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Tras Nisman y el 18 F, ¿tienen los kirchneristas vuelta atrás?

Tras la muerte de Nisman, y peor todavía con la masiva manifestación del 18 de febrero, el oficialismo pasó a un nivel muy superior de brutalidad al ya elevado que venía practicando. Ante todo, porque él mismo sospecha que alguno de sus integrantes esté detrás del crimen. Y lo desespera la posibilidad de que éste signe el recuerdo final de su periplo en el poder. También porque su cúpula interpretó que la polarización ante esta crisis tal vez pueda servirle para hacer de ella una oportunidad, la de victimizarse, politizar y deslegitimar las muchas causas judiciales en su contra y forzar una vez más al peronismo y a sus votantes remanentes a cerrar filas.

Con todo ello se ha vuelto a hablar de “la brecha”, los “dos países enfrentados”, la irreconciliable oposición entre chavistas y republicanos. Lo que supone darle en alguna medida la razón a la perspectiva oficial: la muerte, cuyas causas y consecuencias se debatirán por años seguramente, podría dar al menos aparente vitalidad a debates polares por otro lado bastante ridículos e inconducentes sobre las relaciones internacionales y el imperialismo, sobre la división de poderes, la imparcialidad y la voluntad popular, todo más o menos como cuando se discutía la ley de medios, pero peor, con mucho peor ánimo.

¿Qué hacer frente a esta nueva “ola polarizadora”? La tentación para los opositores de montarse en ella y demostrar que esta vez sí indiscutiblemente la moral está de su lado, y también la mayoría, es muy grande. Y por cierto que tienen algunos cuantos datos a su favor para dejarse llevar. La sociedad salió de la pasividad en que había caído en los últimos tiempos, abandonando la idea de la transición tranquila, de que es posible conciliar la expectativa de que “Cristina termine lo mejor posible” con un cambio positivo para el país, porque es ya irrebatlbe que el kirchnerismo persigue, y perseguirá hasta su último aliento, frustrar cualquier alternancia y succionar la savia de la democracia hasta dejarnos sólo su cáscara vacía.

Así las cosas, hay motivos para pensar además que los mayores desafíos que nos plantea el kirchnerismo no han quedado atrás; lejos de haber sido superados exitosamente, están recién por venir. Lo que no debería asombrarnos: el populismo radicalizado es un cáncer que carcome la democracia desde sus entrañas, por ello suele ser más sutil y difícil de combatir que el abierto y manifiesto autoritarismo, y es mucho más difícil salir que entrar en él.

¿Cómo se lo combate? Los opositores también creen saberlo, porque él ha caído en las urnas, al menos en legislativas nacionales en dos oportunidades, porque ha perdido popularidad y apoyos sectoriales y políticos en los últimos tiempos, y se han frustrado algunas de sus iniciativas más abusivas. Y al respecto podríamos creer que el 18F viene a alentar el optimismo, confirmándonos que la sociedad no tolerará se cruce el límite de la muerte, ni el poder se provea de un manto de impunidad y mentiras a prueba de toda crítica.

Cuando en verdad en ello hay por lo menos algo de exageración: lo cierto es que, aunque hoy podamos reconocer el daño que causan, tal vez no sepamos muy bien cómo superar amenazas como la que el kirchnerismo nos plantea; que no por nada vuelven cada tanto a planteársenos y que, al menos en esta ocasión, fracasan no porque se les opongan fuertes resistencias y proyectos más sólidos, sino por la acumulación de errores y desórdenes propios.

Si queremos dejar atrás el kirchnerismo, y es cierto que la gran mayoría no se conforma con lo que él ofrece ni con la imagen que nos devuelve, es hora de preguntarnos si sabemos realmente cómo hacerlo. Abandonar la pasiva espera fue un paso en la dirección correcta, pues no era buena idea dejar que se consumiera solo, mucho menos apostar a que sus defectos se diluyeran despejando el camino para aprovechar sus logros. La bendita ola naranja era una idea que iba a fracasar igual, aunque la muerte de Nisman no viniera a aguarla anticipadamente. ¿Pero alcanza con ello para superarlo, para aprender de la experiencia y hacer un país mejor? ¿Siquiera alcanza para antagonizarlo seriamente además de esperar a que siga hasta el final con sus metidas de pata?

Y lo más importante: ¿antagonizarlo significa montarse en la polarización que él promueve todo el tiempo, para usarla en su contra, y probar que de este lado está la moral, la mayoría, y del otro una escoria irrecuperable? Al respecto es oportuno recordar la afirmación del intelectual español que recomendaba no combatir a los fascistas sino al fascismo. Porque con el kirchnerismo vamos a estar, o ya estamos, frente a un dilema similar. Y distinguir una cosa de la otra, combatiendo las acciones, las ideas y las políticas y no a las personas será la mejor forma de evitarnos males mayores.

La pregunta que cabe hacerse, de todos modos, es si no hay gente para la que ya no hay vuelta atrás, que ha cruzado la línea de lo imperdonable a raíz de la muerte de Nisman, sea por fanatismo o por desesperación. Cuando Página 12 titula “Bajo el paraguas de la muerte” e incluye en sus notas tantos insultos y agravios como el diccionario le provee, ¿no da un paso ya irreversible hacia la brutal inhumanidad y la destrucción de la convivencia civilizada? ¿No se ha degradado ya demasiado como para poder perdonárselo y esperar que vuelva a tener algún rol mínimamente decente en la esfera pública?

Cuando el colectivo de intelectuales que se pronunció contra la marcha del 18 se embanderó en todas las causas nobles habidas y por haber, la Constitución, la justicia, los derechos humanos, la verdad, etc., para simplemente decir que quienes protestan contra el gobierno y aun los que escriben en la prensa criticándolo son unos violentos terroristas y golpistas, ¿no se cruza la raya de lo racional y del más básico sentido común? Cuando un senador nacional oficialista afirma, envalentonado sin duda por las insultantes cartas que viene escribiendo la propia presidente, que Nisman fue víctima de su promiscuidad homosexual, ¿es posible ser razonablemente tolerante con él?

Ante todo lo que cabe advertir es que el kirchnerismo hace daño, y a veces un daño especialmente agudo, también a los propios kirchneristas. No es que se va a despejar su mente como si salieran de un mal sueño una vez que Cristina deje el poder, si es que lo deja, claro. Pero es indudable que personas más o menos normales hacen y dicen cosas por completo anormales, y cada vez más anormales, bajo su influjo. Y es eso lo que hay que combatir para empezar a superarlo.

El desafío del perdón será de todos modos, doble. Porque no se trata sólo de que los demás les perdonen no sólo estos insultos sino males más concretos que se han infligido a gente que perdió el trabajo, fue agredida en público y en privado, se la persiguió y perjudicó en forma adrede. Sino por sobre todo que quienes cometieron o avalaron esos actos puedan reconocerlo y perdonárselo a sí mismos.

Primo Levi decía que el principal problema de los alemanes era que nunca iban a poder perdonarse lo que habían hecho, y por tanto nunca podrían reconocerlo y vivir con eso. Si en un caso extremo de violación de los derechos ajenos como fue el nazismo es posible decir que, al menos en cierta medida, Levy se equivocó, ¿cómo no va a ser posible desmentir un escepticismo semejante en nuestro caso?

