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Más avanza la Justicia, más llaman los K al estallido

De lo mucho que dijo Cristina en su regreso a la escena lo más llamativo no fueron las palabras pronunciadas frente a Comodoro Py, finalmente no más que un acto callejero, de esos donde siempre se dicen cosas sin pensarlas demasiado, ni las descalificaciones hacia los jueces y fiscales que la investigan, lo que era bastante esperable, sino las que desgranó con más calma sobre todo en los sucesivos encuentros que realizó con seguidores y dirigentes peronistas en su nueva fundación, en las que conectó su situación judicial con una supuesta crisis de legitimidad que estaría por enfrentar o ya enfrentando el gobierno nacional.

 

El argumento fue ratificado y profundizado por Máximo cuando se enteró de que una diputada kirchnerista arrepentida lo había implicado en la apropiación de fondos para viviendas que pasaron por manos de Milagro Sala y luego desaparecieron.

 

El argumento de madre e hijo es sencillo: como todo lo que hace el gobierno de Macri está mal y lo condena a una carencia cada vez más indisimulable de “legitimidad de ejercicio” en sus funciones, inventa causas judiciales para distraer y confundir a la audiencia, y para acallar a quienes podrían liderar una resistencia contra el ajuste y la entrega, es decir, contra ellos dos.

 

Para que esta afirmación se demuestre no hace falta que se prueben falsas las acusaciones en su contra. Al contrario: como la Justicia independiente no existe, y el gobierno y los medios manipulan toda la información pública, todos los testimonios y pruebas, mientras más avanzan los procesos más se confirma lo que los acusados dicen, que sus enemigos son superpoderosos e implacablemente falsos.

 

Tampoco hace falta que la situación económica y social empeore realmente en la medida que han pronosticado desde el kirchnerismo, y ello afecte en particular a los más pobres. Que Macri es antinacional y antipopular es una premisa indiscutible, obvia, no algo que haya que demostrar. Por caso, ¿cambiaría en algo el juicio sobre la supuesta ilegitimidad de ejercicio que lo aqueja si no se llegara a producir la suba de la desocupación que se dice es “la consecuencia deseada de las políticas neoliberales” que aplica? Seguramente no: se dirá que también en eso miente, que tapa la exclusión endeudando al país, o lo que sea; siempre hay maneras de encontrar evidencia a favor cuando la adhesión a una ideología se asume incuestionable.

 

Y por último, la frutilla del postre: si la protesta no llegara a escalar y terminar en estallido no se probaría un error de juicio o estrategia del kirchnerismo, sino que la represión y la manipulación mediática hicieron bien su trabajo, que el pueblo una vez más ha sido maniatado y amordazado por quienes no son más que la versión electoral y sólo formalmente legítima del “mismo proyecto que en el ’55”.

 

La pretendida distinción entre legitimidad “electoral” y “de ejercicio” en que se basan los Kirchner tiene larga tradición entre nosotros. Fue con esta misma idea que a partir de 1983 una porción del peronismo, en particular la que rodeaba a los sindicatos de Saúl Ubaldini, asumió una oposición implacable frente a Alfonsín. Entonces el argumento rezaba de que el primer presidente electo en mucho tiempo encarnaba la “democracia formal” pero impedía con sus políticas y decisiones una “democracia real”, que no era ni más ni menos que “que el pueblo sea feliz”, algo que según Ubaldini sólo había logrado Perón y sólo podría volver a conseguir otro peronista.

 

Cristina y Máximo creen haber sido esos peronistas, y que la historia y el pueblo se lo van a reconocer. Creen en serio en lo que dicen. Y por eso, no sólo por la corrupción y el cinismo, es que son tan dañinos para la vida democrática, aunque ya no ejerzan el poder.

 

Pero lo serían mucho más si lograran, como sucedió en los ochenta, que sectores importantes del peronismo pensaran y actuaran en estos mismos términos. Cosa que por suerte al menos hasta aquí no ha sucedido.

 

Y también lo serían si en el propio gobierno se hicieran cargo de este argumento, mala conciencia que aquejó en su momento a Alfonsín, y flaqueara su convicción respecto a que las decisiones que toman no son menos legítimas ni menos “nacionales y populares” que las de la administración anterior.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 25/4/16

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Cristina vuelve a enseñarnos los usos del amor, del odio y de la desconfianza

¿Vuelve Cristina? Su espíritu nunca se fue: es el de la desconfianza a que exista una ley que nos permita convivir e imponga límites a lo que podemos hacer. Donde esa confianza no existe sólo hay amor. Y odio. Así que quienes la aman lo seguirán haciendo: “imposible apagar tanto fuego”.

 

Como eso no se puede cambiar lo mejor es intentar entenderlo. Y lo cierto es que el kirchnerismo nos está ofreciendo una lección por demás interesante, que por lejos lo trasciende, sobre el poder de la fe, sobre cómo funcionan las creencias y las pasiones políticas. Sería bueno aprenderla, entre otras cosas porque hay muchos que, contra lo que creen, no se les diferencian demasiado. Incluidos algunos que se piensan a sí mismos como su total contracara, apasionados amantes de la ley y la república.

 

El contraste no podía ser mayor. De un lado el fanatismo de los fieles acicateado por la afrenta sufrida cuando, contra todas las advertencias, se atrevieron a “tocar a Cristina”. Del otro la celebración de quienes ven en este inesperadamente veloz avance de algunos jueces un sueño realizado y el inicio de una regeneración moral del país.

 

Es muy buena la fe en la república, ¿pero es mejor que la que se deposita en, por decir algo, “la justicia social” o “la gloria del campo nacional y popular”?  ¿Hay una superioridad moral, intelectual o política de este lado de las banderas y los gritos? Puede haberla, porque aquella es precondición para que estas prosperen. Pero hay que demostrarlo en los hechos.

 

Para lo cual es bueno empezar por asumir un principio muy poco valorado entre nosotros: que todos nos planteamos fines políticos nobles, no es cierto que están de un lado los que quieren el bien y del otro los que quieren el mal, que se pueda distinguir a guerrilleros y militares, peronismo y antiperonismo, izquierda y derecha, o en este caso k y no k por el valor de su fe, por sus buenas o malas intenciones. Todos queremos cosas buenas, primero para nosotros y en general también para algunos o todos nuestros semejantes. Pero muchas veces hacemos cosas bastante malas para conseguirlas, que se justifican más fácil y extensamente cuanto más fantásticos son los fines que nos proponemos.

 

Este fue un defecto del kirchnerismo, tan dañino como la propia corrupción o las malas políticas: movilizar amores y odios que justificaran cualquier cosa. Porque pervirtió nuestra vida pública hasta tal extremo que sus efectos van a sobrevivir por mucho a la propia eficacia política de los Kirchner. Por eso los fanáticos aunque honestos son en ocasiones más dañinos que los simuladores corrompidos.

 

Y es que con el amor y con el odio es difícil discutir. Que haya un núcleo kirchnerista enamorado, que persistirá en su fe aunque se derrumbe el mundo es en el fondo bastante comprensible: siempre la política moviliza pasiones, y Cristina, mucho más que Néstor, se ocupó de hacerlo en forma intensa y sistemática, sobre todo desde 2010. En un país donde hay pocos objetos de amor compartidos, salvo algunas camisetas de fútbol, unas islas lejanas y poco más, y además el resto de la política pareciera esmerarse en ser desapasionada (no sólo los no peronistas, les sucede también al resto gris de la dirigencia peronista), es lógico que ese amor sobreviva a los contratiempos.

 

¿Puede ser tan irracional que ignore hasta las patentes evidencias de corrupción personal y familiar, el perjuicio manifiesto a los intereses populares que dice defender? Para eso está el amor precisamente. Ya Chesterton advertía sobre esa tendencial irracionalidad de la fe moderna: “cuando la gente deja de creer en Dios empieza a creer en cualquier cosa”.

