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La división del PJ, mérito de Macri y de los K

El amplio poder institucional remanente en manos de los kirchneristas después del fin de su control del Ejecutivo nacional iba a ser el refugio donde ellos velarían por la continuidad de su “proyecto”, hasta que pudieran volver a ejercer el que creen es su derecho adquirido: gobernar.

Pero todos los días hay nuevos signos de su rápido deterioro. Una tras otra los K van perdiendo trincheras que creían poder defender por mucho más tiempo.

Este desmoronamiento es en parte consecuencia de la terapia aplicada por la nueva administración, hecha en partes iguales de ofertas de colaboración a los moderados y arrepentidos, combinadas con el aislamiento, develamiento de abusos y desplazamiento de los más fanáticos.

Pero también y por sobre todo es efecto de la mala estrategia seguida por los propios kirchneristas: empecinados como están en agitar y politizar cualquier reclamo para nutrir su  “resistencia”, no advierten hasta qué punto deslegitiman cualquier planteo crítico y alientan a más y más actores a mostrarse moderados y colaborativos.

A su desplazamiento de organismos descentralizados donde dejaran atornillados a cuantos militantes pudieron, se sumó el rápido cálculo de los empresarios hasta hace poco adictos que, en particular en el sistema de medios, sueltan lastre sin disimulo de sus compromisos militantes para no perder lo que en años pasados embolsaron del erario público. Y allá se fueron por el excusado Víctor Hugo, 6,7,8, el Grupo Veintitrés y varios otros.

Pero el terreno en donde es más duro para los kirchneristas la traición y la pérdida de control es en el peronismo. No es que sea un fenómeno nuevo: al contrario, el proceso viene de largo, al menos desde el cisma massista. Pero está tomando impulso en estos momentos una nueva ola y más generalizada, que será probablemente la del ocaso definitivo.

La ruptura de la bancada de diputados nacionales, motorizada por el salteño Urtubey, es buena señal de ello.

Dado que la protagonizaron “sólo” una docena de legisladores podría pensarse que fue una derrota acotada para Héctor Recalde, jefe de la bancada aun leal a Cristina. Pero esa forma de ver las cosas no permite captar la esencia del problema: con doce diputados menos alcanza para que el FPV residual pierda prácticamente todo su poder extorsivo en la Cámara Baja: no podrá resistir ya las iniciativas del Ejecutivo, y habrá dejado en manos de otros las oportunidades de negociar y buscar compromisos con el macrismo.

Con 12 alcanza, así, para dejar en suspenso a todo el resto del peronismo oficial, y obligarlo a elegir entre mantenerse fiel a los K, y posiblemente caer entonces en la irrelevancia, o buscar también nuevas vías de negociación.

Muchos gobernadores y diputados alineados con ellos lo saben, y sólo están esperando que con la pronta apertura de sesiones del Congreso se les presenten oportunidades de vender cara su colaboración con el Ejecutivo nacional. Pero si siguen esperando tal vez la tengan que vender cada vez más barata, o se vuelva una mercancía por completo sin valor.

Así vistas las cosas parece acertada la apreciación de un conocido dirigente del peronismo: “el FPV ya es historia”. ¿Podrá de todos modos seguir siendo mínimamente eficaz en otros ámbitos, por ejemplo en el Senado y en la competencia interna del PJ? Difícil: en esos dos terrenos es precisamente donde los gobernadores se aprestan a hacerse pesar, y dado que son sus principales recursos, no van a dejarse correr con la vaina por quienes allí sólo ejercen roles residuales.

Ángel Pichetto lo explicó hace pocos días con claridad: el kirchnerismo se equivoca si cree que va a encabezar una ola insurreccional, y que puede arrastrar al resto de los peronistas detrás de ese delirio. Ello significa que en el Senado habrá seguramente aún menos espacio que en Diputados para que los K hagan su juego.

¿Qué podría suceder entonces en la renovación de autoridades del PJ? La respuesta tal vez dependa de la velocidad con que los K sean capaces de revisar las premisas con que vienen actuando: si insisten con su tesis de la resistencia lo más probable es que fuercen un nuevo cisma, pero uno que los deje por completo aislados; si en cambio advierten a tiempo ese peligro tal vez puedan ser parte de la renovación de autoridades, pero ocupando un lugar bastante marginal.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 9/2/16

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Cinthia García denuncia discriminación pues ya no puede abusar

El kirchnerismo se victimiza y parece encontrar razones para hacerlo en los cambios acelerados que se viven en el sistema de medios: a la intervención de la AFSCA y su casi inmediata disolución, vía la derogación por decreto de parte de la LSCA, y la recisión de contratos abusivos en medios públicos, se sumaron decisiones de empresas periodísticas y productoras privadas hasta el mes pasado muy colaborativas con los K, que dejaron de recibir del erario público los alicientes para sostener al periodismo militante cuando el gobierno cambió de manos, y se están librando de los compromisos asociados a esos generosos aportes. En lo que replican bastante fielmente lo sucedido con Cresta Roja: en todos los casos el prebendarismo k busca socializar los costos de su larga irresponsabilidad y de su actual colapso detrás de conflictos de pretendido alcance público que se carguen a las nuevas autoridades.

Ante todo se destaca que no todos los cambios en los medios obedecen a una misma y única voluntad, aunque sí sean parte de un mismo proceso general: el derrumbe del castillo de naipes comunicacional creado durante 12 años de guerra contra la prensa. Que de tan onerosa, manipuladora y contradictoria no podía sobrevivir a la salida del poder de sus promotores. Y no iba tampoco a evitar que, una vez sacadas de circulación sus premisas básicas, canilla libre de recursos públicos e impunidad para funcionarios, militantes y empresarios amigos, algunos escombros alcanzaran a sus protagonistas y beneficiarios. El edificio que ellos mismos construyeron se cae sobre sus cabezas. Deberían haberlo pensado mejor.

Se ha debatido mucho la justificación o no de los decretos presidenciales que desplazaron a Sabbatella y su banda de falsos reguladores de sus cargos y reorganizaron esas funciones. La situación creo es comparable a la que se vive en el INDEC: ¿podía evitarse la emergencia estadística y la no publicación de los índices cuando el cáncer de la intervención k destruyó hasta las bases de datos?, ¿corresponde respetar la estabilidad de los delegados gremiales si allí UPCN protege a la patota  otorgando nada menos que a 200 de sus integrantes esa condición de privilegio? Normalizar situaciones de tan extrema arbitrariedad necesita en ocasiones como estas de medidas de excepción, que la constitución autoriza pues da prioridad a derechos mucho más generales y esenciales. Son estas las ocasiones en que la Necesidad y la Urgencia deben pesar.

En términos prácticos, hay que destacar una ventaja y una desventaja de los decretos de Macri. Que Cristina hable de “censura”, Máximo de “persecución”, que Sabbatella encabece actos todas las semanas y que Cinthia García y otros protoestalinistas de 6,7,8 pataleen por supuestas discriminaciones en su contra significa una invalorable ayuda del kirchnerismo residual al nuevo gobierno y la renacida vida institucional: con esos contradictores y enfrentando argumentos tan caricaturescos la opinión pública encontrará renovados motivos para apoyar el cambio.

