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La CTA y la escisión de la izquierda*

La imprevista victoria de la oposición en la CTA (victoria que todavía en estas horas es disputada, y que tal vez termine en la ruptura de la central) puede tal vez servir para responder la siguiente pregunta: ¿podrá finalmente la izquierda sobrevivir al kirchnerismo en más o menos buenas condiciones, o terminará sepultada por su interminable decadencia, dividida y deslegitimada ante la sociedad, tal como le sucedió a la derecha a raíz del largo declive del proyecto menemista?

Ante todo, vale la pena registrar la dimensión del baldazo de agua fría que recibió con este resultado la pretensión kirchnerista de reunir en torno suyo a los sectores progresistas, mostrar amplio respaldo gremial a la imagen de un “gobierno popular” que enfrenta a los ricos y poderosos, y quitarle sustento a candidaturas competitivas en 2011 en el “campo popular” y la izquierda. Pero, ¿qué nos dice esta frustración?

La victoria de la lista de Micheli no habría sido posible sin la movilización entre orgánica y espontánea (contra un aparato muy bien financiado por el erario público) de miles de trabajadores, empleados y militantes que seguramente leen Página 12, odian “al campo”, simpatizan con la ley de medios, con el intervencionismo estatal, con el latinoamericanismo incluso con el chavismo, en suma, que constituyen audiencia privilegiada de las iniciativas kirchneristas de los últimos tiempos. Una posible interpretación sería que ellos votaron contra el candidato del gobierno porque no creen que Kirchner sea un buen representante de esas banderas, porque quieren más distribución, más lucha contra los monopolios, más intervencionismo, en suma, un populismo más consecuente, más auténticamente chavista. Esto en parte puede ser cierto, pero no excluye otra explicación, en alguna medida contradictoria con la anterior: las motivaciones del voto opositor pueden haber sido más específicas a la experiencia de la CTA, y vincularse al rechazo a los rasgos más autocráticos y por tanto “chavistas” del kirchnerismo. En este sentido, habría pesado más la alianza con Moyano y la negativa a permitir la libertad sindical, y la intervención del Indec y la violación sistemática de derechos que ella supuso, tanto de los trabajadores de ATE en ese organismo como de todos los ciudadanos necesitados de información pública confiable.

Visto desde este ángulo, podría leerse el resultado de la votación como el fruto de la “liberalización” de al menos parte de la base social de una organización gremial que, aunque está integrada naturalmente por “trabajadores”, también ha tenido por costumbre apelar a los derechos ciudadanos: su creación se justificó precisamente en la necesidad de lograr la libertad sindical, y su estructura se diferenció desde un comienzo por basarse en afiliaciones individuales y en el ejercicio directo del voto. En este sentido, la disputa en la Central podría entenderse como una aplicación práctica de estos principios fundacionales, y por tanto como el reforzamiento del clivaje que desde hace tiempo atraviesa el campo de la izquierda, entre quienes consideran que dado que el gobierno representa el único proyecto socialmente transformador y viable es preciso defenderlo frente a “la derecha” y justificar hasta sus actos más arbitrarios y controvertidos, y quienes sostienen que el atropello a las libertades, a la vigencia de la ley, la división de poderes y otras “desprolijidades” no sólo son injustificables sino que condenan al fracaso al experimento kirchnerista.

De ser así, el resultado puede reforzar las posiciones de este segundo sector frente al primero, facilitando el diálogo de la central con todo un arco de fuerzas políticas que viene intentando hacer una oposición de izquierda o progresista al kirchnerismo. Sin embargo, de confirmarse los rumores de ruptura en la organización, el saldo sería bien distinto e incluso desmentiría esta expectativa: si la CTA se parte, o por lo menos ingresa en un cono de sombra por una prolongada disputa sobre la legitimidad de sus autoridades, entonces quienes podrán festejar serán Hugo Moyano y los defensores del modelo sindical tradicional, y las izquierdas, sobre todo las opositoras, habrán demostrado su incapacidad para crear instituciones innovadoras y asegurar la vigencia de los principios con que pretenden identificarse.

Para el Kirchnerismo, la tentación de fogonear esta ruptura será sin duda muy grande, porque la derrota de Hugo Yasky no sólo afecta su imagen pública, puede poner en riesgo su control de la calle durante el año próximo, e incidir incluso más directamente en el resultado de las presidenciales. El sector De Gennaro tendría ahora las manos libres para dar aliento a la candidatura presidencial de Solanas, proveyéndole de un apoyo organizativo y territorial imprescindible. Dado que esa candidatura le disputará votos al oficialismo incluso en lo que pude considerarse su núcleo duro, será doblemente amenazante para sus posibilidades de continuar en el poder. Y Solanas podría aspirar también a heredar el rol de izquierda populista desde un lugar más “consecuente” con sus banderas que el actual jefe del PJ, y contribuir a dejarlo sin nada si pierde las próximas elecciones.

De esta competencia creciente dentro del campo progresista podrían resultar aun otros efectos no deseables. Como están las cosas (y no sólo por lo que sucedió en la CTA, también por lo que se ve en el ACyS), es inevitable que los progresistas se dividirán entre varias opciones electorales fuertemente enfrentadas en 2011. Eso puede corresponderse con el crecimiento de este sector en el electorado nacional, que se viene experimentando por lo menos desde el 2001. Pero ello puede arrojar como efecto paradójico la frustración de las posibilidades de todas sus variantes: dividido, el progresismo tiene buenas chances de perder la elección, sobre todo si el único candidato del campo que logra pasar las horcas caudinas de la primer vuelta es Kirchner: muchos votantes que además de progresistas son “liberales” o “republicanos”, o simplemente están hartos de la inflación, la inseguridad y el clima general que imponen los Kirchner a la política nacional, terminarán votando cualquier otra alternativa. Como hicieron muchos votantes acomodados y devotos del mercado con el Frepaso, y luego con Kirchner, cuando se cansaron de Menem y sus andanzas.

*Publicado en El Economista del 1 de octubre de 2010

Posted in Política.


2 Responses

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  1. MÓNICA ROSANO says

    muy sesudo pero el verdadero fracaso es que se 1.400.000 afiliados, sólo votaron el 22 % por lo tanto LA CTA NO REPRESENTA A NADIE

  2. Gerardo says

    Alguien puede representar a alguien sacando el 7% del padrón. La CTA demostró que no existe, un puro sello de goma montado con buenas intenciones.