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Pobreza: 33,6%, inflación: 3,2%, Riesgo país: 740, Gobierno: ¿en jaque?

No tiene mucho de donde agarrarse el gobierno en estos momentos, ni en el frente económico ni en el terreno social. La situación no deja de complicarse por donde se la mire.

La baja de la inflación fue menor a la esperada: el Indec midió 3,2% en noviembre, todavía muy alta. Suma casi 44% en el año. Y hace difícil llegar al 2% mensual, como el Ejecutivo prometió que sucedería durante este mes.

Esto a su vez mete presión sobre el dólar. Hay empresarios que vuelven a hablar de “retraso cambiario”. ¿Se conformarán solamente si volvemos al 2002? Mientras, la UIA amenaza firmar un documento con la CGT. Alianza que solía cultivar en tiempos de Alfonsín, cuando repudiaba el Plan Austral por no frenar en seco la inflación y al mismo tiempo por no reactivar la economía. Macri, igual que Alfonsín en esos tiempos, puede reprocharle su inconsistencia. Pero el problema seguirá siendo de él: ¿habremos dado tantas vueltas, con el FMI, el déficit cero y demás, para volver al comienzo, en una suerte de juego de la silla entre precios internos y competitividad externa, ajuste fiscal y nivel de actividad?

Para colmo de males, a la entente de las corporaciones se suma la Iglesia. La suba de la pobreza medida por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA mostró ayer que por primera vez el porcentaje de argentinos que sufre esa condición supera claramente la marca dejada por el gobierno anterior. Son 13 millones y medio de personas, la cifra más alta en mucho tiempo.

Encima, bajar la pobreza y la inflación fueron dos de las promesas centrales de la propuesta macrista. Cumplidos tres años de mandato, lo dejan expuesto al malhumor social sin atenuantes.

Y como si todo esto fuera poco, los problemas económicos y sociales alimentan los políticos y viceversa, en un círculo vicioso que es imposible predecir dónde termina. Como la situación es tan mala, los operadores financieros sospechan que tal vez Macri no sea reelecto y vuelva Cristina, entonces se niegan a comprar bonos argentinos o lo hacen solo si rinden una ganancia astronómica, con lo cual las posibilidades de bajar las tasas domésticas se resienten, también se resiente la disposición de los demás capitalistas a invertir, de los consumidores a endeudarse y la recesión tiende a profundizarse y prolongarse. Alimentando las sospechas de que Macri puede ser derrotado en octubre próximo, y la política y las reglas del juego para la economía cambiar de signo radicalmente.

Lo más sorprendente de todo, sin embargo, es que el relato, el odiado relato, está prestando una invalorable ayuda a Macri en estos momentos, ayuda que los fríos números se niegan a brindar, y sus aún más fríos administradores económicos no saben cómo acercarle.

El gobierno está en aprietos porque ha cometido muchos errores, la gente está desilusionada y malhumorada, y sin embargo la política aguanta, hay presupuesto, muy pocas protestas, tendremos el diciembre más tranquilo en mucho tiempo. ¿Por qué? Porque el oficialismo casi sin querer ha logrado instalar una explicación de cómo fueron las cosas que lo disculpa al menos en parte, y que por tanto también abona su explicación de lo que hay que hacer y cómo pueden ser las cosas de aquí en adelante.

Es el lado bueno de los errores no forzados: Macri llegó al ajuste sin querer, después de que le hubieran fallado todas sus otras opciones, por lo que no es tan fácil considerarlo responsable de los males que nos impone, salvo para los que ya desde antes lo consideraban un neoliberal maligno e insensible.

Para la mayoría puede que se haya revelado como alguien no muy ducho para elegir cursos de acción y colaboradores, pero más que el resto de los aspirantes a gobernar (todavía hoy le saca ventaja en este aspecto a todos los demás: a Cristina, a Scioli, y más todavía a Massa, que es un caso realmente único, estando en la oposición su imagen cae cada vez que el gobierno mete la pata). Y además reconoce sus errores y limitaciones. Con lo cual su explicación de que “no hay otra opción que esta fea medicina” cobró credibilidad.

A su vez, como el dólar saltó y a todos nos trajo horribles recuerdos, pero ahora se calmó y parece que al menos a este gato el gobierno le encontró la quinta pata, quedó instalada la idea de que por de pronto se evitó un gran mal, caer al abismo, frente al cual los males que efectivamente enfrentamos se relativizan. Si la situación no mejora demasiado, que es lo más probable, el temor al abismo continuará haciendo su trabajo y la gobernabilidad económica, aunque precaria, o mejor dicho precisamente por su precariedad, conservará un alto valor, desalentando de cambiar de timonel.

Claro que en el medio pueden pasar muchas otras cosas, la tolerancia al ajuste devenir hastío, frustración y dar paso a la protesta. Pero al menos como van las cosas no es tan seguro que la elección del año que viene vaya a ser todo lo disputada que se dice.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 16/12/2018

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¿Es justo que Boudou sea excarcelado?

Hay muchos tecnicismos judiciales en este asunto, pero también pujas políticas y una batalla por orientar la confianza de la sociedad y el trabajo de los funcionarios judiciales que, según quién la gane, va a permitir o no el Nunca Más a la corrupción.

Amado Boudou ya fue condenado por su intento de apropiarse de la imprenta Ciccone. La figura fue cohecho y negociaciones incompatibles con sus funciones. Es que era nada más y nada menos que vicepresidente de nuestro país. Y lo habíamos elegido para que se dedicara a otra cosa.

El fallo condenatorio le impuso una pena de 5 años y diez meses, es decir, de cumplimiento efectivo. Y efectivamente empezó a cumplirla, para su disgusto, inmediatamente después de que el tribunal oral presidido por Pablo Bertuzzi, Néstor Costabel y Gabriela López Iñíguez (esta última lo hizo en disidencia parcial) firmara la condena, a comienzos de agosto pasado.

