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Destituyentes eran los de antes

Desde mediados del mes de mayo, un nutrido grupo de hombres y mujeres de la cultura ligados al kirchnerismo han dado a conocer al país una serie de cartas abiertas en las que fijan su posición sobre diversos temas de la vida nacional.

En principio, corresponde saludar la decisión auspiciosa de aquellos que intentan promover un espacio que aliente la “democratización, profundización y renovación del campo de los grandes debates públicos”. Sobre todo cuando se parte de reconocer que la “relación entre la realidad política y el mundo intelectual no ha sido especialmente alentada desde el gobierno nacional”, y que las “políticas estatales no han considerado la importancia, complejidad y carácter político que tiene la producción cultural”. Además, estas intervenciones se ensayan desde un lugar con el que me considero identificado; un lugar que busca reabrir las relaciones entre “política, Estado, democracia y conflicto como núcleo de una sociedad que desea avanzar hacia horizontes de más justicia y mayor equidad”. Por las dudas, yo le agregaría más “libertad” en la fórmula, pero la mención posterior a “construir una política… que tenga como horizonte lo político emancipatorio” vuelve a convencerme del rumbo compartido.

En todo caso, debo aclarar que personalmente no comparto el alineamiento de este grupo con el gobierno nacional, esto es, no los sigo por el camino de desarrollar “formas concretas de encuentro, de reflexión, organización y acción democrática con el Gobierno” (el subrayado es mío), pero comparto el hecho de que hayan decidido alinearse. En otros términos, me simpatiza la decisión de este grupo de intelectuales de ponerse del lado del partido de gobierno, de ensuciarse las manos con una realidad política siempre indócil, y de superar una cierta postura cómoda que algunos críticos profesionales del poder, de cualquier poder, esgrimen como única bandera de navegación. Una bandera que los inmuniza contra cualquier error, pero que también bloquea cualquier solución, por limitada y transitoria que fuere, de los graves problemas que enfrentamos. En este sentido, y sin perder de vista la necesaria distinción entre independencia y desafección, muchos de esos discursos cómodos se tejen machaconamente con los hilos de la estadolatría y la gobiernofobia (y quizá de manera más fundamental, la partidofobia). Así, se cuentan por legión los opinadores que reclaman que “el” Estado, como entelequia de manual, haga esto, y aquello, y lo de más allá, pero sin el compromiso concreto de aceptar que los Estados son animados por gobiernos, construidos por mayorías, articulados por partidos, conformados por burocracias, sostenidos por voluntades, atravesados por divergencias y convergencias, limitados por restricciones estructurales, y moldeados cotidianamente por las creencias, los valores o los intereses que los constituyen, las decisiones que se toman, las omisiones en que se incurre, o las indefiniciones que se perpetúan.

Ahora bien, si tengo con los autores de estas cartas estos y otros puntos de coincidencia, tengo también una buena ristra de diferencias para discutir. En intervenciones anteriores, Vicente Palermo y Marcos Novaro han aportado sugerentes comentarios y agudas críticas (que comparto) a aspectos centrales de la primera misiva. Por mi parte, me gustaría discutir varias cuestiones que se desprenden de la lectura de estas cartas, entre ellas, la concepción de la lucha política y la construcción de poder, la reintroducción de la vieja dicotomía entre “política y gestión”, o la desafortunada visión “épica” del conflicto político. En esta ocasión, y para no hacerla demasiado larga (aunque tampoco seré breve), voy a concentrarme en un punto, lo que considero una equívoca y sesgada consideración del llamado “clima destituyente”.


¿UN CLIMA DESTITUYENTE?

Por de pronto, la primera carta abierta copia al detalle el planteo de la crisis entre el gobierno y los productores agropecuarios que ha sido reiteradamente esgrimido por el matrimonio Kirchner desde el atril presidencial o la jefatura del PJ. Según los firmantes, “hoy asistimos en nuestro país a una dura confrontación entre sectores económicos, políticos e ideológicos históricamente dominantes y un gobierno democrático que intenta determinadas reformas en la distribución de la renta y estrategias de intervención en la economía”.