La contracara de este beneficio es que si el conflicto se judicializa tardarán en concretarse las inversiones que han prometido las empresas del sector, que en conjunto se van a beneficiar de la normalización iniciada, y de las que depende que los beneficios lleguen a los ciudadanos.

A este problema hay que sumar el mencionado oportunismo de empresarios que aprovechan el revuelo para soltar algo del lastre acumulado por su hasta hace poco entusiasta complicidad con el periodismo militante, y al hacerlo crean un aparente clima de “exclusiones”.

Por ello conviene recalcar las diferencias de origen, de naturaleza y de fines entre aquellas decisiones de gobierno, dirigidas a modificar las reglas de juego del sistema de medios, y estas resoluciones empresarias.

Cristóbal López decidió sacar del aire a 6,7,8, cuando bien podía trasladarlo de canal 7 a una emisora privada, simplemente porque no quiso correr el doble riesgo de una inversión propia para sostenerlo y de seguir atado públicamente al kirchnerismo. Mientras que Continental, que no se sabe ya si sigue perteneciendo al grupo español Prisa o la controla el mexicano Ángel “fantasma” González González, echó a Víctor Hugo justo ahora, cuando hace años que arrastra una conflictiva relación contractual con él, seguramente por el interés en disfrazar sus motivos, la baja en la audiencia y el juicio millonario que teme enfrentar, detrás de un supuesto conflicto político, que al desplazado relator y sus seguidores militantes también les gustaría fomentar.

En ambos casos los ex empresarios K prefirieron el “si te he visto no me acuerdo” por buenas razones económicas, las mismas que explican que esos ciclos hayan surgido y perdurado. Sólo una pauta oficial desorbitante y generosas ventajas gubernamentales en otros negocios aún más rentables podían justificar que López y Continental, que de militantes no tienen nada, dieran cabida a tanques propagandísticos de la fe kirchnerista. Dicho de otro modo: porque esos programas eran la negación del periodismo libre y crítico, y porque atacar a éste era prioritario para el anterior oficialismo, fue que esos actores empresarios colaboraron con él dándole cabida a sus fanáticos. Y por las mismas razones carecía para ellos de toda lógica sostenerlos tras el cambio de gestión.

Es por la naturaleza de su función anterior, entonces, no por la que pretendían asumir frente al nuevo gobierno, que perdieron interés para esas productoras y emisoras.

Aun así, dado que cuentan con cierta audiencia fiel ellos no perdieron toda razón de ser. ¿No iban acaso camino a reciclarse como parte de las “nuevas expresiones críticas” frente al macrismo? ¿Es realmente cierto que no pueden encontrar otros lugares de trabajo para comunicarse con sus seguidores? En parte sucede que buscan adrede presentarse como exponentes de una amenazada libertad de expresión, en la que nunca creyeron, porque siguen actuando más como parte de una facción política que como comunicadores. Pero también pasa que no les es fácil resignarse al lugar mucho más marginal que están llamados a ocupar en un sistema abierto y pluralista.

Conviene considerar en detalle este asunto, para comprender lo paradójico de la situación. Si a alguien podía interesarle que gente como Víctor Hugo y los panelistas de 6,7,8 siguieran en el aire y en lugares destacados, además de a sus más fanáticos admiradores, era al nuevo gobierno, por las ya mencionadas ventajas de tener a esos desprestigiados personajes ocupando el rol de sus contradictores. Mientras que tal fanatismo no resulta para nada atractivo al público en general. Y es natural entonces que empresarios de medios mínimamente competitivos o que quieren ahora serlo opten por otras voces más razonables. En contra de los intereses del oficialismo. Y queden en un lugar más marginal los profetas del “relato”. No a consecuencia de ninguna persecución o presión del gobierno sino más bien al contrario, y en última instancia, debido a la función que ellos mismos se auto asignaron.

En suma, no es que no haya lugar para ellos. Es que el que existe en un sistema de comunicación democrático no va a poder conformarlos, pues es el que los reconoce como lo que siempre han sido, expresión de una secta. Así, las supuestas pruebas de la supuesta “censura anti k” que denuncian estos recién estrenados y no muy bien preparados opositores lejos de revelar una vendetta lanzada en su contra, son en última instancia evidencia de sus propios vicios: la locura en que se acostumbraron a vivir y no aceptan dejar atrás.

Mientras, la indiferencia o liso y llano rechazo con que recibe sus denuncias la opinión pública revela el creciente abismo existente entre el diagnóstico de la situación que hacen estos referentes de un kirchnerismo todavía ruidoso pero sin destino, y las expectativas y valoraciones imperantes en el grueso de la sociedad, ya desde hace tiempo hastiado tanto del fanatismo como del saqueo de los recursos públicos. Sabbatella podrá seguir soñando con volver a entrar en una AFSCA que ya no existe, y Víctor Hugo y Cinthia García con que “les devuelvan sus programas”, pero al hacerlo sólo lograrán convencer a más y más gente que nunca se les debieron haber confiado desde el gobierno los roles que añoran, y de los que abusaron durante demasiado tiempo.

por Marcos Novaro

publicado en TN.com.ar el 2/2/16

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Macri y Massa se necesitan. ¿Sólo por ahora?

Las fotos y gestos provenientes de Davos, en particular la imagen en que Macri y Massa flanquean sonrientes al vicepresidente norteamericano y la frase del primero que identificó al segundo como “jefe de la oposición”, ofrecen elocuente evidencia de lo que serán los parámetros más básicos de la política argentina de al menos el próximo año: un presidente con iniciativa pero que necesita aliados provenientes de la oposición para imponer en el parlamento sus proyectos de ley, y una oposición dividida, dentro de la cual al menos algunos sectores entienden que les conviene colaborar con el Ejecutivo en vez de apostar a su fracaso.

En general los análisis al respecto, tanto los elaborados por observadores más o menos neutrales como algunos originados en los grupos políticos involucrados, caracterizan esta situación como transitoria: Macri y Massa se necesitan mutuamente, pero pronto va a dejar de ser así, y pasarán de ser socios a competidores implacables, porque la dinámica adversativa de la política argentina y sus cambiantes necesidades electorales así se lo exigirán.

La obvia consecuencia de esta visión de las cosas es que aunque los dos pueden sacar provecho momentáneo de la buena onda a la larga esta relación tendrá un solo beneficiario. Y por tanto existiría una cierta cuota de engaño y confusión en ella: uno de los dos está siendo usado por el otro y no se da cuenta; uno es un astuto estratega, el otro sólo cree serlo.

Estos análisis tienen buenos fundamentos detrás. Macri necesitará los legisladores de Massa pero solo hasta que pueda incrementar el número de los propios. Y se le presentará la oportunidad de lograrlo bastante pronto, en las elecciones de medio término de 2017. Oportunidad que sólo podrá aprovechar si logra repetir aproximadamente lo que consiguió en las elecciones pasadas, presentarse como expresión del cambio y el progreso frente a alternativas atadas al pasado y al fracaso.

