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El por qué de la sobrevivencia bonaerense del kirchnerismo

Tras muchos amagues finalmente Florencio Randazzo lanzó su candidatura. Coincidió con un anuncio de pase de Héctor Daer que todos daban por descontado, seguramente planificado. Y con una reincidencia en su habitual torpeza de Máximo Kirchner y sus amigos, que favoreció aun más y en este caso imprevistamente al ex ministro de Interior: los intendentes que se inclinan por buscar listas de unidad, es decir casi todos, se vieron forzados a hacer un gesto de autonomía para no quedar pegados a D`Elía y Sabbatella, y vaciaron el último encuentro del PJ oficial del distrito.
Estos gestos de todos modos no cambian lo esencial: a esos jefes territoriales no les conviene lo que Randazzo pretende, una interna competitiva. Y menos quedar atados a su figura, mientras no despegue en las encuestas. Siguen viéndoslo cada tanto, claro, porque eso les eleva el precio en la dura negociación que mantienen por las listas de unidad con los camporistas. Pero nada más.
Ante esta realidad cabe preguntarse si el proyecto mal o bien reformista para el peronismo boneaerense que quiere encabezar Randazzo no se frustró antes de nacer, y si su decisión de lanzarse a la pelea no llegó demasiado tarde. Él lo desmiente, e insiste en que aunque quede solo no se bajará de la interna. Tiene que transmitir la fortaleza de un Cafiero, el audaz renovador de los ‘80s movido por la imperdonable traición perpetrada en contra suyo y de los afiliados por una conducción envejecida y sorda a toda crítica. Lo mismo que dice Randazzo hicieron con él. Y desmentir cualquier similitud con Carlos Reutemann, a quien infinidad de peronistas soñaron acompañar en la pelea por una superación del menemismo en 2003, pero que en su interminable devaneo los dejó pedaleando en el aire. Aunque le haría bien a Randazzo recordar que Cafiero, e incluso también Reutemann, medían mucho mejor que él en las encuestas en esas ocasiones.
El ex ministro de Cristina debe saber que sus chances son escasas asimismo porque enfrentará a una coalición conservadora amplia. Que puede hacerle morder el polvo con cualquier candidato que lleve al frente, hasta con la deslucida intendenta Verónica Magario, que como toda matancera lidiará con muchas resistencias en el resto del territorio provincial, pero tendrá la ventaja de basar su campaña, igual que planea hacer Esteban Bullrich con Vidal, en la omnipresencia fotográfica de la jefa.
El hombre de los trenes chinos y los pasaportes express puede que consiga de todos modos representación de minoría en las listas, y con eso se conforme. O puede soñar con repetir otra lección de Vidal: la que impartió en 2015 sobre la disposición a votar contra de aparatos de ciudadanos hartos de que los lleven del bozal.
De todo este entuerto lo más sorprendente es de todos modos otra cosa: ¿por qué el kirchnerismo que está en extinción en todos lados, incluso en Santa Cruz (es una incógnita qué sucederá en San Luis pero se descuenta que las declaraciones de amor de los Sáa a la ex presidenta valen tanto como sus declaraciones de impuestos), resiste todavía en el principal distrito del país?
Parte de la explicación puede residir en las características sociales de la provincia y los recursos que en su momento la nación destinó a ella: el conurbano concentra el mayor número de pobres, voto duro del peronismo, y es junto a la Capital donde se focalizaron los subsidios a los servicios, que el gobierno de Macri ha recortado y amenaza con seguir limitando. Sin embargo la situación de empleo y consumo no se ha deteriorado tanto, o tanto más que en otros lugares, como para que alcance esta explicación. Los subsidios fueron quitados a sectores medios, pero no a los más bajos, que reciben la tarifa social. Así que hay que buscar otras razones.
Para empezar, están los errores de los autopromocionados renovadores. Randazzo perdió demasiado tiempo esperando una aclamación que nunca llegó de un peronismo que él supuso no iba a tener más alternativa que colgarse de su faldón. Doble error. Dejó pasar así infinidad de ocasiones para diferenciarse, explicar sus objetivos y mostrarse como constructor de una nueva corriente y challenger de las anteriores.
Segundo, en la provincia el kirchnerismo se esmeró en serio, desde muy temprano, en desarrollar su armado territorial y una base de apoyos directos y personalizados. Y ese armado y esta base social sobrevivieron bastante bien al 2015. El primero, porque no depende de decisiones que puedan tomarse en la nación, ni siquiera en la gobernación. Está sostenido en concejalías e intendencias con acceso a recursos locales o intermediarias obligadas de recursos provinciales o nacionales. Y la segunda, la base social, porque es el distrito de Cristina, donde su vínculo personal con sectores populares se mantiene a flote, ante las dificultades de sus competidores peronistas y oficialistas (incluido el propio Randazzo), de hacer mella en esos corazones. Las encuestas son elocuentes: en el interior del país, incluso en los sectores populares, el rechazo a su figura casi duplica el que se registra en el conurbano. De allí que los intendentes más o menos autónomos además de lugares en las listas le reclamen al kirchnerismo otra condición para acompañar la unidad: que Cristina sea la candidata, y no los condene al mediocre resultado que en las elecciones generales obtendría cualquiera de sus delegados.
Y por último cuenta también el factor Massa. El cisma protagonizado por él y el FR desde 2013 y que sigue pesando fuerte en el peronismo bonaerense, pese a todos los problemas de esa fuerza, quita incentivo y sustento interno a una candidatura renovadora en el PJ. Y determina que el grueso de los intendentes prefiriera seguir con el caballo del comisario antes que arriesgarse a una nueva disidencia. Ahora que la fuerza de Massa volvió a ser una expresión puramente distrital, más todavía: como el tigrense tendrá que concentrar sus esfuerzos en mantener los apoyos que le quedan en su propio distrito, se volvió aún más desalentador el panorama para conseguir respaldo a nuevas divisiones en su partido de origen, visto que sería repartirse entre más un número limitado de votos y espacios.
De allí que muy razonablemente Randazzo haya puesto esfuerzos en seducir a los dubitativos del FR, incluso más que a los jefes locales leales al PJ, y de allí, que frustrado en gran medida ese intento esté volviéndose el jamón de un sándwich que otros planean masticar.
Dada esta excepcionalidad bonaerense no tiene sentido sacar conclusiones generales sobre el posible éxito de Espinoza, Magario y la propia Cristina en cerrarle la puerta a los que quieren cambio en su partido. Lo único que ello anticiparía es que la renovación avanzará, pero los peronistas del principal distrito se subirán los últimos a ese tren, y en consecuencia ocuparán, como en otras ocasiones, los vagones menos relevantes de la futura nueva conducción peronista. Cuando ella se arme, y habrá que ver cuánto tiempo falta para que eso suceda (seguro, bastante más que en los años 80s).

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/5/17

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El método oficial para meterse en problemas, y salir de ellos

La escena se repite en distintos terrenos y asuntos de la agenda pública, así que a esta altura puede hablarse de una regularidad, un método. Que el gobierno practica a sabiendas o sin querer, váyase a saber; pero en cualquier caso signa su gestión y él parece sentirse cómodo con que así sea.

En enero fue la pretensión de mover un par de feriados políticamente sensibles, el 24 de marzo y el 2 de abril; en febrero, la negociación por el Correo; en marzo, la huelga docente y escalada de movilizaciones sindicales y sociales en general; abril fue más calmo, pero igual estuvieron los despidos en el INCAA y el escándalo del comisario Potocar; y en mayo pasó lo del fallo del 2X1 de la Corte.

