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El gobierno de aquí en más

El conflicto con el campo se cerró, pero la crisis política del gobierno continúa. Inútil preguntarle a sus epígonos dónde están hoy las pruebas del “clima destituyente” que se suponía habría de desatarse a menos que el gobierno impusiera su voluntad, y por qué el kirchnerismo sigue deteriorándose cuando sus supuestos enemigos han vuelto a ocuparse de sus propios asuntos y negocios. En la última escena, por ahora, de la saga autodisolvente montada por el matrimonio presidencial, y acompañada por entusiastas intelectuales que comparten con él no sólo su visión “nacional y popular” del mundo sino también una aproximación más intelectual que práctica con la política, por la cual es siempre más importante tratar de tener razón que de resolver problemas, Néstor quiso que Cristina renunciara. Nadie ha desmentido hasta ahora que debieron intervenir sus ministros para convencerlos de que era ya demasiado, y que ni siquiera así podrían convencer a otros que los firmantes de las Cartas Abiertas, que había habido un golpe. Afortunadamente se impuso entonces, a la visión suicida, la visión minimalista de la crisis, menos dañina que aquella, aunque también bastante ridícula, y para peor igual de insostenible, como se demostró cuando los gestos de remover sólo al secretario de Agricultura, y recuperar la iniciativa volviendo a las andadas, con la conversión definitiva del Indec en un campo de concentración morenista y la presentación festiva de la absorción por parte del estado del muerto de Aerolíneas Argentinas, aceleraron el alejamiento de Alberto Fernández en medio de indisimulables muestras de un divorcio mal avenido, que del lado del ahora ex funcionario sólo puede decirse se había demorado ya demasiado.

Incapaces de cambiar y de evitar el deterioro, los Kirchner están permitiendo que los cambios se les impongan de la peor manera. Los subsidios y la inflación están desangrando su otrora imbatible baluarte, el “modelo económico”, y a una velocidad aún mayor hasta los hace poco más leales gobernadores, intendentes y legisladores advierten a quien quiera escuchar que ya no se consideran kirchneristas y su alineamiento no debe darse por descontado en el futuro.

Idealmente, todavía estarían a tiempo de contener la crisis, emparchar el barco, y aun sin recuperar lo perdido, al menos abrirse un nuevo camino y evitar que su final sea demasiado penoso. Pero hay motivos para no ser optimistas a este respecto: los cambios mínimos necesarios para abrir una nueva senda invalidan de modo tan abierto y completo los rasgos de identidad a que se abrazó con fervor el kirchnerismo al iniciarse su declive, por ver en ellos supuestas tablas de salvación en vez de las pesadas cargas que realmente son, que a esta altura corren el riesgo de, en caso de intentar esos cambios, quedar completamente diluidos como actor político, ser apenas tolerados por quienes ya han aprendido a detestarlos y perder el apoyo de quienes todavía los aman, de modo que, aún logrando eventualmente éxitos parciales en la gestión y mejorando los rendimientos de este su segundo gobierno, podrían condenarse anticipadamente a la nulidad y el olvido. Enfrentados como están a una situación dilemática, tal vez, aunque suene paradójico, la menos mala, por riesgosa, de las salidas que tienen a la mano sea la menos razonable, aunque a la postre más costosa, que están intentando: aislarse, alinear a quienes todavía quedan en el redil, pagar a los leales y combatir a los disidentes, disimular o minimizar cambios que se les vayan imponiendo, y rezar para que el humor social cambie y los precios y tasas internacionales no lo hagan.

La somera consideración de las alternativas que tienen para recomponer el gabinete puede servir para ilustrar el punto. Al respecto se han echado a rodar muchas recomendaciones, en general bien intencionadas, sobre la necesidad de ganar en capacidad de gestión, destrezas técnicas y respaldos políticos. Muchas de esas recomendaciones son, con todo, contradictorias entre sí, y en términos generales lo son con la naturaleza misma del vértice gubernamental. Veamos algunas de ellas.

Supongamos que escuchan las recomendaciones que les hacen llegar por distintas vías en estos días economistas de diverso signo, e intentan constituir un gabinete técnico, con el que recuperar credibilidad, hacer bajar progresivamente las tasas de interés y de inflación y recomponer lazos financieros con el mundo. Para que esto funcione sería preciso operar cortes radicales en la madeja de subsidios y el manejo de las estadísticas. Lo primero implicaría asignar costos considerables a consumidores y empresarios, y muchos de ellos, sobre todo de los segundos, se liberarían entonces de los pactos colusivos que los mantienen en silencio y pasarían a nutrir el campo de los demandantes irritados. Simultáneamente, se aceleraría la inflación, precisamente en el momento en que habría que dejar de subestimarla. Lo que supondría un costo aún más grande para el Ejecutivo, y todo para darle la razón a sus críticos.

