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Cristina, jefa de campaña de Scioli

El gobernador bonaerense se afirma como candidato oficial a la sucesión. Mientras, la presidente disfruta de cierto brillo crepuscular en el ocaso de su mandato. Ella interpreta que ese brillo, más el temor que con bastante éxito viene cultivando en la opinión a “perder lo que tenemos” le alcanzan para hacer las veces de gran electora en 2015, para dejar sembrado el sistema político (igual que la administración) de sus acólitos y limitar al máximo la autonomía de la dirigencia del PJ. Que empezando por el propio Scioli ensaya otra de sus cíclicas amnesias de lealtades juradas.

Cristina y los suyos enfrentan de todos modos un dilema a este respecto: su popularidad remanente en la sociedad se origina en gran medida en la perspectiva de su salida, y en la percepción colectiva de que ella está cada vez menos envuelta en las batallas del momento y va de camino a ingresar al panteón, controvertido pero broncíneo al fin, de los ex presidentes; por lo que puede muy bien suceder que en caso de oficiar de jefa de campaña, o peor todavía de candidata a algún cargo electivo, pierda buena parte de ese brillo y del capital político que necesita conservar para, eventualmente, volver más adelante al ruedo.

El sciolismo, claro, tiene sus propios motivos para desaconsejarle un rol protagónico en la que espera sea su consagración electoral. Con Cristina jefa de campaña o candidata, aunque sea a una intrascendente banca del Mercosur, será difícil probar que hay algo de cambio en la continuidad que la ola naranja promete. Y podrían repetirse los problemas que en 2003 y 2007 enfrentaron los candidatos oficialistas, sin ninguna de las ventajas de entonces: porque se instalaría la idea de que se ofrece a los votantes un candidato vicario, que estará condenado en caso de resultar electo a ejercer sólo parte del poder, y encima sin el empuje de un proceso económico que haga pensar, como sucedió en alguna medida en esas ocasiones, que él no necesitará ejercerlo en plenitud, o bien que podrá con el tiempo corregir ese déficit.

Así, aunque ya la candidatura de Scioli es un hecho casi inescapable para el kirchnerismo, y tan es así que sus sectores de izquierda se apresuran, tal como hicieran con el papa Francisco, a arriar y en lo posible borrar las duras impugnaciones con que hasta hace poco lo combatieran, lo que no está para nada claro todavía es en qué términos convivirán unos y otros. Para el sciolismo sería aceptable que Cristina reine pero ya no gobierne, para el kirchnerismo Scioli debería aceptar que su llegada al gobierno no significará su conquista del poder. Un conflicto en que se enfrentan, hay que destacarlo, no sólo intereses, el de los kirchneristas de perdurar, el de Scioli de ganar la elección e inaugurar su propio tiempo; sino sobre todo percepciones contraditorias. Más difíciles de conciliar pues, como se sabe, las ideas no se negocian tan fácilmente como los intereses.

Para los kirchneristas la persistente popularidad de su jefa es prueba de que su liderazgo no responde a los transitorios mandatos electivos, sino a las perennes pasiones populares. De allí que pueda trascender a las reglas de la institucionalidad democrática, que si no se ha podido amoldar a sus necesidades y tiempos peor para ella.

Es curioso que para justificar esta idea se recurra a comparaciones con Bachelet y el PS chileno, o Lula y el PT, pues lo que siempre distinguió a Cristina fue que nunca le interesó ser jefa del partido al que pertenece. Por lo que es natural que ahora le resulte más difícil controlarlo: las mayores muestras de debilidad que brindó el Ejecutivo en las últimas semanas, las disidencias de los senadores oficialistas a varios de los proyectos de ley por él impulsados, la rebelión de los jueces federales en casos de corrupción que involucran a las más altas autoridades, el fracaso en contener a los gremios del transporte en sus reclamos contra Ganancias y por un bono de fin de año, y la reunión en Mendoza en la que los jefes provinciales consagraron a Scioli como primus inter pares, hablan todas del mismo problema en su relación con el peronismo.

Y todas ellas alientan a los aspirantes a protagonizar en su seno la próxima etapa a no dejarse impresionar por el brillo crepuscular de la imagen presidencial. Para ellos, que la sociedad haya pasado de estar dominada en el período 2012-3 por pasiones a favor y en contra de Cristina, contraponiéndose entusiasmos, frustraciones y rencores de distinta intensidad, pero todos más o menos pasajeros, a un cuadro en que lo que predomina es el cansancio y el temor, pues casi todos han tenido tiempo de resignarse y a la vez convencerse de que en lo inmediato y antes de posibles mejoras la situación tenderá a empeorar, ofrece una imperdible oportunidad para su propio reciclado: les puede permitir dar vuelta la página de su adhesión al “modelo” sin que el partido sufra tantas tensiones como en 1985-9, o en 1999-2003. Y es natural por tanto que adhieran en general a Scioli, quien sintetiza mejor que nadie esa mezcla de temores y nostalgias.

El punto de equilibrio entre el “que reine pero ya no gobierne” y su opuesto “Scioli al gobierno, Cristina al poder” es de todos modos posible. Y está dado por una coalición electoral aún viable entre todos los que han sacado algún provecho de las políticas de estos años, que como se sabe, son realmente muchos y diversos. Para el oficialismo sería relativamente fácil retener el grueso del voto de sectores bajos que dependen del presupuesto público, y donde el temor a lo que se viene es más pronunciado. A su público de izquierda cree tenerlo asegurado, más todavía a la luz del curso declinante de FAUnen. Y además no hay que exagerar el volumen real de este sector en la sociedad. Así que su desafío es competir por los dubitativos, más moderados, ideológicamente indefinidos, o directamente de derecha. Y allí Scioli puede hacerlo tan bien como Macri y Massa. Con sumar parte de ese voto y asegurarse la fragmentación del resto podría llegar al 40% con 10 puntos de distancia con el segundo, y liquidar el asunto en primera vuelta. Una estrategia de “catch all”, con luchas contra los buitres y el imperialismo mientras se alimenta la bicicleta financiera con bonos de todos los colores, amenazas a los empresarios especuladores que se fugan al dólar o aumentan los precios, a Clarín que sigue “manipulando las conciencias” y también a los gremialistas y las “izquierdas maximalistas” que desestabilizan con sus protestas, incluso ahora a los extranjeros indocumentados, todo al mismo tiempo, sólo en apariencia es un abandono del ideario oficial. Porque siempre ese ideario combinó dosis parejas de fanatismo y oportunismo. Como viene haciendo Scioli desde hace años, diciéndole a cada uno lo que espera escuchar.

Así las cosas, el principal obstáculo que enfrenta el oficialismo para lograr su continuidad no son las distintas versiones que de ella se hacen sus facciones, sino la resistencia social a adoptarla como mejor futuro posible. Y por más que se frustre una amplia coalición opositora, seguirá habiendo un mecanismo a para que esa resistencia se exprese, que el propio kirchnerismo le proveyó: sea en dos, tres o más fórmulas, los opositores podrán usar las PASO como gran interna entre ellos, predisponiendo a los electores, acostumbrados a un uso estratégico del voto desde hace ya tiempo, a apoyar al mejor situado de todos ellos en la primera vuelta.

-publicado en perfil.com el 23/11/2014

Posted in Politica Argentina.


UCR, atrapada entre Massa y Macri

Un fantasma recorre la UCR, uno que asusta con repetir el año que viene ya no la mala elección que hizo Ricardo Alfonsín en 2011, sino la pésima que hiciera Leopoldo Moreau en 2003. Con lo cual el radicalismo vería pasar la oportunidad que representa el final del kirchnerismo, y que sus dirigentes creen muy merecida, de recuperar su tradicional espacio como partido nacional. Y se daría continuidad a los cismas y la sangría de votos que llevan ya más de una década y para muchos de ellos es peor que una muerte súbita.

Muchos en la tropa de Alem e Yrigoyen aprietan los dientes y se niegan a ceder al temor, creen que aunque hoy Cobos y más todavía Sanz están bastante debajo de los 10 puntos de intención de voto, pueden levantar si FAUNEN deja de desangrarse en disputas intestinas. Sobre todo porque la sociedad se está cansando del peronismo y necesita una alternativa progresista ante el giro conservador que encarnan todos los demás candidatos. Con esa idea formaron a comienzos de este año la alianza con las fuerzas de centroizquierda y con Carrió: mantener vivo el sueño socialdemócrata de 1983, aun cuando los vientos no sean muy favorables.

