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Anticipando el naufragio*

El kichnerismo no descansa en su esmero por cavarse la fosa. Como el capitán Ahab, se empecina en no reconocer límites, pese a todas las señales de que se acerca su final, colaborando más y más en hacerlo patético e inapelable. Y a espantar a quienes sueñan con sobrevivirlo. Esto es lo que le ha sucedido a Martín Redrado: se le ofreció la oportunidad de abandonar el barco, y la aprovechó.

Es cierto que, institucionalmente, su caso se parece al de la Corte Suprema. Los Kirchner no toleran ningún poder autónomo, ni ningún control. Ni siquiera los que ellos mismos en su momento ayudaron a crear, confiados en que nunca los obstaculizarían y por la pretensión de ser lo que no son. Es así que en los meses pasados se terminaron por enemistar con los jueces que pusieron en reemplazo de la Corte menemista, cuando querían creer y hacer creer que eran muy distintos al riojano y que su meta era “un país en serio”. Los enfrentaron, para colmo, en causas perdidas, como la de las azafatas de Alicia Castro, y por abusar de su ya muy tolerada tendencia a torcer el espíritu y la letra de las leyes. En forma equivalente, su conflicto con el cajero de las reservas se ha desatado a raíz de que el “modelo” del superávit fiscal está indiscutiblemente fenecido, lo reemplazó hace tiempo el gasto descontrolado y el impuesto inflacionario. De los cuales el llamado Fondo del Bicentenario era una píldora demasiado tosca como para que incluso quienes hasta aquí han aceptado dislates de todo tipo, la tragaran sin resistencias.

Pero, en términos políticos, en el conflicto con el presidente del Banco Central pueden leerse aún otras motivaciones y tensiones. Porque Redrado, quien más allá de otros méritos o deméritos, hay que reconocer es un refinado operador político, ha movido sus fichas con una fina comprensión de los tiempos que corren. Su decisión de ir al choque contra el Ejecutivo se parece más, en este sentido, al voto no positivo de Cobos que a cualquier otra cosa. Y, tal como sucedió en esa otra ocasión, también esta vez la infinita torpeza oficial explica que un actor sin mayor respaldo inicial, en principio condenado a seguir los dictados de sus patrones y pagar los costos, se hiciera de la oportunidad para convertirse en representante de la república, del bien común atropellado por un gobierno faccioso y de las ilusiones de una oposición sin conducción ni cohesión propias.

Esto que llamamos torpeza, dada su recurrencia, conviene considerarlo como algo más que “falta” de habilidad. Y es que obedece antes que nada a algo que le sobra al gobierno: otro rasgo del conflicto por la 125 que se repite en el que envuelve al Central es que nadie ha hecho tanto como los Kirchner por escalarlo y convertirlo en una batalla ideológica entre el “progresismo” y la “derecha”. Las informaciones según las cuales Redrado buscaba negociar una salida elegante al brete en que el DNU sobre el Fobide lo había colocado, cuando chocó contra el desplante de la presidente (“no quiero hablar más con vos” le habría espetado) y la orden de renuncia del cancerbero Fernández, se ajustan bastante bien al tipo de reacciones que le conocemos al equipo gobernante. La declaración de Boudou sobre los “politiqueros” y los “palos en la rueda” y la de su segundo sobre la “conspiración neoliberal” completan el escenario que gusta armar cuando se prepara para una de sus cruzadas “nac & pop”.

De pronto los Kirchner y sus seguidores se habían olvidado de que durante seis años Redrado había hecho más de lo que se podía pedir a cualquier persona técnicamente responsable por sostener las ilusiones oficiales. Su sistemática disposición a mirar para otro lado en el tema del Indec, a tolerar las intromisiones de Moreno en la CNV, los bancos y demás, y por sobre todas las cosas, su tolerancia a niveles de inflación que salvo en Venezuela se considerarían alarmantes, no configuran precisamente un récord digno de un guardián de las reglas de juego transparentes y la estabilidad monetarias. Lo colocaban frente al penoso destino de tener que abandonar el Central con unas cuantas máculas en su currículum. ¿Cómo no advertir que una escalada de este conflicto le ofrecía una oportunidad regalada para hacer lo que no había hecho hasta entonces y ganar prestigio aún perdiendo el cargo, a costa de un gobierno ya incapaz de imponerle cualquier otro costo?

