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	<title>Comentarios en: ¿Puede una facción ser reformista?*</title>
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	<description>Blog del Centro de Investigaciones Políticas (www.cipol.org)</description>
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		<title>Por: Javier</title>
		<link>http://www.politica.com.ar/blog/2009/10/11/%c2%bfpuede-una-faccion-ser-reformista/comment-page-1/#comment-1775</link>
		<dc:creator>Javier</dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Oct 2009 21:47:37 +0000</pubDate>
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		<description>Creo que toda ley antimonopólica es en principio problemática. En la información, como en cualquier cosa, es en principio beneficioso que haya múltiples oferentes, para que los consumidores tengan más diversidad de productos al momento de elegir. Pero, por otro lado, al poner límites a la porción del mercado que un único oferente puede abarcar, se restringe la capacidad de los consumidores para actuar sobre la oferta. En otras palabras: si los consumidores eligen mayoritariamente un producto o una determianda marca, ¿por qué debe el Estado prevenir la expansión de dicha marca? ¿No antenta esto contra la competencia y, por lo tanto, contra la calidad del producto o servicio?

Uno podría pensar que, por sus implicancias políticas y culturales, la información no es un producto más. Pero eso no resuelve el problema, puesto que en cualquier caso no queda claro en qué medida restringir la capacidad monopólica u oligopólica de los medios de comunicación favorece o perjudica la calidad de la información. En cualquier caso, lo interesante es que el Estado parece actuar en alguna medida como guardián de la conciencia de los ciudadanos. El dice: &quot;la mayoría de ustedes quiere leer y mirar por televisión los productos del Grupo Clarín, pero como eso es malo -para cada uno de ustedes o para el bien común, no queda muy en claro este punto-, los obligaré a consumir otros productos&quot;. Ello no es necesariamente negativo: construir ciudadanía e imponer pautas culturales es una función ineludible de los estados modernos. Es curioso, sin embargo, que este aspecto del problema, es decir, la capacidad o incapacidad de la ciudadanía para elegir sin restricciones la fuente de la información que consume, esté ausente. En cualquier caso, no tocar este punto puede ser un peligro en sí mismo, puesto que una vez que el Estado interviene en este sentido, sienta un precedente. En el futuro otro gobierno podrá alegar otros motivos para justificar una nueva modificación del mercado de medios, corriendo el riesgo de deteriorar progresivamente la capacidad de los consumidores/ciudadanos para regular la oferta de información. La pregunta clave sería entonces: en el mercado de la información, ¿conviene consolidar el libre funcionamiento de las reglas del mercado, o imponer regulaciones que contrapesen la voluntad de los actores que en él intervienen?</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Creo que toda ley antimonopólica es en principio problemática. En la información, como en cualquier cosa, es en principio beneficioso que haya múltiples oferentes, para que los consumidores tengan más diversidad de productos al momento de elegir. Pero, por otro lado, al poner límites a la porción del mercado que un único oferente puede abarcar, se restringe la capacidad de los consumidores para actuar sobre la oferta. En otras palabras: si los consumidores eligen mayoritariamente un producto o una determianda marca, ¿por qué debe el Estado prevenir la expansión de dicha marca? ¿No antenta esto contra la competencia y, por lo tanto, contra la calidad del producto o servicio?</p>
<p>Uno podría pensar que, por sus implicancias políticas y culturales, la información no es un producto más. Pero eso no resuelve el problema, puesto que en cualquier caso no queda claro en qué medida restringir la capacidad monopólica u oligopólica de los medios de comunicación favorece o perjudica la calidad de la información. En cualquier caso, lo interesante es que el Estado parece actuar en alguna medida como guardián de la conciencia de los ciudadanos. El dice: &#8220;la mayoría de ustedes quiere leer y mirar por televisión los productos del Grupo Clarín, pero como eso es malo -para cada uno de ustedes o para el bien común, no queda muy en claro este punto-, los obligaré a consumir otros productos&#8221;. Ello no es necesariamente negativo: construir ciudadanía e imponer pautas culturales es una función ineludible de los estados modernos. Es curioso, sin embargo, que este aspecto del problema, es decir, la capacidad o incapacidad de la ciudadanía para elegir sin restricciones la fuente de la información que consume, esté ausente. En cualquier caso, no tocar este punto puede ser un peligro en sí mismo, puesto que una vez que el Estado interviene en este sentido, sienta un precedente. En el futuro otro gobierno podrá alegar otros motivos para justificar una nueva modificación del mercado de medios, corriendo el riesgo de deteriorar progresivamente la capacidad de los consumidores/ciudadanos para regular la oferta de información. La pregunta clave sería entonces: en el mercado de la información, ¿conviene consolidar el libre funcionamiento de las reglas del mercado, o imponer regulaciones que contrapesen la voluntad de los actores que en él intervienen?</p>