Hay por supuesto diferencias importantes entre los distintos episodios, algunos son muy graves y otros no tanto, o son a la vez una cosa y otra para distintos públicos. Pero todos tienen en común un mismo formato, atraviesan una misma secuencia de pasos, que es aproximadamente la siguiente:

1. El gobierno, por acción u omisión, en cualquier caso por falta de previsión, de coordinación y/o de políticas definidas sobre temas relevantes, se mete en un problema que bien podría considerarse evitable. Desata un conflicto que lo hace parecer frágil y sin recursos frente a actores gravitantes y con poder para bloquearlo. Dejando flancos abiertos para la crítica de quienes quisieran que le vaya bien, pero empiezan a dudar de que sepa lo que hace y lo que quiere.
2. La oposición dura se apresura a tomar la iniciativa para hacerle pagar al gobierno todos los costos políticos posibles por su error y sus déficits. Moviliza sus bases, siempre muy dispuestas a responder a sus líderes, tratando de arrastrar detrás a sectores más amplios, radicalizando el conflicto con un planteo radical, acabar con el gobierno “de la derecha” cuanto antes. Es decir, antes de que esos líderes terminen presos.
3. Los opositores moderados, los periodistas y demás grupos influyentes intermedios se asustan, temen quedar atrapados por la polarización, y entonces algunos imitan a los duros, otros se repliegan; en conjunto logran que sus miedos se confirmen y quedan desdibujados.
4. Pasadas la agitación y la histeria iniciales el gobierno reacciona bastante bien a la presión del ambiente, y concibe una salida ahora sí política y más o menos acorde a las premisas moderadas que lo definen, y que conforma a parte importante de la opinión pública y a al menos algunos de los actores afectados. Aunque en ocasiones cediendo también ventajas en términos programáticos.
5. El oficialismo se recupera en las encuestas y recupera credenciales como solucionador/moderador de conflictos. Se convence de que no hace falta cambiar nada importante, que la polarización y lidiar con los problemas caso por caso le convienen y le alcanzan. El ciclo se reinicia.

¿Qué aprendemos de estos ciclos? Que este gobierno puede tener cierta propensión a meterse en líos evitables, pero sale bastante indemne de ellos. Y sigue adelante. Pierde oportunidades de hacer mejor las cosas, de controlar más firmemente la agenda pública e imponerse con más claridad en términos programáticos. Pero, ¿qué sentido tiene lamentarse de lo que no es? Y lo cierto es que no hay incentivos de momento efectivos para que corra riesgos emprendiendo una reforma complicada de sí mismo o de su entorno, y para cambiar un sistema que mal o bien funciona. Dos corolarios.

Primero, el gobierno no aprende mucho de sus errores, dada la dinámica imperante: se convence de que se sale con la suya, sin mayor esfuerzo, y de que lo logra por mérito propio. Cuando en verdad le debe más de lo que quisiera reconocer al contexto y a los favores involuntarios que le prestan otros.

Segundo, en algún momento las cosas cambiarán, y cuándo y cómo eso suceda escapa al control del oficialismo: depende de que surjan actores más desafiantes en la oposición, y de que la sociedad se canse del método de “gobernar por aproximación” que por ahora la conforma.

por Marcos Novaro

publicada en TN.com.ar el 14/5/17

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La responsabilidad del gobierno en el “2X1”

La que le atribuyen los fabuladores de la oposición seguro no es. Ellos difunden la idea de una entente entre curas reaccionarios, jueces liberales y una gestión heredera de la dictadura, toda gente horrible cuyo fin sería la impunidad (disfrazada de reconciliación, como en los noventa) y su primer paso el reciente fallo de la Corte. Ignorando que igual criterio se usó en un fallo de 2013, en pleno kirchnerismo, y lo promoviera para más de un caso Raúl Zaffaroni. Y el hecho de que el gobierno de Macri careció de una postura unificada y precisa al respecto, y dejó al menos al comienzo que cada funcionario opinara lo que le parecía. Lo que revela que más que un oscuro y cuidado plan oficial al respecto lo que hubo de su lado fue falta de previsión y de política. Igual que con las tarifas un año antes (¿para cuándo la curva de aprendizaje?).

Como política de derechos humanos no hay, pero estas cosas pasan y seguirán pasando, el gobierno queda cada tanto en off side, pagando costos por lo que no hace. Tal como con otros asuntos, la oposición insistirá en que hay que movilizarse para detener el “avance de la derecha”. Para cuando el oficialismo aclare que no pretendía tal avance ya será tarde, porque aquella podrá decir: “¿vieron?, los frenamos, sigamos así hasta que se vayan”.

Hay por otro lado ciertas decisiones iniciales que sí comprometen al Ejecutivo. No puede desentenderse del “cambio de clima” en la sociedad y en los tribunales que dio marco al fallo; menos desde que él nominó a dos de los supremos que lo impulsaron. De allí que la pretensión oficial de sacarle el cuerpo al pasado, evitar la discusión sobre derechos humanos y el trato que merecen los represores, se revele tan inconducente.

La posición de Rosatti, Rosencrantz y Highton es, a este respecto, tanto una señal de independencia de los tribunales como de las crecientes tensiones entre lo jurídico y lo político que de ella derivarán. Y para peor ella no estará sola. Se sabe que ha habido muchos abusos procesales en juicios a represores. Cuyas denuncias incluso han llegado a la CIDH. Aunque seguro no encontrarán allí ni un ápice del eco que logran los planteos de los organismos: nadie quiere darle bolilla a estos tipos, algo políticamente comprensible, aunque jurídicamente indefendible. También se sabe que a la corta o a la larga algunos de esos casos de negación de derechos llegarán a la Corte. ¿Qué hará ella entonces? ¿Y qué hará el gobierno al respecto? ¿Se comportará con la imprevisión de estos días, o como con el 24 de marzo, que primero quiso mover con criterios turísticos y nulo olfato político y vistas las reacciones generadas decidió ignorar para el resto de su mandato?

Sería razonable que empiece por explicar qué significa para él la afirmación de que los derechos humanos son una política de Estado: de qué modo y para qué fines pretende que el mayor número posible de argentinos compartamos una revisión crítica del pasado y una garantía de que no serán tolerados abusos contra esos derechos.

Y para lograrlo volver a Alfonsín no sería mala idea. Él tuvo que aceptar límites, sobre todo por inviabilidad política, a la persecución de los responsables de la represión ilegal. Y se planteó entonces como prioritario que los juicios que se pudieran hacer no sólo castigaran los más graves delitos, sino sobre todo aseguraran los principios republicanos básicos, rechazo a la violencia facciosa, respeto a la ley igual para todos, imperio del derecho por sobre las banderías políticas. Hoy que la viabilidad política de los juicios no tiene límite alguno todavía esos principios distan de estar asegurados. El derecho sigue aplicándose muchas veces con criterios extrajurídicos: a unos les damos prisión domiciliaria a los 75 años y a otros no, a unos se les respetan las garantías procesales, y dejamos que las usen para estirar Ad eternum sus juicios, a otros nada.

Parece que la Corte se abocará a corregir algo de esto. Por lo que enfrentará resistencias de todo tipo. Y puede que cometa errores en el camino (mucha sensibilidad política tampoco tiene, sólo que en su caso eso puede disculpársele). Lo que no se sabe es si el Ejecutivo va a ayudarla o va a mirar las encuestas antes de opinar y luego actuar de modo que el barro de la historia lo ensucie lo menos posible.

por Marcos Novaro

publicado en lanación.com.ar el 11/5/17

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Si naufraga Randazzo, ¿resurge Massa?

