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Adiós a un líder*

De todos los líderes que gobernaron la Argentina en democracia ninguno fue tan efectivo para acumular, mantener y destruir poder como Néstor Kirchner. Su efectividad para acumular y mantener poder descansó en cuatro factores: su comprensión aguda del juego político del federalismo argentino; su uso implacable de los recursos institucionales de la presidencia; su inteligencia para modificar y ampliar la eficacia de esos mismos recursos; y la sintonización de su estrategia de acumulación con las expectativas de una opinión pública que ansiaba la reconstrucción de un orden político. Su efectividad para destruir el poder que había acumulado residió en dos factores: su dificultad para acomodarse a la complejidad de opiniones e intereses que caracteriza a la sociedad argentina y su férrea voluntad de utilizar su poder para tratar de reducir esa misma complejidad.

Kirchner comprendió – como Yrigoyen, como Perón – que la Argentina sólo podía gobernarse centralizando el federalismo. Su experiencia como gobernador le había enseñado que las negociaciones colectivas entre el gobierno nacional y los provinciales debilitaban al Presidente porque sólo podían resolverse concediendo fondos y poder administrativo a los líderes locales. Ese fue el manantial de su poder en Santa Cruz: los recursos del Tesoro Nacional y las regalías que le permitieron pasar de una política fiscal ortodoxa – con baja de salarios y despido de empleados públicos incluidos – a una expansiva que nunca abandonó. Ese fue el escenario que se decidió a impedir como Presidente. Para ello centralizó el manejo del Presupuesto, de las transferencias para obra pública, de los fondos de asistencia fiscal; para ello verticalizó su administración eliminando toda instancia de negociación colectiva y consagrando como regla el intercambio bilateral. Con eso consiguió encolumnar a gobernadores, intendentes y legisladores que no habían apoyado su candidatura en 2003 y mantenerlos disciplinados pese a que no creyeran en las líneas ideológicas de su liderazgo.

Kirchner utilizó – como todos los presidentes democráticos – los recursos institucionales de su cargo, pero a diferencia de sus antecesores no lo hizo sólo para tomar unilateralmente decisiones impopulares sino también para apropiarse del crédito por decisiones populares. Kirchner vetó leyes como todos los presidentes, en especial – como todos los presidentes peronistas – las propuestas o modificadas por legisladores de su propio partido, pero consiguió como ninguno evitar las insistencias del Congreso. Kirchner emitió, como todos los presidentes, numerosos decretos de necesidad y urgencia, pero además de usarlos para evitarle al Congreso tomar decisiones impopulares o proteger proyectos importantes de las modificaciones parlamentarias, también los utilizó para convertirse ante la opinión pública en el hacedor de decisiones populares como aumentos de salarios y jubilaciones, homologaciones de convenios colectivos, y extensiones de la cobertura de la seguridad social y los planes de asistencia. Con eso consiguió mantener una relación de trabajo armónica con el Congreso y reconstruir el predominio del Ejecutivo sobre una legislatura que había acrecentado su poder durante la presidencia de Duhalde.

Kirchner supo – como Yrigoyen con las intervenciones federales y Perón con las reformas electorales – modificar las reglas institucionales de manera tal de ampliar sus recursos de gobierno. Cuando las elecciones de 2005 no le generaron una mayoría legislativa propia impulsó cambios en el Consejo de la Magistratura y los decretos de necesidad y urgencia. Con la reforma de la Magistratura consolidó una mayoría oficialista para la designación y remoción de jueces que le permitió ampliar su poder de amenaza sobre las instancias más influyentes del Poder Judicial. Con la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia garantizó la sanción tácita de las iniciativas presidenciales, desequilibrando aun más el ya asimétrico balance entre poder ejecutivo y legislativo propio de nuestro orden político. Cuando las elecciones de 2009 le mostraron la posibilidad cierta de una derrota terminal en 2011 impulsó una nueva ley de partidos políticos que le permitiría, simultáneamente, controlar el calendario electoral a través de la fecha de las primarias, mantener las listas colectoras para fortalecer su propia candidatura desde fuera de su partido, restringir el financiamiento de los partidos opositores a través de la prohibición de aportes privados y desnivelar el acceso de los partidos no gubernamentales a los espacios de publicidad. Con eso logró conservar el control de la facción mayoritaria del PJ, preservar en gran medida al gobierno de la pérdida de poder propia de un segundo mandato en problemas, y dificultar considerablemente la competencia tanto de la oposición interna como de los partidos y candidatos no peronistas.

