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Tras el tarifazo ya no habrá correcciones sin costos

“Somos humanos y podemos equivocarnos” repiten en estos días desde el Ejecutivo. Pero si un gobierno de humanos se equivoca todo el tiempo la sociedad puede volver a preferir uno inhumano

Errar es humano, pero las metidas de pata con los tarifazos desbordaron el vaso de la extendida tolerancia social porque revelaron más que humanidad una cierta dosis de irracionalidad. Fueron mucho más graves que todos los problemas que pueden haber contenido decisiones previas, como la designación por decreto de dos nuevos jueces de la Corte Suprema, o la indisposición inicial a hablar de la herencia por miedo a pinchar el globo del optimismo social.

Y es que hay errores y errores. Si un factor no tenido en cuenta al tomarse una decisión provoca consecuencias inesperadas puede decirse que el decisor calculó mal, no se protegió suficientemente frente a los imprevistos, por exceso de optimismo, falta de información o lo que sea. Pero si ese error se prolonga a lo largo del tiempo pese a advertencias reiteradas, incluso provenientes del propio equipo encargado de las decisiones, entonces más que un problema puntual tenemos un déficit sistémico: las cosas se están haciendo mal.

Eso es lo que pasó con el tarifazo: puso en aprietos no solo un aspecto particular de las políticas de gobierno, la gestión de Aranguren y sus colaboradores, sino al gobierno en general y su pretensión de haber constituido un “equipo” bien articulado y preparado tanto técnica como políticamente. Y es que él tuvo tiempo para evaluar los pasos a seguir, dispuso de información que le sugería ser en este mucho más cuidadoso que en otros asuntos, y hubo además reacciones en cámara lenta de parte de los afectados y la oposición que indicaban las cosas no habían empezado bien y las resistencias podrían crecer si no se revisaban algunos aspectos centrales del ajuste. Y sin embargo el gobierno se negó a cambiar hasta que fue demasiado tarde.

Encima ahora ya no puede saber si el remedio no va a ser peor que la enfermedad, por el desajuste fiscal y la pérdida de autoridad que supone la moderación de los aumentos, y siquiera si va a lograr imponer la versión corregida de los mismos, dado el protagonismo que han ganado los jueces y los opositores.

El gobierno ya está pagando el precio de este error en la opinión pública: hasta junio los escándalos cotidianos de corrupción que vienen estallando alrededor de la ex presidenta y los desacuerdos entre las facciones en que se divide el peronismo alcanzaban para tapar o compensar cualquier inconveniente que se presentara en la gestión de la economía, por la persistencia de la inflación, la suba de tarifas y la demora en la recuperación; pero desde que en julio el affaire tarifazos se complicó la buena y mala imagen del presidente se emparejaron.

Puede que de todos modos esto no sea lo más grave. Ni tampoco lo sea el costo extra para las cuentas públicas que significarán las correcciones. Si el presidente no muestra que sabe corregir errores en su equipo y cambiar lo que no funciona, y no lo hace pronto, su prestigio y la confianza en su capacidad como líder, y no sólo su popularidad, se van a deteriorar.

Macri tiene que demostrar, en pocas palabras, que sabe en serio formar equipos. Y quien sabe formarlos tiene que saber cambiarlos. Podría inspirarse para ello en sus predecesores, que aunque se esmeraron en ganar reputación de superhéroes que nunca se equivocaban, no reconociendo jamás error alguno, sabían bien descargar la responsabilidad por los errores que se volvían indisimulables en los colaboradores que quedaban más expuestos a la critica, o simplemente en quienes les resultaban prescindibles.

Eso para una visión humanista del manejo de los asuntos públicos podría sonar un poco inhumano. Pero lo cierto es que la gestión de gobierno, más todavía en un país como Argentina, requiere inevitablemente de una buena dotación de esas habilidades.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 18/7/16

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2016 vs 2010. Menos autobombo, pero aun atados a peleas chiquitas

Pasó el segundo Bicentenario y Cambiemos le imprimió su sello, menos faccioso y excluyente que el de seis años atrás. Aunque la discusión por la herencia recibida gravitó demasiado en el discurso presidencial

Hace seis años el kirchnerismo se apropió de los festejos del bicentenario de la revolución de mayo y los usó para autocelebrarse. Fue alevoso en la exclusión de la oposición política y de toda voz que disintiera del relato oficial, que postulaba al gobierno de turno como síntesis de todos los heroísmos patrios y redentor de una historia tachonada de fracasos causados por sus enemigos, que eran siempre los mismos, desde los realistas hasta la Mesa de Enlace y Clarín, la antipatria.

Los entonces gobernantes consideraron que la operación fue un éxito porque las celebraciones convocaron multitudes. Néstor Kirchner se vanaglorió días después de haber “quebrado” a sus adversarios con una maciza demostración de hegemonía cultural. Pero aunque las elecciones del año siguiente parecieron darle la razón, en verdad el kirchnerismo se dejó llevar por una fantasía. Porque al poco tiempo de ese supuesto triunfo histórico, del relato no quedaba casi nada, y hoy ya no queda nada del propio kirchnerismo.

Sucede que la gente quiere festejar, sentirse parte de una comunidad y de una historia, y no le presta tanta atención a los discursos, de los que toma coyunturalmente lo que quiere y le conviene, si las cosas van bien sobre todo en la economía de su bolsillo, y cuando dejan de ir bien busca otros argumentos y pasa a otra cosa. Eso le pasó al anterior gobierno y le pasará seguramente al actual.

¿Aprendieron nuestros dirigentes la lección? En parte al menos sí. Los festejos del bicentenario de la independencia han tenido mucho menos autobombo que los de seis años atrás y ninguna exclusión que lamentar.

Salvo el kirchnerismo y la izquierda extrema, que mayoritariamente se autoexcluyeron, todas las fuerzas políticas estuvieron en la asamblea legislativa que se realizó en Tucumán días atrás. Y salvo Alicia Kirchner todos los gobernadores participaron de los actos centrales del 9 de julio.

Los organizadores de los festejos respetaron su carácter federal y se cuidaron de no ideologizar sus contenidos con propaganda oficialista. En las producciones que vienen difundiendo los medios públicos se han esmerado por darle cabida a artistas e intelectuales identificados con la oposición, algo que hay que celebrar.

Y aunque la convocatoria no fue tan masiva como en 2010 tampoco resultó escasa, todo lo contrario, considerando la poca inversión de tiempo y dinero que se realizó.

Tal vez sea por contraste con todo ese esfuerzo por romper con el modelo anterior que llamaron tanto la atención algunos tonos y gestos de los discursos presidenciales. En los que se filtró el partidismo y la querella coyuntural mucho más de lo conveniente.

