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Macri honra su promesa al campo por las retenciones. ¿Hace bien?

Hasta el Fondo Monetario sugirió suspender el programa de reducción paulatina de las retenciones que se viene aplicando desde diciembre de 2015. Pero el presidente prefiere reducir gastos a subir impuestos. Y más todavía prefiere chocar con el peronismo y hasta con sus propios colaboradores en ministerios y provincias, que faltar a la promesa hecha al sector que entiende es el núcleo de su coalición de apoyo, y el corazón del país productivo que él se comprometió a representar y desarrollar.

Claro que con esta opción corre riesgos extras a los que ya de por sí le impone la situación de crisis.

Los operadores financieros no creen que le alcance para cumplir su otra promesa, el recorte del déficit reduciendo gastos. Por eso aunque el dólar se mantuvo calmo en las últimas semanas, los bonos no se recuperan y la renovación de Lebacs y Letes es menor a la esperada. Aunque las tasas suban, sigue la desconfianza en la capacidad del Estado de poner orden en la economía y superar rápido la recesión. Muchos esperan más temblores. Y puede que más cambios en el gabinete.

Peor que eso, Macri corre también el riesgo de que el malhumor social se alimente aún más con la sensación de que el esfuerzo no está bien distribuido, y que la promesa de que “cada uno ceda un poco” se la llevó el viento. Según las encuestas ese es un flanco ya de por sí débil del gobierno: el 67% de los entrevistados por Opinaia cree que el ajuste se carga “en la clase media y los sectores populares”. Cuando los costos sociales de la crisis se hagan sentir en plenitud, ¿no se volverá insoportable la percepción de insensibilidad oficial, de falta de equilibrio en la distribución de la carga?

A favor de la postura del presidente hay sin embargo algo más que su propia terquedad. Que igual puede que esté haciendo su parte.

Primero, hay un aspecto puramente tributario a atender: está probado que a una reducción de retenciones al agro sigue un aumento de la inversión y la producción, y por tanto también a continuación un aumento de otras tributaciones, menos perjudiciales que las retenciones. Segundo, el sector está siendo castigado en este momento por la caída de precios internacionales, originada en la guerra comercial entre China y EEUU. Si se suman más impuestos puede quitársele aún más rentabilidad, muchos productores marginales dejarían de sembrar y la balanza comercial del año próximo se volvería aún más deficitaria de lo que ya es.

Y hay por último un aspecto programático y más de largo plazo a atender: Macri sabe que su gobierno es hijo de un fenómeno social y político que se consagró en las protestas de 2008, el surgimiento de un capitalismo con base en la extendida sociedad pampeana, que abarca áreas de buena parte de las provincias desde que se amplió la frontera agrícola, es socialmente más integrador y equitativo que la economía de las grandes ciudades, y mucho más que la de las zonas petroleras, mineras y fiscalmente dependientes, y además más democrático y modernizador, lo que reclama es un vínculo más transparente y productivo entre impuestos y representación política, y premiar a los sectores competitivos e innovadores en vez de a los cazadores de rentas y los más dependientes de protecciones, subsidios y demás cuotas de presupuesto público.

Ese capitalismo agrario y sus expresiones sociales, en suma, se parecen más que ninguna otra cosa al país que Macri desea, ¿como no serle fiel?

El problema es si el resto de los vagones que componen nuestra desigual estructura económica y sociedad empiezan a percibir que, para que la locomotora funcione se los va a desenganchar del tren del progreso. En esos vagones hay muchos más votos que en “el campo”. Habitan los grupos mejor organizados y con más capacidad de presión. Así que desatenderlos no es buena idea.

El peronismo y los mercados financieros saben lo que tienen que hacer si Macri no encuentra el equilibrio necesario para escapar a la trampa en la que está. Que es solo una más de las varias que tiene que desarmar en los próximos meses. Y mientras el tiempo corre. Una salida podría ser tal vez compensar la baja de retenciones con más colaboración para combatir la evasión, que es altísima en muchas actividades del sector. Pero para eso se necesitaría una gestión mucho más dinámica que la que hay en el área.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 15/7/18

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Macri impone su explicación de la crisis: realismo fiscalista

Alrededor de dos tercios de la población cree lo que el gobierno dice sobre las razones de la corrida cambiaria y financiera: que el Estado gasta demasiado, y mal. Sin embargo, solo un tercio confía en que él resuelva el problema. Pero la confianza en la oposición es aún menor. Mientras esto siga así, no hay programa alternativo ni “shock de consumo” que valga, y el macrismo tiene chances de salir airoso del segundo valle de lágrimas de su gestión. O dicho más precisamente: si no lo logra será por sus propios déficits, no porque la “resistencia social” o la oposición se lo impidieron.

Lo han destacado ya numerosos análisis, la crisis de confianza que se desató a raíz de la escalada del dólar ha sido sido sorprendente no solo por su velocidad y profundidad, sino por su exhaustividad: la sociedad desconfía de todos sus dirigentes, nadie se salva. De hecho, hoy por hoy no hay ninguna figura política que tenga más imagen positiva que negativa, cosa que no pasaba desde 2002. La última sobreviviente era Vidal y ya desde hace un tiempo que quedó también bajo la línea de flotación.

¿Quiere decir esto que la opinión pública no discrimina y está a las puertas de otro “que se vayan todos”? No tanto. Para empezar, porque la sensación general es que nos asomamos al abismo, no que caímos en él. Por tanto de lo que se trata es de caminar en la dirección correcta, para alejarse del peligro. Y al respecto el gobierno corre en principio con cierta ventaja, porque las elecciones están lejos y por tanto dependemos de que él acierte. Si no lo hace ya habrá oportunidad de cambiarlo. Pero en el ínterin la percepción de amenaza, de que podemos perder mucho más si no se le encuentra la vuelta al despiole económico reinante, es suficiente para que se le mantenga un mínimo crédito.

Esto es lo que explica que aunque Macri y sus colaboradores han caído en la estima del público desde diciembre a esta parte, a partir de mayo, justo cuando el deterioro económico se aceleró, él al menos se mantuvo más o menos estable.

Y probablemente también ayude a entender que sus argumentos sobre los motivos del descalabro cambiario y financiero hayan sido de momento aceptados por la mayoría de la opinión: según una reciente encuesta que Opinaia realizó en todo el país, el 67% de los encuestados comparte la idea de que “el gasto del Estado es insostenible” y el acuerdo sube al 81% cuando se los consulta si la presión impositiva es alta.

