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¿Fueron 30.000? ¿Por qué es tan difícil ponerse de acuerdo?

La reciente celebración del 24 de marzo bajo la “restauración dictatorial” supuestamente encabezada por Macri fue ocasión para que se insistiera desde los organismos de derechos humanos en que los desaparecidos fueron 30.000 y los que discuten esa cifra son “negacionistas”, socios de los represores y enemigos de la humanidad que deben ser acallados.

La cosa no quedó ahí. Se aprobó una ley en provincia de Buenos Aires, apoyada por casi todos los grupos de oposición, incluidos varios supuestamente moderados, que obliga a todos los organismos públicos y funcionarios a repetir como loros que “fueron 30.000” y otras verdades selladas por el estilo, por ejemplo, que la dictadura se impuso para llevar a cabo una salvaje política neoliberal de ajuste junto al “plan genocida”. Como si el rodrigazo no hubiera existido, y no hubiera sido un fenomenal y decisivo paso del gobierno peronista para triturar los salarios y someter a los gremios. Como si las desapariciones no se hubieran convertido en método estatal y paraestatal de represión ya durante ese gobierno (recordemos que la Conadep registró cerca de mil desapariciones ANTES del golpe, además de un número bastante mayor de muertos por atentados de la Triple A, la represión cada vez más descontrolada de las fuerzas armadas y de seguridad y las operaciones de las guerrillas).

Nada de eso importa a los legisladores bonaerenses de oposición. Para ellos todo empezó de la noche a la mañana el 24 de marzo, todo lo que pasó antes no importa, sólo un “gorila amigo de los represores” se atreverá a mencionarlo. Y la incapacidad del oficialismo y de las demás fuerzas moderadas y no peronistas para poner en discusión la equívoca rememoración de esa fecha les viene dando una mano con esta manipulación alevosa del pasado.

¿Por qué esta insistencia en los “30.000”? y más importante todavía, ¿por qué distintos sectores peronistas y grupos de izquierda radicalizada, aunque no comparten casi ninguna otra política, en esto parecen estar muy de acuerdo, y en conjunto deciden forzar al oficialismo a pagar el costo de un veto, o lo fuerzan a callar en una materia en que ya varios funcionarios oficiales han pisado el palito y entraron mal en la discusión?

Primero, claro, lo hacen por este antecedente: porque se han cebado con un gobierno que en vez de discutir el tema con claridad, expulsó a un funcionario de cultura de su cargo porque se atrevió a hablar del famoso número, escondió a otro de la Aduana porque planteó argumentos realmente equivocados al respecto, y primero intentó mover el feriado del 24/3 y luego metió violín en bolso en cuanto el arco opositor puso el grito en el cielo.

Influye también, obviamente, la necesidad de sostener una historia medianamente decente del propio peronismo y la izquierda revolucionaria: mientras la línea de demarcación entre democracia y represión salvaje sea el 24 de marzo del 76, y no alguna fecha de 1975, de 1974 o incluso de 1973 (la habilitación a las fuerzas armadas para reprimir autónomamente en Tucumán, o en todo el país, la puesta en marcha de la Triple A, la entronización de Osinde y López Rega por parte de Perón, o su bautismo de fuego en Ezeiza, o cualquiera de los delirantes operativos guerrilleros), el peronismo y esa izquierda podrán seguir mostrándose como víctimas de la represión y no como sus corresponsables, como los partidos que pusieron al grueso de los desaparecidos, y no como las fuerzas que promovieron la violencia, y en el caso del PJ, la que cobijó y promovió al control del estado a los asesinos.

De paso, congelando la memoria en ese primer momento fundacional del movimiento de derechos humanos, cuando no se sabía mucho de lo que había pasado y la cifra “30.000” tenía sentido, se evita reflexionar sobre causas, consecuencias y responsabilidades, en suma, sobre cualquier aspecto problemático de esta historia. En el marco de esa memoria sacralizada vivimos en el presente perpetuo de los secuestros y todo lo demás, lo anterior y lo posterior pierde espesor y relevancia.

Pero en la defensa a cal y canto de la cifra mágica de los “30.000” influye otro factor, uno aun más significativo para entender cómo funciona la relación entre peronismo, izquierdas e historia. Y no sólo de ahora, no sólo bajo la égida del populismo radicalizado kirchnerista, sino desde siempre. En el caso del peronismo, desde que el propio Perón empezó con la manía de reescribir el origen de su movimiento y sus actos fundacionales (el golpe del 43, la movilización de octubre del 45, las elecciones del 46) según el auditorio que tuviera enfrente y lo que conviniera resaltar o negar en cada coyuntura. Algo que la izquierda dogmática ha venido haciendo, por su parte, desde los inicios del siglo XX.

En este sentido “los 30.000” ha sido el grito de guerra y la señal de identidad de todos los que adoptaron una visión dogmática, unilateral y victimista del proceso de escalada y estallidos de violencia política que Argentina vivió en los años setenta. No a pesar, sino precisamente por su imposible verificación histórica, y finalmente, por su a esta altura evidente falta de correspondencia con los hechos, ha servido para sostener el mito de un peronismo y una izquierda revolucionaria comprometidos con la democracia y la justicia social, que tal vez hayan cometido el pecado menor de prohijar defensores demasiado entusiastas de esos valores, la juventud maravillosa, pero que ninguna responsabilidad habrían tenido en el desenlace de esa violencia. Porque lo que ellos pretendían era “un mundo mejor”. Como si no pudiera decir lo mismo cualquier otro actor político de aquellos años.

Ese mito funge así de gran excusa para no atenerse a hecho alguno, para no discutir en serio ninguna de las conexiones causales entre acciones políticas y muertos, desresponsabilizando a todo ese amplio arco de actores frente a los “malos”, los “salvajes”, en suma “la dictadura cívico-militar”.

Por supuesto, entonces, que no hay evidencia alguna que refrende lo de los “30.000”. Inútil siquiera discutirlo. Porque del lado de los fabricantes de mitos no se necesita ni se va a buscar ninguna evidencia. Lo que se va a usar es el viejo recurso de contraponer la fuerza de la creencia contra la mera enunciación de “hechos” y argumentos.

Inútil también hacerse los desentendidos o contemporizadores, y aceptar, como han hecho algunos en los meses pasados, que hay que “respetar los símbolos”. Hay símbolos que son demasiado tóxicos y destructivos de la convivencia como para que se los siga dejando sueltos por ahí, disponibles para ser usados contra los que se toman los derechos y la democracia en serio.

Si no se lo puede ignorar, ni tampoco alcanza que se lo confronte con los hechos, ¿qué se puede hacer con este tóxico mito? Ponerlo en crisis exige la decisión y voluntad de hilvanar otro relato de nuestro pasado, uno más auténticamente democrático, más inclusivo y menos mentiroso. Uno que recoja lo que fue desde el comienzo de la restauración constitucional la mejor versión de nuestra cultura liberal democrática, la que inspiró en su momento a la Conadep y a Alfonsín, y hoy expresan los muchos que, como Graciela Fernández Meijide, se atreven a trabajar por una noción de derechos que sea una casa común para todos los argentinos, y no un arma arrojadiza de una facción contra los demás.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/3/17

Posted in Política.


Elecciones 2017: la incógnita Randazzo

Crece el rumor de que va a jugar. Y también dicen que viene creciendo en las encuestas. Pero nadie sabe en verdad si va a salir al ruedo y, tal vez lo más importante, cómo lo haría.

Convengamos que ya desde antes el panorama electoral para este año en el principal distrito del país lucía impredecible. No se sabe bien cuándo y ni en qué medida puede influir en el electorado la prometida recuperación económica, o si el consumo seguirá igual deprimido, sobre todo en el Conurbano, y por tanto también la intención de voto oficialista en ese decisivo cinturón. Tampoco se sabe quiénes terminarán siendo los candidatos de las tres corrientes hasta aquí protagónicas: ¿tendremos una batalla de titanes, Cristina vs Carrió vs Massa?, ¿o todos ellos por temor al riesgo preferirán dejar la pelea en manos de delegados no tan estelares?