 

También sucede que el kirchnerismo hizo bien su trabajo de cortar los lazos de comunicación entre la comunidad de los fieles y el resto del mundo. La polarización practicada estos años empujó a muchos a justificar todo tipo de agresiones, delitos y abusos, así que ahora ¿cómo volver atrás?, ¿cómo reconocer un error de juicio sobre la corrupción de los líderes, sin reconocer que muchas otras cosas hechas o avaladas por años pueden ser también errores?

 

De ahí que hace bien el muy gauchito Sabbatella cuando se ofrece de ejemplo y se lanza a la pira en cuerpo y alma; y lo mismo Bonafini con su generosa propuesta de compartir la celda: a los ojos de sus audiencias las llamas no podrían tocarlos sin que todos y la propia Cristina las sintieran en carne propia.

 

Compartir el fuego que anima a Cristina no tiene contraindicación, además, para personas que a los ojos del resto del mundo están requemadas. Pero lo más interesante es lo que sucede dentro de la comunidad de creencia, en quienes han ido ya demasiado lejos como para volver sobre sus pasos. Y como decía Primo Levi de los alemanes nazis en la posguerra, salvando las distancias claro, no pueden perdonarse lo que le han hecho, le han dicho y han pensado de sus semejantes. Para ellos la escapatoria más a mano es negación e insistencia.

 

Vistas así las cosas, ¿no es poco lo que conseguiremos con las investigaciones judiciales en marcha y alto el precio que pagaremos de seguir ahondando la llamada brecha? La gran ventaja de la política argentina en esta transición es que las pasiones aunque encrespadas son muy minoritarias. La enorme mayoría se orienta según criterios más prudenciales: ¿conviene para dejar atrás el kirchnerismo olvidar sus ofensas?, ¿incluye ese olvido sus delitos?

 

Hay quien ya antes de que se empiece a avanzar con cualquier investigación propone un Punto Final, mirar para adelante. La pobreza moral de esta idea se suma a su impracticidad. Ningún sector es capaz de asegurar tal pacto y es por completo imprescindible algún buen ejemplo para alimentar el impulso reformista. Aunque conviene atender de todos modos al hecho de que justicia y reformas no son fáciles de conciliar: porque para implementar las segundas, ahora igual que sucedió en la transición de 1983, hará falta la colaboración de al menos una parte de los implicados en el antiguo orden, quienes deben confiar en que “pecados menores” no les serán reprochados.

Pero ¿cómo establecer la línea de corte entre delitos y pecados menores? Vaya a saber. Lo que sí se puede decir es que construir confianza, y de eso se trata, requiere de elementos y condiciones por completo diferentes a los que insumen el amor y el odio. Supone aceptar que seguiremos persiguiendo fines distintos pero que podemos compartir algunos instrumentos, acciones y reglas. Y aceptar que la justicia presupone siempre un cierto grado de perdón. Finalmente no es otro el mecanismo que hace posible el tan celebrado rol del arrepentido. La corrupción es una lata de podredumbre que sólo se puede abrir desde adentro, como cualquier otro pacto mafioso. Para quebrarla hay que dar confianza a los que quieran saltar el charco: necesitamos es un buen número de inconsecuentes que acepten correr ese riesgo. ¿Alcanzará con eso para cambiar el sistema o solo para emprolijarlo? Quién sabe.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 22/4/16

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Cristina, Urtubey o Massa, el “dónde está el piloto” de la oposición

La oposición necesita votos, un partido y manifestarse en las calles. El problema que enfrenta hoy es que Massa tiene votos, Urtubey está conquistando el partido y la calle todavía le responde, en parte al menos, a Cristina.

 

La abierta disputa por la jefatura de la oposición terminó de complicarse cuando, encima de todo eso, la lista de unidad para la renovación de autoridades en el PJ fue, aunque más no sea de momento, bloqueada en la Justicia; y a continuación volvió de su retiro Cristina, ella sí para quedarse, convocando a los peronistas y demás sectores que todavía podrían ver en ella una guía para antagonizar con Macri.

 

“El kirchnerismo nos metió en este lio, así que no va a poder sacarnos de él, nos va a hundir aun más” parecen decir los gobernadores de la oposición. Y algo parecido piensan en el sindicalismo. Por eso Cristina no empezó por ellos, y más bien trata de ignorarlos o puentearlos: citó a los diputados, no a los senadores, y luego a los intendentes a su recién inaugurada fundación; y a todos les habló de un Frente Ciudadano. Ya no del FPV, pero tampoco del PJ, que para ella nunca, ni ahora ni en el pasado, significó algo atractivo o valioso.

 

Claro que la mayor parte de la estructura justicialista ha quemado las naves y no piensa ni por asomo en volver a someterse a los dictados de la ex presidenta. Reflejo de ello, tras el acto frente a Comodoro Py anunciaron que redoblarán esfuerzos para imponer la Lista de Unidad, renovar sin demora el 8 de mayo las autoridades pejotistas y dejar afuera o en los márgenes al camporismo. Ya saben que éste no se va a dejar digerir, y que tampoco piensa resignar dócilmente su anterior protagonismo. Así que planean apurar el paso para que Cristina no se siga tomando atribuciones como vocera y estandarte de su espacio político.

 

La siguiente movida de este sector fue intensificar sus críticas a Macri. Urtubey tomó la delantera y, tras sacarse una foto con él en Salta, le reprochó por primera vez su supuesta insensibilidad social y sus aun más difíciles de desmentir errores de gestión. Si todo sigue su curso también los sindicatos recorrerán este camino: su acto conjunto programado para fin de abril seguramente los mostrará criticando al gobierno más duramente que hasta aquí, para disputarle la calle a su anterior jefa.

 

Un paso subsiguiente podría ser terminar de partir el bloque de diputados: eso le haría sentir a Cristina que no fueron gratis sus convocatorias a la Fundación Patria. Si este fuera el caso el FPV dejaría en la práctica de ser el horizonte con el que el PJ delinea sus planeas aun antes de que se renueven sus autoridades y la nueva conducción lo anuncie formalmente. Y el lanzamiento del Frente Ciudadano aparecería entonces como lo contrario de lo que Cristina pretendió con él: no la superación de su aislamiento, sino la consumación por sus víctimas del nuevo cuadro de situación, en que todos los demás actores relevantes de la política nacional, incluidos buena parte de sus ex seguidores, le dibujan un cordón sanitario alrededor.

 

Como sea, el desvelo principal del peronismo “renovador” seguirá siendo no qué hacer con Cristina, sino con Macri.

 

Parte de la bronca de estos peronistas con el presidente se explica por la sospecha de que él está colaborando con su antecesora para que ocupe el centro de la escena y estirar lo más posible el proceso de sucesión del liderazgo en el PJ. Es decir, para convertirlos en el jamón del sándwich: acorralados entre la resistencia irresponsable y nostálgica y el colaboracionismo desembozado, ¿qué papel le quedaría por cumplir al peronismo territorial y sindical? Uno muy deslucido y confuso. Y en el que, encima, ya Massa está bien perfilado, sino con una comparable base de poder institucional y territorial, sí al menos con una bien definida imagen pública, como el peronista no K con más votos y el menos macrista de los que quieren que al gobierno le vaya bien.

 

Ese supuesto o real impulso de Macri para que Cristina vuelva a la escena algunos lo adivinan en el propio accionar de los jueces: ¿no es acaso sospechoso que Bonadío haya imputado y citado tan rápidamente a la ex presidente? El favor que le hizo el juez al interés del Ejecutivo es hasta demasiado evidente. Así como lo es en el caso de la decisión con que Servini de Cubría detuvo la normalización del PJ.