Claro que la oposición aporta su buena cuota de involuntaria colaboración para que esto sea así. Sus críticas al acuerdo con el FMI no han hecho demasiada mella: 46% opina que ese recurso da “previsibilidad al programa económico”. Y algo similar sucede con las objeciones al ajuste de tarifas: 45% comparte la idea de que fue “necesario para la sustentabilidad económica”.

Parte del problema que enfrenta la oposición es ideológico: el discurso populista y antimperialista parece haber hartado a buena parte de la sociedad hasta tal punto, que ni siquiera la crisis alcanzó para rehabilitarlo. A lo que se suma una objeción más puntual a la lógica con que se comporta el peronismo: otra encuesta de los últimos días, de la empresa Taquion en este caso, revela que una porción mayoritaria de la opinión estima que lo único que le interesa a los opositores es volver al poder: solo el 21,4% de los entrevistados cree que “les preocupa el futuro de los argentinos” (el gobierno sale un poco mejor parado, aunque no tanto: 33,5% cree que ese es su interés).

Se suele decir que el problema que enfrenta el gobierno, más allá de su persistente ventaja frente a la oposición, es que se han derrumbado las expectativas sobre el futuro que lo venían acompañando hasta principios de este año, cosa que confirman absolutamente todas las encuestas. Aunque eso es solo en parte un problema.

Lo es en el sentido de que tanto en 2015 como en 2017 fue entre los optimistas que cosechó la mayor parte de sus votos. Pero dado que lo que tiene ahora para ofrecer es mucho menos de lo que prometió en esas ocasiones, se entiende que el ajuste de expectativas sea para él tan esencial como domeñar al dólar.

Y ese ajuste de expectativas parece haber sido extraordinariamente veloz, casi automático: a diferencia de otras épocas en que había que tocar fondo para que se asumiera la necesidad de un cambio de rumbo, y se aceptaran costos mayores a los esperados, en esta oportunidad bastó con un buen susto, las promesas de inflación a la baja y crecimiento al alza se dejaron caer y el realismo fiscalista se impuso.

¿Alcanza con eso? Es evidente que no. Sin un nuevo argumento que nos conecte con un futuro deseable, que no se va a dejar evocar solo con el descarnado guarismo declinante del déficit fiscal, va a ser difícil ganar elecciones. Pero el gobierno tiene tiempo para reconstruir su promesa. Y mientras tanto sigue compitiendo consigo mismo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 12/7/18

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Macri y la iglesia: ¿quién es el gato y quién el ratón?

El presidente fue a Tucumán a celebrar el 9 de julio, pero no asistió al Tedeum. Hizo bien porque el arzobispo Carlos Sánchez que lo ofició no se anduvo con chiquitas: machacó sin matices con las dos cuestiones que vienen enfrentando a al menos parte de la jerarquía católica con el gobierno de Cambiemos en las últimas semanas: la cuestión social y el aborto.

Sánchez sostuvo que “el aborto es la muerte de un ser inocente, de un niño, de un argentino (y) nadie tiene derecho a eliminar la vida de otro ser humano, porque toda vida vale, aunque sea no deseada”. En línea con lo que afirmó hace poco la vicepresidente Gabriela Michetti, que sí asistió a la ceremonia, el arzobispo pareció ir así incluso contra el aborto en caso de violación o peligro para la madre. Es que el respeto a la vida, tal como ellos lo entienden, es absoluto o no cuenta para nada.

Definir al embrión como “un argentino” apunta en la misma dirección, aunque va más allá: revela la intención de otorgarle carta de ciudadanía al “niño por nacer”, y que todo el sistema legal se ajuste en consecuencia. No se trataría entonces sólo de frenar el proyecto en discusión: la intención de al menos parte de la curia parece ser convertir el debate en curso en el disparador de una auténtica contrarrevolución. “Vamos por todo” diría Cristina.

A todo esto el arzobispo le sumó su crítica visión de la situación social reinante. Que describió recurriendo a otro clásico de las creencias antiliberales y antirrepublicanas: “para que la democracia sea efectiva y real debe darse no solo a nivel político, sino también a nivel social y económico”. Si no hay justicia social, en suma, la democracia formal es pura apariencia, un engaño. Desde Ubaldini a esta parte cada vez que gobierna un no peronista se escucha esta cantinela. ¿Habrá entendido Michetti lo que Sánchez estaba diciendo?

Mientras esto sucedía en Tucumán, el novel arzobispo de La Plata lanzaba similares advertencias ante la sonrisa comprensiva de María Eugenia Vidal. Y un interrogante quedaba flotando en el ambiente: ¿será que el ala católica de Cambiemos quiere calmar a las fieras, o está dispuesta a jugar sus cartas a fondo contra el aborto legal, aún a costa de la autoridad del presidente?

Víctor Fernández también despotricó contra las políticas económicas (“la devaluación licúa salarios y ahorros”) y las concepciones liberales del derrame (“fortunas que gotean como migajas que caen de la mesa de los ricos”), pero lo más contundente que dijo fue que el presidente debía vetar la ley de despenalización en caso de ser aprobada, si es que “tiene una profunda convicción sobre el tema”. Es decir, si es un buen cristiano.

¿Fue un gesto de debilidad de Macri el no haber asistido al Tedeum?, ¿fue un error que cediera protagonismo a las dos mujeres más destacadas de su fuerza y que en el conflicto planteado entre su gobierno y la Iglesia simpatizan abiertamente con ella? Por momentos pareciera que el presidente se está dejando acorralar, y ya no tiene disponible una salida airosa del lio en que se metió: si la ley sale no estará entre quienes festejen y tampoco si la ley se frustra, al menos una mitad del país le reprochará el resultado y la otra mitad lo ignorará, lo considerará poco confiable, un tibio de flojas convicciones.

Él sin embargo mucho problema no se hizo. En el acto por la independencia se dio el lujo de reivindicar los derechos de la mujer y su papel en nuestra historia: “todos sabemos que no podemos concebir la historia sin mujeres”. ¿Estaba pensando en Vidal y Michetti? Tampoco parece darle mucha importancia a las diatribas destempladas del sector más militante de la curia. Tal vez porque advierte que no es una postura compartida, ni en la sociedad ni en toda la institución. Sin ir más lejos, días atrás Oscar Ojea, presidente del Episcopado, fue bastante más moderado en la misa multitudinaria celebrada en Luján: su argumento allí fue que el aborto “no es un derecho sino un drama”, algo que debió sonar razonable a mucha gente que no está embanderada en los extremos y sí cansada que le hablen de crímenes y de que “hago con mi cuerpo lo que quiero”.

