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Un vuelco en la situación política

Hasta aquí el kirchnerismo venía logrando que la gente pusiera su atención en las vacaciones y, en el peor de los casos, en la economía. Y que de esta hiciera una evaluación matizada: que aun cuando se lo responsabilizara de algunos o muchos de los problemas reinantes, se le reconociera que es el único que por ahora puede evitar que se agraven, y es preferible entonces que él no se siga debilitando. Así habría aun esperanzas de que, aunque sea por pura casualidad, dé en el clavo con alguna solución.

En ese cuadro de situación las denuncias de corrupción, abuso de poder y demás desmadres institucionales, así como los papelones internacionales, aunque golpearan cada vez más cerca de la presidente y fueran cada vez más indisimulables, no hacían demasiada mella en la opinión. La mayor parte de los argentinos asume que “todos roban” y todos violan la ley cuando les conviene, y aunque eso puede no gustarles, dado que “no tiene arreglo” no está entre sus prioridades que alguien intente cambiarlo.

Pero es muy probable que la muerte de Nisman produzca un vuelco: porque una cosa es el robo y otra muy distinta la muerte. Más aún las muertes políticas (y ésta sin duda lo es, más allá del curso que siga la pesquisa judicial), que desde 1983 afortunadamente siempre han sido consideradas intolerables: sucedió con José Luis Cabezas, con los manifestantes de diciembre de 2001 y seguramente sucederá en este caso.

En el Ejecutivo lo saben y por eso han salido a despegarse. Cristina guardando el silencio habitual, pues como sabemos ella sólo es presidente de las buenas noticias, nunca de las malas; y el resto bombardeando con la tesis de un suicidio supuestamente originado en la “encerrona en que el propio fiscal se metió al hacer una denuncia sin asidero”.

Pero es difícil que eso vaya a funcionar. Primero, porque el origen del conflicto con Nisman, el pacto con Irán, siempre fue inexplicable desde la posición oficial: se dieron varias explicaciones, todas malas y poco creíbles, de haber estampado la firma y hecho votar por el Congreso semejante engendro. Y en cambio la investigación del fiscal ofrece una bastante convincente. Segundo, porque hay ya varios antecedentes del oficialismo usando servicios de inteligencia con fines partidistas, tejiendo relaciones internacionales con ayuda de esas redes y de militantes afectos al terrorismo: lo hizo con Venezuela durante una década, así que es muy creíble que lo haya hecho con Irán. Y tercero porque en su lógica de guerra contra la Justicia fue tan brutal en el ataque a Nisman, que perdió la ocasión de descargar el problema en funcionarios de menor rango o una patrulla perdida de adictos demasiado entusiastas.

Así las cosas, lo más probable es que el descrédito oficial se incremente y el temor a lo que se viene, hasta aquí principal instrumento del gobierno, se vuelva en su contra.

El barco kirchnerista desde hace largo tiempo que viene haciendo agua. Pero desde lejos parecía que nada lograba alterarlo demasiado, que seguiría a flote y llegaría medianamente bien a puerto. Ahora el proceso se aceleró, dejando a la luz lo precaria de su situación: más allá de la aparente estabilidad, avanzaba a paso firme hacia el punto crítico en que el agua superaría la línea de flotación; y si la muerte de Nisman lo empuja más allá de ese punto crítico, difícilmente logre evitar un rápido hundimiento. Si esto sucede él y todos los demás deberán repensar sus planes de campaña, sus promesas de continuidad y de cambio, y como justificarse ante la sociedad.

- publicado en perfil.com el 19/1/2015

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Ayatollah Cristina, entre el terrorismo y el antimperialismo

El mundo le sigue dando dolores de cabeza al kirchnerismo. Y no sólo porque baje la soja, le quieran cobrar por todos los medios las deudas acumuladas, se objete su manipulación de las estadísticas y se desnude el lavado de dinero del círculo presidencial. Sino también y sobre todo porque el mundo se resiste a acomodarse a su visión cada vez más esquemática e infantil de las cosas.

Con palabras más sofisticadas que las de D´Elía y Bonafini, pero con la misma idea general del problema, Cristina ha denunciado una y otra vez que el colonialismo europeo, la CIA y el militarismo norteamericano están detrás de todos los males de la tierra. Y con esos argumentos ha querido justificar apuestas cada vez más torpes y costosas, desde su solidaridad con Khadafi al acuerdo con Irán, de la confrontación inconducente con la justicia norteamericana a la entrega de pies y manos a los chinos por un puñado de dólares. Todo se justifica porque en la vereda de enfrente están supuestamente los ricos y poderosos, que son los que nos critican y los que tienen la culpa de todo, afuera igual que fronteras adentro.

En ello no ha habido sólo relato y oportunismo, sino también estrategia. Y una muy mala estrategia. Cristina, de la mano del sorprendente señor Timerman, ha imaginado que gracias al ascenso de China y de Rusia, un país como Argentina necesita y necesitará cada vez menos a esas democracias occidentales renuentes a colaborar con su administración. Y como su premisa es que fueron éstas las que hasta aquí nos han impedido desarrollarnos y progresar, por las deudas que nos impusieron, por las exigencias de sus inversores y la soberbia de sus gobernantes, cree que alejándonos de su influencia podremos, nótese la paradoja, finalmente parecernos más a ellas y hasta superarlas. Que es el sueño de todo buen peronista desde los orígenes del movimiento, y de muchos otros argentinos: convertir al país en una potencia aún más influyente y avanzada que las del norte supuestamente decadente. Con lo que se ignoran no sólo las limitaciones cada vez más grandes que nos impiden dar esos saltos, y que vuelven los intentos de darlos cada vez más agotadores e inconducentes. Sino también el hecho de que países como Rusia y China no son más benévolos que los demás poderosos del mundo en sus tratos internacionales, todo lo contrario. Y que el abrazo que promueven nos impulsará más bien a parecernos cada vez más a ellos, en lo económico, con salarios más bajos, y también en lo político, con menos democracia.

En este marco, ha interpretado el problema del terrorismo internacional con la misma tónica que aplica a la historia de violencia política en el país: habría sido la violencia de arriba la que generó la violencia de abajo, así que primero hay que terminar con la represión y el combate militar del extremismo islámico, la intervención armada de los países ricos en Medio Oriente en general, y después la jihad, Estado Islámico y todas las demás manifestaciones del islamismo violento van a desaparecer solas. Porque ellas no son problemas en sí, son efectos de males previos, el imperialismo en todas sus formas.

Eso no va a pasar, claro. Porque las cosas son bastante más complicadas, lo fueron en nuestro país y lo son en el mundo. Antes que una guerra entre el Islam y Occidente, el islamismo radical es la expresión de una guerra interna en el mundo musulmán. Donde pelea su principal batalla, contra los musulmanes moderados y sobre todo contra las fuerzas democráticas y liberales de países estragados por el autoritarismo y la pobreza. Se alimenta en gran medida de ésta, tanto en los países musulmanes como en los occidentales. De allí el reclutamiento de muchos jóvenes europeos en donde la integración económica y social soñada por sus padres fracasó y alimentó el resentimiento. Pero desde Khomeini a esta parte siempre su principal objetivo ha sido evitar que el Islam se secularice y modernice, combatiendo todas las variantes de liberalismo político y económico en su seno. Y a su principal responsable, Occidente.

