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La sucesión del liderazgo peronista y los dilemas de Macri*

El agravamiento de los problemas económicos y los desaciertos que sin pausa suman a su ya abultado record los capitostes del gobierno nacional han acelerado el proceso de descomposición de la hasta hace muy poco invencible mayoría kirchnerista en el PJ, y estimulado en consecuencia, anticipadamente, la ya conocida tendencia de sus jefes territoriales y sindicales a buscar refugio en tiempos de estrechez y penuria en la Rosada en sus santuarios de poder más firmes, a la espera de que emerja, de su seno o de su periferia, un challenger capaz de hacer lo que ya todos saben necesario para la preservación del poder colectivo de la fuerza, pasar a retiro al líder en decadencia.

Puede que ese proceso de dispersión sea prolongado, o puede que no. Depende de cuánto dure el trámite de la sucesión. Recordemos que con Menem él también se inició bastante tempranamente: fue casi en seguida después de la reelección de 1995, cuando la desocupación y la pobreza dieron un salto pavoroso y las encuestas dejaron de sonreirle al presidente, que tanto Duhalde como Cavallo lo desafiaron y un número considerable de gobernadores y líderes sindicales volvieron a llamarse a sí mismos peronistas a secas, dejando en el olvido sus frescas complicidades menemistas. Pero dado que el caudillo riojano se dio maña para evitar se conformara una mayoría alternativa en el seno de su partido, pasaron años hasta que se lo pudo desplazar de la conducción: fue recién tras la crisis del 2001, y en forma más definitiva, recién con el ascenso de la estrella de Kirchner, que Menem dejó de ser, casi al mismo tiempo, candidato creíble a volver a la Casa Rosada, y presidente del PJ. Esto fue así en gran medida porque hasta diciembre de 2001 Menem retuvo en su haber el control de recursos esenciales para la gobernabilidad del país (el último, la mayoría de la Corte Suprema), y credenciales indiscutibles ante el peronismo y los grandes empresarios en cuanto a su capacidad para asegurar el orden vigente.

Todavía hay chances de que las dificultades económicas sean esta vez menos graves que entonces, y no desemboquen en un colapso total, pero lo que es seguro es que las habilidades del actual equipo gubernamental son mucho más modestas que las que pudo poner en juego Menem y su entorno de leales en la fase de declive de su imperio. Y lo que es peor, la fórmula absolutamente rudimentaria, improvisada y vacilante con que los Kirchner están encarando sus primeras complicaciones serias, no hacen más que agravarlas y volver impredecible el curso de los acontecimientos: haber permitido que se consolidara una inercia inflacionaria al mismo tiempo que se entrampaban en una red intrincadísima de subsidios y precios regulados, justo cuando el contexto externo cambia drásticamente, les dificulta aplicar un ajuste más o menos ordenado, vía corrección paulatina de tasas, tipo de cambio o nivel del gasto, y los va conduciendo a una encerrona que ya conocemos, de la que sólo podrán salir por obra de un mega ajuste caótico e inevitablemente conflictivo.

La pregunta entonces no es ya si la crisis se producirá, sino cuándo, si será antes o después que la pelea por la sucesión en el peronismo se haya vuelto una batalla abierta, y en qué medida esta pelea la potenciará. La ventaja que la actual coyuntura reviste a este respecto, en comparación con la del largo final de la era menemista, es que mucho antes de que la situación se vuelva insostenible, los principales responsables tendrán que pagar el costo político de haber generado los problemas que ella anida, y se verán obligados a cargar sobre sus hombros decisiones muy antipáticas.

A este respecto, las advertencias que le lanza Eduardo Duhalde al matrimonio gobernante son de lo más elocuentes: hará lo imposible por cerrarle el paso a una salida fácil al estilo Chacho Álvarez (les habría hecho saber incluso que en caso de una renuncia anticipada e inconsulta no les dará cuartel hasta verlos en prisión); y sueña con hacerlos firmar los decretos necesarios para que carguen con una responsabilidad indeleble por los errores cometidos, y liberen a la vez al resto de los peronistas de pagar los platos rotos.

Los Kirchner, por su parte, se esperanzan con una relativa estabilización de los últimamente muy móviles frentes de batalla en que consumen sus fuerzas, que les de tiempo hasta poder encontrar la llave mágica que creen se esconde en algún lado y abre la puerta de la encerrona en que están, para retomar la iniciativa perdida. En términos concretos, ese equilibrio al que aspiran significa asegurarse que los candidatos peronistas hagan para las parlamentarias del año que viene campañas localistas o ambiguas respecto del gobierno nacional, retener una primera minoría en esas elecciones y evitar así una fuga anticipada de diputados, senadores y gobernadores hacia un polo interno alternativo progresivamente mayoritario. Si la oposición sigue dispersa, y no hay ningún peronista capaz de coordinar nacionalmente las expresiones antikirchneristas locales y arrastrar votos en los principales distritos para sumarlos en contra del gobierno, creen poder al menos ganar tiempo, y seguir esquivándole el bulto a la crisis, con la misma fórmula que Menem, pateando para adelante los problemas fiscales y financieros, y esperando un milagro, o que la bomba no estalle al menos en sus manos.