 

Otros descreen de tamaña influencia oficial, pero les alcanza con desmenuzar las intervenciones públicas del presidente y sus colaboradores: Macri no tenía ninguna necesidad de opinar como lo hizo sobre el acto cristinista, de nuevo polarizando la escena entre los K y el resto del mundo. ¿Por qué no la dejó pasar? Como tampoco los ministerios de Seguridad y de Justicia tenían por qué facilitar al camporismo una zona liberada en torno a los tribunales para que se adueñara de la escena. Y lo peor de todo: ¿había necesidad en que la TVP transmitiera en vivo y en directo, en toda su extensión, el discurso de la señora en Retiro? ¿Fue mérito del kirchnerismo residual que todavía resiste en el canal público o de sus nuevos administradores?

 

Para ese peronismo de siempre, además, sabedor de que las citaciones judiciales contra ex funcionarios se van a multiplicar (ya van cayendo en la volteada Scioli, De Vido, Abal Medina, Aníbal, Capitanich, etc.) la deslealtad del gobierno viene desde su inicio, desde que los convocó a negociar mientras dejaba que Carrió les mordiera los talones. A sus ojos no se trata sólo ni principalmente de sugerirle o no a los jueces y fiscales que tomen una decisión u otra, sino de definir quién conduce la coalición de gobierno, los que quieren gobernar con el sistema de siempre o los que quieren patear el tablero.

 

Claro que Macri puede decir que tampoco eso depende de él. Que los tribunales que investigan, los dirigentes que denuncian y la sociedad que se indigna con tanta mugre saliendo de debajo de la alfombra son parte de un proceso inevitable. Pero entonces ¿quién conduce?, ¿será que hay que acostumbrarse a que nadie lleve el timón?, ¿o Macri está zurfeando la ola al mejor estilo peronista, y para consolidar su gestión, y en lo posible extenderla cuatro años más, no dudará en sacrificar a sus interlocutores mejor dispuestos, si el tablero le manda hacerlo?

 

Un problema aun más grave podría estar gestándose: el eventual choque entre dos diagnósticos casi opuestos, ese optimista y oportunista de los surfers oficiales y el que hace el grueso del peronismo, según el cual con simplemente dejar que pase el tiempo, Macri consumirá su crédito y energías en ordenar el desbarajuste que heredó, y el poder volverá a caer en sus manos en 2019.

 

Ante la eventualidad de un choque de planetas entre estas dos visiones tan distintas sobre los riesgos y oportunidades de cada cual, sería bueno que alguien se ocupe de moderar las expectativas y reducir la incertidumbre. Cuestión de la que en general le toca ocuparse ante todo a las autoridades. Claro que a ellas les conviene que no haya un solo líder ni un solo polo opositor; pero tampoco les conviene que se fragmenten y queden sometidos a un juego especulativo de corto plazo; y menos todavía que los que colaboran se vean perjudicados por hacerlo. Lidiar con esa tensión es una de las tareas que tienen por delante los surfistas de Macri.

 

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 19/4/16

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Un feo piquete para tapar tres malas noticias

El kirchnerismo hizo el acto que quería. O mejor dicho, el que podía.

 

Logró copar Comodoro Py, amedrentar a los funcionarios judiciales y hasta pegarle a una periodista de Radio Mitre. Cristina pudo mostrar que sigue siendo la misma de siempre, la que habla del amor y llama a la guerra, la apasionada por su “proyecto” que nos ofreció un país maravilloso pero supuestamente culpa del cambio de gobierno en un par de meses se volvió un espanto invivible. Y la que no cree en que exista Justicia Independiente, por los mismos motivos que no hay periodismo independiente, ni fuerza pública independiente ni nada de nada que pueda constituir una casa común para ella, sus seguidores y sus adversarios. Porque hay un brecha insondable e insuperable entre que ella se imponga y nos gobierne o que quede fuera del poder y porque lo que se llama justicia, periodismo y policía si lo maneja ella es poder popular y si no lo maneja es pura mentira y opresión.

 

Hasta ahí el guión y la foto que el discurso de la ex presidenta, reunida con quienes aun la adoran, nos dejó.

 

Pero lo que pasó en los tribunales y sus alrededores este 13 de abril fue por lejos algo mucho más importante que ese acto. Y ni siquiera lo más importante del acto está en esas palabras y gestos.

 

Porque nada indica que Cristina esté retomando realmente protagonismo: al contrario, lo sucedido en Comodoro Py muestra que ahora es una revoltosa pero en última instancia impotente pieza de una historia que van escribiendo otros.

 

En primer lugar, porque ni el peronismo territorial ni el sindical se hicieron presentes para apoyarla. La convocatoria fue mucho menor a la esperada incluso por el gobierno nacional. Y esa soledad en que va quedando el kirchnerismo, evidenciada ya suficientemente tanto en el Parlamento como en la estructura del PJ, a todas luces no tiene remedio ni en esos ni en ningún otro plano: ni siquiera los más audaces lances judiciales contra la “jefa” parecen poder recrear la solidaridad perdida, ni siquiera alcanzan a lograr ese objetivo el marco favorable que ofrecieron estas semanas los tarifazos o los patinazos y desprolijidades en que incurre el nuevo gobierno; dos motivos menos para que tanto en el Ejecutivo como en los tribunales se sigan demorando iniciativas que terminarán con lo que queda del relato sobre las bondades del anterior modelo. Y muy probablemente con un buen número de ex funcionarios y amigotes presos.

 

En segundo lugar porque el kirchnerismo fracasó en mover los hilos de viejas complicidades palaciegas para que Bonadío, y a continuación Marijuan y todos los demás funcionarios judiciales mínimamente decididos a hacer su trabajo, fueran corridos a un lado. También fracasó en instalar una distinción entre política pública opinable y actos judicializables: no podía ser de otro modo porque mandó a Kicillof y Zaffaroni a hacer ese trabajo.

El ex ministro y el ex juez sostuvieron el principio de incertidumbre sobre los resultados para hacernos creer que ni Cristina ni Vanoli, y tampoco el propio Kicillof, podían saber que iba a producirse un perjuicio para el estado cuando lo que vendieron a 10 hubiera que recomprarlo a 15. Y que era por completo legítimo y hasta loable que el gobierno anterior defendiera el valor de la moneda nacional, negándose a refrendar una devaluación que todos daban por descontada. Olvidan alevosamente reconocer que lo que por orden de Cristina Vanoli vendió a 10 ya en ese momento valía 15, no tuvieron que esperar ni un minuto los afortunados compradores para hacerse de una pingüe ganancia a costa del erario público; y también callan el hecho de que para no convalidar una devaluación bastaba que el gobierno kirchnerista se negara a vender futuros a 15, no hacía para nada falta que los vendiera a 10. La discusión sobre las responsabilidades, así, ha quedado bien definida dentro del marco en que la planteó Bonadío: como fraude contra el estado.

 

Por último, aunque el kirchnerismo probó que todavía puede dominar ocasionalmente el espacio público, la calle, pagó un precio demasiado alto para lograrlo y ese precio sin duda ya subió para las próximas ocasiones en que deba afrontarlo.

 

La imagen que ofreció de un cerco patotero sobre los tribunales ni alcanzó a amedrentar a periodistas ni oficiales de justicia, ni facilita la tarea de volver a mostrar solidaridad con la jefa en circunstancias similares en el futuro. Que es inevitable que se produzcan.

 

Skolar, en nombre de Justicia Legítima, se las ingenió para volcar a la Cámara de Casación a favor de dejarle el terreno despejado a los camporistas. Y es probable que ello haya coincidido con el temor padre que tenían en los ministerios de Justicia y de Seguridad a una manifestación muy masiva que terminara con algún episodio de represión o algo parecido. Ahora estos temores se desactivan, junto con la poca razonabilidad que pudo haber acompañado la idea de declarar zona liberada los alrededores y hasta los pasillos de los tribunales.

