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Ocaña, Moyano y Kirchner*

En un interesante reportaje, publicado el domingo 2 de agosto en La Nación, Graciela Ocaña explica con una buena dosis de coraje las razones de su alejamiento del Ministerio de Salud, y el haber permanecido en el cargo por tanto tiempo, pese a la acumulación de evidencias respecto a que no contaba ya con el mínimo respaldo político necesario para ejercerlo. Sus argumentos y explicaciones resultan sumamente útiles no sólo para entender su drama personal, sino para reflexionar sobre una cuestión más amplia y compleja, qué fue el kirchnerismo, y qué pudo haber sido.

Leyendo atentamente lo que la ex ministra argumenta cabe señalar, con todo, que sus interpretaciones son bastante más convincentes en el primer terreno que en el segundo: es así que mientras sus explicaciones resultan iluminadoras sobre cómo funcionó el liderazgo de los Kirchner, no lo son tanto en cambio sobre los cambios que habría intentado pero se habrían frustrado por errores o razones circunstanciales de otro tipo. Y esto porque, por un lado, Ocaña se esmera en sostener que si “el proyecto” terminó frustrándose fue porque no se hizo lo que ella hubiera deseado y que los problemas empezaron en 2007, algo que es por muchos motivos difícil de creerle; y por otro, porque se esmera, con una dosis aun menor de realismo, en presentar una versión retrospectiva sumamente estilizada de las iniciativas que en concreto se llevaron adelante, y que ella acompañó con entusiasmo. En otras palabras, tanto por lo que nunca tuvo en común con Kirchner y se esmeró en no ver, como por lo que sigue teniendo en común con él, aunque ahora pretenda que no es así, Ocaña expone paradigmáticamente en esta entrevista esa incómoda, sino inviable posición en que quedó colocado cierto progresismo nacional y popular ante el derrumbe del poder kichnerista. De allí que no debamos sorprendernos de que, aunque ella sostenga que se imagina a la vez cerca de Binner y Solá, de Cobos y de Scioli, tenga pocas chances de encontrar un lugar a la sombra de cualquiera de ellos.

Las tensiones que comprometen sus explicaciones saltan a la luz cuando sopesamos los dos temas en los que su crítica hace hincapié, las concesiones otorgadas a Moyano y el supuesto abandono de la transversalidad (y el consecuente “encierro en el PJ”) por parte del matrimonio presidencial. En el primer terreno los argumentos de Ocaña son contundentes, valientes, y los datos que ofrece, inapelables. Tan inapelables y contundentes que vuelven insustancial y poco realista su decepción ante lo sucedido y ante el curso que siguió la Concertación plural y más en general el proyecto denominado comúnmente “transversal”. Al respecto, pareciera que la pretensión de Ocaña de reivindicar un supuesto “kirchnerismo original” transformador y socialmente progresista, y su propio compromiso con él, bloquea cualquier revisión crítica sobre lo que desde un comienzo el proyecto de los Kirchner tuvo por eje, eje al que los transversales quisieron darle visos de misión histórica irrenunciable, de cuyo cumplimiento dependía la felicidad del pueblo y todo lo demás: la apuesta por transformar al peronismo en la base de un proyecto que ellos mismos denominaron “nacional y popular” y que tanto en términos económicos, como partidarios, y también sindicales, consistió en esencia en poco más o menos que un regreso a las fuentes, es decir, a lo que se conoció con el primer peronismo. En este sentido, contra lo que Ocaña sugiere, la apuesta por la Concertación Plural no estuvo, no podía estar, escindida del reforzamiento de un modelo sindical que había demostrado ya suficientemente a lo largo de los años ser la criatura más imperecedera del peronismo histórico, y aparecía ahora como el mejor instrumento a la mano para sostener políticas populistas, y expulsar, o al menos mantener a raya, a la “derecha” del partido (v.g. los gobernadores) y de fuera de él (v.g. los empresarios, la prensa, los economistas, etc.).

