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Las batallas culturales del kirchnerismo*

La  Carta Abierta que intelectuales kirchneristas han dado a conocer días pasados, contra lo que llaman el “clima destituyente” instalado en el país, contiene una serie de afirmaciones bastante imprecisas sobre la situación política. Por ejemplo, cuando arranca denunciando “cuestionamientos hacia el derecho y el poder político constitucional que tiene el gobierno de Cristina Fernández para efectivizar sus programas de acción, a cuatro meses de ser elegido por la mayoría de la sociedad”. Lo cierto es que la mayoría no la votó. Eso no le quita legitimidad, claro, pero falsear también estos datos de la realidad parece ser una necesidad para quienes quieren sostener contra toda evidencia que hoy el pueblo está de un lado y el antipueblo del otro. Tampoco es lo mismo cuestionar el “derecho” que el “poder” del gobierno: lo segundo es totalmente legítimo, más todavía, es parte del esencial derecho constitucional de todos aquellos que se oponen a una política, legítimamente tratan de refrenar o debilitar el poder de aplicarla, y no tiene nada que ver con un “reconocible desprecio por la legitimidad gubernamental” que los firmantes de la carta ven en los “parecidos ostensibles” entre consignas de los opositores de hoy y los golpistas de antaño, un argumento por demás forzado que sólo sirve para negar legitimidad a los reclamos bastante puntuales que se le hacen hoy al ejecutivo.

En cambio el documento es mucho más preciso en lo que parece su objetivo esencial en el propio campo intelectual: plantear una batalla cultural contra los “poderes de la dominación” desde lo “político emancipatorio” y “la pluralidad de un espacio político intelectual lúcido en sus argumentos democráticos”. Todavía no lo es tanto en lo que describen como una “escena social dominada por la retórica de los medios de comunicación y la derecha ideológica de mercado”: los medios más concentrados, e incluso muchos de los afines al neoliberalismo pocos años atrás, han sido tan entusiastas difusores del ideario kirchnerista hasta hace unas pocas semanas que es por demás excesivo identificarlos con un enemigo de derecha, cuya omnipotente presencia es, por otro lado, casi tan inhallable como la de los golpistas. Pero sí en el planteamiento de una autocrítica: “La relación entre la realidad política y el mundo intelectual no ha sido especialmente alentada desde el gobierno nacional y las políticas estatales no han considerado la importancia, complejidad y carácter político que tiene la producción cultural”.

En aras de contribuir al debate que la Carta propone, resulta oportuno preguntarse a qué se debe esta falencia, que indudablemente ha existido y con el tiempo parece haberse agudizado. Ante todo, aclaremos, no puede atribuirse a un desinterés de los líderes oficialistas: Néstor y en mayor medida aún Cristina se han comportado desde el gobierno nacional como “políticos de ideas”, defensores de convicciones fuertes sobre casi todo lo que preocupa a los intelectuales. ¿Podría entonces achacarse el problema a los encargados de mediar e instrumentar ese interés? Más allá de la crítica que puede inferirse de la carta a lo hecho en estos años desde la Secretaría de Cultura de la Nación (y que es en algún sentido entendible: esa repartición ha desplegado una excesiva vocación por generar eventos en los que se confunde quien gestiona la política con quien la protagoniza), lo cierto es que el problema es bastante más amplio: la inscripción de las acciones de gobierno en un horizonte cultural ha seguido por regla general un patrón unilateral, de enunciación monocorde, revelador de que los funcionarios oficiales asumen las convicciones kirchneristas tan férrea como ritual hasta temerosamente. En este sentido lo hecho por Cultura es más bien la excepción, en cuanto hay que reconocer su esfuerzo por abrir debates y contrastar ideas, promoviendo incluso la confluencia entre las cosmovisiones del oficialismo y otras corrientes de pensamiento; esfuerzo que por cierto está ausente en general en el resto de los funcionarios oficiales, y muy paradigmáticamente lo está en su política de comunicación y de medios.