Lo interesante del caso es que ese resentimiento, aunque no tiene la misma intensidad, posee similares orígenes y características que el que anima no sólo a buena parte del activismo kirchnerista, sino también a muchos otros argentinos. Que por más que no compartan el antimperialismo doctrinario y virulento de los D´Elía y Bonafini, sintonizan con él desde un antimperialismo de sentido común, que hace posible pensar que los franceses en alguna medida se merecen lo que les sucedió, porque también ellos han bombardeado y matado inocentes en países del tercer mundo, porque les han vendido armas e incluso sus militares y servicios secretos han entrenado en el pasado a Al Qaeda, o porque para comprar petróleo barato cooperaron con regímenes autoritarios en Medio Oriente.

Con argumentos de este tenor, que tienen algo de verdad pero pecan de una miopía de origen, al atribuirle todos los males del mundo a un grupo de países, las democracias desarrolladas del centro, y disculpar al extremismo, el autoritarismo y la violencia que florecen en muchas regiones de la periferia, Argentina, otrora el país de la región más afín y cercano a Europa Occidental, ha tendido a extrañarse cada vez más de ese mundo desarrollado al que intentamos tantas veces parecernos, pero una y otra vez ese ideal se nos escapó y fracasamos.

A las puertas de lo que parece será una nueva frustración nacional, y una bastante difícil de explicar, con la economía estancada, el dólar incontrolable, default y demás desgracias, es bastante lógico que no sintamos mucha solidaridad que digamos por esos muertos parisinos, y muchos pensemos que “por algo será”.

Si de lo que se trata es de reflexionar sobre los contextos, este es el nuestro, en el que recibimos la noticia del atentado contra Charlie Hebdo. Como era de esperar, un oficialismo acorralado intentó sacar provecho a su manera de estas circunstancias, nutriéndose del resentimiento y el miedo, tratando de hacer pasar el acontecimiento como una prueba más de que Occidente está condenado y es un fraude. Que si no nos quiere en su club, peor para ellos y mejor para nosotros, pues todas las plagas habidas y por haber se seguirán descargando sobre sus cabezas y se lo tendrá merecido.

Ayatollah de su propia secta de fanáticos, Cristina nos dirá de nuevo que eso les pasa porque no le hicieron caso. Y lo peor será que, fuera de su círculo de alucinados, muchos más recogerán de sus palabras el calmante que necesitan para tragarse la frustración nacional que tenemos entre manos. Y encontrar su razón de ser no en lo que hemos hecho nosotros con nuestro país, sino en el mal que supuestamente nos ha hecho y le ha hecho el mundo.

 

 

-publicado en tn.com.ar el 14/01/2015

Posted in Política.


Cristina y la UCR buscan protagonismo, sin candidatos

2014 se cerró con un protagonismo creciente de las tres figuras que aspiran a la sucesión y tienen chances de lograrla, Scioli, Massa y Macri.

Pero en el arranque de 2015 puede ya observarse un cierto giro: el renovado esfuerzo de los relegados por ese protagonismo, pues no tienen a su lado candidatos presidenciales muy atractivos que digamos, por lograr mayor participación en el juego. Y puede que por sus propios medios o colaborando más o menos disimuladamente entre sí lo consigan.

Cristina empujó una vez más a su entorno a horadar a Scioli, amenazarlo y cuestionar hasta sus más irrelevantes muestras de autonomía. Pero no se quedó en eso, mientras tanto activó la ingeniería legal para ser candidata en todo el país al fantasmagórico Parlasur, de modo de complicarle la vida al mismo tiempo al gobernador bonaerense y a la oposición. Si lograse nacionalizar la elección en torno suyo podría hacer creer que los votos oficiales siguen siendo de ella, no de quien resignadamente acepte como su candidato presidencial; y si además pudiera impedir que los opositores se pongan de acuerdo en presentar una sola lista para el Parlasur, tendría chances de seguir invicta en las urnas.

El oficialismo también hizo circular encuestas según las cuales cualquier candidato que reciba el aval de la presidente tendría garantizado 38% de los votos, y la versión de que la ola naranja podría quedar reducida a espumita si Scioli es forzado a competir contra listas avaladas por Cristina en las PASO, o directamente impedido de participar de ellas como parte del FPV.

Claro que Scioli podría en este último caso hacer lo que le sugirieron ya tiempo atrás sus seguidores menos afines al kirchnerismo, armar con De la Sota, Rodríguez Saá y hasta con Massa una interna entre peronistas disidentes, en la que todavía lo acompañarían unos cuantos gobernadores, intendentes y sindicalistas. Pero los riesgos de quedar como el jamón del sándwich y perderlo todo serían considerables así que esa salida es poco convincente como alternativa. Por suerte para él, tan poco convincente como la amenaza de dejarlo fuera del FPV.

Por el lado de la oposición, además, en caso de prosperar la manganeta oficialista del Parlasur la opción más tentadora podría ser, más que la de un peronismo reagrupado, la que por sus propios motivos está enarbolando en estos días la UCR: convertir abiertamente las PASO en lo que en alguna medida e implícitamente ya son, una gran interna de todos los que quieren dejar fuera del poder a los k. Esta gran coalición podría ser un efecto no querido (o no del todo querido) de los esfuerzos kirchneristas por bloquear acuerdos más puntuales, como los que se tejen entre candidatos a gobernadores del radicalismo, FA-Unen, Massa y Macri en provincias donde se votará simultáneamente con las presidenciales, o la perspectiva de un acuerdo específico para unificarse sólo en la lista al Parlasur, posibilidad que Cristina quiere bloquear a toda costa.

En cualquier caso, la gran coalición tendría la enorme ventaja de asegurarle a Macri y Massa que uno de los dos sería seguro presidente, y al que resulte favorecido facilitarle la formación de una nueva mayoría de gobierno, electoral y legislativa. Pero sobre todo está pensada para hacerle la vida más cómoda a la UCR, que de ser un descuartizado campo de disputa entre esos dos candidatos se volvería el eje articulador de un nuevo gobierno, y uno de seguro poderoso. Con esta idea en mente, el senador Gerardo Morales, aliado de Massa y aspirante radical con chances a la gobernación de Jujuy, parece haber convencido a Ernesto Sanz de que sea que se pueda lograr o no, impulsar la gran coalición es la mejor alternativa, porque al menos muestra al partido con iniciativa, obliga tanto a Massa como a Macri a responder, y por ahora evita que la UCR se descomponga en acuerdos puntuales con el FR o el PRO, situación que tendría por principal perjudicado precisamente al propio Sanz, jefe nacional del partido. Además de que no es incompatible con que los radicales mantengan la atención puesta en potenciar sus listas locales y provinciales en los distritos donde pueden ganar.

Ahora bien: más allá de todo eso, ¿tiene alguna posibilidad de convencer a los aspirantes a la sucesión con más chances? Les ofrece un marco en el que competir por hacerse de la adhesión ya no de una acotada primera minoría, sino de una amplia mayoría, el 70% de los votantes que quieren un cambio. Asegurándose, como dijimos, no sólo de un triunfo en la primera vuelta, sino de una mayoría social e institucional que haría más fácil ejercer la presidencia desde diciembre de 2015. Posibilidad cuyo atractivo crece si ambos calculan que pueden resultar sus beneficiarios, perspectiva que la pareja relación de fuerzas del momento en alguna medida alienta.