El problema, en lo que a los demás respecta, consiste en no hacérselo más difícil. O, según como se mire, más fácil. Porque lo más cómodo para muchos opositores será descalificar a los hoy oficialistas. Y para muchos de éstos con ello bastará para sentirse en su derecho de recurrir a la cómoda autocompasión, insistir en que no hubo errores de su parte sino sólo buenas intenciones, el recurrente “quisimos hacer lo mejor para el país y no nos dejaron” que tanto daño nos ha hecho en ya demasiadas reediciones.

Ya vivimos suficientes décadas con esta maldición sobre los hombros. En particular, aunque no exclusivamente, recordemos, debido a la vengativa persecución de que fueron objeto los peronistas después de 1955. Que sirvió, como sabemos bien, para que miles pasaran frescamente de victimarios a víctimas, se disculparan a sí mismos de todas las macanas que habían hecho o avalado en la década previa, y siguiera rodando por años la rueda de la intolerancia y el faccionalismo. Estamos a tiempo de que esa historia no se repita, haciéndoselo difícil no a los kirchneristas sino al kirhnerismo, a su idea. Si a pesar de todas nuestras limitaciones, la de los ciudadanos comunes, la de los políticos y las de los fiscales, el silencio en que nos dejó la muerte de Nisman nos sirve para reflexionar y actuar responsablemente tendremos chance de lograrlo.

-publicada en tn.com.ar el 22/2/2014

Posted in Elecciones 2015, Política.


Un país mejor necesitaba más que la pasiva espera de las urnas

¿Cambiarán en algo las políticas y actitudes del gobierno? No. Pero ha cambiado el contexto en que de ahora y hasta diciembre ellas se desarrollarán, porque él no podrá ya sacar provecho de la pasividad y el miedo.

La masiva movilización del miércoles 18 demostró que la muerte de Nisman sacudió una fibra íntima de la sociedad: despertó el rechazo compartido a que la política recurra a la muerte de los adversarios; y tal vez más importante aún, nos impulsó a revisar una idea que hasta aquí muchos venían abrazando por comodidad, y otros por interés, según la cual para dejar atrás al kirchnerismo y lograr que él acepte abandonar el control del estado alcanzaría con que nadie haga demasiadas olas y pasen los días hasta que podamos contar los votos. Como si una cuenta regresiva en el almanaque fuera suficiente instrumento de cambio en un país tan complicado como el nuestro, y frente a un proyecto como el que nos gobierna.

En parte esto es así porque ya no queda duda de que el oficialismo utilizará todos los instrumentos a la mano, hasta el último minuto, para frustrar la alternancia. Aún no sabemos si desde algún sector oficial se causó esta muerte. Pero sí sabemos que incluso en el oficialismo sospechan que haya sido así; y peor todavía, vimos a la presidente queriendo usarla para destruir la credibilidad del fiscal, para matarlo jurídica y políticamente aprovechando su muerte física, con sucesivas e inolvidables cartas públicas. Fue más que suficiente para que sonaran todas las alarmas: el kirchnerismo busca desde hace años horadar la democracia desde su interior, hasta que de ella no quede más que la cáscara, y no ha renunciado a ese cometido ni lo hará en el futuro.

Pero también, y más importante, abandonamos la pasiva espera porque hemos tenido tiempo de advertir hasta qué punto el kirchnerismo es parte de nuestra penosa realidad política, cultural e institucional, y en ese aspecto algo o mucho de él va a sobrevivir aunque sus personeros caigan derrotados en octubre próximo. Porque cambiando de nombres y de lemas, una y otra vez, resurge entre nosotros la tendencia a creer que el pueblo es uno y todos los que no se someten a ese número son escoria, que el estado no es un órgano público sino un premio y un arma que usa en su provecho la banda ocasionalmente triunfante, y que el respecto de la ley es una apelación lastimosa de los débiles y fracasados. ¿Por qué esta vez sería diferente?

Así las cosas, enhorabuena, ¿a quién se le pudo ocurrir la peregrina idea de que, con semejantes antecedentes, íbamos a salir sin costos del brete en que nos metimos al consagrar repetidas veces en la cúspide del estado, con amplísimos poderes, este desorbitado proyecto de poder? Ya es un milagro, que hay que agradecer fundamentalmente a la torpeza oficial, que las cosas no hayan hasta aquí salido mucho peor.

Es, en suma, la convicción en que la pasiva espera no iba a llevarnos a la meta deseada lo que llevó a la gente a la calle. Pero atención: no es la primera vez que sucede que una vez satisfecha la necesidad de expresar el estado de ánimo la ola se retira, y cuando baja la espuma todo sigue más o menos el curso preestablecido. De nuevo: ¿por qué va a ser diferente esta vez?

Entre 2012 y 2013 cientos de miles de personas salieron a las calles, pero durante 2014 ese número declinó abruptamente. ¿Por qué? En parte porque la gente pasó de estar enojada con las decisiones oficiales a resignada a que nada que hiciera forzaría a Cristina a cambiarlas, de lo que ella se ocupó hábilmente de convencernos, así que ¿para qué perder tiempo protestando? En alguna medida también porque se creyó, después de la derrota k en las elecciones de 2013, que lo peor había pasado y era de desear que Cristina “terminara lo mejor posible”, la tesis Scioli sobre la transición tranquila y la conveniencia de no hacerla enojar para heredar “sus logros”. Como si todavía se pudiera lograr, aunque fuera contra la voluntad presidencial, que lo mejor para ella fuera lo mejor para el país.

Y sobre todo la gente dejó de salir a la calle porque sus débiles emergentes organizados no fueron capaces de superar esa condición de fragilidad: ya casi nadie se acuerda de los colectivos de las redes sociales tan activos dos o tres años atrás. ¿Pasará lo mismo con los fiscales? No hay que descartarlo, más todavía si atendemos a la ya lanzada desesperación de algunos políticos opositores por convertirlos en candidatos, y de otros de esos dirigentes por bajarles el copete “por si se creen héroes”, recordándonos a tono con la prensa oficial sus reales o sospechados defectos.

Este problema de la representación de la opinión en nuestro país algunos analistas, a veces interesadamente, lo vinculan con el rol expresivo pero en última instancia irrelevante que cumple en la vida política la clase media: es ella la que se moviliza en estos casos, y como a diferencia de los trabajadores y los empresarios carece de órganos para dar cohesión y hacer pesar sus intereses, aunque ocasionalmente haga oír su voz no puede influir en serio en las decisiones.

Esto es en parte cierto pero hay que tener en cuenta algunos contraargumentos. Primero, en Argentina más del 80% de la gente se considera de clase media, aunque sea más bien rica, o pobre, y a raíz de ello a veces adopta los patrones de conducta culturales, y también electorales, en ella dominantes.

Además, en ocasiones la clase media gravita más fuertemente debido a las crisis que enfrentan otros estratos mejor organizados. Es lo que parece estar sucediendo en estos momentos, en que tanto los sindicatos como los empresarios están muy divididos, sus entidades están dominadas por el faccionalismo y les cuesta conectar con proyectos políticos más o menos viables y abarcativos.

Y, por sobre todo, es necesario atender al hecho de que Argentina, igual que todas las sociedades pluralistas, necesita contar con más clase media y una representación política más fiel de esos actores si quiere madurar como democracia.

También que, para una representación ciudadana más activa hacen falta no sólo mejores instituciones sino ciudadanos más activos. Y ambos son como el huevo y la gallina, no se puede saber por cuál empezar porque se necesitan entre sí para existir.

