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Francisco se enoja consigo mismo por el aborto legal

Francisco sorprendió con dos intervenciones particularmente virulentas en estos días.

Primero fue la comparación del aborto con los crímenes del nazismo, que aunque se haya referido exclusivamente a la eugenesia, igual fue una barbaridad, y aún peor, una banalización de esos crímenes y del nazismo en general. Lanzar semejante acusación cuando la Cámara de Diputados de su país acababa de votar la despenalización del aborto ¿anticipa que la Iglesia católica excomulgará a los legisladores responsables y tratará por esa vía de frenar el proyecto en el Senado? Sería sin duda un grave atropello contra nuestra democracia, y encima probablemente uno por completo inútil o hasta contraproducente para los fines que persigue la curia.

Pero se ve que la calentura pudo más que cualquier razonamiento, y para seguir complicando la relación entre la jerarquía católica y las instituciones democráticas argentinas a continuación el Papa condenó la situación de la libertad de expresión bajo el gobierno de Macri, al que acusó de “derogar la ley de medios” para prohijar una dictadura, de la mano del Grupo Clarín, al que atacó también con toda la furia: lo llamó “una institución que calumnia, que dice falsedades, que debilita la vida democrática”.

En su ataque a Clarín, al que no hacía falta que nombrara, Bergoglio volvió a reivindicar, también sin nombrarlos, a dirigentes kirchneristas acusados, procesados y en algunos casos ya condenados por actos de corrupción y otros atropellos cometidos durante su paso por el poder. Para lo cual no ha dudado en compararlos con los mártires de la Iglesia, y hasta con el mismo Jesucristo: “Comunicar escándalos es algo que tiene una seducción enorme… la comunicación de ese escándalo se extiende y esa persona, esa institución, ese país termina en ruinas. No se juzga a la persona, se juzga a las ruinas de la persona y de las instituciones para que no puedan defenderse”.

Según el Papa la Justicia que actúa en estas investigaciones y procesos no merece consideración ni respeto, como tampoco los merece el Congreso de la Nación. Serían también ambos instrumentos de la dictadura de Macri, o de la manipulación de Clarín, o de ambas a la vez. No instituciones de esas por las que él dice estar muy preocupado. Pero que en realidad se ve que mucho no le importan. Más bien lo molestan y quisiera mandarlas al infierno cuando hacen cosas que no le gustan.

¿Por qué este simultáneo y virulento ataque de furia contra Macri, la Cámara de Diputados y los medios? El motivo inmediato es, claro, la media sanción de la ley de despenalización, que sorprendió a muchos en la Iglesia. Pero hay mucho más que eso.

En un plano más general Francisco reacciona ante lo que cree es una batalla cultural que no sólo en su país (aunque en su país es donde más le duele, también le pesa seguramente lo sucedido en Irlanda hace pocas semanas) ve que está perdiendo. Una batalla que lo enfrenta a lo que llama el liberalismo deshumanizado, con el que asocia el imperio del capitalismo global y el declive de la influencia eclesiástica.

Y en el caso específico de su relación con Argentina, a la creciente distancia que se ha ido generando entre su sociedad y lo que él predica.

Ahora bien. Lo cierto es que si reacciona tan virulentamente, en particular ante esto último, es sobre todo porque debe saber que el principal, sino único responsable de esa distancia es él mismo. Y el caso del proyecto sobre el aborto así lo demuestra.

No hay duda de que si él hubiera visitado el país en 2016 o 2017, a Macri no le hubiera resultado tan fácil y redituable promover el debate al respecto. Tampoco cabe duda de que si Francisco no hubiera insistido en abrazarse, celebrar y justificar moralmente a quienes podemos llamar “peronistas de izquierda” o “populistas radicalizados”, sus representantes legislativos no hubieran tenido tanta soltura de cuerpo para votar casi unánimemente a favor de la ley, y los peronistas moderados tanto interés en mostrarse modernos y liberales como para en muchos casos imitarlos, y en otros oponérseles con poco énfasis. Por último, si hubiera invertido algo más de su indudable talento político en colaborar a una estrategia razonable de seducción sobre los dubitativos, tal vez hubiera evitado que sus representantes locales enfocaran su campaña negativa en bebitos de plástico, poemas a la madre y ecografías, en vez de en la salud reproductiva, la educación sexual y demás métodos modernos y ampliamente aceptados para evitar el embarazo no deseado.

Francisco lo debe saber, y si no seguro Bergoglio se lo puede explicar: en política, el que se enoja pierde, y el que reacciona mal porque está enojado consigo mismo corre el riesgo de perder por partida doble, por lo que le convendría poner las barbas en remojo y recapacitar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/18

Posted in Política.


Francisco se enoja consigo mismo por el aborto legal

Francisco sorprendió con dos intervenciones particularmente virulentas en estos días.

Primero fue la comparación del aborto con los crímenes del nazismo, que aunque se haya referido exclusivamente a la eugenesia, igual fue una barbaridad, y aún peor, una banalización de esos crímenes y del nazismo en general. Lanzar semejante acusación cuando la Cámara de Diputados de su país acababa de votar la despenalización del aborto ¿anticipa que la Iglesia católica excomulgará a los legisladores responsables y tratará por esa vía de frenar el proyecto en el Senado? Sería sin duda un grave atropello contra nuestra democracia, y encima probablemente uno por completo inútil o hasta contraproducente para los fines que persigue la curia.

Pero se ve que la calentura pudo más que cualquier razonamiento, y para seguir complicando la relación entre la jerarquía católica y las instituciones democráticas argentinas a continuación el Papa condenó la situación de la libertad de expresión bajo el gobierno de Macri, al que acusó de “derogar la ley de medios” para prohijar una dictadura, de la mano del Grupo Clarín, al que atacó también con toda la furia: lo llamó “una institución que calumnia, que dice falsedades, que debilita la vida democrática”.

En su ataque a Clarín, al que no hacía falta que nombrara, Bergoglio volvió a reivindicar, también sin nombrarlos, a dirigentes kirchneristas acusados, procesados y en algunos casos ya condenados por actos de corrupción y otros atropellos cometidos durante su paso por el poder. Para lo cual no ha dudado en compararlos con los mártires de la Iglesia, y hasta con el mismo Jesucristo: “Comunicar escándalos es algo que tiene una seducción enorme… la comunicación de ese escándalo se extiende y esa persona, esa institución, ese país termina en ruinas. No se juzga a la persona, se juzga a las ruinas de la persona y de las instituciones para que no puedan defenderse”.

