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De la mano de Alfonsín

En 1846, en las Notas que escribe a propósito de Civilización y Barbarie desde su exilio montevideano, Valentín Alsina le recuerda a Sarmiento una vieja verdad de la política criolla, y quizá también de toda política. Al reflexionar sobre el fracaso del gobierno de Rivadavia, el dirigente bonaerense se pregunta:

“¿No cree Ud. que, si en vez de ir a Europa, va a recorrer las provincias,  a adquirir relaciones personales, a hacerse conocer y amar personalmente…, y en fin, a estudiar y conocer el país, que no conoció nunca, otra, y muy otra, hubiera sido la suerte de su posterior presidencia?”.

El mensaje encerrado en la botella pinta de cuerpo entero una manera de entender la  política a la cual Raúl Alfonsín le fue fiel durante toda su vida. Desde esa mirada, la política es estudio, es proyecto de transformación, es diálogo civilizado, es elaboración permanente de lazos de confianza, es una forma de afecto hacia lo público fortalecida a través del trato personal, es un camino institucionalizado de construcción de poder y de resolución de conflictos.

Con la sana porfía de gallego consecuente, el padre de la democracia argentina contemporánea volvió a defender el compromiso con esas banderas en sus últimas apariciones públicas. Lo hizo, por ejemplo, en el merecido homenaje que recibió en la Casa Rosada, el 1ero. de octubre de 2008, cuando recordó:

…Siempre creí y así lo dije en tantas oportunidades que es la misión de los dirigentes y de los líderes plantear ideas y proyectos evitando la autoreferencialidad y el personalismo; orientar y abrir caminos, generar consensos, convocar al emprendimiento colectivo, sumar inteligencias y voluntades, asumir con responsabilidad la carga de las decisiones. “Sigan a ideas, no sigan a hombres”, fue y es siempre mi mensaje a los jóvenes. Los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva a la política democrática.

Y volvió a hacerlo unos días después, en el acto que los jóvenes radicales organizaron en el Luna Park, para recordar el primer cuarto de siglo de la democracia recuperada.El acto fue una rara mezcla de proyecto y de nostalgia, pero también un deber de estricta justicia. Había una multitud entusiasta de pibes que jamás compraron un chicle con un Austral, junto a racimos de señoras con ojos húmedos que habían votado por el Dr. Illia. Había dirigentes de toda laya, enrolados en las más diversas y fragmentadas capas geológicas del radicalismo, mezclados con militantes de corazón, y ciudadanos de a pie que fueron al Luna a celebrar los 25 años de democracia, y a homenajear al líder político que más ayudó a reconstruirla. Había muchos que lo habían votado aquel 30 de octubre de 1983, y también estábamos algunos que no lo habíamos votado nunca.

En su breve mensaje, ayudado por unas notas garabateadas que nunca leyó, un Alfonsín de saco azul y camisa celeste, sin corbata, mostró retazos de la energía de siempre, y a cada quien le destinó un sayo para ponerse.
Al gobierno lo zarandeó al decirle que “no puede sentirse el realizador definitivo de la Argentina del futuro porque haya ganado una elección”, ni creer que se construye democracia “sobre la base de la destrucción” de todo lo preexistente; a su propio partido le recomendó mirar para adelante, y no quedarse “en un pasado que ya fue”; y a la dispersa oposición le recordó la importancia del diálogo, un “diálogo que no es simplemente diálogo entre gobierno y oposición, que es diálogo también dentro de la oposición”. Y para completarla, dejó flotando en el viento un mensaje ecuménico: “Tenemos que querernos más entre todos los argentinos, porque a través del esfuerzo común es cómo vamos a resolver nuestros problemas”.

El que hablaba era un Alfonsín gastado por la enfermedad, sobreviviente de mil batallas, pero animado por el ángel terco de su compromiso militante. El mismo compromiso que casi lo lleva a la muerte, una década atrás, en junio de 1999, mientras trajinaba por una desamparada ruta patagónica rumbo a Ingeniero Jacobacci.

Por aquellos días su estrella política aparecía eclipsada y su estilo proselitista un resabio de tiempos idos. En pleno auge de la “mass-mediatización” de la política, de la manufactura televisiva de productos electorales, de las lealtades fiscales, un ex presidente de 72 años, sin estructura de prensa, sin recursos, casi sin acompañantes, se imponía una vez más la tarea de caminar el país, de recorrer pueblo por pueblo, de movilizar comité por comité, de persuadir cara a cara.