Esta división del espacio del conflicto entre dos bloques es -para decir lo menos- poco creíble, y en todo caso, aporta un análisis socioeconómico y político muy pobre respecto del discurso que se baja desde la cúspide del poder presidencial. Por una parte, porque cuesta homologar el atendible reclamo de los pequeños y medianos productores rurales, o de las clases medias del interior, con las anacrónicas imágenes de la vieja oligarquía terrateniente; por otro lado, porque parecen ser centralizadores intereses fiscales y coyunturales objetivos de supremacía política, antes que consideraciones redistributivas, lo que está en el ojo de la tormenta; y como si esto fuera poco, porque cuesta creer ese enfrentamiento a tambor batiente entre un gobierno popular y los sectores concentrados del poder económico, siempre dispuestos a camaleónicas acomodaciones y a hacer negocios de patas cortas con el poder de turno. Por eso, entre otras cosas, a la Presidenta de la Nación le cuesta poco y nada lograr que un conjunto nutrido de conspicuos representantes de esos sectores “históricamente dominantes” -muchos de los cuales son directos beneficiarios de las rentas del actual modelo- se junten en el Salón Blanco para aplaudir enfervorizadamente el supuesto destino social de las retenciones agropecuarias.

Pero más allá del conflicto puntual entre el gobierno y los productores agropecuarios, y de su controvertible diagnóstico, los autores de estas cartas apuntan a señalar una amenaza mayor para nuestra democracia: la emergencia de una cierta atmósfera política que trasciende el “tema del agro”, que ha sido considerada “con la categoría de golpismo”, y que los firmantes prefieren describir como la instalación de un “clima destituyente”.

De entrada asumo que la denuncia no puede referirse al hecho mismo de la protesta de los sectores agropecuarios (aunque sí pueda centrarse en el cuestionable método del corte de rutas y el desabastecimiento), o del apoyo que ha ido recibiendo de distintos sectores urbanos que son críticos del gobierno. En ambos casos, doy por sentado que protestas y críticas son componentes necesarios de la vida democrática, y que sería muy peligroso para todos si los orilláramos a las veredas del golpismo.

Asimismo, descreo en toda la línea que los actores del reclamo del campo tengan o hayan tenido cualquier intención política “destituyente”, más allá de que un fenómeno masivo de protesta colectiva como el que estamos viviendo haya ofrecido la ocasión a nostálgicos del autoritarismo militar para meter baza en río revuelto. Incluso podríamos preguntarnos, yendo en dirección opuesta, hasta qué punto no estamos experimentando una cierta revitalización de los espacios de discusión y participación democrática. En este sentido, hay que hacer bastante memoria para encontrar un tema político que haya movilizado una discusión tan amplia en la sociedad argentina, un debate que acaloró hogares, aulas, lugares de trabajo, que enfrentó parientes, amigos o vecinos, o que redefinió posiciones, acuerdos y relaciones políticas como el conflicto desatado por la Resolución 125. Ciertamente, la misma extensión de esas discusiones ha sido acompañada por una inevitable mezcolanza de intereses, pasiones, prejuicios o saberes con las que cada quien se ha lanzado al ruedo de la disputa; algunos desde lo alto de una columna de expertos, con ademán didáctico y profusión de gráficos, otros desde un extremo de la mesa dominguera, a grito pelado y en camiseta.

Pero si este reclamo no ha sido “destituyente”, en todo caso nos quedará por ver si efectivamente ha sido “vivificante” de la experiencia democrática, si generará espacios, actores, nuevas vocaciones por la vida pública, o las energías desplegadas se perderán detrás de la polvareda del conflicto, dejando como gravosa herencia la enseñanza de que para hacerse oír hay que subir siempre la apuesta del enfrentamiento. También está por verse si esta situación terminará abriendo una ventana de oportunidad que permita reconstruir los miembros dispersos de un sistema de partidos medianamente estable y competitivo. Aunque hay que aclarar que si esa revitalización del juego democrática se da, no será porque el gobierno volvió a “abrir los canales de lo político”; más bien, y al menos en este caso, hay que endilgarle a la cerrazón del oficialismo por establecer un espacio de diálogo con los diferentes sectores agropecuarios, y a su negativa a encontrar un punto de equilibrio negociado con los demandantes, lo que hizo estallar una protesta inútilmente prolongada.

