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¿Soluciones chinas para el problema argentino?*

Cristina Kirchner no encontró las soluciones comerciales que fue a buscar en su reciente viaje a China. Pero sí parece haber encontrado algunas soluciones políticas. Unas que, si hay que darle crédito a sus palabras, se inspirarían en una supuesta o real afinidad entre el peronismo y el maoísmo, halladas o inventadas no para promover un romántico regreso a las pasiones revolucionarias que agitaron a esos movimientos políticos en el pasado, sino más bien para homologar el esmero que sus herederos están poniendo en batir records de crecimiento capitalista, y proveer una visión de futuro al actual “modelo argentino”, que pueda dejar contento al arco que va de Carlos Zanini a Franco Macri.

El problema que los peronistas argentinos, a diferencia de los chinos maoístas, no hemos podido resolver, dijo Cristina, es el de la estabilidad, la “continuidad en el tiempo de políticas de desarrollo”. Con ello la presidente pudo querer aludir tanto a que, como tantas veces se ha dicho, nos ha faltado un “proyecto nacional”, como a que lo que realmente faltó fue control monopólico y sostenido del estado, o para decirlo de modo más acorde a las circunstancias actuales, que nos sobra alternancia en el poder, en suma, democracia.

Tal vez simplemente estaba queriendo caerles simpática a sus anfitriones. Recordemos que la última vez que los Kirchner quisieron conseguir ventajas económicas de China, la reconocieron como “economía de mercado”, algo que los países desarrollados se niegan a hacer y con lo que nuestros gobernantes transigieron sin duda porque para ellos el asunto carece de toda importancia. Considerando ese antecedente, podría creerse que ahora quisieron dejar en claro que tampoco les importa mucho que allí haya o no libertades políticas y pluralismo. Pero el asunto no acaba ahí. Porque las palabras de la presidente no fueron una mera ocurrencia del momento, ni estaban sólo dirigidas a oídos orientales, sino también al público local, y encierran una buena cuota de confesión intelectual: revelan algo de lo que los Kirchner, igual que muchos otros en nuestro país, siempre han pensado sobre lo que “nos hace falta”, y lo que “nos podría haber evitado muchos males”.

Ellas permiten comprender mejor, por caso, el hecho de que toda la estrategia kirchnerista para afirmarse en el poder, desde que se hicieran de él, ha estado encaminada a limitar la competencia, cooptando, dividiendo o destruyendo por cualquier medio a sus adversarios. Así como la reminiscencia de “revolución cultural”, guardias rojos incluidos, que acompaña a casi todo lo que los Kirchner han promovido en la sociedad civil y el espacio público. Pero por sobre todo iluminan el modo en que han encarado la posibilidad de tener que abandonar el poder, como una verdadera lucha a matar o morir.

Hace unas semanas Eduardo Fidanza publicó un interesante artículo en La Nación en el que consideraba las perspectivas que supondría para el país la continuidad en el tiempo de las políticas en curso. Su argumento era, muy esquemáticamente, que Argentina podría seguir creciendo a buen ritmo, y durante bastante tiempo, aún con inflación alta y baja calidad institucional, o para decirlo en los términos que aquí hemos usado, con una democracia cada vez más limitada. Apelaba para sostener su argumento a dos casos históricos: no precisamente el de China, sino los períodos desarrollistas de Brasil y Corea. Fidanza, sin embargo, pasaba por alto el hecho de que la inflación y el autoritarismo, que podían ser más o menos “tolerables” en los años sesenta del siglo pasado, lo son mucho menos hoy en día (a menos que se tenga para ofrecer un mercado del tamaño de China, y las ventajas de su mercado laboral), y también que existe otro “modelo” más cercano, y mucho menos promisorio, al que tendríamos más chances de imitar: el venezolano.

Es indudable que en los últimos tiempos los Kirchner han mejorado sus posibilidades de seguir en el poder más allá de 2011. ¿Podrían acaso en esa eventualidad “dar estabilidad al desarrollo”? ¿Podrían, por ejemplo, institucionalizar reglas económicas para dejar de alentar la fuga de capitales, e institucionalizar el peronismo, para dar estabilidad y consistencia a la elite política? Si no lo hicieron entre 2005 y 2008, cuando tuvieron la oportunidad, y una por cierto envidiablemente buena, no hay mayor motivo para pensar que puedan, o quieran, o sepan hacerlo en el futuro. El problema que enfrentarían para intentarlo en el futuro sería doble. De un lado, hay algo que a Argentina, en comparación con esos otros casos, indudablemente le falta: la estabilidad de un estado desarrollista, aun una autoritaria como la de los generales brasileños de los sesenta, o totalitaria como la de los comunistas chinos de la actualidad, tiene poco y nada que ver con la mayor o menor prolongación en el tiempo de la suerte de una banda de oportunistas. Del otro, hay algo que nuestro país posee, y de lo que difícilmente pueda prescindir: un grado y una valoración del pluralismo que, con todo lo bueno y lo malo que pueda acompañar la discordia política, nos vacunan contra el tipo de estabilidad que el matrimonio gobernante promueve.

