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Adiós a Pat Derian

Patricia Derian murió la semana pasada en EEUU. A fines de los años 70 Derian lideró la Oficina de Derechos Humanos del Departamento de Estado, durante la presidencia de Carter. Desde allí, llevó la pregunta por los desaparecidos y los centros clandestinos de detención en Argentina al tope de la agenda de política extranjera de su país. Fue una persona de enorme valor para muchos que salvaron su vida gracias a su intervención, para el naciente movimiento de derechos humanos y para la visibilización de lo que la dictadura ocultaba. Hacia el futuro, su intervención significó una visión y un potencial de las relaciones internacionales un poco más allá del pragmatismo de los “intereses nacionales”.

Hace más de diez años la entrevistamos junto a Marcos Novaro en su casa de Chapel Hill y nos contó su vida desde joven. Habló de su militancia en el Mississippi Freedom Democratic Party, que negros y blancos organizaron para terminar con la segregación en el sur de EEUU, y de tener al Ku Klux Klan de vecino, mientras tanto.

Derian les decía a Videla y a Massera que sabía lo que estaban haciendo.  Le peleaba mano a mano a los sectores del Departamento de Estado que apostaban a no hacer olas, y lograba que Carter le pidiera a Videla cara a cara por Alfredo Bravo y por Jacobo Timerman.

Era una mujer de risa fácil y gran sentido del humor. Me regaló el libro cuya imagen ven más abajo. Seguro no le hizo falta porque ella lo sabía de memoria.

derian

Así la recordó ayer el NY Times

http://nyti.ms/1TM4weh

 

 

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¿Por qué al Papa le causan la misma alarma Venezuela y Argentina?

Si lo que quiso fue parecer neutral en las disputas ideológicas que atraviesan la política latinoamericana la fórmula que usó no ayudó demasiado. Al contrario, dejó a la vista su parcialidad, su afecto cada vez menos disimulado por las opciones populistas, encima en un asunto en el que los costos de reputación no van a tardar en hacerse sentir.

Al decir que estaba igual de preocupado por la situación social y política que se vive en Venezuela que por lo que pasa en Argentina mostró, queriendo sin querer, que comparte el alarmismo de la oposición peronista y de izquierda frente a Macri, pero no comparte en cambio las mucho más fundadas razones que han llevado a toda la dirigencia democrática de la región a reclamar, ya no sólo un cambio de rumbo al gobierno de Maduro, sino una urgente intervención del sistema interamericano para frenar lo que es a todas luces una catástrofe.

Claro que en muchas materias es infalible, pero tal vez le convenga a Francisco leer con más atención los diarios de los últimos tiempos. Ya nadie discute ni en América Latina ni en el mundo que el chavista es un régimen en descomposición. ¡Si hasta los políticos latinoamericanos más de izquierda, que hasta hace poco resistían los reclamos contra los atropellos chavistas lanzados por “la derecha” de sus países o por EEUU, ahora los están ellos mismos impulsando!

“Más loco que una cabra” lo definió Pepe Mujica, ex presidente de Uruguay y ex amigo de la revolución bolivariana. “Dictadorzuelo” le espetó Luis Almagro, actual presidente de la OEA, e igual que Mujica dirigente del Frente Amplio. Se referían al mismo Nicolás Maduro, el colega que está hundiendo a su país en un caos sin fondo con dosis crecientes de violencia, torpezas económicas y delirios antimperialistas.

Mujica y Almagro, ¿hasta donde cambiaron de actitud? ¿Hicieron autocrítica de su anterior indiferencia a la violación de derechos en el país hermano o simplemente la situación venezolana se volvió tan terrible que ya no pueden disimularla?

Por de pronto lo más plausible es que ambos estén tratando de despegar a la izquierda, al menos la porción democrática de ella, de los desmanes cometidos en su nombre. Y que se abstengan de reconocer el fracaso de su previa política de buena vecindad con el régimen venezolano. ¿Pensarán que los fines nobles que se propone la izquierda no hay que dejar que sean mancillados por los desastres del chavismo?

Con ideas como esas no les va a alcanzar para hacer mucha autocrítica. Pero al menos están evitando caer en el absurdo en que incurre Francisco: lo de Venezuela para ellos no es comparable a ninguna otra cosa que esté pasando en la región, eso queda claro.

Destruir un país del modo en que lo han hecho Chávez y sus seguidores no es nada sencillo. Requiere de gran coordinación de esfuerzos, nutrirse de ideas absurdas como el anticapitalismo, el estatismo prebendario y el victimismo nacionalista y cerrarse contra toda advertencia disuasiva de llevarlas a la práctica, sostener esa voluntad durante años y años, hundiéndose más y más cada día en arbitrariedades y necedades, tomándolas por acciones razonables y benéficas.

Muchos políticos e intelectuales de izquierda creen que cuando se llega a una situación como esta sólo puede atribuirse a locura; es decir, una deformación perversa e irracional de ideas e intenciones nobles. Pero tal vez sería bueno preguntarse por las razones que hacen que esas ideas resulten proclives a usos tan nefastos.

A la luz de este proceso, y lo mucho que de él se conocía desde hace años, es difícil de entender además que las izquierdas de la región que se consideran democráticas no prestaran más atención a esa deriva, no le dieran mayor importancia o directamente la justificaran. Si hubieran reaccionado antes tal vez se podría haber frenado la violencia y la destrucción a tiempo, podría haberse abierto una salida institucional menos costosa de lo que ya ha sido el proceso chavista para millones de venezolanos.

Ahora que seguir siendo complacientes con estas ideas y prácticas en medio de la catástrofe es del todo injustificado. El anticapitalismo, el nacionalismo virulento y el estatismo desbordado, Francisco debería saberlo después de tantos experimentos argentinos y latinoamericanos de los que él también en alguna medida ha sido víctima, tienen en común el desprecio por las libertades individuales y el pluralismo. Pero además comparten un vicio más general propio de las ideologías cerradas, alimentan la pretensión de superioridad moral de quienes las profesan.

Nadie duda de las buenas intenciones del Papa. Pero tal vez sea hora de que se haga cargo de que el camino del infierno está tapizado de buenas intenciones.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/5/16

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Un veto presidencial que no es ni golazo ni papelón

Para los críticos del presidente, y en particular para el remanente kirchnerista y la izquierda dura, el veto es una prueba más, por si hiciera falta, de que “la derecha” usó el republicanismo como una máscara pero en la práctica no le interesa en lo más mínimo, lo único que quería era ser ella la que pudiera abusar del poder presidencial.

