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Massa en la dura tarea de salvar al gobierno de sí mismo*

Hasta ahora Sergio Massa y los demás (pocos) funcionarios medianamente moderados y modernos que integran (todavía) el gobierno kirchnerista han logrado escasos o nulos resultados en dos de los terrenos en que plantearon la necesidad de cambios para salvar a la actual administración de su vocación autodisolvente: el reemplazo de funcionarios ineficaces y desprestigiados, y el cambio de las políticas económicas para frenar la inflación y recuperar la confianza de los inversores. Pero tan mal no les ha ido en cambio en el giro impulsado en la relación con los gobernadores y legisladores afines o aliados. Veamos un poco qué está pasando en cada uno de estos terrenos.En cuanto a lo primero, el recambio de los funcionarios, da la impresión que el vértice del poder sigue y seguirá mientras pueda prefiriendo evitar los cambios. Al menos hasta el momento en que ellos se le impongan, aunque ello suceda del peor modo, como pasó en el propio caso de Alberto Fernández y Sergio Massa, y antes de eso, con Alberto Abad y Ricardo Echegaray en la disputa AFIP-Aduana. Saber despedir a un colaborador que ha fracasado, o que simplemente ha llegado a significar más problemas que soluciones, es un arte que los gobernantes deben saber practicar, y los Kirchner nunca lo aprendieron, ni parece quieren tampoco aprenderlo ahora. El caso más grave es sin duda el de Guillermo Moreno, pero hay otros, demasiados, que se han ido acumulando: por ejemplo Héctor Capaccioli, cuya permanencia en el manejo de los programas especiales de las obras sociales es, tras el triple crimen de los farmacéuticos, muy poco razonable; o Romina Picolotti, que no podrá nunca recuperarse de cuarenta días de humareda ni de sus ridículos llamamientos a colgar a unos chacareros quasi marginales como si se tratara de exponentes de una monstruosa oligarquía piromaniaca.

En cuanto al cambio de las políticas económicas, el problema es incluso más grave: en la persistente vocación de los actuales timoneles del destino nacional por tratar siempre de tener razón, o al menos de aparentar que la tienen, resolver problemas prácticos como son los de la economía aparece como un asunto secundario; y que merece ser considerado sólo y en la medida en que esté garantizado aquel primer objetivo. La presidenta y su entorno parecen por tanto convencidos de que es preciso esperar la oportunidad para hacer algo que puede que ya admitan es necesario en términos técnicos, pero no políticos. La dificultad está en que mientras más tiempo pasa el problema económico en sí se va agravando, porque tras la crisis con el campo él ha adquirido una dinámica propia y muy inconveniente: con la misma velocidad con que se habían alineado en el 2003 todos los planetas para que casi cualquier política económica diera buenos resultados, ahora parecen alinearse para complicar más y más la situación, la inflación, las restricciones fiscales y de financiamiento, la caída de precios internacionales y el alza de tasas se encadenan y potencian entre sí; y el paso del tiempo empeora las cosas, reduciendo las opciones disponibles y exigiendo más y más esfuerzos para asegurar una salida no conflictiva. Ante lo cual se refuerza a su vez el temor oficial a ya no poder disfrazar un giro como una confirmación del rumbo, dándole más razones a los conservadores y los fanáticos dentro del oficialismo.

No todo está perdido, sin embargo, para el intento moderador-modernizador del nuevo jefe de Gabinete: al menos en algunas áreas de la gestión, en particular las que involucran los intereses de legisladores y gobernadores, los Kirchner han abierto la puerta a un cambio de actitud, aunque más no sea parcial, para nada menor, respecto a lo que había sido la norma hasta la derrota de las retenciones móviles en el Congreso.

