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Macri – Arribas – Centurión: corregir un error no es cometer el opuesto

Probablemente Macri se equivocó al sobreactuar el caso Juan José Gómez Centurión, al comienzo de su gestión. Pero ahora, en vez de enmendarse, y tal vez por una reacción exagerada tras aquel desliz, parece estar cometiendo el error inverso al minimizar el escándalo desatado alrededor del jefe de la Agencia Federal de Inteligencia, Gustavo Arribas.

Lo de Arribas, agreguemos, es de partida mucho más grave que lo sucedido con el jefe de la Aduana. No sólo porque hay reportes más o menos confiables de que recibió dinero de una red de coimeros, mientras que a Centurión solo se lo acusó con un audio anónimo que desde el comienzo sonaba bastante trucho. Sucede además que Arribas ocupa uno de los lugares más críticos, por su poder y opacidad, de toda la estructura del estado, y uno de los que más trabajo exige del nuevo gobierno para demostrar que es realmente diferente al anterior, que no va a hacer lo mismo con mejores modales.

De Arribas encima cabe destacar algunos rasgos personales que lo vuelven especialmente problemático. Primero, que es amigo cercano del presidente. Si esa es una de las razones (o la principal) que lo llevaron al frente de la AFI, debería ser también una que el gobierno ahora valore para asegurarse de que el escándalo se aclare y rápido, sin medias tintas.

Segundo, que ya cuando se supo de su designación recibió unas cuantas objeciones, por su falta de antecedentes en los asuntos que administra la AFI y porque los antecedentes que sí tenía, millones acumulados en el muy opaco negocio de la transferencia de jugadores de fútbol, no lo hacían particularmente apto.

Recordemos que Gómez Centurión fue desplazado de su cargo en la Aduana apenas se conoció el famoso audio, que luego resultó era un montaje. Tal vez no sea necesario llegar a tanto esta vez. Bastaría con que Arribas quede suspendido del suyo. Pida licencia. O al menos sea obligado a volver de inmediato al país y ofrecer toda la información que dice tener para desmentir o aclarar el reporte sobre las transferencias bancarias que habría recibido de un operador de la constructora Odebrecht. Lo que en cualquier caso no se justifica es que el ministro de Justicia actúe como su vocero, desestimando las acusaciones sin mayor explicación, mientras él sigue en Brasil haciendo vaya a saber qué y se niegue a hablar. Un papelón.

Macri no recibió el mandato de crear un gobierno transparente y honesto garantizando que todos sus miembros lo fueran. Simplemente porque tanto sus votantes como él mismo debían saber que es imposible lograr que sean transparentes y honestos todos los miembros de un gran grupo de gente que ansía para sí y en alguna medida conquistó y administra el poder político de un país. Por eso es que el Estado necesita los controles internos y externos, como la Oficina Anticorrupción y la prensa, los mecanismos de prevención enfocados en las áreas y cargos críticos, y la buena costumbre de no esconder la mugre bajo la alfombra. Todo eso sí Macri recibió el mandato de ponerlo en práctica.

Hasta aquí ha dado pasos adelante, pero otros al menos para el costado. No parece haber montado una operación para esconder nada, pero tampoco parece decidido a promover mucha más transparencia. No lo ha hecho en el manejo de la OA, hasta ahora bastante pobre, ni en un contundente impulso a la regulación del lobby, el control del tráfico de influencias, del financiamiento de la política o de algunos otros de los muchos motores de la corrupción que agobia a nuestra economía y democracia.

La oposición incluso le reprocha que al encumbrar a tantos CEOS en la administración central va camino a complicar aun más estos problemas, porque no hay forma de evitar que esos funcionarios se aprovechen de la información privilegiada y su poder de decisión para favorecer a sus anteriores (y/o futuros) empleadores o socios. Hasta aquí tampoco ha habido casos que confirmen estas acusaciones. Pero la pregunta que cabe hacerse es: ¿cómo va a reaccionar Macri cuando alguno se presente, va a actuar como con Arribas, como con Gómez Centurión, o va a elaborar un mejor método?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/1/17

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Dujovne: ¿la misma política mejor explicada?

Bastó una semana para que una diferencia notable quedara a la vista entre el papel que hacía Prat Gay en el gobierno de Cambiemos y el que tendrá Dujovne: a éste no sólo lo dejan hablar, lo empujan a hacerlo, y él habla mucho y no sólo de sus responsabilidades directas como ministro de Hacienda, también de las ideas generales que organizan el programa económico oficial y sus metas para, al menos, el mediano plazo: reducir el déficit fiscal sin un ajuste nominal (al estilo de lo que por ley, por tanto más creíblemente, se ha impuesto hacer Brasil, y que aquí exigirá una nueva ley de responsabilidad fiscal), reducir impuestos distorsivos y al trabajo (los que realmente afectan al trabajo, no Ganancias, para lo cual Dujovne se reunió para “coordinar iniciativas” con Jorge Triaca y Alberto Abad), lo que supondría poner en marcha y articular una reforma impositiva y un serio blanqueo laboral.

Que alguien cumpliera ese rol de vocero económico era una necesidad imperiosa para el Ejecutivo en el año que se inicia, en verdad lo venía siendo desde muchos meses atrás. Desde que a Prat Gay se le había negado ese papel, un poco por sus resbalones iniciales (segundo semestre, grasa militante, la inflación estará en el 20, 25%), otro poco por los celos y disputas internas, nadie lo venía cumpliendo. Peña podía explicar la estrategia política, pero los intentos de que él o sus secuaces hicieran lo mismo con la economía fracasaron redondamente. Podrán ser la inteligencia, los brazos y oídos del presidente en la materia, pero no pudieron ser su voz pública. Ahora encontraron una solución, que de paso les resuelve el dolor de cabeza que se venía agravando por los tironeos constantes con Alfonso.

Ni por afán de protagonismo ni por historia política Dujovne tiene motivos para recaer en las tensiones generadas con su antecesor. Este reclamaba un rol que excedía sus recortadas atribuciones técnicas porque podía considerarse un stakeholder de la coalición gobernante, con más historia en su construcción que muchos otros miembros del gabinete. Aunque sus apuestas electorales de los últimos años no es que lo avalaran demasiado, convengamos. Con el nuevo ministro eso no pasa, todo el capital que pueda conseguir será, ya de partida, propiedad del núcleo gobernante.

Habrá que ver, de todos modos, si no resurgen las tensiones entre el rol que ha vuelto a tener Hacienda en la coordinación de la comunicación económica, y su mucho más acotado papel en la gestión de la economía, este último más acotado todavía que con Alfonso. Algunas señales al respecto ya han aparecido y no dejan de ser preocupantes.