Como sea, lo que es seguro es que el necesario renacimiento político que deberemos encarar no podrá canalizarse con las fórmulas adversativas estérilmente polarizantes de estos años. Pero ¿qué pautas debe seguir entonces? Algunos piensan que las del reformismo institucional, otros proponen el saneamiento cívico y la lucha contra la corrupción, las del desarrollismo económico y la concertación de intereses proponen otros más. Tal vez esas opciones no sean excluyentes. Y puedan cooperar entre sí. Lo que es seguro es que deberán empezar por convencer a la sociedad de que las soluciones no serán fáciles, supondrán esfuerzos mucho mayores que el mero reemplazo de un plantel dirigente, y por eso mismo valen la pena y no se pueden postergar.

El viejo chiste sobre las virtudes concedidas a los argentinos puede servir para ilustrar el punto: cuenta que Dios nos concedió tres virtudes, ser inteligentes, honestos y peronistas, pero nos jorobó al prohibirnos tener más de dos de ellas a la vez. Si cambiamos “peronistas” por “interesados en los asuntos públicos” o “ciudadanos activos” la idea pierde su sesgo descalificatorio y gana en claridad, ilustra el tipo de problemas que tenemos que resolver, el de crear una cultura ciudadana en serio y mejorar la calidad institucional, para superar de una buena vez nuestra secular incompetencia política.

-publicado en lanacion.com.ar el 20/2/2015

Posted in Elecciones 2015.

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El impacto de la marcha, ahora y en el futuro

Circulan dos interpretaciones más o menos polares sobre el impacto que cabe esperar del éxito del 18F. La primera a veces está teñida del interés oficialista por minimizarlo, pero tiene sus argumentos: dice que la gente no vota por estos temas institucionales sino principalmente por la economía, que los que se movilizaron ya estaban en contra del gobierno antes de que Nisman muriera, y que no hubo ningún actor político capaz de coordinar la protesta y tampoco lo habrá para recoger, al menos no unificadamente, su impacto. Además, con el paso del tiempo es probable que no se sostenga el interés ciudadano en el tema, y el gobierno logre desactivarlo y retomar su muy probado control de la agenda. Sobre todo si consigue, como se ha propuesto, convencer a todo el mundo de que “nunca se sabrá la verdad” y que “todos tienen algo que ocultar en este asunto”.

La segunda visión también a veces está sesgada por preferencias políticas, en este caso opositoras. Y reza que la gente salió de la pasividad en que había caído en el año y medio que transcurrió desde las elecciones de 2013 y eso va a darle un tono más fuertemente inclinado hacia el cambio a la campaña electoral, que las muertes políticas siempre han sido un pasivo irremontable para los gobiernos (lo fue para Menem la de José Luis Cabezas, para De la Rúa las de diciembre de 2001 y para Duhalde las de Kosteki y Santillán), y que en este caso además el repudio a la actitud oficial tanto ante las investigaciones y acusaciones de Nisman como ante su muerte se conecta con una variedad de esferas en que el gobierno acumula déficits evidentes, política exterior, inteligencia, transparencia, libertad de expresión, justicia, etc., y eso sucede encima cuando la economía anda bastante mal.

Ambas posiciones tienen sus puntos fuertes, aunque a la primera le fallan algunos cálculos, sobre todo de orden temporal. Porque si bien es cierto que el impacto en la imagen presidencial dista hasta aquí de ser catastrófico, con el tiempo y aunque la cuestión deje la primera plana de los diarios es más probable que se asiente su efecto corrosivo sobre la moral y el relato oficialista a que ese efecto se disipe.

En primer lugar porque la muerte de Nisman enfrenta en forma dramática el respeto de los derechos individuales y el poder gubernamental, impugnando la absorción de los derechos humanos que dicho poder buscó consagrar todos estos años como su ethos, ayudado por las organizaciones que reclaman su monopolio. Y con ello uno de los pocos blasones que le quedaba al kirchnerismo se disipa.

En segundo lugar porque la confrontación que se venía tramitando entre actores judiciales todavía independientes y el kirchnerismo a raíz de los intentos de éste de asegurarse el control futuro de la Justicia y su impunidad ha adquirido una nueva dimensión, en la cual aquellos sólo pueden avanzar en la defensa de su autonomía y en la investigación de los muchos casos que involucran a todo el espinel oficialista y éste sólo puede balbucear el discurso de la victimización sin ya ningún asidero.

Y en tercer lugar y lo más importante porque quedó por completo invalidada la tesis de la transición tranquila, la idea promovida por el peronismo oficialista de que lo mejor que nos podía pasar, incluso a los opositores, era que “Cristina terminara lo mejor posible” porque entonces ella se iba a calmar, y los demás podríamos heredar sus logros sin tener que cargar con sus deudas. Con la muerte del fiscal esa tesis por la que trabajaba en particular Scioli quedó desmentida, y el 18F no ha hecho más que ratificarlo: el objetivo de Cristina ha sido y seguirá siendo reducir la democracia a su mínima expresión y frustrar toda alternativa, y utilizará cualquier arma con tal de lograrlo, así que cuanto más tiempo pase más crudamente se enfrentará con los intereses de quienes no son de su séquito más estrecho. Habrá que ver si el peronismo reacciona a esa tendencia y lo hace a tiempo.

-publicado en clarin.com el 20/2/2015

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18F: los derechos contra el poder

Los planteos oficiales descalificando la manifestación convocada por los fiscales independientes en homenaje a Alberto Nisman han recorrido diversos tópicos y tonos: golpismo, corporativismo, inconsecuencia, manipulación, antisemitismo (sic), etc. Pero todas pecan del mismo defecto: dieron relevancia a un acontecimiento que, más allá de que termine convocando a más o menos gente, y se politice más o menos, será perjudicial para el kirchnerismo, y por eso a él lo que más le convenía era ignorarlo. ¿Por qué no pudo hacerlo?

Recordemos que algunos dirigentes oficialistas al principio lo intentaron. Y notemos que contaban con un entrenamiento más que adecuado para conseguirlo: podían Inspirarse en las muchas ocasiones del pasado en que el gobierno desvalorizó exitosamente muestras de rechazo social a sus políticas, como manifestaciones críticas o resultados electorales adversos. Si pudo dejar de lado sin que se le moviera un pelo la masiva votación en contra de 2013, y los cientos de miles de personas movilizadas en 2012, ¿por qué no lo lograría ahora, desafiado por unos pocos fiscales?

Mientras tanto algunos otros funcionarios buscaron hacer más que ignorar el asunto: para evitar que Nisman se vuelva un símbolo aglutinador de las críticas al gobierno, de los errores y horrores de sus decisiones de estos años, tanto en política exterior, como en Justicia, inteligencia, transparencia y medios de comunicación, quisieron mostrarse comprensivos con la convocatoria y hasta adhirieron a su mensaje. Según ellos Nisman aún podría serle disputado al enemigo; y con un poco de esfuerzo podría lograrse con él lo mismo que se hizo con el default: enarbolarlo como bandera oficial, para diluir su condición de estigma de los pasivos gubernamentales y papelón internacional.

Pero esta pretensión naufragó enseguida, al chocar contra la tesis presidencial: Nisman seguirá siendo, como lo fue desde la primera reacción pública de Cristina, el instrumento de los enemigos del pueblo y del gobierno para dañarlos, y todos los que se preocupan por su sospechosa muerte y quieren que se la investigue, y lo mismo se haga con sus denuncias contra la cúpula oficial, nada más que golpistas y promotores de espurios intereses antinacionales, que quieren detener “las transformaciones”, ahora oportunamente enfocadas en los servicios de inteligencia.