En ese momento la noticia de su condena pasó bastante desapercibida, no concitó mucho interés, y es probable incluso que la mayoría se haya olvidado del asunto hasta hoy. Esa desatención fue ya de por sí un poco rara: por primera vez en mucho tiempo un caso de corrupción terminaba confirmando las sospechas generalizadas de la sociedad y satisfaciendo su deseo de justicia. Y encima lo hacía contra quien fuera segundo al mando del otrora superpoderoso gobierno de Cristina Kirchner. No era poca cosa para una Justicia que había tardado más de seis años en llegar, y que más comúnmente nos tenía y tiene todavía acostumbrados a no llegar nunca.

Pero bueno, así fue. Tal vez esa desatención se explique porque el escándalo nos entretiene y atrae mucho más que el funcionamiento normal de las instituciones. Que en vez de sorprendernos y entusiasmarnos, nos aburre. Lo mismo pasó con el caso Maldonado: una vez que se supo qué había pasado, dejó de ser interesante para la mayoría de la opinión pública, como si no hubiera nada que aprender de las ocasiones en que las instituciones hacen bien su trabajo, ninguna conclusión útil para nuestras vidas que valga la pena sacar del infrecuente cumplimiento de las leyes.

En cambio la excarcelación del ex vicepresidente puede que sí llame la atención. Es de por sí un nuevo escándalo. La acaban de decidir dos juezas, Adriana Pallioti y, ¡oh sorpresa!, la misma Gabriela López Iñíguez que había disentido al firmar la condena: le pareció excesiva y se ve encontró una segunda oportunidad para favorecer al reo.

¿Cómo fundamentaron esta decisión? Con el argumento de que ese fallo no estaba firme, debía pasar aún por la revisión de la Cámara, y por tanto entendieron que el proceso no había terminado: es decir, Boudou puede esperar que la revisión lo favorezca, así que no correspondía que esperara mientras cumplía ya la pena.

El tecnicismo al que recurren es muy discutible y así lo planteó el ministro de Justicia, Germán Garavano: en verdad la revisión por la Cámara no es parte del proceso, que ya terminó, sino del control que sobre el mismo ejercen las instancias superiores del Poder Judicial, igual que la apelación. Que seguramente también Boudou va a presentar. Pero mientras un condenado apela no está en su casa, ni tiene libertad de movimiento en un radio de 100 kilómetros como generosamente le otorgaron esas dos juezas a Boudou. Tiene que cumplir su pena. Así hacen todos los condenados en nuestro sistema. O casi todos. Menem también logró zafar en su momento con un argumento tirado de los pelos.

La verdad: lo más importante no es de todos modos si Boudou espera en la cárcel o en su casa. Lo decisivo es la señal que estas magistradas dan a la sociedad y a sus pares al soltarlo: un factor esencial para que las investigaciones contra el poder político avancen, y haya un poco más de igualdad ante la ley en nuestro país de lo poco que ha habido hasta aquí, es que la sociedad no pierda interés, confíe y a la vez exija que le demuestren que su confianza es justificada, y los jueces y fiscales se sientan presionados por esa sociedad a hacer bien su trabajo. Algo de esto empezó a cambiar para mejor en los últimos tiempos, gracias a fallos como el que perjudicó a Boudou, gracias a la causa de los cuadernos, y al espectáculo inédito de decenas de ex funcionarios y empresarios desfilando por los tribunales, arrepintiéndose, confesando aunque sea a medias, siendo procesados y quedando en muchos casos detenidos. Algo que solo podría compararse, salvando las distancias, con el Juicio a las Juntas.

Bueno, es a esa imagen republicana en que la Justicia sometía al poder a la que las juezas Pallioti e Iñíguez le acaban de mojar la oreja; contraponiéndole la triste y conocida marca de la triquiñuela procedimental, que siempre está a disposición de los amigos, para que zafen, hasta cuando quedó archidemostrado que son culpables.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/12/2018

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Arde París, y el odio acorrala a las democracias

Emmanuel Macrón contestó a las protestas de los chalecos amarillos como si se tratara de un movimiento de protesta de esos que había antes, reivindicativo, enfocado en problemas de acceso a derechos, recursos o reconocimiento.

Lo hizo sacrificando parte de su política de ajuste, retirando un aumento del impuesto a los combustibles que iba a impactar en gente de muy distintos niveles económicos y opiniones políticas, y estaba horadando la ya escasa adhesión que su gobierno recibe de una sociedad cansada de los recortes de gastos y la suba de los impuestos.

Si el presidente francés imaginaba que así lograría calmar las aguas se llevó flor de sorpresa: la protesta de este sábado fue de nuevo muy masiva y aún más violenta que las anteriores. ¿Por qué?

En parte porque la administración se equivocó en los tiempos y el modo: anunció tarde la corrección, cuando ya el movimiento estaba lanzado a organizar una nueva jornada de protesta, y encima dijo primero que solo se trataba de una suspensión, con lo cual alimentó la sospecha de que, una vez que se desactivaran las marchas y aislara a sus promotores, volvería a intentar el aumento. Recién cuando advirtió el problema, aclaró que la medida quedaba descartada. Pero con esos sucesivos pasos atrás se alentó aún más la acción en las calles, pues mostraron que esta daba resultado, que al gobierno no le estaba quedando otra que ceder y replegarse.

Con todo, más allá de los errores gubernamentales y del éxito reivindicativo que podían reclamar para sí los manifestantes, lo que más parece haberlos estimulado a insistir y avanzar es la ordalía de odio y violencia descontrolada en que desembocaron las protestas y la mezcla de distancia y debilidad que ofreció el gobierno como respuesta. De allí que la estrategia de Macrón para atender la cuestión haya sido, al menos hasta aquí, por completo desencaminada.

Hay una estética de la destrucción que entusiasma a muchos jóvenes franceses, que no es ni de derecha ni de izquierda, ni tiene reivindicaciones muy claras detrás. Es más que nada una reacción ante un sistema que parece ser al mismo tiempo excluyente, indiferente y débil. Que es la forma en que las democracias de cada vez más países desarrollados son vistas por una proporción cada vez más amplia de sus ciudadanos.

Como sucedió con los indignados en España años atrás, no está muy claro qué quieren los que organizan las protestas: en el caso de los chalecos amarillos aluden a “injusticias sociales” soportadas durante décadas, a complots tecnocráticos para someter a Francia a los dictados de Bruselas, de la ONU o de vaya a saber quién, y sobre todo a los vicios de una clase política que no merece ya ninguna confianza. Todas acusaciones que pueden tener tanto de cierto como de invención, pero a nadie se le ocurre que haya que precisar qué cae en cada categoría, y por qué habría que creerle más a quienes denuncian que a los denunciados, a los promotores del odio que a los odiados.