Según el Papa la Justicia que actúa en estas investigaciones y procesos no merece consideración ni respeto, como tampoco los merece el Congreso de la Nación. Serían también ambos instrumentos de la dictadura de Macri, o de la manipulación de Clarín, o de ambas a la vez. No instituciones de esas por las que él dice estar muy preocupado. Pero que en realidad se ve que mucho no le importan. Más bien lo molestan y quisiera mandarlas al infierno cuando hacen cosas que no le gustan.

¿Por qué este simultáneo y virulento ataque de furia contra Macri, la Cámara de Diputados y los medios? El motivo inmediato es, claro, la media sanción de la ley de despenalización, que sorprendió a muchos en la Iglesia. Pero hay mucho más que eso.

En un plano más general Francisco reacciona ante lo que cree es una batalla cultural que no sólo en su país (aunque en su país es donde más le duele, también le pesa seguramente lo sucedido en Irlanda hace pocas semanas) ve que está perdiendo. Una batalla que lo enfrenta a lo que llama el liberalismo deshumanizado, con el que asocia el imperio del capitalismo global y el declive de la influencia eclesiástica.

Y en el caso específico de su relación con Argentina, a la creciente distancia que se ha ido generando entre su sociedad y lo que él predica.

Ahora bien. Lo cierto es que si reacciona tan virulentamente, en particular ante esto último, es sobre todo porque debe saber que el principal, sino único responsable de esa distancia es él mismo. Y el caso del proyecto sobre el aborto así lo demuestra.

No hay duda de que si él hubiera visitado el país en 2016 o 2017, a Macri no le hubiera resultado tan fácil y redituable promover el debate al respecto. Tampoco cabe duda de que si Francisco no hubiera insistido en abrazarse, celebrar y justificar moralmente a quienes podemos llamar “peronistas de izquierda” o “populistas radicalizados”, sus representantes legislativos no hubieran tenido tanta soltura de cuerpo para votar casi unánimemente a favor de la ley, y los peronistas moderados tanto interés en mostrarse modernos y liberales como para en muchos casos imitarlos, y en otros oponérseles con poco énfasis. Por último, si hubiera invertido algo más de su indudable talento político en colaborar a una estrategia razonable de seducción sobre los dubitativos, tal vez hubiera evitado que sus representantes locales enfocaran su campaña negativa en bebitos de plástico, poemas a la madre y ecografías, en vez de en la salud reproductiva, la educación sexual y demás métodos modernos y ampliamente aceptados para evitar el embarazo no deseado.

Francisco lo debe saber, y si no seguro Bergoglio se lo puede explicar: en política, el que se enoja pierde, y el que reacciona mal porque está enojado consigo mismo corre el riesgo de perder por partida doble, por lo que le convendría poner las barbas en remojo y recapacitar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/18

Posted in Política.


El gobierno ahora celebra el dólar alto

“Si no puedes luchar contra él, únetele”. “Él” viene a ser en este caso el dólar alto.
Se trata de una conocida máxima del oportunismo político, que debe haber repiqueteado en la cabeza de más de un funcionario estos días en que el agitado mercado cambiario se cansó de torcerle el brazo a un gobierno desorientado.
Y, agotados los esfuerzos por detener lo indetenible, Dante Sica y Luis Caputo vendrían a ser los encargados de sacarlo de esa desorientación, convirtiendo la máxima mencionada en el nuevo criterio para ordenar la gestión económica.
Conclusión: no habrá vuelta atrás en el giro que las circunstancias y los mercados le han impuesto al programa de gobierno. Ya no se podrá usar el ancla cambiaria en la lucha contra la inflación ni como sostén de un peso sobrevaluado que apuntale el consumo doméstico.
Pero lo peor sería que dadas estas restricciones, el gobierno no saque provecho de las ventajas que pueden derivarse de la nueva situación, como ser el menor peso de la deuda en moneda local, las lebacs principalmente, y las posibilidades de crecer sobre la base de las exportaciones. Además del consabido efecto de licuación del gasto público, que simplificará la lucha contra el déficit.
Caputo desde el Central está iniciando el desarme de la bomba especulativa montada en los dos últimos años con las Lebacs. En lo que espera lo ayude y mucho la devaluación, por lo que se entiende que no esté muy interesado en retrotraerla, si es que algo así fuera posible. Es decir, va a tratar de convencer al resto del gobierno de usar los dólares del FMI para ayudarlo a desinflar ese globo, y no para desinflar el dólar. Si la devaluación en lo que va del año fue más del del 50% y el interés acumulado en el período por los tenedores de Lebacs fue como mucho del 20, se entiende que quiera actuar rápido en ese frente, antes que se vuelvan a acumular intereses.
En cuanto a Sica, fue aún más explícito en destacar las ventajas de un dólar a “28 o 29 pesos”: su premisa es que con ese tipo de cambio va a mejorar pronto la balanza comercial, que más empresas estarán en condiciones de exportar, con lo que se compensaría la caída que muchas sufrirán en el mercado interno, y que entonces se va a acortar la recesión que padeceremos en los próximos meses.
El nuevo ministro de Producción es de los funcionarios que creen además que el impacto en los precios de la escalada del dólar va a ser más acotado y sobre todo más lento que en previas devaluaciones, porque el gobierno no está alimentando la inflación ni la desconfianza en el peso por otras vías, como sí se hizo en 2014 (por medio del cepo cambiario y el crecimiento del déficit) y a comienzos de 2016 (con la corrección de las tarifas).
Sería posible entonces una estabilización parecida a la de 2002-2003, sin tanta pobreza y desocupación, con un tipo de cambio sostenido en bases financieras más sólidas y equilibrios de las cuentas públicas y externas que han estado ausentes desde mediados de la década pasada.
La primera pregunta es si el giro hasta aquí practicado alcanza para lograr ese objetivo, y la segunda, tan o más importante, si de lograrse será a tiempo para cambiar el ánimo social y permitir la reelección de Macri.
Sería la reelección de un gobierno muy distinto al que asumió y que duró hasta fines del año pasado. Nada de metas de inflación exigentes, ahí tendremos más gradualismo que antes. Y no habrá quedado mucho en pie de la idea de desactivar los demás problemas económicos postergándolos, negociando salomónicos términos medios, o distrayendo la atención con agenda alternativa, los papelitos del Mundial o lo que sea. Habrá quedado también muy poco del equipo técnico sin vocación política y con responsabilidades dispersas; él estará ahora plagado de funcionarios que además de pujar para ganar influencia sobre el curso general de la gestión, tendrán fuertes lazos con los sectores bajo su supervisión. En suma, un gabinete menos “de diseño” y más político, menos intelectual (sí, aunque suene paradójico llamar intelectual a algo prohijado por Macri) y con más calle y más grupos de interés.
Sería curioso que lo lograran. Una sorpresa aun para los pronósticos más optimistas. Aunque no es tan improbable como hoy puede parecer.
Cuando Macri inició su mandato se decía que el gradualismo, y en particular el muy tímido y lento ajuste de las cuentas públicas que encaró, estaban pensados para evitar una crisis y permitirle avanzar sin grandes conflictos. Y que eran la opción más razonable dados el triunfo acotado obtenido en 2015 y la minoría legislativa con que se tendría que manejar para la mayoría de las decisiones. Pero si la crisis igual estallaba iba a ser políticamente mucho más grave con ese planteo que con uno de shock, porque ella se produciría cuando ya no se pudiera achacar a la herencia, y se cargaría tal vez por completo a la responsabilidad de la nueva administración.
Bueno, eso fue precisamente lo que sucedió. La sequía, la suba de tasas internacionales, la activación de la oposición legislativa, los errores acumulados en la gestión monetaria, la confianza excesiva en un modelo de gestión que sólo servía en particulares circunstancias, todo eso y varios problemas más se combinaron infaustamente para complicarle la vida a Cambiemos cuando ya era mucho más difícil descargar responsabilidades en sus predecesores.
¿Cayó así el gobierno en la trampa del gradualismo que más temía? Un poco sí. Pero aun en este berenjenal, dada la persistente falta de alternativas, tiene margen para salir adelante. Lo que no tiene es margen para ensayar soluciones a medias y probar suerte.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/6/18