En la vigilia del bicentenario, en Jujuy, Macri enfocó ya su atención en la “pesada herencia recibida”. Y encima lo planteó ante un auditorio compuesto en gran medida de escolares. Lo que hizo acordar al día de la bandera en Rosario, cuando incitó a niños de guardapolvo a entonar con él un desubicado “Si se puede” tomado de la campaña electoral. Y no se detuvo ahí: en su discurso del sábado en Tucumán habló un poco de todo, es cierto, pero el eje fue definitivamente la herencia kirchnerista. Algo que podría haber dejado para otra ocasión, que seguro no le va a faltar. ¿Será que siente que solo en el contraste con los Kirchner su figura, su rol y el propio tiempo histórico que busca inaugurar van a poder tomar vuelo?

Perdió así una valiosísima oportunidad para dar una pauta más concreta sobre el futuro común que podemos alcanzar, para ofrecer una referencia más amplia tanto sobre lo que nos une del pasado como de lo que podemos hacer juntos, que es precisamente el lema que la propaganda institucional de la Presidencia ha hecho suyo, pero el discurso del presidente no se esmeró mucho en desarrollar.

Lo más llamativo es que repitió así un defecto de las celebraciones de 2010: también en ellas la ausencia más notable fue la del futuro, lo que era en alguna medida esperable de un gobierno obsesionado por cambiar el pasado. Este no es el caso de Macri, pero parece que los enredos del presente y tal vez una propia inseguridad le impiden todavía romper el molde y abrir ese horizonte de tiempo largo y compartido que por ahora está solo esbozado en la cartelería de Presidencia.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/7/16

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Cristina volvió, para ayudar a Macri a armar su pata peronista

¿Podrá Macri tener éxito donde fracasaron Alfonsín y Chacho Álvarez?, ¿conseguirá aliados peronistas estables, que no se suban sólo oportunistamente al tren oficial para arrancarle en cuanto puedan el crédito y los votos por él trabajosamente obtenidos? Al menos Cristina está ayudándolo.

Cristina volvió por segunda vez. Pero ya no para competir en la arena política, donde le queda poco y nada que hacer, sino para intentarlo en el éter.

Llevó así la confusión que padece desde hace años, que los medios son el poder, que en la prensa independiente actúa el comité central del enemigo y que dominando los medios puede extinguirse la competencia, a su versión extrema: parece haber pensado “si estoy en la tele el domingo a la noche podré seguir conduciendo a mi tropa y al peronismo” y se lanzó a polarizar, de la mano de Roberto Navarro, ya no con Macri, sino con Lanata.

Como cuando era presidenta demuestra así que audacia no le falta, pero sí estrategia. Porque igual que sucedió con la marcha a Comodoro Py de hace unos meses, su participación en C5N el domingo a la noche supone dos insuperables dificultades: no se puede repetir todas las semanas e indirectamente reconoce y valoriza el escenario que más la complica.

Pero eso no es todo: el regreso de Cristina a la escena nacional va a suponer un desgaste aun mayor para su sector y para sí misma, pero sobre todo es un dolor de cabeza para el peronismo, que es evidente ya no sabe qué cuernos hacer con ella.

Y es otro regalo del cielo para el oficialismo: en medio del desbarajuste peronista que causan las investigaciones por corrupción y la descomposición de las lealtades K seguirán aumentando los grados de libertad del gobierno para gestionar el ajuste y los caminos alternativos de que dispone para consolidar su mayoría.

Ante todo porque más opositores se ofrecen a cooperar con él, como se vio en las votaciones de las últimas semanas en el Congreso. Y algunos hasta se muestran dispuestos a sumarse a la coalición oficial. Es el caso de varios intendentes bonaerenses y también del interior más profundo.

Para el macrismo son tentadoras estas incorporaciones porque le permitirían completar la nacionalización de su fuerza política: ella no sólo necesita seguir siendo competitiva en las áreas centrales, donde predominan las clases medias, sino también llegar a serlo en la periferia de las grandes ciudades y el norte del país, donde el peronismo todavía es hegemónico, y lo es desde el inicio de la democracia.

Esa podría ser, por tanto, la mejor arma para consolidar su ventaja en las elecciones del año que viene. Y de paso un instrumento para sacarle sustento a los esfuerzos renovadores en curso en la principal fuerza de oposición, que puedan volverla una competencia más desafiante. Porque cada dirigente y cada voto que sume de ese origen valdrá doble.

También sería una vía para consolidar al partido del presidente y no depender tanto de los radicales y su base territorial.

Esto último es importante y ubica al PRO más en la estela de la experiencia frepasista de los años noventa que en la del alfonsinismo de los ochenta: el PRO ya tiene larga experiencia en esto de absorber peronistas y convertirlos a su identidad; lo que también supo hacer, aunque luego no pudo sostener en el tiempo, el partido de Chacho Álvarez.

Y en cambio no logró en igual medida Alfonsín, ni siquiera en sus mejores años. No porque no lo intentara: se recordará su llamado a formar un “Tercer Movimiento Histórico”. Sino porque el signo radical de su gobierno actuaba como antídoto contra todo esfuerzo de seducción de la dirigencia peronista y de sus votantes. Que si acompañaron en alguna medida al primer presidente, lo hicieron sólo acotada y circunstancialmente, hasta que el peronismo se recompusiera y para apurar esa recomposición, no con miras de más largo plazo. De allí que los llamados de Alfonsín al Tercer Movimiento solo interesaran a pequeñas fuerzas sin votos.

Cambiemos, o al menos el PRO, pueden hacer mucho más estragos hoy en el campo peronista del que logró el radicalismo en los ochenta. Y tiene más recursos para sostener esos avances de los que tuvo Chacho dos décadas atrás. Así que es lógico que el peronismo esté preocupado.

Dos buenas señales de ello las dieron esta semana lo sucedido con la operación de renombrar las bandadas del FPV y con los actos de homenaje a Perón en el 42 aniversario de su muerte: aquella quedó en suspenso ante el riesgo de que desembocara en más dispersión antes que en la recomposición de la unidad pejotista; mientras que en los homenajes se encontraron casi todos, desde los renovadores de Massa a los camporistas de Máximo.

Pero todo lo que la dirigencia peronista teje de día para hacerse de un futuro más o menos próspero lo logra destejer Cristina de la noche a la mañana. Bastó que reapareciera en escena para que la mancha venenosa de los escándalos de corrupción y la desorientación política volviera a ganar las filas de la oposición. Massa ratificó que no piensa acercarse siquiera a los pejotistas y que su aliada para 2017 será Margarita Stolbizer; en tanto Randazzo demoró al menos hasta el año próximo su salida a la cancha para hacer campaña bonaerense.

La escena facilita así que los macristas avancen. Y seguramente en las próximas semanas se irán conociendo los primeros pases de peronismo a las filas oficiales. Sucede de todos modos que con el éxito y la disponibilidad de opciones también aumentan las chances de equivocarse. Así que sería bueno para el gobierno no apresurarse a cantar victoria, ni a sumar gente por sumar.

