada, ni se le acerca y es mucho más visible y sincera, está ahí precisamente para que Abraham y cualquier otro pueda contabilizarla y hablar de ella. Si a uno no le gusta, tiene un montón de alternativas para proponer.

Con todo, lo que no es discutible es que el argumento de Abraham, y también el de Sarlo, son por completo legítimos, plantean una discusión que en la actual situación al oficialismo hasta le conviene dar. Por eso no se entendió muy bien que la intervención al respecto del ministro Avelluto se haya orientado a descalificar a los emisores: un mal hábito que no es solo kirchnerista como se puede ver.

Según el ministro estos y otros referentes del mundo de las ideas no entienden lo que es Cambiemos, la transformación cultural que ha producido, fruto de su nostalgia y su escepticismo. Según él, son como los “peronistas del 45” a los que aludía Menem: “Se sostienen sobre la base de prejuicios que no son otra cosa que emociones tercas sobre cosas que no se conocen… la posición en ambos se basa en: ‘como no entiendo esto que está pasando en la política argentina, a esta generación o a estas personas que no vienen del mundo de la política, que no han estado en nuestras marchas, ni leyeron los mismos libros que nosotros, que son sapos de otro pozo’, los rechazo a priori”.

Bueno, si la idea de empezar una discusión descalificando al contrario es lo que Avelluto quería objetar, entonces debería haber seguido él mismo otro camino.

Por suerte Rozitchner fue un poco más refinado: diferenció pensamientos graves y livianos y consideró que el de Cambiemos es de este segundo tipo y por eso puede prescindir del pasado y afirmarse en el “deseo, en el presente, y desprenderse de los fantasmas y símbolos vacíos que nos impiden…. trabajar por la realidad”. A continuación volvió sin embargo a referirse a los “setenta años de fracasos” de los que cada vez más insistentemente viene hablando también Macri, para ampliar su mensaje sobre “la pesada herencia”. ¿Si eso no es uso del pasado qué es? Encima un uso que no se reconoce ni admite una discusión al respecto.

En resumidas cuentas: lo que tanto Rozitchner como Avelluto podrían estar necesitando es decir lo que dicen directamente frente a Sarlo y Abraham, y ver qué pasa. Tal vez no les vaya tan mal, ni lo que resulte sea tan poco interesante e innovador como ellos creen.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/7/18

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La crisis es fruto de errores pero también de aciertos de Macri

Está de moda decir que la crisis cambiaria y financiera que enfrentamos prueba que Macri hizo todo mal. Que se equivocó de cabo a rabo. Los economistas ortodoxos, por el gradualismo. Los progresistas, porque se entregó de pies y manos a la insaciable especulación financiera, y ahora para completarla, al Fondo.

Pero bien puede verse la crisis como resultado tanto de lo que Macri efectivamente hizo mal, como de algunas cosas que hizo bien. Y ver de ella entonces, por decir así, su mejor costado: que fue una señal (esperemos) capaz de prevenir males mayores.

Si se sigue este razonamiento cabría concluir que Macri y la Argentina están simplemente experimentando, es cierto que en condiciones de gran precariedad y de mala manera, (pero, ¿de qué otra manera se aprende?) las ventajas y desventajas de la economía de mercado.

Por ahora, lo que se ve son sobre todo las desventajas: como se desreguló el mercado cambiario, cuando hubo incertidumbre saltó el dólar y nada lo detuvo; como se volvió a financiar el déficit en el mercado voluntario de deuda, la desconfianza disparó también el costo de ese financiamiento y derrumbó la cotización de los bonos a niveles de pánico. En suma, nos expusimos a los mercados y los mercados nos contestaron que no confían en nosotros. Incluso sobrerreaccionando. ¿Fue entonces una mala decisión exponernos a esas señales, cuando esperábamos que la respuesta fuera otra?

Ojo, porque a la larga puede que se cosechen más beneficios que perjuicios de esa exposición, por efectos que por ahora mucho no se perciben, aunque ya existen.