En suma, si Macri se siente más haciendo de gato que de ratón en este episodio, pese al fuego cruzado que recibe, debe ser porque confía en que al final del día lo que terminará contando será lo que suceda en ese mayoritario espacio social donde los ánimos, creencias e intereses están bastante mezclados, y se prefiere a quienes buscan soluciones prácticas antes que a quienes se dedican a rasgarse las vestiduras. Pronto sabremos si estaba equivocado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 10/7/18

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Una semana de calma cambiaria y creciente discordia política

El dólar dio un respiro en la semana que pasó. No fue gratis: el gobierno lo consiguió con tasas más altas y más restricción monetaria, que agravarán la recesión. Pero al menos en ese frente parece que el Ejecutivo y el Central han terminado por hallar una fórmula que les permite controlar la situación.

Mientras tanto, el frente político se complicó por varios lados. Los desacuerdos sobre cómo distribuir los costos del ajuste son el principal alimento de estas complicaciones. Pero ellas se potencian también debido a diferencias entre los líderes, lealtades de grupo en pugna y apuestas electorales que se han puesto a la orden del día.

El cuadro resultante es uno de creciente discordia y fragmentación, tanto en el campo oficialista como en el opositor. Indicio de que se confía cada vez menos en los referentes nacionales, en los acuerdos y los alineamientos previos, y cada grupo o sector prefiere luchar por lo suyo.

En el caso del oficialismo quien más contribuyó en estos días a este clima fue Lilita Carrió. Después de despotricar de mala manera contra Macri por el aborto, apuntó contra el radicalismo, del que dijo que su rol en la coalición de gobierno es solo hacer lo que le indiquen los demás, es decir ella y el presidente. ¿Habrá querido hacer un chiste? No se desdijo y la conducción radical no se la dejó pasar: subió la apuesta replicándole que el aporte de la chaqueña a Cambiemos no es mayor que el de sus propinas para la economía y su rol público no más serio que el de cualquier otro comediante. ¿Hacía falta?, ¿era el momento y la forma de cobrarle a Lilita sus desplantes?, ¿no era preferible bajar los decibeles atendiendo a las enormes dificultades de gestión y credibilidad que enfrenta en estos días el oficialismo?

Puede que la conducción radical estime que estas dificultades de gestión, así como el hecho de que Carrió no de pie con bola, le ofrecen una oportunidad demasiado valiosa para continuar el proceso iniciado en el verano con la discusión de las tarifas: ve un camino abierto para ganar influencia, que deberá recorrer un poco a los codazos si quiere participar en serio en la toma de decisiones en la nueva etapa que se abre, lo que sólo podrá hacer a costa de quienes, como la jefe de la Coalición Cívica, en la etapa anterior monopolizaron tanto la influencia como las decisiones, relegando a la UCR a un segundo plano.

Encima en el PRO también estallaron diferencias, con eje en la cuota de ajuste que les tocará a la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Los líderes de ambos distritos, Vidal y Larreta, estaban hasta hace poco entre los más favorables a buscar un acuerdo con el peronismo del interior. El presidente, que guardaba en cambio pocas esperanzas en un acuerdo de ese tipo, ahora parece inclinado a darle una oportunidad, pero en base a un sacrificio que deberían hacer esos dos distritos, no el tesoro nacional: de allí su aceptación de la condición que los gobernadores peronistas plantearon para sentarse a negociar, que Larreta y sobre todo Vidal absorban gastos en energía, transporte y agua y saneamiento que hasta ahora hace la nación. La comprensible renuencia de Vidal a asumir esa carga, ¿es parte de un tironeo previsto y estudiado en el partido oficial?, ¿o nada de esto se pensó muy bien y se está poniendo en riesgo la muy colaborativa relación hasta aquí existente entre la gobernadora y el presidente? Por de pronto, es la primera vez desde 2015 que se plantea una diferencia seria por plata entre ambos. Y lo peor es que dicha diferencia quedó en el centro de una negociación de la que participan muchos otros actores, con muy distintos intereses y apuestas políticas detrás. Cómo van a salir airosos de ella los jerarcas oficialistas es algo que habrá que ver.

El único alivio que encuentra el oficialismo ante este clima de discordia procede de las diferencias propias que le aporta la oposición, y que en los últimos días también se encresparon.

Un grupo de intendentes peronistas de la provincia se manifestó abiertamente en contra de la propuesta de los gobernadores de su partido: no quieren saber nada con eso de “compartir la carga del ajuste”; el territorio y las cuentas de Vidal son también los suyos.

Y casi al mismo tiempo surgió otro motivo de desacuerdo, uno más estratégico, cuando Massa hizo públicos los lineamientos de su programa económico alternativo, que gira alrededor de la idea ya adelantada por Roberto Lavagna tiempo atrás según la cual lo que hace falta no es ajuste sino un “shock de consumo”. Propuesta que el tigrense pretende convertir en su bandera en una recorrida por el país durante los próximos meses, con la que espera diferenciarse del resto de la dirigencia, abocada a discutir el ajuste. Los gobernadores no pecan de desconfiados si ven que, al anticiparse con un discurso de ese tenor, el jefe renovador apunta una vez más a salvarse solo, a crecer a costa no solo del oficialismo, sino de ellos mismos en sus distritos. ¿Por qué permitírselo, justo cuando les toca el mal trago de administrar la escasez?

Con tantos conflictos cruzados y superpuestos dando vuelta va a ser difícil que cualquiera logre empujar a los demás a un acuerdo. Así que la dispersión continuará y la autoridad política, un insumo imprescindible para generar confianza ante una crisis como la que enfrentamos, seguramente seguirá escaseando.

Esta es una mala noticia para el gobierno nacional. Pero tiene su contracara: por lo mismo que a él le faltan respaldos para encarar muchos de los cambios necesarios, y consume un tiempo valiosísimo en dar hasta los pasos más elementales, seguirán dispersas las voces críticas, y sin alternativa a la vista, sin otra receta mínimamente consensuada que contraponer a lo que él está intentando, lo único que le queda a la sociedad es esperar que de en el clavo y salga adelante. Este es finalmente el principal motivo de que no haya caído más en las encuestas. Y que la escena siga en gran medida bajo su control: a pesar de su debilidad, la iniciativa está aún en sus manos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 8/7/18

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Según Carrió, Macri peca de ingenuo, o de salame

Lilita está furiosa, cada vez más furiosa, por el avance del proyecto sobre despenalización. Al extremo de poner en problemas más y más serios a la coalición oficial, y someter al poder corrosivo de su verba al presidente. Justo en este momento en que si algo necesita el gobierno es cohesión y cooperación.

