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Peor, imposible*

Hace un mes o dos cualquiera que hubiera pronosticado que el gobierno iba a enfrentar una crisis política gravísima, que iba a quedar acorralado por un paro implacable de un sector productivo que, encima, mayormente lo había apoyado en las elecciones, y que iba a perder totalmente la compostura y la racionalidad mandando a que sus camisas pardas apalearan opositores en las calles de Buenos Aires, hubiera sido tachado de delirante. ¿Cómo fue que sucedió algo casi inconcebible, sino imposible? Para una serie de acontecimientos tan difícil de entender como esta, incluso una explicación delirante como la que el gobierno escogió, según la cual él está enfrentando una conspiración de todas las fuerzas del mal, durante años soterradas y que quieren la desdicha del pueblo argentino, puede lograr algo de crédito. Afortunadamente, sus llamados a una guerra santa contra el “enemigo del pueblo” aún no alcanzaron mayor impacto. La mayoría de la audiencia, incluso porciones importantes del partido oficial, como mostró la raleada concurrencia del acto de Plaza de Mayo, se mantienen a la expectativa y en una difusa (y hasta diría que sana) confusión. El problema es que de perpetuarse en el tiempo esta confusión, y dado que las circunstancias probablemente en el futuro próximo empeorarán (inflación creciente, más escasez de algunos bienes, nuevos choques entre sectores, etc.), en ausencia de alternativas mejores una parte de la sociedad puede comprar el delirio oficialista, al menos para poder encontrarle algún sentido a lo que sucede a su alrededor. Es por ello que reviste una importancia crucial explicar lo que sucede, sino objetivamente, al menos con un mínimo de honestidad y prudencia.

Lo evitable y lo inevitable

Ante todo, el por qué. Es muy triste decirlo, y tal vez suene demasiado tajante, pero un factor imposible de obviar es que estamos frente a un gobierno que, pese a que cuenta con innumerables recursos de poder y enfrenta circunstancias bastante holgadas, es capaz de generarse a sí mismo gravísimos problemas porque dispone de poquísimas capacidades políticas y se orienta con diagnósticos de situación muy errados y, sobre todo, con preferencias muy poco prácticas. Una comparación a este respecto con el vilipendiado gobierno de De la Rúa puede resultar ilustrativa: De la Rúa y su gobierno cometieron muchos errores, qué duda cabe, pero si analizamos retrospectivamente las circunstancias que enfrentaban podemos decir que aún evitando esos errores era muy difícil que terminaran bien, podían elegir, como llegó a decir un funcionario de Economía de aquellos años, entre muerte lenta o suicidio; eso no los disculpa claro, porque lo cierto es que eligieron mal; pero ilustra el punto de que a los gobiernos hay que juzgarlos no sólo por los resultados que ofrecen en un momento determinado, sino por el modo en que aprovechan las oportunidades que se les presentan y sobre todo por el modo en que enfrentan o evitan problemas. A este respecto, la comparación deja a Cristina Kirchner bastante mal parada: no fue una confluencia de factores fuera de su control, ni una circunstancia económica estructural lo que generó la crisis con el campo, fueron sus propias acciones y decisiones; y paso a paso ellas fueron empeorando la situación, hasta el punto en que los daños autoinfligidos y los impuestos al conjunto de la sociedad fueron ya insoportables. Si algo aprendimos de esta experiencia es que la presidente y quienes la acompañan tienden a comportarse más como intelectuales que como políticos, no aspiran a resolver problemas de gobierno, si no a mostrar que tienen razón, incluso a costa de su propia destrucción. Algo verdaderamente preocupante. Tal vez comparable en parte a lo que conocimos en tiempos de Galtieri, también más preocupado por la “dignidad” que por gobernar.

Verdades autoselladas y control de caja

Entre los problemas que encontramos en las motivaciones del gobierno a actuar como actúa no es ese el único que nos recuerda a la última dictadura: hoy también proliferan como entonces las verdades autoselladas. Los Kirchner dicen que enfrentan una amenaza golpista, una derecha salvaje, videlista. Eso legitimaría mucho de lo que hacen, pues obligaría a la sociedad a optar entre ellos o el demonio, y se entiende entonces que recurran a ese argumento. Pero más grave que la manipulación es que se crean en serio lo que dicen, porque en un caso puede imaginarse que, cosechados los frutos de la polarización, se volvería a un juego más abierto y transaccional, mientras que en el otro, no dejará de insistirse en ahondar la brecha entre el pueblo y sus enemigos, hasta poder excluir, y eventualmente eliminar, a éstos últimos. Y lo cierto es que hay demasiadas evidencias que sugieren que la presidente, y muchos de quienes la acompañan, creen sinceramente en que la lucha que tienen por delante responde a esta lógica. Nunca como en estos días estuvimos tan cerca de la Venezuela de Chavez. Y los argumentos sobre las enormes diferencias estructurales entre ese caso y el nuestro puede que no alcancen, porque el odio, como la locura, es contagioso, y basta que se insista lo suficiente y se encuentren las efectividades conducentes necesarias para que ese camino quede definitivamente abierto.

