Skip to content


Histeria electoral: ayer era Scioli, antes Massa, hoy vuelve Macri, ¿y mañana?

Por primera vez en más de diez años (habría que remontarse a 2003 para hallar algo parecido) estamos ante una elección presidencial muy disputada. Que lo será probablemente hasta el final de la carrera. Y la falta de costumbre pone a todo el mundo bastante nervioso.

Hasta mediados de 2014 el gran favorito de las encuestas era Massa y en el oficialismo buscaban con desesperación la forma de hundirlo. Si en ese momento les hubieran ofrecido la oportunidad de perder frente a Macri, unos cuantos la hubieran abrazado con gusto. Entre fines del año pasado y el verano de 2015 el viento pareció soplar en esa dirección así que el kirchnerismo se esmeró más que nunca en construir un candidato propio, con el que “ganar perdiendo”, mientras muchos en la oposición se fueron alineando detrás del jefe porteño. Sin embargo, en el último mes y medio el sueño del candidato propio se extinguió y resurgió la estrella del incombustible Scioli, que no perdió adhesiones ni por Nisman, ni por la persistencia de los problemas económicos, ni siquiera por su definitiva mimetización con el discurso oficial. Así que, tras los buenos resultados del peronismo oficialista en Salta, numerosos empresarios, políticos y periodistas, incluidos unos cuantos opositores, se convencieron de que será el nuevo presidente. Probablemente el clima esté volviendo a cambiar ahora, después de que Macri solo en Santa Fe y con sus aliados radicales en Mendoza hizo un muy buen papel. Y si estas buenas nuevas se extienden, como todo parece indicar sucederá, a su distrito de origen. Pero ¿alcanzará con esto para definir la situación hacia un lado o el otro? Lo más probable es que no, y los nervios continúen torturándonos.

El escenario de competencia se complica debido a que, además de enfrentar a fuerzas más o menos parejas, está atravesado por tendencias contradictorias que a veces favorecen a uno y a continuación a otro. Por ejemplo es lo que sucede con la economía: ella no ayuda mucho que digamos al oficialismo, pero si se teme que pueda empeorar, y encima son los opositores los que advierten con mínimo realismo que en algunos aspectos al menos eso es lo que va a suceder antes de poder mejorar, muchos que no están para nada contentos con la actual situación, ni con lo que hace el gobierno para resolverla, tal vez terminen votando a un oficialista que les prometa “conservar lo que tenemos”. Aunque sospechen que les esté mintiendo.

En un contexto como éste el manejo sutil de los términos de la discusión se vuelve decisivo. Otro ejemplo de la economía sirve para ilustrarlo: los expertos opositores se ganaron un poroto cuando arrastraron al ministro Kicillof a discutir el “plan bomba”, la acumulación de problemas pendientes que el gobierno sigue barriendo bajo la alfombra; pero éste se vengó con creces cuando alentó a esos economistas y a los medios independientes a debatir sobre las variantes del ajuste, si gradual, shock o qué cuernos, sacándolos del terreno que más les convenía y más podía atraer a los preocupados votantes, cómo se hace para que la economía argentina vuelva a crecer cuando se van a cumplir cuatro años de estanflación.

Encima las cosas terminan de enturbiarse porque todo esto tiene lugar en un terreno bastante lábil, de por sí inestable: hay muchos votantes móviles en disputa, sensibles a muy variadas señales y novedades, que pueden pasar con relativa facilidad de un candidato a otro porque no los ven muy distintos entre sí. Ni siquiera esos votantes tienen muy en claro cuál sería el mejor para que el kirchnerismo tenga futuro, o para que no lo tenga, cuál el más liberal, o conservador, o el más estatista. Por ejemplo, muchos en el gobierno consideran a Massa la peor amenaza, pero para unos cuantos votantes e incluso para empresarios y dirigentes opositores, él es el más parecido de los tres a Néstor Kirchner y el que tal vez termine dando mayor continuidad a su estilo discrecional, al estatismo y otras cosas por el estilo. Y hay más confusiones de este tipo: tanto dentro como fuera del gobierno se sigue pensando, pese a todos sus gestos de devoción a la jefa, que entregarle la candidatura a Scioli equivale a la muerte súbita para el “proyecto”, y que Randazzo no es muy diferente (“sos Scioli con dos brazos” le cantaron días atrás en un acto militante), así que la única posibilidad de sobrevida K sería que el sucesor de Cristina sea un no peronista, débil y liberal, es decir Macri. ¿Y si tienen razón?

No es de sorprender que, dado este complejísimo escenario, todos quieran ver cambios de tendencias contundentes y decisivos donde solo hay movidas de coyuntura, huellas en la arena de buenas o malas noticias, aciertos o errores que al poco tiempo quedan en el olvido, porque sus efectos son revertidos por nuevos aciertos o errores.

El festival de sondeos más o menos retocados de acuerdo al gusto y las necesidades de quienes los contratan agrega humo a este ya muy brumoso escenario preelectoral, y es de esperar que esta situación empeore a medida que se acerquen los comicios, sobre todo si las diferencias entre los principales contendientes no se vuelven inapelables.

Tal vez sea cierto que Macri dejó de crecer hace unas semanas. Y puede que eso haya sucedido pese a su acuerdo con Sanz, o justamente debido a él y a las acusaciones que recibió por querer reeditar la Alianza. Pero tal vez poca gente atendió a todo eso, y los problemas de Macri para superar el techo que habría tocado se relacionan tanto con el hecho de que el grueso de los que anticipaban un voto a Binner o Cobos pasaron de momento a engrosar el campo de los indecisos y lo que queda de UNEN anunció rápidamente el reemplazo de esas figuras por Margarita Stolbizer, como a que Massa dejó de perder adhesiones.

Y tal vez Massa esté resurgiendo porque dejó de cometer errores, de expulsar aliados y volvió a recorrer barrios, que es lo que mejor se le da. O puede que nada de eso tenga mucha importancia y tampoco sea cierto que perdió tanto. Su eventual acuerdo con los Rodríguez Saá y en particular con Juan Manuel De la Sota, por el que está trabajando con esmero, podría resucitarlo. O tal vez sufra una suerte parecida a la de Macri: de ser una figura nueva e independiente pase a estar entrampada en los aparatos políticos siempre sospechosos de tramoyas e ineficacias.

Scioli ya no se desvela por tener que ir a unas PASO contra otros precandidatos oficialistas, pues estima que igual podría superar allí a Macri, y esos otros aspirantes k, siendo mucho más débiles que él, indirectamente ayudarían a mostrarlo como líder de un FPV que sigue siendo la primera minoría en el país y que está todavía en condiciones de ganar. Pero puede que se equivoque, y tal vez lo que hasta ayer parecía el inicio de un idilio con la presidente, con el peronismo y con la sociedad fuera apenas un efímero respiro.

Con tantos “tal vez” y “si se da esto entonces aquello” mejor blindarse contra los ataques de histeria y tomarse las cosas con calma.

Por Marcos Novaro

Publicado en tn,com.ar el 21/4/15.

Posted in Política.


¿Por qué mejora la imagen de Cristina?

