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¿La oposición toma la iniciativa?

El acercamiento entre la UCR, la Coalición Cívica y el Socialismo con vistas a las elecciones parlamentarias de 2009 ha disparado una serie de discusiones tanto dentro como fuera de esas fuerzas políticas: ¿es la reedición de la Alianza? ¿el frente opositor debe enfrentar al kirchnerismo desde la centroizquierda o ampliarse mucho más? ¿qué actitud debe tomar ante los desprendimientos del PJ?

Determinar lo que estos actores políticos “deben” hacer para aprovechar la coyuntura abierta por el declive del consenso K es algo que escapa, por obvios, motivos a los alcances de este artículo. Cuanto más podemos aspirar a un ejercicio comparativo, y a discutir algunos escenarios posibles.

Con respecto a la experiencia de la Alianza, la actual convergencia tiene algunas ventajas, pero también algunas desventajas: sin ir más lejos, puede aprender de la experiencia dejada por ella, pero para eso debería poder discutir con madurez cuáles fueron sus aciertos y cuáles sus errores, algo en lo que no se ha avanzado mucho pese al tiempo transcurrido. Es así que para los actuales dirigentes de la oposición ella sigue siendo, más que un antecedente útil, una cruz que cargan en sus espaldas y de la que no pueden desembarazarse. Lo que los deja inermes cada vez que Néstor les enrostra que “son los mismos que protagonizaron el fracaso de la Alianza” (para incomodidad de los muchos funcionarios del gobierno nacional a los que también les cabe el sayo).

Recapitulemos entonces los problemas y errores que signaron aquella experiencia, para luego reflexionar sobre cuáles tienen chance de repetirse y cuáles de superarse en la que está en estos momentos en gestación.

Ante todo, la Alianza consistió en un acuerdo apresurado, orientado exclusivamente por metas de política nacional, que tuvo serias dificultades para concretarse en las provincias. En muchos distritos ella no se llegó a formar, y en algunos en los que se formó, cuando dio resultados no muy satisfactorios para alguno de sus miembros o encontró dificultades, se desarmó rápidamente, y es así que ya en 1999 al iniciarse la gestión de De la Rúa era un frente en crisis. No fue capaz de resolver un asunto esencial para el buen funcionamiento de las coaliciones: proveerse de reglas de juego para resolver conflictos y determinar el peso relativo de los miembros, en particular mecanismos para compensar costos y beneficios entre distritos y para crear confianza entre los socios en el mediano y largo plazo. El hecho de que las actuales conversaciones en la oposición estén encaminadas a lograr acuerdos distritales, claro que dentro del marco de convivencia creado por conducciones nacionales sólidas de los respectivos partidos, es en este sentido esperanzador. Contar con algunas experiencias locales y provinciales de cooperación en funcionamiento ofrece además un piso desde el cual construir más sólida y seriamente. Con todo, varias de esas experiencias presentan dificultades que habrá que ver cómo se resuelven. Sin ir más lejos, en Santa Fe la disputa por el control del interior provincial planteada entre socialistas y radicales puede terminar en un conflicto abierto si no se llega a un acuerdo mutuamente conveniente, que podría por ejemplo alcanzarse a través de compensaciones en otras provincias, al estilo de lo que tradicionalmente han hecho las fuerzas de la Concertación Democrática en Chile.
En segundo lugar, la Alianza se pensó desde sus dos protagonistas centrales, Chacho Álvarez y Alfonsín, como un recurso circunstancial para superar debilidades de las respectivas fuerzas, que se concebían como transitorias, a través de la absorción de recursos de la otra. De allí que ni radicales ni frepasistas pusieran mucho empeño en fortalecer la confianza mutua: imaginaban un futuro no muy lejano en que el socio con el que ahora trabajaban se debilitaría hasta desaparecer. El tradicional desprecio hacia las instituciones partidarias, que lleva a que cada actor se conciba como un movimiento capaz de absorber a sus vecinos invadiendo sus espacios de representación y cooptando a sus dirigentes sigue muy vivo entre nosotros. Sobre todo en el ethos que anima a la Coalición Cívica, en ello muy semejante a su predecesor, el Frepaso: Carrió, igual que antes Álvarez (y en inconfesable similitud con el trasversalismo de los Kirchner), parece imaginar un futuro en que “los viejos partidos” perderán completamente su razón de ser, porque habrán surgido nuevas fuerzas que representarán más fielmente las alternativas del presente. Pero también esta lógica anima el patriotismo partidario de socialistas y radicales, que conciben a la CC como un fruto de estación, con el que se puede cooperar ocasionalmente pero al que n hay que tomarse demasiado en serio. Puede que estos o aquellos terminen teniendo razón, los partidos no son eternos, pero sería conveniente aprender de la experiencia de Álvarez y Alfonsín, y evitar que un juego especulativo respecto al carácter efímero del socio termine minando la cooperación y perjudicando a todos.

