Skip to content


¿Reprimir o negociar?

Después del intento del sábado 14 de detener a De Angeli, se ha puesto en discusión otra cuestión más en la ya muy poblada polémica sobre el conflicto agrario: puede reprimir el gobierno los cortes de ruta? Debería hacerlo? Y en todo caso, cómo? Edgardo Mocca se jugó bastante abiertamente a este respecto sosteniendo que es la única opción que le queda. Su argumento, expuesto el domingo 15 en Página 12, es el siguiente: si cede pierde no sólo en este punto sino toda su autoridad y no tendría más futuro, si se mantiene en sus trece y espera que el conflicto se agote corre riesgos altísimos en cuanto a no poder mantener el orden, por tanto no le queda otra que ir a las rutas y despejarlas, reviendo la actitud que ha mantenido hasta ahora de no usar la violencia legítima como último recurso.

Por qué no puede ceder? Este es el punto más flojo del argumento. Dice Mocca que “cuando los poderes fácticos (militares, industriales, agrarios o potencias extranjeras) logran torcer el rumbo de un gobierno, en aspectos materiales o simbólicos centrales, el destino de ese gobierno está sellado”. Compara la situación con la de Frondizi y Alfonsín ante los militares, y aclara que “estamos pensando en presidentes que…. desafiaron al establishment”. Homologar las presiones militares con el paro del campo continúa la línea oficial en cuanto a que el campo es golpista y no solo no tiene “razón”, sino que tampoco tiene “derecho” a hacer lo que hace. Para disimular lo absurdo de meter en la bolsa de los “poderes fácticos” cosas tan distintas se usan argumentos complementarios ad hoc más insostenibles mientras más profundizamos en el asunto: podría preguntarse, por qué no extender el argumento a la CGT, a FTV u otro “poder fáctico”? ah, porque los que lo son y además son malos son los del “establishment”; pero por qué no es parte de él Moyano y sí Buzzi? porque Buzzi representa a una “nueva clase media alta” y Moyano es parte del pueblo; ah!, claro, y así podríamos seguir.

Pero Mocca no se detiene en ello, y para darle una apariencia de robustez a este argumento presenta esta batalla entre poderes fácticos y democracia como algo en que todos nos jugamos la vida, y Kirchner nos está protegiendo del mal aunque en nuestra ignorancia no lo advirtamos: lo que aparece como su obstinación en “la defensa de sus decisiones cruciales” es “un activo de la democracia argentina. Establecer a fondo la primacía del poder surgido de la soberanía popular sobre los poderes fácticos…. es la cuestión principal que se juega en estos días… La cuestión del diálogo con los sectores involucrados en el diferendo es importante, pero solamente subordinada a lo esencial: la defensa de la autoridad del gobierno constitucional”. Su perspectiva así se generaliza y vuelve teórica, de un lado está la constitución, encarnada por Kirchner, del otro poderes que tienen una legitimidad condicionada a que no dañen, no a terceros, sino la eficacia de aquel de lograr lo que se proponga. Claro como el agua. ¡Y yo que creía que la razón de estado no podía ser a esta altura una carta de triunfo para limitar el derecho de protesta!: Mocca resolvió el problema, retrotrayendo el derecho público a los tiempos de Luis XVI, como Kant, nos dice “si quieren hablar hablen, pero después obedezcan, no pueden obstaculizar al poder”.

Desde esta perspectiva el poder político no crece y se vuelve más eficaz con la cooperación y el consenso, sino que se disuelve en ellos. Negociar, por tanto, es perder. Sigue Mocca: “la vuelta atrás comportaría el ocaso definitivo del gobierno de Cristina Kirchner. No sería el resultado de una deliberación libre de las instituciones democráticas, sino el puro efecto de una extorsión política”. Negociar es convencer: y para convencer yo puedo, estoy en el derecho de hacerlo sea el gobierno o un particular, mostrar el garrote, mi capacidad de hacer daño, en fin, puedo hasta cierto punto “extorsionar”; si al hacerlo violo la ley (como han hecho los ruralistas, y ahora sobre todo los transportistas) me pongo en una situación difícil para la negociación, porque la otra parte puede usarlo en mi contra, pero se tratará en todo caso siempre de una negociación. Para Mocca no: no hay negociación posible, porque cualquiera sean sus términos implicaría ceder, y ceder sería “un ocaso definitivo”, se viene la noche, el fin de la democracia fuerte que los Kirchner nos querían regalar.