Los Kirchner perderán votos, pero no es Duhalde (ni ninguno de sus socios) quien puede ganarlos para sí, él mismo lo sabe, por lo tanto el resultado está indefinido. La balanza la inclinarán quienes puedan actuar como polo de atracción de peronistas desencantados a nivel nacional, o al menos en los distritos principales. Y no hay muchos nombres a la mano para hacer este trabajo: el principal, obviamente, es Mauricio Macri.

El gobierno espera que, como en otras ocasiones, prime en su ánimo la prudencia y pueda convencerlo de la conveniencia de cambiar recursos y promesas de paz sindical por un compromiso de abstenerse de competir anticipadamente a nivel nacional, y sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Pero sucede que si Macri no apuesta fuerte en la provincia, y la elección se nacionaliza, es probable que también termine perdiendo en la ciudad que gobierna, donde un candidato como Prat Gay puede hacer estragos entre los votantes de centro, si compite contra una campaña “localista” del PRO. No hay, como se ve, muchos motivos para que el gobierno se confíe de que la dispersión opositora lo ayude. Más bien ella puede extremar la competencia ya en 2009 haciendo de esa elección, como sucedió en 1997, una suerte de pre-presidencial.

¿Puede Macri articular candidaturas locales, en la provincia de Buenos Aires y en otros distritos, con las que atraerse el voto de los peronistas descontentos y también de sectores más amplios del electorado, para disputar ya en 2009 la primera minoría y el control del peronismo, o de intentarlo se internaría en los desprestigiados meandros del peronismo antikirchnerista, y consumiría inútilmente su actual prestigio como figura autónoma y refractaria a la “política tradicional”, los aparatos partidistas y sindicales? Es muy pronto para contestar esta pregunta. Lo cierto es que algunos datos del contexto en que se realizarán las próximas elecciones, y que son útiles para responderla, ya se han definido, y parece difícil que vayan a cambiar sustancialmente en el año que resta para esos comicios: el desprestigio de los Kirchner y la falta de figuras de recambio en ese espacio son insuperables (sólo la desesperación puede darle visos de viabilidad a la candidatura de Scioli para una asamblea constituyente de ficción en la provincia); en el enorme vacío de representación que se ha abierto entre un gobierno que se descascara y una oposición que no ofrece mayores alternativas sólo se mueven unas pocas figuras de recambio, como Macri, Cobos y Binner, ninguna de las cuales tiene hoy por hoy una oferta definida de alcance nacional; por último, es casi inevitable que la elección de renovación parlamentaria se vuelva una disputa por la orientación que adoptará el consenso poskirchnerista, quien no lo entienda así muy difícilmente podrá tallar en la elección presidencial dos años después.

* publicado en El Economista 

 

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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2 Responses

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  1. German says

    Marcos,

    Con Menem existe una diferencia importante. Este no podía volver a presentarse a una nueva elección. No que los Kirchner vayan a llegar demasiado bien parados… pero es muy difícil, me parece, que logre formarse una mayoría alternativa en el PJ hasta poco antes de las elecciones. Lo más probable es que los peronistas (especialmente los que ocupan cargos ejecutivos) vayan desertando de a poco, tomando distancia, a medida que los recursos de poder (hoy, basicamente fiscales) de los K (que todavía, aunque diezmados, conservan) se vayan agotando. No se rompe institucionalmente con el kirchnerismo, pero las condiciones de negociación son distintas.

    En este sentido, los K pueden generar algunos mecanismos de estabilización con los PJ provinciales (con los sindicatos les va a ser mucho más difícil), aún dentro de un plan de estabilización (como ves, me propongo para ser el ministro del interior más joven del país). El problema es que hasta ahora su voluntad ha sido siempre la opuesta: conservar discrecionalidad, antes que nada.

    No creo que Macri pueda ser visto como el nuevo punto focal del peronismo. Aunque sea porque hay demasiados muchachos con pretensiones propias. Tampoco es seguro que tenga esas pretensiones, aunque eso quedará confirmado dentro de poco.

  2. Marcos says

    Estimado Germán, tal vez tengas razón, pero yo no apostaría a favor de esa alternativa: con una competencia abierta en 2009 en que pueden cambiar de manos muchos votos, cuántos peronistas en provincias se van a abstener de salir a cazarlos, ofreciéndose de candidatos de Macri? Que por otro lado tiene que hacer muy poco esfuerzo y correr pocos riesgos para lograr armar así una fuerza nacional, con la que tampoco necesita ganar o ganar, haciendo una buena elección en provincias grandes y ganando en la ciudad queda ya instalado para el 2011.
    Como yo lo veo, si se da un efecto manada y los Kirchner no pueden crear confianza a sus compañeros de partido, la ola de emigrados será muy acelerada. Como sucede con los mercados financieros, las credenciales importan, e importa también el reflejo para frenar la ola a tiempo, y esta gente no tiene ni credenciales ni reflejos.
    Es cierto que los Kirchner pueden de todos modos apostar a la ambigüedad, creo que es su mejor carta, pagar para que la soledad en que se van sumiendo quede desdibujada, pero en su afán de apostar fuerte y su incontinencia para abrir conflictos insalvables con palabras inoportunas, dudo que esa carta sepan aprovecharla.