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Un populismo de baja intensidad y pocos horizontes

Hay algo de cierto en lo que dicen los oficialistas de países como Venezuela y Bolivia (en lo que se revela sin embargo no que ellos tengan la solución para los problemas de esos sistemas políticos, sino más bien la gravedad de la situación que los gobiernos que apoyan han generado en ellos): ser opositor ha quedado asociado en la opinión mayoritaria venezolana y boliviana con ser rico, blanco, pronorteamericano, liberal, más o menos elitista, o reunir varias de esas características, en suma, es estar condenado a ser minoría. Por tanto, el juego democrático ha quedado allí bloqueado, o peor, se vuelve finalmente un juego imposible: las mayorías se han tornado más y más irrespetuosas de los derechos de las minorías, al mismo tiempo que, a raíz de ello o estimulándolo, o las dos cosas a la vez, éstas se volvían más escépticas respecto a la utilidad y la legitimidad de las vías electorales para acceder y ejercer el poder. Por esta vía, se evoluciona a paso firme hacia regímenes híbridos, “semidemocracias”, o directamente hacia el autoritarismo.

Hay buenos motivos para dudar de que esto pueda replicarse en Argentina. Ante todo es fácil comprobar que, por más que el kirchnerismo ha venido recurriendo a la polarización populista, no logró con ello éxitos comparables a los alcanzados en sus países por Evo Morales y Hugo Chávez. Incluso puede decirse que intentar ese camino ha contribuido en gran medida a su actual debilitamiento. Sin embargo, existen muchos intelectuales oficialistas que promueven una visión radicalmente populista de las cosas, o porque creen que revela la esencia de los conflictos que el país tiene que resolver, o porque creen que hacer que ellos se acomoden a esa idea es el único camino para recuperar el favor de la mayoría (que reconocen así, implícitamente, se ha perdido). A la luz de los discursos con que Néstor y Cristina han encarado la campaña, y de algunas de las medidas de gobierno que vienen impulsando, lo menos que se puede decir es que esta radicalización populista ejerce una influencia nada despreciable en la cúpula oficial. Pareciera incluso que a medida que las “amenazas” que les plantean los opositores, los grupos de interés y los actores externos se vuelven más serias para su supervivencia, la reacción natural en el oficialismo es abroquelarse en torno a estas ideas, que le permiten, si no triunfar en las batallas que tienen por delante, al menos encararlas con exaltado heroísmo.

Parafraseando a Napoleón, actuar así es peor que un crimen, es un grave error político. Pero las ideologías funcionan así: les dejan ver a quienes las abrazan sólo aquello que confirma sus premisas, y les permiten ignorar datos “duros” y molestos de la realidad. Un buen ejemplo de cómo funcionan estos mecanismos en el oficialismo lo ha brindado en estos días Ernesto Laclau, convertido en máximo ideólogo kirchnerista en los últimos tiempos, y proveedor de una supuesta solidez conceptual y de cierto glamour académico a todos aquellos que trabajan para sostener la tesis de la radicalización populista. En un intenso raid en los medios de comunicación, Laclau se esmeró en demostrar teóricamente que el populismo no puede ser una amenaza a la democracia porque expresa la voluntad de las masas empobrecidas, y en cambio sí la amenazan los intereses de los ricos, por definición minoritarios, y las ideas que ellos promueven, las del neoliberalismo. Axiomas como estos no necesitan prueba alguna, son verdades autoevidentes. Pero para que los periodistas que lo entrevistan y la audiencia que lo sigue reciban mejor el mensaje, Laclau se rebaja igualmente a dar algunos ejemplos, y entonces explica cómo en Bolivia, Venezuela, y también en Argentina las masas empobrecidas, que en los años noventa no eran representadas fielmente sino manipuladas, ahora se sienten partícipes de grandes cambios, y eso significa que la democracia allí ha “mejorado su calidad”.

