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Que la oposición no repita los errores de la Alianza*

¿Por qué fracasó la Alianza? Es una pregunta que muchos se hacen hoy en día, Y que muchos más necesitan hacerse para no volver a cometer los errores del pasado. Y esto porque, contra lo que hasta hace muy poco parecía un parámetro irreversible de la política argentina (que “nunca más” habría un presidente radical ni una coalición gobernante que girara en torno al radicalismo) hoy se nos presenta como bastante probable la circunstancia de que esa “historia conocida” se repita, y con ella la oportunidad de que fracase por las mismas causas.

Para evitarlo hay que empezar por saber cuáles fueron. Al respecto hay unos cuantos debates económicos en curso. Pero los más importantes, y los que están más verdes, son los aspectos políticos del problema. Así lo ha revelado en estos días Elisa Carrió: creyendo que daba una buena explicación de los mismos, lo que en verdad hizo fue dar ejemplo de lo fácil que es ser víctima de ellos.

Veamos: su argumento fue que los “malos radicales” están en este momento tomando el control de ese partido, esto es, alejándolo de sus manos, las de Carrió, y que por ese camino terminarán por “repetir lo de la Alianza”. Carrió puso en práctica así, tal vez sin saberlo, la misma pauta que imperó casi siempre en la relación entre quienes conducían la coalición UCR-Frepaso: la permanente disposición a “hacerle la interna” a los aliados, debilitar lo más posible su cohesión, para tratar de absorber sus sectores más afines y, finalmente, quedarse con sus bases electorales. En aquella época eso se llamaba “transversalidad”.

Y es la misma fórmula que años después utilizaría, aún con más éxito y desenfado, el kirchnerismo para cooptar a los sectores afines de cada fuerza política existente en el convulsionado escenario post 2001. Así Kirchner creó una coalición “progresista” mucho más amplia y consistente que todo lo hasta entonces conocido. Y creyó, igual que antes había creído y ahora volvía a creer Carlos Alvarez, que podría disolver los tradicionales clivajes de la política argentina y reemplazarlos por otros nuevos, más representativos, más productivos, en suma, mejores.

La idea subyacente a esta pretensión es bastante más antigua que esos líderes. Es casi tan vieja como esos mismos partidos que se busca descomponer y recomponer en nuevas formaciones: parte del supuesto (que por cierto no carece de asidero), de que los intereses y las ideologías están mal agrupados dentro de los partidos argentinos (los obreros están con los conservadores, las clases medias acomodadas con los reformistas sociales y cosas por el estilo), y que esa es una causa fundamental de nuestra inestabilidad política. Para tener una mejor política, hay por tanto que empezar por agruparlos “bien”, antes de empezar a preocuparse por cuestiones más instrumentales y secundarias, como el Estado, las políticas públicas, y cosas por el estilo.

Si uno pasa revista a nuestra historia reciente, puede ver que todos los gobiernos gastaron buena parte de sus energías en “hacerle la interna” a los otros, incluso a sus aliados. Lo hicieron los radicales frente al peronismo, pero también, como se ha visto con Kirchner, los peronistas con los radicales, e incluso los militares con todos ellos. El resultado siempre fue decepcionante. A fines de los noventa, cuando “pareció” que la ambigüedad peronista había terminado y el PJ ya sólo podría representar intereses e ideas conservadores, muchos radicales y frepasistas creyeron que había llegado el momento de aclarar las cosas, y de formar una gran coalición progresista que absorbiera las banderas distribucionistas y los votos obreros.

Pero visto desde el Frepaso, hacerlo también exigía terminar con la “anomalía” radical, la que permitía que dentro de la coalición habitara un conservador como De la Rúa, y que Menem con sus políticas también había puesto en crisis. En tanto que para los radicales que soñaban todavía con una UCR socialdemócrata la solución era la inversa, reabsorber al progresismo que se había fugado hacia el Frepaso por las propias falencias, para lograr lo que ya había intentado Alfonsín sin éxito en los ochenta, ahora que las circunstancias eran favorables.

Es así como la Alianza se concibió, desde cada uno de los socios, como el camino más corto para arrebatarle al aliado su razón de ser, absorber sus sectores más afines y completar la tarea de “clarificación” que Menem había empezado. Por supuesto, no fue este el único inconveniente que tuvo la Alianza. Pero ayudó bastante a que sus dirigentes ocuparan gran parte de su atención en menesteres facciosos y se debilitara la confianza entre sus partes.

Y es que no existía ninguna predisposición a fortalecer a los aliados, todo lo contrario: el acuerdo se hizo con la inconfesable previsión de que pronto sería irrelevante, porque la contraparte estaría mucho más débil, o directamente habría sido absorbida como porción menor de la propia fuerza. Algo que hemos visto se repitió en la experiencia reciente de la Concertación Plural. Y en alguna medida también ha signado la suerte de la Coalición Cívica: ninguno de ellos ha sido una auténtica coalición entre partidos, son fórmulas transversales orientadas a fusionar a las partes en un magma que luego se verá cómo se institucionaliza.

En suma, si la Alianza fracasó fue al menos en parte por lo mismo que han fracasado otros muchos experimentos políticos que en vez de consolidar las fuerzas políticas existentes apuntan a disolverlas para crear otras nuevas.

Estos experimentos en ocasiones logran hacer lo primero, pero recurrentemente fracasan en su promesa de “barajar y dar de nuevo”, reordenar de raíz el sistema de partidos para terminar con la “vieja política”.

Tal vez el mejor camino para no repetir los errores de entonces sea crear una verdadera coalición de partidos, fundada en el respeto de la conducción, la organización y las bases políticas de las contrapartes, y dedicarse a esos menesteres que entre nosotros suelen parecer secundarios, como es el desarrollar las mejores políticas públicas que sea posible.

* Publicado en Clarín el día 17 de marzo de 2010.

Posted in Politica Argentina.

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One Response

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  1. Observador says

    Me parece muy interesante el análisis.
    Agregaría que en un sistema presidencialista, la coalición debe institucionalizar con anticipación los mecanismos para repartir los cargos y el poder, para que el presidente no se aísle de la coalición. Creo que un motivo importante del fracaso de la Alianza fue el aislamiento que hizo De la Rúa, cerrándose en su propio entorno. En el gabinete original, de 11 ministerios sólo 2 pertenecían al FrePaSo (Meijide y Flamarique), el resto eran radicales muy cercanos a De la Rúa. Además, este desbalanceo en el gabiente cada vez fue mayor. En diciembre de 2001 el gobierno era el núcleo íntimo de De la Rúa.
    Un presidente elegido por coalición debe respetar dicha alianza, ya que es la base de su legitimidad. Los votos del 99 eran para la Alianza, y no para De la Rúa.