 

En esta perspectiva lo que vimos se parecería entonces más que a la evidencia de un persistente y admirable poder de movilización, a un postrero y virulento estertor.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 14/4/16

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Los Kirchner ya no serán lo que fueron: su codicia quedó al desnudo

La corrupción está revelándose como un factor mucho más corrosivo para el kirchnerismo de lo que fue para el menemismo. ¿Por qué?

 

Sus críticos señalan que se debe a que durante doce años de dominio los K robaron y dejaron que se robara como nunca antes, incluso más que en los inescrupulosos años noventa, y porque fueron mucho más desfachatados y desprolijos que los menemistas.

 

Sin embargo esto último no es estrictamente cierto: si hubiera sido así los escándalos que estallan hoy hubieran perseguido al kirchnerismo también durante sus tres mandatos, y aunque existían ya denuncias no fueron tantas como en la década de Menem. Es revelador de esta diferencia que incluso quienes promovieron denuncias en contra de los Kirchner estén ahora sorprendidos de lo rápido que empezó a avanzar el encadenamiento de investigaciones, delaciones, filtraciones y más investigaciones.

 

Los kirchneristas responden que esto se debe a que el “poder real” no les perdona haberlo desafiado, haber combatido la desigualdad, en suma, denuncian ser “perseguidos” por sus buenas obras, no por sus vicios. Más o menos lo mismo que dicen Dilma y Lula en Brasil.

 

Pero lo cierto es que es difícil encontrar un solo indicio de que los empresarios, el nuevo gobierno nacional, los gobiernos de países centrales o cualquier otra manifestación de lo que ellos llaman “poder real” esté empujando activamente las investigaciones contra la corrupción K. Al contrario, algunos funcionarios actuales y empresarios están también preocupados: ¿no se les estará yendo la mano a los jueces?, ¿no terminarán amenazando con sus investigaciones la buena disposición al acuerdo que muestran muchos peronistas, como han ya advertido con poco sutiles amenazas Pichetto, Gioja y Abal Medina?, ¿el celo judicial no estará repitiendo la experiencia de  Brasil, y no terminará limitando la ya desde el vamos recelosa disposición inversora de los empresarios?

 

Es cierto que el sistema internacional, y en particular las investigaciones de la judicatura brasileña, crean un clima regional más proclive a combatir el flagelo de la corrupción que años atrás. Pero a nivel local no parece haber demasiadas presiones en esta dirección: la corrupción está bien abajo en la tabla de prioridades de todas las encuestas de opinión pública; y las máximas referentes de la lucha en su contra, Carrió y Stolbizer, no resultaron particularmente favorecidas por las urnas: recordemos que a la primera le fue bastante mal en las PASO y a la segunda tanto en las primarias como en las generales.

 

Tal vez la explicación más ajustada de lo que sucede esté en el modo en que funcionó la corrupción bajo el kirchnerismo: no sólo ni principalmente por lo extendido del fenómeno, sino por el dique de contención que él creó contra cualquier filtración, evitando que cayeran sus funcionarios y que los jueces, políticos opositores y medios de comunicación pudieran acceder a información comprometedora. Así fue que los Kirchner en doce años tuvieron que sacrificar a muy pocos colaboradores: se cuentan con los dedos de la mano los que renunciaron acosados por investigaciones en su contra, mientras que en menos tiempo Menem debió sacrificar a más de 70 de los suyos.

 

Dicho de otro modo, el demoledor fracaso actual del kirchnerismo en contener el avance de la Justicia sería reflejo de un anterior éxito que no podía perdurar. Y también de que equivocadamente creyeran que, como habían llegado a controlar tan firmemente la situación, la seguirían controlando en el futuro.

 

Pero eso no es todo. También hay en la corrupción k un dato peculiar que está complicándoles ahora la vida a sus beneficiarios y herederos: ella fue a contramano de la tecnología, adoptó las costumbres que la mafia siciliana había abandonado ya en los años ochenta: andar moviendo bolsos con guita de un lado para el otro.

 

El gusto por tener los billetes en la mano les simplificó las cosas por un tiempo, por cierto. Y se acomodó bien a sus pulsiones paranoides. Pero ahora se les está volviendo en contra. Al no confiar en el dinero virtual, y desesperar por tenerlo a la vista y lo más cerca posible, “bajo el colchón” (la referencia es figurada, el botín no entraba bajo ningún colchón imaginable, por eso usaron sótanos y depósitos de cada vez más impresionantes), recurrieron a una caterva de portabagagli y testaferros tan chapucera y numerosa que difícilmente podrían evitar que se volviera tarde o temprano el eslabón más frágil de la cadena.

 

Imposible si no entender cómo el matrimonio más poderoso de la política argentina desde Perón y Evita, y quienes más cerca estuvieron de conquistar una hegemonía perdurable en más de un siglo de historia nacional, terminan sepultados en la vergüenza no por una coalición de enemigos superpoderosos ni por ningún plan judicial sofisticado, sino por las acciones chapuceras de unos personajes de reparto.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 11/4/16

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¿Cuánto conflicto soportaremos para acabar con la impunidad?

Los peronistas ahora moderados hicieron fila en estos días para advertirle al gobierno, y por extensión a los jueces y a la sociedad, sobre las contraindicaciones que existen de tomarse muy en serio la lucha contra la impunidad.

 

Pichetto dijo que los “puritanos” (aludió explícitamente a Carrió) son irresponsables que producen caos, de lo que supuestamente darían prueba el mani pulite en Italia, el petrolao en Brasil y hasta el nazismo, así que al gobierno le convendría “cuidar los acuerdos” y a quienes los hacen posibles, es decir, a ellos, los dirigentes peronistas de siempre. Gioja tuvo peores maneras a la hora de comparar. Dijo que lo de Lázaro es policial y no tiene nada que ver con Cristina, mientras que la cuenta off shore de Macri sí es política. Más claro imposible: un avance contra la ex presidenta será visto como arbitraria agresión por los peronistas, que podrían eventualmente ir por la cabeza de su sucesor en el cargo, como sugieren hacer ya mismo los K. Más o menos lo que transmitió también Abal Medina: “involucrar a una ex presidenta en una investigación judicial no es muy sano para la Argentina” pontificó. Lo sano sería que se la deje en paz disfrutar de sus millones. Y nos olvidemos de cómo los obtuvo, y de quiénes la ayudaron. Una pax conformista que tendría a estos últimos, claro, de nuevo entre los principales beneficiarios.

 

La idea sería hacer como con los noventa, cuyos pecados sólo ha pagado en tribunales, que yo sepa, María Julia Alsogaray, casi una outsider al sistema de poder. Dado que ahora las evidencias del latrocinio son demasiado abundantes, debido a esa malsana pasión por pesar billetes, tal vez haya que sacrificar a más de uno: Lázaro, Boudou, hasta Cristóbal será tolerable que caigan; pero el riñón del poder no parece muy dispuesto a sacrificar a nadie más, menos a alguien encumbrado.

 

La cuestión es relevante en al menos dos sentidos. Primero, ilustra bien dónde está y qué pretende el “poder real”, ese del que tanto hablan los kirchneristas para explicarnos que ellos lo desafiaron y ahora él habría decidido desquitarse manipulando a la Justicia para que los persiga, como les pasa a Dilma y Lula. No está en ningún grupo de empresas, mucho menos en los medios ni en ninguna embajada. Está en el aparato político más estable y potente del país. Y él no le soltó la mano a los K, ni quiere hacerlo: prefiere digerirlos, reconvertir a los que todavía tengan algo que ofrecer, y olvidarse de los demás lo más rápido posible.

