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El retorno de la política… ¿la pérdida de poder?

Sostener la afirmación del título, implica una valoración positiva de la política. Implica, por lo menos, ligar la política con la democracia (cualquiera sea su definición de ambos términos). Pero hablar de esos temas también implica hablar de poder, y aquí, la cuestión se complica. Hay varias maneras de definir el poder, y todas ellas encuentran sus ejemplos en experiencias políticas bien concretas. El poder puede significar dominación, acumulación, gobernabilidad, voluntad, potencialidad de revertir situaciones establecidas (el status quo, en todo o en parte), etc.. Si podemos aceptar como punto de partida que el famoso “retorno de la política” implica algo bueno para la democracia, no parece igualmente admisible, en cambio, que ese retorno implique también el regreso del poder en cualquiera de sus definiciones y experiencias. A quienes sostienen esa asociación vaga entre retorno de la política y democracia, quizá no podamos exigirles una definición de esos términos tan polémicos y polisémicos. (Pues podemos suponer que es un observable de “democracia” que se debata sobre la significación del término.) Pero sí es menester exigirles una definición, una toma de posición, sin rodeos teóricos, respecto del poder. Podemos decirles: “De acuerdo, Señores, vuelve la política y la democracia, pero ¿qué poder vuelve? ¿qué poder apoyan o, como se dice, contribuyen a ‘construir’?” La respuesta no puede darse por supuesta del mismo modo que supusimos la afinidad entre política y democracia, pues las ideas de poder, por un lado, son mucho más efectivas a la hora de la práctica y, por otro, pueden jugar tanto a favor de la dupla “política y democracia” (si se asocia a potencialidad, al menos) como en contra (dominación). En efecto, bajo sus diversas definiciones o formas, poder hubo en dictadura y en democracia, bajo el terror de estado y durante el gobierno de Alfonsín, en la década de menemista, en el bienio Aliancista y a fines de diciembre de 2001.

Sin embargo, si el poder “retorna”, es porque no es nuevo, porque estuvo ausente un momento antes y porque estuvo presente en un pasado anterior ¿Qué poder vuelve, entonces? Dejando obviamente de lado las experiencias de poder autoritarias (el poder de veto corporativo, el poder de la opresión armada, el poder del terror de estado), resulta difícil encontrar el poder cuyo regreso sería deseable desde una perspectiva democrática. El poder que retorne, si ha de ser un bien para la democracia, no debería coincidir plenamente con ningún régimen del pasado. Porque, en algún punto, esos regímenes fueron destituidos o derivaron en formas autoritarias (en una palabra, se volvieron impotentes). O porque debemos evitar el anacronismo. Por otra parte, todos los gobiernos democráticos parecen haber abrigado formas distintas de poder que jugaron a veces a su favor, otras veces en su contra. Así, los inicios de los gobiernos de Perón, de Alfonsín, de Menem y de la Alianza contrastan agudamente con sus finales (y parcialmente con sus momentos intermedios). ¿Qué momento de poder tomar o cómo reconocer el psao del poder a la impotencia?, ¿cuántas veces se ha creído en un surgimiento o un retorno de la política?, ¿cuántas veces amplios sectores de la ciudadanía creyeron que volvían a ser dueños o partícipes de los asuntos comunes?

Aunque no comparto plenamente la imagen de un retorno de la política, creo que hay en ella una apuesta implícita acerca de qué forma de poder conviene a la democracia, de modo que el tema llama a pronunciarse. Antes de pasar a ello, cabe que aclare que lo escrito hasta aquí precede al affaire Cobos, mientras que lo que sigue sufrió modificaciones luego de ese episodio.

El retorno de un poder democrático no puede consistir simplemente en la construcción de “una voluntad” política ni en tratar los problemas políticos como si tuvieran una inminencia políticamente decisiva. No todos los tiempos de la política son hobbesianos, ni el poder se resume en ello; además, se sabe, a un hobbesiano puro no le interesa si el régimen es democrático, siempre que haya régimen estable. Si se pretende que nutra a la democracia, el poder que retorne no debe temer ni la disgregación ni el tumulto. En este sentido, la negativa a la represión por parte de los gobiernos kirchneristas debe tomarse como una de las mayores conquistas para la democracia y es un buen augurio para el futuro de la democracia, siempre que sepamos valorar y proteger dicha conquista. Asimismo, cabe recordar que en los primeros meses del gobierno de Néstor K., se criticaba al presidente haber abierto demasiados “frentes” de batalla: la Corte Suprema, las cúpulas policial y militar, los derechos humanos. La presidente Fernández de Kirchner ha logrado concentrar la atención pública en un solo “frente” y, todavía más, ha intentado -felizmente, sin suerte- establecer una polarización de la sociedad. El resultado es contrastante: Néstor K. logró aumentar su “imagen” pública tan rápida y geométricamente como Cristina F. logró reducir la suya. Sería un error ver en estos efectos una diferencia de genio político. (Al contrario, desde éste punto de vista, uno podría haber esperado lo contrario.) El poder de cada uno quedó ligado, a mi entender, a los riesgos asumidos: cuanto mayores riesgos, mayor poder, de modo que el poder también es generado por la innovación y no, como suele suponerse, a la inversa (construyo poder para luego innovar).

