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El debate de la no política

por Alejandra Paula Varela

Uno de los argumentos para sostener la afirmación del clima destituyente creado por el lockout patronal es justamente la amenaza del hambre hacia toda la sociedad que generó el desabastecimiento. A partir de ese mecanismo el sector agropecuario demostró su poder: Pueden dejar sin alimentos a la población, aumentar los precios, hacer tambalear la fuente laboral de miles de personas, influir sobre la clase media, desabastecer de combustible, bajar las ventas de los comercios, perjudicar el turismo. Además de amenazar con posibles corralitos e incentivar la compra histérica de dólares. Es decir, la economía puede estar en sus manos, pueden transformar el panorama político económico de un país más allá de la estructura económica que haya armado el gobierno y encima se dan el lujo de sostener un paro por tres meses. Evidenciaron que son un factor de poder que puede actuar en el sentido foucaltiano, tautológico del término, como un sector, casi equivalente al poder estatal mismo.

Con esta decisión el gobierno perturbaría una tradición que sentencia que a ciertos sectores privilegios jamás se los toca. El modelo de país que ellos disputan es el que reconoce a las corporaciones, los grupos económicos, como el verdadero poder, mientras que el gobierno de turno es sólo su ejecutor institucional. Esta separación de proyectos, esta decisión de estado de desprenderse, al menos en este caso puntual, de su camino y ubicarse en la vereda de enfrente, es la que abre el conflicto. ¿Qué lugar les tocará a ellos en este nuevo panorama político? Es el dilema. La democracia sería, entonces, un sistema que se separaría de esas corporaciones (aunque más no sea tímidamente) y buscaría su sustentabilidad política en otro lado. No necesariamente en ellos. ¿Entonces a dónde intentará anclar la Sociedad Rural su pata política?

Esa vuelta a lo político que se celebra a partir del gobierno de Néstor Kirchner tiene que ver, en gran medida, con la recuperación del espacio público como escenario para debatir las cuestiones de estado. Ya no exclusivamente las puertas cerradas que hacen del estado una mera formalidad, sino la palabra presidencial como un ritual cotidiano, el palco en la Plaza de Mayo y la necesidad de legitimar la acción con el pueblo espontáneo o no haciendo número (no se le puede pedir más al populismo) pero con una preocupación por reconocer que el control de la calle merece la atención del gobierno de turno.

El conflicto, esa instancia que es vista como señal de debilidad y de caos, que es relatada como una figura insoportable para la retórica mediática, no es más que una señal de la valoración de la política. Cuando desde el gobierno se toma una medida que confronta con los intereses de un sector, existirá conflicto. Él es el que abre la posibilidad del debate sobre proyectos o modelos. Evitar el conflicto implicaría negar, no hacer visibles los caminos que hacen posible el consenso. Pero esta sociedad que se refugia en el discurso mediático, parece preferir la aparente calma de los acuerdos. Cuando el conflicto tiene lugar comienza el pensamiento, nos lleva a plantearnos si eso que habíamos naturalizado puede darse de otro modo, está obligando a la sociedad a volver la mirada sobre los hechos.

A esta apuesta la política mediática responde con una caída de la imagen presidencial como una suerte de extorsión. Hay que gobernar para las encuestas, hay que hacer “lo que la gente quiere”. Claro que quienes sostienen este discurso sienten un fuerte desprecio hacia toda forma de demagogia.

Cuando un político decide recupera ciertas imágenes del pasado como los bombardeos del 16 de junio y la gesta de los setenta y articularlas con un discurso de derechos humanos, cuando dentro de un conflicto coyuntural se habla de la redistribución del ingreso, la palabra adquiere un valor que si no se potencia en un acto puede convertirse en un boomerang para quien la pronuncie. Instalar valores que pueden sonar a pura retórica política para algunos, en un contexto que le da un sustento de realidad, sella un compromiso del que el político no podrá escaparse fácilmente porque será desde allí, de ese espacio de correspondencia entre las palabras y los hechos, del que surja el sustento de su propio poder.

La construcción mediática de lo real ha sido tomada por la mayoría de la sociedad como La Verdad. ¿Cómo fue posible esto? La estructura que sostiene el discurso mediático elimina el pensamiento. A todo lo que ocurre los medios le dan un nombre que fija la interpretación que se le da a ese hecho. Todo se focaliza en mostrar los componentes que afianzan esa afirmación, minimizando, desacreditando o ridiculizando aquello datos que podrían cuestionarla.