Es interesante recordar que en los años ochenta, Laclau participó, igual que muchos otros académicos de origen marxista, de la tendencia revisionista que permitió a los teóricos y a muchos activistas de izquierda apropiarse de las banderas democráticas en boga en la región: en esa época, su principal preocupación, en línea con la de muchos gramscianos, era cómo articular las reivindicaciones socialistas con las de derechos políticos y civiles. Por esta vía, pudo acercarse a las tesis socialdemócratas dominantes en Europa, y asumir, como una premisa de su propuesta teórica y política, que las batallas de la izquierda debían definirse en términos de la “expansión de las luchas democráticas”, es decir, apropiarse del liberalismo político para ampliar sus horizontes. La actitud teórica y política del Laclau actual, y lo mismo cabe decir de muchos de sus seguidores, revela un cambio muy profundo respecto a esa opción, y un cierto “regreso a las fuentes”: ante las frustraciones acumuladas en esa vía reformista y liberal hacia la transformación de las sociedades latinoamericanas por la que se apostó en los años ochenta, y la reapertura real o imaginada de una vía “revolucionaria” tras las crisis resultantes de las reformas de mercado de los noventa, aparece como una respuesta adecuada, o mejor dicho como la única respuesta posible, el populismo radical de los setenta. En sus términos, el problema de las dos últimas décadas de vida democrática que experimentaron nuestros países ha sido que las mayorías pobres no utilizaron el peso del número, que les asegura ganar elecciones, para imponerse a las minorías ricas, y que en cambio se inclinaron a soluciones “concertadas” con éstas, que nunca podían terminar bien porque no podían satisfacer los intereses de aquéllas. Dicho de otro modo, el modelo socialdemócrata habría probado ser una vía hacia la resignación, y es preciso repudiarlo, para recuperar la vocación transformadora perdida.

Lo llamativo es que esta tesis se ha fortalecido en algunos países de la región, a medida que la opción socialdemócrata ganaba terreno en otros, y acumulaba logros nada despreciables para fortalecer su opción por el reformismo y el liberalismo político. A este respecto, podría decirse que Argentina está a medio camino entre dos mundos. Por cierto, aquí las frustraciones del reformismo no han sido pocas, pero ello no ha significado una completa polarización social, ni tampoco que el resentimiento contra los ricos derive en fuertes tendencias anticapitalistas y aislacionistas. Por otro lado, el liberalismo político no ha perdido tanto terreno con esos fracasos como en otros lados. Para las izquierdas, por tanto, renunciar a él y cederlo a sus adversarios ni se justifica por la posibilidad de imponer cambios económicos y sociales, ni es irrelevante en términos de los costos electorales que implica. Es en gran medida por ello que la democracia argentina no está bloqueada como sí es el caso de las de Bolivia y Venezuela, sino que lo que quedó bloqueado fue el proyecto de un populismo radical local: él ha probado ser una amenaza a las libertades sin ofrecer a cambio ningún horizonte igualador y comunitario más o menos innovador. Estando en el peor de los mundos, no tardará en extinguirse.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina, Populismo.

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10 Responses

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  1. Hernán Charosky says

    “él ha probado ser una amenaza a las libertades sin ofrecer a cambio ningún horizonte igualador y comunitario más o menos innovador.”
    Creo entender y estar de acuerdo con lo de la falta del horizonte igualador, no estoy muy seguro de entender y estar de acuerdo con lo de la “amenaza a las libertades”. Esa amenaza, ¿está en “en acto” en la radicalización, o es un riesgo de su desarrollo?
    Porque en cualquiera de los escenarios, no me parece el caso: la radicalización del discurso, del modo de plantear los “antagonismos”, si bien inspirado en esta versión autocaricaturizada de Laclau que describís, y que también usan los otros países reivindicados, no parece generar en Argentina hechos de limitación de la libertades. Y en tanto, según la perspectiva que le otorgás, tiene “patas cortas”, tampoco tendría capacidad de amenazar las libertades en el futuro…

  2. Javier says

    Efectivamente pareciera que, frustrado el proyecto de solucionar los problemas sociales por la vía de la “democracia liberal”, muchos se han inclinado por una democracia no liberal. La idea de que las instituciones republicanas pueden ser un medio eficaz para desarrollar las luchas populares, fue reemplazada por la idea de que dichas instituciones son un corsé para las transformaciones radicales.