Y tampoco es fácil entender por qué encuentran semejante eco en miles de personas, sobre todo jóvenes, de clase media baja, trabajadores precarios y estudiantes sin perspectivas de escapar a ese futuro, que no se reconocen ya en partidos, sindicatos ni ninguna otra forma de agregación e identificación política más tradicional.

Ahora que olieron sangre, y vieron al gobierno trastabillar, van por su cabeza: se extiende el reclamo de que Macrón renuncie. Puede que en una semana esa idea suene ridícula porque todo se calme, la descarga de resentimiento contra el sistema político y las autoridades haya bastado para restablecer el frágil equilibrio previo, del que precisamente Macrón es hijo: recordemos que fue electo gracias a que logró colarse en la pelea entre dos extremistas, uno de derecha y otro de izquierda, cuyos votantes deben abundar entre los que ahora se vuelcan a las calles.

Pero puede también que ese precario equilibrio haya quedado invalidado y un sistema de partidos aún más debilitado que el español, como nunca se vio en Francia antes, le de pronto una nueva y más ventajosa oportunidad a los extremistas y aventureros. ¿Serán de derecha o de izquierda quienes recojan los beneficios de este despelote? Tal vez suceda algo parecido a lo que vemos en Italia, donde populistas de izquierda y de derecha cogobiernan, le echan la culpa de todos los males al mismo tiempo a los migrantes y a la Unión Europea, y están gestando un descalabro económico e institucional del que va a ser muy difícil salir. En cualquier caso, se probará que en circunstancias tan difíciles como las que enfrentan no solo las democracias europeas, sino las democracias en general, si los moderados no cooperan entre sí, el centro político puede derrumbarse y el destino de esos sistemas terminar dependiendo de promotores del odio y el caos que no ofrecen soluciones más efectivas sino apenas un mejor modo de canalizar la frustración.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/12/2018

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Nuevas encuestas empujan a Cristina a moderarse

Hay pocos cambios en los sondeos de los últimos dos o tres meses. Pero eso encierra una importante novedad: dado que ellos se hicieron en lo peor de la crisis, es plausible creer que el malhumor con el gobierno tocó fondo. ¿Será por eso que Cristina está revisando su estrategia, guarda silencio, se modera e incluso duda de presentarse el año que viene?

Los datos económicos de los últimos tiempos son pavorosos. La caída de la industria en octubre, contra igual mes del año pasado, fue del 6,8%. Algo menos de lo que había caído en septiembre (más de 11%), pero ahora el derrumbe se extendió a la construcción, que perdió 6,4 puntos en el año. Y lo peor es que las perspectivas son muy malas en este sector, porque las ventas de inmuebles se hundieron más del 40% en noviembre y también cayeron fuerte los permisos de edificación. Puede que haya luz al final del túnel, pero por ahora hay que imaginársela.

Sin embargo, la pérdida de apoyo al oficialismo parece haberse detenido. Tal vez porque contuvo la escalada del dólar y la inflación empezó a retroceder. Tal vez porque sigue primando en muchos votantes la impresión de que el gobierno hace las cosas mal, pero la oposición las haría peor.

Según un último sondeo de Opinaia realizado a fines de noviembre, las expectativas positivas sobre la evolución de la economía mejoraron desde el mes anterior un 2%, pasando de 33 a 35 puntos, en tanto las negativas retrocedieron cinco puntos, de 43 a 38%.

En esa encuesta se preguntó también a una muestra de 3000 casos quién estaba más capacitado para resolver los problemas económicos, y el 27% respondió que el gobierno, mientras sólo 22% se inclinó por la oposición. Un apabullante 51% dijo que “ninguno”, lo que habla muy mal de la gobernabilidad que es capaz de ofrecer nuestro sistema político en esta materia. Pero más allá de ese evidente déficit, en lo que importa para la próxima compulsa electoral, los resultados indican que al menos por ahora hay más gente que apuesta a la continuidad que la que lo hace por la alternancia.

No son datos muy discordantes con los de otros sondeos recientes. Incluso los realizados por empresas que acostumbran trabajar para la oposición: días atrás se conocieron estudios de Analogías, Bacman y Rouvier según los cuales si se hiciera hoy un ballotage el resultado sería un triunfo apretado de Cristina Kirchner sobre Macri, pero un empate si la candidata oficial fuera María Eugenia Vidal. Opinaia obtuvo en una pregunta similar una leve ventaja para Macri, pero dentro de los márgenes del empate técnico.

Con ese punto de partida, en el oficialismo descuentan tomar pronto la delantera, pues apuestan a que el tiempo juegue a su favor, estimando que cuando llegue realmente la hora de ir a las urnas la situación económica sea por lo menos un poco mejor que ahora, y previendo que la gente votará con una memoria de corto plazo, algo que suele suceder. El gobierno contará además con la carta de triunfo que suele significar “estar en funciones”: muchos votantes son renuentes a correr los riesgos de la alternancia cuando se enfrentan tiempos difíciles, aunque responsabilicen en parte o totalmente por esas dificultades a los que han estado al mando del barco. Aún a disgusto, la gente daría su reelección al actual presidente.

¿Cuáles podrían ser las apuestas más redituables de la oposición para compensar esas ventajas oficiales? La más obvia sería ir todos juntos, claro, pero por ahora parece ser una opción inviable, por la profundidad de los disensos en el peronismo y porque cada bando controla firmemente un territorio que cree va a poder conservar aún sin cooperar con los demás: el kirchnerismo, las bancadas y municipios bonaerenses, los federales, el interior del país. Incluso la debilidad del oficialismo tiende a reforzar esta confianza y por tanto la dispersión: quedó ya lejos en el tiempo el temor a una “ola amarilla” que agitó a muchos jefes distritales un año atrás, frente a la que podían perderlo todo si no se reunía el conjunto de los peronistas bajo el mismo techo.