 

Sin embargo la ley vetada es demasiado poco relevante, incluso para la mayoría de quienes la impulsaron, como para que justifique tal alarmismo. El veto en cuestión, en consecuencia, no va a disparar las reacciones sociales que se necesitarían para dar asidero a esa tesis, y los que quieren que “al gobierno le vaya mal para que le pueda ir bien al país” tendrán que seguir esperando. Algo tal vez termine disparando el soñado estallido, pero no va a ser esto.

 

Del otro lado del ring, Durán Barba ha señalado que el veto es una necesaria y sana demostración de autoridad presidencial, que la sociedad no sólo va a avalar sino que consumirá como estímulo de la adhesión a Macri, porque lo que quiere ante todo es un gobierno que gobierne, que imponga un rumbo, y sabe que Macri es el único que hoy por hoy puede brindar soluciones.

 

Quienes así razonan tienen mejores encuestas que sus contrincantes. Pero ven la foto y quieren convertirla por arte de magia en película.

 

Un dato importante les da en parte la razón: el peronismo convergió pese a su fragmentación en un intento por sacar provecho del endurecimiento del ajuste, y buscó acorralar a Macri por el lado de los despidos, pero aunque se impuso en el Parlamento no logró el resultado esperado en la opinión pública, lo que se explica porque aunque hay preocupación por el tema del empleo la amplia mayoría no quiere confrontación, y si la hay al menos por ahora prefiere ponerse del lado del presidente.

 

El problema con el veto es que no deja de ser una señal de fracaso. Que en el caso de Macri golpea doblemente. Porque aunque corresponde a una atribución constitucional completamente legítima, y además muy oportuna y de uso frecuente en situaciones de gobierno dividido como la que vivimos, no puede volverse la pauta normal en las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, es un recurso de última instancia y reflejo, casi siempre que se usa, de que el gobierno no pudo seducir ni convencer a los legisladores que no le responden.

 

La invocación de Macri a “trabajar juntos” en este caso al menos no fue escuchada. Y para un gobierno que hizo del diálogo uno de sus estandartes más destacados es doble la frustración.

 

La cuestión de todos modos no es tanto lo que pasó en este caso si no lo que pasará en adelante, y qué pauta está dando este hecho al respecto: ¿fue el primero de una serie, vendrán a continuación más y más vetos, o será la excepción que confirme la norma, la vigencia de una pauta general colaborativa?

 

Según cómo se responda esa pregunta será la película. Y no habrá que esperar demasiado para verla. Porque pronto el Ejecutivo tendrá que volver a sentar a los legisladores peronistas dispuestos a negociar. Y la pregunta es si hacerlo le costará más que antes del veto o no.

 

Macri mostró que ningún temor ni culpa va a impedirle defender su rol y su programa. Pero los peronistas probaron que pueden hacer aprobar sus propios proyectos de ley. Al final del día, lo más importante va a ser qué aprendió cada uno de este tour de force, y si las lecciones son convergentes o divergentes. El presidente seguramente tendrá la voz cantante también a este respecto: ¿aprendió a usar la dosis justa de autoconfianza y firmeza o retomó el vicio que despuntó en el decretazo sobre la Corte?, ¿el mensaje que transmite su veto es “negociemos, pero respeten mis límites y mi agenda” o es “no joroben, porque si no gobierno solo”?

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 21/5/16

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El peronismo presiona, y mejora la imagen de Macri

El peronismo no da tregua: se va recomponiendo, a pocos meses de perder el gobierno nacional, y pasó ya a la ofensiva con sus propios proyectos de ley. Aunque en Diputados tropezó por la tozudez del kirchnerismo residual y la inesperada solidez del bloque de Massa. Y lo más llamativo: le deja al gobierno márgenes acotados para actuar, pero ayuda a mejorar su imagen pública.

 

Héctor Recalde hizo un nuevo papelón, por la soberbia y tozudez que acompaña desde siempre a su sector: se enajenó el apoyo de Massa y se quedó sin quórum en la sesión que debía aprobar el proyecto antidespidos. Los otros que cargaron con la desgracia fueron Gioja, Bossio y Urtubey. Los primeros porque siguieron a Recalde, buscando acorralar y dispersar al massismo, y no lo consiguieron. Y el último porque quiso bloquear la sesión, igual que el tigrense, pero en su caso varios de los legisladores que supuestamente le responden lo ignoraron.

 

Así el peronismo dejó ver que sigue tan propenso al error de cálculo como en la última campaña electoral, cuyo resultado le sigue pesando, y pagó el precio de carecer de un liderazgo confiable. Por lo que tardará en completar su asedio sobre el gobierno. Lo que alcanzó para que éste respirara aliviado, tras haber cometido varios deslices innecesarios en el trato con los sindicalistas, y ofrecido una también innecesaria confirmación de que es “el gobierno de los empresarios” (salvo cuando y para lo que realmente los necesita).

 

Su alivio encima durará apenas unos días y en lo esencial obedece a un hecho que ha desmentido la principal tesis oficial: la de la polarización que propuso entre “lo viejo”, el kirchnerismo, y “lo nuevo”, sus políticas. El peronismo de Massa lo ayudó al quitarle quórum al resto de la oposición, pero es la refutación de esa tesis, y está decidido tanto como los demás a disputarle el control de la agenda parlamentaria y hacerle pagar caro cada paso que quiera dar.

 

Para ese peronismo Macri está hoy donde más le conviene, haciendo el trabajo sucio del ajuste, preparando el terreno para que ellos puedan volver en pocos añitos, a disfrutar otra etapa de auge y acumulación de desequilibrios.

 

Porque si hay algo que va quedando claro en todo este entuerto de los despidos es la máxima que rige el comportamiento de los peronistas, en particular de los que tienen  más futuro, y que difícilmente se van a salir ya del rol que se han asignado, por más que ocasionalmente algunos cooperen con el gobierno.

 

Ese rol no consiste en “poner palos en la rueda” todo el tiempo, como trata sí de hacer el kirchnerismo residual. Pues no pretenden obstruir al gobierno en sus esfuerzos por corregir los desequilibrios que todos reconocen, ni impedir que arregle con los holdouts, ni que aumente las tarifas, ni que reduzca el déficit fiscal. Sino en hacerle pagar el mayor costo político por acometer esas medidas, poniendo en claro que él es el ajustador insensible y ellos los representantes de los derechos y los beneficios para los humildes y la amplia mayoría de los argentinos.

 

Si hay un mérito indiscutible en la principal fuerza política del país es el esfuerzo constante por disputar el poder y preservar el mayor tiempo posible y por todos los medios a su alcance el que logra conquistar.

 

Es contra esa voluntad que ha chocado el gobierno de Macri. Y contra la astucia que la acompaña, abonada por décadas de ensayo y error con casi cualquier tipo de iniciativa y doctrina política o económica, de convencimiento y decepción según lo que demanden las circunstancias, de encuadramiento y cuando conviene dispersión.