ALGUIEN ESTA DISTORSIONANDO

En ese marco, los principales dardos críticos de la primera carta se dirigen contra los medios de comunicación más concentrados, señalados como gestores estratégicos del “clima destituyente”, y “que estructuran diariamente ‘la realidad’ de los hechos, que generan ‘el sentido’ y las interpretaciones, y definen ‘la verdad’ sobre actores sociales y políticos desde variables interesadas que exceden la pura búsqueda de impacto y el rating”.

Sin duda, muchos de los punzantes cuestionamientos que los autores esgrimen frente a esos medios son absolutamente justos, especialmente cuando “difunden el prejuicio y el racismo más silvestre y espontáneo, sin la responsabilidad por explicar, por informar adecuadamente ni por reflexionar con ponderación las mismas circunstancias conflictivas y críticas sobre las que operan”. Sin embargo, hay otros aspectos críticos que los firmantes pasan por alto, y en los que el gobierno nacional ha sido un responsable clave.

En primer término, se destaca que son los medios los “que gestan la distorsión de lo que ocurre” (el subrayado es mío), pero la carta no presta ninguna atención a la enorme responsabilidad que ha tenido el gobierno kirchnerista, precisamente, en distorsionar “lo que ocurre”. Y para muestra bastan unos pocos botones. Por un lado, cabría preguntarse ¿cuántas encuestas distorsivas pagó el gobierno con fondos públicos, y difundieron puntualmente los medios, sobre imagen presidencial o intención de voto?. ¿Por qué hubo que esperar puebladas electorales como la de Misiones para poner al desnudo los horrores “metodológicos” de los encuestadores oficialistas, que daban por seguro ganador al impresentable caballo del comisario? Y en un caso muchísimo más grave, que involucra delicadas consecuencias institucionales, económicas y sociales para el país, ¿por qué los firmantes de las tres cartas no han hecho, hasta el momento, una sola mención a las terribles distorsiones operadas en el INDEC, recientemente vindicadas con desparpajo por el inefable Sr. Moreno?.

En segundo lugar, tengo para mí que los firmantes tienden a exagerar el tratamiento sesgado de la información por parte de los medios, a la vez que subestiman esos mismos sesgos en el manejo gubernamental. El tema de la exageración viene a cuento porque quienes no tenemos acceso a información de primera mano, tanto de dirigentes gubernamentales como del campo, y nos hemos acercado al conflicto a través de los medios, hemos tenido oportunidad de leer, de escuchar o de ver las principales posiciones y argumentaciones en disputa, a lo largo de un amplio espectro de tonalidades ideológicas. Ojalá una nueva normativa sobre medios de comunicación, que busca reemplazar el viejo decreto-ley de radiodifusión de la última dictadura, avance por un sendero de mayor libertad, pluralismo y equidad, aunque los antecedentes concretos del modelo kirchnerista de comunicación política, y en términos más amplios, de la política de medios seguida desde hace un lustro, no son precisamente muy alentadores.

Pero más allá de estas consideraciones, creo que se están descuidando otros rasgos estructurales de la dinámica comunicacional sobre los que correspondería poner una cuota mayor de reflexión. En este sentido, tiendo a pensar que los medios -haciendo un balance simplificador de promedios y desvíos- no han tratado mucho mejor a los ruralistas, por ejemplo, que lo que trataron a los “ambientalistas” de Gualeguaychú, a los “tomadores” del Pellegrini (y luego del Nacional Buenos Aires), o a los dirigentes estudiantiles que bloquearon durante casi un año la realización de la Asamblea Universitaria de la UBA. Más bien, hay un cierto sentido común mediático (retroalimentado por tantas gestiones gubernamentales descaminadas y corruptas) que hace del reclamo de la sociedad civil, de cualquier sector de la sociedad civil, un valor legitimado en sí mismo, y que en el otro extremo hace de la autoridad pública -de cualquier autoridad pública y por el mero hecho de serlo- un amasijo de sospechas y de cortapisas. Estas simpatías y antipatías pre-discursivas, que algunos acaban de descubrir, merecerían una reflexión más detenida sobre los modos culturales de hacer política plasmados -entre otros ámbitos- en las prácticas comunicacionales de los medios.

