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El bicentenario de una Argentina facciosa*

Al menos hasta aquí, no ha habido mucho debate que digamos sobre el Bicentenario. No porque no haya diferencias y cuestiones a discutir. Tal vez el hecho de que estas hayan quedado un poco en sordina en los últimos tiempos se deba a que la gran mayoría está un poco harta de la discordia política y asocia, un poco exageradamente, el debate de ideas con esa mala costumbre argentina que ya preocupaba hace cien años a Joaquín V. González. Pero tal vez la poca discusión se explique en mayor medida por el hecho de que los grupos de opinión y facciones en pugna están en términos generales conformes con su versión de las cosas y han ido desapareciendo los espacios (universitarios, mediáticos, institucionales) en que podrían cruzarse con los adversarios. Cierto es que esta Argentina facciosa en que vivimos no debe ser con la que soñaron los hombres de Mayo, ni los del Centenario.

Curiosamente, una de las pocas cuestiones que sí se han puesto en discusión no refiere realmente al bicentenario sino a lo que podemos llamar el “segundo centenario”. Muchos de quienes proclaman en estos días inspirarse en el modelo económico vigente en 1910 y celebran los indudables logros que entonces el país podía mostrar a sus habitantes y al mundo, se han referido a la centuria transcurrida desde entonces como “los cien años perdidos”. Desde el revisionismo (que en verdad, en los años treinta fue el que inventó esa visión decadentista hoy ya nacionalizada, y a la que en estos días recurre con más frecuencia el liberalismo conservador) y el oficialismo se ha tendido a responder que el centenario no fue la maravilla que se cuenta, que dominaba entonces una pequeña oligarquía que había creado un país para pocos. Se recrea así una discusión que viene de largo: para los conservadores y liberales, Argentina perdió el rumbo cuando irrumpió el populismo, y abandonó las políticas de apertura al mundo, economía de mercado y control de la movilización política de las masas que hasta entonces tan buenos resultados habían dado; para los populistas en cambio, el problema fue la reacción conservadora y oligárquica ante el incontenible avance de los sectores populares en su aspiración de compartir los frutos del desarrollo ampliando sus derechos políticos y sociales.

No se pretende aquí analizar los aciertos o errores de una y otra postura, sino más bien aquello que ambas dan por obvio, que al país no le fue todo lo bien que hubiera podido irle, y la posibilidad de que hayan intervenido en ello algunos factores que no se tienen en cuenta pero que podrían ser parte de las dos perspectivas en pugna. Entre estos factores hay uno que naturalmente se destaca: la inestabilidad.

Que Argentina es un país que se ha caracterizado, durante el último siglo y hasta el presente, por el alto grado de inestabilidad es algo bien sabido. No por ello deja de ser pertinente reflexionar sobre las dificultades que ello ha acarreado a lo largo de la historia, y sobre el modo en que condiciona nuestra actual vida política: ¿de qué tipo de inestabilidad se trata?, ¿cuáles son las causas de este fenómeno?, y tal vez lo más importante, ¿la inestabilidad debe ser considerada una fuente de oportunidades o de problemas? ¿es un síntoma de la apertura al cambio, de una realidad en transformación, o es más bien indicio de la frustración recurrente de proyectos de cambio, de la dificultad para estabilizar un orden compartido dentro del cual sea posible procesar cambios duraderos?

En los últimos tiempos ha ganado crédito la idea de que la inestabilidad no sería un problema a resolver, sino el indicio de una “batalla en curso”, desde hace décadas indefinida, entre fuerzas del cambio y el statu quo. Si esto es así, todavía sería necesario atravesar fases de inestabilidad aguda, para poder llegar más adelante a una situación, además de estable, deseable en términos de calidad democrática, igualdad social, respeto de derechos, o lo que sea. Dar prioridad a la estabilidad, según esta perspectiva, sería una forma de detener y frustrar cambios posibles y necesarios. Estos argumentos, por tanto, legitiman lo que podemos llamar una “cultura de la inestabilidad”.