 

Acorde a esa voluntad y esta astucia, en menos tiempo del que hasta el más malpensado preveía unos pocos meses atrás, los peronistas con poder real, los gobernadores, intendentes y sindicalistas, se están desembarazando de sus vínculos con el kirchnerismo y acomodando para presentarse como el partido del futuro. Para lo cual reinterpretan lo que fue en casi todos los casos un acompañamiento hasta el final acrítico de las políticas de Cristina, para lavarse las manos de sus saldos negativos y reivindicar para sí sólo sus reales o supuestos beneficios.

 

Sin disimulo pero también sin gran escándalo y, lo que es más llamativo aun, casi sin objeciones de parte del resto de las fuerzas políticas, hacen como si no tuvieran nada que ver con los rasgos negativos de la herencia, y eso los convirtiera en titulares exclusivos de los “derechos conquistados”, los “años buenos de crecimiento y auge del consumo y el empleo”, y por tanto también intérpretes privilegiados de las necesidades de la hora.

 

El extremo personalismo en el ejercicio de la conducción por parte del matrimonio Kirchner en todos esos años juega a favor de esta operación. Como los presidentes de la década ganada se esmeraron tanto en demostrar que todo lo que hacían era exclusivo producto de su inventiva y su voluntad, ahora no tienen gran problema aquellos partícipes necesarios en tantos desmanes para lavarse las manos de las cuentas a pagar acumuladas.

 

También ayuda, y es obvio que iba a ser así, la necesidad que tienen las nuevas autoridades de conseguir la colaboración de ese peronismo de siempre para poner más o menos rápido las cosas en orden. Ellas saben que si recorrieran el espinel de esta dirigencia asignando responsabilidades la salida del atolladero en que nos metieron se demoraría, o se volvería del todo imposible.

 

La justicia y los medios, además, hacen su aporte. Al enfocarse en causas que involucran a la ex familia gobernante producen el doble efecto de alentar al resto de los peronistas a tomar rápida distancia de ella y abroquelarse en la oposición y en la defensa de sus bases de poder para que no se vaya también contra ellos. Los sindicalistas lo plantearon hace unos días con su habitual sinceridad: no piensan ni hablar siquiera de los problemas judiciales de Cristina, pero si Macri quiere colaboración de su parte debería frenar a Carrió y sus ataques a la “mafia sindical”.

 

Así, para bien o para mal, tal como sucedió después de 1983, y de nuevo a partir de 1999, pero con aún mayor velocidad que entonces (esperemos que también con más moderación) los nuevos viejos peronistas hablan en nombre de los derechos, no de los costos, se muestran preocupados por los problemas de empleo e indignados por la suba de tarifas, no por las razones que están detrás de esas malas noticias, e ignoran casi todo lo que dijeran e hicieran durante años sobre estos u otros asuntos.

 

Sería tan grave subestimar el desafío que plantea esta oposición como el de sobreestimarlo. Por lo que convendría a las ya no tan nuevas autoridades en ejercicio tomar con pinzas el rol que ella se ha autoasignado. Pues otra peculiaridad de la actual situación es que como nunca antes la opinión pública percibe ajustadamente tanto la naturaleza de los problemas que se enfrentan como las responsabilidades que tocan a cada cual en su gestación. De otro modo sería difícil entender la amplia tolerancia a las malas noticias que está demostrando la sociedad en general, y también el hecho de que después de haber caído unos cuantos puntos entre marzo y abril, la imagen del presidente y del gobierno se está recuperando, justo cuando la oposición pasa a la ofensiva y los problemas, sobre todo en el caso de la inflación y el consumo, tienden a agravarse.

 

En este marco chocar con el peronismo no deja de ser una opción tentadora para el oficialismo. Fue probablemente este el motivo que lo llevó a anunciar el veto a la ley antidespidos: gesto que importará menos como señal económica, dado que de todos modos la ley tendría poco efecto para desalentar inversiones, que como acto político, mostrar que el Ejecutivo no se va a dejar arrastrar detrás de la agenda de la oposición. Aunque sólo en la medida en que eso no implique demorar el fin del ajuste. La disputa se dirimirá finalmente en torno a una cuestión de tiempo: ¿cuánto van a tardar en llegar las buenas noticias? Porque, aunque se gane crédito hoy en la pelea, lo que realmente importa es qué estará pensando la sociedad cuando tenga que volver a votar, el año que viene.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/5/16

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¿Qué tan nociva fue la corrupción kircnerista?

No sólo la cantidad de dinero involucrado sino también las justificaciones y los usos de la corrupción varían de un país y gobierno a otros. Y conviene no subestimar las diferencias.

 

En algunos casos los políticos se corrompen para financiar su actividad, pero no para volverse millonarios, ni como requisito de la construcción del orden institucional y económico que promueven. Es el caso de muchos políticos brasileños, al igual que norteamericanos o españoles, para poner algunos ejemplos bien actuales, alentados por flojos sistemas de control y sistemas electorales que encarecen y personalizan las campañas electorales. En esas situaciones los actos de corrupción no dejan de ser reconocidos como conductas desviadas, y por tanto suelen ser más fáciles de combatir.

 

El caso del kirchnerismo es muy distinto y se parece más al venezolano o al ruso, en los que la corrupción tiene ante todo una finalidad moral y programática: construir un sistema centralizado y omnímodo de poder impenetrable para la competencia pluralista, del cual la acumulación de dinero es un complemento esencial, disciplinar a las elites económicas sometiéndolas a una sistemática dependencia a través de la asignación particularista de premios y castigos desde el poder político, y demostrarle al resto de la sociedad que ladrones somos todos, solo que algunos tienen mejores oportunidades de ejercer que otros, y el capitalismo de mercado, la transparencia y la independencia de la Justicia y los medios no son más que simulaciones y excusas mezquinas de quienes ya han robado bastante y pretenden cerrarle la puerta a nuevas camadas de aspirantes a ejercer el oficio.

 

En estos casos la corrupción no está adosada al programa de gobierno, es parte esencial del programa. Y viene por tanto acompañada de una justificación doctrinaria, por lo general populista, anticapitalista, a veces hasta cristiana de estas prácticas patrimonialistas, siempre antiliberales.

 

Por ello, aunque los detalles de la corrupción galopante de los últimos años en nuestro país esté escandalizando a la opinión pública no es tan de sorprender que los escándalos vengan acompañados de una gran batería de argumentos que todavía la disculpan, o directamente la justifican.