Con esos nuevos aliados, ¿Cambiemos va a crecer o solo va a engordar? Si es cierto como algunas encuestas indican que la sociedad, y en mayor medida los votantes oficialistas, creen que el mal gobierno y la corrupción son responsabilidad de todo el peronismo y no sólo del kirchnerismo, sumar a esos dirigentes ¿no disminuirá su popularidad y su capacidad de introducir cambios en vez de aumentarlas?

Y en un nivel más pedestre de competencia electoral, ¿podrá el PRO repetir con estas eventuales incorporaciones la experiencia de crecimiento vivida durante el final del kirchnerismo, o le pasará como a Massa entre 2013 y 2015, y antes de eso al propio Macri entre 2009 y 2011, que todo lo que juntaron se les escapó entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos en cuanto enfrentaron dificultades y el peronismo oficial se recompuso?

Estas preguntas son pertinentes porque lo que el gobierno no puede evitar es que apenas sume a estos peronistas cismáticos ellos se embolsen algunos beneficios contantes y sonantes, como dinero público y ser considerados parte de “la ola del cambio”, y habrá que esperar para saber si van a pagar por ellos, por ejemplo ayudando a derrotar a los líderes pejotistas que traten de disputarle la conducción del cambio al gobierno. Esos nuevos aliados además reclamarán espacios en la gestión y en las listas electorales que probablemente disminuyan las que disfrutan o creen merecer los radicales, así que lo que Cambiemos gane por un lado lo puede perder por el otro. En la provincia de Buenos Aires donde es posible que deba enfrentar una lista renovadora avalada por Stolbizer, un radicalismo herido puede volverse un factor peligroso. ¿Se podrían dar situaciones parecidas en Tucumán, en Entre Ríos o en otros distritos?

Los cazadores de talentos del PRO reparten bienes escasos a cambio de bastante poco: una promesa de colaboración legislativa, la posibilidad de “jugar” con el gobierno en 2017, todas palabras que tal vez se lleve el viento, con lo cual ayudan a levantar el prestigio de figuras locales que podrían volverse, ante un cambio del contexto, sus verdugos electorales. Como le pasó a Alfonsín con Menem.

Pero ellos ven las cosas de otro modo. Creen que el PRO no tiene la barrera identitaria ni de antecedentes antiperonistas que le dificultaban a la UCR sacar provecho de las crisis peronistas. Y esa crisis además en esta ocasión va a durar mucho más que las de los años ochenta y los noventa, porque Cristina los va a seguir ayudando, aunque su prestigio esté por el suelo y el resto del peronismo se desespere por alejarse de su mala influencia. Así que van para adelante con su estrategia de dividir y sumar en el desperdigado campo del adversario. Pronto se verá hasta donde logran llegar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/7/16

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Cómo los K se volvieron la mancha venenosa para el peronismo

Abandonando todo disimulo, los hasta ayer más entusiastas adherentes al proyecto kirchnerista se apuran a abandonarlo. Buscan un nuevo horizonte político. Y también preservar un viejo sistema de financiamiento.En la historia y la vida interna del peronismo el PJ tucumano de José Alperovich y el Movimiento Evita de Emilio Pérsico y el Chino Navarro son como el agua y el aceite. Uno es el típico “pejotismo de provincia periférica”, el otro, la máxima expresión del peronismo de base y convicciones izquierdistas.

Sin embargo los dos acompañaron con igual entusiasmo al kirchnerismo. Y los dos se están despegando de él a igual velocidad y con parecidos argumentos ahora que el liderazgo de Cristina se hunde sin remedio. Esto podría parecer paradójico pero en realidad no lo es tanto, porque la utilidad que ambos sectores encontraron en adherir al proyecto de los Kirchner en ciertos aspectos coincidió, y coinciden aun más en los cálculos que hacen hacia delante, sobre cuál es el papel que debe cumplir a partir de ahora el peronismo.

Alperovich encabeza la típica estructura patrimonialista del interior, que en cualquier otro lugar del mundo se llamaría “partido conservador”. Su séquito dirigencial lo forman prósperos empresarios iguales a él y su base una red de caudillos locales con un control quasi monopólico de cargos municipales y recursos públicos, con los que se atiende y controla a los sectores más sumergidos, y se los reproduce en esa condición. El Evita es el típico movimiento social estatizado, conducido por dirigentes de fuerte identificación con la izquierda que rechazan la integración subordinada de los sectores populares, e integrado por cientos de militantes de base que se fueron convirtiendo en empleados del estado, gracias al control de áreas sociales de la gestión bonaerense y nacional, como el área de agricultura familiar del Ministerio respectivo.

En un caso, patrimonialismo de la obra pública y las transferencias discrecionales, en el otro, patrimonialismo del empleo público. Ambos financiados generosamente por los Kirchner, de los que se puede decir cualquier cosa pero no que fueran malos pagadores de los apoyos recibidos de parte de los Alperovich y los Pérsico-Navarro en todos estos años. Pero sucede que ambas estructuras son, además, de muy alto costo de mantenimiento: necesitan un flujo elevado y constante de recursos públicos para sobrevivir. Y tienden a hacer por lo tanto cálculos de bastante largo plazo sobre cómo les conviene llevarse con quienes gobiernan.

Esos cálculos entraron en colisión con los que hizo el kirchnerismo apenas abandonó el gobierno nacional: con una falta total de sensibilidad por los intereses de los apoyos que le quedaban en el territorio, Cristina y sus fieles apostaron a la polarización con Macri y a negarle toda legitimidad a su gestión. Y al hacerlo dejaron en manos de otros, Massa, Bossio, Urtubey, Gioja, Pichetto, la oportunidad de cooperar con el nuevo oficialismo. El resultado se dejó ver apenas semanas después del cambio de gobierno: diputados y senadores imprescindibles para que el FPV pudiera ejercer su pretendido poder de veto contra la “derecha” se fugaron de sus bancadas o se negaron a plegarse a la estrategia de Resistencia, y el kirchnerismo se volvió una expresión testimonial y cada vez asociada con la nostalgia y la defensa de ex funcionarios en problemas.

Los escándalos de corrupción dieron la excusa final para el portazo. Pero la descomposición del kirchnerismo remanente ya estaba en marcha desde bastante antes. Y obedecía, más que a las torpezas en el manejo del botín por parte de sus ex funcionarios, a un grave error de estrategia cometido por Cristina Kirchner: en vez de moderarse y ser ella la que encabezara las negociaciones con Macri, apostó a atrincherarse en su contra y tratar de bloquearlo. No fue el primero de sus errores políticos, pero es probable que sea el que termine de sellar su destino.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/6/|16

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Según Cristina a López lo corrompieron los Macri de este mundo

El caso del ex secretario José López, ¿prueba que los promotores de la corrupción son los empresarios o los peronistas? ¿Qué actitud es más productiva, la justificación de Brienza o la “indignación” de Kicillof?