Ya cuando se dio media sanción al proyecto sobre el aborto en Diputados, Carrió amenazó con una ruptura. Y ahora, este lunes, en su intervención en “Desde el Llano”, apuntó directamente contra Macri, a quien desresponsabilizó de ese resultado, pero del peor modo posible: no dijo que haya mentido, pero sí que montó una operación oportunista, que encima se encamina al fracaso por la ineptitud, o al menos la ingenuidad, con que se la concibió.

De ser cierto lo que ella sugiere, el presidente fue oportunista al habilitar el debate sobre el tema sólo porque le aseguraron que fracasaría, especulando con que podría quedar bien con Dios y con el Diablo. Interpretación que abonó con la infidencia de una conversación reservada: “Yo lo llamé y me dijo: ‘Lilita, a mí me dijeron que iba a ganar el rechazo’. Cuando me enteré de la verdad me di cuenta de que hubo un error casi de ingenuidad”.

Y fue ingenuo según ella no sólo porque no hizo bien los cálculos, sino porque no advirtió que le regalaba “un penal sin arquero al kirchnerismo”. ¡Y todo porque no la consultaron!: “Hay un pecado de soberbia de algunos dirigentes del Pro, por lo menos en la Cámara, de ni siquiera preguntarte…. yo les hubiera dicho que La Cámpora se iba a hacer feminista de un día para el otro. Y así fue”.

La Cámpora se había plegado al Ni Una Menos y al reclamo por la despenalización bastante antes. Aunque de no mediar la decisión presidencial ese movimiento hubiera fracasado en su intento de habilitar el tratamiento del proyecto, el reclamo hubiera continuado, poniendo a la defensiva al gobierno también en este terreno. ¿Y para defender qué exactamente? ¿Las creencias de Carrió, que ni ella misma logra fundamentar? Cuando se le preguntó por sus razones contestó: “Soy antiabortista porque nunca lo pude resolver, lo estudié y es un dilema… es mi posición desde que tengo 20 años”. Fin del argumento.

Peor todavía: para cerrar agregó que “hay organismos internacionales que vienen por el control de la natalidad, quieren que los pobres tengan menos hijos”. ¡Le faltó gritar “fuera FMI” y completaba el collage! ¿Ignora Carrió que con muy distintas intenciones muchos países del mundo discuten y aplican políticas poblacionales, buenas y malas, más o menos respetuosas de las libertades y derechos según los casos, pero ningún organismo internacional promovió jamás, en ningún lado, usar el aborto con ese fin? ¿Qué fantasmas está queriendo agitar?

Hay quienes han defendido mucho mejor la posición contraria al proyecto de despenalización, por ejemplo señalando el riesgo de que se habiliten conductas aún más irresponsables ante el riesgo de embarazo, o llamando a mejorar la educación sexual, el uso de los métodos anticonceptivos y el sistema de adopción. Aún cuando hasta hace poco resistían esas políticas. ¿Por qué ese cambio? Precisamente porque se habilitó el debate. Que es lo que molesta a Carrió: que el tema se esté discutiendo.

Es curioso que así sea. Pero no del todo incomprensible. Carrió casi siempre se destacó por defender posiciones de principio. Indiferente a los resultados prácticos que se derivaran de sus actos. Y a veces, a la larga, esa conducta arrojó buenos resultados prácticos. Pero cuando se alió con Macri no lo hizo guiada sólo por una creencia o preferencia, sino también por un cálculo. Que resultó en principio acertado. Por un tiempo, desde entonces, se complementó bastante bien con el pragmatismo de Macri. Porque su activismo principista le marcaba la cancha a la tendencia del presidente a buscar atajos y salidas en apariencia más fáciles, como sucedió en varias ocasiones en temas de Justicia y transparencia, en el recurso a decretos en temas controvertidos y otros asuntos. Seguramente por eso se acostumbró a verse a sí misma como guía moral ya no sólo de la República, sino de Cambiemos. Y a imaginar que todos los “desvíos” del presidente cabía atribuirlos a la fragilidad de sus convicciones. Y es por eso que en el caso del aborto le cuesta entender que el problema es otro: salvo ella y algunos pocos referentes más del oficialismo, los demás, incluido el presidente, aunque no sean suficientemente progresistas para respaldar la despenalización sí son demasiado liberales como para oponerse a rajatabla a ella y entienden que si hay una demanda de cambio en este terreno de lo que se trata es de darle una respuesta moderada y responsable, no de mantenerla callada.

Por lo que se advierte está pasando en el Senado, pronto Carrió va a tener oportunidad de volver a encontrarse con el proyecto, en su rol de diputada de la Nación. ¿Va a actuar guiada sólo por sus convicciones o por lo que necesita su gobierno, y lo que quieren sus votantes, y lo que le conviene al país? ¿Interpretará que atender esas realidades sería oportunista de su parte, o lo que el pragmatismo le exige? Esperemos que esta vez contribuya a esa salida moderada y responsable que hace falta, y no a la mezcla de silencio y censura moral que hasta aquí nos ha ofrecido y sólo le es útil a sus personales preferencias.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/7/18

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Sigue la desconfianza de los mercados, ¿qué hace mal el gobierno?

Para empezar, deja que circulen demasiados rumores sobre lo que podría suceder con las retenciones, las tarifas, los créditos a las empresas, ahora los viajes al exterior y muchos más asuntos, sin dar precisiones. La Jefatura de Gabinete sigue encargada de la comunicación, pero aún no midió bien la crisis y ya no controla la agenda como antes.

¿Es culpa de Marcos Peña? ¿Es que actúa como el perro del hortelano, ya no come como antes pero tampoco deja que los demás lo hagan, en concreto no permite que Nicolás Dujovne defina lo más rápido posible esas cuestiones y se convierta en coordinador efectivo de la gestión económica, que en este momento necesita más que nunca que alguien cumpla ese rol y genere confianza? ¿O el problema viene de Macri que no termina de dar señales claras, delegando la autoridad suficiente en el ministro? ¿O nace de éste último, que no asume más activa y decididamente su nueva función, haciendo algo más que “reuniones de coordinación” que terminan en nada y no acallan sino que extienden los rumores?