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Macri sigue corriendo atrás del dólar

El presidente encaró hasta aquí la crisis cambiaria con la idea de cambiar lo mínimo imprescindible, tanto en su equipo como en sus políticas. Pero eso no funcionó. Lo llevó a perder un tiempo valiosísimo y recursos económicos (reservas, nivel de actividad) y políticos (confianza social en su capacidad de controlar la situación, autoridad sobre su equipo y su base de apoyo).

Con el cambio en la cúpula del Central, la reabsorción de Finanzas por Hacienda y los movimientos en Producción y Energía, tal vez empiecen a repararse estos problemas originados en ir todo el tiempo a la cola de la crisis. Pero falta mucho para que se defina una nueva estrategia económica, con objetivos e instrumentos algo más sustantivos que reducir el déficit fiscal. Y mientras se seguirá extrañando que alguien explique la naturaleza del problema que enfrentamos, por qué el dólar sigue rompiendo récords todas las semanas, qué se pretende hacer ante esa situación y hacia dónde se quiere ir. Mientras eso no se haga el gobierno seguirá dando la impresión de andar a los tumbos.

La historia de los dos problemas que ahora, algo tarde, se encararon, devolverle credibilidad al Banco Central y coordinación a la política económica, muestran a las claras las complicaciones derivadas de resistirse a cambiar.

Sturzenegger había perdido toda confianza de los mercados en sus talentos como piloto de tormentas con las idas y vueltas que el Central dio ya desde el comienzo de la corrida cambiaria, vendiendo reservas para defender niveles insostenibles del tipo de cambio, en varias ocasiones, y a continuación negándose a vender, dando aliento extra a las escaladas. Su ineficacia como autoridad monetaria era claro que no tenía origen en ninguna presión del Ejecutivo, por lo que no servía la excusa de que el 28 de diciembre se le habían cortado las alas. Se originaba pura y simplemente en la mala praxis, nacida en la carencia de un diagnóstico realista sobre la situación que se enfrentaba. Pero si eso era ya bien visible a mediados de mayo, ¿por qué Macri se negó durante un mes más a aceptar lo evidente?

Mientras tanto se fue conformando un nuevo polo de poder en Hacienda. Pero en un proceso lleno de ambigüedades, en el que por varias semanas se negó a sus beneficiarios la posibilidad de liderar en serio la nueva etapa de la gestión, hasta la de tomar una sola decisión relevante, y se los entretuvo con reuniones multitudinarias de esas en que nada se decide y todo se diluye. Tal vez para no ofender demasiado a los cráneos de Jefatura que iban quedando opacados. Tal vez porque nadie entendió muy bien que hacía falta actuar rápido y decididamente, y darle objetivos más amplios al rediseño en marcha que el mero recurso al Fondo y la aceleración en el combate del déficit fiscal. Y que de que se los explicara claramente a los actores económicos y la sociedad dependía que se fuera reconstruyendo la confianza y la autoridad perdidas.

Así como los mercados terminaron torciéndole el brazo a Macri en su renuencia a desprenderse de su economista preferido, el FMI parece haber sido decisivo para hacer otro tanto respecto a la necesidad de algo parecido a un ministro de economía fuerte, alguien con el poder necesario para sostener un rumbo en la tormenta. La cuestión es que sólo el gobierno argentino, como él gusta decir, y finalmente solo su presidente, serán capaces de definir ese rumbo, darle un sentido político amplio y legitimarlo ante la sociedad. Y Macri sigue demorándose en encarar esa tarea. Ahora parece esperar que lleguen los famosos 7500 millones iniciales del stand by. Como si con ello fuera a bastar.

El Fondo le dio a Hacienda un fenomenal espaldarazo, con un crédito que además de inéditamente abultado va a ser administrado exclusivamente por esa repartición y le exige al país cumplir muy pocas condiciones precisas, en términos de reformas y metas. Y algunas de las que exige la misma letra del acuerdo las relativiza: por ejemplo, bastará con que el Ejecutivo presente algunos proyectos de ley, no hace falta que asegure su aprobación, y si sube la pobreza, cosa que se verificará bastante pronto, va a estar en condiciones de relajar el ajuste fiscal antes de las elecciones, ¿qué más prueba de sensibilidad política quieren?

Pero el FMI también estableció un límite a la posibilidad de volver a usar el ancla cambiaria para frenar la inflación, temiendo que se recurriera en 2019 a la misma fórmula que se aplicó el año pasado. Y que, como se sabe, es la más sencilla para generar bienestar de corto plazo y ganar elecciones.

Esa condición, a más de la impericia de Sturzenegger y la renovada alza de las tasas en EEUU, siguió alimentando la desconfianza de los mercados y la escalada del dólar en estos días. Y lo que queda claro a esta altura es que la única salida que tiene a la mano el gobierno es hacer de la necesidad virtud: abandonar del todo la estrategia de “cambios mínimos” y de “dólar controlado” y apostar a lo que de todos modos va a terminar imponiéndose, un tipo de cambio más competitivo y un crecimiento más sostenido en las exportaciones que en el consumo interno.

De completar el giro el gobierno estará en condiciones de retomar la iniciativa, dejando de correr detrás de los acontecimientos. Y si es capaz además de explicar adónde quiere ir ahora y cómo va a avanzar, hasta puede que recupere la gobernabilidad económica perdida. Que es algo que la sociedad le reclama con más ansiedad que la defensa de los niveles de salario y consumo.

