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Alfonsinismo, heroismo y ética política

Las muchas cosas mezquinas, pretendidamente astutas y “equilibradas”, que se han escuchado estos días de Alfonsín, provenientes tanto de periodistas como de políticos o representantes sectoriales que en su momento chocaron o lo combatieron , o incluso de algunos afines a él, han tenido el efecto involuntario de demostrar aquello que pretendían refutar: que el ex presidente fue un hombre excepcional, por lo que hizo y por los valores que encarnó, en un país en que esos valores han sido y siguen siendo muy escasos.

Los valores de los que hablamos son las convicciones liberales republicanas y la responsabilidad política. Entre los muchos que los destacaron, que por suerte también los ha habido, tal vez quien mejor lo hizo fue Graciela Fernández Meijide cuando comparó a Alfonsín con ella misma y otros muchos dirigentes de derechos humanos: mientras que ella y éstos habían estado obligados a actuar por su condición de familiares, aquél había elegido hacerlo, movido por sus convicciones, corriendo riesgos muy evidentes, y cuando hacerlo no implicaba claramente ningún beneficio. Eso fue sin duda lo que le permitiría a partir de 1983 pensar los problemas de la democracia mejor que nadie, y actuar en consecuencia, aun cometiendo errores, con una muy superior perspectiva que la gran mayoría de sus conciudadanos, incluidos sus seguidores.

La muerte de Alfonsín ha desatado una nostálgica evocación de aquel momento que él contribuyó más que nadie a forjar, el de la primavera democrática de 1983, incitando a mirar críticamente lo que le siguió y lo que recibimos y perdura de él en la actualidad. En dicha evocación es ya un lugar común decir que Alfonsín cumplió bastante poco de las promesas acuñadas en el entusiasmo inicial, porque cometió muchos errores a la hora de tomar decisiones. Pero no está para nada claro cuales fueron concretamente esos errores. Hay quienes los asocian a ese mismo entusiasmo que él hizo tanto por alentar y por el que se habría dejado llevar imprudente y estérilmente. Y quienes en cambio los atribuyen a su tibieza, su reluctancia a asumir conflictos, y su consecuente docilidad hacia los poderes fácticos, su propio partido, las presiones externas, etc.. Quienes pretenden sacar lecciones de su experiencia, para entender la historia de la democracia argentina, e incluso nuestra situación actual, se internan así en un profundo debate. Que no es por cierto nuevo, ya estaba planteado más o menos en estos mismos términos a fines de los años ochenta, respecto a qué fue lo que realmente sucedió con la promesa alfonsinista.

El fracaso de ese proyecto, en lo que tenía de más ambicioso, adquiere además resonancia a la luz del actual declive, ya a todas luces igualmente irremediable, del kirchnerismo. Las afinidades entre uno y otro pueden ser tantas como las diferencias, pero algunos rasgos especialmente significativos los hermanan y justifican los paralelismos que se establecen entre ellos: ambos siguieron a profundas crisis que buscaron superar con propuestas “reparadoras” más que reformistas, y aspiraron a redefinir las fuerzas políticas en cuyo marco se formaron para crear sobre esa base coaliciones progresistas o de izquierda perdurables, y reorganizar de este modo los alineamientos políticos y sociales heredados, dando estabilidad y eficacia a la competencia política. La frustración de esa apuesta, en ambos casos, explica buena parte de los reproches cruzados que los analistas suelen formular al respecto: para las izquierdas en su momento seducidas por el proyecto, los líderes finalmente no se atrevieron a consumar lo que prometieron, y ello disparó la frustración colectiva; para una perspectiva “centrista”, ellos consumieron inútilmente tiempo y recursos en intentar cumplir con promesas que desde un principio estaban fuera de su alcance, y respecto a las cuales todo lo que hicieran sería poco y a la postre inútil.