Es hora de someter a crítica esta cultura. Volver la mirada al centenario es a este respecto provechoso: la convivencia establecida hasta 1910 con gran éxito, y todavía con algunos buenos resultados sociales hasta mediados del siglo XX, entre inestabilidad y movilidad social y democratización, desde entonces fue sustituida por otra, entre inestabilidad y desigualación y deterioro institucional, que justifica asociar los esfuerzos por recuperar grados de igualdad perdidos a iniciativas estabilizadoras. Con esta idea en mente, es posible hoy sostener que la inestabilidad económica, política e institucional experimentada en forma aguda entre los años cincuenta y setenta del siglo pasado no tuvo por causa la democracia de masas, la igualdad de condiciones heredada, ni el “empate social” de ella resultante, sino fundamentalmente otros rasgos, sólo circunstancialmente asociados a ellos, y que los sobrevivieron en el tiempo: la debilidad del estado, el espíritu refundacional presente en casi todos los proyectos políticos y el comportamiento mayormente faccioso de los actores sectoriales. En segundo lugar, y en relación a lo anterior, que la desigualdad creciente a partir de los años setenta no ha estado tan asociada a la aplicación de “políticas estabilizadoras” como a su frustración, y al imperio de relaciones de fuerza crecientemente desiguales en un contexto persistentemente inestable. Y por último, que la capacidad transformadora de la política no ha probado ser mayor, ni en nuestro caso ni en ningún otro, en un ambiente inestable que en uno estable. La inestabilidad que aún padecemos, y la cultura que la celebra, deben considerarse, en este sentido, como remanentes estériles de fenómenos en su origen asociados efectivamente a la juventud, la movilidad y la apertura al cambio que caracterizaron a la sociedad y la política argentinas hasta mediados del siglo pasado, y más en particular a la vía populista a través de la cual se canalizó entonces la democratización y la igualación social. Pero, en la imposibilidad de reeditarse esa asociación, la inestabilidad, y con ella el populismo, se han vuelto obstáculos más que alicientes o recursos para recuperar el dinamismo y la integración social perdidos.

*pubilcado en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina.

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15 Responses

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  1. Florencio Boglione says

    Así que en los primeros cien años de la Argentina tuvimos un país estable y sin facciones?

    Saludos Cordiales.

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Florencio, me parece que no entendiste ni el título, pero bueno, feliz bicentenario!

  3. decarnesomos says

    marquitos te brota el conservadurismo por los poros: “Argentina perdió el rumbo cuando irrumpió el populismo”. como diría nimo sos un excelente académico, pero como analista político…hmmm, no entiendo como te animas a publicar semejante artículo..zig zig!

  4. Lucas says

    O’Donnell escribió que entre el 55 y el 76 el Estado bailaba al compás marcado por la sociedad civil (corporaciones de clase); algo similar, también, Oszlak, ¿no?: la colonización corporativa y facciosa de la burocracia. Pero ¿puede tratarse de la misma inestabilidad? Hoy, a diferencia de ayer, creo, diagnósticos y apologías de la inestabilidad (y del conflicto) descansan en el logro de una democracia liberal estable. Diciembre de 2001 y su suite es prueba de esa estabilidad. La obediencia está asegurada (siempre, por ahora). La falta de debates profundos es, creo también, un síntoma de eso. Que muchos intelectuales aboguen por el conflicto es otro síntoma: tiene la libertad de palabra asegurada, pueden hablar en medio de la “lucha”. Por eso, quizá el populismo sea -teoría y práctica incluídas- parte de esa estabilidad conseguida que genera, si se me permite el anacronismo, una “falsa conciencia” de inestabilidad y conflicto. Lo que converge con la idea de la impotencia transformadora del poder político… En parte, creo estar coincidiendo con otras palabras; en parte, no estoy seguro que el ángulo del análisis deba ser el de la estabilidad (que, como dije, creo que la hay), mucho menos si replica, con signo inverso, el discurso un poco autocelebratorio de los apólgos del conflicto…
    Es un pensamiento in progress…
    Saludos,
    Lucas

  5. Marcos Novaro says

    Decarne, en tu entusiasmo se te olvidó leer bien, esa frase se refíere a lo que sostienen los “liberal conservadores”, con un argumento a que hay que atender, tanto como hay que atender al panteo populista sobre la “reacción conservadora”. Y gracias por lo de “excelente académico”, me siento mucho mejor.