Recordemos si no en qué consistió la llamada “Concertación”: la cooptación de dirigentes de todos los demás partidos para debilitarlos, y lograr dos objetivos simultáneos, traccionar votos de distintas capas sociales e identidades políticas para conformar una supermayoría, y con ella someter a los actores institucionales y sectoriales a una férrea disciplina desde el vértice del gobierno nacional. En suma, una versión mejorada de lo que hiciera Perón en 1945. Con el nombre de Concertación Plural, por tanto, se conoció una estrategia que no tenía mucho de cooperación entre fuerzas políticas, como ahora pretende Ocaña, pues consistía por sobre todo en debilitar a todos los partidos, y someterlos, igual que a los representantes sectoriales, a la voluntad del Ejecutivo, del que Ocaña formaba parte, para desde allí rediseñar el campo político, acorralar a “la derecha”, y ejercer el poder por largo tiempo.

Recordemos también que el kirchnerismo tuvo bastante más éxito con esta apuesta en relación a los actores políticos y sectoriales, que a los votantes: se le sometieron los dirigentes sindicales, los empresarios (incluidos los ruralistas), los legisladores y gobernadores peronistas, también muchos radicales, incluso algunos conservadores y socialistas; pero a diferencia de Perón, no pasó nunca del 45% de los votos. Pese a que siguió intentándolo, gastando ingentes cantidades de dinero en atraerse a las clases medias: lo que se explica en gran medida porque los candidatos transversales con que intentó atraérsela probaron ser bastante poco eficaces, y todavía menos disciplinados y confiables. Y en la medida en que ese porcentaje de adhesión incluso decayó, y el nivel de gasto le exigió aumentar la presión fiscal, se vio obligado, como sabemos, a optar por algunos de sus aliados sectoriales, sacrificando a otros.

Sabemos cómo terminó esa historia. Pero lo que todavía no se termina de comprender es por qué: si el sueño de rehabilitar la Argentina peronista de los orígenes fracasó, fue porque fue un sueño tentador más para ciertos actores organizados que para la sociedad, y porque la tensión entre aquellos y ésta no ha desaparecido sino que se ha agravado desde que el peronismo fracasó por primera vez en crear un orden estable sometido a su poder. Es en el campo sindical donde ello más claramente puede comprobarse: en un país con un desempleo crónico en torno al 10%, 40% de la economía en negro, y una estructura económica muy oligopolizada, los sindicatos nacionales por rama representan el interés de una minoría de privilegiados en el mundo del trabajo; no es casual que esta minoría confíe sus destinos en organizaciones y en una dirigencia sindical que han logrado preservarse de todas las iniciativas reformistas lanzadas contra ellas desde los años setenta a esta parte; y que pese a todas las divisiones existentes en el campo sindical, casi nadie allí está dispuesto siquiera a discutir (preguntemos sino a Alberto Piccinini si el manejo de las obras sociales por parte de la CTA es muy distinto del que hacen los gordos, la respuesta la sufrió él en carne propia). Esto no significa que la estructura sindical, incluidas las obras sociales, sean imposibles de reformar. Sino que para hacerlo se requiere bastante más que de la buena voluntad de un ministro, se necesita una coalición de votantes e intereses auténticamente reformista, y no restauradora como ha sido desde un comienzo la kirchnerista, y que enfocó su afán de cambio casi exclusivamente en los partidos.

Ocaña ha sido, no cabe duda, una de las pocas funcionarias capaces y honestas de la era kirchnerista. Esos méritos nadie puede desconocérselos. Pero su argumento en cuanto a que el problema de los Kirchner es que no rompieron con los Moyanos, los intendentes del conurbano y los demás actores tradicionales del peronismo recuerda demasiado al de aquellos representantes de la izquierda peronista que le reclamaban a Perón que rompiera con Rucci y López Rega. Pero aún, porque a diferencia del último Perón, Kirchner sí parece querer darle continuidad a su populismo radical, pero él entiende muy bien que para que este tenga algún futuro, depende más de gente como Moyano, que de Ocaña o los transversales.

*Publicado en El Tribuno de Salta.

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina.