Si atendemos a las últimas intervenciones de Peña podría concluirse que al menos en el discurso su enfoque no ha cambiado lo suficiente. Insiste con fórmulas motivacionales que suenan a hueco en el actual contexto. La Jefatura parece haberse replegado tácticamente, a la espera que todo “vuelva a la normalidad”. Allí se deben preguntar: ¿para qué cambiar más, si de lo que se trata es solo de aguantar el chubasco hasta que se presente la oportunidad de retomar el rumbo con que se venía? Pero visto desde fuera esa forma de ver las cosas suena a resistencia al cambio, a negarse a buscar nuevas respuestas para problemas nuevos. Que cabría atribuir a la humana tendencia a negarse a aceptar una pérdida de protagonismo y de poder. Aunque tiene también detrás una lógica y una historia que le dan más legitimidad. Y por tanto más fortaleza.

La fe que parece animar a la Jefatura de Gabinete nace de lo que sucedió ya varias veces en el pasado y de una elaboración intelectual fundada en esa experiencia: estallaba una crisis, en alguna medida por errores no forzados del gobierno, ante la cual él tardaba en reaccionar, alentando a que se desataran las más feroces críticas de la oposición, que se movilizaba, protestaba y anunciaba prontas catástrofes; pero la crisis se iba calmando y también el ánimo social, y entonces lo que parecía inacción o torpeza del gobierno se convierte en temple, abre paso a una salida moderada y más o menos sustentable, que le permite recuperar el control de la situación y el apoyo social momentáneamente perdido.

Ciclos con estas características, con el gobierno metiéndose en problemas y luego saliendo de ellos sin necesidad de muchos cambios, se sucedieron a mediados de 2016 con el primer tarifazo, de nuevo a principio del año siguiente por la demora en la prometida reactivación, y podría estar sucediendo ahora otra vez. Si las situaciones son homologables, no sería descabellado pensar que las fórmulas de salida también lo sean. Imaginemos que este es el argumento de Peña y sus adláteres.

¿Pero es realmente homologable la situación actual a la que se vivió en esas ocasiones del pasado? Esa es la pregunta que deberían hacerse en la Jefatura. Y planteársela atendiendo al hecho de que la impresión que tienen muchos actores y analistas es que no es así, que la crisis que ahora nos toca enfrentar no tiene muchos puntos de comparación con los problemas más o menos puntuales y transitorios que se sucedieron en 2016 y 2017, un período en que el rumbo general de la política y la economía favorecía al oficialismo. Ahora él debe demostrar que puede remar contra la corriente, encontrar las estrategias y métodos adecuados para salir de un complejo atolladero en que los problemas económicos y la debilidad política se realimentan.

Claro que aquella visión complaciente no se impondría si no fuera avalada en alguna medida por Macri, que se inclina manifiestamente a pensar que las modificaciones hechas hasta aquí son suficientes y de lo que se trata, al menos por ahora, es de esperar a que den sus frutos. El trauma personal que parece haber significado para el presidente desprenderse de un par de ministros y el jefe del Central nos habla de cierta resistencia a cambios bruscos, y de un excesivo afecto por sus colaboradores (en particular por sus “ojos e inteligencia”), que no es recomendable en una situación como la que tiene que resolver. Es difícil imaginarlo haciendo como Menem o Alfonsín cada vez que enfrentaron situaciones difíciles: salieron de ellas defenestrando hasta a sus colaboradores más cercanos y queridos. ¿Va a tener que sufrir más corridas y coletazos de la crisis para cambiar de actitud? ¿Es más bien cuestión de tiempo que en su cabeza se asiente un nuevo armado del equipo y una nueva estrategia general para la gestión? El carácter de Macri puede que sea, en suma, parte del problema, una parte que mucho arreglo no tiene.

Otra parte le toca a Dujovne, que no es Cavallo, no parece estar deseoso de tomar el control de la situación. ¿Le falta hambre política o también está esperando? Por ahora se lo ve ocupando de a poquito los lugares vacíos, armando su agenda tema por tema, pero es probable que eso no alcance, que consuma mucho más tiempo del disponible. Encima transmite así la idea de que espera que el poder caiga en sus manos, no va a ir a buscarlo. Que si termina imponiéndose su autoridad bien, pero si no, no se va a hacer mucho drama. Este es otro problema, y puede que tampoco tenga arreglo.

Lo que sí puede que tenga arreglo es la actitud conservadora que ha tendido hasta aquí a dominar en el corazón de la gestión, la Jefatura de Gabinete, sobre todo si ella no se funda sólo en un deseo de no perder poder sino en una convicción intelectual y en una experiencia, que hasta hace poco sirvieron para dar orientación y cohesionar al resto, pero ahora parecen estar complicando las cosas y es conveniente y posible revisar. De ese modo el nuevo tridente formado por Macri, Peña y Dujovne tendrá más chance de cooperar y encontrar una salida.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 30/6/18

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El Aborto Legal avanza en el Senado: ¿por qué al gobierno le conviene que se apruebe?

Como era de esperar, la media sanción del proyecto de despenalización en Diputados tuvo el efecto de cambiar la relación de fuerzas hasta entonces vigente en el Senado sobre el tema: la amplia mayoría en contra que hasta entonces se daba por descontada en las últimas semanas se diluyó, y ahora los votos están parejos.

En parte esto es consecuencia de que los senadores advierten que está en discusión no sólo un cambio político e institucional a instrumentar, sino un cambio en la sociedad que ya se consumó y al que no tiene mayor sentido oponerse: si hasta la votación en Diputados una estrecha mayoría social apoyaba el proyecto, ahora que avanzó es natural que el apoyo crezca, pero no sólo por su parcial éxito, sino sobre todo porque una vez que el tema salió a la luz se complica dejar las cosas como estaban, volver a poner el drama estéril y arcaico del aborto ilegal bajo la alfombra para seguir ignorándolo.

Así que no se equivocaban quienes insistían en dejarlo año a año fuera de la agenda legislativa: habilitar el debate era recorrer al menos la mitad del camino a la despenalización. Y no se equivocan por tanto tampoco quienes responsabilizan a Macri por este resultado: el presidente por más que declare su neutralidad ya está implicado en este proceso, fue el que lo hizo posible.

¿Qué pasará con el debate en el Senado? ¿Sucederá lo mismo que en la Cámara Baja, donde fue llevando más voluntades a favor de la reforma? Es posible, así que puede que de la docena de senadores dubitativos la mayoría termine avalándola.