Polarizar sigue siendo el recurso predilecto del kirchnerismo. Y lo es con mayor razón cuando ya no puede mantener la unidad de su propia administración por medios más sensatos y menos costosos. Lo que en este caso se evidenció justamente con las diferencias de criterio mencionadas al conocerse la convocatoria de los fiscales.

Así que parte de la respuesta a nuestra pregunta reside precisamente allí: para un gobierno cada vez más dividido y sin rumbo claro, polarizar se ha vuelto doblemente necesario.

Pero eso no es todo: hay también en la convocatoria de los fiscales un factor más específico que corroe al gobierno. Ellos son, con sus investigaciones y acusaciones, los que de momento están más cerca de ponerle coto a la pretensión oficial de perpetuidad en el poder. Han logrado hasta aquí sobrevivir a las presiones del Ejecutivo y al proceso de partidización del Estado, defendiendo su independencia como agentes públicos y su legitimidad para hacer el trabajo judicial que se les ha encomendado. Y encima, tras la muerte de Nisman, están en condiciones de movilizar una específica solidaridad social hacia dicho rol, en al menos una parte de la sociedad, que sintoniza por primera vez en más de una década la noción de derechos con la limitación al poder. Lo que contradice el proceso de absorción del discurso de los derechos practicado por el kirchnerismo desde 2003 a esta parte, recordemos, con el aval del movimiento de derechos humanos y la indiferencia de buena parte de los actores sociales e institucionales.

Se entiende entonces que la disputa con los fiscales sea motivo de angustia en los círculos gubernamentales. Y que de esa angustia resulte un clima de creciente desesperación. La presidenta ha intentado velar ese humor que la rodea con más polarización, más indiferencia y más sonrisas: contraponiendo el país de la alegría, el suyo, con el de los enojados, los amargados y los criticones que la acusan injustamente, apuesta a seguir adelante. Es el recurso que han usado muchos líderes en aprietos ante los tribunales, en todos los tiempos. Silvio Berlusconi solía hacerlo con mucha más cancha. Y varias veces se salió con la suya: muchos italianos, igual que muchos argentinos, no desean que les amarguen la vida con malas noticias, y a veces por eso gobernantes inescrupulosos los toman por boludos alegres. Pero hasta ellos, tarde o temprano, se cansan.

-publicado en tn.com.ar el 17/2/2015

 

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Jaime Stiuso, ¿un Edgar Hoover criollo?

Los dos sirvieron a gobiernos de muy diversa orientación. Hoover empezó su carrera alimentando y atendiendo las primeras fobias anticomunistas de los gobiernos norteamericanos, en la década de 1920, luego trabajó para F. D. Roosevelt, más tarde para los de nuevo obsesionados anticomunistas de la segunda posguerra, y en los años sesenta con los reformistas Kennedy y Johnson, para terminar su largo recorrido al frente del FBI, y su vida, con Richard Nixon en la presidencia.

Stiuso empezó su no tan larga pero aún más sinuosa carrera con la última dictadura militar, y eso habla ya suficientemente sobre sus inclinaciones anticomunistas, pero parece no haber tenido ningún inconveniente en colaborar con los Kirchner durante más de una década, bajo las órdenes de funcionarios que seguramente podrían haberse contado entre sus víctimas treinta o cuarenta años atrás.

Los dos, Hoover y Stiuso, espiaron a muy diversos enemigos. El primero pasó de las primeras organizaciones obreras en los años veinte a las bandas filonazis que le hacían la vida imposible a Roosevelt en la década siguiente; con el Macarthismo se dedicó a perseguir artistas de izquierda y a Martin Luther King y sus colegas del movimiento de derechos civiles; pasó luego a la mafia y a los racistas del Ku Klux Klan, para terminar de nuevo con los comunistas y los enemigos políticos de cualquier pelaje que le señalaran Johnson o Nixon.

Al final de su carrera Stiuso parece haber desarrollado una similar indiferencia y versatilidad. Le dio lo mismo colaborar con fiscales y jueces que apretarlos, y mantener informado al Ejecutivo tanto sobre sus enemigos como sobre sus aliados.

Eso no significa que no hayan tenido preferencias. Los dos superespías fueron consecuentes anticomunistas. Pero eso vuelve aún más llamativo que tuvieran la neutralidad valorativa suficiente para, si se los exigía la lealtad que debían a los gobernantes de turno, y sobre todo su propia necesidad de sobrevivencia, espiar al objetivo que fuera.

Los dos además tuvieron debilidad por las escuchas clandestinas, y la costumbre de guardarlas bajo siete llaves, como recursos personales de poder. Aunque algunos dicen que las historias sobre archivos supersecretos de Hoover sobre los presidentes norteamericanos y sus gabinetes son solo mitos, se cuenta que bajo su égida el FBI tenía un doble registro de datos, uno secreto, y otro oculto aun para los espías, al que accedía solo el director y quien él indicara. Las historias sobre archivos similares en manos de Stiusso puede que sean igual de exageradas, pero no del todo falsas, y seguro que su utilización tanto por él mismo como por sus eventuales socios y jefes políticos, aún más abusiva.

De todos modos lo que sin duda distingue un caso del otro es el contexto institucional y la evolución del papel que cumplió cada uno de estos personajes en su entorno.

John Edgar Hoover resistió como pudo a lo largo de cinco décadas de “servicio público” el control democrático de sus actividades de espionaje. Pero no pudo evitar que se le impusieran límites y en muchas ocasiones se frustraran sus abusos. Incluso en los lejanos años veinte, las razias contra organizaciones socialistas y comunistas fueron al menos en ocasiones detenidas por los jueces. El entre nosotros renombrado juez Griesa, siendo bastante más joven, colaboró con algunos de estos intentos de supervisión judicial de operaciones montadas por Hoover, defendiendo los derechos de grupos trotskistas a comienzos de los años setenta. Hacia el final de su vida, el fundador del FBI no pudo evitar que la demanda de transparencia y control tanto legislativo como judicial de sus operaciones se intensificara, volviendo más y más difícil las escuchas ilegales y otras operaciones encubiertas. Se dice que, consciente de este cambio de clima político e institucional, resistió en sus últimos años los intentos de Nixon de burlar a los demás poderes para seguir espiando a sus enemigos, tanto como a sus amigos. Y es por eso que el presidente terminó confiando esta tarea a grupos bastante chapuceros de su entorno. Cuando Watergate estalló, al menos parte del FBI terminó colaborando con los investigadores. Si Hoover hubiera estado vivo tal vez lo hubiera impedido. Pero quién sabe.

Jaime Stiuso es, en su ascenso y caída, emergente y catalizador de un proceso institucional muy distinto. Contra lo que los kirchneristas señalan, no es cierto que la democracia argentina no hizo nada con los espías: intentó desde 1983 hasta que aquellos llegaron al poder profesionalizarlos y despolitizarlos, someterlos a al menos algún mínimo control legislativo. Precisamente para eso se dictó una ley en 2001 que contó con el apoyo de la mayoría de las bancadas. Si bien es cierto que en términos prácticos se avanzó poco, lo esencial es que desde entonces se retrocedió mucho.

Los Kirchner se comportaron con Stiuso tal como Nixon hizo con Hoover. Y por cierto que encontraron en él una disposición inagotable a colaborar. Pero el problema no es el chancho sino quien le da de comer. Y éste no se puede quejar si el chancho engorda tanto que llega un momento en que no tiene dónde meterlo.