    Lo que yo creo percibir es una recepción demasiado optimista y simplista de estos nuevos populismos. El enfoque excesivamente formalista de Laclau hace perder de vista que además de discursos hay políticas concretas, estructuras económicas y coaliciones de gobierno que es indispensable tener en cuenta para prever la sustentabilidad de todo proyecto político. Esto no es otra cosa que lo que varios le vienen criticando a Laclau desde fines de los setenta: reducir la complejidad de un fenómeno a su dimensión discursiva-ideológica, sin tener en cuenta su estructura organizativa y los actores concretos que sostienen la coalición de gobierno, conduce a una visión sumamente parcial de aquél. En el caso argentino, por ejemplo, cabe preguntarse cuáles son las potencialidades emancipadoras de un gobierno cuyo principal sostén electoral se basa en las redes clientelares del conurbano.

    Por otro lado, esta idea de que “lo institucional” y las luchas populares son elementos difícilmente reconciliables puede tener consecuencias sumamente negativas en el mediano plazo. Después de todo, consolidar los derechos sociales y políticos de los menos favorecidos implica institucionalizar esos derechos más allá de un gobierno circunstancial. En el caso contrario, el riesgo es continuar en una situación cuasi-hobbesiana según la cual el que detenta el poder en cada momento hace lo que le parece, sea Kirchner, Menem, De Narvaez o quien sea.

  3. Marcos Novaro says

    No estoy muy seguro de que las amenazas kirchneristas a las libertades sean sólo discursivas: no tengo por caso ninguna deuda de que convencido como está, igual que muchos de sus seguidores, de que representa el interés del pueblo frente a sus enemigos, si el pueblo se confunde en esta elección está dispuesto a torcer su voluntad reemplazando algunas urnas, y no sólo en los márgenes para asegurarse un resultado, sino de forma masiva para cambiarlo. Algo parecido sucede con los medios. El uso del proyecto de radiodifusión para amenazar a disidentes, y la compra de medios que se viene dando desde hace un tiempo, más la manipulación de todo tipo de informaciones públicas, y no sólo las estadísticas, son plenamente justificables dentro del modelo entre soviético y apoldiano de comunicación que concibieron los Kirchner. Sí estoy más de acuerdo con la idea de que no hay mucho que temer porque le falta combustible a esta gente para llegar lejos, pero tampoco es cuestión de desestimar el problema, entre otras cosas porque va dejando instalado un grado de tolerancia importante al abuso de poder de cara al futuro.

    Acuerdo con Javier en que la obsesiva atención a lo discursivo tiene algo que ver en esta incapacidad para entender de forma plena el cambio político, y diría más, en cierto desprecio por las políticas públicas: finalmente no importa tanto hacer buenas políticas, eso es administración, no acción, y cosas por el estilo que seguro a muchos intelectuales les suenan, no?

  4. Javier says

    Totalmente de acuerdo. Creo que esa escición entre la política y la administración es una respuesta a lo que se percibe como el intento liberal de reducir la primera a la segunda. El problema es que, en un gesto típicamente populista, en vez de superar y repensar la antinomia muchos intelectuales optaron por invertirla: ahora lo que importa es lo que se dice, y lo que se hace solo en la medida en que “dice” algo (como las retenciones como expresión de una lucha contra la oligarquía), y no en términos de su eficacia o beneficios concretos. Según este razonamiento, pensar en esos términos es propio del discurso liberal que busca reproducir las relaciones de dominación, por lo que lo único que queda es un cierto romanticismo de la acción política rupturista, dislocadora, que se manifiesta en discursos de alto voltaje más que en políticas concretas.