Estas tensiones, aclaremos antes de seguir, obedecen a un problema de base: la vocería económica tiene que convencer a dos públicos, el especializado que toma decisiones financieras, comerciales y productivas, y los consumidores y votantes en general, y el equilibrio que debe encontrar para hacer ambas cosas a la vez es delicado. Porque si habla demasiado de ajuste va a desalentar el consumo, aunque seduzca a los inversores, si habla de ajuste pero no logra concretar ninguna medida al respecto puede no seducir a nadie, aunque siga aumentando el déficit y el consumo deje de caer, y peor le va a ir si le sucede como a Prat Gay (no sólo por su responsabilidad, aclaremos), y los consumidores creen que va camino de ajustar mientras los inversores creen lo contrario. Este es, entonces, el problema de base, lo que se llama coordinar expectativas en un contexto de sábana corta no es nada fácil. Pero menos lo es cuando se suman problemas de coordinación generados en el propio gobierno. Que en la primera semana de Dujovne en Palacio ya despuntaron.

Empezó bien, anunciando la eliminación del descuento de 5% a los consumos con tarjeta de débito, sin que el tema haya generado mayor discusión. Insuficiente, pero buena señal al fin para sostener la convicción de que el gobierno en serio piensa en la meta de 4,2% de déficit en 2017, complicada luego de la generosa reforma de Ganancias.

Pero a continuación se enredó en anuncios sobre una muy difícil reforma impositiva, que enseguida generaron reacciones encontradas, de gobernadores y sindicalistas especialmente, a las que el ministro no tuvo mucho que oponer. Y encima otras áreas de gobierno se lo terminaron de dificultar con un inoportuno y mal explicado aumento de transferencias a la provincia de Buenos Aires. Si el festival de gasto sigue, mientras encima se anuncian recortes de ingresos, las metas fiscales se volverán menos creíbles de lo poco que ya eran; a lo que se sumará una encrespada resistencia opositora, que puede plantear ahora con buenos argumentos que lo único que quiere recortar Cambiemos no es lo distorsivo y perjudicial, sino lo que él no gasta.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/1/17

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Buenas y malas razones para echar a Prat Gay

Parte esencial del trabajo de un presidente es saber echar y reemplazar colaboradores que o no hacen bien su trabajo, o no hacen exactamente el que está haciendo falta. Con Prat Gay parece haber sucedido un poco las dos cosas.

Desde tiempo atrás Macri venía recibiendo presiones para hacer cambios de gabinete, enfrentado en varios frentes a la vez al desafío de procesar los desgastes acumulados durante un año particularmente largo y difícil. Y pareciera que aunque se tomó su tiempo, lo hizo más que por dudar sobre el camino a seguir, por buscar la mejor ocasión para ratificar en un mismo gesto su programa, su autoridad y el método elegido para ejercerla.

Prat Gay también se presentó como una buena víctima sacrificial por este motivo: por más devaluado que estuviera el sillón que ocupaba podía cumplir bien con el papel de fusible, necesario tras la frustración del famoso segundo semestre, que él encima anunció con bombos y platillos con particular entusiasmo; además de que había entrado en cortocircuito en reiteradas ocasiones con “el equipo”.

Y respecto a en qué consiste el famoso “equipo” Macri evidentemente quiso que no quedara ninguna duda: hay un solo líder, un conjunto limitado de cardenales o mediadores, y una gran tropa de “remeros”, intercambiables o reemplazables. Podrá decirse que no es el mejor método de gobierno, incluso que se parece demasiado a la estructura radial hiperverticalizada que en su momento montó Néstor Kirchner, con no demasiado buenos resultados, pero al menos hay una idea ordenadora y todos, dentro y fuera, saben a qué atenerse. Para un gobierno sin mayorías parlamentarias con muchos frentes abiertos e infinidad de interlocutores que buscan sacar de él el mayor provecho posible tal vez no sea la peor opción.

Ahora dependerá de la Jefatura de Gabinete convertirse efectivamente en la estructura de mediación que hace falta en este esquema, cosa que ha hecho sólo a medias hasta aquí. Para completar la tarea va a necesitar mucho más esfuerzo y talento del que ha reunido hasta ahora. Pues de otro modo se van a repetir episodios lamentables como el del Conicet de la semana anterior, del que ningún funcionario se hizo cargo hasta que fue ya demasiado tarde, y sin que haya mediado explicación alguna de lo sucedido.

Otros serios inconvenientes pueden surgir por el lado de los incentivos que se crean dentro de la estructura de gobierno. Por un lado, el presidente parece haber castigado la ambición política y la disidencia, lo que no es para nada bueno. Y tampoco muy compatible que digamos con una gestión que necesita nutrirse de distintas fuerzas y corrientes de opinión, y se supone que celebra que le señalen los errores que comete. Por otro, aunque se destaquen errores de gestión cometidos por Prat Gay, no parece que ellos hayan sido exclusivos suyos, ni en cualquier caso suficientes para empañar sus indiscutibles logros. Con lo cual puede que con esta decisión, más aun en los términos drásticos e inapelables que se planteó, se estimule a los funcionarios no a hacer mejor el trabajo, sino a esmerarse por esquivarle el bulto a los problemas y no meterse en aprietos levantando innecesariamente la cabeza.

De todos los argumentos que se plantearon o filtraron desde el Ejecutivo para justificar el abrupto despido de Prat Gay, y fueron llamativamente muchos y variados, los por lejos más absurdos fueron los que aludieron a su ambición política, incluso a un supuesto sueño presidencial que, convengamos, toda persona que se dedica a estos menesteres en alguna medida cobija, aunque con poco o ningún realismo en la mayor parte de los casos. ¿Dónde está entonces el problema, en que el ahora ex ministro era “demasiado ambicioso”, en que era pedante, en que no era “realista” o en que lo era? Y en todo caso, ¿lo suyo era menos realista que Mario Quintana comunicador y coordinador de planes de estabilización, o Gustavo Lopetegui coordinador de las ciencias y la cultura? Si un presidente no quiere terminar administrando los dóciles egos de una caterva de empleados sin pasión y sin futuro le conviene convivir con las ambiciones de sus colaboradores, incluso cultivarlas premiándolas según su desempeño. No otra cosa hace un buen CEO con sus gerentes, creando incentivos que suelen contemplar la distribución de cuotas de propiedad, convirtiendo en accionistas a los mejores de ellos.

No es que Macri no entienda este asunto, claro. De hecho, en el seno del PRO hay ya varios accionistas de pleno derecho, Vidal, Larreta, Peña. Y en Cambiemos el presidente ha admitido a otros dos, a veces con gran despliegue de tolerancia de su parte: Sanz y Carrió no pueden decir que no se les ha respetado como socios; pese a que el primero ha sido desautorizado como jefe partidario por los propios radicales y la segunda ha usado y abusado de la crítica pública cada vez que se le cantó.