Finalmente, hay un tercera dimensión de ese supuesto “clima destituyente” que también debería ser repensada bajo una luz distinta. De acuerdo con esto, en vez de entender esa atmósfera como una conspiración de poderes -ocultos unos, manifiestos otros-, habría que examinar la matriz de relaciones político-institucionales que hacen posible la proliferación de ese paranoide universo de sospechas. En este punto, el kirchnerismo tiene en el politólogo Luis D’Elía un analista refinado que quizá nos permita entender mejor el fenómeno. En una de sus intervenciones aclaratorias a su reivindicación del artículo 21 de la Constitución, D’Elía habló de un “golpismo de nuevo tipo”, y señaló que su presencia en la Plaza de Mayo era para defender el gobierno de este nuevo tipo de golpe. En esa ocasión mencionó, previsiblemente, a los sectores del campo, la oligarquía, los medios, los caceroleros procesistas, etc. Es claro que ni siquiera D’Elía piensa que los militares, como hipotético brazo armado de esos sectores, pueden llegar a tomar el poder en la Argentina (entre otras razones, por la pavorosa escasez de gas-oil para los tanques), pero sí piensa -y en esto le asiste algo de razón- que un nuevo tipo de amenazas a la gobernabilidad kirchnerista ha empezado a emerger en el horizonte. Si le sacamos “kirchnerista” a la ecuación y le ponemos “democrática”, entonces las palabras de D’Elía nos alertan sobre un problema al que deberíamos ponerle más atención.

Con la experiencia del 2001 a cuestas, y en tanto no logren reconstruirse mediaciones sociales e institucionales más sólidas, el gobierno de Cristina Kirchner ha comenzado a enfrentar un triángulo de desafíos, que en gran medida son parte de la pesada herencia que le ha dejado su propio marido. Ese renovado triángulo de restricciones está formado por problemas socioeconómicos complejos, caída abrupta en las encuestas irradiadas por los medios y la ocupación del espacio público por sectores de la protesta social y política. Incluso podría decirse que, a la vista de otras realidades latinoamericanas, este triángulo será el menú a la carta de cualquier crisis de gobernabilidad en los próximos años. Sobre todo porque esos desafíos se basan en nuevas (aunque no mejores) formas de acción política que vienen imponiéndose en muchas de nuestras sociedades.

Dejando por un momento las raíces socioeconómicas del descontento, las coordenadas específicamente políticas no dejan de ser preocupantes hacia futuro. Por un lado, tenemos la herencia del “que se vayan todos”, las pretensiones de una cierta democracia instantánea de la opinión pública, y la misma visión kirchnerista según la cual el poder se construye en la relación directa entre el liderazgo solitario, la billetera generosa, y la encuesta amiga que abulta la imagen presidencial. Pero esa composición ha comenzado a revelarse tan volátil como los vientos que mueven a la opinión que se pretende manipular.

Por otro lado, el gobierno tampoco ha sido ajeno al proceso por el cual la protesta social y política ha pasado de ser expresiva de las demandas y los conflictos, a ser peligrosamente constitutiva del poder político. Hasta el presente, el kirchnerismo había contado con tropa propia para ocupar ese espacio (Moyano y D’Elía han sido sus mariscales de campo más notorios), o bien había logrado neutralizar y/o cooptar a otros grupos. En cualquier caso, y hasta el estallido de la protesta agropecuaria, ningún sector contrario al gobierno había logrado movilizar de manera consistente, y con una base territorial sólida, más gente que el kirchnerismo en las plazas, las calles o las rutas. Pero ahora se está dando vuelta la taba. En su momento, entre reprimir la protesta, en un extremo, o fogonear irresponsablemente su dinámica, del otro, había varias estaciones intermedias que el gobierno no quiso o no supo intentar, y que ahora han comenzado a volverse en su contra.

En un balance de claroscuros, es claro que el kirchnerismo logró en los últimos años, y enhorabuena, reconstruir la autoridad presidencial (algo que en esta segunda etapa ha comenzado a rifar en pocos meses), pero no se avanzó casi nada en la reconstitución de un tejido de mediaciones institucionales entre sectores sociales y políticos. Por eso el lado oscuro aparece ahora tan preocupante. Después de cinco años de renegar de los partidos, de ningunear a la oposición, de denostar a sus dirigentes, de no dialogar con nadie, de construir una rutina gubernamental de encuesta en ristre, piqueterismo de Estado, chequera centralizada y atril presidencial, como mediadores privilegiados entre la política y la ciudadanía, el kirchnerismo ahora empieza a echar en falta aquello que siempre desestimó. Por lo mismo, no deja de ser sintomático que en toda la primera carta abierta, no haya siquiera una sola mención a los partidos políticos como ejes articuladores de la política democrática.