La discusión, en estos términos, podría reducirse finalmente a si la compañía de las izquierdas argentinas no es inconveniente para gobernar (más allá de las ocasionales ventajas que pueda ofrecer jugar esa carta electoral) o si, al contrario, no sucede más bien que las fuerzas tradicionales del país, centristas o peor aún conservadoras por naturaleza, se revelan tarde o temprano como incapaces de concretar los “cambios necesarios”, cualquiera ellos sean.

Razones para creer lo primero hay y ha habido unas cuantas. La debatida cuestión de los derechos humanos ha sido reveladora a este respecto, tanto durante el gobierno de Alfonsín como bajo el actual. La superioridad moral y consecuente virulencia con que las izquierdas bombardearon las imperfectas respuestas que el alfonsinismo intentó darle al problema de las violaciones a los derechos humanos y los juicios ayudaron en gran medida al declive del único actor capaz de formar y sostener un consenso medianamente favorable a ellos, tal como se revelaría tiempo después, cuando el peronismo llegó al poder. Pese a lo cual esas izquierdas seguirían convencidas de que todos los problemas se originaban en que el ahora ex presidente no les había hecho caso. Bajo el kirchnerismo, la contribución de sus aliados de izquierda al éxito del gobierno en este terreno no resultó menos equívoca: en lugar de contribuir a que la reapertura de los juicios cimentara un suelo firme e indiscutible de legitimidad republicana, del que indirectamente la gestión en curso se beneficiaría, pero junto al conjunto de los actores democráticos y las instituciones, les quiso dar un uso faccioso y oportunista, en virtud de un lucha ideológica más imaginaria que real entre izquierda y derecha, que acotó en gran medida la capacidad del oficialismo de forjar consensos amplios y estabilizar su liderazgo. Con el agravante ahora, en el caso del kirchnerismo, de que no podrían las izquierdas, al menos a este respecto, achacar los resultados a que “el gobierno no les hizo caso”: es indiscutible el esmero puesto por los Kirchner en llevar hasta sus últimas consecuencias la confrontación política concebida en los términos de la lucha entre una izquierda moralmente superior, titular de los derechos humanos y la justicia, y sus enemigos; en ello al menos su gestión y su liderazgo han sido, sostenida y consecuentemente, “de izquierda”.

Cuando a la luz de esta contraproducente utilización del discurso moral en la lucha política volvemos los ojos nuevamente a la experiencia alfonsinista queda aun más de relieve lo muy superior que ella fue, comparada con lo que la precedió y también con casi todo lo que le siguió, lo que es por cierto mucho mérito, tanto en términos de su contenido ético como de la responsabilidad política que guió sus pasos. Porque sus convicciones éticas, por ser más auténticamente universales y a la vez más republicanas que las de la mayoría de sus connacionales, le permitieron ofrecer un orden que mal que bien todos pudieron reconocer como propio, algo que con su desprecio por el liberalismo político la cultura argentina no da de suyo. Y porque finalmente Alfonsín siempre, aun en las más duras circunstancias, fue capaz de distinguir sus preferencias de sus obligaciones, y hacer su trabajo. Algo que a muchos políticos argentinos parece importarles cada vez menos.

Es finalmente por su consecuente fe liberal y su responsabilidad política, que merecen ser destacados precisamente por lo escasos que son entre nosotros, que Alfonsín puede ser lo que en Argentina casi nadie ha podido por décadas, ser un héroe cívico. Lo que lo coloca más allá de toda consideración sobre errores más o menos graves y más o menos evidentes.

Posted in DDHH, Kirchnerismo, Politica Argentina.

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6 Responses

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  1. FEr says

    Estoy realmente impactado por la magnitud de la respuesta de la gente ante la muerte de Alfonsín. Quizá sea una cuestión generacional, pero siento que me perdí una parte de la película y no puedo medir el significado que sí tiene, en un sentido muy profundo, para aquellos que vivieron el retorno a la democracia como una vivencia personal.