Y a todo esto se sumó hace poco un factor nuevo, proveniente del corazón del PJ distrital. Cuando la mayoría de los intendentes, y también de los jefes sindicales, comenzaron a ver con alarma que si dejaban en manos del jefe apenas formal del partido, Fernando Espinoza, el armado electoral de este año iban a terminar engrampados detrás de listas indisimulablemente kirchneristas, pasaron a la ofensiva. Eso fue lo que incrementó y extendió la presión para que Randazzo actúe.

Hoy el ex ministro del interior puede dar por seguro que contaría con una buena base territorial y recursos organizativos suficientes para dar la batalla. Aunque ¿puede estar seguro de ganarla? El problema principal que enfrenta al respecto es que todas las opciones que tiene delante suponen riesgos altos, y todavía ninguna garantiza ventajas seguras.

¿Cuáles son estas opciones?: enfrentar en las PASO a Cristina y pasarla a retiro, absorber y digerir al kirchnerismo con una lista de unidad, o forzar la sucesión del liderazgo pero desde fuera del PJ. Veamos.

La primera opción, ir a las PASO contra el kirchnerismo, es la que sus seguidores dicen preferir. Y efectivamente es la que mejor se acomodaría a su necesidad de dejar atrás el liderazgo interno de los Kirchner, sin fragmentar aun más al peronismo. El problema es que hasta aquí no es seguro que entre los votantes fieles de ese partido, que son los que se movilizarán en las internas de agosto, Randazzo pueda vencer a Cristina. Y esto podría empeorar si los demás contendientes le hicieran el vacío, si tanto la propia Cristina como Massa y el oficialismo lo ignoraran y polarizaran la elección entre ellos. Algo que a los tres les convendría hacer, claro, porque esos votos que pretende para sí Randazzo hasta aquí en alguna medida se los vienen repartiendo entre ellos.

Vistos estos peligros, los randazzistas discuten la posibilidad de negociar una lista de unidad con el kirchnerismo. Una que ellos se garanticen conducir y hegemonizar, para que los demás no los acusen de ser falsos renovadores, disfrazados facilitadores de la operación retorno de la jefa. Lo que supondría que los kirchneristas se dejan conducir, se le someten. Algo que por ahora tiene pocas chances: también ellos creen que, de última, puede irles bien solos. Con el argumento de “somos la oposición auténtica” se imaginan reteniendo un porcentaje electoral que, aunque minoritario, alcance para bloquear a las demás facciones peronistas en la misma condición, hasta que termine de derrumbarse la circunstancial e ilegítima popularidad de Macri, Vidal y compañía. Tal vez esto no sea realmente viable, pero que esa gente crea que lo es alcanza para complicarle la vida a Randazzo y los suyos: se podrían quedar con el sello del PJ, pero en un escenario más fragmentado que el de la competencia en las PASO. Y con muy bajas chances de ganar la elección general de la provincia.

Por último, tienen la opción de romper ya con la formalidad del PJ y apostar todo a vaciarlo de contenido y absorber en el ínterin lo que puedan del Frente Renovador. Algunos massistas ya han dado señales de que acompañarían una operación de este tipo, entre otras cosas porque confían cada vez menos en su jefe, y en sus posibilidades futuras como líder de un peronismo unificado. Menos que menos desde que ató su supervivencia a la alianza con Stolbizer. ¿Qué es eso, el Frepaso 2? Semejante secuela no podría terminar bien.

Difícil saber cuál de estos caminos va a tomar Randazzo, o si va a encontrar algún otro con más ventajas y menos riesgos. Lo cierto es que por ahora tiene el espacio despejado para explorarlos. Aunque no tiene tampoco todo el tiempo del mundo porque las ventanas de oportunidad se van a ir cerrando. Mientras tanto muchos de los que lo contemplan con expectativas se deben estar preguntando ¿cuándo se nos va a revelar quién es realmente este tan mentado como en el fondo poco conocido Florencio Randazzo, es un constructor o solo un oportunista, piensa en su quintita o en el país, se parece a Menem o a Reutemann?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/3/17

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¿Se viene el asedio del país real al gobierno formal?

La lógica en que se funda el asedio a Macri ya la usó el peronismo radicalizado en el pasado. Se recordará, por caso, que Ubaldini decía que Alfonsín expresaba la “democracia formal”, la letra de la Constitución, los procedimientos vacíos de contenido del Parlamento, mientras que él y el resto del peronismo combativo eran la voz de la “democracia real”, pues defendían en serio los derechos del pueblo, la justicia social, la soberanía y demás. Aunque no hubieran ganado las elecciones. Un detalle.

Con esa idea hicieron una ristra de paros generales al primer gobierno democrático, en muchos con la entusiasta colaboración de otros partidos y también de sectores empresarios. Todos los que creían que Alfonsín era una suerte de error histórico, un liberal encantador de serpientes que había confundido de momento a las masas para frustrar al “movimiento nacional y popular”. Lo asediaron por tanto durante años, acusándolo de que si no había reactivación económica y distribución del ingreso era porque él no quería, o no sabía qué hacer.

El kirchnerismo residual y sus actuales aliados e instrumentos, grupos de izquierda dura, organismos de derechos humanos facciosos y piqueteros de distinto pelaje, más los medios militantes que lograron sobrevivir al papelón y el derrumbe del financiamiento estatal, y una parte de la Justicia y del aparato de inteligencia sobre los que aun no se restableció el control público y republicano, rescató del fondo de la historia la idea de la Resistencia y esa oposición entre democracia real y formal. Y como hace con todo lo que toca, las radicalizó. En esencia, para disimular lo complicado que es acomodarlas a una situación que poco tiene que ver con sus parámetros.

Para empezar lo hizo cambiando sin sutilezas el lugar y carácter de su antagonista: no combaten a un nuevo Alfonsín, un liberal que ganó por casualidad, manipulación artera o distracción del movimiento popular, sino al heredero de Martínez de Hoz en carne y hueso. “Macri, vos sos la dictadura”. Lo que justificaría hacerle todo el daño imaginable, hasta frenarlo, frustrar sus planes, y lisa y llanamente echarlo.

Recordemos que Ubaldini, igual que Menem, coquetearon con los carapintadas. Pero siempre tuvieron en mente vengarse del líder radical y del `83 venciéndolo en las urnas. Acá no. De lo que se trata para los kirchneristas, y cada vez más a medida que pierden anclaje en el peronismo, es de pudrirla cuanto antes, y que Macri se las tome habiendo cumplido incluso menos tiempo de mandato que De la Rúa.

Esta es la razón principal por la que el asedio no da descanso, no tiene tiempo que perder. Se lanzó en la provincia de Buenos Aires y casi al mismo tiempo en un apurado pedido de juicio político al presidente en el Congreso. Se multiplica con ya centenares de denuncias de los fiscales de Verbitsky – Gils Carbó, con piqueteros que después de conseguir una generosa ley de emergencia social y que se les asignaran para uso casi discrecional miles de millones del presupuesto, dicen que eso no alcanza para nada, y quieren sueldo fijo de $13000 con prestaciones para todos sus representados. Suena loco pero es lo que piden.

Ahora bien. Lo importante es ¿por qué el apuro? Es la clave para no prenderse en la histeria reinante ante un gobierno supuestamente debilitado, y una oposición salvaje logrando más y más chances de salirse con la suya.