* Publicado en El Economista

Posted in Kirchnerismo, Política, Politica Argentina, Politica Económica.

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5 Responses

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  1. Javier says

    Marcos, hace algún tiempo que vengo pensando que hay dos visiones contrapuestas en la Argentina. Una que podríamos considerar más aristocrática, según la cual la Argentina debe seguir el modelo de los países desarrollados y transitar un camino que nos lleve a ser, algún día, lo más parecidos posible a Alemania, Francia, Estados Unidos o los países escandinavos. Otra visión, que podríamos considerar más populista, considera que para bien o para mal, esos modelos no tienen que ver con la Argentina, por lo que deberíamos seguir nuestro propio camino aceptando nuestras virtudes y falencias. Creo que esta última visión es la que viene tratando de imponer el gobierno: tenemos defectos, no somos Suiza, pero aún con nuestros defectos (corrupción, inestabilidad, ineficiencia), podemos lograr un cierto nivel de bienestar con el cual sentirnos felices. Eso es algo que a muchos parece caerles bien: dejemos de quejarnos, de añorar lo que no somos, y seamos felices con lo que tenemos. Me parece que la contraposición de Fidanza va en esa línea, y me pregunto si no habrá algo de verdad en que es posible ser un país de cuarta pero medianamente estable y contento. ¿Qué pensás?

  2. Marcos Novaro says

    Estimado Javier, sin duda que las chances juegan a favor de que nuestros sistemas institucionales y económicos sigan siendo bastante “de cuarta”, pero no me siento muy cómodo con contraposiciones como la que planteás entre lo telúrico y lo europeizante, contraposiciones que además me parece se pueden invertir fácilmente para echar luz sobre lo más enrredado y a la vez más interesante de la discusión: lo que vos llamás visión populista viene abonada por una ola de simpatía europea y norteamericana, que va de Noam Chomsky a Gianni Vattimo, por el chavismo antiimperialista y el indigenismo, que me parece para el caso argentino tiene menos que ofrecer y supone simplificar excesivamente las cosas, mientras que del lado antipopulista afortunadamente contamos con modelos mucho más cercanos y prácticos y se trata de contestar una pregunta más terrenal, ¿es acaso impisible remover los obstáculos que nos dificultan acompañar los procesos políticos de países como Uruguay, Chile o Brasil? Saludos

  3. Javier says

    Estoy de acuerdo en términos generales. Pero la postura populista a la que me refiero no es un utopismo barato a la Chomsky o Vattimo, sino a algo más simple y menos pretensioso (y por eso, a mi juicio, más atendible). Desde esta postura, te respondería que no tenemos que mirar a Venezuela y Bolivia, pero tampoco a Chile y Brasil, porque el problema es justamente estar mirando afuera todo el tiempo. Si dejamos de mirar afuera (seguiría esta postura) y aceptamos lo que somos, vamos a darnos cuenta de que las cosas no están tan mal: la economía crece, los jubilados ganan un poco más, la desocupación baja, etc. Eso alcanza para ser feliz, y no hace falta compararnos con otros para sentirnos mal por lo que no somos. Es un poco la postura del estudiante mediocre, que dice “yo no aspiro a sacarme diez, pero apruebo la materia safando y con eso me alcanza”. Creo que es un argumento más difícil de contrarrestar que el que aspira a sacarse 10 pero hace las cosas mal. Con ese por lo menos hay una discusión de medios; pero con el mediocre estructural, se trata de una filosofía de vida diferente.

  4. Marcos Novaro says

    Pero Javier, aunque son dos tipos de actitudes muy distintas, la del populista utópico, por llamarlo de algún modo, y la del populista conservador, ambos comparten medios, que en política finalmente suele ser lo único que cuenta. Y se necesitan mutuamente. Así que no le veo mucho sentido a preferir uno al otro. Para decirlo de otro modo, están los que creen que con Moreno y la ley de medios están forjando un país pujante, y están los que sienten satisfacción en que los poderosos muerdan el polvo, unos tienen ideas y los otros sólo instinto, tiene sentido preferir unos a los otros?

    • Javier says

      Marcos, no es que yo prefiera unos a otros. Solo estoy tratando de entender las ideas por las cuales ciertas personas siguen al gobierno, para también entender cuáles son las proyecciones de esas ideas. Me parece que establecer ciertas distinciones es importante a la hora de contrarrestar ciertos discursos, si es que a uno le interesa hacerlo. Puede ser que los medios sean lo único que cuente entre los líderes políticos, pero los seguidores convencidos tienen ideas que también van teniendo su peso. Creo que si queremos entender por qué la Argentina vuelve una y otra vez al populismo, hay que tener en cuenta qué estructuras ideológicas contribuyen a que así sea.