Aunque cabe preguntarse: ¿seguiría siendo así si Cristina no se presentara? Tal vez las cosas no cambiarían demasiado porque es casi imposible que en un eventual acuerdo no haya para alguno de los bandos pérdidas irreparables: si el kirchnerismo impone el candidato, sea por internas o a dedo, los demás saben que, de ganar, gobernaría Cristina y ellos serían boleta, y de perder tendrían que esperar varios años más para volver a ser confiables como “renovadores”; y si se diera la inversa los seguidores de la ex presidente saben que su sector sería fagocitado por el nuevo jefe. Así que no hay salida por ese lado.

Como no tiene sentido que la ex presidente haga el extremo sacrificio de ceder su lugar preeminente en la oposición, pero ella sabe que algo nuevo tiene que intentar, está explorando una versión más modesta del renunciamiento: moderarse.

La primera muestra la ofreció en su conferencia anti G20, cuando invitó a pañuelos celestes y verdes a reconciliarse bajo su mando. Algo que cayó muy mal en los más radicalizados.

Y durante el G20 no sólo no abrió la boca para impugnar el alegre ágape de súper poderosos organizado por Macri, sino que se abstuvo de movilizar a sus seguidores para al menos hacerle un poco de ruido desde el llano: parece estar retrocediendo de su apuesta a la protesta social, incluso violenta, que venía ensayando bajo el lema de la Resistencia. Y para despejar cualquier duda sobre su espíritu contemporizador hasta mandó a Kiciloff a diferenciarse de Massa, adelantando que en caso de volver al gobierno no renegociaría sino que cumpliría el acuerdo con el FMI.

No puso objeción, por otro lado, a que parte de sus seguidores bonaerenses hicieran en relación con el presupuesto de Vidal lo mismo que habían hecho los federales y renovadores con el presupuesto nacional. Finalmente, en ese distrito los beneficiarios de la repartija van a ser en gran medida sus intendentes.

La tercera movida será llevarla al interior, donde el clima de bronca por la crisis es menor que en Buenos Aires, y por tanto le va a convenir bajar los decibeles de sus intervenciones. Lo que tal vez la someta a la prueba de fuego en todo este asunto: ¿es realmente creíble alguno de estos gestos de buena voluntad, o solo sirven para desdibujarla?

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Volvió Carrió

La líder del ARI se piensa a la vez como suma sacerdotisa de Cambiemos y como su espíritu más rebelde y la opositora más eficaz, la única que realmente está en condiciones de frenar a Macri cada vez que él se equivoque. ¿Puede funcionar una fórmula tan en el límite, en un contexto tan frágil como el que vivimos?

Ya lo vimos con el choque de frente que protagonizó con Germán Garavano semanas atrás, por las prisiones preventivas contra implicados en casos de corrupción: Elisa Carrió cree que para salvar a Cambiemos en su hora más difícil ella tiene que llevar al extremo su rol como crítica implacable del gobierno, porque de ese modo margina a la oposición, la deja sin ninguna función útil que cumplir, y seduce a los disconformes con el gobierno, que son un montón, y en los últimos tiempos crecen cada vez más.

La técnica no es nueva. En verdad la viene practicando el peronismo casi desde sus orígenes, sobre todo cuando está en el gobierno. Y hay que reconocer que en muchas ocasiones le dio buen resultado, por ese principio que Perón condensó en una famosa analogía gatuna, con su habitual ironía: cuando se escuchan maullidos atroces y todos creen que los peronistas se están matando, en realidad se están reproduciendo.

El punto es: ¿con este juego Carrió puede lograr que Cambiemos amplíe su representatividad, recupere su ímpetu y vuelva a crecer, o está corriendo y haciéndole correr a sus socios demasiados riesgos, sometiendo a una insoportable tensión a una coalición y una identidad demasiado frágiles?

Dicho de otro modo: lo que pueden los peronistas, porque para ellos siempre es posible volver a sentarse alrededor de la misma mesa y ponerse de acuerdo, por más que hayan roto todos los platos y tirado por los aires el mantel, e incluso a algunos de los comensales, no es recomendable que intenten imitarlo otras fuerzas políticas, porque el riesgo de ruptura es mucho más alto que los beneficios que pueden cosecharse.

Nótese que, pensado desde esta perspectiva, el conflicto no necesita resolverse. Alcanza con que ocupe la escena, llame la atención del público, y éste se divida en dos bandos, los que simpatizan con la rebeldía de Carrió, y los que prefieren las pragmáticas y modestas soluciones que ofrece Macri. Lo que importa es eso, que todos hablemos durante un tiempo sobre si se equivoca uno o se equivoca el otro, hasta que el tema pase y aparezca uno nuevo.

Veamos si no lo sucedido con el caso de Garavano y las preventivas: no hubo acuerdo, la líder del ARI reclamó la cabeza del ministro, no se la dieron y ella guardó silencio, pero se mantuvo en sus trece como máxima encarnación ética, la guardiana de la lucha contra la corrupción. La rebelde que habla sin pelos en la lengua y actúa sin preocuparse, en apariencia, por los intereses de su propia fuerza, si no sólo por los de la república. Contra y el presidente, que defiende su autoridad y se atiene a “lo que hay que hacer” (para sobrevivir, valga la aclaración). Y cada uno siguió por su lado, haciendo su juego, sin problemas.

Con el nuevo tema de conflicto que acaba de aparecer, el protocolo para uso de armas de fuego por parte de las fuerzas de seguridad anunciado por Patricia Bullrich, es muy más probable que suceda algo parecido.

La ministra ya adelantó que no hay contradicción alguna con el código penal, que lo único que se modifica es la regla impuesta en los últimos años según la cual los agentes del Estado no podían disparar a nadie hasta el momento de recibir ellos o algún tercero un disparo, regla que según Bullrich los convertía en blanco fácil de delincuentes armados. Además, es impensable que, después de su resonante éxito en el operativo de seguridad y control de la protesta durante la cumbre del G20, y de todas las muestras de simpatía por sus puntos de vista que le ha ofrendado Macri, ella esté actuando sin su total apoyo, o haya alguna mínima chance de que retroceda con su resolución.