La crónica de época recuerda que una semana antes del accidente,  “había pasado por lugares tan distantes como Malvinas Argentinas, Quilmes, General Belgrano, América, La Pampa, Trenque Lauquen, San Luis y Río Negro”, y que todavía lo esperaban cuarenta actos en la provincia de Buenos Aires. En muchos de esos encuentros nadie esperaba encontrar multitudes; apenas el quórum propio de los dirigentes locales, un puñado de militantes fieles, y unos pocos vecinos curiosos que aceptaban el convite. Pero él, rememoran sus seguidores, “nunca preguntaba cuánta gente había antes de asistir a un acto”.

Tengo para mí que ese accidente encendió una tenue luz de alarma, a la vez que comenzó a operar una magia secreta. Una cálida corriente de afecto popular volvió a envolver la figura de Alfonsín, y ya no lo abandonó, y muy probablemente jamás lo abandone. Fue sobre todo a partir de entonces cuando empezamos a palpitar que su palabra, su obra, su conducta, seguían mostrando un sendero que valía la pena seguir, pero que un día cualquiera la fatalidad podía arrebatarnos al guía.

Poco a poco también empezó a cambiar el espejo desde el cual escudriñábamos ese rostro multiplicado en afiches, en obleas y en pancartas rojiblancas. Sin dudas, Alfonsín fue un líder político extraordinario que se ha ganado un lugar en nuestra historia por mérito propio. Pero si en los años ochenta lo juzgábamos sobre el telón de fondo de nuestras inagotables expectativas democráticas, lentamente comenzamos a vindicarlo a partir de las mezquinas experiencias políticas que lo sucedieron.

En su último discurso en la Casa Rosada, fue él quien recordó al pensador italiano Norberto Bobbio, al decir que “somos también lo que elegimos recordar”. Desde mañana, a la historia corresponderá decantar los aciertos y los errores de su largo paso por los turbulentos años de la política que le tocó vivir. Pero hoy, más que nunca, una sociedad huérfana de ejemplos que nos sirvan de ley ha elegido recordar al viejo luchador político, democrático y republicano, honrado y austero; al afiliado histórico de la Unión Cívica Radical; al miembro fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos;  al Presidente que promovió la paz y la integración regional; al que impulsó el inédito juicio a las cúpulas militares; al dirigente que asumió la bandera universalista de la defensa de los Derechos Humanos, por sobre utilizaciones instrumentales, oportunistas o partisanas; al líder político que nos enseñó a varias generaciones de argentinos y de argentinas que el Preámbulo de la Constitución Nacional podía ser recitado como una plegaria laica, un renovado programa de gobierno, una esperanzada promesa de futuro.

Una casual simetría de efemérides ha reunido en estas mismas horas el recuerdo trágico de la invasión a Malvinas y la muerte del veterano líder radical. La coincidencia ha servido a algunos para enfatizar que la democracia argentina nació de aquella insensata guerra perdida. En parte es cierto, y en parte también corresponde recordar el rosario desarticulado de formas pacíficas de resistencia bajo el imperio dictatorial, pero cometeríamos un severo error de apreciación al leer aquellos procesos a la luz de una mecánica de dominó. La guerra de Malvinas, sin dudas,  generó un enorme vacío de poder y abrió también una ventana de oportunidad; pero solamente un liderazgo político constructivo podía transformar esa apertura en un quiebre definitivo con el pasado autoritario, en el nacimiento de un inédito ciclo democrático, en una entrada a la vida pacífica y republicana.

Salvando las enormes distancias entre aquellos años trágicos y nuestras actuales miserias, también hoy vastos sectores de la sociedad argentina sufren otros vacíos y padecen penosas orfandades; y quizá también hoy podamos recuperar algo de aquel espíritu del ’83, pero con el beneficio de inventario de todos los años que siguieron, con el saldo ominoso de las cosas que aprendimos.

Y aunque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos; porque ahora estamos más pobres, somos más viejos, nos sentimos más inseguros, o nos hemos puesto un poco más cínicos, todavía y siempre habrá lugar para recuperar la esperanza.

Si así fuere, esa energía social que caminó en estas horas por las calles, que atravesó al país de cabo a rabo, que conmovió a propios y a extraños, no se disipará en un nuevo fracaso colectivo o quedará en el recuerdo como un fogonazo circunstancial.

Si así fuere, quizá podamos aprovechar este envión anímico para retomar la agenda incumplida de las promesas democráticas.

Esa agenda que empezamos a escribir de la mano de Alfonsín.

La Plata, 2 de abril de 2009

Posted in DDHH, Política, Politica Argentina.

