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¿Del kirchneriato al kirchnerismo?

El primer ciclo es el que comenzó con la salida de la crisis del 2001, cuando el binomio Duhalde-Lavagna empezó a enderezar el barco después del desastre, y luego fue continuado por los Kirchner. El despegue fue posible gracias a la articulación de tres factores básicos: una táctica (llamarla estrategia sería forzar un poco las cosas) de inserción competitiva en el mercado mundial, un esquema (precario pero defendible) de solvencia fiscal y una firme autoridad política con eje en la figura presidencial. Designar a este esqueleto un “modelo” ha sido una licencia poética, pero mirado desde donde veníamos alcanzó para “crecer a tasas chinas” y recuperar el empleo, sobre todo en la fase fácil de expansión basada en una alta capacidad productiva ociosa y con un contexto internacional excepcional.

El segundo ciclo, más corto, empezó como empiezan casi todos los desbarajustes de una Argentina que se cree entretenida, y es pavorosamente monótona en su decadente desorden: con el desarme de los elementales componentes del triángulo. En este caso, arrancó bastante antes del conflicto con el campo, cuando la producción empezó a tocar el techo de las capacidades instaladas y la inflación empezó a salirse de cauce; luego, los desbordes fiscales utilizados para remendar inconsistencias o sufragar la campaña de Cristina Presidente encendieron las luces amarillas, y el posterior intento de torniquete impositivo a los sectores agropecuarios chocó con la rebelión del interior y el rechazo de los grandes centros urbanos. Como todos los rechazos, fue un amasijo de buenas y malas causas, pero abrió una ventana de oportunidad que nos trajo hasta aquí.

De aquel trípode de condiciones, la recompuesta autoridad presidencial fue quizá el logro más personal de los Kirchner, en particular por su original amalgama de viejos y nuevos materiales, aunque su arquitectura recordara parcialmente a otras experiencias peronistas previas. Como sabemos, Menem fue capaz de improvisar una efectiva construcción simbólica en torno a los motivos de un pensamiento neoliberal y una más limitada semántica de la reconciliación histórica, tanto con referencia a los viejos antagonismos entre peronistas y antiperonistas como en los más trágicos y recientes entre civiles y militares. Esa construcción fue un tejido de intereses, de visiones y proyectos de actores socioeconómicos y políticos, pero también un espacio de articulación de cuadros intelectuales y expertos –muchos de ellos “importados” desde fuera del campo peronista- que le proveyeron un sólido soporte de gestión a lo largo de una década. Más allá de idiosincrasias, personalidades o temperamentos, Kirchner quitó de cuajo esas incrustaciones y reconfiguró un discurso –una aleación de textos, memorias, prácticas y actores- que recogía antiguos y renovados trazos del pensamiento nacional, popular y latinoamericano, “forjista” y estatista, junto a una fuerte elaboración en torno a la lucha por los derechos humanos según la versión vindicatoria de la izquierda militante. Claro que a diferencia de Menem, y en una sintonía más cercana a lo que fue la antigua “cafieradora”, el discurso kirchnerista pudo hilvanarse con tropa propia, apelando a preciosos recursos del más puro imaginario del peronismo setentista, aunque enriquecido por el aporte de una significativa masa disponible de intelectuales migrantes de otras experiencias, compañeros de rutas convergentes, fugitivos de similares derrotas.

En la esperpéntica simplificación de estos apuntes, a esa mixtura de textualidades, actores y políticas (ya sea económicas o laborales, de amistades externas o de DDHH), bien le cabe el mote de “kirchnerismo”. Es este kirchnerismo, sobre todo, el que fue plataforma de lanzamiento de la frustrada experiencia transversal o de la concertación plural. Es este kirchnerismo, también, el que desde hacía rato deambulaba a ciegas por su andarivel socioeconómico, tanto por su incapacidad para desarrollar una sustentable estrategia inversora en condiciones de competencia globalizada, como por sus dificultades para remontar la cuesta de un crecimiento redistribuidor.