Hay al menos cuatro factores que explican ese apuro, el sobregiro que practican los “destituyentes nac & pop”, que bien analizados moderan la histeria y el pesimismo. Primero, saben que lenta pero segura la reactivación avanza. Y en pocos meses las cosas no serán un jardín de rosas, pero sí lo suficientemente simpáticas para que el griterío vuelva a ser marginal. Segundo, saben que a diferencia de los cientos de causas que Justicia Legítima inventa, las que apuntan contra los Kirchner, Scioli, Milani, Sala, De Vido y demás tienen muchas chances de avanzar, igual que hicieron las de Báez, López y Jaime. Tercero, entienden aunque no lo digan que el “salvaje neoliberalismo” del que acusan a Macri se ajusta mal con un enfoque gradualista y muy atento a compensar costos sociales que fortaleció las opiniones moderadas y los factores de equilibrio instaurados ya al comienzo de este proceso de salida del populismo k, por lo que la Resistencia rema contra la corriente, en la política y en la sociedad. Y cuarto, ven también que el control del peronismo se les escapa un poco más cada día. Que en la mayoría de sus líderes territoriales y sindicales hay ya pocas dudas de la necesidad de alejarse de Cristina y sus acólitos, un pasado que les conviene olvidar y que la sociedad olvide cuanto antes, para tener algún futuro como “renovación”. En este aspecto Cristina no se parece tanto a Ubaldini como a Isabel.

Los Renovadores de los ochenta pudieron usar a Ubaldini sin tener que dar explicaciones por sus desbordes, porque porciones amplias de la sociedad creían entonces que con el fin de la dictadura todo podía y debía volver a ser como en los buenos tiempos: pleno empleo, ingresos altos en industrias protegidas, un estado dadivoso conviviendo con inflación alta pero no descontrolada. Pasó demasiada agua bajo el puente para que creamos ahora un cuento parecido: las hiperinflaciones y Menem, el 2001 y los 12 años de entusiasmos y decepciones del propio kirchnerismo.

Algo aprendimos como sociedad y democracia. Tan necios como ciudadanos no somos para dejarnos seducir por un discurso y una estrategia que, comparados con los de Ubaldini, tienen la peculiaridad de sonar a la vez mentirosos y desesperados. Resumiendo, no conviene comprar el pesimismo ni la histeria en boga. Menos frente a estos tigres de papel que se queman solos. Como diría Winston Churchill, mantengamos la calma y sigamos adelante.

por Marcos Novaro

publicado en Clarín el 18/3/17

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Una Argentina cansada, ¿quiere y puede cambiar?

Hay múltiples indicios de que la argentina es una sociedad cansada; cansada de los delirios, de entusiasmarse y decepcionarse con ellos. Cansada de conflictos sectoriales que no parecen tener nunca solución y han ido agotando las energías de los contendientes. Cansada de que pese a todos nuestros talentos y esfuerzos los resultados que conseguimos colectivamente sean tan pobres. Hace poco alguien en los medios lo expresó así: “no quiero que me pasen en colores lo que ya vi varias veces en blanco y negro”. Ese es el espíritu de la época.

Podría pensarse que en esta sociedad cansada ya no hay energías, no hay espacio para la innovación y por tanto imperarán la resignación, una vida política de baja intensidad, miras cortas y pobres resultados. ¿Pero es realmente así?

Creo que no. Creo que el cansancio o los cansancios de los que hablamos son, a la vez, o al menos pueden ser, grandes motores del cambio.

Porque cansancio no es igual a resignación. Estar cansado es también una virtud política, y una muy potente, si se corresponde con haber hecho un aprendizaje de lo que ya sabemos que no nos va a dar resultado, y por tanto no queremos volver a intentar. Ahí la cosa se invierte, y el cansancio puede alimentar la apuesta por cambios razonables y sobre todo viables, y un sentido común novedoso para esquivarle el cuerpo a nuevos desvaríos y oportunidades de frustración.

El cansancio puede ser también un muy útil recurso para facilitar la cooperación. Después de más de tres décadas de democracia durante las cuales la negociación y superación de conflictos fueron más bien escasas, nos encontramos con los guantes bajos en medio del ring y ya no nos da para retomar la pelea; así que podemos estar más dispuestos que antes a ensayar algo nuevo, en vez de trompearnos, negociar costos y beneficios para salir de los bretes que nos han estado agotando.

Por último, el cansancio es un bálsamo para gente acostumbrada a saltar como leche hervida cada vez que enfrenta un disgusto, o alguien nos dice lo que no queremos escuchar, como por ejemplo que en términos de nuestras capacidades de resolver problemas colectivos damos pena. Así, cansados, en vez de reaccionar, y confirmar así esos duros juicios, tal vez podamos pensar, y luego actuar, más productivamente.

Claro que las cosas pueden verse de modo muy distinto. Por ejemplo Beatriz Sarlo en varias jugosas intervenciones recientes asoció lo que acá llamamos cansancio con una atonía política y un tecnicismo administrativista carentes de miras, que serían para ella la marca de estos años, de lo que el gobierno actual pobremente nos ofrece, y frente a lo que hay que rebelarse. Sarlo tiene sin duda un punto, pero creo que su mirada está algo sesgada por las preocupaciones que la desvelan: rescatar la pasión política, y en particular las pasiones e ideales de la izquierda, del uso vicioso que de ellas hizo el kirchnerismo; para lo cual cree estar obligada a desestimar lo que la salida macrista de ese ciclo pueda ofrecer, y la forma en que los ciudadanos están procesándola.

¿Entienden nuestros líderes y elites de un manera más productiva el cansancio de la sociedad? Algunos más que otros, pero en general tanto en las esferas sectoriales como en los partidos hay motivos para ser optimistas.

Desde el gobierno creo que han planteado líneas bastante adecuadas, aunque a veces pareciera que se desesperan por movilizar nuevas fuerzas del cambio donde no va a haberlas, destinando recursos lejos de donde ellas ya están actuando y hay oportunidades para potenciar nuevas formas de pensar y actuar.

En otros casos se plantean como ideas nuevas lo que sólo son simplificaciones remozadas de lo viejo. Hace poco un pensador oficialista llegó al extremo de proponer el reemplazo del espíritu crítico, que según él nos habría conducido a abusar nocivamente del debate, por el puro y llano entusiasmo en el hacer. Confundiendo el espíritu crítico con la querella recurrente y estéril en que efectivamente tendemos a enredarnos, cuando se trata de dos cosas diametralmente opuestas. Y reflotando, como si fuera un gran aporte new age una vieja manía de la política nacional: el voluntarismo. Del que por suerte la gran mayoría de los argentinos nos hemos también cansado, tras sucesivos sueños refundacionales que no terminaron muy bien que digamos.

Porque además el otro costado de este imperio virtuoso del cansancio que estamos analizando es que la naturaleza del cambio, y de la entera relación entre el estado, la política y la sociedad, van adoptando formas novedosas. Probablemente la sociedad argentina cambie igual, aunque la política no haga mucho por ayudarla. Y a esta lo que le conviene entonces no es pretender ejercer de nuevo el remanido rol de demiurgo que “da vuelta el país como una media”, sino asumir un papel más ajustado y eficaz como “facilitador”. Que de todos modos supone grandes desafíos, porque implica ayudar a los rezagados, intervenir oportunamente para resolver la infinita variedad de tropiezos que enfrentarán los demás actores, y explicarle a todos lo que está pasando y hacia donde vamos. SI pudiera hacer la mitad de todo eso ya sería un golazo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 13/3/17

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Baradel desatado. El PJ en silencio. La educación en suspenso

La escalada de los sindicatos bonaerenses que impedirá este año se inicien las clases normalmente, como sucediera en el primer marzo de Macri, con un gran esfuerzo fiscal de su parte recordemos, pareciera estar dándole el tono de mayor conflictividad y polarización que muchos anticipaban para este año electoral que empezamos.

Muchos interpretan lo que sucede incluso como la consecuencia más o menos directa de la propia lógica electoral. Como Baradel es uno de los sindicalistas ultra k que no hace nada sin consultar a Cristina (y a Sabbatella) es fácil concluir de su ofensiva para arruinarle el inicio de año a Vidal en lo inmediato, y a Macri indirectamente, un primer acto de campaña para las legislativas pergeñado en ese sector de oposición fanatizada.