El kirchnerismo no sólo practicó la corrupción en forma sistemática y en todas sus variantes imaginables, para financiar la política, para enriquecerse personalmente, para corromper a posibles adversarios, etc., sino que fue también sistemático en la negación y el ocultamiento de cualquier prueba al respecto, persiguiendo a periodistas y jueces independientes, protegiendo a funcionarios expuestos y destruyendo evidencias. Por todo esto y no sólo por lo torpe y patético del recorrido final del zar de la obra pública es que la luz del día los está consumiendo.

Por eso también es que no tienen la escapatoria de mostrarse ahora indignados: quienes lo intentan, como hicieron los diputados del FPV la semana pasada, quedan inevitablemente en ridículo.

El negacionismo, algo tarde, se cobra la cuenta: si hubieran prestado alguna atención a la infinidad de denuncias acumuladas estos años contra sus funcionarios, si alguna vez hubieran aceptado que podía haber algún corrupto entre ellos y se hubieran ocupado mínimamente de investigar, controlarse a sí mismos y a sus compinches, en suma poner un límite, entonces ahora podrían decir que se escandalizan y entristecen y enojan ante el escándalo de José López.

Pero no lo hicieron, vivieron alegremente en la impunidad, con la idea de que nunca iban a tener que rendir cuentas. El caso de Kicillof es bien ilustrativo al respecto. Puede que él y sus inmediatos colaboradores no hayan robado, aunque aun deben aclarar algunos arreglos con financieras sospechosas. Pero más allá de eso lo que no pueden ocultar es que colaboraron con un gobierno que se dedicó a robar y ocultar el robo sistemáticamente, volviéndose sus cómplices. Debieron haber sabido que cometían fraude al Estado cada vez que incumplían su obligación de denunciar lo que pasaba a su alrededor. Ahora es tarde para decir que no sabían.

¿Tendrán los intelectuales, artistas y otros compañeros de ruta más periféricos del kirchnerismo más suerte al recurrir a ese subterfugio, se les creerá que “no sabían” y que sus nobles corazones se han ofendido?

Uno de los aspectos más llamativos del escándalo López fue la velocidad y la cantidad de las manifestaciones de sorpresa que disparó en esos círculos. Como si todos se hubieran coordinado para abandonar la solidaridad con que reaccionaban incluso ante episodios como los de la Rosadita, y dijeran de pronto “esto no me lo esperaba”.

¿No era acaso recontra esperable algo así? ¿No había sido ya suficientemente grave constatar que la familia Báez jugaba al Monopoly en el sur con plata del estado? ¿Cómo sorprenderse si lo único asombroso es que el juez Rafecas haya dejado dormir las investigaciones sobre el cráneo de la obra pública K desde 2008 hasta hoy sin tomar ninguna medida procesal ni ser obligado a abandonar el caso?

Por momentos los kirchneristas hacen acordar a esos argentinos bien educados e informados que a finales de la dictadura “descubrían” que había habido represión ilegal. ¡Pero si había indicios de sobra para saberlo desde mucho antes! ¿No se estaban haciendo los otarios, tratando de simular un engaño y desengaño que los disculpara por haber sido pasivos testigos, o incluso en muchos casos más o menos entusiastas adherentes, a un sistema de poder contaminado de ilegalidad de arriba abajo? La principal diferencia entre las dos situaciones es que la sorpresa y el desengaño en este caso sólo son simulados por una pequeña minoría de fanáticos, que no pueden decir que actuaron por miedo pues recibieron sustanciosos incentivos para mirar hacia otro lado.

No conviene cebarse con esta gente, de todos modos, porque hay quienes tendrán seguro más suerte en sus esfuerzos por mostrarse desengañados, y además han sido más que compañeros de ruta, partícipes necesarios. Son los peronistas de siempre, mucho más entrenados en esto de reciclarse y negar lealtades, y a quienes en general la sociedad nunca reclama que digan la verdad, por lo que no se va a ofender demasiado porque una vez más la cameleen.

Ellos también están convulsionados por el escándalo. Por razones que explicó bien Héctor Recalde: trataban mucho más directa y cotidianamente con López que los kirchneristas de corazón, o al menos que los miembros de la bancada del FPV que él conduce. Ahí fueron Closs y sus diputados, seguidos por Alperovich, coprovinciano y estrecho aliado del ex secretario detenido, quien antes de que cantara el gallo ya se cansó de negar esa amistad y de echarle toda la culpa a Cristina, y seguramente los seguirán otros, hasta que se cuenten con los dedos de la mano los que le atiendan el teléfono al pobre Recalde. Y es comprensible, porque el kirchnerismo ya estaba muerto, pero el peronismo le tenía preparado un entierro familiar y silencioso que se acaba de frustrar. Ahora que el cadáver quedó expuesto, y apesta y espanta, van a tener que cambiar apresurdamente de programa. Mala suerte para los Rafecas y los De Vido, buena para los Bonadío y los Massa.

Frente a tanto papelón y bancarrota moral e intelectual es hasta destacable el esfuerzo de algunos kirchneristas por formular una más sincera autodefensa. Entre otras cosas porque se atreven a plantear abiertamente lo que siempre ha sido su verdadero sustento moral e intelectual, pero no reconocían en público. Ofreciendo así un tal vez postrero servicio a la república: nos muestran sin disimulo cuál es el sentido común básico del enano corrupto que los argentinos llevamos dentro.

Vamos a los argumentos. El más trajinado, y al que recurrió la propia Cristina, es que el problema de la corrupción no nace de la política si no del capitalismo; son los empresarios los que corrompen a los políticos: tientan a los funcionarios, que traicionan así sus ideales. La contraposición de siempre: política de convicciones, fe y pasión, contra mundo de los negocios egoísta y calculador. En suma, el problema de los K habría sido que no insuflaron en López la convicción suficiente para que no se dejara tentar por los Macri de este mundo, los malos.

El argumento ignora por completo que los países del mundo más transparentes son capitalistas, pequeño detalle. Y que son esas creencias anticapitalistas que el kirchnerismo promovió la principal justificación de los actos de corrupción: la pretensión de que la autoridad política determine la suerte en los negocios, destruyendo el valor del esfuerzo, la competencia y los mercados. Por eso la corrupción no fue sólo un instrumento para los Kirchner, no fue apenas un complemento necesario para “hacer política”, ni tan siquiera una vía para enriquecerse personalmente. Fue esencial al “proyecto”, al “modelo de país”: el patrimonialismo centralizado en el que tanto ricos como pobres dependerían por completo de la buena voluntad presidencial.

Por eso para quienes realmente aman el “proyecto k” y están dispuestos todavía hoy a defenderlo la corrupción no pudo ser una traición, ni tampoco un instrumento prescindible. Fue, como enseñó el espeluznante Hernán Brienza, su realidad moral úlltima, su forma de entender la democracia, porque a través y gracias a ella el kirchnerismo se propuso concretar la redistribución, haciendo efectivo el ideal de que la política domine la economía.