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8 Responses

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  1. Javier says

    Yo me pregunto si no hubo en algún momento un módico intento por ensayar una transversalidad “en serio”, incorporando demandas de “institucionalidad” en principio incompatibles con el estilo característico del populismo clásico. Tal vez ello solo fuese una estrategia defensiva cuando eran aún inciertas las posibilidades de formar una coalición populista, pero en cualquier caso pareció haber en los inicios un esfuerzo consdierable por seducir a la clase media, con la transformación de la Corte Suprema por ejemplo. Me queda la duda entonces de si efectivamente el plan fue siempre volver a la argentina peronista, o si ello fue una reacción (no carenta de resentimiento) a la reticencia de la clase media a acompañar el “proyecto transversal”. Tal vez haya sido una mezcla de las dos cosas.

  2. Marcos Novaro says

    Se dice que Néstor estuvo siempre muy atento a los datos sobre consumo de electrodomésticos, autos y esas cosas, y cada vez que recibía informes que registraban crecimiento en esos rubros afirmaba alborozado “¡esto es peronismo!”. El problema finalmente es que creo la clase media no se emocionaba tanto como él, entre otras cosas porque a diferencia de lo que sucedía en los años cuarenta, tener esas cosas es para ella ya un derecho adquirido, y además porque hace no mucho tiempo, en los noventa, otro peronista supo proporcionárselas a manos llenas.

  3. El Observador says

    Creo que el proyecto transversal nunca tuvo demasiado futuro, ya que se trataba de una agregación vertical, donde sus miembros sólo contaban en la medida en que desempeñaran cargos electivos ejecutivos. Además, estos gobernadores e intendentes, se alineaban a Kirchner más por necesidades fiscales que por convicción. El resto de los aliados nunca alcanzó a tener peso propio. La transveralidad siempre giró en torno a Kirchner y nunca generó otras figuras presidenciables.
    Por otro lado los transversales con cargos públicos como Ocaña, también fueron limitados por el estilo de gobierno K, donde hasta la menor decisión pasa por la “mesa chica” o la “alcoba presidencial”. Esta es una diferencia radical con Menem: Menem delegaba todo, Kirchner no delega nada.

    Finalmente, la teoría de Ocaña de que los problemas empezaron en el 2007 ya es un lugar común en el kirchnerismo. Primero la impulsó Alberto Fernandez y el viernes se la escuché a Iribarne. Supongo que se trata de una estrategia para reposicionar a Néstor (despegándolo de la gestión de Cristina) de cara al escenario de 2011. Kirchner sabe muy bien que se puede ganar la elección con menos del 25% en primera vuelta. La situación deseada en Olivos es dispersión de votos en primera vuelta e ingresar al ballotage frente a un candidato de derecha (Macri?). Esto posibilitaría desarrollar el discurso preferido de los K, resaltando las dicotomías izquierda-derecha, oligarquía-pueblo, peronistas-gorilas, concentración-distribución, privatización-estatización, etec, etc.

  4. Hernán says

    Estimado Marcos: No es lo mismo Moyano, que formó el MTA, que los “gordos” tradicionales, que no tenían ni un rasgo mínimo de oposición al menemato. Si bien no hay tantas diferencias, creo que la distinción es adecuada.

  5. Marcos Novaro says

    No son lo mismo es demasiado genérico en mi opinión: habría que hacer una lista precisa de temas en los que están cada uno de ellos en el infierno, en el purgatorio o peleando por algo mínimamente virtuoso: Tres A, reforma de las obras sociales, libertad sindical, democracia interna, modernización económica, justicia distributiva, narcotráfico, etc.etc.etc. Conozco algunos gordos que sacan bastante mejor puntaje promedio que el bueno de Moyano.