Sin embargo, a nivel de los gerentes parece que Macri se muestra bastante más mezquino o desconfiado. Y puede que eso no sea muy buena idea. Sobre todo si el trato encima no es parejo para todos.

Respecto a esto último se suma en el caso de Prat Gay una evidente desproporción entre los logros alcanzados y el trato recibido. Uno de los supuestos errores del ahora ex ministro que se dice habrían desencadenado su salida fue la presentación del proyecto de Ganancias oficial al Congreso cuando era evidente ya que este no iba a aprobarlo. Pero lo cierto es que ese proyecto Hacienda lo tenía preparado desde febrero. Y si se demoró casi 10 meses su trámite no fue decisión de Prat Gay, o sólo de él, sino más bien de la Jefatura de Gabinete. ¿No serán los propios órganos vitales del presidente, sus ojos y oídos, los que han estado cometiendo errores que luego descargaron hacia abajo en la cadena de mandos? ¿No sucedió algo parecido con las tarifas, con la reforma política y con unos cuantos temas más?

Dicen que Macri es muy desconfiado y que en eso también se parece a Néstor. Pero por algo Néstor no tenía amigos, solo empleados y subordinados. El que se creyó “socio” de Kirchner, como sucedió con Alberto Fernández, así terminó. El problema del actual presidente puede que sea distinto, y que tenga que ver con que no desconfía de sus propios sentidos, de sus ojos y oídos, que a veces son los más proclives al engaño.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 1/1/17

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Un año papal entre crisis políticas y desigualdades crecientes

Este ha sido un año eminentemente político para el Papa argentino, cuyo proyecto pastoral, como se ha destacado ya muchas veces, tiene de por sí ese rasgo bien en el centro de su método y objetivo: que la Iglesia de Roma vuelva a ejercer una influencia orientadora en la política global.

Que tenga esa meta no lo desmerece en lo más mínimo, conviene aclarar: primero, porque Francisco lidera una institución muy dividida que necesita recentrarse urgentemente; segundo, porque el Papa persigue su objetivo con instrumentos perfectamente legítimos, como la mediación en conflictos y la interpretación argumentada de los tiempos que corren; tercero, porque disputa a estados y otros actores dominantes un rol que la Iglesia católica en sus orígenes ejerció, aunque fue perdiendo por el avance del laicismo, y otras iglesias siguen ejerciendo o incluso han fortalecido, así que tampoco puede decirse que sea una pretensión reaccionaria o reñida con la época.

De hecho el debate respecto a si Occidente debe seguir volviéndose más y más laico o debería recristianizarse ya estaba planteado, en su mismo centro, en Estados Unidos y Europa, antes de que llegara Francisco. En ese sentido, aunque no en otros, no sería tan contradictorio su proyecto con el triunfo de Trump: ambos podrían leerse en la misma clave de rechazo a la tolerancia de las diferencias en nuestras sociedades, o al menos a que ella exija una neutralidad agnóstica y liberal sobre los “verdaderos valores”.

Por último, porque el proyecto de Francisco se ha ido haciendo fuerte en un tema que es evidentemente cardinal entre los problemas modernos, la creciente desigualdad. Que afecta tanto al mundo periférico, donde los estados fallan y quedan pocas más esperanzas que la religión para millones de desamparados, como también a las viejas economías capitalistas, las más occidentales y cristianas hoy sometidas a crecientes tensiones sociales y políticas internas.

Cabe preguntarse de todos modos si el éxito ha acompañado a Francisco todo lo que podía esperarse en este contexto. Y lo cierto es que en su esfuerzo por romper el molde de los roles que venían restringiendo cada vez más a su Iglesia a actuar como ONG moralista internacional, él ha cosechado tantos logros como fracasos.

En el frente interno parece haberlo hecho muy bien, al empujar a sus adversarios a cumplir el rol de conservadores encerrados en la defensa de un poder corporativo rutinario y estéril. Sino en el aun peor papel de protectores de conductas imperdonables. Lo que le ha permitido promover a una gran cantidad de obispos y cardenales afines en la jerarquía. Y acallar así las voces que podrían cuestionarlo por otros motivos, sus excesos populistas, antiliberales y anticapitalistas y cosas por el estilo.

En el mundo en cambio las cosas no se acomodaron tan fácilmente a sus deseos. Venía del éxito de su mediación en Cuba, que debió agradecer al decidido protagonismo de Obama; pero en Colombia sólo pudo contribuir secundariamente al proceso de paz, después de un trastazo inicial inesperado; mientras que en Venezuela fracasó redondamente, y corre incluso el riesgo de quedar ahora más salpicado por su tragedia sin fondo. Lo que dejaría en evidencia no sólo un error de apreciación sobre la naturaleza del chavismo y su deriva, sino algo bastante peor: una cierta inconsistencia de su enfoque sobre los problemas que enfrenta el mundo contemporáneo respecto a un progreso indiscutible de los últimos dos o tres siglos de política occidental, que la Iglesia y los católicos por más acorralados que se sientan por el laicismo no pueden dejar de compartir: la defensa de la democracia liberal y pluralista y la renuncia a reemplazarla por comunidades orgánicas uniformes.

Durante 2016 Francisco también dio pasos importantes para promover su discurso crítico sobre la pobreza y la desigualdad. Pero no consiguió en cambio que los países ricos le respondieran siquiera sus planteos sobre los inmigrantes, problema que tiene un impacto electoral mucho más complicado, como se ha visto ya en varios de esos países, e involucra decisiones de gobierno más concretas e inmediatas. Y esto no sólo por el egoísmo de esos electores y gobernantes, sino porque el argumento papal tendió a enfocar exclusivamente el problema en términos de la ausencia de solidaridad y la supuesta culpa de los ricos en que existan los pobres, el viejo mito del diabólico Dios Dinero y su responsabilidad en todos los males de la tierra, desde el terrorismo y las guerras hasta la destrucción del medio ambiente. Y a ignorar por tanto otra premisa tan básica como difícil de refutar que la política occidental viene promoviendo, mal o bien, desde hace décadas respecto al subdesarrollo y los movimientos poblacionales: que si no se logra que los países pobres tengan mejores instituciones y políticas económicas ni aquellos ni estos dramas tendrán solución.