¿Cómo no considerar hipócrita y regresiva desde esta perspectiva la pretensión de un gobierno formado por managers de llevar transparencia a la función pública, si sólo quieren que los ricos escondan la fuente de su fortuna y evitar que nuevas camadas de políticos emprendedores, con sus séquitos respectivos detrás, hagan su pequeño agosto?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/16

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Francisco, ¿quiere ser jefe de la oposición?, ¿puede reflotar frente a Macri el viejo conflicto entre nación y república?

Los Kirchner quisieron ponerlo en ese lugar años atrás y no les funcionó. Pero ahora parece ser él mismo el que aspira a ejercer el rol, o al menos eso sueñan y temen respectivamente en el peronismo y en el gobierno.

Lo cierto es que por más que se esfuerza Macri por mejorar una relación que empezó mal, el Papa sigue causándole cotidianos dolores de cabeza. Tras la controvertida entrevista con Bonafini y el espaldarazo a jueces que aquél no ve con simpatía se desató un nuevo desencuentro por el rechazo a la donación a las Scholas Occurrentes.

Nada hace pensar, encima, que la situación mejore pronto. Un nuevo capítulo de tensión se va a abrir cuando la curia avance con su Pacto del Bicentenario, frente al cual el oficialismo deberá admitir su fracaso en impulsar su propia iniciativa en la materia, y una aun más grave perspectiva de subordinación a las condiciones que quiera imponer la Iglesia, con sus mitos sobre la nación y la integración social, para las más pedestres propuestas oficiales de diálogo con la oposición. Porque en la escena al menos quedará grabada la idea de que “mientras la Iglesia une, el gobierno desune”, y para disimularlo los funcionarios se verán obligados a repetir lo que dijeron a raíz de la carta vaticana por el 25 de mayo y el Tedeum porteño: que cuando los curas reclaman sensibilidad social y reconciliación les están sacando las palabras de la boca.

Los analistas difieren sobre la intensidad que terminará adquiriendo este conflicto. Pero ya nadie lo desestima. Entre los alarmados destaca el brillante historiador Loris Zanatta quien nos viene recordando en oportunos artículos que el mito de la nación católica cumple una función esencial en el ethos peronista y que el papa Francisco es ferviente cultor de esa tradición, radicalmente enfrentada a las ideas de Macri. Por lo que es inevitable que la tensión entre ellos crezca.

El argumento, sólidamente documentado, dispara preguntas que signarán la política de los próximos años. Si Macri no va a lograr apaciguar al Papa, ¿no le convendría defender más abiertamente su propio ethos liberal y modernizador y practicar un antipopulismo menos culposo? ¿Podría el peronismo unirse en torno a los planteos vaticanos, volviéndose más anticapitalista y menos negociador?

De darse esto último Francisco habrá paradójicamente cumplido los sueños que desvelan a Cristina, y no puede realizar: dar continuidad a un populismo radicalizado, poner al peronismo en la vereda de enfrente del gobierno y bloquear sus esfuerzos por crear una economía más abierta y una democracia más pluralista. Y la escena argentina se volvería a teñir de la oposición doctrinaria entre liberalismo y catolicismo tan gravitante en los años treinta y cuarenta. ¿Pero eso representaría las expectativas y los conflictos que realmente unen y dividen a la sociedad argentina actual? Aunque el mito de la nación católica gravite en el ideario de Francisco, de porciones del PJ y de la Iglesia, creo que ha quedado ya un poco en la historia y resulta demasiado traído de los pelos para entender y actuar en el país de hoy. Y la historia reciente lo demuestra.

Para empezar, es cierto que cuando por primera vez los Kirchner llamaron a Bergoglio “jefe de la oposición” se equivocaron. Porque él no se oponía a todo el proyecto K, sino principalmente a reformas en salud reproductiva, al matrimonio igualitario, en suma, a sus tibios escarceos liberales.

Pero además hay que recordar que, en parte por ese mismo error de juicio de los Kirchner, las críticas que les planteó el entonces cardenal tuvieron una eficacia pública discordante con sus intenciones: en los asuntos en que se focalizaron no lograron mayor consenso, pero sí ayudaron a impugnar lo que se llamaba “estilo k” y probó ser mucho más que eso: sus abusos de poder, su intolerancia, en suma, su antiliberalismo.

Bergoglio terminó cumpliendo así, en el terreno religioso y tal vez a su pesar, un papel similar al que en otros asuntos cumplieron personas tan distintas en sus historias y preferencias como Magnetto, Lorenzetti o Moyano. Al demonizar los Kirchner su voz y función pública, con la intención de desestimar sus críticas y politizar y polarizar las diferencias que ellas expresaban, en su caso con la evidente finalidad de ampliar la grieta entre la “iglesia militante”, la de los curas por los pobres, y la jerarquía, tachada de “liberal” desde el gobierno (grieta cuya superación estaba y sigue estando entre los objetivos medulares de la tarea pastoral de Bergoglio), y devaluar a sus verdaderos opositores, entre ellos los políticos disidentes del peronismo, también denostados por liberales, empujaron a todos estos actores a defender su autonomía. Cosa que hicieron precisamente en términos liberales, reivindicando la separación entre iglesia y estado, entre estado y gobierno, el derecho a disentir y el respeto a la ley como condición para la convivencia.

En suma, aunque las diferencias del futuro Papa con los Kirchner nacieran de lo poco que estos tenían de liberales, terminó siendo en defensa del liberalismo y la república que se desplegó el conflicto entre ellos y por darle voz a la sociedad. Conflicto cuyo saldo para nada abonó las tesis de la nación católica, ni favoreció al peronismo. Y aunque puede que al Papa le pese esa involuntaria ayuda prestada para fomentar el relativismo moral, y en particular para que Macri derrotara a Scioli, no podrá borrarla a voluntad, por más inspiración que reciba ahora del Espíritu Santo.

Respecto a este último asunto, además, es notable cómo los “involuntarios favores” de Francisco a Macri se repiten, disimulados detrás de más sonados que efectivos choques. Es lo que sucedió, al menos, en el caso de la cita con Bonafini.

La estrategia global del Papa dio un paso adelante con esa visita. La señora lo abrazó y se disculpó, hasta le regaló un pañuelo de las madres. Las dudas que todavía podía haber sobre su papel durante la dictadura terminaron de disiparse y se consolidó su imagen como gran reconciliador. Además es evidente que politizar el discurso de la Iglesia es parte esencial de su esfuerzo por sacarla de la crisis en que está, y evitar también que siga su lenta deriva de poder universal hacia mera ONG internacional. Bonafini, con sus buenos o malos argumentos sobre derechos humanos y desgracias del capitalismo sirve a ese objetivo general.

