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Efecto benéfico de los errores de Cristina

Si en 2011 le hubiera hecho caso a Boudou y hacía lo que ahora, casi tres años después, tarde y mal, está intentando con Kicillof, hubiera podido endeudarse y hacerse del combustible necesario para “profundizar el modelo”. Profundización que igual intentó, pero afortunadamente se quedó trabada a mitad de camino y fracasó.

Si tras la muerte de su marido hubiera modificado su política de medios, apuntando a lograr una aplicación negociada de la polémica y enrevesada ley de 2009 y permitir un juego más libre de la comunicación oficial, muy probablemente hubiera tenido más chances de convertir el consenso que entonces circunstancialmente disfrutaba en auténtica hegemonía. El esperable debilitamiento de las empresas de medios independientes y el desarme del núcleo duro de opinión opositora le hubieran facilitado el camino para implementar reformas institucionales como la de la Justicia y la Constitución, que planteó en 2012 pero no pudo concretar, asegurándole por lo menos el control de su sucesión. Cosa que hoy está por completo fuera de su alcance.

Cristina mostró en esas y otras circunstancias ser una excelente comunicadora, pero una estratega bastante deficiente, fallando una y otra vez en la toma de decisiones críticas. A la postre, si la democracia y la economía argentinas sobreviven más o menos indemnes al kirchnerismo se lo deben en gran medida a esos fallos. Así que hay que estarles agradecidos.

En los días que corren asistimos a nuevos errores presidenciales de efectos igualmente benéficos. Uno de ellos es de naturaleza económica: el desordenado ajuste puesto en marcha en enero pasado está obligando al gobierno a absorber costos políticos que, si él hubiera podido montado bien la bomba de tiempo que venía formándose hasta ese momento, se habrían cargado a la cuenta de sus sucesores, complicando enormemente la salida del ciclo populista. De paso, el ajuste está legitimando una serie de instrumentos hasta hace poco innombrables e invendibles para buena parte de la opinión pública, que para las futuras autoridades será imprescindible utilizar, como la negociación con los organismos financieros internacionales, la necesidad de que rija en la economía un mínimo equilibrio de los precios relativos, la conveniencia de liberalizar el mercado de cambios, entre varios otros tópicos de un muy básico sentido común que durante un buen tiempo parecía totalmente extraviado.

El otro error afortunado es de naturaleza política y se vincula a la desmesurada valoración que hacen los líderes kirchneristas del enraizamiento logrado en la sociedad por parte de su proyecto y su identidad. La presidente se ha convencido de que su proyecto va a sobrevivir no sólo al ajuste en curso, sino a la ya casi inevitable salida del gobierno nacional. Gracias a lo cual se muestra dispuesta a una transición no tan conflictiva como la que se hubiera podido esperar si se guiaba por una idea más dramática sobre el destino que le aguarda cuando vuelva al llano, y de una más modesta valoración de sus bases de apoyo en la sociedad.

Para empezar, parece ya no estar tan dispuesta como en años pasados a emprender batallas a muerte y plantearse metas a todo o nada. Como mucho amenaza con librarlas, pero si ve que las cosas pintan mal, recoge el piolín, como ha hecho en la relación con Scioli, en su promesa de “nunca jamás devaluar” o de nunca volver a tomar deuda en el exterior. Ya nadie habla de incendiarle la provincia al bonaerense, ni de destruir todos los mercados con tal de sostener la ilusión del “modelo nacional y popular”. En suma, nada parecido a la batalla campal venezolana habrá que soportar en la transición que se viene. Lo que no es poca cosa.

En consecuencia, es bastante probable que toda la combatividad kirchnerista de “nunca menos” y “ni un paso atrás” se disipe como una bomba de mal olor apenas molesta. El kirchnerismo seguramente sobrevivirá en los muchos empleados atornillados en diversos organismos del estado que dejarán a su paso La Cámpora y las demás organizaciones militantes oficialistas. Y seguramente también perdurará en la difusa idea facilista con que buena parte de la sociedad concibe los problemas de la economía y la satisfacción de los intereses sectoriales. Pero aun con todos los dolores de cabeza que eso pueda implicar, será bastante poco respecto a lo que pudo ser si el modelo K hubiera contado con algo más de rigor y eficacia instrumental.

-publicado en tn.com.ar el 14/4/2014

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Una señal contra el invierno de Kicillof

El paro del sindicalismo opositor no pone en riesgo la gobernabilidad, pero sí complica el ajuste emprendido por el gobierno nacional en enero pasado. Ajuste sin plan que, como una bomba de profundidad, ha ido extendiendo con cierto retardo pero inevitablemente a más y más sectores económicos y sociales los costos derivados de los desequilibrios del modelo.  Y no tiene, para peor, visos de poder dejarlos atrás rápidamente con un nuevo ciclo de expansión. Las resistencias crecen, entonces, no sólo por los perjuicios inmediatos que, pasado el verano, se extienden y amplifican. Sino sobre todo porque pocos creen que las cosas vayan a mejorar en el corto plazo y el mal pronóstico alimenta las reacciones defensivas.

El beneficio que el sindicalismo crítico espera obtener de medidas de fuerza como la de jueves 10 es, entonces, doble: evitar que sus representados se cuenten entre las víctimas de lo que pinta será el largo y penoso aterrizaje del modelo k; y hacerse al mismo tiempo de un lugar protagónico en el igualmente largo e intrincado proceso de composición de su reemplazo. Como es obvio concluir, los alicientes para reincidir en paros generales y movilizaciones en un contexto como este son tales que su reiteración se vuelve inevitable.

La pregunta, como con todo proceso de ajuste, es quién lo paga, y los asalariados formales están dando la señal de que se resistirán con todo lo que tienen a la mano a hacerlo. Para el gobierno es un problema serio pues afecta al núcleo duro de su base de apoyo: toda fuga que se produzca en ese núcleo duro será una ganancia también doble de la oposición; y todo lo que ceda en el terreno de los salarios, Ganancias y jubilaciones, implicará para Cristina menos dinero para sostener los planes sociales, las transferencias discrecionales a municipios y provincias adictas, en suma, más tensión con las demás piezas centrales de su coalición.