Ella revela un problema más estructural, ya no sólo atribuible a la gestión, sino a la naturaleza de las convicciones kirchneristas, y al modo en que ellas son usadas como guías para actuar: los Kirchner se nutren de una corriente de ideas políticas y económicas cuya credibilidad es concebida por ellos mismos y sus seguidores como precaria, y amenazada. Es la suya, además, una visión del mundo en la que la “lucha ideológica” tiene por principio un papel descollante. El “antineoliberalismo”, cualquiera sea su basamento, marxista, populista, antiliberal o nacionalista ocupa, para sus propios y más convencidos cultores, una posición subalterna entre las tendencias en pugna en el mundo político actual (lo que constituye, acotemos, un serio error de percepción). Y requiere por tanto de mucho más esmero y dedicación para imponerse. De allí que la intolerancia pueda ser al mismo tiempo una respuesta a la “autopercepción de debilidad”, y señal de compromiso y convicción en la necesaria “guerra por las conciencias”: en una cultura política ya desde siempre contaminada de maniqueísmo, los Kirchner introducen una versión de las “convicciones políticas” que les permite descalificar a sus adversarios no sólo porque sus ideas atrasan o son ineficaces, como suelen hacer otros políticos, sino porque expresan la constitución perversa de sus portadores, que los predispone a la mentira y la falsedad. La consecuencia lógica es, claro, un régimen de comunicación que vacune a la audiencia contra estos viciosos, que se cierre a la compulsa de las interpretaciones, y en el que hasta el más elemental de los datos informativos se vuelva un arma ideológica en la lucha por “la verdad”.

Los signos de este comportamiento son harto conocidos: presidentes que no ofrecen conferencias de prensa, ni contestan preguntas, ni dan explicaciones, sólo emiten discursos desde su atril, imponiendo un régimen de comunicación unidireccional y jerárquico, dentro del cual su palabra aspira a disolver toda instancia y recurso de contrastación autónoma, a volverse propaganda en estado puro; el jefe del Ejecutivo concentra y verticaliza como nunca las tareas de comunicación del Estado y el gobierno, estableciendo un monopolio de la emisión desde el vértice y limitando el acceso a fuentes de información a todos los periodistas y medios; además, discrimina dentro de estos entre amigos y enemigos, alentando que los primeros se comporten como publicistas convencidos de un mensaje ya preparado; por último, las negociaciones e intercambios con empresarios del sector, como sucede con casi todos los demás actores, están basadas en amenazas de todo tipo. Todo esto no es del todo desconocido por los firmantes de la carta abierta, y les da incluso más razón de la que dicen tener para reclamar de una vez por todas una política emancipatoria.

Pero eso no es todo, porque si hay que emanciparse como dice la Carta, no es sólo de los corsés que impone la comunicación y el poder gubernamentales, sino también de las propias limitaciones que han dificultado a los productores de cultura a acompañar con nuevas ideas, con innovaciones estéticas y sobre todo con nuevas y más ricas miradas sobre y para el país, la recuperación económica de estos años. En ausencia de una particular penuria financiera, de limitaciones a la libertad de expresión o al acceso a los resortes del estado, es dudoso que los intelectuales kirchneristas puedan achacar estos déficits más que a sí mismos. La pregunta que les cabe hacerse (y nos cabe hacer más en general) es, tras cinco años de un bastante amplio control de los medios estatales, la educación y otros poderosos resortes públicos, qué hemos (han) logrado, qué innovaciones se aportaron a la cultura nacional? Y, si ellas no son todo lo satisfactorias que debieran, ¿a qué se ha debido?

La respuesta tal vez se halle en que el kirchnerismo en general, y sus intelectuales en particular, han sido en gran medida incapaces de articular ideas fuerza movilizadoras, capaces de moldear una época en la vida de la nación, trascendiendo las fronteras sectoriales y de partido. Alfonsín tuvo la democracia, los derechos individuales, la ciudadanía; Menem, la modernización capitalista, la apertura al mundo; ¿Y Kirchner? La misma Carta Abierta encuentra lo más parecido a una idea de similar categoría en la “memoria articulada en la política de derechos humanos”, lo que describe como el rescate de una “experiencia histórica indesligable de los modos de posicionarse comprensivamente delante de cada problema que hoy está en juego”. Pero lo cierto es que tanto en términos de la memoria como discurso histórico, como de la revisión judicial de los crímenes de la dictadura, se ha fallado a la hora de generar amplias y perdurables innovaciones culturales con ellas. Y no precisamente por falta de entusiasmo de los actores respectivos: los revisionistas históricos de toda laya y los organismos de derechos humanos sin duda han sido los dos grupos más característicos y entusiastas de la cultura k. Pero el entusiasmo no es todo. El resurgimiento del revisionismo al que asistimos en estos años, canalizado y en gran medida alentado por los grandes medios de comunicación, como lo prueba el paradigmático caso de Felipe Pigna, criatura del multimedio hoy vilipendiado, no aportó más que lo que ya había en él tres o cuatro décadas atrás, refritando imágenes de la nación y sus enemigos que tienden a agotarse tan rápido como se consumen. En cuanto a los derechos humanos, el uso partidista de sus consignas y sus logros, como dice la carta “en cada problema que hoy está en juego”, hasta para el mezquino fin de poner en aprietos a los propios aliados del gobierno, ha bloqueado la posibilidad de que se nacionalizaran como valor común, provocando incluso un efecto deslegitimador, que tal vez termine mostrando la cooptación por el poder puede ser más dañina que su indiferencia.