De todos modos quienes se oponen, y en particular la Iglesia católica, están buscando desesperadamente vías para revertir esta tendencia. La que parecen haber elegido es polarizar y escalar aún más la confrontación entre el bien y el mal: en vez de asumir que su error en Diputados fue apelar en demasía a argumentos morales de este tipo, y subestimar la cuestión de salud pública y las salidas intermedias como la educación sexual, la difusión de métodos anticonceptivos y demás, entienden que les faltó agitar con más énfasis el temor a una hecatombe moral, movilizar la repulsa que debería generar en todo buen corazón que el “Estado mate inocentes”, como ha dicho el senador Federico Pinedo.

Podrá decirse que por esta vía la Iglesia no tiene muchas chances de convencer a los dubitativos, pero tal vez su objetivo no sea convencer, sino lisa y llanamente asustar; y no tanto a los buenos corazones como a los políticos pragmáticos: concretamente su mensaje es que no va a tolerar la aprobación de la ley, va a impugnarla eternamente y a considerar a quienes la hayan promovido como responsables de un daño enorme, inasimilable. En suma, le están diciendo a Macri, y de paso también a Pichetto y por qué no a Cristina Kirchner, que no les va a resultar gratis colaborar con esta reforma, así que les convendría revisar los cálculos que han venido haciendo al respecto.

¿Tiene ese planteo chances de prosperar? Quien queda más expuesto a él es, claro, el presidente. Para empezar, porque está en el poder y tiene más necesidad de mantener unidos a sus seguidores, y no puede disimular ya que la mayoría de sus legisladores se oponen al proyecto. También porque debe saber que sus votantes están también divididos en este asunto, y en caso de extremarse la confrontación va a correr el riesgo de que su coalición de apoyo, ya por otros motivos sometida a tensiones, se debilite aún más.

Con todo, y aún considerando estos y otros “costos extra” que podría imponerle una activa y virulenta campaña eclesiástica de aquí a que se vote en el Senado, a principios de agosto, lo cierto es que Macri difícilmente tenga chances de cambiar de actitud y remar disimuladamente en contra de la despenalización sin pagar otros costos aún más altos.

Para empezar, porque el tema del aborto en particular y más en general el movimiento feminista que lo impulsa son las únicas expresiones “de derechos” que realmente tienen llegada a la opinión pública en nuestros días (llegada que en cambio es infinitamente menor, o hasta negativa, para todo el llamado “movimiento de derechos humanos”) y en caso de ceder ese territorio a sus adversarios de izquierda y el kirchnerismo Macri se pondría de punto con un amplio sector de la sociedad que tendrá a la mano otras opciones electorales el año que viene, desde esas más ideológicas a otras difusamente progresistas. La apertura de una agenda de género en su discurso de inauguración de sesiones legislativas de este año tuvo el sentido de atender a esta demanda, y frustrarla de modo tan palmario no sería gratuito.

Segundo, porque sabe que aunque muchos de sus legisladores se oponen enfáticamente a la ley, sobre todo en el Senado, el rechazo entre sus votantes es mucho menor, tanto en volumen como más todavía en intensidad. No hay, en realidad nunca hubo, un voto católico en el país, y esta cuestión no va a crearlo; menos todavía en un contexto en que no hay alternativa “por derecha” ni algo así tiene chances de surgir, al menos no en lo inmediato.

Conclusión: aunque entre el Episcopado y el núcleo duro antiabortista formado por varios de sus senadores más cercanos lo quieran asustar, Macri debe saber que es más que nada un bluff, un hacer ruido para disimular la falta de estrategia y viabilidad de lo que proponen. Ojalá además de no hacerles caso sea él capaz de convencerlos de que les conviene optar por una vía media. Así Cambiemos sufrirá menos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 29/6/18

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La recesión empezó en abril. ¿Cuánta inflación va a permitir el gobierno para abreviarla?

El paro de la CGT dejó del todo a la vista que sigue vigente una fuerte preferencia que adoptaron Macri y su equipo al asumir, por más que hayan tenido ahora que recurrir al Fondo: es mejor incumplir las promesas sobre la inflación que someter a la economía a una recesión profunda y prolongada.

Así que aunque habrá más ajuste del previsto, seguirá siendo “heterodoxo”, acotado al gasto público, y encima sólo a algunas áreas de ese gasto, no afectará los rubros “sociales” que representan más del 70% de lo que gasta el Estado.

Surgen ante esto al menos dos interrogantes. Primero, ¿va a poder evitar que se prolongue la recesión más allá de fin de año con los instrumentos que tiene a mano?

Según informa el Indec la caída en el nivel de actividad ya empezó en abril: fue del 0,9%, fruto en gran parte de la sequía. Seguramente se profundizó en mayo y por ahora no tiene visos de revertirse: la comparación con los mejores meses del año pasado no va a ayudar.

Entre esta mala noticia y el paro terminaron de convencer al gobierno de que lo mejor era habilitar la reapertura de paritarias, libres, es decir sin techo. Y que los empresarios arreglen los porcentajes “que puedan pagar”, según declaró un ministro. Si los aumentos salariales se aceleran podrían revertir la caída del consumo en pocos meses; y ante esa perspectiva tal vez muchos empresarios desistan de suspender o despedir personal o de demorar inversiones.

Pero si iba a ser tan generoso tal vez hubiera sido mejor que el Ejecutivo anunciara esta decisión antes de que se concretara la huelga. Por lo menos así no le regalaba al gremialismo un rotundo éxito político y podía dar algo más de credibilidad a su pretensión de que no es una administración insensible, a la que hay que arrancarle por la fuerza las concesiones para los “de abajo”.

A ello sumemos el riesgo de confiar en la racionalidad de los empresarios cuando deben arreglar salarios con sus gremios: como la mayoría de las patronales prefiere evitarse problemas con sus empleados, si tienen las manos libres se inclinarán a ceder más allá “de lo que puedan pagar” y cubrir la diferencia subiendo sus precios, es decir, descargando en los consumidores el problema. Mientras no haya obstáculos procedentes de la competencia externa (que disminuyeron con la devaluación) o doméstica (que en sectores cartelizados, oligopólicos o monopólicos, tampoco cuenta) jugar el juego de la inflación es la salida más simple y razonable para todos.

