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¿Los poskirchneristas se anulan entre sí?

El kirchnerismo como fenómeno electoral existirá después del 28 de junio, en el mejor de los casos, como una expresión casi exclusivamente bonaerense. Habrá votos kirchneristas en provincia de Buenos Aires y en Santa Cruz, pero muy poco más. En el resto de los distritos grandes habrá peronismos antikirchneristas (y listas oficialistas que harán una pésima elección, y cuya existencia constituye tal vez el más grave error del matrimonio presidencial para estos comicios), y en los chicos del interior, peronistas sin aditamentos.

Pero puede que por más que el kirchnerismo pierda buena parte de su base electoral, no pierda en la misma medida poder político institucional. Contra lo que sostiene Carlos Pagni en una nota reciente de opinión (“Kirchner recupera votos pero no poder”, La Nación, 28-5-09), y de acuerdo a una tendencia que acompaña al oficialismo desde su mismo origen (recordemos que ganó la presidencia perdiendo una elección, y logró hacerse de una altísima popularidad, y de un amplio control de las cámaras legislativas, de los recursos públicos e incluso de los grupos de interés, sin superar nunca el 45% de los votos), puede que resista bastante mejor de lo esperable su pérdida de representatividad en las urnas.

Ante todo, porque no se resignará a una traducción inmediata y mecánica del declive electoral en términos de control de recursos institucionales, y peleará a muerte por conservarlos. Y en segundo lugar, porque aunque él difícilmente pueda disimular su declive en estas elecciones será también difícil que aparezca un claro y único ganador capaz de atraer todos los apoyos que él pierda y formar una mayoría alternativa. A menos que sea derrotado claramente en Buenos Aires, y aún en ese caso, habrá una oposición panradical en auge, un peronismo del interior tendencialmente reutemannista, y un filoperonismo macrista porteño y bonaerense, y todos ellos tendrán motivos para seguir enfrentando a Kirchner pero también más motivos que hasta aquí para pelear entre sí.

A esto hay que sumarle eventualmente una mínima recuperación económica. Con reglas fiscales que le seguirán proveyendo de una ventaja indisimulable frente a las provincias (la sola recuperación del precio de la soja está mejorando la situación de sus cuentas, y sus márgenes para administrar premios y castigos a los demás actores), es dudoso que los gobernadores vayan a presionar a sus legisladores nacionales para que se enfrenten al gobierno nacional y pasen abierta y coordinadamentemente a la oposición. Más razonable es esperar que amenacen con hacerlo extorsionando así al gobierno nacional con cambios en las leyes fiscales (la de emergencia económica, los superpoderes, las leyes del cheque y de ganancias, etc.), de manera de obtener de él recursos para superar mejor la crisis que sus adversarios. Es cierto que tras el rechazo de todos los caciques distritales, a excepción de Scioli y básicamente porque él nunca lo llegó a ser, a tomar parte de las candidaturas testimoniales, a incluir kirchneristas confesos en las listas de sus distritos y a darle cabida a la pareja presidencial en la campaña, esta parece estar más aislada que nunca. De allí que pretenda hacer de la batalla por la provincia de Buenos Aires la única importante. Pero de conservar ese último y decisivo bastión (además, obviamente, del de Santa Cruz), las cosas pueden volver en alguna medida a la “normalidad” que hemos conocido en el último tiempo: todos en el peronismo saben que los Kirchner están de salida, pero hasta que eso se concrete sigue siendo buen negocio mantener la ilusión de que conducen y arreglar con ellos.

El gobierno nacional querrá por su parte convertir su bastión bonaerense, su control sobre el 70% de los recursos fiscales y la dispersión de sus adversarios, en ocasión para retener, incluso reconstruir algo de su poder en los dos años y medio que tendrá aún de mandato. Deberá inevitablemente ceder recursos para lograrlo. Pero si negocia hábilmente, no serán tantos como para que se vuelva inviable su gestión.