    Lucas, creo que tenés razón en cuanto a la estabilidad institucional y los lujos que ello asegura a quienes abogan por el conflicto. Aunque no necesariamente es contradictorio con la “cultura de la inestabilidad”: hacer por caso de la inflación y la violación de procedimientos institucionales medios aceptables para “promover cambios” me parece que revela la eficacia de esa cultura dentro de una democracia que, es cierto, es bastante estable, y en algunos aspectos es incluso demasiado estable: hay rasgos persistentes y que dan continuidad a políticas y reglas de juego, en el mundo laboral, en la política exterior, en las relaciones federales, en fin, hay de todo. Saudos

  6. Falso decarnesomos says

    Marquitos, te brota el peroncho por los poros cuando decís que, en Argentina “el problema fue la reacción conservadora y oligárquica”. Como mínimo diría que sos un excelente fabricante de alpargatas (como Nimo, estoy en la posición de partir las aguas entre inteligentes y brutos), pero como académico… mmm… De todas formas, lo que importa es saber cuándoconviene no animarse a publicar semejantes artículos… zig zig!
    Sargento oficial 1º
    (Ni que hiciera falta respuesta, menos una defensa, ni mucho menos de un tercero. Pero la cosa es reiterada. Tratemos de evitar lecturas policíacas. Leamos un poco más atentamente, y no usando el buscador de palabras “populismo” y “perdió rumbo”. Aparte que la redacción es clara, estimado Decarnesomos, al menos en tres ocasiones el autor sostiene afirmaciones contrarias a las que atribuye a los conservadores y que a Ud. se le ocurre asignar al autor… Lecturas de policía política no suman, muchachos, no suman. Y tampoco esas derivas hacia el argumento de la sugestión (policía moral, esta vez): no deberías animarte, estás a tiempo para corregirte… falta decir “te perdonamos”!!
    Quizá se trate de gente que evita animarse, que no duda en corregirse ante la adversidad o que reconoce errores sólo bajo la forma de amenazas solapadas en la sugestión. Gente que quiere dormir tranquila, de buena conciencia, y con los criterios siempre a mano para distinguir, sin necesidad de argumentar, buenas de malas opiniones, buenos de malos académicos, etc.. Eso tampoco suma. Vendría bien que la honestidad intelectual, deudora de un esfuerzo de lectura y pensamiento, deje alguna huella en los posts…)

  7. Lucas says

    Sí, creo coincidir en eso. El statu quo es tan estable que puede avanzar sobre logros institucionales históricos de la democracia sin verse amenazado, mientras que parece difícil que se consigan logros semejantes para el futuro. Y el populismo militante es esta forma de statu quo “raro” (por decir algo): mientras despotrican contra el liberalismo sentados en los sillones que los liberales supieron construir, los derechos de los trabajadores son, cuando menos, ignorados, y la distribución de la riqueza atada a la coyuntura y al gobierno… pienso.
    Saludos,
    Lucas

  8. Florencio F. Boglione says

    Marcos, esto lo escribiste vos:
    “Volver la mirada al centenario es a este respecto provechoso: la convivencia establecida hasta 1910 con gran éxito, y todavía con algunos buenos resultados sociales hasta mediados del siglo XX”

    Te agradezco que me hagas repasar historia, y lamento no estar a tu nivel para no entender ni el titulo de lo que escribís, la próxima voy a intentar esmerarme mas, pero mas te agradezco tu ayuda con mi soberbia.

    Saludos Cordiales

  9. Marcos Novaro says

    Estimado Lucas, ese es el punto, la inestabilidad populista es un resto casi puramente estético de lo que fueron movimientos de cambio, bastante estériles ellos mismos porque no lograron consagrar un orden legítimo duradero, pero ahora ni siquiera lo intentan, son la nostalgia de lo que nunca sucedió. Por lo menos los otros tiene para reinaugurar el Colón. En fin.