Siendo así, no se entiende que haya puesto tan poco empeño en retener a los dos gremios decisivos para el éxito de este y cualquier otro paro general: ferroviarios y colectiveros. Con ellos Moyano recompuso ahora la alianza de sindicatos de transporte que se había esfumado al romper con Cristina, a fines de 2011 (lo que, recordemos, redujo la eficacia del primer paro que hizo contra ella, en 2012). Aunque también hay que destacar la contribución al éxito de la huelga del jueves que hicieron otros sectores: en particular de entre los que obtuvieron aumentos inferiores al 30% (de allí la adhesión de seccionales y comisiones internas de varios grandes gremios industriales, que la izquierda se adjudica exageradamente), y de quienes temen que eso es todo lo que recibirán (como sucedió aparentemente en Comercio, que no adhirió pero tampoco trabajó, a diferencia de Bancarios, que firmó por alrededor de 34% y trabajó normalmente).

Tampoco el gobierno parece haber sido eficaz en su esfuerzo por atribuirle la responsabilidad y los disgustos resultantes del paro a los opositores, y en particular a Massa. Éste sabe, igual que Cristina y todo líder peronista que se precie, que lo que la mayor parte de la sociedad espera de ellos es que demuestren ser capaces de atender los reclamos sindicales sin volverse sus rehenes, es decir, que sepan negociar e integrar para poder acotar y disciplinar. Y el problema de Cristina es que ya no logra hacerlo: desde que rompió con Moyano empezó a declinar su capacidad de disciplinamiento, lo que ahora se agrava porque tampoco atiende ni satisface; retrospectivamente incluso sus actuales dificultades invitan a reflexionar sobre la inconsistencia inherente a la apuesta que la llevó entonces a la ruptura con Moyano, y luego a esperar dos años para hacer un ajuste que esa ruptura hubiera facilitado y que a esta altura ya hubiera podido dejar atrás. Pero eso es historia. Lo que cuenta es que ahora Massa, igual que el resto de la oposición, no tienen que hacer más esfuerzo que el de afirmar que saben cómo recomponer el equilibrio que el kirchnerismo perdió. Cuidándose de avalar “los métodos”, pero reconociendo “los reclamos”. Un gesto que bien puede considerarse oportunista y facilista, pero que es la legítima ventaja que corresponde a cualquier competidor por no tener a cargo el timón.

-publicado en perfil.com

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Scioli, ¿se consolida o apenas prolonga su agonía?

La declaración de emergencia en seguridad decidida por Scioli ante la ola de linchamientos apunta a colocarlo una vez más en el centro de la escena. Su iniciativa podrá tener más o menos eficacia para controlar la situación, y para convencer a los votantes de que el gobernador está atento a sus problemas y sabe lo que hace. Pero al menos le permite diferenciarse del resto del oficialismo,  que como hace cada vez más habitualmente, sólo habla y para lavarse las manos de los problemas.

La duda es si al final del camino su estrategia no probará ser peor que la de Cristina: con su decisión está reconociendo la responsabilidad que le cabe en la crisis de inseguridad, por lo que si las cosas no mejoran en el futuro próximo le resultará mucho más difícil hacer con ella como con el paro docente, mostrarse bienintencionado pero maniatado y descargar su impotencia en la falta de colaboración de los demás.

Con su anuncio Scioli, además, cerró una semana que debió parecerle especialmente buena. No sólo empezaron las clases en el distrito, sino que se concretó una reunión de autoridades del PJ nacional en que Zannini llamó a la unidad peronista, e implícitamente hizo un mea culpa por su irrupción semanas atrás en la cena de los gobernadores, lo que implicó un gran impulso a la apuesta sciolista para que sea el partido el que procese la transición a un nuevo gobierno. Si lo lograse, introduciría toda una novedad en la política argentina. Nada parecido sucedió en 1989, porque Menem derrotó a Cafiero, ni en 1999, porque la Alianza derrotó a Duhalde, ni en 2003, cuando Duhalde se tomó venganza y con Kirchner del brazo dejó en el camino a Menem.

Los demás gobernadores vienen alimentando el optimismo de su par bonaerense desde hace meses. Pero, ¿lo hacen para ganar tiempo y asegurarse su propia supervivencia, porque es la alternativa menos riesgosa hasta que se abra en serio la competencia, o porque realmente creen que la suya será la opción ganadora en 2015? ¿Tiene en serio Scioli chances de encabezar una innovación bajo control pejotista en la política argentina, o su destino es repetir el papel de Duhalde en el ´99, ser el mascarón de proa perdidoso de una coalición de jefes distritales sólo interesados en salvarse a sí mismos?

El giro económico operado desde enero, hacia un ajuste al menos parcial de los desequilibrios que se venían acumulando, también ha abonado el optimismo sciolista. El gobierno nacional logró que los caudillos territoriales del peronismo se convenzan de que Cristina va a terminar su mandato más o menos en pie, y de que les conviene seguir colaborando para preservar la gobernabilidad, en vez de dar el salto al massismo o lavarse las manos refugiándose en sus distritos. Frases como las que Closs y Yoma pronunciaron en el verano sobre una salida anticipada de la presidente no se van a volver a escuchar. Al menos por un tiempo.

De todos modos, hay al menos dos dudas todavía abiertas sobre el alcance de esta cooperación: ¿cuánto más ajuste necesitará hacer el gobierno nacional y cuánta recuperación económica necesitará conseguir para preservarla hasta 2015?, y ¿alcanzará para volver viable una candidatura presidencial oficialista?

A quien más desvelan estas preguntas no es a Cristina, que parece entre satisfecha y resignada con cómo van las cosas, cada vez más atenta a que su legado siga vivo, aunque sea en una minoría electoral y una porción del partido, y menos a lo que hace falta para recrear la mayoría y conservar la presidencia. Sino al propio Scioli, que necesita al mismo tiempo mantener a los gobernadores satisfechos, pero atados a su candidatura presidencial, y que el legado kirchnerista siga vivo, aunque no tan vivo como para que un candidato kirchnerista se pueda instalar. Lo que cada vez más se parece a conseguir la cuadratura del círculo.