Por su parte del lado del oficialismo bien puede entenderse la mayor rigidez en la oferta salarial planteada, vis a vis lo hecho 12 meses atrás, también con una inversa lógica electoral: polarizar con los kirchneristas residuales le viene bien, y hacerlo con el ex preceptor Baradel, el colmo del sindicalista impopular de entre mala y pésima imagen en el grueso de los votantes, aun mejor. Si esos son los enemigos del macrismo, ¿qué importará a la hora de ir a las urnas el recuerdo de algunos “cuatro o cinco errores oficiales?

El gobierno, recordemos, viene marcando una diferencia de trato bastante evidente hacia los gremios “moderados y necesarios para la reactivación”, de ahí sus módicos planteos hacia el grueso de la CGT, incluso a pesar de paros y marchas programados, con el que ofrece a gremios estatales como los docentes. Primero porque estos caen directamente en la mira de lo que Dujovne ha llamado con precisión el ajuste fino y gradual del desbarajuste fiscal.

Segundo y más importante, porque en el gobierno saben que las preferencias del grueso de sus votantes efectivos o potenciales en este terreno se acomodan bien a esas necesidades de las cuentas públicas: buena parte de los ciudadanos de los distritos que están en el foco del conflicto, pero también muchos en el resto del país, saben que los gremios estatales son antes parte de los problemas que viene arrastrando el país para tener una mejor oferta de bienes públicos que un aporte a su solución, y que esos sindicalistas se interesan antes por extraer mayores cuotas de presupuesto que de mejorar cualquier noción de servicio.

Por si la experiencia local no alcanzara para convencer a los oficialistas de que esta batalla vale la pena al menos plantearla, ahí están los casos de varios países latinoamericanos en los últimos años, bajo gobiernos de distinto signo, que cuando quisieron iniciar cambios en la calidad y la administración de los servicios de educación tuvieron que lidiar con los gremios respectivos. A veces en términos mucho más duros que aquí, como sucedió en México, o en Ecuador. Y en general lo hicieron con las sociedades respectivas acompañándolos.

Agreguemos que en el medio ni Baradel ni el resto del gremialismo docente bonaerense hicieron nada por despejar esta desconfianza ciudadana. Después de que el jefe de Suteba dijo que lo que Vidal les ofreció para evitar el paro, un anticipo de los aumentos, fue una “coima”, con una brutalidad parecida a su retiro intempestivo de TN cuando se desnudó que jamás estuvo al frente de una clase, varios de sus colegas festejaron ante las cámaras que ahora los docentes del distrito “están en acción” (cualquiera que haya viajado por las rutas bonaerenses recordará los carteles de la FEB con ese lema, al lado de gigantografías con bombos y banderas, o guardapolvos usados como banderas; parece que la cosa viene de largo). ¡Vaya!, yo siempre pensé que un maestro estaba en acción cuando se paraba frente a sus alumnos a enseñarles.

Pero por sobre todo en el gobierno entienden que conflictos como el planteado ponen sobre todo en aprietos al resto del peronismo, donde no por nada el silencio fue lo que predominó. Lo rompió casi en exclusiva el puntano Rodríguez Sáa, quien ofreció más de 60% de aumento, que puede suponerse pagará con el famoso “argentino” que su clan quiso imponernos como moneda de fantasía en 2001. El resto del partido de oposición, salvo el sector K, no parece interesado en intervenir. Y esto también por al menos dos razones.

Por un lado, saben que es completamente cierto lo que se plantea desde Cambiemos, la paritaria docente la van a tener que pagar cada uno de los distritos, si Vidal afloja los gobernadores del PJ tendrán problemas para no imitarla y no tienen el dinero para hacerlo ni lo van a poder conseguir fácilmente. Además de que el efecto dominó sobre el resto de sus muy abultadas plantillas de empleados podría terminar en desastre. Ahí también el ajuste fiscal en año electoral vuelve virtuosos a pecadores.

Porque lo otro que saben el grueso de los gobernadores de oposición es que también algunos de sus votantes se parecen en buena medida a los oficialistas en este punto. Un número mayor que el de los de Cambiemos reciben ellos mismos cheques oficiales, pero muchos otros, sobre todo en provincias no del todo atrasadas, esperan que el estado deje de gastar a lo pavote en malos servicios vampirizando al resto, para que las actividades de las que ellos dependan puedan volver a tener alguna perspectiva de crecimiento. Así opinan los chacareros de Entre Ríos, los cordobeses del campo y las ciudades, muchos salteños y chubutenses. ¿Entonces para qué quemarse frente a esos votantes? Si el esfuerzo político de frenar los reclamos de 35% de aumento que hacen docentes y podrían imitar empleados administrativos lo hacen Macri y Vidal, los gobernadores pejotistas podrán evitarse ofender a mucha otra gente que quieren representar, a la que los ingresos no se les incrementan al ritmo de la inflación, mucho menos por encima de ella, desde hace años, simplemente callándose la boca. Después dirán que ellos lo hubieran hecho mejor evitando los paros o algo así.

Vista la situación desde esta perspectiva la conclusión del conflicto en marcha, y que por ahora dejará otra vez a varios millones de chicos sin clases en el comienzo de su curso lectivo, es la opuesta que tiende a extraerse, es que de nuevo que la polarización va camino a fracasar, no a imponerse como lógica dominante.

Y donde se va a resolver la disputa política y pueden resolverse los problemas que nos aquejan será en el centro político. En ese amplio espacio donde de vez en cuando cooperan oficialistas y opositores moderados y se ubica el grueso de la sociedad, que sabe los problemas son complejos, y detrás de los fuegos de artificios de los que protestan y los que les contestan hay poco que sacar en limpio y aprender.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/3/17

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¿Por qué aunque el gobierno la pifia, no cae (mucho)?

Tras la semana del horror, la seguidilla de errores con que el gobierno de Macri pareció inclinado a autoflagelarse días atrás, pudo pensarse que quedaba desmentida la idea de que la coyuntura que vivimos está dominada por rasgos de estabilidad y equilibrio relativamente sólidos. Daba para sospechar que no habría línea de flotación que aguantara para una administración que estaba demostrando tan poco sentido común y sensibilidad política.

Colar un recorte mezquino a los jubilados en el marco de un aumento de los haberes sonaba demasiado absurdo en un momento en que se trata de transmitir la idea de que lo peor ya pasó y viene la reactivación del consumo, y hacerlo junto con el anuncio sin explicación alguna de un arreglo inconveniente para el estado con una empresa privatizada de la familia presidencial, y luego estatizada (también mal) por mala administración no parecía encontrar ya otra lógica que una vocación suicida.

Sin embargo, ¿qué fue lo más importante que aprendimos de la semana del horror? Que este gobierno puede asomarse al abismo por propia voluntad, puede deambular por el borde, sin que encuentre nadie por ahora capaz de empujarlo cuesta abajo. Aunque hay varios que lo intentan, claro, pero ninguno en condiciones de hacerle pagar siquiera los costos que tendría totalmente merecidos.

Que no sucediera nada de eso, que el gobierno pudiera alejarse de la bomba que él mismo se había armado bajo los pies sin mayor inconveniente, con una conferencia de prensa y poco más, fue lo más sorprendente. Y lo que arroja el dato más interesante: efectivamente dominan la situación fuertes rasgos de equilibrio y moderación, muy novedosos para un sistema político más bien caracterizado por lo general por tendencias al desequilibrio.

