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Sin rival para la Coca-Cola

La oposición tiene el deber de contender con el

gobierno demostrando ser un gobierno alternativo

Gianfranco Pasquino, “La Oposición”

La campaña electoral de 1983 estuvo cargada de simbología partidaria. Radicales y peronistas desempolvaron toda su iconografía para disputar el favor del electorado. Según los pioneros estudios de Edgardo Catterberg, la identificación partidaria obró entonces en una parte importante del electorado como un factor crucial a la hora de definir el voto. En ese marco, los peronistas adornaron paredes y puentes del país con el slogan “Lúder o Coca-Cola”. La consigna se reconocía en la más cara tradición peronista: sólo el candidato del peronismo podía expresar al pueblo argentino, el resto sería un instrumento del imperialismo yanky.

Como es sabido, con el paso del tiempo las identidades partidarias han perdido el peso que supieron tener , al punto de que los encuestadores dejaron de incluir esta variable como posible motivación a la hora de investigar las razones del voto. El sistema político, en Argentina como en la mayoría de las democracias, ganó en fluidez y volatilidad.

El eje que separa a gobierno de oposición, a quien está gobernando de quien se propone hacerlo, pasó entonces a estructurar la diferencia política. El juicio respecto al gobierno y la especulación sobre las capacidades de la oposición para gobernar mejor resultan desde hace un tiempo los elementos centrales que definen el voto. Esta decisión no refiere necesariamente a un juicio informado sobre la gestión pública, a un análisis pormenorizado de lo que se hizo o de lo que se hará; en la decisión pueden intervenir elementos racionales y emotivos, intercambios particularistas, y casi cualquier otro factor, incluidas las afinidades partidarias y valoraciones ideológicas. Lo que sugiere el argumento en toco caso es que el voto se define en función de la selección del gobierno  de tal modo que la competencia electoral se estructura principalmente entre aquellos quienes optan por apoyar al gobierno, y aquellos que prefieren cambiar. En rigor, tal como lo señala Gianfranco Pasquino, de la presencia notoria, reconocible y factible de estas dos opciones – la de la continuidad y la de la alternancia – depende la calidad y la vitalidad de las democracias contemporáneas.

En este nuevo contexto, y aunque con protagonismo mucho menor, la Coca Cola volvió a aparecer en el marco de una campaña electoral. Ya no como metáfora del imperialismo utilizada para denostar al adversario (lo cual sería un verdadero anacronismo) sino como herramienta analítica para explicar la ventaja comparativa de la candidata oficialista (y sí, peronista) frente a una oposición fragmentada y de identidad difusa. A pocos días de la elección que llevaría en 2007 a Cristina Fernández de Kirchner a la presidencia, decía el sociólogo Heriberto Muraro:

“La oposición está dividida y no tiene ninguna personalidad. … Cristina en cambio es la Coca Cola, o sea el producto que está claro qué es. Al que no le gusta la Coca Cola y quiere cambiar, no sabe qué hacer, tiene un problema mental. Eso lleva a un triunfo de Cristina en primera vuelta.”

Al acercarse la fecha de las elecciones, los candidatos de la oposición hicieron algunos vanos esfuerzos por fortalecer su perfil de potenciales gobernantes. Elisa Carrió abandonó en los últimos meses de campaña su tradicional estilo de denuncia para centrarse en propuestas a las que dotó de un pretendido tecnicismo (llamativamente se la escuchó incorporar datos y propuestas sobre problemas energéticos). Roberto Lavagna centró su campaña en su imagen de gestor eficaz, que había conducido la recuperación económica del país hasta 2005. Lavagna insistió en la idea de que poseía un plan acabado para gobernar el país, e invitaba a potenciales aliados a suscribir dicho plan. Otro de los candidatos opositores, Jorge Sobisch, sintetizó esta tendencia en un lema que precisamente argumentaba sobre su experiencia y capacidad de gobierno: “100% preparados.” Sin embargo, ninguno de ellos logró constituirse en una  opción alternativa frente a una candidatura oficialista  en pleno ejercicio de la autoridad presidencial.

Hoy, tres años después de esa elección, quedan pocas dudas de que la Coca-Cola estará nuevamente allí en el mostrador; al resto le queda poco tiempo, crecientes obstáculos de coordinación por superar y, por lo visto, escasa aptitud para construir una alternativa. Mal síntoma de nuestra democracia, la frase de Muraro podría volver a ilustrar el escenario electoral del año entrante.

Posted in Política, Politica Argentina.

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