Ello es válido también respecto al peronismo, y en particular a los sectores del peronismo que eventualmente pueden sumarse al frente opositor. Colaborar con ellos siempre es problemático, pues son los que más experiencia y oportunidades tienen para practicar esa cooperación especulativa y efímera de la que recién hablamos. En la historia reciente las facciones ocasionalmente minoritarias del peronismo han demostrado ya varias veces poder salir del PJ para sacar provecho de corrientes de opinión no peronistas, y acumular recursos con vistas a volver y mejorar su situación interna: Cafiero, Bordón, Kirchner lo hicieron, con suerte dispar, pero siempre con eficacia suficiente en debilitar las coaliciones alternativas. La discusión nuevamente planteada hoy sobre la “pata peronista” de la coalición opositora debe atender a este problema. Y al hecho de que, dada la fragilidad de algunas de las fuerzas que ya la integran, sobre todo el radicalismo y la CC, víctimas de desprendimientos que siguen una lógica opuesta a la de los peronistas, los riesgos son altos.

A favor hay que tomar nota de que los problemas que el PJ enfrenta también son más serios que al final del menemismo. No sólo porque su interna está atravesada por serias dificultades y conflictos, sino porque el gobierno que se ejerce en su nombre ha ido acumulando un pasivo hecho de errores y déficits mucho más serios. La oposición, por tanto, no está obligada, como en tiempos de la convertibilidad, a mostrar que puede hacer mejor que el peronismo lo que este ya venía haciendo más o menos bien, y puede no tener que abusar tanto de la sobreoferta en otros terrenos. Recordemos que la Alianza no sólo cometió un error en creer que la regla de cambio fijo podría sobrellevar inmune a la crisis financiera internacional de aquellos años, sino en que con el cambio de administración los rendimientos de las políticas sociales, la calidad institucional y la confianza de los ciudadanos se incrementarían casi automáticamente y sin costos. Cuando debió subir los impuestos para no tener que reducir gastos enfrentó duras críticas que motivaron el alejamiento de algunos de sus apoyos más valiosos, y cuando eso no alcanzó y debió también reducir salarios, las fugas se multiplicaron. Sería bueno que la oposición, por lo tanto, evite el camino fácil de creer, y hacer creer a la sociedad, que todos los problemas del país se deben a los Kirchner, y que una vez que nos los saquemos de encima las cosas irán maravillosamente bien para todos.

Posted in Politica Argentina.

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4 Responses

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  1. Javier says

    Algo interesante sería ver cómo afecta el ciclo económico a este “frente opositor”. La Alianza tuvo todo en contra y, por no darse cuenta, resultó aún peor. Cuando asumió De la Rua la economía ya había entrado en un estado muy delicado, pero la situación era lo suficientemente reciente como para que fuera difícil echarle toda la culpa al gobierno anterior (aunque De la Rua ni siquiera lo intentó, probablemente porque quería generar un clima de confianza, lo cual era una especie de obsesión de su gobierno). Por supuesto, la economía suele depender en gran medida de factores externos, pero ante la población general esto es bastante difícil de explicar.

    La ventaja que puede tener este nuevo frente opositor es que las cosas están empezando a venirse abajo con un marjes de tiempo importante. Faltan tres años para las elecciones presidenciales. Si el año que viene las cosas se empiezan a complicar, puede ser que para el 2011 hayan habido tres años economicamente malos, lo cual le daría un cierto aire a un nuevo gobierno. Pero, al mismo tiempo, si una coalición heterogénea agarra el gobierno en plena época de vacas flacas (donde nadie quiere resignar un peso), es probable que las tensiones sociales y políticas sean difíciles de sobrellevar.