El más importante de esos beneficios ya disponibles es la anticipación. El gobierno llevaba, hasta comienzos de este año, un curso que agravaba las inconsistencias: se endeudaba muy rápido y a plazos muy cortos, el retraso del tipo de cambio impedía aumentar las exportaciones y los altos costos en dólares desalentaban la inversión. Tras las elecciones de medio término quiso empezar a corregirlo, pero lo logró solo a medias o subestimó el problema. Y la perspectiva era que seguiría subiendo la presión tanto en la cuenta corriente como en el endeudamiento, con un Ejecutivo inclinado más bien a aguantar, primero hasta el Mundial, luego hasta la reelección, y después se vería hasta dónde. Así que los mercados hicieron su trabajo: dieron la señal de alarma. A consecuencia de lo cual, en vez de seguir por un camino que llevaba, muy probablemente, a alguna forma de estallido y cambio de las reglas de juego, se forzaron cambios dentro de las reglas de juego vigentes.

Puede sonar a un consuelo puramente especulativo, pero lo sucedido, visto desde esta perspectiva y más allá de sus costos inmediatos, es absolutamente decisivo para lo que en última instancia tenemos que aprender: encarar y tratar de resolver los problemas antes de que estallen.

Eso fue lo que no se supo hacer en los años noventa, y así llegamos al 2001. ¿Por qué se pudieron sostener tanto tiempo las inconsistencias de la Convertibilidad? Porque la regla del cambio fijo era un problema pero también una solución, generaba estabilidad “artificial”, proveía un recurso de gobernabilidad económica a la que todos los actores se acomodaban, aunque fuera para conspirar contra ella agravando los desequilibrios de fondo, la desconfianza en la moneda, la dolarización, y la fuga.

Tampoco se hizo en 2011: todo lo contrario, para evitar un cambio de políticas se cambiaron las reglas, y así nos fue. El problema nació del pecado más imperdonable cometido por los Kirchner: el retroceso a la economía bimonetaria por el regreso a la inflación, pese a que había sido domeñada con medidas consistentes y perdurables entre 2002 y 2004. Ese error absurdo, innecesario, necio y neciamente disimulado, condujo a varios más: desde 2007 la emisión monetaria y el creciente retraso del tipo de cambio fueron alimentando la fuga de capitales, y cuando en 2011 esta se volvió insostenible, en vez de devaluar, recuperar el equilibrio fiscal perdido y la posibilidad de financiar al Estado en fuentes legítimas, se introdujo el cepo y la prohibición de transferencias de capital. El sistema se mantuvo en pie, pero a costa de desequilibrios cada vez más agudos. De nuevo se gobernó la economía con instrumentos que agravaban a la larga los problemas en vez de resolverlos.

¿Macri está todavía a tiempo de darnos y darse otro destino? Hubiera sido mejor que encarara en serio la cuestión apenas pasadas las legislativas, que ganó no porque hubiera hecho todo bien, sino en gran medida por demorar lo que debía hacerse. De todos modos, en parte por las mismas razones que le permiten aún aspirar a la reelección, tiene a sus mayores aliados enfrente, y ha frustrado expectativas de una gran modestia y labilidad, el margen para que las reglas de juego establecidas subsistan aún existe.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/7/18

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Para qué queremos fuerzas armadas

Plantearse esta pregunta es la parte más virtuosa de la iniciativa oficial: si seguimos como vamos, gastando lo mínimo en mantener a los militares, sin darles nada que hacer, para que no se note que no tenemos la menor idea de qué hacer con ellos y tampoco nos importa demasiado, seguiremos perdiendo esa gran o pequeña porción del presupuesto público (imposible decirlo, dado que no hay un para qué), el poco equipamiento que les queda, e invalorables vidas humanas cada vez que se hunde un submarino o un barco, se cae un avión o un helicóptero.

Es un problema que arrastramos desde que la democracia fue desactivando el poder militar, cosa que hicieron muy bien Alfonsín y Menem, radicales y peronistas más o menos de común acuerdo, y sobre la que luego sobreactuó Kirchner, prohibiéndoles en 2006 hacer casi cualquier cosa relacionada con hipótesis de conflicto o siquiera tareas fronterizas: como en el hoy famoso decreto 727 se estableció que solo podíann actuar ante agresiones de otros estados, y no hay otros estados que nos agredan o amenacen, salvo en el controversial escenario del Atlántico Sur sobre el cual tampoco tenemos hipótesis de conflicto militares, por suerte, entonces se quedaron sin misión alguna. Salvo las operaciones de paz de organismos internacionales, en las que desde los años noventa se involucraron, sin embargo, no más de algunos cientos de efectivos. ¿Qué hacer con las otras decenas de miles de militares? Nadie supo contestar.