Los gobiernos se reservan ante este tipo de inconvenientes la atribución de no homologar los acuerdos en paritarias. Pero este no es un instrumento efectivo si hay que aplicarlo en muchos casos a la vez: parecerá que se traiciona la promesa de las paritarias libres y no se cuenta con ningún aliado, ni en los sindicatos ni en las patronales. Lo más probable es que termine desatándose entonces una nueva ola de protestas, la judicialización de las controversias y encima para protegerse todos los que puedan sigan subiendo igual los precios.

En resumidas cuentas: concluida de momento la corrida cambiaria, el gobierno está permitiendo que a través de los salarios ella se traslade a precios con peligrosa velocidad, y puede que no le alcance con las altas tasas de interés para compensar y frenarla a tiempo. ¿Qué pasará entonces si hacía fin de año se advierte que está incumpliendo incluso las muy ampliadas metas a que se comprometió en el stand by?

Ese es el segundo interrogante. ¿Cuánta tolerancia tendrá el Fondo si los números no cierran, si la inflación sigue demasiado alta, si Macri vuelve a usar el ancla cambiaria y el retraso de las tarifas para refrenarla sin generar más recesión? ¿Y para la sociedad, una módica recuperación compensaría a sus ojos esos disgustos?

Si en el año la suba de precios rompe la barrera del 27% el gobierno sólo tendrá que explicarlo al staff del FMI, pero si supera el 29% va a tener que ir a dar cuenta al directorio, y tal vez para entonces Brasil haya resuelto su crisis institucional, o se haya ido del todo al demonio, y en ambos casos ser contemplativos con Argentina no sea algo que a los gobiernos que controlan el organismo le pese tanto como ahora.

Puede también que una competencia más pareja con el peronismo, si este se reúne detrás de la consigna del “shock de consumo” pergeñada por Lavagna, prima hermana del salariazo de 1989, complique aún más las cosas, al alimentar expectativas de que todo podría estar mucho mejor con un cambio de gobierno, y alimentar mientras tanto que todo esté bastante más caro, en particular el dólar.

La buena noticia para el oficialismo es que las expectativas tienden a acomodarse bastante mejor de lo esperado a la flaca oferta que Macri es capaz de plantearle ahora a la sociedad: el haberse asomado al abismo debe haber contribuido bastante a que sea así; en los días que corren buena parte de los argentinos quiere ante todo orden, que alguien gobierne la economía, más allá de cómo lo consiga. Y como ha venido siendo en la última década y media, y en una mirada más amplia, exceptuando los años noventa, desde hace casi setenta años, la inflación puede tranquilamente seguir coloreando nuestra vida cotidiana que nadie se va a preocupar demasiado.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 27/6/18

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Durísima contra el gobierno, la Iglesia abraza la doctrina del Padre Pepe

La Pastoral Social critica por la pobreza, y alienta el paro de la CGT, pero en verdad lo que más le molesta es el “ataque a la familia”. Invita así a “progresistas” y conservadores que se den la mano en nombre de la doctrina del Padre Pepe, “Aborto y FMI, el enemigo es uno solo”, para frenar cambios que considera solo pueden servir a una sociedad de liberales, de ricos, de gente que a ella no la necesite.

Así, la doctrina que expresó muy burdamente Pepe hace algunas semanas en el Congreso, y que a muchos entonces movió a risa, se está convirtiendo sutilmente en la línea argumental que organiza toda la estrategia eclesiástica: el gobierno encarna ya sin ningún disimulo, a partir del acuerdo con el FMI, el odiado “capitalismo salvaje”, y al mismo tiempo y a pesar de que sí en esto disimula, promueve la ley del aborto, contra la salud de la familia argentina; así que de lo que se trata es de unir los dos polos de resistencia contra él, sólo separados uno del otro por una falta de comprensión de la raíz de la amenaza que se enfrenta: hay que frenar el ajuste y hay que frenar el aborto.

Para esta visión de las cosas, los “progresistas” opositores que apoyan la ley de despenalización son un problema. Ellos no entienden que las dos cosas que hace el gobierno van de la mano y se alimentan entre sí, exclusión social y control legalizado de la natalidad de los pobres son como cara y contracara de una misma estrategia de destrucción de la familia argentina.

Claro que esto que describe la curia como la suma de todos los males bien puede ser visto también como los cambios que los tiempos que corren reclaman a nuestra sociedad y nuestra economía. Y su actitud en contrario como el non plus ultra de una reacción sin destino: negarse a cambiar el esquema económico heredado del kirchnerismo es garantizar que se siga reproduciendo la pobreza y el atraso de nuestro país; negarse a aceptar la despenalización del aborto, dejar bajo la alfombra y empeorar el drama que viven las miles de mujeres que no quieren o no pueden continuar un embarazo no buscado.

Pero para la Iglesia católica argentina de hoy en día parece no ser un problema que la tachen de reaccionaria: tal vez lo podía ser cuando todavía tenía lazos más o menos firmes con el mundo empresario, con el mundo de las ideas y el periodismo, con los líderes políticos del país; pero el Papa Francisco se ha encargado de cortar o al menos reducir al mínimo esos lazos. Acaba de cortarle todo apoyo y expulsar del reino de los justos a la Revista Criterio, la más respetada tribuna de pensamiento católico en estas tierras, y el Santo Padre se abrazó algo tardíamente a la tesis de Mariotto y Sabbatella, según la cual los grandes medios son instrumentos del demonio. A los empresarios de ACDE no les presta la menor atención y al resto de las entidades del mundo de los negocios los tiene en la picota. Y no confía, no habla ni escucha a las principales figuras políticas, ni siquiera a la única fanática opositora al aborto que queda en las primeras líneas, Lilita Carrió.

En este marco, el disgusto al que la Pastoral Social acaba de someter a María Eugenia Vidal,a quien le negó incluso la mínima cortesía de dejarla cerrar el encuentro de Mar del Plata, y a Carolina Stanley, dos de sus interlocutoras remanentes en la elite política, habla por si sola.

En dicha reunión Oscar Ojea, presidente del Episcopado, en línea con los argumentos del Papa Francisco, abogó por la reforma del sistema financiero internacional ”ante las consecuencias desastrosas del capitalismo salvaje” advirtiendo que en el país “el nivel de inequidad es enorme y se acentúa cada vez más”. No mencionó al FMI pero no hacía falta.

Y el presidente de la Pastoral, Jorge Lugones, afirmó que vivimos en un país de “despidos y suspensiones” y que no puede ser que a algunos trabajadores se les concedan aumentos de 25% y a otros, refiriéndose a los docentes bonaerenses se le ofrezca la miseria de 15% en tres pagos. Vidal siguió esas palabra inmutable.