    Más allá de los errores, Alfonsín personifica muchas virtudes que, exageradas o no, parecen faltar en la política actual. El mismo valor de la política es el que reivindica, como señaló Cafiero. Quizá exacerbar su figura ética es desmerecer su rol de militante, su combate concreto por la democracia. Una democracia que hoy día es criticada como si todos hubieramos nacido en 1983, como si la dictadura hubiera sido en vano.

    Tanto se critica a la “vieja política” que viendo de quiénes ha venido esa crítica deberíamos plantearnos, al menos, volver a revisar de que se trata. Alfonsín representa a esa vieja política, que disputada, por derechas e izquierdas, por sindicalistas y militares, defendía su razón de ser. Quizá una vez baje la emotividad se pueda procesar críticamente que mensaje deja la muerte de Alfonsín, si una sentencia de muerte hacia el pasado, una llamada de atención al presente o un mensaje hacia el futuro.

    Lo dejo en forma de pregunta: ¿Con Alfonsín muere lo poco de democracia que queda? o, por el contrario, ¿permitirá replantear el camino recorrido desde 1983 y reivindicar aunque sea un poco de esa “vieja política” (y no esta de cabotaje que tenemos)?. Quizá no sea nada, y mañana estemos nuevamente hablando de las elecciones, la inflación, etc.. Sinceramente, espero que no.

    Excelente artículo.
    FEr

  2. Nicolás Cherny says

    Marcos, tengo la impresión que en el texto no me termina de quedar claro cual fracaso/declive querés explicar. Si las apuestas (o la ambición más grande) por producir cambios en el sistema de partidos (UCR vs PJ por progresistas vs conservadores) o la medida en que los gobiernos pudieron producir políticas públicas consistentes con las expectativas que procuraron generar sus discursos. Es obvio que la apuesta más ambiciosa de recrear los alineamientos tradicionales y la capacidad para hacer un gobierno efectivo se afectan mutuamente (sobre eso sospecho y espero que haya mucho escrito). Pero creo que la recreación de alineamientos y la efectividad del gobierno estarían afectadas por cosas distintas.

    El argumento que presentás va creo en la dirección de explicar la primera: que al minar la coalición de gobierno, el maximalismo y el faccionalismo de la izquierda argentina contribuyó al debilitamiento de la apuesta del gobierno por un cambio en los alineamientos partidarios. Y el partido del presidente podría en tal caso ser el lugar en donde retorna y se refugia el presidente cuando el maximalismo y el faccionalismo de la izquierda lo deja debilitado (en tal caso el partido sería un recurso a la mano del presidente). O, como decis en el post, los atributos conservadores y centristas del partido pueden ser un obstáculo a la apuesta del presidente lo suficientemente grande como para que su proyecto de cambio del sistema de partidos fracase (aca si sería una explicación alternativa).

    En el caso de la relación entre promesas y resultados creo que no es la coalición con la izquierda argentina lo que explica el fracaso de los gobiernos en producir políticas públicas consistentes con las expectativas que generaron sus discursos. Lo que explica el fracaso o el éxito es la medida en que la agenda de reparación es consistente -política y económicamente- a lo largo de la gestión del gobierno. En tal caso sospecho que la agenda de reparación (por oposición a la de reforma) podría ser algo así como un gobierno cuya maximización de la atención de la demandas socioeconómicas y/o ideológicas de su base electoral y partidaria requiere minimizar o anular el riesgo de encarar reformas institucionales –convencer a su base electoral y partidaria, neutralizar actores de veto. Si la agenda de reparación fue la que permitió al gobierno gobernar con la izquierda, es el fracaso de esa agenda lo que explica el fracaso de la coalición. Pero estimo que sobre esto también se habrá escrito mucho.

