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El populismo necesario y los cogotudos

por Marcos Novaro
(publicado originalmente en Revista Debate)

En el último número de Debate Tomás Abraham planteó una reivindicación democrática del populismo contra los “notables” de derecha que invocan la etica republicana para condenar la “irresponsabilidad” de los demagogos y la corrupción clientelista. “El populismo (…) es la manera de supervivencia, no de líderes demoníacos sino de pueblos abandonados por los cogotudos de la cultura” dice Abraham, reflotando un tema clásico: la crítica de los intelectuales por su tendencia a alejarse del “pueblo” y reflexionar desde una real o supuesta superioridad moral y cultural.

Las palabras de Abraham no desentonan con el clima de opinión reinante, que reivindica el populismo contra lo que se supone, creo que en forma muy simplista, imperó en la Argentina de los noventa, un antipopulismo ferozmente liberal y excluyente. La idea subyacente es que hoy es necesario al menos “algo de populismo”. Idea que no sólo seduce a quienes ven en Kirchner la contracara del neoliberalismo: el propio Carlos Floria, de quien no se puede sospechar una inclinación a la demagogia irresponsable, opinó hace tiempo que la salida de la crisis requeriría “un nuevo ciclo populista”.

¿A qué se refieren? ¿Qué aspectos de las políticas y de las orientaciones ideológicas adoptadas por el actual gobierno y que han tendido a imponerse en el peronismo y en la vida política en general se están reivindicando en estas formulaciones?

¿Se trata acaso de las políticas económicas con que se salió de la convertibilidad: la devaluación, el default, etc.? En términos económicos el populismo se asocia por lo general a políticas que promueven el alza de los salarios y del gasto social a costa de incrementar el déficit público y la inflación. Nada de esto encontramos entre diciembre de 2001 y hoy. Más bien lo contrario. Los presupuestos deficitarios (es cierto que sólo en parte orientados a sostener el gasto social) fueron más una característica de los noventa que de lo que vino después. Tras años de salarios relativamente elevados en dólares, todo el arco político, con excepciones minoritarias en la izquierda y el sindicalismo, se ha convencido de que la solución para la economía argentina es mantenerlos por largo tiempo deprimidos. Los orgullos del actual gobierno (y del de Duhalde) en el terreno económico se dan de patadas con las recetas populistas: mayor recaudación, congelamiento de salarios y freno de la inflación, promoción de exportaciones, etc.. Tal vez no sea esto fruto de sus preferencias, pero es su política. Puede que “no hubiera mejor opción” para salir de la convertibilidad, pero resulta que el gobierno ha hecho de necesidad virtud y ha adoptado un rumbo estratégico, no sólo una solución coyuntural.

Es cierto que en algunos terrenos se adivina la vocación distribucionista: los costos impuestos a algunos inversores privilegiados en los noventa (vía el congelamiento de tarifas de servicios públicos y la dureza en la renegociación de la deuda en default) o el acrecentamiento de las políticas asistenciales. Pero ni estas son muy distintas de las implementadas en gobiernos anteriores ni aquellas definen una posición global contra los acreedores, los actores financieros ni los inversores externos o domésticos (más aún, seguramente resulte conveniente para algunas empresas de servicios prolongar un tiempo la actual situación en que se limitan a cobrar facturas pesificadas sin hacer ninguna inversión).

Así que no; de lo que hablan Abraham, Floria y tantos otros no puede ser de “populismo económico”. Debe consistir en alguna otra variante de ese fenómeno.

