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Y al final, ¿le pagamos o no le pagamos al Club de Paris?

Cuando uno está en la mala, improvisar no suele ser lo más recomendable. Ilustra el punto lo sucedido con la decisión de Cristina Kirchner de querer acallar las críticas y pronósticos catastrofistas de los expertos en finanzas sobre la capacidad y la voluntad de pago del país con una nueva catarata de dólares de las reservas del Banco Central, esta vez en beneficio del Club de Paris. Como se hizo con el Fondo tiempo atrás, también esta vez se quiso presentar la decisión como un acto de independencia y rebeldía, orientado a aplastar la pretensión imperial de “ponernos de rodillas”. Pero los resultados alcanzados fueron inexcusablemente más penosos. Y sólo han podido morigerarse gracias a que otro papelón internacional, el de la valija, ganó el centro de la escena.

El anuncio sobre el Club de París no movió siquiera el termostato de los analistas financieros. Más bien al contrario, agregó nafta al fuego de la desconfianza: reducir las reservas justo cuando el panorama externo se complica fue visto como imprudente, y hacerlo para evitar una revisión técnica que cuestionara los índices de inflación, como confirmación de que se mantendrá un rumbo insostenible.

Fue más esperanzador para el gobierno, en cambio, el efecto en el gran empresariado. Él en términos generales se mostró complacido, lo que es razonable, dado que el único efecto positivo que podría llegar a tener la medida en términos económicos, es permitirles volver a tomar créditos internacionales a tasas razonables y financiar operaciones de comercio exterior. Pero los Kirchner deberían saber a esta altura que ese apoyo es el último que perderán: como ha sido norma en todos los gobiernos desde 1983 a esta parte, los dueños del capital saben muy bien que apoyar hasta último momento a las autoridades de turno les provee de oportunidades de negocios y no les impide hacer de inmediato lo mismo con el que les sigue.

Son mucho más remisos a mantenerse cerca del palacio cuando hay dificultades, en cambio, otros actores igualmente necesarios para la acción de gobierno, como ser los sindicalistas y la opinión pública. A ellos la decisión sobre el Club de París les cayó en verdad bastante mal. Y así lo han hecho saber, sobre todo los segundos. El asunto adquiere ribetes preocupantes pues, desde el conflicto con el campo, los Kirchner han visto deteriorarse los vínculos con ambos, y sus intentos de reconciliación hasta aquí no han funcionado, todo lo contrario. Se puede suponer además que lo que suceda en esos dos terrenos resultará decisivo para saber si la decadencia de la pareja gobernante se estirará hasta desembocar en un aterrizaje más o menos suave en la tierra del olvido, o conduce a una poco elegante y conflictiva despedida, tal vez, como ellos mismos se han ocupado de habilitar con su particular vocación autodisolvente, antes de tiempo.

Los sindicatos de Moyano constituyen, hoy por hoy, la principal amenaza para el gobierno. El de camioneros negoció nuevos aumentos, que sumados al de comienzos de año constituye desde ahora una meta a alcanzar para todos los demás. Para colmo el mismo líder de la CGT hasta hace poco oficialista ha dicho que “las paritarias están todo el tiempo abiertas”. ¿Cómo no reclamar y ponerse duros, cuando se ve a la mezquina reducción del impuesto a las ganancias acompañada de multimillonarios desembolsos a favor la “oligarquía financiera”? Puede que por más esfuerzos que haga para distanciarse de los Kirchner, el camionero vea deteriorado su rol en el concierto peronista. Pero no hará falta que les aclare las razones que vuelven inevitable su traición: los ciudadanos de a pie votarán dentro de un año, pero en los gremios se disputa el poder todos los días.