Desde esta perspectiva, recién en estos días se revela clara y razonable la incorporación de J. Cobos a la fórmula presidencial. El hombre destrabó un conflicto cuando las circunstancias lo pusieron en el lugar desde el que podía hacerlo (y no antes). La mejor analogía a la situación de Cobos, dada la relevancia política de su acción, no es ningún otro vicepresidente (todos los anteriores, creo, tenían mayor peso en términos de estructura partidaria o de imagen mediática), sino el mismo Néstor K.: quien en 2003 parecía como un títere de su mentor, E. Duhalde, cortó los piolines y asumió riesgos. Los argentinos al parecer somos afectos a quienes asumen esos riesgos. Nadie lee el cambio de bando de Cruz, de policía a matrero, como una traición sino como un símbolo de amistad con Fierro. El primer Kirchner y Cobos lograron inscribirse en la línea de las “traiciones” que generan poder y que, por lo tanto, son leídas por muchos como actos heroicos. Por cierto, hay “traiciones” famosas con peor destino, desde la de Frondizi hasta la de Borocotó. Pero en estos casos, no parece que los actores hayan buscado actuar asumiendo riesgos públicos. Es el tema del traidor y del héroe. Salvo que, en los “buenos” casos, el héroe-traidor carecía hasta un momento antes de las cualidades heroicas: el héroe (el protagonista) es Cruz, no Fierro; Néstor K., no Duhalde; Cobos, no Cristina F.. Según esta lógica, ahora es el momento de que la presidente acometa su propia traición y asuma riesgos novedosos, dejando de lado tanta “construcción” de voluntad, que por sí sola de nada sirve pues, como escribió Arendt, en última instancia “las armas [los recursos de poder] cambian de manos”. Al menos, por el bien de un poder democrático.

Posted in Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Politica Argentina.

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2 Responses

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  1. Marcos says

    Esto de las traiciones heroicas me parece es un buen argumento, pero si te entiendo bien vos lo separás de la “construcción”, y ahí no sé si te sigo, porque el héroe puede no saber qué hacer con su oportunidad, o no tener recursos para sostenerla en el tiempo. Por qué no comparar a Cobos con Chacho en este punto? Ambos aparecieron en su momento como héroes, pero para hacerlo se pusieron en una situación tan complicada que no pudieron sostenerse. A Cobos me parece le está pasando eso, porque si sigue en la vicepresidencia no tiene forma de sumar apoyos concretos, dado que ni los opositores ni los oficialistas verán en seguirlo ningún negocio, y por tanto la popularidad ganada probablemente se extinga casi tan rápido como explotó, y si renuncia no tiene ninguna garantía de que los opositores vean en él algo atractivo sino la imagen de un fracaso, parece que no tiene entonces escapatoria, sólo puede esperar que otra nueva ocasión lo vuelvaa poner en situación de ser un héroe traidor, cosa que difícilmente suceda, verdad?

  2. Lucas says

    Coincido con el análisis sobre la situación de Cobos después de su voto en el Senado. Y es probable que, a no ser que le tiendan una mano, no tenga otro sostén que el que da la voluble atención de los medios. En cuanto a la “construcción”, la separo de las acciones que asumen riesgos (que dan un paso más allá de los cimientos construidos), pero no opongo los términos. Creo que puede aclararse el panorama si distinguimos la construcción de un liderazgo, la de un partido de oposición (y sus alianzas) y la de un partido en el gobierno. Sólo en el último caso las condiciones son suficientemente favorables como para sostener giros arriesgados. Diría más: en las circunstancias actuales, ir en contra de algunas de las propias construcciones podría ser más saludable en términos de poder (suponiendo que se pretende la permanencia estable en el poder de gobierno) que seguir poniendo más ladrillos sobre los que ya hay. Ejemplo: otorgar personería gremial a la CTA vs. cimentar el ladrillo de Moyano et alii. Desde el gobierno, asumir riesgos puede significar anticipar por la vía institucional a las oscilantes y exaltadas peticiones de la calle (Santa Fe) aumentadas por los medios; puede incluso ser más razonable ahora cuando la alternativa de revisión legislativa parece “amenazar” cualquier proyecto del Ejecutivo. Por último, aclararía que una parte de las distinciones estaba orientada a interpelar las posiciones de algunos intelectuales públicos que apoyan al gobierno y quienes, desde un retornado realismo político, me parecieron (no todos) dispuestos a embargar las formas de ejercicio de poder democrático-institucional en nombre, no ya de ciertos fines sustantivos, sino de una forma “realista” de poder vinculada a la fuerza, al uso de recursos ideológicos y, en última instancia, al ejercicio de la violencia legítimamente monopolizada (en una palabra, el poder de los arcana dominatis).