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La derrota de la voluntad*

Por Alejandro Bonvecchi y Marcos Novaro

El experimento político derrotado en las últimas elecciones tuvo como elemento central a la voluntad, en más de un sentido. Tanto para sus líderes como para sus seguidores – en particular los provenientes del campo intelectual – la voluntad fue simultáneamente el origen de una visión del mundo y una herramienta de acción para concretarla. Ante cada muestra de resistencia de la realidad a acomodarse a los deseos gubernamentales, el kirchnerismo respondió de manera consistente: reafirmando su deseo de que las cosas fueran de un modo distinto a como eran; “preservando su voluntad”, aunque el mundo entero feneciese. Ese doble carácter de la voluntad fue lo que se puso en juego en las elecciones, lo que fue derrotado en ellas, y lo que aparece – por su propia naturaleza – invulnerable a esa derrota y refugio final contra ella.

Y es que la celebración de la propia voluntad fue formulada en los términos de ideas morales, preceptos sobre el bien y el mal; pero ello no estuvo orientado a imprimirle convicciones y dar empuje a la acción, sino por sobre todo a construir una imagen embellecida de ella. El kirchnerismo quiso, y en alguna medida logró, forjar sobre el fondo de una historia esforzadamente estilizada, la imagen de la Argentina como una nación compuesta por un pueblo virtuoso acosado por enemigos parasitarios, la imagen de una vida política en que un “gobierno nacional y popular” se enfrentaba a extranjeros codiciosos y una oligarquía derechista y antinacional; y la imagen de un presidente-militante ajeno a las bajezas de una clase política corrompida y mediocre.

El kirchnerismo ha sido, así, más potente en la generación de imágenes que en cualquier otro terreno. Y gracias a ello fue que los kirchneristas pudieron presentar el ejercicio de la acción política como una cuestión de voluntad, su voluntad, y destacar el ciclo inaugurado en 2003 de la historia previa, que habría estado signada precisamente por su ausencia. Como uno de sus más conspicuos intelectuales orgánicos escribió, Argentina habría vivido años de crisis política, hasta la llegada de Kirchner al poder, por causa de la “abdicación de la voluntad política”. Si los dirigentes no hubieran abdicado, el país podría haberse ahorrado los males del neoliberalismo, de la recesión, del derrumbe político, de la devaluación, de la fragmentación partidaria. Pero no fue así, y debió surgir el liderazgo de Kirchner para encarnar “el regreso de la voluntad política” al comando de la nación. De lo que se trataba era de querer; si se quería lo correcto, lo virtuoso, entonces lo moralmente deseable se realizaría. Los Kirchner lo quisieron y dijeron incansablemente que lo querían. Hubiera sido inmoral no apoyarlos.

Esta concepción de la política tiene larga data, tanto dentro como fuera de la Argentina. Es, por caso, la concepción que Weber criticó a los espartaquistas bávaros en 1919: la amalgama de moralidad y esteticismo que convierte a la acción política en el ejercicio de querer tener razón. Moralidad, como se dijo, porque hacer política se trataría de ofrecer al mundo las virtudes personales de quienes militan. Pero también esteticismo, porque esas ideas morales virtuosas están asociadas a símbolos, a episodios, a experiencias que permiten a quienes las sostienen identificarse como parte de un colectivo, y son esas experiencias las que, ritualizadas, constituyen la estética que demarca la pertenencia al campo de la virtud. Y es este esteticismo el que termina predominando sobre la moral, cuando las “buenas intenciones” por sí mismas no alcanzan para concitar adhesión. En una deriva de la acción política hacia la dramaturgia , a la que no casualmente se suelen entregar tanto revolucionarios fracasados como políticos profesionales hiperpragmáticos. Categorías de las que el kirchnerismo se supo nutrir profusamente, por distintas razones deseosas de dejar atrás y ocultar las evidencias existentes sobre sus respectivas condiciones.