  5. PAC says

    Una consulta: ¿hasta qué punto la visión de Laclau sobre el populismo deja de ser compatible con la teoría “agonista” de la democracia que propone Mouffe? Es decir, ambos comparten un punto de partida común, pero mientras Mouffe intenta ofrecerle un espacio a la diversidad, reduciendo la intensidad del conflicto y convirtiendo al “enemigo” en “adversario”, Laclau pareciera apoyar la salida inversa.
    Es decir: pareciera que ambos proyectos teóricos, a pesar de su origen común, colisionan en la práctica. ¿Es así? ¿O es que, sencillamente, no existe tal inicio compartido?
    Saludos.

  6. Marcos Novaro says

    Me mataste PAC, qué se yo!, tal vez sean disensos de alcoba imposibles de desentrañar. Pero si uno quisiera pensar lo peor, creo que la explicación es algo más pedestre: Laclau se dejó tentar por el liberalismo político y la moderación reformista. igual que muchos otros intelectuales nacional-populistas, cuando se imaginó en la oposición, ahora que vuelve a imaginarse y pensar en representación de las mayorías y en “ejercicio del poder”, recuerda las enseñanzas de Blas Alberti y Abelardo Ramos sobre los modos adecuados para “orientar a la revolución”, y tira todo eso al excusado.

  7. PAC says

    JA! Okey, esa es una explicación plausible (de hecho, yo la comparto) de la psicología del intelectual que cambia teorías según su posición en el escenario político.
    Muchas gracias por la respuesta.
    Saludos!

  8. Lucas says

    En una reunión en que se discutía su entonces reciente libro “La razón (de mi vida) populista”, Laclau “respondía” así a la pregunta sobre por qué había abandonado el capítulo 4 de “Hegemonía…” (la pregunta que ahora se hace PAC): “ese capítulo [respondía Laclau, palabras más, palabras menos] los escribió mi mujer”. De todas formas, más allá de este desplazamiento, creo que el problema está en la idea de hegemonía (que entiende el poder en térmonis de dominación) que no tiene nada de rupturista (o que alguien me indique, por favor, las rupturas o dislocaciones de los últimos tiempos) sino, por su ascendencia en el marxismo de Gramsci, de avance en trincheras hasta formar un bloque.
    El otro problema, que también me parece de raigambre intelectual, es el de reducir no ya política a ruptura (o administración a política, en el caso inverso) sino política a un sistema teórico. Me explico: pese al importante lugar que tienen en la obra de Laclau palabritas tales como “contingencia”, “dislocación”, etc., lo que deja su teoría es un dispositivo teórico para reducir cualquier situación histórica a un tipo de “articulación hegemónica” nacida de una particularidad que se propone como universal (pues de entrada no hay otra cosa que eso: particularidades). El sistema teórico se aplica tan fácilmente como las inyecciones. Gran tentación intelectual. Claro, así es imposible juzgar, porque todo es hegemonía y porque detrás de todo universal hay un particular. La teoría sirve al teórico… tanto le sirve que el filósofo ya hasta podría olvidarse de sus viejos temores socráticos frente a la política (al menos hasta que otra articulación hegemónica desplace la actual y les diga “alpiste” a los hegemónicos de hoy mientras les hace pitocatalán…).

  9. Marcos Novaro says

    Me gustó eso de que “el sistema teórico se aplica tan fácilmente como las inyecciones”, sirve para calmar angustias de todo tipo. El otro uso es el de desmentir datos empíricos: si no encajan no son datos, no existen; creo que el laclauismoenía más de lo primero en la época de crisis del marxismo, en cambio ahora que está en el poder se refuerza el segundo rol, no recuerdo peor ejemplo de esto que el diálogo entre Kirchner y Carta Abierta alrededor del Indec: los intelectuales se atrevieron a plantearle sus dudas al respecto, pero cuando éste les contestó que Moreno había desactivado una mafia de sociólogos al servicio de los bonistas nadie se atrevió a retrucar, debe haber sido terrible tragarse ese sapo. Saludos

  10. PAC says

    Hola Lucas:
    Desconocía el dato respecto a la autoría del capítulo 4 de “Hegemonía…”. Te agradezco el comentario, me sirvió para enfocar un poco mejor el tema.
    Saludos!