En tanto, y no casualmente, esas elecciones legislativas de 2017 también serán la ocasión en que Massa y el Frente Renovador podrán aspirar a tomar el control del peronismo. Para lo que tendrían que llegar a expresar al grueso de los votantes opositores, desplazando a otras opciones desde el vamos obstruccionistas. Lo que sólo podrán hacer con una dosis mayor de crítica.

Es decir que es tan lógico el acercamiento actual entre ellos como lo será su divorcio dentro de, como mucho, un año. Para entonces la política argentina tendrá que decantar para un lado o el otro: o el oficialismo se consolida, como para empezar a gobernar solo, o se debilita y es la oposición la que toma la iniciativa y comienza a formar un nuevo liderazgo y una nueva mayoría.

En efecto, puede que los acontecimientos se ordenen en función de esta lógica y estos tiempos, y la lucha política nos limite a una de estas dos salidas. No sería la primera vez que algo así sucede: fue más o menos lo que pasó entre Alfonsín y los renovadores de los años ochenta, o bastante tiempo antes, entre Frondizi y los neoperonistas.

Pero también puede que algo hayamos aprendido desde entonces, y la cooperación no sea sólo transitoria, ni la lucha política se reduzca a un juego de suma cero, donde lo que unos ganen sea el producto de lo que otros pierdan.

Existe la posibilidad de que Macri y Massa tengan un horizonte menos breve para cooperar. Y que ni uno sea maquiavélico ni el otro esté haciendo el papel de tonto. Si el peronismo sigue dividido y una parte de él sigue gravitando alrededor de un actor antisistema, que es lo que siempre fue el kirchnerismo, la dinámica institucional puede seguir por bastante tiempo dependiendo de mayorías negociadas, y la competencia electoral involucrando a tres o más actores de peso.

En ese caso tal vez las soluciones a los conflictos y a los problemas económicos tarden en llegar, pero la política argentina se vea obligada a adoptar nuevos repertorios de acción y de relación de largo plazo muy necesarios para mejorar la calidad de sus prestaciones.

por Marcos Novaro

Publicado en Tn.com.ar el 26/1/16

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La luna de miel y los dilemas del político opositor

macri massa davos

Por Nicolás Cherny y Gerardo Scherlis

Se ha dicho hasta el hartazgo que el gobierno de Macri necesita construir una coalición de apoyo que exceda los límites de su conformación electoral. Que sin apoyos de algún sector peronista no podrá gobernar. Pero, ¿por qué razones los opositores estarían dispuestos a colaborar con un gobierno de otro color político?

Muchos de ellos han mostrado que comparten ideas con el nuevo gobierno. Urtubey y Stolbizer participaron en las iniciativas al diálogo que abrió el presidente. Massa ha apoyado los cambios a la ley de medios y acompañará a Macri a Davos. Se ha criticado la modalidad de designación de los nuevos miembros de la Corte pero ha habido un amplio consenso sobre los nombres propuestos. Una encuesta del Centro de Investigaciones Políticas (CIPOL) y Opinaia muestra que el comportamiento de los líderes opositores tiene su correlato en la opinión pública. Los votantes de Massa, Stolbizer, Rodriguez Saa, e incluso una porción nada desdeñable de los votantes de Scioli y de Del Caño tienen expectativas positivas respecto al nuevo gobierno y evalúan positivamente algunas de las principales medidas, como la salida del cepo.”

Sin embargo, suele decirse que los políticos opositores tienen razones estratégicas poderosas para no colaborar. Si apoyan a un gobierno que obtiene buenos resultados, corren el riesgo de que los laureles electorales se los lleve todos el presidente. Y si al gobierno le va mal, padecerán en las siguientes elecciones las consecuencias por su cercanía, permitiendo así el crecimiento electoral de otros líderes políticos opositores más duros.

Pero no cooperar puede ser también una mala opción. Para los políticos que administran una provincia o un municipio la colaboración con el gobierno nacional podría ser imprescindible para conseguir financiamiento para atender demandas sociales en sus distritos. Para los que carecen de poder territorial pero tienen peso en el Congreso podría ser atractivo acceder a cargos en la administración pública y en las comisiones parlamentarias.

Si como sugiere el sondeo de CIPOL-Opinaia, la imagen positiva del presidente excede largamente a los que votaron a Macri incluso en el balotaje (58%), podría ocurrir que la colaboración con ciertas iniciativas del gobierno sea valorada positivamente por la ciudadanía y que cooperar con el presidente pudiera fortalecer la imagen pública de los propios opositores. Y siguiendo esta posible línea interpretativa, que la oposición frontal al gobierno pudiera perjudicar la imagen de los líderes opositores. No sólo los políticos que asumieron el gobierno han mejorado sensiblemente su imagen sino también los opositores que han tendido puentes con el presidente muestran buenos resultados en estas mediciones: Massa (52% de imagen positiva), Urtubey (34% positiva y sólo 16% negativa). Mientras que la opinión pública castiga a los políticos que rápidamente quemaron los puentes: Máximo Kirchner, (17% de imagen positiva y 66% negativa), Kicillof (27% de valoraciones positivas y 54% negativas) y Sabatella (23% de aprobación y 47% de desaprobación).

Estos datos sugieren que Macri encuentra un escenario favorable para conseguir apoyo en la oposición. Lo ayudará incorporar las preferencias de los opositores dispuestos al diálogo pero también parecen estar contribuyendo involuntariamente los principales referentes del kirchnerismo, cuya oposición frontal debilita sus apoyos en la opinión pública. . A medida que se acerque la competencia electoral de 2017 este alineamiento de intereses entre oficialismo y líderes relevantes de la oposición se alterará. En suma, a un mes de la asunción de Macri la necesidad del nuevo gobierno de conformar una coalición de apoyo a su gobierno que otorgue previsibilidad a las políticas es compatible con los incentivos de importantes referentes opositores a colaborar con las nuevas autoridades.

Publicado en Clarin, el 19 de enero de 2016

 

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Milagro Sala y la conversión de los K en secta

La organización Tupac Amaru es desde hace tiempo, dentro del heterogéneo mundo kirchnerista, la que más fiel y consecuentemente encarna sus posiciones radicalizadas: es probable que menos corrupta que el resto pero decididamente chavista, de seguro más violenta, incluso armada, aunque también más sinceramente interesada en atender e integrar a los pobres y marginados.

Según los voceros K, la detención de su líder revela crudamente lo que ya se venía observando en otros terrenos: la supuesta revancha impulsada por las nuevas autoridades contra quienes apoyaron a las salientes, el ajuste de gastos, incluidos los sociales, y el consecuente recurso a la represión de la protesta. ¿Si algo de esto es cierto, podría la detención de Milagro Sala ayudar a convertir al kirchnerismo residual en expresión de resistencia de los pobres y de los excluidos del poder y de los beneficios de los cambios en curso? ¿Le ayudará en suma a recobrar bríos?

Para el oficialismo el episodio es la inevitable secuela del abuso de los recursos públicos y la extorsión practicados por el militantismo k en estos años. En este caso con gran despliegue de violencia, no sólo verbal. El gobernador jujeño lo advirtió ya varias veces: no se puede convivir con un estado paralelo, que se apropia de lo público en nombre del pueblo y sus necesidades, como si fuera su único auténtico representante, y las autoridades legales debieran optar entre ser sus rehenes o hacer el papel de “antipueblo”.

