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Elogio de la hipocresía

A la vista de los grandes y graves problemas nacionales, y ante el pequeño circo criollo armado en torno a los festejos del Bicentenario (¿Alguien se acordó que a la Cena de Gala en la Rosada, además de Cobos, Menem o De la Rúa, tampoco se invitó a la Viuda de Perón?), no pocos observadores han lamentado en los políticos argentinos una proverbial “falta de grandeza”. Sin embargo, me temo que una dificultad quizá más acuciante, y novedosa, es el pronunciado declive de la hipocresía.

Según nos participa el diccionario, la hipocresía es “un fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”, y su valioso aporte civilizador para lubricar las fricciones de la vida social, o las luchas por el poder, no puede ser menospreciado. Como ya lo observara el perspicaz Bernard de Mandeville, allá por 1714, “es imposible que seamos criaturas sociables sin hipocresía. La prueba de esto es sencilla; toda vez que no podemos impedir que las ideas emerjan continuamente dentro de nosotros, toda relación civilizada se perdería si, por medio del arte y el prudente disimulo, no hubiésemos aprendido a ocultarlas y sofocarlas; y si todo lo que pensamos hubiera de disponerse abiertamente a los demás como a nosotros mismos, sería imposible que, estando dotados de la palabra, pudiéramos soportarnos los unos a los otros”.

El problema actual es que el kirchnerismo desde la política, con el Sr. Aníbal Fernández a la cabeza, y el tinellismo desde la televisión, han hecho un significativo y aciago esfuerzo para que argentinos y argentinas perdamos las mejores joyas de la hipocresía a manos de una vulgar sobreactuación del enfrentamiento. (Por suerte la pantalla chica todavía conserva algunos espacios donde las sinuosidades cortesanas siguen siendo la norma, como en los deliciosos almuerzos con Mirtha Legrand, que tanto han hecho por una mejor sociabilidad política y farandulesca a lo largo de varias décadas. A veces pienso que de haber existido esos almuerzos desde la Revolución de Mayo quizá nos hubiésemos ahorrado algún que otro fusilamiento, dos o tres inútiles y sangrientas batallas, y hasta algún golpe de Estado. Pero bueno, ésa es otra historia).

Yendo a lo que más nos interesa, podríamos decir que la hipocresía política opera básicamente en tres direcciones: en la relación entre los dirigentes políticos y la ciudadanía, entre los partidarios de una misma formación política, y finalmente entre dirigentes de distintos partidos.

En el primer caso, me apresuro a suscribir cualquier petitorio de buenas intenciones que bregue por tener políticos más transparentes, más honestos y que le hablen un poco más claramente a la población; pero no perdería de vista que el disimulo y la simulación, como sutiles ramilletes de la ubicua maleza de la mentira, son consubstanciales a la vida política, y no pueden ser erradicados sin hacernos retroceder por la senda evolutiva. Por eso, porque se trata de males necesarios que han de ingerirse en justa medida, la secular sabiduría política encontró sus remedios y sus delicados balances: la democracia como régimen político competitivo y los resguardos institucionales de una sociedad plural (libertad de prensa, de reunión, acceso público a la información, etc.). Así, cuando un gobernante dice estar muy preocupado por la pobreza, pero a la vez alimenta día a día la bomba explosiva de la inflación, está incurriendo en ese “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen”, y allí se espera que surja la voz de un político opositor, de un dirigente social o de un académico con cifras fiables, no precisamente las del degrado INDEC, para mostrar las patas cortas de tamaña impostura.

En lo que respecta a la declinante hipocresía entre partidarios de una misma fuerza el asunto es tal vez un poco más complejo, pero también hay sofisticados dispositivos institucionales que pueden ayudarnos. Por ejemplo, la reforma política impulsada por el actual gobierno (con la cual, en líneas generales, estoy de acuerdo), promueve el desarrollo de altas dosis de hipocresía a fin de mantener en marcha grandes maquinarias político-partidaria. Como la reforma eleva los costos de salida de una estructura política existente, ya que es preciso contar con una organización importante para competir en las elecciones, esto obliga a que se sienten a la misma mesa gente que se detesta profundamente, pero que al mismo tiempo se necesitan. En un esquema donde el precio de pegar un sonoro portazo y hacer rancho aparte es alto, los dirigentes están forzados a tolerarse más de lo que desearían, por lo que la reforma es un buen principio de recuperación del fingimiento y la falsía aunque todavía queda mucho por corregir y mejorar.

