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Los argentinos frente a la incompetencia política

Todos los esfuerzos que hace un tiempo debíamos hacer para explicar los problemas que subyacen desde hace mucho tiempo en la política argentina en términos de sus mecanismos y procesos de representación política -que el éxito del kirchnerismo, si bien no había resuelto, mantenía en alguna medida velados- se fueron a la basura. Porque los problema no subyacen ya, se pasean muy orondos por la calle. La pretendida astucia de señalamientos sobre las dificultades existentes detrás y en los márgenes y resquicios de un orden aparentemente triunfante, se ha transformado en una búsqueda desesperada de razones de un nuevo y tal vez más difícil de explicar y justificar que nunca, fracaso argentino.

No podemos pasar de largo ni tratar ligeramente esta recurrente frustración política y con la política que nos es tan propia, y de la cual la situación actual creo es un nuevo y revelador episodio.

La indisposición a pensar el problema se revela muchas veces en la adopción de fórmulas convencionales que sólo en apariencia lo explican: los políticos argentinos son un desastre, los argentinos no tenemos educación, o cosas por el estilo que pueden servir tanto para una de cal o para una de arena.

Aunque por cierto una consideración general hay que hacer: no puede desmentirse ya que recurrentes traspiés políticos hablan bastante mal de nosotros. En mi opinión, revelan que los argentinos y nuestras instituciones padecemos de una considerable incompetencia política. De ella hay que dar cuenta para comenzar a hablar de política argentina, de reformas políticas posibles, es decir, de vías para remediarla. Y una mirada sobre la historia política y en particular la historia reciente es necesaria. Porque otra cuestión bastante evidente que debemos asumir es que la democracia, por el simple paso del tiempo, no está mostrando poder resolver esa incapacidad política. Ya echarle la culpa al pasado remoto, incluso a la última dictadura, después de 25 años de gobiernos democráticos, elecciones y prensa libre es un poco difícil.

Recordemos a este respecto que la democracia no es sólo un método para que se exprese el pueblo, como muchas veces se ha señalado, es además un mecanismo para que él se eduque políticamente, es decir para que nos gobierne no sólo el mayor número sino la virtud, o al menos, tendencialmente, darle la mayor cabida posible al progreso y el predominio de las virtudes sobre los vicios. Y pareciera que entre nosotros no está dando el resultado esperado, al menos no todo el que quisiéramos.

Al respecto un chiste que seguramente ustedes conozcan, y me adelanto, creo que es injusto, puede ser, alterado en sus términos, revelador del problema general al que me estoy refiriendo: el chiste dice que Dios dio a los argentinos tres virtudes, ser peronistas, inteligentes y honestos, pero nos jorobó porque cada uno sólo puede tener dos de ellas. Una expresión de extremo antiperonismo, sin duda, aunque a mí me lo contó un peronista extremadamente inteligente. Lo cierto es que, entre nosotros, es muy escasa la disposición de la gente capaz y honesta a participar en política. A involucrarse en ella no sólo en términos de militancia o actividad partidaria, a tomar parte incluso en términos de espectador crítico, y educarse políticamente en consecuencia. Al respecto tal vez más revelador que la poca o cuestionable formación de nuestros políticos, lo sea la de nuestro periodismo.

Sin duda, la velocidad que ha adquirido el deterioro de la situación política revela la enorme fragilidad de la hegemonía previa, precisamente en el momento en que ella había alcanzado mayor alcance institucional. Nunca fue tan poderoso el kirchnerismo como cuando se desbarrancó al abismo. No es la primera vez tampoco que se ha producido esta secuencia. Aunque tal vez nunca estuvo tan claro como ahora que fue la propia acción del poder gubernamental lo que motorizó la crisis. Así, los dueños de la situación en la víspera se vuelven objeto de todo tipo de reclamos, incluso muchos de ellos convengamos que exagerados o imposibles de satisfacer, con lo que pagan por su soberbia. Pero también por serias dificultades objetivas del sistema político en cuyo marco actúan.

Porque convengamos en que se trata de una crisis del vértice del poder, pero también de la sociedad, las fuerzas de oposición y las mediaciones institucionales entre aquél y éstas. A este respecto hay al menos tres problemas sobre los que conviene detenerse:

– En primer lugar, el carácter tendencialmente faccioso y al mismo tiempo muy fragmentado y débil de las representaciones sectoriales. Ellas padecen una seria desconexión respecto del mundo de la política partidaria, están inermes frente a la emergencia de líderes espontáneos casi imposibles de encuadrar en estrategias cooperativas y negociadas, y por tanto enfrentan serias dificultades para negociar, y para prevenir cursos de acción que generen costos para todos.
– En segundo lugar, la disposición de amplios sectores a enamorarse de este tipo de líderes espontáneos inclementes revela una escasa valoración de los mecanismos de mediación y de las soluciones transaccionales en la sociedad, y en cambio una exaltación de las estrategias no colaborativas, incluso confrontativas y oportunistas.
– Muchos espacios institucionales que debieran ser competitivos y abiertos a la auscultación pública, no lo son, y al revés, espacios que deberían preservarse de la competencia y de la visibilidad pública, en cambio, están sometidos a la lógica de la plaza y la aclamación. Para poner un ejemplo, en el Parlamento está muy mal visto que no se discuta todo en el plenario, y las comisiones, a diferencia de lo que sucede en otros países, no deciden casi nada, con lo que a los partidos les cuesta mucho negociar leyes; en cambio, hay cada vez más distritos en los que las elecciones no son competitivas, no se asegura un mínimo pluralismo en la prensa, y cada vez más decisiones sobre el manejo de recursos se toman fuera de la vista pública.

Aunque para bien o para mal la reciente crisis ha revelado la falsedad del apotegma según el cual “sólo los peronistas saben gobernar” (y también en alguna medida el que señala que “sólo el peronismo puede resolver los problemas que él mismo crea”), lo cierto es que la democracia argentina aún no es plenamente competitiva, y más bien ha evolucionado en los últimos años a nivel nacional en dirección contraria a serlo. La construcción de partidos, como de cualquier otra institución, es mucho más lenta y dificultosa que su destrucción. Y seguramente pasarán años hasta que se conformen fuerzas tan estables y maduras como las que con sana envidia podemos ver actúan en muchos países de la región, incluso algunos que durante demasiado tiempo quisimos mirar por encima del hombro. La construcción de partidos es, sin duda, por lo tanto, una de las cuestiones más urgentes e inescapables que tenemos por delante, y a este respecto cabe hacer un elogio de los recientes pasos adoptados desde el oficialismo: la recomposición del PJ puede significar una verdadera innovación institucional y alentar a los demás actores a invertir esfuerzos para crear organizaciones, y no simplemente para cazar los votos que el gobierno de turno pierda.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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One Response

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  1. Marcos Novaro says

    Este texto está lleno de buenas intenciones pero es difícil que con la velocidad que está adquiriendo la crisis no predominen las apuestas de coyuntura tanto en el campo del PJ, lo que se observa ya en el oportunismo de los gobernadores, y sus ventajas para sacar provecho de la debacle kirchnerista, y también en la oposición, donde el discurso milenarista de Carrió está prendiendo y la principal figura nacida de la protesta, De Angeli, no es para nada mejor. En fin, no se le pueden pedir peras al olmo, un poco de oportunismo es casi inevitable, y los más prudentes, por n practicarlo, dejan el campo a los más audaces e irresponsables.