Hay diferencias importantes en los números. Los sondeos que paga el oficialismo hablan de una recuperación total luego de la caída sufrida por la muerte de Nisman. Es probable que exageren. Pero no hay duda que la presidente se recuperó bastante y lo más sorprendente es que eso sucedió pese a que las investigaciones alrededor de la muerte y de la denuncia del fiscal no se desactivaron ni orientaron a desprestigiar a la víctima, como el oficialismo pretendía, y más importante aún, pese a que la economía, en particular el consumo y el empleo, no se reactivaron.
¿Cuál es la explicación? Igual que números más o menos oficialistas, también hay argumentos que se acomodan o no a sus intereses.
El que el propio kirchnerismo prefiere es que el consenso que una vez tuvo el modelo oficial está renaciendo porque la gente le ve mucho futuro y ninguno a los proyectos alternativos. Atribuyen esto, y la propia presidente lo ha dicho y repetido en estos días, a que no se produjo hasta aquí una crisis tan aguda como la que pronosticaban los opositores más duros y muchos argentinos, sobre todo de los sectores bajos, temen que en el futuro sí se produzca, y ellos pierdan entonces los precarios empleos, planes e ingresos que han conseguido en los últimos años. El consenso a favor de CFK sería además indicio, según esta versión de las cosas, de que el kirchnerismo sobreviviría en buena forma a su salida del poder. Y que ni siquiera es seguro que esa salida se vaya finalmente a producir.
Este argumento choca contra evidencias que no pueden disimular siquiera las encuestadoras más adictas al gobierno: si se pregunta la opinión sobre las políticas oficiales el nivel de aceptación cae significativamente. En todos los terrenos, pero en algunos decisivos en forma contundente: el apoyo a la gestión económica es por lo menos diez puntos menor a la simpatía por Cristina. Justamente si la gente teme una crisis mayor es porque no confía en las soluciones que hoy se le ofrecen, y aunque puedan algunos votar por miedo a soluciones para ellos más costosas que sospechan otros administrarían, eso no quiere decir que estén demasiado entusiasmados con el proyecto oficial, más bien al contrario.
En este tipo de datos es que se afirma la explicación que prefieren los opositores: la gente se reconcilia con una presidente que está de salida, aunque no comparta ni sus políticas ni sus puntos de vista, ni quiera que ella siga en el poder, ni directa ni indirectamente. El argumento invierte los términos de la explicación anterior: no es porque el proyecto k tenga futuro si no porque carece de él que recupera algo de simpatía de la opinión. Por lo que difícilmente pueda usar esta para mover a los electores a apoyar a sus candidatos, ni tampoco para forjarse un futuro. Sucedería así, en el terreno de las opiniones políticas, algo parecido a lo que sucede en el terreno de las económicas y que repercute en las cotizaciones de los bonos y acciones: como el gobierno en ejercicio se va la gente se vuelve optimista, y es este optimismo respecto a las próximas autoridades lo que beneficia indirectamente a las salientes, alienta a ser más contemplativo o ver “luces y sombras” en su paso por el poder.
En el medio de estas dos versiones polares, a las que podemos atribuir más o menos asidero, hay todo un arco de variantes y matices que es también importante sopesar.
Cristina sigue siendo una líder potente, valorada por dotes personales reconocibles: coraje, autenticidad, resistencia. En un contexto en que hay motivos para temer el debilitamiento del gobierno, con el que se asocia retrospectivamente todo período de la política argentina en que el cambio de autoridades era inminente, acompañarla y sostenerla parece ser bastante razonable, casi un acto en defensa propia.
Por otro lado, y en parte por este mismo motivo, no hay mayor interés por escuchar críticas demasiado duras contra ella. Ni tampoco hay por tanto líderes opositores con chances electorales importantes que estén muy dispuestos a atacarla directamente, o siquiera contradecirla. Es un fenómeno éste que muchos analistas atribuyen a una supuesta falta de carácter y temple de los aspirantes a la sucesión. Pero que en verdad obedece a un correcto diagnóstico de lo que conviene hacer en la actual escena de competencia: más que enfrentarse directamente a Cristina, es conveniente atacar a sus colaboradores o sus políticas menos valoradas.
Como encima los tres candidatos con más chances se parecen bastante entre sí, presentan variantes de una misma fórmula de “cambios y continuidades”, y están relativamente parejos en los sondeos, los tres están obligados a competir por los mismos votos, a calcular con mucha prudencia lo que les conviene decir y no mostrar perfiles demasiado definidos y excluyentes en nada, dejándole el campo libre a Cristina para que sea la única que “se muestra tal como es”, “dice lo que piensa” y “es fiel a sus ideas”.
A ello se suma que Cristina, pese a que no es candidata, no se da por enterada y es la única que está en campaña todo el tiempo y sin que nadie la objete. Mientras sus adversarios son impedidos hasta de hacer spots, siquiera de pegar carteles anunciando sus proyectos, por una normativa supuestamente dirigida a impedir la campaña permanente, pero que en el actual contexto de partidización extrema del estado tiene efectos por completo injustos y absurdos, la presidente no tiene límite alguno ni de tiempo ni de dinero para promocionarse a sí misma. Y eso hace, inclinando más y más la cancha de la competencia a su favor hasta el último minuto.
Que esto en alguna medida funcione ¿significa que a pocos les preocupa la corrupción y el abuso de poder? ¿En su tramo final el kirchnerismo nos está mostrando que aunque sus personeros sean corridos eventualmente del control del estado su forma de hacer las cosas seguirá vivito y coleando? Ojalá que quienes se resignan a que esto será así, sea por pesimismo intelectual o por disimulada conveniencia, se equivoquen. Pronto se verá si tienen o no razón.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 14/4/15

Posted in Política.


¿El progresismo va con Margarita o con Macri?

El lanzamiento de la candidatura de Margarita Stolbizer probó la persistencia de un espacio político que siempre existió en Argentina, la izquierda moderada, que a veces se identifica como “progresismo”. Espacio que el kirchnerismo quiso absorber cooptando líderes del PS, la CC y la UCR, pero no lo logró del todo, siquiera en sus años de gloria. Y que hasta aquí tampoco la convergencia de fuerzas que empezó a girar en torno a Macri logró entusiasmar demasiado, pese a que incorporó al grueso de los radicales, incluidos muchos autodefinidos socialdemócratas.

Hay que decir que Macri no parece esmerarse mucho en seducir a este sector. Tal vez porque piense que es tarea de Sanz y Carrió atraérselo. O porque sospeche que en última instancia el progresismo no va a tener otra que votarlo para evitar que vuelva a ganar un peronista. O, lo más probable, porque está más atento a competir por los votos peronistas con Scioli y Massa, creyendo que es ahí donde se dirimirá la elección.

Pero eso no quita que muchos en el PRO han batallado por disipar su adscripción original a la derecha y ser reconocidos como lo más progresista de la política argentina. En una versión extrema de esta actitud Jaime Durán Barba acaba de decir que ese partido es el único de izquierda en el país porque sólo él está interesado en innovar. Los demás, aun los trotskistas, serían pura tradición e incapaces de impulsar un cambio real hacia mejor.

Seguramente Sarlo, Abraham y Gargarella se habrán matado de risa. Cambiar se puede también cambiar para atrás, y eso es lo que deben pensar que quiere hacer el PRO. Ahora ayudado por aliados que o bien se enceguecen con la oposición entre república y populismo hasta el punto de volverse indiferentes a que la república que promueven se parezca más a la de 1880 que a una democrática e igualitaria del siglo XXI, o bien son puramente pragmáticos y van atrás de Macri porque su popularidad les promete cargos, e irían atrás de Massa o cualquier otro (como de hecho algunos hacen) si las encuestas les sugirieran otros intercambios provechosos.

La oposición entre principismo y oportunismo, sea real o supuesta, no sirve para mucho. Es el típico argumento con que se descalifican los actores que asumen posturas prácticas diferentes y no quieren tomarse el trabajo de pensar en serio ventajas e inconvenientes de cada opción. Y en este caso además se suele usar tanto para un lado como para el otro, y no lleva lejos en ninguno de los dos casos: puede que los “testimoniales” fracasen y desaparezcan, tal vez los “seguidistas” logren cargos pero pierdan su alma e identidad; de lo que se trata es de conocer las chances de que esos riesgos se verifiquen o no, y ponerle motes a la gente no ayuda a hallar una respuesta.