Mientras tanto, indiferente a estas consideraciones, Carrió se plantó en el extremo opuesto del ring, y fue incluso más allá que los más críticos opositores: dijo que la resolución “hiere los derechos humanos” y culpabilizó a Bullrich personalmente, porque “se le va la mano” en un asunto que no habría sido consensuado en el oficialismo, ni siquiera en el Ejecutivo. Así que es de esperar que ella tampoco retroceda, e insista en frustrar el cambio anunciado, para que “no vayamos hacia el fascismo”.

Son palabras muy fuertes, puede que demasiado. Expresan posturas irreconciliables encima sobre una cuestión, una de las pocas, en que el gobierno no es señalado como un total fracaso, por lo que merecería que los oficialistas hicieran un poco más de esfuerzo que en otros terrenos para ponerse de acuerdo, ¿verdad? Pero si no lo hacen, ¿pagarán algún costo?, ¿la disputa sobre este asunto tiene en serio chances de llevarlos hacía una ruptura?

No parece que esté cambiando el parámetro básico que mantiene unido a Cambiemos: no hay ninguna opción de salida mínimamente tentadora. El que abandone la coalición puede que deje de ser cola de león, pero para volverse cabeza de ratón. Parámetro que, en ausencia de una identidad y una tradición tan fuertes y longevas como las peronistas, reviste una importancia fundamental.

Pero aunque ruptura no haya en el horizonte, puede que sí se de un cierto desgaste, un clima de querella creciente y declinante colaboración. Y eso a pesar de que la fórmula pueda funcionar para que en la coyuntura se junten algunos votos más. Porque la cohesión y el rumbo oficiales quedarán heridos.

Es difícil saber cuánto hay de cálculo y cuánto de instinto en estos lances cada vez más virulentos que hace Carrió, y que tolera pero mayormente desatiende Macri. Mi impresión es que hay bastante cálculo. Pero puede que sea un cálculo errado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 5/12/2018

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“Volver al mundo” le ganó por goleada al aislacionismo

Al menos desde 1983 venimos lidiando con un conflicto permanente entre dos posturas antitéticas sobre la estrategia que debemos seguir como país: la de quienes proponen integrarnos al mundo desarrollado para fortalecer tanto la democracia como la economía, porque los principales problemas que enfrentamos en ambos terrenos nacen de nuestras propias taras y nuestra tendencia a aislarnos, y la de los que sostienen lo contrario, creen que ese mundo es hostil tanto para nuestro crecimiento como para las formas de gobierno que nos convienen, y debemos aislarnos de él lo más posible, confiar solo en nuestras fuerzas y tradiciones y como mucho movernos por el barrio (América Latina) y en los márgenes del sistema internacional, para sacar provecho de ventajas ocasionales.

En este sentido los resultados del G20 han significado un fenomenal espaldarazo para la tesis “internacionalista” y un balde de agua fría para los que sostienen la tesis contraria. Y esto a pesar de que ese mundo al que hemos vuelto es bastante inhóspito, mucho más de lo que lo fue unos años atrás, cuando nos empecinábamos en ignorarlo.

Claro que ese cambio ha obligado a países como el nuestro a recalibrar sus políticas comerciales y sus alianzas. Pero nada de eso modificó lo esencial, que los sucesos de este último año pusieron, por si hacía falta, de nuevo a la luz: igual que sucedió en los años ochenta y de nuevo en los noventa, si nuestro país logra sobrellevar sus crisis es en gran medida por la ayuda externa, por la cooperación de democracias consolidadas con países que están democratizándose y de economías desarrolladas con las que están en vías de desarrollarse. Contra lo que sostienen los diagnósticos catastrofistas, cebándose en la frustrada expectativa de una “lluvia de inversiones”, eso no ha cambiado y en eso Macri no se equivocó.

La reunión del G20 en Buenos Aires no era solo ocasión, entonces, para hacer propaganda y diplomacia gestual, ensayando el músculo que más le gusta mostrar a un gobierno experto en realizar eventos glamorosos, si no una prueba decisiva en uno de los pocos terrenos en que la sociedad todavía valora los cambios que él ha traído, y del que está bien claro que depende y seguirá dependiendo por un buen tiempo para sobrevivir.

En este sentido, el triunfo de la apuesta de Macri, que supuso sin duda para él correr un alto riesgo, no es sólo económico y financiero, tiene no sólo un costado geopolítico sino también uno cultural. Va a ser más difícil a partir de ahora impugnar sin más el acuerdo con el FMI. Se volverá más difícil minimizar las ventajas que se derivan de llevarnos lo mejor posible con todos los países. Y perderán sustento por tanto los argumentos que sostienen que, como hay tensiones comerciales entre las potencias, entonces es más necesario que nunca blindar nuestra producción de la competencia internacional y perseguir la fantasía de la autarquía económica.

En los tres terrenos en que la reunión del G20 puso al gobierno argentino ante duros exámenes, el control de la calle, la firma de acuerdos comerciales y financieros, y el consenso entre todos los países miembros sobre algunos objetivos comunes, el resultado fue más favorable de lo que hasta los más optimistas esperaban.

La protesta del viernes dio la imagen de un país mucho más civilizado de lo que es hoy París, y de lo que fue un año atrás Hamburgo. Todo puede cambiar de un momento a otro, así que no conviene dormirse en los laureles: así como la tranquilidad de la Bombonera en la primera ronda de la final de la Libertadores llevó al papelón del Monumental por un operativo de seguridad penoso y descoordinado, podría suceder que la tranquilidad de estas jornadas quede en el olvido con un diciembre de saqueos. Pero no hay que subestimar ni la eficaz gestión del Ministerio de Seguridad ni la tentación de la moderación que está ganando a los kirchneristas: si creen que tienen chances de ganar y de heredar un país menos aislado e impredecible para el resto del mundo es probable que de aquí en más bajen el tono a sus planteos antisistema.

Macri logró coordinar esfuerzos con otros jefes de estado moderados, principalmente Justin Trudeau de Canadá y Emmanuel Macron de Francia para sacar un documento de consenso. Y escapó a la trampa que le tendió Trump para enfrentarlo a China, con lo que puede seguir ensayando el difícil equilibrio entre ambos que le permite extraer beneficios de las dos potencias, sin quedar atrapado por el fuego cruzado entre ellas. No es poco para un país que no tiene demasiados antecedentes de éxitos diplomáticos recientes, y que en muchos períodos pagó costos altísimos e innecesarios por despreciar ese oficio.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/12/2018

Posted in Política.


