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Populismo, izquierda y liberalismo

por Marcos Novaro y Nicolás Cherny*

¿”Populismo” es tan sólo un mote peyorativo, sinónimo de demagogia, irresponsabilidad fiscal y cosas semejantes? Este es el sentido, al menos, con que frecuentemente se utiliza el término en el debate político argentino y latinoamericano. Intelectuales de la talla de Guillermo O´Donnell y Juan Carlos Torre han concluido de ello que populismo es una palabra tan bastardeada y equívoca, que carece de toda utilidad analítica y conviene desterrarla de nuestro lenguaje. A menos que no se trate de explicar sino de descalificar a determinado líder o gobierno. En ocasiones los propios acusados comparten esta tesitura: recientemente Néstor Kirchner, tras firmar acuerdos salariales con varios grandes sindicatos, declaró: “no somos populistas, defendemos los intereses populares”. Pero tal vez otra mirada sobre este concepto y sobre el debate en danza en torno a él, sea oportuna: ¿no es acaso útil para entender, desde una perspectiva crítica pero no maniquea, el tipo de alternativas y los problemas que enfrentan los gobiernos latinoamericanos de nuestros días? ¿No hay acaso una diferencia evidente entre las izquierdas socialdemócratas y las izquierdas que a falta de un término mejor, llamamos populistas?

Los partidos y líderes que llegaron al gobierno en Brasil, Chile, Uruguay, Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia en los últimos años tienen en común el haber planteado un discurso diferenciador respecto de las ideas del “Consenso de Washington”, dominantes durante la década de 1990. La novedad que ellos presentan – y que no deja de ser una paradoja porque había sido el centro de dicho Consenso – es que consiguen exhibir cuentas públicas equilibradas. El superávit fiscal ha resultado en un triunfo doble para estos gobiernos, que podemos considerar de izquierda o al menos progresistas: han acallado las críticas de la derecha económica y han recuperado autonomía y poder de decisión estatal.

Sin embargo, y con toda razón, se ha señalado que los resultados esperables de las políticas de estos gobiernos dependen de la forma en que utilizan concretamente esos recursos fiscales y políticos, es decir, si aprovechan, o no, la oportunidad que se les presenta a favor de la democracia, el desarrollo y la distribución, y lo hacen en forma consistente y sostenible en el tiempo. Al respecto existen tanto marcadas diferencias en cuanto a la situación social e institucional de cada país, como a las preferencias de estos líderes y sus partidos. No todo depende de lo que los líderes quieran: si el punto de partida es una aguda crisis institucional, partidos débiles o inexistentes y un clima de descontento generalizado debido a dramáticas penurias sociales, se precisarán respuestas rápidas, aunque sean precarias. Pero las preferencias de los líderes pueden favorecer ciertas alternativas, en perjuicio de otras. Este es el marco en que se ha planteado el debate respecto a los rasgos socialdemócratas o populistas de los actuales gobiernos y liderazgos latinoamericanos. ¿Cuál de estas alternativas es más transformadora y más efectiva a largo plazo? ¿Cómo caracterizar a los distintos líderes latinoamericanos, y en particular al gobierno de Kirchner, en este contexto?
Socialdemocracia vs populismo

Para empezar, ¿qué atributos separan a un gobierno socialdemócrata de uno populista? En términos institucionales, los populismos han sido y siguen siendo antiliberales, en tanto estiman que el gobierno del pueblo tiene prioridad frente al gobierno de la ley, y la mayoría legítimamente se impone a las minorías, siempre. Tal como lo expresó Kirchner en su discurso ante la Asamblea Legislativa el 1ro. de marzo de 2007, “calidad institucional” no tiene otro significado legítimo que “satisfacer las necesidades del pueblo”, de donde tenemos que mientras las decisiones de gobierno atiendan a la voluntad e intereses de la mayoría no podrán ser objetadas (un argumento que, de nuevo estas paradojas de la política criolla, ya Cavallo había utilizado en los noventa para justificar el decretismo de Menem, en un recordado debate con la oposición). En cambio las izquierdas socialdemócratas se caracterizan por adherir al liberalismo político, y respetar el pluralismo, aún al precio de sacrificar parte de su potencial de ruptura y deseo de cambio.