Una pregunta más pertinente sería qué tipo de cambio necesita el país en este fin de ciclo kirchnerista. O al menos cuál es el cambio más convincente. Para quienes rodean a Stolbizer se trataría de hacer bien lo que los k han hecho mal: distribuir en serio, sin patrimonialismo y sin corrupción. Para los macristas, de hacer lo que los k no han hecho o han dificultado: crear instituciones adecuadas para el desarrollo capitalista. Son, como se ve, dos ideas distintas. Aunque no incompatibles: ambos dicen que por la vía que ellos sugieren se logrará también lo que el otro propone. Otra curiosidad de este debate es que contrapone ideas no del todo distintas a las del final del primer peronismo: también entonces los socialistas creían que si se preservaban los derechos sociales establecidos por los populistas las clases subalternas argentinas se olvidarían de Perón, igual que habían hecho sus congéneres alemanas e italianas con sus respectivos tiranos, y se lograría entonces una democracia pluralista y luego una economía pujante en el país; y los liberales pensaron que si se garantizaba la vigencia de la constitución habría libertades y estabilidad, entonces inversiones y desarrollo, y un capitalismo pujante haría posible una democracia sana. Como se recordará, quien intentó combinar ambas tesituras, Arturo Frondizi, condujo el proceso de cambio. Aunque a la postre no conseguiría hacerlo madurar en ninguno de los dos terrenos en que jugaba su suerte.

¿Se puede repetir esta historia, son parecidos los desacuerdos y los problemas a resolver? Demasiadas cosas han cambiado en el país (salvo en la cabeza de los funcionarios salientes, que sueñan con ser echados del gobierno de mala manera para poder resistir a un sucesor a la vez débil e ilegítimo) como para que eso pase. Aunque es posible una reedición de antiguos recelos entre familias más o menos cercanas: los progresistas a secas, para su propia comodidad llamémoslos desarrollistas, temen que, como le pasó a Frondizi frente a la izquierda universitaria o a Alfonsín frente a Alende, las críticas desde ese flanco legitimen los ataques de la restauración populista; y los progres de izquierda sospechan que Macri igual que Frondizi preferirá para gobernar acordar con los peronistas antes que con ellos.

Por de pronto, quienes llevan las de perder son estos. Las encuestas indican que de los apoyos que tenían Binner y Cobos una parte menor tiene ya decidido seguir a Stolbizer. Aunque el grueso por ahora ha engrosado la tropa de indecisos y Macri no creció todo lo que se esperaba luego de que la UCR decidiera ir con él. Lo que tal vez se deba a la propia decisión del jefe porteño de mostrarse indiferente al acercamiento radical, motivado tanto por su temor a que lo identifiquen con De la Rúa, algo que igual pasó, como al mencionado interés por peronizarse.

Como sea, es probable que Macri tenga razón en su subestimación de este espacio, y tarde pero seguro esos votos vayan detrás suyo by default y Stolbizer sufra el rigor de la polarización y el voto útil. Pero también es probable que los socialistas retengan Santa Fe, que Martín Lousteau haga una buena elección en la ciudad, sobre todo si le toca enfrentar a Rodríguez Larreta, y que una parte del radicalismo siga resistiendo la convergencia con PRO.  Y sobre todo es muy probable que esa intelectualidad progre que desconfía de Macri siga gravitando en la opinión pública. Opinión que sin sindicatos ni control territorial sólido, como comprobaron Frondizi y Alfonsín, es fundamental para sostener un gobierno no peronista.

La pregunta entonces no es sólo qué más hará el macrismo para seducir al progresismo de acá a octubre, sino que hará para mantenerlo cerca suyo si le toca gobernar. Y también qué hará la izquierda moderada frente a él. ¿Como hizo Alende desde 1983 será su contradictor más feroz, tratando de absorber las demandas y votos peronistas? ¿O su socio en reformas modernizadoras y democráticas? Carrió ya lo vivió traumática aunque disimuladamente: en parte de esa izquierda hay en verdad poco de moderación y menos aún de liberalismo. Es en el fondo más chavista que Chávez y no se ve cooperando en pro de una democracia pluralista y un capitalismo sano. Margarita es muy distinta, pero tendrá que lidiar con su constituency. Macri necesitará para gobernar más aliados de los que necesita para ganar, así que tal vez le venga bien ayudarla.

Por Marcos Novaro

Publicado en Perfil el 12 de abril de 2015.

Posted in Política.


Néstor soñó trascender al PJ, Máximo solo busca refugio en él

Hay una sola razón para querer convertir a Máximo en candidato a diputado por la provincia de Buenos Aires: en Santa Cruz no mide un céntimo y corre el riesgo de hacer un papelón.

En el distrito donde hace sus principales negocios y administra el grueso de su fortuna, el hijo presidencial no llega a 10 puntos de intención de voto para ningún cargo según todos los sondeos. Por eso intentó en su momento imponer el sistema de lemas para la elección de intendente de Río Gallegos: de ese modo el FPV podría proponer a varios candidatos y todos sumar fuerzas para que Máximo se hiciera del cargo con pocos votos propios, sin que el resto de los electores se dieran cuenta.

Pero la estratagema fue rechazada por la oposición e invalidada por la Justicia. Así que pensó en ser candidato a diputado por la misma provincia. Pero como se eligen solo dos bancas este año corría un similar riesgo de quedar afuera. El primogénito de los Kirchner parece sorprender con su sagacidad y tener comiendo de su mano a todos los funcionarios del Ejecutivo, a los periodistas militantes y a miles de jóvenes empleados del estado, y hasta al propio Scioli, pero a los ciudadanos de a pie no les mueve un pelo.

La solución la ofrecen en bandeja las extensas listas sábanas de la provincia de Buenos Aires. En un distrito donde se votan 35 diputados cada dos años y nadie puede prestar mucha atención ni acordarse siquiera de los nombres de quienes integran las listas legislativas ante tal multitud de aspirantes, siendo por regla general esa elección además muy influida por la de los cargos ejecutivos de todos los niveles, gracias a la cercanía de la capital y a la simultaneidad de las elecciones, Máximo podría ser candidato sin riesgo de quedarse afuera, ni de generar una ola de voto negativo que lo deje mal parado.

Claro que había que disimular semejante debilidad. Para lo cual convenía darle un marco al menos en apariencia heroico al desembarco bonaerense. El round con Daniel Santoro, Clarín y los fondos buitre por supuestas cuentas secretas en el exterior ofreció la oportunidad para victimizar al jefe camporista y para que la cadena militante celebrara la subyugante seducción que supuestamente ejerce su persona en todo buen patriota.

Alcanza con eso para que la instalación de su candidatura avance, pues finalmente lo que busca el oficialismo es bastante poco: crearle el marco adecuado para que no siga a la intemperie de las acusaciones por corrupción ni haga un decepcionante bautismo de fuego electoral. Ni siquiera hace falta que destaque: dado que difícilmente las encuestas vayan a mostrarlo liderando ninguna compulsa, lo más probable es que se lo ubique en un lugar expectable de la lista pero no en la cima, lo que hasta se podrá atribuir a un nuevo y conmovedor gesto de humildad de su parte.

Si la saga sigue este rumbo y Máximo termina como diputado nacional en estas condiciones habrá dado una muestra elocuente de lo que el kirchnerismo está dispuesto a pagar por asegurar aunque más no sea una módica continuidad a su poder institucional. Nada le impedirá insistir con el autobombo, decir que ha logrado burlar el asedio de superpoderosos enemigos y que seguirá por cien años más luchando por la felicidad del pueblo. Pero en los hechos apenas si habrá conseguido contrabandear en el inmenso aparato del PJ bonaerense y gracias a los votos peronistas de siempre en ese distrito al heredero de la fortuna más que del poder presidencial. Muy lejos de los sueños iniciales del kirchnerismo, esos que llevaron a Néstor a planear la fundación de una nueva identidad política, superadora del pejotismo.

Es seguro que Daniel Scioli, hoy todavía en alguna medida dueño de esos votos del peronismo bonaerense, estará dispuesto a contribuir también con esta operación camuflage de los Kirchner. De allí que haya saltado indignado ante las investigaciones periodísticas sobre cuentas en el exterior y se haya dedicado a exaltar la figura de Máximo. Pero en este caso más que en ningún otro ello responde a un ajustado cálculo sobre las alternativas: para él es infinitamente mejor tener a Máximo que a Cristina en las listas, pues con aquel nadie osará siquiera insinuar que vaya a competir por la titularidad de los sufragios ni por la atención del público. ¿Y si tuviera que dejarse acompañar por los dos? Ni siquiera eso lo molestaría demasiado, tan convencido como está de que el versátil movimiento peronista, y los votantes a través suyo, pueden digerirlo todo.

por Marcos Novaro

Publicado en TN el 6/4/15

Posted in Política.