Las complicaciones para implementar el acuerdo, de todos modos, son muchas e indisimulables. La primera es la que encarnan Cobos y Binner, que quedarían un poco fuera de juego en esa gran coalición: ya se reunieron e hicieron saber que prefieren acordar una fórmula entre ellos, en el marco más estrecho del FAUnen, que ceder a la venenosa oferta de ser cola de león. Además está el problema de las listas de diputados y senadores nacionales: a nivel local y provincial la UCR podría asegurarse de que ni Massa ni Macri le disputen los cargos que ella tiene chances de ganar, pero difícilmente los presidenciables sean tan generosos con las bancas nacionales, que necesitarán poblar de gente leal si quieren no depender por completo de legisladores ajenos para gobernar desde 2016. En otro caso les convendría ir a las PASO por su cuenta, y confiar en que si hacen un buen papel en ellas podrán polarizar con Scioli en la primera vuelta y quedarse con una primera minoría, que aunque esté muy lejos de ese 70% con que se especula será propia y leal.

Por de pronto lo que es seguro es que a Massa y Macri lo que les conviene más que nada es que sea el otro el que diga que no al convite radical y quede aislado. Y por ello ninguno de los dos se apresuró a contestar. Pesa en ellos también el temor a que efectivamente Cristina logre instalar su candidatura a algún cargo, Scioli se le someta, la economía un poco ayude y el oficialismo repunte en las encuestas acercándose al 40%. Lo que se difunde al respecto desde las usinas oficiales es por ahora pura fantasía, pero podría no seguir siendo así en caso de que entre Cristina y Scioli vuelva a primar el equilibrio colaboración-diferenciación que lograron, por ejemplo, en 2011.

Lo curioso de todas estas apuestas y movidas es que están tan interconectadas entre sí, y operan sobre un terreno tan fluido, que nadie, ni los tres grandes aspirantes a la sucesión ni los que se mueven alrededor tratando de condicionarlos o montarse en ellos, puede saber a ciencia cierta qué es lo que más le conviene: por eso, podrá decirse que es penoso que se manipulen las reglas de juego para condicionar los resultados, que es decepcionante que los candidatos se parezcan tanto, los partidos sean tan débiles y los alineamientos tan laxos, pero lo que no podrá negarse es que la competencia será intensa y el juego incierto y entretenido hasta el final.

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Kicillof, Zaffaroni, Abal Medina: el fanatismo de la confusión

Ya desde el arranque estuvo bien a la vista que los Kirchner preferían gobernar acompañados de los más fieles y entusiastas, antes que contar con la colaboración de gente capacitada aunque de lealtad y convicciones más flexibles. Y esa actitud no ha hecho más que reforzarse con el paso del tiempo. CFK lo ha demostrado en los últimos meses no sólo encumbrando a los leales en sus posiciones de poder en perjuicio de los más tibios como forma de mantener la disciplina, si no incitándolos a mantener bien alto ante el mundo y las dificultades que proliferan el ethos oficial y sus ideas, mostrando a propios y extraños que pase lo que pase el oficialismo seguirá fiel a lo que considera “sus convicciones”, tenidas por el más valioso baluarte a defender.

Con el arranque de su último año en el poder asistimos una andanada de muestras de esa profesión de fe: habló el ahora ex juez Zaffaroni para dejar en claro, por si hacía falta, que nunca se consideró juez de todos los argentinos ni actuó como tal, sino como el fanático defensor del proyecto oficial en los tribunales, y por tanto enemigo de los jueces que no profesan esas mismas ideas, de los políticos opositores y por sobre todo de Clarín, el titiritero de todos los anteriores; habló también Abal Medina para explicar que no hay corrupción, que el gobierno no perdió las elecciones de 2013 y que todo anda bárbaro y listo para que el “proyecto se reelija” y siga veinte años más; y habló claro Kicillof para anticipar que los que se equivocan en no ceder son los holdouts porque el gobierno nacional los tiene acorralados en la ONU, que sus intereses resumen los de una conspiración financiera internacional orientada a destruir el modelo k, y que estamos creciendo aunque no se note.

Los tres, en sus respectivos campos de acción, igual que Cristina en los de todos ellos, parecen estar recontraconvencidos de lo que dicen. No hay dato de la realidad ni argumento en contrario que les haga mella. Creen, probablemente con una buena dosis de sinceridad, que su proyecto político es lo mejor que le pudo pasar al país y le puede seguir pasando en el futuro, y los tres ratifican esta convicción con un mismo recurrente argumento: las críticas y objeciones están motorizadas y manipuladas por intereses y proyectos tan dañinos que no corresponde hacerles lugar alguno, porque de hacerlo todo se iría al demonio.

Entre los fundamentos de esta convicción es fácil identificar una desbordante autoestima. Pero ese no es el mayor de los problemas. También subyace un galopante desprecio por todos los que opinen distinto, desdibujada por la recurrente victimización que convierte a los disidentes en agresores desalmados y superpoderosos, con lo cual se disimula el hecho de que estos tres (ahora dos) funcionarios del estado, igual que muchos otros de esta administración, vienen hace tiempo abusando de su posición como servidores públicos para negarle el ejercicio de sus derechos a parte considerable de quienes les pagan sus salarios, desnaturalizando la función para la que han sido electos. Que actúen de este modo es bastante más grave, pero todavía no es lo peor.

Lo peor es que disfrazan de coherencia y convicciones firmes lo que es una absoluta incapacidad para pensar en forma razonable en los problemas que tienen por delante. El fanatismo con que defienden al gobierno y a sí mismos es, por tanto, el más dañino: uno que combina rigidez y oportunismo según la conveniencia del momento, que puede ser todo lo ideológico que haga falta para polarizar las discusiones y presentar los asuntos políticos como cuestiones de fe, pero también exaltar la ciega confianza en la jefa, en su astucia y pragmatismo, cuando se requiere justificar cualquier otra decisión incoherente e insostenible.

Muchas veces cuando se juzga a los actores políticos se piensa en términos polares, resaltando una de dos posibles virtudes: se elogia a algunos porque son astutos y pragmáticos, y a otros porque son coherentes y mantienen sus convicciones. De los Kirchner se han dicho las dos cosas. Pero lo cierto es que en su declive, los kirchneristas están resumiendo la contracara de esas dos formas de hacer política virtuosa: han logrado volverse fanáticos de la más completa confusión, fieles inflexibles de la nada misma.

- publicado en tn.com.ar el 5/1/2015

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2015 sonríe a Scioli y Cristina, guardianes del statu quo

La presidente se muestra entusiasmada en el inicio de su último año en la Presidencia, aunque durante el que terminó no consiguió casi ninguno de los objetivos que se propuso: no resolvió el problema de los holdouts ni pudo abrir el crédito externo para el país, no halló la forma de reactivar la economía, no logró desguazar a Clarín, no instaló un candidato del riñón oficial ni desarmó la amenaza a la unidad peronista representada por el massismo, y no consiguió detener las aún más amenazantes investigaciones judiciales sobre sus negocios familiares.