EL DIA DESPUÉS

Mientras estas líneas se escriben, ya han terminado los dos actos convocados por el gobierno (Congreso) y por el campo (Palermo), y en el amanecer de este día, el Senado de la Nación acaba de rechazar el proyecto de ley que tenía media sanción de la Cámara de Diputados.

Una de las tantas moralejas para extraer de estas últimas jornadas, que resuenan desde la memoria de nuestra trágica historia reciente, es que las palabras importan; por eso, lo que unos empiezan llamando “destituyentes”, algunos luego los llaman “desestabilizadores” o “golpistas”, y otros terminan (¿terminan?) comparándolos de manera mendaz e irresponsable con “comandos civiles” y “grupos de tareas”.

Por eso también, los que laburamos con las ideas, las imágenes o los papeles, tendríamos que tratar de contribuir a que este desaguisado empiece a ganar un poco de cordura, de responsabilidad y de prudencia. A partir de ahora, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner tendrá por delante tres años y pico de mandato, y un montón de problemas para resolver.

Posted in Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Politica Argentina.

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One Response

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  1. Sebastian says

    Analizando en forma retrospectiva el conflicto que tuvo como protagonista a gran parte de la sociedad agraria argentina en defendiendo sus intereses contrapuestos a los del estado creo firmemente en la poca capacidad (por no llamarla incapacidad) operativa estatal al momento de hallar soluciones homogeneas. En cuanto a la legalidad del decreto Nº125 la Constitución Nacional en su articulo 75 deja expresado que no es otro organismo mas que el propio Congreso Nacional el facultado para legislar en materia aduanera asi como tambien establecer los derechos de importación y exportación, los cuales, así como las avaluaciones sobre las que recaigan, serán uniformes en toda la Nación. Por su parte el articulo 76 sostiene que se prohíbe la delegación legislativa en el Poder Ejecutivo, salvo en materias determinadas de administración o de emergencia pública, con plazo fijado para su ejercicio y dentro de las bases de la delegación que el Congreso establezca. Dicho esto y teniendo en cuenta que de acuerdo con el superavit fiscal declarado nos encontrariamos lejos de una situación de emergencia creo absolutamente erroneo calificar como legales a las retenciones móviles que habian sido injustamente impuestas. Sólo el Congreso y no el Poder Ejecutivo podria articularlas Por otro lado el pretexto repetido en cada discurso, casi a modo de muletilla, por la Sra. Presidenta de la Nación el cual consistia en justificar su politica confiscatoria bajo la posibilidad de que todos los alimentos puedan llegar a todas las mesas argentinas. Creo que el primer paso seria derogar el Impuesto al Valor Agregado el cual fue sancionado con el fin recaudatorio para abatir la situación de emergencia la cual fue mitigada hace ya bastante, ¿no creen?. No olvidemos tampoco parte del preámbulo de nuestra constitucion el cual enumera los pilares fundamentales de la Constitucion Nacional, a saber: constituir la unión nacional,
    afianzar la justicia, consolidar la paz interior,
    proveer a la defensa común, promover el bienestar general,
    y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros.
    Por lo tanto, desde el mometo en el cual determinado gobierno no puede garantizar el bienestar de sus conciudadanos evitando conflictos inutiles, se torna completamente obsoleto. Todo gobernante debería moralmente aspirar a la igualdad social ascendente, la cual se logra tratando de que todas aquellas personas de escasos recursos que habitan el suelo argentino puedan ascender tanto economica como social y moralmente, en lugar de pretender que los que ya han ascendido desciendan, esgrimiendose de toda culpa al cubrirse bajo el manto de la redistribucion de las riquezas (mas parecido al regimen comunista dictatorial que a la democracia misma). Desde hace tiempo que la etapa K ha perdido el consenso popular por lo tanto su poder pierde legitimidad.
    Habiendo concluido mi exposicion sobre la linea de pensamiento que poseo espero nadie haya resultado ofendido ni agraviado. Sin mas, les dejo mi e-mail: seba_vaccarezza@hotmail.com… Agradeceria que en caso de discensos, lo cual es logico y posible ya que apenas tengo 19 años, me escriban para poder dialogar y debatir dichas cuestiones y contraposiciones