Bonadío no podía disculpar ni a Rocca ni a Abal Medina

Como estaban las cosas, si el juez de la causa de los cuadernos aceptaba las explicaciones dadas tiempo atrás por el CEO de Techint, que él no estaba enterado de los pagos que hacían sus colaboradores, iba a tener que enfrentar una catarata de apelaciones de otros muchos acusados del campo empresario. Y lo mismo cabe decir de la situación del ex jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, que quiso desentenderse del destino y sobre todo de la procedencia del dinero negro que pasó por sus manos con similar estrategia, descargando responsabilidades en un secretario. El juez estaba obligado a decidir: o avanzaba con los procesamientos, o ponía en riesgo todo el trabajo hecho hasta aquí. Así que avanzó.

Parte del problema fue que los colaboradores de Rocca y Abal Medina ya habían confesado. Luis Betnaza aludiendo al rescate que supuestamente debió organizar, y solventar, de los empleados del grupo Techint retenidos en Venezuela tras la expropiación de Sidor. Y Martín Larraburu presentándose como un mero intermediario del dinero que entraba y salía de la Casa Rosada en los famosos bolsos supuestamente para financiar gastos electorales. Así que ninguno de sus jefes pudo ya desmentir que los delitos se habían cometido. Esta es la trampa que hay detrás del mecanismo del arrepentido: produce un efecto dominó, desnudando mentiras y medias verdades hacía adelante y hacía atrás en la cadena del delito. Por eso están tan decididos a anular esa figura los ingenieros y máximos beneficiarios del sistema de recaudación ilegal: no hay peor corrosivo para los pactos mafiosos.

Más todavía en sistemas de poder muy personalizados y verticales. Como son en general las empresas argentinas. El juez justificó el procesamiento de Rocca con el argumento de que él mismo había dado pruebas de conocer al dedillo la situación en Venezuela, las tratativas con los funcionarios argentinos para lograr una compensación por la expropiación decidida por el chavismo y también la situación de los directivos que residían en aquel país. Su control personal sobre Techint, que seguramente ha sido una de las claves de su éxito, como sucede en muchas otras empresas, terminó siendo la razón de su desgracia.

El punto es importante no sólo para entender lo que sucede en este caso particular. Lo es también para comprender lo difícil que va a ser lograr el objetivo que se ha propuesto el gobierno, que se diferencie la suerte de los empresarios de la de sus empresas, para poder salvar a las firmas, los puestos de trabajo y la capacidad operativa y de inversión, aun cuando aquellos terminen presos, o al menos muy desprestigiados como para poder seguir su vida como si nada.

En la empresa llamada “kirchnerismo S.A.” las cosas funcionaron de similar manera y por tanto también la asignación de responsabilidades sigue un criterio jerárquico. Aunque como no existía en este caso la estructura formal de una firma, y la del Estado estaba subsumida y subordinada a la de la asociación ilícita, con sus reglas informales de autoridad, confianza y división del trabajo, los roles que cada uno de los personajes involucrados desempeñó cuentan más que el escalafón. Ello explica, por caso, que la responsabilidad de un ministro, De Vido, haya sido más directa, protagónica y permanente que la del jefe de los ministros, en este caso Abal Medina (y seguramente esta diferencia de jerarquía en la cosa nostra se mantuvo con los demás que ocuparon la jefatura). De allí que éste haya sido procesado como partícipe necesario, mientras que aquél lo fue como organizador.

En suma, va a ser difícil escapar a las responsabilidades. Aún los empresarios involucrados, en este caso al menos, podrán argumentar que fueron extorsionados: finalmente el caso por el que se procesa a Rocca no involucra un negocio provechoso en ciernes, un deseo de lucro satisfecho con mala praxis, sino la forzada elección entre perder todo o perder solo parte de un negocio que ya le había sido arrebatado y de muy mala manera.

No es la misma situación que la de otros empresarios. Y tampoco es la de los ex funcionarios como Abal Medina, que convengamos tenía muchas opciones a la mano cuando empezó a trapichear bolsos con plata en nuestra casa de gobierno, y ninguna de ellas era demasiado costosa ni riesgosa para él ni para su gente: podía renunciar, podía abstenerse de participar y ver cómo reaccionaban sus jefes, y hasta podía acordarse de la ley y denunciar lo que pasaba, convirtiéndose, gratis y sin esfuerzo, en un modelo de funcionario público. Lástima que no se le ocurrió nada de esto.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/11/2018

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Macri depende del éxito del G20 para ser reelecto

Reunir en Buenos Aires a este selecto grupo de gobernantes fue desde el comienzo una jugada de riesgo. ¿Y si las cosas salían mal, no se volvía un pelotazo en contra difícil de manejar? Por la situación política, económica y social que atraviesa el país, esos riesgos encima se agravaron desde que Macri insistió en ser anfitrión de la reunión de este año. Pero aún así no debe estar arrepentido, porque si algo todavía valora la sociedad de su gestión es que ha vuelto al mundo, y recuperado lazos con los países centrales que no deberían haberse roto; y porque es a todas luces evidente que si su gobierno sobrevive es precisamente por esos lazos.

¿cuáles son los riesgos que corre y qué chances existen de que los sortee? Para empezar, esta la cuestión del control de la protesta, que en este caso es doble, o triple.

Primero, porque acaba de hacer un papelón mayúsculo en un evento deportivo que debió ser una fiesta, y se convirtió en un desastre. El horno no está para bollos desde el sábado pasado: si Macri y su gente no dan señales contundentes de que pueden controlar la calle, aunque más no sea conteniendo el desorden, la confianza interna y externa en su capacidad de gobierno, ya muy baja desde que se le desbocó el dólar, se derrumbará. Sería una pésima forma de empezar diciembre, el mes en que por hache o por be los gobiernos argentinos siempre se la pasan atajando piedrazos, saqueos y demás.

Segundo y fundamental, porque en este caso las protestas no van a estar tan dirigidas al conjunto de los gobernantes, como al anfitrión. Van a ser mucho más locales que en Hamburgo el año pasado, en que los globalifóbicos fueron sus protagonistas exclusivos. De allí que, aunque Angela Merkel pasó un muy mal rato, pudo repartirse los 1000 heridos y cientos de detenidos que esos disturbios acarrearon con los demás socios de su club. En cambio Macri va a tener difícil compartir responsabilidades.