La polarización funciona bastante bien en la escena política. Los problemas que enfrentan Randazzo en la oposición y Lousteau en las inmediaciones del oficialismo lo demuestran. Pero su eficacia en la sociedad puede ser mucho más acotada de lo que se piensa.

Y es que entre los votantes siguen predominando la moderación y los matices: la mayoría de los que acompañan al gobierno dudan de muchas de sus decisiones; lo que explica, entre otras cosas, que la imagen del presidente sea bastante mejor que la de su gestión, en particular la económica; mientras que entre quienes se definen como opositores una gran parte espera que surjan figuras e ideas nuevas y poco se identifican con el “vamos a volver” de los camporistas.

En el medio, los que se decidirán a último momento entre votar a favor o en contra no sabemos bien qué criterios van a usar para hacerlo (¿el atractivo de los candidatos, noticias de última hora sobre la economía o sobre la lucha contra las mafias y la corrupción?) pero sí que alcanzarán para inclinar la balanza en una dirección u otra.

Curiosamente este cuadro da por ahora más y no menos motivos para que oficialistas y opositores duros insistan en polarizar la escena: porque necesitan desalentar disidencias, alambrar sus cotos de caza electoral, mostrar seguridad y convencimiento sobre el rumbo que conviene seguir ante electores que no están muy seguros de nada. Y de momento pareciera que se salen con la suya: Macri creció en las encuestas desde febrero-marzo, y Cristina, aunque perdió apoyo social, parece tener ahora más chances de controlar la interna del PJ bonaerense que en aquellos meses.

Aunque por las mismas razones que esto funciona en la escena, a sus beneficiarios les sería conveniente moderar este juego ante la sociedad. Él no va a alcanzar de por sí a asegurarles el éxito, para seducir a los dubitativos necesitarán ante todo de los matices; y el problema es que hacer las dos cosas a la vez, polarizar y matizar, se complica.

Es cierto que Cristina y Macri seguirán siendo en las elecciones que se acercan las dos principales atracciones para las audiencias. Pero parece que ninguno de los dos será candidato. Y ninguno entusiasma lo suficiente para trasladar automáticamente sus apoyos a los portaestandartes que elijan. Un cuadro poco definido de preferencias electorales como el que resulta de todo ello los obliga a atender a los insatisfechos. Pero el margen que se han dado para hacerlo es limitado: así lo demuestran al descartar compulsas competitivas en las PASO de los distritos decisivos. Con resultados hasta ahora dispares, porque el gobierno avanzó mucho más que la oposición en resolver este asunto.

El kirchnerismo busca frustrar las internas abiertas en provincia de Buenos Aires forzando una lista de unidad que incluya a parte de los intendentes disidentes y anule la amenaza que representa Randazzo. Quien todavía se resiste a acomodarse a esa situación, creyendo tener margen para presentarse de todos modos. Cambiemos, mientras tanto, ya resolvió lo esencial de esta discusión al nominar a Carrió en la ciudad, con lo cual al mismo tiempo despejó el terreno bonaerense para que los que monopolicen esos votos sean Macri y Vidal, y dejó fuera a Lousteau. Quien facilitó bastante las cosas con su apresurada voltereta desde Washington, cuyo efecto inmediato fue la fractura del radicalismo: Para muchos porteños que buscan matices serán más que suficientes los que ofrezca la estentórea líder de la CC-ARI, que seguirá despotricando contra los ministros o hasta el presidente cada vez que algo le disguste.

¿Por qué Randazzo no puede lograr algo parecido en el peronismo de su distrito? Simplemente porque allí está en juego otra cosa: la continuidad o no del liderazgo de Cristina, punto que divide fuertemente a dirigentes, militantes y votantes. Aunque no en las mismas proporciones. Y ante este conflicto encima Randazzo se comportó más como Lousteau que como Carrió: midió mal sus recursos y sus tiempos y cuando se decidió a actuar perdió la mitad de los apoyos que daba por descontados.

De las tres opciones que tenía a su alcance meses atrás, romper con el PJ de Espinoza, negociar una lista de unidad con Cristina o competir con ella y su gente en las PASO, ya las dos primeras quedaron descartadas y para encarar la que le resta tiene menos recursos y tiempo de los que necesita. Pero tal vez de todos modos lo intente, en la expectativa de que la ex presidente no pueda influir demasiado en los votantes y sus delegados hagan un papel deslucido. Lo que conociéndolos no sería de extrañar.

Sus chances de todos modos son escasas y lo más probable es que termine por desistir, volviendo a ensayar lo que le funcionó en 2015: esperar a que el peronismo fracase de la mano de sus adversarios internos y los heridos vuelvan a rogarle que regrese de Chivilcoy para salvarlos.

Las chances de que Randazzo se retire crecen también porque no es el único que juega a que se repita lo sucedido hace dos años: es la apuesta del oficialismo, claro, y es también a su manera la de Massa, sólo que en su caso trata de ofrecer una versión mejorada de sí mismo, una que atienda ante todo a esos matices que los dos contrincantes de la polarización puede que no tengan suficientemente en cuenta.

Si macristas y kirchneristas se parecen demasiado a sí mismos y frustran la expectativa de quienes quieren verlos renovándose, corrigiéndose y mejorando, al condenarse a proponer y decir más o menos lo mismo que dos años atrás, puede que le den una chance a quienes se especializan en los grises y venían hasta aquí de capa caída. Será para ellos un regalo inesperado: la polarización los habrá beneficiado más que perjudicado. Y otra prueba más de que entre los votantes ella no termina de funcionar.

Massa no hace otra cosa que quejarse de los demás, diciendo que la polarización fue concebida para perjudicarlo, pero lo cierto es que su desempeño en las encuestas venía declinando desde bastante antes de que Macri y Cristina volvieran a monopolizar la atención pública, a comienzos de este año. Ya durante la segunda mitad de 2016 el massismo se fue diluyendo, en gran medida debido a la desconfianza que despertó su líder con volteretas solo superadas por las de Lousteau: pasó de ir a la Davos de Suiza abrazado a Macri a impugnar y autoexcluirse del mini Davos de Buenos Aires, proponiendo una emergencia aduanera que solo sirvió para ganarse el rechazo de los potenciales inversores externos y locales; luego volvió a votar proyectos del Ejecutivo hasta que se le ocurrió firmar con Kicillof una reforma de Ganancias que de tan absurda tuvo que ser frenada por los propios senadores del FPV. Si esos son los matices que expresa la “avenida del medio” massista, confirmarían que es mejor conformarse con lo que hay.

Ahora pareciera que, con la ayuda de Stolbizer, recuperó un mínimo sentido común. Y gracias al declive de Randazzo puede volver a atraer a sindicatos y dirigentes territoriales ansiosos de tener una alternativa.

En ese marco la promocionada idea de una rebaja de precios sonó mejor que sus iniciativas anteriores. Y golpeó en uno de los flancos que más duelen al gobierno: los precios siguen subiendo y lo seguirán haciendo al menos hasta junio por arriba de las previsiones del Central, que igual insiste en alimentar la bicicleta financiera en perjuicio de la inversión productiva y el consumo.

Hay allí una diferencia que Massa sin duda podrá trabajar provechosamente frente a votantes peronistas y opositores en general, y también frente a sectores medios dubitativos frente al gobierno. Sobre todo si éste insiste en no hacer de la economía el eje de la elección, algo que podría considerarse temerario si no fuera clintonianamente estúpido, y del lado del PJ se hacen oír solo lamentaciones nostálgicas por haber abandonado el supuestamente pujante “modelo” anterior.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 7/5/17

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¿Hay salida para Santa Cruz?