* Este artículo fue publicado originalmente en La Nación el día 28 de mayo de 2008.

Posted in Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Politica Argentina, Populismo.

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3 Responses

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  1. Guillermo E says

    Novaro, tu articulo me parece una contribución interesante para tratar de entender nuestra realidad que hoy aparece tan confusa. En particular para aquellos que vimos en este gobierno una esperanza, una nueva posibilidad de construir un “pais en serio”, como alguna vez dijo NK. Me gustaria aportar sobre un aspecto que no mencionás. Me refieron a la diferencia entre el discurso del gobierno y su acción practica. Me parece que el problema de la falta de políticas publicas claras, en casi todos los campos, se debe principalmente a la fabulosa concentración de poder dentro del gobierno. Es evidente que hoy hay una sola persona que piensa y toma decisiones. Lo que hay debajo de ese gran decisor son ejecutores. Y debajo de ellos, poco y nada, porque existe mucho miedo en los estamentos técnicos de la administración de decir las cosas por su nombre. El que se aparta del pensamiento unico, queda fuera del juego. Hay varios Secretario de Estado que estan en esa situación. Lo increible para mí es como es posible -en el siglo xxi- instalar este modo de hacer política, este modo de gestionar el Estado. La idea que para mi mejor explica esto es la debilidad de nuestra sociedad. La falta de instituciones que hagan de contrapeso a este tipo de concentración. De todos modos creo que esto esta llegando a su fin. Pero no veo nada claro para el futuro.

  2. Marcos says

    Estimado Guillermo E, estoy en parte de acuerdo, pero no tanto: mi opinión no es que este gobierno tiene buenas ideas pero las instrumenta mal, en forma autoritaria o personalista, eso es como disculpar a Lenin cargándole todos los problemas a Stalin. Me parece que hay cosas que hacen ruido en las convicciones más íntimas y que más consecuentemente se aplican, no sólo en el vértice, sino en niveles medios, bajos e incluso en la periferia intelectual y no intelectual del oficialismo. Por otro lado, hacés mención a un problema de “la sociedad”, pero a continuación lo explicitás en términos de “falta de instituciones que hagan contrapeso”. ME parece una mirada muy La Nación, a la Botana, no hay república, división de poderes, etc. Creo que las instituciones funcionan bastante bien, o en todo caso, no me parece que haga falta menos poder en el Ejecutivo. El problema que yo veo como más preocupante es que los Kirchner siempre fueron iguales, hicieron este tipo de cosas desde el comienzo, y por varios años, porque les salía bien y las cosas mejoraban, “la sociedad” como vos decís miraba para otro lado, y los medios hacían otro tanto, y ahora se desayunan en que le dieron de comer a un pequeño monstruito y no saben qué hacer, están decepcionados de lo malos que son los Kirchner, pero deberían decepcionarse sobre todo de sí mismos.

