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Atascados en Normandía*

Cuenta Ian Kershaw en su biografía de Hitler que cuando los aliados desembarcaron en Normandía, una imagen bastante realista de lo que se venía sacudió la ya golpeada autoconfianza de los generales alemanes. Entre muchos de ellos comenzó a circular la idea de que había que cambiar de estrategia antes de que fuera tarde y Alemania fuera arrasada. Pero, según explica Kershaw, las fuerzas armadas habían cedido demasiado dócilmente a la nazificación en los años en que pareció que el führer era un estratega imbatible, y perdido por tanto toda capacidad de influir con criterios propios en la toma de decisiones. Así que primó la preferencia de Hitler de hacer del territorio europeo una tierra arrasada, un extensísimo pantano de sangre y fuego en que se atascara el avance del enemigo, sin reparar en los costos que ello implicara, para así dar tiempo al desarrollo de las armas secretas con que Alemania haría pagar caro a sus enemigos la osadía de haberla desafiado. Con buen tino, muchos oficiales desconfiaron de esa arriesgada apuesta, y comenzaron a conspirar para sacarse de encima al que ahora veían como un endemoniado y suicida dictador. No lo lograron, y una guerra que ya estaba perdida hacia tiempo se prolongó inútilmente, acumulando unos cuantos millones más de víctimas en su haber.

La analogía sirve sólo en parte, es mejor dejarlo claro desde ya. Sobre todo sirve para poner de relieve y valorar las diferencias. La lucha política en que estamos envueltos desde que el kirchnerismo inició su irrefrenable declive se parece en algunos aspectos a la escena recién descrita, no en los medios, tampoco en la radicalidad de los actores, ni remotamente en las consecuencias. Esta lucha no es una guerra a muerte, la materia en discusión es poder político y dinero, no más, hay reglas de juego que atan a los actores, y sobre todo una, inamovible, las elecciones de 2011, en que muchas de las tensiones que nos sacuden se resolverán de forma de seguro incruenta. Como sea, para llegar a ese desenlace minimizando los daños asociados al declive de un poder que no se resigna a lo inevitable, que no repara en costos para torcer su destino, y que no utiliza muchos parámetros realistas en las decisiones que toma es conveniente no exagerar, pero tampoco subestimar el problema.

La jugarreta de Cristina Kirchner con las reservas del Central deja en evidencia que el Ejecutivo no está dispuesto a negociar nada, que seguirá haciendo del Parlamento un pantano en que se trabe el avance de las fuerzas de oposición, para desgastarlas lo más posible y ganar tiempo a la espera de que el arma del gasto, y nuevas jugadas secretas que haya pergeñado la mente de su marido, logren el milagro de que el Frente para la Victoria vuelva a hacerse merecedor de su nombre. La guerra de trincheras así planteada tiene un primer damnificado, que es el generalato alemán del caso: los legisladores, gobernadores, funcionarios y demás peones del tablero kirchnerista saben que el jefe no titubeará a la hora de sacrificarlos. Pero su capacidad para abrir otro juego, menos destructivo y que les asegure algún futuro, aunque sea el de un retiro honorable, es cada vez más escasa. Por otro lado, la eficacia de los pasos que así se consuman para dar cabida al milagro es cada vez menor, y los costos asociados en cambio son crecientes: si la idea de Cristina, tal como explicó en su penoso discurso de apertura de sesiones, es evitar un ajuste que enfríe la economía, lo que logra con sus manotazos no es más que producir ese ajuste del modo más estéril y caótico que se pueda imaginar. Con medidas cada vez más abiertamente insostenibles, cuestionables en el Parlamento y en los tribunales, la incertidumbre sobre el futuro crece, las inversiones se retraen aun más y se acelera la fuga de capitales y la inflación. De manera que el gobierno necesitará cada vez más dinero para tapar los agujeros que él mismo crea, y el dinero se le escurrirá de los dedos con eficacia cada vez menor para detener la marea. Las tropas a que pueda echar mano se le irán acabando, así que no podrá evitar sucesivos repliegues, encerrándose en sí mismo. Hacia el final, pueden suceder dos cosas, deslealtades masivas en sus filas, que dejen por completo fuera de la competencia (y la colaboración) sobre el futuro del país a quienes lo vienen conduciendo; o bien la retención de esas lealtades por temor y falta de alternativas, hasta el punto en que ellas se consuman, tal vez por completo, en una última batalla electoral. La paradoja de la situación es que el sistema político puede tener garantizada su estabilidad, aun al costo de más despropósitos fiscales, más inflación y más conflictos de poderes, en esta segunda opción; en cambio nadie puede saber cómo reaccionaría el jefe si se da la primera: hay buenas chances de que se desbarranque del todo en la ilegalidad y el delirio. Es por ello que en nuestro caso tal vez sea mejor que los generales tengan fe en los milagros y se jueguen a compartir el destino de su líder. Lo que se vincula con otra diferencia esencial entre las dos situaciones históricas: en la que nos involucra la oposición, en particular la que no participa de las tradiciones teutónicas, no tiene por qué apresurarse ni radicalizarse, ni le conviene en lo más mínimo hacerlo; su prioridad es minimizar el daño y que se cumplan los plazos, y para ello es preciso contener al adversario y forzarlo en lo posible a que respete la ley. Lo suyo no es ir al asalto de Berlín; es en todo caso evitar que Berlín construya y arroje una bomba atómica.

