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Crisis externa y política nacional*

La crisis de Wall Street, que arrastró a las finanzas y las bolsas de todo el mundo, y amenaza con convertirse en una depresión global, algo tardíamente se ha comenzado a considerar entre nosotros un problema “nuestro”. Ya era hora de abandonar la ilusión del desacople (que tal vez tenía algún asidero en el caso de una breve recesión acotada a EEUU): Argentina sentirá el golpe, y puede que termine siendo más afectada que otras economías menos endeudadas y dependientes de los commodities. Con todo, hay quiénes sostienen que, sino el país, al menos su gobierno puede salir indemne, o incluso beneficiarse con la crisis. Sobre todo esta opinión es extendida en el propio gobierno, así que vale la pena considerarla, pues influye en las decisiones económicas y políticas que se están tomando.

Al respecto circulan varios argumentos. Hasta ahora el más trajinado desde el vértice oficial, tal vez porque alimenta su conocida vocación intelectual, es que la crisis otorga una victoria ideológica inapelable a quienes rechazan el neoliberalismo: se demuestra que es necesario intervenir en los mercados, lo que justifica el comercio regulado de Etchegaray, los precios de Moreno y cosas por el estilo. Convengamos ante todo que la explicación de la crisis por “falta de regulación” es parcial y sobre todo generosa con Bush: él no sólo se negó a hacer algo necesario, sino que hizo cosas muy graves, como estimular irresponsablemente la formación de las burbujas que ahora estallan en cadena, gastó y se endeudó sin límite, para evitar una recesión cuando empezaron los problemas. Eso es lo que Obama le reprocha a los republicanos, y algo que los Kirchner no mencionan, tal vez porque evocaría su propia burbuja e iría contra su visión ideológica de la cuestión. Pero más allá de este asunto, puramente intelectual, la consecuencia práctica de adoptar este argumento está ya a la vista: se insiste en políticas que vienen haciendo agua desde hace tiempo, pero que ahora podrían recuperar algo de brillo, al menos a los ojos del Ejecutivo. Esta actitud exige claro ignorar que una cosa es un estado desarrollista, que regula los mercados para fortalecerlos, y otra un capitalismo y un estado prebendarios, que requieren que los mercados no existan. Pero como también se puede ver, por ejemplo en el Indec, siempre habrá socios empresarios dispuestos a ayudar a que esos pequeños detalles se dejen de lado, y el miedo hará el resto para desaconsejar cambios.

La idea del “triunfo ideológico” se complementa con otro argumento, que sostiene que la debacle de EEUU confirmaría lo acertado de la posición internacional mantenida por el gobierno argentino, crítica del unilateralismo y los organismos financieros y tendiente a fortalecer lazos regionales y promover un mundo multipolar. Podría objetarse que la crisis lo agarró en mal momento para sacar provecho de ello, justo cuando había decidido dar un giro para reingresar a los mercados financieros que todavía latían al ritmo que les fijaba el Imperio. Pero convengamos las cosas hubieran sido mucho peores si llegaba a tiempo de pagar lo que ese giro le insumiría y tras cartón los mercados se iban al diablo. Lo esencial no es eso, ni cómo disimula su inubicuidad, sino si la posición argentina resultará favorecida, y al respecto cabe albergar algunas dudas. Ante todo, porque con la extensión que adquirió, la crisis no dejará en pie muchas ansias de desafiar el poder norteamericano, más allá de las diatribas anticapitalistas de Irán y Venezuela (sólo igualadas por el llamado del Santo Padre a olvidarse de los mezquinos asuntos del rey dinero). Para que una hegemonía termine hace falta que haya algo que la reemplace, y habrá que esperar mucho para que algo así aparezca. Pero además, lo que es seguro es que el mundo de ahora en más padecerá un gran déficit de confianza, y por tanto los que sean confiables podrán sacar provecho, tanto frente al capital como a otros estados: el gobierno argentino no se encontrará entre ellos, dada su franciscana pobreza en confiabilidad. En suma, tal vez a lo más que puedan aspirar nuestras autoridades sea a que la crisis haga más llevadero, y al menos en público más justificado, el aislamiento internacional en que han ido cayendo.

Ello se vincula con un tercer argumento, según el cual la crisis se sentirá menos en Argentina que en otros países, por caso, Brasil, gracias a la menor exposición que ha tenido el país en los últimos años al flujo de capitales y el menor desarrollo y penetración de su sistema financiero. Las odas al “bolicheo” con que en estos días han batido el parche ya muy gastado de la “excepcionalidad nacional” desde el oficialismo, anuncian el fin del “mundo virtual” de las finanzas, y que nos beneficiaremos, o al menos lo harán nuestros sabios gobernantes, pues nos mantuvieron lejos de ese circuito perverso e infernal, no tendrán que ir al rescate de los bancos y podrán conservar entonces intactas las reservas. Estas odas tal vez se asienten en algunos datos ciertos, pero para dar rienda suelta a un capitalismo de quiosco. Que curiosamente encuentra afinidades con la visión moralista de la derecha religiosa norteamericana, la que ve en Wall Street la encarnación del becerro de oro que hay que destruir para que Dios (y Ratzinger) los perdonen. Que Argentina tenga niveles bajísimos de bancarización sólo sirve al evasor de impuestos, que es tan progresista y anticapitalista como cualquier otro bandido tramposo. Y resulta incomprensible que el progresismo vernáculo considere “virtual” y perverso el sistema financiero en general, incluidos los mecanismos que han permitido en las economías desarrolladas acceder al crédito a sectores de bajos ingresos, y festejen que en el futuro y tal vez por largo tiempo ello les resulte mucho más difícil.