La política como celebración estética de ideas morales se diferencia de otras variantes de la vida política, que podrían denominarse “prácticas”, y que por definición no son bellas, ni mucho menos sublimes, pues se caracterizan por sumergirse en lo cotidiano, en lo opaco de la gestión, en deslucidas transacciones y acuerdos entre intereses, en negociaciones que – por su propia naturaleza – ponen entre paréntesis cualquier juicio moral sobre aquellos con quienes se negocia. Estas formas políticas son lo que el kirchnerismo, como experimento moral y estético de la voluntad, se dedicó a repudiar. En su lugar, la experiencia kirchnerista se reivindicó desde su inicio como la “recuperación de lo auténtico” de la política. Y fue así que los Kirchner insistieron en presentarse como líderes deseosos de restaurar la decisión como afirmación de convicciones. Pero no sólo a eso, ni en particular a eso: en especial recrearon la política como “puesta en escena” de la voluntad. De ahí que la estética de la decisión, más que la decisión misma, haya tramado los discursos oficiales: fue en esos términos que se combinaron en ellos los asuntos prácticos y los rituales de autocelebración, en anuncios de obras públicas acompañados de pañuelos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; en un discurseo pedagógico y autorreferencial que presentó al matrimonio presidencial como “modelo” del país deseado; en un happening de datos estadísticos fabulados que pretendieron cimentar la imagen del “pueblo feliz”.

Que esta visión fundamentalmente estética de la política no era inocua quedó de manifiesto cada vez que otros actores plantearon conflictos a las decisiones prácticas que el kirchnerismo vistió con sus ropajes. Nunca mejor que en la crisis del campo se hizo visible que lo que interesaba a los Kirchner no era resolver conflictos, ni siquiera imponerse en ellos, sino fundamentalmente tener razón y preservar la imagen de su “voluntad”. De allí que sería excesivo considerar “hegemónico” al proyecto que encarnaron: no es ese el carácter de una voluntad que no aspira a imponerse sobre el mundo, sino a pintar el suyo propio. Se trató más bien de una voluntad indiferente a la hegemonía, dado que se consideraba, a priori, moral e históricamente superior. Esa pretendida superioridad fue, precisamente, lo que por naturaleza la ha hecho irreductible a las “artes prácticas” de la política democrática.

La voluntad kirchnerista de sostener que la Argentina es un paraíso de crecimiento económico, pleno empleo e igualación social, que la oposición es una colección de corruptos, explotadores, asesinos e incapaces, y que el gobierno “nacional y popular” está apoyado por “sectores populares organizados” con férrea “conciencia nacional” – esa voluntad perdió las elecciones el domingo 28. Pero la estética que dio su razón de ser a esa voluntad no ha sido derrotada. En el fárrago de expresiones de lamentación que inundaron el universo oficial se escucharon voces bien representativas de ella, que sostenían más o menos lo siguiente: que a pesar del deslucido final que ya parece inevitable le espera a la experiencia kirchnerista, sus partidarios podrán guardar en la memoria el entusiasmo de haber participado de ella. Que el momento cúlmine de un proceso político autodescripto como “transformador” se halle en los actos que habrían generado el entusiasmo de sus seguidores dice mucho sobre su carácter estético. Y sobre su condición como continuador de la tradición populista que, en Argentina, y en el mundo, ha sido desde siempre profusa en producir imágenes y seducir por ellas, aún a quienes repudian sus efectos prácticos.

Querrán seguramente los seguidores de Kirchner que él sea recordado por la foto del general Bendini descolgando el retrato de Videla; o por su imagen abrazándose a sus seguidores en un acto en la Matanza, como hay quienes recuerdan como experiencias estéticas sublimes su paso por Paris o por Roma, o haber asistido al concierto de Jaco Pastorius en el Luna Park, o de Prince en River, o haber participado de un happening en el Di Tella, . Lo sublime para los jóvenes y no tan jóvenes kirchneristas está asociado a un acto público, a un discurso, a un sentimiento de comunión con sectores populares. Las preferencias estéticas no pueden cuestionarse. Ni siquiera puede cuestionarse la idea de que una identidad política se construya en torno suyo. Pero puede cuestionarse sí que la democracia o su profundización puedan depender del “triunfo de la voluntad” encarnada en esos recuerdos.

* Publicado en La Nación

Posted in Kirchnerismo, Nacionalismo Sano, Politica Argentina, Populismo.

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8 Responses

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  1. Escriba says

    Estimados:
    Flojo el texto en su coherencia lógica. Fíjense:

    “la amalgama de moralidad y esteticismo que convierte a la acción política en el ejercicio de querer tener razón”.
    ¡Eso es la Coalición Cívica!