Pero la recompuesta autoridad presidencial que los Kirchner supieron conseguir también se nutrió de afluentes algo más tradicionales y bastante menos presentables. Esos añejos materiales son los de un estilo de conducción personalista, vertical y hegemónico, que utiliza todos los recursos disponibles –legales y paralegales- para concentrar el poder en un sistema de decisiones piramidal, excluyente desde el punto de vista político, e irrecuperablemente ineficaz para una gestión pública moderna. Se trata de un esquema que no reconoce límites, más allá de las fronteras fácticas de su propio uso, y que tampoco respeta controles republicanos, ni autonomías de la justicia o de la prensa; un oscuro dispositivo que entrevera los aportes de campaña, el tráfico de influencias y el capitalismo de amigos con la intervención del INDEC o la subordinación del Consejo de la Magistratura. Este sistema, que se unió a lo peor del peronismo bonaerense en su insaciable deseo de perpetuación, es lo que bien valdría la pena llamar el “kirchneriato”

Porque los unen vínculos sutiles, que sus propios protagonistas no han tenido hasta el momento la voluntad de desglosar ni desmentir, a estas horas se habla indistinta y profusamente de la “derrota del gobierno” o de la “derrota del kirchnerismo”. Pero me temo que a futuro se puede estar mezclando más de lo que habría que mezclar. Así, mientras el “kirchneriato” no tiene nada que valga la pena ser rescatado para los tiempos por venir, y su efectivo desguace es una tarea central de la próxima agenda legislativa, el “kirchnerismo” encarna una visión poderosa que anima a buena parte de la dirigencia política, social e intelectual de la Argentina contemporánea; una visión que quizá pronto empiece a buscar nuevas y más justas palabras para ser nombrada.

Y aunque descreo de las virtudes del paradigma kirchnerista como respuesta a los principales retos de nuestro desarrollo socioeconómico o político-institucional, creo también que es un proyecto con el que es imprescindible debatir. En lo inmediato, y frente a los graves desafíos que tenemos por delante, la configuración de una entidad simbólica y política que vaya más allá del estrechísimo círculo que rodea a la pareja presidencial, podría dotar al propio oficialismo de una racionalidad colectiva superadora del capricho momentáneo de un líder obnubilado. Pero a mediano plazo, difícilmente pueda concebirse la construcción de una Argentina más justa sin algunas de las textualidades, las energías y los actores que el “kirchnerismo” supo convocar. En esa elaboración, además, algunos motivos de su pensamiento –junto a tradiciones liberales o socialdemócratas- son una pata necesaria para el despliegue de un campo de tensiones político-intelectuales que sirvan de marco a las orientaciones estratégicas de nuestras políticas públicas.

Desafortunadamente, y lejos de estas necesidades, los primeros mensajes del matrimonio gobernante luego de la catástrofe no han sido particularmente auspiciosos, aunque habrá que dejar correr algunos días para evaluar hacia dónde apuntan sus decisiones de fondo. Mientras tanto, un país político ya se ha puesto en marcha con destino al 2011. Demasiado parecido al que hemos tenido durante pendulares años, es un país de candidaturas oportunistas, de personalismos acomodaticios, de improvisados rejuntes, que tienen por única guía la inconstante veleta de los vientos de turno o la profunda coincidencia marketinera en un spot televisivo.

Frente a ello se abre la oportunidad de construir un país diferente. Un país de proyectos en discusión, un país de debates sobre ideas, horizontes y estrategias. Ciertamente, podrá esgrimirse que el elenco gobernante parece no estar “escuchando” a la sociedad, pero también deberíamos enderezar hacia nosotros mismos una interpelación similar, acerca de nuestra dudosa capacidad para prestarle al “otro” su merecida escucha. En este sentido, reconocer al otro no significa identificarlo como mero obstáculo, como se aprecia una roca en la mitad de un río; reconocer al otro es estar dispuesto a dialogar con él para construir una comunidad posible que nos involucre como miembros plenos. A lo largo de muchas décadas la Argentina fue una sociedad donde los actores fueron incapaces de reconocerse y de aceptar mínimas reglas de juego para dirimir su conflictualidad social y política. Desde hace un cuarto de siglo ese paradigma del no reconocimiento se ha trasladado a las orientaciones de políticas, y sus penosos resultados están a la vista de cualquiera que quiera mirarlos de frente.

De aquí en más, a algunos nos tocará la tarea de no meter en la misma bolsa al “kirchneriato” con el “kirchnerismo”, y alejarnos de la tentación de aprovechar la coyuntura de su derrota electoral para ningunearlo como proyecto. Pero del otro lado del mostrador habrá que entender también que los que votaron por propuestas diferentes al oficialismo no son torpes marionetas del “complejo agromediático”, ni tontos útiles al servicio del “bloque agrario”, ni fueron arrastrados al cuarto oscuro por una “aversión irracional” al gobierno de CFK.