El acampe con que Sala pretendió sitiar al gobierno provincial y mostrar su capacidad de apelar a una legitimidad antiinstitucional, y las revelaciones sobre manejos por completo ilegales de los recursos fiscales que la Tupac viene administrando a piacere brindaron la oportunidad a Morales de definir el conflicto en sus términos. Así que fue lógico que lo escalara. Pero, ¿le convenía llevar el choque de legitimidades hasta el extremo de meter presa a su antagonista?

La respuesta, en este caso igual que en conflictos similares que se han planteado a nivel nacional u otras provincias, con gente como Sabbatella y los miles de ñoquis militantes de La Cámpora, no depende tanto de las reacciones esperables de los kirchneristas, que ya se sabe van a intentar hacerle la vida imposible al gobierno cualquiera sea su actitud, sino de lo que interpreten y la posición que adopten otros dos actores con relación a los cuales se definirá la suerte tanto del kirhnerismo residual como de las nuevas autoridades: el resto del peronismo y la opinión pública.

En relación a la opinión la situación es claramente favorable para que los oficialistas actúen: una encuesta que realizamos días atrás en cooperación entre CIPOL y Opinaia muestra que la sociedad en general desconfía del rol del kirchnerismo en la oposición: el 64% está algo o totalmente de acuerdo con que “los K se opondrán a todo con tal de entorpecer a Macri”, contra solo 23% que no lo comparte. Además, sólo el 39% de los encuestados cree que aquellos harán oposición “defendiendo los intereses de las clases bajas”, contra 49% que descree de ello. En diciembre estos porcentajes eran 44,2 y 43,6 respectivamente, es decir que la desconfianza se fortalece.

Así las cosas, habría poca o ninguna chance de que los K logren emular a la Resistencia de los años sesenta. Y en cambio teniéndolos de enemigos los nuevos oficialistas no necesitarían esforzarse por hacerse de más amigos: sus contendientes harían por ellos el trabajo.

En cuanto a la relación entre los K y el resto del peronismo la situación es aún más favorable para el macrismo, y alienta a pensar que la polarización que éste plantea no sólo es un buen recurso coyuntural, para facilitar su instalación en el poder, sino que puede volverse esencial en su estrategia para ampliar la coalición y acorralar a los opositores.

El hecho de que los kirchneristas no hayan esperado ni un minuto en intentar “liderar la resistencia”, así como que desde el resto del peronismo esté tardando en surgir un polo alternativo, en parte por la persistente sumisión de Scioli, muchos diputados y algunos senadores, y también por las inevitables dificultades de una coordinación alternativa en un partido derrotado y ya desde antes fragmentado, facilitan y a la vez vuelven más rentable la apuesta oficial por polarizar con sus predecesores más duros: es tan sencillo como provechoso forzar a los moderados del campo adversario a optar entre quedar pegados con los fanáticos o mostrarse colaborativos, sin que puedan exigir demasiado a cambio de su colaboración.

Juega también a favor de esa estrategia una tendencia desde siempre presente en el kirchnerismo a comportarse como una facción sólo atenta a sus propios intereses, condición que por largo tiempo se disimuló gracias al control monopólico de una enorme masa de recursos públicos, y que por eso mismo resulta ahora, sin ese control, tan inconveniente como difícil de corregir.

Días atrás el senador Abal Medina advertido de este riesgo alentaba a kirchneristas y peronistas a mantenerse unidos, compartiendo sus ventajas específicas: aquellos una líder aun popular y una muy activa militancia, estos una sólida implantación territorial y amplios poderes institucionales. Pero su invocación está condenada a caer en saco roto: interpela a los K como si fueran o pudieran convertirse en una suerte de Tea Party argentino, cuando en verdad siempre tuvieron más en común con las típicas estructuras estalinistas.

El Tea Party es una minoría intensa con capacidad para influir en una fuerza mucho más amplia y heterogénea, los republicanos, pues nunca ejerció directamente el poder del estado ni intentó alterar esa relación con el partido que lo contiene. Por ambos motivos es tarde para que los K lo imiten: podrán ellos usar sus recursos restantes para ocupar de momento la escena, pero esto lejos de ayudarlos a lograr sus aspiraciones, en particular la de volver al poder, las condenan.

En eso se parecen a esas minorías intensas cuyas fortalezas y viejas glorias les impiden romper su aislamiento. Como ha sido el caso en décadas recientes de los PC de muchos países democráticos.

Recordemos que en los años ochenta el Partido Comunista Argentino, igual que hacen hoy los K, convocaba miles de militantes y simpatizantes a las calles, organizaba aún más masivas jornadas culturales, tenía sus propios periódicos y proveía a muchos una fe inquebrantable en el estalinismo más cerril. Podía gracias a ello hacer creer a observadores desatentos que ya era o podría pronto volverse un potente actor de la naciente democracia. Cuando en verdad sus fortalezas nacían de aquello que le impedía cumplir ese rol: la cerrazón ideológica, el aislamiento e incomprensión frente a lo que rápidamente estaba cambiando en el ambiente institucional, el desprecio absoluto por el resto de los actores políticos, en suma todo lo que lo definía como secta.

Con el kirchnerismo sucede hoy algo parecido. Está todo el tiempo en la calle, parece tener mucho para decir y que su palabra convence aun a muchos. Pero en verdad va camino a volverse lo que en cierto sentido siempre fue, un pequeño grupo de fanáticos que si logró hasta hace poco ser escuchado no fue por su implantación social, sino porque logró primero encaramarse y luego aferrarse a la cúpula del estado.  Sin cuyo control está condenado. Así, ha dejado de ser un serio problema para la democracia argentina. Ahora sólo lo es en verdad para los peronistas. Y pronto tal vez ni siquiera eso.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 18/1/16

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Para la sociedad la fuga es parte de la herencia K

El gobierno nacional y los provinciales de Buenos Aires y Santa Fe hicieron bien en poner todo su empeño en recapturar a los tres asesinos de la efedrina. Pero no deberían rasgarse las vestiduras por no haberlo logrado antes, ni tampoco esmerarse en ocultar los tropezones sufridos al tener que lidiar con fuerzas de seguridad en algunos casos cómplices, y en otros casos ineptas y mal coordinadas. Porque la gran mayoría de la opinión pública considera el caso como una dramática y oportuna demostración de la herencia recibida de 12 años de mal manejo de las políticas de seguridad y de lucha contra los narcos.

El 42,3% de entrevistados en una reciente encuesta de Opinaia –CIPOL en la que se evaluó el primer mes de gobierno de Macri cree que la fuga es responsabilidad del anterior gobierno, frente a sólo un 19,4% que la atribuye al actual. Los resultados son aún más demoledores para el kirchnerismo cuando se pregunta el porqué de las dificultades para atraparlos: 56,3% eligió la opción “porque los presos fugados tienen vínculos con altos funcionarios del gobierno kirchnerista que los están ayudando a escapar”.