 

Segundo, anticipa el tipo de problemas que va a enfrentar no sólo la Justicia si no la democracia si en serio pretendiera avanzar contra la impunidad y abrir un nuevo ciclo no sólo político sino institucional. ¿Qué camino tomarán los jueces, los funcionarios y finalmente la sociedad, cuando las papas quemen, impunidad o despelote?

 

Argentina viene de recordar y celebrar el Nunca Más al militarismo y eso es muy bueno. Pero convengamos que es como andar por ahí mostrando orgullosos un certificado de vacuna contra la polio: militares con poder real no hay hace tiempo entre nosotros, riesgo de que los haya tampoco, si lo único que nos une es la defensa contra algo que no existe estamos un poco fritos. Ahora queremos  pronunciar otro Nunca Más, uno mucho más conflictivo, trabajoso, pero también más efectivo e innovador. La cuestión es si estamos dispuestos a pagar el precio o vamos a optar, como en otras cuestiones relevantes para la vida pública, por el conformismo.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación 10/4/16

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Carrió vs. Pichetto, ¿hay que elegir entre corrupción o despelote?

No le falta razón a Máximo cuando dice que Pichetto es un poco ingrato con Cristina. Aunque debería haber sabido que iba a ser así: el jefe de los senadores peronistas es y siempre ha sido leal a una sola cosa, los intereses permanentes del peronismo, en eso no se ha mostrado para nada inconsecuente, es un verdadero “hombre de partido” con sus pros y sus contras, y así conviene juzgar sus comportamientos y sus dichos.

 

Sería tan absurdo reclamarle a un político como Pichetto lealtad personal a líderes caídos en desgracia, como pedirle a Carrió que se modere en sus juicios públicos sobre casos de corrupción por consideraciones de conveniencia partidaria.

 

Pero no es Máximo el único que le pide peras al olmo.

 

En estos mismos días es lo que hicieron nada menos que Macri y Sanz ante su aliada, a raíz de las acusaciones que ella lanzó sobre el tráfico de influencias en tribunales en que estarían involucrados amigos del presidente. Quien debió saber que tendría tan pocas chances de convencerla de que se moderara como había tenido el jefe de La Cámpora ante el senador rionegrino.

 

Menos todavía en el actual contexto, signado por el avance de causas judiciales y escándalos periodísticos que afectan al círculo íntimo de Cristina Kirchner. E influido en alguna medida también por el mucho más contundente avance de la justicia brasileña contra la mugre largamente acumulada en el sistema político de nuestro vecino.

 

Lo más interesante del caso es que los intereses del sistema de poder que protege y se esmera en reproducir Pichetto, y los reclamos de transparencia y honestidad en que se hace fuerte Carrió, a toda luz contradictorios, se sacaron chispas abiertamente en medio de estos reproches cruzados. Y fue aquél quien lo expuso de modo más agudo.

 

“La verdad es que cuando leo a la Diputada Carrió me preocupa… cuando los moderados y el centro pierden gravitación aparecen estos puritanos que se llevan todo puesto. El proceso de mani pulite en Italia determinó… el liderazgo de Berlusconi… la degradación del sistema político alemán… determinó el nacimiento del nazismo, cuidado con lo que está pasando en Latinoamérica, cuidado con lo que pasa en Brasil”, dijo Pichetto como al pasar, mientras justificaba el apoyo al acuerdo con los holdouts.

 

El mensaje fue claro: el sistema tendrá sus defectos, pero es moderado y ofrece acuerdos, así que mejor preservarlo a querer cambiarlo y terminar destruyéndolo para que en su lugar se impongan cosas peores, como un fanatismo irresponsable o un personalismo sin partidos.

 

Las comparaciones que planteó, de todos modos, no se acomodan muy bien a lo que pretendía transmitir. Los problemas de Alemania de entreguerras no se debieron a una “puritana búsqueda de transparencia”, sino a un proceso incontenible de polarización, más parecido a lo que sucedió en estos años en Venezuela, y a lo que el kirchnerismo pretendió y todavía pretende que suceda en Argentina, que a lo que propone que suceda Carrió, o sucedió en Italia en los años noventa.

 

En este segundo caso, además, aunque es indiscutible la conexión a la que alude Pichetto entre la crisis de los partidos de posguerra y la emergencia de Berlusconi, también lo es que pasados los años el sistema político se recompuso, y mejoró en muchos aspectos, y el balance que puede hacerse de los pros y contras de la crisis que siguió al mani pulite sería en cualquier caso absurdo compararlo con lo sucedido en la Alemania nazi: el populismo de Berlusconi también fue finalmente superado, entre otras cosas, gracias a una justicia más independiente nacida de aquellas demoledoras investigaciones sobre los vínculos entre mafia y los partidos que dominaran la política italiana hasta los ochenta, así que extrañar a estos partidos no tendría mucha lógica.

 

Por último, su referencia a Brasil, la más pertinente: es claro que por más que Pichetto haya dejado de simular que comparte la sintonía ideológica que enlaza al kirchnerismo y el PT, sigue simpatizando con el sistema de poder que éste creó, el “subperonismo” del que ha hablado Fernando Henrique Cardoso. Ese sistema sería, según Pichetto, el que conviene preservar, para evitar el caos que supondría la emergencia de un Berlusconi, o peor, un Hitler (¿estará pensando en alguien como Maduro?).

 

No son pocos los que en el propio Brasil piensan así, y temen que no sólo el PT, también el PSDB y el PMDB terminen sepultados por las investigaciones del juez Moro, y saque provecho de esta crisis algún aventurero. Se especula que la beneficiaria podría ser Marina Silva, en algunos aspectos parecida a Carrió, honesta pero impredecible en cuanto a su capacidad de gobierno.

 

Hoy es imposible prever lo que vaya a suceder, claro. Pero si Brasil sigue un curso similar al que recorrió Italia vivirá un largo período de inestabilidad y convulsión antes de que el sistema pueda reformarse y volver a generar un orden estable. Políticos y empresarios ya no pueden confiar en relacionarse con las viejas reglas de la colusión y el intercambio de favores, pero pueden tardar en acostumbrarse a regirse por las de la república. Ante esa incertidumbre, lo que dice Pichetto es que el riesgo de fracasar o atravesar una larga crisis es demasiado alto, así que mejor ni intentarlo.

 

Es de prever que su advertencia no caiga en oídos sordos, ni siquiera en la Casa Rosada. Tanto políticos como empresarios desconfían del celo que Carrió pone en limpiar el sistema. Y si tienen que elegir entre corrupción o despelote, muchos adoptan una posición por lo menos ambigua, dudan. No escapa a nadie además el costado colaborativo del mensaje que el senador peronista buscó transmitir, no por nada en medio de la discusión sobre los holdouts: si quieren acuerdo y gobernabilidad necesitan a “los moderados y el centro”, como se autodenominó él mismo, así que no pueden a la vez querer liquidar el sistema de poder en que ellos se asientan.

 

¿Será así nomás, habrá que elegir entre una moderación opaca y cómplice o un honestismo ingobernable? ¿O podrán encontrarse formas mejores de equilibrio, en que los hombres de partido y los reformistas morales pueden cada uno aportar lo mejor de sí? Lo que es seguro es que ni en Argentina ni en la región, ni siquiera en el Vaticano, otro caso actual al que el senador podría hacer aludido, esta convivencia es armónica ni carente de conflictos.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 4/4/16

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Los mejores días de Macri: controla el Palacio y neutraliza la calle

La consolidación del gobierno tras 100 días difíciles, dedicados a apagar incendios y pagar costos por ordenar y blanquear la herencia recibida, se coronó con la visita de Obama.