Ojo, no es que pifiarla una y otra vez no tenga consecuencias. Las tendrá y serias seguramente en el mediano y largo plazo, entre otras cosas porque se desaprovechan tiempo y recursos muy valiosos para consolidar la confianza en el curso de normalización y reformas adoptado. El gobierno podría hacer las cosas mucho mejor de lo que las hace, es indudable. Pero el punto es que haciéndolas como las hace parece poder seguir adelante, sin grandes dificultades en términos de credibilidad o popularidad, sin enfrentar graves conflictos. Y esto se explica porque aunque la situación de escasez y la multitud de problemas a resolver le imponen duras exigencias, otros factores lo ayudan.

Entre estos factores de equilibrio está, claro, el propio gobierno, a veces a pesar suyo. Porque ha logrado ocupar el centro político y construir a partir de él su agenda, controlar no toda pero sí una parte importante de la agenda pública, establecer un método de comunicación y uno para el proceso legislativo. No olvidemos que en esa misma semana de errores y horrores se aprobó la ley correctiva de ART, nada mal.

Aunque los más decisivos como factores de estabilidad son los del ambiente, los que involucran a la opinión pública, a la oposición y demás actores. Todos ellos definen un contexto que no ha variado demasiado respecto de un año atrás, y en los casos en que varió lo hizo a veces a favor del equilibrio más que en contra. Veamos.

1. Ajuste de expectativas: hoy los argentinos se muestran menos optimistas que un año atrás, y menos mal, porque eso permitió desactivar las de todos modos módicas expectativas en una “salida sin costos” que podrían haber inflado peligrosamente la demanda de “resultados ya”, de la mano de errores conocidos cometidos por el gobierno en esa dirección. Este asunto de las expectativas infladas, acotemos, ha sido un problema recurrente de la política argentina. Para poner solo un par de ejemplos, Alfonsín en 1984, cuando la mayoría y también el presidente se convencieron de que el país estaba saliendo de su hasta entonces peor crisis económica, y en verdad recién estaba entrando en ella; y De La Rúa en 2000, cuando ambos de vuelta creyeron que lo mejor de la Convertibilidad estaba por venir y en realidad ese régimen estaba ya con una pata en la tumba. Cosa curiosa, este tipo de problemas signó especialmente a gobiernos no peronistas. Y cosa también curiosa, a Macri lo afecta poco, gracias al actual imperio de la moderación y la matización del optimismo. Macri, se dirá, no entusiasma. Y en efecto es el exponente de una época sin estridencias ni exaltaciones. Representa bien, y en algún sentido mejor ahora que un año atrás, el ánimo de una sociedad que mayoritariamente sabe que las cosas son complicadas y resolverlas llevará tiempo.
2. Fragmentación opositora y predominio público del rol contradictor de la ex presidente. Si ella hubiera moderado su actitud desde el comienzo ahora podría poner mucho más en aprietos a Macri. Pero no hay caso, es incapaz de aprender de sus errores. Y por ello brinda indirectamente un gran servicio a la moderación, el equilibrio, a la democracia misma. Mientras siga batallando por la resistencia y la división del PJ, y a esta altura parece que no puede hacer otra cosa, aunque sindicalistas y gobernadores se muestren renovados estarán en problemas para recoger en la sociedad y en las urnas mayores apoyos.
3. Limitaciones de Massa: cuando el tigrense vio que la colaboración no le rendía hizo varios intentos de diferenciación, que tampoco funcionaron: la ley de empleo bien al comienzo, con la que buscó congraciarse con los gremios y terminó en veto y triunfo de Macri; la ley de emergencia aduanera con que buscó congraciarse con empresarios mercadointernistas, que terminó en su exclusión del mini Davos y pasó sin pena ni gloria por el Congreso; y el peor de todos, la ley de corrección de Ganancias, con letra y números de Kicillof, un mamarracho que logró se aprobara en Diputados y los senadores tuvieron que desactivar. Esta frustración de Massa ¿prueba que hay polarización gobierno-oposición y no espacio para la moderación? No. Prueba que él tiene problemas para ser confiable en el rol que la situación le reclama, y no puede por ello potenciar el lugar vacío que ocupa desde 2013, potencialmente muy amplio, mucho más que el acotado feudo bonaerense del que no casualmente sigue dependiendo. ¿Stolbizer podrá sacarlo de ese intríngulis? Difícil.
4. Papel de los gobernadores. En épocas de crisis del PJ nacional ellos son el poder decisivo y necesitan provincializar sus estrategias para sobrevivir. Por lo que muy probablemente también provincialicen sus campañas electorales. El gobierno exagera un poco con los beneficios que espera obtener de esa relativa indiferencia a la competencia por bancas nacionales, pero hay algo cierto, si el kirchnerismo está condenado a perder unas cuantas bancas, y Massa a seguir encerrado en Buenos Aires, ¿a quién tiene que ganarle, a un aquelarre sin jefe, sin ideas comunes y encima con muchos nombres distintos? Podría alcanzarle con ser el que menos pierda.

En este marco Macri podría rescatar el vejo apotegma de Perón, no es que seamos muy buenos, es que los demás son peores. Y aprovechar que tiene fácil nacionalizar su campaña. Apelando a los lógicos temores de la sociedad en una situación como la reinante: precisamente porque la estabilización aun no dio pleno resultado, ni mucho menos cabida a una potente recuperación, “no cambiemos de caballo en medio del rio”, “no tiremos por la borda el esfuerzo hecho para normalizar el país”, “dennos tiempo y no confíen en los cantos de sirena ya conocidos”, etc..

Claro que para poder venderse como “los menos malos” tienen que dejar de cometer errores tontos y alevosos. Y eso en algunos terrenos como el de los alicientes al consumo es fundamental porque ellos los muestran como “más de derecha de lo que pretenden ser”, abonando el argumento de que si los dejaran harían una política socialmente más insensible, por lo que convendría cortarles las alas, por ejemplo debilitándolos en las legislativas.

Aclaremos que esta idea de que si tuvieran margen harían más cambios drásticos en algunos terrenos, por ejemplo empleados públicos, no es incompatible con las preferencias de sus votantes efectivos o potenciales, pero en otros casos sí lo es, por ejemplo en el tema tarifas o jubilados. Así que sería bueno que el oficialismo se esmerara por aclarar en qué casos y para qué quiere tener más respaldo.

Pero antes de eso, a la hora de evitar nuevos errores y moderar sus costos es claro que ya no puede seguir recurriendo al argumento inicial de la escucha, “estar atento” no alcanza, tampoco alcanza con descargar culpas en funcionarios de segunda línea, como son hoy la mayoría de los ministros y los secretarios. Hay un problema en el centro del mecanismo de poder, una falta de análisis de riesgo político de las decisiones y más en general falta de control político del proceso, que sólo se puede reparar con cambios en la Jefatura de Gabinete; tal vez una oficina específica de análisis de riesgo o algo parecido, a falta de funcionarios individualmente capaces de resolver el problema.

Contra lo que conspiran evidentemente algunos rasgos del presidente, para nada moderadores ni equilibrados. Fue él, según todas las crónicas, el último en ceder y aceptar que había que retroceder con el Correo y las jubilaciones. Es él quien parece ser ciego a los vicios de sus amigos y promover así una peligrosa sensación de riesgo y orfandad en los demás y un microclima algo enajenado. Del que surgen frases como las que la Jefatura de Gabinete quiso comunicar en medio de la crisis: “no nos entienden”, “estamos dolidos”, “estamos desbordados por el trabajo y la sociedad espera que nos volvamos Suiza o Chile en un santiamén”, todas expresiones propias de reformistas frustrados que para nada lo ayudan a recuperar la golpeada confianza.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/2/17

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Milani, el kirchnerista extremo

El general César Milani, más que Guillermo Moreno, más que Milagro Sala o incluso Hebe de Bonafini, representa el extremo al que pudo llegar el kirchnerismo si se lo dejaba actuar a voluntad. Porque Milani expresa mejor que nadie la dinámica de constante radicalización y el desborde más allá de todo límite en el uso del poder del estado que caracterizó al movimiento con que él supo identificarse.