Los resultados están en línea con lo que sucede con otros problemas candentes de estos días. En cuanto a los cortes de luz el 45,1% ve al kirchnerismo como principal responsable, frente a un 12% que le adjudica mayor responsabilidad al gobierno Macri. Esos guarismos son 45 y 30 para la suba del dólar y de los precios en general, y 44,8 y 28,4 respectivamente para la ya anticipada suba de tarifas.

En parte esto es efecto, y en parte causa, de que la opinión pública se esté volcando cada vez más en apoyo al nuevo gobierno, y se vaya alejando del liderazgo y el discurso kirchnerista.

A un mes de asumido, Macri recoge la aprobación del 58,3% de los encuestados al rumbo general de su gobierno, mientras que un 30% no lo aprueba. Antes de su asunción y a comienzos de este mes preguntamos sobre la palabra que mejor representaba la disposición de los encuestados ante su gestión, entre un conjunto de opciones. Esperanza sigue siendo la palabra más elegida, creciendo desde un 39,8 en diciembre a 41,5, y la que más creció fue confianza, que pasó del 10,8 al 13,4. En tanto la que más bajó fue preocupación, desde un 28,3 en diciembre a 23,3 en enero. El conjunto de reacciones positivas (esperanza, confianza y alegría) pasó de 54,1 en diciembre a 57,6 en enero. En cambio el conjunto de reacciones negativas (preocupación, miedo, y tristeza/angustia) se redujo de 43,3 a 38,9.

En tanto, CFK va cayendo en la estima de la opinión pública: en estos momentos sólo alcanza 32,3% de imagen positiva, contra 53,8 de negativa. En lo que parece cumplir un papel importante su rol como opositora, que va deteriorando el recuerdo de su gestión. El 50,8% tiene una visión negativa de su rol actual, apoyado sólo por el 30,9%. Mientras que el 47,3% dice ahora tener un recuerdo malo o muy malo de su presidencia, frente a sólo un 36,5% que guarda un recuerdo positivo.  Cabe destacar también que el rol negativo de CFK como opositora alcanza incluso a un 11,4% de quienes votaron a Scioli en primera vuelta, es decir, perfora incluso el llamado núcleo duro del kirchnerismo, que parece no serlo tanto.

Otros referentes del kirchnerismo reciben una evaluación aun peor que la ex presidenta: Axel Kicillof tiene 54,1 puntos de imagen negativa y 27,4 % de simpatías, y Máximo está aún más relegado en la estima social, 65,5 lo rechaza, contra 17,2 que lo aprecia.

Además, el 63,7% está algo o totalmente de acuerdo con la idea de que el kirchnerismo se opondrá a todo con tal de entorpecer a Macri, un número similar al 64,5% que creía esto en diciembre.  Quienes están en desacuerdo con esta idea se mantienen en torno al 23%. Y sólo el 39,2% cree que el kirchnerismo va a defender los intereses de las clases más bajas desde la oposición (en diciembre lo creía el 44,3%), mientras que el 49,3% rechaza esta idea (era el 43,6% un mes atrás).

Correlativamente, se fortalece la creencia en que el kirchnerismo perderá espacio frente a otros sectores de la oposición: esta percepción pasó de 55,5 a 59,2%.

A la luz de estos números parece razonable la decisión del gobierno nacional de fortalecer por un lado las relaciones con el massismo y otros actores del peronismo no kirchnerista, mientras por otro busca confrontar y polarizar con referentes del kirchnerismo.

 

7 Uso de decretos para gobernar

Algunas acciones que en los medios y círculos políticos despertaron polémica durante el primer mes de gestión no parecen despertar el rechazo de la sociedad.

Una amplia mayoría apoya la toma de decisiones por decreto “si la oposición actuara sistemáticamente para no dejar gobernar”: 58% contra 32,1%. De nuevo, incluso un cuarto de los votantes de Scioli de octubre pasado avala esta idea.

El alto nivel de aprobación se extiende a las materias en que se han tomado los principales decretos de estas semanas: economía y política hacia los medios.

Ello se explica también porque una sólida mayoría atribuye la mayor parte de los problemas de este momento a la “herencia recibida”.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 13/1/15

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Los decretos de Macri y la promesa republicana

¿Qué hubiera pasado si Alfonsín, en vez de confiar en el empuje transformador del espíritu democrático que su espectacular pero al fin de cuentas acotado triunfo electoral de octubre de 1983 expresaba, y en la disposición reformista de al menos alguno de los senadores peronistas y sus aliados que eran mayoría en la Cámara Alta en 1984 (y que revelaban que el aliento de ese espíritu no era tan monopólicamente expresado por el Ejecutivo como él creía y que en la república que se estaba gestando habría más de lo viejo de lo que a él le hubiera gustado) desistía de enviar al Congreso su proyecto de reforma sindical y emitía un decreto de necesidad y urgencia para forzar la democratización de los gremios?

Tal vez no estaríamos discutiendo hoy si hay alguna posibilidad de que deje de regir en ellos la reelección indefinida y garantizada, la opacidad total en el manejo de los recursos y otras joyitas a las que nos tiene ya demasiado acostumbrados el modelo corporativo tradicional.

Contrario sensu, ¿qué hubiera sido de la suerte de la transición que en esos años se iniciaba si en vez de resolver por DNU la puesta en marcha del Plan Austral, Alfonsín atendía los reclamos de la oposición y enviaba un proyecto de ley al Parlamento también para el combate de la inflación, asunto aún más candente que el sindical para asegurar la sobrevivencia de la naciente república? Lo más probable es que la hiperinflación estallara en 1985 y no cuatro años después, cuando al menos había ya un nuevo gobierno electo que podía mal o bien, más mal que bien convengamos, ponerle freno. Y tal vez nuestra democracia hubiera naufragado.

En los regímenes presidencialistas existe siempre el riesgo del bloqueo parlamentario, en particular cuando hay “gobierno dividido”, es decir el Congreso es controlado por una fuerza distinta que la del presidente. Y para evitar ese problema es que se otorga al Ejecutivo la posibilidad de emitir resoluciones sobre muchos asuntos, que al menos transitoriamente sortean el trámite legislativo.

Las preguntas que hay que hacerse son, primero, si esos decretos pueden cambiar reglas de juego, leyes preexistentes (como era el caso de la ley de asociaciones profesionales de 1979 en el caso de Alfonsín), en qué circunstancias y para qué asuntos pueden hacerlo, y segundo, si en el caso del arranque del gobierno de Cambiemos se reúnen las condiciones que justifican su uso intenso y extenso, sobre qué materias y con qué alcance.

En principio podría marcarse una diferencia de contexto entre ambas situaciones que acotaría el margen de acción de Macri vis a vis el que tenía, y le hubiera convenido ejercer en plenitud, Alfonsín: éste recibió el poder de un presidente autoritario y tenía la misión de fundar una república democrática casi desde la nada, mientras que aquél heredó a un gobierno constitucionalmente legítimo.

Con todo, cabe relativizar esta diferencia si atendemos al modo en que gobernó y sobre todo la forma en que legisló la administración saliente: su populismo radicalizado se expresó en una vocación autoritaria cada vez más pronunciada, que sobre todo en terrenos como la Justicia, los medios de comunicación y la administración de la economía se tradujo en leyes por completo reñidas, sino con la letra, al menos sí con el espíritu de la república. Leyes amañadas, incompatibles con un funcionamiento mínimamente racional y libre de actividades muy esenciales de la vida social como comerciar, comunicarse, reclamar ante los tribunales, etc.