Uno de los terrenos en que este complejo juego se vuelve más visible y revelador es el de los subsidios. Su asignación no sólo ha sido absurda en relación a los distintos sectores sociales, sino muy desequilibrada en términos territoriales: están tan concentrados en la zona metropolitana, que su recorte pasará casi desapercibido en todas las provincias, salvo en la de Scioli. De allí que los demás gobernadores prefieran, obviamente, que el estado central vaya a fondo en esa cirugía, para que pueda ser más generoso con ellos en las transferencias discrecionales, la obra pública y la renegociación de deudas. El problema para Scioli es que si colaborara a esta operación, tal vez podría todavía liderar una coalición periférica, pero probablemente terminará de perder el favor de los votantes del conurbano, sin los cuales es difícil formar una mayoría nacional.

Así las cosas, el riesgo de terminar haciendo el papel de Duhalde en 1999 aumenta: lideraría una fórmula nacional útil apenas como paraguas para que los jefes territoriales revaliden sus títulos, sobre todo si adelantan sus elecciones, sin pagar costo alguno por una derrota en las presidenciales. Derrota que, para peor, permitiría esta vez la consagración de un nuevo liderazgo nacional y presidente de extracción peronista. Con lo que el pase a retiro que se impondría en 2015 al motonauta sería tan o más inapelable y completo que el que sufrió Menem en 2003.

Si en cambio el ajuste no se profundiza, se hace tarde y a medias, tal vez los alicientes al consumo eviten perder más votos metropolitanos. Pero puede también que la situación económica global se descontrole, por mayor inflación y presiones cambiarias, y el resultado sea peor: una desbandada en las filas del partido y un triunfo seguro de Massa. O peor todavía, que Cristina consiga cierta recuperación, aunque efímera y a muy alto costo, y la use para promover a su propio candidato, dejando a Scioli sin destino ante una competencia polarizada. ¿Qué hacer, entonces? Éste no la tiene nada fácil. Lo que es seguro es que no piensa tirar la toalla, así que el juego seguirá abierto por un tiempo más.

-publicado en tn.com.ar el 7/04/2014

Posted in Politica Argentina.


Linchamientos y demás “ajustes de cuentas”

La fiesta termina y llega el momento inevitable de pagarla. En el ajuste de cuentas que sigue muchos se apresuran a descargar costos en los demás. El gobierno ajusta sus números y carga los desequilibrios acumulados sobre los asalariados, los consumidores o las empresas, según a quién tenga más a mano. Grupos espontáneos de ciudadanos quieren aportar lo suyo y ajustar cuentas con los delincuentes, saliendo a cazar a los eslabones sueltos del delito. Lo que parece va a imperar en la fase de frustración, una vez más, es un salvaje sálvese quien pueda, tras el cual los más lentos en esquivar el bulto se habrán hundido otro poco, o del todo, mientras los vivos se lavan las manos.

Muchos de los que creen estar entre los acreedores y se apuran a cobrarse lo que piensan les corresponde fracasarán. Sólo para los muy poderosos y descarados convivir con la irresponsabilidad puede ser gratis a largo plazo. Y ahora que el largo plazo nos alcanzó lo vamos a comprobar.

Al respecto, es llamativo que, salvando las distancias, la inflación funcione casi igual que los linchamientos o los saqueos: instintivamente (o aplicando una lógica muy precaria) asumimos que nos conviene y nos merecemos estar del lado de los que pegan y no del de quienes reciben los golpes, así que ayudamos a que las reglas de la convivencia se debiliten un poco más todos los días, y con ello a que los perjuicios colectivos se agraven y generalicen, volviéndose cada vez más inescapables.

El fondo del problema es, claro, nuestro proverbial desprecio por la producción y cuidado de los bienes públicos: la moneda, la seguridad, la educación, el transporte y en general el respeto a la ley se cuentan entre ellos, y ninguno concitó en estos años mayor interés, ni de parte de la mayoría de los gobernantes ni de los gobernados. Valoramos mucho más las 12 cuotas para el televisor que una escuela decente para nuestros hijos o una policía honesta y eficaz, aunque en las encuestas casi siempre respondamos otra cosa. Así que no debería sorprendernos que al final del camino nos encontremos defendiendo el televisor de un saqueo o apaleando al que se lo quiso afanar.

Los linchamientos dicen, en suma, bastante de nuestra condición cívica y política, igual que los saqueos y la violencia en las canchas, o el recurso al piquete por cualquier cosa; ilustran la propensión a  formar turbas para no asumir responsabilidades, el desprecio por nosotros mismos, la confusión moral en que nos coloca siempre sentirnos víctimas, y el resentimiento como casi único cemento unificador.

Si convivimos tan prolongada y alegremente con la corrupción y la ineficiencia política, judicial y policial, ¿cómo no hacerlo con sus lógicas consecuencias? Una buena parte de la ciudadanía ha creído poder escapar de estas encerrándose en sus barrios y privatizando sus servicios públicos. Igual que escapaba de la inflación dolarizándose. Y muchos que no pudieron hacer ni una cosa ni la otra, o vieron a las amenazas burlar esas frágiles barreras, se cuentan hoy entre los más resentidos e indignados. Así que recurren a, o avalan, la justicia de la jauría humana. Es inevitable que la violencia que ejercen o toleran se les vuelva en contra: el paso siguiente será, hasta para el más amateur de los arrebatadores, ir armado a hacer su trabajo. La turba enardecida no sólo es inmoral y criminal. Además empeora el problema que supuestamente sus miembros dicen querer resolver, la falta de estado y de ley común y la generalización de la violencia anómica.

Nada de eso parece interesar demasiado a quienes recurren a argumentos del estilo “está mal, pero”, como si las circunstancias y sus angustias pudieran justificar cualquier cosa. Argumentos que encima abonó una dirigencia confundida entre la necesidad de explicar el fenómeno y la tentación de justificarlo, y que se abocó a lavarse las manos, levantar el dedo acusador, o hacer un poco de las dos cosas.

