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El juego del colectivero enloquecido*

En estos días la sorpresa y el enojo parecen ganar hasta a los más pintados, y se vuelve entonces cada vez más difícil pensar y entendernos. Entender, cabe aclarar, no equivale a justificar. Puede estar acompañado de juicios muy duros sobre los protagonistas de la situación en cuestión. Pero, en cualquier caso, es necesario para actuar racionalmente en ella. Y de eso se trata. Entonces, ¿dónde está la racionalidad del conflicto entre el gobierno y el campo?, ¿tiene todavía alguna, o él es ya el reino de la confusión y la sinrazón? Parte del problema reside en que los involucrados han estado jugando dos juegos no sólo distintos, sino discordantes entre sí, y por tanto las señales que uno envía, el otro las lee mal, y generan de su parte reacciones inesperadas, “irracionales”, para el primero. Veamos.

En el fárrago de análisis sobre el conflicto con el campo no ha faltado el politólogo devoto de la teoría de la elección racional que sostuvo que el gobierno ha venido peleando esta batalla siguiendo las reglas del “juego del gallina”, ese en el que dos conductores de automóviles que avanzan a toda velocidad en un curso de colisión compiten por ver quién es el que resiste la tentación de torcer el volante. Sin embargo,
esa descripción tiene más sustento para los ruralistas que para el Ejecutivo: la insistencia con que él ha señalado que no se considera un “igual” de aquellos, ni una “parte más” en un conflicto que, según sus palabras, enfrenta el interés general, por él representado, e intereses facciosos y poco solidarios, así lo demuestra.

Según su propia caracterización de los hechos, el juego al que ha estado jugando se parecería más al “síndrome del colectivero enloquecido”, uno que quienes utilizamos el transporte público automotor de Buenos Aires al menos alguna vez en la vida hemos jugado, involuntariamente claro, y que merecería tener un lugarcito en las teorías sobre la materia: en él, el conductor, que en este caso es uno solo, harto de las críticas y peticiones del pasaje, cuyos miembros hacen las veces del “gallina” del otro juego, aprieta progresivamente el acelerador, elevando el riesgo de que se produzca un choque, es decir, costos intolerables para todos, hasta el momento en que una porción amplia de los pasajeros, o todos ellos, sopesen el riesgo y desistan de molestarlo. “Está bien, tenés razón, pero calmate que nos vamos a matar”, sería la fórmula que hace las veces de torcer el volante en el juego anterior.

Desde una posición crítica, podrá decirse que darle la razón a una persona enloquecida no es más que una simulación dirigida a desarmar la escalada paranoica en que ella misma se ha encerrado, y que no tiene los mismos efectos de aceptación de las reglas del juego y de sus resultados que están presentes en el caso del gallina. Pero un defensor del juego del colectivero contestaría que eso es irrelevante, porque el conductor también pudo estar simulando su enloquecimiento, para imponer el acatamiento a su voluntad, que es lo que importa. El juego, sus jugadores, y por ende sus consecuencias, podrán seguir considerándose “racionales”.

El problema realmente serio de un juego de este tipo no consiste en la locura o su simulación, por parte del pasaje o del conductor, sino en los resultados que produce a lo largo del tiempo: mientras que en el juego del gallina la reputación del ganador resulta de gran importancia para posicionarlo ventajosamente en las siguientes lides, la reputación que se hace el colectivero enloquecido es muy costosa en los turnos sucesivos: los pasajeros abandonan el vehículo en cuanto tienen oportunidad, nadie sube para reemplazarlos y volver a jugar, etc..

Cabría preguntarse entonces por qué el conductor no prevé esos costos. O si los considera justificados en función de qué otros objetivos. Hasta hace muy poco, la perspectiva predominante era que el kirchnerismo era esencialmente coyunturalista, no le interesaba el mediano ni mucho menos el largo plazo, y por tanto la explicación habría que buscarla por el lado de la imprevisión. Pero de nuevo, las propias descripciones del conflicto rural que formuló el Ejecutivo dan por tierra con esta explicación: porque en ellas la historia y el largo plazo cumplieron un papel central.

