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Nacionalismo sano

por Hernán Charosky, Marcos Novaro, Edgardo Mocca y Vicente Palermo

Celebramos que José Nun tuviera el coraje de poner en palabras aquello que seguramente muchos –dentro y más aún fuera del campo académico– están pensando (Clarín, Suplemento Zona, 26-01-2003). En efecto, con sus afirmaciones sobre el regreso a un nacionalismo sano y la perentoria necesidad de una nueva constitución, y su énfasis en que no importa tanto el cómo sino el qué, Nun expresa tesituras que están cobrando fuerza en nuestros días. Nadie puede acusarlo, como él teme, de trasnochado. Todo lo contrario: Nun está a la orden del día y sus posiciones están destinadas sin duda a disfrutar de calor popular. Razón de más para la controversia franca.

Tratemos de ser directos: ¿cuál es la dosis de virtud cívica que se puede extraer, o esperar, de la afirmación de que los argentinos necesitamos un “nacionalismo sano”? A pesar de que, al menos para nosotros, la expresión resulta tan forzada como, por ejemplo, las de autoritarismo bueno, o elitismo sano, si Nun definiera qué contenido él coloca dentro de la etiqueta podríamos acaso estar en muchos aspectos de acuerdo con él. Esto no es seguro, pero ese no es en absoluto el punto. El punto es que el quehacer de los intelectuales públicos no es del orden de la verdad sino del sentido. No tienen grandes posibilidades de describir bien, y menos aún de establecer cómo las cosas son, pero sí pueden –con suerte– contribuir a dar forma, a dar sentido, a las acciones humanas. Suponemos que cuando Nun se expresa en un medio periodístico tan importante como Clarín lo hace con la esperanza de que su palabra pública sea políticamente productiva. Nosotros, a pesar de todo, aún confiamos en que como intelectuales podemos aportar a la construcción de una Argentina más libre, más abierta, más pluralista, más democrática, más participativa, más tolerante, más igualitaria, más justa, y creemos que para eso nociones como derechos, gobierno de la ley, fortalecimiento de lo público, solidaridad, y otras, son centrales. Y sinceramente no vemos cómo, realzar el status del nacionalismo, pueda contribuir en ello.

Es muy sugestivo, y nada secundario, el verbo utilizado por Nun en su esfuerzo normativo: volver. “Debemos volver a un nacionalismo sano.”. Tal vez no sea el caso de tomarse al pie de la letra la fortísima implicación de la frase como forma de entender la historia argentina. Pero sí es el caso de señalar que muchos otros indudablemente lo harán (ya ha sucedido; véase por ejemplo la página web de NAC&POP del mismo día del reportaje). Así, todos y cada uno de los muchos nacionalismos de carne y hueso estarán diligentemente dispuestos a otorgar un beneplácito, magnánimamente autocomplaciente, a la afirmación de Nun. “Claro, claro, un nacionalismo sano -dirán-. Como el nuestro”. Hay quienes piensan en cerrar la economía, quienes en recuperar las Malvinas, quienes en que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino, quienes en velar por la homogeneidad cultural, quienes en el fervor simbólico; la lista podría ser interminable. Personalmente podemos sentir amor, respeto o simpatía por todos pero estamos fuertemente en desacuerdo con ellos y estas son parte de las cosas que precisamos discutir.

Por eso, no creemos necesitar, como argentinos, un nacionalismo sano; por el contrario, en la Argentina tenemos nacionalismo de sobra y los elementos más importantes que la palabra nacionalismo evoca, la carga semántica de la que es portadora, pueden y deben ser criticados. En términos prácticos, y públicos, esto es exactamente lo contrario de hacer guiñadas de ojo a los muchos y variados nacionalismos y/o nacionalistas. En nuestra opinión, hay que debatir, respetuosamente, con todos ellos y criticar sus núcleos comunes, en lugar de proporcionarles una palanca evocando la necesidad de un nacionalismo sano. Si nuestro hermano es borracho no se trata ni de prohibir el alcohol ni de matar a nuestro hermano, ni siquiera de darle una paliza para que pare de beber. Pero tampoco es el caso de arrimarle artículos periodísticos de esos que dicen que un vaso de tinto todos los días es bueno para la salud.

Quizás debamos hacer explícito que no nos oponemos al nacionalismo desde algún internacionalismo sino desde una noción de patriotismo republicano, que entiende la patria como la casa común en la que somos libres porque tenemos y compartimos derechos. Sin entrar en una discusión aquí innecesaria, agregamos que una visión de patriotismo republicano (que no se coloca en un registro abstracto sino que se afinca, o procura hacerlo, en la cultura de una nación determinada entendida como heterogéneo conjunto de tradiciones, concepciones, memorias, que discuten entre sí, y no como un todo homogéneo), permite defender intereses comunes a los compatriotas-conciudadanos, pero en un registro enteramente diferente al nacionalista.