Kirchner entendió – como Yrigoyen en los albores de la democracia, como Perón en el umbral del estado de bienestar, como Frondizi en las puertas de la industrialización, como Alfonsín en el alba de la convivencia plural – que su estrategia de acumulación era consistente con las expectativas de la opinión pública. Cuando el país se debatía en entre partidos políticos fragmentados y presidentes sin apoyo, Kirchner apostó a que la demanda de orden era su oportunidad para convertirse en líder. Procedió entonces a colocar al menos la semblanza de ese orden: renovando la Corte Suprema, purgando a su imagen y semejanza las cúpulas de las fuerzas armadas y de seguridad, impulsando el recambio del liderazgo sindical y partidario, poniendo en cuestión la credibilidad de los medios de comunicación. Con eso logró convertirse no sólo en el vértice del poder político sino también en su centro.

Pero como los grandes líderes que lo precedieron, Kirchner no consiguió acomodar sus percepciones ni sus decisiones a un rasgo estructural de la sociedad argentina: la complejidad de intereses y corrientes de opinión que desde siempre la caracterizan. Y como Yrigoyen en 1930, como Perón en 1954-55, Kirchner actuó como si su voluntad fuera capaz de reducir esa complejidad, de acomodarla a sus preferencias. No cabe criticarlo por ese afán: es, al cabo, el de todo líder político – conducir a la sociedad hacia dónde cree debe dirigirse. Sí cabe cuestionar su falta de responsabilidad por las consecuencias de las acciones con que persiguió ese afán: la incitación al antagonismo político radical, la legitimación del uso de la violencia para dirimir las diferencias, el desmantelamiento y la partidización de recursos administrativos que sólo pueden operar eficazmente como engranajes neutrales de la maquinaria estatal, la consagración de la mentira y el ocultamiento informativos como política de gobierno. Esas irresponsabilidades contribuyeron decisivamente a la destrucción del poder que Kirchner supo acumular: alienaron tanto a buena parte de las clases medias que supo seducir como a una porción crítica del personal político que lo acompañó en su cenit, y sumieron en el descrédito a las bases mismas de su poder. Que la muerte lo haya quizá librado de la evidencia pública de su fracaso no implica que lo librará del juicio de una historia que recién empieza a escribirse.

* Publicado en El Estadista

Posted in Política.


4 Responses

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  1. El ex-agente de Schiphol says

    Muy buena la nota, Alejandro. De todos modos, se me ocurre que aparece aquí una cuestión que muchos de quienes tienen una mirada muy crítica del gobierno kirchnerista no terminan de resolver en su conceptualización de NK: ¿se trató de un oportunista pragmático y eficaz que iba para donde le convenía en función de construir poder a como diera lugar, o era un fanático terco que quería imponer su voluntad aun cuando ésta chocara frontalmente con las relaciones de fuerza existentes en la sociedad? Naturalmente, puede haber un poco de cada cosa, y hasta en buena medida ambas cuestiones podrían ser compatibles, pero muchas veces me parece que se extreman los argumentos en ambos sentidos al mismo tiempo (lo único que quería era poder/era un fanático que quería imponer sus proyectos), y así terminan sonando algo incompatibles.

  2. Gallegoland says

    Impecable. Realmente un análisis impecable.
    Felicitaciones y saludos!

  3. Alejandro says

    Gracias. Me parece adecuada tu descripción de las posiciones polares. No me siento identificado con ninguna de ellas. Ningún líder es un puro político de responsabilidad ni un puro político de convicción. El problema es cuándo y en qué medida domina cada uno de esos espíritus sus decisiones. Mi impresión es que Kirchner se dejó seducir por irresponsabilidades en coyunturas críticas. No es, desde ya, el primero en hacerlo, ni será el último. Pero eso no sirve de consuelo. Saludos.

  4. abrunhosa says

    “Y como Yrigoyen en 1930, como Perón en 1954-55, Kirchner actuó como si su voluntad fuera capaz de reducir esa complejidad, de acomodarla a sus preferencias. No cabe criticarlo por ese afán: es, al cabo, el de todo líder político – conducir a la sociedad hacia dónde cree debe dirigirse.”

    No acuerdo. Parte de la madurez de un político es justamente aceptar que las sociedades modernas son complejas y que necesariamente habrá diferentes intereses en juego. Inclusive puede concebirse un político ideal cuyo principal interés es aumentar la complejidad de la sociedad, no reducirla. En pocas palabras, que haya más de todo. Es el ideal liberal, creo.

    Acuerdo, claro, con lo criticable de los métodos.