-publicado en tn.com.ar el 2/2/2015

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Sol con drogas, pero sin Nisman

El gobierno trastabilló y cometió unos cuantos errores en los días que siguieron a la muerte del fiscal Nisman. La propia presidente, desbocada, dio varios “pasos en falso”, que es la más benévola caracterización que puede darse al manoseo practicado en sus dos inolvidables cartas sobre el asunto.

Pero pasado el desmadre inicial hay que reconocer que recapacitó y eligió la que probablemente sea la mejor de las opciones que tenía a mano: volver a polarizar la escena entre la Argentina feliz que él siempre busca encarnar, representada en los millones que se han tomado o están por tomar vacaciones, y el campo de la frustración y la tristeza. Campo al que pertenecen ahora, obviamente, tanto el fiscal fallecido como todos a los que les atormenta su suerte.

De ello se desprende la invitación a ignorar u olvidar el asunto. Porque una vez muerto, Nisman debe desaparecer. Y la mejor forma de lograrlo es que su muerte se normalice, de la forma en que se normalizan las muertes en este país, por cansancio y resignación: nunca sabremos lo que pasó, elija ud. su hipótesis y confórmese con eso.

La propia Cristina hizo punta en la Casa Rosada el viernes pasado: ni lo nombró, sólo elípticamente se refirió al tema para ponerse en víctima de los jueces y fiscales, que la quieren callar, y de Lagomarsino que la insultó en un tweet años atrás. Ante semejantes atropellos, ¿por qué iba a tener que explicar la desprotección en que se dejó a la única víctima real de estos días? ¿O su papel en el involucramiento cada vez más intenso de los servicios en la vida judicial y política del país?, ¿o en la guerra entre facciones de espías?, ¿o en las invitaciones a acallar al fiscal que se lanzaron desde el gobierno días antes de su muerte, y que tal vez actuaron sobre alguna de estas facciones como aval para aterrorizarlo, o directamente eliminarlo?

La operación oficial se completa achacando la muerte a campañas de poderes oscuros que quieren perjudicar al país, entre los que descuella, como siempre, el periodismo independiente, esos malditos sin alma ni sentido nacional; y ahora también los extranjeros que “nos traen acá conflictos que están causando desolación, muerte y agobio en otros lugares”. Entre los que la presidente cada vez menos sutilmente incluye a las entidades judías argentinas atribuyéndoles “origen israelí”. Unos y otros pretenden involucrarnos en “toda esa mugre que hay afuera”, afirmó. A nosotros, un país de lo más sano y próspero, como se comprueba en las multitudes que pululan en la costa.

Ud. elige, entonces: Nisman y la pálida, o el verano, última gran conquista del modelo inclusivo de matriz diversificada. Que Cristina está decidida a defender con uñas y dientes, para que nadie vuelva a amargarnos. Con las cartas sobre la mesa, se dedicará seguramente en los próximos tiempos a inocularnos dosis crecientes de su terapia: una en que el verano ES la droga.

¿Puede funcionar? Como toda droga, nuestra dependencia de ella crece a medida que la realidad que nos rodea se vuelve más angustiante. No por nada a las vacaciones también las llamamos “escapadas”. Así que tal vez la acumulación de preocupaciones no juegue en contra si no a favor del gobierno: él nos ofrece una vía de escape, y muchos preferirán aprovecharla. ¿Qué mejor que poner la mente en naranja si andamos de malas? Las alusiones más simpáticas y relajadas que nunca que Cristina dedicó a Salvavidas Scioli en su discurso del viernes en Casa de Gobierno no fueron sino la frutilla de este postre que van a tratar de que dure todo el año.

Los simpáticos gestos hacia Scioli tienen también otras razones. Con su “kirchnerismo con rostro humano”, el bonaerense siempre ha sido una reserva de votos y opinión favorable en los momentos de crisis. La presidente leyó bien las encuestas, según las cuales su caída en el favor popular es más del doble que la que sufrió el ex motonauta, y actuó en consecuencia. Además seguramente le preocupa el desdoblamiento de elecciones provinciales, que va extendiéndose, y el hecho de que, por más que se ha acortado el plazo de renovación de deudas de los distritos con la nación, la mayoría de ellos sigue cortejando a Scioli y manteniendo a resguardo la confección de sus listas locales. La versión según la cual el virulento documento del PJ sobre Nisman fue una imposición de la Rosada no fue desmentida por ningún cacique peronista, más bien fue fogoneada por varios de ellos: les permitirá decir, si las encuestas no se revierten, que ellos también han sido víctimas, pobres rehenes de la autocracia k.

Como sea, el oficialismo apuntará a recauchutar por un tiempo más la polarización que tantas alegrías ya le dio, la que contrapone en clave Cinzano “el país que está de fiesta”, el suyo, al amargado y fracasado, el que no festeja porque no se lo merece, y vive incubando rencor. Polarización que sabemos bien funciona incluso para muchos que ven la fiesta de lejos, los que cada vez tienen menos chance de tomarse vacaciones pero preferirán lógicamente identificarse con los que les prometen al menos alegrías sustitutas, antes que plegarse a quienes sólo son capaces de sumar amarguras a las que ya experimentan.

Que esa estrategia de polarización y olvido pueda ser la mejor para el gobierno no significa que sea la mejor para que se sepa alguna vez qué pasó con Nisman (y con la AMIA, con el pacto con Irán, etc.). Ni mucho menos que sea la mejor opción para el país. Al contrario, los intereses del gobierno y los del resto de los argentinos hace rato que vienen a las patadas, y a medida que pasa el tiempo tienden a estar más y más en las antípodas. Por lo que difícilmente la discordancia vaya a suavizarse antes de diciembre próximo.

En el camino al oficialismo se le hará difícil seguir luciendo caretas de mínima civilidad. La brutalidad de sus discursos y gestos se incrementará. No se escuchó una condolencia de la presidente, como de casi ninguno de sus funcionarios. Tampoco una promesa de verdad y justicia. Y sí se escucharon y siguen escuchando paladas de fango contra la víctima, sus investigaciones y todos los que se preocupen por ellas. Desde la insinuación de homosexualidad, hasta el señalamiento de un supuesto desequilibrio afectivo y mental, pasando por descalificaciones profesionales y vínculos espurios. Pero la mayor novedad es contextual. Los kirchneristas siempre fueron brutales, incluso más allá de su propio beneficio, no podían evitarlo. Pero ahora lo son parados en la tumba de un adversario al que no se sabe si colaboraron a eliminar, pero a cuya muerte directa o indirectamente sin duda contribuyeron. Lo que están diciendo es que no tienen por qué arrepentirse, y que Nisman se lo buscó. Hay que tomar nota del salto cualitativo que ello significa en términos de la degradación de la vida pública.

Argentina es un país complicado, en el que las tendencias autoritarias, violentas y maniqueas suelen si no ser, al menos poder volverse mayoritarias. Cristina Kirchner lo sabe y apuesta a que es mejor que la consideren cómplice de una muerte antes que débil. Ojalá se equivoque, y pague un costo más alto del que espera por desentenderse no sólo de la responsabilidad pública que le cabe en aclarar y eventualmente castigar la muerte de un funcionario que se volvió su adversario, sino de algo que resulta aún más básico y urgente para cualquier persona decente, evacuar las sospechas que la involucran.