Tampoco pude decirse que haya sido una sorpresa que la política reaccionara extremando la competencia en detrimento de la cooperación. Lavarse las manos  fue la manifiesta prioridad en el oficialismo. La presidente se volvió comentarista de las noticias, como tiende a hacer cuando ellas no son buenas, y banalizó del peor modo el asunto. Según ella, “quienes sienten que sus vidas no valen ni dos pesos para la sociedad tampoco van a dar ni dos pesos por la vida de los demás”.  Una versión extrema del argumento sociológico que suelen utilizar Zaffaroni y el garantismo lumpen según el cual quienes delinquen son “fruto de la sociedad” y por tanto no tienen responsabilidad personal en lo que hacen. Como si todos los excluidos fueran delincuentes o pudieran serlo, ignorando que delinquir es siempre, aun en la situación más desesperada, una decisión. Y estigmatizando a los pobres mientras en apariencia se los justifica.

Argumento que encima debió sonar como un bálsamo en oídos de los linchadores: también ellos sienten que sus vidas no valen ni dos pesos para los ladrones, la policía y la justicia, ¿por qué no creerse con derecho a despreciar la vida ajena, sobre todo si se trata de vidas delincuentes? Cabe preguntarse si Cristina no advirtió que sus palabras permitían esta doble lectura, o si las pronunció precisamente por eso, para lavarse las manos y congraciarse con unos y otros. Interpretación que resulta avalada por la convivencia en el campo oficial del discurso indignado de Zaffaroni y el justificatorio de Mario Ishii. Y que prueba de paso que todos los huevos de la serpiente, sean de izquierda o de derecha, se empollan bajo las mismas alas oficiales.

Algo más de razón tienen claro los opositores cuando advierten que la ausencia de estado está en el origen de estos ajustes de cuentas, y que hacen falta no sólo más recursos sino sobre todo invertirlos mejor en seguridad y justicia si se quiere terminar con la sensación de generalizada impunidad que experimenta la opinión pública. Y que se funda no sólo en que el crimen crece, sino sobre todo en que el porcentaje de delitos que terminan con los culpables en la cárcel no lo hace y es bajísimo. El problema fue que, en su afán de aprovechar la situación para ajustar sus propias cuentas con el oficialismo, algunas voces opositoras atravesaron también la frontera entre la explicación y la justificación, y parecieron querer quedar bien con el numeroso coro de espectadores que no se indigna con los linchamientos tanto con que “se quiera defender los derechos de los delincuentes”.  Combatir este bestial sentido común es hoy por hoy menos rentable que confrontar con el garantismo lumpen oficial. Pero la oposición debería advertir que es igual de necesario.

-publicado en perfil.com el 6 de abril de 2014

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El ajuste avanza. ¿Va a funcionar?

El gobierno está esforzándose en ampliar el ajuste iniciado en enero. Sin plan, cediendo a regañadientes, más forzado por las circunstancias que orientado por un buen diagnóstico de la situación, no puede negarse de todos modos que ha dado pasos en dirección al sentido común. Las cosas hubieran sido mucho peores si seguía por el camino que venía recorriendo hasta diciembre, intentando blindarse frente a los problemas, con la esperanza de poder ignorarlos hasta 2015 y que le estallaran al que lo sucediera.

Bomba de tiempo no va a haber, o va a ser bastante menos peligrosa de lo que cabía esperar cuando Cristina prometió que ella nunca devaluaría. Pero ¿qué resultado cabe esperar de un ajuste por acumulación y a los trompicones como el que se viene aplicando?

Parte del problema con él es que se hace a destiempo: tras haber consumido un tiempo precioso, en que el crecimiento podría haber suavizado sus efectos, justo cuando la economía ya se había estancado empezaron a acumularse las malas nuevas oficiales, convirtiendo esa tendencia en recesión. Cabe preguntarse entonces si el ajuste no terminará siendo autofrustrante: si lo que se ahorra el fisco con el recorte de subsidios lo pierde por menores ingresos, debido a la caída del salario real y el consumo, a fin de año tal vez tengamos el mismo desequilibrio fiscal que ahora, por tanto un similar ritmo inflacionario, y problemas más serios de actividad y tal vez también de empleo.

El otro aspecto problemático es la falta de una buena secuencia en las medidas. No era mala idea demorar los recortes a los subsidios hasta que terminaran las paritarias, pero para que eso funcionara el gobierno debería haber querido y podido acelerar la negociación con los gremios. Y o no lo supo hacer o  lo intentó y fracasó. Ahora los recortes de subsidios seguramente le pondrán hierro a las presiones gremiales, alentarán a los intendentes y algunos gobernadores a ser más flexibles frente a sus empleados y a las empresas a descargar los mayores costos en sus precios.

Por último, está el problema de la contradicción entre las distintas señales que se emiten desde el gobierno nacional. Él parece, a este respecto, atrapado entre la necesidad de cultivar a su base y defender sus credenciales populistas, y urgencia de convencer a los empresarios de colaborar. Una trampa que él mismo se tendió: en su esfuerzo por disfrazar las medidas que adopta, blandiendo aun las consignas de la lucha contra los mercados y los empresarios, consigue tal vez algo de aire para el proyecto político, al menos en el núcleo de su base de apoyo y entre sus militantes, pero pierde eficacia económica, porque desalienta a aquellos de cuya colaboración e inversiones necesita para que el ajuste de lugar más o menos pronto a una recuperación. Más bien convence a los inversores de que seguirá mientras pueda usando todos los recursos a la mano no para ordenar la economía, detener la inflación y recuperar la competitividad perdida, sino para alimentar a su clientela política y defender las credenciales populistas.

El resultado será un ajuste con costos para el consumo y el nivel de actividad, pero ineficaz para detener los precios y estimular las inversiones. Los que tienen los recursos para hacer más llevadero a mediano plazo el costo que el gobierno está pagando por devaluar, presionar a la baja los salarios y recortar gastos no los ponen, y entonces aunque de momento el kirchnerismo modera el impacto político del giro emprendido, porque se sigue mostrando progresista y atento al empleo y el consumo, se asegura sufrir uno mucho mayor a medida que la crisis se despliegue, la recesión se agrave y la inflación no ceda. Es como decir, el peor de los mundos: se pagan los costos de la ortodoxia sin cosechar ninguno de sus eventuales beneficios (estabilidad de precios, aumento de competitividad e inversiones, etc.).