Kicillof olvidó cómo contar pobres pero aprendió a usarlos

El ministro de Economía sostuvo que no sabe cuántos pobres hay, ni le interesa andar contándolos porque sería una falta de respeto hacia gente que ya tiene bastantes problemas con qué lidiar. Aclaró a continuación que el gobierno que integra está tan absorbido por la misión de eliminar la pobreza que no se le puede pedir encima que se entretenga en el detalle burocrático de mapear la cuestión. Lo que ratificaron después Aníbal Fernández, Daniel Scioli y varios funcionarios más, cada cual con su estilo.

En este asunto una mentira cubre la otra y los farsantes se cuidan las espaldas entre sí.

Desde que el Indec fue intervenido y se empezó a manipular el dato de inflación era cuestión de tiempo para que todas las demás cifras sobre la economía y las condiciones de vida de la sociedad quedaran primero afectadas y luego invalidadas. Algo que Kicillof sabe muy bien porque en su momento criticó con esa idea el papel de Guillermo Moreno, aunque se haya dedicado no a corregir esa manipulación sino a borrar los rastros de sus críticas desde que llegó al ministerio.

Pero esta mentira sobre los datos, siendo grave, no es la única, ni siquiera la peor que contienen las declaraciones del hoy ministro: lo que dice a continuación, que el combate de la pobreza es el objetivo irrenunciable de su gestión, es lo que corona el fraude, y explica se haya pasado de la manipulación de la información a su lisa y llana desaparición.

Porque ni Kicillof ni su equipo pueden desconocer que el drama de la exclusión no ha disminuido desde que ellos están en funciones, todo lo contrario, se ha agravado sistemáticamente, y la política oficial que ayudaron a implementar no estuvo dirigida a modificar esta situación, a hacer crecer la economía, generar empleo productivo y proveer de ingresos genuinos y sustentables a más gente, sacándola de la pobreza, sino a fidelizarla políticamente.

Su lema fue, desde un comienzo, “que el ajuste lo haga la economía privada y no las cuentas públicas”, para que más y más gente dependa de un plan social, de un empleo público, aunque sea uno precario, mal pago y de escasa o nula productividad. Eso fue lo que primero como viceministro y luego ya como jefe de su cartera, Kicillof ha estado haciendo desde fines de 2011. De allí que haya tenido que volver mucho más amplias y absurdas las mentiras que se iniciaron con Moreno.

Hasta 2011, recordemos, el gobierno nacional venía mintiendo sobre los precios, igual que sobre la tasa de crecimiento del PBI, y por extensión exageraba cada vez más el ritmo en que la pobreza declinaba. Hasta que se llegó al absurdo de afirmar, en los últimos informes del Indec sobre el tema, que la indigencia era un problema prácticamente erradicado de nuestro país.

Pero se exageraba una tendencia que, aunque cada vez más tenue a medida que nos acercábamos a 2011, era igualmente real y comprobable. Porque la economía privada todavía crecía, no sólo lo hacía el gasto público, y aunque hubiera un problema de inflación creciente, los salarios y aun los planes, las jubilaciones y demás canales de distribución del gasto social aumentaban a la par o a veces un poco por encima de los demás precios.

De allí que Moreno pudiera decir con alguna lógica que las cosas se iban a acomodar a la imagen que él pintaba. Y que más que un mentiroso era un visionario, porque se anticipaba a lo que estaba destinado a suceder. Esta probablemente fue una de las razones por las que Néstor y Cristina compraron su plan de intervención sobre las estadísticas: con el desbordado optimismo de sus voluntades, que explica casi todas sus decisiones, asumieron que a la corta o a la larga la realidad iría convergiendo con la mentira, y que no había por tanto que preocuparse demasiado de las críticas ni inconsistencias que se padecieran en el camino.

Kicillof, sus camelos y sus silencios son en cambio producto de y funcionales a una etapa muy distinta del “modelo”. Una fase del kirchnerismo en que los delirios de la voluntad gobernante no cumplen la función de acomodar como sea las desprolijidades y tensiones de un proceso de expansión en curso, sino que sirven apenas para lubricar una máquina que sólo aspira a reproducir el poder y un statu quo acorde a su vigencia.

Este giro desde el desarrollismo chapucero al conservadurismo populista aún más trucho experimentado por el proyecto oficial requiere no sólo de un conjunto de políticas aún más reaccionarias. Sino del tipo de circo en que el joven docente de la UBA es más ducho: alegatos antiempresarios, denuncias antiimperialistas y proclamas radicalizadas sobre las maravillas conseguidas y las que están por venir. Porque se parte de que el pan disponible seguirá disminuyendo y de lo que se trata entonces es de repartirlo del modo más centralizado y discrecional posible.

Kicillof no acostumbra responder preguntas, dedicado como está a discursear sin que nadie lo interrumpa con impertinencias. Eso explica en parte que haya sido tan torpe ante la simple pregunta de un periodista sobre los números de la pobreza. Pero el fondo del problema es otro: está tan decidido a que todos dependan de él hasta para respirar, que no considera que sea su problema si para lograrlo más y más argentinos tienen que conformarse con respirar y muy poco más.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 1/4/15

Posted in Política.


El sueño del sistema de partidos normalizado

Primer Acto: La ilusión socialista (1930)

“¿Ha fracasado esta revolución? ¿ha triunfado? …. No ha producido todavía sus resultados definitivos para poder formular un juicio fundado.” Así hablaba el líder socialista y entonces candidato a vicepresidente por la Alianza Civil, Nicolás Repetto, en el lanzamiento de la campaña electoral para las presidenciales de 1931. Lo esperado por los socialistas era la conformación de un sistema partidario que expresara los diferentes intereses presentes en la sociedad. En otros términos, el PS pretendía representar los intereses de los sectores trabajadores, y anhelaba que frente a ellos se erigiera un partido burgués que se identificara como tal. El radicalismo yrigoyenista – partido sin doctrina y con pretensiones pluriclasistas – era, desde la perspectiva socialista, una amalgama amorfa sin razón de ser, un producto de la vieja “política criolla”, con el serio agravante de su poderoso ascendiente sobre los sectores populares. Por eso el editorial de La Vanguardia del 13 de septiembre de 1930, siete días después del golpe, decía: “Estaríamos dispuestos a eximir de la grave responsabilidad en que han incurrido los autores de la deposición violenta de un gobierno legal si de esta crisis surgiera un partido dotado, como el PS, de una doctrina clara y de un programa coherente.” El escenario de la elección del 31 alentó en el socialismo argentino la idea de que la demagogia personalista del yrigoyenismo desaparecería y que en cambio surgiría un sistema político al estilo europeo, con una coalición de derechas (en este caso la Concordancia) y otra de izquierda liberal (en este caso la alianza entre socialistas y demócrata progresistas). Sabemos que la historia fue por otros lados.

Segundo Acto: La esperanza de Steven Levitsky (2000)
70 años más tarde, en el año 2000, la prestigiosa revista Journal of Democracy publicó un artículo del renombrado politólogo de Harvard, Steven Levitsky, titulado: “The normalization of Argentine politics”. El argumento era básicamente el siguiente: con la conformación de la Alianza entre UCR y Frepaso, se constituía por fin en el país un fuerte polo de centroizquierda, para enfrentar al PJ que, Menem mediante, había pasado a establecerse como el partido de centroderecha de la Argentina moderna. Así se normalizaría el sistema partidario argentino, fortaleciendo la representación de intereses, la rendición de cuentas y, en definitiva, la calidad democrática.