  3. nelson says

    El llamado conflicto “del campo” (en realidad de un grupo de empresarios que concentran la mayoria del poder sin necesidad de ningún “atril”, ni “crispación”, ni demas pavadas que nos pretenden hacer creer) no es un conflicto nuevo, como trata de mostrar la dictadura de los medios de comunicacion que entronizaron a De Angeli, el monigote titere de los poderosos. Tiene mas de cien años, desde que la tiranía liberal de entonces nos introdujo en el lugar subordinado al que nos habia condenado la división internacional del trabajo (es decir Inglaterra). Argentina sería desde entonces el granero del mundo civilizado. Y las industrias, y las manufacturas, quien las iba a hacer? Por supuesto, Inglaterra. Además, los sudacas, de que podian quejarse?, si al precio internacional de los alimentos y materias primas, iban a sacar una diferencia… bueno, si, pero eso equivalia a condenar a las poblaciones locales a pagar precios internacionales. De todas formas, al que no le alcanza siempre le queda otra opción: la de morirse de hambre, en el país de la abundancia, claro!, porque todo debe destinarse a la exportación! ¡En el granero del mundo se privilegia a los extranjeros en detrimento de los argentinos! ¡Este es el paraiso neoliberal que fundaron nuestros proceres hace mas de cien años, y afianzaron otros proceres como Martinez de Hoz, Videla, Menem y Cavallo! Nada de industrias: granero del mundo. Quien dice granero dice “acopio”, “almacenamiento”; la producción queda para otros. Y el lomo? ¡Ochenta mangos el kilo! Claro, a los que se empecinaron en no comprender este claro razonamiento simpre les esperaron las mismas consecuencias: campaña del “desierto”, semana tragica, patagonia rebelde, treinta mil desaparecidos, y asi hasta que aprendan que al pais lo manejan las corporaciones de poderosos. Las elecciones son solo una pantalla que encubre que el poder real lo tiene la Sociedad Rural y sus idiotas útiles que con tanto esmero lameran el suelo para juntar las migajas dejadas por los dueños de la tierra. ¡Y pobre de aquel gobierno que se llegue a tomar en serio a los procesos electorales!, porque al que intente aunque sea una tibia reforma se lo derrocará así ´sin más, ya no con golpes de estado militares sino con golpes de estado mediaticos, hechos por las mismas empresas a quienes en otra època “les interesaba el país”; ellos con el rating sí que tienen legitimidad; las elecciones, a quien le interesan?, si los que marcan la agenda política, económica y social son S. Gimenez, Sofovich, Tienelli, Suar, Haddad, Chiche, Longobardi, Gonzalez Barro, Rial, Avilés y Clarinmiente. Sobre ese simpatico gauchito que tanto pero tanto le preocupa el pueblo argentino, que hasta llego a cometer el incalificable acto de decir que prefiere ver morir una vaca antes que alimentar a la gente pobre, sólo digo que me recuerda a otro gauchito simpático de hace justo treinta años: el logo del Mundial Argentina 78 (muy bien calificado por Pablo LLonto como “La verguenza de todos”). Ese gauchito tenía puesta la camiseta argentina; se identificaba, podríamos decir, con la argentinidad misma. Tenía una expresión alegre, ¡claro!, si en la Argentina de la dictadura solo se vivia un clima de alegría; a pesar de eso no faltaba quien afirmara que había “desaparecidos”. Indudablemente era una campaña contra la argentinidad, de los que no quieren ponerse la escarapela y la camiseta celeste y blanca. Hasta podría llegar a decirse que los desaparecidos de hoy son todos los chicos que mueren de desnutrición, los campesinos del MOCASE, MOCAJU, y otros que no tenen representación en la “Mesa del Desenlace”, y en quienes no piensan los “cuatro señores que no fueron elegidos por nadie”. Esta y no otra es la verdadera catadura de los hijos de remil puta del campo; los mismos que golpearon siempre las puertas de los cuarteles y no se bancan un gobierno nacional y popular ni a los derechos humanos, a los que se agregan también los caceroleros de teflon, que quieren ser clase merdia al costo de ver mucha miseria alrededor, no importa, mientras se salven ellos, que se caiga el mundo; y para eso evocan el método pinochetista de la cacerola de teflon, de los ricos que no quieren compartir ni entienden que la patria somos todos. El gauchito del 78 tenía en la mano una fusta, como indicando que al que no comparta su alegria patriotica le esta esperando no solo la fusta sino la deaparicion, la ESMA, la tortura y los vuelos de la muerte. Todo eso quieren los Miguens, los Buzzis o Bussis, los LLambias, los CARGARC y los De Angelis: neoliberalismo y concentracion de riqueza, o muerte al que no lo entienda. Y todo el tiempo los medios de comunicación transmitiendo en cadena cada expresion del monigote mediatico sirviente de la oligarquia. Que lastima que no lo transmitieron cortando pantalla, y mostrando a la vez miles de litros de leche derramada !
    A pesar de todo el balance es positivo: el golpe de Estado mediático fracasó, y como si fuera poco, el gobierno nacional y popular logró imponer la agenda (algo de lo que Novaro sabe bastante, ya que lo estudié en Ciencia Politica): los temas de los que hoy habla la mayoria de la gente son la redistribución del ingreso, la renta agraria, si está bien que haya unos pocos que acumulen mucho y muchos que vivan en la pobreza en el campo. Todavía falta algo más: se viene la Ley de Radiodifusión.