Pero un buen número de radicales tiende a pensar que la opción no es entre Cobos y Sanz, ni entre uno de ellos y Binner, que tampoco está siquiera cerca de repetir los guarismos de 2011, sino entre Macri y Massa. Este sector de la UCR está a su vez dividido, y no sólo por la opción entre esos dos candidatos. Algunos creen que participar de la competencia nacional será por completo estéril, y el partido debe empezar por recuperar los espacios provinciales y municipales perdidos desde los años noventa, que en su caso vendrían a ser los añorados noventa. Para lo cual lo mejor es no atarse a ninguna fórmula presidencial, o atarse moderadamente a varias a la vez para que todas sumen a sus listas distritales, o por lo menos no les resten.

Una pregunta que cabe plantearles es si esta resignación a no tener apuesta nacional puede ser pasajera o terminaría retroalimentándose, y por tanto volviéndose irreversible. ¿La UCR no se estará convirtiendo en el simil argentino del PMDB brasileño?, una fuerza que fue importante en la transición democrática de nuestros vecinos, pero aunque sigue hoy teniendo unos cuantas gobernaciones, intendencias y bancas legislativas, desde hace años sólo pesa a nivel nacional como “socio segundón de”, primero del PSDB, y después del PT.

Otra cuestión, relacionada a lo anterior, es si esta actitud no vuelve a los radicales aliados tan poco confiables como escasamente útiles: dado que privilegiarán sus espacios territoriales y se sacarán fotos con todos los candidatos nacionales que puedan pero no se casarán con ninguno, a éstos podría convenirles participar del juego pero no tomárselo muy en serio. Esta es una sospecha que pesa sobre todo en el macrismo: ¿para qué ir atrás de acuerdos con una dirigencia que adoptó el estilo oportunista y ventajero de los peronistas pero carece del espíritu de cuerpo que a éstos les permite, llegada la hora, actuar en conjunto para sostener a un caudillo electoral y a un gobierno, y que encima no van a poder evitar que quienes los votan en sus distritos se inclinen solos en las presidenciales por alguno de los candidatos a los que quieren cobrarles un peaje ilusorio?

Si Macri revisó este escepticismo en los últimos días, aclaremos, no fue porque pagar por un apoyo que cree poder conseguir gratis le convenza, sino porque en su prescindencia le dejó abierta la puerta a Massa. A quien no le interesa tanto que los radicales sean poco confiables, pues necesita menos asegurarse su lealtad: le alcanza con que nadie obstruya su camino al ballotage y para eso apuesta a borrar lo más posible las fronteras partidarias, las del peronismo y también las radicales. Lo que puede lograr con meras fotos, como las que consiguió con Morales, Cano y Artaza, en Jujuy, Tucumán y Corrientes, y la que acaba de perderse el jefe del PRO en Entre Ríos, a raíz de su indisposición a ceder más lugar a los radicales del distrito.

Ante los peligros de volverse una desagregada cantera de ubicuos y poco respetados caudillejos locales, quienes rodean a Sanz y algunos más están tratando de definir una estrategia nacional que les permita escapar a la mochila de plomo en que, a sus ojos, se convirtió el FAUnen. Pero es inevitable que les cueste optar entre las ventajas de hacerlo en dirección a Macri o a Massa.

El PRO es más afín al credo no peronista y a la idea de que los partidos deben reconciliarse con la sociedad, dos cosas que obsesionan a la mayoría de los líderes de la UCR. Como tendría pocos legisladores propios en caso de ganar, Macri sería mucho más dependiente que Massa del apoyo que aquellos le seguirían ofreciendo. Por lo que podrían cobrárselo más caro, tanto para bien de sus bancadas legislativas como de sus gobernadores e intendentes. Pero ojo: hasta hace poco se pensaba que como el PRO tiene poca implantación territorial sería más generoso con la que le ofrecieran desde la UCR; pero esto no ha sido tan así pues los macristas se convencieron de que debían presentarse como “lo nuevo” contra la “vieja política”, que incluye también a la boina blanca, y que les convenía premiar a leales que garanticen hacer campaña por su jefe. Desde que el PRO adoptó esta tesitura, más “mezquina” al menos a los ojos radicales, muchos empezaron a pensar que Macri está poseído por el espíritu alternativista y antirradical de Chacho Álvarez y no debían repetir la historia de juntarse con quien no quiere aliados sino apenas un aparato que vampirizar. Además, si llegara a ganar el PRO con estas ideas, y en la oposición quedara un PJ en alguna medida inclinado hacia la izquierda y el populismo, ¿cuál sería el futuro de la UCR sino languidecer como furgón de cola de una fuerza hegemónica en el centroderecha?

El tigrense tal vez en un principio necesite de los legisladores y caciques locales radicales, pero en cuanto logre reunificar al peronismo dejaría de precisarlos. Ello supone una desventaja, menos pagos por colaborar con su gobierno, pero también implicaría un horizonte de mayor viabilidad para la UCR: una vez reunificado el peronismo, lo que quede fuera podría volver a encolumnarse detrás del centenario partido y dejar de responder a ese horrible e inasible mote de “no peronismo”, que a los radicales los deja sin destino. Pero por sobre todo es esperable que el FR sea más generoso con los candidatos locales de la fuerza, al menos allí donde no tiene chances de seducir a sectores importantes del PJ. Ello les ofrece a la UCR la posibilidad de cobrar en moneda contante y sonante, apoyo en competencias que creen poder ganar, por simples fotos.

Así las cosas, lo que es seguro es que a los caciques radicales, como al grueso de los peronistas, les conviene seguir oteando sus cartas y las de los demás el mayor tiempo posible, y mientras tanto consolidar sus propias candidaturas, mostrarse abiertos a todos los arreglos posibles, y tratar de cazar todo tipo de votos y apoyos. En un sistema donde casi ya no hay partidos, competir es en esencia personalizar las opciones lo más posible. Si lo hacen los presidenciables, ¿por qué no los habrían de imitar los demás?

De pensar estrategias más serias y de largo plazo que se ocupen otros. Por caso, Sanz. Pero ojo: las dificultades de la opción que éste prefiere no provienen solo del oportunismo y la falta de colaboración de sus correligionarios, son también intrínsecas a ella: por más que el senador mendocino y Carrió se devanan los sesos para imaginar la fórmula de un entendimiento con PRO, no pueden escapar a la disyuntiva entre resignar la presidencia y nominar a Sanz como vice de Macri, lo que implicaría para el resto de los radicales una concesión difícil de digerir, o plantearse una competencia con el macrismo que no pueden ganar, corriendo el riesgo de quedarse sin nada, incluso resultar muy perjudicados en la asignación de bancas legislativas. Es comprensible que incluso muchos simpatizantes del jefe de la UCR se inclinen entonces por dejar las cosas como están a nivel nacional, respaldar a Cobos como la opción menos mala, incluso acompañar a Binner, y priorizar la competencia allí donde tienen algo más o menos cierto por alcanzar.

 -publicado en tn.com.ar el 17/11/2014

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Cristina agotó su cuota de internaciones heroicas

Entre los dispositivos de marketing que inventó o reinventó y potenció el kirchnerismo en estos años uno de los más llamativos y trajinados fue el de las “internaciones heroicas”. A través de ellas, Néstor primero y luego Cristina escenificaban el sacrificio personal del líder en aras de la causa nacional y popular, y sus seguidores la devoción hacia ellos, y más en general el irrompible vínculo de amor y lealtad, real o pretendido, entre el pueblo y su jefe.

La ética del aguante proveía en esas ocasiones el cemento necesario para fraguar una relación apasionada y por tanto acrítica, incuestionable. Porque el aguante ofrece el punto de encuentro ideal entre sacrificio y devoción. Tenía aguante el líder, que llevaba al límite su estado de salud y ponía en riesgo su propia vida, y tenían aguante y “le hacían el aguante” los militantes, dándole a aquél fuerzas para seguir adelante. Un tema, como se sabe, con larga tradición en el peronismo desde la trágica enfermedad y muerte de Eva Perón.

Lo explicó con inesperada claridad Máximo Kirchner semanas atrás, en su hasta aquí único discurso público: según él en octubre de 2010 los militantes kirchneristas habrían probado que para ellos no corre esa conocida máxima pejotista según la cual a los líderes se los sigue “hasta la puerta del cementerio” pero sólo hasta ahí. El hijo de la presidente dio a entender así que lo sucedido con la muerte de su padre, y por extensión lo que se puede esperar suceda con el final del mandato de Cristina, hay que interpretarlo en la clave emotiva y en los tiempos largos propios de los liderazgos perennes, como el de Evita, y no en los cortos y transaccionales de quienes sólo han llegado a ser funcionarios a término o fugaces jefes partidarios.