Cuando han sido afectadas hasta tal punto las condiciones mínimas de normalidad constitucional, y además persiste un actor institucional decidido a resistir el cambio, el presidente está en pleno derecho de disponer a través de medidas de excepción las reformas necesarias para que la constitución vuelva a regir efectivamente. Sigue sometido a límites a este respecto: uno de ellos puede decirse que se traspasó cuando se designó a dos nuevos jueces de la Corte. Límites que debe estar muy atento de no transgredir, porque de otro modo terminará deslegitimando toda su tarea.  No ante los populistas radicalizados, que igual en cualquier caso desconocerán el derecho del presidente a hacer lo que hace. Sino ante los moderados y la opinión pública, el terreno finalmente donde se dirimirá el conflicto de legitimidades entre una democracia republicana, que tiene que evitar ser impotente para gobernar, y una versión populista y antiliberal de la democracia, que sólo usa la excusa de la ley y la constitución cuando le conviene.

Gabriel Salvia recordaba hace poco una frase que ilustra muy claramente el conflicto que enfrentamos, con la que décadas atrás Vaclav Havel intentó explicar las complejidades de las transiciones en Europa del Este desde “democracias” soviéticas hacia regímenes pluralistas: el problema de la democracia es que impide a los que realmente creen en ella hacer muchas cosas, mientras que a los que no creen en ella les permite hacer casi todo.

La solución no es, claro, que los verdaderos demócratas se den a sí mismos licencia para violar la ley y actuar arbitrariamente con la excusa de establecer una república; es aceptar que se está frente a un dilema, que hay que resolver, y tiene solución si se evita tanto la extorsión de los hipócritas como la tentación de los atropellados.

por Marcos Novaro

publicado en TN el 5/1/16

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¿Macri prefiere la oposición de Cristina o de un PJ renovado?

Cristina no es Perón: su llamado a la resistencia no tiene posibilidad alguna de generar una crisis de legitimidad en el sistema político argentino; ni siquiera en la eventualidad de que Macri enfrente problemas serios en el frente económico, en el social o en el institucional. Tampoco su poder residual le basta para reeditar el rol que le cupo a Ubaldini frente a Alfonsín: difícilmente pueda complicarle lo suficiente la vida al nuevo gobierno como para facilitarle a otros peronistas la tarea de recomponer la mayoría perdida.

Primero porque por más que agitó el fantasma destituyente hasta cansarse, el kirchnerismo no sufrió un golpe de estado sino un extendido trastazo electoral. Segundo porque ni siquiera controlando todo el poder del estado pudo mantener medianamente unido al peronismo territorial y sindical, mucho menos lo conseguirá desde el llano. Tercero porque lo que tiene detrás suyo no es nada parecido a un movimiento social: no expresa a porciones relevantes de la sociedad, por más que se machaque con “la grieta” y con el “casi empate del 22 de noviembre” la polarización k sólo logró entusiasmar a los más fanáticos en el pasado, y mientras más tiempo pase logrará cada vez menos. Y por último porque con las figuras e ideas con que trabaja no puede evitar que queden cada vez más a la luz los vicios de siempre de una política facciosa, violenta y mal acostumbrada a aprovecharse de los recursos y los cargos públicos.

En este marco se entiende que el grito de guerra que pretendió reestrenar el pasado 9 de diciembre, “volveremos, volveremos”, sonara poco realista como amenaza y escasamente convocante como promesa.

Pero si esto es así, y no está realmente en condiciones de comprometer la gobernabilidad macrista, cabe preguntarse si la estrategia de la resistencia K no podría contribuir sin querer al resultado contrario, es decir a fortalecerla y legitimarla. Y por tanto si a Cambiemos no le conviene ayudar a que Cristina y los suyos sean los máximos exponentes de la oposición, en una suerte de inversión del juego de polarización que estos intentaran hasta aquí: ¿cómo no apoyar las iniciativas del nuevo gobierno, cómo no identificar la suerte del país con la suya, si la alternativa es volver a ponernos en manos de semejante hueste de fanáticos y manipuladores?

Tras escuchar a Hebe de Bonafini, Estela Carlotto y Martín Sabbatella en la Plaza de los Dos Congresos el pasado jueves se podría llegar a la conclusión de que es efectivamente así, que Cristina y los suyos trabajan más que para beneficio de su sector y para volver llevar al peronismo alguna vez al poder, para fortalecer al gobierno que tanto odian: su protagonismo y sus palabras en el acto realizado bajo el lema ya de por sí patotero de “La ley de medios no se toca” si algo lograron fue poner en aprietos a los peronistas. Algunos de los cuales, como Scioli y Gioja, apoyaron la movilización pero luego se escondieron, mientras el resto se escondía sin más, guardó un estruendoso silencio y seguramente se terminó de convencer de que por más brutal que haya sido el decreto de Macri sobre los jueces de la Corte no convenía abrir la boca, ni meterse en esa pelea ni en la de la ley de medios, ni en la de la Procuración ni en ninguna otra de las que involucran las muchas minas antipersonales con que sembró su retirada la señora de Kirchner.

Hay de todos modos inconvenientes bien visibles e inmediatos para que un juego de este tipo prospere. Por un lado, porque si Macri y su gobierno pretenden consolidarse, sanear la escena institucional y dejar atrás lo más rápido posible ese campo minado que les legó Cristina, deberán desmantelar cuanto antes y de forma inapelable los santuarios de poder de que depende la sobrevivencia del liderazgo de la señora.

El propio éxito de la nueva gestión en desmontar los rastros de los vicios y errores de su predecesora, como la política de medios, la colonización de la Justicia y la corrupción, inevitablemente conspirará así contra la escena que más les convendría a los nuevos inquilinos de la Rosada en términos de competencia interpartidaria.

En segundo lugar, estos necesitan volverse confiables contrapartes en negociaciones y acuerdos con los peronistas más moderados y razonables, todos los que estén dispuestos a acordar leyes y políticas en el Parlamento, los gremios y las provincias. De cuya buena disposición dependerán aquellos, al menos en alguna medida y hasta 2017, para aprobar leyes y estabilizar y reactivar la economía. Por lo que no podrán al mismo tiempo andar conspirando contra la suerte partidaria y electoral de esos interlocutores.

Una prueba de fuego a este respecto se les presentará a las autoridades y a estos sectores del peronismo cuando próximamente llegue el momento de discriminar desde el gobierno nacional entre gobernadores, sindicalistas y bloques legislativos amigables o desafiantes: ¿el oficialismo privilegiará a los más moderados, aunque a mediano plazo representen una potencial mayor amenaza a su predominio electoral, o a los más atados al proyecto anterior, aunque sean menos colaborativos?

Hay que tomar en cuenta, de todos modos, que más allá de las opciones estratégicas de que pueda disponer el nuevo presidente, gravitará en lo que suceda la propia dinámica interna del peronismo, que en muchas ocasiones del pasado ya demostró poder ser casi por completo indiferente a las preferencias de los que miran de afuera y son de palo.