Encima en la cuestión de la desigualdad Francisco parece encaminado a reeditar el clásico círculo vicioso peronista: que la despareja recepción de su alegato entre ricos y pobres termine volviendo a su proyecto dependiente para prosperar de actores que le dificulten conservar y ejercer convincentemente el rol que reclama para sí y más necesita, el de supremo mediador. Un solo dato de los últimos meses debería haber bastado para preocuparlo: las masivas y muy sonadas reuniones con Movimientos Populares difícilmente pueda decir que se balancearon con los pocos empresarios y políticos hasta aquí conmovidos por la encíclica Laudato SI.

¿En sus propios pagos no viene sufriendo acaso una dificultad de este tipo? Su poder de convocatoria e influencia entre los movimientos de desocupados y sindicales es indisimulable y se ha fortalecido con los problemas económicos del gobierno macrista y la creciente división del peronismo. Francisco tuvo un rol decisivo además en la convergencia entre organizaciones de trabajadores y desempleados lograda este año así como en la consolidación de la unidad cegetista, la moderación de sus protestas y su canalización detrás de la emergencia social. Pero sólo empresarios pymes y algunos pocos más se han identificado hasta aquí con los planteos laudatistas y el grupo RIEL. Lo que es bastante comprensible si atendemos a las exigencias medioambientales y sociales que esa encíclica busca imponer a capitalistas que en lo único que han podido pensar en los últimos años es en cómo recuperar rentabilidad frente a un esquema de costos que los condena a achicarse para sobrevivir.

Con todas sus idas y vueltas y todos sus errores de implementación Macri ha podido mostrar a lo largo de 2016 que entiende bastante mejor estos problemas. De allí que los empresarios hayan recibido como una excelente noticia de fin de año las señales de distensión entre los dos argentinos más poderosos del momento, tras un arranque de mandato que hizo temer una pésima relación.

Esa distención puede ser el camino para que la Iglesia católica procese, y a su vez ayude a grupos sociales amplios a procesar, lo que sin duda será una larga travesía sino por el desierto al menos por la escasez. Y es sin duda la mejor ayuda que puede ofrecerle la curia local y la romana a una administración que, aunque sortee el próximo año electoral con éxito, seguirá acosada por las presiones sociales de muchas demandas insatisfechas y las presiones políticas de una multitud de opositores racionalmente inclinados a la incomprensión.

Seguro no es lo que ni Macri ni Francisco quisieran. Pero tal vez haya llegado a ser para ambos un razonable second best en una convivencia que varios años más será inevitable.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 29/12/16

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¿Qué aprendió Macri en su primer año?

Ni la menor idea que habrá aprendido, sólo él lo sabe. Aunque puestos a especular se pueden postular unas cuantas lecciones que tal vez haya extraído de las muy variadas y no siempre satisfactorias experiencias vividas en estos primeros doce meses en funciones. Algunas con evidente sabor amargo, por la frustración de medidas de reforma, o enredos autogenerados por su propio equipo, otras no tan desalentadoras, porque aluden a avances a medias o conflictos terminados de momento en empate, sobre los que se podrá seguir avanzando de mejorar las estrategias y aprovechar mejor las oportunidades que vendrán.

Varias de estas lecciones no tienen mucho de nuevo, las tiene en común con anteriores presidentes argentinos, así que podría decirse que Macri sigue teniendo menos que enseñarnos de lo que él tiene para aprender de la historia. A la que tal vez le convendría prestarle mayor atención. Aunque también es cierto lo que dicen, que no hay como vivir en carne propia los errores y fracasos, nadie ni nada enseña más a andar en bicicleta que los tropezones que nos damos cuando empezamos a pedalear. Así que bienvenidos los tropiezos de este primer año.

¿Cuáles son entonces esas lecciones que puede que Macri haya aprendido con los avatares de 2016?

La primera y fundamental, que el optimismo es un arma de doble filo. Es fundamental para ganar el apoyo de la opinión, más todavía para una administración a la que no le sobran recursos de ningún otro rubro y necesita crear poder y oportunidades de cambio rápidamente. Pero la opinión es volátil, se toma en general en serio las promesas de cambio y mejora que le plantean los líderes que apelan a ella, y por tanto tiende a frustrarse también rápidamente.

Segunda lección, que la inercia de lo existente por regla general lleva las de ganar frente a las fuerzas del cambio, y en particular esto es más cierto cuando no hay una crisis galopante que combatir. De allí que el control de la administración pública y su movilización detrás de las metas de política que se proponga un nuevo gobierno requieran de una masa de recursos humanos y un esfuerzo de coordinación muy superiores a los que dispone cualquier grupo político en el país. Y que lograr ese control y esa movilización haya sido muy difícil para los peronistas, beneficiados por crisis galopantes previas, y hasta aquí en la mayoría de los terrenos imposible para los demás partidos. Otro motivo más para evitar el exceso de optimismo que acompañó la llegada de Macri a la Presidencia y la autosuficiencia con que tendió a actuar en muchos momentos el “equipo del cambio”.

Tercera lección, que hacerse de aliados legislativos puede significar al mismo tiempo alimentar a serios adversarios electorales. Y que la competencia hacia el centro no supone necesariamente baja conflictividad, puede implicar todo lo contrario cuando está en disputa la titularidad del cambio y del futuro y la capacidad de llevarlos a cabo. Le sucedió con Massa, y también le va a suceder con Schiaretti y Urtubey, nuevas estrellas del colaboracionismo legislativo, que demostraron hace días ser imprescindibles para frenar las locuras de los diputados opositores sobre Ganancias, pero en pocos meses van a probar ser obstáculos serios para que Cambiemos pueda prosperar en el centro y norte del país en las legislativas del año próximo.

Cuarta, que no conviene seguir la línea de menor resistencia a la hora de hacer política pública. Sobre todo cuando se trata de cambiar ingresos y gastos. Los recortes de gastos inútiles y de impuestos distorsivos y perversos son frecuentemente mucho más difíciles de hacer que los de gastos más razonables e ingresos más justos. Precisamente porque sobre aquellos se construyen poderes corporativos bien organizados, que se saben dependientes de la continuidad de dichos instrumentos, por más nocivos que sean para el resto de la sociedad, mientras que en torno a estos suelen no organizarse bien ni los intereses ni los grupos de lobby. Fue lo que sucedió con Ganancias, a pesar de todos las vueltas y escarceos más fácil de recortar que la siempre pendiente reforma de ingresos brutos, o la ridícula administración de los impuestos a la propiedad.

Quinta y última lección, que cuando se presenta una oportunidad no conviene dejarla pasar en la expectativa de que con el tiempo ella vaya a mejorar, o se presente otra con más ventajas. Fue lo que hizo el gobierno con la reforma política, inútilmente demorada durante el primer semestre, el único finalmente en que pudieron aprobarse leyes importantes para su programa de cambio, lo que explica en gran medida que ella terminara naufragando en la infausta segunda mitad del año.