Lugones defendió también el derecho de huelga, “expresión de la doctrina social de la Iglesia”, y repudió que no se construyan hospitales pero sí cárceles. Pero lo esencial de su intervención fue lo que sostuvo sobre el aborto: según él se usa ese debate para ocultar otras cuestiones más preocupantes como la pobreza y la desocupación (a veces la curia se expresa como un trotskismo de derecha), y se atenta así contra la familia. “Primero con el divorcio, ahora con el aborto y de eso la tenemos que defender”. No habló del matrimonio igualitario, tal vez porque había muchos votantes de esa ley en tiempos de los Kirchner sentados aplaudiendo en el sector peronista del auditorio.

Adolfo Pérez Esquivel estaba entre los que aplaudía. ¿Por qué no le hace ruido a gente como él el ánimo reaccionario del discurso eclesiástico? Tal vez sea porque viene practicando la hipocresía desde hace mucho tiempo: esto de embanderarse en causas nobles y hablar en nombre de los humildes para justificar cualquier macana lo tienen bien ensayado muchos referentes de derechos humanos. Tal vez porque cree que el premio que lo espera lo justifica: es la oportunidad de acorralar a Macri y liquidar su proyecto político; y además a él personalmente el aborto no le gusta nada.

Y también es evidente que Esquivel comparte a pie juntillas los principios ideológicos del Padre Pepe. Que son los de una izquierda reaccionaria que defiende a rajatabla el statu quo porque piensa que los cambios solo pueden empeorar las cosas, así que conviene seguir como estamos. Sin el menor atisbo de racionalidad, claro, dado que no hay chance alguna de que haciendo lo mismo vayamos a obtener mejores resultados que en el pasado. ¿Pero cómo ir en contra de la fe, cuando la fe nos dice que es al mismo demonio al que enfrentamos?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 24/6/18

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Francisco se enoja consigo mismo por el aborto legal

Francisco sorprendió con dos intervenciones particularmente virulentas en estos días.

Primero fue la comparación del aborto con los crímenes del nazismo, que aunque se haya referido exclusivamente a la eugenesia, igual fue una barbaridad, y aún peor, una banalización de esos crímenes y del nazismo en general. Lanzar semejante acusación cuando la Cámara de Diputados de su país acababa de votar la despenalización del aborto ¿anticipa que la Iglesia católica excomulgará a los legisladores responsables y tratará por esa vía de frenar el proyecto en el Senado? Sería sin duda un grave atropello contra nuestra democracia, y encima probablemente uno por completo inútil o hasta contraproducente para los fines que persigue la curia.

Pero se ve que la calentura pudo más que cualquier razonamiento, y para seguir complicando la relación entre la jerarquía católica y las instituciones democráticas argentinas a continuación el Papa condenó la situación de la libertad de expresión bajo el gobierno de Macri, al que acusó de “derogar la ley de medios” para prohijar una dictadura, de la mano del Grupo Clarín, al que atacó también con toda la furia: lo llamó “una institución que calumnia, que dice falsedades, que debilita la vida democrática”.

En su ataque a Clarín, al que no hacía falta que nombrara, Bergoglio volvió a reivindicar, también sin nombrarlos, a dirigentes kirchneristas acusados, procesados y en algunos casos ya condenados por actos de corrupción y otros atropellos cometidos durante su paso por el poder. Para lo cual no ha dudado en compararlos con los mártires de la Iglesia, y hasta con el mismo Jesucristo: “Comunicar escándalos es algo que tiene una seducción enorme… la comunicación de ese escándalo se extiende y esa persona, esa institución, ese país termina en ruinas. No se juzga a la persona, se juzga a las ruinas de la persona y de las instituciones para que no puedan defenderse”.

Según el Papa la Justicia que actúa en estas investigaciones y procesos no merece consideración ni respeto, como tampoco los merece el Congreso de la Nación. Serían también ambos instrumentos de la dictadura de Macri, o de la manipulación de Clarín, o de ambas a la vez. No instituciones de esas por las que él dice estar muy preocupado. Pero que en realidad se ve que mucho no le importan. Más bien lo molestan y quisiera mandarlas al infierno cuando hacen cosas que no le gustan.

¿Por qué este simultáneo y virulento ataque de furia contra Macri, la Cámara de Diputados y los medios? El motivo inmediato es, claro, la media sanción de la ley de despenalización, que sorprendió a muchos en la Iglesia. Pero hay mucho más que eso.

En un plano más general Francisco reacciona ante lo que cree es una batalla cultural que no sólo en su país (aunque en su país es donde más le duele, también le pesa seguramente lo sucedido en Irlanda hace pocas semanas) ve que está perdiendo. Una batalla que lo enfrenta a lo que llama el liberalismo deshumanizado, con el que asocia el imperio del capitalismo global y el declive de la influencia eclesiástica.

Y en el caso específico de su relación con Argentina, a la creciente distancia que se ha ido generando entre su sociedad y lo que él predica.

Ahora bien. Lo cierto es que si reacciona tan virulentamente, en particular ante esto último, es sobre todo porque debe saber que el principal, sino único responsable de esa distancia es él mismo. Y el caso del proyecto sobre el aborto así lo demuestra.

No hay duda de que si él hubiera visitado el país en 2016 o 2017, a Macri no le hubiera resultado tan fácil y redituable promover el debate al respecto. Tampoco cabe duda de que si Francisco no hubiera insistido en abrazarse, celebrar y justificar moralmente a quienes podemos llamar “peronistas de izquierda” o “populistas radicalizados”, sus representantes legislativos no hubieran tenido tanta soltura de cuerpo para votar casi unánimemente a favor de la ley, y los peronistas moderados tanto interés en mostrarse modernos y liberales como para en muchos casos imitarlos, y en otros oponérseles con poco énfasis. Por último, si hubiera invertido algo más de su indudable talento político en colaborar a una estrategia razonable de seducción sobre los dubitativos, tal vez hubiera evitado que sus representantes locales enfocaran su campaña negativa en bebitos de plástico, poemas a la madre y ecografías, en vez de en la salud reproductiva, la educación sexual y demás métodos modernos y ampliamente aceptados para evitar el embarazo no deseado.

Francisco lo debe saber, y si no seguro Bergoglio se lo puede explicar: en política, el que se enoja pierde, y el que reacciona mal porque está enojado consigo mismo corre el riesgo de perder por partida doble, por lo que le convendría poner las barbas en remojo y recapacitar.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 21/6/18

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