Pero si esto es así ¿por qué entonces en la internación que Cristina padeció la semana que pasó no hubo nadie acompañándola? ¿Se cansaron los militantes? ¿O ellos temieron que los votantes se estén cansando o ya se hayan cansado? En principio, lo que es seguro es que el dispositivo perdió eficacia y los kirchneristas lo saben. Como en muchos otros terrenos, el oficialismo sufre fatiga de materiales, un creciente deterioro de sus instrumentos de poder y marketing, que ya no está a tiempo ni tiene los recursos necesarios para reemplazar por otros.

No hay que descartar que haya habido también algo de plan en “dejar sola” a Cristina: si la imagen de los leales militantes rodeando el sanatorio o la clínica (nunca el hospital público) en donde la presidente yace en cama ya no sirve, tal vez llegó la hora de apostar a que sirva una variante, la mandataria sufriendo sus dolencias casi en soledad, sobreactuando su debilidad para generar, si no una renacida devoción, al menos temor a lo que podría suceder si su salud se sigue deteriorando. Temor que, como es fácil advertir por otros muchos indicios, se ha vuelto el principal argumento en manos del gobierno: la opinión pública ya no espera que las cosas mejoren, ni siquiera sus fracciones más oficialistas, apenas ansía que dejen de empeorar, y con toda lógica se estima que una Cristina fuerte puede presentarse como condición para lograrlo.

Esta generalización del miedo a lo que se viene puede ayudar a entender también el porqué del silencio opositor ante la enésima internación de la presidente, y que los aspirantes a la sucesión no hayan reclamado como otras veces información más fidedigna sobre lo que le sucedía, el tratamiento que sigue, sobre quién está al mando en su ausencia, etc. Ellos y sus partidos saben que no pueden ofrecer ninguna vía alterna para mejorar la situación, al menos no antes de diciembre de 2015, y ni siquiera están en condiciones de garantizar que el cambio que propugnan a partir de entonces vaya a ser fácil, rápido y sobre todo incruento, pues aun quienes prometen votarlos comparten el temor a que las cosas sean bastante complicadas y vayan para peor antes de poder mejorar. De allí que no les convenga agitar mucho las aguas con el vacío de poder, la ausencia de recambio, la desorientación o el inmovilismo que crecientemente afecta áreas críticas de la gestión de gobierno. Ni siquiera denostar a Boudou sirve ya para sumar adhesiones, dado que todos saben lo que el vicepresidente representa y nadie quiere que le recuerden que Cristina podría llegar a dejarnos en sus manos si las dolencias que la aquejan se agravaran.

Letargo y espera, en consecuencia, es lo que caracteriza la política de nuestros días. Y sea por un motivo o por el otro, no parece que haya muchos interesados en que deje de ser así. Tal vez los más entusiastas de los opositores lo intenten, pero corren el riesgo de que los señalen ya no sólo como agoreros sino como promotores del caos y la sociedad atemorizada les dé la espalda. También puede que los más entusiastas oficialistas vuelvan a las calles y los actos en los próximos días para mostrar que su pasión militante está incólume, pero los que cuentan en el campo oficial, Scioli, los demás jefes territoriales y los funcionarios que como Kicillof, Randazzo, Berni e incluso los camporistas más pragmáticos están trabajando por hacerse un futuro más allá de la salud política y personal de la presidente, están cada vez más en otra. Y cada día que pasa, por más esfuerzos que hace el núcleo oficial por evitar que el tiempo corra y se profundice el síndrome del pato cojo, más claro va quedando que aquellos, mientras siguen aplaudiendo y celebrando a Cristina, en lo que piensan es en cómo maniobrar en la transición para quedar lo mejor parados en la etapa que viene.

Ello dista de significar que abandonan el barco, pero para una líder que se acostumbró a ser la fuente de toda vida y esperanza para toda esa gente debe ser suficiente motivo de enojo y preocupación. Como para no tener ya ganas de ir a dar la cara al G-20. Ni de mantener con su sola palabra cotidianamente en pie la idea de que tras ella hay un gobierno en marcha. Ni de seguir sacando de la galera conejos para que parezca que las batallas inconclusas o ya perdidas aún están librándose. Porque ese es el otro dato que arroja el episodio: la fatiga de materiales está afectando cada vez más gravemente al motor y corazón del kirchnerismo, a la propia presidente.

-publicado en tn.com.ar el 10/11/2014

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La lapicera y el codo de Cristina, hiperactivos

Es todo un espectáculo ver cómo la presidente legisla a diestra y siniestra en estos días. Cada vez más frenéticamente a medida que se acerca el final de su mandato. Y casi a la misma velocidad y con igual entusiasmo va derogando normas que poco antes promoviera, y con ellas los criterios enarbolados como banderas supuestamente irrenunciables y precondiciones irreversibles para lograr un país mejor. Entre estas idas y vueltas su frenesí hiperactivo tiene poco de innovación y de destrucción creadora. Se parece cada vez más a una histeria del poder.

Sucede, se ha dicho ya muchas veces, que la presidente está empecinada en no perder poder, en escaparle al síndrome del pato cojo que afecta a los mandatarios cuando están de salida. Y a la vez trata de prolongar su proyecto y liderazgo más allá en el tiempo. Pero lograr las dos cosas, con los instrumentos que maneja y en la situación que se encuentra le va a resultar muy difícil.

Por ahora viene teniendo bastante éxito en lo primero, reteniendo la iniciativa y manteniéndose en el centro de la escena. Con ello convierte el juego de la política argentina en un presente perpetuo, y bloquea cualquier posibilidad de pensar en el futuro, prescindir de su asfixiante protagonismo y pasar a otra cosa. Lo que supondrá a la corta o a la larga un alto costo para el país. Pero también para su propio futuro: porque aunque se quiera ignorar el paso del tiempo, el tiempo sigue corriendo y en algún momento desbordará los diques que la voluntad presidencial le viene oponiendo; cuando eso suceda será como con la fuga del peso y las devaluaciones, múltiples problemas que por largo tiempo se estuvieron conteniendo se desencadenarán de improviso y todos juntos, y el fracaso coronará un ejercicio de la voluntad política que se empecinó en desconocer sus límites y burlarse de la propia historia.

La fórmula que utiliza Cristina es en esencia la misma combinación de hiperactivismo y polarización que ya practicó entre 2008 y 2011, hay que reconocer que con inesperado éxito. Pero si ganar la lotería una vez es muy difícil, ganarla dos veces seguidas es casi imposible, por más que repitamos las cábalas con las que fantasiosamente nos atribuimos un mérito que le corresponde en exclusiva a la fortuna. Indiferente a estas consideraciones y a los obstáculos crecientes que le opone la realidad, la presidente legisla como quien repite una cábala. Y no puede evitar que quede cada vez más a la vista la paradoja que enfrenta: mientras se esfuerza por seguir escribiendo el relato de su propio experimento y proyectando hacia adelante el país que desea a través de normas que supuestamente habrán de sobrevivirle y regirnos por largo tiempo, más las subordina a las urgencias de la coyuntura, y al hacerlo más rápido y abiertamente va borrando con el codo lo que acaba de firmar con la mano.

Días atrás la presidente se indignó con la promesa de algunos opositores de que derogarán o modificarán algunas de las leyes que el kirchnerismo pretende legarnos, como si su voluntad debiera ser sagrada y válida para siempre. Legados indelebles que, como para complicar del todo las cosas, en los últimos dos meses vienen multiplicándose: abastecimiento, pago soberano de la deuda, hidrocarburos, Código Civil y Comercial, pronto también el Procesal Penal, telecomunicaciones y vaya uno a saber cuántos más. Pero lo cierto es que la vocación derogadora ni queda con ello desautorizada, ni tendrá que esperar tanto como los opositores prometen y Cristina aparentemente teme: ella ya está en acción en relación a la ley de medios, a través de la de telecomunicaciones, al pago de la deuda en virtud de las negociaciones para acordar con los holdouts y tomar de nuevo deuda en el exterior, a la de abastecimiento por medio de una reglamentación con la que el Ejecutivo espera poder evitar que el empresariado se una en su contra y denuncie su inconstitucionalidad, y la lista sigue. El propio Código Civil y Comercial, la menos polémica de las últimas victorias del oficialismo en el Congreso, requerirá pronto aclaraciones de los tribunales sobre el respeto de los derechos de propiedad y otros asuntos no menores. Así, mientras más legisla, más incertidumbre sobre la validez de las normas y su perdurabilidad genera, porque la voluntad legisladora a cada paso se contradice, se pisa y desmiente.