Seguramente debe haber unas cuantas lecciones más. Tal vez de aquí a comienzos del año próximo se pueda terminar de hacer la lista para incluirla entre sus regalos de reyes.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/12/16

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Milagro Sala y Delcy Rodríguez: pequeñas venezuelas y reducciones jesuíticas

Mujeres maltratadas y perseguidas por hombres blancos y ricos, escenas que parecen confirmar que la república y el pluralismo son excusas de una salvaje derecha neoliberal que oprime a “los pueblos”, pura manipulación contra los pobres y marginados.

Un par de imágenes como estas que circularon esta semana podrían alcanzar para pintar un diciembre negro. Aunque con suerte quedarán solo en eso, pequeñas venezuelas que se resisten a desaparecer, si no logran que las acompañe ninguna otra más masiva, efectivamente negra y de lamentar.

Milagro Sala pidiendo perdón al salvaje gobernador Morales por ser negra y colla, Delcy Rodríguez con el brazo en cabestrillo jurando haber sido golpeada por una diplomacia también salvaje, convertida en su opuesto, un grupo de choque de las oligarquías regionales contra la “heroica resistencia chavista”. Dos buenos ejemplos de la imagen que nos ofrece la Venezuela ideal frente a nuestras pobres democracias realmente existentes, el ideal de los derechos humanos contra la exclusión en una región que sigue siendo tan desigual y conflictiva como diez o quince años atrás.

Claro que las venezuelas reales tienen poco y nada que ver con esa Venezuela ideal. Mientras Delcy se tiraba encima de los policías argentinos para entrar a una reunión a la que su gobierno perdió derecho de asistir, en su país miles de personas saqueaban comercios y se mataban por un billete que valiera algo más que diez centavos de dólar. Casi al mismo tiempo que Sala denunciaba la persecución de todo el malvado sistema de poder jujeño y nacional en su contra, mientras decenas de testigos más auténticamente humildes que ella, que nunca fueron al casino de Punta del Este ni se pasearon en autos importados por las estrechas calles de San Salvador de Jujuy, la denunciaban por golpes, robos, amenazas y todo tipo de atropellos mafiosos.

Pero la Venezuela ideal no va a desaparecer por más que proliferen esas contradicciones entre sus promesas y la realidad que quince años de dominio populista han dejado. Ese sueño se alimenta de otras fuentes, no tiene nada que ver con los datos históricos ni con las pruebas judiciales ni con los testimonios de las víctimas.

Es el sueño de crear una comunidad cerrada a cualquier desacuerdo y desigualdad. Si a algo se parece esa ilusión, que vive todavía en la cabeza de los chavistas tanto como en el ánimo de los kirchneristas que se desgañitan por la libertad de “Milagro”, es a las reducciones jesuíticas del siglo XVII y su promesa de restablecer una comunidad de ensueño perdida hacia siglos, culpa de los blancos y la historia.

Igual que en esas reducciones, los jefes de la comunidad Tupac Amaru y de la sociedad chavista distribuyen todos los bienes, organizan todo el trabajo, y castigan cualquier desviación o disidencia individual. Ofrecen un mundo feliz, en suma, impermeable a cualquier intromisión de leyes o gobernantes de fuera.

Juan Grabois, líder de la CTEP muy cercano al Papa Francisco, lo dijo hace pocas semanas en Página 12 con toda claridad: los que quieren juzgar a Sala están tratando no sólo de matarla a ella sino de matar un sueño que une a los pueblos originarios con la iglesia de los pobres y la izquierda populista radicalizada. David Choquehuanca, el canciller boliviano y conocido ideólogo de esta doctrina, viene teorizando hace años sobre el asunto: para él la promesa de progreso para todos en una sociedad liberal abierta y pluralista ha tenido ya suficientes oportunidades de concretarse en la región y ha fracasado, tras cinco siglos de dominio de la cultura colonial y sus prolongaciones, nos dice, es hora de volver para atrás y ensayar con la cultura indígena que se ha resistido a desaparecer y nos ofrece la única alternativa real y efectiva al desigual mundo moderno. Ellos también quieren el cambio, pero no uno que mira para adelante sino para atrás. De vuelta, ir de cabeza hacia las reducciones jesuíticas.

No hay que desmerecer la relevancia ni la complejidad de este choque de culturas. Por más que hoy parezca que la opinión pública, tanto en Venezuela como en Argentina y otros países de la región prefiere la sociedad liberal y pluralista, y condena los abusos de la comunidad jesuítica y de las pequeñas y grandes venezuelas que ese ideal alimenta, no conviene como hizo Macri esta semana basar toda las ventajas de esa opción en este estado de la opinión, sobre todo porque hay que tener en cuenta que esa mayoría va a sobrevivir sólo si logra resultados inclusivos. Si no, las pequeñas venezuelas que llevamos dentro muy probablemente vuelvan a ganar la popularidad de momento perdida.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/12/16

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Ganancias es otra víctima del progresismo trucho

Macri se equivocó al prometer que ningún trabajador pagaría Ganancias cuando él fuera presidente. Sus funcionarios se equivocaron al demorar inútilmente el envío al Congreso del proyecto correctivo de ese impuesto, que estaba listo desde principios de año, y después se volvieron a equivocar apurándose a mandarlo cuando ya no podía lograr consenso. Massa, por su parte, se equivocó al encolumnar a su gente detrás de las locuras fiscales de Kicillof y encima incitarlos a que se sacaran una foto con él y el resucitado Recalde que va a ser difícil de olvidar.

Así, todos fueron poniendo su granito de arena para que se armara la descomunal batahola de fin de año. Pero no sólo porque midieron mal los problemas que cada uno enfrentaba, sino por sobre todas las cosas porque fueron víctimas de una misma y sustancial incomprensión sobre el impuesto a las Ganancias y lo que él significa.

Una incomprensión que al menos nos acompaña desde 1999, cuando la Alianza apenas llegada al poder quiso usarlo como instrumento decisivo para equilibrar las cuentas públicas sin afectar a los más pobres, de manera de mantener en pie una Convertibilidad ya moribunda, y sus votantes de la clase media acomodada, más los periodistas progres que la integran y tanto habían ayudado hasta entonces para que ese proyecto político los sedujera, se le pusieron en contra.

Entonces quedó a la luz el problema que iba a signar toda la saga posterior en torno a este tributo. Machinea y su equipo económico argumentaron que aumentar la recaudación de Ganancias era imprescindible para evitar un ajuste mayor sobre los más necesitados, que era una opción progresista que serviría para convencer a la sociedad de que la Alianza no era la derecha neoliberal que los peronistas hasta hace pocos días menemistas ahora denunciaban. Y que en todos lados del mundo ese impuesto es el cemento de un pacto democrático básico entre ricos y pobres, y entre el estado y la sociedad, que en Argentina aun estaba faltando.

