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Un año en que todo cambió *

Cristina Kirchner inició su mandato hace un año con el respaldo que le brindaban cinco años de crecimiento sostenido y acelerado de la economía y un peronismo en gran medida disciplinado detrás suyo. En aquellos días todo pareció indicar que la suerte seguiría de su lado y le permitiría cumplir con sus promesas de correcciones y profundización del “modelo”: precios de la soja por las nubes seguirían impulsando el crecimiento y nutriendo la recaudación, y la presidente podría dedicarse a mejorar las relaciones con el mundo, emprolijar los asuntos institucionales y sellar un amplio acuerdo social, preparando el terreno para un bicentenario a toda orquesta que habría de darle proyección histórica al consenso kirchnerista.

¿Por qué todo salió tan mal? Cuando las cosas resultan de modo tan distinto a lo previsto, la primera reacción suele ser imaginar fuerzas malignas conspirando en las sombras. De eso ya hemos oído suficiente en los debates de estos meses, así que conviene dejarlo por el momento de lado y pensar un poco más en los problemas de la coyuntura y las deficiencias de la estrategia oficial para enfrentarla.

Ante todo, las cosas desde un comienzo eran más complicadas de lo que parecían, porque la herencia del gobierno anterior, en apariencia magnífica, encerraba algunos problemas no muy fáciles de resolver (combinación de apariencia y realidad que, como se sabe, suele ser para un nuevo gobierno letal). Hacia tiempo que el sector público había dejado de “desendeudarse” y estaba “reendeudándose” y venía retrasando el tipo de cambio para evitar darle más aire a la ya muy elevada inflación; con lo cual dos pilares de la recuperación iniciada en 2002 estaban seriamente debilitados para cuando Néstor cedió la banda presidencial a su esposa. Por otro lado, la conquista del peronismo había implicado el extravío de las banderas de innovación institucional y recambio político que en un comienzo los Kirchner habían sabido enarbolar, enajenándoles el apoyo de amplios sectores medios que, sobre todo en las grandes ciudades y a pesar de la presencia de los radicales K y otras expresiones menores de la transversalidad en el oficialismo, prefirieron ahora apoyar a la oposición, aún a una bastante improvisada e incapaz prometer algo muy distinto, o siquiera de hablar de mucho más que del Indec, Skanska y cosas por el estilo.

A ello se sumó una estrategia mal encaminada en cuanto a las “correcciones” necesarias. Darle continuidad a casi todo el gabinete heredado, incluidos algunos ministros y secretarios muy desgastados, no fue un buen comienzo. Los sucesivos intentos de “blanqueo” de la situación del Indec fracasaron ante la evidencia de que Moreno no sólo no sería marginado sino que sumaba nuevas áreas de influencia, ante ministros de Economía cada vez más devaluados.

Lo peor vino con la reasignación de cargas y alicientes económicos. Insistir en una política de subsidios que beneficiaba en gran medida a quienes no la habían votado, y muy difícilmente lo harían en el futuro, financiándola con un aumento de las retenciones que recaía en quienes sí lo habían hecho, y para colmo descalificar las reacciones de protesta con argumentos que politizaban y extremaban el conflicto, erosionó seriamente sus bases de apoyo. Insistir en una lectura ideológica del conflicto que era desmentida por la propia estructura de su coalición no sirvió para consolidar sus respaldos de izquierda, que además de cuantitativamente escasos mostraron ser tan exigentes como poco innovadores y dinámicos, ni para retener la simpatía de los sectores bajos y del interior, atentos a asuntos más pedestres que el gobierno se mostraba cada vez más incapaz de atender. En términos más generales, el que consumiera tanto tiempo y recursos en una batalla desde el comienzo mal planteada despertó una aguda desconfianza sobre sus capacidades de liderazgo. Con lo que se revivió un desencuentro que parece signar el destino histórico de los peronistas de clase media intelectual, aquél en que el resto de los peronistas constata en ellos todo lo malo que atribuye a la clase media en general, que no sabe lo que quiere, no defiende sus intereses y se pierde en elucubraciones inconducentes.

En este contexto, el declive de la popularidad de los Kirchner volvió menos creíble para la estructura peronista la amenaza de crear desde la nación alternativas electorales en los distritos que se le rebelaran, y por tanto el control del PJ se volvió más dependiente que nunca de poder asignar discrecionalmente recursos fiscales, justo cuando ellos se hicieron más difíciles de conseguir y la opacidad de su gestión se tornó más fácil blanco de críticas.

