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Debates sobre los setentas: los usos del revisionismo*

Es bastante natural que, siendo la nuestra una cultura decadentista, para la cual el pasado está compuesto de posibilidades frustradas disponibles para que cada grupo de opinión añore, los años setenta ofrezcan una cantera casi inagotable de insumos. Ellos son los años en que un cambio social (que podía y puede hoy imaginarse con los cristales del guevarismo, del reformismo social cristiano o del desarrollismo, según se prefiera) parecía al alcance de la mano, en que aún éramos los ricos del vecindario y regía un empate entre obreros y empresarios que hacía posible pensar una sociedad cada vez más integrada, en que podíamos ser inocentes y aún inocentemente violentos porque todavía no se había conocido el terror de las torturas y asesinatos en masa, en que podíamos gastar porque no le debíamos un dineral al sistema financiero mundial, en fin, en que podíamos sentirnos medianamente orgullosos como nación y no parias internacionales humillados por la derrota militar y la constante auscultación externa de nuestras miserias.

De allí que desde 1983 a esta parte, políticos e intelectuales del más variado pelaje, y la sociedad en general, hayan buscado en esos años una fuente de inspiración. Y que, en una deriva del revisionismo histórico al revisionismo político, en los sucesivos proyectos de cambio que nos ofrecieron inaugurar un futuro distinto haya gravitado la restauración de una o varias de esas movilizadoras imágenes de los setenta. Porque cada uno de sus protagonistas quiso ver en las posibilidades que se le abrían, una reedición de oportunidades entonces perdidas, una “segunda oportunidad” de hacer efectivas soluciones con las que se podría, no sólo dejar atrás sino corregir, un pasado frustrante. Y así retomar un hilo que en alguna vuelta de la historia el país perdió, pero que las vueltas del destino hacían posible recuperar.

La pretensión de Alfonsín de representar una versión estilizada de las “luchas populares” de los setenta, haciéndolas pasar por el filtro de la ética democrática, para que fueran la savia de su proyecto regenerativo, debía permitirle separar a los “violentos” y autoritarios que tanto habían hecho por echar a perder esas “luchas”, del resto sano de la sociedad, y mostrar que democracia y justicia social sólo estaban en tensión por una confusión, que rápidamente habría de disiparse. Ello resonó con fuerza en una intelectualidad que hasta entonces había profesado mucho menos entusiasmo por las instituciones democráticas que por la productividad política de la violencia; y fuera acompañando el proyecto alfonsinista, fuera reclamándole desde la oposición que cumpliera lo prometido, ayudó a dar cuerpo al consenso de los ochenta.

Menem fue bastante menos setentista, pero en su esfuerzo por reinterpretar el pasado e inaugurar una nueva época no se privó de nada: el pacto productivista entre obreros y empresarios y la reconciliación del peronismo con las elites intentados por Perón en sus últimos días (reeditando también él lo que creía una oportunidad perdida dos décadas antes), y que tras su muerte sus herederos siguieron intentando, en un ya desesperado esfuerzo por conciliar el orden y el cambio, poniendo su firma al ajuste y la represión, encontrarían tras la hiperinflación su propia “segunda oportunidad”. Se trataba de poner en caja las fuerzas que habían seguido fuera de control desde entonces, para que el populismo peronista pudiera convivir con un orden económico y constitucional estable.

A Kirchner le tocaría en suerte sacar provecho de la resolución de esas tensiones heredadas de los setenta, a través de la privatización de la sociedad y la autonomización del estado, y de la conversión del peronismo en un actor más estatal que social. Sin embargo él concibió su rol en base a una nueva estilización de la “primavera de los pueblos”, una no tan refinada ni intelectual como la de Alfonsín, y mucho más militante. Por ello es que sus años setenta resultarían ser más ambiciosos, y bastante menos reflexivos: no se trataba ya de purificar esa experiencia, sino de tomarse revancha, permitirle a esas generaciones abandonadas por el general, y por el resto del país, en sucesivas frustraciones, recuperar lo perdido.

Cada uno de los proyectos democráticos, en suma, ha intentado una apropiación del pasado en que mejor se creyó poder inspirar el presente. Si a la postre todos desembocaron, parcial o totalmente, en frustraciones, se debe en poca medida a que lo “falsearan”. En verdad, eso es algo que todo proyecto de cambio tiene derecho a hacer: la memoria colectiva en todos lados del mundo está hecha tanto de verdades como de mentiras y olvidos, y no siempre ni siquiera muy seguido los errores sobre lo que pasó son los que llevan a errar en el presente. Más que un déficit de rigor lo que ha afectado tal vez decisivamente a estas miradas sobre el pasado, volviéndolas inefectivas, ha sido su afán por recuperar un tiempo perdido. Como si la historia pudiera rescribirse y se pudiera lograr, por obra de la voluntad y circunstancias oportunas, reencontrar un hilo que en algún momento quedó trunco. Eso es lo que todas las evocaciones de los setenta tienen en común, y lo que las ha vuelto más atractivas para el público: que en ellas se celebra a la vez la nostalgia y la voluntad. Es hora de aprender entonces la que tal vez sea la más importante lección que tienen para enseñarnos aquellos años: la voluntad tiene una eficacia acotada y a veces las mejores intenciones arrojan los peores resultados.

 

* publicado en La Nación, el domingo 15/03

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina, Populismo, Usos de la historia.

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