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Ética y política

La relación entre los valores éticos y la actividad política ha vuelto a estar sobre la escena pública. Me apresuro a escribir estas líneas antes de que vuelva a sostenerse que tal relación es ilusoria. La muerte de Alfonsín, las estrategias electorales para junio y el regreso de Cobos a la UCR, han llevado a la política el tema de la ética. El tema aparece esporádicamente; la novedad es que una parte de la sociedad ha querido descubrir que existe la ética en la dirigencia política.

Institucionalidad, renuncia y oposición. Quiero retomar una vieja distinción, bastante esgrimida por políticos argentinos. Carlos “Chacho” Álvarez, fundamentó su histórica renuncia en la ética de la convicción; su ética de la responsabilidad había encontrado su límite en la corrupción, no de un senador ni de tres, sino de una parte importante de ese cuerpo y del Poder Ejecutivo que había comprado votos. La ética de la convicción es radical, no negocia los ideales ni siquiera en consideración de las consecuencias, más o menos desastrosas, que pueda tener en este complicado mundo una acción guiada por la convicción moral. Esta ética intransigente ha podido ser descrita de varias maneras: que se haga justicia aunque perezca el mundo; se quiebra pero no se dobla; o, en la que es quizá su versión más letal, para hacer una tortilla hay que romper huevos. En el caso de Álvarez, su renuncia a la vicepresidencia quitó una importante cuota de poder al gobierno; además, agreguemos, se abstuvo de seguir actuando en política, de manera que no asumió responsabilidades respecto de las consecuencias de su acción. Casi una década más tarde, otro vicepresidente apela al lenguaje de la ética de las convicciones en política. Así justificó en su momento su rechazo del proyecto de ley de retenciones móviles. Así lo recordó en la auto-evocación hecha en su discurso fúnebre a la muerte de Alfonsín.

¿El vicepresidente de la nación promueve una ética de la convicción o una ética de la responsabilidad política? Esta última figura de la ética, a diferencia de la anterior, implica una profunda preocupación por las consecuencias que pudieran tener las propias acciones: no es que falte la convicción (pues sigue tratándose de la ética) pero esa convicción no se sostiene a cualquier precio; quiero que se haga justicia, por ejemplo, pero no a costa de desestabilizar el régimen democrático (es el argumento alfonsinista en la época de los juicios a los perpetradores del “Proceso”). Esta ética es más flexible (se dobla), negocia y sin duda defiende ideales, pero se preocupa por el mundo común y compartido y no está dispuesta a dejar que éste se derrumbe. En estos términos, uno puede preguntarse qué valores éticos defiende el vicepresidente y según qué tipo de ética. Encontrar la respuesta es difícil. En principio, no podríamos decir que una renuncia responda per se a una de las dos éticas. Podríamos decir, por ejemplo que renunciar a un gobierno en el que dos poderes se han corrompido, es tener una responsabilidad política respecto de la institucionalidad democrática. O podríamos también decir que quedarse en el cargo es asumir la responsabilidad asumida al presentarse a elecciones. La dificultad se debe a que el valor de una institución no puede depender, por definición, de un individuo particular; la permanencia en el cargo o la renuncia puede servir, según los casos, para la renovación o para la decadencia del cargo de autoridad. Esto nos lleva a una conclusión: las instituciones son favorecidas o corroídas no por las personas sino por las acciones que éstas emprenden.

Después de la renuncia, Chacho no sostuvo su acción con nuevas acciones, se retiró; Cobos tampoco sostuvo su acción con otras acciones, pero no renunció y por eso sigue sosteniendo las consecuencias de su primera acción (actúa por omisión, como dicen los juristas). Irse le hubiera exigido tomar iniciativas para construir su liderazgo opositor; quedarse lo pone cada tanto en el centro de la escena sin necesidad de tomar la iniciativa.

Las caras son transparentes. Si el rostro de Álvarez no podía ocultar en el año 2000 el sentimiento de un histórico mal trago; el de Cobos, a principios de abril de 2009, no podía ocultar el reconocimiento de la nueva satisfacción que le ofrecía el destino, la de encontrarlo como jefe de estado en el momento en que, con su muerte, Alfonsín se fijaba en símbolo de la ética política y de la democracia. (No fue sólo el rostro, ya dijimos: no pudo evitar compararse con el difunto; pero aunque esto era, en su situación, mucho más patético, hay que decir que casi nadie se privó de convertir al muerto o al símbolo en un efecto, el “efecto Alfonsín”. Nadie pensó en un minuto de silencio.) Como sea, y a diferencia de “Chacho”, ni en sus palabras ni en sus gestos Cobos parecía dominar todo lo que de su fuero íntimo se colaba al espacio público; carece, al parecer, de ese don de los líderes políticos que saben que deben ser como quieren aparecen y no aparecer como lo que son. La ética, sobre todo en política, no se predica de la persona sino de sus acciones. Sólo al final, cuando una historia se ha cerrado irreversiblemente, podrá pasarse de las acciones a la persona y, como en el caso de Alfonsín, juzgar si alguien ha sido honrado o no, si ha sostenido convicciones o no, si ha sido responsable o no.