La pregunta, finalmente, no es si los Kirchner pueden sobrellevar esa situación, y conducir un gobierno medianamente ordenado hasta 2011, si no si querrán hacerlo. Porque ello les exigirá ante todo resignarse: no podrán al mismo tiempo conducir una negociación como la que el contexto fiscal y político les impondrá, sin renunciar a su continuidad en el poder después de esa fecha, incluso a ejercer una influencia directa en la elección de su sucesor; porque si lo intentan se volverán una amenaza para los demás, y ofrecerán los motivos que hacen falta para que ellos coordinen sus esfuerzos contra el equilibrio de las cuentas nacionales. Y conociéndolos cabe sospechar que intentarán escaparle a la resignación.

Como ya ha sucedido en el pasado, el oficialismo estará inclinado a interpretar mal el significado de esta sobrevida que eventualmente puede regalarle el destino, a imaginar que puede usar sus recursos institucionales remanentes para recuperar la mayoría electoral en 2011, directamente o a través de alguna alianza. Este puede ser un error irreparable. Si va acompañado de un intento de volver a polarizar el campo político en los ventajosos términos en que lo estuvo hasta 2007, y que en apariencia pareció volver a estarlo en algunas votaciones legislativas luego de la crisis con el campo (cuando se aprobaron las estatizaciones de Aerolíneas y las AFJP, por ejemplo), lo más probable es que la radicalización populista genere crecientes tensiones con el resto de los sectores peronistas y con los grupos de interés, y termine agravando la crisis económica. Si va en cambio por la vía del acuerdo con algún candidato no kirchnerista (sea Reutemann, Scioli o algún otro), agravará la crisis interna en el PJ, porque fortalecerá indirectamente al peronismo antikirchnerista y, tal como ya sucedió con la infausta experiencia de Filmus vs Macri, favorecerá a los candidatos externos al partido y su total indisciplina.

En cualquier caso entonces, si el poder institucional del kirchnerismo puede sobrevivir a las elecciones del 28 de junio, lo hará a condición de que desista de ser una alternativa electoral en el futuro. Y el problema es que eso les exigiría hacer aquello que no han sabido, renunciando a lo que en verdad si se han mostrado hasta aquí capacitados para hacer. Recordemos que, a diferencia de casi todas sus políticas públicas, contra lo que ha afirmado por caso Sebastián Etchemendy (véase su artículo “No fallaron las políticas, falló la política” publicado en La Barbarie, 6-5-09) sus estrategias electorales han sido por regla racionales y eficaces: la alianza con Duhalde en 2003, la transversalidad antiduhaldista en 2005, la concertación plural en 2007; cada una de ellas implicó una adaptación racional a las circunstancias, para sacar ventaja de las debilidades de sus adversarios y, con el menor costo en términos de colaboración o cooptación de aliados, obtener el mejor resultado. Puede alegarse que le hubiera convenido esta vez no presentar candidatos en Capital Federal, Córdoba y Santa Fe, pero no hacerlo hubiera disminuido las chances de su candidatura en Buenos Aires, así que incluso ese “error” tiene su racionalidad. Pero si en lo que resta hasta 2011 la racionalidad manda desistir abiertamente de toda apuesta electoral, de sus planes de máxima, con él de candidato presidencial, e incluso a los de mínima, con alguna figura que lo necesite para llegar a la Presidencia, ¿lo asumirá como un costo justificado para lograr otros fines, o estimará que no puede haber ningún fin que justifique tal cosa, e insistirá en apuestas electorales sin futuro y que para colmo pueden impedirle estabilizar su gestión?