Ahora bien. La respuesta que ofrece el Ejecutivo a esa pregunta ¿es la correcta, es exhaustiva y, tal vez lo más importante, es viable en estos momentos? Sobre lo primero, no es fácil responder. Sobre las otras dos cuestiones, la respuesta parece ser todavía negativa.

Para empezar por el final, cualquier cambio requiere plata y si algo le falta en este momento al Estado nacional es eso, o la posibilidad de endeudarse aún más. Mantener en mínimas condiciones una fuerza armada es muy caro, y seguro la mayoría opinará, con buen criterio, que hay necesidades más urgentes.

También podría verse el gasto militar, bien orientado, como una inversión rentable: supongamos que la Armada tuviera las naves que necesita para combatir en serio la pesca ilegal, ¿cuánto ganaría el fisco por las licencias de pesca que aceptarían pagar empresas extranjeras que hoy saben que les conviene correr el riesgo improbable de una intercepción en alta mar?; imaginemos que se hiciera un control fronterizo efectivo de los vuelos del narco, ¿cuánto se simplificaría y por tanto ahorraría en la persecución mucho más compleja de las bandas dedicadas al tráfico dentro del país? El problema es, de todos modos, que para cualquiera de esas iniciativas hay que hacer primero una inversión importante para luego, con el tiempo, recoger los frutos, y no es fácil cuando lo urgente manda y el mediano plazo equivale a una eternidad.

Segunda cuestión, ¿es exhaustiva la definición de las misiones de las fuerzas armadas realizada en el nuevo esquema de defensa nacional? Se habla de narcotráfico, de terrorismo internacional, pero no de hipótesis de conflicto con otros estados. Y lo cierto es que si esas son todas las misiones imaginables sucede algo parecido que con las misiones de paz de la ONU: alcanzan algunos cientos de efectivos, siguen sobrando unos cuantos miles.

La ausencia de hipótesis de conflicto clásicas ha reabierto además la discusión sobre Malvinas y en particular sobre la presencia militar británica en la zona. Una fuerza naval y aeronáutica más operativa, ¿no permitiría acaso equilibrar esa presencia? Los nacionalistas frenéticos sueñan con algo así. Y tal vez reintentar lo que hacían los militares todavía desafiantes en tiempos de Alfonsín: incursiones en la zona de exclusión para mantener en alerta al enemigo y altos sus gastos operativos. Como si los costos de este lado no existieran. Lo único que se logró con eso, recordemos, fue la concesión de permisos de pesca unilaterales. Antes de tener los medios, entonces, ¿no será mejor que se construya un consenso sólido sobre su uso, que impida una escalada armamentística de la que no vamos a sacar provecho alguno, y que fomente en cambio objetivos cooperativos en pesca, hidrocarburos y otros asuntos de los que sí pueden extraerse beneficios? Pero claro, mientras esos consensos no existan hasta es mejor que no existan los medios, a ver si todavía se vuelven a usar para cualquier cosa.

Finalmente, la orientación que está tratando de darle al asunto el Ejecutivo, ¿va al menos por buen camino? Parte de la oposición, la más virulenta, pegó el grito en el cielo y clamó contra un supuesto plan represivo apenas escuchó “militares” y “seguridad interna” en la misma frase. Puede que hasta sea uno de los objetivos secretamente buscados por el oficialismo: mientras menos discusión sensata haya, más rédito político cosecha, porque si la alternativa es entre los loquitos que agitan el fantasma de la dictadura y ellos, tienen su futuro asegurado.

Esos opositores además olvidan que la colaboración militar en el Escudo Norte data de tiempos de los Kirchner, no es una novedad. Novedad sería que ahora se haga bien y arroje algún resultado. Lo que depende de una cooperación más fluida e inteligente entre los militares y las fuerzas de seguridad que participen. Por ejemplo, poniendo algo del enorme aparato de inteligencia creado por Milani detrás de ese objetivo. Y sería, ese sí, un gran desafío de reforma institucional.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/7/18

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“Por favor exporten” no es un programa

La muy promovida conferencia de prensa del presidente no trajo anuncios de ningún tipo. Ni sobre cambios en el gabinete, que siguen discutiéndose en los pasillos, ni sobre medidas de gobierno para revertir la crisis. Así que dejó gusto a poco. ¿Es un error malgastar oportunidades como esta para mostrar al gobierno activo y con iniciativas, o es suficiente con que él se mantenga en el centro de la escena, a la espera que las medidas ya tomadas den sus frutos?