    Y… ay,
    “La política como celebración estética de ideas morales se diferencia de otras variantes de la vida política, que podrían denominarse ‘prácticas’, y que por definición no son bellas, ni mucho menos sublimes, pues se caracterizan por sumergirse en lo cotidiano, en lo opaco de la gestión, en deslucidas transacciones y acuerdos entre intereses, en negociaciones que – por su propia naturaleza – ponen entre paréntesis cualquier juicio moral sobre aquellos con quienes se negocia”.
    ¡Pero si esto es el kirchnerismo negociando con los factores de poder y los intendentes del conurbano!!

    Saludos

  2. German says

    El artículo me parece iluminador de muchos aspectos de lo que hace al kirchnerismo, principalmente en sus vertientes más jóvenes. De todos modos, no creo que el kirchnerismo se reduzca solo a una experiencia estética, aunque tenga mucho de ello.

    Por ejemplo, lo de las AFJP, para nombrar un caso, tiene mucho de “épica” (sectores populares vs. sistema financiero), pero también tiene mucho de política. De policy y de politics… improvisada, por sobre todas las cosas, pero política al fin: negociaciones, transacción entre intereses. Hay otros ejemplos (negociaciones colectivas, negociación de la deuda). No estoy afirmando que estas sean BUENAS políticas, pero son políticas que van más allá (bastante más allá) de la escenificación de algo. También hubo política en el sentido de politics. Las estrategias electorales que tuvieron lugar después de mayo de 2003, las elecciones de 2005, la fallida concertación del 2007, etc.

    En fin, el kirchnerismo ofreció una transformación que no era solo un ejercicio estético, la puesta en escena de la transformación. Esa transformación fue bastante limitada, es verdad. Me parece que lo que hay que pensar es hasta qué punto un ejercicio condiciona al otro, sin negar su existencia.

  3. El Observador says

    Por empezar, comparto el comentario del Escriba.
    Y en segundo lugar, me causa gracia que identifiquen al kirchnerismo con la política como celebración estética y opuesto a la vida política práctica ya que el kirchnerismo está gobernando el país hace 6años (!). Cualquier gobierno se vale tanto de la construcción de imágenes como de la vida política “práctica”, incluso el discurso de la gestión y la micropolítica (Macri) conlleva una estética y moral.
    Es cierto que el kirchnerismo fue muy fuerte en la construccion de imágenes, pero es evidente que no se reduce sólo a ello. De otra forma no podría entenderse cómo gobernó estos seis años. De hecho, gobernó muy apegado a la gestión del día a día y concentrando todas las decisiones, incluso las de poca relevancia, en un grupo muy reducido.

  4. desvinchado says

    Patinas un poco (patinan en este caso) cuando te metes en lo simbolico. El post anterior es exelente, no le cambiaria una coma. Pero el apuro en enterrar al muerto solo demuestra que esta vivito y coleando. Dormido ,atontado si, pero lejos del fin.
    Lo mas interesante de las elecciones-conflicto agrario es la emergencia de un partido de derecha ,o la absorcion del sistema democratido y partidario de actores tradicionalmente no democraticos. Carrio leyo muy bien la situacion, pero por mas que se ofrecio reiteradamente tratando de sacar provecho, no pudo, por que no es una alternativa convincente. Su “derechismo” es coyuntural mientras que el Pro es una opcion puramente del palo.

  5. Hernán says

    Estimados Marcos Novaro y Alejandro Bonvecchi: Creo entender lo que quieren decir cuando se refieren a cierta “estética” simbólica del populismo lacluaciano. Es cierto que la división nacional-popular versus oligarquía ya no tiene sentido, aunque juega un papel importante en la construcción política. Lo que no concuerdo para nada es en olvidar las diferencias concretas con la década de los ´90. Por caso, podemos citar DDHH versus indulto, regulación versus desregulación casi absoluta, convenios colectivos favorables versus flexibilización laboral, nacionalización versus privatización, corte independiente versus “corte adicta”, soberanía poolítica versus “relaciones carnales”. Marcos, he cursado con vos y admiro tus conocimientos e intentos de objetividad. Sin embargo, creo que al final caés en la estrategia de Clarín, que no miente, pero ve TN (Todo Negativo).