  3. Marcos Novaro says

    Estimado Nicolás, efectivamente, no era mi intención hablar sobre los problemas de gobierno en sí, si no sobre el modo en que gobiernos “progresistas” se cargan de ciertas promesas reparadoras caras a la izquierda, y las dificultades que eso conlleva. Pero vos mismo seguís el argumento, creo que con bastante razón, para sostener en el último párrafo de tu comentario, que ese enfoque “reparador” siendo muy problemático para la gestión de gobierno en general. Creo que no sólo el caso de Alfonsín, también el de los Kirchner, es revelador de esta dificultad: una vocación reparadora muy absorbente, y muy difícil de satisfacer, termina complicándole las cosas inutilmente a los gobiernos progresistas. Se puede desprender del argumento otra conclusión;: cuánto dificulta esta agenda de reparaciones que estos gobiernos puedan encarar agendas reformistas? O dicho de otro modo, cuánto pesa la mirada hacia atrás en las diifucltades para mirar hacia adelante? Hay una versión pueril de esta pregunta que es la que siempre con mala intención les dirige la derecha a estas experiencias, pero no deja de haber algo cierto en esa perspectiva: hacer reformas es siempre en alguna medida invertir recursos políticos, económicos etc. hoy para obtener beneficios a mediano y largo plazo, y se contrapone a la necesidad de reparar daños infrigidos a actores bien concretos que quieren se los compense aquí y ahora. No necesariamente reparar impide reformar, se pueden pensar fórmulas para sortear estas tensiones, por ejemplo cuando Alfonsín combinaba su política de juicios acotados con invitaciones a los militares a colaborar con su propia reforma, con la nueva ley de defensa, etc.., pero hay más ejemplos de lo contrario. Como sea, es interesante discutir a este respecto, y contra la tendencia general de estos días y lo que creen sus respectivos protagonistas, lo mucho que tienen en común ambas experiencias, por qué de ese desconocimiento resultó en gran medida, entre otras cosas, que la actual no pudiera aprender de los problemas de la alfonsinista. Saludos

  4. Alejandro says

    Estimados, no estoy seguro de entender la distinción entre reparación y reformas. ¿Reformar sería modificar instituciones y organización económica y reparar sería atenuar o revertir los daños producidos por las reformas? Si es así, entonces tampoco estoy seguro de que las clasificaciones implícitas en vuestra discusión sean empíricamente adecuadas: alfonsinismo = reparación, menemismo = reformas, kirchnerismo = reparación. Por una parte, porque en todos los gobiernos hubo elementos de agenda clasificables como reformistas – elementos además centrales o imprescindibles para que los ejes de las estrategias de gobierno fructificaran. Por otra parte, porque en ningún gobierno clasificado como reparador la reparación efectivamente alcanzó a hegemonizar la agenda. Parecería, más bien, que la tensión entre reparación y reforma ha sido irresoluble y, en última instancia, letal – en tanto minó la credibilidad tanto del reformismo como de la reparación. En este sentido, quizás sería interesante explorar hipótesis de carácter cíclico: los gobiernos que construyeron su poder inicial vendiendo una agenda de reparación terminaron implementando o radicalizando algunas reformas para tratar de sostener algo de esa reparación, y los gobiernos que construyeron su poder inicial vendiendo reformas terminaron implementando políticas de reparación para impedir la deslegitimación de las políticas de reforma ante la evidencia de sus costos.

  5. Marcos says

    Estimado Alejandro, me parece muy atractivo tu argumento general, y me parece que desmiente lo primero que decís, que no tenés clara la distinción entre los dos tipos de gobiernos. Al menos me la aclaraste a mí. Como sea, el argumento no puede servir para explicar todo, claro, apenas para entender cómo se acercan al problema del cambio político y económico gobiernos progresistas que terminan no muy bien que digamos. Y la conveniencia de revisar ese modo “reparador”: porque hay en él un problema de cultura política (la tradición decadentista, el carácter retrógrado de muchas ideas de izquierda, etc.), pero también problemas de agenda y de estrategia bien concretas que genéricamente se pueden denominar “populistas”. Saludos