Tercer Acto: La realización del sueño de T. Di Tella y el plan Abal Medina (2003-6)
Con la llegada de Néstor Kirchner al gobierno algunos intelectuales del entorno del presidente alentaron la idea de avanzar hacia la reestructuración del sistema partidario. El kirchnerismo debería forjar un nuevo movimiento que, con el peronismo y los sindicatos como pilar, incorporara a los sectores de centroizquierda no peronistas, incluyendo al grueso del PS y retazos de la UCR. Mientras que, se esperaba, el menemismo residual y el ala conservadora de la UCR expresarían una nueva fuerza de centroderecha. El sociólogo Torcuato Di Tella había postulado la necesidad de que algo así ocurriera durante décadas, antes de ser secretario de cultura del nuevo gobierno, mientras que el politólogo Abal Medina, a cargo de la secretaría de la gestión pública, fue quien más claramente expresó esta propuesta en los albores del kirchnerismo. La idea cristalizó en los intentos de cooptación amparados en la idea de transversalidad y, como se sabe, terminaron hacia el final de la década con el kirchnerismo replegado en su alianza con lo más rancio del pejotismo.

British Parliament

Cuarto Acto: El acuerdo UCR-PRO (2015)
Ahora, con la alianza entre UCR-CC y PRO, renacen los anhelos de “normalización”. Para los kirchneristas quedaría así blanqueado que todo aquello que no es kirchnerista es de derecha y que a la izquierda, por supuesto, sólo quedarán ellos. Pero también otros, más amigables con la nueva coalición, creen en la reconfiguración. Por caso, el economista Lucas Llach se preguntaba hace unos días si, a partir de la unión con la UCR, “no podría ocurrir que un gobierno de Macri fuera algo parecido a un gobierno de una Democracia Cristiana europea”… y que así “podría la Argentina llegar a un esquema “normal” de un partido del centro tirando a la derecha y otro más a la izquierda, formado por la izquierda peronista y, quizás, la no extrema izquierda no peronista.

Frente a todo esto tal vez convenga recordar que las grandes estructuras partidarias argentinas han sido, al menos durante las últimas décadas, maquinarias electorales fundamentalmente orientadas a ganar elecciones, exigencia necesaria para garantizar su acceso a las estructuras estatales que posibilitan su reproducción. Contra lo que a veces se cree, ni el peronismo ni el radicalismo suponen ya identidades extendidas en la sociedad (una reciente encuesta de Giacobbe, por ejemplo, muestra que alrededor de un 13% de argentinos se identifica como peronista y cerca de un 6% como radical, números aún importantes para los tiempos que corren, pero que están lejos de garantizar triunfos electorales). Lo notable de estas fuerzas es que su repliegue en términos de identidad social fue acompañado por un afianzamiento en el poder institucional. En otros términos, de modo paradojal mientras pierden en niveles de identidad social, estas fuerzas mantienen o ganan en materia electoral.
Particularmente del peronismo suele decirse que ha sabido dotarse de una enorme flexibilidad para, entre otras cosas, y como ha sugerido Marcos Novaro, procesar adecuadamente el sentido común del votante medio argentino en cada circunstancia particular (lo que, como sabemos, incluye ser privatista un día y estatista al siguiente). El radicalismo parece haber aprendido algo del PJ, y en esta ocasión ha optado por la estrategia que, a estas horas, mejor parece favorecer su objetivo de alcanzar gobernaciones, municipios y cargos legislativos en todos los niveles. Sin que esto suponga adoptar compromisos ideológicos ni programáticos que vayan más allá de la próxima elección. De hecho, no parece muy osado sugerir que si Hermes Binner hubiera medido 28 puntos de intención de voto para comienzos del 2015, el FA Unen seguiría existiendo y el radicalismo estaría hoy mostrándose como orgulloso socio de una opción socialdemócrata. Pero tampoco ello hubiera habilitado pensar que el FA-UNEN venía a corporizar una amplia y persistente corriente ciudadana anhelante de contar con una expresión electoral socialdemócrata, que se corporizaría en los históricos partidos que compartían ese ideal. Como lo decíamos en esta misma columna por octubre de 2014, la unidad de un conglomerado de partidos como el que se forjó en el FA-UNEN sin la expectativa cierta de alcanzar la presidencia era un hecho difícil de explicar, un objeto exótico más que un hecho natural. Como mencionamos entonces, no había elementos sólidos que permitieran sostener que el radicalismo estaba “naturalmente” más cerca del Partido Socialista o de Libres del Sur que del PRO.

En todo caso, como escribió en estos días Mora y Araujo, la pretendida identidad progresista que algunos dentro del radicalismo insistían en conservar resultaba “electoralmente improductiva”, “un lastre”, siendo que la idea de una izquierda moderada (como en verdad casi cualquier otra identificación ideológica) es insignificante para el grueso de la población, y de que la identidad partidaria es sólo significativa para grupos minúsculos.

De modo que mientras algunos lloran la deserción de la UCR socialdemócrata y otros celebran la vigorización de la UCR republicana, cabe pensar que el viejo partido radical adoptó racionalmente la decisión estratégica que dentro de la coyuntura actual le augura la mayor cantidad de cargos posibles. Tal vez se trate menos de que – como algunos sugieren por estas horas – la UCR haya adoptado el criterio de que “todos los republicanos deben unirse para frenar al populismo”, como el criterio – explicitado por Gerardo Morales – según el cual “cualquier bondi deja bien a los radicales mientras ayude a ganar los cargos que las encuestas sugiere se pueden alcanzar.”

Fuera de los grandes centros urbanos, la política electoral en Argentina no ha sido históricamente percibida por la población en términos de izquierdas y derechas, y no hay ninguna fuerza natural que tienda a que así se organice la competencia. Los partidos, como enseñó Sartori, no son meros epifenómenos de las estructuras sociales, sino sujetos activos, actores capaces de definir los términos de la competencia. Podemos enojarnos con esta idea, pero ello no cambia que la flexibilidad y el pragmatismo sean en general recursos valiosos en la competencia electoral, aun cuando su uso en las dosis a las que nos tienen acostumbrados radicalismo y peronismo nos dejen un sistema partidario opaco y confuso.

Publicado en www.lavanguardiadigital.com.ar

Posted in Política.


Cenicienta Scioli, ¿tendrá carroza o calabaza?

La campaña presidencial se acelera, y como le sucedería hasta al mejor de los tiempistas, llega el momento en que Scioli se va quedando sin tiempo, ya no puede estirar las cosas: deberá demostrar bien pronto y de una buena vez si es efectivamente todo lo hábil y calculador que pretende o algo de cierto había en las extendidas sospechas sobre sus limitaciones como líder político.

Le pasa además algo que también suele afectar a los tiempistas: que como se han capacitado tanto en el arte de esperar no sólo no están en condiciones de construirse a sí mismos la oportunidad que necesitan, sino que en ocasiones ni siquiera logran reconocer la forma y ocasión en que se les presenta la que los demás pueden ofrecerles. Justo cuando llega el momento que por años estuvo esperando para apostarlo todo, para taparle definitivamente la boca a los que lo han despreciado todo este tiempo, mostrar que lo suyo era paciencia y prudencia y no falta de garra, la lancha no arranca, o el timonel se distrae mirando para otro lado, y todo se va al tacho de un día para el otro.

El problema, claro, está lejos de reducirse a una cuestión de carácter.

El gobernador bonaerense decidió hace tiempo que primero tiene que sortear las resistencias del kirchnerismo duro, para evitar que cualquier otro aspirante pueda crecer sobre el voto oficial más fiel, y asegurarse así la candidatura del FPV, y recién después preocuparse por la competencia por los votos moderados, dubitativos o independientes con Macri y Massa.

Pero sucede que, al diluir su diferenciación y tratar de mimetizarse con el kirchnerismo, parece estar logrando el efecto contrario al esperado, y por una doble razón: deja de ser útil para Cristina y los suyos, por perder al menos parte de esa capacidad hasta aquí tan propia suya de atraer votos y simpatías que a aquellos por sí mismos les resultó siempre difícil conquistar, sin llegar a ser para los K más confiable que antes. Dicho más simplemente: paga un costo doble para no conseguir nada, porque los votantes móviles que le permitían cotizarse en el campo oficialista le creen cuando jura lealtad a Cristina y derrocha continuismo, y se alejan de él, mientras que los jefes oficialistas siguen sin creerle y pueden dejar de considerar siquiera un mal necesario su compañía.