Que termine preso por crímenes de lesa humanidad cometidos durante los años setenta revela, así, hasta qué punto llegó la mímesis entre el kirchnerismo y el peronismo de aquellos años, ese del que se solía decir que había logrado que hubiera peronistas “a ambos lados de la picana”. Y también demuestra que si esta vez el populismo virulento no produjo tantos daños al país como entonces hay que agradecérselo al ambiente en que actuó, a los límites infranqueables que el entorno social, político e institucional le opuso, antes que a alguna autolimitación o dinámica moderadora nacida de su interior.

En estos días muchos se preguntan por qué Cristina promovió a la jefatura del Ejército al general ahora detenido por secuestros, si lo hizo a sabiendas o no de sus antecedentes, y por qué lo defendió tan fervorosamente cuando se empezaron a conocer cada vez más evidencias de sus crímenes. Seguramente esas actitudes tienen varias explicaciones, y todas son más o menos convergentes a una conclusión fundamental sobre el propio kirchnerismo.

Por un lado, Milani ofrecía a la entonces presidente la entusiasta colaboración con sus planes políticos de los servicios de inteligencia del Ejército, que él se había esmerado en perfeccionar, y que es casi lo único que el Ejército se especializó en hacer en la última década y media. Por lo que sería bueno saber, de paso, quién controla esas actividades en la actualidad. Arribas seguramente no.

Por otro lado, el solícito general le garantizaba a Cristina una lealtad con su liderazgo y su sector que ningún otro aparato de inteligencia ni de seguridad estaba en condiciones de ofrecerle. Debió ser más o menos por esos mismos tiempos en que Milani llegó a la cumbre de su poder, principios o mediados de 2013, que las sospechas de deslealtad de Stiuso se multiplicaron. Un burócrata experto en sobrevivir a los cambios de ciclo político dio paso así a un cruzado de la causa. Toda una señal de cómo el kirchnerismo buscaba asegurar su continuidad en el control del estado partidizando hasta sus áreas más críticas y sensibles.

Además Milani le permitía a Cristina, contra lo que se cree, hacer un pleno uso de su política de derechos humanos, porque el caso llevó al extremo la función que ella siempre había cumplido, ser un instrumento para polarizar la escena política entre el pueblo y sus enemigos liberales y oligárquicos. Algo que Bonafini entendió muy bien, aunque despertó pruritos liberales en algunos otros sectores del alineado movimiento de derechos humanos. Pruritos que de todos modos no fueron más allá de tibias muestras de disconformidad.

Y es que tener a Milani, y a través suyo a todo el Ejército, abrazado a la causa K, continuidad histórica del peronismo revolucionario, debía ser demasiado tentador para la presidente, le proporcionaba una versión perfeccionada del Operativo Dorrego que contraponer a la falsa promesa de unas fuerzas armadas profesionales y “despolitizadas”, para ella nada más que un disfraz de la “reacción liberal” así como lo eran las falsas ilusiones de una Justicia despolitizada, de una prensa profesional, etc. Frente a semejante ventaja, ¿qué podía importar que el individuo Milani hubiera cometido dos o tres deslices contra los derechos humanos en su juventud? Sólo quienes adoptaran una concepción liberal de los derechos humanos, de vuelta, una versión “despolitizada” y falsamente imparcial de los mismos, podían tomarse en serio ese pequeño problema.

Con Milani, en suma, Cristina llevaba el combate contra sus enemigos, los liberales, a un nivel superior. Con él podría ir más allá en el uso de los recursos del estado para eliminar todos los frenos y controles. Podría radicalizar la oposición entre nosotros y ellos y dejar claro que a los amigos todo y a los enemigos ni justicia. Y convencer a propios y extraños que en su horizonte no había espacio para la moderación ni la contención, que iría hasta donde tuviera que ir para preservar su poder.

Claro que nada de eso alcanzó para evitar que un sector del peronismo la abandonara, que parte de los jueces le pusieran freno a sus delirios chavistas, y que los votantes le dieran la espalda. Pero que lo intentó todo o casi todo para seguir adelante no cabe duda. Ahí está Milani para probarlo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/2/17

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Macri se estabiliza en su línea de flotación. ¿Le alcanza?

2017 arrancó con poco que festejar para el oficialismo. Pero también con poco que lamentar. Los cambios de funcionarios quedaron atrás y los días del verano se reparten, unos parecen la confirmación de que lo peor ya pasó y las cosas efectivamente van mejorando, otros lo contrario.
No será seguramente el año del despegue, de la lluvia de inversiones ni del plan de obra pública más impresionante de la historia. Pero tampoco un año de colapso, estallido ni, por tanto, cambio drástico de clima social. Lo más probable es que siga en esta medianía, un poco aburrida por cierto, pero que medido en comparación con las alternativas, un agravamiento de los desequilibrios del hace tiempo consumido ciclo populista o un ajuste draconiano de salarios, empleo, gasto público y alta conflictividad, todavía se justifica festejar. Si es que en verdad esta medianía va a la larga a sacarnos del atolladero, y no estamos simplemente perdiendo tiempo y demorando lo inevitable, podría cualquier objetar desde la sociedad. Y si es ella eficaz al menos para conservar la relativa preeminencia política y electoral conquistada en 2015, agregaría un oficialista inquieto.
Lo cierto es que los pronósticos catastrofistas lanzados desde la oposición más dura, el kirchnerismo y demás, no se verificaron. Las masivas y macizas “perdidas de derechos” denunciadas suenan a gritos destemplados cuando se verifica que tras un año de recesión, devaluación y ajustes drásticos de tarifas, que nadie en su sano juicio puede considerar eran evitables, la pobreza creció tal vez 2%, y se perdieron entre el 1 y 2% de los puestos de trabajo del sector privado. No son buenas cifras para empezar un mandato, está claro, pero ¿es esa la diferencia entre el gobierno nacional, popular con modelo redistributivo y el neoliberalismo salvaje, el cielo era tener 32% de pobres y el infierno tener 34%? Demasiado sonso para tomarlo en serio.
Pero tampoco se verificaron los ultra optimistas de los cráneos del macrismo, esos que durante su primer semestre en el poder alimentaron la idea de salida sin grandes costos, y de que pasados esos primeros seis meses duros iba a salir un sol maravilloso para todos. La felicidad es a veces eso que nos perdemos mientras esperamos que lleguen los días de fiesta.
Como sea, el punto es que en una situación intermedia, gris, con luces y sombras, suele ser donde más definitorio resulta el arte político. Si la economía avanza como por un tubo no hay que esforzarse mucho con los argumentos, las alianzas ni la agenda. Kirchner en 2005, digamos. Si en cambio la economía se derrumba, por más que el gobierno haga muchas otras cosas bien es probable que el resultado no le sonría. Alfonsín en 1987. Estamos en el medio, y ahí es donde los que compiten serán siempre más exigidos. ¿Seguirá pensando suficiente porcentaje de votantes que “la mayor parte de los problemas son heredados”, “hay que darle tiempo”, “comete errores pero se corrige”, etc.? ¿O aun cuando las cosas no hayan ido tan mal se agotará la paciencia, se generalizará el voto arrepentido detrás de la idea de que podemos estar mejor y mucho más pronto por otro camino?
La medianía alcanzada tiene además otras implicancias, también problemáticas para el oficialismo. No es necesariamente una situación estable, pero parece serlo. Y en tal situación puede muy bien generalizarse la idea de que el gobierno no corre graves riesgos de debilitamiento, se ha consolidado. Con lo cual es difícil que vaya a funcionar el argumento del miedo, sea a volver para atrás, o a la ingobernabilidad o a un “salto al vacío”. Como con Menem en 1997, por caso.
Ese podía ser un recurso importante para Macri siendo el suyo un gobierno en minoría, frente a un peronismo siempre oliendo sangre y más todavía si finalmente termina teniendo que lidiar con un juego de pinzas entre Cristina, Massa, Stolbizer y otros más que se anoten. Pero su eficacia disminuye en un contexto en que todos se convenzan de que nada grave puede pasar.
Él tendrá todavía la ventaja de estar en el centro del ring frente a una oposición fragmentada, que no logra disimular sus desacuerdos y desorientación. Y contará con la ventaja de que la medianía también domina los ánimos sociales: los que quieren resistencia o ajustazo son muy pocos, la gran mayoría aunque no está contenta con lo que enfrenta todos los días está aún menos convencida de dejarse llevar por grandes ilusiones. Quien mejor expresa esa moderación sigue siendo Macri.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/2/17

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Milagro Sala y el alma antiliberal del kirchnerismo

Las investigaciones judiciales, aunque lentas, avanzan y cada vez más testimonios y pruebas confirman las prácticas criminales de la Tupac Amaru: desvío de fondos públicos y lavado de dinero, patotas, golpes y amenazas brutales, enriquecimiento de los dirigentes de una entera asociación ilícita, de todo como en botica.