¿Es razonable que haya puesto su destino en manos de grupos radicalizados con ganas de incendiar la ciudad, y de fuerzas de seguridad mal entrenadas y en ocasiones peor coordinadas, que además de heridos en cualquier momento pueden provocar un muerto? El riesgo que corre es muy alto. Disturbios es inevitable que haya. Y si son acotados seguramente en la percepción social va a primar la valoración de haber logrado organizar el encuentro internacional más relevante de nuestra historia. Y aunque más no sea por el cholulismo ante el espectáculo que brindan los poderosos Macri va a sacar buen provecho de este asunto. Pero hasta el sábado sabe que estará caminando por la cornisa.

Aparte hay que considerar los resultados diplomáticos, comerciales y financieros de la cumbre. Y aunque en este terreno el gobierno argentino corre con más ventajas, también los riesgos son altos.

El globalifóbico más peligroso con el que tendrá que lidiar es el principal invitado a la cumbre, Donald Trump. Y sería una pésima señal para nuestra economía, dado lo precario de su situación, que el ánimo rupturista del presidente norteamericano se imponga: si da señales de avanzar con su agenda proteccionista, en particular en la guerra comercial que ya inició con China, los precios de nuestras exportaciones van a caer y las tasas de interés de nuestras deudas van a subir. Cuando se pelean dos elefantes, los que más sufren son los ratones como nosotros que andan por las inmediaciones.

Aún en ese caso el gobierno de Macri calcula que esta reunión le va a servir para obtener apoyos y concesiones que podrían compensar un mal resultado global: acuerdos comerciales, proyectos de inversión, tal vez alguna cosa más. El problema es que estos beneficios contabilizarán en lo inmediato no más que algunos cientos de millones, mientras que aquellos perjuicios, de producirse, habría que calcularlos en el orden de los billones.

Es un mundo bastante inhóspito el que nos encontramos cuando decidimos volver a él. Macri va a tener que demostrarle a la sociedad argentina que, aún siendo así, vale la pena. Porque de otro modo el ánimo nacionalista y aislacionista que en general ha predominado entre nosotros, y por suerte pese a la crisis que atravesamos todavía no se ha reactivado, va a volver a imponer su visión de las cosas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 26/11/2018

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Insólito argumento de Rosenkrantz contra el pago de Ganancias por los jueces

En una conferencia dictada en el Rotary Club de Buenos Aires el titular de la Corte Suprema condicionó el pago del impuesto a las ganancias por parte de los jueces a que ellos ganen “como un abogado con éxito”. E insinuó además que los sueldos en la Justicia deberían ser más altos de lo que son. Postura que, en el contexto del duro ajuste que viven no sólo los empleados públicos sino en general la sociedad, a muchos les habrá sonado inoportuna o irritativa.
Es que, en sus propios términos, Rosenkrantz no habló “para la tribuna” sino para la corporación, con el cometido de defenderla en su órgano más sensible, el bolsillo.
Hasta aquí el argumento “oficial” para defender la excepción del pago de ese impuesto a los integrantes del Poder Judicial es que de ese modo se garantiza su independencia. Si sus ingresos son “intocables” también lo sería su función. El argumento puramente económico a que apeló el presidente de la Corte va por otro lado: si queremos buenos jueces hay que atraer a los mejores de su gremio, y eso se logra con incentivos económicos, o por lo menos asegurando que no haya un desincentivo muy fuerte por el lado de los ingresos.
Para empezar, mezclar la discusión sobre el ingreso adecuado de los magistrados con la obligación de pagar un impuesto, y en particular este impuesto, es ya de por sí un enredo y una fuente de confusión. Porque Ganancias no se cobra en función de lo que cada uno “debería ganar” dentro de su gremio o profesión, sino en relación a lo que ganan los demás en todas las profesiones y oficios. En todos lados del mundo lo pagan las personas de mayores ingresos como una vía para redistribuir recursos en favor de las de menos ingresos. El impuesto no compara a jueces con abogados, sino a todos ellos con los empleados informales y no calificados, por poner un ejemplo.
Rosenkrantz debe saber también que en Argentina este impuesto tan vital para la justicia de cualquier sistema tributario (se suele decir que el porcentaje de PBI que se recauda con Ganancias es un indicador básico del grado de desarrollo y civilización alcanzado por una sociedad) ha venido sufriendo una sistemática deslegitimación por obra de gremios y grupos profesionales privilegiados, tanto por sus ingresos como por su poder corporativo, que se rebelaron una y otra vez contra esta obligación apelando al argumento de que se está perjudicando a “asalariados”.
El gremio de Camioneros, en particular, ha hecho de este uno de sus princiaples caballitos de batalla. También han seguido esta pauta los petroleros y otros sindicatos de altos ingresos. ¿En serio al titular de la Corte le resulta razonable que los jueces se asocien a esa cruzada de los privilegiados del mundo sindical? ¿No se le ocurre que al hacerlo puede estar alimentando aún más el desprestigio que sufre la Justicia, y que él atribuyó algo exageradamente a cómo la tratan los medios de comunicación? Por más que diga que no se trata de “defender un privilegio”, en un país en que el resto de los impuestos es claramente regresivo, y a menos del 10% de quienes cobran un sueldo les corresponde hoy en día pagar Ganancias, seguir deslegitimando ese tributo no sólo es una forma de enfrentar a la “tribuna” sino de chocar con el ya tenue sentido de comunidad e integración que nos va quedando.
Por último, el criterio al que apeló el supremo es por completo inaplicable y él debería saberlo. ¿Cómo se determinaría un nivel de ingreso “adecuado” o “mínimo” para los jueces, por encima del cual él aceptaría que se le cobre el impuesto en cuestión, en comparación con qué tipo de “abogado exitoso”? ¿Si eso se hiciera con los jueces, no correspondería hacerlo entonces con todos los demás funcionarios o empleados públicos? ¿Se imaginan el despelote resultante? Pensemos un minuto: los economistas que trabajan en Hacienda y en todas las demás reparticiones públicas, que son muchos, podrían apelar al mismo argumento y compararse con lo que ganan los brokers de la city, o los gerentes de grandes empresas. Los aviadores de las Fuerzas Armadas pedirían su homologación con los pilotos de aerolíneas privadas. Y así sucesivamente. El resultado sería un caos total del sector público. ¿Será que Rosenkrantz no se detuvo a pensar cómo funciona el aparato estatal, que por algo existe un escalafón, que se respeta en todo el mundo más allá de los incentivos a que se pueda echar mano para ciertas funciones, e independientemente de las reglas tributarias, que se aplican por igual a todo el mundo?
Los jueces nombrados recientemente deberían pagar Ganancias, porque una ley de fines de 2016 así lo establece. Pero muchos han apelado también en contra de esa norma, ante sus comprensivos pares, por lo que siguen sin tributar. Claro que es mucho más importante que hagan bien su trabajo que el hecho de que paguen o no el impuesto. Pero si lo que quiere transmitirnos la Corte Suprema es que no vamos a poder exigirles que cumplan con su función a menos que les aseguremos muy altos ingresos, como los de los “exitosos” de este mundo, y excepciones impositivas para que sean aún más altos, la verdad es que suena peor que la legitimación inorportuna e insolidaria de un privilegio, parece casi una extorsión.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/11/2018

