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Las venas abiertas del conservadurismo estadounidense

Han pasado ya algunas semanas de las respectivas convenciones demócrata y republicana. La crisis financiera puso un cono de sombra sobre la batalla de los valores culturales, torpedeando así, por ahora, la ventaja que el ticket republicano había obtenido tras la sensacional designación de Sarah Palin como vicepresidente. La campaña electoral ha reculado en el frente cultural al reverbero de la crisis financiera y los planes de intervención en el sector financiero, ciertamente de magnitudes soviéticas, propuestos conjuntamente por la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro. Pero esto no es nada nuevo para la administración Bush, ni para el entorno conservador que lo catapultó a Washington. Según John Micklethwaite y Adrian Wooldridge, autores de Una nación conservadora. El poder de la derecha en Estados Unidos, el Partido Republicano, lejos de comportarse como “el partido del gobierno limitado y la minima regulación,” ha tendido a utilizar  K Street y todo el regimiento conservador de la metrópoli del Potomac como su maquinaria política, así como el Partido Demócrata, pace Franklin Delano Roosevelt, lo hizo con la expansión burocrática del gobierno central. A los republicanos probablemente les resultó más fácil presentarse con ideas más radicales y así atraer las filas conservadoras al Partido Republicano, pero una vez en el gobierno, se dejaron corromper por las alambicadas ideas liberales, planificando presupuestos con déficit y expandiendo insidiosamente programas de políticas sociales, como Medicare y Medicaid durante el primer período de la administración Bush. El mismísimo Instituto Cato ha establecido que Clinton en sus ocho años fue más frugal que Bush con el gasto público doméstico.

Así las cosas, este cambio de tono electoral vuelve aún más pertinente una reflexión en torno a lo sucedido en la convención republicana de principios de mes, así como también de la polvareda levantada por el Rally for the Republic del Senador Ron Paul, una suerte de “contraconvención” republicana. Es importante precisar que ambos hechos se vuelven sintomáticos de una contradicción al interior del conservadurismo estadounidense. Así es como el Partido Republicano ha sido caracterizado por los antedichos autores como el “partido de las dos cosas a la vez.” Del libertarianismo y el conservadurismo social, el de políticos como Arnold Schwarzenegger y Tom de Lay, el de los ganadores de Wall Street y los creyentes partidarios de la Segunda Enmienda. Blackberries vis-à-vis biblias y armas, política exterior beligerante y aislacionismo. Una contradicción múltiple. Bien podríamos decir que el conservadurismo estadounidense es un credo práctico y flexible, pero la eficacia que demostró Karl Rove -jefe de campaña de Bush desde sus tiempos de gobernador de Texas y consejero informal en la actual campaña de McCain- al conseguir un equilibrio de la coalición conservadora que afianzó la plataforma republicana para las anteriores elecciones, no pudo ser revalidada esta vez. Algo de esto se observó en esos días: una resuelta intervención en la campaña electoral por parte de los grupos de presión apelando al voto conservador, no ya solamente proveyendo a los candidatos políticos de financiamiento y medios organizativos. Sino sugiriéndolos enérgicamente.

Es consabido el carácter plástico y maleable de la organización partidaria en Estados Unidos a nivel federal. La estructura interna de los partidos los vuelve dependientes de las organizaciones de base a nivel local en tiempos electorales, cuya disciplina se vigoriza en el proceso de selección de candidatos. Como señala Theodor Lowi en El Presidente Imperial, después del New Deal la presidencia plebiscitaria cambió el panorama constitucional e institucional de los Estados Unidos. Fue así que el debilitamiento de la institución mediadora en el lazo representativo entre gobernantes y gobernados, a saber, los partidos políticos, se suplió mediante la actividad de los grupos de presión y la plutocratización de las campañas electorales. Las coaliciones de grupos de presión en el marco de un partido pasaron a definir los procesos de selección del candidato, y la base de apoyo electoral a éste resultaba de un aglutinamiento temporal en derredor suyo, cuya perdurabilidad estaba marcada por su consagración electoral. A la morfología político-institucional de la Segunda República estadounidense, tal como la conocemos, se le presentan nuevos dilemas con la nación conservadora. La base popular que tiene la militante ciudadanía de talante conservador se interpenetra cada vez más con los grupos de presión. En los años noventa, la bancada republicana encabezada por Newt Gingrich fiscalizó a rajatabla la gestión de Clinton, y mantuvo un electorado conservador a flote para el Partido Republicano. Pero una vez que el Partido Republicano volvió a la Casa Blanca, se produjo un desencanto. No hubo más pábulo para la prédica del presupuesto equilibrado. Lo llamativo es que esto no interfirió en la ascendente preponderancia conservadora en la arena política. Y es que la coalición conservadora tiene metas a largo plazo. No tiene sólo “un centro de foco temporal”. Detenta el inconmovible fervor cívico de enfrentar las depredaciones del gobierno federal, aún cuando éste esté bajo la tutela republicana. La mejor receta para el radicalismo es más radicalismo.