 

¿Es tan grave robarse algunos millones del estado si haciéndolo se hace posible sostener un gobierno que distribuye muchos más millones entre los pobres? Una respuesta negativa es el supuesto de mucho de lo que se dice en defensa no sólo de los funcionarios kirchneristas, también desde los sectores petistas más fanáticos en Brasil y de los populismos de otros países de la región, cuando se denuncia que a esos dirigentes supuestamente se los acusa de corrupción “no por lo que pueden haber hecho de malo sino por lo que hicieron de bueno por los más pobres”.

 

Más allá de las diferencias señaladas y de lo que se piense en cada caso conviene no evitar el debate que se propone con esos argumentos: ¿La corrupción de estos gobiernos fue un daño colateral finalmente aceptable, fue lo peor que hicieron, dentro de un balance que debe reconocer cosas buenas y malas, o es apenas la punta del iceberg de un patrón que signa toda la gestión y justifica calificarla como mal gobierno, un experimento dañino para la economía y las instituciones?

 

La cosa no se detiene allí porque una época signada por los costos sociales de las deformaciones del sistema financiero internacional, iniciada con la crisis mundial de 2008 y potenciada con escándalos más recientes como el de los Panama Papers, no ayuda precisamente a distinguir entre unos sistemas económicos transparentes y competitivos, es decir “sanos”, y otros patrimonialistas y corruptos.

 

Todo lo contrario, la época que vivimos da aliento a discursos descalificatorios genéricos sobre “los negocios” y “los ricos”. Como el que viene promoviendo Francisco desde la cúpula de la Iglesia, por ejemplo. En cuyos términos parece lógico relativizar que la corrupción de ciertos funcionarios sea para armar mucho escándalo, cuando vemos que todo el sistema capitalista, o al menos las finanzas internacionales, parecen dedicados a una desenfrenada acumulación de ganancias en cada vez menos manos y burlando todas las reglas posibles.

 

En implícita coincidencia con esa perspectiva bíblica del asunto, Marcelo Zlotogwiazda escribió hace unos días una columna en que compara los costos de la corrupción con los de las prácticas delictivas o semidelictivas de los grandes negocios, para concluir que estas son mucho más graves y dañinas, porque involucran más dinero.

 

Pero lo más curioso tal vez no sea lo que dice Zlotogwiazda, finalmente esperable de un periodista de izquierda que siempre se ha dedicado a investigar y denunciar las prácticas non sanctas del mundo de los negocios. Sino que ese argumento sea replicado abierta o solapadamente en infinidad de planteos de otros periodistas, políticos, intelectuales e incluso empresarios, que a su manera terminan abonando la idea del carácter inmoral de la acumulación capitalista in toto: si la parte del león de ella en todo el mundo no es más que un robo bien organizado y disimulado, que los defensores de ese sistema denuncien la corrupción de ciertos funcionarios, y encima lo hagan con especial entusiasmo cuando involucra a críticos de esa acumulación, sería no sólo una verdadera hipocresía sino un desfachatado intento por ocultar las verdaderas causas de los problemas contemporáneos, desde el subdesarrollo, a la injusticia y la exclusión.

 

Este clima de opinión tal vez ayude a entender por qué a los defensores del anterior modelo no les esté resultando tan difícil soportar el develamiento de la corrupción de sus dirigentes. Algunos directamente se niegan a ver lo evidente, dicen que es todo un invento. Pero lo más interesante es lo que sucede con los que no pueden o no quieren cerrar los ojos, pero establecen una suerte de transacción con lo que ven. Según la cual “lo malo” que puedan haber hecho algunos kirchneristas, como robar, lo hacen todos, y no desluce “lo bueno”, que sólo de ellos cabe esperar. Dicho brutalmente, la AUH pesa más que Hotesur. Por esta vía se pueden justificar hasta cuentas como esta: ¿cuánto pueden haber robado Lázaro, Cristóbal y los Kirchner, algunos miles de millones?, ¿no estaría más que compensado por los planes sociales que distribuyeron diez veces más recursos?

 

Es en estos términos que en torno de la corrupción se ha desatado en nuestros días una nueva batalla cultural sobre los significados de lo justo e injusto, lo que es una economía sana y una enferma, lo que distingue un sistema patrimonial de una sociedad pluralista, que es tan o más decisiva que la ardua tarea de reunir pruebas sobre las responsabilidades individuales para la suerte que vaya a tener el cambio de ciclo político en curso.

 

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/5/16

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¿Los gremios buscan su Ubaldini?

La pieza que faltaba del arco peronista ocupó su lugar. Tras el regreso de Cristina y el paso adelante en la normalización del PJ faltaba que los gremios ejercitaran su musculatura para exponer sus objeciones al proceso de ajuste en marcha, o “normalización” si aceptamos usar la terminología del oficialismo.

 

Lo hicieron con tres notas significativas: la unidad en la acción, la masividad y la divergencia política. Por eso el Ejecutivo tiene motivos para preocuparse, pero no para alarmarse, todavía puede respirar aliviado porque las cosas no están tan mal como podrían. O como van a llegar a estar si no actúa con buen criterio.

 

La unidad en la acción es una mala noticia para Macri, pero también puede tener su costado positivo: si los gremios forman una sola conducción, será posible sentarlos en una sola mesa de negociación, y el Ejecutivo podría tener menos problemas para llegar a acuerdos que si siguen haciendo cada uno lo que se le canta. Claro que va a tener que ofrecerles algo razonable y convincente en esa mesa, y asegurarse de no pagar por una colaboración que después no se verifique. Como le pasó a Alfonsín frente a “los 15”, a quienes comprometió a moderarse y ayudarlo en la negociación con el resto del peronismo, a cambio de beneficios y cargos incluso, pero debido a las divisiones de ese partido y la presencia de Ubaldini esos supuestos moderados del gremialismo al final no hicieron ni una cosa ni la otra.

 

La masividad es otro dato a destacar. Fue mucha más gente que a apoyar a Cristina en Comodoro Py. Lo que confirma claramente que ese día los gremios no se quisieron movilizar. La concentración interpeló así al gobierno pero también al peronismo político: los sindicatos se movilizarán en esta etapa sólo por lo que realmente les importa, no para resolverle sus problemas a los dirigentes que aspiran a volver o llegar al gobiernos, y menos que menos a los que no cumplieron con ellos cuando les tocó gobernar.

 

Fue al mismo tiempo esta cuestión, la relación con el peronismo político, la que dejó más a la vista las disidencias estratégicas que todavía dividen al gremialismo: Barrionuevo no asistió al acto y Moyano fue mucho más moderado en su diagnóstico del gobierno y de la situación que se enfrenta que los otros tres oradores. Ninguno de estos dos sectores, la Azul y Blanca y el moyanismo, comparten el planteo “ubaldinista” de los otros sectores, no creen que haya que extremar las críticas a Macri, ni mucho menos cuestionar su legitimidad para gobernar. Tampoco creen que el peronismo pueda o deba encabezar una nueva “resistencia”, porque la sociedad no va a acompañarlo y porque no hay por ahora perspectivas de un agravamiento serio de la situación económica y social.