Admitamos de todos modos que esos obstáculos podrían resolverse con un manejo fino de los tiempos y la gestión, si no fuera que intentarlo invalidaría de por sí el modelo mismo de relación entre la técnica, la economía y la política que han construido para sí los Kirchner: en su mundo, la voluntad gobierna las conductas, y la gestión cumple un papel completamente subordinado respecto al mando y la obediencia. Se vería muy mal, desde esta concepción, resignarse a otorgar a agentes extraños un poder que no les pertenece ni corresponde, sobre todo en un momento de debilidad presidencial en que la eventual eficacia de hacerlo no haría más que probar que la recuperación se logra a costa de la propia autonomía. Ante el riesgo que supone para la propia identidad tener que aceptar una derrota ideológica de esas dimensiones es razonable que se prefiera cualquier otra solución.

Otra disponible sería un gabinete federal y peronista, fruto de algún tipo de acuerdo que sea capaz de gestar la conducción del partido. Ello exigiría de su presidente resignarse a convocar a sus integrantes para algo más que despotricar y dar órdenes de movilización. Lo que ya es bastante difícil de imaginar. Pero enfrenta además un problema semejante al de la solución anterior: en un contexto de debilidad de la presidente, un gabinete de estas características sería fácilmente penetrado por intereses sectoriales y territoriales de todo tipo, y se volvería muy inadecuado para preservar mínimamente la cohesión gubernamental. Lo que se irá agravando sin duda a medida que se acerque la próxima compulsa electoral y los aspirantes partidarios a ocupar cargos electivos se vean en la necesidad de tomar distancia del vértice y desentenderse de las responsabilidades y problemas de un gobierno con más bien poco calor de masas.

En suma, nos encontramos con una situación bastante inédita, al menos para un gobierno peronista, desde 1983 a esta parte: el deterioro anticipado de la mayoría oficialista, y la acumulación de costos en la gestión, que no pueden ya disimularse, postergarse o descargarse en otros. Los radicales tienen más experiencia en este tipo de cuadros políticos, porque los sufrieron, y los peronistas sacaron provecho de ello, en 1989 y 2001. Habrá que ver si, dado que esta vez no corren el riesgo (ni tendrán la ventaja) de ser destituidos anticipadamente, aprenden de la experiencia ajena y se las apañan para resolver el intríngulis en que sólo por mérito propio se han metido.

Posted in Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Politica Argentina.

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One Response

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  1. Antonio Camou says

    El gobierno parece, todavía, que no ha absorbido la derrota legislativa; ha tenido reacciones más impuestas por las circunstancias (renuncia de A. Fernández) que cambios. Cuando las cosas decanten un poco más, tendrá que rediseñar su horizonte estratégico, tanto en lo político como en lo económico. La ley de gravedad de la política dice que cuando uno pierde, algo tiene que cambiar para no seguir perdiendo. Se pueden cambiar políticas y/o ejecutores. Coincido con el análisis de Marcos en que el gobierno no parece tener por ahora incentivos para cambiar ejecutores. Pero las dos preguntas que yo sumaría para adelante serían: ¿tiene “incentivos” (políticos y económicos) para cambiar políticas?, y en el caso de que los tengan ¿pueden cambiarlas aunque quisieran?. En otros términos, cómo ven ellos mismo sus chances para el 2009, y más allá, tanto en lo político como en lo económico. Aquí es clave el doble balance que hagan de la oposición política (peronista y no peronista) y del horizonte económico (¿el viento de cola externo me seguirá dando margen para seguir haciendo dessatres locales?) Se puede cambiar la palabra incentivo por entusiasmo, ilusión, proyecto de poder o lo que se quiera.
    Si me pusiera en el lugar del gobierno, volvería (con algunos retoques fruto del magullamiento) al esquema de diagnóstico-solución que CFK manejó en la campaña: pacto-económico social para empezar a bajar expectativas inflacionarias, empezar a poner en caja el festival de subsidios, repartir mejor costos y beneficios fiscales con los actores económicos y sociales, dar una señal muy creíble (vía Congreso por ejemplo) de que se va resolver el problema del INDEC, etc. En ese esquema, al menos inicialmente un gabinete pingüino es absolutamente necesario. Por ejemplo, Moreno puede ser crucial para el pacto, tanto en términos positivos (el análisis de las estructuras de costo empresarial) como en términos “negativos” (miren que tenemos “otros métodos”…). Después, se verá.