Mocca continúa distinguiendo entre piquetes contra el orden constitucional y piquetes de desocupados, que “provocaron no pocas “molestias” al transporte, pero no desafiaron el poder del Estado”. “Claro que existe el precedente de los asambleístas de Gualeguaychú y localidades aledañas…. pero la referencia a un error anterior del Gobierno no puede justificar la indiferencia ante una situación como la actual, infinitamente más grave”. Es interesante este punto porque a diferencia de otros analistas oficialistas, como fue el caso de Etchemendy y Kitzberger en un recordado artículo, la amenaza a la democracia que se atribuye a los huelguistas no se carga a lo que ellos dicen sino al éxito que han tenido en sostener su medida, y con el mismo pase de manos se reconoce un error menor del gobierno para poder disimular y hacer pasar por virtud errores mucho mayores: es porque la huelga ha sido demasiado larga y eficaz, y no una simple “molestia”, que “desafía el poder del Estado” y hay que actuar en su defensa para que no se derrumbe. Se invierte así la carga de la prueba: el alcance de la medida no le da ningún crédito a los huelguistas, todo lo contrario, prueba que no tienen derecho a hacer lo que hacen, no hay que probar ya que quieren vaciar la autoridad constitucional, lo están haciendo en los hechos, al insistir y convencer a cada vez más sectores a que apoyen su reclamo y presionen al gobierno. “¿Ignoran los dirigentes ruralistas este efecto de vaciamiento de autoridad política que tendría la satisfacción plena de sus demandas?” se pregunta Mocca, y contesta negativamente (eso de “plena” no hacía falta y revela que el autor entiende demasiado bien que su argumento corre el riesgo de deshilacharse a cada instante). De este modo se disculpa al gobierno: no es que él se ha mostrado incapaz de resolver el problema y evitarse y evitarnos a todos males mayores, es que se enfrenta a enemigos muy poderosos que en el curso de los acontecimientos dejan en claro qué es lo que querían desde un comienzo, como todo poder fáctico, volver impotente la Constitución. Mocca ha mostrado así que es más agudo que otros defensores oficiales, pero ha llevado las cosas a un punto sin salida: qué sucede si los ruralistas siguen teniendo éxito, si no se los convence de desistir, y no se los puede forzar? Llegamos así al núcleo del problema, la necesidad y la viabilidad de la represión.

Mocca plantea aquí su solución, una represión moderada y cuidadosa pero extensa: “Si volver atrás no se puede y permitir el desabastecimiento es una forma de la claudicación, ¿qué puede hacer el Gobierno? Queda el camino de hacer cumplir la ley y la Constitución. Es decir, despejar las rutas y asegurar la libertad de circulación en todo el territorio”. Desde la estricta legalidad, el gobierno no sólo está en su derecho, sino en la obligación, de hacer lo que Mocca sugiere. Pero es razonable la recomendación que el autor ofrece a las autoridades de intentarlo ahora? Parafraseando a Napoleón, diría que lo suyo no es un crimen, pero sí un error muy serio. Más serio todavía después de lo sucedido en la ruta 14: incluso una represión muy moderada y puntual puede generar una movilización ya incontenible de los sectores del campo y el transporte. En otro artículo más reciente, Eduardo Rinesi (Página 12, 18-6-08), retoma este problema, y se revela desconcertado e indignado por la eficacia con que los huelguistas volvieron en contra del gobierno el intento de detención de De Angeli, que como es ya de rigor en los intelectuales oficialistas, atribuye a lo ignorantes, tendenciosos y oportunistas que son los medios. La ristra de insultos que Rinesi dirige a sus adversarios y los del gobierno (“forajidos”, “” y cosas por el estilo), lo disculpa de buscar mayores explicaciones. Mocca por suerte no se da ese lujo, pero en los estrictos términos de su planteo no le quedan muchas salidas: si la represión agrava las cosas para la razón de estado, qué queda? Generalizarla, intensificarla, obligar a los medios a dar otra versión de los hechos? Afortunadamente el gobierno, que a veces lee demasiado atentamente estas columnas de opinión, en este caso parece no haberles prestado mayor atención. Al menos por ahora.

Posted in DDHH, Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Politica Argentina.

Tagged with , , , , .


2 Responses

Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.

  1. Javier says

    Tal vez lo mío siga siendo demasiado kantiano (o hobbesiano), pero si se acepta la transgreción de la ley para resistir el poder constitucional, se diluye la autoridad del Estado. Para que haya Estado de derecho, el poder tiene que ser producido y resistido sin poner en juego la legalidad.

    Creo que el problema en la Argentina es que ya hace mucho que ese principio no rige, y es curioso cómo lo redescubrieron de un día para el otro los intelectuales pro-gobierno. Condenar las medidas ilegales de los ruralistas implica condenar, por ejemplo, la movilización de los universitarios contra López Murphy cuando fue ministro de economía, los cortes de calle de estudiantes secundarios y universitarios por cuestiones edilicias y presupuestarias, la toma de la comisaría de D’Elía, y los bloqueos de pasos internacionales. No se puede apelar a la ley de un día para el otro, porque no me cae bien el que protesta, cuando durante años toleré todo tipo de acciones ilegales porque me parecían “justas”.

    Por todo esto, reprimir a los ruralistas sería adecuadamente percibido como una medida injusta. Aplicar la ley cuando antes se permitió violarla sería un gesto de arbitrariedad, más que una defensa del orden constitucional.

  2. Marcos says

    Totalmente de acuerdo. Recordemos que Randazzo, que no se nota pero es ministro del Interior, festejó que los transportistas tomaran las rutas, cuando parecía que eso iba a servir para sacar de ahí a los ruralistas, después se vio que todo lo contrario, radicalizaba la protesta sin que estos tuvieran que dar explicaciones por los cortes, pero ya el daño estaba hecho, los cortes se profundizaron, extendieron, y la situación se fue totalmente de madre. Para ser kantiano y peronista a la vez hay que hacer demasiados malabares.