 

Estas creencias no obedecen a que Barrionuevo y Moyano estén alejados del peronismo político, sino al hecho de que se comunican con una dirigencia peronista que no tiene apuro por tomar la iniciativa, salvo en lo que respecta a tomar distancia del kirchnerismo residual y ocupar los cargos formales de conducción partidaria.

 

Unos y otros toman nota de la tolerancia al ajuste que impera en la sociedad, y que explica que no haya habido mayores reclamos tras los tarifazos. Entienden bien que esta situación está facilitándole las cosas al gobierno, y también puede facilitárselas a los gobernadores e intendentes. Por otro lado asumen que no es mala idea dejar que Macri haga el trabajo sucio, si el peronismo desea volver a gobernar con mayores chances de éxito. Y sobre todo perciben que más allá de un estado de ánimo colectivo poco entusiasta con la situación que se vive, los sectores que están indignados y deseosos de pasar a la acción son muy minoritarios y corren serios riesgos de quedar aislados y perder la simpatía de las mayorías.

 

Así, en suma, la movilización sindical sirvió para terminar de exponer un cuadro en que el gobierno tiene motivos crecientes para preocuparse, pero no para alarmarse.

 

Tiene que ocuparse de desmentir a Moyano cuando dice que se preocupa por los ricos y no por los pobres. No tanto que alarmarse cuando se impugna de lleno el curso dado a la gestión. Tiene que preocuparse cuando se le señala que no se ve cuál es el plan antiinflacionario que se piensa implementar. No que alarmarse cuando se le pronostica un próximo estallido si no cambia de rumbo. Tiene que afinar su estrategia respecto a empleo y Ganancias, que hasta aquí no se entiende bien cuál es, si impulsar nuevas leyes o solo impedir que salgan unas demasiado malas. Pero no exagerar en contra reacciones que terminen avalando la tesis de que vivimos una emergencia laboral o algo parecido. En síntesis, deberá tomar nota de la gravedad de los problemas y lo precario de algunas de sus iniciativas. Pero no tiene por qué hacerse cargo de la agenda de sus adversarios.

 

Difícilmente haga esto último, porque Macri no es Alfonsín. No comparte su inclinación a creer que la democracia con justicia social justifique ignorar el rigor de los números. Y difícilmente confunda, como le pasó a aquél, el moderado ajuste puesto en marcha con un “plan de hambre”.  Pero además de ser importa creer y convencer. Lo más relevante de la movilización de los gremios es que desafía las convicciones del gobierno y su capacidad de transmitir confianza en el rumbo asumido. Y en ese terreno las cosas no están demasiado bien. Porque aunque el plan sea moderado sus malas noticias están lejos de haberse agotado. Pese a lo que se esfuerzan en hacer creer los que en el Ejecutivo sufren una suerte de síndrome alfonsinista.

 

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/4/16

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Más avanza la Justicia, más llaman los K al estallido

De lo mucho que dijo Cristina en su regreso a la escena lo más llamativo no fueron las palabras pronunciadas frente a Comodoro Py, finalmente no más que un acto callejero, de esos donde siempre se dicen cosas sin pensarlas demasiado, ni las descalificaciones hacia los jueces y fiscales que la investigan, lo que era bastante esperable, sino las que desgranó con más calma sobre todo en los sucesivos encuentros que realizó con seguidores y dirigentes peronistas en su nueva fundación, en las que conectó su situación judicial con una supuesta crisis de legitimidad que estaría por enfrentar o ya enfrentando el gobierno nacional.

 

El argumento fue ratificado y profundizado por Máximo cuando se enteró de que una diputada kirchnerista arrepentida lo había implicado en la apropiación de fondos para viviendas que pasaron por manos de Milagro Sala y luego desaparecieron.

 

El argumento de madre e hijo es sencillo: como todo lo que hace el gobierno de Macri está mal y lo condena a una carencia cada vez más indisimulable de “legitimidad de ejercicio” en sus funciones, inventa causas judiciales para distraer y confundir a la audiencia, y para acallar a quienes podrían liderar una resistencia contra el ajuste y la entrega, es decir, contra ellos dos.

 

Para que esta afirmación se demuestre no hace falta que se prueben falsas las acusaciones en su contra. Al contrario: como la Justicia independiente no existe, y el gobierno y los medios manipulan toda la información pública, todos los testimonios y pruebas, mientras más avanzan los procesos más se confirma lo que los acusados dicen, que sus enemigos son superpoderosos e implacablemente falsos.

 

Tampoco hace falta que la situación económica y social empeore realmente en la medida que han pronosticado desde el kirchnerismo, y ello afecte en particular a los más pobres. Que Macri es antinacional y antipopular es una premisa indiscutible, obvia, no algo que haya que demostrar. Por caso, ¿cambiaría en algo el juicio sobre la supuesta ilegitimidad de ejercicio que lo aqueja si no se llegara a producir la suba de la desocupación que se dice es “la consecuencia deseada de las políticas neoliberales” que aplica? Seguramente no: se dirá que también en eso miente, que tapa la exclusión endeudando al país, o lo que sea; siempre hay maneras de encontrar evidencia a favor cuando la adhesión a una ideología se asume incuestionable.

 

Y por último, la frutilla del postre: si la protesta no llegara a escalar y terminar en estallido no se probaría un error de juicio o estrategia del kirchnerismo, sino que la represión y la manipulación mediática hicieron bien su trabajo, que el pueblo una vez más ha sido maniatado y amordazado por quienes no son más que la versión electoral y sólo formalmente legítima del “mismo proyecto que en el ’55”.

 

La pretendida distinción entre legitimidad “electoral” y “de ejercicio” en que se basan los Kirchner tiene larga tradición entre nosotros. Fue con esta misma idea que a partir de 1983 una porción del peronismo, en particular la que rodeaba a los sindicatos de Saúl Ubaldini, asumió una oposición implacable frente a Alfonsín. Entonces el argumento rezaba de que el primer presidente electo en mucho tiempo encarnaba la “democracia formal” pero impedía con sus políticas y decisiones una “democracia real”, que no era ni más ni menos que “que el pueblo sea feliz”, algo que según Ubaldini sólo había logrado Perón y sólo podría volver a conseguir otro peronista.

 

Cristina y Máximo creen haber sido esos peronistas, y que la historia y el pueblo se lo van a reconocer. Creen en serio en lo que dicen. Y por eso, no sólo por la corrupción y el cinismo, es que son tan dañinos para la vida democrática, aunque ya no ejerzan el poder.