Alain Badiou definió El Mal como el imperativo de nombrarlo todo. Frente al vacío, soporte del acontecimiento que no tolera nominaciones permanentes sino transitorias, El Mal sería el mecanismo que, al asimilar lo nuevo al terreno de lo ya conocido, corta ese fluir del pensamiento que permite hacer apuestas sobre lo que todavía no tiene nombre. El periodismo se apresura por señalar que los verdaderos ciudadanos libres son los que hacen tronar las cacerolas. Esos sujetos no responden a ningún devenir histórico que no sea el de su propio cansancio frente al conflicto, no tendrán intereses políticos, ni serán violentos.

Al ciudadano despolitizado tal vez le resulte más cómodo tomar ese discurso que adentrarse en los devaneos argumentativos, racionales, históricos de una presidenta que parece estar llena de datos, conocimientos sobre la historia política argentina y posicionamientos discutibles (como todos) pero firmes. Es un tanto incómodo ser así. Hay que tener voluntad, energía.

¿Qué ocurre con una sociedad que desconfía del discurso político pero no del mediático que puede tener los mismos niveles de ficcionalidad? Tal vez los medios están recogiendo los frutos del rol que se asignaron en los años noventa de reemplazantes de la justicia en pleno reinado de la impunidad. Cuando ya no se podía creer en nada se le hacía un altar a la cámara oculta.

En ese discurso mediático hay una imposición de valores parciales al conjunto de la sociedad. Se esconden las estrategias que sostienen determinados discursos en nombre de un universal que está fuera de toda discusión.

Se observa, entonces, un desfasaje muy interesante. El discurso presidencial y el mediático están en dos planos completamente distintos que impiden un diálogo entre sí.

Mientras que Cristina Fernández le exige a sus interlocutores una acumulación de datos, de saberes políticos e históricos, de articulación ideológica y cierta dramaticidad política para llevarlos a escena, los medios, Alfredo De Angeli y buena parte de la sociedad, prefieren la simpleza, no entienden lo que ella dice y de alguna manera les irrita el desafío que les propone.

Posted in Kirchnerismo, Paro Agropecuario, Política, Politica Argentina.

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8 Responses

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  1. Pincha Carioca says

    Excelente!
    Subir el nivel, nunca! Embarrar la cancha, hacer la sentimental diciendo que somos laburantes y explicar, siempre! Así opera TN/clarín/canal13 en tandem con el campo. Bravo Napoleón e Illya, un fenómeno. Recomendaré vuestro blog

  2. valderrama2 says

    El análisis es excelente y novedoso por la manera de marcar las diferencias esenciales y menos visibles del discurso del gobierno y del sector llamado “campo”, que vale la pena entrecomillar para que no se convierta tan equívoca denominación, en la marca y el emblema de una alianza de sectores sociales bastante heterogéneos.
    Sólo creo que es bueno agregar que no existen antecedentes importantes desde la década 45-55, para registrar una confrontacion entre las corporaciones agrarias y un gobierno que afecte sus rentas, de la magnitud del padecido en los últimos meses.
    Por mucho menos, desde Frondizi en adelante estos grupos venían acostumbrados a que las promesas electorales de corte redistributivo o que pudieran generar un incremento del gasto público para satisfacer demandas sociales, se postergaran indefinidamente sin alterar su situación fiscal.
    En esos sesenta años el mero intento de implantar el impuesto a la renta potencial de la tierra, mientras Geldbard fue Ministro de Economía y Giberti Secretario de Agricultura, desató acusaciones de colectivismo, confiscatoriedad y calificaciones parecidas a las que escuchamos en los últimos meses sobre la movilidad de las retenciones sobre rentas extraordinarias.
    Espero resulte oportuno el agregado.

  3. Napoleón Solo e Ilya Kuryakin says

    Pincha Carioca, el único comentario que me merece tu comentario es que, de haber leído con más atención, te habrías dado cuenta de que el artículo está firmado por Alejandra Paula Varela. Napoleón es el administrador del blog.

    Más allá de ese detalle, gracias por las prometidas recomendaciones.

  4. Eduardo says

    Estimados:

    Hace ya un tiempo me vengo preguntando para que sirve abrir estos espacios de dialogo? de debate? de exposición?
    En ellos vengo notando exactamente la misma tendencia discursiva que inunda a toda nuestra bendita “opinión pública”:
    “Los políticos son todos corruptos”
    “Los periodistas todos vendidos”
    “Los que van a los actos oficialistas son todos choripaneros”
    “Los empresarios son todos voraces”
    “Los funcionarios son todos obsecuentes”
    “Los que se opusieron a la 125 son todos “la nueva derecha”, y la “nueva derecha”, por supuesto es satánica”
    “Los sindicalistas son todos chorros”
    “A Cristina lo único que le interesan son las carteras”
    “Néstor está loco”

    Incluir, en cualquier opinión, la descalificación del que piensa diferente, obtura cualquier posibilidad de alcanzar un pensamiento superador, una acción mejor, una visión inclusiva, una perspectiva de conjunto, etc…

    Semejante obviedad, evidentemente no es tan obvia.