Entonces, ¿para qué lo hacen? Acá interviene el peculiar significado que el vértice oficial atribuye a “que el ajuste funcione”. ¿Cuáles son los objetivos que en verdad persigue? En principio, acumular los costos este año y crear condiciones para una aunque sea mínima recuperación en 2015, de modo que se vote cuando ya se hayan olvidado los sinsabores del ajuste. Y en segundo lugar, soltar lastre en la coalición oficial, concentrando recursos en los votantes más seguros y dejando de pagar por los más onerosos e inciertos.

Lo más interesante del caso es que el segundo objetivo parece revestir más interés para el núcleo oficial que el primero: en la alternativa entre seguir pagando el oneroso costo de una coalición que maximizaba el consumo y el crecimiento, para tener chances de recuperar la mayoría en 2015, o blindar los apoyos que aún se conservan, asegurándose de que una no despreciable minoría siga siendo kirchnerista, parece que Cristina y compañía están optando por lo segundo. Con lo que tenemos una combinación de lo más curiosa: las medidas cada vez más ortodoxas se justifican en lo económico, porque aspira a dársele continuidad a la radicalización política.

El sueño de retener una minoría gravitante y resistente al paso del tiempo es una meta recurrente de la política argentina, incluida la peronista. No otra fue la expectativa de Menem en 1999. Lo que también resulta curioso en un partido que se define más que nada como una “fuerza de mayorías” que se organiza desde el poder. Si el kirchnerismo ya no se imagina ganando, pero quiere imponer las condiciones que cree más convenientes para su derrota y salida del gobierno (así lo han planteado casi literalmente días pasados dirigentes de La Cámpora, periodistas de los medios oficiales y hasta algunos intendentes: de lo que se trata es de quedarse con una cuota de poder que permita volver más adelante), lo que cabe preguntarse es si tendrá más chances de conseguirlo que sus predecesores. Consolidarse en el territorio, en las áreas periféricas más que en las metropolitanas, así como en la batalla cultural, cuidar a los votantes más pobres e informales sosteniendo los planes sociales y el consumo correspondiente, y a los militantes, dándoles estabilidad a los cargos que ocupan en el estado, pueden ser pasos importantes en esta dirección. Pero difícilmente alcancen a menos que el próximo gobierno tenga problemas para reactivar rápidamente la economía y superar la fragmentación peronista. Lo que depende a su vez de que la bomba de tiempo vuelva a escena y haga su trabajo. Volvemos así al comienzo: el kirchnerismo sigue siendo igual a sí mismo en un aspecto fundamental, aun cuando se resigna ante los límites a su voluntad, lo hace ratificando en lo esencial lo que lo llevó a chocar con ellos.

-publicado en tn.com.ar el 31/3/2014

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Cuidado, Zannini viene a comer

Pocas veces quedó más en evidencia la grieta que se ha abierto entre la presidente y el peronismo que cuando ella se sintió obligada a enviar a su supersecretario Zannini a colarse en la cena que reunió a los gobernadores de su partido la semana pasada.

Seguramente Cristina pensó que era peor si dejaba que Scioli, Gioja y los demás se siguieran desmarcando de su cada vez más complicada administración, y mostrando que pueden conversar amablemente del futuro incluso con De la Sota y el sáaismo, sin considerar que deban pedir permiso, ni siquiera tener en cuenta lo que ella piense al respecto. El problema existe y es serio: esos gobernadores, contra lo que afirmó Massa días después, piensan que tienen mucho futuro por delante, al menos mucho más que Cristina, y que él no depende de ella y hasta puede ser incompatible con sus aspiraciones, así que la van dejando progresivamente de lado.

Pero la solución que la presidente creyó encontrar tal vez fue peor que la enfermedad. Porque mandar a Zannini a hacer el ridículo reveló más bien su impotencia, el hecho de que ya no tiene forma de impedir que las cosas sigan su curso. Y sirvió sólo para alimentar la sospecha entre los gobernadores de que se resistirá hasta el final a una transición concertada que minimice los costos que su declinante gestión podría imponerle a todos ellos. Encima permitió a sus más odiados enemigos, los que estuvieron, como el cordobés, y sobre todo los que no estuvieron, como Massa, seguir cotizando en alza frente a los más dóciles y colaborativos. Y lo peor fue que estimuló a los peronistas en general a seguir sus negociaciones más bien en secreto, visto que tratar de hacerlo en público les trae tantos problemas.

 Por otro lado, si Cristina se hubiera hecho la distraída tal vez las consecuencias realmente no hubieran sido muy graves. Massa igual hubiera tenido que salir a despotricar contra los que se habían reunido, porque sabe que lo hacen en gran medida en su contra, y la disputa entonces se hubiera entablado entre él y Scioli. Quien está lejos de tener el panorama despejado como para tener tantas ganas de alejarse de la presidente como algunos de sus pares: no sólo por el conflicto docente, también por los crecientes problemas de inseguridad y el efecto de todo ello en las encuestas, lo último que necesita el bonaerense es quedar como el jamón del sándwich entre Massa y Cristina.

Que de todos modos la alarma haya sonado en la Casa Rosada, y sus ocupantes hayan reaccionado como lo hicieron nos habla a las claras justamente de lo poco que se registra de todo esto en su seno. Primero, porque tan acostumbrados están ahí a que todos les tengan miedo, que se desesperan con facilidad cuando el miedo cede, y no atinan recurrir a otros medios para lograr acompañamiento y timonear el barco.

Segundo, porque la cosa se pone peor cuando perciben que las peores amenazas proceden del “fuego amigo”. Que, por cierto, existe y en abundancia: las conspiraciones y roscas de todo tipo están a la orden del día en los alrededores del gobierno, no todo es paranoia K. El problema es que a nadie en el Ejecutivo parece pasársele por la cabeza que si así están las cosas se debe a un error de partida de ellos mismos, que si no se corrige a tiempo provocará gravísimos problemas en la transición.