Claro que para que todo eso funcione tiene que empezar por admitir que lo que funcionaba en la etapa fácil de la gestión, los dos primeros años en que pudo patear muchos problemas para adelante y echarle la culpa de todo a Cristina y los suyos, dejó ya definitivamente de ser una solución ahora que a él y al país les toca bailar con la más fea.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/6/18

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Con el aborto legal, ¿renace la agenda del cambio?

Estaba claro que el gobierno salía perdiendo si el proyecto de despenalización era rechazado en Diputados. Aunque no está tan claro qué va a ganar con su aprobación. ¿Brinda combustible a su ánimo innovador y modernizador, que luce de momento bastante desinflado? ¿Moldea una agenda menos económica y más social (y sobre todo más barata) para el reformismo posible en estos tiempos? Puede ser. Aunque por otro lado, ¿no va a terminar debilitando su ya frágil coalición de apoyo?

La despenalización del aborto se volvió un tema más relevante para el oficialismo a medida que él fue perdiendo la iniciativa y la capacidad de encarnar el cambio y generar expectativas en otros terrenos, sobre todo en el económico. Así que a esta altura no es para nada un issue secundario, mucho menos un instrumento distractivo, como tal vez fuera en un comienzo: la verdad es que hoy por hoy es casi la única reforma en discusión y con posibilidades de ser aprobada y es muy probable que siga siendo el tema central de debate político en lo que resta del año.

La misma dinámica del debate que hasta aquí generó fue alimentando esa creciente gravitación. No sólo por las movilizaciones a favor y en contra, y la intervención de infinidad de actores de la sociedad y la política. Sino por la riqueza de los argumentos y las iniciativas dirigidas a ganar consenso a que recurrieron sobre todo los impulsores del proyecto. La moderación de varios puntos de su versión original sirvió así para sumar a legisladores dubitativos, las posiciones extremas pesaron cada vez menos, y el Congreso por primera vez en bastante tiempo mostró que puede hacer bien su trabajo. Unos meses atrás sólo discutía el papelón de la distribución y uso de pasajes entre diputados y senadores, hace quince días votó una ley que ya estaba vetada, hoy probó que está ahí para hacer algo útil.

El Ejecutivo había dado a entender que se mantendría neutral, en parte porque está dividido a la mitad en este tema. Pero en los últimos días dio señales de que esa no era su última palabra. Y es que desde que se iniciara el debate el contexto había cambiado radicalmente también para él. Si su única meta reconocible es hoy por hoy reducir el déficit fiscal, un objetivo demasiado estrecho e instrumental como para movilizar cualquier entusiasmo, es claro que tiene y tendrá problemas para seguir ofreciéndole a la sociedad un rumbo y un destino más o menos convocantes. Problemas estos que en verdad existen desde el comienzo de esta gestión, pero se volvieron dramáticos desde que la crisis cambiaria demolió su fe en que “lo peor había pasado” y teníamos crecimiento con inflación a la baja garantizados por varios años.

Claro que la despenalización del aborto no alcanzaría a disimular la falta de explicación sobre el rumbo económico. Por eso en el gobierno van a tener que hacer mucho por recuperar un argumento sobre cómo esperan volver a la senda del crecimiento, cómo adaptarán a las actuales circunstancias su objetivo de ajustar sin costos sociales, o el de hacer reformas “muy de a poco”, tan de a poco que hoy ya ni se habla de ellas y es lo mismo que si no existieran.

Pero mientras encaran esos delicados asuntos la despenalización tal vez ayude: si no podemos de momento parecernos a las democracias desarrolladas en otros aspectos, al menos hagámoslo en no andar persiguiendo a las mujeres que por hache o por be no quieren ser madres. No es una mala idea.

El desafío para el gobierno será sin embargo que el avance del proyecto no agrave demasiado los conflictos dentro de su coalición. Una señal de esos riesgos la ofreció Carrió: no disimuló su malhumor con el resultado, lanzó una amenaza apenas velada de ruptura, y no hizo esfuerzo alguno por diferenciar sus convicciones de su rol como representante, como sí hicieron otros diputados de creencias católicas que dieron toda una lección cívica en esta ocasión. Carrió no, prefirió ser más papista que el Papa, aún cuando seguramente muchos de sus votantes porteños, incluso entre los católicos y conservadores, son bastante liberales y apoyan la reforma.

En el Senado encima hay varios oficialistas que podrían imitar a Carrió (Pinedo, Bullrich, etc.), y en cambio hay pocos defensores entusiastas del proyecto. ¿Alcanzará la ola generada por la aprobación en Diputados para inclinar la balanza a favor suyo? Difícil que eso suceda sin presiones sociales y políticas desde fuera de la cámara alta. Y si el Ejecutivo colabora en esas presiones, ¿chocará con algunos de sus legisladores hasta aquí más representativos?, ¿qué opinarán entonces los votantes?

Sobre este último punto hay una duda cardinal: ¿quiénes en la sociedad premiarían a Macri si bajo su mandato se aprobara este proyecto? Vale la pena que corra riesgos, que actúe en serio como un líder modernizador, como muchos le reclaman. Pero no hay que desatender el hecho de que en este tema los riesgos para él pueden ser más altos que los beneficios. A diferencia de Alfonsín con el divorcio y los Kirchner con el matrimonio igualitario, para Macri impulsar aunque sea sutilmente esta ley sobre el aborto, ¿no significará enemistarse con demasiados miembros de su coalición y también con muchos de sus votantes, sin compensar esas pérdidas con apoyos de quienes están más a favor del cambio, pero a él lo rechazan por otros motivos? ¿Cuántos progresistas estarían dispuestos a votarlo en 2019 como premio por haber logrado la aprobación de esta ley? Tal vez muy pocos.

Hay sin embargo otros factores que atender. Primero, salvo tal vez gente como Carrió y el padre Pepe, la mayoría de los católicos conservadores de este país seguramente entienden que no hay ni habrá de momento alternativa viable al macrismo para empujar sus preferencias en muchos otros asuntos de la agenda, así que castigarlo por una disidencia con él en este tema no les parecerá razonable. Si hasta el “peronismo de centro” de Pichetto parece que va a apoyar el proyecto en el Senado, ¿a quién podría votar quien quiera castigar a Macri por no ser “consecuente con su fe”?