Lo hicieron en al menos dos sentidos. De un lado, porque ceder en este caso apareció a los ojos del gobierno como un modo de perder reputación, precisamente, frente a futuros desafíos, que podrían protagonizar grupos de interés, sectores partidarios y otras muchas eventuales agregaciones del “pasaje”. Es decir, el gobierno asumió que debía optar entre ser tomado por un loco temible, o un débil razonable, y optó por lo primero, aún al costo de perder capacidad de convencimiento. Ello podría ser considerado racional, y hasta razonable, según las alternativas y el contexto del juego: cuál es la eficacia del convencimiento en el medio en que le toca actuar y cuáles los argumentos disponibles para convencer; si los pasajeros tienen como alternativa un chofer menos proclive a los deportes extremos, o cuánto tiempo pueden aguantar a la vera del camino. Finalmente, importa el premio que está en juego.

Esto último nos lleva a la segunda dimensión temporal del “juego” oficial, las interpretaciones culturalistas e historiográficas con que se invistió el conflicto: en las peticiones con que se incomodó al conductor éste leyó los signos de un desafío vital que arrastra desde el principio de su historia (y que según él acompaña a la misma historia nacional desde sus comienzos) y que no podría ya ni alterar en sus términos ni eludir.

Esta historización hace al núcleo del sentido atribuido por el colectivero a su acción. Es lo que impide decir que su “enloquecimiento” sea simplemente una simulación. Porque el desafío que enfrenta, a sus ojos, no es menos destructivo que el resultado esperable de una escalada sin fin, un choque a toda velocidad. Se entiende por ello que en este juego el orden de las preferencias sea muy distinto que en el del “gallina”: mientras en este ninguno de los dos conductores quiere chocar, y girará el volante si se convence de que el otro no lo hará (se trata, finalmente, de un juego de negociación, orientado a lograr un acuerdo), en el “colectivero loco” el conductor preferirá chocar a ceder. Ello no lo vuelve irracional: sólo que está jugando a otra cosa, a un juego de dominio.

Los argumentos que se dan desde el poder son, a este respecto, reveladores. En ellos “ceder” equivale a perderlo todo: “¿Qué tendría que haber hecho?, ¿decirles quédense con todo, el campo está en orden, feliz día de la Bandera?” se preguntó la presidente en el Salón Blanco; “si Perón no hubiera cedido en 1955 el golpe no se hubiera producido, a nosotros no nos va a pasar” había explicado su marido días antes. Podría creerse que con esta inscripción histórica que el colectivero hace de la disputa en curso se permite abrevar de la experiencia, poner la situación “en perspectiva”, y gracias a ello puede medir más precisamente las consecuencias de sus actos. Pero nada más alejado de la verdad: más que una cantera de experiencias de las que aprender, la historia es utilizada como la escena en la que se representa la repetición una y otra vez, bajo múltiples disfraces, del mismo problema; de manera que es posible, incluso recomendable, tomarse las más amplias libertades para interpretar sus “datos”. Así se entiende que el ex presidente días después ofreciera una versión muy distinta del golpe contra Perón, que ya no se atribuyó a que él cediera, si no a que no lo hiciera: “si en el `55 Perón hubiera cedido a las pretensiones de los golpistas, quizás hubiera durado un par de años más, pero no hubiera perdurado en la memoria del pueblo”. Es que, finalmente, lo importante no es lo que se puede aprender de la inscripción temporal del conflicto, sino lo que ya sabíamos: ´cediendo estaremos acabados, sin ceder tal vez choquemos, pero habremos demostrado que estábamos en lo cierto, y que el pasaje soliviantado representaba una amenaza peor que la muerte´.

No es de descartar que este énfasis argumentativo esté orientado a señalar al adversario cuál es el juego que se está jugando, y las pocas opciones que le quedan de acuerdo con sus reglas: ´no hay ni habrá negociación porque no estamos midiéndonos, así que te queda elegir entre acatar, o arrojarte por la ventanilla´. Pero lo esencial está más allá, en una racionalidad de largo plazo que viene a justificar actitudes que, en lo inmediato, pueden parecer irracionales incluso a los aliados: en su desenlace final, sea cual sea, el conflicto revelaría la función pedagógica o, para decirlo en un sentido más tradicional, correctiva, que el conductor le asigna; así como el colectivero pretende “reparar” una humillación y “educar” a pasajeros molestos por la vía del terror, los Kirchner recurren a un equivalente uso de la posibilidad de destrucción mutua que se justifica por la necesidad de “corregir” toda una historia de frustraciones que signan el presente. Con ello el revisionismo histórico, discurso que denuncia el olvido de otros cursos posibles del devenir nacional, que de haberse seguido hubieran realizado la felicidad colectiva, se impone plenamente como instrumento ideológico para tomar decisiones, dando paso a un revisionismo ya no de los historiadores, sino político, que traduce ese rescate a la práctica y busca rehabilitar tiempos perdidos que nunca fueron y que signan como una obsesión el presente. En este punto, la peculiar racionalidad del juego que se está jugando se funde en una pura y ramplona visión paranoica del mundo.