Pero no hubo caso. La prensa habló de “impuestazo”. Muchos analistas destacaron que culpa de ese aumento de la carga tributaria la economía siguió en recesión. Y aunque el equipo económico sostuvo la iniciativa el entonces presidente De la Rúa se abstuvo de defenderla o siquiera hablar de ella, a ver si todavía arriesgaba su ya frágil popularidad en aras de construir una difusa ciudadanía fiscal que interesaba a muy pocos, entre los que seguro él no estaba.

En algo De la Rúa no se equivocó: los argentinos tienden siempre a preferir el estatismo, pero prefieren también no hacerse cargo de sus costos y obligaciones asociadas, o que al menos esos costos no les sean impuestos en forma abierta y directa, lo que consideran injusto e inmerecido. De allí que los gobiernos por norma se inclinen a cobrar impuestos indirectos antes que directos; cuando aquellos no alcanzan prefieren endeudarse, y sobreendeudarse, y cuando eso no alcanza o no está al alcance prefieren una buena dosis de inflación y descapitalizar el estado y la economía.

Los Kirchner esa lección sí la aprendieron y echaron mano de todos estos recursos. Y aunque siguieron cobrando Ganancias con la denostada “tablita de Machinea”, pese a que la inflación volvió por completo inadecuadas sus escalas, se desentendieron del efecto deslegitimador que eso tuvo sobre el tributo; por las mismas razones que se negaron a emprender cualquier reforma tributaria o a mejorar la recaudación de los tributos a la propiedad y las rentas, y siguieron cargando más y más el trabajo y la producción. Hacerlo era el mejor camino para mantener un alto grado de discrecionalidad y particularismo en la recaudación, concentrar inéditamente los ingresos públicos y que tanto los ricos como los pobres de nuestro país dependieran de ellos, no de ninguna regla de juego que pudiera establecerse y legitimarse en forma pública y abierta, y no se independizaran de la voluntad de los gobernantes.

Así fue como el Impuesto a las Ganancias se volvió una mala palabra y el debate al respecto se enturbió más y más. Porque encima buena parte de la oposición de entonces, de la mano del sindicalismo y ante el silencio empresario, se ocupó de confundir más las cosas. Igual que con el tema de las tarifas de servicios públicos ella tuvo en ocasiones un comportamiento abiertamente oportunista: bastaba que se insinuara cualquier tímida idea de poner orden en el desbarajuste de las escalas, los mínimos no imponibles y los alcances del tributo (y hubo infinidad de intentos al respecto, tanto de parte de legisladores del FPV como de la oposición) para que ciertos líderes antikirchneristas extremaran las cosas, “ningún trabajador debe pagar Ganancias” y sanseacabó.

Fórmula que pasa por alto una situación dramática, que se viene profundizando año tras año en nuestro mercado laboral: los salarios de convenio de muchos gremios, en particular en algunas zonas del país como la Patagonia, se van despegando cada vez más del promedio de ingresos nacionales; es decir que quienes los reciben pasan a integrar esa clase media acomodada que ya en tiempos de la Alianza se mostró tan reacia a hacer una contribución especial. Con lo cual lejos de expresar un interés común de “los trabajadores” defienden uno bien específico. Legítimo como cualquier otro, claro (nadie en ningún lugar del mundo quiere que el estado le meta más la mano en el bolsillo), pero indiferente a las exigencias de un pacto social amplio e integrador.

Probablemente el entuerto generado con el voto unificado de toda la oposición en Diputados al proyecto de reforma de Ganancias de alguna manera se resuelva, sea a través de una negociación más razonable en el Senado o a través de un veto parcial. Pero seguirá pendiente relegitimar este esencial tributo, y que el mismo ayude a crear reglas transparentes y estables para nuestra convivencia y el ejercicio de nuestros derechos y obligaciones.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 11/12/16

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¿La muerte de Castro puede detener la agonía del castrismo en la región?

Entre las imágenes más llamativas que ofrecieron las exequias del ex comandante revolucionario varias las brindaron políticos argentinos hoy en la oposición. En nuestro país, igual que en Venezuela, el culto castrista agoniza desde hace tiempo. Pero muchos se resisten a verlo, y lo abrazan como tabla de salvación para sus fracasos y desprestigio social. La diferencia es que mientras los homenajes al ex dictador cubano tienen su lógica, aunque también un sabor rancio y ocultan no pocos fracasos, en la Habana, en Caracas o Buenos Aires carecen de lo primero y le suman al tufillo a frustración una buena dosis de patetismo.

Movió a risa la ristra de oraciones fúnebres que lanzaron por twitter varios ex funcionarios procesados por corrupción y abuso de poder, como Julio De Vido, quien quiso mostrarse conmovido hasta los huesos por el recuerdo del romántico líder barbudo. Y no fue menos Rodríguez Saá, quien desde su feudo puntano lo homenajeó con varios días de duelo oficial, como si se tratara del mismísimo Papa.

¿Pura hipocresía, actuación para la gilada que en los días que corren puede estar bastante tentada de ver a estos líderes peronistas como máxima expresión del prebendarismo conservador, y con estos gestos tal vez vuelva a creer que ellos son capaces de ofrecer aun sueños de cambio y futuro?

Hay más que marketing berreta en todo esto, sin duda. El castrismo siempre ha estado bien instalado en las cabezas nacional populistas, listo para salir a flote en caso de necesidad, en Argentina igual que en otros países de la región. Sin ir más lejos, recordemos que cuando los Rodríguez Saá tuvieron oportunidad de ejercer el poder nacional, por suerte brevemente, lo hicieron de la mano de Verbitsky, Bonafini y varios otros fieles representantes del castrismo local (también lo hicieron de la mano de Carlos Grosso, pero eso es otra historia).

Lo peculiar de la ocasión está dado por lo inoportuno de la muerte de Castro fuera de la isla. Y es que ella se produce justo cuando esas convicciones nacional populistas venían ya lidiando con un duelo prolongado y mucho más grave. Que suma la indisimulable frustración con las políticas aplicadas durante años y años, pese al gasto de enormes recursos que ni en los mejores años de la ayuda soviética los cubanos llegaron a disfrutar, con el rechazo abierto de los votantes de sus países, en ausencia de amenazas externas (Obama mediante) o de polarización ideológica de las que agarrarse. El castrismo se hunde así tanto por sus fracasos como por la falta de los enemigos soñados que en el pasado tanto hicieron por alimentarlo.