Algunos han valorado la conferencia y el tono utilizado porque supuestamente sirvieron para mostrar a Macri al pie del timón, en medio de la tormenta. Puede que un poco de razón tengan: no estuvo mal para transmitir tranquilidad, poner algo de sensatez en un ambiente muy contaminado de catastrofismo y ansiedad. Y hacerlo con el mínimo esfuerzo, sin sobreactuación y dejando al tiempo hacer su trabajo, como a él le gusta.

Aunque esa receta tiene también su costado problemático: ¿no cree acaso el presidente que haya que hacer mucho más para salir del remolino de la crisis?, ¿es que le faltan ideas, o las tiene pero le cuesta traducirlas en medidas concretas? Sea por un motivo o por el otro, corre el riesgo de ofrecer una imagen de pasividad, de estar perdiendo el tiempo y hablando de un futuro abstracto en vez de ocuparse más en serio y concretamente de resolver el presente.

Atendamos ante todo al hecho de que no lo hace porque sí, hay una experiencia acumulada y una forma de ver las cosas que lo llevan a actuar así.

Para empezar, porque sigue viendo la crisis en curso como un episodio no muy distinto de los muchos que debió enfrentar desde que llegó al gobierno, y que superó con su método minimalista, evitando la ciclotimia y la histeria que agitan y confunden los ánimos de quienes están todo el día prendidos a las noticias, el llamado “círculo rojo”. Además, cree que con lo que su gobierno ya hizo debería alcanzar para rumbear a aguas más calmas. Y de lo que se trata ahora es de esperar.

Por otro lado, estima que mostrarse mucho más activo tendría efectos perjudiciales, porque concentraría excesivamente la atención en la capacidad del gobierno de revertir la situación, y dado que ella no puede en lo inmediato revertirse, lo cargaría con el peso de expectativas imposibles de satisfacer, y las consecuentes decepciones, sin ningún beneficio.

Esto último es bastante atendible: le evita seguir pisando el palito del “segundo semestre”. Pero el primer punto, la homologación entre la crisis actual y situaciones problemáticas del pasado, puede que sea un error, y uno bastante serio.

La crisis que enfrentamos tiene poco que ver con el tipo de problemas que hasta aquí tuvo que administrar el macrismo. Más bien ella es justamente consecuencia del modo en que el macrismo administró las coyunturas problemáticas y dificultades previas: pateándolas para adelante. Cosa que ya no tiene margen para seguir haciendo. Y la pregunta que se desprende por lo tanto es si no está fallando con su diagnóstico de la situación, si más que un problema de comunicación, lo que expresa su conferencia de prensa “minimalista” no es un déficit de estrategia.

En el punto cardinal del discurso presidencial esta dificultad quedó bien a la vista: fue el tema mejor elegido, y al mismo tiempo el que más dudas dejó de su intervención.

Macri apostó a la “salida exportadora”, tanto para justificar la reducción de retenciones al agro, como en la referencia a los demás sectores que su gobierno pretende privilegiar: minería, en particular litio, automóviles, turismo, etc. Pero esa apuesta se expresó en un mero ruego, “por favor exporten”, sin ninguna referencia a medidas concretas dirigidas a hacerla efectiva. Ni siquiera a las medidas que sectorialmente en algunos casos existen, y sería oportuno que el público conozca mejor.

El país tiene que dar un salto exportador, no cabe duda: desde 2011 hasta hoy no ha dejado de retroceder en ese terreno, y ello explica en gran medida la falta de divisas que padecemos. Pero convertir esta necesidad en una misión, una causa detrás de la cual se movilicen la opinión pública y los actores colectivos no se va a lograr hablando con el corazón, ni con una fórmula aspiracional abstracta, requiere de más iniciativa y más programa. Respecto a los cuales no cuenta el recaudo de no generar excesivas expectativas: es hacer lo que hay que hacer.

por Marcos Novaro

publicado el 18/7/18

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Macri honra su promesa al campo por las retenciones. ¿Hace bien?