Hace uno o dos meses desde la oposición salvaje se especulaba con que el “país real” se sublevara en cualquier momento contra Macri, con que las protestas se multiplicaran y encresparan en la capital y alrededores hasta que la situación se le fuera de las manos, y o bien decidiera reprimir para retomar el control, con lo cual su identificación con la dictadura quedaría consagrada, o bien se negara a hacerlo y perdiera el apoyo también de los sectores que desean antes que nada orden. O mejor todavía hiciera ambas cosas a la vez, como De la Rúa, reprimiera pero sin controlar la situación, quedando deslegitimado ante tirios y troyanos.

Nada de eso sucedió. Las aguas de la protesta social retrocedieron luego de que la CGT hiciera su huelga general sin avalar los piquetes y sin anunciar ninguna nueva acción, ni mucho menos un plan de lucha. Y en cambio lo que estalló fue Santa Cruz.

Los problemas del distrito de origen del anterior “modelo” vienen de lejos. Y no porque le falte dinero, sino porque lo usa siempre muy mal.

Fue una de las provincias que más recursos recibió gracias a las reformas de los noventa, cerca de 1000 millones de dólares sólo por la renegociación de las regalías petroleras, luego muchos más por el apoyo a las privatizaciones, en particular la liquidación de YPF. Y desde 2003 se volvió definitivamente la niña mimada de los gobiernos nacionales: decenas de miles de millones en obra pública, fondos específicos que todos los argentinos pagamos con nuestras boletas de gas, asistencia financiera creciente desde Buenos Aires para sostener una plantilla de personal que no sólo llegó a ser la más grande del país en proporción a la población (48% del total de todos los asalariados), sino también está entre las mejor pagas y las que reciben mayores beneficios y facilidades jubilatorias.

Pero nada de eso alcanzó para evitar que fuera una provincia casi en permanente zozobra, con huelgas prolongadas en 2006, 2007 y a partir de 2012, violentos piquetes de gremios de izquierda y contrapiquetes aun más violentos de grupos de choque oficialistas, varios gobernadores que no terminaron sus mandatos, montones de obras sin concluirse (o siquiera empezarse) y servicios públicos que casi no funcionan. Todo durante la edad de oro del kirchnerismo, la época de las vacas gordas, cuando la plata sobraba y se gastaba allí a manos llenas. Como si se hubiera querido demostrar que el “proyecto nacional” podía ser dañino para sus adversarios, pero podía serlo incluso mucho más todavía para sus adeptos y su “lugar en el mundo”.

Esa situación calamitosa se mantuvo artificialmente a flote en el ocaso de la presidencia de Cristina Kirchner gracias a la transferencia de crecientes e insostenibles partidas de dinero y todavía durante 2016 merced a transferencias que aunque decrecientes todavía siguieron llegando, la suba de impuestos a todo tipo de actividades, desde la venta de pan a la explotación hotelera, y la toma de deuda. Pero era evidente ya que la cosa no daba para más, y este año se inició con la indiferencia de la gobernadora hasta a los más módicos pedidos de aumento de los empleados públicos, la progresiva extensión del retraso en el pago de esos salarios congelados, y la suspensión de todo servicio público, desde la Justicia a la salud, por obra de gremios soliviantados.

Sintetizando, Santa Cruz ofrece una historia y un resultado social e institucional que tienen demasiadas semejanzas con la actualidad venezolana como para ser muy optimistas respecto a una solución rápida y sencilla. Aunque afortunadamente está en un país que no es igual a Venezuela, un país donde todavía hay instrumentos y alternativas para desarmar la bomba institucional, social y económica que se fue allí tejiendo y realimentando.

Curiosamente quienes más rápido e insistentemente han aludido a similitudes reales o imaginarias con el chavismo fueron los propios Kirchner: tanto Alicia como su cuñada y su sobrino se dedicaron en estos días a acusar a la oposición local y al macrismo en general de conspirar para derrocarlos, de estar detrás de protestas cada vez más violentas y “destituyentes” de gremialistas manipulados a través de los medios, de ahogar financieramente a la provincia para aleccionar a través suyo a todos los demás gobernadores y a sus gobernados.

El gobierno nacional, en cambio, aunque discursivamente no se privó de aprovechar las obvias ventajas que ofrecía el berenjenal en que quedaron sumidos sus adversarios más salvajes, algo que no tendría sentido reprocharles, en términos prácticos se orientó más bien a calmar las aguas y buscar soluciones: condenó los desbordes violentos de algunas protestas, ofreció financiamiento a cambio de reformas y un plan de salida, y evitó alimentar la escalada, seguramente para que no se lo ubicara entre los que alimentan el despelote en vez de entre quienes buscan resolverlo.

Rogelio Frigerio tuvo un rol destacado en esta apuesta y no sólo por tener a cargo la cartera de Interior, sino también por el perfil componedor que viene cultivando. El problema es que el acuerdo reformista que está proponiéndole a Alicia tal vez no tenga viabilidad, quede en una expresión de deseo, una mera estrategia marketinera para no aparecer echando más nafta al fuego y salvar la cara.

En suma, la pregunta que hay que hacerse es si existe una salida para Santa Cruz que pueda replicar aproximadamente la opción gradualista que viene imponiéndose a nivel nacional, a través de la cual antes de que todo empeore mucho más se convenza a un suficiente número de santacruceños de que cooperen por el cambio.

El asunto es complicado, y no sólo por la cantidad de dinero que cualquier salida de este tipo insumirá. Sino porque exigirá además paciencia, coordinación y confianza, todos recursos aun más escasos que la plata.

Para empezar, ¿con qué garantías podría contar el gobierno nacional de que las promesas de Alicia de hacer una administración más racional y ordenada no van a quedar en palabras, si para ella firmar cualquier cosa a cambio de recibir ayuda urgente, y después defeccionar, resulta la opción más conveniente? O ¿por qué cualquier empresa habría de invertir en la actividad pesquera, turística o incluso petrolera del distrito, si no se elimina antes el aquelarre impositivo más bien reforzado en los últimos tiempos, y se garantiza una disponibilidad de mano de obra a la que el estado no le siga ofreciendo la alternativa más tentadora de cobrar sin trabajar? Por último, ¿cómo podría impulsarse la obra pública en una provincia donde todas las empresas constructoras terminaron en manos de un ahora inquilino del Servicio Penitenciario, y difícilmente se puedan reabrir o vender o reestructurar a menos que las autoridades locales colaboren en sanear un sistema carcomido hasta la médula por la corrupción?

Que una solución positiva a estos dilemas es posible no cabe duda, y hay que celebrar que el gobierno nacional apueste en este caso a buscarla y no al juego fácil de la polarización destructiva. Pero no hay que engañarse respecto a las dificultades de implementación. Salir del populismo prebendario es mucho más difícil que entrar en él, y Santa Cruz ofrece un ejemplo extremo de esta dura realidad.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/4/17

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El 24 de marzo no merece ser feriado nacional

¿Tenemos claro qué se recuerda los 24 de marzo?, ¿qué comparten el estado y la sociedad como memoria y lección histórica de ese día? En mi opinión para nada. Ante todo, porque esa fecha alimenta la confusión y obtura otras tan o más significativas, que tienden a olvidarse.

Si de lo que se trata es de recordar los males de la intolerancia y la represión salvaje sería mejor evocar el 20 de junio de 1973, día de la masacre de Ezeiza y verdadero punto de partida de la violencia masificada y sin límite. O el inicio del Operativo Independencia, que puso en marcha del plan de secuestros y desapariciones, el 5 de febrero de 1975; o la extensión de dicho plan a todo el país por los “decretos de aniquilamiento” del 6 de octubre de ese año.