Pero el caso más peliagudo, a mi modo de ver, es la decadente presencia de la hipocresía entre dirigentes de distintos partidos políticos. Entre otras cosas, porque más allá de eventuales mecanismos institucionales, aquí se requieren ciertos “hábitos del corazón” que tejan lazos de comunidad política, y que han de ser fomentados y resguardados en un paciente trabajo –cultural, societal, cotidiano- de reconocimiento del otro. Tal vez Raúl Alfonsín tenía razón cuando en uno de sus últimos mensajes decía que los argentinos y argentinas tenemos que “querernos más”, pero alcanzar esa virtud quizá está más allá de nuestras escuálidas fuerzas morales, y por ahora haya que contentarse con no seguir perdiendo algunos terrenales vicios de gran utilidad pública. No sé cuántas reservas nos quedan en el acervo pero son tan o más valiosas que las que se esfuman del Banco Central.

Al fin y al cabo, como solía decir Borges, “un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias.”

La Plata, 22 de mayo de 2010

Posted in Política.

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7 Responses

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  1. FT says

    Lo de “querernos más”, ¿no era del presidente uruguayo Mujica?

  2. Andrés says

    Camou,

    Isabelita no puede venir al país porque tiene pedido de captura. Se salva de la extradicción porque es ciudadana espanola.

    Saludos,

    Andrés

  3. Marcos Novaro says

    Estimado Antonio creo que tenés razón, y agregaría otra virtud asociada a la hipocresía, que faltó en las celebraciones y que tampoco tiene buena prensa, aunque se la merece: la ambigüedad. Hubo un poco de ella en las representaciones artísticas, incluso en las carrozas, pero en los eventos en que se hizo explícito el guión oficial, el resultado fue más penoso. Lo peor, el mapping en el Cabildo, y el portal con frases tipo “mayo del 68” sobre Corrientes. Mucho Pigna y poco seso. Saludos

  4. Javier says

    Estoy de acuerdo, pero no creo que los Kirchner sean menos hipócritas que otros. Tan imbricadas están la política y la “hipocrecía” (probablemente la palabra ni siquiera sea adecuada en este ámbito), que el político que aspire a esta última no puede más que incurrir en una hipocrecía suprema. Un político que dice lo que piensa o es un loco, o es un gran hipócrita.

  5. Lucas says

    Estimado,
    Interesante, el planteo. No me queda claro, sin embargo, y no estoy seguro, si hay falta de hipocresía, de tolerancia o de tacto social. Las reivindicaciones clásicas de la mentira y la hipocresía creo que descansaban sobre una realidad política y social signada por identidades claramente diferenciadas, fuertes y perdurables. Entiendo que la realidad hoy es otra, casi contraria; de modo que la mentira está en el inicio: fingir identidades inexistentes, rasgarse las vestiduras por causas que se abandonarán en la primera de cambio y señalar enemigos entre los habitués del mismo restorán.

    Por otra parte, si se me permite, faltó señalar la hipocresía entre los ciudadanos (a esa, creo, se refería Mandeville y tantos otros), la de los millones o cientos de miles que pasamos por el Paseo del Bicentenario: distraídos, curiosos, entretenidos, etc., paseando como si nada, es decir, paseando como si supieran que, en última instancia, la línea que separa el hipócrita del hombre veraz dependiera de esa multitud informe.

    En fin, quedará por ver dónde quedamos nosotros en este juego de verdades e hipocresías; no tanto por preocupación moral, sino por método: cómo encontrar los signos de una y otra cosa en medio de la circunstancia.

    Saludos,
    Lucas

  6. Antonio Camou says

    Estimados todos, muchas gracias por los comentarios y observaciones. Efectivamente creo que la hipocresía es la pariente pobre de la tolerancia y que merecía alguna vindicación, tanto en las celebraciones actuales como en los tiempos por venir. Sobre lo de “querernos más” -antes que Pepe Mujica según entiendo- R. Alfonsín lo expresó en el mensaje grabado que envió al Acto del Luna Park en octubre del 2009, pero puedo equivocarme. En cuanto a practicar la hipocresía -aclaro- no siempre me sale bien; por ejemplo, no se me da con Pigna: cada vez que lo veo en la tele, cambio de canal! Cordiales saludos, AC

  7. decarne says

    Camou, más respeto con Feli que maneja hipótesis con mayor rigor que tu artículo periodístico, apoyarse en citas de Borges y un tratadista del siglo xvii te deja un poco expuesto, pigna es muchísimo más inteligente…saludos!!