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6 Responses

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  1. schussheim says

    Bravo por este escrito.
    Me reconozco entre eos que estamos más pobres, más viejos y más inseguros, pero que no hemos perdido ni un ápice de nuestras esperanzas,

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Antoniuo, estoy muy de acuerdo con el ánimo y los contenidos de tu nota, en particular con la recomendación a no pensar que la transición siguió por la fuerza de las cosas a la debacle militar, intervino un liderazgo muy oportuno para convertir esa posibilidad abierta en una realidad, y me parece muy importante destacarlo porque en general tendemos a pensar que las cosas buenas pasan solas y las malas son culpa de alguien, es como una matriz con que concebimos la historia que resulta extremadamente perniciosa para entenderla realmente.
    Siguiendo con este argumento se me plantea una cierta duda respecto de las motivaciones detrás de la movilización social de estos días. No me refiero a la motivación de algunos medios y de la oposición, evidentemente dirigida a marcar la diferencia entre Alfonsín y Kirchner, con toda justicia por otra parte, aunque para mi gusto demasiado oportunista. Me refiero a qué llevó a la gente espontáneamente a sentir tanto esta muerte, y creo que ello en alguna medida al menos se debe a un sentimiento que vos no registras: culpa. Porque la verdad es que durante mucho tiempo, muchos, y me incluyo, despreciamos un poco o bastante a Alfonsín, lo consideramos demasiado “bueno” y por tanto bastante inútil. Sin duda eso fue así durante el menemismo, pero también después, y a tu recuerdo sobre su accidente automovilístico le falta la contracara, los insultos que se ligó durante el 2001 y 2002. Y los maltratos posteriores, de parte de un kirchnerismo que, igual que Menem, se consideró no sólo más astuto que Alfonsín, sino ahora además más “bueno”. Finalmente se ha visto que no era ni una cosa ni la otra, y ello ha ayudado a repensar el problema de la bondad y la política, un tema que no tengo idea como se va a digerir, pero me parece que despuès de lo densa que ha sido la experiencia K para esta sociedad, puede que siga un camino no muy distinto a ese del 83, no te parece? Saludos

  3. Antonio says

    Estimado Marcos,
    Estoy muy de acuerdo con lo que señalás. Quizás no me salió decirlo así, pero en mi caso yo me siento un poco culpable o arrepentido, dejo a los teólogos la precisión sobre el asunto, (no de ahora, sino desde hace algún tiempo) con Alfonsín. En su momento no lo voté (voté a Alende), y después al peronismo, y en los últimos años he pensado que si volviera a aquel octubre del ’83, y sabiendo todo lo que pasó después, cambiaría mi voto por Alfonsín, tanto por las cosas buenas como por los errores. Por cierto, una discusión, como vos planteaste en tu nota, que sería muy aleccionadora acerca de qué es lo que consideramos, y desde qué lugar, un “error” político de su parte. Algo de esto, mezclado con nostalgia, me llevó al Acto de homenaje en el Luna Park el año pasado.
    Pero más allá de esto, creo que la “culpa” en sí misma (otra vez, “un teólogo y dos psicólogos por aquí”) no es un mal sentimiento, si logramos trasformarlo en aprendizaje colectivo. En todo caso, empieza por el reconocimiento que hicimos algo mal, y este es el primer paso. Me acuerdo al pasar de un libro de una española sobre la transición allá, y de cómo la memoria sobre la Guerra Civil operó en las élites políticas a la hora de facilitar pactos y acuerdos: allí había culpa por los agravios cometidos, pero había arrepentimiento y aprendizaje para superar los entuertos. Claro, a nosotros nos falta toda esta otra parte como colectivo, pero que empecemos a decirlo y a procesarlo públicamente nos puede ayudar en los tiempos que vendrán. Si así no fuere, lo que vivimos estos días será solamente ese fogonazo circunstancial, o en el mejor de los casos, una sumatoria de catarsis individuales. El desafío es como lo trasformamos en disparador colectivo. También en el ’83 había culpas colectivas e individuales, y fueron bien llevadas por un sendero constructivo, y naturalmente, en todo eso mucho tuvo que ver Alfonsín. Un abrazo, AC