  10. sebastián says

    Lo que siempre me queda flotando de este tipo de argumentos es la perspectiva voluntarista que los anima. Evidentemente se comparte la visión de que al país no le fue todo lo bien que hubiera podido irle, pero además se imputa ese “desvío” a la perfidia de los actores políticos, que construyeron, ellos solitos, una cultura de la inestabilidad. Lo digo, en particular, por la estrategia de mencionar la inestabilidad del estado al lado del espíritu refundacional de los actores políticos, como si se influyeran o implicaran mutuamente, obturando alguna lectura más sistémica del asunto.

  11. Marcos Novaro says

    Ok, entiendo tu punto y probablemente tengas razón, pero lo de “lectura más sistemática” qué sería? Una consideración de las causas estructurales que determinaron que pasara lo que pasó? Por esa vía no se corre el riesgo del posibilismo, al estilo del argumento de Gerchunoff u otros economistas, en cuanto a que finalmente pasó lo que tenía que pasar?

    Lo que me interesaba destacar era el culto a la inestabilidad, que creo es un resabio de lo que un tiempo atrás se correspondía con la apertura al cambio de un país joven y con energías para recuperarse rápidamente despues de cada caída, y cada vez es menos eso y más un instrumento de legitimación de las sucesivas frustraciones.

  12. Fernando says

    Estimado Marcos,

    Me pareció buenísima y muy interesante tu nota. Comparto plenamente con tus palabras y las argumentaciones que das.-

    Un saludo cordial.-

  13. Guido says

    Quizá una lecutra más sistémica del asunto radique en admitir que la sociedad o la clase dirigente argentina es incapaz de entender la política de alguna otra manera que no sea el hacer todo lo posible para imponer una vision unilateral de la comunidad, tildando de enemigo a cualquiera que se interponga en el camino. ¿Ese tínte refundacional no está demasiado presente en nuestra cultura política? Más allá de saber a quién se le puede adjudicar la responsabilidad de haber inaugurado esta manera de ver la realidad, la pregunta sería si en búsqueda de la estabilidad no estamos obligados a sacrificar la política; si la inestabilidad es sinonimo de política. ¿Hay política después del populismo? Como que somos incapaces de suponerlo, no?

  14. sebastián says

    Marcos:
    Puedo coincidir en la necesidad de denunciar el culto a la inestabilidad, proveniente del espíritu refundacional de los actores políticos. Mi temor es que esa denuncia esté cargada del mismo espíritu refundacional, un poco deslumbrada con su propio voluntarismo, que la desvía de preguntarse por qué ninguno de los proyectos de refundación está destinado a perdurar.
    Prueba de lo que digo sea, quizá, el comentario de Guido (o lo que yo creo entender de él), cuando dice que “…la clase dirigente argentina es incapaz de entender la política de alguna otra manera que no sea el hacer todo lo posible para imponer una vision unilateral de la comunidad…”. En lugar de tomar esta caracterización como dada y censurarla (y, por lo bajo, insinuar que hay que barajar y dar de nuevo, una vez más), podemos amigarnos con ella y tratar de interpretarla. Claro, concedo que ahí aparece el tema de la lectura posibilista, pero creo que hay que intentar un camino intermedio (tercera posición, como le gusta decir a algunos).

  15. Marcos Novaro says

    Estimado Sebastián, me gusta la idea de “amigarnos” con la tradición, y sin duda tenés razón en que de dogmas antidogmáticos y voluntarismos republicanos y populismos antipopulistas ya tuvimos suficiente, los que hoy se quejan del refundacionismo kirchnerista una parte se entusiasmó con el de Menem, y otros tantos festejaron el de Alfonsín, en fin. Un entusiasmo de baja intensidad, o una ilusión no mentirosa no estarían mal, para no hablar de “posibilismo” que suena horrible. Saludos