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Las correcciones en la gestión y la tesis de los “tres tercios”*

La desorientación en que ha quedado sumido el gobierno nacional tras la derrota del 28 de junio permite dar rienda suelta a todo tipo de especulaciones. Una de ellas, no la menos fantasiosa, es la que imagina a la presidenta encabezando una serie de correcciones que le permitirían tomar distancia de los supuestos causantes de la derrota, su marido y la pingüinera. Si algún político opositor decidió aceptar la invitación al diálogo animado por esta expectativa, ya tuvo tiempo de desasnarse. El nuevo ministro de Economía, más comunicativo pero no más poderoso que su antecesor, tras abandonar la esperanza de que algo así sucediera (esperanza que en su caso es aún más injustificada que en el de los opositores, dado que a esta altura debería conocer de sobra los criterios y los hilos con que sus jefes gustan manejar a la tropa y la toma de decisiones) los decepcionó al anunciar cambios en el INDEC que se parecen demasiado a una ratificación del rumbo adoptado a fines de 2007.

Hay que reconocer, con todo, que no cambiar nada esencial y hacer apenas algo de maquillaje no es un simple capricho, tiene bastante lógica. El mamarracho en que se han convertido las estadísticas oficiales es de tal dimensión que genera la necesidad de mantenerla en el tiempo, incluso ampliarla, volviendo a cada paso más difícil un blanqueo hacia atrás. Fugar hacia delante, como está intentando ahora Boudou, escondiendo bajo la alfombra las distorsiones perpetradas y recomprando bonos atados al CER para evitar en el futuro una ola de juicios puede fracasar, pero en todo caso tiene más chances de prosperar que cargarle todas las culpas a Moreno y despedirlo. Algo semejante puede decirse sucede con la telaraña de subsidios y precios regulados, cuyo desmantelamiento podría significar un estallido de efectos políticos similares a los que en su momento provocó el fin de la tablita de Martínez de Hoz, o más cerca nuestro, el de la Convertibilidad. Igual que en esas ocasiones, la política en cuestión sigue aplicándose aún cuando ha dejado de ser sostenible, incluso redituable para casi todo el mundo, simplemente porque es muy costoso terminar con ella, y no hay ningún actor político con los recursos necesarios para afrontar esos costos y sostenerse en el timón hasta tanto se pueda dejar atrás la tormenta.

Apretar los dientes e insistir en el rumbo ya trazado tiene además otra explicación, más atractiva que la anterior para aquellos que en el vértice oficial se preocupan principalmente por su futuro electoral y muy poco por la salud de la gestión: y es que aún con recursos políticos acotados, y con poco margen de maniobra, el kirchnerismo puede todavía soñar en estos días con dejar el gobierno dentro de dos años y medio con su identidad y el núcleo duro de su coalición electoral incólumnes. Kirchner parece estar jugando todas sus fichas en este sentido, apostando a una competencia entre tres tercios para 2011: Reutemann y/o Macri por el peronismo disidente y Cobos por el panradicalismo, disputándose entre sí el “voto de centroderecha”, y él mismo representando el progresismo o la centroizquierda.

Conviene recordar, con todo, que incluso estando en la cúspide de su poder los intentos kirchneristas de moldear a voluntad el sistema de partidos se dieron de nariz contra la persistencia de alineamientos y clivajes históricos en los partidos y en la sociedad; y que los costos en términos políticos y fiscales de esos intentos fueron mucho más altos que los previstos. Insistir en ello cuando se debe lidiar con problemas de gobierno mucho más serios que los conocidos hasta aquí, y cuando se corren serios riesgos de quedar aislados incluso en el sobrevalorado y esquivo espacio de la centroizquierda y el progresismo “nac & pop” no parece ser para nada razonable y tiene buenas chances de terminar en un rotundo fracaso, tanto en la gestión como en la arena electoral.

* Publicado en El Economista.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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