Como dije al principio, una parte de la sociedad ha descubierto que hay ética en política. ¿Qué ética? No logro descubrirlo. Y la causa de mi dificultad radica, creo, en que el tema de la ética se ha colado en el espacio público. No una acción, ni una decisión; no la ley de radiodifusión, el sistema impositivo o el régimen previsional; sino la ética tout court, sin más. Tema sólo abordable por gentes de convicción, inquebrantables e incorruptibles. El problema es que eso podría fomentar la irresponsabilidad política. Pero no hay tales riesgos. Se acercan las elecciones y, a medida que pasan los días, la ética se parece mucho a los intereses de las partes y al temor ante la inseguridad. Y entonces habrá que ganar las elecciones y, para eso, no conviene tomar iniciativas, no conviene actuar, no vaya a ser que los electores se vean obligados a juzgar según su criterio de ética, según sus intereses o según sus temores, cosas que sólo pueden distinguirse si hay algo que discutir que no sea simplemente el tema de la ética en política.

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3 Responses

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  1. Marcos says

    Me parece convincente tu argumento, y muy iluminador sobre la penosa deriva moral que suele tener la política en nuestro país, cuando se queda sin alternativas. Pero si ese fue realmente el caso, creo, con la renuncia de Chacho, no veo que lo sea en el caso de Cobos, haga lo que haga y cualquiera sea el argumento que utilice. Me parece que en este caso el problema es otro, en cierto aspecto más serio. Finalmente, al hombre hay que reconocerle que ha sido tocado por la Fortuna, y eso compensa las mezquindades que ha tenido con él la Virtud. Tan es así que no haciendo nada, o peor aun, siendo un absoluto oportunista, puede aparecer a la vez como el más responsable de los hombres públicos y el más convencido defensor de sus convicciones. Veamos lo curioso del hecho de que el radicalismo, que había jurado que perdonaría a todos los demás radicales K salvo a él, ahora se desvive por abrazarlo. Y que el kirchnerismo que pensaba no podía haber un vice más inofensivo, está amenazado en su misma sobrevivencia por él. Nunca nadie consiguió tanto con tan poco esfuerzo, y puede que siga siendo así: mientras más se esmeran en bombardearlo los Kirchner, más ayudan a ensalzarlo. Me parece que el problema con Cobos no es si practica una ética u otra, creo que el problema es que no “practica” nada, lo que la opinión y la política hacen con él y no lo que él hace, que es bien poco, es el problema. Hace las veces de la esfinge, eso le sale muy bien, pero la gran duda es qué pasará cuando tenga que actuar en la adversidad, y la magia del símbolo se rompa. Chacho no es santo de mi devoción, pero creo que nunca tuvo esa suerte, y lo que logró lo consiguió con sus méritos y esfuerzo, y con lo mismo fue que colaboró luego a destruirlo. Los políticos populares de hoy (no sólo es el caso de Cobos, pasa algo parecido con Scioi, Michetti, etc.) son productos del esfuerzo ajeno y de expectativas puramente ideales de la opinión, cuando dejan ese lugar y bajan al ruedo creo que corren el riesgo de disiparse en la nada que son.

  2. Lucas Martin says

    Estimado Marcos,
    Coincido en todo lo que decís, y no creo haber querido decir algo muy distinto. Agrego que, a mi entender, la situación que enfrentaba Chacho era mucho más seria; y que el mismo reconoció el error de haber pasado al ostracismo luego de la renuncia, pues la consecuencia fue el derrumbe de una fuerza política, el Frepaso (dicho de otro modo, dejo librado al azar no sólo un gobierno corrupto –y, en esto, la renuncia puede ser irreprochable e, incluso, admirable- sino también un proyecto político en el que creía y que había ayudado a construir –y aquí el problema es cómo asumió responsabilidades sobre las consecuencias). Por otra parte, quisiera volver a poner un acento: Cobos aparece como emblema de la ética de la convicción sólo para una parte de la sociedad. Especialmente, la parte que ya estaba de acuerdo con él y los radicales que, con la innovadora ética “de la oportunidad” de su Tribunal, quieren aprovechar un “efecto Alfonsín”… El resto de su “esfinge”, llegado el momento, podrá ser desbaratado mostrando que el actual vicepresidente se parece mucho más a De la Rúa que al último y ya difunto hombre político de importancia de la UCR (contraste que, sin duda, una campaña presidencial peronista puede “instalar” en un día). Y, por cierto, mi problema para descubrir qué ética está detrás de Cobos radicaba en que no actúa, y por eso nadie puede saberlo. Aunque el Tribunal de Ética de la UCR nos ha ayudado en este camino al tejer la nueva ética de la oportunidad, arrastrando hacia ella a (el “efecto”) Alfonsín.
    Gracias por el comentario.
    Lucas

  3. Rodrigo says

    Muy bueno Lucas, me quedo con el utlimo parrafo que me parece el que mejor pinta la situacion actual o como define muy bien Marcos: “… la penosa deriva moral que suele tener la política en nuestro país, cuando se queda sin alternativas…”
    Mi saludos