El divorcio a las patadas entre Redrado y los Kirchner puede, en este sentido, considerarse más que fruto de la saturación del vaso de una paciencia que nunca parece haber estado demasiado lleno, de la cercanía de la fecha de defunción de ambos. Y de una opuesta evaluación de lo que les convenía hacer en esas circunstancias. Para Redrado, de lo que se trataba era de asegurarse un futuro, que podía estimar amenazado si seguía por el camino que venía. En cambio para los Kirchner, como siempre, el objetivo es recuperar un pasado venturoso, en este caso en particular, restablecer la situación fiscal ideal de que disfrutaron hasta 2007, que no entienden muy bien cómo se les escapó de los dedos, y que por esa misma ignorancia creen posible las vueltas de la vida les devuelva si perseveran. Redrado, más allá de cómo termine el episodio, ya ganó lo suyo: irse enfrentando a los Kirchner le permitirá ser readmitido como un economista y consultor de prestigio, aún por fervientes críticos de la política de estos años, nutriendo al panteón de emigrados del kirchnerismo que ya integran con gran éxito otras figuras con olfato para los papelones, como Alberto Fernández y Martín Lousteau.

Para los Kirchner, también termine como termine el entrevero, será todo pérdida. Porque los objetivos de una negociación rápida con los hold outs, conseguir financiamiento externo, bajar las tasas de interés para acelerar la recuperación de la economía, y disimular los efectos “no queridos” de hacerlo, la inflación, detrás de un discurso progresista, ya se han frustrado, aún cuando se haga de los 6500 millones de las reservas. Para peor, una batalla ideológica que podría haber tenido ganada, se le ha complicado enormemente: porque convengamos en que para el grueso de la opinión pública, no sólo para la oficialista, la independencia de la autoridad monetaria es un detalle menor, sino un resabio ignominioso del pasado neoliberal; con un poco de paciencia y un mínimo de sutileza, el gobierno podría haber hecho pasar por buena la idea de que era razonable y progresista conseguir los objetivos planteados con sus métodos, en vez de con los que usan los países serios, y aparecer una vez más representando el interés de “la gente” contra la “opinión técnica e interesada” de los economistas.

Estos, además de Redrado, deberían estar festejando. Porque si en su choque con Cobos los Kirchner lograron algo que hasta entonces podía estimarse imposible, insuflar nueva vida al radicalismo, con el actual es probable que logren otro milagro: permitir que la gente vuelva a creer en los saberes y el lenguaje de los economistas más que en el de los políticos, devolviéndoles así a aquellos el rol de formadores de opinión de que disfrutaron en los noventa y perdieron en diciembre de 2001. Esperemos que, de recibir semejante regalo, desempeñen su rol con mejor criterio que hasta entonces.

* Publicado en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina.

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One Response

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  1. El Observador says

    Para mí esta situación conflictiva, como muchas otras que se vienen dando, hay que enmarcarla en un contexto histórico-político. Los Kirchner vienen gobernando desde el 25 de mayo de 2003. Para el Bicentenario habrán pasado 7 años. En el medio ganaron las elecciones legislativas de 2003, las legislativas de 2005, las generales de 2007 y perdieron finalmente las legislativas de 2009. Luego de esta derrota llega la parte complicada, que tarde o temprano les llega a todos los presidentes. Todos los aliados, ante la muerte política del líder, comienzan a transformarse en adversarios. Es un proceso natural, eminentemente político. Y ahora le llegó a Kirchner, el mismo que realizó la sepultura política de Duhalde.
    Creo que aquí se encuentra el marco de lo que está sucediendo, más que en detalles de torpeza del gobierno o de viveza de la oposición. Lo raro hubiese sido que los Kirchner no sufrieran un desgaste. En ese caso tendríamos que pensar que Kirchner es el político más importante de la historia argentina. Nadie en este país puede sobrevivir a dos mandatos presidenciales.