Si lo que se quiere recordar, en cambio, es la aplicación un ajuste draconiano de los salarios y del poder sindical, el 4 de junio del `75, lanzamiento del Rodrigazo, merece tenerse en cuenta. Y si se busca hacer memoria del abandono de la política civil y del respeto a la Constitución, bueno, las fechas sobran: elijamos entre el 6 de septiembre de 1974, cuando las guerrillas rompieron la “tregua” poco antes establecida, el 25 de septiembre del año anterior cuando matan a Rucci, o el 16 de octubre de 1975, día en que el peronismo se rindió a la voluntad de Isabel Perón de continuar en la Presidencia a cualquier costo, y se sepultó el juicio político acordado con la UCR y otros partidos.

Los defensores del 24 de marzo como fecha convocante pueden decir que reúne un poco todos esos parciales mensajes, pues marca el “descenso a los infiernos”, el fin de toda esperanza en contener la violencia, el atropello a la constitución y a los derechos de los trabajadores. Lo que es sin duda muy cierto.

Pero, si buscamos esa síntesis y destacar la íntima relación entre el respeto de los derechos y la democracia, ¿qué mejor que recordar no el comienzo si no el final de la dictadura y el regreso del gobierno constitucional?, que coincide, ¡oh casualidad!, con el día internacional de los derechos humanos, el 10 de diciembre. Lo otro es como celebrar las luchas de la independencia en la fecha de Cancha Rayada.

Tan cierto es que el día del golpe es una síntesis de las tragedias de nuestra historia reciente, como que con esa fecha y el mensaje más obvio que la acompaña se bloquea la reflexión sobre cómo fue posible que ese descenso a los infiernos sucediera con la indiferencia o directo apoyo de la gran mayoría de la sociedad, incluidos sus partidos (también el grueso del peronismo, que no veía la hora de que los militares les sacaran la papa caliente de las manos), sus sindicatos (la CGT llamó ritualmente a la huelga, pero ningún gremio movió un dedo para que se concretara) y la propia izquierda revolucionaria (que soñó con una incontenible rebelión popular tras la toma del poder por los militares).

Al hecho de que el 24/3 oculta más de lo que recuerda se suma que funciona, igual que el mito de “los 30.000”, como arma de extorsión: quien la objete es silenciado como “negacionista”, amigo del Proceso, un miserable que no tendría nada útil que decir. Lo que se refuerza en el modo en que se viene recordando, en particular los discursos y gestos que concita desde que los Kirchner la hicieron suya.

Hagamos memoria: el 24/3 fue declarado Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia” en 2002. Pero fue en 2006 que se estableció el feriado, y en 2008 que se lo politizó como mojón del relato K, a raíz de la crisis del campo, desatada al principio de marzo de ese año. Entonces se evidenciaron dos problemas, que no dejarían de agravarse hasta hoy.

Primero, que el kirchnerismo se plantaba sobre la plataforma de los derechos humanos para descalificar a sus adversarios como “personeros de la dictadura”. Así los chacareros y sus piquetes fueron presentados como “grupos de tareas”, “golpistas” y “comandos civiles”, una lacra a extirpar. Y luego les seguirían Clarín y los periodistas profesionales, los jueces y fiscales que no se le sometían, etc.

Segundo, los organismos de derechos humanos no sólo avalaron y festejaron ese uso, sino que le sumaron su propia batería antipluralista y antiliberal: la bandera de los derechos humanos no sería ya de todos los argentinos sino sólo de los que a esos organismos les simpatizaran, empezando por los Kirchner, claro, “nuestros hijos”, como los definieron Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto.

Estos dos fenómenos no dejarían de profundizarse, ni siquiera cuando el kirchnerismo dejó el poder. Y la última celebración así lo demostró. En ella no sólo Bonafini definió a las Madres como una facción de esa fuerza política. Sino que Carlotto y las demás organizaciones, pese a declararse a sí mismas democráticas y no partidistas, lanzaron un sablazo aun más artero contra estos principios, al identificarse no como facción sino como “expresión de todo un pueblo” (con lo cual quienes no nos sentimos representados por su acto ¿qué vendríamos a ser?), y “recordar” a las organizaciones guerrilleras de los setenta y su supuesto esfuerzo por lograr una “patria justa, libre y solidaria”.

Abandonaron así una ambigüedad arrastrada por años, cada vez más a disgusto, con la cual solían recordar la “militancia” y el “compromiso de lucha” de las víctimas de la represión, sin hacer mención ni a la lucha armada ni a organizaciones específicas. Ahora, envalentonados igual que Bonafini frente al enemigo macrista, corporización de la dictadura, esa ambigüedad ya no se justificaría. La lucha de la que hablaban siempre fue esta, la revolución por todas las vías posibles. Y llegó la hora de ponerlo sobre la mesa porque una vez más se espera que de su mano las masas se rebelen y acaben con sus enemigos.

Por supuesto que de todo esto puede resultar todavía algo bueno. Un discurso de los derechos más democrático y pluralista tiene hoy más chance de prender en la sociedad. En la infinidad de actores de todos los signos que no piensan acompañar a los “organismos” en su aventura. E incluso ayudar a disipar la confusión en muchos de quienes siguen marchando los 24 de marzo para recordar el pasado más oscuro, no para repetirlo.

Se despejará en ese caso otra confusión que nos viene torturando desde 1983 entre quienes abrazaron la causa de los derechos humanos y la democracia sólo por las obvias ventajas que ofrece ser “víctima de”, y los que en serio aprendieron de nuestros trágicos años setenta y rechazaron el unanimismo, la intolerancia y la violencia.

La manifestación del 1ro. de abril, que vista a su mejor luz fue una respuesta inesperadamente masiva al último y más virulento 24 de marzo, nos reclama que terminemos con toda esta manipulación y la tóxica extorsión que se escuda tras ella. Para que la democracia argentina vuelva a tener como sustento común una ética de los derechos y no siga por años pidiendo perdón por lo que no hizo a quienes no son leales con sus principios ni cumplen las obligaciones que ella nos impone. No se trata, por eso, de profundizar grieta alguna, ni de descalificar el dolor ni la memoria de nadie, sino del simple y elemental cuidado de lo que nos une a los argentinos.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 27/4/17

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El tentador beneficio de la polarización sana contra Maduro y Parrilli

La dirigencia kirchnerista padece un deterioro ya indisimulable. Fruto en partes iguales de que van quedando en el redil sólo los que no tienen otras opciones mejores, los menos dotados y más enchastrados, o los más fanáticos y necios; y encima esos que quedan muestran cada vez mayores síntomas de enajenación.

Oscar Parrilli es buen ejemplo de todo eso: “A Nicolás Maduro lo critican no por sus errores sino por sus aciertos”, dijo en un reportaje televisivo, “igual que a nosotros” agregó, confirmando una asociación por demás inoportuna e inconveniente que sólo hacían hasta aquí los que más detestan al kirchnerismo.

Y encima Parrilli siguió, muy convencido de lo que estaba diciendo, tratando de explicar que “a los gobiernos nacionales y populares de Latinoamérica los acusan de lo mismo: corruptos. Les generan problemas de alimentos, los medios de comunicación los destruyen y hay una campaña feroz contra ellos”. Para cerrar con que en Venezuela “hay un problema de hambre, pero no es culpa del gobierno”, justo en el momento en que se conocía de otra decena de muertos en protestas reprimidas con implacable brutalidad, en medio de una crisis política, social y económica sin fondo que es encarada por las autoridades chavistas con la ciega y sola receta de la polarización.