En el terreno del voto y la opinión pública los Kirchner calculan, precisamente, que tienen más tiempo. Han hecho gestos hacia los gobernadores e intendentes del conurbano, señalándolos como los elegidos para recibir lo que queda en el fondo de la lata del maná otrora inagotable del tesoro nacional. La clave de la estrategia oficial a este respecto parece ser lograr que el peronismo y sus aliados hagan campañas lo más ambiguas posibles, dando por supuesto que el disgusto social seguirá de aquí al año que viene sin convertirse en una ola abiertamente opositora, y esa ambigüedad podrá expresarla esa opción semioficial tan bien como la oposición, que seguirá tan dividida como para poder presentar una alternativa creíble, de modo que aún cuando ella crezca, el voto oficialista (o indefinidamente peronista) seguirá siendo la primera minoría.

Las esperanzas oficiales dependen, como se ve, de demasiados eventuales, y en esencia de suponer que siguen siendo como en el páramo patagónico y en los años de la presidencia de Néstor, los únicos con capacidad de iniciativa. Algo que ha quedado ya archidemostrado han dejado de ser. Por lo que tal vez con alguna demora, de seguir por este camino avanzan en verdad sin advertirlo, a un verdadero brete.

Porque lo cierto es que la oposición, aunque un poco tardíamente, pero sin cometer grandes errores, está ocupando el vacío que el desastre de la cruzada anticampo ha creado en la escena política. Puede que lo haga manteniendo la dispersión durante un tiempo más, incluso hasta las parlamentarias de 2009. Pero ello no necesariamente será un obstáculo para su crecimiento, todo lo contrario: desde una perspectiva al menos cuantitativa hasta puede convenirle que esa elección sea una interna abierta entre oposiciones, que les permita ganar la mayor cantidad de votos y a la vez definir las posiciones relativas que ocuparán de cara al 2011, algo parecido, aunque menos dañino institucionalmente, de lo que hizo el PJ en el 2003.

Lo decisivo a este respecto probablemente sea lo que haga Macri: el gobierno seguramente espera que prime en su ánimo la prudencia y pueda convencerlo de la conveniencia de cambiar recursos por un compromiso de abstenerse de competir anticipadamente a nivel nacional, y sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Pero si Macri no apuesta fuerte en la provincia, y la elección se nacionaliza, es probable que también termine perdiendo en la ciudad, donde un candidato como Prat Gay puede hacer estragos entre los votantes de centro si compite contra una campaña “localista” del PRO. No hay, como se ve, muchos motivos para que el gobierno se confíe de que la dispersión opositora lo ayude, más bien ella puede extremar la competencia ya en 2009 haciendo de esa elección, como sucedió en 1997, una suerte de pre-presidencial.

Tampoco hay ningún motivo para creer, como se ha echado a correr en algunos pronósticos agoreros, que esa elección será una reedición del escenario electoral de octubre de 2001, y por tanto la antesala de un nuevo colapso gubernamental. Por un lado porque parte del pronóstico oficial puede que se confirme: el PJ aun dividido y más bien distanciado del gobierno nacional, le ofrecerá un piso mínimo de apoyo. Si logran hacer una elección más o menos pasable en el conurbano, y contabilizar como propios votos “ambiguos”, pueden salvar la ropa. Es difícil que los Kirchner, por otro lado, caigan en la extrema enajenación de De la Rúa que quiso convencer a la ciudadanía que él no competía en esos comicios así que no podía considerárselo perdedor.

El problema claro es que esta vez los gobernantes son aún más irresponsables que entonces en todo lo demás, sobre todo en el manejo de la economía y los conflictos sectoriales: el escenario por tanto seguirá abierto para casi cualquier cosa, porque así el kirchnerismo lo ha querido. La oposición, y también el peronismo, deberán tenerlo en cuenta: seguirá presente en los cálculos políticos desde ahora hasta 2011 la eventualidad de un deterioro económico, nuevos conflictos polarizantes, y una renuncia anticipada. Actores responsables que pretendan evitar una crisis institucional de todos modos deberán reconocerlo, hacerlo público y actuar en consecuencia. Disponer de un plan B en estas circunstancias no significa conspirar para aplicarlo, sino admitir que en el vértice se ha instalado una amenaza, que la democracia tiene que poder superar.

* Publicado en El Economista el viernes 5 de septiembre de 2008

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina, Politica Económica.

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