En parte estos problemas se originan en un desajuste temporal. A lo largo del año pasado Scioli fue fortaleciendo su opción por la segmentación de sus apuestas electorales: mimetización oficialista hasta la inscripción de las listas en junio próximo, tal vez algo menos durante la campaña para las PASO de agosto, aunque sin renunciar a buscar la conciliación y el acuerdo con Cristina, para volver a diferenciarse recién sorteada esa instancia. Dos tendencias gravitantes hasta enero lo alentaron a atarse a este programa: la economía se estabilizaba aun cuando seguía asediada por riesgos de desequilibrio de diverso origen, con lo que el miedo al cambio tendió a fortalecerse, por un lado, y la oposición seguía parejamente dividida entre massistas y macristas, con Unen terminando de complicarle la vida a los que buscaban formar una mayoría alternativa, por otro.

Pero desde el inicio de este año es claro que esas dos tendencias han tendido a debilitarse. Para empezar, porque por más que los encuestadores que paga el presupuesto bonaerense insistan en que la suerte de Nisman o los casos de corrupción no importan o tienen un efecto marginal, es indudable que ellos combinados con la persistencia del estancamiento con inflación han horadado la eficacia del argumento con que el oficialismo viene estimulando el miedo al cambio (“cuidemos lo conseguido en estos años de la amenaza de quienes quieren que las cosas cambien”), y alimentaron el hartazgo con un conjunto de figuras públicas, gestos y políticas justo cuando Scioli más se esforzaba en asociarse a ellos.

Y además, porque este contexto más negativo de lo esperado para el gobierno, sumado a errores y aciertos muy desparejamente distribuidos en el campo opositor, determinaron que se produjera un rápido cambio de clima en él, con un claro polo ganador y un acelerado declive de los demás. En lo que se demuestra de paso hasta qué punto la pretensión de tener electorados cautivos y de competir en espacios estancos es una ilusión de los dirigentes y una fuente de errores.

Cobos y Binner, dos aspirantes unos meses atrás nada despreciables, resignaron sus postulaciones en espacio de una semana sin que siquiera sus colaboradores más estrechos se esmeraran en disuadirlos. Y sus votantes potenciales tienen tan pocas chances de orientarse hacia lo que queda de UNEN, detrás de la candidatura de Margarita Stolbizer como tuvo en 1983 el PI de Oscar Alende de revivir las fronteras que dos décadas antes habían llevado a frondicistas y balbinistas a odiarse mutuamente con tanta o más dedicación que la que ponían en ello peronistas y antiperonistas.

Massa tiene más con qué resistir, aunque ya se debate entre una candidatura a suceder a Scioli, con lo que terminaría de aguarle sus planes, o la reorientación de su campaña, hasta aquí incapaz de recrear la transversalidad, hacia el voto peronista de sectores bajos, lo que también significaría un dolor de cabeza extra para el ex motonauta y un indirecto servicio para el PRO.

Con lo cual una situación que ya no pinta bien para Scioli puede volverse bien pronto bastante peor. Porque si el ritmo de la competencia electoral se sigue acelerando, los apoyos moderados e independientes que él cree estar resignando sólo tácticamente, hasta llegar a las PASO, no sólo van a terminar siendo bastante más numerosos de lo esperado sino sobre todo se volverán mucho más difíciles de recuperar: como han dicho diversos analistas en las PASO no se decide nada pero se puede definir todo, porque aunque en varias fuerzas no habrá competencia ni real ni simulada ellas van a arrojar un resultado decisivo para orientar el voto estratégico hacia el mejor posicionado para ganar, quien a menos que se equivoque fiero podrá crear un efecto bola de nieve a su favor entre agosto y octubre.

Nada de esto tal vez impida que Scioli logre finalmente su sueño de ser candidato a presidente. Pero tanto ha deseado ese momento que le conviene recordar que los dioses suelen atender los ruegos de quienes quieren perder. Como van las cosas es probable que el día que consiga su candidatura sea al mismo tiempo el merecido premio por toda su esforzada carrera y el punto final de la misma, y se vea arrastrado a hacer en primera vuelta un papel tan pobre como el que doce años atrás espantó a Menem de la segunda, lo que tal vez lo lleve a quedar relegado a un penoso tercer puesto.

No es casual que los peronistas del interior que aún pueden desdoblar sus elecciones estén en este contexto cada vez más inclinados a hacerlo, a medida que la elección nacional pierde para ellos atractivo. Claro que otra es la situación de distritos que votan obligadamente con las presidenciales, como provincia de Buenos Aires. Allí es, además, donde más se demora la construcción macrista, y donde por tanto todavía flamea la llamita de la esperanza sciolista. Aunque también lo hace la massista. Y el problema es que aunque la provincia es muy grande, no lo es tanto como para satisfacer las expectativas de dos peronismos a la vez. También allí una guerra fratricida entre ambos puede dejar muchas bajas en las intendencias, y por eso sus caudillos están dedicados estos días a confundir del todo las ya desde antes porosas fronteras entre el FPV y el FR, y presionar a sus respectivos jefes para que encuentren la forma de no entorpecerles la reproducción de su poder territorial. Si ninguno de los dos puede darles una solución ellos son capaces hasta de imitar a Reutemann, y Scioli y Massa lo saben.

por Marcos Novaro

Publicado en TN, 25/3/15

 

Posted in Política.


Macri y Sanz, similitudes y diferencias con la Alianza

Finalmente se dio el mejor resultado que podían esperar Ernesto Sanz y Mauricio Macri: la convención de la UCR votó sin rupturas ni ambigüedades el acuerdo entre sus respectivos partidos y la CC para ir juntos a las presidenciales de este año. Una mayoría contundente de los convencionales dejó fuera de juego a Cobos, Alfonsín, Morales y demás líderes radicales que apostaban a mantener en pie a UNEN o aliarse con Massa. Sin que ello redundara en un nuevo cisma partidario, de esos que típicamente protagonizan los de la boina blanca cada vez que un sector quiere conducir al resto para algún lado, con una idea más o menos definida.

De todos modos ya surgieron objeciones de aquí y de allá: que es un acuerdo oportunista y sin programa, que tiene un programa pero no lo confiesa porque es uno de derecha liberal, y la más difundida de todas, que en caso de triunfar no aseguraría una mínima gobernabilidad, no tendrá ni la presencia territorial ni las bancas legislativas que necesitaría para controlar la situación y hacer pasar sus proyectos por el Congreso, por lo que le va a ir tan mal como a los gobiernos no peronistas del pasado. La comparación con la Alianza entre la UCR y el Frepaso entre 1997 y 2001 fue evocada con insistencia. Y no sin algo de razón.

Es muy pronto para hacer un juicio definitivo, claro. Lo que hagan o dejen de hacer de aquí en más radicales y macristas, así como otros actores que ya son o pueden ser parte del acuerdo, será lo que determine que él llegue o no al poder, y una vez allí que pueda o no gobernar. El acuerdo tiene que compatibilizarse con fórmulas distritales heterogéneas, por caso con las de Santa Fe y sobre todo CABA donde radicales y macristas se enfrentan, o las de provincias donde los radicales ya han privilegiado un vínculo con el massismo, que hay que ver como se hace convivir con la alianza a nivel nacional. Ésta, por otro lado, necesitará para madurar de un entendimiento sobre las listas de legisladores nacionales y más en general sobre los mecanismos para la toma de decisiones, tanto durante la campaña como en un eventual gobierno, que hasta aquí están más bien verdes.