Segundo, el avance del proyecto ya está alterando las opiniones de la sociedad sobre el asunto y va a modificarlas aún más en los meses por venir, así que quienes no tomen los riesgos de acompañar el cambio tal vez terminen pagando costos mucho más altos por su cobardía. Si hoy, después de la votación en Diputados, se hiciera una encuesta sobre el tema seguro daría mucho más a favor de la legalización que una semana atrás. ¿Pueden entonces estar seguros los gobernadores y el presidente, guiándose por encuestas viejas, que estarán a resguardo del malhumor de sus votantes si no toman una postura más atenta a esa demanda reformista? Se verá cuando se inicie el debate en la Cámara alta, y a los senadores les resulte difícil sustraerse de la ola a la que sus pares de Diputados dieron rienda suelta.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/6/18

Posted in Aborto, Coalición Cambiemos, Macri, Peronismo Federal, Política.


Derechos y cambios que ya avanzaron con el debate sobre el aborto

Hasta ultimo momento será impredecible el resultado de la histórica votación por la despenalización del aborto que tendrá lugar hoy, o mañana. Y ese resultado tendrá sin duda enorme impacto político. Pero hay algo que ya se puede decir sobre el saldo de este proceso: la discusión sobre los derechos de la mujer, sobre salud reproductiva, sobre la tolerancia entre distintas concepciones del bien, de la vida y demás valores y otros asuntos sustantivos avanzó en estas semanas mucho más de lo que lo había hecho en décadas.

Algunos de esos efectos son ya visibles, otros se irán revelando con el tiempo.

Para empezar, es muy evidente el cambio en la actitud que han debido adoptar sectores confesionales y conservadores ante la salud reproductiva y la educación sexual. Hasta hace un tiempo era muy extendido y macizo su rechazo a cualquier iniciativa pública o privada que se hiciera cargo de algo tan elemental como que las prácticas sexuales no tienen por única razón de ser la reproducción de la familia y la especie, y que es por lo tanto imprescindible promover el uso de anticonceptivos, entre otras cosas para prevenir el drama del embarazo adolescente. Ante la perspectiva de que se aprobara el proyecto de despenalización del aborto esas iniciativas aparecieron a ojos de al menos algunos miembros de esos sectores como un mal menor, una pieza de cambio aceptable para torcer la voluntad de los dubitativos. Primer gol para el bando de la ampliación de derechos.

En segundo lugar, en el curso de los debates fue tomando forma una consecuencia no esperada del choque de argumentos utilizados para definir “vida humana” y “persona de derecho”, choque al que grupos de ambas partes, pero sobre todo del bando autodenominado “pro vida”, apostaron equivocadamente a que les proveyera una carta de triunfo a la vez científica y moral, pero del que no resultó nada parecido. En cambio lo que surgió fue una idea más matizada de la gestación de la vida humana, útil para fomentar una visión tolerante del drama del aborto.

Y es que ha quedado plenamente establecido que resulta imposible aplicar en una sociedad más o menos moderna y liberal como la Argentina el criterio de que abortar equivale a matar. Cuanto más se machacó con esa idea, desde los sectores más fanáticos, más evidente eso terminó volviéndose. Y por lógica conclusión, se tornó inevitable aceptar que lo que hay de vida en el feto atraviesa una gradación, del óvulo fecundado hasta el momento del nacimiento, cuyos atributos jurídicos no pueden extraerse de la naturaleza ni de la fe con criterio dicotómico (les reconocemos todos los de una persona o no le reconocemos ninguno en absoluto), si no que conviene se basen en convenciones que reconozcan esa gradación y se fundamenten en argumentaciones lo más matizadas y acuerdos lo más amplios que sea posible.

Una de las manifestaciones más curiosas de esa conclusión ha sido la iniciativa, promovida por sectores católicos moderados, de establecer sólo penalidades para quien practique un aborto y no para la mujer que se someta a él. Con lo cual se colocaría a esta última en la misma condición que un niño judicialmente inimputable, o un drogadicto que no puede evitar incurrir en un acto dañino, lo que es bastante absurdo. Y sería, de llevarse a la práctica, por entero contraproducente en términos de salud pública: se terminaría alentando a que solo organizaciones por completo fuera de la ley, las más insalubres y las más mafiosas, realicen abortos, y hasta la venta de misoprostol fuera perseguida.

Estas paradojas a las que condujeron algunos de los debates de estos meses arrojaron otro saldo favorable a la despenalización, y es que en muchos casos quedó en evidencia cierta hipocresía y mala conciencia del bando contrario, que no lo deja muy bien parado para actuar como guía de la vida social presente y futura: pocos en él creen realmente que el número de abortos se pueda reducir castigándolo, menos todavía deben ser los que estimen que una vía de solución pueda ser dar en adopción a una explosión de bebés no queridos (algo que de paso es oportuno destacar nuestro sistema legal, aún con los exiguos números que maneja hoy en día, complica enormemente y resulta imprescindible corregir), y tampoco son demasiados los que piensan que se puede modificar el hecho de que para una amplia mayoría abortar es una solución no deseable pero sí moralmente aceptable en ciertas circunstancias que a cada mujer o pareja toca juzgar. Mayoría integrada inclusive por muchos creyentes, que reciben entonces un doble castigo en la situación reinante: su credo los condena y deben ocultar lo que hacen, o avalan o acompañan, de la vista del Estado.

Casos paradigmáticos y hasta un poco patéticos de esta hipocresía, como los de Menem, Scioli y otras figuras políticas más o menos conocidas, han actuado como aleccionador ejemplo de este déficit para ofrecer una guía moral precisamente de quienes más abusan de los argumentos morales sobre la cuestión.

Por último, en el curso de estas semanas cobraron visibilidad algunos clivajes presentes en nuestra sociedad, válidos no sólo respecto al aborto, que aunque esperables y bastante lógicos no dejan de ser alentadores para las chances futuras de los despenalizadores: sus ideas recibieron mucho más apoyo entre las nuevas generaciones que entre los mayores, más entre los habitantes de las grandes ciudades que de los del interior profundo, y de los sectores medios y más educados que de los más bajos y de menor educación.

Además, hemos visto que aunque estas diferencias se corresponden con las tendencias de voto de los legisladores de distintas zonas del país, sexo y edad, lo cierto es que la mayoría social pro despenalización no ha logrado ser proporcionalmente representada en Diputados (no hablemos ya de lo que le esperaría en el Senado, donde no hay ninguna correspondencia con las preferencias de la opinión pública, al menos a este respecto). Y esto nos habla de que, al menos en este terreno, las instituciones parecen atrasar ante lo que les demanda la sociedad.