Tercero, y en el fondo de la cuestión, está la encaprichada idea de Cristina de dilatar una definición, porque supuestamente no le conviene entregarse en brazos de Scioli ni tampoco blanquear otro candidato, porque así, en la incertidumbre, divide y reina. Cuando en verdad la incertidumbre lo único que genera son más motivos para que los demás busquen hacer su propio juego, especulen para negociar mejor en el futuro y mantengan abiertas las puertas para ir para cualquier lado. En ese sentido, la presidente debería registrar que el problema más serio que tiene delante no es que los gobernadores se reúnan sin pedirle permiso, sino que ellos y todos los demás se sigan convenciendo de que no habrá acuerdo posible y lo que se viene es un sálvese quien pueda. Lo que sería mucho más perjudicial para su autoridad que la mesa de gobernadores. Ojalá el principal problema de Zannini, y de Cristina, fuera que se organizan reuniones públicas a las que no los invitan.

 

 

-publicado en tn.com.ar el 24 de marzo de 2014

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Massa politiza, Scioli despolitiza, Cristina trastabilla

La polémica desatada sobre la reforma del Código Penal ha agitado al mundo judicial y puso en circulación todo tipo de opiniones expertas, sobre la ineficacia comprobada de la llamada “mano dura”, sobre los déficits institucionales que determinan que haya muy pocas condenas, y la influencia de esta incapacidad más que del número de delitos en la sensación de inseguridad, sobre las simplificaciones en que suele caer el llamado “garantismo” y muchas otras cuestiones.

Pero los efectos políticos del debate corren por una cuerda bastante distinta: exponen antes que nada los términos en que combaten los tres principales actores de la transición abierta en junio pasado: Massa, Scioli y Cristina.

Las cartas de Massa son las más fáciles de comprender en este juego de tres. Y las que hasta aquí parecen ir imponiéndose. El líder del FR tiene que sostener el protagonismo logrado en la última votación durante dos años en que no habrá nuevos llamados a las urnas y frente a antagonistas que ocupan cargos institucionales mucho más importantes que el suyo, que les permiten decidir el destino de miles de millones de pesos cotidianamente. Su mayor temor es que su poder se diluya entre las 257 bancas de diputados y que el tiempo sepulte las expectativas que supo generar en las legislativas. Así que tiene que aprovechar al máximo las pocas oportunidades que se le presenten para recrear la escena en la que él desafía a los gobernantes, dándole voz al ciudadano común, y los pone en evidencia en sus falencias. El anuncio de la reforma del Código por parte de la presidente, y peor, la nominación de Zaffaroni como máximo inspirador de la misma, más la exclusión del FR de la discusión, le dieron una oportunidad imperdible para hacerlo y la aprovechó.

El caso ilustra el grado en que han cambiado las cosas en la relación entre el gobierno y sus contrincantes, hasta el extremo de invertir pautas que fueron parametrales durante el ciclo k. Hasta hace poco era aquél quien por regla general politizaba los temas de agenda, planteando conflictos radicales y estableciendo conexiones por lo común simplificadoras pero igualmente movilizadoras entre los temas de gestión y los “modelos de país”, las ideas en competencia y los respectivos liderazgos. Ahora en cambio lo hacen sus adversarios, y en particular el mayor de ellos, Massa: es él quien necesita mantener activa la escena de competencia, para que el tiempo que nos separa de las elecciones de 2015 sea lo más parecido a una constante campaña de instalación de candidaturas alternativas.

Ante esta presión, los esfuerzos hechos en los últimos días por funcionarios k para despolitizar la cuestión del Código Penal (con Capitanich y Zaffaroni al frente, reclamando que no se quisiera “sacar ventaja” de la cuestión y se discuta con distancia de las diferencias políticas) sonaron por lo menos poco convincentes. No sólo porque contradijeron lo que siempre ha hecho el kirchnerismo, sino porque tuvieron que salir a la defensiva, cuando ya Massa había definido el debate en los convenientes términos de una oposición entre los ciudadanos preocupados por la inseguridad y los políticos que arreglan entre ellos y se preocupan por sus propios asuntos.

Además esta tardía apuesta despolitizadora del kirchnerismo tuvo que competir con una similar y mucho más aceitada de Scioli, que sí ha sabido volverse creíble en el rol de “político que no hace política”, un gestor que “quiere lo mismo que la gente común”, “que todo salga lo mejor posible”, y no se involucra ni en peleas de facción ni en debates ideológicos, ni en ningún otro de los menesteres que tanto gustan a los políticos profesionales y a los ciudadanos del llano en general les repugnan.

Scioli ensayó una vez más esta despolitización cuando se sustrajo olímpicamente del terreno de debate en que Massa metió al gobierno nacional, obligándolo a retroceder y dar explicaciones, y al resto de la oposición, a la que forzó a seguir sus pasos y desautorizar a sus propios delegados en la comisión de Zaffaroni. Para Scioli todo eso no fue más que “peleas de políticos” que distraen del trabajo de “cuidar a la gente”, así que objetó a la vez las excarcelaciones y a los que “siembran desánimo”.

Con todos los problemas que tiene por delante, lo más probable es que Cristina opte por guardar en un cajón, al menos por ahora, la reforma. La única excusa a que podrá apelar será decir que, una vez más, la “máquina de impedir” se salió con la suya. Lo que implicará de todos modos una implícita admisión de su creciente impotencia, así como de la eficacia creciente de Massa para desafiarla y torcerle el brazo.

En cuanto a la opinión pública, tal vez se olvide pronto del episodio. Pero eso no alcanzará para borrar el hecho de que él ha abonado la idea ya muy extendida desde hace tiempo de que el oficialismo no tiene ni las mejores ideas ni mucha capacidad de gestión que digamos para resolver los problemas de inseguridad. Sin que los demás hayan tenido que esforzarse mucho en demostrar si están realmente capacitados para hacerlo mejor ni qué métodos usarían. En lo que también puede identificarse un cambio más general que ha tenido lugar en la relación entre el gobierno y los aspirantes a sucederlo: son los déficits de aquél lo que más ayuda a diluir las falencias de éstos.

 publicado en tn.com.ar el 10/3/2014

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Los únicos anuncios de Cristina, al cajón

Durante la última semana, condimentada por varios casos resonantes de inseguridad y crímenes mafiosos, estalló la discusión sobre la reforma del Código Penal y se inició el paro docente. Y con ello la escena política volvió a cambiar.