Podría creerse, parafraseando a Aníbal Fernández, que Parrilli ya no tiene todos sus patitos en fila. Pero el problema dista de ser personal y también de ser uno de mera índole psiquiátrica. Son muchos los kirchneristas que piensan que el “boicot económico del imperio” es lo que explica el desastre que es Venezuela, igual que antes se explicaban las penurias sin fin de los cubanos. También son muchos en ese campo los que creen que el antichavismo está formado por “bandas fascistas y golpistas” que quieren acabar con la potencia transformadora del “poder popular” supuestamente construido por Chávez y sus herederos, por lo que se justifica hacer cualquier cosa con tal de impedir que se salgan con la suya. Y por último muchos están convencidos de que este enfrentamiento a muerte que abiertamente tiene lugar en Venezuela en estos días es en esencia el mismo que, aunque en forma algo más disimulada y por ahora incruenta (hasta que estalle la guerra civil pronosticada por Brienza, Cerruti y compañía), se da en el resto de la región entre los “nacionalpopulares” y sus enemigos, los “neoliberales”. Venezuela, por tanto, lejos de desalentar por sus malos resultados las recetas y analogías usadas hasta aquí por el kirchnerismo, tanto en el gobierno como en la oposición, sería todavía ahora la prueba de su acierto, de que no hay otra opción que insistir en ellas o rendirse frente al mal absoluto.

Frente a semejantes muestras de estulticia, ¿cómo no ceder a la tentación de ejercitar una “polarización sana” contra ese enemigo soñado, uno que en cada gesto que hace regala sin advertirlo indulgencias para cualquier error o falta propia?

Encima todos los días se mandan una nueva. Y casi cotidianamente llega desde el desafortunado país caribeño la noticia de otra burrada chavista. Mientras los militares, la policía y los servicios cubanos sigan sosteniendo a esos sujetos en el poder es seguro que este insumo seguirá llegando y generando aleccionadora alarma entre nosotros. Y mientras más acorralados se sientan por las investigaciones judiciales y el aislamiento político sus parientes locales también es seguro que ellos insistirán en sus planteos a la vez amenazadores y ridículos.

La mesa está servida, por tanto, para que aunque pase el tiempo desde que ese peligro real o imaginario se evacuó, cobre más fuerza en vez de apagarse el fantasma de “lo que hubiera pasado si los kirchneristas se salían con la suya”, el “cómo nos salvamos de volvernos Argenzuela”. Y por tanto más combustible recibirá la estrategia electoral más simple y barata al alcance del macrismo: polarizar con la patética secta en que va convirtiéndose el otrora amenazador populismo radicalizado argentino.

No hace falta decirlo: Argentina no es ni tampoco pudo haber sido si no remotamente otra Venezuela. Ni siquiera en su momento de mayor gloria y de haber acertado en todas sus iniciativas radicalizadas los kirchneristas tuvieron muchas chances de hacer una revolución comparable. Pero eso es materia de debate histórico, no es lo que cuenta para las estrategias políticas aquí y ahora. Y es indudable que para un gobierno moderado y con escasos recursos a la mano, obligado a administrar por largo tiempo la escasez, como es el macrista, no hay mejor opción que polarizar con estos tigres de papel que se queman solos. Eso está fuera de discusión.

El problema es otro: es cuáles son los costos de abusar de esta estrategia, de insistir en definirse simplemente como “los que evitaron lo peor” y en función de la alternativa entre seguir por el camino que vamos o “volver a lo peor”, como ha dicho Jaime Durán Barba, que hay que elegir entre el presente y el pasado.

Esos costos existen y no es bueno ignorarlos. Para empezar, los hay electorales: no es indiferente que la oposición que se fortalezca sea moderada y acuerdista, o radicalizada y antisistema; tampoco es seguro que los votos propios por esta vía se van a maximizar y por tanto es la mejor forma de mantener la preeminencia e incrementar los recursos institucionales en manos del oficialismo, bien puede suceder que de todos modos el cuadro general no cambie demasiado respecto a 2016, y encima para adelante haya que lidiar con opositores aun más indispuestos a ayudar. Punto en que se pueden conectar los costos electorales con otros institucionales y hasta económicos: ¿cuántas reformas se están demorando sin necesidad por haber desactivado el Congreso, que tantas leyes aprobó el año pasado de la mano de la oposición no kirchnerista?; ¿cuánta incertidumbre económica hacia el futuro se crea al agitar el fantasma de “la alternativa es volver al pasado” y en alguna medida hacerla sino más factible al menos más creíble al levantar el alicaído perfil de una oposición virulenta y socialmente poco representativa?

Venezuela es en serio una tragedia sin fin, sin duda la peor de las últimas décadas en la región. Pero agitarla para consumo local no es un remedio sin contraindicaciones para nuestros problemas. Ni lo va a ser para un gobierno que está urgido a definir de mejor manera su identidad, su programa, y explicarlo clara y razonablemente a la sociedad a la que pretende administrárselo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/4/17

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¿Sturzenegger hará que Macri pierda la elección?

En agosto de 1979, tras varios años de inflación en alza, fruto de la crisis del petróleo y de presupuestos cada vez más desequilibrados, Jimmy Carter nombró a Paul Volcker al frente de la Reserva Federal, la que inició un drástico programa de restricción monetaria: para el momento en que Carter debió disputar su reelección, fines de 1980, las tasas de interés habían tocado un máximo de 21,5%, algo nunca visto ni antes ni después en Estados Unidos. Gracias a ello la inflación disminuyó y Volcker lograría renovar su cargo hasta 1987. Pero Carter perdió el suyo ante Ronald Reagan. Influyó también, claro, la crisis de los rehenes en Teherán y el carisma del propio Reagan. Pero la caída de la actividad y el alza del desempleo que siguieron a la escalada de las tasas de interés fueron decisivas en el resultado.

¿Tiene alguna semejanza esta experiencia con el dilema inflacionario y electoral que enfrenta el gobierno de Mauricio Macri, y la actitud frente al mismo del presidente del Banco Central por él designado, Federico Sturzenegger?

Para empezar, comparten el que ambos funcionarios, presidente y responsable monetario, en ambos casos asumieron un compromiso igualmente firme en su lucha contra la inflación, que colocó en un plano en alguna medida secundario otros objetivos, como el ritmo de crecimiento, el alza del consumo y el empleo, etc. Sturzenegger incluso ha dicho días atrás que sólo bajando la inflación habrá auténtica reactivación, y nadie en el Ejecutivo lo contradijo, ni siquiera objetó que podría haber un desajuste temporal entre un objetivo y el otro que justo coincida con el momento en que la sociedad sea llamada a las urnas, entre agosto y octubre de este año. Pequeño problema.

Los cuatro personajes mencionados comparten también el hecho de que las complicaciones que enfrentaron eran en gran parte heredadas, pero la posibilidad de descargarlas en otros las fueron dejando pasar. Ya desde 1973 se sabía que Estados Unidos debería encarar una política de control de los precios y del gasto energético, que tardaría sin embargo años en instrumentarse, y que la oposición y su propio partido en el Congreso encima le bloquearon a Carter por otro par de años más, debido a lo cual el peso de las importaciones de petróleo seguiría siendo hasta mediados de los `80s muy difícil de sostener.