 

Pero lo serían mucho más si lograran, como sucedió en los ochenta, que sectores importantes del peronismo pensaran y actuaran en estos mismos términos. Cosa que por suerte al menos hasta aquí no ha sucedido.

 

Y también lo serían si en el propio gobierno se hicieran cargo de este argumento, mala conciencia que aquejó en su momento a Alfonsín, y flaqueara su convicción respecto a que las decisiones que toman no son menos legítimas ni menos “nacionales y populares” que las de la administración anterior.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/4/16

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Cristina vuelve a enseñarnos los usos del amor, del odio y de la desconfianza

¿Vuelve Cristina? Su espíritu nunca se fue: es el de la desconfianza a que exista una ley que nos permita convivir e imponga límites a lo que podemos hacer. Donde esa confianza no existe sólo hay amor. Y odio. Así que quienes la aman lo seguirán haciendo: “imposible apagar tanto fuego”.

 

Como eso no se puede cambiar lo mejor es intentar entenderlo. Y lo cierto es que el kirchnerismo nos está ofreciendo una lección por demás interesante, que por lejos lo trasciende, sobre el poder de la fe, sobre cómo funcionan las creencias y las pasiones políticas. Sería bueno aprenderla, entre otras cosas porque hay muchos que, contra lo que creen, no se les diferencian demasiado. Incluidos algunos que se piensan a sí mismos como su total contracara, apasionados amantes de la ley y la república.

 

El contraste no podía ser mayor. De un lado el fanatismo de los fieles acicateado por la afrenta sufrida cuando, contra todas las advertencias, se atrevieron a “tocar a Cristina”. Del otro la celebración de quienes ven en este inesperadamente veloz avance de algunos jueces un sueño realizado y el inicio de una regeneración moral del país.

 

Es muy buena la fe en la república, ¿pero es mejor que la que se deposita en, por decir algo, “la justicia social” o “la gloria del campo nacional y popular”?  ¿Hay una superioridad moral, intelectual o política de este lado de las banderas y los gritos? Puede haberla, porque aquella es precondición para que estas prosperen. Pero hay que demostrarlo en los hechos.

 

Para lo cual es bueno empezar por asumir un principio muy poco valorado entre nosotros: que todos nos planteamos fines políticos nobles, no es cierto que están de un lado los que quieren el bien y del otro los que quieren el mal, que se pueda distinguir a guerrilleros y militares, peronismo y antiperonismo, izquierda y derecha, o en este caso k y no k por el valor de su fe, por sus buenas o malas intenciones. Todos queremos cosas buenas, primero para nosotros y en general también para algunos o todos nuestros semejantes. Pero muchas veces hacemos cosas bastante malas para conseguirlas, que se justifican más fácil y extensamente cuanto más fantásticos son los fines que nos proponemos.

 

Este fue un defecto del kirchnerismo, tan dañino como la propia corrupción o las malas políticas: movilizar amores y odios que justificaran cualquier cosa. Porque pervirtió nuestra vida pública hasta tal extremo que sus efectos van a sobrevivir por mucho a la propia eficacia política de los Kirchner. Por eso los fanáticos aunque honestos son en ocasiones más dañinos que los simuladores corrompidos.

 

Y es que con el amor y con el odio es difícil discutir. Que haya un núcleo kirchnerista enamorado, que persistirá en su fe aunque se derrumbe el mundo es en el fondo bastante comprensible: siempre la política moviliza pasiones, y Cristina, mucho más que Néstor, se ocupó de hacerlo en forma intensa y sistemática, sobre todo desde 2010. En un país donde hay pocos objetos de amor compartidos, salvo algunas camisetas de fútbol, unas islas lejanas y poco más, y además el resto de la política pareciera esmerarse en ser desapasionada (no sólo los no peronistas, les sucede también al resto gris de la dirigencia peronista), es lógico que ese amor sobreviva a los contratiempos.

 

¿Puede ser tan irracional que ignore hasta las patentes evidencias de corrupción personal y familiar, el perjuicio manifiesto a los intereses populares que dice defender? Para eso está el amor precisamente. Ya Chesterton advertía sobre esa tendencial irracionalidad de la fe moderna: “cuando la gente deja de creer en Dios empieza a creer en cualquier cosa”.

 

También sucede que el kirchnerismo hizo bien su trabajo de cortar los lazos de comunicación entre la comunidad de los fieles y el resto del mundo. La polarización practicada estos años empujó a muchos a justificar todo tipo de agresiones, delitos y abusos, así que ahora ¿cómo volver atrás?, ¿cómo reconocer un error de juicio sobre la corrupción de los líderes, sin reconocer que muchas otras cosas hechas o avaladas por años pueden ser también errores?

 

De ahí que hace bien el muy gauchito Sabbatella cuando se ofrece de ejemplo y se lanza a la pira en cuerpo y alma; y lo mismo Bonafini con su generosa propuesta de compartir la celda: a los ojos de sus audiencias las llamas no podrían tocarlos sin que todos y la propia Cristina las sintieran en carne propia.

 

Compartir el fuego que anima a Cristina no tiene contraindicación, además, para personas que a los ojos del resto del mundo están requemadas. Pero lo más interesante es lo que sucede dentro de la comunidad de creencia, en quienes han ido ya demasiado lejos como para volver sobre sus pasos. Y como decía Primo Levi de los alemanes nazis en la posguerra, salvando las distancias claro, no pueden perdonarse lo que le han hecho, le han dicho y han pensado de sus semejantes. Para ellos la escapatoria más a mano es negación e insistencia.

 

Vistas así las cosas, ¿no es poco lo que conseguiremos con las investigaciones judiciales en marcha y alto el precio que pagaremos de seguir ahondando la llamada brecha? La gran ventaja de la política argentina en esta transición es que las pasiones aunque encrespadas son muy minoritarias. La enorme mayoría se orienta según criterios más prudenciales: ¿conviene para dejar atrás el kirchnerismo olvidar sus ofensas?, ¿incluye ese olvido sus delitos?

 

Hay quien ya antes de que se empiece a avanzar con cualquier investigación propone un Punto Final, mirar para adelante. La pobreza moral de esta idea se suma a su impracticidad. Ningún sector es capaz de asegurar tal pacto y es por completo imprescindible algún buen ejemplo para alimentar el impulso reformista. Aunque conviene atender de todos modos al hecho de que justicia y reformas no son fáciles de conciliar: porque para implementar las segundas, ahora igual que sucedió en la transición de 1983, hará falta la colaboración de al menos una parte de los implicados en el antiguo orden, quienes deben confiar en que “pecados menores” no les serán reprochados.