En cuanto a las políticas económicas, tanto socialdemócratas como populistas mantienen desde antaño una preferencia por la intervención estatal. Sin embargo, existen diferencias muy marcadas entre los primeros, que tienden a implementar regulaciones públicas y consensuadas con los actores de la economía, y a reconocer por tanto un rol autónomo y legítimo a los mercados locales e internacionales, y los segundos, que sea porque actúan en un contexto de debilidad de las reglas de mercado y las regulaciones públicas, sea porque sus preferencias los llevan a desconfiar de ellas, tienden a intervenir en forma particularista, asignando discrecionalmente rentas y beneficios, incluso produciendo cambios disruptivos en la propiedad, en suma, generando un “capitalismo político” y prebendario.

Los populismos, no obstante, pueden tener “razón de ser”: frente a crisis políticas y económicas agudas, los gobiernos se pueden ver obligados a recurrir a medidas de dudosa legalidad, concentrando el poder, imponiendo fuertes personalismos y apelando a la voluntad de las masas contra “poderes instituidos” o “intereses facciosos”, para adaptar las reglas de juego a las urgencias o a nuevas circunstancias; y al hacerlo pueden salvar el orden político, o abrir el camino a un cambio y una posterior reinstitucionalización. Siguiendo este argumento, se podría decir, tal como plantea Ernesto Laclau, que en toda gestión democrática del cambio hay inevitablemente un componente o “momento” populista.

Cabe, entonces hacer una distinción entre tácticas populistas que sirven a la revitalización del orden institucional, y medidas dirigidas a desarticularlo definitivamente y crear luego uno nuevo. En el primer caso la apelación a las virtudes y potencias políticas del pueblo frente a sus enemigos puede significar, como señalan Emio De Ipola, Gerardo Aboy, y otros estudiosos de estos fenómenos, movilizar las capacidades de los actores e instituciones políticas. El Ejecutivo cumple un papel preeminente en ello, cuando es ejercido por un líder confiable para la opinión, pero ello no necesariamente va en detrimento de partidos, parlamentos, gobiernos provinciales o jueces. En el segundo caso, en cambio, el líder y su movimiento desplazan completamente a los actores e instituciones preexistentes y el populismo adquiere entonces una potencia disolvente y revolucionaria. Pretender que el primero es un populismo aceptable y el segundo es en cambio siempre nocivo sería absurdo, equivaldría a condenar a De Gaulle por no haber salvado a la IV República francesa. Cuanto más, podemos decir que en situaciones de crisis pueden presentarse alguna de las dos variantes de liderazgos populistas, o las dos en competencia, y cuál de ellas se imponga, cómo resuelva los problemas planteados, y cuál sea la suerte de la democracia y del desarrollo a raíz de ello, deberá evaluarse caso por caso.

Cabe, sin embargo, agregar otra distinción, a los efectos de lo que nos interesa aquí, absolutamente esencial: un líder populista, sea regenerador o revolucionario, puede asumir su rol y sus tácticas como coyunturales, es decir, protagonizar un “momento populista” orientándolo a crear o recrear un orden institucional y económico; o bien puede pretender perpetuar su “momento” en un “régimen populista”, es decir, utilizar la coyuntura de crisis para apropiarse de un margen muy amplio de poder discrecional, disolviendo las instituciones previas sin crear otras nuevas capaces de sobrevivir a su eventual salida del poder. Por lo tanto, no se trata simplemente de determinar si un líder o movimiento populista es más o menos innovador, más o menos afín a ideas de izquierda, sino el tipo de relación que establece con las reglas institucionales y sociales. Así, un líder moderado en sus pretensiones programáticas, puede ser sin embargo extremadamente nocivo en términos del debilitamiento institucional que deja a su paso.

