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Los problemas de la oposición y los del peronismo*

Es algo bastante curioso que los dos principales damnificados del 28 de junio sean los que hoy vuelven a ocupar el centro de la escena política: Néstor Kirchner y Elisa Carrió son modelo y contramodelo de una escena política ya vieja, en que algunos creen ver reflejada la lucha que contrapone a la izquierda populista contra la derecha republicana, y para otros, entre quienes me cuento, simplemente chocan un personalismo y el populismo propio de las clases bajas contra otro, no más responsable ni innovador, de las clases medias. Como sea, que dos de las figuras con más alto rechazo en la opinión pública hegemonicen la escena pública resulta paradójico, en una época en la que se supone que sin la simpatía de la opinión no se puede hacer política.

Que esto sea curioso y hasta paradójico no significa que carezca de explicación. Ella puede encontrarse al menos en parte en un rasgo nacido de esos mismos resultados electorales de fines de junio: nos referimos a la marcada fragmentación generada por un proceso de renovación parlamentaria que aún no se ha efectivizado, pero ya muestra múltiples aspirantes a ejercer el liderazgo de fuerzas políticas que tienen delante suyo diversas opciones de alianza.

Se equivoca la señora Carrió, entonces, cuando afirma que Néstor retuvo la iniciativa y ella misma volvió a ser oráculo de los dioses debido a la “impericia de la oposición” (de la que obviamente ella se autoexcluye). Si su antagonista recuperó espacio de maniobra en las últimas semanas fue, primero, porque no había perdido tanto como pareció en aquella noche de domingo , y sobre todo, porque con su triunfo las fuerzas opositoras se enfrentan a dificultades crecientes para coordinar sus esfuerzos: fue este problema el que les dificultó adoptar una posición común frente a la firme actitud del Ejecutivo de no ceder en las delegaciones legislativas y las retenciones; terrenos en que, recordemos, los opositores habían logrado acuerdos sin embargo antes de haber ganado la elección. Sin una posición común, no pudieron atraerse a legisladores dubitativos del campo oficial, y fueron derrotados lastimosamente.

Hay quienes dicen que hay que esperar al 10 de diciembre para que la mayoría opositora se imponga, que entonces, teniendo a la mano el control del Parlamento, estos problemas de coordinación desaparecerán. Pero tal vez las cosas no sean tan sencillas: no será fácil llegar a un acuerdo sobre las autoridades de las cámaras, más teniendo en cuenta las crecientes tensiones existentes entre expresiones que compiten entre sí con tanto ahínco como lo hacen con el kirchnerismo. Algunos grupos opositores, sobre todo los de menor volumen, pueden verse atraídos por la experiencia de la centroizquierda populista, que ha logrado una gravitación mucho mayor como socia circunstancial de las posiciones oficiales que la que hubiera logrado de mantenerse prescindente.

Pero no es sólo esa dificultad para cooperar en la oposición ni esta habilidad del oficialismo para sumar aliados lo que explica el retroceso del impulso antikirchnerista, y hace dudar de que el Parlamento vaya a cambiar fácilmente de manos. Pesa también algo que queda desdibujado detrás del protagonismo descollante del ex presidente y sobre lo que conviene llamar la atención: la reluctancia de los gobernadores, intendentes y sindicalistas a romper lanzas con el PEN.

Ello tiene también varias explicaciones. Ante todo, el acceso a una caja oficial que, aunque disminuida, en medio de la crisis reinante es aún más vital que en el pasado. Mientras no se altere la ecuación entre recursos de libre disponibilidad en manos del gobierno nacional y necesidades de financiamiento del resto de los actores institucionales, en el peronismo difícilmente se registre un salto masivo hacia la oposición. De vuelta, si hubiera suficiente capacidad de coordinación en esta, y ella tuviera claro hacia qué régimen fiscal y tributario quiere avanzar, se podría pasar de la centralización reinante a una distribución más horizontal y tal vez más racional de los recursos, pero en ausencia de esa capacidad y ese horizonte lo único que pueden hacer los opositores es presionar para bajar impuestos y tarifas, y para aumentar gastos, y eso vuelve cada vez más insostenible la situación fiscal, pero en lo inmediato no afecta la posición preeminente del Ejecutivo nacional. Lo hemos visto ya con el tema del gas.

A ello se suma la propia reluctancia del gobierno a ceder en nada: ante ella, existen sólo dos alternativas, esperar a que se consuma en su propia salsa, o reducir al máximo su capacidad de hacer daño, lo que significa en los hechos impedirle tomar más decisiones. Resolver este dilema es difícil para la oposición no peronista, pero lo es mucho más para los peronistas disidentes. Ellos, y el peronismo en general, tienen por delante un trámite por demás complicado: ¿cómo hacen para sostener un gobierno irresponsable e inflexible que se ejerce en su nombre, y a la vez evitar cometa más errores que dañarán seriamente sus posibilidades electorales en el futuro inmediato?, ¿cómo se desembarazan del modo más incruento posible de los Kirchner?

Los desafíos de la oposición adquirirán, debido a ello, un cariz cada vez más divergente de aquí en más en el caso del peronismo disidente y en el del “no peronismo”. El primero tiene por delante, ante la indisposición de los Kirchenr a ceder un ápice en sus orientaciones programáticas y su apuesta por la confrontación política y sectorial, el difícil desafío de optar entre permitir que los legisladores, gobernadores, intendentes y sindicalistas sigan prestando colaboración a sostener al Ejecutivo, o forzar una ruptura en todas esas arenas en que todavía no se ha producido. Lo que bien puede traducirse como una opción entre mantener la ambigüedad y la indefinición de las lealtades, o arriesgarse a sumir al Ejecutivo en la total impotencia.

Los no peronistas tienen en cambio las manos más libres para actuar. Sus dificultades proceden de lo rudimentario de otros recursos: principalmente, sus organizaciones y la capacidad de cooperación entre ellas. Con sólo proponer alternativas más o menos razonables a cada manotazo con que el gobierno pretende mostrarse combatiendo la crisis, podrá seguir ganando apoyos en la opinión y los grupos de interés. Pero le resultará más difícil lidiar con los permanentes recelos y disputas entre líderes y grupos, que se retroalimentan de un contexto dominado por el entusiasmo y el optimismo electoral: las conductas especulativas son a este respecto tanto el fruto de un éxito inesperado y tal vez inmerecido, como de una herencia facciosa, que no es sólo patrimonio del kirchnerismo, aunque es por cierto bajo su influjo que ella adquirió el vuelo que en la actualidad tiene, y que alimenta la penosa imagen que por momentos la política argentina ofrece.

*Publicado en El Tribuno de Salta.

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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