 

Ello coincidió con la mayor movilización de los últimos tiempos, por los 40 años del golpe de 1976. Que el kirchnerismo y la izquierda dura usaron para mostrar que la calle les pertenece, que el gobierno podrá tal vez de momento salirse con la suya en moldear nuevas relaciones exteriores, en aprobar proyectos legislativos y reacomodar reglas económicas, pero no va a poder doblegar la resistencia de quienes lo consideran una expresión de la derecha impopular y están decididos a frustrar sus planes.

 

Esta foto, de un lado el Palacio oficialista, con los oropeles que le brindó el amigo del norte, del otro la calle opositora con todo tipo de denuncias y objeciones a una “política gestionada por y para los ricos”, es de todos modos en gran medida ilusoria.

 

Ante todo porque si el kirchnerismo y la izquierda llamaran en cualquier otra ocasión a una protesta abiertamente dirigida a impugnar al gobierno no reunirían más que una porción de la gente movilizada el 24 de marzo.

 

Quienes podrían cambiar esta situación, los sindicatos, aunque estuvieron en la Plaza de Mayo el jueves pasado, su presencia allí fue más bien protocolar, sin esforzarse para nada en que los acompañaran sus afiliados. Y no se contradijo a sus ojos con que sus cúpulas hubieran asistido el día anterior a la cena en honor a Obama. En un gesto más que protocolar: dejaron bien en claro así que desean ser reconocidos como parte del poder institucional estable, y jugar su juego.

 

¿Serán entonces ellos, los sindicatos peronistas, la clave para que el gobierno pueda mantener desactivadas las amenazas de la calle? ¿Lo serán por extensión para que él logre mantener en el tiempo su control del Palacio?

 

En parte sí y así lo entiende Macri, que viene esforzándose por hacer creíbles sus promesas antiinflacionarias, por unificar el campo gremial y moderar las paritarias.

 

Aunque es importante notar que la actitud ambigua de los sindicatos es forzada por circunstancias que ellos no pueden de momento modificar. Si necesitan equilibrar objeciones y presiones con cercanía y diálogo ante el gobierno es por una inclinación acorde de los asalariados y los sectores bajos en general. Que no se diferencian demasiado de las capas medias y altas en las expectativas que depositan para que al gobierno de Macri le vaya bien. Siempre y cuando los problemas económicos derivados de la salida del kirchnerismo no se prolonguen ni carguen exclusivamente en sus espaldas. Mientras esa expectativa exista es difícil que los gremios vayan a pasar de las presiones y quejas a las huelgas y movilizaciones.

 

La clave estará entonces en que en los próximos meses el gobierno pueda mostrar que la promesa de Macri funciona, que hay luz al final del túnel, que ella se acerca y no se aleja, y que en el ínterin los costos se reparten con criterios mínimos de justicia. En esto no se ha avanzado demasiado hasta aquí, y no está muy en claro si se va a poder avanzar más en lo inmediato. Y ello porque a diferencia de los problemas políticos e institucionales, que resultaron más fáciles de resolver de lo esperado, los problemas económicos y en particular los distributivos, se revelaron mucho más complicados.

 

¿Es consecuencia de que el gobierno acertó en la política pero falla en la economía? Más que eso, parece serlo de los inversos resultados alcanzados por la estrategia kirchnerista: fue ella la que acertó en lo económico, pero falló en la política. Por eso la bomba de tiempo está funcionando, mientras que no pasó lo mismo con la apuesta electoral del FPV, ni pasa ahora con la Resistencia en las calles y plazas.

 

Sin duda que el gobierno podría hacerlo mejor en muchas áreas de la gestión económica. Cometió errores en las modificaciones del impuesto a las ganancias, en el manejo y la comunicación de los cambios tarifarios, en la reforma del Indec, etc. Pero más allá de lo que todo eso pudo sumar, lo determinante para el actual cuadro económico es que el plan bomba y la política de tierra arrasada funcionaron bastante acorde a lo previsto. En lo único que los estrategas K se equivocaron fue en negarse a sí mismos la posibilidad de tomar más deuda. No casualmente la clave para sacar ahora al barco de la economía nacional del atolladero en que lo metieron.

 

En cambio en la política el kirchnerismo viene de fracaso en fracaso y sigue a toda máquina por el mismo camino. Se equivocó con los candidatos, en la idea de rodear a Scioli de sus personeros más impresentables, con el intento por acorralar a los medios, después a los jueces, y al final hasta a los espías, con la apuesta por atarse a Irán Venezuela y Rusia, y ahora se sigue equivocando cuando se moviliza de la mano de Sabbatella, Quebracho y el trotskismo. En ese sentido la decisión de La Cámpora de poner toda la gente posible en la calle el 24 de marzo podrá haber salido bien cuantitativamente, pero no deja de ser expresión de un fracaso político: para el futuro del kirchnerismo será mucho más determinante la ausencia de Héctor Recalde de la cena con Obama, a la que fueron en cambio todos los demás sectores peronistas. Una ausencia que puede terminar pesando mucho más que decenas de miles de presencias callejeras, cuando lo que importa es el aislamiento a que un grupo se condena.

 

En ese marco, hasta lo que el gobierno hace mal parece salirle bien. Los intentos de convencer a dirigentes de derechos humanos de participar de la ceremonia en el Parque de la Memoria fracasaron. Y el oficialismo corrió el riesgo de aparecer allí aislado, incapaz de romper las barreras de desconfianza que viene enfrentando. Un poco como le sucedió con el Papa. Pero ese riesgo se evaporó cuando se vio entrar a Plaza de Mayo en el micro de las Madres, y ocupar lugares destacados en el escenario, a Guillermo Moreno y Aníbal Fernández. Una gafe incomprensible que compromete no sólo a los organismos, sino a la dirigencia k en pleno. Detrás de la polvareda que levantan los errores y horrores de un kirchnerismo en descomposición, lo que pueda faltarle o sobrarle al oficialismo es casi irrelevante.

 

La contra de esta situación es que algunos funcionarios pueden estar tentados a creerse infalibles. Es bueno que los funcionarios recuerden, en estos los mejores momentos desde que asumieron, que el éxito puede ser traicionero. Sobre todo cuando algunos vienen de creerse que las elecciones las ganaron por su exclusivo mérito, y fantasean con que con un par de señales más va a haber lluvia de inversiones y que con tal de mantener bajo control el Palacio la calle se va a ordenar sola. Nunca las cosas son tan sencillas, y menos todavía en la política y la economía argentinas.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.arel 28/3/16

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El último golpe militar: sus causas y consecuencias

por Marcos Novaro

Es un hecho indiscutido que el golpe de 1976 fue, igual que todos los precedentes, muy poco resistido por los civiles. La mayoría de ellos se había resignado a él desde tiempo antes. Y muchos, a izquierda y derecha, por razones opuestas pero complementarias, hicieron más que eso: le dieron una entusiasta bienvenida, esperando que la ordalía de violencia que le seguiría resolviera los problemas que se arrastraban desde hacía décadas, y que los golpes anteriores no habían resuelto: el conflicto permanente entre república y populismo, las pujas distributivas y el manejo faccioso del estado que volvían crónicamente inestable la vida económica, la tendencia de los actores a desconocer la legitimidad de sus antagonistas.

Ya entonces se pensó que él debía ser el golpe del final, el último: allí donde los anteriores habían fallado aplicaría remedios el doble de drásticos. Pero si finalmente lo fue no se debió a que nada de eso funcionara, claro, sino a que condujo al poder militar a autodestruirse. Y a los demás a convencerse de que nunca más debían considerarlo una solución.

Sin embargo, y llamativamente, los problemas recién listados siguen siendo en gran medida los mismos que nos agobian. ¿No aprendimos nada más que el antimilitarismo del fracaso de nuestros militares? Peor aun: pareciera que considerarlo el “fracaso de ellos” nos libró alegremente de la posibilidad de aprender ninguna otra cosa.