La discusión del caso Kirchner

Replanteemos entonces las preguntas iniciales a la luz de estas definiciones:¿cuáles son las ventajas y cuáles los inconvenientes de las soluciones populistas a las que Kirchner, igual que otros presidentes ajenos a la tradición socialdemócrata, se ven inclinados? ¿Responden ellas a la fuerza de las circunstancias o a sus preferencias, a una elección sesgada entre las alternativas disponibles?
El actual presidente argentino es un caso sin duda complejo, dado que, a diferencia de sus colegas de Venezuela y Bolivia, no ha pretendido crear una nueva constitución, ni ha desconocido la legitimidad de las instituciones heredadas. Hay sin embargo algunos rasgos en él que nos impiden considerarlo simplemente como un “populista moderado”, o como el emergente de un “momento populista” circunstancialmente inevitable debido a una crisis previa muy aguda.

Ante todo porque lo cierto es que Kirchner no heredó al asumir una crisis económica o política que exigiera decisiones de emergencia: él recibió como legado, más que una crisis, una solución, que le proveyó de márgenes de libertad incomparablemente más amplios que los de sus predecesores. Por esto mismo, las tácticas populistas a las que echó y echa mano adquieren un significado distinto: más que una necesidad reflejan su preferencia para construir su poder sobre bases no regladas, no institucionales y no partidarias. Por caso, su afán por terminar de disolver las fronteras de los partidos preexistentes, al menos los de la oposición, puede considerarse un paso necesario para una futura recomposición partidaria, pero en principio nada indica que nos aproximemos a este objetivo. En el mismo sentido, el incremento sin pausa del particularismo y la discrecionalidad en el manejo de las cuentas públicas, la distribución de recursos y la fijación de los precios de la economía, en un contexto de crecimiento sostenido, revela que el peso de las preferencias desborda el cambio de circunstancias.

Es ostensible que muchas de las críticas que recibe su gobierno son meros recursos discursivos para desacreditar medidas y acciones perjudiciales para ciertos intereses puntuales: es llamativamente inconsistente descalificar por populista el control de precios de ciertos alimentos y considerar necesario o razonable el del gasoil o de servicios que consumen mayormente sectores medios y altos, poner el grito en el cielo por las redes clientelistas pero no por la asignación discrecional de subsidios y rentas a las empresas, en suma, objetar la discrecionalidad y el particularismo sólo cuando beneficia a otros. En Argentina, igual que en Venezuela, Bolivia o Ecuador, este “antipopulismo de clase” está a la orden del día desde que sectores sociales y de opinión acostumbrados a ser siempre escuchados y beneficiados se sienten injustamente marginados de la toma de decisiones. Se entiende por tanto que ellos reaccionen en forma refleja, aludiendo al populismo como una maldición que conduce irremediablemente al fracaso y el autoritarismo.

Pero ello no alcanza para disimular el hecho de que el gobierno de Kirchner está dando rienda suelta a sus propias inclinaciones cuando elige caminos cuya principal sino única justificación es que le aseguran retener en el futuro un máximo de discrecionalidad. La descalificación de toda crítica como expresión de los “enemigos del pueblo” no disipa en lo más mínimo la responsabilidad que le cabe a un gobierno que tiene a su alcance alternativas impensables tiempo atrás, cuando efectivamente gobernar era pasar de una emergencia a otra, y elige sesgadamente entre ellas. El desprecio por las reglas del liberalismo, tradicional en nuestra cultura política, y que encontró nuevos bríos en la asociación equívoca de dichas reglas con el denostado neoliberalismo, nos puede condenar a una nueva contraposición entre eficacia y reglas de juego, de la que sabemos no puede concluir en nada bueno.

 * Comentario en el Seminario Izquierda, Populismo y Democracia, 27-28 de abril de 2007, Buenos Aires.

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