Skip to content


¿Por qué una norteamericana comprometida con los derechos humanos criticaría a los Kirchner?*

Vilma Martínez, actual embajadora de Estados Unidos en Argentina, no es una diplomática profesional sino una activista en derechos humanos. Hasta que llegó a Buenos Aires carecía de toda experiencia en relaciones internacionales. Tal vez por eso algunos de los informes reservados sobre la situación argentina que ahora se están ventilando tienen un tono bastante poco diplomático y usan un lenguaje que roza el escándalo cuando tratan algunas prácticas comprometedoras de las autoridades nacionales.

El suyo no es el primer caso de “amateurismo diplomático ideológicamente motivado”, ni es la primera vez que un lenguaje directo y una actitud frontal de enviados del Departamento de Estado para lidiar con el caso argentino producen cortocircuitos con las autoridades locales. El antecedente de Patricia Derian viene muy a cuenta en ambos terrenos. También Derian, subsecretaria de Estado para los Derechos Humanos durante la gestión de James Carter, carecía de antecedentes profesionales y en cambio tenía unos cuantos en la lucha por los derechos civiles en su país. Ello la llevó precisamente a elegir al Proceso como campo de pruebas en que se demostraría la posibilidad y conveniencia de usar las armas de la diplomacia no simplemente para defender los intereses propios, sino para lograr cambios en el comportamiento de los demás gobiernos hacia sus propios ciudadanos. A consecuencia de lo cual Derian chocó frontalmente con las Juntas, en polémicas, planteos y sanciones que se conocerían en detalle años después, gracias a los documentos desclasificados a través de la Freedom Information Act (la norma que antes de que apareciera Wikileaks permitía acceder a información reservada de las agencias gubernamentales de Estados Unidos).

También Derian fue acusada por los funcionarios argentinos de entonces de “ingerencia indebida en asuntos internos”. A lo que contestó que la violación sistemática de los derechos humanos por parte de los gobiernos no era un “asunto interno”, sino un legítimo motivo de preocupación de toda la comunidad internacional. Y por tanto, parte necesaria de los asuntos de los que la diplomacia de todos los países, en particular los más poderosos, debía ocuparse.

La discusión, aunque con variaciones significativas, se replantea en nuestros días. En verdad se viene replanteando ya desde hace tiempo, a raíz de pantallazos muy poco estimulantes sobre “cómo nos ven” en el exterior (como los que nos brindaron los interlocutores españoles de los mails de Jaime y sus alusiones sobre el brutal “espíritu de banda” con que él y su grupo se movían, o las declaraciones altisonantes de Mujica sobre los “males argentinos”, o las preocupaciones de organismos, empresarios y funcionarios extranjeros por la falta de “seguridad jurídica” en nuestro país) aunque recién ahora, a raíz del affaire de los cables, ello adquiera plena visibilidad.

La primera y obvia diferencia con la situación de fines de los años setenta es que no están en juego hoy, como durante el terrorismo de Estado, el derecho a la vida de ciudadanos argentinos. Las preocupaciones que se revelan en los cables de la embajada norteamericana en Buenos Aires tienen que ver con otros asuntos: corrupción, lavado de dinero, tráfico de drogas, la tan debatida “seguridad jurídica”. No son, con todo, asuntos menores para la política exterior de Estados Unidos, ni deberían serlo para la ciudadanía argentina. Que vivimos en gran medida desprotegidos frente al arbitrio de los gobernantes y que nuestras instituciones son ineficaces para hacer cumplir la ley es algo que a todos debería preocuparnos. Que gobiernos extranjeros expresen esta preocupación lleva a muchos a sentirse ofendidos en su dignidad nacional. Algo que el gobierno argentino y sus medios afines parece querer aprovechar, señalando que se trata de “ingerencias en asuntos internos” y que el contenido de los cables “avergüenza a Washington” y no a los argentinos, como ha dicho el ministro Boudou, y en términos parecidos repitió el locuaz Fernández.

Esto nos remite a una segunda diferencia: los militares del Proceso sabían desde un principio los problemas que les traería Derian, y trataron de congraciarse con ella, disimulando los crímenes por los que podría acusárselos; en cambio los funcionarios kirchneristas se han llevado una inesperada y desagradable sorpresa con Vilma Martínez. Cuando ella fue nominada, en reemplazo de Earl Wayne, Timerman y cia festejaron, suponiendo que siendo una persona “de izquierda”, vería con agrado las posiciones de los Kirchner, los juicios a los militares, etc.. Al respecto parece haber actuado una particular confusión que embarga al ethos oficial: la agenda de los “derechos civiles” en Estados Unidos (igual que en muchos otros lugares) no consiste, al menos no centralmente, en perseguir a los viejos carcamanes sobrevivientes del KKK; está enfocada principalmente en cuestiones como abuso de poder, transparencia, acceso a la justicia, etc., y no se contrapone sino que se potencia con las políticas que aquí llamamos “de seguridad” y que solemos dejar en manos de “la derecha”. De allí que, aunque seguramente Martínez debe simpatizar con los juicios contra los represores, y también habrá visto con buenos ojos la ley de matrimonio igualitario, no debe estar muy inclinada a establecer a cambio de esos avances un pacto de silencio sobre el resto de los asuntos que afectan directa o indirectamente el disfrute de derechos.

Ello no asemeja al kirchnerismo con el procesismo, pero sí curiosamente lo hace con quienes desde la política civil también rechazaron en los años setenta “las ingerencias imperiales de Washington”: el PC local, no pocos radicales y peronistas, incluso la entonces detenida Isabel Martínez de Perón, se cansaron de decir que los norteamericanos “no entendían” los problemas del país, y que “no tenían nada que enseñarnos”, porque los argentinos siempre habíamos sido “campeones en la protección de derechos”.

* Publicado en El Economista

Posted in DDHH, Kirchnerismo, Política.

Tagged with , .