Su actitud no es sólo impostura. Tiene su razón de ser: aunque no se salió con la suya en casi ningún terreno, evitó en todos ellos que sus adversarios lo hicieran. Instaló al menos a medias la disyuntiva patria o buitres y responsabilizó tanto por ese como por el resto de los problemas económicos a capitalistas especuladores y sin sentido de nación que la sociedad detesta más que a los delincuentes comunes, mientras preservó para su gobierno el rol de defensor del empleo y el consumo de los buenos argentinos. Mantuvo a Clarín y al resto de la prensa independiente a la defensiva y cuestionados en su legitimidad, y algo parecido logró motorizando contradenuncias contra jueces y fiscales no alineados y contra más o menos difusas redes empresarias de lavado de dinero y corrupción, abonando la desde antes extendida opinión de que “ladrones somos todos”. Y prolongó la expectativa en que podrá actuar como primera electora en las presidenciales y, en cualquier caso, perdiendo dignamente o acompañando un eventual triunfo de Scioli, conseguirá retener una buena dosis de poder institucional.

Por su parte Scioli se muestra todavía más satisfecho y contento, al extremo de hacerse fotografiar durmiendo la siesta, desde que se convenció de que lo peor para él ya pasó y le espera un año de desafíos manejables. Habiendo evitado los saqueos que el propio oficialismo se ocupó de promocionar como peligro inminente, y el más palpable peligro de una polarización entre kirchneristas duros y antikirchneristas en el peronismo, el gobernador tiene sus propias razones para sonreírle al nuevo año. Y para asumir que tendrá en su transcurso asegurado su rol como defensor de la continuidad de lo “bueno de estos años” y de completo irresponsable de lo malo, cualquiera sea la especificidad que atribuyan a esto último distintos grupos de votantes, pues él puede prometerles que dejará todo eso atrás sin mayores problemas apenas asuma, echando mano a su ya probada y muy bien dosificada combinación de sencillez, practicidad y buena onda.

Estos dos máximos referentes y defensores del statu quo vigente en el país difícilmente consigan contagiar a la sociedad las sonrisas con que reciben el nuevo año. Por más programa de sonrisa digna y operativo sol que promocionen. Pero tal vez no sea necesario que lo logren para alcanzar sus objetivos. Basta con que convenzan a una minoría (40% para ser más precisos) de que es innecesario y además arriesgado emprender un cambio. Y se aseguren la fragmentación de quienes opinan distinto.

Los opositores, por tanto, están obligados a acomodar sus planes a esa posibilidad. Y hay que reconocer que al menos algunos de entre ellos vienen haciéndolo bastante bien, no dejándose atrapar bajo el mote de “los que quieren destruir lo conseguido”, ni en el deprimente papel de agoreros que complican innecesariamente las cosas.

Dada esta situación, con lo inclinado que está el terreno de competencia en su contra y con lo ambiguas que son las opiniones de la sociedad sobre lo que ha venido sucediendo y lo que cabe esperar de aquí en más, pedirles que hagan mucho más sería exagerado. Que hayan llegado a la posición en que se encuentran y estén en condiciones de volver competitiva la próxima elección presidencial es más que suficiente: aseguran una lid electoral que, comparativamente con las registradas en los últimos quince años, será no sólo más pareja y abierta, sino más sustantiva y positiva para la democracia y el desarrollo argentinos de todo lo que hemos vivido desde la última gran crisis. Cualquiera sea el resultado.

 -publicado en tn.com.ar el 29/12/2014

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Argentina K nos incluye, pero con una inclusión mentirosa

¿Qué es más difícil, sacar a una persona del desempleo o lograr que pase de un empleo improductivo a uno productivo?

Cuando se discute cuánto peor era la situación del país que el kirchnerismo recibió de la que él va a legar al siguiente gobierno es necesario hacerse este tipo de preguntas. Que merecen una respuesta compleja porque es indudable que la exclusión social era mayor en 2003 de lo que es en 2014 y será en 2015. Pero también lo es que algunos de los problemas generados por las malas políticas de inclusión implementadas en estos años serán más difíciles de resolver que las dificultades que los Kirchner encontraron al llegar al poder.

Por supuesto que para las personas que recibieron en estos años un plan social, un empleo público, se incorporaron a una moratoria previsional o lograron que sus hijos asistan más tiempo a la escuela de lo que lograron asistir ellos, el beneficio es indiscutible. Tienen algo que antes no tenían y en general están agradecidos. Pero sobre todo están asustados, tienen miedo de volver para atrás. Y el miedo no es sonso: se funda en que saben muy bien que ese beneficio es precario, depende de decisiones políticas y más aun de ecuaciones fiscales y soluciones institucionales que están agarradas con alfileres. Y saben además que esas ganancias apenas si les alcanzan para mantener la nariz fuera del agua; pero el agua la siguen teniendo cerca del cuello.

Si esos temores están bien fundados y la inclusión conseguida en estos años es en muchos casos precaria, si no decepcionante, no es sólo por la posición y suerte particular de determinadas familias y personas. Sino por un problema general: los déficits de diseño y funcionamiento de las políticas de inclusión. Que como sucede con cualquier edificio, pueden ser más difícil de reformar de lo que fue construirlas.

El kirchnerismo ha sostenido que vino a reemplazar un proyecto de exclusión social, el que llaman “neoliberal” (para no llamarlo “menemista” o “peronista de los 90”). Y es cierto que el gasto social del estado creció en estos años (aunque no tanto como dicen, a menos que consideremos los subsidios a los servicios públicos como parte de ese gasto). Y que bajó el desempleo. Pero esa mayor inclusión, tanto a través del gasto como del empleo, a medida que pasó el tiempo ha supuesto un resultado cada vez más paradójico: en vez de consolidarse se volvió insustentable y contradictorio, por no decir lisa y llanamente mentiroso.

En las tres etapas que pueden identificarse en la evolución del empleo desde 2002 esto queda bien a la vista: en la primera, hasta 2006, la economía productiva generó la enorme mayoría de los nuevos puestos de trabajo, más del doble que el sector público; en la segunda, entre 2007 y 2011, la relación se invirtió, la enorme mayoría de los nuevos puestos fueron en el sector público, más precisamente en la administración, con una productividad bajísima en la mayor parte de los casos; y en la tercera, desde 2012 a hoy, directamente el empleo público comienza a reemplazar los puestos que se van destruyendo en la economía productiva.

El resultado es un círculo vicioso difícil de desmontar: como la gente no consigue trabajo en la economía privada lo busca en el sector público, que aumenta su plantilla elevando los impuestos, lo cual desalienta inversiones y reduce más las posibilidades de que se creen puestos productivos, reforzando a su vez la convicción de los trabajadores y aspirantes a serlo de que sólo el estado podrá contratarlos y fuera de él no tienen destino, temor del que se alimenta la reproducción del sistema. Así fue que llegamos a la situación reinante en provincias como Jujuy, Tucumán o Chubut, donde las plantillas administrativas crecieron cerca del 100% en estos años, y otras como Buenos Aires, Misiones, Salta y Santa Cruz, donde lo hicieron por arriba del 60%, y en todas ellas los bienes públicos que ofrece el estado no dejaron de deteriorarse.

