Skip to content


Efecto de contraste

Días pasados estuve deambulando (“callejeando” hubiera dicho Arlt) por el Hotel Panamericano, donde se realizó el XIII Congreso Internacional sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública. Para los que están en el ajo se trata del Congreso del CLAD, el Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo, una entidad intergubernamental con sede en Caracas, dedicada a la investigación y formación de cuadros en gerencia pública. El Congreso se realiza rotativamente en distintas capitales iberoamericanas, y este año le tocó en suerte a la Ciudad de Buenos Aires.

A lo largo de tres días (del 5 al 7 de noviembre) un sinnúmero de trabajos desgranaron un puñado de preocupaciones coincidentes. Expertos extranjeros, colegas locales, un amplio arco de dirigentes latinoamericanos, e incluso políticos y funcionarios argentinos, repetían sin soplar –entre otras sabias admoniciones- que es necesario “fortalecer las capacidades estatales”, impulsar la “planificación estratégica”, y promover la “transparencia” en la gestión de los asuntos públicos.

Debo confesar que integro el medio pelo intelectual que comparte este nuevo credo de gerentes públicos, aunque por las dudas decidí llevar el diario al congreso, y orejearlo de tanto en tanto para hacer menos tedioso el aguante. Pero en un momento me invadió un preocupante efecto de contraste entre esos discursos del CLAD, las consabidas preocupaciones de muchos funcionarios y técnicos que trabajan en distintos niveles del Estado argentino, y las crueles realidades de la política criolla, retratadas en un puñado de casos paradigmáticos. Veamos tres botones de muestra.

Primer ejemplo. Se habla y se escribe hasta por los codos sobre la necesidad de “fortalecer las capacidades del Estado argentino”. El pequeño detalle es que los documentos oficiales que nos invitan a fortalecer las capacidades estatales están firmados por las mismas autoridades gubernamentales que mantienen, hace casi dos años, intervenido el INDEC. Con el Instituto intervenido, sus datos manipulados, varios de sus mejores técnicos desplazados, y muchos de sus trabajadores amenazados o presionados para que ajusten sus mediciones a los groseros dictados del Poder Ejecutivo, ¿Podemos hablar seriamente de fortalecer las capacidades estatales? ¿Qué credibilidad tienen para un empleado público de a pie estas disonantes manifestaciones?.

Segundo ejemplo. Cualquier pelafustán que ostenta despacho te recita el padrenuestro de la planificación estratégica, la elaboración de grandes consensos y la puesta en marcha de políticas de Estado. Haga la prueba el interesado lector o lectora y encontrará una multiplicidad de documentos públicos del actual gobierno que entonan esta cadenciosa melodía. Lamentablemente, en estos mismos días el periódico nos recuerda que el año pasado (¡), el ex presidente Kirchner, junto con encumbrados funcionarios del actual gobierno, defendían en sus discursos y en sus decisiones la libertad de elegir entre el sistema estatal de jubilación y el de reparto, pero un año después dicen, y hacen, todo lo contrario. ¿Cuál es el sentido de la planificación estratégica en un Estado cuyo gobierno hace de la improvisación permanente su estrategia dominante de acción política? ¿Con qué cara proponerle a los actores económicos, internos o externos, que apuesten por un país cuyas reglas de juego cambiaremos cuando se le antoje al mandamás de turno?

Tercer ejemplo. No hay nada más lindo que hablar de “transparencia”. Se pueden elaborar muchos discursos efectistas, encendidos, conmovedores. Incluso hay una deriva metafórica con bien sentados reales en la literatura de campaña: las “manos limpias”, el Estado como una “caja de cristal”, la “frente alta”, etc. El problema, claro, son las realidades, las valijas que vuelan con oscuros dineros, las bolsas de billetes que se acumulan en los baños, los aportantes “fantasmas” para las campañas políticas, y para cerrar el círculo, la reciente decisión del Procurado Righi orientada a bloquear la participación de la Fiscalía de Investigaciones Administrativas en los casos de corrupción en el Estado. El ejemplo es magnífico: el área que mejores capacidades estatales tiene para perseguir los delitos en la administración pública, y coadyuvar así a la búsqueda de transparencia, es limitado en la aplicación de esas distinguidas capacidades.¿De qué nos disfrazamos para decirle al ciudadano común que cumpla con sus obligaciones fiscales, mientras le hacemos saber que –en buen romance- no vamos a perseguir a los que meten la mano en la lata de los fondos públicos?

Si en todas partes del mundo política y gestión mantienen una relación tensa, compleja, en una permanente búsqueda de difíciles equilibrios, aquí, en cambio, esa relación adquiere todas las formas de la esquizofrenia: se dice una cosa y se hace otra, se escribe A y se ordena hacer B, se dibujan planes sobre el papel (con impresiones de primera calidad, por cierto) con la adquirida certeza de que no se van a cumplir ni sus condiciones, ni sus plazos, ni su presupuesto, ni sus resultados.