Pero al mismo tiempo la visita le sirvió a Macri para mantener en el centro de la escena y confrontando con él a las figuras más desprestigiadas del kirchnerismo. Y complicó en cambio la pretensión, que puede ser o no de Francisco pero es la de la oposición más virulenta, de interpretar la Argentina actual con esas ideas. Ante todo porque tenerla a la jefa de las Madres de interlocutora era mucho más riesgoso que tenerlo a Casanello, o mandarle un rosario a Milagro Sala. Y se demostró apenas ella salió de la audiencia y la usó para justificar un eventual estallido de “violencia popular” contra Macri y homologar la situación del país con la de 1955. Puso así en evidencia lo absurdo de pensar las disputas actuales como una lucha a muerte entre liberales y populistas, y hasta obligó a voceros papales a refutar esa versión.

En suma, Bonafini en Roma dio pasto a la tesis del gobierno: que si Francisco es reconciliación global, sólo Macri lo puede ser en estos pagos. Por más que aquél rechace la mano que se le tiende desde aquí. Que es probablemente lo que quede como saldo del entrevero sobre las Scholas. Y pese a que el Vaticano actuó sin avisar ni darles a las autoridades ocasión de buscar una salida elegante, y fundamentando su decisión, en línea con Bonafini, en que ellas deberían estar ocupándose de las carencias del pueblo y no lo hacen.

Puede que de un desencuentro más bien circunstancial con los Kirchner Bergoglio haya pasado a una tensión doctrinaria y por tanto más irremediable con Macri. Pero para un análisis político de lo que está sucediendo no cuentan tanto las ideas e intenciones de los actores como los efectos concretos de sus acciones. En lo que conviene reconocer un poco más de mérito y eficacia que el habitual al liberalismo argentino.

Además, aunque puede que el proyecto populista finalmente fracasara más por errores de sus conductores que por eficaces reflejos republicanos del resto del país, lo seguro es que para que lo mismo no suceda a Macri y su proyecto no les va a convenir polarizar con el Papa. Ni ignorar sus planteos. De los que cabría extraer la sugerente recomendación de practicar un “sano populismo”, así como el propio Bergoglio debió practicar en su momento un “sano laicismo”.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 15/6/16

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Río Cuarto: opciones y lecciones difíciles para Macri

¿Hizo bien el presidente al involucrarse en la competencia municipal de esa ciudad cordobesa, o debió dejar a los radicales locales librados a su suerte?

 

Es la típica ciudad de servicios de un área de producción agropecuaria muy rica, por lo que se entiende que en su electorado predomine la clase media, relativamente independiente y móvil, acostumbrada a cambiar de preferencias según los rendimientos que le ofrezcan los distintos niveles de gobiernos.

 

En ella la última gestión radical dejó bastante que desear, y la oposición peronista, con apoyo de la gobernación, presentaba un buen candidato, poniendo en aprietos a la alianza gobernante a nivel nacional.

 

En una provincia que votó siempre a radicales o peronistas y fue el distrito más enojado con el kirchnerismo de todo el país desde el principio hasta el final, y el que en la última elección hizo más por llevar a Macri a la presidencia, logrando éste lo que en ningún otro lado: que una parte importante del voto peronista lo acompañara.

 

Ofrecía, por ello, tanto oportunidades como desafíos para la alianza gobernante: ¿debía Macri desentenderse de la suerte de sus socios radicales, porque si perdían se lo tenían merecido y no le convenía poner en riesgo su buena relación con la dupla De la Sota – Schiaretti, cuyos votos en el Congreso nacional necesita más que una intendencia de medianas dimensiones del sur cordobés?, ¿o debía jugarse a consolidar una coalición política y electoral que va a necesitar fuerte en todo el territorio, si pretende convertir su episódica victoria de 2015 en el inicio de un nuevo ciclo político, y a su fuerza en un verdadero partido nacional, competitivo en todo el territorio?

 

Lo cierto es que hizo esto último, y muy bien no le fue, porque una parte importante de los riocuartenses que lo habían votado con las dos manos el año pasado (en esa ciudad obtuvo entonces 72% de los votos) y que todavía simpatizan con su gobierno, entre otras cosas porque sus medidas de ajuste no los han afectado demasiado y los cambios de precios relativos los beneficiaron, ignoraron su llamado a votar al candidato de Cambiemos y apoyaron al de Unión por Córdoba.

 

El resultado demuestra, por si hacía falta, que el peronismo, cuando no está en el gobierno nacional, es ante todo territorio y sindicatos. Y sabe defender esos dos frentes con uñas y dientes, sabe prosperar aún en la adversidad ofreciendo atractivas figuras y fórmulas políticas que combinan cooperación y oposición frente a las autoridades nacionales. En suma, sigue siendo un adversario formidable.

 

¿Debió Macri haberse abstenido de participar, rechazando la presión de sus socios radicales para que se involucrara en esta primera batalla electoral de su período en la Casa Rosada, que suponía sin duda más riesgos que ventajas, y le ha impuesto con este resultado un ahora más indisimulable costo político?

 

Puede que sí, pero importa destacar y valorar las razones por las que finalmente adoptó la decisión de involucrarse: tal vez pesó en alguna medida un diagnóstico exageradamente optimista sobre su capacidad de torcer la competencia, pero también seguramente lo hizo la voluntad de competir con el peronismo en su terreno y consolidar sus alianzas políticas. Y dejar en claro esa voluntad puede que compense el costo que se pagó.

 

En 1985 Alfonsín enfrentó un dilema similar. Los peronistas de provincia que le ofrecían cooperación en el Senado, una cooperación que él necesitaba más que el aire para sobrevivir, le reclamaban que no interviniera en la competencia legislativa en sus distritos. El presidente finalmente aceptó el juego, al menos en algunos distritos que consideró “sacrificables”. Hubo un caso bastante llamativo en San Luis, donde los candidatos radicales tenían buenas chances de desbancar a los de los Rodríguez Sáa, que recién empezaban a poner las bases de lo que sería una hegemonía perdurable y cada vez menos disputada. Esos radicales fueron abandonados a su suerte desde el gobierno y la UCR nacionales, y ya no se supo nada más de ellos. Finalmente Alfonsín lograría mantener acuerdos mínimos de gobernabilidad en el Senado, pero su capacidad de disputarle el territorio al peronismo se derrumbaría dos años después, en 1987, y su partido ya nunca más lograría por sí mismo disputarle la mayoría nacional al PJ. Tal vez Macri haya estudiado el caso y decidió en consecuencia seguir otro camino.

por Marcos Novaro

publicao en TN.com.ar el 13/6/16

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Tarifazos: la ética de las correcciones contra la del psicópata

Es bueno corregirse, pero no tanto. Si el gobierno sigue abusando de esa virtud que enarboló al asumir, “somos humanos, nos equivocaremos pero vamos a corregirnos” puede terminar abonando la nostalgia por su antítesis, los psicópatas negadores.

