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Uruguay tras la disputa electoral*

Presidentes que terminan sus mandatos con elevadísimos niveles de aprobación en Chile, Brasil y Uruguay… y, al mismo tiempo, en los tres casos con efectivas posibilidades de alternancia política. En los tres países los presidentes en ejercicio respaldan, claro está, a los candidatos de sus partidos o coaliciones, pero no se empeñan destructivamente en ello. Y los altos niveles de aceptación de los que disfrutan, no se traducen de modo automático en equivalentes intenciones de voto. Mientras que Tabaré es aprobado por el 60% de los uruguayos, Mujica y Lacalle han de definir en una segunda vuelta. En Uruguay, tanto como en Brasil y Chile, partidos bastante bien estructurados coexisten con una opinión pública independiente, y la estabilidad político-institucional convive con la incerteza partidario-gubernativa. Todo lo cual es por cierto muy saludable.

En Uruguay, como en Brasil y Chile, gobiernos de centro-izquierda (que algunos califican despectivamente de izquierda “moderada”) han hecho avances en el combate contra la pobreza, han mejorado la distribución del ingreso, han logrado ganar terreno en materia educativa y sanitaria, y han combinado todo esto con políticas macroeconómicas sustentables – de modo tal que no se encuentran sometidos a las reacciones preventivas o punitivas, como la fuga de capitales, de los agentes económicos y los ciudadanos que cuidan sus ahorros. Aunque el perfil de Mujica es muy diferente al de Tabaré, como candidato presidencial no precisó ni precisará sobreactuar para conseguir que su promesa de continuidad de las políticas sea creíble – desde luego Danilo Astori, derrotado por Mujica en la interna del Frente Amplio, contribuye a afianzar esa credibilidad al acompañarlo en la fórmula.

En Uruguay, como en Brasil y Chile, la actual oposición puede llegar al gobierno. No obstante, con la excepción, apenas parcial, del caso chileno, esto no parece implicar drásticas reversiones en las políticas doméstica y exterior. Ciertamente ha de haber cambios de rumbo en caso de un poco probable triunfo de los blancos en la segunda vuelta – precisamente el cambio es la sal de lo político – pero nada que se parezca a la inauguración de una presidencia imbuida de mesianismo refundacional.

Uruguay, como Brasil y Chile, parece haber aprendido a cuidar sus activos. Uruguay es un país pequeño en población y en mercado, y esta pequeñez no representa ninguna ventaja. Pero se esfuerza en compensarlo: uno de sus principales activos es la calidad institucional. En el mundo de hoy, más que nunca antes, la calidad institucional es una ventaja comparativa dinámica de primer orden. Otra ventaja comparativa es saber qué lugar se quiere ocupar y qué lugar se ocupa en el mundo – no sin anhelos pero con realismo político. Uruguay lo sabe, como Brasil y Chile.

Argentina, como Uruguay, Brasil y Chile… bueno, está en el Cono Sur.

* Publicado en La Nación.

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