No es casual que nos topemos con objeciones y obstáculos al tratar de encarar este asunto. Primero, porque cualquier argumento que no se enfoque en los militares es objetado como una aviesa relativización de sus responsabilidades. Segundo, porque cuando se acepta considerar el papel de otros actores es sólo como “partícipes de los designios demoníacos” de aquellos, y ajenos al noble sentir de las mayorías. Y tercero y tal vez lo más importante porque se tiende a creer que si buscamos explicar las causas del golpe del `76 y sus violentas secuelas, más allá de las motivaciones de sus perpetradores, corremos el riesgo de dificultar un juicio lapidario hacia ellos.

Para empezar, explicar no es justificar. Si alguien comete un acto aberrante es responsable de él aunque lo haya realizado en circunstancias por las que ese acto pudo parecer, tanto a él como a otros, “normal” o “justificado”. El golpe de 1976 fue “un golpe más” para generaciones de argentinos que habían vivido varios otros en los años previos; del mismo modo que las muertes violentas que le siguieron parecieron a muchos aceptables en parte debido a la multitud de muertes que las habían precedido; pero explicar ambas circunstancias e incluirlas en una lista de causas no quita ni un ápice de responsabilidad a los perpetradores; sirve sí en cambio para ayudar a entender cómo fue que ellos y muchos de sus coetáneos llegaron a tal extremo desprecio por la vida y la vigencia del derecho.

También es cierto que los actos varían en cuanto a su “responsabilidad histórica”: en algunos pesan más los efectos que las causas, y en otros sucede lo contrario; y del golpe de 1976 sería razonable pensar lo primero. Pero ese juicio depende siempre de estimaciones contrafácticas difíciles de argumentar y demostrar: ¿cuánto mejor hubiera salido todo si ese hecho no se producía?

Por caso: es más o menos convincente la idea de que “si el golpe no tenía lugar”, “la política civil podía haber detenido la espiral de violencia”. No tenía muchas chances, pero tenía algunas, y eso es mejor que nada. Aunque también habría que reconocer entonces la chance que existía de que el escenario se agravara por otras vías: ¿no era factible acaso que se pasara a una guerra civil abierta y desatada?, ¿cómo calcular los muertos de esa eventualidad? Se suele decir que esta posibilidad no existía porque la guerrilla estaba política y militarmente derrotada a fines de 1975. Lo que es cierto. Pero lamentablemente también lo es que existía mucha gente voluntariosamente inclinada a ignorar ese hecho. Y a actuar en consecuencia. El cálculo de Mario Firmenich, “perderemos varios miles de combatientes, pero los remplazaremos sin problemas”, no era del todo errado. Así que en ese momento era difícil saber. ¿Lo es todavía hoy?

El relato hasta hace poco gubernamental, y que salvo que se haga algo para remediarlo seguirá siendo el oficial en buena parte de nuestro sistema educativo y para amplios sectores de la sociedad, ignora estas complejidades y postula que ese día habría tenido inicio el terrorismo de estado. Él golpe habría sido solo “causa de”, para nada “consecuencia”. Salvo en lo que respecta a considerarlo consecuencia de una voluntad malévola a su vez incausada, manifestación de un único y real demonio: un fantasmal plan “oligárquico-castrense-derechista-imperialista” orientado a destruir la democracia argentina y liquidar los sueños de justicia de una generación de jóvenes maravillosos y sus sufridos contemporáneos.

Lo sucedido ese 24 de marzo y lo que siguió merece una explicación mejor. Que, para empezar, se atenga más fielmente a los hechos de sangre que tanto repudio generan: por caso, al millar de desapariciones previas al golpe, y a los cientos de muertes provocadas tanto por escuadrones paraestatales como por guerrillas revolucionarias en años anteriores; en una escalada de violencia que convenció a la enorme mayoría de los argentinos, como dijimos al comienzo, de que habían llegado al fondo del infierno, no podían estar peor que en ese otoño del ´76, y cualquier intervención que cambiara el estado de cosas, y un golpe militar era la posibilidad más a mano, iba entonces a ser para mejor.

Ilusión a la postre de nefastas consecuencias que ha sido utilizada por el relato oficial no para explicar el golpe como “consecuencia de”, sino para manipular aún más causas y efectos, ampliando el campo del “demonio golpista”: nos quiso convencer así de que merecerían condena todos los que con más o menos desesperación, o frustración o expectativa creyeron que el golpe era al menos una salida para un estado de cosas que les parecía insoportable. Y no tanto quienes contribuyeron a volverlo insoportable creyendo que así lograrían sus sueños, cualesquiera fueran. Como si fuera más imperdonable el error de juicio de una Mirtha Legrand que el de un Horacio Verbitsky. Como si mereciera una más dura condena moral, histórica y hasta judicial la actitud de empresarios aterrados por los secuestros, como Juan y Jorge Born, que las de los organizadores de esos secuestros, como Firmenich, o Paco Urondo, o Rodolfo Walsh.

¿Por qué esta visión sesgada y en muchos aspectos llanamente falaz de la historia del golpe del 76 funciona tan bien? Una primera explicación destaca el uso abusivo del estado como maquinaria de difusión de este relato: él ha sido inoculado durante 12 años con gran dispendio de recursos, a través de distintos canales con un mensaje simple y convergente, potenciando el efecto simplificador y reduccionista perseguido, así que no debería llamar la atención que se haya vuelto casi hegemónico.

También gravita el hecho de que la mirada estilizada de buenos y malos condimentada de una buena dosis de decadentismo achacado al intervencionismo militar sirve bien a las autocomplacientes conciencias de una gran variedad de actores de la política y la sociedad, que tampoco quieren saber nada de causas y consecuencias, prefieren justificar en románticas rebeldías y catástrofes del pasado un presente de otro modo más difícil de hacer pasar por bueno.

Así se entiende que los miembros de La Cámpora apelaran a una historia tachonada de heroicos sufrimientos, que aunque ellos no vivieron en carne propia pretendían “llevar en la sangre”, para velar y volver más digerible una actualidad hecha de abusos de poder, despropósitos de todo tipo o liso y llano latrocinio.

En tanto a mucho más amplios grupos sociales, en lo que resulta un fenómeno más preocupante tanto por lo extendido como por lo perdurable, esa misma memoria hecha en partes iguales de heroísmo y catástrofes, de cuyas consecuencias por tanto no tienen por qué hacerse responsables, les sirve para justificar, bajo una pátina de pretendidas rebeldía y conciencia histórica colectivas, inconfesables inclinaciones al conformismo y el ventajismo: “¿qué querés que haga?, a este país lo destruyeron los milicos, los oligarcas, el imperialismo yanqui, déjame vivir en paz de los pedazos”. Si quien lo dice luce una remera del Che y te hace la “v” con los dedos índice y mayor, mejor todavía. Nada más conveniente que pintar con la estética de la Victoria y los Sueños Compartidos lo que no es más que una ética de la derrota y la frustración dirigida a justificar el más crudo individualismo. Para todo eso está bueno evocar el golpe, lograr que la dictadura esté siempre presente en las mentes y los discursos, no está bueno explicarla.

Finalmente, otro motivo es la debilidad o franca ausencia de relatos alternativos. Ellos existieron, y en ciertos momentos llegaron a tener aceptación. Pero cayeron en desgracia junto a los proyectos políticos que los promovieran.