En forma equivalente, poco hizo el gobierno de Macri por explicar que además de la inflación abierta del 25 o 30% anual que recibió de Cristina, cronificada tras una década de mala administración, y aunque negada por el Indec bien visible en los supermercados, recibió también de ella una inflación mejor disimulada, reprimida por el absurdo retraso de las tarifas y del tipo de cambio, que inevitablemente habría que blanquear si se quería normalizar el manejo de la economía y reconstruir la confianza interna y externa. Peor todavía: en vez de avisar que antes de bajar la inflación tendría que subir, los funcionarios macristas de Economía y el Banco Central prometieron a fines de 2015 tasas en baja, comprometiéndose para colmo a lograr porcentajes precisos: 25% para 2016 y 17% para 2017.

Por último, igual que a Carter y Volcker, a Macri y Sturzenegger los extravía su optimismo. Ante todo la creencia de que, aunque la economía no repunte a tiempo, igual la sociedad valorará su esfuerzo. A lo que se suma la aun más irrealista pretensión de lograr objetivos contradictorios con el simple expediente del esfuerzo: con medidas puntuales contra la suba de precios, más presión sobre el gasto público, y sobre todas las cosas más suba de tasas, la inflación debería disminuir pronto y drásticamente, evaporándose la inercia que lleva y sin perjudicar demasiado otros frentes y el consenso social.

De allí que en vez de conformarse con una reducción “modesta”, que sería igual todo un éxito para un plan de estabilización gradualista con sostenido déficit fiscal como el que aplican, por ejemplo pasar del 40% del 2016 a 20 o 22% este año, Macri y su jefe del Central se ataron a una meta extrema, bajarla a entre 12 y 17%. Algo que ya sonaba exagerado a fines de 2015, pero que ahora, visto lo sucedido en el último año y medio, sólo cabría llamar voluntarismo puro.

Las únicas ventajas que tienen por delante los argentinos, vis a vis sus predecesores norteamericanos, son de orden político: primero, nadie les reprochará inconsecuencia si se desvían de su meta a tiempo, y por ahora tiempo tienen, concluidas las paritarias podrán relajar disimuladamente las metas autoimpuestas y apelar a las cláusulas gatillo con los salarios que queden rezagados; segundo, mal que nos pese nuestro Banco Central no influye tanto como pretende en el comportamiento económico general y por tanto las señales que emite difícilmente alcancen, por más que continúen en el tiempo, para inducir a los actores públicos y privados a desinvertir, no consumir ni gastar; y tercero y fundamental, no habrá elecciones presidenciales sino solo legislativas este año y los oficialistas no tendrán enfrente nadie muy desafiante que digamos, pues tardará todavía bastante tiempo en surgir un Reagan o alguien equivalente en la oposición.

Contrario sensu, Macri y Sturzenegger enfrentan un grave desacople entre su percepción del problema económico argentino y la visión que de él tiene el grueso de la sociedad, mientras que Carter y Volcker no padecieron nada parecido frente a sus conciudadanos: para los norteamericanos efectivamente tener una inflación de 12 o 13% anual era un drama, y uno encima inédito, por lo que valía la pena hacer esfuerzos y hasta algún sacrificios para combatirla; en cambio para el grueso de los argentinos convivir con el doble de esa tasa, mientras se puedan seguir aumentando los salarios en proporción similar, no es un gran problema y ha llegado a ser incluso algo normal. Igual que sucedió en los años cincuenta y hasta los ochenta (para desgracia de gobiernos como los de Frondizi y Alfonsín), aunque combatir la inflación puede tener su importancia dista de ser la prioridad en las encuestas, mientras que casi siempre lo son el empleo y el consumo. Si el gobierno macrista no entiende esta sustancial diferencia es de esperar que siga equivocándose.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 17/4/17

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Un Baradel extraviado desalienta nuevos Planes de Lucha

A horas de que los gremios terminaran su huelga general los docentes bonaerenses suspendieron, sin nada a cambio, su seguidilla de paros contra Vidal. La estrategia seguida por Baradel, de competir con el trotskismo por mostrarse inflexible en reclamos extremos no sirvió de mucho: quedó crecientemente aislado, hasta que la amplia mayoría de sus bases rechazaron seguir con el plan de lucha. Ahora sólo le queda ir al pie ante la gobernadora, y rezar para que esas mismas bases no lo desplacen de la conducción de SUTEBA.

Los kirchneristas deberán tomar nota del saldo de su aventura: para hacerse los duros, mejor volverse troskos y listo; si siguen jugando a la rebelión popular con tan poca cintura hasta sus bases más fieles terminarán por abandonarlos, dividiéndose entre quienes volverán al peronismo “racional” y los que se irán con la izquierda auténtica.

Y seguro los demás gremialistas también extraerán sus propias conclusiones: de la mano de esos dirigentes ultrakirchneristas no cabe esperar nada bueno para sus organizaciones y sus bases, mejor tomar distancia cuanto antes de ellos y dejar bien en claro que su meta no es alimentar la resistencia popular sino negociar lo mejor posible los intereses de sus representados.

La CGT, claro, lo sabía ya desde antes, y por eso el momento y el tono de la medida del 6 de abril fueron tan controvertidos desde el comienzo. No sólo porque esperaron con Macri bastante más que con Alfonsín y De la Rúa, también porque al paro no lo siguió ni antecedió ningún anuncio sobre planes de lucha, o siquiera nuevas medidas de protesta, se pareció más a las huelgas generales realizadas por esa central en tiempos de gobiernos peronistas que a las que agobiaron a los radicales.

Es cierto que el paro fue “contundente”, como dijeron sus convocantes, aunque también lo es que no fue popular: las encuestas hablan de entre 58 y 70 % de rechazo a la medida, y desde hace años que una huelga de este tipo no generaba tantas reacciones en contra. Muchos sindicalistas, salvo tal vez gente como el taxista Viviani, también preveían que sería así: transitan por un delicado desfiladero, entre quedar como socios de los promotores del caos y ser débiles frente a un gobierno que no es el suyo y tiene poco que ofrecerles, y las chances de perder frente a uno o ambos bandos es más grande que la de salirse con la suya y satisfacer sus intereses.

De allí la explicación de uno de sus mayores referentes, tiempo atrás, como abriendo el paraguas para lo que se venía, de las razones de la huelga: “es para largar presión”.

De allí también que ni siquiera insistieron mucho en la conferencia de prensa realizada al concluir la jornada del 6 en que el gobierno debía “cambiar de política económica”, “cambiar de modelo” o cosas por el estilo, de esas que sí se escucharon en la CTA y la izquierda, frustradas en su intento de movilizar gente en el centro de la ciudad y de generar una batahola violenta con la gendarmería en sus accesos. Y claro, frustradas sobre todo en su expectativa de que este fuera el primero de muchos paros, el puntapié inicial para un plan de lucha de esos que merecen los gobiernos “antipopulares” aunque la mayoría de la gente los haya electo y los acompañe, eso es un detalle.

Lo que la CGT pidió en esa conferencia de prensa fue diálogo y negociación, que es lo que les ofrece el gobierno. Con la diferencia de que los gremios quieren una mesa unificada que sirva para cementar su débil unidad y enfocar la discusión en políticas generales, y Macri les ofrece en cambio acuerdos sectoriales, centrados en la productividad y las inversiones.

Como estos acuerdos avanzan podría creerse que el gobierno está queriendo fracturar la central reunificada hace poco más de un año, que conviene a sus intereses que no haya por mucho más tiempo una CGT única. Pero nada más alejado de la realidad: lo que realmente le conviene es que sobreviva y en ella predominen los moderados, para que puedan imponerle su tono y su estrategia a los demás. Una ruptura en cambio liberaría a los duros de contenerse y entonces sí tendríamos planes de lucha, algo que sucedió en tiempos de Ubaldini frente a Alfonsín y de Moyano contra De la Rúa, precisamente sin unidad cegetista.