En esta deriva de ir devorando a sus propios hijos el oficialismo cree poder de todos modos dominar el tiempo. Y lo cierto es que al menos lo ocupa y lo consume. Nos mantiene ocupados discutiendo sobre el pago soberano mientras esperamos que llegue enero y se vea si hay alguna chance de arreglar el entuerto de la deuda, para llegar aunque sea a octubre con la nariz fuera del agua. Arregla con las empresas telefónicas, derogando la ley de medios y el poder de Sabbatella, para conseguir de aquéllas algunos dólares mientras gasta sus últimos cartuchos contra Clarín, y así sigue y sigue. Dejando bien a la luz su concepción del poder: la idea de que él no sirve para solucionar problemas sino para perpetuarlos y encontrar culpables, y que las leyes no son reglas generales ni armas para reformar las conductas colectivas sino instrumentos para lidiar con casos particulares, y en particular para impugnar a esos enemigos y culpables que se ha identificado.

En los últimos tiempos el kirchnerismo logró convertir más rápidamente y sin cambios que nunca antes sus proyectos en leyes. Y nunca como ahora lo que queda como saldo es una confusión de derechos afectados, reclamos cruzados y revisiones más o menos inmediatas e inevitables de las normas promulgadas. Y es que siempre él ejerció un poder desbordante, pero lo hizo con fines y métodos en gran medida autofrustrantes, construyendo un monstruo de pies de barro. Mientras la suerte lo acompañó, logró hacer pasar el volumen de su poder por solidez, gravitar sobre los comportamientos económicos, sobre las creencias y expectativas de la sociedad y sobre los demás actores institucionales simplemente por su peso específico. Pero hoy, como la fortuna le es más esquiva y en cada uno de esos terrenos crece la renuencia a acatar su voluntad, él se esmera en ejercer al máximo su poder remanente en aquellos pocos lugares en donde la botonera todavía le responde. Es hasta lógico que así lo haga. Le convendría de todos modos hacerlo con algo más de prolijidad y cuidado, porque de tanto firmar y tachar, reescribir y desdecirse, está abonando el terreno para que los que lo sigan encaren la tarea que él más teme: poner el confuso legado kirchnerista en el tamiz y desechar todo lo que ha demostrado ser inservible, inaplicable o contradictorio.

 

publicaod en tn.com.ar el 3/11/2014

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Argentina – La política hacia una nueva Ley de Telecomunicaciones

El Gobierno volvió a sorprender a propios y extraños con el anuncio del envió al Congreso de un Proyecto para una nueva Ley Nacional de Telecomunicaciones, al que denominó Argentina Digital. El mismo busca englobar bajo una misma normativa al vasto campo de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC), alentando la confluencia de redes de telecomunicaciones fijas, móviles y satelitales para la prestación de servicios de transmisión de voz, audio, video y datos en general. Y que, a diferencia de lo que sucede actualmente, permite a las empresas de telecomunicaciones ingresar en radiodifusión, especialmente a TV paga, habilitando así la denominada convergencia tecnológica (el Triple o Cuadruple Play, la provisión de todos los servicios por parte de un mismo proveedor). El texto modifica en ese punto a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA), aunque se cuida en remarcar que no contempla la regulación de radiodifusión y generación de contenidos, que seguirán bajo la órbita de la LCSA.

Nos proponemos aquí un análisis político institucional, que pase revista a las motivaciones potenciales y a los principales ejes regulatorios, para terminar enfocando en el esquema de toma de decisiones que emerge del proyecto. Por una cuestión de espacio, no nos dedicaremos a su desglose, para lo cual recomendamos los análisis de Juan Gnius, Fernando Krakowiaky Martín Becerra.

Los tiempos de la política

No deja de ser llamativo el momento elegido por el Gobierno para anunciar el proyecto. Por un lado, es entendible que se decida a avanzar antes del fin de su mandato en un campo de alta trascendencia y que presenta notorias falencias. Como referimos al analizar la convocatoria a la licitación de espectro, cuando se mira retrospectivamente las políticas de telecomunicaciones en la región se observa una fuerte coincidencia: los gobiernos salientes buscan cerrar las asignaciones u otras decisiones sectoriales de importancia que tienen al alcance de la mano. Esto les permite recaudar  fondos fiscales y/o poner sobre la mesa su capacidad para intervenir en la conformación del mercado, condicionando la actuación de otros actores involucrados. En el caso argentino, eso se registró al final del Gobierno de Menen con su intención de reglamentar la liberalización de las telecomunicaciones y la convocatoria a la última licitación de espectro, o incluso estirándonos un poco al final del mandato de Néstor Kirchner con la sanción de la LSCA.

En este caso en particular no se trata específicamente de fondos fiscales (los que sí vienen con la subasta de espectro también en marcha), pero sí permite al Gobierno poner en evidencia su capacidad para avanzar sobre la configuración del sector, condicionando al resto de los actores involucrados. Lo que, como marcamos, no sólo impacta sobre telecomunicaciones, sino también sobre radiodifusión. Un poder considerable para un Gobierno amenazado por el “síndrome del pato rengo”.

Por otro lado, no puede pasar desapercibido que el anuncio se haya hecho tan sólo dos días antes de que se concretara la mayor subasta de espectro de la historia, dado que implica un cambio radical del marco normativo al que se verán sujetas las empresas adjudicatarias. El Gobierno no dio ningún indicio de que evaluara avanzar con una nueva ley, ni abrió ninguna instancia de intercambio previo con los actores interesados, al menos públicamente (a diferencia del extenso proceso de foros federales de la LSCA). Esto dio lugar a dos interpretaciones distintas. Por un lado, que el proyecto y la habilitación del ingreso a TV paga fue una herramienta de cambio de último momento con las telcos, que se mostraban renuentes a pagar en dólares por la subasta de espectro. O por el contrario, que las telcos verían con desconfianza el sorpresivo anuncio de cambio normativo a días de la subasta, por el que se sentirían perjudicadas.

Como sea, la subasta se llevó a cabo tal como estaba prevista y el Gobierno logró cumplir con cada uno de sus objetivos: se adjudicaron la totalidad de los bloques (incluyendo el destinado a un operador entrante, que será la empresa ArLink del Grupo Vila-Manzano), las ofertas se hicieron en dólares (con un mix de cash y bonos del Estado en esa denominación) y las tres operadoras establecidas decidieron pujar por los dos lotes más grandes, aumentando la recaudación base en US$ 267 millones hasta un total de US$ 2.233 millones.

Poco podremos clarificar aquí sobre las intenciones mentadas de los decisores, pero no se puede negar que se trata de una coincidencia de tiempos sorprendente. Por otro lado, el proyecto parece redactado con alto nivel de generalidad, derivando gran parte de sus aspectos centrales a la reglamentación posterior, lo que lleva a preguntarse si no pasó muy rápidamente de los cajones a la mesa de negociaciones. Eso hace probable que reciba modificaciones y/o especificaciones de importancia durante el tratamiento legislativo.

Los ejes de la política

El Gobierno justificó el proyecto como respuesta a dos falencias notorias, que eran resaltadas por diversos sectores y pesaban sobre sus hombros: la existencia de un marco sectorial vetusto y fragmentado, que no da cuenta de los cambios registrados ni logra afrontar las evidentes falencias en la prestación de los servicios; y la exclusión de la convergencia tecnológica en la Ley Audiovisual. En este sentido, se propone reemplazar la totalidad de las normas que regulan el sector, que tienen como base el Decreto-Ley de Telecomunicaciones sancionado en 1972 por el Gobierno de Lanusse, complementado por una sucesión de regulaciones ad hoc que se fueron acumulando por más de 40 años (entre las que se destacan los contratos de privatización de ENTel y el Decreto 764/00 de Liberalización de las Telecomunicaciones).

Y apunta a incorporar buena parte de las recomendaciones y/o prácticas en boga para el sector a nivel mundial y regional, entre las que se destaca la consideración de las TIC como un derecho humano a ser solventado como servicio público por parte de operadores en competencia (privados, cooperativos y/o públicos), bajo la tutela de un Estado planificador que se sustenta en un fuerte poder regulador e interventor. Así, el Estado tiene la capacidad para otorgar o quitar las licencias de prestación de servicios o de uso del espectro radioeléctrico, direccionar recursos de inversión en redes por medio del programa de Servicio Universal y de la Coordinación con los gobiernos provinciales o municipales, fijar las tarifas mayoristas y finales, determinar si algún operador es preponderante e imponerle una serie de medidas asimétricas para contrarrestar su dominio, entre otras. Debemos destacar, sin embargo, que muchas de estas capacidades se encuentran enunciadas pero sin que se defina sus formas concretas de aplicación, las que se derivan a su reglamentación posterior por parte de la Autoridad de Aplicación.

A su vez, el proyecto reincorpora otra serie de medidas regulatorias que ya están presentes en la normativa por el Decreto 764/00, como las obligaciones de interconexión entre prestadores y de desagregación del bucle final o del abonado a precios regulados. Medidas que, remarquemos, han tenido una aplicación precaria o nula por más de una década, bajo la propia decisión del Gobierno. Y que, aunque positivas, presentan ahora un impacto menor frente a un mercado maduro con grandes operadores consolidados, y en el que el cambio tecnológico quita atractivo a las redes locales de pares de cobre de las grandes operadoras.