Como prueba lo sucedido, por caso, en la educación pública, donde también la inclusión mentirosa tiende a ser la regla. Es cierto que en estos doce años creció el número de alumnos en el nivel secundario, así como el número de años promedio que los niños y jóvenes permanecen en el sistema educativo formal, y ello favoreció a los sectores de bajos ingresos. Pero de acuerdo a las pruebas PISA la calidad de la educación a la que éstos acceden no dejó de caer en comparación con la que reciben los sectores altos: la distancia entre los resultados que consiguen alumnos de hogares pobres y ricos es cada vez mayor, y es mayor en Argentina que en muchos países de la región. Algo similar sucede en la educación superior: las posibilidades de que un estudiante de origen humilde ingrese a la universidad pública son diez veces menores a que lo haga un estudiante de clase media o alta; y las diferencias se agravan cuando consideramos las chances de graduación, porque en esas universidades fue creciendo con los años el porcentaje de graduados que provienen de primarios y secundarios privados. Lo que significa que el presupuesto que el estado destina a la educación terciaria beneficia cada vez más a los que menos lo necesitan.

Encima, opera también en el sistema educativo una lógica reproductiva similar a la del empleo público, que complica las chances de reformar estos mecanismos de inclusión frustrante o mentirosa: los padres que ven que sus hijos corren el riesgo de fracasar reclaman que la escuela no los excluya, y pueden ser seducidos por propuestas como eliminar la repitencia o prohibir los aplazos, que aseguran del modo más directo que las escuelas a las que asisten esos estudiantes se desentiendan de la calidad del servicio que brindan, y los gobernantes se laven las manos.

En todos estos casos y muchos otros de similar tenor el miedo al cambio es muy razonable. Y es el principal alimento del que se nutre un sistema rentista y extractivo profundamente injusto y desigual pero que ofrece aparentes respuestas inclusivas a muchos millones de argentinos. Allí reside el corazón del modelo k. Y va a ser sin duda más difícil cambiarlo que eliminar el cepo al dólar, meter preso a Boudou o incluso que bajar la inflación.

-publicado en tn.com.ar el 22/12/2014

Posted in Politica Argentina.


2015, el valle de lágrimas del cambio  

En los análisis prospectivos sobre lo que nos espera el año que viene se destacan dos factores de incertidumbre: no podemos saber si va a haber o no acuerdo con los holdouts, así que puede que la recesión continúe, se agrave aun más o en alguna medida se revierta; y no podemos saber quién va a ganar las presidenciales, porque la competencia es muy pareja y puede que lo siga siendo hasta bien avanzado el año.

Sin embargo, estas incertidumbres vienen compensadas por factores más estables, datos que a veces no se tienen suficientemente en cuenta y marcan una vía bastante más previsible para la transición y la sucesión presidencial.

Por el lado de la economía, ella difícilmente se recupere mucho ni caiga mucho más, porque el gobierno tiene los recursos para mantenerla medianamente a flote, aunque sea rascando el fondo de la olla, y las empresas en general van a aguantar como vienen, a la espera de que en pocos meses un nuevo gobierno empiece a tratarlas mejor, y como contracara, aun cuando Kicillof de pronto hiciera todo bien, la desconfianza hacia él de los inversores y los consumidores y los más bajos precios de las commodities impondrán un techo bajo a una eventual recuperación, un piso alto de inflación y la continuidad de los problemas para generar empleo.

Por el lado de la política, gane quien gane las presidenciales, Macri, Massa o Scioli, tratarán de desarmar lo que puedan de la bomba de tiempo que ha ido armando el gobierno antes de asumir el mando, lo que implicará tensiones parecidas entre las autoridades salientes y las entrantes. Y el resultado de esas tensiones es también bastante previsible: Cristina se comportará seguramente todo lo irresponsable que pueda: como Bignone en 1983 concederá generosos aumentos salariales de último momento, recursos a las provincias y beneficios a las empresas, y los demás actores podrán hacer poco y nada por evitarlo.

La moderación de todos los candidatos con chances en 2015 asegura también que encararán este problema con más resignación que disposición a la lucha: incluso Massa y Macri, siendo claramente opositores, saben que van a necesitar apenas asuman la buena voluntad de los gobernadores y sindicalistas que todavía rodean a Cristina y esperan beneficiarse hasta el final de su generosidad, así que no es muy probable que vayan a entrar abiertamente en colisión con su interés en abrirle la billetera a la presidente saliente.

Desde hace semanas que el pronóstico de un pronto arreglo con los holdouts viró hacia una visión más pesimista, según la cual las autoridades se habrían convencido de que les van a alcanzar las reservas, porque la cuenta de importaciones de combustibles bajó, se consiguieron algunos recursos del mercado local, de China y de Francia, y finalmente con llegar a abril, cuando se empiece a liquidar la nueva cosecha, sería suficiente; de ahí a las PASO de agosto, habiendo ahogado financieramente a los productores del agro, se podría garantizar un flujo mínimo de divisas para llegar a octubre.

Esa convicción por ahora desalienta mayores fugas del peso de los actores locales y en cambio alimenta su disposición a participar de la bicicleta financiera armada con los bonos ligados al dólar y depósitos a altas tasas de interés, que no empardarán la inflación pero sí permiten obtener beneficios en moneda dura gracias a un tipo de cambio cada vez más retrasado y que el gobierno promete mantener así a toda costa.

De este modo, la estabilidad relativa que se asegura de aquí a octubre se sostiene en una horadación de las posibilidades de garantizar un mínimo control sobre las variables económicas después de esa fecha. Y ahí está el quid de la cuestión, entonces: no en lo que pase en los primeros tres trimestres del año, sino en qué va a pasar entre octubre y diciembre.

En ese momento ya no habrá medias tintas, cualquiera que sea electo, para no quedar atado de pies y manos apenas asuma va a tener que forzar que parte de las medidas impopulares que la triple crisis fiscal, de deuda y de nivel de actividad obliga, las asuma el gobierno que concluye; que pueda lograrlo o no es harina de otro costal, y como dijimos nada asegura que vaya a serle fácil.

Por más que haya ganado con amplio margen y una ola de popularidad lo impulse a tomar riesgos y hacerse de la iniciativa, el presidente electo va a necesitar, como adelantamos, el apoyo de gobernadores y sindicalistas a los que inicialmente no controlan y Cristina podrá ofrecerles más que promesas. Además el vencedor de las presidenciales difícilmente habrá ganado con un diagnóstico sincero de lo que sabe estará obligado hacer, bajar subsidios, subir tarifas, devaluar la moneda y liberar el mercado de cambios. Así que ¿con qué cara podría forzar a Cristina a que lo haga por él? Podrían tal vez intentar que el mercado haga parte del trabajo, pero lo más probable es que esté en una situación parecida a la que enfrentó a Viola con Videla y Martínez de Hoz en 1981, cuando el régimen militar convino una transición tranquila, en la esperanza de que el estallido del programa de retraso cambiario y contención de la inflación no liquidara a ambos, jefes salientes y entrantes. Lo que después terminó cargándose de todos modos en los segundos.

En una crisis por goteo, por acumulación progresiva de malas noticias como la que estamos atravesando, el dato fundamental no es la incertidumbre, que no se sepa cómo van a terminar las cosas, si no que hay una tan extendida como firme convicción de que van a terminar mal, y todo va a empeorar bastante antes de poder mejorar, que el consenso se orienta en favor de los intereses de quienes están por dejar el poder y pueden retrasar lo más posible las malas noticias.