La paradoja de la semana es que, para salvar lo que hay de rescatable en el “kirchnerismo”, sus propios seguidores deben comenzar por abandonar el “kirchneriato”.

La Plata, 1 de julio de 2009.

Posted in Elecciones 2009, Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Politica Económica.

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8 Responses

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  1. Eduardo SOler says

    “reconocer al otro es estar dispuesto a dialogar con él para construir una comunidad posible que nos involucre como miembros plenos”
    Destaco este punto, que tiene que ver con la lógica que adoptó el kirchnerismo, sobre todo en el conflicto agropecuario, del pensamiento binario.

    Eso conllevó a la ceguera de que todo el que no estaba con él era enemigo, traidor, golpista; incluidos los proyectosur y los libresdelsur. eso fue lo que les impedió ver la emergencia de una nueva fuerza´. por suerte, ahora están para romper la unidad de la oposición, con propuestas a la izquierda del gobierno.

    Hay que pensar en un “surismo”, orientar hacia allí el mapa.
    Avanzar y no retroceder. Es el desafío.

  2. Alejandro de Ensenada says

    En última instancia, y cambiándole lo que sea necesario cambiar, el Kirchnerismo al que se alude en la nota sería la representación de una izquierda cuya expresión el país en verdad necesita.

    Desafortunadamente, ese Kirchnerismo tiene a los Kirchner, y por lo tanto nunca podrá corporizarla: siempre dará respuestas de Kirchneriato, como lo revelan sus actitudes abusivas, desarticuladoras de una institucionalidad que necesita ser recompuesta, económicamente atrasada, amiga del maltrato a las personas, con elementos populistas basados en el enfrentamiento de sectores, sostenedor de la mendacidad como un valor, opacidad, concentrador de poder, con pretensiones monárquicas (qué sería si no el plan de sucesión entre la pareja presidencial) y además hegemónicas, aislacionista, etc.

    Un centro izquierda moderno es la asignatura pendiente de la argentina: esta visto que la centro derecha ya está en la tarea de su propio armado.

    Por una lado concluiría que esa necesaria izquierda no será un devenir del kircherismo.

    Por el otro, que esta por verse que ese centro derecha no degenere en algo así como un Macriato.

  3. Gabriela says

    Me parece muy interesante el comentario porque a diferencia de lo publicado ayer en la Nación apela a un “rescate”, aunque tal vez no inocente, orientado a ciertas personas y sectores que interesan políticamente a quien lo suscribe. Pero la política es eso también, y si entre los intelectuales se abandona el sectarismo es un avance, en esa hoguera de vanidades. Creo que la recuperación de la política es para mí una buena herencia de estos últimos años, tiempos de los cuales fui más crítica en su auge que en su decadencia.
    Me interesaría que me definan que sería una centro izquierda moderna sin elementos populistas al que se refiere el señor Alejandro Ensenada . Yo no la veo en ninguna parte, no creo que sea un mal argentino. Por eso falta la política comparada, siempre estamos en el peor de los mundos porque no conocemos otros. La socialdemocracia europea que es lo que me suena más a una centro izquierda moderna (de la modernidad en auge, no en crisis) , está en vías de desaparición, y el populismo, en un sentido amplio, es un elemento componente de lo político, del que no se puede prescindir. Creo que el desafío es transformar al demoliberalismo no en un discurso moral individualista sino en un ética que se sustente en valores sociales y culturales, debatible, disputables, no absolutos pero si sustentados en horizontes de expectativas y compromisos a los que no se puede renunciar. También es necesario rediscutir la “agenda social” que incluya la distribución del ingreso, no como una buena intención caritativa sino como un compromiso por el cual hasta la intelligenstsia y la clase media “bienpensante” no sólo tranquilizan sus conciencias sino que están dispuestas de discutir socialmente sus privilegios. Situación por demás compleja en el escenrio mundial actual. Y el otro elemento es que sin prescindir de los liderazgos ni el elemento personal que tiene la política (la monarquía, aunque suene paradójico estuvo mucho más presente en nuestra tradición republicana del XIX de lo que sus supuestos defensores están dispuestos a reconocer. Léase Alberdi y su no conocido pero excelente texto La monarquía como la mejor forma de gobierno en Sudamérica, que no se cita en La Nación como tampoco las proclamas “liberales” de Mitre haciendo apología por el partido único y el unicato de su liderazgo) hay que plantear la importante cuestión de la rutinización institucional del carisma. El propio agente en un libro citaba una frase de Aron que nos puede hacer pensar sobre la capacidad fagocitadora de liderazgos que destaca a la Argentina y sobre la necesidad de replantear sus alcances en el marco instituciones, no perfectas en papel sino adecuadas a nuestra realidad: La república tiene tanto miedo a los líderes que termina recurriendo a salvadores. Y ya sabemos a que conducen los mesianismos y los liderazgos provindenciales, como también a dónde nos lleva el vacío de poder.