De allí que casi nunca se haya podido digitar desde afuera lo que sucede en la interna del movimiento, ni sacar provecho de ella para fortalecer otros proyectos. No pudo hacerlo Frondizi por más que intentó fortalecer a los neoperonistas. Tampoco Illia cuando hizo el juego opuesto. Ni el propio Alfonsín que lo intentó casi todo, desde convertir a Isabelita en líder-tapón de la oposición hasta acordar con los ortodoxos, con los renovadores, o con ambos a la vez para que se frenaran entre sí.

Lo que cabe extraer de esta larga serie de intentos frustrados es que conviene no meterse en esa interna. Tal vez así haya menos chance además de que en su competencia entre sí los peronistas vuelvan a ocupar toda la escena.

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La fragmentación del peronismo y el poder del presidente

por Nicolás Cherny

La capacidad para tomar decisiones del gobierno de Mauricio Macri dependerá de la colaboración de dos actores clave: el sindicalismo y el peronismo. Del grado de cooperación que encuentre en los sindicatos dependerá el resultado de las negociaciones paritarias en 2016. Y al ser Macri un presidente minoritario, la capacidad para encontrar puntos de acuerdo con diputados y senadores peronistas e incluirlos en su coalición legislativa impactará en su poder para tomar decisiones.

La reinstitucionalización de las paritarias, el régimen de alta inflación que deja el kirchnerismo y la devaluación convierten a la colaboración del sindicalismo en un test clave del gobierno de Macri. Hay dos elementos que podrían jugar en contra de la moderación del sindicalismo: su identificación con el peronismo y las divisiones con las que finalizó el mandato de Cristina Kirchner. Los antecedentes de las presidencias de Alfonsín y De la Rúa no permiten ser muy optimistas respecto a la colaboración de los gremios con el gobierno de Macri. En contraste con el apoyo que dieron a las presidencias de Menem, Duhalde y los Kirchner que les permitió superar momentos de crisis y ampliar su capacidad para gobernar, los gobiernos radicales sufrieron la falta de cooperación del sindicalismo. El segundo elemento que juega en contra de la moderación es la división del sindicalismo. Hay gestos que permiten pensar en una unificación futura, pero es poco probable que eso ocurra en el muy corto plazo. El problema para el gobierno de Macri es que la fragmentación puede alentar comportamientos no cooperativos del sindicalismo animados por la competencia entre los líderes por quien consigue la mejor tajada de aumento para el sector que representa. Por tanto, la probabilidad de que la presidencia de Macri encuentre problemas de coordinación es alta. De modo que puede inducir mayor incertidumbre y costos supletorios para la tarea de resolver conflictos.

Pero hay dos factores que podrían jugar a favor de la capacidad de Macri de producir cooperación en los sindicatos. El primero es la cercanía del Presidente con Hugo Moyano. El líder de la CGT opositora al gobierno de Cristina Kirchner durante su último mandato tiene afinidades con los dirigentes del PRO y aspira a incorporar funcionarios al Gobierno Nacional. En consecuencia es un potencial aliado. En segundo lugar, los presidentes argentinos cuentan con recursos para inducir la moderación de los sindicalistas concediendo demandas no estrictamente ligadas a los aumentos salariales (fondos para las obras sociales, etcétera). Existen recursos para facilitar la negociación con los trabajadores estatales, que a una escala distrital fueron utilizados por Macri en su gestión en el Gobierno de la CABA con los trabajadores estatales.

Por último, hay una variable que podría hacer que pesen más los elementos en contra de la moderación de los sindicatos o a favor de la colaboración en 2016. El resultado del pass through de la devaluación que se anuncia será clave para las paritarias. Si el traslado a precios es razonable, las posibilidades de organizar la cooperación crecen sensiblemente. Si el Gobierno no consigue controlar la inflación sucederá el efecto contrario: crecerá la conflictividad y se reducirá su capacidad.

FRAGMENTACION Y COALICION LEGISLATIVA

El peronismo está divido en varias facciones: el kirchnerismo, el massismo y algunos gobernadores que quieren convertirse ellos mismos (con Juan Manuel Urtubey a la cabeza) en alternativas futuras al macrismo. De modo que no es improbable que la fragmentación en el peronismo empeore los próximos meses. Si Macri consigue aprovechar las oportunidades que le brinda las divisiones en el peronismo y neutralizar el veto opositor, conseguirá aprobar leyes cercanas a sus preferencias de política. La división del peronismo puede, entonces, mejorar las posibilidades de Cambiemos para conseguir construir una coalición legislativa. Es verdad que hay una mayoría apabullante de senadores peronistas pero la disciplina es ya en este momento muy reducida. Cambiemos será muy minoritario pero la fragmentación del peronismo le permitirá al Presidente utilizar su poder fiscal frente a los gobernadores de provincia, y sobre todo con aquellos más dependientes de las transferencias. Con ello podrá aspirar a un apoyo defensivo en Senadores que no impida el trámite legislativo de su agenda de gobierno.

En la Cámara de Diputados el peronismo tiene 114 diputados pero sólo un tercio o menos se mantiene disciplinado dentro del kirchnerismos (La Cámpora y algunos aliados). Tampoco esta garantizada la disciplina entre los diputados provenientes de movimientos sociales kirchneristas. Por lo menos hasta las elecciones de 2017 es probable que la solidaridad entre las tres facciones peronistas sea baja. Eso ofrece vías de negociación para el nuevo gobierno, tanto en bloque como focalizadas a ciertos temas o actores. Cambiemos tiene la oportunidad de conformar una coalición para gobernar con diputados cuyos jefes políticos dependan del Gobierno Nacional para sostener las finanzas públicas de sus provincias. Estos pueden ser tanto de partidos proviniciales como peronistas. Y al quedar huérfanos de un líder territorial, la presidencia tiene margen para atraer a diputados del Frente Renovador y ofrecerles puestos tanto en la Administración Pública nacional (como lo ha hecho con Adrían Pérez) como de la provincia de Buenos Aires.

Finalmente, la popularidad del presidente puede también mejorar o empeorar su margen de maniobra para construir una coalición legislativa. Macri puede utilizar su popularidad inicial de dos maneras. Puede usarla para forzar circunstancialmente a potenciales aliados a votar sus iniciativas. El resultado de esta estrategia será muy probablemente una coalición inestable. O puede generar una agenda convergente con potenciales aliados de modo de invertir su popularidad en lograr una coalición de más largo aliento. Esta segunda vía estratégica supone incluir a estos diputados no sólo en su coalición legislativa sino también darles un lugar en la oferta electoral de 2017. Este camino puede pavimentar una coalición estable que permita a Macri tener una agenda de cambios y reformas duradera y, al mismo tiempo, generar un horizonte de previsibilidad para sus decisiones.