Hay un cuarto argumento, tácito o que se expresa en voz baja, pero muy significativo: que la crisis externa va a hacer el trabajo sucio de enfriar la economía, y permitir entonces bajar el ritmo de inflación, sin necesidad de que el gobierno invierta valiosos recursos políticos en ello. Como durante el Tequila, se le podrá achacar la responsabilidad de todo lo malo a estados y capitalistas lejanos. Si el gobierno hubiera iniciado el ajuste antes del estallido esto podría haber funcionado, pero ahora es demasiado tarde: forzado a subir el tipo de cambio para evitar una avalancha de importaciones, a mantener alto el gasto público para evitar que las caídas en la actividad y el consumo privados se profundicen, y a la vez seguir corrigiendo tarifas para que la presión sobre las cuentas no se vuelva insostenible, deberá encargar al Indec que barra bajo la alfombra no sólo los datos de inflación y pobreza, también los de desempleo, inversión y balanza comercial, y tal vez sea demasiado. Puede que la presión de la demanda sobre los precios, o sobre algunos precios, se modere de todos modos, y entonces se pase de un 25% anual, a 20%, por decir algo. ¿Ello le quitará hierro a las críticas a la política oficial? Es más bien improbable. Ante todo porque el enfriamiento tiene todas las chances de ser más efectivo en fortalecer la sensación de perjuicio inflacionario que en reducir el alza de precios en sí. Es decir, una inflación algo menor, pero todavía alta, será acompañada de una percepción más intensa del daño que ella provoca, y de la responsabilidad oficial en ello.

El último, y tal vez el más interesante, de los argumentos oficiales para sostener su optimismo es que en una situación de enfriamiento con inflación se podrá diluir vía impuesto inflacionario el costo del ajuste y los gobernadores e intendentes de todo el país, con necesidades crecientes y recaudación y coparticipación en baja, se volverán más dependientes de los recursos nacionales. Por tanto el gobierno, aunque debilitado por la mala imagen pública, por el achicamiento de la “caja” y por protestas sociales crecientes, podrá administrar la situación evitando una fuga masiva de lealtades de cara a las próximas elecciones. Puede que esto le funcione a la Casa Rosada. Pero puede también que los legisladores se den maña en los próximos meses para serruchar el margen de discrecionalidad con que ella viene asignando partidas, introduciendo cambios a la ley del cheque, el presupuesto 2009 y otros pilares de su poder. Si esto sucede, ya no habrá consuelo. El gobierno se tendrá que poner a trabajar.

* Artículo publicado por Página12 el 17/10/2008

Posted in Crisis Financieras, Kirchnerismo, Politica Argentina, Politica Económica.

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5 Responses

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  1. Escriba says

    ¿”Estado prebendario”? ¿”Bolicheo”? ¿meaning? No lo encuentro en mi diccionario de ciencia política. Vamos, un poco de seriedad. Un cientista social, por favor…
    Sobre el tema del triunfo ideológico, se ve que usted no leyó las declaraciones de Lula y hasta de la compañera Bachelet al respecto.
    El hecho de que esta mañana esté Sarkozy tratando de convencer a Bush de un Bretton Woods II es un triunfo ideológico del “Sur”, llámele porque esto se reclamaba desde hace años (hasta sus amigos radicales lo han hecho).
    La provocación está bien, Novaro, pero este artículo hace agua por todos lados.
    Eso de buscar diferenciarse tirando piedrazos… ¿no será kirchnerista usted, no?
    Saludos

  2. Marcos says

    Escriba, hay que tomarse las cosas con humor, y usar menos el diccionario de ciencia política sobre todo, lo del triunfo ideológico del sur me parece es todo un hallazgo. Efectivamente, los líderes del mundo libre están pensando tomar como modelo del futuro orden mundial a los eficaces sistemas regulatorios de nuestros países.
    En cuanto a las declaraciones de Lula vi unas cuantas, una de ellas fue la que le dirigió a la señora presidenta: no es momento para hacer proteccionismo. Te referías a esa? Sin duda una gran victoria ideológica para los expertos en regulación que tenemos al timón.

  3. Mariano says

    Marcos: usted dejó un comentario en una entrada mía en Artepolítica (en la que yo intentaba responder algunas cosas de este artículo).
    Le dejo acá el mismo comentario que coloqué en Artepolítica. Me pareció atinado que no sea sólo usted el que vaya de visita por allá.
    Un saludo.

