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Otra vez el antiimperialismo como excusa*

Los intelectuales y publicistas kirchneristas han tenido que poner todo su esfuerzo e imaginación para dar cuenta del último y sorprendente giro experimentado por lo que sería ya excesivo llamar “política exterior argentina”, así que denominaremos, más a tono con el lenguaje que ellos gustan usar, “proyección internacional del liderazgo K”.

Los más tercos, como es el caso del secretario de Cultura de la Nación José Nun (véase su reportaje en La Nación del 30 de diciembre pasado), echaron la responsabilidad por la repercusión del caso Antonini a la prensa opositora, y negaron algo de lo sucedido tuviera importancia, sin aclarar si incluían en esta condena a la intrascendencia la limitación de los movimientos y actividades del embajador Wayne, una medida que ni siquiera Videla en lo peor de su enfrentamiento con Carter se animó a tomar, y el “repudio al gobierno de Estados Unidos” votado por la mayoría kirchnerista del Congreso, acto que nos iguala con democracias tan pujantes como Venezuela y Cuba.

Otros más perspicaces, advertidos de que no se puede tapar el cielo con las manos, y de que tal vez el giro antinorteamericano vaya a prolongarse en el tiempo, tiraron a la papelera todo lo que venían escribiendo y diciendo sobre la “estrategia de seducción” que Cristina estaba desarrollando hacia los centros de poder mundial, y volvieron a los argumentos que tanto habían trasegado en tiempos del default sobre los beneficios y la necesidad moral de “desafiar al imperio”, y los inevitables costos que supuestamente acompañarían ese camino. Carlos Álvarez, Héctor Timerman y otros expertos en sofismas de la Cancillería se han referido ya en muchas ocasiones, tanto en forma oral como escrita, a esta suerte de “economía de la autarquía” propia de la proyección internacional del kirchnerismo. Ella les ha permitido justificar los costos muy concretos que se pagan en la relación con el mundo (escasas inversiones, exclusión de numerosos foros en los que en cambio participan Brasil, México, Chile y otros países serios de la región, etc.) como si se tratara de castigos injustamente impuestos por defender la autonomía y la “dignidad nacional”. Castigos que a su vez confirman tanto la perversidad del orden internacional contra el que se combate, como el alto valor de lo que se obtiene a cambio, “ser libres”, evitar las relaciones carnales, etc.. El propio canciller Taiana avanzó en esta peligrosa dirección en su mensaje de fin de año, cuando advirtió a los funcionarios a su cargo que el principal objetivo de su gestión era “defender la dignidad del país y de sus gobernantes”.

En defensa de la dignidad se han hecho muchas cosas en Argentina. Y las más diversas propuestas políticas han utilizado el lenguaje antiimperialista, para unir lo irreconciliable frente a un enemigo externo superpoderoso, y para ganar voluntades exaltando la paranoia y el fantasma de la conspiración antipatriótica. Pero en pocas ocasiones se echó mano a esas armas desde el poder, para sostener la postura internacional de un gobierno. Dos de esos antecedentes han estado alterándonos el sueño a muchos en los últimos días, porque corresponden a las ediciones sin duda más vergonzosas y negras del recurrente desfile internacional de nuestras miserias nacionales: una es la denuncia de la “campaña antiargentina” realizada por Videla contra Carter; la otra, la supuesta lucha por la dignidad que se habría librado en la guerra de Malvinas.

Recordemos que en ambos casos el imperialismo yanqui y sus aliados estaban empeñados en destruirnos. Y recordemos también que los gobiernos de turno se salieron en las dos ocasiones con la suya: lograron movilizar las pasiones nacionales que tanto entusiasman a intelectuales como Nun y compañía, unificando a pueblo y gobierno contra los que “agredían a la nación”. Claro que eso duró poco, y al final del camino las consecuencias fueron nefastas, y los costos enormes. Pero en el ínterin las autoridades pudieron darse sus baños de pueblo y encontrar excusas para seguir adelante.

Ciertamente lo que está en juego hoy no es algo tan dramático como en aquellas ocasiones, y por tanto el daño esperable de estas autarquías tan virtuosas de nuestros gobernantes es mucho menor que entonces. Pero nada de eso quita mérito a quienes celebran o participan del revival antiimperialista.

Borges se alarmaba, hace ya décadas, de cómo avanzaba el espíritu provinciano en nuestro medio intelectual, a medida que se las ingeniaba para enemistarse con el mundo. La visión que muchos argentinos, académicos, periodistas y políticos argentinos, tienen de lo que hace o pretende hacer Estados Unidos con nosotros es la más fiel expresión de ese espíritu: los suponemos culpables del militarismo local, cuando a todo lo largo del Siglo XX nuestros militares no hicieron más que buscar la autarquía frente a sus colegas del norte; los acusamos de inventarnos una deuda externa impagable, cuando ningún otro país desarrollado hizo tanto por ayudarnos a pagarla (los europeos siempre fueron mucho más mezquinos), a disimular nuestros incumplimientos y, finalmente, a salir airosos del descomunal paga dios del 2001; por último, les reprochamos interferencia en nuestros asuntos internos para favorecer sus intereses, y si ha habido intentos de interferencia, como en el caso de privatizaciones, acuerdos de comercio, etc., en general podemos decir que las reglas del fair play se violaron mucho más aquí que allá. Sería absurdo decir que Estados Unidos es un dechado de virtudes incomprendido, objeto de ataques motivados en la mera ideología o el resentimiento tercermundista, pero si hay un país en relación al cual la diplomacia norteamericana puede considerarse bastante satisfecha de lo que hizo o intentó hacer en las últimas décadas ese país es Argentina. No comprenderlo nos vuelve no sólo provincianos ingratos, sino comediantes condenados a repetir una partitura gastada y sin sentido.

Publicado el 02/01/08 en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina, Política Exterior, Populismo.

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