*Publicado en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina, Usos de la historia, Violencia y politica.

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8 Responses

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  1. Observador says

    Si los encargados de evitar la bomba atómica son Cobos, Carrió, Rodríguez Saá, De Narváez, Bullrich, J.C.Romero, Menem, Michetti, etc tendríamos que empezar a acondicionar los bunkers.

  2. Martin says

    Entiendo y comparto la idea final del articulo. Creo seria muy util la leyera E. Carrio.
    No puedo dejar de mencionar lo peligroso intelectualmente del articulo, mas alla de la extensa y acertada aclaracion que realiza el autor, la comparacion con el nazismo y con su lider es, a mi entender un gran error: en mi cabeza y arriesgo que en muchas mas Hitler y su movimiento nacionalsocialista, encarnan, por derecho propio, el mal absoluto y los aliados, en terminos sencillos, los buenos. Entonces y mas alla de la ya mencionada aclaracion del autor, es imposible leer el articulo sin que la metafora se convierta en modelo. Las imagenes tan absolutas tienen una funcion dentro del conocimiento, si las usamos desmedidamente pierden valor. El Frente para la victoria no es el mal absoluto, la ensalada de frutas a la que denominan no son los buenos totales.
    Ahora si extendemos la metafora, no asusta pensarque la oposicion repita lo que hicieron estos aliados con el mundo tras derrotar al nazismo, con la Argentina

  3. Martin says

    Perdon quise decir:” nos asusta pensar que la oposicion repita lo que hicieron estos aliados con el mundo tras derrotar al nazismo, con la Argentina”

  4. Marcos Novaro says

    Estimados Observador y Martín, como la comparación está ya circulando desde hace tiempo, no creo haber cometido ningún pecado al mencionarla, al contrario, en la medida en que creo que explicitarla sirve para ilustrar las diferencias y evitar dar más crédito del que ya tiene la idea de que “hay que parar al loco”. En ese sentido me parece que el artículo va dirigido especialmente a la gente que simpatiza con Carrió, a pesar suyo, cada vez que los Kirchner se mandan una nueva. Para muestra del problema que tenemos basta un botón: al instante de que Cristina terminó su discurso de inauguración de sesiones, estaba ya Nelson Castro entrevistándola a Lilita para disculparse con ella por haber estado en desacuerdo con su propuesta de no asistir a esa sesión inaugural. Saludos

  5. Martin Steinmann says

    Estimado Novaro entiendo es bueno polemizar, el unico riesgo que veo es que nos acusen de estar crispados o de generar crispacion. Si usted me acompaña me animo a un poco mas de intercambio web-epistolar. (entiendo que mi simple licenciatura en Psicología no tiene peso frente a sus credenciales, pero me permito un poco de insolencia).
    Yo nunca hable de pecado y entiendo su idea de exorcizar la comparacion al nombrarla. Entienda, estudié psicologia y veo el riesgo de los tabúes, ahora si esa era la intención a lo mejor hubiera sido más claro si arrancaba usted por alli; mencionando que sabía que esta idea circulaba y que usted la entendía de otra manera o con otros alcances.
    Hablado de Carrio, entiendo que a ella le seria útil recordarla teoria del Caos o algo de Espistemoliga constructivista, digo por esa costumbre suya de entenderse siempre por afuera de los problemas en ese espacio sacro de francotirador fuera del tiempo y del barro.
    Por último esperaba que mordiera la provocación de “sin que la metafora se convierta en modelo”, lo dejamos entonces para otra charla.
    Respetuosamente.
    Martin Steinmann

  6. Marcos Novaro says

    Estimado Martín, creo que tenés razón, el gancho de la analogía conspira contra el fondo de la cuestión, saludos.

  7. Maloperobueno says

    Esta buena la comparacion, yo la resumiria en el capricho K de hacer las cosas a su gusto, sin consenso, a fuerza de golpe.
    El miedo es que cuando quede arrasado el pais, las tropas aliadas estan conformadas por tipos inoperantes y seguramente con mas ambiciones personales que de servicio a la patria.

    Saludos