El período de relativa calma que se había iniciado en febrero y que el gobierno parecía en condiciones de aprovechar y prolongar, moderando sus tonos más polémicos y buscando la vía media (palos a los empresarios pero también a los gremios, agitación de la juventud gloriosa pero también gestos de convivencia con el viejo pejotismo y el radicalismo, etc.) para desactivar los conflictos que enfrenta o al menos ganar tiempo frente a ellos, evitar que estallen y controlar la transición, dio paso a una reedición de la escena de competencia política intensa con que se cerró el año pasado. Escena en que el hoy por hoy principal líder de oposición, Sergio Massa, supo aprovechar la oportunidad que se le brindó en bandeja para recuperar protagonismo. Y forzó al resto de los opositores a ir detrás de él y al oficialismo a retroceder sobre sus pasos.

La propuesta de reformar el Código Penal no fue tan inoportuna como mal planteada. El argumento según el cual el Ejecutivo no debería iniciar una reforma de este tipo porque le quedan menos de dos años de mandato es bastante absurdo: el problema no es cuándo la encara, si no cómo. Al respecto es seguramente cierto que el anteproyecto elaborado por la comisión presidida por Eugenio Zaffaroni contiene muchos cambios, y unos cuantos deben estar más consensuados y ser más razonables que los pocos que destacó Massa para oponerse. También es de destacar que constituye una de las pocas experiencias de cooperación interpartidaria de los últimos años, así que por eso sólo merecería que no se la tire al tacho. Pero hay que destacar asimismo los flacos favores que el propio oficialismo prestó a su propia iniciativa en estos aspectos.

En primer lugar porque no incorporó al massismo a la discusión. Con la idea de que mejor era dejarlo fuera y no reconocerle representatividad institucional, se le brindó la oportunidad ideal para que adquiriera una representatividad mucho mayor, la de voz de la sociedad frente a la transa de los políticos, algo que siempre paga y paga más todavía cuando atañe a un tema sensible en el que la gente común siente que está librada a su suerte por una dirigencia política que sólo se preocupa de sí misma. Reprocharle a Massa que apeló a un discurso efectista y populista, y peor, a una consulta popular reñida con las normas constitucionales supone ignorar que se creó el ambiente adecuado para que al hacerlo no pagara ningún costo y recibiera un amplio beneficio.

Lo que se explica además por otro despropósito oficial: dejar la presentación y defensa del proyecto en manos de Zaffaroni, el juez de la Corte menos valorado por la opinión pública, por estar abiertamente identificado con el oficialismo y el garantismo extremo, más las sospechas nunca aclaradas sobre el manejo de sus propiedades, fue un tiro en el pie a la capacidad de crear consenso en torno a la reforma.  El propio Zaffaroni ha argumentado en estos días que el objetivo de la comisión que presidió fue dejar fuera de la pelea política un tema de enorme relevancia para la vida en común. Pero lo hizo en un acto organizado por el Movimiento Evita, rodeado por militantes k, y bajo el lema de la lucha contra el neoliberalismo. Aun cuando trata no le sale.

Por último, la presidente tampoco despejó nunca las dudas que razonablemente cabía albergar en los partidos de oposición respecto al verdadero objetivo político que perseguía su gobierno con este proyecto: como ella utilizó ya muchas veces iniciativas que implicaban cambios en las reglas de juego y reales o aparentes “ampliaciones de derechos” para dividir a los opositores y crear una escena según la cual de un lado está el proyecto progresista y nacional y popular y del otro la derecha rancia y antinacional, bien podía sospecharse que pretendía hacer lo mismo esta vez. Ignorando el hecho de que en este caso las diferencias de criterio son tan o más marcadas en las bancadas propias, y que en un contexto de pérdida de apoyo a su gestión, crear consenso iba a depender de que fuera mucho más clara y abierta la discusión y sobre todo la comunicación de la iniciativa. Algo difícil de controlar, pero el secretismo resultó peor, pues alentó a los partidos de oposición a desautorizar a sus propios representantes y plegarse a Massa, ante el riesgo de quedar como el jamón del sandwich.

Más o menos la misma suerte ha tenido el planteo hecho a los docentes para que acepten pagos por presentismo. Hubiera sido un buen instrumento para moderar los porcentajes de suba salarial, tal como exige el deshilvanado pero indisimulable ajuste emprendido por el gobierno nacional, y al mismo tiempo premiar el esfuerzo, combatiendo los abultados índices de ausentismo docente que perjudican la calidad de la enseñanza, en especial en la provincia de Buenos Aires (agreguemos, consecuencia directa de la vista gorda que viene practicando la gobernación), a los que la presidente hizo referencia explícita. Pero para eso no sólo hacía falta mostrar números (y números reales, no las estadísticas amañadas que tanto gusta enumerar la presidente) sino empezar la negociación varios meses atrás. Como se presentó, más bien pareció el recurso desesperado de quien esperaba otra cosa, tal vez que los “precios cuidados” bastaran o que las provincias lidiaran con el asunto. De allí que esté cayendo en el olvido, entre gremios que lo tildan de “noventismo nostálgico” y gobernadores que prefieren ignorar la cuestión y esperar a que la nación ceda.

En este último aspecto es notable, además, cómo han cambiado las cosas en la relación entre la presidente y Scioli. Sólo que ella no parece haberse anoticiado. Un par de años atrás, Cristina fue aun más dura con los docentes en su discurso inaugural, para luego jugar un tour de force con el gobernador bonaerense a ver si aguantaba los paros y se enemistaba con los padres de familia afectados, o subía el impuesto inmobiliario y se peleaba con el campo. Hoy por hoy Scioli sabe que no va a poder evitar el malhumor ni de unos ni de otros, pero que éste debilita sobre todo a Cristina y su entorno, mientras él flota más que nunca en el mar de ambigüedades que le permite decir que, igual que todo argentino de bien, quiere que las cosas terminen “lo mejor posible”.