La convergencia tecnológica

A esto se suma uno de los puntos centrales que introduce el proyecto: la convergencia. Como analizamos en esta columna, el desconocimiento de la convergencia en la LSCA conllevó un fuerte desincentivo para el desarrollo de las redes cableadas, provocando que las principales empresas del sector (las grandes telefónicas pero también las principales cableras) pusieran un freno a su actualización tecnológica. Eso nos llevaba concluir la conveniencia de una normativa que distinguiera entre distribución y generación de contenidos, regulando en forma diferenciada cada esfera. Algo que, de forma un poco más laxa, propone este proyecto: no impide a las propietarias de las redes participar en la generación de contenidos, pero les exige la conformación de unidades de negocio separadas, prohibiendo la aplicación de ventas atadas, subsidios cruzados y otras “prácticas anticompetitivas”.

Hay dos características fundamentales que se deben tener presente respecto a las redes de telecomunicaciones en la actualidad. Por un lado, que tras la digitalización la distinción histórica entre redes de telecomunicaciones y de TV por cable perdió sentido: con mayor o menor capacidad, ambas transportan datos, que pueden corresponder a diversos servicios. Eso determina que la convergencia sea inexorable, y hace obtuso pretender separar por ley aquello que la tecnología ha puesto junto. Pero hay otro dato crucial: la importancia de las economías de escala (a mayor cantidad de usuarios servidos, menores costos; a mayor tamaño de empresa, mayor capacidad de afrontar inversiones de envergadura con altos costos hundidos). De este modo, tanto por tamaño como por capacidad de diferenciación, existe una fuerte tendencia a la consolidación y concentración del mercado.

Frente a ello, la mejor forma de frenarla no es la imposición de límites normativos a los servicios y la cobertura de las redes, sino propiciar lo más posible la competencia de infraestructuras. Y es aquí que el Estado retoma una función esencial: se requiere una regulación pública que limite el abuso de posiciones dominantes, con foco en medidas de asistencia asimétrica para impulsar la competencia o, en su defecto, un control efectivo sobre el prestador preponderante o monopólico.

Es así que se justifican muchas de las herramientas regulatorias introducidas en el proyecto, como la desagregación de redes, la prohibición de subsidios cruzados y la capacidad de imponer regulaciones asimétricas a los actores dominantes. A su vez, el proyecto mantiene la vigencia de las limitaciones de cobertura introducidas por la LSCA (el máximo de 24 licencias y el tope de 35 % del mercado nacional). Eso refuerza la posibilidad de que las telefónicas opten por concentrar su incursión en TV paga en las localidades más rentables, los principales centros urbanos, en los que obtendrían mayor valorización de las necesarias inversiones de red (hay que remarcar que para brindar IPTV se requiere de una conexión de banda ancha robusta, que permita transmitir señales de video a más de un televisor junto con el uso cotidiano que se haga de Internet). Por otro lado, tampoco hay que descartar que las grandes telefónicas se decidan por un sistema de TV satelital DTH al estilo de DirecTV, algo por lo que ya han optado en otros países de la región y que les permitiría contar con una única licencia con cobertura en todo el país.

Por otro lado, el proyecto no incorpora la principal demanda de los cableoperadores respecto a la convergencia, que ya fue aplicada en varios países: un período de transición que les permita tanto adaptar sus redes a servicios digitales como acceder a una cuota del mercado de telecomunicaciones antes de la apertura a la competencia.

El problema político-intitucional

Hay una salvedad crucial al proyecto con la que queremos concluir el análisis. Se trata de la forma en la que se replica la principal falencia del marco normativo vigente: la capacidad discrecional del Ejecutivo sobre la toma de decisiones sectoriales.

El Proyecto deriva a la Autoridad de Aplicación que designe el Ejecutivo la capacidad para tomar todas y cada una de las potestades de regulación que se le asignan al Estado. No se le pone nombre, pero se puede inferir que se trataría de una Secretaría o incluso un Ministerio de Comunicaciones. A la vez, se le adjudica a esa autoridad la capacidad para definir la reglamentación concreta de la mayoría de sus capacidades de regulación, y para modificarla. De este modo, a diferencia de lo que sucede en otros casos citados como referencia en el proyecto, no se prevé la conformación de un órgano de aplicación y regulación autónomo (como el Instituto Federal de Telecomunicaciones de México), de un organismo colegiado que contemple la integración de otros actores (como por ejemplo fue concebido el AFSCA con directores nombrados por la oposición) ni ningún otro canal institucional que contemple el acceso de otros organismos públicos (como el Congreso) o sociales (colegios profesionales, representantes académicos, asociaciones de usuarios o consumidores,  etc) ni de los operadores del servicio. Tampoco se prevé, como en el caso de Colombia, la realización periódica de audiencias o consultas públicas, ni la presentación de agendas de trabajo.

De este modo, se vuelve a otorgar la plena capacidad de la toma de decisiones sobre las políticas sectoriales a la cúpula del Gobierno, y no sólo del presente sino también de los que le sigan. Y el problema principal no es la dependencia de lo correctas o erradas que sean las intenciones del Gobierno de turno. La experiencia de las décadas pasadas muestra que esa concentración de la capacidad de decisión no significa la exclusión del resto de los actores interesados (entre los que se destacan las grandes operadoras). Sino más bien resalta la conformación de un esquema de negociaciones informales con centro en la alta jerarquía política del sector: el Ministro de Planificación, el Secretario de Comunicaciones y sus intercambios con otros altos funcionarios del gobierno y con otros actores públicos o privados que coyunturalmente logran acceso. Un esquema del que por norma no emerge información pública, quitando toda posibilidad de transparencia y accountability. Y que aumenta considerablemente las oportunidades de captura del decisor y/o del regulador, que muchas veces quedan sujetos a intereses particulares de corto plazo (sean políticos, sean de negocios) que se imponen sobre objetivos sectoriales o sociales de más largo plazo. Es sobre ese punto que debemos llamar la atención, y sobre el que sería interesante que los legisladores pongan una señal de alerta.

@Phillynewrocker

 

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Los límites de la voluntad. Los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner

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  Los límites de la voluntad. Los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner,
de Marcos Novaro, Alejandro Bonvecchi y Nicolás Cherny.
Páginas: 496
Ariel Historia

De una crisis cambiaria a otra, de un default al que le sigue, la historia argentina de la década larga que se inicia a fines de 2001 y concluye en nuestros días es la de un país que estuvo, como pocas veces antes, dispuesto a ser moldeado por la iniciativa y la decisión de sus gobernantes. Este libro, escrito por Marcos Novaro, Alejandro Bonvecchi y Nicolás Cherny, contiene un análisis de un tiempo eminentemente político, que explica y revela los límites y dobleces de esa condición, los motivos por los cuales las voluntades de la clase dirigente en estos años llegaron a resultados distintos de los que originalmente se propusieron.

La obra inicia en una de las peores crisis económicas de la historia nacional, que dio pie a una inesperada y sostenida bonanza. Repasa las fuertes tensiones sociopolíticas de la primera década del siglo XXI, y por qué estas no impidieron a los gobiernos alcanzar una considerable dosis de eficacia. Destaca los avances que se registraron en el acceso a derechos civiles y sociales, y concluye en el debilitamiento de las instituciones democráticas y de las reglas económicas más básicas. Recorre gestiones de gobierno que reconstruyeron la autoridad presidencial y crearon oportunidades para la reforma y la consolidación económica e institucional, que luego quedaron relegadas y derivaron en la partidización extrema del Estado y en una vida política moldeada por la polarización. En suma, Los límites de la voluntad estudia una época que, contra lo que se suele creer, tuvo bastante más de novedoso e innovador al comienzo que al final, y deja como principal enseñanza los costos y las frustraciones que el ejercicio de la voluntad política produce cuando insiste en desconocer sus límites.

Marcos Novaro nació en 1965 en Buenos Aires, estudió Sociología y Filosofía en la UBA. Actualmente es investigador principal del Conicet y dirige el Centro de Investigaciones Políticas y el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea en el Instituto Gino Germani. Ha sido becario Fulbright en la George Washington University y en la Columbia University (2006) y becario Guggenheim entre 2008 y 2009. Entre sus trabajos más recientes cabe mencionar Argentina en el fin de siglo: democracia, mercado y nación (2009), Historia de la Argentina (1955-2010) (2010) y la compilación titulada Peronismo y democracia (2014). Es también coautor deVamos por todo (2013). Se desempeña como profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA y columnista de opinión de diversos medios de comunicación.