Mientras tanto el kirchnerismo duro, lejos de tomar distancia de lo que parece ya un destino tan inconveniente como ineluctable, se encadena definitivamente a él. No actúa como el viejo peronismo, dispuesto a acompañar a los caídos en desgracia sólo hasta la puerta del cementerio. Se embandera consecuente y fanáticamente en defensa de “la perseguida”.

Tal vez nos ofrezca con ello una gran ventaja a los que creemos en la conveniencia de reflotar la convivencia, la moderación y el liberalismo político. Porque los enemigos de todos estos valores, enceguecidos por la dinámica de radicalización, puede que se incineren en ella.

Pero antes de festejar conviene entender esta conducta, que hasta aquí ha sido el motor de muchos fracasos pero también de una pertinaz supervivencia: el populismo radicalizado, desde Evita a nuestros días, ha venido horadando una y otra vez la vida en común y por más que Sala y otras figuras que hoy lo representan terminen entre rejas es dudoso que eso baste de por sí para deslegitimarlo o siquiera acotarlo. Al contrario, puede seguir alimentando la llama de su pasión: el régimen liberal habrá mostrado una vez más su ejercicio manipulatorio de la “ley” a favor de los ricos, los blancos, los imperialistas, los contrarrevolucionarios, en suma, de los mismos liberales.

Horacio Verbitsky lo dijo con todas las letras en el acto de solidaridad convocado al cumplirse un año de la detención de Sala: “no vamos a cejar hasta conseguir su libertad porque su libertad es la garantía de la libertad de todos”.

Hay una lectura en clave mafiosa de esa frase: “si fracasan en juzgar y condenar a Sala será más fácil detener los juicios contra Cristina, De Vido, tal vez hasta contra López y Boudou, los (nos) salvamos todos, porque habremos salvado el pacto de silencio y complicidad que mantiene vivo el ethos kirchnerista”. Pero hay otra más amplia y relevante: “si detenemos a la Justicia en Jujuy vamos a seguir siendo el contrapoder a las instituciones liberales, capaz de volver a convocar a las masas cuando estas las defrauden”.

La idea puede parecer delirante pero en el pasado funcionó. Es cierto que en escenarios mucho más polarizados y con instituciones republicanas más cuestionadas que los de hoy. Aunque a sus ojos no son situaciones tan diferentes.

Es en estos términos que la estrategia judicial “de ruptura” encarada por los abogados del CELS para defender a Sala adquiere su pleno sentido. La idea tiene larga tradición en la Argentina, la usó la resistencia peronista, la perfeccionaron abogados defensores de presos políticos en los sesenta y setenta y siguió siendo un recurrente instrumento en juicios a “luchadores sociales” en las últimas décadas. Aunque los juicios de ruptura no se inventaron aquí: han sido un modo de usar las instituciones liberales en beneficio de antiliberales radicalizados con o sin calor de masas y criminales políticos de izquierda o de derecha desde hace añares.

Quien más hizo por convertir en doctrina esta estrategia, el abogado francés Jacques Vergès, la usó para defender tanto a líderes del FLN argelino como al nazi Klaus Barbie, pasando por el Khmer Rojo y terroristas como Carlos “El Chacal”. La idea de Vergès es simple: convertir el juicio en una tribuna en que el acusado se convierte en acusador de un sistema injusto, contra el que él lucha con las armas que tiene a la mano para defender un derecho individual pero también otros más amplios y colectivos, que lo unen a todos quienes se puedan sentir perjudicados por ese sistema. Ganando así la solidaridad y la representación de las víctimas da vuelta la acusación, o al menos la deslegitima.

El planteo tiene un par de puntos flacos, claro. Niega a sus víctimas reales y concretas e indirectamente a todos los demás ciudadanos los derechos que el acusado dice defender y a los que apela en su defensa, volviéndose un beneficiario desleal del orden liberal. Y justifica por nobles fines inverificables violaciones bien concretas y documentadas.

No es casual que también Hitler usara este tipo de argumentos en 1923, luego del Putsch de Munich. Aunque su éxito fue entonces político, no judicial. Pudo interpelar así a muchos alemanes frustrados con las instituciones liberales, pero no demostrar que sus actos no hubieran violado esas instituciones, cuya legitimidad él mismo admitía al usarlas para defenderse. De hecho, si no hubiera sido por la vigencia de la Constitución de Weimar era evidente que debió haber sido ajusticiado en el acto en las calles de Munich. Pero lo más importante es que él negó esos mismos derechos a que apeló en su defensa a todos los demás alemanes al utilizar la fuerza para imponer sus ideas, y su condición de minoría (de momento) derrotada no volvía menos abusivo ese acto, como los jueces finalmente establecieron.

Vergès ignoró estas contradicciones sosteniendo que finalmente lo que separa a Bin Laden de Bush es solo una cuestión de escala, aquel usa bombas humanas porque no tiene cohetes teledirigidos ni un estado detrás con el que declarar y practicar su guerra “legítimamente”. Argumento repetido miles de veces por la izquierda K (“Bush es el verdadero terrorista”) y que busca deslegitimar no sólo la lucha contra el terrorismo sino cualquier freno legal a la “violencia de abajo” y en general a las violaciones de derechos practicadas con “fines socialmente transformadores”.

Y que nada inocentemente olvida la diferencia entre que exista o no un sistema legal así como un sistema internacional integrado por estados capaces de regular medianamente la violencia legítima y la apropiación de bienes. Un producto de varios siglos de evolución institucional de la humanidad que no cabe arrojar gratuitamente por la borda y encima para nada. ¿Con qué fin noble y revolucionario se justificaría semejante sacrificio, liberarnos de una supuesta opresión colonial, reemplazar la cultura occidental por la fe de los ayatolas, quitarle a los ricos para crear nuevos ricos?

Hay una versión del kirchnerismo que fue pura simulación: la de quienes usaron su poder para enriquecerse, ir al Casino de Punta del Este y comprar autos y casas mientras se disfrazaban con la pantomima de la izquierda populista.

Pero hay otra aun más dañina: la de los disfrazados de demócratas defensores de derechos que buscaron monopolizar el poder, creyendo en serio en las promesas y métodos del chavismo, y como todos los revolucionarios que aprendieron de putsch fallidos previos pretendieron y seguirán pretendiendo hacer una revolución en todo lo que les convenga usando la ley liberal, y en todo lo que no se pueda actuando en su contra, por encima y por debajo de ella. Estos son los que hoy se reúnen en torno a Sala porque no piensan que nada de lo sucedido en el país desde el ocaso de los gobiernos k los cuestione, todo lo contrario.