Mientras el cuadro sindical siga como hasta hoy, entonces, el macrismo puede seguir polarizando la escena, sin el riesgo de empujar a los actores moderados en brazos de los duros, ni de generar incertidumbre y obstáculos extra para los acuerdos posibles con estos actores. Porque podrá seguir utilizando, como viene haciendo desde meses atrás, una “polarización constructiva”, consistente en elevar los costos que esos moderados pagarían por seguir el camino de los que no lo son, a la vez que ofrecer premios a los que se moderen más todavía.

Por ahora con eso alcanza. Y ni siquiera tendrá que invertir demasiado en estos premios, en tanto el grueso de la opinión pública considere que los gremios más que defender a los trabajadores y sectores postergados lo que quieren es complicarle la vida al presidente, y que conviene ponerlos en caja, y por tanto la política peronista tampoco encuentre mayor aliciente para usar a estas organizaciones y sus protestas como ariete adecuado para avanzar electoralmente.

De allí que los pactos sectoriales firmados hasta aquí, y algunos programados, no sean muy generosos que digamos en términos de devaluación fiscal o subsidios. Más bien siguen la pauta de que si alguien debe sacrificar ingresos fiscales son las provincias y municipios, que han elevado excesivamente algunas cargas, como ingresos brutos y tasas.

En suma, con bastante poco, sin ceder en su ya de por sí frágil programa macroeconómico, ni en la designación de funcionarios adictos a los gremios, el gobierno de Macri puede seguir controlando bastante bien este frente, al menos mejor de lo que hicieron en su momento las administraciones con las que habitualmente se las compara. Y teniendo a los gremios fuera de su coalición, finalmente hasta puede que lo termine haciendo aun mejor que las administraciones peronistas, que ni siquiera cuando quisieron fueron capaces de introducir reformas laborales y gremiales significativas y duraderas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/4/17

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Venezuela pasa del populismo al castrismo

Las cosas en el país caribeño no podían salir peor. Pero visto a la distancia tal vez pueda decirse que no había muchas chances tampoco de que salieran mucho mejor. El chavismo se ató ya varios años atrás al timón de su barco para que fuera muy difícil cambiar el rumbo de creciente radicalización. Y los militares, la burocracia del régimen y los aliados cubanos hicieron lo que faltaba para que ese curso terminara en dictadura.

La muerte de Hugo Chávez no significó un cambio sustantivo a este respecto, más bien aceleró el proceso: porque con el líder vivo su carisma y arrastre de masas todavía podían mantener en pie la ambigüedad populista un tiempo más, pero una vez reemplazado por los deslucidos Maduro y Cabello la represión y la clausura del juego democrático no podían esperar ya demasiado, a riesgo de una crisis aguda del régimen. Veamos por qué.
La deriva autoritaria ha sido la mejor solución para él, ante todo, porque le permitió “rutinizar el carisma” del líder ausente. La cuestión es importante no sólo para Venezuela. Es reveladora de ciertas particularidades de los regímenes populistas latinoamericanos, tanto los actuales como los que rigieron en el pasado, y explica las dificultades que ellos casi siempre encontraron para perdurar: y es que estos regímenes, aunque se basan en alguna medida en mecanismos electorales para legitimarse y reproducirse, combinan esos mecanismos con otros de origen plebiscitario, corporativo o directamente autoritario que les permiten limitar la competencia por el poder, tanto interna, entre los miembros del “campo popular”, como externa; y la ambigüedad resultante de estos precarios arreglos institucionales tiende naturalmente a entrar en crisis cuando desaparece el único actor que es capaz de contener las tensiones resultantes, el líder carismático.
Chávez, en su doble condición de jefe militar y líder de masas, fue desde sus comienzos un caso ejemplar de prestigitador de la ambigüedad. Por lo que no sorprende que su criatura, la república bolivariana, resultara en un sistema institucional muy intrincado, que sólo su voluntad podía hacer funcionar y darle una orientación más o menos definida. La mitificación póstuma del líder no resolvió el problema, sino que dejó ver los desafíos que se le planteaban a sus seguidores al respecto. Recordemos que, en vida él se inspiró y referenció en Simón Bolívar y con más disimulo, pero también más pertinencia, en Juan Perón, Velasco Alvarado y otros caudillos militares populistas del siglo XX. Sin embargo, una vez muerto quienes aspiraban a heredarlo buscaron inspiración en una tradición más radical: la de Lenin, Mao y compañía.
Sucede que, para sobrevivir, los deudos de Chávez debían urgentemente institucionalizar los distintos y contradictorios roles que él cumplía. Y lo cierto es que las fórmulas comunistas eran las únicas que podían serles útiles en esta tarea. Aunque también ellas suponían alternativas difíciles de resolver. Para disipar los altos riesgo de desarticulación y fractura que corrían, los chavistas necesitaban que la autoridad se transmitiera en forma rápida e inapelable a otra persona o grupo que nadie ni dentro ni fuera del régimen pudiera desafiar. En suma, alguien que lograra hacer lo que Stalin hizo con Lenin, quitando toda autonomía y relevancia al Politburó; o lo que el Comité Central del PC Chino hizo con Mao, sustituyendo una autocracia personalista por el gobierno de un comité. Y las diferencias entre una situación y otra no son menores.
Por otro lado, el régimen debía resolver rápido qué hacer con quienes seguían resistiéndolo, cuyo número se incrementó por la crisis del petróleo precisamente en medio de ese delicado transe del chavismo. La cada vez peor situación económica no pudo ser sepultada bajo los fastos del entierro y la mitificación del líder, y aunque las elecciones siguientes consagraron a Maduro como nuevo campeón electoral, la manipulación estatal de la compulsa debió hacer mayores esfuerzos que en el pasado y era claro que ya no podría alcanzar en el futuro para asegurar el éxito en una competencia mínimamente libre, por lo que un endurecimiento manifiesto de las reglas de juego era inevitable, a menos que el régimen estuviera dispuesto a rendirse frente a la mayoría social.
Fue así que tanto la dinámica interna como la competencia externa impulsaron al chavismo a abandonar su hibridez. Para hacer lo que en su momento el primer peronismo hizo sólo a medias, eliminar la competencia pluralista de la escena e institucionalizar un régimen sin fecha de defunción.
Ya no alcanzaba con poner a los partidos de oposición en inferioridad de condiciones al identificando al oficialismo con el propio estado, definir a sus enemigos como los del pueblo y de la patria, ni reemplazar las instituciones públicas, incluso las propias fuerzas armadas, por órganos abiertamente partidistas. Había que completar la revolución, crear un orden auténticamente “nacional y popular”. Y para hacerlo lo esencial fue controlar férreamente la fuerza “legítima”, completar el alineamiento de los militares, de las fuerzas de seguridad e inteligencia con la revolución a cualquier costo. En todo lo cual ayudaron decisivamente los asesores cubanos.
El régimen de todos modos también perdió buena parte de su legitimidad previa en el camino. Porque la ambigüedad populista le proveía, igual que al peronismo clásico, la plasticidad necesaria para comportarse en forma más autocrática o más democrática según las necesidades y conveniencias de cada momento; y según las demandas a atender y los desafíos a enfrentar. Todo eso quedó atrás. Ahora el régimen chavista es más uniforme y decididamente autoritario. Ha quemado las naves que le hubieran permitido volver a practicar ese espíritu entre bonachón y jocoso con que Chávez solía acompañar incluso sus decisiones más arbitrarias y ofensivas. Ni Maduro ni Cabello podrán disimular ya la mezcla de lo ridículo y lo siniestro que desde su origen ha movido hacia delante este proyecto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/4/17

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