¿Es fruto de la orientación conservadora de nuestros partidos (de todos los importantes sólo el radicalismo se pronunció institucionalmente a favor de la ley) o de la presión de otras corporaciones, en particular de la Iglesia Católica, que en las últimas semanas abandonó toda moderación y se dedicó a presionar sin disimulo a los legisladores, incluso a amedrentarlos? Difícil saber si estas presiones fueron efectivas, puede que en algunos sectores hayan sido incluso contraproducentes. En cualquier caso lo más significativo no es eso, sino que se repite un patrón problemático para nuestros esfuerzos reformistas: los sectores que más interesados están en los cambios tienden a estar mal organizados y tienen por tanto poca capacidad de acción colectiva, en cambio los grupos pro statu quo, aunque pequeños, suelen tener muchos instrumentos institucionales y organizativos para promover su visión de las cosas. La buena noticia es que una vez que este problema queda a la vista ya se ha dado un paso adelante para corregirlo, así que en adelante las posibilidades de avanzar no van a ser menores de lo que fueron hasta ahora.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/6/18

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El peronismo sólo se uniría para pelear por plata para sus arcas

Terminada la discusión de las tarifas, que los cohesionó por primera vez en mucho tiempo, aunque no les brindó todo el provecho que esperaban, ¿qué otra cuestión es capaz de unir a los peronistas frente a Macri? Sí, acertó: la negociación de transferencias para las provincias y municipios que gobiernan.

De allí que una prioridad del gobierno va a ser ajustar lo que se pueda esas transferencias, pero evitando ponerse a todos sus beneficiarios en contra. Y la inflación será de gran ayuda para lograrlo, como ya se está viendo.

Ni el PJ, ni la CGT, ni siquiera Moyano o Tinelli son capaces de lograr una convergencia comparable en el convulsionado espacio opositor. De allí que, mientras la disputa sea con ellos, a Macri va a alcanzarle con el blindaje financiero que obtuvo del FMI para retomar la senda hacía su reelección.

Esto se pudo comprobar en los últimos días cuando cada uno de esos actores tuvo su oportunidad de dar un paso al frente, y la desperdició.

En el Congreso del PJ los kirchneristas y sus pocos aliados siguieron mordiéndose la cola. En vez de dar una señal de apertura y unidad se mostraron abroquelados peleando por un sello de goma que pocos votantes valoran, contra el solitario e inviable Barrionuevo y ante la total indiferencia de prácticamente todos los líderes territoriales con representatividad. Les hubiera convenido reclamar a la Justicia que designara una intervención menos facciosa e impresentable, y así convencer a los gobernadores que no pretenderán usar el espurio control del sello del PJ que conservan para digitar las listas en 2019.

Las desinteligencias entre la CGT y Moyano también aportaron lo suyo. El gobierno logró que se postergara el llamado a la huelga que casi tenía decidida la cúpula cegetista. Pero quedó a la vista que a ella cualquier excusa le venía bien para dilatar las cosas, de manera de dejar de nuevo solo al camionero en su propia convocatoria a parar el próximo jueves 14. Tan contaminada de urgencias judiciales de la familia Moyano como la movilización del 21 de febrero pasado.

Durante esta semana el resto del gremialismo tal vez confirme un paro. Pero lo hará sin preguntarle su ex líder, ni a la CTA, ni a los movimientos sociales, que ya tuvieron que levantar sus respectivas convocatorias. ¿Y si Moyano en el ínterin cumple su promesa de volver un infierno el transporte y los accesos a las grandes ciudades, imitando a sus pares brasileños? ¿una medida tan disruptiva elevaría el valor de la colaboración del resto del gremialismo para el gobierno, o le quitaría legitimidad a sus propios reclamos? Puede que suceda un poco de las dos cosas, y consciente de ello, tal como hizo ya en los dos paros contra Macri, mientras suelta presión a través de una esporádica medida de fuerza, la CGT seguirá apostando a conservar su rol privilegiado en la mesa de negociaciones, muy lejos de cualquier plan de lucha o alianza opositora.

Ni siquiera Tinelli salió bien parado con su inoportuno lanzamiento a la arena política, que varios encuestadores, seguro que nada inocentemente, se ocuparon de anunciar y a la vez torpedear con datos desfavorables de encuestas reales o inventadas. Es cierto que en los sondeos más confiables se observa un creciente malhumor con toda la dirigencia política. Y que circunstancias parecidas de nuestro pasado, o de otros países, han sido favorables a las aventuras de outsiders más o menos populares. Pero ni Tinelli parece tener las dotes necesarias para encarar una aventura de ese tipo, ni parece haber mayor disposición de sectores peronistas para ayudarlo en la empresa. Tal vez porque saben que la percepción de crisis no es tan aguda y si hay algo que molesta más a la sociedad argentina que las tarifas y la inflación son los gestos demagógicos y oportunistas de corte populista. Doce años de abusos en ese sentido nos mantienen todavía vacunados contra experimentos que en estos días prosperan en otras democracias, algunas de la región como México, y otras mucho más desarrolladas como Estados Unidos e Italia. ¿Seguirá siendo así? ¿Y por cuánto tiempo? Mientras no se produzca un colapso es probable que la moderación y la prudencia conserven su ventaja. Y los Tinelli de este mundo tengan que seguir esperando su oportunidad.

En resumidas cuentas, pese a sus muchos problemas económicos, en el frente político el gobierno podría decirse que no tiene tanto de qué preocuparse, porque sus adversarios se mantienen muy dispersos, e incluso se anulan entre sí.

Aunque, volviendo al comienzo, esto podría cambiar si los opositores que también gobiernan, en provincias y municipios, perciben tener enfrente una común y letal amenaza, y reaccionan anticipando la competencia electoral en la discusión de las transferencias fiscales que necesitan para asegurar su supervivencia.

El acuerdo con el Fondo es un problema a este respecto porque exige que se hagan recortes importantes en esas transferencias. En especial en las llamadas discrecionales para destinos específicos, que se negocian por fuera de la coparticipación.

La cuestión es que el gobierno ha recibido del Fondo también una licencia para anesteciar al menos en parte este conflicto: liberada la inflación del corsé de las “metas” ella va a diluir parte del gasto público e inflar los recursos, en particular los provenientes del IVA y Ganancias, dos impuestos coparticipables. Con lo cual los recortes reales que se necesitan serán menores que los que se anuncian.

Ya en lo que va del año, gracias a la suba de precios, se coparticiparon 60.000 millones de pesos más de lo que se había presupuestado (cuando se estimaba una inflación del 12% en todo 2018). Es decir que si se recortan en la misma cantidad las transferencias discrecionales el efecto sería casi neutro.