Aunque hay, además, unos cuantos datos estructurales que no van a cambiar por más que Macri, Sanz y todos quienes los acompañan hagan sus mejores esfuerzos. En primer lugar, por mejor elección que hagan en octubre no van a estar ni cerca de alcanzar una mayoría en ninguna de las dos cámaras. Algo que la Alianza sí tuvo en 1999 por lo menos en Diputados. En segundo lugar, tal como sucedió en 1999 van a heredar una situación signada por el estancamiento y desequilibrios fiscales y económicos bastante difíciles de desarmar. Los economistas más optimistas hablan de las buenas posibilidades que habrá para recuperar el crecimiento gracias al esperable flujo de capitales externos y de la mayor disposición a invertir de muchos actores económicos locales, pero en ocasiones esa mirada está sesgada por la lógica necesidad de darle brillo a la propuesta electoral de sus jefes políticos, o a su propia aspiración de acceso a cargos. Los más prudentes analistas advierten cada vez con más énfasis que, aunque la situación no vaya a ser tan difícil de desatar como resultó en 2000 y 2001, incluirá varios regalos envenenados que insumirán de seguro mucho tiempo y recursos: precios relativos tan fuera de equilibrio y sobre todo un tipo de cambio tan retrasado que la inflación probablemente suba antes de poder bajar; deudas en default y otras disfrazadas y de muy corto plazo que habrá que ordenar y renegociar antes de poder salir del cepo cambiario y habilitar el soñado flujo de capitales; un déficit fiscal ligado a la importación de combustibles, los subsidios a los servicios públicos y el pago de una enorme masa de sueldos en el estado que en principio puede aumentar antes que disminuir si para reactivar la economía, y sobre todo las inversiones y exportaciones, es preciso recurrir a cierta reducción de impuestos.

Además de todo esto, igual que en tiempos de De la Rúa, enfrente habrá un peronismo dividido. Y se sabe ya que en esas circunstancias las facciones en pugna de esa fuerza tienden a extremar las exigencias que plantean a quienes gobiernan, para posicionarse mejor en el camino a formar una nueva mayoría partidaria. Así, aunque ocasionalmente algunos de ellos puedan colaborar, por ejemplo dejando pasar alguna ley que el Ejecutivo necesite, o incluso sumándose circunstancialmente al gobierno, el precio será muy alto y no asegurará lealtad ninguna ni cooperación sostenida en el tiempo, todo lo contrario. Los intentos de sacar algún provecho de las divergencias entre los peronistas, le pasó a la Alianza y en su momento también le pasó a Alfonsín, a la corta o a la larga fracasan porque mientras que los no peronistas creen ingenuamente estar haciendo un buen negocio y profundizando las divergencias entre sus adversarios cuando suman a alguno de ellos a sus gabinetes o intercambian apoyo circunstancial por alguna concesión económica, son las facciones peronistas las que hacen su agosto, primero distribuyéndose entre ellas y luego compartiendo los premios presupuestarios y económicos por colaborar y los beneficios electorales de presentarse como inflexibles e indignados opositores.

Así las cosas, bien podría convenir a Sanz y Macri recordar hoy, cuando todavía están a tiempo, el tenor de las reflexiones que muchos aliancistas solían hacer cuando el curso del 2001 se volvía castaño oscuro: que de haber sabido lo difícil que iba a ser lidiar con las tareas de gobierno más les hubiera valido perder en 1999, y dejar que por una vez fuera otro peronista el que lidiara con los problemas causados por una irresponsable gestión de gobierno de ese signo.

Mal o bien, con todo, existen algunas cuantas diferencias a favor del proyecto gubernamental que están empezando a delinear Macri, Sanz y compañía, en comparación a los de sus predecesores en la hasta aquí ingrata tarea de proveer de alternativas a la política argentina.

Primero y fundamental, ni Macri es De la Rúa, ni Sanz es Chacho Álvarez. Ni viceversa. Ante todo, porque ni uno es un necio desconfiado ni el otro es un destructor serial de instituciones. Además, porque son jefes reconocidos de sus respectivos partidos y no necesitarán estar todo el tiempo cuidándose las espaldas de aspirantes a sustituirlos en el ejercicio del liderazgo. En particular para la UCR resultó en su momento un permanente dolor de cabeza tener una conducción escindida entre De la Rúa y Alfonsín, una desgracia que luego de la Convención de Gualeguaychú parece Sanz tendrá chances de evitarse y evitarnos.

Además, porque el entendimiento a que pueden llegar ambos socios entre sí tiene perspectivas de volverse bastante más sólido que el que jamás lograron los integrantes de la fórmula de la Alianza. De la Rúa estaba convencido en 1999, igual que casi todos sus correligionarios de la UCR, que sus socios del Frepaso eran unos compañeros de ruta incómodos de los que pronto se iba a poder librar, porque el bipartidismo tradicional estaba camino a reflotar y los “terceros partidos” camino a extinguirse; mientras que los líderes de esta tercera fuerza, y en particular Álvarez, creían al contrario que era la UCR la que languidecía sin remedio, así que tolerarla como aliada no obstaba a dedicarse a lo que realmente importaba, crear un nuevo movimiento transversal que empalmara las exigencias de la “nueva política” con las viejas tradiciones populistas. Hoy por suerte ni en el radicalismo anidan muchos sueños de regeneración ni en el PRO predominan los léxicos del movimientismo y el repudio a los viejos partidos. Aunque ciertamente algo de ese repudio suele ser movilizado con fines proselitistas, en la forma de una exaltación de la “gestión no ideológica” y la “nueva política”, fórmulas que de todos modos tanto sirven para una de cal como para varias de arena.

Pero la diferencia más importante está en el proyecto económico y político que ellos intentarán sustituir. Podrá el kirchnerismo legarnos una bomba de tiempo, pero no le será nada fácil después de cuatro años de estancamiento convencernos como pretende de que estará en condiciones de marcarle la cancha a sus sucesores, de que la tarea de ellos, sean quienes sean, consistirá obligadamente en mantener en pie y peor todavía tratar inútilmente de mejorar el desempeño, de un esquema económico probadamente útil para el desarrollo del país. Algo que mal o bien Menem sí logró hacer, y gracias a esa capacidad de condicionamiento siguió siendo, aunque repudiado por la mayoría, un líder todavía viable para el peronismo.

Hoy se habla mucho de los dolores de cabeza que una facción peronista opositora liderada por Cristina podrá causarle a quienes la sucedan. Pero no se atiende lo suficiente al disgusto que significará para el resto del peronismo tener a Cristina como referente al mismo tiempo inescapable y problemática en el campo opositor. Ella bien puede convertirse en un fundamental recurso de la futura gobernabilidad, en una suerte de Isabel en cuerpo presente, con un legado no tan nefasto como el de ésta, pero sí más críticamente vivo, por la inmediatez temporal y espacial. La opción de ayudarla en sus deseos de volverse líder de la oposición, deseos que en el caso de Isabel, para gran fortuna del PJ, no pasaron de ser una difusa fantasía, y a cuya promoción recordemos Alfonsín renunció demasiado pronto y fácilmente, lo que nunca dejó de lamentar, merece por lo tanto una consideración especial. Ella y sus seguidores creerán seguramente estar repitiendo y aun perfeccionando el recorrido trazado por Perón y Evita, mientras en los hechos les habrá llegado finalmente y sin querer la hora de contribuir a la democracia pluralista.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 16/3/15

Posted in Política.


¿Massa divide al peronismo, a la oposición o se extingue?

La esperanza hasta aquí compartida de Cristina y Scioli fue que Massa dividiera el voto opositor con Macri y así indirectamente ayudara al oficialismo a ganar la presidencia este año, asegurando la continuidad del polo gobernante.

La apuesta de los opositores, en tanto, fue que Massa y su FR sirvieran para dividir el voto peronista, y así bloquear cualquier posibilidad de que el kirchnerismo reconstruya su mayoría, con lo que, fuera ganando o perdiendo, habrían contribuido a la alternancia política.

El propio Massa, por su parte, viene intentando replicar a nivel nacional lo logrado en 2013 en la provincia de Buenos Aires, dividir al mismo tiempo el voto peronista y el opositor y construir así una nueva mayoría transversal.

Su problema es que no parece hasta aquí estar logrando su cometido en ninguno de los dos frentes. Y a medida que pasa el tiempo se lo ve más atrapado entre la relativamente exitosa estrategia oficial de mantener alineado al PJ nacional, y que no se nacionalice la situación bonaerense, y la bastante eficaz trayectoria de Macri, que le permite reunir en torno suyo al grueso de los opositores, incluidos unos cuantos peronistas disidentes.