Para entender de qué se trata tal vez sea útil recordar que lo esencial al populismo es, más que el carácter distributivo y popular de sus políticas, la contraposición maniquea entre “el pueblo” y sus enemigos. Ello resulta no de una opción de clase sino del rechazo a las instituciones representativas y las elites políticas y culturales en ellas instaladas, en nombre de una identidad y de los valores de la “gente común”. Populismo es un modo de hacer política democrática cortando a fuego el campo político en dos bandos. Está siempre presente, pues ello es inherente a la política de masas. Pero le imprime su sello a las fuerzas políticas y los gobiernos sólo cuando las instituciones representativas y el pluralismo político están en crisis, como fue el caso en nuestro país casi siempre. El populismo puede ser visto, en este sentido, como una reacción creativa de la política de masas ante los déficits de los regímenes institucionales. Pero también en ocasiones reproduce la debilidad institucional y limita el pluralismo. Sobre todo cuando pretende perpetuarse como una identidad regenerativa en perpetuo movimiento, que no reconoce reglas ni compromisos pues encarna la perfecta virtud.

Algo de esto está presente en el actual revival populista. Y por ello no sólo debemos cuidarnos de los cogotudos que pontifican contra la plebe sino también de los no menos soberbios voceros del pueblo.

Ciertamente las políticas gubernamentales, incluso en el campo internacional, donde más ha calado la retórica populista (en clave antiimperialista, latinoamericanista y antiliberal), son demasiado prudentes y moderadas como para que se justifique el alarmismo de los críticos de derecha. Estos explican sus temores en que tal vez cuando los funcionarios tengan más margen de acción “se pase a mayores”, pero es inimaginable que Kirchner vaya a imitar a Evo Morales o a Hugo Chávez, si le va bien porque sería suicida y si le va mal porque casi ninguno de sus acompañantes actuales lo dejaría hacerlo.

Sin embargo, ello no desautoriza a quienes experimentan recelos ante tanta fraseología chauvinista, maniquea y simplificadora del pasado, de los conflictos y de los problemas del país. Sin duda que las políticas oficiales son en muchos terrenos acertadas, incluso mejores que las que podían preveerse, pero tal vez no sean tan buenas las huellas que están dejando en la cultura política y las conciencias.

Podría entenderse que Abraham, igual que Floria, no está particularmente entusiasmado con el populismo pero reivindica su carácter integrador y el hecho de que, cuando han fracasado otros esfuerzos reformistas republicanos y distribucionistas, resulta ser el último recurso contra la desintegración que amenaza a nuestras sociedades. Si este es el punto, comparto plenamente la tesis de un “populismo necesario” contra el enfoque que se atribuye a ciertos “notables” de La Nación. Pero el mundo político y cultural argentino está bastante enredado y es demasiado plural y rico como para suponer que el clivaje entre populismo y elitismo agota las alternativas ideológicas y programáticas que tenemos por delante. Contra lo que parecen suponer muchos de los renacidos populistas.

En el mismo número de Debate hallamos una perlita que condensa el maniqueismo populista contra el que conviene precaverse: Julio Bárbaro, indignado (por otro lado con razón) por las actitudes de Elisa Carrió, nos advierte que “las fuerzas políticas aquí y ahora son dos: la de una minoría que vive de la marginación del resto y la de los que queremos una sociedad para todos”. Si el conflicto fundamental enfrenta a pueblo y antipueblo, entonces sólo se puede actuar legítimamente en el bando de quienes dicen representar al primero. No hay que ser ningún salvaje unitario, ni un gorila elitista, ni un neoliberal insensible para advertir que las cosas son más complicadas y que por ese camino no fortaleceremos la cultura democrática trabajosamente articulada desde 1983 sino que retrocedemos a algunas de las peores costumbres de los movimientos populistas previos. Los textos de Botana, Aguinis y Sebreli suelen aplicar la ética republicana con muy distintos standares según los casos, ¿pero no son también intragables las editoriales celebratorias de las ocurrencias presidenciales? ¿No es vergonzoso el silencio de “intelectuales críticos” ante hechos que no se le hubieran perdonado a Menem o a Alfonsín? Probablemente no sea demasiado grave ni esto ni aquello como para temer un deterioro de la cultura democrática y del pluralismo, pero mejor curarse en salud y cuidar la propia soberbia e intolerancia.

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