El asunto, naturalmente, trasciende a las personas. Conozco a muchos funcionarios y técnicos que trabajan, o han trabajado, en distintas áreas y niveles del aparato estatal. En general, se trata de personas inteligentes, bien preparadas, honestas y con verdadera vocación por el servicio público. Los hay en esta administración (Nacional, Provincial y Municipal), y también en las anteriores: todos sinceramente comprometidos en mejorar el desempeño del Estado argentino. Me consta que trabajan y que invierten una parte nada desdeñable de sus vidas en hacer que las cosas funcionen lo mejor posible. Y sin embargo, todo el esfuerzo de hoy quizá mañana se tire a la basura, cuando cambie la interna, cuando un enemigo partidario se apoltrone en el sillón que dejó el anterior, cuando la coyuntura financiera o electoral mande decir o hacer lo contrario que prometimos ayer.

A veces me pongo pesimista y pienso que estas cosas no tienen arreglo. Pero al rato, cierto optimismo pedagógico empieza a convencerme de que hay que mirar las cosas en el largo plazo, con una visión de futuro que obliga a cierta ceguera de presente. Al fin y al cabo, si tardamos varias generaciones, y una ominosa cuota de sangre, en reconocer las bondades de la democracia, también nos llevará un tiempo construir instituciones más sólidas, eficaces y transparentes.

Decidí dejar el diario de lado y concentrarme en los paneles. Un simpático expositor venezolano esgrimía un colorido Power Point, e insistía en la necesidad de “fortalecer las capacidades estatales”, de avanzar con la “planificación estratégica”, y de promover la “transparencia” en la gestión pública. Cuando terminó de hablar, pensé por un instante que ese universo disociado de discursos y de prácticas iba a estallar, que las palabras –al fin- colisionarían con las cosas. Pero algo sucedió; algo más fuerte se impuso y reestableció el secreto orden que gobierna esta Argentina esquizofrénica.

Fue entonces cuando todos los que estábamos en el público aplaudimos; religiosamente aplaudimos.

Posted in Kirchnerismo, Política.

Tagged with , .


2 Responses

Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.

  1. Marcos says

    Pero algo escuchaste que valiera la pena en ese congreso o no? Tal vez el venezolano explicó por qué Chavez cambia los gabinetes como quien se muda de camiseta, o al contrario algún experto oficial haya dado datos sobre los réditos alcanzados por los Kirchner al hacer que sus ministros más inútiles rompan récords de permanencia en el cargo. Como sea, la pregunta que te quería hacer era otra: se bate el parche con esto de la debilidad institucional, ¿pero no te parece que hay en estos estados pautas institucionales muy firmes?, serán deficientes o a uno no le gustan, pero que las hay las hay. No hay más bien una cierta limitación de la academia a comprender cómo funciona realmente el sector público de nuestros países, que un Clad tan aburrido y convencional pone muy bien de manifiesto?

  2. Antonio says

    Fetivamente Marcos, con sus altos y sus bajos, creo que la academia tiende a reiterar –tendemos a reiterar- una cierta preeminencia del pensamiento normativo-valorativo por sobre el analítico. Algo parecido a cuando analizamos las transiciones a la democracia o los movimientos sociales: mirar fenómenos a través del prisma de nuestro deseo o nuestra bronca. Creo que en el camino se nos escapa percibir con más fidelidad dispositivos y mecanismos realmente existentes. Y esto le pasa mucho a la gris literatura de la gerencia pública.
    De todos modos, al pensar en la mayor o menor fortaleza institucional de un país como la Argentina (y de muchos países latinoamericanos), separaría claramente las reglas para organizar el juego del poder político (elecciones, territorios, cargos, etc.), que aquí son bastante fuertes, de las reglas para estructurar el resto de los bienes públicos (excepciones más o menos). Por ejemplo, cuando uno ve toda la guita que pusimos, y que invirtió la AFIP (sueldos, fierros informáticos, horas hombre de trabajo, etc.) para mejorar la administración tributaria y el control de la evasión, y luego ve la reciente e intempestiva decisión del blanqueo, llegás a la amarga conclusión de que aquí, en amplias zonas de la relación entre Estado-sociedad-mercado, la única regla es que “una regla ‘x’ no dura nunca por encima de una cierta coalición poderosa de turno ‘y’, si en una situación dada, la coalición ‘y’ se ve obstaculizada para alcanzar sus objetivos de corto plazo por la regla ‘x’”, y ésta es justamente, una decorosa definición preliminar de “debilidad institucional” como para seguir conversando. Abrazos.