Desmontar la lógica del “colectivero enloquecido” y hacer lugar a un juego de negociación es posible. Aunque para lograrlo puede ser insuficiente mostrar disposición a ceder: una detente dirigida a desescalar el conflicto puede ser percibida del otro lado como mera debilidad y tener incluso un efecto contraproducente, como ya se ha visto. Tejer lazos de cooperación y coordinación entre actores, y desmontar las descripciones y relatos en que se acoraza la racionalidad del conductor, son tareas fundamentales para tener éxito. Porque estos relatos son tan o más importantes para darle sustento a su juego que el control efectivo sobre el volante y los pedales; y porque sólo la intervención de terceros, en especial terceros no directamente involucrados, puede hacer pesar otras racionalidades más cooperativas. Es hora de que evalúen los costos que tendrá no hacerlo.

*Publicado originalmente en La Nación, el 24 de junio de 2008

Posted in Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Politica Argentina, Usos de la historia.

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2 Responses

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  1. Guillermo E says

    Me gusta tu teoria. Me parece que tiene familiaridad con algo que vengo pensando hace dias y que me lleva a un callejon sin salida. Los lideres del gobierno perciben la realidad de un modo diferente que la mayoria de nosotros. Ellos creen que se trata de un momento clave de la historia en el cual hay que doblar el brazo a los sectores dominantes. Porque si se aceptan sus condiciones, todo seguirá igual. La novedad que introducis es la posibilidad de que otros actores le quiten peso a esta argumentacion abriendo otros caminos de negociacion. Y ahi lo veo a Cobos iniciando lo que parece un juego propio y que podria desembocar en una solucion negociada. De todas formas no me queda claro la posición del gobierno si esa negociacion tiene éxito. Para mi los K tienen fundamentalmente una sola cosa en su cabeza: el poder lo manejo yo. Esa es la base de su pensamiento. Lo de la ideologia es basicamente un buen disfraz.
    cordialmente

  2. Marcos says

    Esto de la ideología como disfraz es todo un tema, en especial para el posicionamiento intelectual frente a la crisis: los Kirchner usan las ideas de izquierda como un disfraz o excusa ùtil para la persecución obsesiva del poder total? O de la política en ultima instancia conservadora que pretenden? El problema está en que no son sinceramente de izquierda o en las ideas de izquierda en las que abrevan? Para el debate intelectual todo esto es muy importante, tal como se observa en los cruces en Página 12 entre distintas versiones del intelectual de izquierda comprometido, y creo que uno de los problemas es que muchos de esos intelectuales adoptan una postura autoindulgente: incluso los más oficialistas, los firmantes de las Cartas Abiertas, reclaman más consecuencia con las ideas, que son las suyas y son bárbaras, para que el gobierno tenga éxito. Lo que vos decís Guillermo de que los K “ven el mundo de un modo peculiar” me parece que alude a un punto importante, y es que hay una notable eficacia de las ideas en el modo en que se montó este lio, los Kirchner están animados de un relato, es como si hubieran leido todo Pigna y lo hubieran convertido en programa de acción. Puede que en la intimidad no se lo crean demasiado, pero no sé si es en sí muy relevante, lo que sí es relevante es que para jugar el juego que se propusieron necesitaron contar una historia, y han usado una batería de ideas bien conocidas, el revisionismo nacional populista en sus versiones más maniqueas y radicalizadas, para hacerlo. Si eso es cierto, prueba dos cosas, primero que contra lo que se suele creer las ideas y los intelectuales gravitan fuertemente en la política argentina de hoy en día, con los resultados que están a la vista, y segundo que la izquierda cultural tiene una gran capacidad de penetrar el sentido común, al menos de sectores importantes del peronismo, de un modo que les permite a estos ser muy ortodoxamente peronistas. No se adonde nos lleva esto, seguro que a ningún destino de grandeza