Alejandro Bonvecchi nació en Buenos Aires en 1973 y es Licenciado en Sociología por la UBA y Ph. D. in Government (Universidad de Essex). Ha enseñado en las universidades de Buenos Aires, Essex y Yale, y ha sido Fellow del Woodrow Wilson International Center for Scholars y del MacMillan Center for International and Area Studies. Sus temas de investigación son la política presidencial y legislativa, el manejo de crisis económicas y la economía política del federalismo. Ha publicado dos libros y varios artículos en revistas académicas y compilaciones editadas en Argentina, Brasil, España y Estados Unidos. Actualmente se desempeña como profesor ordinario adjunto en el Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella y como investigador adjunto del Conicet.

Nicolás Cherny nació en 1974 en Buenos Aires y es profesor de Ciencia Política en la UBA e investigador del Conicet en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. Tiene un doctorado en Ciencias Sociales (FLACSO) y un máster en Gobierno (Universidad Complutense de Madrid).  Es investigador del proyecto Conicet “Empresarios y política en Argentina” y codirector del proyecto FONCyT “Federalismo y política legislativa”. Ha publicado diversos artículos en revistas científicas, nacionales e internacionales. Su trabajo “El gobierno del cambio de política cambiaria en Argentina” ha recibido premios del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (España) y de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (Alacip).

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Brasil y Uruguay, elecciones que se argentinizan

Vivimos un tiempo dominado por los híbridos: todo se combina y recombina. Así, los que estábamos acostumbrados a ver como polos opuestos tienden a tener cada vez más cosas en común entre sí, y terminan imponiéndose variantes cuyo género o carácter es difícil de identificar. Sucede en la música, en la literatura, y por supuesto en la política. Y en la política argentina más todavía: ¿quién es Massa, un transversal posperonista que propone restablecer el espíritu del primer kirchnerismo? ¿Y Macri, otro transversal posperonista pero uno que quiere reflotar la nueva política en que se inspiraba ya hace veinte años el Frepaso? Para no hablar de Scioli, un híbrido a la enésima potencia, el fruto de un experimento de recombinación de genes tan exhaustivo que ya es difícil saber si llegado el momento será capaz de desarrollar carácter alguno.

Hay quienes piensan que la política de otras latitudes es más seria, más organizada y sobre todo más fácil de catalogar, y a veces se pone de ejemplo a Brasil. Por ejemplo, respecto a las elecciones que acaban de tener lugar muchos han dicho que, a diferencia de la competencia local, allí sí se contrapusieron dos modelos, uno claramente de centroizquierda y otro de centroderecha, uno populista y redistributivo y otro proempresario y ajustador. Puede que algo de esto haya sucedido. Pero es curioso escuchar lo que piensan los propios brasileños de lo que les pasa: muchos de ellos creen que la política en Brasil se está pareciendo cada vez más a la argentina, y en particular creen que esto es así porque se ha tendido a conformar una sólida coalición de los populistas y los conservadores, un híbrido, con eje en el PT, que es muy difícil de desbancar.

Fernando Henrique Cardoso lo explicó con una fórmula muy elocuente: sostuvo recientemente que el PT está tratando de conformar un “subperonismo”, es decir, otro híbrido, en este caso uno en que se asociarían las tradiciones políticas de la izquierda brasileña con la realpolitik del gasto público, el hiperpragmatismo de aliarse con cualquiera y otros vicios habituales en la fuerza predominante argentina. Aunque convengamos que esa realpolitik del gasto no la inventamos nosotros, ni nosotros se la contaminamos a los buenos brasileños, pues ella ya estaba desde antes de que existiera el peronismo muy difundida en la política local del país vecino, igual que en muchos otros. Y del pragmatismo desaforado se podría decir otro tanto. Así que cabría concluir que al menos parte del argumento de Cardoso fue pura retórica electoral.

Esta mala costumbre de echarle la culpa a Argentina de las cosas objetables que pueden estar sucediendo en otros países de la región, y ponernos como el mal ejemplo que habría que evitar, se repitió y con mayor énfasis aun en el caso de Uruguay: allí el opositor Lacalle Pou directamente se dedicó a señalar que Tabaré tenía demasiados amigos en el gobierno de este lado del río, y elegirlo de nuevo presidente equivalía por tanto a algo así como renunciar a ser “la Suiza de América” para convertir al país en furgón de cola de la turba peronista. En este caso sí el argumento no pasó de ser una abierta chicana, así que no conviene prestarle demasiada atención, salvo para registrar una vez más lo mal que nos ven desde afuera, y volver con algo más de claridad al planteo de Cardoso: lo que realmente diferencia a Uruguay de Brasil es no sólo que su economía sigue creciendo y hay bastante acuerdo entre los distintos partidos respecto a los pilares de la política implementada en ese terreno en estos años, sino que la oposición no teme estar frente a un actor de pretensión hegemónica tan amenazante como el PT y su coalición, porque la implantación territorial de las coaliciones en competencia es más o menos pareja y el control del estado por parte del gobierno de turno no parece haber inclinado sensiblemente la cancha en su favor.

Las advertencias contra el “subperonismo” del PT apuntan precisamente a que esto sí habría sucedido o estaría sucediendo en Brasil. Y si es así, tras el triunfo de Dilma estaría un poco más cerca de consolidarse: el PT enfrentó una elección reñida, pero porque la sociedad brasileña se enfrentó en gran medida a ese aparato estatizado creado durante una década y media de vacas gordas; porque la prensa y el empresariado respaldaron abiertamente a Aecio Neves, quien hizo muy bien su trabajo como challenger y porque, como dijimos, la economía no crece desde hace un par de años, y viene creciendo menos de lo esperado desde hace por lo menos cuatro. Si pese a todo eso la presidente en ejercicio reeligió, fue porque el control de los recursos del estado por parte del PT y sus aliados es muy firme, le provee bases territoriales y electorales muy sólidas, una garantizada cosecha entre los votantes pobres de buena parte del país, y un apoyo igual de firme de los caciques distritales y locales de varias fuerzas conservadoras. Estos caciques dependen para su reproducción de que el PT siga sin racionalizar el sistema impositivo ni la asignación del gasto público, que en muchas zonas de Brasil son tan o más ineficientes y agobiantes para el resto de la economía que en Argentina. Ese es el motivo, o al menos uno de los motivos, por los que Brasil en los últimos años decepcionó a los inversores y analistas, creció muy por debajo de las expectativas.

¿Alcanza con ello para justificar la caracterización de Cardoso? Tal vez sea exagerada: en principio, un triunfo por 3 puntos y la derrota oficialista en muchas elecciones estaduales no parecen indicar que el PT esté camino a volverse un partido predominante, y pueden obligar a Dilma a negociar mucho más de lo que quisiera con esa casi mitad de la sociedad brasileña que no la apoya. Pero la presidente puede también hacer lo que muchos petistas esperan de ella, que es dedicar su segundo mandato a lograr que Lula consiga su tercero. Y entonces los problemas políticos y económicos de Brasil lo más probable es que se prolonguen o incluso se agraven. Si eso sucediera, también para la política argentina, donde no hay ni una sociedad pluralista y articulada capaz de resistir las presiones del estado, como en Brasil, ni un estado medianamente neutral, como en Uruguay, y ya tiene de por sí muchos inconvenientes para innovar, todos ellos bien a la vista en nuestros días, atender los desafíos del desarrollo y el fortalecimiento institucional será aún más complicado.

 -publicado en tn.com.ar el 27/10/2014

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Scioli apuesta todo, entre el miedo y la ilusión

Nunca estuvo tan cerca como hoy de lograr su meta, convertirse en candidato presidencial del oficialismo. Y nunca como ahora el gobernador bonaerense se asoma al abismo del poder: avanza trastabillando por el filo de la navaja, entre quedarse con el premio mayor o perderlo todo.

Scioli da por descontado, no sin buenas razones, que vistas las dificultades económicas que enfrenta el gobierno nacional, con pocas chances de revertirse aun cuando consiga el financiamiento externo que anda buscando (pero que le alcanzaría como mucho para que la situación no siga empeorando), los casos judiciales que cada día golpean más cerca del palacio, y tienen acorralados ya a Lázaro Báez, a Boudou, De Vido, Giorgi y a unos cuantos otros funcionarios y amigos del entorno presidencial, y la irrelevancia del resto de los aspirantes oficiales a la sucesión, al kirchnerismo no le queda más opción que acordar con él.