Lo que explica otro aspecto notable de la actual situación: queda claro que no es por fe en su proyecto sino por falta de ella que la gente no quiere que Cristina se debilite aún más y pierda por completo la capacidad de preservar el statu quo. Ahí está la principal razón del 40% de imagen positiva de la presidente, y de la drástica caída de la predisposición de la gran mayoría a protestar y reclamar, respecto de lo vivido entre 2012 y 2013; así como de la impotencia de los aspirantes a la sucesión para entusiasmar a la gente. Es lo que la teoría ha denominado el valle de lágrimas del cambio: estamos parados en donde inicia ese valle, lo que vemos por delante no es tanto incertidumbre como un cúmulo inevitable de problemas, y nadie tiene mucho apuro por dar los primeros pasos para adentrarse en ese escenario. Es razonable que así sea, y a la vez es profundamente lamentable.

-publicado en tn.com.ar el 15/12/2014

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Falta sólo un año, pero uno interminable

En apenas un año CFK dejará el poder, de eso podemos estar seguros. A esa altura ella y su familia podrán ostentar un record absoluto en más de 100 años de historia nacional: desde principios del siglo XX ningún grupo político estuvo tanto tiempo, más de 12 años, en control del estado argentino; Menem sumó un poco más de 10 y antes de él la única experiencia comparable era la del primer Perón, cuyo dominio sólo podría considerarse más prolongado si incluyéramos la etapa militar de 1943 a 1946, pero sería hilar demasiado fino; en tanto el primer radicalismo, aunque es cierto que gobernó ininterrumpidamente por 14 años, entre 1916 y 1930, lo hizo dividido en dos facciones que eran casi dos partidos distintos y se alternaron en la presidencia en 1922 y 1928, así que tampoco cuenta.

¿Para qué les sirvió a los Kirchner ese largo predominio, y para qué le sirvió al país? No para superar nuestra crónica inestabilidad. Cuando se explora la inestabilidad política argentina hay que atender ante todo al siguiente dato: la que padecimos hasta hace 30 años fue a la vez de políticas públicas y de regímenes políticos, y aunque esta última quedó atrás desde diciembre de 1983, fecha de la que se cumple también otro aniversario en estos días, y tenemos desde entones gobiernos bastante estables y grupos gobernantes cada vez más longevos, sin embargo la inestabilidad de políticas públicas no desapareció, todo lo contrario.

Esta paradoja parece ir agravándose, además, en el último tiempo y en la etapa que se viene, lo que no es de asombrarse dado que la estabilidad del poder kirchnerista fue desde un comienzo parasitaria de los instrumentos y recursos que sirven para dar solidez al poder del estado, y de los que tendió a abusar cada vez más, alimentando la inestabilidad de sus propias políticas públicas, de los instrumentos de gobierno de la economía. Con lo cual cabe esperar que su conclusión dentro de un año nos dejará como legado un arcón de nuevas fuentes de inestabilidad que apenas si hemos empezado a explorar.

Ha quedado bien a la vista en los últimos meses en la secuencia frenética y contradictoria de medidas contra la inflación, para controlar el tipo de cambio y el comercio exterior, en los fines y los instrumentos utilizados en la política exterior y financiera y en muchos otros asuntos. Cuanto más inestables las políticas, por lo inesperadas, contradictorias e insustentables, más fervorosamente se proclama su necesidad para sostener el “modelo”, que consiste pura y exclusivamente, es lógico concluir, en sostenerse un poco más en el poder resignando lo mínimo posible de él.

Esta tensión no puede sino empeorar en el año que tenemos por delante porque Cristina nos viene obligando a elegir entre males, a sabiendas que el grueso de la sociedad e incluso muchos de sus adversarios preferirán el mal menor hoy, aun cuando sea a la larga fuente de mayores dificultades. Y eso puede permitirle que se salga con la suya, al menos unos meses más.

Un dilema difícil de resolver nos acompañará, así, durante lo que queda de kirchnerismo. Por un lado, nadie en su sano juicio quiere que las cosas terminen mal y se repita una experiencia parecida a las de 1989, 2001 o tantas otras crisis agudas. Ya tantas veces sufrimos caídas económicas y políticas como esas que sabemos bien que una nueva no servirá demasiado como experiencia aleccionadora, ni mucho menos como fondo del pozo para empezar de nuevo. Sólo acarreará problemas más graves y difíciles de resolver.

Pero por otro lado, que las cosas no se compliquen ahora bien puede significar que se sume más poder destructivo a la bomba de tiempo que vienen armando las actuales autoridades, es decir, que los problemas que no exijan atención ya lo hagan del peor modo apenas alguien reemplace a Cristina Kirchner en diciembre de 2015.

Que esto sea así no es ninguna casualidad. El kirchnerismo viene trabajando febrilmente para construir esta escena desde hace tiempo, al menos desde que pasó de trabajar con la hipótesis de Cristina eterna a la más realista de la sucesión inamistosa. Lo ayudan en este cometido, además de sus aliados más fieles, otros que no lo son tanto dentro del peronismo, como el gobernador bonaerense, repitiendo el mantra de que “todo va a salir bien”, y también algunos opositores que se escandalizan con sus lances más ofensivos y nos advierten que estamos a punto de convertirnos en Venezuela, con lo cual involuntariamente alimentan el miedo y la reacción conservadora que hace que muchos toleren los avances efectivos del gobierno en dirección a esconder la mugre debajo de la alfombra como males menores y costos aceptables para que las cosas no empeoren más todavía.

Así que hoy que es tan común que se reclamen consensos sería bueno atender al hecho de que algunos de ellos ya existen y son muy eficaces para la lucha política. Aunque no sean los que se quisieran, estén velados detrás de aparentes disensos irreconciliables, y no generen precisamente, como se espera de ellos, políticas cada vez más estables. “Que todo siga como está” es uno de esos consensos.

La cuota de responsabilidad en sostener este statu quo decadente pero inmutable es, claro, muy diferente entre unos actores y otros. A los opositores puede reclamárseles que no sean capaces de movilizar a la sociedad detrás de propuestas de cambio más potentes y atractivas, y superar la disyuntiva en que se debaten entre la escandalización que atemoriza y la morosa y casi cómoda espera a ser reconocidos como “los más confiables para el cambio seguro”. Pero es claro que no se trata de un déficit de discurso o de coraje, sino de una carencia estructural de recursos, que no depende de la sola voluntad corregir. Y que, por otro lado, muchos de ellos han diagnosticado ajustadamente.

En cambio en el amplio arco de actores del peronismo oficialista y los grupos de interés asociados la reluctancia a correr riesgos y plantear mayores objeciones al curso de los acontecimientos sí parece estar asociada a un error de diagnóstico, a una cierta distorsión cognitiva: la idea de que todo está estructuralmente bien en la economía y la política argentinas y sólo hay algunos problemas de coyuntura originados en una también coyuntural mala praxis, que sería más o menos fácil corregir. Aunque apenas se empieza a hacer la lista de estos “problemas de coyuntura”, el dólar, la tasa de inversiones, los precios relativos, el déficit fiscal, las deudas impagas, las distorsiones impositivas, el desbarajuste regulatorio, los avances del narco y la corrupción, la lista y sus etcéteras son tan largos y agobiantes que resulta imposible sostener tanta autoindulgencia.