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Todos unidos triunfaremos… o triunfará la impunidad

El peronismo se unió en dos votaciones complicadas en las últimas horas. En la elección de representantes para el Consejo de la Magistratura, los diputados que integran prácticamente todas sus tribus olvidaron sus rencillas y tuvieron asistencia perfecta para apoyar una fórmula ganadora: Wado de Pedro y Graciela Camaño, arrebatándole un lugar a Cambiemos. “Volvimos, ¿vieron?”. Y en el Senado todos juntos rechazaron tratar el desafuero de Cristina Kirchner, salvándose de votar en contra porque el oficialismo no consiguió quórum.

Algunos especulan con que estos pasos son apenas el comienzo del “regreso a las fuentes” que estaría extendiéndose en sus filas por ausencia de alternativas o por la creencia de que la ex presidente va a volver a serlo en 2019, así que conviene llevarse bien con ella desde ahora.

En realidad, los que han regresado al redil kirchnerista son pocos y muy poco representativos: Hugo Moyano, Felipe Solá, Alberto Fernández, los miembros del Movimiento Evita que estaban con el inhallable Randazzo y ahora son “solistas”, alguno que otro más. El grueso de los peronistas “moderados” hicieron en estos episodios lo mismo que a principios de año con las tarifas: si les permite controlar algún cargo o candidatura local, votan con el FPV-Unidad Ciudadana, y si eso les sirve para hacer pasar un mal rato al oficialismo lo hacen además con entusiasmo, con las dos manos.

Más todavía después de la aprobación del presupuesto, porque necesitaban hacer una demostración de fuerza, y el despiste del oficialismo les ofreció la oportunidad en bandeja. Ahora bien: ¿hay de parte de ese peronismo oscilante, que vota un día con Macri y al día siguiente con Cristina, un acercamiento a la tesis de priorizar la unidad peronista para sacar como sea al actual mandatario del poder el año próximo? Si lo hubiera no seguirían dando ciertos pasos en dirección a desentenderse de la política nacional, u otros en la de sostener una tercera vía.

Schiaretti necesita desalentar al kirchnerismo de presentar un candidato propio a la gobernación cordobesa, que podría hacerle perder la elección, encima, a manos de Mario Negri, cuyo lugar en el Consejo de la Magistratura era justo el que estaba en disputa en la votación de la semana pasada. Y cree que muy pocos cordobeses le van a reprochar que de este modo puede que haya contribuido a frenar las investigaciones sobre corrupción en Comodoro Py. De última va a decir que él mandó a su gente a votar a Graciela Camaño, que es probable que no apañe a los Freiler y Oyarbide que siguen pululando por los juzgados federales. Habrá que ver.

En cuanto a Gerardo Zamora, últimamente hace cambiar de postura a sus legisladores con la velocidad del rayo así que ya es muy difícil seguirle la pista. Pero dice estar cansado de que el oficialismo le incumple los acuerdos. El último fue el de un candidato a juez por él promovido que Carrió logró frenar. Inútil que Frigerio le ofrezca sus disculpas por no poder controlar a la líder de la CC. Finalmente lo que cuenta para él es seguir cubriendo los espacios institucionales de su provincia, no los de la política nacional: de otro modo no hubiera anticipado la fecha de los comicios locales, siguiendo la moda que impusieron las provincias más grandes, como Córdoba. Así que para volver a acordar con él en el gobierno nacional van a tener que esperar que haya otro premio en disputa que interese a Santiago del Estero, su mundo.

Sumemos a todo esto el gesto compensatorio que están planeando dar los gobernadores peronistas: una nueva reunión de los moderados, es decir casi todos ellos (salvo Alicia Kirchner, Insfrán y Rodríguez Saá), en Entre Ríos, donde se confirmaría que van a presentar una fórmula presidencial propia en 2019. Hay que ver cuántos se suman a los cuatro jinetes que iniciaron la patriada. Pero lo seguro es que Massa sigue en ese juego, y es la única carta que el sector tiene para hacer pie en la provincia de Buenos Aires, y Pichetto sigue siendo su principal estratega, y su posición es que cualquier resultado electoral, por malo que sea, es mejor para el futuro del peronismo que volver con Cristina.

La pregunta es, de todos modos, si con sus gestos colaborativos con Unidad Ciudadana y la ex presidente este proyecto renovador no sigue perdiendo credibilidad, si no queda asociado a la defensa corporativa de la corrupción, perdiendo entonces la posibilidad de recoger adhesiones entre los decepcionados con Cambiemos. Graciela Camaño votó en su momento la ley del arrepentido, Wado de Pedro dice que hay que derogarla porque es una aberración pensada para perseguir opositores. ¿Cuál es el mensaje que el peronismo no kirchnerista nos está dando, que lo que suceda con esa ley y las investigaciones que hace posible no le importan, que cambió de idea, o que va y viene porque total nadie o muy pocos registran de qué trata este asunto?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/11/2018

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