El resultado del giro hacia la “reconquista del mundo” no fue mucho mejor. El valijagate no dio tiempo ni para iniciarlo y convenció incluso a los más razonables funcionarios de Cancillería de que el gobierno norteamericano era por lo menos indiferente ante la suerte de su par argentino. Lo que alentó a abrazar también en este terreno una visión polarizada e ideológica de los conflictos en danza, contra lo que Cristina había pensado hacer, y justo cuando la estrella de Chávez y su rol de financista de última instancia entraban en crisis y el antinorteamericanismo virulento dejaban de estar de moda. El fracaso de iniciativas como la del rescate de rehenes de las Farc y la obtención de la presidencia de Unasur le revelaron que también en el frente externo la herencia recibida era más pesada de lo que parecía, y que las cuentas acumuladas habría que pagarlas; y el errado timing de otras, como fue el caso de las ofertas a los hold outs y el Club de Paris, mostraron además de eso cuán costoso es improvisar cuando la suerte deja de jugar a favor.

La recesión internacional quiso ser interpretada, en un comienzo, como la oportunidad para que Cristina saliera de su laberinto y se rehabilitara como líder y gobernante. Pero a medida que pasan las semanas y la caída de los precios de los granos se agudiza no queda más remedio que convencerse de lo contrario: la historia parece haberse encarnizado con la segunda administración de los Kirchner, y querer que ella pague por toda la buena fortuna que regalara a la de su marido. Sería errado pensar, con todo, que la coyuntura la condena, y que sólo le cabe elegir entre un final largo y penoso o uno doloroso pero al menos corto. Todavía tiene margen para decidir, y puede tanto equivocarse y seguir minando la poca confianza y autoridad que le queda, como ha hecho con el manotazo a los fondos de pensión y el blanqueo de capitales, como intentar enmendarse y evitar males mayores.

A veces cuando ya nadie espera nada de un gobierno, es cuando se le presenta la oportunidad de trabajar más eficazmente por el futuro de su sociedad, aunque no muchos de sus contemporáneos sepan valorarlo y sus adversarios se ensañen con su desgracia. Fue el caso de Alfonsín tras los comicios de 1987: recién entonces él pudo plantear una fórmula de cooperación con el peronismo y tuvo la oportunidad, a través de ella, de llevar a cabo reformas perdurables. Recordemos que sólo en parte él se convenció de que esa era su última oportunidad (en verdad la mejor que había tenido) y finalmente prefirió polarizar con una variante del peronismo que le pareció domeñable e inofensiva. Fue por ello en gran medida que las cosas terminaron a la postre tan mal, tanto para Alfonsín como para el país. Esperemos que la actual gestión entienda mejor que aquella los signos de los tiempos. Si lo hace, independientemente de su suerte electoral, podrá cumplir una tarea bastante más positiva que la acumulación de oportunidades perdidas para el cambio social, económico e institucional que ha caracterizado a los últimos años. Pero para empezar ese camino debe primero convencerse de que en política importan otras cosas además de la popularidad y el dinero.

* Publicado el lunes 8/12 en Página 12.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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3 Responses

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  1. Escriba says

    Qué extraño, yo creo justamente que no cambió nada. Véngase a discutirlo a http://artepolitica.com que hay más gente.

  2. Marcos Novaro says

    Prece que es lo que piensan muchos en el oficialismo: seguimos teniendo los votos en el Congreso, los recursos aunque menguados, si sostenemos “el rumbo” la tormenta pasará de largo. Pronto lo sabremos.

  3. Antonio says

    Muy bueno Marcos el balance de CFK, y muy certero el recuerdo de aquel lejano período que se abrió en septiembre del ’87. A la distancia, cuando uno rememora aquellos años, y la frustrada posibilidad de una estrategia cooperativa entre el equipo del Austral y la “cafieradora”, no puede dejar de sentir nostalgia por el largo e irrecuperable tiempo perdido, y por las ocasiones en que dejamos escapar nuestras buenas oportunidades. Es una lástima que se hable tanto de “memoria” (en muchos casos sesgada, circunscripta, incluso antojadiza), y se la practique tan poco, en particular se ejerza poco la memoria política de lo que hicimos a lo largo de una generación, lo que dejamos de hacer, y lo que perdimos en el trayecto.