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		<title>Por: Lucas</title>
		<link>http://www.politica.com.ar/blog/2009/10/11/%c2%bfpuede-una-faccion-ser-reformista/comment-page-1/#comment-1773</link>
		<dc:creator>Lucas</dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Oct 2009 19:41:41 +0000</pubDate>
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		<description>Coincido en que las definiciones negativas de la ley (des-inverción, des-concentración) no dicen nada sobre las relaciones que se generarán en torno a la comunicación pública. También en que la distribuciónde voces según los lugares e intereses sectoriales es conservadora y que la prohibición de cadenas privadas nacionales es un riesgo. Sin embargo, la ley dudosamente cambie la idiosincracia periodística y mucho menos la lógica autorreferencial de los medios o la preferencia del público mayoritario por programas como el de Tinelli o noticieros como los actuales; creo que las radios, por lo demás, van a seguir siendo locales (pero con propietarios más locales), como hasta ahora. Si esto es así, probablemente haya pocos cambios sustanciales por las razones que vos esgrimís: donde la ley no estipula nuevas reglas de juego, no habrá ausencia de ellas sino más de lo mismo. Empresarios, periodistas, dueños de medios y políticos oficialistas y de la oposición, en el interior, seguirán encontrándose en los mismos restoranes y clubes.
Por lo demás, la ley (por suerte y por definición) no deroga muchas otras leyes ni especialmente la Constitución. De modo que en última instancia, recaeremos en la Justicia y en la última instancia de autoridad que parece quedar en pie: la Corte Suprema, la misma que podría actuar hoy en los casos que el interventor del Confer ejerza el arbitrio de que dispone. Lo de los derechos adquiridos es, coincido, un error absurdo: porque los &quot;derechos&quot; viciados en el origen no pueden ser tenidos por adquiridos y porque de serlo, habrán de ser reconocidos en la justicia (de lo contrario, habrá que volverse jacobino o mandarse a mudar). Otro tema es esta deriva hacia la justicia y las doctrinas y teorías de la justicia y de la constitución con que el Poder Judicial se nutre. Pero ¿no es siempre una ley mejor que otra?</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Coincido en que las definiciones negativas de la ley (des-inverción, des-concentración) no dicen nada sobre las relaciones que se generarán en torno a la comunicación pública. También en que la distribuciónde voces según los lugares e intereses sectoriales es conservadora y que la prohibición de cadenas privadas nacionales es un riesgo. Sin embargo, la ley dudosamente cambie la idiosincracia periodística y mucho menos la lógica autorreferencial de los medios o la preferencia del público mayoritario por programas como el de Tinelli o noticieros como los actuales; creo que las radios, por lo demás, van a seguir siendo locales (pero con propietarios más locales), como hasta ahora. Si esto es así, probablemente haya pocos cambios sustanciales por las razones que vos esgrimís: donde la ley no estipula nuevas reglas de juego, no habrá ausencia de ellas sino más de lo mismo. Empresarios, periodistas, dueños de medios y políticos oficialistas y de la oposición, en el interior, seguirán encontrándose en los mismos restoranes y clubes.<br />
Por lo demás, la ley (por suerte y por definición) no deroga muchas otras leyes ni especialmente la Constitución. De modo que en última instancia, recaeremos en la Justicia y en la última instancia de autoridad que parece quedar en pie: la Corte Suprema, la misma que podría actuar hoy en los casos que el interventor del Confer ejerza el arbitrio de que dispone. Lo de los derechos adquiridos es, coincido, un error absurdo: porque los &#8220;derechos&#8221; viciados en el origen no pueden ser tenidos por adquiridos y porque de serlo, habrán de ser reconocidos en la justicia (de lo contrario, habrá que volverse jacobino o mandarse a mudar). Otro tema es esta deriva hacia la justicia y las doctrinas y teorías de la justicia y de la constitución con que el Poder Judicial se nutre. Pero ¿no es siempre una ley mejor que otra?</p>
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