Claro que Sala pertenece a los dos grupos a la vez. Y lo mismo Cristina. Pero ante todo ambas son y seguirán siendo los símbolos convocantes de estos últimos. Más allá de que sean condenadas por la Justicia. O con más razón todavía si eso llega a suceder.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 26/1/17

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Un Trump populista difícil de domesticar

Una pregunta sobrevuela en casi todos los debates sobre lo que cabe esperar de la administración de Trump: ¿cuán lejos logrará llegar en su afán por cambiar las reglas de juego y las políticas de Estados Unidos para acomodarlas a sus radicalizadas preferencias?

Es una cuestión que involucra, claro, una cantidad de factores y dimensiones, y a muchos otros actores: ¿hasta dónde querrá ir realmente?, ¿cuán eficaz puede ser la protesta social y una opinión pública que no se presenta, al menos no en todo, muy favorable a sus planes?, ¿pueden cooperar los demócratas con los republicanos moderados para refrenar o al menos suavizar algunas de sus iniciativas?

Y habrá además seguramente respuestas distintas a esa pregunta según el asunto que se trate: puede que en el terreno internacional sus propuestas aislacionistas no alcancen a desmontar un sistema de pactos y reglas que se tardó décadas en construir; en cambio medidas unilaterales de proteccionismo comercial sí probablemente logren implementarse, aunque todavía con menos alcance que el que seguramente conseguirá en el recorte de programas sociales (el Obamacare ya empezó a desmontarse antes de su asunción), de la protección a las minorías y a los migrantes, de los impuestos que pagan los ricos y las empresas.

Se suele decir que no hay que perder las esperanzas de que el todavía muy sólido sistema institucional norteamericano termine domesticando al monstruo. Pero conviene al mismo tiempo atender a al menos dos cuestiones que relativizan esa esperanza.

En primer lugar, que hasta aquí la propensión a subestimarlo ha sido la principal arma de Trump para ganar poder y un serio obstáculo para ponerle freno efectivo a sus avances. Su intuición política ha mostrado ser tan aguda como útil para contrarrestar los tejemanejes institucionales con que se intentó bloquearlo, para empezar, dentro del propio partido republicano, en el que advirtamos que viene logrando un progresivo y muy llamativo alineamiento. Con esa experiencia en su haber, ¿por qué no va a aplicar la misma receta ahora a todo el sistema, y por qué esperar que el resultado sea otro?

En segundo lugar, como todo político populista (en verdad, como todo político en general), Tump apuesta a que la política domine las políticas, y al menos en parte ya lo está logrando: de allí que los cálculos de costos y riesgos respecto a sus iniciativas, que se suponía iban a ser disuasivos irremontables para que muchos republicanos las acompañaran, se vienen desarmando ante los lances públicos extremos con que el ahora presidente los pone entre la espada y la pared. Así, aunque algo de moderación haya, el resultado efectivo terminará siendo mucho más radicalizado de lo que inicialmente podía considerarse esperable, o aceptable.

Y, como suele suceder, la radicalización se alimentará de sí misma. Cuando surjan evidencias de que esos riesgos y costos no eran puro cuento ni obstruccionismo liberal, sino consecuencias inevitables, Trump y los suyos tendrán más motivos para avanzar e ir por más y menos para moderarse. Por caso, si al desmontar el Obamacare además de perder su cobertura de salud unos cuantos millones de pobres, quedan sin trabajo otros cientos de miles, habrá más motivos que antes para que se presione a las empresas que invierten en México a que dejen de hacerlo y cerrar las fronteras, y así sucesivamente.

Los resultados pueden ser bastante peores que con Reagan, además. El crecimiento que se consiga al recortar impuestos será probablemente más acotado y efímero, el impacto social de la distribución regresiva de los ingresos y del gasto público mucho más agudo e inmediato. Pero eso tal vez no alcance a frenarlo, al contrario, puede empeorar las cosas.

Por último hay que considerar una dimensión electoral del problema. Trump tiende a verse como un Roosevelt al revés, un presidente republicano capaz de representar a los trabajadores, a los blancos y también a muchos latinos y negros de clase baja o media baja que venían votando demócratas, y entiende seguramente muy bien que en su capacidad de mantener y en la medida de lo posible profundizar esta transversalidad está la clave de su futuro. Que planea dure ocho años. Por lo que seguramente apuntará a fortalecer la identificación entre sus enemigos políticos y toda esa gente que el americano medio odia, los millonarios progres y pedantes de Hollywood, los LGTB y demás liberales que gravitan tanto en el partido demócrata como en las resonantes protestas callejeras de estos días, pero que electoralmente tienen pocas posibilidades de dejar de ser una acotada minoría. No está claro cómo sigue esta historia, pero puede estimarse en principio que será más difícil para los demócratas despegarse de la imagen que les imprimen esos sectores si como adversario tienen un populista de derecha radical.

Conclusión, el liberalismo político y la moderación estarán en problemas en los próximos tiempos, no en Argentina, en el mundo entero. Enfrentarán un dilema difícil: si se esmeran en calmar los temores y el escepticismo que agitan los populistas sobre la globalización, el multiculturalismo y la solución negociada de los conflictos, confirmarán la imagen que se ofrece de ellos como carentes de convicciones fuertes y por tanto de voluntad para asegurar el orden y defender los derechos de los propios; si en cambio se radicalizan y denuncian a los abusadores y patoteros que demasiado seguido se salen con la suya, se aislarán del votante medio y sus preocupaciones, toda esa amplia masa de votantes que es indiferente a lo políticamente correcto, quiere eficacia, aunque sea brutal, o la quiere más todavía si es sinceramente brutal.

Es en esos mismos términos que se entiende la virulencia con que Trump trata y seguirá tratando al periodismo. Que no parece tampoco encontrar la forma de lidiar con el monstruo. Lo más sorprendente de lo que pasó en su primera conferencia de prensa como presidente electo fue que logró que todos aceptaran que maltratara a un cronista de CNN y le impidiera hacer su trabajo. Como en Argentina de los Kirchner, muchos colegas de la víctima debieron haber pensado “que se la banque, es de la corporación mediática”. Como hay que competir, si le pegan al más grande los chicos en principio festejan. No saben en lo que se meten. Pero además tampoco debían saber qué hacer para frenar al agresor. Si lo que intentaron hasta ahora, despreciarlo, mofarse de él, mostrar sus trapitos sucios, tampoco es que dio resultado.

No por nada Trump gobernará también en este terreno con su versión más radicalizada, su propio 6 7 8 encarnado en Steve Bannon, promotor de un führerprinzip comunicacional que consiste no en otra cosa que en una brutal y constante guerra comunicacional. Que puede servir para legitimar tanto las medidas de “cambio radical” que se instrumenten, como para disimular las muchas o pocas resignaciones que se vean obligados a asumir respecto al menú de campaña. Y también y por sobre todo para monopolizar la enunciación política, disciplinar a los propios y aislar a los adversarios. Algo que conocemos muy bien en estos pagos, igual que en Venezuela, y sabemos que suele ser también un motor de la dinámica de polarización muy fácil de encender y muy difícil de detener.

¿Y nosotros? Siempre a contracorriente. Mientras Trump dice que la política dominará la economía, que la nación y el pueblo serán puestos por delante del mundo y las reglas de juego, que su gobierno será el triunfo de la voluntad, en Argentina, algo cansados de años de abuso del voluntarismo, nos predisponemos a aburrirnos y aburrir a todo el mundo atendiendo a las minucias pedestres de la economía y a los límites que ella le impone a la política. Dicen que para Argentina Trump no será tan malo, acelerará de momento el crecimiento de la primera economía mundial y hasta podrían subir un poco los precios de las commodities o al menos compensar la presión a la baja fruto de la suba de las tasas que se viene para refrenar las presiones inflacionarias. Peor en verdad nadie lo sabe. Siempre es bueno guardar esperanzas, pero no tanto como para ignorar los problemas. Y con Trump los problemas están garantizados.

por Marcos Novaro

publciado en TN.com.ar el 20/1/17

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