¿Garantiza esto su extinción? Puede que no. Recordemos que el mexicano Jorge Castañeda y muchos otros, tras el derrumbe del bloque soviético, se apresuró a pronosticarla, sosteniendo que la izquierda latinoamericana se alejaría desde entonces inevitablemente de la influencia de los Castro, de las utopías armadas, del nacionalismo antimperialista y antipluralista, y se acercaría más y más a la socialdemocracia europea y a los demócratas norteamericanos, y en muchos países terminó sucediendo lo contrario. La ola populista de una década después le dio el poder a varios experimentos filo castristas, y estuvo incluso cerca de dárselo en el propio México.

Y es que el castrismo ha demostrado ser enormemente flexible y resistente a los avatares. No por anda hizo o intentó de todo a lo largo de sus sesenta años de vida, tropezó infinidad de veces y sin embargo siguió adelante. Casi desata una guerra nuclear, en su empecinamiento en volverse una amenaza militar en las mismas narices de los norteamericanos, sueño que por suerte los propios soviéticos terminaron frustrando. Casi se hunde durante el llamado “período especial” en que por años no pudo alimentar a su población y terminó permitiendo la fuga de cientos de miles para que los alimentaran los norteamericanos. Avaló a todas y cada una de las dictaduras del famoso Movimiento del Tercer Mundo, un excelente disfraz para déspotas africanos, asiáticos y latinoamericanos de todo pelaje, que tenían en común el solo odio hacia la democracia pluralista, y no perdió por ello su cariz romántico y rebelde. Y sus últimos socios y entenados, los populismos radicalizados de nuestra región, se hubieran podido contar entre esos despotismos, de no haber sido que las energías se les acabaron demasiado pronto.

Así que no hay que darlo tan rápido por muerto. Menos ahora que su héroe máximo ha muerto, y encima aparece Trump en el horizonte para darle nuevos bríos.

por Marcos Novaro
publicado en TN.com.ar el 3/12/16

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¿Macri necesita nuevos ministros, nueva coalición o solo esperar?

¿El presidente escuchará a Emilio Monzó y cambiará de aliados y colaboradores? No es su estilo: como Néstor Kirchner, prefiere equipos inoxidables, o que parezcan serlo. El problema es si, como dice el jefe de Diputados, los cambios que ahora serían poco costosos dentro de un tiempo van a serlo mucho más, y encima tal vez sean ya insuficientes, dejando expuesto a un gobierno que corre detrás de los acontecimientos

Lo cierto es que la frustración de las expectativas puestas en una pronta reactivación económica está adelantando el 2017. Como si ese año fuera a tener un solo semestre, el electoral. De esa frustración se alimenta la novel desesperación de los peronistas moderados por mostrarse opositores y obstruir todas las iniciativas del gobierno, incluso las que hasta hace poco les generaban simpatía. Y también la desesperación del oficialismo por recuperar aire e intentar nuevos cursos de acción.

En ese marco se inscribe el apuro por aumentar el gasto social a fin de año, desentendiéndose del todo del programado recorte del déficit, los rumores echados a rodar desde la Jefatura de Gabinete sobre una suerte de prueba de final de ciclo lectivo que esa repartición le haría a los ministros, rumores más intensos aun sobre prontos cambios de gabinete, que muchos creen deberían empezar por algunos de esos engreídos evaluadores de Marcos Peña, y también las declaraciones hasta hace poco impensables que lanzó Monzó invitando abiertamente al Ejecutivo a cambiar no sólo el gabinete, sino incluso de aliados, desechar Cambiemos, que según él sirvió para ganar 2015 pero no sirve para gobernar, y reclutar efectivos socios peronistas.

Hace poco Jorge Asís llamó a Carrió la Chacho Álvarez de Macri, para destacar su manía por extorsionar al presidente en público. Siguiendo la analogía a Monzó ¿podría considerárselo entonces un nuevo Santibañes? La diferencia es que también el jefe de la Cámara Baja carece de la confianza de Mauricio como para influir desde las bambalinas. ¿Escuchará éste de todos modos su consejo? Y más importante aun, ¿debería hacerlo? Cuando la autoridad del líder empieza a ponerse en duda y los errores de gestión comienzan a perjudicarlo es buen momento para que tome aire y revalide sus títulos. Pero, ¿eso significa soltar lastre y cambiar, o apretar los dientes y cerrar filas? Cualquiera de las dos cosas puede funcionar, o ninguna.

Por de pronto Macri parece ser de los que menos se preocupan. Dado que las encuestas todavía le sonríen, encuentra una vez más razones para seguir el curso que más le gusta, la opción zen: no apurarse a actuar, esperar a que los demás se equivoquen y no consumir energías inútilmente en cursos de acción que con el tiempo se demuestran inviables. Así que lo más probable es que no haya pronto cambios de gabinete ni mucho menos de aliados, ambos considerados riesgos inútiles cuando todavía no está claro si va a despuntar finalmente la reactivación, o si el peronismo endurecido va a fortalecerse y reunificarse o todo lo contrario.

Es cierto que las encuestas no registran variaciones sensibles en la imagen del gobierno, pese al incremento del pesimismo económico y los datos bien contundentes sobre la continuidad de la recesión. También es cierto que Massa no se muestra más opositor porque esté creciendo en las encuestas sino todo lo contrario: lo hace porque cae más que el presidente. Pero de todos modos, ¿es razonable que el gobierno no haga nada? Tal vez para cuando haya caído la ficha de la decepción en el ánimo colectivo ya sea tarde para que él pueda conseguir nuevos aliados, en reemplazo de los que nunca llegaron a serlo, aunque se mostraron durante un tiempo colaborativos en el Congreso, y de los que ayudaron a Macri a ganar, pero no lo estarían ayudando lo suficiente a tomar decisiones viables en la gestión.

Como sea, mientras resuelven qué hacer sería bueno que en el Ejecutivo se pongan de acuerdo sobre dónde están los inconvenientes, si en la periferia de la coalición o en su mismo centro.

La caída de la reforma política y de otros proyectos legislativos a los que se pusieron muchas fichas desde la Presidencia ofrece alguna evidencia al respecto. En el vértice oficial sostienen que el principal obstáculo surgió de la excesiva fragmentación de los peronistas y la poca colaboración de los senadores radicales. Entre estos, y en varios otros círculos, en cambio, destacan con bastante fundamento que el problema lo tiene Macri mucho más cerca: los fracasos se originaron más bien en la incapacidad de la Jefatura de Gabinete para coordinar las negociaciones, y en la del propio presidente para transmitir su entusiasmo con esos proyectos de reforma, por caso, al Ministerio del Interior, sus representantes en Diputados y en la provincia de Buenos Aires, que arrastraron los pies y dejaron poco tiempo para que en el Senado se negociaran leyes que todos sabían serían muy difíciles de aprobar.