Publicado en El Estadista nro. 135

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La tramposa tentación del dólar barato

Se ha dicho ya muchas veces, pero no está de más repetirlo: más que una obsesión con el dólar lo que nos aqueja es falta de confianza y afecto por el peso. No se trata de histeria verde, ni vocación extranjerizante ni nada por el estilo. Es que por generaciones nos criamos en medio de la sistemática destrucción de las más básicas instituciones monetarias, y padecimos tan concreta como repetidamente los perjuicios de que nuestros ingresos y capital queden atados al peso en ese marco.

¿Por qué es así? Ante todo, por la convivencia casi permanente con altos o muy altos índices de inflación, la falta de autonomía del Banco Central y de una mínima disciplina fiscal.

Pero esto no es todo, pues otros países tienen o tuvieron por largos años alta inflación y sus economías no se dolarizaron como la nuestra.

El ejemplo que siempre se trae a colación es Brasil y se lo suele evocar para concluir que la diferencia es que allá “la gente quiere a su país” (agregándose el insidioso “hasta los empresarios”), mientras que aquí somos unos patanes especuladores que con tal de zafar nos jorobamos mutuamente y frustramos nuestro destino colectivo.

De vuelta, el argumento de “falta amor al peso”. Pero en su versión culturalista, como “carencia de afectio societatis”, puede ser circular y frustrante, al alejarnos de una reflexión política y económica sobre el origen del problema y las vías para resolverlo.

Para poner el foco en las cuestiones prácticas conviene atender a otro rasgo, el más peculiar y gravitante en la historia económica argentina, y que la distingue claramente de la brasileña: el hecho de que además de alta inflación hemos sufrido reiterados y profundos desequilibrios y shocks de precios relativos. Variaciones muy marcadas en el ritmo de alza de los distintos precios, adrede provocadas por los gobiernos. En particular cada vez que trataron de frenar la inflación vía el retraso del tipo de cambio. Para no tener que encarar el más impopular (y en lo inmediato más difícil de administrar) recorte de gastos de los consumidores y del propio sector público.

El dólar barato fue una tentación tanto para gobiernos civiles como militares, de derecha como de izquierda, pues en el corto plazo no parece tener contraindicaciones: los exportadores protestan pero de momento pueden vender adentro lo que no logran colocar fuera del país, gracias a que con altos salarios en dólares mucha gente puede acceder a módico precio a esos bienes; y mientras eso sucede ni esos precios ni los de otros sectores se descontrolan porque se abaratan las importaciones; y por un tiempo, por más que el estado emita más y más moneda o se endeude por encima de sus posibilidades la rueda de la felicidad del derrame en el empleo y el consumo anestesia la percepción de los problemas de sustentabilidad que van surgiendo; la deuda crece, las reservas se agotan, el déficit comercial se empina, y a la vez la fuga hacia el dólar va agravando todo esto, pero a primera vista y de momento todos están contentos.

Mientras más tiempo pase, sin embargo, sólo quedará una salida: un reequilibrio drástico de los precios, anticipado o acompañado según los casos por una gran devaluación de la moneda.

Estas megadevaluaciones más o menos obligadas abren una salida, pero a la vez realimentan el ciclo. Han sido ellas las que nos educaron en la dolarización, en la tesis de que “quien apueste al dólar, al final, no pierde”, imponiendo costos masivos sobre quienes quedan atados al peso, sean trabajadores, comerciantes, productores o acreedores. Entre los que obviamente conviene dejar de estar, fugándose al dólar, cuando cabe prever que la rueda de la felicidad está por saltar por los aires.

Así fue que se volvió argentinamente racional que en la medida que podamos nos refugiemos en verdes. Para ahorrar, para fijar precios y hacer contratos ellos son el recurso de última instancia que hace mínimamente viable y previsible nuestra vida económica, y la propia convivencia; una regla que por ser “prestada” no está en nosotros horadar o burlar y nos vemos obligados a respetar. Y fue por la recurrente pretensión de los gobiernos de “burlarla de todos modos”, usar el dólar para crear una ilusión de bienestar y gobernabilidad económica, que este ciclo se realimentó en crisis cada vez más agudas.

Entre los episodios de desequilibrio de precios relativos seguidos por shocks cambiarios destacan el experimento de Cámpora y el último Perón clausurado con el Rodrigazo en 1975, el de la Tablita de Martínez de Hoz entre 1978 y 1981, y el de la Convertibilidad hasta el estallido de 2001. En la estela dejada por esa triste saga se anotaron Axel Kicillof y Cristina Kirchner cuando decidieron, a fines de 2011, pasar del lento deterioro del tipo de cambio hasta allí administrado por el kirchnerismo, a una lisa y llana destrucción del mercado cambiario, que se extendió como un cáncer a los flujos financieros y comerciales, y se estiró por cuatro años con cada vez más agudas distorsiones de precios.

La corrección que ahora se inicia ¿podrá evitar ser tan destructiva como sus predecesoras? Y más importante aún, ¿realimentará el ciclo o lo interrumpirá dando paso a sólidas instituciones monetarias? ¿Estamos maduros y dispuestos a invertir esfuerzos para que sea la última?

Algunos rasgos de la situación lo complican. En particular, el hecho de que el nuevo gobierno se está anticipando a una crisis que todavía no reveló todos sus potenciales efectos destructivos, por lo que debe esforzarse en probar que su terapia, aunque costosa, es a la larga y para todos la mejor. En el mismo sentido opera el cuadro de casi pleno empleo, múltiples alicientes al consumo y cierre de la economía, que magnifica el traslado a precios de la corrección cambiaria. En ambos aspectos la situación es mucho más difícil de manejar que, por caso, la salida de la Convertibilidad.

En cambio juegan a favor de la normalización en marcha varios datos políticos. Primero, que a diferencia de las ocasiones anteriores, el gobierno que la encara cuenta con amplia legitimidad y ha anticipado lo que se propone hacer. Y la sociedad lo avaló en las urnas.

Macri podrá recordar a sus críticos que mientras el candidato del FPV prometía “un dólar a 10 pesos para enero”, sin aclarar a cuánto iba a cotizar después, él blanqueó en la campaña lo que ya todos sabíamos, que el valor real del dólar era muy superior y resultaba por completo injusto además de estéril que el estado siguiera cediendo reservas a precios de ganga a unos pocos. Podrá recordar también que fue el partido ahora en la oposición el que avaló con sus votos y silencios a una presidenta que al instaurar el cepo al dólar invitó a sus gobernados a cambiar sus ahorros dolarizados por pesos, y dio incluso el ejemplo con una porción mínima de su fortuna, mientras sin que mediara regla ni decisión formal alguna les cerró el camino inverso, asegurándose de que no pudieran ya escapar del perjuicio de la inflación y las cotidianas mini devaluaciones.

Y lo más importante es que la opinión pública por ahora está dispuesta a acompañar el proceso. Según una encuesta realizada días atrás entre CIPOL  y Opinaia sobre las responsabilidades en la ya inminente devaluación, el 52,4% de los encuestados la atribuye al gobierno de CFK, y sólo el 23,4% a Macri. Al menos en este aspecto la tramposa seducción del dólar barato no parece haber funcionado. Tal vez sea fruto de la recurrencia y el cansancio. Tal vez de que esta vez la ilusión cambiaria fue alevosamente paródica y mal administrada.

por Marcos Novaro

publicado en La Nación el 21/12/15

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