  4. Vincent Moon says

    Si la propuesta apunta a recuperar lo mejor del kirchnerismo, necesariamente necesitará nuevos liderazgos, algo asi como un kirchnerismo sin los Kirchner. Díficil que esto suceda dentro del peronismo que segun parece se reformulará por derecha.

  5. Juan M. González says

    En cuanto a rescatar “lo mejor” del Kirchnerismo, pido encarecidamente un poco de realismo frente a la situación politica actual. No basta solo con criticar a sus representantes, sino también, tener en cuenta al partido por ellos creado (no creo que que el Nazismo fuese bueno sin Hitler o el Peronismo sin Perón), ya que este fue hecho para gobernar;una fórmula, con estrategias deliberadamente establecidas. No podemos votar a un partido que, en epoca de vacas gordas, lo tiró todo por la borda, como }me hubiese gustado que siguiera Duhalde, asi por lo menos tendriamos el nivel de Chile. Este gobierno no tiene gestión, por lo menos no democrática. Es por lejos uno de los gobiernos más corruptos que hubo, y no solo sus cabezas que visten vestidos de millosnes de USS (salidos de nuesros impuestos, obvio), sino tambien por “casi” todos sus integrantes, por favor, ni hablemos de Moreno, Devido, etc.
    Por otro lado, y esto va más que nada para Gabriela (con todo respeto obviamente), estoy seguro que la “socialdemocracia europea” no esta en vias de extinción, niego rotundamente esto, los paises con una social democracia bien instalada no son por casualidad los de mayor IDH (Noruega) o los de mayor renta per capita (Suiza). Realmente son paises de los cuales un pais sucio y corrupto como el nuestro no debería hablar, aunque no hagamos ni cosquillas. Pero los que sin duda estamos en via de extinción somos nosotros. Un país en el cual se confunde lo mejor, con lo peor, que tuvimos de todo y lo perdimos por nada. Un país que luego de la última dictadura dejó que se apoderara del gobierno, de una forma con estilo déspota, un gran grupo de seguidores del hombre al cual le tocó (porque a alguien le hiba a tocar) defender al “ex obrero” (ahora gracias a Carlos es el villero votante), dicho sea de paso este hombre era militar también. Esta demagogia generada en la política actual es la que produce una herida para siempre en la democracia argentina. Los argentinos estamos destinados a que nos subestimen como votantes, a que no nos informen, a que los diligentes no piensen en el futuro, a que, exepto que ocurra un milagro urnario, vamos a estar gobernados por un solo partido o el país se va a transformar en una cacerola gigante. Hay que sacarse el sombrero frente a los paises de verdad, y no me refiero a USA (aunque es 50 veces nuestro pais), sino a Suiza, Suecia, Alemania, Noruega, Dinamarca, el mismo Brasil (de gran admirable crecimiento, como no nace un Lula en Argentina!!), etc.etc.etc.
    Esto es una gran consecuencia, concecuencia de la mediocridad del ciudadano argentino, consecuencia de nuestros votos, consecuencia de nuestra vagacia, nuestros lemas varatos, nuestro desinterés, etc.etc.. Mientras el argentino siga haciendo culto a la pabada, seguiremos ganando mundiales en epoca de crisis, envueltos geograficamente por el primer mundo y siempre diciendo: “Te acordas del general?” mientras el mundo nos dice entre risas: “Mira los vivos donde quedaron!!”