En las últimas semanas, fruto de esta situación, el massismo ha ido perdiendo empuje y algunos se preguntan si no terminará disolviéndose ante el empuje de dos polos en pugna más sólidos que el que logró él conformar dos años atrás.

El interrogante que más importa plantearse, al respecto, es a quién beneficiaría un mayor declive y hasta la eventual disolución del FR. Algunos creen que el gran beneficiario sería Scioli, porque su posición interna en el FPV como único candidato con posibilidades de triunfar quedaría reforzada por el regreso al redil de muchos disidentes peronistas que por nada del mundo apoyarían a un candidato más kirchnerista.

Otros en cambio creen que, hagan lo que hagan los peronistas de que se rodeó Massa, el dato más importante es que el sector de la opinión pública que él atrajo está mucho más inclinado a apoyar a cualquier opositor antes que a un oficialista, incluso a un semi oficialista, así que preferirán irse con Macri antes que con Scioli. Incluso en el caso de muchos votantes de filiación peronista.

Tal vez las dos lecturas tengan algún fundamento. Y el juego siga abierto en caso de que Massa efectivamente quede fuera de juego. Una incertidumbre que tiene también su efecto en la estrategia de los demás actores: como no saben muy bien qué provecho podría sacar su contrincante remanente si se agravaran los problemas del tercero en discordia, tanto Macri como Scioli dudan de que les convenga que aquel se derrumbe. Y mientras tanto se esmeran en atender a todos los públicos al mismo tiempo, a los peronistas y a los no peronistas, a los más identificados con sus respectivos liderazgos y a los dubitativos y moderados.

Scioli es el que más problemas tiene en esta tarea. Ante todo porque por más obstáculos que haya enfrentado Massa para nacionalizar el cisma que inició en las últimas legislativas en su distrito, reunificar el voto peronista en las presidenciales que se acercan parece ser una meta fuera del alcance tanto para él como más todavía para Cristina.

Es ya indudable que pase lo que pase con las candidaturas del FPV, el peronismo se resistirá a reunificarse de la mano de la presidente. Y ella no va a dejar que nadie lo intente en su lugar.

El despiole en que terminó el armado de listas en Mendoza, una provincia donde históricamente el peronismo da la pista del tenor general de sus desbarajustes internos, y que desembocó en el despido de Juan Carlos Mazzón de su casi vitalicio cargo en el Ejecutivo, así lo indican.

Cristina no toleró que La Cámpora fuera raleada por los aliados locales de Scioli, y amenazó entonces a los caciques peronistas con patear el tablero si siguen sin aceptar que no sólo en las listas nacionales, sino también en las locales y provinciales sus fieles sean premiados con candidaturas expectables. Lo que a muchos de esos caciques les resulta equivalente a someterse a duras derrotas en sus más preciados cotos de caza electoral.

El disenso que está en la base de esta tensión es, finalmente, que a Cristina no le importan demasiado esas derrotas mientras ellas se produzcan a manos de radicales y macristas; sólo se esmerará en evitar las que puedan darse en beneficio del massismo; en cambio para los caciques pejotistas sucede más bien lo contrario, preferirán en todo caso perder con sus primos locales, con los que será fácil reconciliarse después de diciembre, antes que dejar que se produzca una verdadera alternancia de poder.

Así, en caso de que se profundice el declive de Massa, es de todos modos muy probable que los disensos en el peronismo no se resuelvan, y más bien suceda que muchos más imiten el ejemplo de Carlos Reutemann. Más que por los aciertos de Macri en su armado alternativo, por los errores de Cristina en su intento de conservar la disciplina.

Por Marcos Novaro

Publicado en TN el 9/3/15

Posted in Política.


Presentación del libro “Los límites de la voluntad”

tapa NOVARO L’mites Voluntad_OK

El próximo martes 17 de marzo a las 18:30 hs, Marcos Novaro, Alejandro Bonvecchi y Nicolás Cherny presentarán en UTDT el libro “Los límites de la voluntad. Los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner”. Los comentarios estarán a cargo de Sebastián Etchemendy y Carlos Gervasoni. Más abajo la invitación de:

Presentación del libro “Los límites de la voluntad: los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner”

El Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales invita a la presentación del libro Los límites de la voluntad: los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner, de Alejandro Bonvecchi, Marcos Novaro y Nicolás Cherny.

Los autores estarán presentes durante la presentación, y comentarán:
  • Sebastián Etchemendy, Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales, UTDT.
  • Carlos Gervasoni, Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales, UTDT.

Los límites de la voluntad cuenta la historia de un país que durante la última década estuvo dispuesto a ser moldeado por la iniciativa y la decisión de sus gobernantes. El libro explica los motivos por los cuales los gobiernos de Duhalde, Nestor y Cristina Kirchner llegaron a resultados distintos de los que originalmente se propusieron. Contra lo que se suele creer, Marcos Novaro, Alejandro Bonvecchi y Nicolás Cherny, argumentan que la “década larga” tuvo bastante más de novedoso e innovador al comienzo que al final. Y que deja como principal enseñanza los costos y las frustraciones que el ejercicio de la voluntad política produce cuando insiste en desconocer sus límites.

La obra inicia en una de las peores crisis económicas de la historia nacional (2001), que dio pie a una inesperada y sostenida bonanza. Repasa las fuertes tensiones sociopolíticas de la primera década del siglo XXI, y por qué estas no impidieron a los gobiernos alcanzar una considerable dosis de eficacia. Destaca los avances que se registraron en el acceso a derechos civiles y sociales, y concluye en el debilitamiento de las instituciones democráticas y de las reglas económicas más básicas. Recorre gestiones de gobierno que reconstruyeron la autoridad presidencial y crearon oportunidades para la reforma y la consolidación económica e institucional, que luego quedaron relegadas y derivaron en la partidización extrema del Estado y en una vida política moldeada por la polarización.

Los autores

ALEJANDRO BONVECCHI nació en Buenos Aires en 1973 y es Licenciado en Sociología por la UBA y Ph. D. in Government (Universidad de Essex). Ha enseñado en las universidades de Buenos Aires, Essex y Yale, y ha sido Fellow del Woodrow Wilson International Center for Scholars y del MacMillan Center for International and Area Studies. Sus temas de investigación son la política presidencial y legislativa, el manejo de crisis económicas y la economía política del federalismo. Ha publicado dos libros y varios artículos en revistas académicas y compilaciones editadas en Argentina, Brasil, España y Estados Unidos. Actualmente se desempeña como profesor ordinario adjunto en el Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales dela Universidad Torcuato Di Tella y como investigador adjunto del Conicet.

MARCOS NOVARO nació en 1965 en Buenos Aires, estudió Sociología y Filosofía en la UBA. Actualmente es investigador principal del Conicet y dirige el Centro de Investigaciones Políticas y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea en el Instituto Gino Germani. Ha sido becario Fulbright en la George Washington University y en la Columbia University (2006) y becario Guggenheim entre 2008 y 2009. Entre sus trabajos más recientes cabe mencionar Argentina en el fin de siglo: democracia, mercado y nación (2009), Historia de la Argentina (1955-2010) (2010) y la compilación tituladaPeronismo y democracia (2014). Es también coautor de Vamos por todo (2013). Se desempeña como profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA y columnista de opinión de diversos medios de comunicación.

NICOLÁS CHERNY nació en 1974 en Buenos Aires y es profesor de Ciencia Política en la UBA e investigador del Conicet en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. Tiene un doctorado en Ciencias Sociales (FLACSO) y un máster en Gobierno (Universidad Complutense de Madrid). Es investigador del proyecto Conicet “Empresarios y política en Argentina” y codirector del proyecto FONCyT “Federalismo y política legislativa”. Ha publicado diversos artículos en revistas científicas, nacionales e internacionales. Su trabajo “El gobierno del cambio de política cambiaria en Argentina” ha recibido premios del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (España) y dela Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (Alacip).

Lugar: Campus Alcorta: Av. Figueroa Alcorta 7350, Ciudad de Buenos Aires.
Contacto: Josefina Pell Richards

Posted in Política.