Skip to content


¿Cuándo la izquierda se vuelve fascista?

Esta es la pregunta que uno puede esperar legítimamente se mantenga como pregunta constante en quienes pretenden, en nombre de la izquierda, la defensa de la igualdad y la libertad democráticas; la pregunta sugiere la necesidad de una vigilia atenta y responsable sobre las propias acciones políticas. En el dominio de la moral, la pregunta sería ¿cuándo se vuelve uno un miserable? En este caso, la pregunta exige una revisión crítica de las propias acciones, la puesta en duda de la coherencia o la correspondencia entre las convicciones morales que decimos sostener y el significado y los efectos de las conductas que realmente llevamos adelante. Para el individuo con escrúpulos morales, pasar mucho tiempo sin plantearse esa pregunta (o una similar) será sin dudas un mal signo.

En algunas discusiones que tuve con colegas en las últimas semanas sobre escraches y sobre la dictadura cubana, discusiones que me sirvieron de exploración involuntaria (y, por cierto, no ‘representativa’), obtuve algunas respuestas a la pregunta. En todas ellas, la izquierda, sea en general, sea en sus manifestaciones particulares como el escrache o en sus organizaciones estatales como el régimen cubano, quedaba a salvo de la deriva fascista y autoritaria. La izquierda, se me decía o se me daba a entender, no puede sufrir esa deriva: quien deviene fascista deja de ser de izquierda y pasa a ser de derecha. Y no tiene caso cambiar “fascista” por “de derecha” en la pregunta. En cualquier caso, el argumento parece ser que no está en la naturaleza de la izquierda volverse su contrario: es el contrario, algo del exterior, sea “la derecha” o el “fascismo” lo que en todo caso triunfa.

No parece necesario, desde esta perspectiva, hacerse la pregunta del título (y no parece posible, además, comprender los desastres hechos en nombre de la izquierda en el siglo XX y lo que va del XXI). Del mismo modo, un purista moral, no necesitaría revisar la moralidad de sus acciones. Las potencialidades críticas del pensamiento de este tipo de izquierda quedan reducidas a muy poco. Y los matices, en esas circunstancias, tienen una entrada más que difícil. La consecuencia está a la vista: el discurso tiende a reducirse a la identificación en sus diversas formas: señalamientos y escraches personalizados, la felicitación mutua por estar de acuerdo y la ironía o la descalificación del disidente y, en el extremo, la policía política y la persecución. (Por cierto: ni estas prácticas son exclusivas de la izquierda -pero es ella la que me preocupa- ni son tampoco prácticas de iguales consecuencias políticas: el juicio “popular” contra periodistas actualiza una publicidad democrática imposible en la Cuba de hoy. Pero son todas formas de identificación) En esas circunstancias, la capacidad de persuadir a quienes no “pertenecen” y la contribución, por consecuencia, a la ampliación de la democracia, me parecen nulas.

Cuando ya cuenta el número de quienes han nacido en democracia en Argentina, creo que el lugar común de la “autocrítica” debe ser reactivado con un poco más de énfasis que lo que lo es hoy. La alternativa es preguntarse ¿cuándo la izquierda se vuelve fascista?, o interpelar al otro: “¡identificación, por favor!”

Posted in Política.

Tagged with .


5 Responses

Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.

  1. gcc says

    Las izquierdas (y las derechas, y las centros derechas e izquierdas) se vuelven fascistas cuando reemplazan los análisis políticos por el sermoneo moral. Cuando se ve al adversario no ya como alguien que piensa distinto, o que actúa mal, sino como una aberración de la historia. Una anomalía con cuya superación se reconstruirá la “república perdida”, o la sociedad sin clases, o el reich de 1000 años. Todos delirios utópicos equivalentes en su irrealidad y su exageración. Por eso Elisa Carrió es fascista, y no lo es el oficialismo. Por el gorilismo es la expresión más pura de fascismo en la argentina.

  2. Lucas says

    La pregunta pretendía quedar sin respuesta, a riesgo de convertirnos el policías que, con respuesta en mano, individualizan personas y grupos en los términos que, como decís, descalifican al adversario.
    La pregunta también tiene un reverso, claro: ¿cuándo la derecha o el gorilaje se vuelve democrático?
    Ambas preguntas se refieren a las acciones y no a las clasificaciones e identificaciones de personas o grupos (en este caso, la pregunta es quién y no cuándo), y forman parte, creo, de una crítica (sea analítica o práctica) atenta a las posibles derivas de la democracia.
    En fin, aunque el fascismo tiene un contenido moral, creo que es más típico del conservadurismo y del liberalismo, o de la mezcla de ambos.

  3. Uno que anda por aquí says

    Benito Mussolini, ¿no era un periodista socialista? ¿No era asimismo de izquierda el compañero Labriola, coequiper del anterior? ¿De dónde venían sus ‘fiancheggiatori? ¿Seguro eran todos de la derecha? El alemancito Roehm (QEPD), capo de las S.A., ¿no quería poner el acento en el socialismo y no en el nacionalismo? ¿No se dijo alguna vez que sin la guerra entre ‘rojos’ y ‘blancos’ ulterior a la revolución de Octubre el fascismo hubiera podido tener perfectamente nombre ruso? (si es que el Pepe Stalin y Djerzinzki no eran fachos ellos también).
    ¿Cómo hace un liberal o un conservador para volverse facho? (me refiero a un liberal o conservador como tal, como lo que son, no a los que se dicen tales para no reconocerse otra cosa, o lo que a veces se ‘ensambenita’ como tal para tener un espantapájaros al que golpear impunemente cual chivo expiatorio, especialidad del actual oficialismo)
    ¿Eh, eh?

  4. Marcos Novaro says

    Descalificar no es lo mismo que patotear, verdad? Yo creo que Carrió es un desastre, lleva las críticas al gobierno a un terreno estéril, pero que yo sepa no festejó ni avaló que a Rossi lo patotearan en Santa Fe.

  5. Lucas says

    Coincido, con el que pasó por aquí: ¿cuándo la derecha deviene fascista? es igualmente una pregunta a hacerse por parte de la derecha y el o la centroderecha. D todas formas, tengo para mí (aunque no como bandera a defender sino como “hipótesis de trabajo”, digamos) que lo que habitualmente llamamos derecha o conservadurismo tienen en el mejor de los casos una inclinación mayor hacia la defensa del estado (en el mejor de los casos, con el aditivo “de derecho”) que hacia la defensa de la democracia, entendida esta como el principio que pone en discusión el estado de derecho para ampliarlo en un sentido igualitario y libertario, digamos.

    Coincido también con Marcos en que descalificar no es lo mismo que patotear. Pero también creo que las palabras tienen peso y que éstas, sobre todo cuando son convertidas en simples consignas, pueden convertirse en justificación, apología o anuncio directo de la práctica patotera.

    Y, por cierto, hay esterilidad en la denuncia de Carrió, como la hay en juicios populares como los de Hebe, donde sólo había gente ya convencida (y si acaso, pues no sabría asegurarlo respecto de los trabajadores de la construcción con ropas de la Asociación, que allí estaban presentes). Pero en los dos casos es una esterilidad política: no generan poder, no convencen a nadie que no estuviera ya convencido y no dan lugar a ningún debate (ya no digo “interesante”). La esterilidad es hacia afuera; hacia adentro, unos y otros probablemente generen intolerancia: con los fascistas no se debate. Y, por cierto, son situaciones diferentes: un acto colectivo público de señalamiento que va en apoyo del gobierno no es lo mismo que la descalificación indignada de una líder nacional cuya capacidad de movilización en las calles es poca o desconocida.