    Por supuesto que existen profundas diferencias en nuestro país. Siempre ha sido así. Pero la forma desgarradora de pretender “derrotar” a puro “descalificazo” el pensamiento del otro, nunca le sirve a “los más”… sino que siempre, finalmente, le es funcional a “los menos”, a ciertos intereses que a su turno hacen su agosto. Y si bien nuestra historia está cruzada por esto, no hace falta ir más allá de los últimos meses para verificar que eso mismo sucede hoy.

    Creo que este gobierno es de lo mejor que hemos tenido, al menos durante este período democrático. Y lo apoyo. Y lo critico.
    Pero también creo que podrán venir otros mejores! Y alguna responsabilidad tenemos en ello los ciudadanos.

    Estoy convencido que las empresas periodisticas muchas veces manipulan la información de acuerdo a sus intereses. Y creo que hay periodistas funcionales a ese plan.
    Pero también creo que hay otros que dicen lo que piensan. Y aunque muchas veces no estemos de acuerdo, vale la pena detectarlos. Respetarlos.
    Seguramente alguien pueda decir que un “periodista honesto”, dentro de un grupo que manipula, no es más que una “manito de pintura”, cosmética, marketing. Puede ser… y qué? Se trata de que podamos dicernir y reconocer francas opiniones de burdas maniobras u operaciones. Y, la verdad, es que cada día es más claro. Y la posibilidad de que ese juego sea cada vez más y más transparente es, posiblemente, una de las pocas formas de sortear esa agobiante sensación de que todo está “arreglado”.

    No creo que haya medio alguno que se pueda eximir de esta realidad. Es una tendencia global y de época. Ni por derecha ni por izquierda. Aunque esta última sea la opción que a mi más me cueste aceptar. Pero ya lo acepté…

    Estimados, no creo que el único camino sea el de una sociedad fracturada de manera irreconciliable. Pero mucho depende de aquellos que tienen la posibilidad de incidir en la construcción de la lectura pública. Funcionarios, dirigentes políticos, empresariales, sindicales, religiosos… y por supuesto periodistas. Pero si sólo actuamos y opinamos desde la inmediatez de nustros pequeños intereses económicos, de liderazgo o pseudo ideológicos, la cosa no funciona.

    Ojalá, además de expresarnos, podamos escucharnos. Para volver a expresarnos, pero cada vez de un modo un poco más inclusivo.

    Un saludo,
    Eduardo

  5. Lucas says

    Debo confesar que los comentarios que siguen pueden responder más a mi mala interpretación del texto que al texto en sí. Esto se debe, lo confieso, a que tuve dificultades para saber si se sostenía un tono irónico o apologético respecto del gobierno de CFK. Como sea, llegado al final del texto, he interpretado el texto de acuerdo con la segunda alternativa.

    Pregunta: ¿El “campo” demostró su poder con el lock-out o cuando supo moderarlo, pedir diálogo, desarticular el discurso articulado del gobierno? Hipótesis: cuanto más dureza y permanencia en los cortes, menos poder. Su poder estuvo en la inteligencia de saber que no es todo tan fácil (de esta inteligencia, careció el gobierno). Por otra parte, la Marcha Federal por la Educación y la Carpa Blanca, por tomar dos ejemplos rápidos de la galera, me parecieron momentos, por lo menos, igualmente altos en debate que éste (a no se que confundamos el intercambio de chicanas, insultos y tergiversaciones, como parte del debate).