Así las cosas, de todos modos, tal vez no sea mala idea la opción zen de tomarse las cosas con calma. Sobre todo porque el peronismo, en su infinita desorientación, hasta cuando se sale con la suya ofrece oportunidades para que el oficialismo festeje: la reforma política iba a suponer tantas dificultades de instrumentación y un gasto tan oneroso que es seguro el bloqueo practicado por los senadores peronistas, y en particular su olvido en sugerir cualquier reforma alternativa, significarán también un gran alivio para el gobierno, que podrá convertir ahora este tema en un mucho más eficaz y barato lema de la campaña que está por comenzar, o que acaba de hacerlo.

por Marcos Novaro

publicado el 28/11/16

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¿Efecto Trump? Los peronistas huelen sangre y polarizan

Cuando el gobierno de Macri está por cumplir su primer año de mandato la sensación de que las cosas no le están saliendo muy bien que digamos, sobre todo en la economía, se fortalece.

Y un poco por eso y otro poco por un poco sutil contagio del clima virulento que instaló a nivel global la victoria del candidato republicano parece estar consumiéndose la módica moderación y el acotado espíritu colaborativo que habían dominado en lo que va de 2016 la política argentina.

De pronto la virulencia y la polarización volvieron a ponerse de moda. Afectando las estrategias de quienes hasta aquí más habían hecho, tanto desde el gobierno como desde la oposición, por instalar un clima político superador de la década larga de polarización kirchnerista.

Si seguimos así puede que vayamos en camino a estar tan mal como en Estados Unidos. Y con ninguna de las barreras institucionales que allá impiden que los climas de opinión arrasen con todo.

Para muestra basta un par de botones: hasta mediados de año los pocos ultra kirchneristas que se habían atrevido a confesar lo que realmente querían, que al gobierno de Macri le fuera todo lo mal que fuera posible, como Ricardo Foster y algún que otro diputado, quedaron en ridículo. Hace pocos días en cambio Fernando Chino Navarro dijo exactamente eso, “para que al país le vaya bien a Macri tiene que irle mal”, y ya nadie se inmutó.

Claro que también se apuraron a hacer su aporte los que nunca renunciaron ni renunciarán a la polarización. Cristina Kirchner y Hebe de Bonafini, con sendas cartas, pero sin mucha suerte, por lo gastada que está, hicieron amplio despliegue de violencia verbal en la semana que pasó.

Bonafini repitió sus temas de siempre en una carta a Francisco. Justo cuando éste se muestra alarmado como nunca antes por la polarización, debido a sus propios problemas en la Iglesia. Para la jefa de Madres si de su sector u otros opuestos al gobierno de Macri surgieran actos de violencia será porque éste la provocó, así que ellos no tendrán responsabilidad alguna en lo que suceda. A lo que agregó que la “llamada democracia” es para ella una mentira institucionalizada que “nos costó muchas vidas ya”, de lo que cabe deducir que nada mejor que liquidarla cuanto antes. Difícilmente podía ser menos oportuna.

En cuanto a Cristina, su carta, más modesta, la dirigió a Macri y con un fin más acotado, disculpar los curros de su madre. Allí volvió a repetir sus temas de siempre, pero introdujo una frase igualmente sorprendente: “El problema de la Argentina sigue siendo el mismo de siempre: ustedes”. Es de esas cosas que hay que animarse a decir, y más todavía hay que animarse a escribir, porque ponen en evidencia queriendo o sin querer toda la podredumbre de una cultura: “estamos nosotros y están ustedes y si nosotros lográramos sacarnos de encima a ustedes viviríamos magníficamente”. Ya muchos lo han intentado en la historia nacional, Cristina debería saberlo, y así nos fue.

Pero bueno. El problema está lejos de se lo que digan Cristina y Bonafini, es si sus ideas todavía pueden tener sintonía con, e influencias en, las de actores más amplios. Y algo de eso pudimos ver en estos días que pasaron.

Algunas de estas señales, identificando a los actuales gobernantes, a quienes hasta hace poco se discutía tanto como se respaldaba sus iniciativas, como un ato de inútiles reaccionarios, vinieron de los lugares y las voces menos pensadas. El casi siempre muy medido Roberto Lavagna salió con los tapones de punta, tal vez para compensar tantos meses y años de moderación, y lanzó: “tuvimos ya este tipo de modelo económico con los militares y en los años noventa”. Como si todo fuera lo mismo. Incluidos los noventa y la dictadura. Nadie debió ofenderse cuando muy módicamente Prat Gay se quejó, y lamentó más bien, que su ex jefe y por años cercano colega planteara las mismas comparaciones a que nos tiene acostumbrados Bonafini. ¡¿Para qué?!! De inmediato le saltaron al cuello una ristra de renovadores indignados: el propio Massa sostuvo que el ministro actual “no puede ni lustrarle los zapatos a Lavagna”, Camaño explicó más doctrinaria que “ningún funcionario tiene la estatura moral, ni política ni la calidad patriótica de Roberto Lavagna para cuestionarle ningún comentario”, con lo que nos venimos a enterar que ya había un Papa argentino antes de Francisco, y Felipe Solá se las ingenió para dar vuelta las cosas explicando que el gobierno oculta la realidad social “diciendo que no son lo mismo que la dictadura”, como si hubiera sido el macrismo el que empezó con las odiosas comparaciones. Pero el que redondeó las cosas fue Aldo Pignanelli pidiendo “memoria”, y una decididamente descalificatoria: “estos personajes y apellidos que hoy están en el Banco Central… y otros lugares son los mismos apellidos que nos llevaron a otras crisis”. Tal vez tenga pensado condenar a Federico Sturzenegger para castigar tardíamente a su padre, y que todos escarmienten, que ningún otro miembro de estas familias malditas, otra vez el “ustedes son el problema”, vuelva a ejercer cargo público alguno.

Si seguimos así 2016 será recordado como un año de recesión, de ensayos de cooperación a la postre frustrados, y sobre todo como el breve intervalo entre dos grandes trifulcas. De esas en las que nos desentendemos de resolver problemas, abocados a sacarnos de encima a los que supuestamente los provocan.

Aunque puede también que los ánimos se calmen y la sangre no llegue al río. El gobierno hizo su aporte para que así sea, desentendiéndose de la escalada de declaraciones y contradeclaraciones. Y también lo hicieron, llamativamente, los que más motivos tienen para quejarse de la situación reinante. Los defensores de la ley de emergencia que se reunieron el viernes en torno al Congreso pronunciaron discursos en general mucho más moderados que los de la oposición “moderada” en los últimos días. Tal vez porque ellos sí saben que si al gobierno le va mal no habrá resultado electoral que los salve de una crisis mayor.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 20/11/16

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