 -publicado en perfil.com el 1/02/2014

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Caso Nisman, bancarrota moral e intelectual del oficialismo

Cristina Kirchner, sus funcionarios y seguidores se han dedicado a vocear hipótesis y explicaciones sobre la muerte de Nisman con la liviandad de quien deshoja una margarita. Es hora de que invirtamos las cosas, nos enfoquemos no en Nisman sino en ellos y nos formulemos algunas hipótesis sobre lo que les está sucediendo y nos están diciendo.

Las dos cartas de la presidente sobre la sorpresiva muerte dicen mucho, demasiado. Lo primero y fundamental que cabe extraer de ellas es que, o bien nos está engañando descaradamente y hay que leer sus palabras como parte de la operación de desinformación más artera de la que se tenga memoria, o bien (y en el mejor de los casos) no tiene idea de qué está hablando, tiene tantos datos firmes sobre lo que sucedió con Nisman como cualquiera de nosotros y trata de disimular su desorientación, al mismo tiempo que desentenderse de toda responsabilidad, lanzando hipótesis como quien conversa de cualquier cosa con sus amigotes.

Si lo primero es correcto sería gravísimo: estaríamos en manos de una psicópata consumada que ya no reconocería límite alguno al abuso de poder. Si en cambio fuera cierto lo segundo estaríamos ante la evidencia de que su gobierno ha perdido el control de la situación, y encima que lo perdió en manos de mafias propias y ajenas. Por lo que habría que estar igual de preocupados.

Como lo más probable es que la verdad se encuentre más o menos a medio camino entre una y otra alternativa lo mejor es preocuparse por partida doble: de las maquinaciones del gobierno y también de su  descontrol.

Porque es muy probable que CFK no sólo no diga todo lo que sabe, sino que, contra lo que pretendió “confesar” en su segunda carta, además de no tener pruebas tenga unas cuantas dudas y esté desesperada por entender el lío en que está metida: debe estar desconfiando, y con razón, no sólo de Stiusso, también de Milani y de muchos otros funcionarios cercanos, de los yanquis pero también de los iraníes, etc.

Eso puede sucederle a cualquier gobernante, pero en el caso del kirchnerismo sería una novedad: porque él ha tenido de sobra, en estos años, tanto dinero como información. En muchas ocasiones usó muy mal tanto una cosa como la otra, pero en cualquier caso esos recursos le aseguraban un piso de gobernabilidad, le permitían anticiparse a sus adversarios y controlar la escena aun cuando por el camino cometiera serios errores. Dinero ya sabíamos que le viene escaseando desde hace tiempo; pero si tampoco tiene idea de lo que Juan y Mengano están haciendo, y encima Juan y Mengano son del riñón del poder y andan a los tiros entre ellos, lo único que nos queda es ajustarnos los cinturones.

Quienes también publicaron su carta fueron los capitostes del PJ, aunque dicen que no la escribieron ellos sino Zannini. En cualquier caso la firmaron, y deben haber leído que despotricaba contra medio mundo, desde la CIA hasta Clarín, con inédita virulencia.

La interpretación más extendida es que ofrecieron así a Cristina la enésima prueba de su ciega lealtad. Pero puede ser que además nos hayan querido decir algo a los demás argentinos: que están asustados, que tampoco saben muy bien qué pasó y temen lo peor, que al menos alguna fracción del gobierno que integran esté involucrada, y ante el peligro de quedar acorralados la mejor defensa es un buen ataque. Y sobre todo que, si algo de eso se comprobara, ellos no sabían nada, porque no les correspondía saber. En el peor de los casos es Cristina la que cargará con toda la culpa, porque debió haber elegido mejor, y mucho antes, entre Stiusso o Milani, entre los yanquis o los iraníes. Como ella probablemente jamás consultó a ninguno de los que firmó la carta del PJ, ¿por qué va a ser su problema?

Podrá decirse que después de 12 años continuados ejerciendo el poder del estado, y en el caso de muchos de estos jefazos peronistas la cuenta es bastante más larga, lavarse las manos es alevosamente irresponsable; pero la verdad es que tiene su lógica: al igual que muchos empresarios, jueces y periodistas es seguro que la mayoría de ellos se haya contado más regularmente entre los espiados que entre los usuarios de la información de los espías, así que tan frescamente como hoy dicen “todos somos Cristina” mañana podrán decir “yo soy Nisman”.

En otra situación muy distinta están los creyentes del modelo, los que no necesitan que los obliguen a firmar ningún documento porque creen a pie juntillas en las virtudes de la jefa y en la maldad intrínseca del resto del universo. Entre ellos la muerte del fiscal cayó como una bomba no sólo por las razones que comparten con la perspectiva de Cristina y del PJ, por la incertidumbre sobre lo sucedido, sino porque su fe sólo puede sostenerse si esa incertidumbre es de inmediato anulada con más dogma, y el dogma requiere en este caso de dosis extra de inconsistencia moral.

En los artículos, cartas y manifiestos publicados en estos días en la prensa oficialista esta bancarrota moral se ha dejado ver con variedad de actitudes, desde el más alevoso que invitó a encontrar “vida después de Nisman” (Mempo Giardinelli), a las muestras de desprecio (“este muchacho” que se dejó engañar), pasando por los sembradores de sospechas sobre el valor de una muerte “que se le tiró por la cabeza a la presidente”. Todos compartiendo sin embargo una misma condición: dejando bien a la luz hasta qué punto, no desde ahora sino desde un principio, el kirchnerismo ha sido un proyecto que sacó a la luz y se alimentó de lo peor de cada uno.

-publicado en tn.com.ar el 26/1/2015

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Un vuelco en la situación política

Hasta aquí el kirchnerismo venía logrando que la gente pusiera su atención en las vacaciones y, en el peor de los casos, en la economía. Y que de esta hiciera una evaluación matizada: que aun cuando se lo responsabilizara de algunos o muchos de los problemas reinantes, se le reconociera que es el único que por ahora puede evitar que se agraven, y es preferible entonces que él no se siga debilitando. Así habría aun esperanzas de que, aunque sea por pura casualidad, dé en el clavo con alguna solución.

En ese cuadro de situación las denuncias de corrupción, abuso de poder y demás desmadres institucionales, así como los papelones internacionales, aunque golpearan cada vez más cerca de la presidente y fueran cada vez más indisimulables, no hacían demasiada mella en la opinión. La mayor parte de los argentinos asume que “todos roban” y todos violan la ley cuando les conviene, y aunque eso puede no gustarles, dado que “no tiene arreglo” no está entre sus prioridades que alguien intente cambiarlo.

Pero es muy probable que la muerte de Nisman produzca un vuelco: porque una cosa es el robo y otra muy distinta la muerte. Más aún las muertes políticas (y ésta sin duda lo es, más allá del curso que siga la pesquisa judicial), que desde 1983 afortunadamente siempre han sido consideradas intolerables: sucedió con José Luis Cabezas, con los manifestantes de diciembre de 2001 y seguramente sucederá en este caso.

En el Ejecutivo lo saben y por eso han salido a despegarse. Cristina guardando el silencio habitual, pues como sabemos ella sólo es presidente de las buenas noticias, nunca de las malas; y el resto bombardeando con la tesis de un suicidio supuestamente originado en la “encerrona en que el propio fiscal se metió al hacer una denuncia sin asidero”.