Pero ¿cómo establecer la línea de corte entre delitos y pecados menores? Vaya a saber. Lo que sí se puede decir es que construir confianza, y de eso se trata, requiere de elementos y condiciones por completo diferentes a los que insumen el amor y el odio. Supone aceptar que seguiremos persiguiendo fines distintos pero que podemos compartir algunos instrumentos, acciones y reglas. Y aceptar que la justicia presupone siempre un cierto grado de perdón. Finalmente no es otro el mecanismo que hace posible el tan celebrado rol del arrepentido. La corrupción es una lata de podredumbre que sólo se puede abrir desde adentro, como cualquier otro pacto mafioso. Para quebrarla hay que dar confianza a los que quieran saltar el charco: necesitamos es un buen número de inconsecuentes que acepten correr ese riesgo. ¿Alcanzará con eso para cambiar el sistema o solo para emprolijarlo? Quién sabe.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 22/4/16

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Cristina, Urtubey o Massa, el “dónde está el piloto” de la oposición

La oposición necesita votos, un partido y manifestarse en las calles. El problema que enfrenta hoy es que Massa tiene votos, Urtubey está conquistando el partido y la calle todavía le responde, en parte al menos, a Cristina.

 

La abierta disputa por la jefatura de la oposición terminó de complicarse cuando, encima de todo eso, la lista de unidad para la renovación de autoridades en el PJ fue, aunque más no sea de momento, bloqueada en la Justicia; y a continuación volvió de su retiro Cristina, ella sí para quedarse, convocando a los peronistas y demás sectores que todavía podrían ver en ella una guía para antagonizar con Macri.

 

“El kirchnerismo nos metió en este lio, así que no va a poder sacarnos de él, nos va a hundir aun más” parecen decir los gobernadores de la oposición. Y algo parecido piensan en el sindicalismo. Por eso Cristina no empezó por ellos, y más bien trata de ignorarlos o puentearlos: citó a los diputados, no a los senadores, y luego a los intendentes a su recién inaugurada fundación; y a todos les habló de un Frente Ciudadano. Ya no del FPV, pero tampoco del PJ, que para ella nunca, ni ahora ni en el pasado, significó algo atractivo o valioso.

 

Claro que la mayor parte de la estructura justicialista ha quemado las naves y no piensa ni por asomo en volver a someterse a los dictados de la ex presidenta. Reflejo de ello, tras el acto frente a Comodoro Py anunciaron que redoblarán esfuerzos para imponer la Lista de Unidad, renovar sin demora el 8 de mayo las autoridades pejotistas y dejar afuera o en los márgenes al camporismo. Ya saben que éste no se va a dejar digerir, y que tampoco piensa resignar dócilmente su anterior protagonismo. Así que planean apurar el paso para que Cristina no se siga tomando atribuciones como vocera y estandarte de su espacio político.

 

La siguiente movida de este sector fue intensificar sus críticas a Macri. Urtubey tomó la delantera y, tras sacarse una foto con él en Salta, le reprochó por primera vez su supuesta insensibilidad social y sus aun más difíciles de desmentir errores de gestión. Si todo sigue su curso también los sindicatos recorrerán este camino: su acto conjunto programado para fin de abril seguramente los mostrará criticando al gobierno más duramente que hasta aquí, para disputarle la calle a su anterior jefa.

 

Un paso subsiguiente podría ser terminar de partir el bloque de diputados: eso le haría sentir a Cristina que no fueron gratis sus convocatorias a la Fundación Patria. Si este fuera el caso el FPV dejaría en la práctica de ser el horizonte con el que el PJ delinea sus planeas aun antes de que se renueven sus autoridades y la nueva conducción lo anuncie formalmente. Y el lanzamiento del Frente Ciudadano aparecería entonces como lo contrario de lo que Cristina pretendió con él: no la superación de su aislamiento, sino la consumación por sus víctimas del nuevo cuadro de situación, en que todos los demás actores relevantes de la política nacional, incluidos buena parte de sus ex seguidores, le dibujan un cordón sanitario alrededor.

 

Como sea, el desvelo principal del peronismo “renovador” seguirá siendo no qué hacer con Cristina, sino con Macri.

 

Parte de la bronca de estos peronistas con el presidente se explica por la sospecha de que él está colaborando con su antecesora para que ocupe el centro de la escena y estirar lo más posible el proceso de sucesión del liderazgo en el PJ. Es decir, para convertirlos en el jamón del sándwich: acorralados entre la resistencia irresponsable y nostálgica y el colaboracionismo desembozado, ¿qué papel le quedaría por cumplir al peronismo territorial y sindical? Uno muy deslucido y confuso. Y en el que, encima, ya Massa está bien perfilado, sino con una comparable base de poder institucional y territorial, sí al menos con una bien definida imagen pública, como el peronista no K con más votos y el menos macrista de los que quieren que al gobierno le vaya bien.

 

Ese supuesto o real impulso de Macri para que Cristina vuelva a la escena algunos lo adivinan en el propio accionar de los jueces: ¿no es acaso sospechoso que Bonadío haya imputado y citado tan rápidamente a la ex presidente? El favor que le hizo el juez al interés del Ejecutivo es hasta demasiado evidente. Así como lo es en el caso de la decisión con que Servini de Cubría detuvo la normalización del PJ.

 

Otros descreen de tamaña influencia oficial, pero les alcanza con desmenuzar las intervenciones públicas del presidente y sus colaboradores: Macri no tenía ninguna necesidad de opinar como lo hizo sobre el acto cristinista, de nuevo polarizando la escena entre los K y el resto del mundo. ¿Por qué no la dejó pasar? Como tampoco los ministerios de Seguridad y de Justicia tenían por qué facilitar al camporismo una zona liberada en torno a los tribunales para que se adueñara de la escena. Y lo peor de todo: ¿había necesidad en que la TVP transmitiera en vivo y en directo, en toda su extensión, el discurso de la señora en Retiro? ¿Fue mérito del kirchnerismo residual que todavía resiste en el canal público o de sus nuevos administradores?

 

Para ese peronismo de siempre, además, sabedor de que las citaciones judiciales contra ex funcionarios se van a multiplicar (ya van cayendo en la volteada Scioli, De Vido, Abal Medina, Aníbal, Capitanich, etc.) la deslealtad del gobierno viene desde su inicio, desde que los convocó a negociar mientras dejaba que Carrió les mordiera los talones. A sus ojos no se trata sólo ni principalmente de sugerirle o no a los jueces y fiscales que tomen una decisión u otra, sino de definir quién conduce la coalición de gobierno, los que quieren gobernar con el sistema de siempre o los que quieren patear el tablero.