    En definitiva, me parece que el éxito o fracaso de la coalición en el gobierno (si es que llega) tiene mucho que ver con el contexto económico en el que asuma. En ese sentido, diferenciarse de la Alianza implica echarle la culpa a otro si las cosas andan mal (a la desastrosa herencia de los Kirchner o a la coyuntura internacional), o tener la suerte de que las cosas empiecen a mejorar en el momento justo.

  2. Marcos says

    Tenés razón, las cosas habían empezado a deteriorarse en 1998, pero era demasiado reciente apra cuando asumió la Alianza y ella se ocupó de diluir ese dato, con lo cual hizo un pésimo negocio. Ahora las cosas estarán abiertamente mal desde bastante tiempo antes. Pero puede también que vuelvan a mejorar entre 2009 y 2011, verdad? Cómo saberlo? De todos modos hay muchos otros eventuales que impiden hacer pronósticos: qué es mejor, un gobierno muy debilitado que haya alejado a casi todos los peronistas y les permita hacer su propia sucesión, o un gobierno todavía con algún margen que retenga a parte importante del peronismo dentro del redil, postule su propio sucesor y tenga que competir con fracciones menores del peronismo además de con un frente opositor más o menos amplio y consolidado? Uno podría apostar en este momento por cualquiera de estas opciones, la salida “Solá” o la salida “Alianza II”, o combinaciones de ellas, pero seguro que después de las elecciones del 2009 el panorama se va a definir mucho mejor.

  3. Diego Chiarenza says

    Las alianzas y los frentes han demostrado en la Argentina ser muy buenas competidoras electorales pero un fracaso en la gestión, rotas siempre en medio de opiniones discimiles a la hora de decidir estrategias gubernamentales, planes de acción y cuestiones éticas frente a las prácticas de la gestión. Algunas con escandalos en el senado terminan incendiando al pais y fugandose en helicoptero y otras con conflictos en el ejecutivo por ciento veinticincos que no acuerdan. Lo interesante es que generan y ofician de incubadoras de pequeños sectores políticos que de otra forma, es decir sino es al amparo de grandes fuerzas, llamese PJ, UCR, etc. (no muchos más), no podrían crecer tan vertiginosamente y luego, cuando toman carrera en ese crecimiento, ya se lanzan solos y tiene propuestas políticas y de gestión más que interesantes, satisfactorias para una gran porción de la sociedad y se perfilan como un sector (partido político) prometedor y, principalmente cumplidor, para los ciudadanos a los que les interesa ver un desarrollo real del pais a la luz de prácticas políticas que se separan por mucho de las tradicionales por poner en práctica la ética en los métodos de construcción del partido y de la gestión pública. Lo interesante es que esa formula da resultados positivos. Hablo específicamente del Encuentro por la Democracia y la Equidad, liderado por Martín Sabbatella, intendente de Morón. Es interesante analizar este caso y poner opiniones al respecto, para animarse a arriesgar, no solo hasta donde va a llegar la buena idea de un grupo de jóvenes anciosos por la participación política sino hasta donde nos animamos nosotros a creer en que este tipo de ideas, vengan de quien vengan.

  4. Marcos Novaro says

    Estimado Diego, comparto tu opinión favorable a la construcción de nuevos partidos, y en particular también tu opinión sobre Sabbatella, pero veo un poco dificil pensar que este tipo de experiencias, incluso otras más amplias como las de los socialistas, puedan florecer sin acuerdos entre sí y con otras fuerzas más tradicionales, a nivel nacional. Uno puede pensar que lo mejor sería que los viejos partidos terminaran de desaparecer, pero mientras nos sentamos a esperar que eso suceda tal vez los límites de Morón o incluso de Santa Fe sean un poco estrechos. Por otro lado, estás realmente seguro que haya “nuevas prácticas” en los nuevos partidos y viejas prácticas en los viejos? Y que las nuevas sean todas buenas y las viejas todas malas? Por caso, a mí me parece comprensible que Binner y los socialistas disputen el territorio con los radicales en el interior de Santa Fe, pero no me parece muy fácil hacerlo y a la vez sostener la coalición con que gobiernan si no hay un paraguas nacional en que las dos fuerzas puedan conversar sobre los conflictos y las formas de resolverlo más allá de las fronteras provinciales.