Nuevamente, carece de sentido, y pertinencia aquí, discutir en el aire si la Constitución en vigencia es perfectible y podría ser reformada (y más aún discutir si sería prudente “liquidar”, como Nun propone, el Senado). Pero, otra vez, ese no es el punto. El punto en cuestión es la enfática postulación que realiza Nun de un nexo analítico-normativo entre crisis, suplantación perentoria de la constitución vigente por una nueva (bajo una presión de masas movilizadas), y recomposición política, que lo lleva hasta el extremo, creemos, de entender que el camino del cambio institucional pasa hoy por la liquidación de las instituciones existentes. Comparar es siempre interesante, pero el ejercicio comparativo con la Alemania de posguerra confunde, ya que, derrotado el régimen nazi, no había una constitución en vigencia que reformar . En cambio, en nuestra patria hay una constitución en vigencia, como institución es una de las pocas cosas que, maltrecha o no, quedan en pié, y no parece que pueda tener ninguna productividad política progresista empezar por tirarla abajo. Vale la pena aclarar que en qué sentido la constitución está vigente y en qué sentido está maltrecha. Hay una constitución vigente, y el común de los ciudadanos puede intentar con cierta probabilidad de éxito hacer valer en los tribunales los derechos en ella protegidos. Un buen ejemplo de esto fueron los amparos del corralito -gusten o no. Pero está maltrecha porque en ciertas decisiones judiciales, ejecutivas y legislativas, que no son ordinarias pero sí de crucial importancia, jueces, legisladores y presidentes (y no siempre, desde luego, sin acompañamiento social) la desconocen. Hoy por hoy, conseguir salvar esta brecha, es decir, dar consistencia legal a las decisiones, así como universalizar efectivamente el alcance eficaz de la igualdad ante la ley, es a nuestro entender mucho más importante que hacer una reforma constitucional.

Alguien podría decir que, más allá de las buenas intenciones, es extremadamente ingenuo creer que un proceso constituyente perentorio y con el aliento de las masas en la nuca de los representantes, como el que Nun parece proponer, desemboque en una reconstrucción institucional, revoque todos los mandatos de los que “se tienen que ir”, acierte en reformar la constitución adecuadamente -basta examinar a primera vista quiénes tienen, en la Argentina de hoy, poder de fuego organizativo, para disipar cualquier preocupación sobre eventuales excesos populares y dar paso a temores más terrenales sobre la probabilidad de que la apertura de un proceso constituyente acabe proporcionando una renovada legitimidad precisamente a aquellos que Nun identifica con el atraso. En todo caso, su propuesta de reforma constitucional perentoria, de “catarsis de la conflictividad social”, es perfectamente incoherente con su defensa de un “proceso de acumulación lento”, defensa en la que dice inspirarse en líderes (muy pacientemente democráticos, agreguemos nosotros) y organizaciones, como Lula y el PT, Mitterrand y el PS francés, y hasta Salvador Allende y el PS chileno.

Pero, si nos atenemos al espíritu así como a la letra del reportaje, a esta objeción Nun podría responder que no es eso lo que le preocupa. No es la viabilidad de una propuesta de acción política, nos dice, lo que hay que atender, sino las metas, los objetivos: “Mucho más importante que… andar preguntando cómo se hace para salir adelante es saber por qué y para qué queremos salir adelante (…) No hablemos tanto del cómo se hacen las cosas sino de por qué y para qué hay que hacerlas”. Estamos seguros de que esta es una bonita forma de salvar el alma, pero es extremadamente dudoso el valor, para una acción política responsable (sea por parte de la gente común, de activistas sociales o políticos, o de políticos de profesión), de una propuesta que desprecia la atención a la viabilidad de las estrategias. Es universalmente conocido que todos, a la hora de la acción, tenemos una fuerte propensión a preocuparnos mucho menos por cómo se hacen las cosas que por actuar una vez que creemos haber identificado qué queremos hacer – precisamente por eso uno de los roles del intelectual público debería ser estimular un proceso auto-reflexivo, no convertirse en vocero del sentido común.

Pero, más todavía, en el nivel de generalidad en que coloca Nun sus deseos de porqué y para qué -“para que la gente pueda vivir en paz y tenga recursos para educarse, comer, curarse y, sobre todo, para que tenga trabajo”-, todos y muy sinceramente podríamos salvar el alma con él. La verdad es que cuesta creer que, trátese del hombre de la calle, del militante, del político de partido o del que fuera, puedan encontrar provecho en tan edificante expresión de deseos. Hay un papel creativo del intelectual público que no se limita a la consideración de la viabilidad de las políticas y al examen de los medios, sino a proponer nuevos fines, nuevos valores, nuevos temas, pero no ha sido esta vez el caso. Sólo que sería injusto no advertir que Nun sí tiene formas de acción que prefiere sobre otras: ridiculizando las elecciones -“Si a la gente le doy la válvula de escape de que cada dos años o cada cuatro años, saque afuera su bronca depositando un voto y después sigue en la posición en que estaba, maravilloso”-, interpretando los años ochenta argentinos bajo el signo de la ilusión democrática – “con el retorno a la vigencia de la Constitución, se dio por supuesto que reingresábamos a un marco de institucionalización, entre comillas, democrática”-, profundizando las contradicciones -“evitar que las elecciones acoten la conflictividad, e ir a las elecciones para que se profundice esa conflictividad social”-, y “reemplazando la denuncia por la construcción de un proyecto nacional”. Nada que no tenga todo el derecho del mundo a decir, desde luego; tanto derecho como el señor que dice “no por mucho madrugar se amanece más temprano” y, media hora después, “al que madruga, Dios lo ayuda”.

Posted in Nacionalismo Sano, Politica Argentina.

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