    ¿Cuál es la “Gesta de los 70”, dónde empieza y dónde termina, cuál es su núcleo, su rasgo principal y su expresión más visible? Como sea, respecto de la articulación discursiva del gobierno, me parece que lo mejor que puede pasar es que nadie tome eso en serio y que nadie pida que cumpla con su palabra. De hecho, como se ve, nadie está yendo a pedirle que rinda cuentas y cumple promesas. La “gente” tiene la capacidad de elaborar distinciones: el 45, el 55; la inflación es una cosa, los DDHH, otra, la situación institucional de la democracia actual, otra más todavía. Además de actuar como reprocha Badiou (“asimilar lo nuevo al terreno de lo ya conocido” ¿por qué ‘aplicás’ Badiou a los medios unas líneas después de referirte a la articulación del Gobierno 2008-1955-1976?), y como las sociedades de militantes de la izquierda estudiantil (pienso en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, por ejemplo), el gobierno puso todo en una bolsa (sin ser la misma bolsa que la de estas sociedades, claro): democracia, DDHH, anti-imperialismo, anti-oligarquía, desarrollo, distribución de la riqueza. Como al 90% de los estudiantes, a gran parte de la ciudadanía le parece tan inverosímil esa conjunción…

    E insisto: la idea de voluntad me suena a imposición. Si tengo que tener voluntad, es porque en principio no la tengo naturalmente; la voluntad se debe imponer a mis debilidades e inclinaciones; un deseo debe sobreponerse sobre el otro (o la norma de la voluntad sobre el deseo). La reivindicación de la voluntad es signo de debilidad (no soportar vivir sin voluntad, justamente, no soportar vivir el conflicto) o dominación. La Voluntad! Qué palabra. Suena a Unidad, a Pureza. Como decía Cortázar, a flores muertas, a “puré” y después “za”! “Vo-lun-tad”, suena Bíblico, todopoderoso, inmaculado… Creo que parte del “anacronismo” de este gobierno (aunque no exclusivamente), señalado en el documento del CPA (posteo anterior), se debe a creer en La Voluntad como elemento esencial de la política. El problema es que si finalmente logran tener razón, será porque habrán borrado algunas pequeñas “voluntades” o “deseos” o “intereses”. Por suerte ahí están las instituciones funcionando aun como pueden (y pueden abstante), haciendo que el poder frene a la Voluntad.

  6. Mariano T. says

    Que mina exagerada!

  7. Marcos Novaro says

    Aunque un poco tarde, leí lo de Lucas y me identifico tanto con su postura como con sus preocupaciones, ayer martes 26 de agosto Juan Llach publicó una nota en La Nación sobre la política soñada o algo así que iba en la misma línea: la exaltación de la voluntad se ha convertido en un lugar común al que se echa mano para distinguir entre los que “hacen política y se embarran” y los que “sólo hablan”, los que quieren ampliar los horizontes posibles y los que se resignan a lo que hay, por último, y ya en el extremo caricaturesco, entre los que se “bancan a los negros” y los gorilas de café (como si lo más que merecieran y pudieran esperar los sectores populares fuera que los intelectuales y políticos “comprometidos” disimularan sus sentimientos políticamente incorrectos hacia ellos, si eso no es discriminar!). Entiendo de todos modos que Varela quería escaparle a la caricatura kirchnerista recogiendo sus “temas”, es un esfuerzo respetable, como el que tratan de hacer tantos desde un kirchnerismo crítico desde la izquierda, pensando más o menos en los términos en que lo planteó Sabatella hace unos días: si esto fracasa, las ideas de la izquierda se van al tacho y la derecha tend´ra por delante años de cómoda hegemonía. Es un punto que creo vale la pena discutir, personalmente no creo que sea así, pero la preocupación es legítima.

  8. Alejandra Varela says

    Cipol: Comentarios:

    Agradezco a Lucas ya Marcos sus comentarios que me permiten profundizar un poquito más en esta discusión y que me obligan siempre a una exigencia mayor en cuanto a los argumentos. Por otro lado pido disculpas si mi demora enfrió el debate.
    Jamás vi una actitud, por parte del sector agropecuario, que tendiera a moderar el debate como señala Lucas y, mucho menos, que pudiera desarticular el discurso del gobierno. Desde el día en que decidieron lanzar un paro por tiempo indeterminado antes de que hablara la presidenta y que instrumentaron ese primer cacerolazo , pasando por los discursos de Rosario, hasta el día del voto no positivo de Cobos ( sin mencionar las intervenciones de los últimos días) todo fue una provocación que no se podía dejar pasar y discursos muy precarios que no se acercaban, ni mínimamente, a la suma de datos, argumentos y conocimientos históricos de Cristina Fernández, de hecho la mesa de enlace siempre habló sin datos ni argumentos reales que sustentaran su discurso, usó un estilo muy precario y capturó a la clase media de un modo que habría que dilucidar. Yo creo que el poder del sector agropecuario estuvo en los cortes, en la prepotencia y en la alianza con los medios.
    S i cuando Lucas le cuestiona al gobierno su falta de inteligencia para darse cuenta de que las cosas no son tan fáciles, se refiere a que no pudo medir de antemano la estrategia de su enemigo, podemos estar de acuerdo hasta cierto punto porque más allá de que estoy convencida de que en política hay que saber adelantarse a las maniobras del adversario, yo también creo que este gobierno toma las medidas que toma por convicciones, no sólo por eso, porque en política nadie se salva de los intereses oscuros pero creo que este gobierno ha recuperado las convicciones como un componente más de la política, insisto, no el único, no ajeno a todas las contaminaciones imaginables.
    Me parece que lo que se debate a partir del conflicto agropecuario es mucho más intenso, complejo y determinante para el futuro del país que los dilemas que se presentaron en los episodios señalados por Lucas. Me refiero al debate sobre modelos de país y a la posibilidad histórica que está en juego, más que a la discusión entre los dos sectores en conflicto.
    Cuando hablo de la gesta de los 70 me refiero al uso que hacen los Kirchner de esta experiencia política. Sobre esto se podría escribir mucho pero al plantarse ellos como dos exponentes de esa generación que llegaron al poder y desde allí van tratando de cumplir, con las limitaciones del caso, los sueños de esa época, le dan a toda esa experiencia un carácter institucional, la legalizan, instalan un piso de aceptabilidad de ciertas cuestiones como la desacreditación de la “teoría de los dos demonios” y ubican a esa gesta ( uso esta palabra porque destaco el tono épico que le dan en su discurso) en otro lugar histórico: aquel que hace posible que una experiencia frustrada se transforme en realizable.
    Por supuesto que, como señala Lucas, es deporte nacional desconfiar de todo lo que venga del poder y lo más fácil es decir rápidamente: no hay que creerles. Pero vuelvo a señalar lo que ya dije en mi artículo: los Kirchner fundaron su legitimidad en los actos, no en las promesas, no pasa por creerles o no creerles, Lucas está equivocando su eje de análisis. Si los Kirchner no logran una correspondencia, más o menos efectiva, entre las palabras y los hechos, se desmorona su poder. Ellos crearon los códigos y son presa de su propia lógica. No son Menem en su apología de la incoherencia.
    Que el gobierno asimile algunas situaciones de este presente con un pasado de la liturgia peronista, corresponde, para mí, a un atajo de la militancia que logra cierta efectividad en el imaginario popular, que no tiene por qué ser disculpado. Decir “comandos civiles” no es lo mismo que decir “clima destituyente” y no por nada esa expresión es un aporte de ciertos intelectuales a un discurso político que no se deja permear con mucha facilidad.
    Habría que aclarar que cuando Badiou habla de “lo nuevo” se refiere a un acontecimiento, a ese innombrable que, justamente por su novedad, no encuentra una nominación fácil a mano. Yo me refería a un mecanismo abusivo de los medios a frenar todo pensamiento. No necesariamente a su referencia en el gobierno. Puede ser que Cristina Fernández tenga que redefinir su distinción entre estos gorilas y los del 55 pero no creo que los caceroleros, De Angeli y la mesa de enlace sean un acontecimiento y sí creo que hay un gorilismo llamativa y casi hasta increíblemente similar al del 55.
    Para referirme al tema de la voluntad, que todavía me suena un poco confuso y creo que estamos hablando de cosas distintas, diría que los Kirchner le devolvieron a la política ciertos contenidos que eran, hasta no hace mucho tiempo, casi vergonzantes o ridículos. Es decir, no ya la sustracción a la que se refiere Horacio González del liberal que sustrae la sustancia de la política y se queda con un esqueleto donde se caracteriza a una mujer soberbia y a un hombre testarudo sino una política que instala cruces históricos, emocionales, luchas ideológicas, épicas, convicciones, intereses oscuros, traiciones, bajezas humanas, obras, resultados, fracasos, populismo.
    Creo que la distinción entre “los que se bancan a los negros y los gorilas de café” de la que habla Marcos, la instaló TN más que el gobierno, después interviene D Elía y, por supuesto, la simplifica, en parte con el objetivo de recuperar cierta liturgia peronista que es un condimento más de lo político. No creo que el problema pase por ahí pero si me parece importante estar atentos a cierta falta de pudor de los medios para mostrar su racismo porque si lo hacen es porque saben que hay un alto nivel de permisividad en la sociedad.
    Sinceramente creo que el fracaso de este gobierno va a ser un fuerte retroceso, una derrota de la mayoría de la población. La alternativa es mucho peor y creo que en política hay que medir ciertos riesgos. Eso no implica correrle el cuerpo a la crítica, por el contrario, creo que se vuelve más necesaria.