El factor que se ha revelado como abono más potente para abrir este camino es el de los derechos humanos. Ello merece una referencia especial. Como Menem en su momento, el kirchnerismo parece actuar como un Midas al revés. Entonces fue el ideario liberal, utilizado para justificar reformas que en gran medida apuntaban a satisfacer intereses más inmediatos y mezquinos que la creación de un capitalismo abierto y competitivo, y entregado luego a la furia de las masas como responsable de todos los males, para disculpar al movimiento que las había instrumentado y al menos a una parte de sus beneficiarios. Hoy sucede algo semejante con la “lucha por los derechos humanos” y los juicios contra sus violadores: ellos parecen hilar las batallas del presente con una larga historia de luchas entre el pueblo y abusadores de todo tipo, y proveen al partido gobernante de la fuerza de voluntad y la conciencia moral necesarias para justificar las más diversas decisiones, y diluir las múltiples evidencias existentes en cuanto a la incompatibilidad entre muchas de ellas y un efectivo respeto de los derechos, así como a disculpar la conversión de enemigos en socios y aliados, cuando no en funcionarios, por medio de transmigraciones del alma que el pañuelo blanco viene oportunamente a bendecir. La referencia a Midas podría hacer pensar que, hoy igual que en los años noventa, estamos frente a un uso perverso de materiales nobles. Pero la realidad es más compleja: si los Kirchner pudieron cooptar al movimiento de derechos humanos casi en su totalidad ello se debió en gran medida a que en él, igual que en los liberales de una década atrás, había una disposición a ser cooptados, una creencia en que el peronismo del momento era el vehículo adecuado, el único imaginable, para la realización de sus metas ideológicas y programáticas. A la postre el daño a las ideas con que se embandera este movimiento puede ser enorme. Pero por de pronto lo más preocupante no es eso, sino el efecto nocivo que ellas tienen en el debate público, las mistificaciones y fantasmas que movilizan y lo difícil que se vuelve, en ese marco, discutir sobre problemas concretos. El efecto de la cooptación, en lo inmediato al menos, es entonces que cualquier supuesto o efectivo vínculo que pudiera en el pasado haber habido entre “lucha por los juicios a los militares del Proceso” y ampliación de la democracia, vigencia plena de los derechos en el país, pluralismo, libertad y demás queda al menos afectado, sino suspendido. Más nos vale evitar por tanto cualquier referencia a esa lucha, a sus promotores y sus contrapartes fuera de su específico campo de incumbencia, y velar porque el balance final de sus aventuras peronistas no sea tan nefasto para la APDH como lo fue para el CEMA.

Por último, podría creerse que en la larga serie de errores que cometieron los funcionarios de economía en la formulación, presentación y defensa de las retenciones móviles se evidencia simple y exclusivamente torpeza. Y que en la fórmula pergeñada para intentar dividir a los huelguistas no hay nada más que una mera extensión de la lógica del subsidio a un nuevo sector. Pero hay más, mucho más, que errores y continuidad: el modelo económico denominado presuntuosamente “productivo” ha llegado a un atolladero, y el gobierno lo sabe. Ante ello, el modelo político de concentración de recursos y poder que lo acompaña y justifica no pudo imaginar otra solución que redoblar la apuesta en una fuga hacia delante, politizando al extremo el manejo de la economía. Ello significa, en el caso que nos ocupa puntualmente, incorporar como cliente al único sector relevante de la sociedad y la economía que todavía no lo es, y condenar a la perdición a los que no se avengan. Como siempre ha sido, el kirchnerismo no se conforma con tener los votos de un sector, su aquiescencia, sino que pretende hacerse del control de todos los bolsillos y someter todas las voluntades y conciencias. Pero en la medida en que su control es más amplio es también más frágil y está más amenazado por la inconsistencia y la presión de demandas cruzadas. Por lo que el gobierno se ve obligado a hacer algo más: anunciar que sólo habrá fugas hacia delante cuando se enfrente a este tipo de desafíos, porque no hay plan B, como muy elocuentemente dijo un funcionario, y se preferirá siempre la guerra antes que lo que se entienda como “un mal arreglo”. Se ha ingresado así, sin muchos prolegómenos, a un juego que gira en torno a la amenaza del “conductor enloquecido” de producir un accidente si se lo molesta con impertinencias, a partir de la renuncia expresa del gobierno a disponer de libertad de maniobra o considerar siquiera la eventualidad de ceder. Lo mismo que decirnos que nadie podrá desde ahora viajar tranquilo, porque el chofer ya no lo está.

* publicado el 3/4/08 en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Politica Argentina, Politica Económica.

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