  4. JOAQUIN says

    Poseedor de una oratoria tan enfática como insustancial, su discurso demagógico, pronunciado con gran habilidad para arrancar encendidos aplausos de la muchedumbre, supo embaucar a una multitud que, asustada por la lista del peronismo, volcó sus preferencias por el presunto mal menor y lo eligió presidente. Tras ganar las elecciones, Alfonsín, lo primero que hizo al asumir, fue llevar adelante un revanchismo contra el gobierno cívico-militar saliente (cuyo golpe de Estado, en marzo de 1976, fuera apoyado y aprobado por la UCR, la cual comandó 310 intendencias, durante el gobierno del presidente Jorge Rafael Videla), impulsando un juicio a las cúpulas castrenses a través del decreto 158/83 (atropellando la independencia del Poder Judicial), cuya letra, además, contenía la condena en el decreto mismo. Maliciosamente, toda su revisión sobre el pasado (a la sazón bien reciente) fue impuesta a partir del 24 de marzo de 1976 y no se revisó una coma de todas las responsabilidades y felonías cometidas tanto por el terrorismo subversivo como por la partidocracia, antes de dicha fecha. Salvo excepciones, los medios televisivos se mantuvieron en manos del Estado, a efectos de controlar la prensa, llevando adelante una profusa campaña psicológica de inequívoca tendencia marxista, dentro de la cual se atentó contra la libertad de prensa, encarcelando a periodistas opositores como Daniel Lupa, y se descubrió una lista negra de 30 periodistas (entre ellos, Rosendo Fraga y Carlos Manuel Acuña), con la orden de encarcelarlos por no compartir la filosofía del régimen, y cuyas detenciones finalmente se frenaron con motivo del escándalo acaecido. Hasta un personaje de la frivolidad, como Mirtha Legrand, tuvo problemas profesionales, teniendo que mudar de canal, por cometer el delito virtual de no adular al mandón favorito de la socialdemocracia latinoamericana. En los años 70, fue simpatizante y abogado de los terroristas del ERP y mantuvo aceitados contactos con el terrorismo montonero, a varios de cuyos miembros agasajó con afectuosos almuerzos (entre ellos, al indultado Miguel Bonasso), en agradecimiento por haber colocado en sus órganos de prensa a su discípulo Leopoldo Moreau. Incluso, fue acusado de participar en la negociación a favor de la guerrilla, en el caso del secuestro y crimen de lesa humanidad del empresario Oberdán Sallustro, a la sazón víctima del ERP. Con estos antecedentes setentistas, durante su mandato, las deliberadas simpatías para con la guerrilla marxista no cesaron y jamás se promovió un solo juicio a un terrorista, dedicando toda su gestión a humillar a los militares, quienes, paradójicamente, en enero de 1989, lo salvaron del intento de golpe de Estado perpetrado por el ataque terrorista de la organización MTP (Movimientos Todos por la Patria), por entonces comandado por el asesino serial y ex guerrillero Enrique Gorriarán Merlo. En política internacional, de la mano del canciller socialista Dante Caputo, la Argentina tuvo relaciones carnales con las tiranías marxistas de la época, votando, incluso, ante la ONU, en la Comisión de Derechos Humanos, en marzo de 1987, de manera negativa en la acusación que pesaba sobre Cuba por sus consabidas violaciones a los de derechos humanos. Es más, la empobrecida Argentina alfonsinista otorgó créditos incobrables a Nicaragua y Cuba por 400 y 600 millones de dólares, respectivamente. Asimismo, en su afán por consolidar lazos con los despotismos de la época, en avieso desprecio por la democracia y el sistema republicano, firmó “convenios culturales” con países de la talla de la República Argelina (3/12/84), Nicaragua (16/2/84), Cuba (9/8 y 13/11/84), Rusia (26/1 y 26/86) y Bulgaria (29/7/86). Para júbilo de los delincuentes, Alfonsín fue también el padre del garantismo penal, promoviendo la sanción de las leyes 23.050 y 23.077, las cuales ampliaban la eximición de prisión y disminuían las penas para el infanticidio, ocupación de inmuebles y muchos otros delitos. En cuanto a la administración de la cosa pública, la burocracia y el despilfarro socialista se expandieron desmesuradamente, y de ocho secretarías de Estado se pasó a 42; de 20 subsecretarías, a 96 y se nombró a 280.000 agentes públicos. Ferviente admirador del eurocomunismo, Alfonsín logró que, en 1985, el 50% de los medios de producción estuvieran en manos estatales y la Argentina se constituyó, poco después, en el país no comunista de mayor estatismo del mundo, secundando a Méjico. En dicho lapso, se inauguró, además, la execrable práctica clientelista consistente en traficar miseria con “planes sociales”, los cuales, por entonces, estuvieron materializados en las famosas “cajas de PAN”, las que fueron