No obstante, o quizás debido a lo antedicho, la administración Bush supo guardar distancia de los grupos de presión más caros a la campaña. En vez de contentar a las filas, Bush entrelazó mediante K Street sus intereses con el lobbying de las grandes corporaciones. Por eso desde los sectores del conservadurismo social y la derecha anti-impuestos se acusa al gobierno de Bush de haber construido un gran gobierno, una versión privatizada del “liberalismo de los grupos de interés”. Y lo peor de todo, es que en esta última elección, estos grupos de interés acudieron en masse a los brazos de los demócratas. Un ejemplo de esto lo brinda la Asociación Nacional del Rifle (NRA), que si bien logró ciertos reconocimientos para su causa, no pudo colocar a su gente en la Casa Blanca. Bush procuró de esa forma no alejar el voto republicano moderado. Pero en estos comicios los grupos de presión no volverían a dispararse en el mismo pie. La estrategia emprendida parece ser doble. Por una parte han conseguido que la fórmula republicana levante las banderas de la nación conservadora más notoriamente que con Bush. En este sentido, no resulta casual la nominación de la gobernadora de Alaska como vicepresidente. Así y todo, el as en la manga fue saludar tímidamente la organización del mitín rebelde de Ron Paul, quién no respaldó la candidatura de McCain. La presencia de Grover Norquist, líder de Estadounidenses por la reforma impositiva (ATR) e influyente en otros grupos de presión de la misma sintonía como Liberty Park, remacha el clavo en esta cuestión. El Partido Republicano se encuentra en una encrucijada, y los grupos de presión se lo hacen saber. Jesse Benton, vocero de Ron Paul, declaró que el Rally for the Republic les iba a recordar a los republicanos que existe un ejército de voluntarios disponible a lo largo y a lo ancho del país ansioso de trabajar con ellos, si reconducen el partido a las tradiciones del gobierno mínimo y libertad personal. Cabe agregar, solo si entienden cuál es la estrategia a seguir. No se puede afirmar que los grupos de presión parecen más capaces de articularse más allá del Partido Republicano que antes, pero si parece que la parte del león en el proceso de selección de candidatos se la llevan ellos. Es decir, su modo de actuación parece indicar que el grado de legitimidad que tiene el Partido Republicano como etiqueta electoral no es prescindible, al menos no en el corto plazo, pero sólo por ser la que está más a la mano. La línea divisoria entre el grupo político y los grupos de presión cada vez es más difusa.

Para los grupos de presión conservadores, McCain por si solo no era un candidato viable. Sarah Palin condensa en su figura muchas de las demandas del Estados Unidos interior. Sus atributos llevaron a medios como The New Republic a ver la fórmula republicana como una emulación del populismo recalcitrante de Ross Perot, que en las elecciones de 1992 obtuvo casi una quinta parte del voto popular.  Pero también a verla como una reencarnación de William Jennings Bryan, candidato demócrata a la presidencia en tres oportunidades aproximadamente cien años atrás. Como señala Richard Hofstadter en su semblanza del político en La Tradición Política Americana, Bryan creía que los problemas políticos radicaban en la incapacidad de la clase política de ver que las cuestiones a resolver son esencialmente de índole religiosa, y que la solución era aplicar más moral cristiana a las políticas públicas. Bryan configuró entonces la tradición política americana de apelar al sentimiento religioso, tradición que sigue muy presente hoy en día. Presidentes anteriores invocaron el voto evangelista codeándose con los líderes de sus iglesias. Por el contrario, Bush logró atraerlo por su condición de “cristiano renacido.” Y Sarah Palin parece ser una apuesta firme en esa dirección.