Ello se puede observar en el trato que están recibiendo incluso gobernadores díscolos como Schiaretti de parte de los miembros del gabinete, y figuras provinciales de peso no precisamente afines, como Reutemann, del propio ex presidente. También en el trámite parlamentario que cabe esperar de los proyectos que más le importan al Ejecutivo: el plan de reestatización de Aerolíneas Argentinas lo demuestra. El mismo sufrió una serie de cambios muy profundos en la Cámara de Diputados, impensables en otro tiempo, y que revelan lo mucho que se ha abierto el Ejecutivo a aceptar sugerencias de sus legisladores, o tal vez sea más preciso decir, lo mucho que está dispuesto a sacrificar de sus objetivos para lograr que sean compartidos y respaldados por sus bases de apoyo.

Esto podría dar lugar a un nuevo círculo virtuoso, que levante las perspectivas del gobierno de cara a las elecciones del año entrante: si demuestra que puede hacer aprobar los proyectos que se propone, y ellos no dan resultados demasiado malos; y que con los recursos fiscales que maneja, aunque acotados, está en condiciones de garantizar la estabilidad de las provincias, puede incrementarse la disposición de los peronistas y sectores afines que controlan recursos y espacios institucionales a cooperar con él; ello mejorará la percepción de los inversores y consumidores respecto al nivel de riesgo político, y se aventarán los temores, un poco exagerados, que circulan actualmente sobre escenarios de default o colapso gubernamental.

¿Alcanzaría ello para un renacimiento del kirchnerismo? Es más bien dudoso, primero porque los problemas políticos y económicos se habrán resuelto sólo en parte; segundo porque no son sólo algunos funcionarios de segunda línea los que tienen vedado volver del ridículo en que se han sumido; tercero, porque la opinión pública argentina ha dado ya repetidas muestras de que sus lealtades políticas son efímeras y sus afinidades ideológicas bastante ciclotímicas. Para cualquier gobierno, pero más todavía para un mal gobierno, el momento más difícil que enfrenta es aquel en que intenta corregirse. El actual tiene todavía la ventaja de los recursos fiscales de que dispone y la debilidad de la oposición política que enfrenta. Eso le puede alcanzar para acometer cambios parciales, que le permitan sacar la cabeza del agua, volver a respirar y asegurarse un final de mandato no demasiado escandaloso, pero muy difícilmente para lograr mucho más que eso.

 *publicado el 23 de agosto en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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2 Responses

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  1. Javier says

    El tema de la debilidad de la oposición es llamativo y preocupante. Efectivamente, después de la derrota en el senado el gobierno parece estar atravesando una etapa bastante deliciada y deprimente, pero las alternativas a nivel nacional parecen inexistentes. El escenario puede ser peligroso: un gobierno desacreditado ante la opinión pública pero sin alternativas creíbles. ¿Puede volverse al clima de descrédito de la política y falta de representatividad del 2001? Si es así, mejor que la economía siga marchando más o menos bien.

  2. Marcos says

    El movimiento que empieza a haber en la oposición es un poco tardío pero no tan mal encaminado, creo: si creo que puede haber mucha dispersión en el 2009, pero no tanta ni tan poco atractiva como para parecerse al 2001, por otro lado el PJ aun dividido ofrecerá un piso mínimo de apoyo al gobierno y eso me parece también hará diferencia con aquella elección en que De La Rúa quiso aclarar que él no competía, así que no podía considerárselo perdedor.
    El problema claro es que esta vez los gobernantes son aún más irresponsables que entonces en todo lo demás, sobre todo en el manejo de la economía: el escenario por tanto seguirá abierto para casi cualquier cosa, porque así el kirchnerismo lo ha querido, y la oposición, incluso o sobre todo la peronista, debe tenerlo en cuenta: es parte de los cálculos la eventualidad de un deterioro económico y una renuncia anticipada, actores responsables que no jueguen a la caida de todos modos deben reconocerlo y actuar en consecuencia, para la oposición esto puede significar que los tiempos se pueden acelerar y no pueden dejar de tener algún plan B: eso significaría un acuerdo lo más amplio posible aún para el 2009? Conviene que no: mejor que esa elección sea una interna abierta entre oposiciones, que les permita ganar la mayor cantidad de votos y a la vez definir las posiciones relativas que ocuparán de cara al 2011, algo parecido pero menos dañino institucionalmente de lo que hizo el PJ en el 2003. Pero todo puede cambiar claro.