Pero es difícil que eso vaya a funcionar. Primero, porque el origen del conflicto con Nisman, el pacto con Irán, siempre fue inexplicable desde la posición oficial: se dieron varias explicaciones, todas malas y poco creíbles, de haber estampado la firma y hecho votar por el Congreso semejante engendro. Y en cambio la investigación del fiscal ofrece una bastante convincente. Segundo, porque hay ya varios antecedentes del oficialismo usando servicios de inteligencia con fines partidistas, tejiendo relaciones internacionales con ayuda de esas redes y de militantes afectos al terrorismo: lo hizo con Venezuela durante una década, así que es muy creíble que lo haya hecho con Irán. Y tercero porque en su lógica de guerra contra la Justicia fue tan brutal en el ataque a Nisman, que perdió la ocasión de descargar el problema en funcionarios de menor rango o una patrulla perdida de adictos demasiado entusiastas.

Así las cosas, lo más probable es que el descrédito oficial se incremente y el temor a lo que se viene, hasta aquí principal instrumento del gobierno, se vuelva en su contra.

El barco kirchnerista desde hace largo tiempo que viene haciendo agua. Pero desde lejos parecía que nada lograba alterarlo demasiado, que seguiría a flote y llegaría medianamente bien a puerto. Ahora el proceso se aceleró, dejando a la luz lo precaria de su situación: más allá de la aparente estabilidad, avanzaba a paso firme hacia el punto crítico en que el agua superaría la línea de flotación; y si la muerte de Nisman lo empuja más allá de ese punto crítico, difícilmente logre evitar un rápido hundimiento. Si esto sucede él y todos los demás deberán repensar sus planes de campaña, sus promesas de continuidad y de cambio, y como justificarse ante la sociedad.

- publicado en perfil.com el 19/1/2015

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Ayatollah Cristina, entre el terrorismo y el antimperialismo

El mundo le sigue dando dolores de cabeza al kirchnerismo. Y no sólo porque baje la soja, le quieran cobrar por todos los medios las deudas acumuladas, se objete su manipulación de las estadísticas y se desnude el lavado de dinero del círculo presidencial. Sino también y sobre todo porque el mundo se resiste a acomodarse a su visión cada vez más esquemática e infantil de las cosas.

Con palabras más sofisticadas que las de D´Elía y Bonafini, pero con la misma idea general del problema, Cristina ha denunciado una y otra vez que el colonialismo europeo, la CIA y el militarismo norteamericano están detrás de todos los males de la tierra. Y con esos argumentos ha querido justificar apuestas cada vez más torpes y costosas, desde su solidaridad con Khadafi al acuerdo con Irán, de la confrontación inconducente con la justicia norteamericana a la entrega de pies y manos a los chinos por un puñado de dólares. Todo se justifica porque en la vereda de enfrente están supuestamente los ricos y poderosos, que son los que nos critican y los que tienen la culpa de todo, afuera igual que fronteras adentro.

En ello no ha habido sólo relato y oportunismo, sino también estrategia. Y una muy mala estrategia. Cristina, de la mano del sorprendente señor Timerman, ha imaginado que gracias al ascenso de China y de Rusia, un país como Argentina necesita y necesitará cada vez menos a esas democracias occidentales renuentes a colaborar con su administración. Y como su premisa es que fueron éstas las que hasta aquí nos han impedido desarrollarnos y progresar, por las deudas que nos impusieron, por las exigencias de sus inversores y la soberbia de sus gobernantes, cree que alejándonos de su influencia podremos, nótese la paradoja, finalmente parecernos más a ellas y hasta superarlas. Que es el sueño de todo buen peronista desde los orígenes del movimiento, y de muchos otros argentinos: convertir al país en una potencia aún más influyente y avanzada que las del norte supuestamente decadente. Con lo que se ignoran no sólo las limitaciones cada vez más grandes que nos impiden dar esos saltos, y que vuelven los intentos de darlos cada vez más agotadores e inconducentes. Sino también el hecho de que países como Rusia y China no son más benévolos que los demás poderosos del mundo en sus tratos internacionales, todo lo contrario. Y que el abrazo que promueven nos impulsará más bien a parecernos cada vez más a ellos, en lo económico, con salarios más bajos, y también en lo político, con menos democracia.

En este marco, ha interpretado el problema del terrorismo internacional con la misma tónica que aplica a la historia de violencia política en el país: habría sido la violencia de arriba la que generó la violencia de abajo, así que primero hay que terminar con la represión y el combate militar del extremismo islámico, la intervención armada de los países ricos en Medio Oriente en general, y después la jihad, Estado Islámico y todas las demás manifestaciones del islamismo violento van a desaparecer solas. Porque ellas no son problemas en sí, son efectos de males previos, el imperialismo en todas sus formas.

Eso no va a pasar, claro. Porque las cosas son bastante más complicadas, lo fueron en nuestro país y lo son en el mundo. Antes que una guerra entre el Islam y Occidente, el islamismo radical es la expresión de una guerra interna en el mundo musulmán. Donde pelea su principal batalla, contra los musulmanes moderados y sobre todo contra las fuerzas democráticas y liberales de países estragados por el autoritarismo y la pobreza. Se alimenta en gran medida de ésta, tanto en los países musulmanes como en los occidentales. De allí el reclutamiento de muchos jóvenes europeos en donde la integración económica y social soñada por sus padres fracasó y alimentó el resentimiento. Pero desde Khomeini a esta parte siempre su principal objetivo ha sido evitar que el Islam se secularice y modernice, combatiendo todas las variantes de liberalismo político y económico en su seno. Y a su principal responsable, Occidente.

Lo interesante del caso es que ese resentimiento, aunque no tiene la misma intensidad, posee similares orígenes y características que el que anima no sólo a buena parte del activismo kirchnerista, sino también a muchos otros argentinos. Que por más que no compartan el antimperialismo doctrinario y virulento de los D´Elía y Bonafini, sintonizan con él desde un antimperialismo de sentido común, que hace posible pensar que los franceses en alguna medida se merecen lo que les sucedió, porque también ellos han bombardeado y matado inocentes en países del tercer mundo, porque les han vendido armas e incluso sus militares y servicios secretos han entrenado en el pasado a Al Qaeda, o porque para comprar petróleo barato cooperaron con regímenes autoritarios en Medio Oriente.

Con argumentos de este tenor, que tienen algo de verdad pero pecan de una miopía de origen, al atribuirle todos los males del mundo a un grupo de países, las democracias desarrolladas del centro, y disculpar al extremismo, el autoritarismo y la violencia que florecen en muchas regiones de la periferia, Argentina, otrora el país de la región más afín y cercano a Europa Occidental, ha tendido a extrañarse cada vez más de ese mundo desarrollado al que intentamos tantas veces parecernos, pero una y otra vez ese ideal se nos escapó y fracasamos.

A las puertas de lo que parece será una nueva frustración nacional, y una bastante difícil de explicar, con la economía estancada, el dólar incontrolable, default y demás desgracias, es bastante lógico que no sintamos mucha solidaridad que digamos por esos muertos parisinos, y muchos pensemos que “por algo será”.

Si de lo que se trata es de reflexionar sobre los contextos, este es el nuestro, en el que recibimos la noticia del atentado contra Charlie Hebdo. Como era de esperar, un oficialismo acorralado intentó sacar provecho a su manera de estas circunstancias, nutriéndose del resentimiento y el miedo, tratando de hacer pasar el acontecimiento como una prueba más de que Occidente está condenado y es un fraude. Que si no nos quiere en su club, peor para ellos y mejor para nosotros, pues todas las plagas habidas y por haber se seguirán descargando sobre sus cabezas y se lo tendrá merecido.