En definitiva, lo relevante de esta contradicción es el modo en que comienzan a notarse las costuras que el Partido Republicano dejó en la morfología político-institucional de la Segunda República estadounidense. Y un botón de muestra se presta así en el plano político-partidario: Más precisamente en la vertebración del Partido Republicano y los grupos de presión del espectro conservador: Estos grupos de presión son los que marcaron la línea en la arena cultural frente al liberalismo estadounidense, y apoyaron al Partido Republicano por lo que decía que iba a hacer una vez en el gobierno, no por lo que hizo finalmente. El ciudadano común de los Estados Unidos, que potencialmente –o efectivamente- se siente atraído hacia los intereses concretos que grupos de presión como ATR, Enfoque en la Familia (FoF), o la NRA identifican, quiere que el gobierno saque sus manos de su bolsillo, le deje educar a sus hijos y portar sus armas. En dos palabras, deje de merodear en asuntos que pueden ser satisfechos con prácticas de autogobierno.

Para mayor inri, hechos como la crisis de las hipotecas y el consecuente plan de salvataje del sistema financiero le dan fuelle a las quejas de la nación conservadora por el “tamaño desmedido y la ambición del Estado.” Gastar dinero del cual no se disponía no fue solo una actitud irresponsable de aquellos que aceptaron hipotecas para costear propiedades que no podían pagar, ni tampoco de los inescrupulosos financistas de Wall Street. Para el ciudadano común que votó al Partido Republicano y se siente representado en sus intereses por los grupos de presión conservadores, esa actitud es la letra escarlata que lleva el conservadurismo compasivo de George W. Bush. Bombear dinero de las arcas públicas como si se tratara de un barril sin fondo va a tener consecuencias no solo para la actual administración con un pie afuera, sino también para el Partido Republicano. Coincidiendo con Alan Wolfe, el conservadurismo compasivo hizo mucho ruido conservador, pero al fin y al cabo, pocas –pero imperdonables- nueces liberales. Parece ser, en efecto, una situación difícil de lidiar para cualquier gobierno. Los grupos de presión parecen ser cada vez más radicales. Cualquier gobierno conservador tiende a ser liberal para la nación conservadora. Pasó con Reagan, y volvió a pasar con Bush. Para la nación conservadora, en sus reivindicaciones Washington viste el mismo sayo que otrora Inglaterra para los revolucionarios independentistas  del Siglo XVIII. Cabe entonces la siguiente pregunta: ¿Estaremos ante un nuevo período crítico de la historia americana? Entre mayorías endeudadas y minorías acreedoras, no es difícil sentir un poco de tufo al lema “Sic Semper tyrannis”.

Si iniciativas como las de Ron Paul logran vertebrar distintas propuestas conservadoras a nivel federal, es probable que, en un futuro próximo, los incentivos que los grupos de presión tienen hoy para apuntalar al Partido Republicano se devalúen, y sus estrategias claven, más decididamente que nunca, una cuña en el bipartidismo americano, fortaleciendo así a terceros partidos. Históricamente los partidos mayoritarios pudieron reencauzar liderazgos emergentes de terceras fuerzas adoptando parte de sus demandas en sus concepciones programáticas. Así los grupos de presión también se veían incentivados a recurrir a las maquinarias partidarias por la organización y el alcance federal que ostentaban. ¿Pero que sucede si hay líneas internas en el marco del partido cuyos intereses no se incluyen en el rumbo que sigue el partido? Si antes fue necesario que el sistema de partidos aceptara la interacción con los grupos de presión, estamos ante un escenario inédito en el que los grupos de presión evidentemente pueden relegar a los partidos políticos a una posición secundaria. Todo esto va dejando al conservadurismo como una región de venas abiertas. Muy probablemente al liberalismo estadounidense también.

Posted in Política Exterior, Populismo.

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