  6. Alejandro says

    Germán,
    El artículo no pretende sugerir que el kirchnerismo haya sido sólo estética, sino otra cosa: que su concepción de la acción política fue una concepción estética. Es innegable que los Kirchner tuvieron iniciativas políticas, de – como las denominás – negociaciones y transacciones de intereses. El punto que intentamos hacer es que en esas iniciativas, como en otras decisiones y estrategias importantes del período, parece haber primado el “relato” – tal cual le agrada decir al matrimonio presidencial – a las consideraciones prácticas, tanto de sustentabilidad económica como de viabilidad política. Una forma de acción política para la cual el “relato”, la estética importan más que las consecuencias prácticas sobre la vida en común e inclusive sobre su propia supervivencia política es para nosotros criticable. Por políticamente irresponsable y por esencialmente reñida con la lógica – simbólica y práctica – de la democracia liberal.
    Un abrazo
    Alejandro

  7. Luz del Día says

    Es evidente que el kirchnerismo no es exclusivamente un régimen que pueda ser explicado por su apuesta al “triunfo de la voluntad” (ni siquiera el nazismo, cuya cineasta “oficial” acuñara el giro, puede serlo), pero es también indudable que ese aspecto de la política moderna está fuertemente incrustado entre las características centrales que lo definen. En tal sentido, coincido plenamente con el artículo y quisiera agregar un par de cosas. El primero es que el Triunfo de la Voluntad solo es posible en el cine. Es una de las aporías básicas de esta forma tan siglo XX de pensar la política y la ingeniería social. En tanto la realidad tiene la persistente tendencia a no adaptarse a las maquinaciones y sueños de los ingenieros de la voluntad, el fracaso está inscripto en la propia naturaleza de esta forma de pensar las cosas. Frente a este inevitable fracaso, se desprenden al menos dos actitudes. La primera es de matriz orweliana, y consiste en fundar un Ministerio de la Verdad que invente la realidad en función del sueño de la voluntad. La versión berreta de esta actitud la encarna hoy Moreno, pero en verdad no sólo él. Los intelectuales de Carta Abierta no están tampoco tan lejos de esta actitud; su problema no es a quién apoyan o dejan de apoyar, sino que sus textos parecen escritos para explicar la realidad de algún país de Asia central. Pero en nada se parecen a la Argentina. Cuando el Ministerio de la Verdad y sus voceros intelectuales no logran dar con una explicación verosímil ni pueden imponerla por la fuerza (habrá entre los funcionarios de este ministerio quienes sueñen con esta posibilidad, una pregunta inquietante por cierto) sucede entonces esta especie de irrealismo barroco en el que parecen vivir ciertas autoridades de nuestro país, empezando por la Señora Presidenta.
    La segunda actitud ha sido estudiada por F Furet en su análisis del Terror Revolucionario: es achacar la derrta a la única fuerza capaz de enfrentar a la voluntad virtuosa y transparente. esta sería una voluntad simetrica a la propia, definida en términos de pares valorativos opuestos: público/privado, nacional/extranjerizante, poular/oligárquica (debo recordarles que los gurúes del populismo creen haber descubierto algo nuevo en el mundo con esta categoría, sin embargo este elemento se encuentra presente desde el origen de la democracia moderna allá en las callejuelas aún medievales de la Paris revolucionaria). En fin, es la figura del traidor. La voluntad como fundamento único de la acción política no puede sino ser traicionada. Es el Trotsky inventado por el satlinismo. Un pobre hombre tratando de vivir lo mejor posible su exilio, sería el responsable de todos los males de la Urss… La palabra traidor, en efecto, está hoy en boca del kirchnerismo y no creo que la explicación sea una mera paranoia individual ni tampoco una reacción coyuntural frente a la derrota electoral. Hay allí, por el contrario, uno de los elementos básicos de la democracia moderna, lo cual, evidentemente, no quiere decir que en todos los regímenes políticos democrátricos tenga la misma importancia y el mismo rol, justamente porque no todos, a diferencia del kirhnerato, hacen de la voluntad el elemento determinante de lo que llaman con pompa y petulancia su “proyecto”.
    Saludos y agradezco por el blog.

  8. ricky esteves says

    Un análisis muy interesante. Muy buen aporte.

    Saludos,

    Ric