A Cristina y el kirchnerismo les va a resultar muy difícil lidiar a la vez con la politización que Massa le imprime a la escena y con la despolitización que practica Scioli. Entre ambas los dejan sin argumentos, y les desarman las pocas iniciativas que aun logran sacar de la galera.

-publicado en perfil.com el 9/3/2014

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Jueves 13 de marzo: la reforma electoral en la agenda del nuevo congreso

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¿A quién le sirve comparar Argentina con Venezuela?

Mientras los funcionarios argentinos y la propia Cristina apoyaban sin matices a Maduro y sus dislates represivos contra opositores desarmados, Sergio Massa aprovechó para criticar al chavismo, resaltando las diferencias que lo separan del gobierno y de paso interpelando a los peronistas moderados que viven cada vez más traumáticamente su pertenencia al oficialismo: al impugnar la persecución contra estudiantes que se movilizaban pacíficamente en Venezuela el tigrense no buscó sólo poner en aprietos a los kirchneristas entusiastas por sus impresentables aliados externos, en indisimulable contradicción con sus proclamas a favor de los derechos humanos, la rebeldía y la participación política de los jóvenes. Si no sobre todo a Scioli y los demás justicialistas que justo esta semana volvían a reunirse en Santa Teresita, y tenían que disimular su incomodidad con las banderas y proclamas en las que La Cámpora hermana a Néstor y Chávez.

El dardo de Massa puede que haya dado en el blanco y agitado los temores de muchos de sus correligionarios, así como de muchos argentinos en general, respecto a lo que nos espera si al populismo k se le sigue dando margen para actuar. Aunque también hay que decir que el blanco escogido en alguna medida atrasa. Porque lo cierto es que las dificultades del gobierno nacional y las tensiones en su coalición, si bien guardan todavía algunas similitudes con las de sus pares venezolanos, lo cierto es que crecen más bien por el lado de sus diferencias con ellos: algunas de esas dificultades y tensiones obedecen todavía a la polarización chavista, es cierto, pero cada vez responden más al desarme y repliegue desordenado de sus posiciones. Argentina se está alejando, no acercando al modelo venezolano, Y los problemas que eso supone pueden no verse mejor sino confundirse cuando miramos un caso en el espejo del otro.

Así, mientras que un año o dos atrás era frecuente y más o menos pertinente preguntarse si Cristina pretendía seguir el sendero trazado por el chavismo, y si en caso de intentarlo podía salirse con la suya, hoy esas preguntas carecen de mayor sentido. Y lo que más bien hay que destacar es que ella trata de velar detrás de una retórica antiimperialista y populista (Precios Cuidados y Fútbol para Todos mediante), un ajuste tan apresurado como deshilvanado y regresivo. Y la incógnita a develar es si este mix tiene alguna viabilidad, o si por este camino se irán agudizando la crisis y el descontrol, y con qué velocidad lo harán.

Massa seguramente lo sabe. Finalmente fue en gran medida gracias a su ruptura con el oficialismo y al cachetazo electoral que le propinó el año pasado, que el peronismo en bloque dejó de ser el instrumento de la polarización, y la vía de la chavización quedó obturada. Seguramente también el jefe del FR se aprovecha a sabiendas de la inconsistencia en que Cristina incurre para disimular lo que viene tratando de hacer con los salarios y el consumo de los trabajadores para ganar tiempo y llegar medianamente entera a 2015. Pero tal vez no advierta que homologar lo que sucede en Venezuela con Argentina puede también terminar siendo una forma indirecta de ayudarla en esta tarea. Porque la imagen fatídica de hasta qué nivel de caos y arbitrariedad nos puede conducir un populismo irresponsable y virulento tal vez termine alentando a esos mismos actores que Massa quiere interpelar, no a alejarse sino a cooperar con el gobierno, para que no tome un camino desesperado.

La disposición del grueso de los jefes territoriales y sindicales del peronismo, igual que de no pocos empresarios y votantes, a mantener un voto de confianza en la capacidad de Cristina de controlar mínimamente la situación hay que interpretarla en este marco. Para ellos el espejo de Venezuela asusta, claro, pero no invita a abandonar el barco sino a “tratar de que Cristina termine del mejor modo posible”, como ha postulado ya hace tiempo Scioli y repite cada vez que puede.

Para ellos, ver a Quebracho, el símil local de los paramilitares bolivarianos, apretando supermercados y estaciones de servicio con el disimulado aval del gobierno debe ser sin duda fuente de temor y disgusto. Pero mientras esos aprietes estén acompañados de esfuerzos ortodoxos por controlar la fuga hacia el dólar, cerrar la brecha cambiaria y mejorar la competitividad empresarial y las cuentas públicas tal vez los dejen pasar, y hasta puede que los valoren como el necesario “látigo que asoma en la ventana”. Antes que a la contradicción entre ésto y aquéllo, prestarán atención a la complementariedad.

Cristina una vez más los está sorprendiendo, al combinar el agua y el aceite. No hace falta que encuentre la cuadratura del círculo e invente un kirchnerismo post 2015 para que le concedan el tiempo que necesita. Mientras tanto, claro que la economía se seguirá sumiendo en la recesión, la inflación continuará y los ciudadanos se replegarán en su mal humor. Pero con tal de que no suceda lo peor, el conformismo elemental que nos mantiene unidos como sociedad desde hace tiempo jugará a favor de que el barco llegue a puerto y tal vez también de que el continuismo tenga alguna chance frente a difusas y fragmentarias propuestas de cambio.

Y así, al final del camino, las advertencias de Massa podrían volverse en su contra: ¿no terminará repitiendo el síndrome Carrió, teniendo que explicar por qué todos los fantasmas y comparaciones de catástrofe con los que nos alarmó se rebelaron exagerados y por qué finalmente las cosas “no terminaron tan mal”? Queriendo poner en aprietos a los continuistas, y en particular a Scioli, consagrado ya el rey del conformismo, tal vez lo que esté haciendo en verdad sea facilitarle el juego.

Como vemos, los usos de Venezuela son de lo más diversos. Massa, Cristina y también Scioli tienen el suyo. Algunos son más sutiles que otros. Y todos tienen en común agitar los miedos y las incertidumbres que nublan nuestro futuro.

 

 

publicado en tn.com.ar el 24/2/2014

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