En lo que resta de este año la ventaja para las arcas provinciales (y también para las nacionales) seguirá creciendo, aún cuando haya algo de recesión. Lo que le permitiría al gobierno dar un mensaje navideño que le vendría como anillo al dedo para terminar con la pálida: algo así como “¿vieron que el ajuste no fue tan grave?, y que podemos ahora encarar el 2019 con fe, con esperanza, etc, etc”. Sería una segunda oportunidad. Que si se les da, vaya a saber para qué nobles fines la usan.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/6/18

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Macri promete ajustes al FMI y aumentos de salarios a los gremios. ¿Cierra?

En la misma jornada se adelantó el acuerdo con el Fondo y otros organismos financieros por un monto más alto al esperado y se firmó el decreto que habilita un plus de hasta 5% en los salarios, para evitar el paro. ¿Son compatibles ambas decisiones? Sí, pero al costo de más inflación y menos reformas. A ese precio, el gradualismo sigue.

El gobierno dejó ahora bien en claro lo que ya algunos sospechaban desde un principio: recurrió al FMI para conseguir más plata y no tener que hacer un ajuste más duro. Así que le prometió que achicará fuerte el déficit, pero no tanto porque reducirá los gastos: en verdad la mayor parte del esfuerzo de cerrar la brecha entre ingresos y egresos consistirá en usar al mango la devaluación y la inflación, que de partida fortalecen los primeros y deterioran los segundos.

Hacer los dos anuncios el mismo día tenía su lógica: Macri necesitaba dejar en claro que lo más importante a sus ojos sigue siendo el crecimiento, evitar que la economía entre en recesión. Aunque eso se logre permitiendo que los precios sigan su escalada. Además necesitaba desmentir la acusación más extendida que recibió por su actitud en el tema tarifas: que se niega a escuchar a sus adversarios y críticos. Esta vez se adelantó a ceder ante la CGT. Para que se sepa que si ella hace de todos modos el paro general que viene barajando no será porque el gobierno no intentó todo para evitarlo.

En suma, no es tan cierto que endureció su política económica. El gradualismo y la heterodoxia aún animan sus pasos, porque son todavía válidas las razones políticas que lo llevaron a optar por ese camino al comienzo del mandato: sabe que hay muchos riesgos en un ajuste recesivo, que le podría hacer perder la poca ventaja que le lleva a sus competidores peronistas. A lo que se suma ahora la presencia cada vez más amenazadora de Hugo Moyano, al que necesita mantener aislado de los demás gremialistas. Para lo que tiene que convencerlos de que al oficialismo le interesa tanto como a ellos cuidar el poder adquisitivo de los sueldos.

Igual los próximos trimestres serán duros. El consumo va para abajo y el parate en la toma de créditos para la compra de bienes durables y propiedades va a durar un tiempo. Pero la expectativa oficial es que en primavera lo peor haya pasado y para fin de año la economía de vuelta esté creciendo, aunque sea un poco.

Se habrá comprobado así que la crisis pudo superarse con algo de ajuste fiscal pero sosteniendo lo esencial del programa anterior, obra pública, crédito al consumo y protección del nivel de empleo y del salario. Más que abandono del gradualismo, gradualismo recargado, “acelerado” dice Marcos Peña.

La meta que se habrá sacrificado es, claro, la inflacionaria. ¿Quién va a reprochárselo? ¿Adónde lo conduce esta fórmula? Los economistas ortodoxos dirán que al punto de llegada. Cuando concluya el 2018 y empiece el año electoral estará más o menos como a fines de 2015, con una tasa de inflación de entre 25 y 30%, una economía con serios problemas de competitividad y muy escaso atractivo para los inversores. En tanto los opositores peronistas le criticarán que se quedó a medio camino, sin el pan y sin la torta: ni logró estabilizar la economía ni logró un crecimiento robusto.

Pero dadas las circunstancias el gobierno respirará aliviado si recupera algo de aire para su argumento centrista: al menos habrá terminado el ajuste de precios relativos y la recomposición de mercados que el kirchnerismo obstruyó o desmanteló; un piso sobre el que plantearse y plantearle a la sociedad la pregunta de cómo seguir adelante, qué cambios que no pudo hacer en su primer mandato Macri podría concretar en el segundo.

Mientras tanto uno de sus mayores desafíos será sortear los peligros que supone haber mal herido y puesto bajo asedio al clan Moyano, una casta de por sí peligrosa, cuya inclinación a la guerra sin cuartel se incrementó en el trance que le toca vivir, convengamos, no tanto porque el gobierno lo haya puesto bajo la mira como por su propia e incontenible voracidad. Sus amenazas de repetir la reciente experiencia brasileña, con un paro prolongado de camioneros bloqueando rutas y accesos a las ciudades tuvo un pequeño ensayo en martes pasado cuando se cruzaron acoplados en varias autopistas y avenidas de Buenos Aires. El contexto cree que lo ayuda: con el malhumor reinante, parte de la sociedad tal vez vea que el culpable del caos resultante no es ni el gremio camionero ni la desesperación de la familia que lo conduce por evitar la cárcel, sino la “insensibilidad” y la “sordera” de Macri.

Aunque, para alivio de este último, por más que el paro general finalmente se haga, hay algo en lo que todavía están de acuerdo el gobierno y la mayoría de los gremios: no conviene volver para atrás en la historia que ambos tienen con Moyano, porque convivir con él, igual que con Cristina, es muy difícil, sino imposible: ellos o son reconocidos como jefes o no encuentran lugar en el mundo que los satisfaga, y se vuelven cada vez más disruptivos.

Con el Fondo sosteniendo la confianza financiera, y la CGT negociando una paz social aunque sea precaria, ¿será esa la batalla política que el gobierno privilegie en los próximos meses? Puede que hasta nos entretenga más que el Mundial.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/6/18

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Maldonado: testigos falsos que “se cagan” en la democracia y la Justicia

¿Estuvo bien o mal que el juez Guido Otranto, el primero a cargo de la investigación del caso Maldonado, y la fiscal Silvina Ávila, ordenaran grabar las conversaciones telefónicas entre varios de los denunciantes de la supuesta desaparición del tatuador?

Si el procedimiento fue correcto lo tiene que determinar la Cámara de Apelaciones de Comodoro Rivadavia en estos días. El actual juez de la causa, Gustavo Lleral, opina que no y ordenó destruir los audios de llamadas entre el hermano de Santiago, la mapuche Claudina Pilquiman, dirigente de la comunidad Pu Lof en Resistencia y madre de Lucas, el escurridizo “Testigo E” que supuestamente había visto con sus propios ojos como Santiago Maldonado era golpeado y secuestrado por gendarmes, y un amigo de la víctima, Ariel Garzí, que en su momento declaró que llamó al celular de Santiago, fue atendido y escuchó por la línea “pasos de botas militares” o algo así, más algunos integrantes de la “red de apoyo” de los organismos de derechos humanos (como los abogados que se presentaron ante la CIDH, Fernando Cabaleiro y Carlos González Quintana e hicieron famoso a “E”).