 

Claro que Macri puede decir que tampoco eso depende de él. Que los tribunales que investigan, los dirigentes que denuncian y la sociedad que se indigna con tanta mugre saliendo de debajo de la alfombra son parte de un proceso inevitable. Pero entonces ¿quién conduce?, ¿será que hay que acostumbrarse a que nadie lleve el timón?, ¿o Macri está zurfeando la ola al mejor estilo peronista, y para consolidar su gestión, y en lo posible extenderla cuatro años más, no dudará en sacrificar a sus interlocutores mejor dispuestos, si el tablero le manda hacerlo?

 

Un problema aun más grave podría estar gestándose: el eventual choque entre dos diagnósticos casi opuestos, ese optimista y oportunista de los surfers oficiales y el que hace el grueso del peronismo, según el cual con simplemente dejar que pase el tiempo, Macri consumirá su crédito y energías en ordenar el desbarajuste que heredó, y el poder volverá a caer en sus manos en 2019.

 

Ante la eventualidad de un choque de planetas entre estas dos visiones tan distintas sobre los riesgos y oportunidades de cada cual, sería bueno que alguien se ocupe de moderar las expectativas y reducir la incertidumbre. Cuestión de la que en general le toca ocuparse ante todo a las autoridades. Claro que a ellas les conviene que no haya un solo líder ni un solo polo opositor; pero tampoco les conviene que se fragmenten y queden sometidos a un juego especulativo de corto plazo; y menos todavía que los que colaboran se vean perjudicados por hacerlo. Lidiar con esa tensión es una de las tareas que tienen por delante los surfistas de Macri.

 

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/4/16

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Un feo piquete para tapar tres malas noticias

El kirchnerismo hizo el acto que quería. O mejor dicho, el que podía.

 

Logró copar Comodoro Py, amedrentar a los funcionarios judiciales y hasta pegarle a una periodista de Radio Mitre. Cristina pudo mostrar que sigue siendo la misma de siempre, la que habla del amor y llama a la guerra, la apasionada por su “proyecto” que nos ofreció un país maravilloso pero supuestamente culpa del cambio de gobierno en un par de meses se volvió un espanto invivible. Y la que no cree en que exista Justicia Independiente, por los mismos motivos que no hay periodismo independiente, ni fuerza pública independiente ni nada de nada que pueda constituir una casa común para ella, sus seguidores y sus adversarios. Porque hay un brecha insondable e insuperable entre que ella se imponga y nos gobierne o que quede fuera del poder y porque lo que se llama justicia, periodismo y policía si lo maneja ella es poder popular y si no lo maneja es pura mentira y opresión.

 

Hasta ahí el guión y la foto que el discurso de la ex presidenta, reunida con quienes aun la adoran, nos dejó.

 

Pero lo que pasó en los tribunales y sus alrededores este 13 de abril fue por lejos algo mucho más importante que ese acto. Y ni siquiera lo más importante del acto está en esas palabras y gestos.

 

Porque nada indica que Cristina esté retomando realmente protagonismo: al contrario, lo sucedido en Comodoro Py muestra que ahora es una revoltosa pero en última instancia impotente pieza de una historia que van escribiendo otros.

 

En primer lugar, porque ni el peronismo territorial ni el sindical se hicieron presentes para apoyarla. La convocatoria fue mucho menor a la esperada incluso por el gobierno nacional. Y esa soledad en que va quedando el kirchnerismo, evidenciada ya suficientemente tanto en el Parlamento como en la estructura del PJ, a todas luces no tiene remedio ni en esos ni en ningún otro plano: ni siquiera los más audaces lances judiciales contra la “jefa” parecen poder recrear la solidaridad perdida, ni siquiera alcanzan a lograr ese objetivo el marco favorable que ofrecieron estas semanas los tarifazos o los patinazos y desprolijidades en que incurre el nuevo gobierno; dos motivos menos para que tanto en el Ejecutivo como en los tribunales se sigan demorando iniciativas que terminarán con lo que queda del relato sobre las bondades del anterior modelo. Y muy probablemente con un buen número de ex funcionarios y amigotes presos.

 

En segundo lugar porque el kirchnerismo fracasó en mover los hilos de viejas complicidades palaciegas para que Bonadío, y a continuación Marijuan y todos los demás funcionarios judiciales mínimamente decididos a hacer su trabajo, fueran corridos a un lado. También fracasó en instalar una distinción entre política pública opinable y actos judicializables: no podía ser de otro modo porque mandó a Kicillof y Zaffaroni a hacer ese trabajo.

El ex ministro y el ex juez sostuvieron el principio de incertidumbre sobre los resultados para hacernos creer que ni Cristina ni Vanoli, y tampoco el propio Kicillof, podían saber que iba a producirse un perjuicio para el estado cuando lo que vendieron a 10 hubiera que recomprarlo a 15. Y que era por completo legítimo y hasta loable que el gobierno anterior defendiera el valor de la moneda nacional, negándose a refrendar una devaluación que todos daban por descontada. Olvidan alevosamente reconocer que lo que por orden de Cristina Vanoli vendió a 10 ya en ese momento valía 15, no tuvieron que esperar ni un minuto los afortunados compradores para hacerse de una pingüe ganancia a costa del erario público; y también callan el hecho de que para no convalidar una devaluación bastaba que el gobierno kirchnerista se negara a vender futuros a 15, no hacía para nada falta que los vendiera a 10. La discusión sobre las responsabilidades, así, ha quedado bien definida dentro del marco en que la planteó Bonadío: como fraude contra el estado.

 

Por último, aunque el kirchnerismo probó que todavía puede dominar ocasionalmente el espacio público, la calle, pagó un precio demasiado alto para lograrlo y ese precio sin duda ya subió para las próximas ocasiones en que deba afrontarlo.

 

La imagen que ofreció de un cerco patotero sobre los tribunales ni alcanzó a amedrentar a periodistas ni oficiales de justicia, ni facilita la tarea de volver a mostrar solidaridad con la jefa en circunstancias similares en el futuro. Que es inevitable que se produzcan.

 

Skolar, en nombre de Justicia Legítima, se las ingenió para volcar a la Cámara de Casación a favor de dejarle el terreno despejado a los camporistas. Y es probable que ello haya coincidido con el temor padre que tenían en los ministerios de Justicia y de Seguridad a una manifestación muy masiva que terminara con algún episodio de represión o algo parecido. Ahora estos temores se desactivan, junto con la poca razonabilidad que pudo haber acompañado la idea de declarar zona liberada los alrededores y hasta los pasillos de los tribunales.

 

En esta perspectiva lo que vimos se parecería entonces más que a la evidencia de un persistente y admirable poder de movilización, a un postrero y virulento estertor.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/4/16

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