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El entusiasmo no lo es todo*

Así como Perón se definió a sí mismo como el “primer trabajador”, Cristina Kirchner lo ha hecho como la “primer hincha” de la selección: tras la catástrofe frente a Alemania, se apresuró a tomar posición desde la ética del aguante, atajando las esperables críticas a Maradona, y al propio gobierno por haber promovido su contratación, con la idea de que “hay que apoyar a la selección en las buenas y en las malas”. El recurso es remanido pero no por eso deja de ser eficaz: permite invertir los términos de la discusión, y poner a los que critican en el banquillo, ya que si lo hacen es porque “no tienen aguante”, falencia que como se sabe vuelve a un hincha muy poco confiable, casi un traidor.

También se sabe que, por regla general, no son las hinchadas las que ganan los partidos, mucho menos los mundiales. Y que, contrariamente, para que las hinchadas sean nutridas y entusiastas, conviene que haya profesionales, jugadores y técnicos, que hagan bien su trabajo. Pero esto último no siempre se verifica: hay hinchadas que acompañan a equipos largamente fracasados. Lo hacen en función de una épica del fracaso, que genera un tipo particular de entusiasmo, inmune a los sinsabores, que incluso puede alimentarse de ellos: en estos casos se deja ver una curiosidad del entusiasmo tout court, el hecho de que él, en última instancia, se alimenta de sí mismo. Es por ello que sólo en el fracaso el “aguante” llega a su máxima expresión. Está, por decirlo así, en “estado puro”, precisamente porque no depende de logros circunstanciales, de las mieles efímeras del éxito, sino que se afirma pura y exclusivamente en la identificación con la camiseta, es pasión, amor y odio, cero cálculo o “especulación”.

Contra lo que se suele creer, los comportamientos resultantes no carecen de lógica. Todo lo contrario: puede decirse que están animados de una lógica imbatible, incuestionable. Porque, como sucede con las ideologías totales, no hay dato o acontecimiento capaz de desmentirla. Es por ello que tantos intelectuales tienden a abrazar la cultura de la hinchada, a actuar ellos también como la gente del tablón. Y, por la misma razón, no tiene nada de extraño que políticos “de convicciones” como los Kirchner, a medida que se volvieron más ideológicos y menos prácticos en sus reacciones y decisiones, más dispuestos hayan estado a rodearse de hinchas y justificarse en sus términos.

Lo interesante del caso es que en esta deriva hacia el “hinchadismo”, los Kirchner hacen más que lo que quisieran y advierten por el bien de sus adversarios: ante todo porque anuncian que, de su mano, podemos esperar poco más que “heroicas derrotas”; y además, porque se obligan a enamorar (más precisamente en este caso, a ser apañados por quien concita y administra el amor de los hinchas), y en caso de no lograrlo, corren el riesgo de que el odio los arrastre. Los ideólogos del “hinchadismo” podrían contra argumentar que esos riesgos son un precio razonable a pagar por el premio que significa el monopolio de la pasión, con el que el resto, los políticos profesionales de la oposición, jamás podrían siquiera soñar. Pero existe evidencia suficiente como para desconfiar de tal justificación. Los más eficaces políticos han sido siempre, aquí y en todos lados, los que han sabido reunir capacidades pasionales y profesionales. Y es bastante evidente que, en los últimos tiempos, el creciente y constante deterioro de las calidades profesionales del vértice kirchnerista ha enaltecido a los políticos opositores sin requerir mayor esfuerzo de su parte. Y lo ha hecho no sólo en esas capacidades, sino en todos los terrenos: la seducción colectiva concitada por figuras apenas conocidas, gracias a unos pocos gestos o intervenciones parece indicar que el mercado pasional argentino está desde hace tiempo sobreofertado y con poca inversión se pueden obtener grandes ganancias en él.

Por otro lado, las dificultades que desde siempre han tenido los Kirchner para enamorar, incluso a sus más entusiastas seguidores (de las que Luis D´Elía ha dado en estos días una explicación que podemos considerar definitiva), debería haberlos prevenido contra la tentación de jugarse a todo o nada en ese terreno. Tal vez una explicación más plausible de por qué lo han hecho sea que esa opción siguió y no precedió a los fracasos: el “aguante” más que una premisa ha sido un refugio ad hoc para una camarilla que, sintiéndose asediada y careciendo de muchos otros recursos para actuar, ha decidido mantenerse en sus trece y jugar su destino simplemente a que “pase la mala racha” y vuelvan los buenos tiempos. Claro que, a más de suerte, será preciso que no se crucen con ningún equipo medianamente motivado y profesional.

* Publicado en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Politica Argentina, Populismo.

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