En particular los Pilquiman y Garzí tienen altas probabilidades de ser acusados de falso testimonio y obstrucción a la Justicia. Por eso la fiscal Ávila pidió que no se destruyan las grabaciones. Argumenta que de no haber sido por las acciones de esas personas la investigación hubiera concluido mucho antes y se hubiera ahorrado un grave daño a los familiares de Maldonado, a la sociedad y a las instituciones del país.

¿Por qué, si Ávila tiene razón, los familiares de la víctima nunca protestaron abiertamente contra esa manipulación? ¿No la conocían o la conocían y la justificaban?

Gracias a las escuchas podemos hacernos hoy una idea más precisa de lo que ocurrió. Y también de las razones por las que los escuchados quieren que se borren del mapa esas pruebas, que nadie se entere lo que hablaban; en particular sobre sus diferencias respecto a los testimonios y las versiones que circulaban de lo ocurrido.

En una de las conversaciones, ampliamente difundida en diversos medios estos días, Sergio Maldonado deja ver la tensión que vive entre las “ideas” que profesaba su hermano y el interés de la familia en descubrir la verdad. Le reclama a Claudina Pilquiman que su hijo Lucas declare lo que vio ante el juez y deje de esconderse en el anonimato, porque eso abonaba las versiones contradictorias que circulaban sobre la suerte de Santiago. Le pregunta: “¿Mintió Lucas cuando me contó todo?…. ¿Cómo es la cosa? ¿Cómo todos nos jodemos y ustedes no? Yo lloro todos los días porque sufro a mi hermano. Los apoyé porque es lo que él creía. No quiero estar en contra de ustedes. Pero tampoco voy a estar de pelotudo, poniendo la cara todos los días”.

Ante lo que su interlocutora se ve obligada a explicar lo que ella pensaba realmente de la situación, que la investigación no tenía ninguna importancia, lo único importante era el bien de su grupo: “Me cago en el país, me cago en esta democracia y me cago en esta Justicia… es una mierda… ¿vos pensás que va a cambiar algo?… ¿vos te das cuenta que… estás traicionando a los propios amigos de tu hermano?”.

Aunque Sergio Maldonado cierra el diálogo amenazando con que pediría al juez que cite a declarar a todos los supuestos testigos, “con nombre y apellido”, nunca lo hizo. Lamentablemente parece que la extorsión de la Pilquiman surtió el efecto esperado en su ánimo. Y en los meses que siguieron y todavía hoy ambas partes se ponen de acuerdo en decir públicamente que el gobierno es responsable, que él fue el que mintió, actuó ilegalmente y provocó la muerte de Santiago.

Las sospechas que Sergio confesaba en privado tal vez siguen existiendo. Pero no dijo nada sobre estas grabaciones, y puede que nunca lo haga: ¿cómo atreverse ahora a reconocer el error, admitir que se dejó manipular y no fue precisamente “fiel a Santiago”? Entre cuyos ideales e intereses no debía estar cagarse en la democracia, en la justicia y en el país.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/6/18

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Macri, como la Selección, necesita ajustar expectativas

¿Con qué vara se van a medir los resultados del gobierno de Macri a fin de este año y en el comienzo de la campaña para las presidenciales del próximo? ¿Con la de sus promesas de meses atrás, según las cuales lo peor había pasado y teníamos por delante años de crecimiento sostenido e inflación a la baja? ¿O con la que nos hace ahora, que su gobierno está evitando y va a seguir evitando que caigamos al abismo reduciendo el déficit fiscal, y aunque tengamos que soportar tiempos duros debido a ese esfuerzo, poco crecimiento, devaluaciones e inflación bastante alta, todos esos son costos necesarios para que luego las cosas mejoren en vez de empeorar aún más?

Claro que el presidente tiene que resolver también muchas otras cuestiones: lograr un buen acuerdo con el FMI, alinear a su equipo y su coalición detrás de nuevas metas y un nuevo esquema de gestión, recuperar canales de negociación con peronistas moderados, mantener más o menos en caja a los gremios y varias más.

Pero puede que todo eso sea insuficiente si no logra que una porción importante de la opinión pública pase de manejarse con las expectativas que tenía a principios de este año, y que el propio gobierno ayudó a alimentar debido a lo que ahora llama su “excesivo optimismo”, y comience a organizar su vida con otras más acordes a lo que Macri y los tiempos que corren están en condiciones de ofrecer, que es mucho menos de casi todo.

La misma corrida cambiaria que dejó maltrecha a la gestión de Cambiemos la está ayudando a iniciar esta tarea: esas semanas de terror que pasamos entre abril y mayo nos pusieron ante la evidencia de que tenemos una economía muy frágil, que cualquier viento que sopla en el mundo llega a estas costas convertido en tornado, y puede dejarnos bastante más pobres de lo que éramos. Y mucho más pobres de lo que pensábamos que éramos.

Como se ve, la crisis cambiaria actuó en forma equivalente al tropezón del 6 a 1 que sufrió nuestra selección ante España un poco antes: nos obligó a dejar de pensar que éramos candidatos cantados a ganar el Mundial, y de sufrir ante los inestables rendimientos de un equipo mal coordinado y con varios puntos flojos, insultando inútilmente a los jugadores para que hagan lo que no pueden hacer, pasamos a disfrutar módicamente un apenas pasable partido con Haití y a rezar porque no hagan un mal papel y podamos asistir a algunos más de esos momentos mágicos de Messi.

El propio Messi ayudó y mucho a relajar la insoportable presión del “tráeme la copa” cuando afirmó hace unos días que “no somos candidatos”. En una muestra de realismo infrecuente y que nuestro exitismo futbolero le perdonó porque acababa de demostrar una vez más, por si hacía falta, que casi todo depende de él. Aunque el mismo Messi después moderó tanto realismo agregando que “en los mundiales casi nunca se da la lógica”.

¿Se puede esperar que en la economía y la política argentinas tampoco “se de la lógica”? Es bastante menos probable que algo así suceda aquí que en el Mundial de Rusia. La lógica económica es, en particular, difícil de esquivar. O mejor dicho, la esquivamos ya por bastante tiempo así que soga para seguir blufeando y estirando las cosas mucha no hay.

El esfuerzo que deberán hacer las autoridades, por tanto, para que se acomoden las expectativas es más inescapable, y les conviene mucho menos que a Messi hacer un voto por la buena fortuna. Después si las cosas no terminan saliendo tan mal mejor para ellas. Y para el país. Pero por una vez les conviene apostar al peor y no al mejor escenario.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 3/6/18

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