Tanto el alfonsinismo como el menemismo ofrecieron miradas más ricas sobre la dictadura que la de los K. Alfonsín, por sobre todo, porque desde un principio buscó desarmar la polarización que tan recurrentemente había contaminado la política nacional hasta entonces, para fortalecer la convivencia bajo reglas comunes. Esa más que la supuesta homologación de crímenes de estado con atentados guerrilleros fue la intención detrás de la orden de impugnar e investigar a los responsables de unos y otros. En lo que luego se degradó bajo el sayo de los “dos demonios”. Pero incluso Menem quien, aunque para justificar los indultos y enfocado más en el golpe del ´55 que en el del ´76, se esmeró en destacar que ellos habían tenido lugar cuando ya los civiles, en particular sus propios compañeros de partido, habían hecho hasta lo inimaginable para volver invivible el orden constitucional. A su manera, ambos compartieron la idea de que someter a crítica lo que el militarismo había causado a la vida política desde 1930 requería una visión más amplia sobre lo que los argentinos en general habíamos estado haciendo con ella, y en alguna medida seguíamos haciendo aunque el militarismo se volviera cosa del pasado.

A los argentinos nos cuesta aprender, es evidente. Y encima a veces logramos hasta desaprender. Es lo que ha sucedido con las memorias del ´76: logramos casi olvidar lo poco sensato que alguna vez llegamos a entender de nuestro pasado más problemático, y sólo nos queda de él un puñado de datos confusos, 9000 o 30000, lesa humanidad o “solo” violencia política, discusiones en las que se cultiva la sordera. Y un feriado. Un día de la memoria que hasta aquí es sólo un monumento a la desmemoria.

No volveremos a padecer nada semejante al ´76. Ese seguirá siendo el último golpe. Pero no porque hayamos aprendido las lecciones que él nos dejó.

pubicado en Clarín el 24/3/16

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Obama y Macri, Derechos Humanos e izquierdas

La visita del presidente norteamericano a la Argentina será ocasión para que trate con su colega local al menos dos tópicos de gran actualidad en la lucha por la vigencia de los derechos humanos: la situación al respecto en Venezuela (y tal vez también y por similares motivos en Cuba), cuestión que ha encontrado a ambos países en veredas opuestas durante los últimos años, pero que ahora tiende a hermanarlos, en una coincidente y cada vez más dura crítica al modo en que Maduro, el régimen chavista y el castrismo tratan a sus ciudadanos; y lo que las instituciones gubernamentales de EEUU saben sobre la represión ilegal en Argentina durante la última dictadura (y tal vez con suerte también sobre el proceso de gestación del terrorismo de Estado en los años inmediatos anteriores, sobre lo que sabemos aquí aún menos y a la Justicia no le ha interesado casi en nada) y todavía siguen guardando en secreto.

 

Algunos críticos de izquierda de ambos gobiernos, y los kirchneristas en especial, denuncian con furia por estos días la existencia de un secreto hilo vinculante entre ambas cuestiones, que supuestamente desnuda la hipocresía de los dos mandatarios y explica la sintonía que rápidamente se estableció entre ellos: los papeles que se propone desclasificar el gobierno de Obama comprometen a sus predecesores y también a él y a su país como un todo en el apoyo y la promoción de prácticas que han violado y siguen violando los derechos humanos en todo el mundo, desnudando lo que realmente pretende Estados Unidos con sus denuncias sobre Venezuela, en Cuba y en tantos otros lugares, imponer por las buenas o por las malas gobiernos adictos, como los que antes les ofrecían los militares de la región, como los que ahora les ofrece “la derecha” latinoamericana en auge; es decir, un gobierno como el de Macri.

 

Así la desclasificación de documentos probaría lo contrario de lo que dicen tanto las autoridades norteamericanas como las argentinas: los derechos humanos no son realmente parte de sus agendas, estos gobiernos son y seguirán siendo sus violadores sistemáticos, y lo que dicen al respecto es pura cortina de humo.

 

Datos y antecedentes históricos que con sus actos ahora refrendan parecieran ratificar este juicio lapidario: los norteamericanos apoyaron a los militares argentinos en muchos terrenos, no cabe duda; es más, los entrenaron e impulsaron a violar los derechos humanos de sus conciudadanos en los años sesenta y tempranos setenta; así que por más que quieran lavar culpas ahora, entregando información al respecto, no están reconociendo más que lo que todos ya sabíamos; lo hacen además, se dice desde este sector, por la presión que reciben de los organismos de derechos humanos, y mientras no dan prueba alguna de abandonar sus políticas represivas e intervencionistas; como demuestran justamente sus “ilegítimas presiones y maquinaciones golpistas” en Venezuela. ¡Obvio que se van a llevar bien con Macri y con todos los de su calaña!

 

En esta formulación, antinorteamericanismo y nacionalismo se hermanan para denunciar al liberalismo político, local y mundial, como puro marketing: él no sería más que el discurso con que los poderosos y ricos del mundo, y los del barrio, disfrazan sus verdaderas intenciones, que no son otras que someter y atropellar a todo el resto. ¿Y James Carter? ¿Y Patricia Derian? Excepciones, y efímeras además, no por nada reemplazadas al poco tiempo por Reagan, los contras nicaragüenses, y la lista sigue.

 

Esta visión de los derechos humanos como una causa que sólo la izquierda y los antimperialistas podrían levantar con honestidad tiene larga tradición entre nosotros. Es la misma que ya en plena dictadura llevaba a las organizaciones de resistencia y las guerrillas locales a aprovechar los foros que se les ofrecían en las democracias occidentales, pero sin renunciar en nada a su alineamiento doctrinario y simpatías por el bloque soviético, Cuba y demás tiranías “populares” del Tercer Mundo. Pasaban por alto el hecho de que esos países no respetaran en nada los derechos humanos de sus concretos ciudadanos. También que, en términos generales, se llevaran de maravillas con los militares argentinos: en la ONU, por ejemplo, el Proceso logró evitar las condenas que impulsaron año tras año los representantes de EEUU gracias a, ¡miren qué curioso!, el voto siempre comprensivo de Cuba y la URSS. Y todo porque creían que al hacerlo facilitaban un fin superior, muy superior a la “hipocresía liberal”, fortalecían el único y real camino para que imperaran los derechos humanos algún día.

 

Asistían entonces las Madres de Plaza de Mayo a sesiones especiales del Congreso norteamericano, otros organismos de solidaridad buscaban financiamiento en fundaciones de ese país y de Europa Occidental, donde también pedían refugio la enorme mayoría de los exiliados, muchos de ellos miembros todavía activos de las guerrillas; pero sólo para “sacar provecho” de esa hipocresía y mala conciencia propia de las democracias occidentales, y seguir luchando por destruirlas y reemplazarlas por el hombre nuevo y la sociedad sin clases.

 

Chavismo y kirchnerismo ofrecieron hasta hace poco una suerte de remedo degradado pero bien financiado de ese ideal de “la sociedad justa antiliberal” con que las izquierdas de la región se encandilaron décadas atrás. Ellos sostuvieron y potenciaron el tradicional antinorteamericanismo al que suelen ser tan proclives tantos latinoamericanos. Y parecieron poder desarmar así todos los demás discursos sobre los derechos, convirtiendo a éstos en su exclusiva bandera. Muy particularmente se ensañaron con el discurso liberal, que vincula la tradición constitucional con las transiciones democráticas de los años ochenta y la aspiración de incorporar a la región al concierto de las democracias pluralistas de occidente. Porque en última instancia ese, más que el militarismo o las dictaduras, era el enemigo principal a vencer.

 

Hoy que esta promesa y ese mandato constitucional y republicano están renaciendo es bastante lógico que las izquierdas antiliberales que los despreciaron en el pasado, y siguen despreciándolos en la actualidad, tengan dificultades para ubicarse. Que los llamen “la derecha” e “hipocresía de los ricos y poderosos” expresa esa dificultad y en ese sentido no merecería mayores consideraciones. Aunque, visto desde otro lado, tal vez también con ese argumento se compruebe que no hay mal que por bien no venga: ¿no servirá como un provechoso estímulo a que los acusados se esfuercen en demostrar que son más que eso?

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 23/3/16

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