Conocemos ya lo suficiente sobre su gusto por la desmesura. Cuando hizo saber que está dispuesto a abandonar el gobierno en caso de que las condiciones de su ejercicio no le convengan, no sólo envió una inequívoca señal extorsiva a los electores, que deben asimilar el riesgo de cambiar de caballo en medio del torrente de la crisis, sino por sobre todo a sus compañeros de partido, que podrían ser arrastrados por la ingobernabilidad generada desde el vértice. En apariencia advirtió que instalar ese temor le jugaba en contra, porque la mayoría prefería correr el riesgo de su ausencia que el de aceptar su condición de imprescindible, y por ello dejó de lado esas amenazas. Pero nada hace pensar que no vuelva por sus fueros, e incluso que las concrete. Si en cambio se inclina por la opción opuesta, y en vez de amenazar con sus intenciones de dejar el poder anticipadamente, lo hace con las de no abandonarlo jamás, cometerá el pecado en que ya incurrió Menem a partir de 1995: sus compañeros de partido asumirán que, igual que aquél, Kirchner prefiere ser sucedido por un no peronista, a serlo por un peronista antagónico; y ello puede tener un efecto aún más perjudicial para el gobierno de su mujer, pues gracias al éxito de su fuerza en actuar a la vez como gobierno y oposición, y a los déficits de las demás, esa opción puede ser mucho más remota que en 1999, y entonces la disciplina del PJ puede volver a evaporarse como luego del derrumbe de la Alianza. El peronismo pagará con ello no sólo el precio de haber atado su suerte a los designios de un liderazgo irresponsable, sino de haberse tomado demasiado en serio una máxima que alimenta desde hace años su soberbia: no se puede ser, al menos no en una sociedad pluralista como la argentina, al mismo tiempo un partido mínimamente cohesionado y reglado y “el único que puede gobernar”.

Posted in Elecciones 2009, Kirchnerismo, Politica Argentina.

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2 Responses

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  1. FEr says

    Marcos no entiendo a que te referís con kirchnerismo u oficialismo, como alternativa sólo en Buenos Aires y Santa Cruz, e incluís a Scioli entre los no kirchneristas. Coincido en esa percepión, pero esto invalida el resto del análisis ya que el kirchnerismo exclusivamente bonaerense estaría negado desde los propios candidatos que lo componen.
    Me quisiera detener un momento más en Scioli y dejo una pregunta: ¿No es posible que tras las elecciones, cualquiera sea su resultado, Scioli pueda consolidar una coalición unificada del PJ?. El kirchnerismo, o los restos de este, puede realigarse a un nuevo eje de poder, y ni hablar de los lideres provinciales, “peronistas a secas”. El juego de PJ como oficialismo al mismo tiempo que oposición abré un espacio de reacomodamientos que no necesariamente lleve a la confrontación entre las fuerzas que se oponen a los K, o no de manera tan terminal.
    Saludos.
    FEr

  2. Marcos Novaro says

    A Scioli no lo veo con mucha capacidad de coordinar al resto del PJ, él más bien ha vivido de que le hagan las cosas fáciles otros, que usaron así su popularidad, que es lo único que tiene a su favor, al menos hasta ahora. En eso convengamos se parece bastante a Reutemann, aunque a favor de este último cuenta que no tendrá que administrar una provincia sin recursos en los próximos dos años, y que no tiene que explicar por qué se dejó usar hasta último momento por los Kirchner. Así que no lo veo.
    Pero el problema más interesante que plantea Fer no es ese sino el del proceso interno del PJ. Si no hay reglas de juego, imaginar que las cosas se van a arreglar de forma rápida e incruenta en el PJ es me parece un exceso de optimismo. Si Reutemann gana y los demás (Scioli, Solá, Das Neves, etc.) quedan muy debilitados es posible que muchos gobernadores se alineen rápidamente con él, pero aún estará Macri disputándole sectores del PJ. Eso por un lado. Y por otro, lo que señalaba sobre el rol de los Kirchner: es difícil imaginar que acepten jugar un rol institucional como garantes de la competencia, sería magnífico que lo hicieran, sería la primera vez que hacen algo por la humanidad, pero creo que nos vamos a quedar con las ganas de verlo. Saludos