Hasta el Fondo Monetario sugirió suspender el programa de reducción paulatina de las retenciones que se viene aplicando desde diciembre de 2015. Pero el presidente prefiere reducir gastos a subir impuestos. Y más todavía prefiere chocar con el peronismo y hasta con sus propios colaboradores en ministerios y provincias, que faltar a la promesa hecha al sector que entiende es el núcleo de su coalición de apoyo, y el corazón del país productivo que él se comprometió a representar y desarrollar.

Claro que con esta opción corre riesgos extras a los que ya de por sí le impone la situación de crisis.

Los operadores financieros no creen que le alcance para cumplir su otra promesa, el recorte del déficit reduciendo gastos. Por eso aunque el dólar se mantuvo calmo en las últimas semanas, los bonos no se recuperan y la renovación de Lebacs y Letes es menor a la esperada. Aunque las tasas suban, sigue la desconfianza en la capacidad del Estado de poner orden en la economía y superar rápido la recesión. Muchos esperan más temblores. Y puede que más cambios en el gabinete.

Peor que eso, Macri corre también el riesgo de que el malhumor social se alimente aún más con la sensación de que el esfuerzo no está bien distribuido, y que la promesa de que “cada uno ceda un poco” se la llevó el viento. Según las encuestas ese es un flanco ya de por sí débil del gobierno: el 67% de los entrevistados por Opinaia cree que el ajuste se carga “en la clase media y los sectores populares”. Cuando los costos sociales de la crisis se hagan sentir en plenitud, ¿no se volverá insoportable la percepción de insensibilidad oficial, de falta de equilibrio en la distribución de la carga?

A favor de la postura del presidente hay sin embargo algo más que su propia terquedad. Que igual puede que esté haciendo su parte.

Primero, hay un aspecto puramente tributario a atender: está probado que a una reducción de retenciones al agro sigue un aumento de la inversión y la producción, y por tanto también a continuación un aumento de otras tributaciones, menos perjudiciales que las retenciones. Segundo, el sector está siendo castigado en este momento por la caída de precios internacionales, originada en la guerra comercial entre China y EEUU. Si se suman más impuestos puede quitársele aún más rentabilidad, muchos productores marginales dejarían de sembrar y la balanza comercial del año próximo se volvería aún más deficitaria de lo que ya es.

Y hay por último un aspecto programático y más de largo plazo a atender: Macri sabe que su gobierno es hijo de un fenómeno social y político que se consagró en las protestas de 2008, el surgimiento de un capitalismo con base en la extendida sociedad pampeana, que abarca áreas de buena parte de las provincias desde que se amplió la frontera agrícola, es socialmente más integrador y equitativo que la economía de las grandes ciudades, y mucho más que la de las zonas petroleras, mineras y fiscalmente dependientes, y además más democrático y modernizador, lo que reclama es un vínculo más transparente y productivo entre impuestos y representación política, y premiar a los sectores competitivos e innovadores en vez de a los cazadores de rentas y los más dependientes de protecciones, subsidios y demás cuotas de presupuesto público.

Ese capitalismo agrario y sus expresiones sociales, en suma, se parecen más que ninguna otra cosa al país que Macri desea, ¿como no serle fiel?

El problema es si el resto de los vagones que componen nuestra desigual estructura económica y sociedad empiezan a percibir que, para que la locomotora funcione se los va a desenganchar del tren del progreso. En esos vagones hay muchos más votos que en “el campo”. Habitan los grupos mejor organizados y con más capacidad de presión. Así que desatenderlos no es buena idea.

El peronismo y los mercados financieros saben lo que tienen que hacer si Macri no encuentra el equilibrio necesario para escapar a la trampa en la que está. Que es solo una más de las varias que tiene que desarmar en los próximos meses. Y mientras el tiempo corre. Una salida podría ser tal vez compensar la baja de retenciones con más colaboración para combatir la evasión, que es altísima en muchas actividades del sector. Pero para eso se necesitaría una gestión mucho más dinámica que la que hay en el área.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/7/18

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