    Marcos: le agradezco mucho que se haya tomado el trabajo de leer y sobre todo responder mi entrada. La escribí sin la menor expectativa de que tal cosa ocurriera.
    La frase “para que una hegemonía termine hace falta que haya algo que la reemplace, y habrá que esperar mucho para que algo así aparezca”, sumada a la opinión de que “la crisis no dejará en pie muchas ansias de desafiar el poder norteamericano”, las entendí como ideas que tendían a valorizar la conservación del cúmulo del poder internacional en las decisiones estadounidenses, debido a que no hay otra cosa que lo reemplace. Como creo que se avizora, incluso desde antes de la crisis, que EEUU está empezando a compartir su poder con otras naciones en tanto cada vez le cuesta más imponerse por la “fuerza”, creí que no atender a que esto está ocurriendo significaba pensar que para que EEUU deje de ser la potencia dominante era necesario que la reemplazara otra (porque no alcanza con que “comparta” su poder). Si me equivoqué es por culpa del virus kirchnerista, no mía (total, de todo tiene la culpa el kirchnerismo).
    Me parece que el impulso a la demanda por encima de la capacidad de respuesta a la misma de la oferta (que lógicamente genera presión inflacionaria), no es lo que se llama una burbuja, porque su desenlace se remite a una contracción en el otorgamiento de crédito de corto plazo, y no en una ruptura de la cadena de pagos porque los agentes no puedan devolver lo que se les prestó. La diferencia está en que la situación argentina se “desinfla”, la burbuja se pincha. Genera un shock. Pero en definitiva, son apreciaciones de carácter lingüístico, diría.
    Algunos de los puntos de su primer párrafo podrían aplicarse al supuesto “desprecio” mío para con los jubilados.
    La deuda pública creciendo por encima de la capacidad de pago del estado afecta mucho más a los jubilados que una quita en el valor nominal de los activos que aseguran el pago futuro de jubilaciones. No es bueno que la riqueza nominal crezca demasiado por encima de la riqueza real. Ahora, si se estabiliza la situación de la riqueza real, el factor tiempo hará que los “papeles” vayan recuperando su valor. Es mejor eso que ir a cobrar un papel recontrainflado y encontrarse con que no hay con qué pagarle.
    Le vuelvo a agradecer el gesto de infrecuente humildad de meterse en una discusión con alguien que tal vez no esté a su altura intelectual.
    Un saludo.

  4. Escriba says

    Pero si esa de Lula es una declaración casi barrial… como la que uno hae en una esquina a un vecino al pasar. Digo las otras, en las que les dio con todo (mucho más feo que Cristina, hay que decirlo) al neoliberalismo y al Norte.
    No sé si sirve (no sé si es como la de “campeones morales”), pero triunfo ideológico, hay.
    Y las posibilidades de usarlo a nuestro favor (el del Sur) también hay. Claro que hay que ser vivos para eso.
    Saludos

  5. Marcos Novaro says

    Estimado Mariano, puede que tengas razón en lo que respecta a la diferencia entre el desinfle argentino y el pinchazo de las burbujas financieras. Al menos, esperemos que sea así. Pero si el gobierno persiste en su actitud de no hacer olas, puede que el desinfle no sea una via de solución para nosotros, sino apenas el inicio de un camino para empeorar la situación, y sea seguido entonces de un flor de pinchazo, una nueva ruptura de la cadena de pagos que se inicie cuando el gobierno ya no pueda seguir tirando de la soga. Te recuerdo que la deuda ha crecido a buen ritmo en los últimos tiempos, a pesar del declamado “desendeudamiento”, lo que nos lleva a la cuestión de los jubilados, que no sólo han sido afectados por quitas en el valor nominal de los activos sino tambíén por esta reincidencia en el sobreendeudamiento. Tal vez tras la renegociación de 2005 había alguna esperanza de compensación a mediano plazo, si los títulos se revalorizaban. Pero esa posibilidad se evaporó. Ahora si se avanza en esta nueva ocurrencia de suprimir directamente la jubilación privada y las AFJP las compensaciones van a tener que pedírselas a magoya.
    En cuanto a la hegemonía norteamericana, efectivamente creo que debemos estar en desacuerdo en algunas cuestiones básicas, aunque no creo que veamos tan distinto el proceso en curso. No comparto la idea de que esa hegemonía sea siempre negativa, ni que sea preferible cualquier alternativa “multilateral” al unilateralismo yanqui. Todo depende de quienes sean los actores de ese multilateralismo y de qué conflictos estemos hablando. Los europeos en muchos casos han sido bastante más irresponsables, no? Como sea, esperemos que algunas de las propuestas para rediseñar y fortalecer instituciones globales fructifiquen, , lo que dependerá seguramente de que los europeos, y en particular los franceses, por ejemplo dejen de ser tan mezquinos con sus recursos y tan celosos de su autonomía como han sido casi siempre.
    Por último, no tenés nada que agradecer por haber comentado en Artepolítica, es un gusto leerlos. Saludos