  6. Marcos Novaro says

    Estimado Antonio, me parece muy interesante tu análisis, aunque me inclinaría por una valoración más bien opuesta a la tuya: creo que hay más para rescatar en lo que llamás “kirchneriato”, que en el “kirchnerismo”. Finalmente, la recomposición de la autoridad presidencial gracias a la concentración de recursos fiscales fue fundamental para mantener en pie lo que habían hecho Duhalde y Lavagna. Ahora, el problema fue cuando a ese “modelo” Kirchner le fue imprimiendo más y más de lo que él traía en su ánimo, de su bagaje de ideas, y sus sueños, lo que se corresponde bien con lo que creo llamás “kirchnerismo” y estuvo expresado y combinado con los sueños propios de sus intelectuales, Di Tella, Nun, Chacho, y Carta Abierta y Laclau finalmente, es ese bagaje de ideas lo que creo se expresó cada vez más fuertemente en sus opciones y se expresa en sus apuestas de continuidad fuera del PJ, como tercera pata electoral entre el pejotismo rederechizado y un panradicalismo “liberal”. Por suerte, contra lo que afirman González y compañía, hay otra izquierda, que ellos odian más que a nada en el mundo, pero en cualquier caso, si con Solanas, y el propio Kirchner, logran que sobreviva esta izquierda nacional y popular, creo que va a ser la más pura expresión de lo que llevó al fracaso al kirchneriato. No veo mucho a rescatar en ella, vos sí?

  7. Antonio says

    Dear Marcos & estimad@s amig@s,

    Mientras agrego una nueva entrada sobre “profundizar la gobernabilidad” aprovecho para agradecerles los comentarios a la entrada sobre la distinción entre el kirchneriato y el kirchnerismo (a propósito, me gustó eso de los peligros del “macriato”). Las observaciones que me han hecho me hacen pensar que el texto no resuelve del todo bien su cometido o que en todo caso necesitaría más distinciones, con independencia, por supuesto, de que se esté o no de acuerdo con lo que sostengo. Mientras preparo una respuesta mejor solamente adelanto una cuestión. Creo que la constitución de una autoridad presidencial fuerte –fundada sobre todo en una ampliación de la coalición de apoyos sociales y políticos- es clave para garantizar la gobernabilidad, y cualquier plan económico concebible tiene a esa gobernabilidad básica como condición de posibilidad. Menem con su alianza hacia la derecha y Kirchner con su construcción en torno a la vindicación de los DDHH son buenos ejemplos de cómo llevar adelante ese cometido político (De la Rúa, por supuesto es un buen ejemplo contrario); ahora bien, y aunque no siempre sea fácil hacer distinciones finas, el avance de Menem sobre la Corte o de Kirchner sobre el Consejo de la Magistratura, traspasan una barrera que nos lleva de la autoridad presidencial al autoritarismo presidencial, al “menemato” o al “kirchneriato”. Sin embargo, tanto el “menemismo” o el “kirchnerismo”, versiones vernáculas de lo que en otros lados aparecen como proyectos más presentables, constituyen proyectos para discutir, y en el caso particular del “kirchenrismo”, con un arraigo simbólico y militante en diferentes pliegues de las organizaciones políticas o sociales. Cuando digo que lo rescato, no quiero decir que acuerdo con tal proyecto, de hecho, lo critico, pero creo también que es necesario establecer ese campo de tensiones político-intelectuales donde los tres o cuatro proyectos que andan dando vueltas –por lo menos- desde hace un cuarto de siglo, se reconozcan como adversarios democráticos, como ejes de una tensión que debe dar por resultados orientaciones de políticas más o menos estables, fruto de negociaciones, intercambios y equilibrios. En vez de esas tensiones lo que hemos tenido han sido vaivenes, oscilaciones extremas, más que alternancias: pasando por alto la fallida experiencia “socialdemócrata” de la Alianza, al “menemismo” le siguió el “kirchnerismo”, y en los próximos años muy probablemente el primero se reencarnará en el “Reutemannismo”. Tensiones en vez de vaivenes, equilibrios en vez de barquinazos. Pero en fin, lo tengo que seguir pensando mejor. Otra vez gracias por los comentarios. Abrazos, AC.

  8. Jose Maria says

    Bueno creo que Solanas esta representando eso que usted llama “Kirchnerismo” anti Kirchnerato