Por otro lado, asume que el contexto de “estamos mal pero pronto podríamos estar mucho peor” es el ideal para alentar un voto a la vez conservador y populista, es decir, recrear una mayoría peronista inclinada más a la continuidad que al cambio, que él está en inmejorables condiciones para representar. Por lo que sus únicos desafíos reales serán de aquí en más evitar un colapso económico que convierta el conservadurismo defensivo en hartazgo, llevando a la formación de un consenso de fuga, y que Massa sea quien entre con él al ballotage. Lo demás no importa.

Entre lo mucho que no le importa se puede contabilizar lo que CFK avance durante el resto de su mandato en dirección a profundizar el populismo del gasto público, el intervencionismo discrecional y policíaco sobre la economía privada para tapar desequilibrios ya escandalosos, la guerra contra los medios independientes y los conflictos con las democracias desarrolladas del planeta. O bien porque estima que nada de eso interesa demasiado al gran público, atento como nunca antes en estos diez años a lidiar con su cada vez más complicada cotidianeidad económica, o bien porque cree que los votantes moderados que no simpatizan con esas decisiones no se las van a reprochar a él y nada impedirá que él los seduzca, una vez que haya sido coronado candidato oficial, tomando distancia de las mismas.

El manejo de los tiempos y de las expectativas y temores ciudadanos es, como se ve, bastante delicado. Y lo es sobre todo porque los planes del bonaerense puede que cuajen en la dirigencia de su partido, pero en principio no cuajan demasiado en los votantes, y la continuidad de la crisis hace pensar que cuajarán cada vez menos a medida que nos acerquemos a la elección.

Scioli necesita, tanto o más que Cristina, polarizar la competencia entre peronismo y antiperonismo, y entre el populismo distributivo y la reacción neoliberal, lo que le permitiría antagonizar con Macri y devaluar al resto de los protagonistas, en particular a Massa. Es él más que Cristina, además, el que necesita que se agite en el peronismo el temor a perder el control del estado nacional, para desalentar los puentes que hoy comunican al peronismo con el FR, fluidos en casi todo el país. Y también necesita que la oferta electoral permanezca lo más fragmentada posible, para asegurarse de que el oficialismo siga siendo la primera minoría y ser el que entre primero al ballotage, o mejor todavía, evitarlo. Pero cada una de estas necesidades encuentra serios obstáculos para satisfacerse.

La competencia presidencial está ya evolucionando de un juego entre cuatro o cinco a uno más cerrado y sólo entre tres. Y nada impediría que de aquí a las PASO se vuelva uno entre dos, con las demás partes haciendo las veces de actores de reparto. El declive de FAU es, en este sentido, una mala noticia para Scioli, una buena para Macri, pero sobre todo una muy buena para Massa. Sus acuerdos con líderes radicales provinciales con chances de ganar gobernaciones suponen un doble beneficio para él: quitan sustento local a la futura fórmula nacional del FAU y potencian la imagen del FR como pieza clave para crear nuevas mayorías, transversales a los partidos tradicionales. Con lo cual Massa se puede atraer votos no peronistas sin necesariamente espantar a los peronistas, ni del llano ni de las dirigencias: estas saben que si él llega a la Presidencia tendrán un lugar en su gobierno, con tal de no haberlo enfrentado demasiado duramente.

Con ello se relativiza la oposición entre peronismo y no peronismo y al mismo tiempo se le pone un freno a la expansión territorial de Macri. Quien en parte por un exceso de confianza en las tesis del alternativismo (la pretensión de construir una “nueva política” superadora tanto del PJ como del radicalismo, un ethos que el PRO desempolvó inoportunamente del arcón de legados envenenados del frepasismo), en parte por una lógica necesidad de hacerse de bases propias en las provincias periféricas (que Massa puede descontar tendrá, aunque apueste contra los peronismos gobernantes en esos distritos) aparece ahora devaluado como figura en ascenso y única opción a la mano de los no peronistas. De allí que sea hoy más probable que meses atrás que Cobos se incline finalmente por competir por la gobernación mendocina y deje en manos de Sanz los desafíos nacionales. Y es bastante menos probable que antes que eso beneficie a Macri, y por tanto indirectamente a Scioli, porque al contrario de buscar un acuerdo general con el PRO, el jefe de la UCR aparece ahora decidido a construir todos los acuerdos locales que pueda y con quien sea, y a usar después las energías que le hayan quedado para tratar de hacer un papel decoroso en las presidenciales de la mano de Binner.

Pero donde las necesidades de Scioli más claramente están a contramano de las tendencias dominantes es en la opinión pública. El temor a un futuro que aparece como incierto y complejo, temor que el ex motonauta busca capitalizar alimentando la idea de que es quien ofrece continuidad y seguridad, mientras los demás promueven una crisis que “les de la razón”, no es en verdad un rechazo al cambio sino al mal gobierno, a la falta de liderazgo de recambio ante el ocaso de Cristina, sea por desilusión con ella o por la simple resignación ante su partida. Es cierto que por ahora no está claro cuánto cambio y cuánta continuidad preferirá la mayoría; pero lo que sí es claro es que los electores están a la espera de que surja alguien capaz de reemplazar a Cristina y sea alguien capaz de valerse por sí mismo. El duelo será en gran medida, entonces, un asunto personal, y de los tres que tienen más chance, Scioli es no sólo el más comprometido con un pasado complicado sino también el que más tiempo ha ocupado un rol de acompañante, segundón, figura tal vez adecuada como complemento y hasta contrapeso de los jefes, pero no capaz de ejercer ella misma de tal. Encima, en su esfuerzo por hacerse de la candidatura oficialista y fidelizar el supuesto núcleo duro de apoyos que aún conserva Cristina (al que Scioli sobreestima, igual que ella y el resto del oficialismo) refuerza este rasgo y pierde aún más terreno allí donde se definirá la competencia. Algo de esto puede que haya advertido y sea la razón por la cual reemplazó sus anteriores declaraciones diferenciadoras frente al kirchnerismo por otras francamente descalificadoras con sus adversarios, como la acusación de que deseaban que el país se fuera al diablo. Habrá que ver si, una vez en el ring, no se le empieza a pegar a la ropa demasiado de ese barro que por tanto tiempo se hizo experto en esquivar.

 

 

-publicado en tn.com.ar el 20/10/2014

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Acuerdo Cristina-Scioli, en el espejo de Putin-Medvédev

La polarización, por ahora al menos, está funcionando. Le permite al kirchnerismo recuperar cierto control de la agenda, detener la caída en las encuestas que sufrió en la primera parte de este año y fortalecer la disciplina y el alineamiento en el peronismo. De allí que el gobierno esté decidido a ampliarla, pasando del “patria o buitres” a una nueva y brutal ofensiva contra Clarín y mayores presiones y amenazas sobre bancos, aseguradoras y demás empresas.

El problema es que lo que sigue sin funcionar son las candidaturas de los aspirantes a la presidencia más simpáticos para Olivos. Scioli sigue predominando largamente en esa competencia, de la que algunos de los muchos anotados ya están queriendo bajarse, para apuntar a destinos un poco más viables y provechosos, como la gobernación bonaerense, una senaduría que asegure fueros, etc.

De la combinación de estas dos tendencias ha resultado un incremento sensible de las posibilidades de un acuerdo entre la presidente y el ex motonauta. Que se refleja por ahora en la mencionada resignación de los demás aspirantes, los gestos de acercamiento de los camporistas y del ministro Kicillof, quienes se fotografiaron muy sonrientes reiteradas veces en los últimos tiempos con el gobernador bonaerense, y en la recargada disposición de éste y su entorno a acomodarse a todas y cada una de las decisiones presidenciales, sin chistar: al aval prestado a la ley de abastecimiento y la campaña antibuitres se sumó el silencio comprometedor, incluso de las voces a las que les suele corresponder hacer las veces de “ala díscola” del sciolismo, ante la decisión de la AFSCA de intentar un desguace de oficio del grupo Clarín.

En los detalles es donde el diablo mete la cola, y faltan detalles de sobra para que un acuerdo entre estos actores se haga efectivo. Para empezar, la composición precisa de las listas para todos los cargos nacionales relevantes, y para los de los principales distritos. Pero las condiciones generales y una mínima disposición, hecha más de resignaciones que de entusiasmo, aunque igualmente efectiva, ya existen. Y existen sobre todo convergentes expectativas de ambas partes de lograr por intermedio de tal acuerdo los más caros objetivos que se han propuesto. Porque, contra lo que algunos creen, no se trataría simplemente de un pacto para perder más o menos dignamente y replegarse hasta que la suerte les vuelva a sonreír, sino de uno para seguir al frente del gobierno nacional, bajo una nueva fórmula de convivencia entre los actores y las facciones que conforman la coalición oficial. Lo que requiere, obviamente, que el peronismo se mantenga medianamente unido y se fortalezca como “partido del poder”, una apuesta que carece de antecedentes entre nosotros, pero puede beneficiarse de varios internacionales muy exitosos.

