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Trelew, la épica y la ética de la víctima: cuando la guerrilla argentina pareció ser “un pez en el agua”*

La investigación judicial de la masacre de Trelew es una buena ocasión para hacer también una revisión histórica sobre el proceso político que dio marco a aquel trágico hecho, que él a su vez habría de condicionar de modo decisivo. Porque no se trata sólo de conocer las responsabilidades que le caben a cada quien en esos, así como en otros muchos, hechos de violencia política de los años setenta. Sino de comprender el por qué como sociedad nos fuimos internando en una situación en que la violencia se volvió cada vez más presente, y más tolerada.

Trelew reviste en este sentido una particular significación: bajo ese nombre se evoca no sólo una tragedia humana que, por sus dimensiones y ribetes de crueldad, provocó entonces una enorme conmoción, y todavía hoy nos conmueve, sino que ella es, o fue al menos entonces, también una “lección”, una experiencia cargada de significación de la que todos los actores políticos pudieron extraer enseñanzas para orientar sus planes futuros, y para cargarse de la voluntad necesaria para llevarlos a cabo. Trelew, tanto o más que el Cordobazo, o Ezeiza, marcó a fuego a los protagonistas de la Argentina de inicio de los años setenta, y preparó el terreno para lo que estaba por venir.

En particular fueron los directos involucrados en los hechos, las guerrillas y las Fuerzas Armadas, los que con más ahínco aplicaron lo que “aprendieron”, o creyeron aprender, de la masacre, como premisas de su acción posterior. Pero lo cierto es que prácticamente toda la sociedad participó de algún modo de esas lecciones, y en general lo hizo de forma cambiante, ambigua, cuando no oportunista.

Las organizaciones armadas asumieron desde entonces, como un dato parametral de la lucha política en que estaban inmersas, que mientras más abiertamente se lanzaran los militares a la represión, más ilegítimo se volvería su accionar y mayor prestigio ganaría en cambio en las masas la acción revolucionaria. Se trataba por lo tanto de “forzarlos a salir de los cuarteles” como muy gráficamente expusieron los líderes de Montoneros y el ERP en reiteradas ocasiones en los años siguientes.

Es que la masacre generó una ola de solidaridad social e incluso de identificación con las víctimas, y por extensión con sus acciones y proyectos, hasta poco antes impensable. Que quedó reflejada y a su vez fue potenciada por la decisión del Partido Justicialista de velar en su sede central a los muertos, y reconocerlos como “propios”. Sin Trelew, hubiera sido también impensable que en el espacio de unos pocos meses, entre fines de 1972 y principios de 1973, las muy acotadas estructuras de esas dos organizaciones se nutrieran de miles de jóvenes, que literalmente se abalanzaron tras las banderas de la lucha armada en cada manifestación callejera, en cada mitin político de aquellos meses.

La dirección de los grupos armados concluyó de ello que las masas estaban “quemando etapas”, y se ingresaba a paso acelerado en una situación prerrevolucionaria, que la chispa de cualquier nueva acción represiva, cuanto más inclemente, con mayor seguridad, haría estallar.

Por cierto que el clima reinante por varios costados alentaba a desatender cualquier otra consideración y a cometer el error de magnificar esta eficacia de Trelew. La apresurada retirada militar encabezada por Lanusse parecía ser el equivalente local del ejército norteamericano humillado por el vietcong. Sobre esa y otras igualmente exageradas asociaciones e imágenes sobrevolaba la épica del combatiente, el que inmolándose se multiplicaba porque hacía cundir el ejemplo de su absoluto compromiso y convicción moral. No importó que Perón y las estructuras oficiales del peronismo pronto cambiaran de idea, y sin solución de continuidad decidieran combatirlos por derecha y por izquierda. Tampoco que las listas de bajas y el clima de violencia cotidiana se extendieran, desde Ezeiza en adelante, a un ritmo apabullante: las guerrillas creían haber logrado en corto tiempo, quemando etapas, lo que Mao recomendaba debía perseguir todo buen revolucionario (y que según él requería por norma largos y sostenidos esfuerzos): moverse en el seno del pueblo “como un pez en el agua”; y asumían que la solidaridad conquistada permitiría reemplazar con creces a los caídos y volver irreversibles la irrepresentatividad e ilegitimidad de los políticos burgueses y de las Fuerzas Armadas.

No contaban con la volubilidad de esa sociedad, que sólo brevemente (y en un porcentaje, aunque importante, no tan mayoritario como soñaron) las acompañó, y rápidamente, tan rápido como el viejo general, se olvidó de ello, pasando a responsabilizarlos por el caos y el temor crecientes. Así, a escasos meses de proclamada la “primavera de los pueblos”, las guerrillas ingresaron en una escalada de la que se negarían una y otra vez a replegarse, contribuyendo con más y más inmolaciones, propias y ajenas, a forjar un clima muy distinto al de Trelew, en el que se volvió justificado a los ojos de la mayoría de los argentinos una solución final para la amenaza revolucionaria, más exagerada que real, que ellos encarnaban.

Es que, en el ínterin, las Fuerzas Armadas habían extraído de los hechos de Trelew una lección muy distinta que la de sus enemigos. Aunque igualmente extrema y, en gran medida exagerada, dicha conclusión iría dando forma a un inédito y no menos ambicioso plan de acción, que en las coyunturas que se sucedieron les permitiría ser mucho más efectivas que en el pasado, y que sus enemigos, para ganarse el favor de la sociedad, acumulando poder y legitimidad para ejercerlo a voluntad. Si bien, a la postre, ese plan desembocaría en una tragedia incomparable con todo lo sucedido hasta entonces, que no sólo enlutaría al país sino que sellaría el propio destino institucional y político de sus promotores.

Advertidos de que no era fácil quebrar la resistencia de las organizaciones guerrilleras en las prisiones convencionales (la fuga que antecedió a los fusilamientos así lo probaba, y había muchos otros ejemplos de ello), y de que exponer los detalles de una estrategia de aniquilamiento que resolviera ese primer inconveniente podía volver a crear mártires y solidaridad con las “víctimas” en la sociedad (o por lo menos en el exterior), se convencieron de que la solución debía ser a la vez definitiva, inclemente y clandestina.

No volverían entonces a cometer los errores (y horrores) de Trelew, pero para cometer otros peores: pensando que las desapariciones les permitirían sacar un máximo provecho de las técnicas antisubversivas, con un mínimo del costo político a ellas asociado, actuaron bajo el supuesto de que así como en ese momento a pocos importaba la legalidad de los procedimientos y los derechos en general, ni aquella ni estos importarían tampoco en el futuro. Cuando en cambio debían haber aprendido de la suerte que estaban corriendo sus enemigos, no sólo por sus manos, sino por las de una sociedad civil y política que en porciones significativas tan rápido se volvía permeable e incluso entusiasta con una justificación ética de la violencia, como con su contraria, y se las ingeniaba siempre para mimetizarse con las víctimas del momento.

* Publicado el 9/03/08 en La Nación

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