 

El ministro Frigerio celebró una vez más la sensata disposición a corregirse con que asumió el gobierno Macri, esta vez para defender a su colega Aranguren, a quien el presidente también ratificó en su cargo, ante la ola de correcciones parciales pero no menores de los tarifazos en los servicios registrada en los últimos días.

 

Frente a la delirante autocelebración que practicó el kirchnerismo es claro que esa disposición es un gran salto adelante, si no para la humanidad, al menos sí para la argentinidad. Pero tampoco hay que abusar y menos en cuestiones tan sensibles.

 

Salió a burlarse de Frigerio y Macri el ex ministro Kiciloff, que termina haciendo siempre de involuntario propagandista del gobierno de Cambiemos: si bien es cierto que andar pidiendo perdón todo el tiempo no es algo muy recomendable, que se lo reproche justamente él, y con ese tono burlón entre catedrático y adolescente que lo caracteriza, no hace más que resaltar el avance que significa haber pasado a ser gobernados por humanos, después de haberlo sido por pretendidos semidioses. Mientras esas sean las críticas que reciba, no va a hacer falta que el gabinete macrista haga recambios, ni siquiera que se esmere demasiado por explicarse ante la sociedad.

 

Pero como sea, lo cierto es que el patinazo con las tarifas sucedió, y no fue una cuestión menor. El gobierno se había tomado su tiempo para hacer las cuentas y resultó que igual las hizo bastante mal, golpeando con subas mayores a las anunciadas a sectores económica y políticamente muy sensibles, pymes de todo el país, familias de ingresos medio bajos ya en problemas por la situación económica general, etc.

 

Y no tuvo reflejos para arreglar el lío lo suficientemente rápido. Empezó a anunciar sus celebradas correcciones cuando ya gobernadores y representantes sectoriales estaban consiguiendo que varios jueces les dieran la razón, y retrotrajeran la situación al momento inicial. Lo que más que en una corrección puede convertir todo el entuerto en un sonoro fracaso.

 

Todo esto, para colmo, en la cuestión más sensible de las muchas cosas sensibles que tienen que resolver en estos meses, que ellos mismos reconocen son los más complicados de su gestión. ¿Cómo pudo ser que se equivocaran tan fiero?

 

Convengamos en que el recorte de subsidios a los servicios públicos era lo más impopular que tenía que hacer el nuevo gobierno. Aunque se hiciera bien iba a traer problemas. Convengamos también en que no era postergable ni podía hacerse muy gradualmente, menos que menos si al mismo tiempo se quería en lo posible mejorar e incrementar el gasto social, concentrando los subsidios en los que sí lo necesitan. Aumentar la AUH, reducir el peso del IVA para los más pobres, y encima financiar la tarifa social, todo junto y rápido, exigía un salto importante en el costo de los servicios para todos los demás sectores de la sociedad y las empresas.

 

Pero precisamente por todas estas consideraciones calcular bien cuál iba a ser el aumento para los distintos tipos de hogares y las distintas regiones del país, y sobre todo para las empresas que usan intensivamente gas y electricidad era fundamental.

 

Y parece que no se hizo bien. Ni técnica, ni políticamente. Porque no pinta que lo que sucedió fue sólo que un funcionario que usó mal la planilla de Excel. Parece que los mecanismos de coordinación y comunicación entre los miembros involucrados del gabinete fallaron.

 

Errar es humano. Y menos mal que quienes nos gobiernan se consideran a sí mismos humanos. Pero sería bueno cuidarse de no abonar la tesis de quienes buscan convencer de nuevo a los argentinos que lo más cool es no comportarse como tales, que conviene que nuestros gobernantes no reconozcan nunca error alguno y se dediquen a descargar culpas en los demás para zafar, porque aunque así no resuelvan los problemas nos ofrecen una ilusoria omnipotencia en la que regodearnos.

 

Sería bueno que el oficialismo advierta, además, que aunque el kirchnerismo esté en descomposición, y tenerlo entonces de vocero de las críticas le resulte muy redituable, las premisas culturales con que él trabaja, y en particular esta ética del psicópata que practicó tan sistemáticamente para lavarse las manos de todos los problemas, goza de muy buena salud.

 

Porque esa ética del psicópata no la inventó él, no guio sólo sus actos, anima en gran medida del sentido común público del argentino medio, que practica la descarga de responsabilidades en los demás siempre que puede.

 

Si el gobierno asume que está peleando no sólo contra el remanente de dirigentes kirchneristas, que en verdad no son una real amenaza sino una ayuda, sino contra una cultura política mucho más perdurable y amenazadora, entonces tal vez encuentren la energía necesaria para cuidarse de cometer tantos errores, y pueda fortalecer el tipo de confianza con que pretende sustituir tantas décadas de manipulaciones.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 6/6/16

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Massa planea repetir con Macri en 2017 lo que hizo con Cristina en 2013

De la mano de Stolbizer espera dividir el voto no peronista bonaerense, como hizo tres años atrás con el voto peronista del distrito. Y asegurarse así un triunfo decisivo en la nueva carrera presidencial, que buscará aprovechar mejor que la vez pasada.

 

Massa pasó en pocas semanas de ser el peronista preferido de Macri, papel que cumplió bien colaborando en la salida del default, a encarnar sus mayores dolores de cabeza, legislativos y electorales.

 

La ley antidespidos tuvo su papel en ello. Pero no fue lo único. Sucede que Massa necesita diferenciarse más del gobierno desde que éste aceleró el ajuste de tarifas y quedó así más expuesto a las críticas. Pero también como consecuencia de una frustración y un éxito propios.

 

La frustración fue ver que el peronismo territorial y sindical se recomponía más rápido de lo previsto y se lanzaba a ocupar el rol de oposición con su arco de halcones y palomas. El éxito, el entendimiento que el líder del FR logró con Stolbizer, Donda y demás referentes de la centroizquierda.

 

En ese panorama, que tiene su peor costado en el lanzamiento de Florencio Randazzo como candidato bonaerense para el año que viene, el mercado electoral que tiene más chances de captar el FR para mantener en pie su proyecto se superpone en gran medida con el que necesita retener Cambiemos. Por lo que el tigrense debe hacer esfuerzos extras para ser visto como el más cercano de los candidatos peronistas por los votantes que no lo son, en particular los de sectores medios independientes, levantando las banderas que Macri izó en 2015 pero que, en un arranque difícil de su gestión, le costará retener: desarrollo y modernización sin mayores costos para el empleo y el consumo, transparencia y lucha contra la corrupción, independencia frente a los aparatos políticos. En suma todo lo que Stolbizer, aunque se haya quedado casi sin votos el año pasado, puede ayudar ahora a Massa a representar.