Ayatollah de su propia secta de fanáticos, Cristina nos dirá de nuevo que eso les pasa porque no le hicieron caso. Y lo peor será que, fuera de su círculo de alucinados, muchos más recogerán de sus palabras el calmante que necesitan para tragarse la frustración nacional que tenemos entre manos. Y encontrar su razón de ser no en lo que hemos hecho nosotros con nuestro país, sino en el mal que supuestamente nos ha hecho y le ha hecho el mundo.

 

 

-publicado en tn.com.ar el 14/01/2015

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Cristina y la UCR buscan protagonismo, sin candidatos

2014 se cerró con un protagonismo creciente de las tres figuras que aspiran a la sucesión y tienen chances de lograrla, Scioli, Massa y Macri.

Pero en el arranque de 2015 puede ya observarse un cierto giro: el renovado esfuerzo de los relegados por ese protagonismo, pues no tienen a su lado candidatos presidenciales muy atractivos que digamos, por lograr mayor participación en el juego. Y puede que por sus propios medios o colaborando más o menos disimuladamente entre sí lo consigan.

Cristina empujó una vez más a su entorno a horadar a Scioli, amenazarlo y cuestionar hasta sus más irrelevantes muestras de autonomía. Pero no se quedó en eso, mientras tanto activó la ingeniería legal para ser candidata en todo el país al fantasmagórico Parlasur, de modo de complicarle la vida al mismo tiempo al gobernador bonaerense y a la oposición. Si lograse nacionalizar la elección en torno suyo podría hacer creer que los votos oficiales siguen siendo de ella, no de quien resignadamente acepte como su candidato presidencial; y si además pudiera impedir que los opositores se pongan de acuerdo en presentar una sola lista para el Parlasur, tendría chances de seguir invicta en las urnas.

El oficialismo también hizo circular encuestas según las cuales cualquier candidato que reciba el aval de la presidente tendría garantizado 38% de los votos, y la versión de que la ola naranja podría quedar reducida a espumita si Scioli es forzado a competir contra listas avaladas por Cristina en las PASO, o directamente impedido de participar de ellas como parte del FPV.

Claro que Scioli podría en este último caso hacer lo que le sugirieron ya tiempo atrás sus seguidores menos afines al kirchnerismo, armar con De la Sota, Rodríguez Saá y hasta con Massa una interna entre peronistas disidentes, en la que todavía lo acompañarían unos cuantos gobernadores, intendentes y sindicalistas. Pero los riesgos de quedar como el jamón del sándwich y perderlo todo serían considerables así que esa salida es poco convincente como alternativa. Por suerte para él, tan poco convincente como la amenaza de dejarlo fuera del FPV.

Por el lado de la oposición, además, en caso de prosperar la manganeta oficialista del Parlasur la opción más tentadora podría ser, más que la de un peronismo reagrupado, la que por sus propios motivos está enarbolando en estos días la UCR: convertir abiertamente las PASO en lo que en alguna medida e implícitamente ya son, una gran interna de todos los que quieren dejar fuera del poder a los k. Esta gran coalición podría ser un efecto no querido (o no del todo querido) de los esfuerzos kirchneristas por bloquear acuerdos más puntuales, como los que se tejen entre candidatos a gobernadores del radicalismo, FA-Unen, Massa y Macri en provincias donde se votará simultáneamente con las presidenciales, o la perspectiva de un acuerdo específico para unificarse sólo en la lista al Parlasur, posibilidad que Cristina quiere bloquear a toda costa.

En cualquier caso, la gran coalición tendría la enorme ventaja de asegurarle a Macri y Massa que uno de los dos sería seguro presidente, y al que resulte favorecido facilitarle la formación de una nueva mayoría de gobierno, electoral y legislativa. Pero sobre todo está pensada para hacerle la vida más cómoda a la UCR, que de ser un descuartizado campo de disputa entre esos dos candidatos se volvería el eje articulador de un nuevo gobierno, y uno de seguro poderoso. Con esta idea en mente, el senador Gerardo Morales, aliado de Massa y aspirante radical con chances a la gobernación de Jujuy, parece haber convencido a Ernesto Sanz de que sea que se pueda lograr o no, impulsar la gran coalición es la mejor alternativa, porque al menos muestra al partido con iniciativa, obliga tanto a Massa como a Macri a responder, y por ahora evita que la UCR se descomponga en acuerdos puntuales con el FR o el PRO, situación que tendría por principal perjudicado precisamente al propio Sanz, jefe nacional del partido. Además de que no es incompatible con que los radicales mantengan la atención puesta en potenciar sus listas locales y provinciales en los distritos donde pueden ganar.

Ahora bien: más allá de todo eso, ¿tiene alguna posibilidad de convencer a los aspirantes a la sucesión con más chances? Les ofrece un marco en el que competir por hacerse de la adhesión ya no de una acotada primera minoría, sino de una amplia mayoría, el 70% de los votantes que quieren un cambio. Asegurándose, como dijimos, no sólo de un triunfo en la primera vuelta, sino de una mayoría social e institucional que haría más fácil ejercer la presidencia desde diciembre de 2015. Posibilidad cuyo atractivo crece si ambos calculan que pueden resultar sus beneficiarios, perspectiva que la pareja relación de fuerzas del momento en alguna medida alienta.

Las complicaciones para implementar el acuerdo, de todos modos, son muchas e indisimulables. La primera es la que encarnan Cobos y Binner, que quedarían un poco fuera de juego en esa gran coalición: ya se reunieron e hicieron saber que prefieren acordar una fórmula entre ellos, en el marco más estrecho del FAUnen, que ceder a la venenosa oferta de ser cola de león. Además está el problema de las listas de diputados y senadores nacionales: a nivel local y provincial la UCR podría asegurarse de que ni Massa ni Macri le disputen los cargos que ella tiene chances de ganar, pero difícilmente los presidenciables sean tan generosos con las bancas nacionales, que necesitarán poblar de gente leal si quieren no depender por completo de legisladores ajenos para gobernar desde 2016. En otro caso les convendría ir a las PASO por su cuenta, y confiar en que si hacen un buen papel en ellas podrán polarizar con Scioli en la primera vuelta y quedarse con una primera minoría, que aunque esté muy lejos de ese 70% con que se especula será propia y leal.

Por de pronto lo que es seguro es que a Massa y Macri lo que les conviene más que nada es que sea el otro el que diga que no al convite radical y quede aislado. Y por ello ninguno de los dos se apresuró a contestar. Pesa en ellos también el temor a que efectivamente Cristina logre instalar su candidatura a algún cargo, Scioli se le someta, la economía un poco ayude y el oficialismo repunte en las encuestas acercándose al 40%. Lo que se difunde al respecto desde las usinas oficiales es por ahora pura fantasía, pero podría no seguir siendo así en caso de que entre Cristina y Scioli vuelva a primar el equilibrio colaboración-diferenciación que lograron, por ejemplo, en 2011.

Lo curioso de todas estas apuestas y movidas es que están tan interconectadas entre sí, y operan sobre un terreno tan fluido, que nadie, ni los tres grandes aspirantes a la sucesión ni los que se mueven alrededor tratando de condicionarlos o montarse en ellos, puede saber a ciencia cierta qué es lo que más le conviene: por eso, podrá decirse que es penoso que se manipulen las reglas de juego para condicionar los resultados, que es decepcionante que los candidatos se parezcan tanto, los partidos sean tan débiles y los alineamientos tan laxos, pero lo que no podrá negarse es que la competencia será intensa y el juego incierto y entretenido hasta el final.

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