-publicado en tn.com.ar el 8/12/2014

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Operación “ladrones somos todos”

En las atolondradas denuncias del kirchnerismo contra Margarita Stolbizer por enriquecimiento ilícito y contra un buen número de empresarios y figuras públicas por tener cuentas no declaradas en Suiza hay bastante de chicana y manotazo de ahogado. Pero hay también doctrina: el ladrón nos alienta a creer que todos son de su misma condición; mensaje que, en la cosmovisión k, posee un sentido ético mucho más amplio que el habitual y la mera justificación de la codicia de este o aquel funcionario. Porque para el kirchnerismo la corrupción siempre tuvo antes que nada una función educativa y correctiva: ella pone las cosas en su lugar en la relación entre política y economía, demuestra que el poder político determina siempre la distribución de la riqueza y la propiedad, y que el liberalismo y el “gobierno de la ley” son sólo disfraces, mentiras de quienes ya se han llenado los bolsillos y no quieren que los demás los imiten. Por eso, aunque los Kirchner se han ocupado de disimularla, no hicieron nunca mucho por taparla: la corrupción les sirvió para corregir lo que siempre consideraron una desviación moral y un error intelectual inaceptable, y para educar y formar en un sentido ético a la sociedad, a la economía y a la política del país. Y hay que decir que, al menos durante un buen tiempo y en alguna medida, lo lograron.

Es fácil comprobar que en las sociedades donde el respeto a la propiedad privada y la confianza en la competencia de mercado son bajos, la corrupción tiende a ser alta. Si está difundida la idea de que “toda propiedad es un robo” y de que “detrás de toda gran fortuna hay un gran embustero” entonces robar, al menos al erario público, puede no ser tan malo. Incluso puede justificarse en términos igualitarios y redistributivos, pues en el fondo es prolongar en provecho de los recién llegados al poder un proceso de apropiación y saqueo que brutalmente y hace tiempo iniciaron quienes hoy a están en la cúspide de la sociedad, y que luego de aprovecharse de él al máximo quieren negarle la oportunidad de un similar usufructo a los que vinieron después. Algo por demás egoísta y arbitrario, aunque se disfrace con la moralina anticorrupción del “respeto de la ley”.

Esta mentalidad populista y antiliberal ha sido difundida con esmero en Argentina por diversos partidos, pero en particular lo fue y lo sigue siendo por el peronista. En distintas variantes a lo largo de su historia. Durante la primera época de Perón se la formuló y practicó en sintonía con una versión algo fascistoide de la doctrina social de la Iglesia. Con Menem, en clave de modernización capitalista y como justificación de las aspiraciones de la elite política de mimetizarse con la de negocios. Lo que se llevó bastante mal con los pocos rasgos auténticamente liberales y de mercado de las reformas en esos años implementadas. Y en los años de los Kirchner con el cuento de la nueva izquierda latinoamericana, el regreso de la política y el estado y la lucha contra los engaños neoliberales. Con lo que se descalificó lo poco bueno y se potenció todo lo malo de la fase anterior.

Ahora que están de salida y cada vez más acorralados, Cristina y los suyos recurren a esta ética menos disimuladamente y con cierta desesperación. Aunque siguen sabiendo golpear donde duele. No fue para nada casual que la presidente reapareciera en público y para responder explícitamente a los avances de investigaciones judiciales locales e internacionales sobre el lavado de los dineros familiares en la reunión de la Cámara Argentina de la Construcción, rubro que se sabe predilecto por la elite oficial desde las primeras denuncias de Carrió contra De Vido y desde aquel mensaje de despedida lanzado por Lavagna cuando se supo expulsado del gobierno de Néstor. Aunque señalar al juez Bonadío como un igual, porque no tendría en orden una empresa de la que es accionista, no le hizo un gran favor a la investidura presidencial, lo fundamental fue lo que no se dijo, pero se insinuó: que Lázaro (y a través suyo, la familia) no es sino un recién llegado al club de la “patria contratista”, la cual no tendría nada que reprocharle a las autoridades ya que en todos estos años han convivido con enorme provecho.

Cristina suele hablar de estos asuntos de dinero, de todos modos, con el desprecio y la distancia de una intelectual. Lo que le ha sido de gran utilidad, pues le permite descargar en otros, antes en Néstor ahora en Máximo, los manejos empresarios de la familia. Recordemos cuando se definió a sí misma como una exitosa abogada, de lo que muchos dudan, pero nada dijo de sus condiciones que nadie le discute, hotelera, rentista inmobiliaria, operadora financiera. Recordemos también cómo, a poco de iniciarse el mandato de su marido, quiso justificar pero a la vez descargar en él la responsabilidad por el manejo de los dinerillos matrimoniales brindando una espectacular lección de “pragmatismo k”, según la cual Néstor la habría convencido al mudarse a Santa Cruz de que “para hacer política hace falta platita”. Cuando en verdad de lo que seguramente se informaron muy bien ambos, no sólo Néstor y no sólo entonces, fue que la más rápida vía para hacer dinero es exprimir en provecho propio las lagunas y demás limitaciones de la ley. Esa era entonces y sigue siendo hoy la piedra de toque de la ética kirchnerista.

El problema para Cristina no fue nunca la inconsecuencia o la ignorancia de esta cruda faceta crematística de su proyecto político, sino las desprolijidades en que ella, su hijo y sus socios parecen haber incurrido a la hora de administrar el tráfico entre lo que de ella se debe mostrar y lo que sólo hay que insinuar. Y no sólo por la torpeza de registrar miles de habitaciones vacías a nombre de empresas de Lázaro, sino por sumarlo a las fotos de familia. Algo de lo que Néstor siempre se cuidó, igual que de mantener velada la trastienda santacruceña de su sistema de poder. Y que puede terminar siendo aún más dañino que haber puesto a Boudou de vice.

Aunque tal vez el paso del tiempo hubiera hecho igual su trabajo de haber sido menor la dosis de torpeza de los gobernantes. Porque el fondo del problema del modelo k es que nunca asumió la conveniencia de prepararse para dejar el poder. No sólo negó por ilusorios el mercado, la competencia, el esfuerzo productivo y, finalmente, la propiedad privada. Sino que los reemplazó por otra ilusión, la muy patente de que sólo existe el poder político y él se puede reproducir ad infinitum si se está dispuesto a ejercerlo sin restricciones. La corrupción, así, no ha sido una desviación en el modelo kirchnerista, sino la puesta en práctica más sincera y auténtica de su ética. Y también ha sido la prueba de su futilidad, de que todo lo que esmeradamente construyó lo moldeó de manera que corre el riesgo de derrumbarse como un castillo de naipes.

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¿Cómo fue que Duhalde y Alfonsín parieron al kirchnerismo?

Ambos habían cometido ya unos cuantos errores en sus carreras políticas, pero no puede negarse que, durante la crisis de 2001 y 2002 tuvieron algunos de sus mayores aciertos: lograron cooperar y hacer que al menos parte de sus partidos cooperaran para sacar al país del abismo proveyéndole condiciones y una orientación innovadora a la economía. Sin embargo, cuando estaba por coronarse con el éxito ese esfuerzo, hacía fines de 2002, fue como si los traicionaran sus instintos, llevándolos a incurrir en errores difíciles de explicar, tal vez los que más terminarían pesando en la historia del país: Duhalde consagró, y Alfonsín no hizo nada para evitar que se consagrara, candidato presidencial a Néstor Kirchner, quien los traicionaría poco después y con el tiempo traicionaría todo lo que había de innovador y potente en el proceso económico por ellos forjado.