 

El origen del choque entre Macri y Massa, en suma, está en que ambos deben lidiar con un peronismo menos dividido que en el ocaso del kirchnerismo. Claro que en ese PJ en recomposición las cosas no son sencillas. Pero sus capitostes vienen piloteando mejor de lo esperado una “renovación desde adentro” que evitaría nuevas fugas y hasta devolvería al redil a algunos massistas y antikirchneristas desencantados.

 

Entre Randazzo, Scioli, Bossio y Cristina es difícil que se entiendan. Pero con una conducción “neutral” como la que ejerce Gioja y la ayuda que proveen las PASO es probable que no hagan falta demasiados acuerdos: la fragmentación actual puede decantar sin grandes conflictos, por el común temor a que los contrarios saquen ventaja y la propensión a relativizar las diferencias programáticas cuando las conveniencias electorales mandan. Para casi todos ellos es fácil coincidir, además, en un punto medio entre la nostalgia por los buenos años pasados de la fiesta populista y la promesa de un futuro mejor con cierta dosis de desarrollismo pro empresario. Sin hacerse cargo en el medio de ninguna de las dificultades de la transición en curso.

 

Si lo logran no habrá tres ofertas de corte peronista en la provincia si no dos, y la competencia será entre tercios, igual que en 2013, sólo que con candidatos y acentos algo distintos que entonces. En particular para el massismo, si logra colocar finalmente a Stolbizer al tope de las listas para el Senado o Diputados.

 

La jefa del GEN podrá entonces hablar en nombre de Massa contra la corrupción, contra la reelección indefinida de los intendentes tan o más convincentemente que Carrió, y también hacerlo contra los tarifazos que golpearon a la clase media. Si mientras tanto en el PJ la paz sellada por Gioja y los gobernadores no salta por los aires, y los candidatos “renovadores” pejotistas como Randazzo prosperan, todo el escenario de competencia se volcará al terreno del no peronismo, donde el voto es por tradición más móvil.

 

Para Cambiemos este escenario no fue del todo imprevisto. Lo cierto es que buscó evitarlo, aunque tal vez no con el suficiente empeño. Además de ofrecerle una opción más tentadora a Stolbizer que representar de vuelta a su provincia en el Congreso, como pudo ser un lugar en la Corte, había que ocuparse de sus seguidores, que han perdido casi todos sus cargos por la muy mala performance de 2015 (situación que diferenciaba el caso de la líder del GEN de la de Lousteau, a quien le costaba muy poco desentenderse de sus apoyos para irse a Washington). Y además lo de la Corte debió plantearse antes de promover a las apuradas a Rosencrantz y Rosatti para los puestos disponibles, o junto a un compromiso para ampliar el número de jueces. ¿El retiro de Highton de Nolasco llegará a tiempo para hacer un lugar?

 

Por de pronto, Margarita y Massa avanzaron en su entendimiento, y ahora la matemática electoral es ya difícil de alterar: cada voto que Massa logre cosechar el año próximo le dolerá doble a Macri, porque será uno esencial para consolidar su coalición, así como lo fue el año pasado para catapultar a Vidal a la gobernación y a él a la presidencia.

 

Encima con un massismo más perfilado en el campo no peronista y una competencia a tres bandas que invierte los papeles que cada parte desempeñó en 2015 se complican todos los planes políticos del oficialismo, no sólo los electorales, y tal vez no sólo los bonaerenses. Ante el asedio que le plantea esta competencia, ¿cómo saber con qué sector peronista negociar, a cuál conviene fortalecer como interlocutor, si cualquiera de los bandos de ese arco puede terminar volviéndose el verdugo de Cambiemos en el corto plazo?

 

Las esperanzas del oficialismo dependen, primero, de que Massa pierda apoyos peronistas que conserva si promueve a la ex radical como cabeza de lista en su provincia. Pero eso es difícil que suceda si el tigrense logra convencer a los intendentes que aun están en el FR de que con esa candidata tienen más chances de ganar.

 

Y segundo, de que este cuadro de competencia entre tercios a costa del oficialismo no se nacionalice y la situación bonaerense vuelva a ser, como en 2013, una excepción.

 

Esto último es más probable porque el problema de Massa sigue siendo el mismo que tres años atrás: lo que funciona en su distrito no es fácil de replicar en el resto del país. En ese caso aunque para Macri la provincia sea un grave dolor de cabeza, no le impedirá hacer avanzar a su coalición en el interior (para lo que necesitará más Plan Belgrano y menos Fondo del Conurbano). Ni el choque con Massa bloqueará acuerdos puntuales para las leyes que necesita, al menos mientras el peronismo oficial siga en alguna medida disperso y muy necesitado de recursos, dada la enorme cantidad de cargos ejecutivos deficitarios que ejerce.

 

En suma, todavía Cambiemos tiene muchas cartas que poner sobre la mesa. Sólo que el juego en que está inmerso, y esto no lo va a poder cambiar, sigue siendo en gran medida una interna abierta del peronismo; frente a la cual plantear entendimientos globales y de largo plazo carece de viabilidad.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/5/16

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Adiós a Pat Derian

Patricia Derian murió la semana pasada en EEUU. A fines de los años 70 Derian lideró la Oficina de Derechos Humanos del Departamento de Estado, durante la presidencia de Carter. Desde allí, llevó la pregunta por los desaparecidos y los centros clandestinos de detención en Argentina al tope de la agenda de política extranjera de su país. Fue una persona de enorme valor para muchos que salvaron su vida gracias a su intervención, para el naciente movimiento de derechos humanos y para la visibilización de lo que la dictadura ocultaba. Hacia el futuro, su intervención significó una visión y un potencial de las relaciones internacionales un poco más allá del pragmatismo de los “intereses nacionales”.

Hace más de diez años la entrevistamos junto a Marcos Novaro en su casa de Chapel Hill y nos contó su vida desde joven. La entrevista dura 3 horas y hoy es parte de la Colección de Derechos Humanos del Archivo de Historia Oral de la Argentina. Más abajo reproducimos un fragmento de la entrevista. Lamentablemente no hemos tenido tiempo traducirla y colocarle subtítulos, pero aún en idioma original creemos  tiene un enorme valor. Derian habló de su militancia en el Mississippi Freedom Democratic Party, que negros y blancos organizaron para terminar con la segregación en el sur de EEUU, y de tener al Ku Klux Klan de vecino, mientras tanto. Derian les decía a Videla y a Massera que sabía lo que estaban haciendo.  Le peleaba mano a mano a los sectores del Departamento de Estado que apostaban a no hacer olas, y lograba que Carter le pidiera a Videla cara a cara por Alfredo Bravo y por Jacobo Timerman.

Era una mujer de risa fácil y gran sentido del humor. Me regaló el libro cuya imagen ven más abajo. Seguro no le hizo falta porque ella lo sabía de memoria.

derian

Así la recordó ayer el NY Times

http://nyti.ms/1TM4weh

 

 

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