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¿Un monopolio político?*

Advertido de que la gestión de Cristina no empezó del todo bien y su popularidad va en picada, el oficialismo barrunta cambios en el gabinete. Algunos ministros y secretarios probablemente sean reemplazados antes de lo que esperaban.

Aunque tal vez puedan respirar tranquilos por un tiempo más, porque la prioridad de los líderes kirchneristas no está puesta en mejorar la gestión, sino en asegurarse el blindaje político-partidario que está detrás de la llamada “normalización del PJ” y que, especula, le permitirá quitarle sustento a eventuales competidores (un Macri presidenciable con apoyos peronistas y/o una coalición legislativa “progresista” que remede a la Alianza de 1997), y hacer perdurable su preeminencia hasta 2011 y más allá. Y el problema es que concretar esto último es, en alguna medida al menos, contradictorio con atender a lo primero.

Como ya se vio en los años de Néstor, por encima incluso de su afección por el coyunturalismo económico y la polarización ideológica, el kirchnerismo funda su estrategia de poder en quitarle sustento institucional y organizativo a sus opositores. Lo hizo dentro del PJ y también fuera de él, hay que reconocer, con gran éxito. No es de asombrarse por tanto que pretenda ahora consolidarse como cuasi monopólico titular de los recursos institucionales y organizativos de la política argentina, imponiendo sus reglas y condiciones a un renacido PJ, y terminando de debilitar a los demás partidos y liderazgos. Macri ya está padeciendo la fuga de sus apoyos de filiación peronista, por efecto de la atracción que ejerce el renacido “pejotismo” tanto como por la continua borocotización de legisladores impulsada desde la Jefatura de Gabinete nacional. El socialismo corre el riesgo de seguir los pasos de los radicales y dejar de ser un partido mínimamente cohesionado, por obra del divisionismo que introducen ofertas de cargos y recursos lanzadas oportunamente desde esas mismas oficinas. En cuanto a la Coalición Cívica, la sospecha es que no hay mucho de qué preocuparse: su propia líder se seguiría dando maña para que no prospere.

El blindaje político partidario puede converger con algunos oportunos cambios de personal en el Ejecutivo. En particular entrarían en esta condición los que tendrían por víctimas a algunos transversales por los que el oficialismo advierte ha estado pagando más de lo que valen: ni ellos le proveyeron mayores réditos electorales, según los cómputos de los últimos comicios, ni han mostrado mayor eficacia en la gestión. Cultura, Defensa, áreas de Cancillería y Desarrollo Social están en la mira de los Kirchner, y seguramente de sus nuevos aliados o los aspirantes a serlo, tanto del PJ como de otras procedencias.
La aspiración de esos transversales por recuperar terreno, o al menos no perder del todo el que conservan, a través de algún tipo de organización que los reúna (en los últimos días hubo varios llamados en este sentido de sus referentes), para prosperar, debe poder superar al mismo tiempo los recelos históricos existentes entre ellos y su falta de identidad común (que ya les dificultaron la tarea de coordinar esfuerzos cuando los vientos soplaban en su favor pero todos preferían ser cabeza de ratón a cola de león) y la fuerza centrífuga de la renacida identidad pejotista. Peor aún, si prospera la integración del peronismo a la Internacional Socialista, que parece querer impulsar Néstor Kirchner, los transversales se las verán en figurillas para explicar por qué son oficialistas pero no peronistas, y muchos se darán cuenta que es mejor reiniciar sus carreras políticas como cola de un aútentico león en vez de sobrevivir penosamente en el limbo o tratar de inventar gatos nuevos de dudosa identidad.

Pero en verdad, ninguno de estos eventuales cambios rozará siquiera el núcleo de la gestión de Cristina, y origen de sus problemas crecientes de popularidad. En Economía y Planificación, donde se cuecen las habas de la inflación, la energía, las obras y los subsidios, parecen correr por carriles separados las preocupaciones de corto plazo que agitan el ánimo de la presidente, y los cálculos de mediano y largo plazo que se hacen en la conducción estratégica oficialista: ésta pareciera convencida de que las cosas pueden seguir como van por bastante tiempo, que creciendo a buen ritmo un nivel de 20-25% de inflación es tolerable y aún provechoso para disipar conflictos, y aunque Cristina llegue agotada al 2011 se retendrá un control suficientemente amplio de la situación como para definir el candidato que le siga; aquélla, claro, está más preocupada por no hacer un deslucido papel, y no superar jamás el rol de vicaria, y también porque tal vez sospecha que de continuar esos problemas y su caída en las encuestas, ni el más perfecto blindaje partidario podrá evitar una fuga de los electores.

¿Quién tiene razón? Se entrelazan en esta interrogación dos problemas, que no son tan nuevos como parecen para los argentinos. De un lado, el marcado desajuste existente entre el poder institucional y partidario que ha sabido construir el kirchnerismo, y sus acotados éxitos electorales: aunque el sistema político argentino no es competitivo, la sociedad sí lo es y puede reclamar cambios, aún apostando por algún aventurero sin partido, gobernadores ni sindicatos detrás. Y la cuestión es determinar si va a primar el sistema o la sociedad (y si es bueno que prime ésta o aquél). Del otro lado, la sustentabilidad de un esquema económico que depende más aún que en tiempos de la odiada oligarquía de una superrenta agrícola, que no se puede saber hasta cuándo y para cuánto va a alcanzar.

Es difícil imaginar que la actual presidenta sea capaz de lidiar con los problemas económicos si estos empeoran. El doble comando se revelará en ese caso seguramente como lo que es, un comando y un vicariato. Y no importará entonces demasiado quién sea el ministro de Economía (el chiste que circula al respecto entre los economistas es cruel pero revelador: “Lousteau ejercerá de Ministro el día que Cristina lo haga de presidente), e importará en cambio mucho más que hasta aquí cómo funcione el partido: si Kirchner logra o no lo que a Perón le resultó imposible en los cincuenta, y de nuevo en los setenta, disciplinar a los sindicatos y a todos sus demás seguidores para que los salarios y el gasto público se sacrifiquen durante un tiempo para poder bajar la inflación y alentar las inversiones.

Publicado en El Economista

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