¿Por qué lo hicieron? Tenían poco tiempo y pocas alternativas disponibles, es cierto, pero visto en perspectiva eligieron tal vez la peor. Ambos explicarían luego que subestimaron el afán destructivo y autoritario del entonces gobernador santacruceño, al que en verdad no conocían muy bien, lo que sin duda es parte de la explicación. Pero no toda. Otra parte es que subestimaron también la innovación económica que habían gestado, y eso los llevó a no valorar lo suficiente las posibilidades abiertas para un curso político igualmente innovador.

La novedad iniciada con la devaluación y la subsiguiente estabilización, conducida primero por Remes Lenicov y luego por Lavagna, residió en esencia en que por primera vez en décadas una crisis cambiaria no era seguida en Argentina de un ajuste caótico y una aceleración prolongada de la inflación. Y que, al contrario, la ganancia para la competitividad de la producción se acompañara de un aumento sostenido tanto de la recaudación fiscal, que proveyó una base inéditamente sólida para el superávit de las cuentas públicas, como de un amplio superávit comercial y un aumento de la tasa de inversión, primero en las actividades exportadoras y al poco tiempo extendida a muchas otras. Que el superávit fiscal se lograra con algunos tributos de emergencia (como las retenciones y el impuesto al cheque) no significaba que no pudiera convertirse, pasada la crisis, en una conquista más firme asentada en otros menos distorsivos. Y que el dólar se estabilizara en niveles que imponían en principio un bajo nivel salarial no significaba que, a través de la generación de empleo productivo, no se pudiera con el tiempo reequilibrar la productividad con el bienestar de la población. El círculo virtuoso de movida permitió que los capitales fugados comenzaran a volver y que un mercado libre de cambios fuera compatible, ya en la segunda mitad de 2002, con una tasa muy baja de inflación y una expansión de la actividad superior al 10%.

Hubo también innovaciones políticas acompañando este cambio económico, pero no las suficientes, y allí fue donde el diablo metió la cola. Peronistas y radicales, o mejor dicho los duhaldistas y los alfonsinistas cooperaron tanto en el Parlamento como en el Ejecutivo para fijar y sostener este rumbo, en principio sin mayor adhesión de la sociedad. Un inédito gobierno de coalición estaba evitando que las instituciones democráticas colapsaran junto con la economía y la crisis tuviera efectos sociales aún más graves y prolongados. Pero evitar un mal no siempre es algo fácil de hacer valer en las encuestas. Y cuando recién despuntaba la luz al final del túnel, y la actividad y con ella el empleo iniciaban una recuperación inesperadamente veloz, el gobierno debió llamar a elecciones anticipadas.

Pudo haberlo hecho, de todos modos, con un candidato que continuara el experimento coalicional tanto como la orientación económica. Tibiamente lo intentó con Reutemann, De la Sota, hasta con Macri, aunque la mejor carta que tenía, el propio Lavagna, apenas si fue explorada. Y si ninguna de esas alternativas el gobierno la barajó como vía de continuidad al acuerdo entre partidos fue por otros motivos. Por un lado, Alfonsín estaba convencido de que para recuperar al radicalismo debía tomar distancia de un gobierno que todavía tenía más pasivos que activos económicos y sociales que mostrar, de manera de reabsorber o por lo menos acotar los cismas encabezados por Carrió y López Murphy. De otra manera su versión de la UCR sería deglutida por el peronismo y los neoradicales se quedarían con sus votos, cosa que igual sucedió.

Por su parte Duhalde tenía una visión igual de escéptica de los réditos que la economía podía ofrecer y creía que su problema fundamental era Menem, y sólo oponiéndole la candidatura de un gobernador peronista podría disputarle el control del PJ, evitar que él se dividiera aún más y triunfara un no peronista.

Así, por cálculos de coyuntura en gran medida errados, que les impedían ver el bosque de nuevas posibilidades que se abrían y los llevaban a sobreestimar los obstáculos de algunos árboles más bien residuales, o que no eran todo lo novedosos que pretendían, Duhalde y Alfonsín terminaron descartando la vía de la innovación política. Lo pagarían caro. Para peor, en principio pareció que habían acertado: Alfonsín tuvo sus primeros meses de entusiasmo con Néstor presidente; se dejó seducir por su retórica antimilitar, anticorporativa y de ampliación de derechos, en la que creyó ver la chance de una profundización progresista de la cooperación radical-peronista iniciada con Duhalde. Mientras éste vivió su propio espejismo: se imaginó como hombre de consulta del nuevo mandatario y una suerte de Urquiza entre los jerarcas peronistas, que por largos años podrían negociar pacífica y razonablemente la distribución del poder mientras el país se modernizaba y crecía. Hasta que lo sacaron de su ensueño, arrojándolo de nuevo y del peor modo a la arena.

Debió ser para ambos una iluminación sobre la dimensión del error cometido lo que escucharon decir a Kirchner en un discurso del que hace poco se cumplieron 10 años: el que pronunció en las cercanías de la ESMA en marzo de 2004 y expuso por primera vez el alcance epocal que buscaba para sí el naciente kirchnerismo. Muchos creyeron entonces que, con él, Néstor estaba ampliando el horizonte de los cambios que propondría al país. Pero los dos ex presidentes que habían ayudado a encumbrarlo, y con el paso del tiempo cualquier observador independiente, pudieron advertir que lo que sus palabras y el giro radical que las acompañó traerían consigo era más que nada una restauración, que frustraría las innovaciones que el 2002 había iniciado, imponiendo una orientación regresiva en la política y la economía del país.

Allí Kirchner ajustó cuentas primero con Alfonsín y 1983, a los que consideró una continuidad disfrazada de la dictadura militar, luego con los peronistas, a los que dejó fuera del acto para mostrarles hasta qué punto dependerían de él para reciclarse y relegitimarse luego de la “larga noche de los noventa” y demás complicidades con los “enemigos del pueblo”, y por último también con el movimiento de derechos humanos y la izquierda, que deberían dejarse cooptar y convertirse en una tropa acrítica si querían disfrutar de las mieles del poder.

En poco tiempo se verían rápidos avances en todos esos frentes. Los derechos humanos se volvieron fuerza de choque oficial casi sin disidencias (la única memorable fue la de Miguel Bonasso, entonces destacado referente del sector y pronto enviado a su segundo exilio por sus más dóciles compadres de Carta Abierta). Los peronistas hasta allí renuentes se fueron amoldando al nuevo orden, para hacerse merecedores tanto de los recursos fiscales como de los certificados de indulgencia que el nuevo pontífice graciosamente distribuía, con lo cual no sólo el menemismo sino pronto también el duhaldismo serían deglutidos. Y poco después nacería el radicalismo k, máxima presea de una transversalidad que se anunció como el fin de los viejos partidos y el renacer del mítico movimiento nacional.

Mientras tanto, la gestión económica confirmó que las innovaciones habilitadas en 2002 quedaban de lado para volver paso a paso a lo que había sido norma en la Argentina del medio siglo anterior: que así como los partidos y facciones no cooperarían ya entre sí, aunque se parecieran mucho más de lo que querían reconocer, se volvería a elegir entre alta inflación o bajo crecimiento, luego entre inversión o gasto público, y por último entre dólar atrasado, reprimido o regulado, o crisis financiera. No es causal por ello que, diez años después de ese discurso, en estas estemos.

publicado en La Nación el 25/11/2014

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