  6. Sol says

    Marcos,

    Me encantó tu artículo, y también el anterior, La derrota de la voluntad, son muy iluminadores.
    En términos generales estoy de acuerdo con el esquema que planteás para describir las alianzas, marchas y contramarchas del kirchnerismo, pero me queda alguna duda con respecto a los presupuestos que subyacen a tu planteo. En efecto, me parece que a veces -en este artículo al menos- los movimientos políticos del kirchnerismo son encarados desde la óptica de las intenciones y las decisiones personales e individuales de uno o algunos actores, como cuando te referís al “supuesto abandono de la transversalidad (y el consecuente “encierro en el PJ”) por parte del matrimonio presidencial”, o a “la cooptación de dirigentes de todos los demás partidos para debilitarlos” y así “rediseñar el campo político, acorralar a ‘la derecha’, y ejercer el poder por largo tiempo”.
    Pero si, como habías dicho antes, la política es algo más que la mera “voluntad” de algunos actores, y si la sola voluntad no es suficiente para dar cuenta de los procesos históricos, está bueno pensar qué otros elementos -además de los gestos hiper estilizados y teatrales de estos tipos- juegan en la coyuntura. Porque me da la sensacion de que, finalmente, en la crítica se pone en juego un presupuesto similar al de ellos: que con la voluntad de hacer las cosas bien, de no “cooptar partidos” y no querer acumular poder hubiera alcanzado. Es un tema que personalmente me preocupa porque concierne al lugar desde el cual se hace la crítica al kirchnerismo. Quizás, como te escuché decir en un seminario el otro día, la cuestión de la voluntad es un problema que supera el caso particular del kirchnerismo, precisamente por eso me parece interesante que lo hayas planteado, da para pensar. Muy bueno el blog!
    Un beso

  7. Marcos Novaro says

    Acepto que hay un sesgo en el análisis, por estar esencialmente enfocado en lo que pretendieron lograr los Kirchner. Por caso, podría deducirse de lo dicho que el debilitamiento de los partidos es efecto de su intención de rediseñar los clivajes políticos, y sería por lo menos excesivo. La UCR y el propio PJ tienen problemas que van más allá de los Kirchner, sin duda. Incluso más: algunas iniciativas del matrimonio no fueron tan dañinas como ahora se cree. De no haber mediado la crisis con el campo, la normalización de la situación del PJ tal vez podría haber arrojado algún resultado medianamente positivo. La fragmentación y las conductas especulativas que predominan hoy no difieren mucho de lo que ya vivimos en el período anterior de crisis, y es difícil imaginar que, independientemente de las buenas o malas intenciones de los involucrados, se vayan a superar facilmente.

  8. FEr says

    Como todos los que abandonan el barco, forzados o no, Ocaña conforma un discurso auto-justificatorio, reconstruido de tal forma que le permita salir airosa, y ahí yace las incoherencias de un relato cuyo objetivo es la auto-absolución. Con distinto grado de éxito lo mismo hicieron Cobos, Solá o Das Neves, pero desde un lugar menos marginal y dependiente que Ocaña, que ya tuvo que hacer similar operación cuando abandonó las filas del ARI y la tutela de Carrió en los inicios del kirchnerismo.
    Me parece que las fragilidades del proyecto K, en cuanto a las idas y vueltas entre el transversalismo “progre” y el verticalismo peronista yacen en cada agrupación política, al menos aquellas que disputan el tan amplio como indefinido “centro-izquierdismo”. No sé si es una cuestión fácilmente salvable, el personalismo discrecional y el pluralismo surca a la política de manera total. Hasta agrupaciones como el PS o el Encuentro, con un discurso sumamente institucionalista, se identifican por sus referentes, y, lo que es más, se articulan en función de él, ya sea Binner, Giustiniani o Sabatella.
    Ocaña toma el discurso degeneracionista para analizar el kirchnerismo, pero acaso ¿no es tentador hacerlo?. Moyano y el sindicalismo son un actor constituido, más fácil de integrar que de reformar, a pesar de tú optimismo al respecto. Y las diferencias entre un discurso y una praxis reformista o restauradora son verdaderamente estrechas. Solanas que es lo “nuevo” ofrece un discurso “restaurador”, pero no es por eso una peor opción que Macri. ¿Acaso el discurso partidocrático y liberal no es también un discurso restaurador, pero de signo contrario?.
    No creo que este mal la visión voluntarista en cierto sentido, ya que pone en evidencia las expectativas difusas de quiénes los votaros y aquello que hicieron un acompañamiento crítico. A ese respecto llamo a un asinceramiento político, y poner en evidencia la lógica del “menor de los males” y el “voto útil” que surca la política argentina. La lógica coalicional, caso Ocaña, no escapa a esos presupuestos.