El acercamiento a la Rusia de Putin observado en los últimos meses adquiere una luz particular cuando consideramos este posible curso de la estrategia política oficial. El actual presidente ruso también debió resignar la presidencia en 2008, como tendrá que hacerlo obligadamente CFK el año que viene. Pero volvió al poder en 2012, como espera hacerlo en 2019 su admiradora local. Y lo logró porque no había resignado más que el mínimo que estuvo obligado por la Constitución: le entregó la presidencia a quien hasta entonces era su viceprimer ministro, Dmitri Medvédev, para pasar a ejercer desde el cargo de primer ministro una suerte de conducción en las sombras de la gestión de gobierno, supervisando todas las decisiones importantes, gracias a su popularidad, su férreo control del aparato del estado y del partido, Rusia Unida.

El atractivo que esta simulación de la alternancia ejerce hoy en el oficialismo argentino es bastante fácil de entender. El problema es si no hay demasiadas diferencias entre Rusia y Argentina, y entre Rusia Unida y el peronismo para que el experimento sea replicable. Y si, aun si esas diferencias pudieran disimularse, si no habría también unas cuantas entre el atractivo que para la sociedad argentina puede conllevar un gobierno vicario de Scioli y el que para su par rusa supuso el que encabezó en su momento Medvédev.

Porque lo cierto es que el pluralismo político nunca ha logrado echar raíces en suelo ruso. Pese a los esfuerzos reformistas de los años noventa. Y Rusia Unida es una contundente muestra de ello, a la vez que un garante de que dicha situación se siga reproduciendo. Jamás ese partido tuvo internas competitivas, ni facciones que compitieran entre sí por el favor del electorado. Desde los años noventa gobierna el país con mano de hierro y suele obtener más de 60% de los votos sin inconvenientes, más allá de que se denuncien crecientes abusos contra la libertad de expresión, los disidentes sean acosados en todas las formas imaginables y el interés de los ciudadanos rusos por participar de las elecciones sea declinante. Ese control cuasi monopólico del poder se afirma en un manejo centralizado de los recursos del estado, de origen petrolero, así como de los negocios privados, incluidos los medios de comunicación. En una suerte de versión exitosa de la Venezuela de Chávez, espejo que es comprensible al kirchnerismo le resulte cada vez más incómodo e inconveniente apelar.

Medvédev no tuvo problema en ganar las elecciones de 2008 básicamente porque no competía con nadie. Las chances de Scioli, aun en caso de contar con el decidido respaldo del estado nacional, serán bastante más acotadas, y para ampliarlas deberá resolver un complicado intríngulis. Si quiere ganar deberá seducir a la porción nada despreciable de votantes que quiere algo de cambio y no sólo continuidad, y para eso necesitará mostrar una mínima autonomía, algo que complicará cualquier acuerdo que el kirchnerismo duro esté dispuesto a aceptar. Tal vez él piense, como éste, que puede repetir la experiencia de 2011, cuando ganó por amplio margen en su provincia pese a que entregó todas las listas a la discrecionalidad de la presidente. Pero aun en caso de que se dé el mejor escenario para el oficialismo, que se arregle el entuerto con los holdouts y tomando deuda se pueda reactivar mínimamente la economía, que el peronismo no siga desgranándose y que los demás competidores se anulen entre sí, nada hace pensar que se pueda recrear una situación tan favorable para el gobierno. Por ahora lo que muestran las encuestas es que casi contra cualquier competidor Scioli perdería una segunda vuelta el año que viene. Y si en las listas figuraran Kicillof, Máximo y la propia presidente le resultaría aún más cuesta arriba lograr un buen desempeño incluso en la primera.

 

publicado en tn.com.ar el 13/10/2014

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Cinismo más que delirio en el discurso presidencial

La salida de Fábrega del Banco Central, envuelta en diatribas presidenciales más delirantes que nunca sobre conspiraciones financieras, mediáticas y judiciales internacionales, y hasta planes norteamericanos para eliminarla y destruir su glorioso “modelo”, disparó justificada alarma en analistas, opositores y actores sectoriales. Pero atención: Cristina no se cree sus delirios y tampoco es que se entregó de pies y manos a aquellos en los que sí creen Kicillof y La Cámpora, así que conviene no exagerar y sobre todo no entrar en pánico.

Tampoco es para hacer como Scioli, que sigue repitiendo incólume el mantra de que “todo se va a arreglar”. Y probablemente lo seguiría haciendo en caso de que los cristinistas en vez de consagrarlo como su candidato lo ataran a una pira en Plaza de Mayo. Pero es importante en estos momentos destacar que hay una diferencia relevante entre el cinismo y la locura: lo que la presidente ha demostrado en estos días es, ante todo, que está dispuesta a usar el miedo y la mentira en todas sus formas para tratar de salir airosa del brete en que sus propias decisiones de gobierno la han metido; eso es muy malo y habla muy mal no sólo de su administración, sino del partido que la sostiene, y más en general de nuestro sistema político y la cultura cívica de nuestra ciudadanía; pero las cosas serían mucho peores si se creyera lo que dice.

Afortunadamente, además, el kirchnerismo nos ha venido educando desde hace años en el oficio de no creerle. No es la primera vez que utiliza un discurso explosivo y polarizador. Y no porque se proponga iniciar una revolución chavista ni porque crea efectivamente que tiene delante enemigos desafiantes que pretenden destituirlo. Sino para acorralar y dividir a los mucho más moderados y débiles adversarios que efectivamente lo enfrentan. Y empujarlos a cometer errores, a escandalizarse y lanzar gritos de alarma sobre colapsos y conflictos abismales inminentes. Para que él pueda velar el hecho de que los problemas que surgen son debidos a sus malas decisiones. Y pueda sobre todo a continuación mostrarse capaz de calmar los temores sociales así fogoneados, haciendo pasar las decisiones que efectivamente adopta, abusivas pero muchas veces menos radicales que las pronosticadas, como “no tan graves” y finalmente “tolerables”.

Esto es lo que la gestión recién estrenada de Vanoli en el Banco Central está tratando de dejar sentado: que salvo algunas financieras que hayan cometido abusos, nadie tiene nada que temer, porque no habrá ni devaluación ni expropiaciones. Puede de todos modos que no haya que esperar demasiado para que empiece a dar manotazos, y algunos de ellos sean bastante más graves que los de su predecesor, en el intento de frenar con medios policíacos las tendencias ya irrefrenables a la fuga del peso y la caída de la actividad, la inversión y el consumo. Pero puede también que ayude a Kicillof a buscar un acuerdo externo para financiar la salida. Que finalmente es lo único que al gobierno le importa. Y le permitiría seguir siendo al mismo tiempo “el rebelde” y “el que arregla las cosas”.

Corrección, no lo único. Lo otro que le importa es asegurarse que una lista de fieles kirchneristas pueda convertir en cargos a ejercer desde diciembre de 2015 la popularidad remanente de la presidente. Como están las cosas, tiene más chances de conseguirlo que semanas atrás. Ante todo porque Scioli aparece más dispuesto que nunca a callar cualquier disidencia y acomodarse al curso de polarización oficial. En las últimas semanas no sólo avaló la ley de abastecimiento, la de “pago soberano de la deuda” y la escalada externa, sino que se fotografió con Kicillof y compartió varios actos con lo más granado del cristinismo proclamando la unidad del peronismo detrás de la presidente. Se dice que retomaría la idea de usar el PJ para diferenciarse y resistir la nominación de todos los demás candidatos, incluido el vicepresidente, por parte de Cristina, y podría ponerla en práctica entre fin de año y comienzos de 2015. Pero si de aquí a esa fecha el gobierno nacional logra encontrar la forma de endurecer del todo su esquema polarizador es muy difícil que el gobernador bonaerense tenga finalmente la oportunidad de estrenar su autonomía.

Una vía por la cual el kirchnerismo duro podría neutralizar cualquier juego autónomo en el peronismo sería lanzar un abarcativo plan de estabilización, combate de la especulación, la inflación y la recesión antes de que se inicie la campaña presidencial. ¿Quién podría entonces evitar en el PJ que la campaña se plantee bajo el signo de la lucha entre el gobierno nacional y sus enemigos buitres? ¿Quién objetaría que en esas circunstancias la presidente nomine a Kicillof para un importante cargo electivo y se nomine a sí misma para algún otro, y que a la cola se prendan todos los camporistas en las listas de legisladores nacionales? Habría que tomar más en serio eso que dijo en su momento Larroque, que la candidatura presidencial no es algo que los desvele: si ellos no pueden competir con chances por ocuparla, la cuestión es lograr que importe lo menos posible.

publicado en tn.com.ar el 6/10/2014

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