quintuplicadas con motivo del desparramo de miseria que generó su “administración”, cuya cartera de economía fue mayormente capitaneada por Juan Vital Sourrouille. Tan amante de la oratoria como de la pereza laboral, en 1986, por ejemplo, pronunció 130 discursos (uno cada dos días) y concurrió a su despacho 2,3 días por semana. En materia económica, tras pulverizar el signo peso, en 1985, lanzó el tristemente célebre plan Austral, un programa estatista basado en la emisión de moneda sin respaldo y controles de precios, el cual, por su perversión intrínseca, obviamente implosionó de manera dramática, y, para paliar los destrozos económicos y financieros, el “equipo de lujo” que lo asesoraba (así calificó públicamente a sus ministros, que no dejaron institución por destrozar) lanzó otra “genialidad”: el “Plan Primavera”, inaugurado el 3 de agosto de 1988. El cual no era otra cosa que una renovada aventura socialista que derivó en la hiperinflación más alta de la historia argentina. Desde el 10 de diciembre de 1983 hasta su abandono del poder, el 8 de julio de 1989, la inflación acumulada fue del 664.801 por ciento, la más alta en la historia mundial, después de la Segunda Guerra Mundial. La depreciación monetaria fue del 1.627.429 por ciento, y, entre el 6 de febrero y el 8 de julio de 1989, el Austral (signo monetario de entonces) se devaluó un 3.050 por ciento. Durante los cinco años y medio de gestión “progresista”, el poder adquisitivo se desplomó entre un 107 y un 121 por ciento. La deuda externa recibida al comenzar su gestión arañaba los 40 mil millones de dólares, mientras que, cuando huyó de su cargo, dejó al país con 67 mil millones de dólares de deuda externa, treinta mil millones de dólares de deuda interna (ambos guarismos fueron unificados en los años 90), y sólo 38 millones de dólares de reserva en el Banco Central, con el país en default y la gente peregrinando despavorida por los desabastecidos mercados, para poder arrancar un paquete de azúcar o de yerba de las góndolas semivacías de la década del 80. Durante los últimos tramos de su “gestión”, en el país no había luz (la televisión empezaba a las 17, para que la gente no consumiera corriente eléctrica), no había agua, no funcionaban los teléfonos, peligraba la reserva de gas y, en tanto, Alfonsín seguía soñando en quedar en el olimpo de los próceres divagando con “el traspaso de la Capital a Viedma” y otros emprendimientos faraónicos. La sociedad empobrecida y angustiada escuchaba atónita el cúmulo de tonterías verbalizadas por el presidente-desertor, quien se escapó de su cargo seis meses antes de lo que ordenaba la Constitución Nacional, cuyo preámbulo se cansó de recitar en su campaña electoral, a efectos de hacerse pasar por un “gran demócrata”, que, además, no lo fue. También tuvo su cuota de corrupción: los pollos de Mazzorín, los galpones de Tierra del Fuego, las cajas PAN. Entonces fue que un sacerdote, en la Catedral, durante la homilía, dijo: “Le decimos no a la corrupción”. Alfonsín saltó del asiento como un resorte, le arrebató el micrófono al cura y con encendido discurso hizo la defensa de su gobierno. Tras su fuga, se dedicó a perturbar la política nacional desde fuera del poder institucional, destruyendo la Constitución Nacional en el ominoso “Pacto de Olivos” que él acordó con el entonces presidente Carlos Menem, y que fuera la antesala de la pésima reforma constitucional de 1994. Ya en el año 2001, asociado implícitamente con Eduardo Duhalde, formó parte de la conspiración desestabilizadora que acabó en el derrocamiento de su par y correligionario, el presidente Fernando de la Rúa. Producido su fallecimiento, a través del grueso de los medios de comunicación, periodistas, políticos, funcionarios y politólogos de las más diversas tendencias y orígenes, se encargaron, se encargan, de homenajear y cantar loas a su trayectoria. Es sano y humano compadecerse o lamentar la muerte de una persona, pero una cosa es tener buenos sentimientos y otra bien distinta ensalzar una trayectoria plagada de errores y procederes negativos, puesto que esto último no sólo constituye un premio inmerecido, sino que, además, se falsea la historia otra vez, pretendiendo erigir en estadista a quien fuera uno de los peores gobernantes de la historia argentina.

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  5. Lorena B. says

    Joaquín, me encantaría saber qué haces vos por este país. Bah, no.. me da lo mismo, porque tus palabras tienen mucho sabor a soberbia: no nos vas a decir que fuimos/somos TAN estúpidos como para habernos dejado “embaucar” por sus palabras.., je! En fin, una pena que no lo hayas conocido, te lo perdiste. ¡Gracias Antonio y Marcos por las notas! =)